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Etiqueta: Comercio globalización y desarrollo

Patriotismo económico

En los últimos meses, varios dirigentes políticos de distintos países están haciendo llamamientos a sus conciudadanos, para que consuman productos nacionales. Para ellos, puesto que existen distintas industrias nacionales que han visto sus cuentas de resultados perjudicadas por la nueva situación económica, lo ideal es que los consumidores, a la hora de tomar sus decisiones, tengan en cuenta la procedencia del producto. De esta manera, en lugar de efectuarse la compraventa a una empresa extranjera, el dinero quedaría en una empresa nacional. Así mejoraría su cuenta de resultados y los trabajadores de la misma no estarían sometidos a posibles reducciones de plantilla, mejorando poco a poco la situación general del país.

Analizado desde este punto de vista la solución parece perfecta. Bastaría con mirar la etiqueta de los productos antes de comprarlos para ver dónde han sido fabricados. Con ello, todo el dinero gastado en productos importados iría a parar a la industria nacional, incrementándose la riqueza del país. El razonamiento resulta tan simple que maravilla que a nadie se le haya ocurrido antes. Incluso se podría, como está intentando el recién elegido presidente estadounidense, aumentar los aranceles a la exportación de productos competitivos extranjeros, a fin de hacerlos menos atractivos económicamente al mercado nacional. Sin embargo, existen inconvenientes muy importantes en este tipo de política económica, de ahí que siempre que se han intentando seguir han acabado fracasando.

En primer lugar la definición de qué es un producto nacional resulta complicada, por no decir imposible. Si analizamos, por ejemplo un coche, veremos como este ha sido ensamblado en una determinada fábrica situada en un país. Sin embargo, cada uno de los productos ensamblados probablemente hayan sido fabricados por otras compañías, situadas en diferentes países. Y esas piezas a su vez provienen de la incorporación y transformación de distintos tipos de materias primas de diferentes naciones. Incluso hasta un producto tan simple como un lápiz tiene un proceso de fabricación tan complejo que implica a multitud de compañías y personas situadas en distintos países.

En segundo lugar nos encontramos con el hecho de que no existe ningún país en el mundo autosuficiente. Los recursos naturales se hayan situados a lo largo y ancho de todo el orbe. Además los procesos de transformación se han desarrollado en diferentes lugares del globo, por lo que ningún país tiene ni todos los tipos de recursos, ni de industrias, ni todas las posibles personas que saben elaborar los productos.

En tercer lugar, las industrias están interconectadas entre sí. Por lo tanto, favorecer a una determinada industria nacional con políticas proteccionistas o autárquicas, aunque aumente los beneficios de ésta, perjudicará las industrias o comercios que empleen dichos productos. Así, por ejemplo, si se establecen aranceles sobre determinados productos extranjeros, se favorecerá el margen de los productores nacionales, no obstante, las empresas que tengan que comprar dichos productos pagarán más y verán perjudicadas sus cuentas de resultados, al subir sus costes.

También habría que tener en cuenta el efecto que estas medidas tienen sobre los consumidores. Es posible que existan productos extranjeros más baratos, por lo que al consumir sólo productos nacionales disminuye la renta que pueden destinar a otro tipo de productos, siendo perjudicadas también las industrias fabricantes de estos últimos.

Por ultimo, no podemos dejar de comentar que este tipo de medidas suponen una limitación muy importante en la libertad de elección del consumidor, que constituye uno de sus derechos fundamentales. Es por ello que suponen un ataque directo a los derechos de consumidores y empresarios.

Por tanto, las políticas que buscan incrementar artificialmente el consumo nacional de productos a base de perjudicar a los extranjeros, aunque beneficien a un grupo de empresas muy concreto, acaban perjudicando al resto, a los consumidores, y suponen una restricción muy importante de los derechos fundamentales de las personas.

La compra patriótica

Este no va a ser uno de esos artículos tristes, absurdos, solitarios, en que no aparece mencionado Obama. Hoy leemos su nombre hasta en la sopa de letras y a este paso lo veremos en el santoral. No será esto último por haber impulsado la provisión buy american dentro de su plan de estímulo de la economía estadounidense. Nuestro Gobierno, como no podía ser de otra manera, ha adoptado la misma filosofía. Lo paradójico es que el ministro que la ha postulado no es ni el más tonto ni el más malo del gabinete, sino Miguel Sebastián, que seguramente sabe más economía que el resto de sus compañeros.

La compra patriótica es una de esas tonterías que se resisten a morir. Si usted, amado lector, compra español, estará creando empleos en derredor y no allende los mares, en tierras extrañas, pobladas por gentes indeseables y muy, pero que muy poco españolas. Este es el sustrato brutalmente xenófobo de la propuesta de comprar cerca para que la creación de trabajo nos acabe salpicando.

Como ética y economía son dos caras de la misma moneda; moneda de oro, naturalmente. Y el desprecio de los extranjeros, su marginación ante la propia tribu, tiene efectos económicos tan perversos como la intención que le anima. El desarrollo de nuestra civilización ha sido posible precisamente porque hemos ido extendiendo la cooperación por medio del comercio en ámbitos crecientes.

Piensen a un individuo que tuviera que trabajar para surtirse de todo lo que necesita. Desde luego que trabajo no le iba a faltar. Se imaginarán que si tuviera que construir una casa, con todo lo que tenemos habitualmente en ella, un coche para desplazarse, alimentos y vestimenta para cualquier ocasión… trabajo no le iba a faltar. Sólo que no llegaría a producir, por si mismo, más que lo suficiente para llevar una vida solitaria, pobre, brutal y breve. La división del trabajo nos permite concentrarnos en las tareas más específicas pero más productivas e intercambiar el valor de esa contribución por todos los bienes que producimos en común.

La propuesta de limitar las compras a lo más cercano consiste exactamente en acercarnos a esa situación en que uno tiene que hacérselo todo porque no tiene con quién comerciar. En la medida en que tengan éxito y se abandone la división del trabajo internacional, nos empobreceremos todos.

El despeñadero proteccionista

Los keynesianos, cegados como casi siempre por una realidad que son incapaces de comprender, sugirieron que el pinchazo tuvo su origen en una progresiva acumulación de la renta en las manos de unos pocos capitalistas que no consumían al mismo ritmo al que se enriquecían. Los austriacos, por su parte, atribuyeron el crack a la expansión del crédito que había comandado la recién creada Reserva Federal a partir de 1922 y que había cristalizado en una burbuja bursátil que tarde o temprano tenía que pinchar.

Como de costumbre, la explicación de la escuela austriaca tiene mucho más rigor que las supercherías keynesianas. Entonces, como ahora, estos últimos economistas culparon a la codicia y a la concentración de rentas de lo que no era más que un boom artificialmente inducido por el banco central (como sí comprendieron y denunciaron, entonces como ahora, los economistas austriacos más notables del momento: Ludwig von Mises y Friedrich Hayek). Las rentas se fueron concentrando en unos pocos capitalistas porque fueron éstos los receptores de la inflación crediticia de la Reserva Federal; algo similar ha pasado en los últimos años, cuando promotores, constructores y banqueros obtenían enormes beneficios gracias a la demanda artificialmente inducida por los bajos tipos de interés del Banco Central Europeo. El origen de la crisis no está, como bien explican los austriacos, en que las rentas se concentren, sino en la expansión crediticia insostenible que tiene como uno de sus efectos laterales la concentración de rentas.

Sin embargo, la explicación austriaca sobre el crack bursátil del 29 peca en este caso de incompleta. Es cierto que la burbuja fue fruto del crédito barato de la Fed y es cierto que en algún momento tenía que pinchar, por mucho que los economistas de Chicago, representados en aquel entonces por Irving Fisher, pronosticaran días antes del colapso que las cotizaciones nunca decrecerían (también Friedman hace unos tres años, en plena cénit de la burbuja inmobiliaria, aseguraba que los fundamentos de la economía estadounidense eran sólidos y que no se produciría ninguna crisis). Pero la escuela austriaca no señala qué hecho concreto provocó el pinchazo bursátil.

Para averiguarlo tenemos que echar mano del padre de la economía de la oferta Jude Wanniski. En su libro The Way The World Works, Wanniski demuestra que el crack guarda una relación directa con el avance del proteccionismo en Estados Unidos, representado en aquel momento por el arancel Smoot-Hawley. Según las negociaciones entre demócratas y republicanos sobre su aprobación avanzaban o retrocedían la bolsa caía o repuntaba; el desplome de las acciones se produjo a finales de octubre según se iban pactando día a día los aranceles sobre el silicio, la caseína y los productos químicos.

¿Cómo es posible que movimientos en algunos aranceles generen pánicos tan generalizados? Bueno, en realidad no son movimientos tan insignificantes. Durante una crisis, muchos mercados pierden de golpe su demanda (por ejemplo, el de la vivienda) y tienen que sufrir una profunda reestructuración; de hecho, en eso consisten las crisis. El problema surge cuando el poder político cierra artificialmente otros mercados que no deberían someterse a grandes reestructuraciones. Con el arancel Smoot-Hawley (aprobado formalmente pocos meses después del crack) se incrementaron los aranceles de 20.000 productos; dicho de otra manera, la debilitada economía europea (a la que Estados Unidos le había prestado grandes sumas de dinero tanto durante la Primera Guerra Mundial como durante la posterior reconstrucción) sería incapaz de seguir vendiendo sus productos a los estadounidenses.

La consecuencia era obvia: no sólo los europeos verían reducida su renta con la que a su vez importar de Estados Unidos, sino que muy probablemente comenzarían a impagar el crédito que les habían extendido. Y, de hecho, así fue.

El cierre brusco de los mercados internacionales convirtió lo que habría sido una recesión estándar en una Gran Depresión. Hoy parece que los políticos, empezando por Obama y terminando por Zapatero, quieren conducirnos por el mismo camino. Si realmente volvieran a levantarse las barreras exteriores, tenga por seguro que la crisis será mucho más larga y dura de lo que podemos imaginar.

Instantáneas de realidad africana

El continente africano es el que indiscutiblemente sufre con mayor virulencia las devastadoras consecuencias de la miseria y el estancamiento económico. Las causas, en última instancia, remiten a unos marcos institucionales que, debido en gran parte a la ausencia de derechos de propiedad claros y seguros, impiden el libre desarrollo de las fuerzas creativas y desincentivan que las actividades productivas de sus gentes se encaminen a la satisfacción de demandas y necesidades ajenas mediante transacciones libres y voluntarias. Por el contrario, alientan el clientelismo, los sobornos y la búsqueda de rentas y privilegios al poder político que, en definitiva, genera tensiones sociales que pueden culminar en golpes de estado y guerras civiles.

Como reza la portada del sitio web de la Free Africa Foundation: Africa is poor because she is not free. Y sigue diciendo que la libertad por la que presuntamente lucharon los que querían la independencia fue cruelmente traicionada: el fin de la opresión y el expolio no llegó a la mayoría de África, sino que simplemente los amos occidentales fueron sustituidos por los amos africanos.

No obstante, a pesar de la desoladora realidad imperante en la mayor parte del continente, existen historias de esperanza a nivel local y en distintos países que merecen ser contadas y divulgadas. Una de ellas es la de la visión empresarial de una madre soltera de Rwanda, Janet Nkubana. Una vez que acabó el brutal genocidio que asoló al país en 1994, esta mujer se dio cuenta de que muchas de las mujeres que habían quedado viudas y vivían en la miseria tras la masacre, necesitaban trabajo, y tuvo una idea: producir cestas hechas a mano, y venderlas en el mercado internacional. Para ello comenzó trabajando conjuntamente con otras seis mujeres, haciendo cestas de gran calidad. Tal fue su éxito que comenzaron a vender, gracias a cambios legislativos, al mercado estadounidense, llegando a establecer relaciones comerciales fructíferas con los grandes almacenes Macy’s. En la actualidad emplea a más de 3.000 mujeres locales en su negocio, llamado Gahaya Links.

Su historia nos habla de la capacidad y perspicacia empresarial de los africanos, de su capacidad de competir en el mercado global y las ventajas de la globalización, además de los beneficiosos efectos de la cooperación social a través de intercambios pacíficos como vía para reconstruir social, económica y moralmente comunidades (y sociedades) devastadas por el odio étnico.

La otra de las historias es la de Bolo, de la región del sur del Chad llamada Kyabé. Este joven es una de las personas de las que menos se hubiera esperado que pudiera salir adelante, ya que reunía dos condiciones muy adversas: haber nacido en uno de los países más pobres del mundo como el Chad y contraer en la infancia una enfermedad (poliomielitis: parálisis que afecta al sistema nervioso) que le supuso la minusvalía física. Sin embargo, su historia nos demuestra que muchas veces los límites nos los ponemos nosotros mismos: hace 8 años era un mendigo en la región, mientras que en la actualidad ha conseguido el título de bachillerato, trabaja como sastre gracias a su máquina de coser y participa en actividades sociales de la comunidad. Tal es su éxito, debido a su admirable esfuerzo y tenacidad, que algunos indeseables sienten envidia hacia él e intentan hacerle daño urdiendo tramas de lo más sucias con el apoyo de las autoridades políticas, la mayor fuente de corrupción en el país en uno de los países más corruptos del mundo.

Estas dos historias muestran que el esfuerzo de salir adelante y la fuerza vital, como en el caso de Bolo, y la creatividad empresarial, como en el caso de Janet, pueden sacar a los africanos de la pobreza más absoluta si sus líderes y gobernantes se lo permiten, y si desde Occidente se lo facilitamos en vez de entorpecérselo.

La cruda realidad

En Estados Unidos, conocidos analistas como Nouriel Roubini, Felix Salmon o Paul Krugman defienden abiertamente que el Gobierno no debe adquirir los activos de mala calidad, sino quedarse con todo el banco. En España, la posibilidad no se plantea abiertamente (por algo tenemos el sistema financiero más sólido del mundo), pero nuestro Ejecutivo sí que ha lanzado algo más que veladas amenazas a los bancos en caso de que no concedan nuevos créditos. El último fue el vicepresidente económico el pasado domingo desde las páginas de El País: "Los bancos viven de prestar dinero. Si no venden dinero a sus clientes, que es al final la concesión de crédito, mal negocio están haciendo. Por tanto, yo creo que el interés de las instituciones financieras es vender dinero y, por tanto, dar crédito".

La propuesta de nacionalizar la banca (un temor que algunos ya teníamos en abril) surge en última instancia por un error de fondo en la concepción de los planes de rescate. Al margen de la propaganda destinada a justificar lo injustificable (que el Gobierno atracara a los contribuyentes para salvar a los propietarios de unas instituciones quebradas), cuando Solbes y Bush afirmaban que los planes de rescate no iban a costar nada, lo hacían partiendo de una perversa lógica: los bancos están quebrados porque sus activos han caído de precio, si les entregamos carretillas de dinero podrán volver a expandir el crédito y gracias a esta nueva expansión del crédito, los activos volverán a subir de precio, con lo que los bancos dejarán de estar quebrados. Mutandis mutantis era lo mismo que propuso Greenspan en The Economist hace apenas unas semanas.

El problema de esta teoría es doble. Primero, resulta marciano creer que los bancos iban a volver a prestar el dinero que les estaba entrando. Si una institución está quebrada, lo último que hará será prestar el dinero que necesita para sobrevivir. Por el contrario, los bancos están tratando desesperadamente de reestructurar su situación financiera, esto es, incrementar su liquidez y sus fondos propios. En ningún momento, por tanto, podía pasar por sus planes desprenderse del dinero que acababan de adquirir del Gobierno para inmovilizarlo en forma de préstamos que, para más inri, consumen recursos propios.

Y, el segundo es que tampoco convenía que lo hicieran. Uno de los elementos que ha provocado la crisis actual ha sido las burbujas de precios en determinados activos, como la vivienda. A los precios de 2006, a los promotores les resultaba rentable producir 800.000 viviendas anuales. España no necesita 800.000 viviendas nuevas cada año, la actividad productiva tiene que reajustarse y, para ello, los precios tienen que caer (de modo que deje de ser rentable producir nueva vivienda hasta que los stocks invendidos se liquiden). Si los bancos volviesen a conceder masivamente nuevas hipotecas para tratar de reinflar la burbuja, nuestra crisis sólo se prolongaría y agravaría.

En definitiva, no tenía ningún sentido que los ahorros que movilizó el Gobierno mediante las milmillonarias emisiones de deuda pública se destinaran a la adquisición de activos cuyo precio seguía inflado; y todavía tenía menos sentido pensar que ese proceso lo iban a capitanear entidades técnicamente quebradas como los bancos.

Ante el fiasco de la intervención pública, los distintos Gobiernos se están planteando dar un paso más adelante. Al fin y al cabo, los bancos no están reinflando la burbuja, con lo cual siguen perdiendo dinero y vuelven a hacerse necesarias nuevas inyecciones de dinero público sufragadas, en última instancia, por los contribuyentes. Así, la alternativa que se les abre a nuestros burócratas es: si los bancos no se atreven a prestar dinero obliguémoslos a ello, ya que sin saberlo se están suicidando. ¿Cómo? Lo más fácil es quedarse con el banco y dirigirlo como una empresa pública.

El problema es que esta intervención estatal iría en contra de toda lógica de mercado. Consistiría en evitar los imprescindibles ajustes que necesitan nuestras economías (masivas reconversiones industriales y masivas redistribuciones de títulos de propiedad) y en tratar de volver a inflar, como sea, la burbuja. El Gobierno, una vez nacionalizados los bancos, prestaría dinero con pérdidas a los ciudadanos para adquirir activos a unos precios artificialmente altos que, una vez se desinflaran, acarrearían pérdidas aun mayores al erario. La capacidad del Estado para prolongar indefinidamente una situación así (cubriendo las pérdidas con nuevas emisiones de deuda) es limitada y tiene un final conocido: la quiebra del Estado y la hiperinflación.

La solución no pasa, por tanto, por nacionalizar los bancos, o al menos no por nacionalizarlos para obligarlos a prestar. Es cierto que lo que hace trimestres habría sido una transición más suave hacia la recuperación, cada vez se complica más por las cada vez mayores intervenciones estatales. Hace meses, por ejemplo, podríamos haber reducido muy significativamente el gasto público y, gracias a ello, los impuestos. Esto habría generado un volumen de ahorro significativo para financiar la recuperación. Hoy, sin embargo, buena parte de la reducción del gasto público no iría destinada a bajar impuestos, sino a amortizar toda la nueva deuda pública que se ha emitido.

Aun así, la solución a la crisis sólo puede ser una: permitir que los ajustes necesarios se produzcan con la mayor rapidez y flexibilidad posible. El Estado no puede volver prescindible este proceso, sólo puede impedirlo o facilitarlo. Y, de momento, parece que todos los Gobiernos del mundo han abogado por ponerle trabas, con planes de rescate y de estímulo y con regulaciones laborales más restrictivas. Nacionalizar la banca y obligarla a que queme todo el dinero que injustamente se le entregó en su día sería una de las peores decisiones que se podrían adoptar.

Escuchemos a los altermundistas

Fracasadas las recetas neoliberales, culpables de la crisis, Iñaki propone que escuchemos con mucha atención a este improvisado panel de expertos y pide a los políticos que tengan muy en cuenta las ideícas de la tropa, si es que de verdad tienen voluntad de acabar con los problemas que afectan a un número cada vez mayor de ciudadanos (y ciudadanas).

La iniciativa es pertinente porque nunca está de más conocer de primera mano el modelo social de los autoproclamados defensores de La Tierra, el medio ambiente, los desfavorecidos y, por extensión, el género humano. Además, estoy seguro de que los progresistas acomodados, como Gabilondo y los artistas de la ceja, pondrán en práctica inmediatamente en su vida privada todos los consejos de estos líderes revolucionarios, que buscan acabar con el capitalismo de una vez.

Los invitados a esta sección han ofrecido a lo largo de esta semana al espectador de Cuatro (porque probablemente había en ese momento un solo espectador, es decir, yo) sus recetas para acabar con la crisis económica y, lo que es más importante, para que no vuelva a ocurrir jamás nada parecido. Como buenos marxistas, empiezan con un error monumental y, a partir de ahí, sólo van empeorando. Entre otros conceptos más sofisticados como imponer una tasa mundial a las transacciones económicas, dice, por ejemplo, que el planeta no es capaz de proveer de alimentos y energía a una masa de población creciente o que el desarrollo económico constante es un imposible metafísico, por tanto lo que procede es abandonar el desarrollo urbano, acabar con las grandes ciudades y volver todos a la vida rural prácticamente en régimen de autoabastecimiento (en ese momento aparece un señor pastoreando unas vacas muy simpáticas). O sea, volver al Paleolítico, cuando el hombre estaba hermanado con la naturaleza, respetaba sus ciclos, viajaba en carretas de bueyes y construía chozas con sus excrementos.

Los multimillonarios de izquierdas deben estar pensando a estas horas muy seriamente abandonar todas sus riquezas y volverse al terruño a practicar el trueque con sus vecinos utilizando los frutos del trabajo manual… aunque no es seguro. Algunos probablemente sospechen que haciéndoles caso a los altermundistas vamos todos a vivir mucho peor (sobre todo ellos) y que, en efecto, no habrá más crisis pero tan sólo porque esa será la situación natural de nuestra existencia. O sea, como el Real Madrid de Calderón. Aunque quizás no tanto.

Un mordisco a la manzana

No reclaman subidas de pensiones ni del salario mínimo, no piden el 0,7% del PIB para los países pobres, ni que deroguen el canon digital. Sólo piden que dejen a las empresas vender sus productos en libertad.

El aparatito en cuestión es el iPhone, de la empresa Apple, sobradamente conocido. Al parecer, Apple ha dejado de comercializarlo en Francia, junto al iPod y todos los productos de la marca. Y los franceses están indignados. Ya no podrán comprar, aunque lo deseen, los admirados dispositivos de la manzana. Y todo gracias a los que se dicen protectores del mercado y de la competencia.

Por supuesto, nada de lo anterior es real. Es sólo la creación de una imaginación calenturienta. ¿A quién se le puede ocurrir que unos ciudadanos salgan a la calle a defender a una empresa privada? Y encima en Francia, venga ya. Todos sabemos que las únicas manifestaciones relacionadas con las empresas son las huelgas para evitar la explotación de los trabajadores.

Y, sin embargo, quizá algún día llegue a pasar. Porque hay decisiones que son indignantes, y aún más porque se hacen en pretendida defensa del ciudadano-consumidor. Es el reciente caso de una resolución de la autoridad de competencia francesa, en la que se suprime de forma cautelar la exclusividad en la comercialización del iPhone que habían pactado libremente Orange y Apple.

¿Por qué se irrumpe de esta forma en el derecho de las partes a contratar? Pues no hay básicamente ninguna razón, ya que el propio análisis descarta la existencia de posición dominante en el mercado afectado. Lo único que queda claro es que Apple es una empresa de éxito, y que sus productos se venden como churros. Así que los funcionarios defensores del mercado deciden limitar la duración del acuerdo. Pues eso: que sean las autoridades administrativas las que nos fijen las duraciones de los contratos, las condiciones, los precios y, por qué no, con quién podemos contratar. Seguro que un funcionario sabe mejor que Apple y Orange cómo satisfacer las necesidades del consumidor francés, que lo único que buscaban era que todos los franceses que lo desearan tuvieran un iPhone.

La autoridad de competencia francesa se merece que Apple deje de vender sus productos en Francia. Pero no va a pasar, de momento. El día que ocurra tal vez la gente se dé cuenta de que son los emprendedores quienes realmente, de verdad, están interesados en satisfacer las necesidades de sus conciudadanos; y no los funcionarios que se dedican a ponerles palos en las ruedas.

Canten conmigo en anticipación: "APPLE, SÍ; CONSEIL DE LA CONCURRENCE, FUERA".

La pandemia de los acuerdos preferenciales

Los gobiernos han hallado un instrumento idóneo para planificar a su gusto el comercio internacional con la excusa de que las interminables rondas multilaterales del GATT-OMC no son eficaces para abrir los mercados. Se trata de los acuerdos preferenciales (PTAs, en inglés), generalmente bilaterales. Su proliferación se ha intensificado desde la década de los noventa.

Por definición, los PTAs discriminan a otros países. Con ellos los Estados crean una suerte de "clubes privados" de intercambio comercial, con beneficios y obligaciones reservados a sus miembros exclusivos. Invocan el libre comercio, pero no son más que puro diseño estatal de por dónde y de qué manera deben transcurrir los movimientos comerciales y de inversión de sus respectivos nacionales, en perjuicio de quienes no son parte de dichos acuerdos. Conducen a la fragmentación de los mercados y distorsionan el comercio mundial. Los responsables políticos tienen incluso la caradura de llamarlos acuerdos de libre comercio (FTAs, en inglés).

Con estas intromisiones se produce, entre otros efectos, lo que el economista Jacob Viner llamó desviación comercial (1950) en virtud de la cual un proveedor exterior eficiente puede ser (y generalmente es) sustituido por otro menos eficiente debido a las preferencias políticas otorgadas a este último.

Teniendo en cuenta que el 90% del comercial internacional es llevado a cabo por el 30% de los países de la OMC, no sorprende que los más activos patrocinadores de esta nueva forma de proteccionismo camuflado sean los gobiernos de los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y los BRIC (aquellos que más pueden perder en una negociación multilateral y los que cuentan a sus espaldas con intereses y grupos de presión más poderosos). No obstante cada país y cada bloque comercial tienen su particular batería de PTAs. Actualmente se estima que más de la mitad del tráfico del comercio mundial se realiza en régimen preferencial.

Cada PTA está constituido por una maraña de interminables cláusulas farragosas que no sólo condicionan el comercio transfronterizo, sino que protegen industrias locales o productos "sensibles" (léase "políticamente sensibles"). Asimismo hay exclusiones para numerosos productos, especialmente los agrarios. Estos acuerdos se van renovando cada cierto número de años. De esta forma los burócratas complican considerablemente el entorno comercial creando una extensa madeja de reglas, normas técnicas, certificados de origen, estándares laborales, de patentes y medioambientales que sufren estoicamente miles de empresas en sus operaciones diarias de importación/exportación. La complejidad administrativa no crea riqueza alguna (más bien incrementa los costes de transacción) pero da poder a funcionarios y consultores que creen que el comercio es un juego de suma cero.

Con el total de los PTAs vigentes (en torno a unos 400) se está formando en el comercio actual una malla de relaciones preferenciales a modo de "tazón de espaguetis" que están erosionando, cual termitas, los fundamentos del comercio internacional no discriminatorio que se pretendió con la creación del GATT, tal y como nos lo recuerda Jagdish Baghwati. Irónicamente esta vía ya se contemplaba en el propio tratado fundacional con su evasivo artículo 24. No debemos extrañarnos; el GATT, luego transformado en OMC (1995), es una organización de representantes estatales y, por tanto, contrarios todos ellos a cualquier orden espontáneo de carácter evolutivo y proclives a crear más problemas que soluciones prácticas.

Como alternativa menos mala a los PTAs bilaterales, se nos dice, están los acuerdos regionales que tienden a la integración económica de áreas cada vez mayores: las zonas de libre comercio (NAFTA; CAFTA, ASEAN etc.) y, si incorporan una tarifa externa común, las uniones aduaneras (UE, MERCOSUR, etc.) pero no dejan de ser meros acuerdos o áreas preferenciales (esta vez multiestatales) que excluyen los intercambios libres con terceros.

Está claro que mediante los PTAs los gobernantes de cada país, faltos de la información necesaria para atender las verdaderas preferencias de los miles de millones de consumidores repartidos por el orbe, dirigen arrogantemente los flujos comerciales hacia sus propias preferencias y las de sus cabilderos para impedir que la vivificante competencia extranjera se introduzca libremente en cada "corral nacional".

El libre comercio no precisa de tratados; todo lo que requiere es remover (unilateral o multilateralmente) las barreras artificiales al comercio. El propósito del librecambismo no es mantener puestos de trabajos sino aumentar la división internacional del trabajo, amén de generar riqueza y bienestar humano allá donde se despliega. Tan sencillo y tan grandioso como eso.

Historia de un pequeño agricultor chino

Los números son reveladores. En 1978, el país más poblado del mundo sólo aportaba un 1,8 por ciento de la riqueza mundial. Hoy es un 6 por ciento. En estas tres décadas ha sacado de la pobreza a 200 millones de personas, la mitad de la población europea. El fenómeno de China es de tal calado, que comprender bien las razones que le permiten crecer de forma tan acelerada y sostenida es muy importante.

Por eso me ha llamado la atención un reciente artículo escrito para McKinsey Quaterly. Yasheng Huang, tras haber escudriñado lo que recogen los organismos central y regionales, observa que el gran cambio de aquella economía no lo ha operado el diseño controlado del aparato central, sino que fueron "experimentos locales con la liberalización financiera y la propiedad privada" los que allanaron la mayor parte del camino al mercado. Han sido "los derechos de propiedad y la empresarialidad privada los estímulos dominantes del alto crecimiento y los bajos niveles de pobreza".

Hay una China rural aún sumida en el comunismo, pero la historia que cuenta Huang tiene todo el sentido. El régimen ha concentrado sus esfuerzos allí donde la riqueza está más concentrada y localizada: en las ciudades, que crecen al albur del comercio internacional. El campo, orillado por el régimen, está también más a salvo de la dependencia y el intervencionismo estatal.

Cita como ejemplo Wenzhou, una provincia eminentemente rural y anegada de miseria, que inició su propio camino a la liberalización financiera en 1982, cuando introdujo instituciones tan básicas como el préstamo privado o un tipo de interés de mercado. El Gobierno local se esforzó, a su vez, por proteger la propiedad privada, dentro de lo que era posible. El resultado fue la emergencia de numerosas empresas creadas por asociaciones de pequeños agricultores que constituyeron el plancton del crecimiento chino.

Los críticos y no pocos defensores del capitalismo, como Ayn Rand, creen que los peces gordos son lo característico de una economía libre. Pero son las pequeñas contribuciones del conjunto de la sociedad, lo que constituye siempre el grueso de la aportación a la riqueza. Por eso, el desplome de unos cuantos gigantes, que muchos ven con fruición como símbolo de la definitiva caída del capitalismo, no tiene, ni de lejos, la importancia que se le achaca. El capitalismo es el sistema económico del hombre común.

La mentalidad en el desarrollo y sus consecuencias

En el anterior artículo comentamos críticamente algunos sofismas que existen en el tema del desarrollo económico, y cuál es el enfoque teórico predominante (perspectiva de la función de producción). Lo contrapusimos con un enfoque que creemos es más adecuado: poniendo al ser humano y su innata creatividad empresarial en el centro del estudio (función empresarial), y analizar las interrelaciones que se producen entre éstos (instituciones), tanto en el ámbito pacífico del mercado en forma de transacciones voluntarias, como en el ámbito coercitivo del estado, en forma de regulaciones, leyes, etc.

Cabe preguntarse qué hay detrás de esta perspectiva teórica, si hay alguna base filosófica que de alguna manera sustente estos sofismas y los fracasos con los que se han topado los superorganismos de ayuda internacionales desde la Segunda Guerra Mundial.

Detrás de este tipo de planteamientos económicos parece haber una mentalidad determinada que podríamos describir de diversas formas, todas complementarias: la pretensión del conocimiento o la fatal arrogancia (ambas expresiones de Hayek), o una especie de rebelión contra la humildad y modestia que el economista debería mostrar, especialmente en temas como el desarrollo (donde el desconocimiento sobre los órdenes que conforman las sociedades e instituciones objeto de estudio es mayor si cabe), aderezada con la creencia de que la sociedad es algo maleable que puede modificarse al gusto del planificador de turno (ingenieros sociales utópicos), donde los líderes y expertos (e.g. economistas) están en el centro de la historia pretendiendo llevarla por sus derroteros.

Estas descripciones implican el sesgo planificador de los teóricos que siguen este cliché: dado que el economista posee un conocimiento amplio sobre las circunstancias de la economía X, y la sociedad es algo maleable, éste tiene la necesidad (quizá moral) de aconsejar o exigir a los gobiernos de turno que apliquen las medidas intervencionistas que él crea convenientes para impulsar la ‘eficiencia’ del sistema y mejorar la sociedad desde arriba. Como se ve, la cuestión clave no está en las intenciones del economista: las leyes y teorías económicas no se invalidan con las buenas intenciones.

Esta mentalidad, no obstante, ha sido combatida por varios autores, entre los que figuran los economistas austriacos, y otros muy destacados como Peter Bauer, que tuvo que lidiar con los teóricos del desarrollo en una época en la que predominaba la idea de la planificación como vía de escape de la pobreza. Particularmente tuvo que enfrentarse con las ideas monstruosas de Gunnar Myrdal (Premio Nobel…), que proponía una fuerte y poderosa acción gubernamental para transformar radicalmente al hombre y a la sociedad con el fin de que estas sociedades avanzaran económicamente. Un autor más reciente es William Easterly, en concreto en sus discusiones con Jeffrey Sachs. El primero ofrece la alternativa al enfoque de los ‘expertos omniscientes’: una perspectiva evolutiva y del orden espontáneo, la que quiere y busca que el cambio se produzca gradualmente y desde abajo, cambiando primero las bases, no al revés; confiando en los "buscadores" de oportunidades (searchers) y no en los planificadores (planners).

Encontrando paralelismos quizá algo rebuscados, ésta es también la perspectiva de la intrahistoria de la que habló Miguel de Unamuno:

Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que… echa las bases sobre la que se alzan los islotes de la historia… Sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia… Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua… es la sustancia del progreso.

 Y ejemplifica su preciosa narrativa: "No fue la Restauración de 1875 la que reanudó la historia de España; fueron los millones de hombres que siguieron haciendo lo mismo que antes".

Este enfoque, ya sea expuesto y defendido por los economistas austriacos, por Bauer, Easterly o Unamuno, es el que considero más adecuado no sólo para estudiar los fenómenos del desarrollo económico, sino también para ayudar eficazmente a los países más pobres, para que millones de personas puedan salir de la miseria más absoluta. Y fruto de esta mentalidad han surgido proyectos muy interesantes para ayudar a salir adelante a emprendedores de países en los que ejercer la función empresarial es harto dificultoso, así como tratar de ayudar a familias a nivel muy local. Unos ejemplos: GlobalGiving, KIVA, KickStart o The Ember Kenya Grandparents Empowerment Project, amén de proyectos de cooperación que existen al margen de la corrupción y el bombo de organismos burocráticos y ONG’s: proyectos de individuos anónimos de países prósperos que deciden dar un giro copernicano a sus vidas y dedicarse a trabajar para gentes de los países más pobres.

Desde el mundo rico se puede hacer bastante para ayudar a los más desfavorecidos en el mundo, aunque los determinantes del desarrollo deban nacer desde dentro y sin los cambios internos éste sea algo improbable. El camino a seguir, sin embargo, no parece consistir en continuar la senda anterior y aumentar la ayuda externa, sino en apoyar el espíritu empresarial de los más pobres a nivel local para que éste pueda florecer, ayudando a los propios emprendedores y tratando de conseguir que los gobiernos de sus países les dejen libres y garanticen cierta seguridad, y los gobiernos de los nuestros abandonen políticas que no hacen más que perjudicar a los más pobres del mundo, aquellos a los que dicen ayudar (con nuestro dinero).