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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Un millón de camisetas usadas

Jason Sadler quería aprovechar las camisetas utilizadas por su empresa publicitaria y está coordinando una campaña para movilizar a donantes. Sus intenciones son buenas, pero eso no basta para que funcionen.

Desde que estrenó la campaña, Sadler ha recibido un alud de críticas por parte de expertos en ayuda al desarrollo y activistas con experiencia en el terreno. En primer lugar, destacan que es ineficiente. Un millón de camisetas es pesado, el coste de envío y aduanas probablemente sea superior al coste de producirlas en el país. Además, inundar el mercado local con camisetas gratis puede perjudicar la industria textil nacional
 
Este último argumento, sin embargo, no me convence: ¿no salen los consumidores africanos ganando si ya no tienen que comprar camisetas y pueden demandar otros bienes con ese dinero? Los productores locales dejarán de producir ropa y producirán esos bienes. Es análogo a la importación de productos baratos en Occidente: los consumidores disponen de más renta, y los productores locales y sus recursos se desplazan a otras líneas de producción.

En segundo lugar, en África no hacen falta camisetas. Los activistas de ONGs que trabajan en África han preguntado a Sadler si ha pisado alguna vez el continente y ha visto a mucha gente desnuda. África tiene problemas sociales, sanitarios y económicos bastante más acuciantes. En Aid Watch apuntan que la idea de Sadler, como muchos otros proyectos caritativos, surge de plantearse "qué tipo de ayuda quiero ofrecer" en lugar de "qué tipo de ayuda puede ser más útil para grupos de personas específicos".

William Easterly, reconocido economista del desarrollo, llama la atención sobre el doble rasero respecto al sector de la ayuda externa: si un cirujano nos opera, esperamos que sus intenciones no sean malas pero lo que realmente nos importa es que sepa lo que hace y lo haga bien. Pero en cuestiones de ayuda al desarrollo, parece que lo más importante son las intenciones.

En realidad, a un nivel menos consciente, lo que busca mucha gente es tranquilizar su conciencia y mostrar que se preocupa por los demás. Si la ayuda es o no efectiva resulta secundario. Sucede, por ejemplo, en el metro cuando algunas personas se apresuran a sacar cuatro centavos para el mendigo que toca el acordeón. Algunos quizás tienen intenciones genuinamente solidarias, pero otros simplemente están mostrando a los demás pasajeros (y al mendigo) que ellos son solidarios.

En cualquier caso, pocos se hacen la pregunta pertinente: ¿la limosna va a ayudarle a salir del pozo, o es un alivio temporal que le incentiva a seguir tocando el acordeón? En lugar de dar limosnas indiscriminadas, quizás sería más efectivo donar el dinero a una ONG que promueva la formación y el trabajo, o que tenga mecanismos de ayuda condicionales.

Ocurre lo mismo con el 0,7%. Lo jalean porque su objetivo oficial es ayudar a los países pobres, pero pocos se han preocupado por leer a los economistas del desarrollo que concluyen que es inocuo o contraproducente. Es una ayuda de Estado a Estado, que engrosa el sector público autóctono (corrupto e ineficiente) a expensas del sector privado, promoviendo el inmovilismo en materia de reformas. Nunca un país ha salido de la pobreza gracias a la "ayuda externa" sino a la apertura de sus mercados, a la liberalización de la economía interna, y a la progresiva acumulación de capital y aumento de la productividad. El contraste de Asia con África es ilustrativo.

En Aid Watch recomiendan a Sadler que no dilapide esfuerzos con esta campaña y aproveche sus conocimientos publicitarios para divulgar el mensaje de que donar dinero en metálico es mejor que donar productos. Si divulgar este mensaje no satisface su deseo de ayudar, puede aportar dinero a una ONG con experiencia y dedicada a solventar problemas específicos. Yo añadiría otra opción: invertir en fondos de economías emergentes. No muestras solidaridad, al contrario, te van a tachar de egoísta y explotador. Pero estarás contribuyendo directamente a crear empresas, puestos de trabajo y riqueza en el país.

Morales o el bufón que sueña con ser un líder

…se prodiga en declaraciones absurdas, acusaciones surrealistas y llamamientos grandilocuentes. A pesar de tratarse de un “segundón” mantenido que ha entregado el mando real de su país al mandatario venezolano, sueña con ser un líder de primera fila con capacidad de imponer sus caprichos tanto a nivel regional como global. Recordemos que entre sus “genialidades” figura la convocatoria (no secundada por nadie) de un referéndum a nivel mundial contra el capitalismo y sobre el cambio climático.

Morales –que se permite amenazar a los empresarios extranjeros que apoyen a los partidos de la oposición y que va denunciando supuestos golpes de estado orquestados por fuerzas políticas españolas mucho más democráticas que él– acusa ahora a la Unión Europea de “dividir” a los andinos a través del libre comercio. En sus delirios de grandeza, parece no poder aceptar de buena gana que la UE, Perú y Colombia firmen unos acuerdos que tanto él como el ecuatoriano Rafael Correa no querían suscribir.

Aunque el mandatario boliviano centra su queja en la Unión Europea, con quien realmente está molesto es con sus pares peruano, Alan García, y colombiano, Álvaro Uribe. Al firmar el acuerdo de libre comercio, ambos han mostrado una vez más que los suyos son dos de los países más independientes de Iberoamérica. Perú y Colombia no están, por fortuna, sometidos al populismo liberticida dirigido por Hugo Chávez desde Caracas. Ni tampoco al indigenismo cutre y empobrecedor de Morales, deudor del ex militar golpista venezolano. García y Uribe no dividen, tan sólo apuestan por una vía que conduce a una mayor prosperidad.

Evo Morales parece soñar con ser un líder mundial de primer orden. Peor, en demasiadas ocasiones actúa como si creyera que lo es. Hugo Chávez y los hermanos Castro alimentan las  fantasías del cocalero. Es un bufón muy útil para sus planes de dominio continental. Le dejan –incluso le animan a que lo haga– convocar referendos mundiales, proclamarse líder espiritual de América en una ruinas precolombinas, llamar a desconvocar cumbres mundiales o convocar las suyas propias. El presidente boliviano parece feliz con todo eso y, a cambio de poder imaginar ser lo que no es, cede a todo lo que se le ordena o se le pide desde Caracas y La Habana.

Europa como problema

Al santoral laico pronto se le van a terminar los 365 días del año para celebrar todas las fiestas que poco a poco han ido copando nuestro calendario, desde el día del Niño al día del Planeta pasando por el día sin Tabaco y, en España, el día de las Comunidades Autónomas. El pasado domingo, 9 de mayo, se celebró uno de estos días, el día de Europa.

Desde que Hobbes planteó en su Leviatán la necesidad de que “se establezcan períodos determinados de instrucción, en los que el pueblo pueda reunirse, […] escuchen a quienes les digan cuáles son sus deberes y cuáles son las leyes positivas que les conciernen a todos, leyéndolas y explicándoselas, y recordándoles quién es la autoridad que ha hecho esas leyes”, no hay Estado que no haya designado una fecha en la que poder exaltarse a sí mismo y recordárselo a sus ciudadanos. Es parte de la “construcción nacional” y, con mayor gloria o pena, con más o menos fundamento, así se celebran.

La Unión Europea no podía ser una excepción y desde 1985 oficializó sus símbolos sin que por ello los europeos los hayan adoptado como propios. Han pasado ya 60 años desde que se leyera la declaración tramada por Jean Monnet y Robert Schumman que ponía los cimientos de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero entre Francia y Alemania pero que apuntaba a una mayor unión, la semilla que crecería abonada por el mercado común y en la que hoy se ha convertido la Unión Europea acompañada de la monetaria.

Lejos de crear un marco de relaciones libres entre todos los europeos con el que poder desplazarse y comerciar en paz, la evolución institucional ha convertido lo que podría haber sido una buena idea en un Leviatán temible que se cierne sobre más de quinientos millones de almas. Con aquella declaración, Schumman -el ministro de Exeriores francés, no el compositor- había sembrado en ese “punto limitado, pero decisivo” todas las virtudes, y vicios, que más tarde llegarían. Los estados europeos no se limitaron a llegar a acuerdos de libre comercio, sino que fueron apuntalando la burocracia a base de tratados e instituciones que complicaron la propia existencia de la Unión hasta convertirla en una maraña incomprensible que solo los eurofuncionarios son capaces de interpretar como brujos de tribus ancestrales; tal vez esta tarea hercúlea justifique el abultado sueldo que les pagamos los contribuyentes europeos.

Más allá de las ciudades de Estrasburgo y Bruselas, los europeos viven al margen de la Unión y de sus símbolos aunque los padecen de la misma forma. Cada vez son más las directivas y demás legislaciones que afectan a nuestras vidas. Como todo gobierno centralizador, poco a poco se asumen más competencias en detrimento de las personas, que permanecen impotentes mientras se toman decisiones lejanas sin apenas control ni fiscalización; el euro es el fruto del monopolio monetario del Banco Central Europeo y la competencia fiscal entre Estados se ha visto comprometida gracias a los procesos de “armonización”. De cara al exterior, el mercado común y la libre circulación de personas se cierran sobre sí mismos, impidiendo el desarrollo de empresas y personas extraeuropeas, en este punto no se puede pasar por alto ni dejar de denunciar la Política Agraria Común.

El modelo institucional europeo ha demostrado sus fracasos y vergüenzas en demasiadas ocasiones, las últimas permanecen irresueltas, el futuro del euro es incierto y la Unión se ahoga mientras rescata a Grecia. La Constitución, que no era tal pero que simplificaba los tratados existentes, se estrelló ante la indiferencia popular mientras que las ambiciones particulares siempre han dado al traste con la ambición imperial de crear un ejército europeo. Franceses y alemanes se disputan la centralidad y el control político, y nunca renunciarán a ello. Políticamente, la Unión Europea permanece paralizada como paralizado quedó el espacio aéreo europeo tras la erupción del volcán islandés de nombre impronunciable.

La Unión ha tratado de apoderarse de la idea de Europa pero no ha sabido dar con sus claves y a veces tantea la legitimación democrática con escaso éxito. Sin Estado-Nación no puede haber nación soberana y mientras que el nacionalismo cívico de Habermas se mueve en el ámbito teórico, no se puede fomentar artificialmente lo que no es más que una unión de Estados con intereses comerciales comunes. Limitar el ámbito de los tratados a este punto habría sido garantía de paz y prosperidad suficiente sin caer en la necesidad de plantear siquiera otros problemas como el de las raíces cristianas.

La justificación histórica de la unión institucional encuentra precedentes siglos atrás, cuando a lo largo del s. XVI se impuso el mecanicismo frente a la arbitrariedad del mundo y la fe ciega en el progreso. Entonces, los teóricos encontraron que sus escritos e ideas pasaban a ser instrumentos de transformación de la realidad, los grandes positivistas y teorizadores del Estado aparecieron por doquier con la voluntad de imaginar modelos políticos que resolvieran los grandes problemas de la humanidad. Las guerras de religión asolaban Europa y en 1623 se publicó en Francia Le nouveau cynée ou discours des occasions et mohines d’eftablir une paix generale & la liberté du comerse par tout le monde de Emeric Crucé que pivotaba sobre el derecho de hospitalidad y que excedía el ámbito y la paz del continente europeo. Menos ambiciosos que éste fueron los casos del duque de Sully, o del Projet pour rendre la paix perpétuelle en Europe de Saint-Pierre, que establecía cinco artículos que garantizarían una paz duradera en Europa. Una paz perpetua que también preocuparía a Kant pero que calificaría de idea irrealizable a pesar de que considerara como un imperativo de razón la creación de un Estado mundial cosmopolita que terminara con las guerras.

Esta idea de gobierno mundial es la que subyace en la construcción de la Unión Europea sin tener en cuenta que el Leviatán al que se ha dado vida es más peligroso para libertad, el progreso y la paz de los hombres que cualquier otra amenaza de la que se les quiera proteger. Mientras tanto, los europeos le devuelven a esta maquinaria burocrática la más grande de sus indiferencias, pese a los fondos que se destinan a fomentar sus símbolos, siguen unidos sentimentalmente a sus naciones, himnos y banderas. Y cuando se les llama a las urnas, la gran mayoría prefiere dedicar su tiempo a otros menesteres.

Las buenas intenciones no bastan para ayudar

Pero las intenciones no son suficientes, y en vez de beneficiar a quienes queremos ayudar, puede que en realidad les estemos perjudicando.

Pensemos en las relaciones personales. Además de las buenas intenciones, se debe conocer en detalle a la otra persona para saber cuáles son sus necesidades y anticipar su reacción ante alguien que quiera echarle un cable. Hay personas que rechazan cualquier tipo de ayuda, por lo que nuestros intentos pueden resultar fallidos.

Esto sucede más de una vez en la ayuda externa que enviamos desde los países ricos hacia los pobres. A pesar de la pretensión de que lo sabemos todo, padecemos una relativa falta de conocimiento sobre esos países que se trata de suplir con cantidades ingentes de millones de dólares. No conocemos con la precisión necesaria cuáles son las necesidades más perentorias de esas sociedades, cuál es la mejor forma de satisfacerlas, ni cómo van a reaccionar exactamente ante la ayuda. De hecho, estas cuestiones sólo las conocen las personas que se enfrentan y sufren estos problemas concretos dentro de esos países.

Por ello, solucionar los problemas de los países pobres desde las oficinas de Washington D.C. es extremadamente complicado, a pesar de ser sugerente para la mentalidad de planificadores que tienen algunos y para el simplismo de otros. Y lo que es peor, en muchas ocasiones toda esta política es contraproducente, como han sostenido los críticos de la ayuda externa desde hace varias décadas. Así, ya el gran economista del desarrollo Peter Bauer alertaba hace medio siglo sobre la obsesión de la ayuda externa para favorecer el desarrollo: "Es poco probable que sea un instrumento importante, por no decir indispensable, para el progreso material de los países pobres". Además la calificaba como un mecanismo por el cual se transfiere riqueza desde los pobres de los países ricos (contribuyentes) hacia los ricos de los países pobres (líderes).

Otros autores más recientes, como el americano William Easterly o los africanos James Shikwati, George Ayittei o Dambisa Moyo, han destacado los efectos nocivos de este tipo de ayuda al introducir incentivos perversos sobre los políticos locales, fomentar la corrupción y dañar a los productores africanos. En concreto, Ayittei culpa a los países occidentales de prolongar la pobreza en África a través de la ayuda enviada a los corruptos líderes africanos, con la consecuencia de sostener dictaduras represivas y malas políticas económicas, y a través de programas que han desplazado las instituciones indígenas locales, clave del desarrollo futuro de África.

Todas estas advertencias y opiniones parecerían meras elucubraciones políticamente incorrectas si no fuera porque están avaladas por la teoría y la evidencia empírica. Esto último lo acaba de constatar el caso de los envíos de ayuda humanitaria a Haití, donde el mismo Gobierno ha pedido que se detengan estos programas. Las razones que han aducido son precisamente las que destacan los críticos de la ayuda externa: el fomento de la corrupción –generándose bandas de delincuentes que luchan por hacerse con los envíos de ayuda– y los nocivos efectos sobre los productores locales –al ver sus precios artificialmente hundidos por la llegada masiva de productos.

Consecuencias que debían haberse tomado en cuenta, de no ser porque a veces nos cuesta ver la cruda realidad, ocultada por nuestra inherente sensibilidad ante fenómenos y situaciones trágicas.

Patentes defensivas

Las patentes y los derechos de autor son privilegios legales que protegen una invención o una obra de la copia o la imitación. El argumento liberal anti-propiedad intelectual es como sigue: si Pedro patenta una idea (como una ratonera o una tostadora innovadora) puede impedir por la fuerza que Juan la reproduzca sirviéndose de sus propios materiales. Juan puede haber visto el producto o leído cómo funciona, haberlo utilizado o tomado prestado, o haberlo concebido de forma independiente un poco más tarde. En cualquiera de estos casos de asimilación legítima de una idea Juan no puede plasmar lo que ya está en su mente sobre recursos de su propiedad. La competencia en torno a la nueva ratonera o tostadora se paraliza durante 20 años y Pedro goza de rentas monopolísticas durante ese tiempo.

La conclusión intuitiva es que el simple registro de una patente es contrario a los principios liberales y miles de empresas en múltiples ámbitos son culpables de infringir los derechos ajenos. Pero hay que hilar fino y tener en cuenta el contexto en el que operan.

Muchas patentes se registran y se utilizan con fines defensivos. Una compañía informática puede patentar diversas tecnologías (o comprar sus licencias) y guardarlas en el baúl. Si un día un competidor decide demandarla por infringir una patente suya, puede rebuscar en su baúl y contraatacar si aquél infringe alguna de patente de su colección. El demandante original puede echarse atrás o ambos pueden cruzarse las licencias.

El primer demandante es el agresor. El segundo demandante solo se defiende. En un escenario en el que el Estado permite registrar patentes, hacerlo no implica automáticamente cometer una agresión. Es análogo a la tenencia de una arma: puede utilizarse para atacar o para defenderse.

Jonathan Schwartz, antiguo presidente de Sun Microsystems, desvelaba en su blog dos enfrentamientos curiosos con Steve Jobs (Apple) y Bill Gates (Microsoft). Ambos amenazaron con demandar a Sun Microsystems por supuestas violaciones de patentes. Schwartz, que se jacta de haber llenado previsoramente el baúl, les respondió que varios de sus productos infringían patentes, y les preguntó si de verdad querían ir por ese camino.

En el extremo opuesto, hay empresas llamadas “trolls de patentes” que no producen nada sino que solo se dedican a acumular patentes y a obtener ingresos por royalties y demandas. Las patentes defensivas no son aquí efectivas (pues el troll no produce nada, luego no infringe ninguna patente). Algunas empresas se asocian para agregar patentes y ponerlas a salvo de los trolls (véase la Allied Security Trust) o para compartir información sobre las patentes que están en el portfolio de esos trolls y así poder esquivarlas.

En el caso de los derechos de autor no hay nada parecido a los copryrights defensivos por obvias razones. La SGAE tiene un extenso portfolio con fines ofensivos, pero no infringe copyrights de ningún otro portfolio así que no es vulnerable al contraataque. Una posible defensa legal es evitar el uso de sus canciones y fomentar repertorios alternativos que no cobren royalties o cobren menos.

Aunque el registro de una obra artística no vaya a tener usos defensivos, eso no significa necesariamente que vaya a tener un uso ofensivo. De hecho, los derechos de autor son reconocidos con independencia de que se registren (si bien es necesario registrarlos antes de iniciar una demanda).

Stephan Kinsella, abogado de patentes y uno de los principales críticos liberales de la propiedad intelectual, se defiende del cargo de hipócrita apelando a su principio de estoppel: no te quejes si hacen contigo lo que defiendes para los demás. Kinsella dice no sentir lástima por los socialistas que pagan impuestos, sino por quienes los pagan estando en contra. Tampoco siente lástima por los defensores de la propiedad intelectual que luego reciben un poco de su medicina.

África se despereza

La pobreza es una idea intuitiva, pero que se escapa entre los dedos en cuanto queremos cogerla para darle una mayor precisión. Sólo puede ser significativa si intentamos darle una definición absoluta, no relativa, pero tampoco admite una medición fija. Por eso es habitual que haya varios criterios, no mucho más válidos unos que otros.

Recientemente, Xavier Sala i Martin y Maxim Pinkovskiy han publicado un informe con el provocativo título: La pobreza en África está cayendo… más rápido de lo que piensas. Según sus cálculos, la tasa de pobreza ha caído en diez puntos porcentuales desde 1995, lo que contrasta con lo que recogía el informe de Naciones Unidas del programa de Objetivos de Desarrollo del Milenio, que apenas apreciaba avances en estos años.

Los hallazgos de estos dos autores coinciden esencialmente con lo recogido por un informe anterior, del Banco Mundial, aunque con números y ritmos distintos. Mientras que los dos autores citados utilizan los datos de PNB ajustados por la paridad del poder de compra, con lo que se incluyen las inversiones empresariales y el gasto público, el Banco Mundial se basa en informes sobre el consumo de los hogares. Ellos también recogen una caída en el porcentaje de la población bajo el umbral de la pobreza, aunque no el suficiente como para compensar el aumento de la población. El trabajo de Sala i Martin recoge la evolución de los ingresos de los africanos, mientras que el del Banco Mundial, la evolución de su capacidad de compra de una cesta básica de bienes.

Estos dos informes están refrendados por uno más, elaborado por Alwin Young, que se llama El milagro del crecimiento africano. Se olvida de los datos de PIB y se centra en el consumo. En realidad, en la adquisición de bienes duraderos, viviendas y medios que son indicadores de la calidad de vida, en las dos últimas décadas. El informe dice que “el principal hallazgo (…) es que el consumo real de los hogares en el África Subsahariana está creciendo entre el 3,2 y el 3,8 por ciento al año, esto es, de tres veces y media a cuatro lo que ofrecen las fuentes internacionales”. Y “si bien las fuentes internacionales indican que el África Subsahariana está progresando a un ritmo que es menos de la mitad de otros países desarrollados”, el método elaborado por Young muestra que “el crecimiento en África está fácilmente a la par con lo que se experimenta en otras economías”.

Todas las sociedades ricas han sido pobres alguna vez, por lo que la pobreza no es una trampa sin salida. África parte de un punto de partida tan bajo que aún tiene que seguir durante décadas para acercarse a niveles de vida comparables. Pero hay que incidir en que está siguiendo ese camino. Y eso que la globalización podría hacer todavía más por el continente.

Según el Banco Mundial, en 2008 sólo el 3,42 por ciento de la Inversión Foránea Directa se dirigió al vasto continente. A pesar de tener una densidad de población baja, una gran extensión, carencia de infraestructuras y otros impedimentos institucionales, África se despereza y retoma el camino de la integración en el comercio mundial, la inversión y el crecimiento, que ya tomó desde el XVIII y que se truncó en el XX.

‘Sonido e imagen made in Japan privadamente

Los soldados americanos llamaban familiarmente “sonny” a los críos del ocupado Japón de la posguerra. Pese a que su capital había sido ferozmente bombardeada, brotaron iniciativas privadas allí como la del profesor de ingeniería electrónica, Masaru Ibuka, y su alumno aventajado, Akio Morita, que en 1946 fundaron Tokio Tsushin Kogyo (Ingeniería de Telecomunicaciones de Tokio) que luego cambiarían de denominación por Sony en 1958.

Sus inicios no fueron fáciles. Realizaron ingeniosas chapuzas con abandonados materiales de las tropas de ocupación. También compraron a precio de saldo radios del ejército para su reparación y posterior reventa para uso doméstico. Al no formar parte de ningún conglomerado bancario-empresarial (keiretsu) se les negó todo apoyo por parte del MITI, el todopoderoso Ministerio de Industria y Comercio, que decidía qué negocios promocionar y cuáles no. Tuvieron que echar mano de la autofinanciación entre familiares y amigos.

Sony participó en la incipiente globalización y fue el mejor ejemplo de internacionalización de una compañía nipona por medios privados. Vendieron con éxito al exterior sus primeras radios transistores de uso no militar, sus diversos registradores, sus televisores portátiles y las posteriores Trinitron. Un tercio de su creciente plantilla fue siempre reservada a ingenieros o diplomados.

Tras abrir en 1960 una subsidiaria en los EEUU, los co-fundadores de Sony no encontraron financiación alguna de los bancos, así es que decidieron salir a bolsa por su cuenta y riesgo en el mismísimo Wall Street. Era la primera vez en la historia que una empresa japonesa se proponía semejante osadía sin contar, además, con el beneplácito oficial, más centrado en una industrialización planificada del país que en arriesgadas deslocalizaciones. Sony Corporation of America fue todo un éxito. Morita se mudó con toda su familia a la Quinta Avenida de Nueva York y se codeó con la élite empresarial y cultural de los EE UU. Posteriormente, conquistaron Europa y pactaron una fructífera alianza con Philips.

Con tenacidad, muchas horas de investigación, sagaces compras de licencias, marketing muy estudiado y estratégicas alianzas con la competencia devino una de las empresas de consumo de artículos electrónicos y de entretenimiento más apreciadas del mundo (está entre las marcas más reconocidas en América junto a Coca-Cola y General Electric). Pese a la admiración de Morita por la sociedad americana y su completa integración con aquella cultura, no pudo entender nunca la recíproca infidelidad ejercida sin reparos por empleados y empleadores en EEUU, ni tampoco la excesiva litigiosidad de dicha sociedad.

Los años 80 fue una década de innovaciones rompedoras como el Walkman de 1979 (abuelo del iPod, mp3 y demás nietos), el CD o disco compacto de 1982 (desarrollado en comandita con Philips), sus reproductores y su versión portátil discman. Para ello, Sony se aseguró unas relaciones privilegiadas con la casa de discos americana CBS (mediante una joint-venture) y con la casa alemana Decca (gracias a los buenos oficios del director Karajan, deslumbrado por la calidad del sonido japonés). Fueron también hitos de ventas en el mercado global por aquella época las cámaras Mavica y las videocámaras Betamovie o Handycam.

También hubo derrotas comerciales como la de su reproductor de imagen en formato Betamax por carecer de suficientes derechos de películas para hacer más atractivo su producto frente al VHS (de menor calidad pero de mayor duración) de la también japonesa JVC, que se les adelantó. Ibuka, muy afectado por las amargas pérdidas que obtuvo de aquella apuesta, decidió dejar el timón de su empresa a su socio y discípulo Morita. Se retiró a un segundo plano para dedicarse a la educación de niños deficientes mediante la enseñanza de la música (ésta fue siempre algo muy serio para la gente de Sony).

En los inicios de la batalla comercial por un nuevo soporte digital para video DVD, Morita, rememorando la aciaga experiencia vivida con Betamax, dio un golpe de audacia en 1988 con la compra de CBS y, sobre todo al año siguiente, con la compra de uno de los siete grandes estudios de cine de Hollywood, Columbia Pictures, por el que pagó un precio excesivo y que acabó convirtiéndose en el negocio más caótico y ruinoso emprendido por Sony en toda su historia. Finalmente, constituyeron su propio holding de productoras-distribuidoras de cine y televisión. Por su parte, tras completar la compra de BMG, la unidad de Sony Music Entertainment se convirtió en una de las cuatro grandes de la industria discográfica, pero su tienda online Sonny Connect no supo competir con iTunes. Los empleados de sus divisiones de contenidos han chocado siempre con los de electrónica de consumo y no han sabido crear verdaderas sinergias a favor del consumidor, y eso se acaba notando.

Morita fue considerado una especie de embajador no oficial de Tokio (el mejor portavoz de Japón, según Kissinger). Políticos y empresarios japoneses se sirvieron de él para introducirse en los EEUU. No obstante, fue considerado siempre un outsider por la clase económicamente dominante de su país debido a sus maneras excesivamente occidentales y a que no procedía del sector de la industria pesada o del servicio público. Sólo al final de sus días fue reconocido oficialmente por sus colegas al ofrecerle en 1993 presidir la Keidanren, la más prestigiosa federación empresarial de Japón, justo cuando su país se adentraba de lleno en una prolongada recesión. Por desgracia, sufrió un infarto antes de tomar posesión de dicho cargo honorífico que le dejó postrado para los restos.

Pese a haber quedado al margen de la revolución informática y perdido la claridad de visión primigenia, Sony sigue dando hoy la batalla para competir en mejorar y entretener nuestras vidas con los ordenadores Vaio, los televisores Bravia, los móviles al alimón con Ericsson, la célebre consola de videojuegos PlayStation y su versión portátil PSP, el disco óptico Blu-ray, sus e-Readers con acceso en formato abierto ePub o las próximas emisiones televisivas en 3D de los mundiales de fútbol desde Sudáfrica. Su gran reto es poner en marcha la Sony Online Service, su nueva tienda online unificada para vender una amplia gama de contenidos (películas, programas de televisión, música, libros, parte de su catálogo histórico de la PlayStation, aplicaciones móviles, etc.) accesibles desde sus diversos dispositivos. El futuro de la multinacional nipona probablemente se decidirá allí.

Para volver a sus raíces ahí va este consejo dirigido al empresario: “Contempla cuidadosamente cómo viven las personas, intuye qué es lo que desean y lánzate a por ello; no hagas demasiados estudios de mercado”, palabra de Morita.

Copiar no es robar

Su defensa simplista de la propiedad intelectual es meramente intuitiva y no tiene en cuenta una distinción básica en este debate: los bienes tangibles son de uso excluyente (si me quitan el coche quedo excluido de conducirlo), mientras que los bienes intangibles como la música, las invenciones o las ideas en general, no son de uso excluyente. La botella de Coca Cola que cita Sostres es un buen ejemplo: si yo te doy mi botella ya no puedo bebérmela, pero si te dejo copiar una canción puedo seguir escuchándola.

Vayamos primero a la teoría. La función del derecho de propiedad es evitar el conflicto en torno al uso de un recurso. De acuerdo con el principio de apropiación liberal, el derecho a decidir qué hacer con el recurso corresponde en exclusividad al individuo que tenga una reclamación más justa sobre él, que es aquel que le da utilidad antes que nadie lo haya hecho (o lo recibe de un tercero).

La propiedad intelectual no es coherente con este planteamiento. Imaginemos que Juan ocupa una parcela yerma de tierra y la cultiva, deviniendo propietario de ésta. Un individuo en la otra punta del país, Pedro, que jamás ha puesto los pies en esa parcela, concibe un nuevo sistema de regado. La lógica implícita en la propiedad intelectual sugiere que Pedro, en virtud de su invención, tiene derecho a impedir que Juan aplique esta técnica de cultivo en su parcela de tierra, o a cobrarle royalties cada vez que lo haga. Pero, ¿acaso no está Pedro violentando el derecho de propiedad de Juan, al impedirle que haga lo que quiera con la parcela que ocupó en primer lugar? ¿Por qué no puede Juan copiar esa técnica y aplicarla en su parcela?

Dependiendo del contexto copiar puede ser poco elegante o deshonroso. Nos molesta que se aprovechen de nosotros y es lógico que intentemos evitarlo. Pero hay numerosas formas legales de aprovecharse de la gente, desde el adulterio a la falsa promesa pasando por el chantaje emocional o el despotismo hacia un subordinado. Las leyes están para reprimir crímenes, no para imponer buenos modales y blindarnos contra nuestra inocencia.

Con todo, el acto de "copiar" no merece tan mala reputación. Forma parte de la vida, copiamos comportamientos y tomamos ideas de los demás continuamente, y en la mayoría de casos ni sentimos remordimientos ni el que concibió la idea se siente traicionado. El progreso humano está basado en la copia, en la emulación de ideas que han materializado otras personas en el pasado, en la mejora competitiva de las creaciones ajenas, en la incorporación y combinación de diversas ideas con sólo una pequeña aportación original propia.

Sostres aborrece a los holgazanes que parasitan la sociedad y no tengo nada en contra de esta postura. Pero si hoy estuviéramos pagando royalties a los herederos del inventor del supermercado, de la bombilla o del teléfono, ¿saldría Sostres en su defensa, o los criticaría por beneficiarse de privilegios legales a costa de otros potenciales competidores y el resto de la sociedad? ¿Cree Sostres que la legislación debe modificarse para que los modistos puedan proteger sus diseños, los arquitectos sus estructuras, los matemáticos sus fórmulas, o los coreógrafos nuevos movimientos de danza?

A lo largo de los últimos dos siglos en Estados Unidos los límites temporales del copyright se han dilatado con el evidente propósito de prolongar monopolios legales muy rentables para determinadas empresas (de 14 años se ha pasado a toda la vida del autor más 70 años). La legislación de patentes está tan alejada de su propósito oficial que hay compañías trolls que simplemente se dedican a patentar "invenciones" y a cobrar royalties sin producir nada, o lo que es lo mismo, a lucrarse extorsionando a las empresas que sí producen en base a esas ideas.

Nadie tiene un "derecho a la cultura" y es perfectamente legítimo que los artistas busquen mecanismos de exclusión que dificulten la copia. A lo que no tienen derecho es a llamar a papá Estado para proteger sus intereses a costa de la libertad de los consumidores, aplicando impuestos sobre la venta de CDs o persiguiendo a usuarios que descargan canciones que otros ponen a su disposición en la red. Sin olvidar que si tuviéramos que pagar por todo lo que "copiamos" rutinariamente porque nos gusta seríamos pobres al final del día.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

Huellas rojas

En la localidad de Xiaogang, en la provincia oriental de Anhui, la vida era dura e incierta. Era un pueblo de agricultores, pero no lograba ni alimentarse a sí mismo. Se le conocía como “el pueblo de las tres dependencias”, pues no podían sobrevivir sin los subsidios oficiales de grano, préstamos para atender sus necesidades básicas y ayudas para lograr los recursos necesarios para mantener una producción miserable. Cada año, tras la cosecha del otoño, las familias se desplazaban a localidades cercanas a pedir comida. En la primavera de 1978, la situación empeoró a causa de la sequía. La situación era desesperada. A muchos les esperaba la muerte por inanición, y lo sabían.

Antes de que la muerte diese sus pasos, 16 agricultores, demacrados por las huellas del hambre, se reunieron en secreto la noche del 24 de noviembre. Sabían que no podían continuar así. Y sabían, también, qué hacer al respecto. Habían vivido bajo el sistema Da guo fan, algo así como “la gran olla de arroz”, según el cual todos recibían la misma cantidad de alimento, sin relación alguna con cuánto había aportado cada uno. Eso iba a cambiar esa noche. Mancharon sus dedos de rojo y con sus huellas sellaron un papel que contenía un acuerdo. Ahora, en contra de las directrices del régimen, resolvieron parcelar el terreno común, repartírselo, y cambiar la responsabilidad comunal por la individual. Lo llamaron Da bao gan, un “contrato amplio”.

El periodista Wu Xiabo lo llama “sistema de responsabilidad contractual personal” que, sin duda, es mucho más descriptivo. Resolvieron que si les encarcelaban por el crimen que estaban a punto de cometer, los pueblos vecinos se harían cargo de sus hijos hasta que éstos cumpliesen 18 años. Estaban dispuestos a ser encarcelados o ejecutados antes de seguir con el sistema comunal. Amaneció al día siguiente y todo pareció volver a la normalidad, como si no se hubiese producido una pequeña revolución.

La siguiente cosecha, estos agricultores produjeron 90.000 kilos. ¿Es eso mucho o poco? Era lo mismo que habían producido en los veinte años anteriores. Comenzaron a pagar sus deudas. Dejaron de mendigar alimentos para vivir. El éxito no se podía esconder y llegó a oídos de Wan Li, primer secretario de Anhui, que promovió el ejemplo de Xiaogang por toda la provincia. Hoy se reconoce que ese pacto secreto es el origen de la reforma agraria que ha permitido a China alimentar a una población creciente y exportar a tasas sorprendentes.

Xiaobo se hace eco de esta historia, por lo demás bastante conocida, en la China emergente. Hoy, ese documento con las huellas rojas sobre los nombres de los firmantes del acuerdo de Xiaogang forma parte del Museo Nacional de China, antes Museo de la Revolución China. La historia tiene varias lecturas: cómo la amenaza de la muerte puede llevar a unos pobres campesinos a rebelarse ante la autoridad o la diferencia entre el sistema comunal y el de la propiedad privada. Pero es también interesante que, según Xiaobo, “si hacemos una retrospectiva sobre los treinta años de reforma en China, descubrimos con frecuencia que es el pueblo el que provoca los cambios más relevantes”.

Entreabriendo los cielos

En los inicios de la aviación, algunos teóricos sostuvieron que el espacio aéreo debía ser libre. Sin embargo, tras la Gran Guerra esta idea se echó al cubo de la basura. Los estados se apropiaron del mismo y decretaron desde la primerísima Convención de París de 1919 la soberanía exclusiva y completa sobre el espacio que se levantaba sobre su territorio. Los cielos quedaron bien cerrados a la entrada de extraños y al cuidado de cada manto de protección estatal. A partir de entonces, la intervención pública fue intensa: se fijaron tarifas y cupos de vuelo, se impuso la restricción a la competencia y la propiedad pública de las aerolíneas (compañías de bandera), y la concesión de ayudas o subvenciones a fondo perdido fue lo habitual. La disciplina de mercado brillaba por su ausencia.

La Convención Internacional sobre Aviación Civil celebrada en Chicago a finales de 1944 vino a ratificar dicha situación, aparte de crear la OACI como agencia de la ONU para promover las normas y reglamentos únicos en la aeronáutica internacional. No obstante, se consideró que tal vez no fuese del todo mala la idea de permitir ciertas libertades del aire y, por tanto, entreabrir los cielos a la competencia. Para ello, se crearon mecanismos con el fin de que los estados firmantes liberalizaran los cielos de forma multilateral, cosa que, obviamente, fue un fracaso como lo han sido generalmente las rondas de la OMC para liberalizar el comercio mundial.

Lo único que ha funcionado son los acuerdos bilaterales entre estados o bloques de ellos, asemejándose la liberalización a lo ocurrido con los acuerdos preferenciales, como traté en un comentario anterior.  Hoy, la industria del transporte aéreo mundial se encuentra dominada y restringida por una maraña sumamente compleja de acuerdos paritarios entre Estados que determinan qué líneas aéreas pueden operar por cada ruta y qué precios y capacidad se pueden ofrecer en cada caso.

Las reglas de las rutas comerciales de la aviación nacional de los EE UU empezaron a liberalizarse a finales de los 70 mediante la desregulación del mercado doméstico y el cierre de la Civil Aeronautics Board; por su parte, se liberaron los vuelos internacionales con la firma de numerosos acuerdos bilaterales con otros Estados. Muchos países replicaron estos mecanismos de semi-apertura recíproca.

En los 80, una fuente más de presión para abrir los cielos fue la consolidación de los vuelos charters que, al no ser regulares, podían zafarse de la imposición de precios establecidos por la IATA, asociación controlada por las compañías de bandera e, indirectamente, por sus gobiernos. Europa tardó mucho más (1997) en conseguir una liberalización dentro de sus propias fronteras comunitarias, mediante la integración progresiva iniciada en 1990. Todo ello impulsó la aparición de compañías de bajo coste que, unido a las posibilidades que ofrecía Internet, revolucionaron el sector.

El 22 de marzo de 2007, los responsables políticos de gestionar el espacio aéreo más importante y rentable del mundo (EE UU y Unión Europa), que acapara el 60% de todo el tráfico existente, firmaron la liberalización entre ambos bloques. Las compañías aéreas de los países implicados operan ya desde marzo de 2008 casi libremente entre sus ciudades sin más limitación que la disponibilidad de slots. Se han establecido no obstante ciertos límites como la imposibilidad de adquirir la mayoría del capital o el control de una compañía aérea nacional (aún considerada sector estratégico). Queda todavía pendiente la conquista del último bastión del proteccionismo aéreo: la libertad de cabotaje que permite embarcar pasajeros y mercancías en un Estado que no es propio del avión y desembarcarlos en ese mismo país. Además, cabe la marcha atrás de cualquier parte firmante mediante la “cláusula de suspensión automática” y volver al rancio proteccionismo de antaño, caso de no respetarse la reciprocidad. A pesar de todo ello, dicho acuerdo es un hito en la historia de la desregulación de la aviación civil transatlántica. La firma de una segunda fase liberalizadora de dicho acuerdo está prevista para antes de septiembre de 2010; si se logra, muchos Estados de EEUU y de Europa se abrirán definitivamente y surgirán nuevas relaciones económicas, sociales y culturales entre ambas zonas.

La liberalización trae consigo mejores precios, mayores ofertas de rutas, crecimiento de las exportaciones y del turismo, un control de costes en las aerolíneas y más inversiones y ganancias para la economía en su conjunto tal y como sucedió con la apertura de los cielos norteamericanos en los 80 y europeos en los 90. Con ello se va a reestructurar necesariamente el sector. El baile de fusiones y/o alianzas no ha hecho más que empezar.

Por el contrario, aquellos países que han mantenido políticas restrictivas su número de visitantes y de carga aérea ha descendido, su oferta de rutas y vuelos ha sido deficiente con respecto a la demanda y sus usuarios han visto encarecerse el servicio de transporte aéreo. Ejemplo de ello es Latinoamérica y su caso paradigmático, Brasil, destino turístico que, debido a las políticas proteccionistas de su espacio aéreo en los años 80, registró una bajada del 44% de visitantes entre los años 1986 y 1990. En contraste, México, uno de los primeros en firmar un acuerdo bilateral con los EE UU en 1988, es el país latinoamericano que más turistas recibe al año.

Como acertadamente señala Adrián Ravier, es ya irrelevante que las líneas aéreas sean públicas o privadas, lo decisivo es el marco regulatorio: eliminar las restricciones legales, acabar completamente con la competencia controlada, permitir la entrada de cualquier transportador y garantizar idénticos derechos para cualquier compañía que opere en su territorio. Lo único que deberían hacer los responsables políticos en la materia es mejorar las infraestructuras aeroportuarias y llevar un control de los estándares de seguridad.

Lo mejor y más osado sería no esperar a conseguir acuerdos recíprocos sino establecer la apertura completa del espacio aéreo a cualquier operador de manera unilateral e irrestricta. El éxito sin paliativos de las políticas de liberalización unilateral llevadas a cabo (1) tanto por Singapur (hoy disfruta de uno de los mercados aéreos más importantes de Asia y casi el 10% de su PIB proviene de los servicios relacionados con ese sector) como por los Emiratos Árabes Unidos -con 92 líneas aéreas tanto propias (1,2,3) como extranjeras que sirven el mercado del reino y no recibiendo su línea nacional emiratí ningún privilegio sobre el resto- puede iluminar a los gobernantes dubitativos entre abrir o no sus cielos.

(1) Guatemala tuvo una política total de cielos abiertos de 1997 a 2000, pero sus gobernantes volvieron al proteccionismo de la reciprocidad tras ese breve lapso de tiempo de libertad irrestricta de sus cielos.