Ir al contenido principal

Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

España: un estancamiento casi absoluto

Los datos del PIB del tercer trimestre de este año ahondan en las sensaciones que ya transmitía el PIB del segundo trimestre: la economía española brega por lograr un cambio de modelo productivo desde 2008 con escaso éxito. La lentitud del proceso es del todo evidente atendiendo a a los datos de Contabilidad Nacional: no es que nada se esté moviendo en nuestra economía, pero el ritmo es a todas luces insuficiente para recolocar a los tres millones de trabajadores que han quedado desempleados con la crisis.

Échemosle un vistazo primero al valor agregado bruto de los distintos sectores de la economía española (la suma de todos ellos constituye el PIB) con respecto al que exhibían en 2008. Claramente, existen tres actividades cuyo valor agregado bruto ha caído intensamente con respecto a 2008 (las actividades financieras, la industria y, muy especialmente, la construcción) y un sector que ha aumentado notablemente: las actividades inmobiliarias (también crecen con respecto a 2008, en menor grado, el comercio y la hostelería, y los servicios vinculados a las Administraciones Públicas). En el tercer trimestre, la destrucción bruta de valor con respecto a 2008 era de 27.146 millones de euros (frente a 27.348 millones en el segundo trimestre) y la creación bruta de valor apenas ascendía a 9.624 millones de euros (frente a 9.150 millones en el segundo trimestre).

Sucede que, en realidad, el sector de actividades inmobiliarias es un sector fantasma, pues en su mayor parte recoge las rentas imputadas por propiedad de vivienda (el valor que derivan los propietarios de habitar en una casa de su propiedad); es decir, es un sector que contablemente se revaloriza sin que hagamos nada y sin que haya más actividad económica. Eliminando la influencia contable de este sector fantasma, pues, nos topamos con un panorama desolador: frente a una destrucción de valor agregado bruto de 27.146 millones de euros con respecto a 2008 (en agricultura, industria, construcción, información y comunicaciones, actividades financieras y actividades profesionales) sólo hemos sido capaces de generar 3.625 millones de nuevo valor agregado bruto (en turismo, administraciones públicas y ocio); de hecho, eliminando la influencia siempre distorsionadora del sector público, la creación de valor en el sector privado es de apenas 2.211 millones de euros (frente a los 1.626 del segundo trimestre de 2014). A este ritmo “acelerado” de generación de nueva actividad dentro del sector privado (unos 600 millones de euros por trimestre), todavía tardaríamos más de una década en recuperar todo el terreno perdido frente a 2008.

Como decía, lo anterior no significa que nada se esté moviendo en la economía española: la industria manufacturera está volviendo a levantar cabeza y el turismo está en su mejor momento histórico, pero estas mejoras distan de bastar en medio de un cuasi completo estancamiento del resto de sectores.

Una radiografía similar a la anterior nos la ofrecen los datos de empleo según Contabilidad Nacional: con respecto al tercer trimestre de 2008, la economía española ha perdido 3,09 millones de empleos (3,35 millones el segundo trimestre). El único sector con más ocupados que en 2008 es el de “administraciones públicas, sanidad y educación”, mientras que la construcción y la industria han concentrado las mayores destrucciones de empleo (nótese cómo el sector de actividades inmobiliarias es completamente irrelevante en términos de empleo por lo que hemos explicado: es un sector fantasma con nulas repercusiones sobre la actividad económica).

Asumiendo una creación de empleo de entre 250.000-300.000 personas al año (que son los puestos que terminaremos creando en 2014), tardaríamos, de nuevo, entre 10 y 12 años en regresar a los niveles de ocupación de 2008. Nuevamente desolador.

La inutilidad de la solución keynesiana

Desde Podemos y otros ámbitos de la izquierda, se nos asegura que los problemas económicos de España se solventan corrigiendo la contracción de la demanda agrega que se inició con los “recortes” acaecidos desde 2010. En cierto modo, pues, se atribuye gran parte del deterioro actual de nuestra economía real a la falta de demanda interna.

En este sentido, ¿cuáles han sido los sectores que más han sufrido desde el tercer trimestre del año 2009, momento en el que el Plan E estaba funcionando a plena potencia? Pues esencialmente dos: el ladrillo y la banca. El resto de sectores están aproximadamente igual que en 2009 (agricultura, industria, turismo y ocio están algo mejor ahora que en 2009; actividades profesionales, las Administraciones Públicas e información y comunicaciones, algo peor; omito mencionar el sector fantasma de las actividades inmobiliarias).

Reinflar keynesianamente la demanda sin cambiar el modelo productivo, tal como hicimos en 2009, sólo nos serviría para para relanzar la actividad de bancos y constructoras: esto es, la actividad de la casta empresarial. Acaso por ello Podemos centre su programa de estímulo en, por un lado, la rehabilitación de viviendas y, por otro, la institución de un “derecho al crédito”. El nuevo modelo productivo de los keynesianos es el de siempre: ladrillo y crédito barato.

El imprescindible cambio de modelo productivo

Mas si aspiramos a una economía de alto valor añadido, competitiva y sostenible, no queda otra que cambiar nuestro modelo productivo. ¿Y cómo lo cambiamos? Pues no tratando de resucitar los mortecinos sectores existentes de 2007 (banca y ladrillo), sino creando otros nuevos. Y para crear sectores nuevos no queda otra que invertir en ellos: la clave de nuestra recuperación a largo plazo, pues, no es el gasto en consumo interno, sino en inversión.

Por desgracia, la inversión sigue por debajo de los niveles de 2008 (no así el consumo público y apenas el consumo privado), cuando debería hallarse muy por encima para beneficiarnos de un reajuste interno acelerado. Es verdad que, despejada la incertidumbre del riesgo de quiebra (finales de 2012, merced a la OMT de Mario Draghi), el gasto en inversión no residencial ha reflotado con cierta fuerza, pero aun así sigue a niveles claramente insuficientes para transformar nuestro modelo productivo.

España requiere de muchísima más inversión privada y para ello necesitamos dos elementos: libertad de mercado (para que emerjan oportunidades de inversión) y ahorro interno (para financiar esas oportunidades de inversión). El último de estos elementos (el ahorro) sólo puede proceder de un menor consumo público y privado, pues ahorro es igual a no-consumo: por tanto, deberíamos estar presenciando fuertes recortes del gasto público y no mantenimientos o aumentos del mismo.

Sé que muchos estarán tentados de afirmar que si no consumimos, nadie querrá invertir para no vender, pero ése es un argumento erróneo: España necesita invertir no para satisfacer el consumo interno, sino el consumo exterior (dado que hemos de amortizar nuestra gigantesca deuda externa); cuanto más consumamos internamente, menores recursos podremos relativamente dirigir a aumentar nuestra producción orientada hacia la exportación. Ahorro, ahorro y ahorro. No hay otra.

Conclusión

En suma, la economía española está estancada. Salvo por el turismo y el dopaje del mayor gasto público viviendo en los últimos trimestres, los niveles de actividad y empleo siguen por los suelos. La solución a este problema no es más consumo interno y más gasto público (como propone, por ejemplo, Podemos) sino libertad de mercado y ahorro: las dos variables que se han hallado del todo ausentes en la política económica española desde que se desató la crisis y que, desafortunadamente, parece que lo seguirán estando durante los próximos años. Parece que la casta y la neocasta política se conjuran para japonizarnos o, peor, para argentinizarnos.

El inversor no es Satanás

“Quien invierta en acciones no debería estar demasiado preocupado por las erráticas fluctuaciones en los precios del valor, puesto que a corto plazo el mercado de acciones se comporta como una máquina de votar, pero a largo plazo actúa como una báscula”.

Benjamin Graham.

 

Una de las figuras más demonizadas por la izquierda, aunque la derecha tampoco se queda atrás, es la del empresario. Sin embargo, cuando nos referimos al inversor, la cosa se pone aún más fea, pues estamos hablando del mismísimo Diablo.

Los empresarios, entendidos como personas creativas que arriesgan su capital para satisfacer a la sociedad en un entorno de libertad y no como seres que se lucran gracias a privilegios en un ambiente coactivo, son los auténticos héroes de nuestra época. Además, son quienes transforman el mundo en un lugar mejor, al ser los encargados de coordinar los distintos desajustes que existen, convirtiéndolos en riqueza, como ha quedado acreditado en multitud de casos: Henry Ford (padre de la producción en serie), Jimmy Wales (Wikipedia), Peter Thiel (PayPal), John Deere (fabricante de maquinaria agrícola), Mark Zuckerberg (Facebook), Reid Hoffman (LinkedIn), Satoshi Nakamoto (Bitcoin) o muchísimos otros más desconocidos para el gran público.

Pero ¿y el inversor? ¿Cumple alguna función social o es realmente Satanás?

Si entendemos por inversor a aquella persona que utiliza privilegios en mercados intervenidos por organizaciones coactivas –ya sea el Estado o cualquier otra- para lucrarse, no sé si se le podría llamar Satanás, pero, desde luego, lo que no se le puede considerar es un inversor. 

El inversor, al igual que el empresario, cumple una importantísima función social coordinadora y es pieza clave en el fenómeno de creación de riqueza en  nuestras sociedades.

Son bastantes los empresarios que tienen grandes ideas y no pueden llevarlas a cabo por la falta de financiación necesaria o no pocas las empresas -pequeñas, medianas o grandes- que tienen buenos proyectos, pero peligran por la carencia de capital. Es especialmente en estas circunstancias cuando el inversor juega un papel clave en el fenómeno de creación de riqueza, pues, ante esta descoordinación, arriesga su dinero para cooperar con iniciativas que benefician a la sociedad.

El inversor, al igual que el empresario una vez más, puede ser grande o pequeño, eso no es relevante, pues lo importante es que contribuya en la producción de riqueza. El ejemplo más claro es la inversión en bolsa, donde se puede comprar desde una única acción hasta un paquete importante de acciones de una empresa.

Algunos pueden ver a grandes inversores como Benjamin Graham, Peter Lynch, John Templeton o Francisco García Paramés como personas que se han lucrado aprovechándose de los demás, pero esa es una visión totalmente equivocada. Los inversores que más ganan, una vez más al igual que los empresarios, son aquellos que más contribuyen a mejorar la sociedad.

Los inversores arriba citados, por cierto, bajo una estrategia de inversión en valor o value investing, son un claro ejemplo de ello. No sólo han colaborado con sus inversiones en empresas en las que, por distintas circunstancias, el mercado había dejado de creer, sino que además han hecho que muchísimas personas ganaran dinero gracias a ellos.

Llegados a este punto, alguno podría pensar que si de lo que se trata es de financiar grandes ideas o buenas empresas, por qué no es el Estado el que se encarga de ese aspecto. Pues bien, al igual que el Estado no puede realizar el papel descubridor y creativo del empresario, tampoco puede llevar a cabo la función del inversor, pues ni tiene los incentivos adecuados ni posee la información necesaria. Prueba de ello son la multitud de proyectos fallidos de I+D+i o de empresas públicas o privadas que son financiadas con dinero público sin ningún tipo de éxito. Es más, cuando un inversor se equivoca, quien pierde el dinero es él, sin embargo, cuando el Estado juega a ser inversor, quien pierde el dinero es el contribuyente.

Por todo ello, el inversor no solo no es Satanás, sino que cumple una importantísima función en el fenómeno de creación de riqueza. Y para que pueda cumplir tan decisiva misión es fundamental que exista libertad.

Diez gráficos sorprendentes sobre pobreza y desigualdad en España

¿Cuántos pobres hay en España? ¿Cómo y de qué forma ha golpeado la crisis a la población? ¿Quiénes son, en definitiva, los que peor lo están pasando durante estos años? Éstas son algunas de las cuestiones que, como es lógico, más atención y preocupación recaban en la actualidad, tanto a nivel político como social. Sin embargo, el análisis de esta importante problemática no está exenta de polémica y confusión.

Así, según informe Foessa para Cáritas sobre exclusión y desarrollo social publicado el pasado martes, "sólo el 34,3% de los españoles vive sin carestías esenciales" y, además, el número total de "pobres" (personas en situación de "exclusión social") ha pasado de 7,3 millones a más de 11,7 millones entre 2007 y 2013, con lo que el porcentaje total de excluidos ha subido del 16,3% al 25,1% durante la crisis, tal y como ha recogido la inmensa mayoría de medios.

 

A la vista de estos titulares, apenas uno de cada tres españoles habría permanecido indemne ante la crisis y uno de cada cuatro sufriría ya el drama de la pobreza. Cifras demoledoras que, de una u otra forma, vendrían a ratificar otros indicadores trágicos, como el hecho de que el 21% de la población se situé por debajo del umbral de la pobreza o España llegue a contabilizar 20 millones de pobres en 2025.

Pero, ¿qué hay de cierto en estos datos? ¿De verdad que el 25% de la población española es "pobre"? La clave del asunto radica en cómo definir la "pobreza" y en qué entiende Cáritas por "exclusión social", ya que su dimensión real cambia de forma muy sustancial si se analiza en detalle el contenido concreto de ambos conceptos, tal y como recoge el estudio completo de Cáritas, de casi 700 páginas.

¿Qué significa "exclusión social"?

El eje central del informe gira en torno al "Indicador Sintético de Exclusión Social" (ISES), constituido por un total de 35 parámetros, según el cual se diferencian cuatro situaciones:

  • "Integración plena": personas que no se ajustan a ninguno de esos 35 factores.
  • "Integración precaria": personas afectadas por 1 de esas variables.
  • "Exclusión moderada": cuando sufre 2 ó 3.
  • "Exclusión severa": cuando padece 4 o más parámetros.

El problema, en primer lugar, es que esas 35 variables van mucho más allá de lo que, comúnmente, se entiende por "pobreza", ya que ahí se incluye, por ejemplo, estar peleado con tus vecinos o con tu pareja, tener un abuelo semianalfabeto, ser madre soltera, vivir con extracomunitarios, no participar en votaciones electorales o, incluso, haber tenido problemas con la Justicia en los últimos 10 años, entre otras variables sociales de todo tipo.

De este modo, y puesto que la tasa de paro es muy elevada en España, basta con que una persona se vea en situación de desempleo (25%) o viva en un hogar con algún miembro en paro (36) y, además, se vea afectado por uno o varios (2 ó 3) de los otros parámetros para que, automáticamente, sea tachado de "excluido social", tal y como explica el economista Juan Ramón Rallo.

¿Qué significa "pobreza"?

Es decir, lo que Cáritas define como "exclusión social" no se puede equiparar con el problema real de la pobreza, ni siquiera en su vertiente más extrema, ya que son conceptos muy distintos. Así, según el informe, la población en situación de "exclusión social severa" ha subido del 6,2% (2,7 millones) al 10,9% (5,1 millones) durante la crisis, ya que sufre 4 o más parámetros incluidos en el ISES. ¿Significa esto que son "pobres"? Tampoco.

Las variables de Cáritas que hacen referencia a cuestiones relacionadas de forma directa con la pobreza (graves problemas de carestía material) apenas se reducen a cuatro parámetros:

  • Pobreza extrema: esta tasa sube del 3,5% al 7,3% de la población.
  • Carencia de bienes básicos: 1,6% en 2013.
  • Infraviviendas: la población que vive en chabolas o similar baja del 1,6% al 0,8% desde 2007.
  • Haber pasado hambre en los 10 últimos años con frecuencia o la están pasado ahora: sube del 2% al 4,5%.

Así pues, lejos del 25% de "excluidos sociales" o del 11% de "exclusión severa" que denuncia el estudio, la pobreza real en España afecta a cerca del 5% de la población en 2013, frente al 2-3% que se registraba en 2007, en el pico de la burbuja económica, tal y como explica Rallo.

Esta cifra coincide con el indicador de "privación material severa" que elabora Eurostat, según el cual la pobreza en España casi se ha duplicado durante la crisis, al pasar del 3,5% al 5,8%, con lo que el numero real de pobres habría crecido desde los 1,4 hasta cerca de 2,8 millones.

De hecho, esta cifra también coincide, curiosamente, con el volumen de personas que atiende Cáritas a través de sus comedores y servicios de asistencia: algo más de 2 millones el pasado año. Pero, en ningún caso, este grave problema afecta al 25% de la población española, ni siquiera al 11% de "excluidos severos", tal y como se ha difundido estos días.

Tres tienen más que nueve millones

Nadie negará que este titular de la organización progubernamental Intermón Oxfam no resulta llamativo e incluso indignante: las tres personas más ricas de España poseen el doble de riqueza que el 20% más pobre de ciudadanos. Es decir, tres tienen más que nueve millones. El colmo de las desigualdades que debería llevar a un fulminante aristocidio como el que la propia Intermon Oxfam reclama en su informe cuando jalea la necesidad de empoderar al pueblo para “arrebatar el 1%”.

En otras ocasiones, Oxfam ya nos demostró su profunda incomprensión de los procesos sociales de generación de riqueza y de persistencia de la pobreza. Esta vez, para no salirse del guion, vuelve a las andadas. En este artículo, trataré de explicar por qué, más allá del amarillismo inicial, el titular no debería sorprendernos en absoluto. Mi argumento básico es el siguiente: es absolutamente normal que el 20% de la población no posea apenas riqueza debido a la edad y a los sesgos existentes en la definición de riqueza; y, asimismo, es absolutamente normal que haya unas pocas personas que posean mucha riqueza en una economía global. 

El 20% depauperado: la edad como determinante de la riqueza

Uno de los principales factores que determinan la acumulación de riqueza es la edad. Al comienzo de su vida laboral, la inmensa mayoría de personas no poseen ningún patrimonio simplemente porque no les ha dado tiempo a ahorrarlo y acumularlo. Diría que el siguiente ejemplo es bastante ilustrativo:

Supongamos una de las sociedades más extremadamente igualitarias que podamos imaginar: en esta sociedad se trabaja desde los 26 a los 65 años y se vive del patrimonio acumulado desde los 66 a los 85. Asumamos que el salario es el mismo para todos los trabajadores y que todos ellos ahorran un 30% del mismo, el cual logran rentabilizar cada año a una tasa media del 5,5%. Igualmente, asumimos que las herencias se destruyen una vez fallece el propietario y que la cantidad de trabajadores en cada franja de edad es la misma. Igualitarismo extremo: no hay nunca diferencias de partida y el salario es el mismo para todos los trabajadores.

Pues bien, en esta sociedad el 20% de los individuos más pobres (que serían los más jóvenes) apenas poseería el 4,9% del total de riqueza total. En cambio, el 1% más rico poseería el 3,2% y el 10% más rico, el 28,8% (el 10% de la población poseería casi seis veces más riqueza que el 20% más pobre). 

 

Es decir, en la sociedad más igualitaria que nos podamos imaginar, el 20% de individuos más pobres apenas poseería nada (lo irían adquiriendo conforme envejecieran y capitalizaran su patrimonio).

Hoy en día, de hecho, en las sociedades nórdicas —con un, para muchos, igualitarismo ejemplar—, el 50% de la población (no ya el 20%) apenas posee el 10% de la riqueza, mientras que el 1% más rico posee el 20% (según recoge Thomas Piketty). Atendiendo a estas cifras, que en España el 1% de la población posea más que el 70%, según denuncia Oxfam, parece mucho menos escandaloso. A pesar de que nos intente convencer de que estamos ante cifras de un país subdesarrollado, no lo son.

El 20% depauperado: los activos ocultos

Por supuesto, la otra parte de la explicación de por qué el 20% más pobre no tiene ningún tipo de riqueza cabe hallarla en dos esenciales sesgos que contienen las mediciones habituales de riqueza. La primera es excluir del cómputo de riqueza el capital humano; la segunda, excluir asimismo el derecho a la percepción de prestaciones del Estado.

Comencemos por el capital humano: cuando en el punto anterior hemos afirmado que los jóvenes carecen de activos, la afirmación no era del todo correcta. Los jóvenes poseen un activo clave que es su formación, esto es, el capital humano. El capital humano es un activo a todos los efectos salvo en que no es directamente transferible (la marca de Apple también sería muy difícilmente transferible a una compañía distinta de Apple y no por eso dudamos de que sea uno de sus principales activos actuales): es una inversión que requiere tiempo y que proporciona rentabilidad en forma de sobresueldos por encima del personal no cualificado. Y, sin embargo, el capital humano no figura en los cómputos más extendidos de riqueza (que sólo incluyen la tierra, los inmuebles y la riqueza financiera). Dicho de otra manera, sobre las estadísticas, un trabajador parado con apenas 10.000 euros en la cuenta corriente es más rico que un recién licenciado por el MIT con matricula de honor.

La no inclusión del capital humano sesga notablemente la distribución de la riqueza en una dirección desigualitaria, ya que los jóvenes son quienes más y mejor capital humano tienen y quienes menor riqueza financiera y real poseen. En el caso de EEUU, por ejemplo, el capital humano representa en torno al 40% de toda la riqueza nacional y su inclusión en las estadísticas de riqueza haría que la riqueza nacional en manos del top 1% cayera del 33% al 22%.

El segundo activo oculto que no figura en las estadísticas son las prestaciones del Estado. En nuestras sociedades, el Estado nos arrebata mes a mes una ingente cantidad de nuestro salario (alrededor del 40% para el trabajador típico) para financiar su funcionamiento, dentro del cual se incluye la prestación de determinados servicios como la sanidad o las pensiones. Los españoles disfrutan del derecho a recibir, sin contraprestación económica adicional, pensiones y servicios sanitarios del Estado: ese derecho posee un valor económico (el valor actual de las rentas y servicios pagaderos en el futuro) que no figura en las estadísticas de riqueza (pese a que es riqueza personal: el derecho a percibir rentas futuras). En cambio, si la sanidad o las pensiones fueran privadas, dado que los ciudadanos deberían destinar parte de sus rentas a contratar un plan privado de pensiones y auténticos seguros sanitarios, esos activos sí integrarían las estadísticas de riqueza. Basta con preguntarse lo siguiente: ¿quién es más rico: un pensionista medio español sin ningún ahorro o un pensionista con 20.000 euros de ahorros en un país donde la sanidad y las pensiones sean privadas? Según las estadísticas de riqueza que empleamos, el segundo.

Nuevamente, la no inclusión de los derechos a recibir prestaciones del Estado sesga las estadísticas de riqueza. Un recién jubilado en España posee, por ejemplo, el derecho a recibir anualmente una pensión media de casi 1.000 euros mensuales así como tratamientos sanitarios con un coste anual media de 3.500 euros: prestaciones que descontándolas a presente para una esperanza de vida de 20 años arrojan un valor actual de 235.000 euros. Es decir, de media los recién jubilados en España poseen un patrimonio de 235.000 euros (derecho a pensiones y tratamientos sanitarios futuros) que no figura en las estadísticas de distribución de la riqueza. Si extendiéramos el cálculo al resto de personas mayores de 65 años, obtendríamos que estamos dejando fuera del cómputo al menos un billón de euros de riqueza, esto es, el 15% de la riqueza total.

Por tanto, si en las economías modernas estamos dejando de contabilizar entre el 35% y el 55% de la riqueza total de los individuos, que además se halla predominantemente en manos de las clases bajas y medias, ¿cómo pretendemos que estas clases medias y bajas no aparezcan como artificialmente pobres?

Los superricos

Ya hemos explicado por qué el 20% de los individuos de un país apenas posee patrimonio: la clase de activos que miden las estadísticas al uso tienden a acumularse con la edad; y los activos que, en cambio, sí poseen los jóvenes (capital humano, en esencia) o que en todo caso poseen los ciudadanos pobres (prestaciones del Estado) no aparecen en las estadísticas. Pero nos queda por explicar por qué resulta tramposo utilizar como medida de la desigualdad la riqueza de los superricos.

Imaginemos dos tipos de sociedades con 1.000.000 habitantes cada una: en la sociedad A, todos los individuos poseen una riqueza media de 50.000 euros salvo uno de ellos que posee una riquza de 50.000 millones de euros gracias a que ha creado una compañía multinacional; en la sociedad B, la mitad de los individuos posee un patrimonio de 5.000 euros y la otra mitad uno de 195.000 euros. ¿Qué sociedad es más desigualitaria en términos de riqueza? A mi entender la sociedad B, no sólo porque si aplicáramos el criterio rawlsiano del maximin (maximicemos la riqueza de los que menos tienen), todos escogeríamos vivir en A, sino porque el individuo superrico de la sociedad A es claramente un outlier. Sin embargo, cualquier podría decir que un solo individuo de la sociedad A posee más riqueza que todos los demás individuos juntos, mientras que un solo individuo de la sociedad B ni siquiera posee más riqueza que el 0,004% más pobre de esa sociedad.

Nuestras economías modernas se caracterizan por la ultracompejidad de los procesos productivos: es lo que Nassim Taleb denomina Extremistán. Eso significa que aquellos pocos individuos que son capaces de elucubrar proyectos empresariales ultraexitosos se vuelven archimillonarios (aunque sólo durante el tiempo en que esos proyectos empresariales sigan siendo ultraexitosos: seguir siendo muy rico en el dinámico mercado actual es complicadísimo). Por eso, en nuestras economías siempre habrá algunos individuos que, durante algunos años, se ubicarán al final de la cola de la distribución de riqueza (y que ni siquiera tienen por qué ser siempre los mismos). Tomar esos casos sueltos de éxito y compararlos con el resto de la sociedad es hacer trampas.

En España, por ejemplo, el hombre más rico es Amancio Ortega, con un patrimonio estimado de unos 50.000 millones de euros. Amancio Ortega no se ha enriquecido arrebatando a los españoles parte de su riqueza, sino proporcionando bienes y servicios valiosos para todos los habitantes del planeta. No se trata de que hubiera una “riqueza natural” en España que Amancio Ortega se haya quedado para él en exclusiva y a costa del resto: es que Amancio Ortega ha creado una de las mayores y mejores empresas del mundo donde antes no había nada. Su patrimonio deriva esencialmente de ser propietario de Inditex. Punto. ¿Serían los españoles más ricos si no existiera Amancio Ortega? No: serían más pobres. ¿Pueden los españoles apropiarse ahora de parte de la riqueza de Amancio Ortega? Solo nacionalizando Inditex. ¿Qué derecho tienen los españoles que no crearon Inditex y que no invirtieron en ella cuando estaba comenzando a operar a quedarse ahora con la empresa (quienes confiaron e invirtieron en ella ya han obtenido notabilísimas plusvalías)? Ninguno.

En suma, comparar la riqueza (truncada a la baja) del 20% más pobre de la sociedad con los outliers dentro del 1% más rico de la sociedad es buscar un titular escandaloso y sesgado. Lo que nos tiene que preocupar no es si la riqueza está bien “distribuida” (qué porcentaje tiene cada uno), sino si tiene un origen justo (si se ha adquirido/creado ese porcentaje justamente): en ese sentido, distribuciones muy igualitarias pueden ser enormemente injustas (pensemos un régimen esclavista donde se repartiera la producción a partes iguales entre esclavo y dueño) y distribuciones muy desigualitarias absolutamente justas (un sistema donde nadie hubiese adquirido la propiedad ejerciendo la violencia sobre nadie). Nuestro sistema económico actual combina ambos tipos de riqueza y en lugar de atacar al rico por el simple hecho de ser rico, deberíamos tratar de evitar y reparar los ataques sistemáticos que se producen contra la libertad, la propiedad y los contratos voluntarios.  

¿Qué entiende Cáritas por exclusión social?

Todos los medios de comunicación han destacado en sus noticiarios que, según un reciente informe de Cáritas, el 25% de los españoles vive en una situación de exclusión social severa o moderada por culpa de la crisis. Es más, según ese mismo informe, únicamente el 34,3% de los españoles disfruta de una integración plena en sociedad. Preocupantes cifras que describen un país casi tercermundista: uno donde la inmensa mayoría sobrevive al borde de la miseria, parasitada por una minoría privilegiada y castuza.

Acaso sorprenda al lector saber que en todos los indicadores no financieros de privación material (cuántos españoles pueden ahorrar frente a imprevistos, cuántos no tienen automóvil, lavadora, teléfono, ordenador, ducha, inodoro o luz natural en sus habitaciones, cuántos viven en barrios afectados por la delincuencia…) estamos mucho mejor que hace 20 años y, en su mayoría, también mejor que hace 10; o que España es el país de Europa que más ha visto reducida su desigualdad salarial desde 1995; o que el crecimiento económico que hemos vivido entre 1973 y 2011 ha beneficiado más a las rentas bajas que a las altas. Y es que estos datos, también recogidos en el informe de Cáritas, han tenido  nula repercusión en la prensa.

Mas mi objetivo no es remarcar las lecturas positivas que podría tener el informe, a poco que la prensa no optara en comandita por adoptar un enfoque amarillista y populista, cuanto responder a una pregunta muy simple: cuando Cáritas nos indica que el 25% de los españoles padece de exclusión social (o que el 65,7% no está "plenamente integrado"), ¿a qué se está refiriendo? A la postre, más allá de las etiquetas, eso es lo relevante: ¿en qué situación real se encuentra ese 25% (o 65,7%)?

Cáritas elaboró el año pasado un Indicador Sintético de Exclusión Social (ISES) con 35 parámetros, que es el que actualiza y utiliza ahora. Una persona está integrada plenamente en la sociedad cuando su situación no se ajusta a ninguno de esos 35 parámetros, se halla en integración precaria cuando convive con uno, padece exclusión moderada cuando experimenta dos o tres y sufre exclusión severa cuando soporta cuatro o más. Copio a continuación los 35 indicadores, así como el porcentaje de españoles que la sufre, para que podamos valorarla con más elementos de juicio.

% personas 2007

% personas 2013

Personas que viven en un hogar cuyo sustentador principal está en paro desde hace más de un año.

1,1%

9,2%

Personas que viven en un hogar cuyo sustentador principal tiene un empleo de exclusión: vendedores a domicilio, vendedores ambulantes (apoyo), vendedores ambulantes (marginal), empleadas del hogar no cualificadas, peones agrícolas eventuales temporeros, recogedores de cartón, repartidores de propaganda, mendigos.

3,1%

3,7%

Personas que viven en un hogar cuyo sustentador principal tiene un empleo de exclusión: que no tiene cobertura de la Seguridad Social (empleo irregular).

3,5%

3,2%

Personas que viven en hogares sin ocupados, ni pensionistas contributivos, ni de baja, ni con prestaciones contributivas por desempleo del INEM.

4,7%

7,6%

Personas que viven en hogares con personas en paro y sin haber recibido formación ocupacional en el último año.

8,7%

36%

Personas que viven en hogares con todos los activos en paro.

2,3%

12,3%

Pobreza extrema: ingresos inferiores por hogar al 30% de la renta familiar mediana equivalente. Umbral estable en euros constantes como media de los 3 años (2.891€ en 2007, 3.014€ en 2009 y 3.273€ en 2013).

3,5%

7,3%

Personas que viven en hogares que no cuentan con algún bien considerado básico por más del 95% de la sociedad (agua corriente, agua caliente, electricidad, evacuación de aguas residuales, baño completo, cocina, lavadora, frigorífico) y que no pueden permitírselo.

No hay información

1,6%

Derecho de elegir a tus representantes políticos y a ser elegido: personas que viven en un hogar con alguna persona de 18 o más años de nacionalidad extracomunitaria (sin convenio de reciprocidad).

8,4%

6,1%

Capacidad efectiva de ser considerado y de influir en el proceso de toma de decisiones colectivas: no participan en las elecciones por falta de interés y no son miembros de ninguna entidad ciudadana.

4,2%

8,5%

Personas que viven en hogares con menores de 3 a 15 años no escolarizados.

2%

1,6%

Personas que viven en hogares en los que nadie de 16 a 64 años tiene estudios: de 16 a 44, sin completar EGB, ESO o graduado escolar; de 45 a 64, menos de 5 años en la escuela.

5,5%

3,3%

Personas que viven en hogares con alguna persona de 65 o más que no sabe leer y escribir o no ha ido a la escuela.

5,4%

4,1%

Infravivienda: chabola, bajera, barracón, prefabricado o similar.

1,6%

0,8%

Deficiencias graves en la construcción, ruina, etc.

1,4%

1,8%

Humedades, suciedades y olores.

7,6%

10,2%

Hacinamiento grave (<15 m2 persona).

6,9%

7%

Tenencia en precario (facilitada gratuitamente por otras personas o instituciones, realquilada, ocupada ilegalmente).

2,7%

1,6%

Entorno muy degradado.

0,5%

2,7%

Barreras arquitectónicas con discapacitados físicos en el hogar.

2,6%

5,5%

Gastos excesivos de la vivienda (ingresos – gastos viv. < umbral pobreza extrema con umbral estable).

5%

14,1%

Alguien sin cobertura sanitaria.

0,6%

0,3%

Han pasado hambre en los 10 últimos años con frecuencia o la están pasado ahora.

2%

4,5%

Todos los adultos con minusvalía, enfermedad crónica o problemas graves de salud que les generan limitaciones para las actividades de la vida diaria.

1,1%

1,2%

Personas que viven en hogares con alguna persona dependiente, que necesitan ayuda o cuidados de otras personas para realizar las actividades de la vida diaria y que no la reciben.

0,8%

1,1%

Personas que viven en hogares con enfermos, que no han usado los servicios sanitarios en un año.

0,7%

1%

Personas que viven en hogares que han dejado de comprar medicinas, seguir tratamientos o dietas por problemas económicos.

5,4%

15,8%

Alguien en el hogar ha recibido o recibe malos tratos físicos o psicológicos en los últimos 10 años.

No hay información

2,7%

Personas que viven en hogares con relaciones muy malas, malas o más bien malas.

1,5%

0,8%

Personas que viven en hogares con alguna persona que tiene o ha tenido en los 10 últimos años problemas con el alcohol, con otras drogas o con el juego.

No hay información

2,6%

Alguien ha sido o está a punto de ser madre adolescente sin pareja.

2%

1%

Personas que viven en hogares con alguna persona que tiene o ha tenido en los 10 últimos años problemas con la justicia (antecedentes penales).

2,5%

1%

Personas sin relaciones en el hogar y que no cuentan con ningún apoyo para situaciones de enfermedad o de dificultad.

2,8%

2%

Personas que viven en hogares con malas o muy malas relaciones con los vecinos.

1,6%

0,5%

Personas que viven en hogares con alguna persona en instituciones: hospitales y pisos psiquiátricos, centros de drogodependencias, de menores, penitenciarios, para transeúntes o mujeres.

0,3%

0,2%

Sinceramente, muchos de los elementos que aparecen en este listado me parecen una absoluta frivolización de la pobreza que no entiendo que una asociación como Cáritas consienta. Es cierto que Cáritas en todo momento habla de exclusión social y no de pobreza, pero la organización debería ser consciente de la demagógica equiparación que suele hacerse entre ambas, sobre todo cuando se las vincula a la crisis actual. Y facilitar -e incluso promover- una completa manipulación del significado de las estadísticas en un sentido vejatorio para los verdaderamente pobres debería estar en los antípodas de los objetivos sociales de Cáritas.

Ni estar peleado con tus vecinos, ni estar peleado con tu pareja, ni tener un abuelo semianalfabeto, ni ser madre soltera, ni vivir en un hogar con ciudadanos extracomunitarios ni ser apolítico equivale a ser pobre. Es más, diría que ni siquiera equivale a estar excluido socialmente. Y, sin embargo, acabo de mencionar seis indicadores que, en caso de que coincidieran en una misma persona, la calificarían como de "severamente excluida" de la sociedad (esto es, la categoría más grave posible dentro del informe de Cáritas). De hecho, basta con que coincida uno de ellos para que esa persona no esté "plenamente integrada" en sociedad, o que haya dos de ellos para que el individuo esté parcialmente excluido de la sociedad. Es decir, con dos de los anteriores seis criterios… usted integraría ese 25% de los españoles a los que la crisis ha empujado a una situación de exclusión social según Cáritas.

El colmo del despropósito, claro está, se halla contenido en el parámetro 32, a saber, "haber tenido problemas con la justicia en los últimos 10 años": vamos, que para Cáritas todos los políticos condenados por haber saqueado y construido fortunas personales a costa de los contribuyentes… deben figurar como no integrados plenamente en sociedad. Y si la corrupción les ha llevado a pelearse con sus vecinos o con su pareja comenzarían a formar parte de ese 25% de españoles excluidos de la sociedad. Delirante.

En este sentido, que la exclusión social haya aumentado del 16,3% en 2007 al 25,1 en 2013 (nota: la crisis en todo caso habrá causado el aumento de nueve puntos en la exclusión social entre 2007 y 2013, no los 25 puntos de 2013) se explica por un elemento de sobra conocido: el paro. Los problemas relacionados con el paro abarcan seis de los 35 indicadores, de manera que no es tan complicado que una persona se encuentre en varios de ellos (y además en alguno de los otros 29 indicadores). Sólo el punto 5 (personas que viven en hogares con personas en paro y sin haber recibido formación ocupacional en el último año) aumenta del 8% al 36%: algo de sobra conocido por todo aquel que siga la evolución de nuestra tasa de paro.

Y si por "aumento de personas excluidas socialmente" queremos decir "aumento de personas en paro", ¿a qué se debe tanta algarabía con el informe de Cáritas? Al cabo, la EPA que se publica trimestralmente ya recoge esa misma información. Pues la algarabía se debe a que los datos que presenta Cáritas pueden ser manipulados e instrumentados políticamente: cosa que se ha hecho sin pudor alguno y a lo que Cáritas se ha prestado orgullosamente.

Lo anterior no significa, claro está, que los indicadores desagregados que presenta Cáritas sean inútiles. Únicamente implica que la cifra del 25% de excluidos sociales hay que desecharla por descabellada. Pero el listado anterior sí nos permite conformarnos una imagen de qué porcentaje de personas lo están pasando verdaderamente mal durante esta crisis: el cruce de los puntos 7 (pobreza extrema), 8 (carencia de bienes básicos), 14 (infraviviendas) o 23 (haber pasado hambre en los últimos diez años) nos indica que el porcentaje de españoles que puede estar atravesando dificultades verdaderamente acuciantes (dificultades que, en todo caso, se habrían considerado el estándar de normalidad hace 40 o 50 años) se halla en torno al 5%, frente al 2-3% del pico de la burbuja de prosperidad de 2007.

Ese 5% de españoles son el público objetivo al que atiende Cáritas y que debido a su volumen absoluto -más de dos millones de personas- es comprensible que esté desbordando sus instalaciones. Pero el 5% no es ni el 25% ni el 66%: acaso a Cáritas le parezca que hay demasiados pocos pobres y se vea en la tentación de inflar exageradamente su número.

Cáritas es en muchos sentidos una organización ejemplar a la que todos tenemos mucho que agradecer. Pero que sea ejemplar en muchos sentidos no significa que lo sea en todos: frivolizar e instrumentar el verdadero drama de la pobreza en aras de un mayor autobombo y de la defensa de un modelo de Estado omniabarcante no debería entrar en su agenda. Y, por desgracia, se está convirtiendo en parte constituyente de la misma.

En defensa de la desigualdad

Es el fenómeno económico de moda. La desigualdad está en todas partes, en todas las agendas políticas de los socialistas, en toda manifestación callejera. El movimiento de “We are the 99% o “Somos el 99% en Estados Unidos o el partido político Podemos no dejan de denunciar este fenómeno y proponen medidas liberticidas para (supuestamente) contrarrestarlo. La mayoría de sus mensajes intenta mostrar a una sociedad cada vez más polarizada en la que los de arriba -que son “cuatro gatos”- viven gozando de los mayores lujos y comodidades a costa de los de abajo, el pueblo. La solución, claro está, es subirle los impuestos a los ricos y redistribuir una porción de sus rentas aún mayor que la actual. Esa forma de ver la sociedad supone una mezcla de dos ideas erróneas. La primera de ella es que el capitalismo es un juego de suma cero, en el que para que uno gane otro tiene que perder. Esa idea es rotundamente falsa. La segunda idea en la que se basa esa visión es el de una creciente desigualdad de rentas, que analizaremos a continuación. La mayoría de las cosas que escuchamos sobre la desigualdad son cuando menos inexactas o, en el peor de los casos, falaces. ¿Cómo se explica que Dinamarca sea el país más desigualitario del mundo en riqueza y al mismo tiempo el segundo más igualitario en renta?

Como si las ideas sobre la desigualdad no hubiesen calado lo suficientemente hondo en la mayoría de sociedades occidentales, la gota que ha colmado el vaso ha sido la aparición de un libro escrito en 2013 pero publicado por Harvard University Press en inglés en 2014. El libro económico del momento, El Capital en el Siglo XXI, del economista francés Thomas Piketty trata en exclusiva el fenómeno de la desigualdad. La tesis que Piketty sostiene es que la acumulación de capital inherente al sistema capitalista crece de forma más rápida que la renta y los salarios. La consecuencia que más preocupa a Piketty de este fenómeno es la creciente desigualdad. El problema es que, tal y como Juan Ramón Rallo y otros muchos economistas han refutado, el temor que Piketty vislumbra no se produce. De hecho, la mitad del aumento de la desigualdad en la distribución de la renta desde finales de los 70 no es fruto de la acumulación de capital de los capitalistas sino del aumento de la desigualdad en las rentas salariales. Ignacio Moncada también le dio un buen repaso al nuevo economista favorito de Paul Krugman en este artículo. Marc Andreessen, un venture capitalist que dirige la firma Andreessen & Horowitz, también mostró en este artículo una enorme incongruencia en la tesis de Piketty. A saber, la irreal facilidad con la que el economista francés sostiene que se pueden reinvertir cantidades de capital crecientes durante periodos tan largos de tiempo como 40, 80 o 100 años. Hasta el propio Warren Buffett, considerado el mejor inversor de todos los tiempos, lleva décadas reconociendo públicamente que a medida que el capital que él gestiona crece, la rentabilidad que obtendrá disminuirá progresivamente.

Más allá de demostrar que la tesis de Piketty es falsa y que la mayoría de lo que se dice sobre la desigualdad es mentira, es interesante plantearse una cuestión. Aun en el caso de que lo que se dice sobre la desigualdad fuese cierto, ¿es mala la desigualdad de rentas? Cualquier socialista de pro dirá que nadie en su sano juicio que además tenga un mínimo de humanidad puede defender que la desigualdad de rentas no es mala de base. Sin embargo, hay varios argumentos en favor de la desigualdad de rentas que Piketty, Krugman y compañía deberían tener en cuenta. Merece la pena enumerarlos y tenerlos en cuenta antes de rechazar de forma instintiva la desigualdad.

En primer lugar, es evidente que la posibilidad de que unos ganen significativamente más que otros es un fortísimo y deseable incentivo para esforzarse por lograr esas rentas por encima de la media. De no existir desigualdad de rentas o de ser las desigualdades mínimas, el incentivo para esforzarse y generar un valor añadido superior al de los demás sería prácticamente nulo. Cierto es que no todo el mundo que genera valor añadido lo hace con el propósito de enriquecerse. Ni siquiera aquellos que sí tienen un afán de enriquecimiento y se esfuerzan más de lo estrictamente necesario para sobrevivir lo hacen sólo por ese motivo. En la mayoría de los casos, se trata de una mezcla de ánimo de lucro y ganas por mejorar el mundo en el que vivimos. Al fin y al cabo, para que el mercado nos recompense con una abundante riqueza, debemos satisfacer las necesidades de muchas personas, lo que indirectamente implica mejorar sus vidas gracias a ofrecerles aquellos bienes o servicios que demandan por encima de otras alternativas.

El segundo motivo es que la desigualdad de rentas es un importantísimo transmisor de información en una economía capitalista. Igual que los precios son los faros del capitalismo, ya que permiten una coordinación social altamente compleja, la desigualdad de rentas es otra señal de información que el mercado transmite a sus partícipes sobre los ámbitos de la economía más exitosos. Eliminar esa transmisión de información sería un grave error.

El tercer motivo es que la desigualdad pone los recursos en las manos de quien mejor rendimiento sabe sacarles. Gracias a la desigualdad de rentas, unos partícipes dentro de una economía acumulan un número de recursos económicos muy superiores al de otros. En contra de lo que intuitivamente podríamos pensar, lejos de ser algo injusto, este fenómeno es importantísimo. La desigualdad permite que aquellas personas que han demostrado ser más productivas y capaces de generar un mayor valor añadido para la sociedad, dispongan de más recursos. Que en sus manos tengan más recursos que los demás permite que esos mismos recursos sean usados (en principio) por personas más capaces que los agentes económicos que generan menor renta. De suceder lo contrario, la destrucción de recursos sería muy superior.

Como hemos visto, la mayoría de las cosas que se dicen sobre el fenómeno de la desigualdad son rotundamente falsas. Pero aun en el caso de que la desigualdad que nos dicen se está produciendo en la actualidad fuese cierta, no sería un fenómeno negativo. Evidentemente la desigualdad tiene algún efecto negativo, pero creo firmemente que los efectos positivos son superiores. El mercado, con su capacidad de ajuste fruto de la experimentación descentralizada es el mejor marco para la coordinación social. Y si este genera desigualdad dentro de un marco de libertad absoluta, bienvenida sea. 

La sistemática tergiversación de Say

A través de un artículo de Paul Krugman llego a un post del economista italiano Franceso Saraceno titulado Jean-Baptiste Hollande. Aunque la anotación tiene ya unos meses, se encuentra de plena actualidad dado las recientes críticas que le están cayendo al otrora azote de la austeridad, François Hollande, a propósito del supuesto ajuste presupuestario vivido en el país occidental con un mayor Estado.

Según Saraceno, Hollande aseveró hace unos meses que “necesitamos actuar sobre la oferta. ¡Sobre la oferta! No hay contradicción entre la oferta y la demanda. De hecho, la oferta genera la demanda”. Según el italiano, Hollande está resucitando la archirrefutada Ley de Say, ésa que Keynes en su momento resumió con esa disparatada máxima de que “la oferta genera su propia demanda”. Para mostrarnos el grado de disparate implicado en la Ley de Say, Saraceno nos ofrece un párrafo de John Stuart Mill donde aparece resumida:

"Los medios de pago con los que la gente compra la producción de otras personas consisten en aquellos bienes que ellos poseen. Todos los vendedores son inevitablemente compradores. Si de repente pudiéramos duplicar la capacidad productiva del país, duplicaríamos la producción de mercancías en cada mercado; pero, al mismo tiempo, estaríamos duplicando nuestro poder adquisitivo. La demanda de todo el mundo se duplicaría junto con la oferta: todo el mundo sería capaz de comprar el doble porque todo el mundo tendría el doble que ofrecer a cambio."

El párrafo de Mill parece una ridiculez, ya que en un primer vistazo nos está diciendo que la gente está dispuesta a demandar el doble de lo que actualmente está consumiendo: el doble de comida, el doble de televisores, el doble de viviendas, el doble de ropa, el doble de mesas, el doble de sillas, etc. Es decir, el párrafo parece estar negando la posibilidad de que se produzcan errores de inversión, de que algunas mercancías se fabriquen en exceso, de que aparezcan sobreproducciones parciales en una economía. Si eso fuera así, sería obvio que la Ley de Say sería un disparate propio de economistas poco formados.

Ahora bien, si uno ha leído a Mill debería preguntarse ¿por qué Saraceno detiene su cita en ese punto? ¿Por qué no cita, no ya el siguiente párrafo, sino la continuación de ese mismo párrafo? Veamos cómo continúa Mill:

"Probablemente, claro, algunas cosas serían producidas en exceso. Aun cuando la sociedad estuviese dispuesta a duplicar su consumo agregado, podría disponer ya de suficientes cantidades de algunas mercancías, prefiriendo en cambio más que duplicar la producción de otros bienes, o materializar ese nuevo poder adquisitivo en la fabricación de nuevos bienes. En tal caso, la oferta tenderá a adaptarse y el valor de los bienes se alineará con su coste de producción. De hecho, resulta absurdo pensar que todos los bienes caerán de valor y que, en consecuencia, todos los productores serán insuficientemente remunerados. Si las utilidades de los bienes no cambian, el nivel de precios resulta irrelevante, ya que la remuneración de los productores no depende de cuánto dinero obtengan, sino de cuántos artículos pueden comprar en el mercado a cambio de los que venden: si todas las mercancías se duplicaran en cantidad, esto también incluye duplicar la mercancía que actúa como dinero, de manera que los precios no cambiarían como no lo harían las utilidades.

Una sobreproducción generalizada, un exceso de todas las mercancías sobre su demanda es una imposibilidad, en la medida en que la demanda consiste en medios de pago [en producción]."

Mill era perfectamente consciente de que podían aparecer sobreproducciones parciales: de que los inversores de una economía pueden equivocarse y producir demasiadas viviendas, demasiados ferrocarriles, demasiados automóviles, etc. La Ley de Say no trata sobre eso, sino sobre algo mucho más simple: para demandar hay que producir. No existe demanda sin oferta: demandar sin ofrecer equivale a comprar sin pagar. Para adquirir bienes hay que tener renta y para tener renta hay que vender bienes (o servicios).

Es verdad que la oferta con la que se demanda puede no ser oferta presente sino oferta futura (comprar prometiendo entregar producción futura: es decir, endeudarse), pero eso no cambia la muy sencilla realidad: no puede existir una carestía de demanda en relación con la oferta, pues la demanda es oferta. Cuestión distinta es que nuestra oferta actual de bienes y servicios no se corresponda con la oferta deseada: esto es, que produzcamos demasiado de unos bienes y demasiado poco de otros bienes. Pero las sobreproducciones parciales no son sobreproducciones generales (no hay demasiado de todo, sino demasiado de unos bienes y demasiado poco de otros). Es simplemente deshonesto tratar de refutar la Ley de Say equiparándola con una ley que niega la posibilidad de sobreproducciones parciales (“la oferta crea su propia demanda”).

Saraceno no es el primero que cita a Mill a medias. El propio Keynes lo hizo mucho antes, ya en La Teoría General, cortando la cita de Mill exactamente en el mismo tergiversador punto. Además, démonos cuenta de otro detalle más grave. ¿Por qué Keynes y Saraceno critican la Ley de Say pero jamás citan al propio Say? ¿No sería más lógico buscar citas del propio Say que expusieran lo calamitosas que eran sus teorías? Pues no y por una razón elemental: Say se expresaba con mucha más claridad que Mill. Al francés no se le puede tergiversar: no se le puede hacer decir lo que no quiso decir. Por ejemplo, lean cómo Say era plenamente consciente de la existencia de sobreproducciones parciales:

"Una sobreproducción de mercancías particulares se produce porque la oferta de esa mercancía ha desbordado su demanda debido a una de esas dos razones: o porque se ha producido en exceso o porque la producción de otras mercancías es insuficiente."

Es más, si el economista italiano hubiese leído con algo más de detalle a Say no habría caído en algunos de los errores más clamorosos de su post. En él Saraceno nos intenta mostrar lo absurdo de las declaraciones de Hollande apelando a la típica encuesta a empresarios que señalan que sus dificultades económicas provienen esencialmente de la falta de demanda sobre sus productos (en concreto, un 70% de los empresarios que reconocieron tener dificultades los atribuyeron exclusivamente al lado de la demanda). Así, concluye Saraceno: “El mensaje parece bastante claro: desde el comienzo de la crisis los problemas de las empresas francesas han procedido de una insuficiente demanda. Keynes tiene razón, Say (y François Hollande, y la Comisión Europea y Angela Merkel) está equivocado”.

A este respecto, sin embargo, vean precisamente cómo comenzaba Say el capítulo de suTratado de Economía Política donde exponía su famosa ley:

"Es habitual escuchar entre los emprendedores de distintos sectores industriales que sus problemas económicos no residen en el lado de la producción, sino en las dificultades para vender sus mercancías; que la producción siempre sería abundante si existiera suficiente demanda para absorberlas. Cuando la demanda por sus mercancías es demasiado lenta, retraída y poco efectiva, los emprendedores tienden a afirmar que el dinero es escaso; su objeto de deseo es un consumo vigoroso que acelere las ventas y eleve los precios.

(…)

[Y, ciertamente], un hombre dedicado a invertir su tiempo de trabajo en crear objetos de valor y que proporcionen algún tipo de utilidad no puede esperar que ese valor sea apreciado y remunerado a menos que otras personas dispongan de medios para adquirirlo. Ahora bien, ¿en qué consisten estos medios? En el valor contenido en otros productos, como los frutos de la industria, del capital y de la tierra. Todo lo cual nos conduce a una conclusión que a primera vista podría resultar paradójica: a saber, que es la producción la que permite la demanda de otros productos."

La encuesta que enlaza Saraceno, por tanto, no demuestra nada: la falta de demanda es un síntoma o de falta de producción presente valiosa o de falta de producción futura igualmente valiosa (la famosa falta de crédito). Si es un problema de falta de oferta presenta, entonces la cuestión es cómo cambiar el modelo productivo actual: liberalización económica, impuestos bajos, presupuestos equilibrados y estabilidad financiera. Si, en cambio, es un problema de falta de oferta futura (falta de crédito), entonces la cuestión es cómo mejorar la existencia de producción futura (de nuevo, el cambio de modelo productivo) o cómo reducir los extraordinarios compromisos presentes (sobreendeudamiento presente) sobre esa producción futura: desapalancamiento mediante el aumento del ahorro interno.

No hay más. Los empresarios, personas no necesariamente versadas en la ciencia económica, pueden confundir los síntomas (falta de demanda) con las causas profundas (falta de oferta presente o futura). Los economistas no deberían: les basta con leer a Say para entenderlo. Si Saraceno lo ha leído, mal por ocultar el auténtico significado de la Ley de Say. Si Saraceno no lo ha leído, peor por criticar a Say sin haber leído a Say

La arqueología, un lujo de nuestros días

Es relativamente frecuente, cuando uno hace visitas guiadas a yacimientos arqueológicos, y prácticamente inevitable cuando tales yacimientos son prehistóricos, que los guías resalten las bondades del modus vivendi de nuestros antepasados, sobre todo en lo que al respeto al medio ambiente se refiere.

Así, se resalta cómo nuestros ancestros vivían de una forma sostenible y compatible con el ecosistema, al contrario que en la actualidad, donde la falta de conciencia ecológica nos está llevando a la destrucción y el fin de la raza humana que tan bien supieron preservar aquellas personas durante millones de años.

Tras oír estos comentarios, uno siempre se queda con las ganas de preguntarle al guía de turno si sabe cuánta gente vivía en aquella época en el mundo, y cuánta vive ahora. La respuesta sería, según observo, que por ejemplo durante la segunda glaciación no vivían en toda la Tierra más de medio millón de personas. Compárese con los 9.000-10.000 millones que la habitan en la actualidad.

Es indiscutible, además, que los recursos a disposición de los habitantes de la Tierra eran más o menos los mismos entonces que ahora. Así que algo bien habrá hecho la raza humana que convive en esta sociedad moderna para que el uso de los mismos recursos, permita la subsistencia de 20.000 veces más personas.

O, dicho de otro modo, si el ser humano se pusiera a vivir de la misma forma en que lo hacían esos ancestros, tan alabada por los arqueólogos, solo podría sobrevivir 1 de cada 20.000 personas. Supongo que los arqueólogos creen que estarían entre los elegidos.

Y para que hablar del nivel de vida. ¿Qué jornadas laborales tenían los cazadores de mamuts? ¿Gozaban de días de vacaciones? En fin. Puede que ahora tengamos una forma de vida menos ecológica que la de nuestros ancestros, pero es sin duda mucho más eficiente y no digamos cómoda.

Pero aún hay más. La propia arqueología no deja de ser una disciplina de lujo, que solo una sociedad tan rica como ha llegado a ser la actual puede permitirse.

No hay vestigios arqueológicos de excavaciones arqueológicas (¿metaexcavaciones?) en ninguno de los yacimientos investigados. Los antiguos no se podían permitir realizar excavaciones arqueológicas en los sitios en que vivían o que tenían cerca. Se reutilizaba lo que se pudiera y se construía encima, pero nadie se dedicaba a excavar para ver cómo era el palacio de la gente que allí había habitado 500 ó 1000 años antes.

La disciplina de la arqueología comienza a practicarse en el siglo XIX, casualmente cuando el nivel de vida de la sociedad empieza a despegar, posiblemente a consecuencia de la contaminante revolución industrial. Así que en la medida en que el modo de vida del ser humano se hace menos ecológico, comienzan a aparecer los arqueólogos. Los mismos que en unos 150 años estarán quejándose de la poca conciencia ecológica que tiene el ser humano de nuestro tiempo.

Para mayor ironía, la mayor parte de los yacimientos arqueológicos se han descubierto como consecuencia de la pretendida construcción de infraestructuras que posibiliten ese modus vivendi tan opuesto al de nuestros ancestros prehistóricos. Por ejemplo, el yacimiento de Atapuerca se descubrió al barrenar una colina para facilitar el paso del tren.

Es cierto que muchos trabajos de arqueología se financian con nuestros impuestos, por lo que muchos arqueólogos (evidentemente, la sabiduría en este campo no está reñida con la ignorancia en economía) pueden caer en la tentación de pensar que su trabajo no depende de esa sociedad consumista formada por empresas contaminantes y consumidores insensibles. Pero no es así: sin la expropiación estatal de la riqueza generada por la vilipendiada sociedad consumista, no habría dinero para su trabajo y, bueno, se tendrían que dedicar a otra cosa.

Conste que me interesa la arqueología (bueno, más bien los resultados de su investigación) y no me pierdo visitas a ruinas importantes allí donde tengo oportunidad. Y conste que pago sin protestas el importe de la entrada, y que seguramente fuera donante para que siguieran este tipo de trabajos en un mercado libre, porque me apasiona y me parece fundamental entender cómo vivieron nuestros antepasados.

Pero, al mismo tiempo, creo que el arqueólogo, por muy enamorado que esté de su trabajo, debe mantener el respeto por la sociedad actual y su modo de vida. Y reconocer, públicamente, que es ese modo de vida el que le permite vivir como arqueólogo, y el que permite vivir a 10.000 millones de personas en lugar de a los menos de un millón que él estudia.

Thomas Piketty y la cruzada contra la riqueza

El economista de moda, el francés Thomas Piketty, ha revolucionado el mercado editorial con su obra Capital en el Siglo XXI,un libro académico de 700 páginas, rico en datos, series históricas y teoría económica. Un ladrillo, vamos. ¿Cómo es posible que un libro tan poco apetecible, cuya lectura probablemente sea lo último que haríamos en nuestro escaso tiempo libre, haya llegado al número uno en la prestigiosa lista de bestsellers publicada por The New York Times?

Ambas cosas son compatibles. Que un libro sea muy vendido no quiere decir que sea muy leído. Jordan Ellenberg, un profesor de matemáticas de la Universidad de Wisconsin, ha publicado en The Wall Street Journal un método, muy inexacto y para andar por casa, de medir cuáles son los libros que una vez se empiezan, antes se dejan de leer. En tiempo récord, el libro de Piketty ha reemplazado al que históricamente había sido el libro más “no leído” de todos los tiempos: Breve historia del tiempo, de Stephen Hawking. En concreto, los cinco subrayados más populares de Capital en el Siglo XXI, según recoge Amazon, no pasan de la página 26. Según Ellenberg, quien empieza el libro de Piketty rara vez supera el capítulo introductorio.

Esto es perfectamente lógico, pues es libro está concebido para que así sea. Y es que Capital en el Siglo XXI no está para ser leído, sino para que cualquier anticapitalista lo use como arma arrojadiza en caso de necesidad; para que se esgrima como argumento fácil en cualquier discusión o debate; y para se referencie como demostración empírica y teórica de que el capitalismo es el mal, y que sólo un Estado omnipotente puede rescatarnos de sus pérfidas garras.

En el artículo anterior, primera parte de esta serie de dos artículos dedicados a Piketty, nos metíamos a desmenuzar la tesis central de Capital en el Siglo XXI. Según el economista francés el capitalismo tiene una ‘gran contradicción interna’: que el capital acumulado crece más rápido que las rentas y los salarios. Esto, según Piketty, hace que la sociedad tenga una tendencia automática hacia la desigualdad. Por un lado, el capital se va acumulando progresivamente en pocas manos y se transmite de generación en generación vía herencias. Y por otro, las rentas de ese capital cada vez más concentrado crecen más rápido que las rentas del trabajo.

Vimos en el artículo anterior que el problema de la atractiva tesis central de Piketty es, simple y llanamente, que es falsa. Y lo es en dos sentidos. En primer lugar, el propio estudio histórico de Piketty revela que lo que ha sucedido hasta ahora ha sido, de hecho, lo contrario: las rentas del capital son hoy menos importantes que las del trabajo que hace un siglo, y los más ricos acumulan en proporción menos capital que entonces. En segundo lugar, y en vista de que los datos del propio Piketty no apoyan su propia tesis, la teoría que el autor ha elaborado para explicar por qué su tesis sí será válida para el siglo XXI, como vimos, tampoco se sostiene.

Después de tres cuartas partes del libro tratando, en vano, de demostrar su tesis, Piketty abandona la sección económica del libro y pasa a la sección puramente política. En ella propone unas medidas estatales para solucionar, o al menos paliar, este supuesto mecanismo implacable de generación de desigualdad que está en la esencia del capitalismo. Pero antes de entrar en ello, es preciso señalar algo que pudiera parecer obvio, pero que sorprendentemente muchos defensores del libro confunden: lo que a Piketty le preocupa, estudia y pretende resolver es la desigualdad, no la pobreza. Cuando Piketty dice que la desigualdad aumenta, se refiere a que los más ricos tienen un porcentaje creciente de la renta y del capital total del país. Pero en su estudio considera irrelevante si en términos absolutos la sociedad se vuelve más rica o más pobre. No entra a analizar si el capitalismo hace que las clases medias o los más pobres vean aumentar su renta, su riqueza y su nivel de vida. Lógico, porque el capitalismo reduce la pobreza.

Que a Piketty le preocupe la desigualdad y no la pobreza es totalmente legítimo. Es, al fin y al cabo, una preferencia ideológica que comparte con una parte muy importante de la población. Y no es una preferencia arbitraria, pues la desigualdad toca fibras muy primarias del ser humano, nos despierta fuertes emociones. Hemos vivido y evolucionado durante millones de años en pequeñas tribus en las que el igualitarismo era importante. Aunque ahora vivimos en sociedades muy distintas, extensas e hipercomplejas, nuestras innatas emociones no cambian tan rápido. En definitiva, para entender las propuestas de Piketty es importante tener presente que lo que le preocupa es que los ricos se vuelvan más ricos que los pobres, pero que no presta ninguna atención a si los pobres se están haciendo más pobres o más ricos.

¿Qué propone Piketty para solucionar el supuesto problema de la generación inexorable de desigualdad? Si diéramos por buena su teoría de que el capital crece de forma automática más rápido que la renta nacional, la propuesta política más inmediata sería la de que todo el mundo pase del actual sistema de pensiones de reparto a uno de capitalización. Es decir, dejemos que toda la población se sume a ese facilón proceso de acumulación de riqueza. Pero Piketty, que dedica una sección del libro a valorar esta posibilidad, va y concluye… ¡que no, que esto es tan “irracional como apostarlo todo a una tirada de dados” porque el retorno del capital es “extremadamente volátil y arriesgado”! Es decir, que después de 700 páginas criticando el chollo de los ricos, que sólo tienen que sentarse sobre su capital y esperar a que se autorreproduzca de manera automática, resulta que al final dice que esto no es así. Que el retorno del capital, después de todo, es arriesgado, y no está tan claro que crezca de forma automática. Desde luego es curioso que una de las mejores refutaciones contra la teoría de Piketty la haya formulado él mismo, sin darse cuenta, en su propio libro.

Pero corramos un tupido velo y pasemos a lo que el economista francés realmente propone. Piketty explica que el tipo de Estado que considera idóneo, al menos hoy por hoy, es el mismo que tenemos en la actualidad en Occidente. Piketty reconoce que el actual peso del Estado, de alrededor de un 50% de la renta nacional, no puede crecer mucho más si no queremos pasar a un modelo de socialismo real, cosa que no contempla. También dice que cuando el tamaño del Estado es del orden de la mitad de la renta nacional, no es realista pretender que los ricos contribuyan proporcionalmente mucho más que las clases medias y bajas, pues la recaudación progresiva sólo es viable para tamaños de Estado mucho menores. Sólo puede mantenerse el tamaño actual del Estado si todos, ricos, clases medias y pobres, aportan tanto como estén dispuestos a soportar sin irse masivamente del país. Lo que viene a significar una recaudación alta y más o menos lineal, del orden de la que tienen los países occidentales en la actualidad.

Ahora bien, la primera propuesta de Piketty es fijar un impuesto sobre la renta para los más ricos del orden del 80%. Pero ¿no decíamos que según el francés no se puede recaudar mucho más de los ricos? En efecto. Pero el objeto de este impuesto sobre la renta, similar al que ya ha sido adoptado en la Francia de Hollande por consejo de Piketty, no es recaudar más para transferir esa renta a las clases pobres. Piketty admite que este impuesto “no aumentaría la recaudación, porque cumpliría rápidamente su objetivo: reducir drásticamente las remuneraciones a este nivel”. La medida, como reconoce el autor, es equivalente a prohibir las rentas altas. La meta no es recaudar, sino eliminar a los ricos. La desigualdad se reduciría cortando por arriba, quedando los pobres y clases medias, en el mejor de los casos, igual que estaban.

Tal vez la propuesta de Capital en el Siglo XXI que más ha trascendido ha sido la implantación de un impuesto progresivo mundial sobre el capital, con tipos impositivos prohibitivos sobre el valor del capital (“del 10% o más”) para los más ricos. Esto equivale a obligar a los ricos a pagar cada año un impuesto mayor que su renta anual. O, por decirlo con otras palabras, el objetivo fundamental de Piketty no es una mayor recaudación: en el corto plazo consiste en obligar a los estas personas a liquidar forzosamente su capital; en el largo plazo, la idea es desincentivar que la formación de capital tenga lugar. 

Huelga decir que lo que diferencia a una sociedad próspera de una sociedad pobre es, precisamente, el capital acumulado. Estados Unidos o Suiza pueden producir más bienes y servicios que países pobres, y por tanto consumir más, precisamente por la cantidad de capital acumulado que tienen: maquinaria, herramientas, instalaciones, infraestructura, empresas. Obligar a liquidar la estructura del capital y desincentivar la formación de la misma, tal vez sirva para reducir la desigualdad que tanto preocupa a Piketty, pero desde luego fuerza a toda la sociedad a ser más pobre. Como escribía el economista Murray Rothbard en su libro Power and Market, “el impuesto sobre la riqueza impone una pesada penalización sobre la riqueza acumulada y por tanto el efecto del impuesto es el de reducir el capital acumulado. No se puede encontrar camino más rápido para promover el consumo de capital y el empobrecimiento general que penalizar la acumulación de capital. Es sólo nuestro capital acumulado lo que diferencia nuestra civilización y nivel de vida respecto de la de los hombres primitivos, y un impuesto sobre la riqueza empezaría rápidamente a eliminar esa diferencia”.

El principal problema que Piketty le ve a este impuesto, sin embargo, no es que empobrezca masivamente a toda la población. Lo que le preocupa es que si no lo adoptaran todos los países al mismo tiempo, el capital empezaría a huir de los países que lo adopten hacia los que no lo hayan adoptado, empobreciendo a los primeros y enriqueciendo a los segundos. ¿Qué solución propone Piketty para solucionar este problema? Intentar que todos los Estados del mundo lo adopten. Es decir, que los Estados no compitan fiscalmente y que se cartelicen. Pero ¿qué hacemos con los países que no quieran adoptar este empobrecedor impuesto global? ¿Bloquearlos, amenazarlos, invadirlos? Este semillero de conflictos a escala global no es más que otra de las consecuencias de las felices propuestas del alabado y aspirante a premio Nobel Thomas Piketty.

Existen otras propuestas igualmente disparatadas en la sección política de Capital en el Siglo XXI. Pero en resumen, todas van en la misma dirección: buscan terminar con la desigualdad cortando por arriba. Lo que sorprenderá a muchos de los seguidores de Piketty que no hayan leído el libro es que en ningún momento pretende que el Estado aumente la recaudación de los ricos para redistribuir a los pobres con la intención de acabar con la desigualdad. El propio Piketty admite que esto es inviable. Lo que propone es impedir que la gente se enriquezca, aunque sea a costa de que toda la sociedad, en todos sus estratos, se empobrezca. Piketty plantea una cruzada, ideológica y emocional, contra la riqueza.