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Etiqueta: Comercio internacional

Las ventajas competitivas empresariales y la intervención estatal a escala global

Los influyentes estudios de Michael Porter, renombrado economista, profesor e investigador de la Harvard Business School (HBS), han marcado un antes y un después en el análisis de la estrategia competitiva de las empresas y las políticas económicas y públicas orientadas a la competitividad nacional. Sus obras seminales, como La Ventaja Competitiva de las Naciones, Ventaja Competitiva, Estrategia Competitiva y Ser Competitivo, han proporcionado un marco analítico fundamental para abordar estos temas cruciales.

Concepto y enfoque de las ventajas competitivas

Michael Porter define las ventajas competitivas como la capacidad de una empresa para lograr y mantener un desempeño superior en un sector económico competitivo. En su obra Estrategia Competitiva, Porter estableció un marco de análisis para el estudio de sectores industriales y competidores, identificando tres estrategias genéricas que una empresa puede seguir para obtener ventajas competitivas:

  • Liderazgo en costos: Producir bienes o servicios a un costo inferior al de los competidores.
  • Diferenciación: Ofrecer productos o servicios únicos y valorados por los clientes.
  • Enfoque: Concentrarse en un nicho de mercado específico, ya sea por costo o diferenciación.

Según Porter, la ventaja competitiva reside en cómo una empresa implementa estas estrategias genéricas para alcanzar sus objetivos. En Ventaja Competitiva, el autor plantea interrogantes clave sobre cómo lograr y mantener estas ventajas:

  • “¿Cómo obtiene una empresa una ventaja en costos sostenible?”
  • “¿Cómo puede diferenciarse de sus competidores?”
  • “¿Cómo elige una empresa un segmento de manera que la ventaja competitiva surja de la estrategia de enfoque?”
  • “¿Cómo y cuándo puede una empresa obtener una ventaja competitiva para competir con una estrategia coordinada en los sectores industriales relacionados?”
  • “¿Cómo se introduce la certidumbre en el seguimiento de la ventaja competitiva?”
  • “¿Cómo puede una empresa defender su ventaja competitiva?”

Para Porter, la ventaja competitiva de una empresa se basa en el valor que puede crear para sus compradores, un concepto que profundiza en su obra Ventaja Competitiva. Además, Porter desarrolló el influyente esquema de las cinco fuerzas competitivas que moldean la competencia en un sector industrial.

Más allá del enfoque de Porter: otras perspectivas sobre la competitividad

Si bien el trabajo de Michael Porter es fundamental, otros autores también han contribuido al entendimiento de la competitividad. Metcalfe et al. (1992), por ejemplo, sostienen que la competitividad empresarial se logra al obtener una ventaja basada en la generación de productos o procesos superiores a los de los rivales, y al gestionar dicha ventaja para lograr una mejor posición en el mercado.

Desde una perspectiva más dinámica, De Woot (1990) conceptualiza la competitividad como “la capacidad de una empresa, bajo condiciones de libre mercado, para producir bienes y servicios que ‘pasan la prueba’ de los mercados internacionales mientras, al mismo tiempo, mantienen o expanden esa capacidad”. Esta definición introduce dos elementos cruciales: la dimensión internacional de los mercados y el libre mercado como condiciones bajo las cuales las empresas deben operar para ser competitivas.

Tanto el entorno de libre comercio como la dimensión internacional crean un marco dinámico empresarial en constante evolución, impulsado por diversos factores que inciden en los niveles de competitividad de las empresas a escala global.

Determinantes del entorno competitivo actual

Entre los principales determinantes del actual entorno competitivo empresarial a nivel internacional, destacan:

  • La reconfiguración de la globalización de los mercados y de sus cadenas de valor y suministro internacionales.
  • Los enfrentamientos geopolíticos y geoeconómicos entre potencias como Estados Unidos y China.
  • Los cambios estructurales en ciernes en el ámbito comercial entre Estados Unidos y sus principales socios económicos en América, Europa y Asia (Japón, Corea del Sur, India, Vietnam).
  • El crecimiento de las tecnologías disruptivas, como la inteligencia artificial.
  • La lucha por el control de las tierras raras, vitales para el desarrollo y control de las mencionadas tecnologías emergentes.

La intervención estatal: ventajas y desventajas

El escenario descrito no escapa a la intervención estatal a escala global. Ni siquiera el modelo de las cinco fuerzas de Michael Porter es inmune a la actuación de los estados, ya que los elementos que lo componen pueden ser influenciados por políticas gubernamentales.

Ventajas de la intervención estatal
  1. Inversión en infraestructura y capital humano: El gasto en transporte, energía, comunicaciones y educación genera externalidades positivas. Estas se traducen en la reducción de costos operativos para las empresas, la mejora de su productividad y la simplificación del acceso a los mercados.
  2. Creación de un marco legal y regulatorio predecible: Un marco que proteja los derechos de propiedad privada, garantice el cumplimiento de contratos y regule eficazmente la competencia, con una intervención estatal mínima, puede incentivar la inversión y la competencia empresarial.
  3. Promoción de la inversión en investigación y desarrollo (I+D): A través de incentivos fiscales o la creación de centros de investigación, los estados pueden ayudar a las empresas a desarrollar nuevas tecnologías, productos y procesos que mejoren su competitividad.
  4. Corrección de fallas del mercado: La intervención estatal puede mitigar problemas como la información asimétrica y los monopolios, mejorando la eficiencia y la equidad económica en los mercados.
  5. Apoyo a la libre competencia: Esto se logra mediante la regulación antimonopolio, la promoción de la entrada de nuevas empresas y la eliminación de barreras de entrada, fomentando así la competencia y mejorando la eficiencia de los mercados en todos los niveles de sus respectivas cadenas de valor.
Desventajas de la intervención estatal
  1. Regulaciones excesivas: Pueden aumentar los costos operativos de las empresas, reducir su flexibilidad y retrasar la toma de decisiones.
  2. Creación de barreras de entrada: Regulaciones excesivas, subsidios mal dirigidos o el proteccionismo (por ejemplo, barreras arancelarias) pueden distorsionar la competencia y reducir la eficiencia. Estas políticas mercantilistas, que buscan proteger a las industrias nacionales de la competencia extranjera, a menudo aumentan los precios para los consumidores y reducen la competitividad empresarial.
  3. Subsidios: Suelen distorsionar la competencia, proteger a empresas ineficientes y crear incentivos perversos que pueden llevar a la corrupción y al mal uso de los factores de producción (humanos o materiales), afectando negativamente el clima de negocios y la neutralidad estatal.

Conclusiones

En el actual escenario internacional, lo que ha predominado y afectado la competitividad empresarial son las políticas de intervención estatal, impulsadas por imperativos geopolíticos, geoeconómicos y un creciente nacionalismo y populismo económico a nivel global. Esto ha generado un aumento en los niveles de incertidumbre política y económica para las empresas, resultando en una reducción de su competitividad a escala global y, al mismo tiempo, en una mayor dependencia de las políticas intervencionistas de los estados.

Bibliografía
  • De Woot, P. (1990). Competitive Revival in European Industry. Springer.
  • Metcalfe, J. S., Georghiou, L., Cunningham, P., & Carneron, H. M. (1992). Evaluation of the impact of European Community Research Programmes upon the Competitiveness of European Industry. Concepts and Approaches. Commission of the European Communities, Monitor/Spear Programme.
  • Porter, M. E. (1991). Ventaja Competitiva. Editorial Rey Argentina.
  • Porter, M. E. (1992). La Estrategia Competitiva. Edición 1992.
  • Porter, M. E. (2008). Ser Competitivo. Harvard Business Press (Novena Edición).

Cómo abrazó el libre comercio la izquierda mexicana

Por Marcos Falcone. El artículo Cómo abrazó el libre comercio la izquierda mexicana fue publicado originalmente en FEE.

A principios de este año, la presidenta mexicana de izquierda Claudia Sheinbaum organizó un mitin en el centro de la Ciudad de México para celebrar el retraso de un mes de Donald Trump en la imposición de aranceles del 25% a su país.1 Para los observadores latinoamericanos, esto fue desconcertante y no solo porque la victoria fue insignificante, sino porque ¿desde cuándo la izquierda abraza el libre comercio? Sin embargo, la postura de Sheinbaum desde entonces, junto con comentarios previos de su predecesor Andrés Manuel López Obrador (AMLO), demuestran que hay una manera de comprometer a la izquierda latinoamericana con el libre comercio: abrazándolo en primer lugar.

Durante el siglo XX, México comenzó a liberalizar su comercio internacional a través del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), un acuerdo con Estados Unidos y Canadá propuesto originalmente por Ronald Reagan. Pero, crucialmente, México se unió al TLCAN y cosechó sus beneficios bajo administraciones no izquierdistas. El país firmó el acuerdo durante los años del Partido Revolucionario Institucional (PRI), un partido comodín que dominó la política del país en su era predemocrática. Después de que el país finalmente hiciera la transición a la democracia en 2000, tanto el PRI como el Partido de Acción Nacional (PAN) de centro-derecha surgieron como los partidos más grandes de México.

No sería hasta 2018 que la izquierda mexicana finalmente ganó el poder a través del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). Para entonces, había muy poco espacio para hacer una campaña activa contra el libre comercio. Dado el comportamiento de la izquierda en toda América Latina, esto podría haber sido esperado, particularmente porque todos los principales partidos de izquierda se habían opuesto al establecimiento propuesto por Estados Unidos de una zona de libre comercio en las Américas en 2005. Pero eso no sucedió. Menos pobreza, aumento de los niveles de ingresos, nuevos empleos y más exportaciones: los beneficios de un comercio más libre eran tan obvios en México que eran imposibles de negar.

El TLCAN y su sucesor, el T-MEC (Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá), han tenido efectos positivos en la economía mexicana.2 Estos acuerdos dieron como resultado una mayor inversión extranjera, particularmente de EE. UU. y Canadá, junto con exportaciones significativamente más altas. Las importaciones también aumentaron, lo que redujo los precios. Con muchas opciones nuevas de consumo, la vida diaria cambió. El excanciller mexicano Jorge Castañeda incluso argumentó: “Si México se ha convertido en una sociedad de clase media… se debe en gran parte a esta transformación”.

Es importante destacar que muchos empresarios y trabajadores ahora interactúan directamente con socios estadounidenses y canadienses y son conscientes de los beneficios del libre comercio. Para el público en general, los efectos negativos más amplios de las guerras comerciales de Trump tardan en notarse, pero para estas personas, el costo de los aranceles se siente de inmediato. Entre los principales países latinoamericanos, México es el más abierto al comercio internacional, según el Informe de Libertad Económica del Mundo del Fraser Institute.3 Su puntuación en Libertad para el Comercio Internacional subió de 6,93 en 1970 a 8,10 en 2022 en una escala de 10.

Además, al integrar la economía mexicana en la de EE. UU., estos acuerdos han protegido a México de influencias autoritarias extranjeras como las de China, que han causado preocupación en toda la región. De hecho, no solo México exporta la mayoría de sus productos a EE. UU., sino que también México compra a EE. UU. más que a cualquier otro país. Aunque la relación entre China y México ha ganado fuerza en los últimos años, si no fuera por México, China ya se habría convertido en el mayor socio comercial de América Latina.

Bajo la presidencia de Trump, sin embargo, Estados Unidos no parece considerar el T-MEC como estratégico. La administración ha seguido imponiendo aranceles después de las reacciones globales iniciales en marzo. A su vez, México ha continuado trabajando para obtener exenciones, y hasta ahora lo ha logrado.

La importancia del comercio con EE. UU. y Canadá ha impulsado a los presidentes de Morena López Obrador y Sheinbaum a defender repetidamente el T-MEC. En una entrevista en El Cato Podcast, Roberto Salinas León, investigador principal para América Latina de Atlas Network, calificó estos acontecimientos de “surreales”, pero explicó que el libre comercio está ahora arraigado en la mente de los mexicanos de manera similar a como lo está la dolarización en Ecuador. La vida en México sería impensable sin él.

Quizás sin saberlo, AMLO y Sheinbaum siguen a socialistas de finales del siglo XIX y principios del XX que también apoyaron el libre comercio debido a cómo beneficiaba a los trabajadores a través de una mayor competencia y precios más bajos. El economista Carlos Rodríguez Braun ha estudiado extensamente el caso de Juan B. Justo, una figura fundamental del socialismo latinoamericano que se opuso a los aranceles en nombre de los trabajadores.

Por supuesto, nada de esto implica que el libre comercio sea todo lo que se necesita para que México supere la pobreza. (Tampoco significa que el TLCAN y el T-MEC hayan tenido únicamente efectos positivos en la economía mexicana, ya que ciertamente ha habido perdedores). De hecho, los acuerdos de libre comercio no han podido superar otras debilidades en la economía mexicana, que sigue estancada en comparación con las de otros países. La baja productividad, la mala infraestructura, la alta corrupción y un Estado de derecho débil son algunos de los muchos desafíos estructurales que sufre México. De hecho, algunos de estos problemas están alimentando la guerra comercial de Trump, particularmente el hecho de que el crimen organizado en México parece imparable. El PIB de México solo creció un 0,2% en el primer trimestre de 2025.4

Más recientemente, las políticas de izquierda han causado preocupación entre los inversores, contribuyendo probablemente a la desaceleración de las entradas de capital. Las nacionalizaciones de AMLO en el sector energético fueron un golpe significativo para el Estado de derecho, lo que indica que los derechos de propiedad ahora dependen del partido gobernante. Más recientemente, la reforma judicial propuesta por AMLO ha entrado en pleno vigor durante la administración de Sheinbaum con las recientes e inéditas elecciones judiciales. Solo el 13% de los mexicanos acudieron a las urnas, sin embargo, la mayoría de los jueces ahora serán partidistas por naturaleza (y pro-Morena al principio), en una medida que socava aún más el Estado de derecho.

El libre comercio no es ciertamente una panacea, pero es necesario para que los países prosperen. Como dijo Milton Friedman, “lo mejor del mundo sería que todos los países se dedicaran al libre comercio”. Entonces, ¿cómo podemos avanzar en el libre comercio en América Latina? El muy curioso caso de México puede ofrecer una lección a otros países: si se involucran en el libre comercio el tiempo suficiente, incluso la izquierda podría salir en su defensa cuando este esté en peligro.

Racionalidad económica y política en los negocios internacionales

En el actual escenario económico y político global, los conceptos de racionalidad económica y política han cobrado una gran relevancia a la hora de evaluar el comportamiento de los actores económicos —sean privados o públicos—, así como el de las políticas comerciales de las principales potencias económicas internacionales, en términos de sus decisiones de orden geoeconómico y geopolítico.

Las tensiones geopolíticas y geoeconómicas entre los Estados Unidos y China, principalmente, sumadas a la guerra de aranceles de EE. UU. frente a sus históricos socios comerciales, han puesto en el tapete, de manera implícita y explícita, el choque entre dos concepciones distintas de abordar la toma de decisiones de políticas económicas.

La racionalidad económica

La racionalidad económica tiene sus raíces en la teoría del homo economicus. Los orígenes de esta se encuentran en el ensayo sobre la economía política escrito por el filósofo, economista y político inglés John Stuart Mill en el año 1836, titulado Sobre la definición de economía política y sobre el método de investigación para ella. John Stuart Mill no acuñó el término homo economicus directamente; no obstante, su obra sentó las bases para la idea de un ser humano racional y maximizador de su propio interés económico.

Mill concibió al individuo en economía como alguien que busca la riqueza a través de una evaluación eficiente de los medios para obtenerla. Veía al hombre económico como un ser que busca maximizar su riqueza y bienestar, utilizando la razón para evaluar las mejores opciones a su alrededor. Por lo tanto, para Mill, lo que posteriormente fue conceptualizado como homo economicus era una herramienta metodológica para analizar la economía.

Homo economicus

La racionalidad económica se basa en la conceptualización del homo economicus, un concepto que describe, de manera abstracta, la capacidad de los agentes económicos para tomar decisiones lógicamente fundamentadas en una relación costo-beneficio. Estas decisiones tendrían como objetivo optimizar beneficios, así como reducir costos, operando dentro de las restricciones de recursos y conocimientos disponibles. En esencia, implica elegir la opción más ventajosa después de evaluar las alternativas y sus respectivas consecuencias.

La característica más importante del homo economicus es que toma decisiones basadas en un análisis racional de costo-beneficio, tanto desde el punto de vista del empresario —que se preocupa principalmente por maximizar las ganancias a través de un proceso de toma de decisiones eficiente— como desde el del consumidor, que busca maximizar su utilidad al comprar cualquier bien o servicio.

No obstante, los supuestos básicos sobre los cuales se sustenta el concepto abstracto y cuasi-modelístico de la racionalidad de los agentes económicos han recibido críticas tanto metodológicas —en cuanto a la validez de su aplicación práctica— como teóricas, como por ejemplo el supuesto de que los tomadores de decisiones tendrían acceso a toda la información existente.

Si enmarcáramos este concepto de racionalidad económica —y su subyacente homo economicus— en el actual contexto económico global, los agentes racionales deberían aprovechar la libertad del flujo de capitales y de los factores de producción. Esto se traduciría en la búsqueda de ventajas competitivas y comparativas, la optimización de la inversión en cuestión y la maximización del comercio, así como en la adaptación a las fuerzas del mercado como eje rector de sus decisiones de inversión o desinversión.

La racionalidad política

El concepto de racionalidad política no ha escapado de la abstracción ni de los factores inherentes a ella, como las influencias ideológicas o políticas —sean de tipo cultural o coyuntural— sobre los tomadores de decisiones a la hora de establecer las políticas económicas en sus respectivas naciones.

La racionalidad política ha sido definida por algunos autores como “una racionalidad práctica. Esto significa que no es una racionalidad externa a la acción, sino que es una racionalidad propia de la acción humana. Y como tal, solo es posible en relación con un agente y un contexto objetivo. Frente a la racionalidad teórica, que considera ‘desde fuera’ los procesos para aplicarles una técnica o normativa que los ordene a un fin estratégico”. (Luis Alejandro Auat, La racionalidad política: principios y mediaciones, Revista de Filosofía de Santa Fe, N.º 11, 2003, p. 46).

Siguiendo con el concepto de racionalidad política ya mencionado, es importante citar a Cruz Prados, quien sostiene que “la racionalidad de la acción solo es posible en el seno de un ethos objetivo. No sería posible, entonces, determinar la racionalidad o no de una acción si no contamos con un contexto de referencia”. (Cruz Prados Alfredo, Ethos y Polis. Bases para una reconstrucción de la filosofía política, EUNSA, Pamplona, 1999).

Cabe aclarar que el ethos es un conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad, teniendo como fin lograr adhesiones a un proyecto político determinado, que puede tener diversos matices ideológicos o ser netamente pragmático. Estos conceptos son relevantes para entender la interconexión entre la racionalidad económica y la política dentro del actual escenario global de los negocios.

Interconexión entre la racionalidad económica y la política

La economía y la política están intrínsecamente ligadas, ya que las decisiones políticas pueden tener un impacto significativo en la economía, y las condiciones económicas pueden influir en las decisiones políticas.

Por ende, la racionalidad económica, a menudo asociada con la relación costo-beneficio y su maximización —como ya hemos señalado—, se ve desafiada por consideraciones políticas que obedecen a una racionalidad que prioriza intereses políticos presentes y de corto o mediano plazo. La estabilidad y la equidad social, entre otras consideraciones de índole sociopolítica, suelen supeditarse a factores políticos de corte electoralista que pretenden establecer una gobernanza que garantice legitimidad y apoyo popular en función de un proyecto político determinado.

Todos estos procesos, en distintos grados, introducen sesgos en los procesos de toma de decisiones. La influencia de grupos económicos, políticos o gremiales determinados, la búsqueda de rentas por parte de funcionarios, y el intercambio de favores terminan llevando a lo que la escuela de la Public Choice ha destacado: que la toma de decisiones públicas “no es un mecanismo de mercado”, y que las fallas de mercado deben compararse con los costos de la intervención pública, sea esta de alcance nacional o internacional.

El ciclo político de los negocios en el actual contexto global

La compleja relación entre economía y política debe analizarse también a través de la teoría del ciclo político de los negocios. El origen de esta teoría se encuentra en el artículo del economista William D. Nordhaus, de la Universidad de Yale, titulado The Political Business Cycle (abril de 1975), publicado en The Review of Economic Studies. Este artículo no solo definió un nuevo riesgo exógeno para el funcionamiento de los mercados —el ciclo político de los negocios—, sino que identificó tendencias intrínsecas en los sistemas políticos democráticos para manipular la economía en beneficio de las élites políticas y económicas, especialmente para influir en los resultados electorales y así conservar el poder político.

Nordhaus planteó que, dentro de este concepto, existiría un ineficiente “ciclo político” mediante el cual los gobiernos, a través de la manipulación de instrumentos de política económica (fiscal, monetaria y comercial), buscarían preservar el poder.

Dentro de esta teoría se distinguen dos tipos de modelos: los oportunistas, donde los políticos solo buscan maximizar votos, y los partidistas, donde adoptan políticas que reflejan una ideología definida y están orientadas a beneficiar a sus representados.

Si bien esta teoría nació como una modelización para explicar el comportamiento de gobiernos democráticos en su afán de moldear la economía según sus intereses electorales, también puede aplicarse, aunque parcialmente, a regímenes cuasidemocráticos o autoritarios. En estos casos, la manipulación económica no se orienta a la reelección, sino a la expansión de la influencia geoeconómica y geopolítica en el escenario internacional.

Hoy, en el plano internacional, observamos un contraste: por un lado, el gobierno actual de los Estados Unidos encuadra su racionalidad política dentro de los dos modelos arriba mencionados al implementar sus políticas económicas exteriores. Por otro, China actúa según una racionalidad política que no se explica por procesos electorales internos ni por la necesidad de adhesión al establishment por parte de su ciudadanía, sino por su proyecto de expansión global. Este proyecto, en ciertas áreas económicas, compite de forma desleal —desde el punto de vista de las reglas del libre mercado— con los Estados Unidos y el resto del mundo occidental.

Conclusiones

La racionalidad política, tal como se ha explicado en el marco de la teoría del ciclo político de los negocios, ha venido marcando —y seguirá marcando— las pautas de reconfiguración del actual sistema económico y geopolítico internacional.

Este ciclo político de los negocios ha minado los fundamentos del orden internacional liberal surgido tras la Segunda Guerra Mundial. A través de guerras comerciales, competencia desleal y el uso de aranceles como instrumento de presión política y económica (justificada o no), se ha generado un entorno global altamente impredecible y desafiante para los agentes económicos, que solían tomar decisiones dentro de un marco de racionalidad económica y bajo unas reglas más o menos claras y predecibles del libre mercado de bienes y servicios.

En defensa de los déficits comerciales

Por Andrew Lilico. El artículo En defensa de los déficits comerciales fue publicado originalmente en el IEA.

Los políticos y los comentaristas en general que no son economistas a menudo hablan como si un “déficit comercial” fuera algo malo. Donald Trump habla de un déficit comercial como si fuera casi una especie de robo, como si el déficit fuera dinero robado sin nada a cambio. Otros hablan de un déficit comercial como si indicara algo sobre las barreras comerciales, como si, por ejemplo, fuera razonable asumir que cuanto mayor es el déficit comercial de un país, mayores deben ser las barreras a las exportaciones de ese país. Ambas son ideas profundamente confusas que reflejan un malentendido sobre un aspecto fundamental de la macroeconomía internacional.

Supongamos que un país tiene un tipo de cambio flotante estable y una oferta monetaria interna estable. Eso debe significar que las entradas y salidas de dinero deben estar en equilibrio. Si, por ejemplo, la gente comprara más de la moneda de la que vendiera, esta se apreciaría en valor. Dado que eso no está sucediendo, las compras y ventas deben ser iguales.

Existen dos tipos de flujos financieros que entran y salen de un país. Se denominan “cuenta de capital” y “cuenta corriente”. La cuenta de capital cubre las transferencias internacionales de capital y la adquisición o disposición de activos no producidos y no financieros, como la tierra. Para nuestros propósitos aquí, pensemos en la cuenta de capital como la posición de inversión neta. Si los extranjeros están invirtiendo más en su país de lo que sus propios ciudadanos están invirtiendo en el extranjero, su cuenta de capital tiene superávit. Y si ocurre lo contrario, su cuenta de capital tiene déficit.

La cuenta corriente cubre la balanza comercial y de “invisibles”. Para nuestros propósitos, pensemos en la cuenta corriente solo en términos de comercio. Si usted vende un mayor valor de bienes y servicios de los que compra, entonces el dinero que entra por sus exportaciones es más que el dinero que sale para pagar sus importaciones. Eso es un superávit comercial. Si usted tiene un déficit comercial, entonces hay una salida neta de dinero (y una entrada neta de productos).

Volvamos a nuestro caso de un país en el que las entradas y salidas netas están en equilibrio. Si usted tiene una entrada neta de fondos en la cuenta de capital, es decir, si los extranjeros quieren invertir más en su país de lo que sus ciudadanos quieren invertir en el extranjero, eso debe equilibrarse con una salida neta de fondos en la cuenta corriente, es decir, debe estar incurriendo en un déficit comercial.

Eso es todo lo que es o significa un “déficit comercial”, si usted tiene un tipo de cambio flotante: que los extranjeros están lo suficientemente interesados en invertir como para que eso cree una entrada neta de capital. Esa entrada neta de inversión y el déficit comercial son simplemente contrapartes matemáticas, dos caras de la misma moneda.

Si desea eliminar su déficit comercial sin devaluar su moneda o tener un período de rápido crecimiento monetario (lo que impulsaría la inflación), debe eliminar esas entradas netas de inversión. No hay otra cosa que pueda suceder. Dado que el déficit comercial es, en este caso, precisamente lo mismo que las entradas netas de inversión, esa es su única opción.

A continuación, comprendamos qué causa qué. ¿Son las entradas netas de inversión las que causan un déficit comercial, es un déficit comercial el que causa entradas netas de inversión, o un poco de ambas?

La respuesta habitual es que son los flujos netos de inversión los que causan los flujos comerciales netos, y no al revés. La razón es que es mucho más fácil y rápido ajustar los flujos de inversión. Hay grandes volúmenes de capital internacionalmente móvil. Pueden moverse entre los bonos del Tesoro de EE. UU. y los bonos del gobierno del Reino Unido en nanosegundos, ya sea con solo pulsar un interruptor o a través de las decisiones automatizadas de un algoritmo de negociación de alta velocidad. Por el contrario, los flujos comerciales se ajustan mucho más lentamente (al menos en términos de volumen; en términos de valor cambian instantáneamente a medida que cambian los tipos de cambio). Los flujos comerciales cambian cuando las empresas cambian de dónde obtienen los productos, a medida que evolucionan los gustos de los consumidores o a medida que surgen nuevas innovaciones.

Así que la causalidad funciona de la siguiente manera. Ocurre una perturbación. Eso lleva a un cambio en los flujos de inversión (por ejemplo, un aumento de la entrada neta de inversión). Eso conduce a un cambio en el tipo de cambio (por ejemplo, una apreciación). Ese cambio en el tipo de cambio cambia el valor del comercio (por ejemplo, encareciendo las exportaciones del país y abaratando las importaciones, ampliando el déficit comercial). Para ver la importancia de este punto sobre qué reacciona más rápido, imagine una perturbación que, de forma aislada, aumentaría la inversión neta o las exportaciones netas. Típicamente, lo que sucederá es que, debido a que los flujos de inversión se ajustan más rápidamente, las entradas netas de inversión conducen a una apreciación suficiente de la moneda que las exportaciones netas caen (en lugar de subir).

Las entradas netas de inversión suelen considerarse algo bueno. Los gobiernos hacen considerables esfuerzos para atraer la inversión extranjera directa. Dado que un déficit comercial es simplemente la contrapartida del éxito en la atracción de inversión neta, uno debería cuestionar por qué un déficit comercial debería verse como algo malo. Por otro lado, la inversión neta significa que los activos de un país están siendo adquiridos y creados por extranjeros. Quizás existan circunstancias políticas en las que eso pueda parecer poco atractivo (por ejemplo, si se anticipara ir a la guerra con esos extranjeros). Por lo tanto, es interesante preguntar qué se podría hacer para disuadir las entradas netas de inversión, aparte de la opción de dañar la propia economía tanto que los extranjeros no quieran invertir allí (lo que no suele considerarse una política óptima).

Una forma interesante y a menudo importante de entrada neta de inversión es el dinero extranjero que viene a comprar bonos del gobierno. Estos suelen ser, entre los activos, los más atractivos para los extranjeros. Por lo tanto, una reducción del déficit presupuestario del gobierno a menudo conducirá a una reducción de las entradas de capital y, por consiguiente, a un aumento de las exportaciones netas (es decir, una reducción del déficit comercial o un aumento del superávit comercial).

Otra forma de reducir las entradas netas de inversión sin dañar tanto la economía nacional como para que la inversión allí sea poco atractiva sería hacer que la inversión en el extranjero fuera más atractiva. Eso podría hacerse ayudando a los países extranjeros a crecer más rápido, si eso fuera factible. Pero una alternativa podría ser persuadir a los gobiernos extranjeros para que suban sus tipos de interés.

Eso podría tener consecuencias negativas para esos países, por ejemplo, quizás deflación, o quizás disturbios sociales a medida que se recortaran los salarios. Pero si la alternativa fueran aranceles y grandes trastornos comerciales, las consecuencias negativas podrían ser aún peores.

Así que, si Trump quiere eliminar los déficits comerciales, tiene varias opciones:

  • Podría devaluar el dólar.
  • Podría reducir el déficit presupuestario federal de EE. UU.
  • Podría impulsar el crecimiento del PIB internacional.
  • Podría persuadir a otros países para que mantengan tipos de interés más altos.

En sí mismos, los aranceles pueden reducir el déficit comercial de EE. UU., pero solo dañando la economía nacional más que las economías extranjeras, reduciendo así las entradas netas de inversión. Aparte de eso, Trump simplemente está utilizando la herramienta equivocada para lograr sus objetivos.

El lenguaje económico (LI): sobre la guerra comercial

El incremento de los aranceles decretado por el presidente Trump y las represalias fiscales de otros estados y bloques económicos (UE) trae a la actualidad la bien conocida retórica bélica en los asuntos económicos.

¿Qué es el arancel?

Es un impuesto estatal que grava la entrada de mercancías a un territorio.[1] Frente a un incremento del arancel, el importador tiene dos opciones: a) No repercutirlo a su cliente y asumir una reducción del beneficio. b) Trasladar toda o parte de la subida al precio final del producto, lo que supone inexorablemente una reducción en el número de unidades vendidas.

Cada importador buscará la mejor forma de encajar el rejón arancelario. En última instancia, cualquier impuesto —IVA, arancel, IRPF, sociedades— de forma inmediata o diferida, reduce (violentamente) el consumo del individuo y, por tanto, su nivel de vida. El gobierno, en cambio, aumenta el ingreso fiscal para su propio interés: consumo y reparto del botín fiscal.

No nos dejemos engañar con eslóganes patrióticos y proteccionistas. El arancel no mejora la economía de la nación, sino la del propio gobierno y la de específicas empresas menos eficientes que sus competidoras extranjeras. La guerra comercial no se produce entre naciones, tal y como muestra la retórica política. La única finalidad del arancel es la confiscación, es decir, el robo, pero los gobiernos emplean diferentes subterfugios para engañar a la población. Según Rothbard (2009: 1102): «Los argumentos a favor de los aranceles tienen una cosa en común: todos intentan demostrar que los consumidores del área protegida no son explotados por el arancel».

También existen aranceles locales, por ejemplo, en Canarias, tenemos el Arbitrio Insular a la Entrada de Mercancías (AIEM), popularmente conocido como «impuesto revolucionario». Otro engaño es llamar «tasa» a lo que es simple y llanamente otro impuesto más, por ejemplo, la tasa turística (Cataluña y Baleares) grava las pernoctaciones y tiene las mismas consecuencias económicas que un arancel: reduce el consumo de los turistas a la vez que los desvía a otros destinos.

America First

Primero, es falso afirmar que el arancel defienda la (en singular) industria nacional. El arancel solo beneficia a específicas empresas que son protegidas de la competencia de productos foráneos, mejores y/o más baratos. Estos últimos no nos «atacan», al revés, nos benefician. Segundo, combatir la salida (o entrada) de empresas de un país es otro error porque la «deslocalización» de industrias no es otra cosa que la «mejor localización» del capital, algo que produce un doble beneficio: abarata la producción a la vez que aumenta los salarios en los lugares de destino. El retorno de las fábricas a EE.UU., tal y como pretende el presidente Trump, reducirá los beneficios de la división internacional del trabajo, perjudicando principalmente a los consumidores estadounidenses, pero también los de terceros países.

El tercer error es interferir la movilidad laboral internacional. Los flujos migratorios se producen en sentido contrario al del capital: los trabajadores se desplazan hacia países más capitalizados, donde obtienen mejores salarios; por su parte, los países receptores aumentan la disponibilidad del recurso más escaso: la mano de obra.

Balanza comercial «desfavorable»

El mercantilismo (S. XVI al XVIII) fue una doctrina económica que afirmaba que la riqueza de una nación consistía en la acumulación de metales preciosos (oro y plata). Si un país quería enriquecerse, era preciso que las exportaciones superaran a las importaciones, algo que los gobiernos fomentaban gravando las importaciones (aranceles) y subsidiando las industrias locales. Este es el origen teorético e histórico de la mítica balanza comercial «favorable o desfavorable», error mercantilista que, por desgracia, todavía goza de gran popularidad. Como dice Rothbard (2009: 1102):

«’Desfavorable’ es un término engañoso porque cualquier compra es la acción más favorable para el individuo en ese momento». En otras palabras, cualquier situación de la balanza comercial siempre es favorable para quienes intercambian y carece de lógica económica pretender equilibrar cualquier balanza: bilateral, regional o global. Veamos su futilidad: ¿A alguien le importa la balanza comercial entre África y Oceanía, entre Galicia y Aragón o entre Getafe y Leganés? Y si analizamos la balanza comercial de un empleado, será «favorable» con su empleador y «desfavorable» con todos sus proveedores de bienes. ¿Acaso no sería absurdo intentar equilibrarlas?

Guerra comercial

La expresión «guerra comercial» es un oxímoron: la guerra es violenta, el comercio es pacífico. Según Mises (2011: 969): «La economía de mercado presupone la cooperación pacífica». Las empresas no combaten ni luchan a muerte entre sí, sino que compiten satisfaciendo cumplidamente las necesidades y deseos de los consumidores. La mal llamada «guerra comercial» no es un fenómeno mercantil, sino político. Son los gobiernos, no los comerciantes, quienes restringen el comercio internacional mediante impuestos y regulaciones. Al oír «guerra comercial», el hablante común cree que su gobierno se defiende (siempre es otro el que ataca) con represalias fiscales.

Por ejemplo, EE.UU. afirma que se defiende del proteccionismo sui generis que practica la Unión Europea: tasa “Google” y multas millonarias a grandes corporaciones como Meta, Amazon o Intel. Los beneficiarios directos de la escalada arancelaria son los respectivos fiscos, que aumentan su ingreso a expensas de los consumidores. Bajo la apariencia de un conflicto de intereses entre estados, la guerra comercial es un excelente negocio para ambos gobiernos. Y si la propaganda gubernamental es efectiva, el político obtiene respaldo (votos) de los mismos ciudadanos a quienes esquilma con el arancel.

Pegarse un tiro en el pie

Los efectos perversos del intervencionismo están claramente identificados por la teoría económica. La subida de aranceles no afecta solamente a productos de consumo final, sino también a las materias primas, componentes y productos semielaborados foráneos que deben ser importados por los fabricantes locales a precios más elevados. En 2018, la «protección» arancelaria causó a Ford pérdidas por $1.000 millones y hoy Tesla se enfrenta a un aumento de costes debido al arancel sobre las baterías chinas. «Pegarse un tiro en el pie» significa hacerse daño a sí mismo, pero Trump y el resto de gobiernos no apuntan a su propio pie, sino a los pies de los consumidores.

Bibliografía
  • Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.
  • Rothbard, M. (2009). Man, Economy, and State with Power and Market. Alabama: Ludwig von Mises Institute.
Serie ‘El lenguaje económico’

[1] Solo el 1.5% de los aranceles globales son a las exportaciones (Banco Mundial, 2023).

De la Gran Guerra a la Guerra de Ucrania: la desarticulación del sistema de cooperación internacional

Son muchos quienes en los últimos días han venido vinculando los famosos “aranceles de Trump”, con la Ley de Aranceles de 1930, también conocida como Ley Smoot-Hawley, a la que, según algunos, debe responsabilizarse de “agudizar la Gran Depresión de 1929, que afectó a múltiples países, se prolongó por una década, ocasionó una fuerte caída del producto interior bruto (PIB) y dejó a millones sin trabajo” (BBC, 2025). Pero creo que fijarse sólo en las medidas arancelarias de entonces y de ahora es quedarse en la superficie. Hay similitudes más profundas que nos pueden ayudar a entender mejor lo que pasó y lo que puede pasar.

El patrón oro antes y después de la Gran Guerra

Son muchos los economistas que se han planteado por qué un sistema, el del “patrón oro” o “Gold Standard”, que tan buenos resultados dio antes de la Primera Guerra Mundial, se volvió un sistema tan inestable en el período de entreguerras. El argumento que dan muchos “austriacos”, siguiendo las tesis de Murray Rothbard en su “La Gran Depresión” (Rothbard, 1963 [2013]), no es otro que la implementación, tras la Gran Guerra, de un sistema adulterado, que ya no movía a la disciplina crediticia y monetaria, y en el que los bancos centrales de Alemania o Francia, en lugar de acumular oro como reserva, atesoraban pasivos del Banco de Inglaterra, en lo que se vino a llamar el “patrón-divisa oro”.

Y dado que Inglaterra expandió de manera excesiva el crédito, adoptando medidas internas (limitar la posibilidad de sus ciudadanos de pedir reembolsos en oro) y externas (presionar a Francia y Alemania para que continuasen atesorando libras, en lugar de convertirlas en oro) que le permitiesen esa expansión sin ataduras, la consiguiente burbuja de crédito se convirtió en realidad, sobre todo cuando explotó.

Otros autores, como Kindleberger (Kindleberger, 1973 [1986]), señalan que la estabilidad del sistema del patrón oro anterior a la Primera Guerra Mundial se debió a una correcta gestión, por parte de Gran Bretaña, de su papel de líder mundial, fundamentalmente a través de su “agente” el Banco de Inglaterra, que se encargaba de ser el prestamista internacional cuando la actividad económica se resentía, dulcificando, en lugar de agravando, los ciclos económicos internacionales. Tras la Gran Guerra, sin embargo, Inglaterra, según Kindleberger, fue ya demasiado débil para estabilizar el sistema y Estados Unidos no estaba todavía preparado para ejercer dicha función. La estabilidad mundial, en definitiva, se garantizaba en la medida en la que hubiese un poder económico dominante o hegemónico preparado y deseoso de realizar esas labores estabilizadoras.

Barry Eichengreen (Eichengreen, 1992 [1995]), por otro lado, pone el acento no sólo en cuestiones económicas, sino también en otras estrictamente políticas, e incluso ideológicas, ya que todos los actores del sistema compartían un mismo marco conceptual. Y es que, para este autor, el patrón oro previo a 1914 fue estable principalmente por dos razones, la “credibilidad” de los actores principales y la “cooperación” entre ellos: así, Eichengreen entiende por “credibilidad” la confianza generalizada en el compromiso de los países centrales del sistema (Gran Bretaña, Francia y Alemania) con el citado sistema de patrón oro; y por “cooperación” la intervención y ayuda efectiva de los bancos centrales de esos países al país cuya paridad se estuviese viendo amenazada, generalmente prestando oro o adquiriendo su divisa.

Así, señala Eichengreen, no sólo el Banco de Inglaterra estaba dispuesto a mandar oro a los Estados Unidos, o a ayudar a los bancos alemanes y el Reichsbank cuando estos lo necesitasen, sino que el Banco de Francia lo estaba, igualmente, para prestarle ese oro al Banco de Inglaterra, o al de Alemania, cuando fuese necesario, al igual que lo estuvieron el Reichsbank o el gobierno ruso cuando la paridad de la divisa del “hegemon” -Inglaterra- se encontraba sometida a excesiva tensión.

Pero esa “credibilidad” generalizada, esa confianza de los actores del mercado en el compromiso oficial de intervenir, si fuese necesario, para mantener el sistema, hacía que la intervención real de los bancos centrales no fuese necesaria sino en situaciones excepcionales, ya que los capitales privados, señala Eichengreen, fluían rápidamente al país en problemas, en la confianza de que los bancos centrales del resto de países acudirían a su rescate, de manera que la denigrada “especulación” actuaba como estabilizador del sistema aún antes de que lo hiciesen las “autoridades”.

Pero las cosas cambiaron tras la Gran Guerra, y la política doméstica de los países entró en juego, alterando el sistema de dos maneras: por un lado, influyendo en el grado de colaboración efectiva real, de los distintos gobiernos y sus bancos centrales, y, en segundo lugar, y derivada de la anterior, minando la confianza de los actores privados en que produjese esa intervención de las autoridades.

Y no es sólo que las reparaciones acordadas tras la Guerra abrieron heridas entre los miembros del sistema que impedían, o dificultaban sobremanera, esa colaboración, sino que la mentalidad general, del público y de los gobiernos, cambió: antes de 1914, la gente no vinculaba el desempleo con la fluctuación de los tipos de interés o las condiciones monetarias; los economistas no tenían articuladas teorías sobre la relación entre la oferta de dinero y el crédito como herramientas para manipular y estabilizar la producción o reducir el desempleo.

Tras la Primera Guerra Mundial eso cambió, y Keynes y sus teorías son un claro ejemplo. Y si a ese cambio de “mentalidad económica” se le añade que tras la Guerra los sindicatos y los partidos “laboristas” alcanzaron una influencia de la que antes no disponían, en un público y en unos dirigentes influidos por los nuevos planteamientos económicos, la ruptura de los anteriores equilibrios estaba servida: rota esa “credibilidad” y esa “cooperación”, ni las autoridades, ni los capitales privados ejercieron las funciones estabilizadoras necesarias para mantener el sistema.

Tras la guerra de Ucrania

Y es ahí, en esas explicaciones sobre lo que ocurrió hace casi cien años, donde, creo, deberíamos aprender para entender los riesgos que una eventual guerra arancelaria y de divisas pueda generar, y, en ambos casos, y quizás por casualidad, después de una guerra con la que se abren, o aumentan, las heridas entre los principales actores de la arena económica.

Ya en los años sesenta, Richard Cooper planteaba el dilema al que se enfrentaban los países que querían seguir beneficiándose del libre intercambio comercial y pretendían, a su vez, preservar la máxima libertad de cada país para perseguir sus objetivos económicos particulares  (Cooper, 1968). La solución que él daba es que los beneficios económicos de la interdependencia comercial eran tan importantes que había que renunciar a las políticas soberanas; así, si los estados reconocían que su verdadero interés, en el largo plazo, pasaba por la integración completa de sus economías, los beneficios que se obtendrían superarían sobradamente los costes de esa “pérdida” de soberanía. Pero el mismo Cooper reconocía que la voluntad política necesaria para llegar a ese punto era improbable que se llegase a dar.

Es cierto que Estados Unidos se enfrenta a grandes retos: un déficit fiscal importante; una deuda pública mastodóntica; un déficit comercial crónico, apoyado en un dólar “fuerte”, moneda internacional de reserva defendida por un ejército costoso; deslocalización de su industria, en parte, según algunos, por todo lo anterior; la amenaza china a su hegemonía económica y militar, siendo China su principal “socio” comercial y segundo mayor tenedor extranjero de su deuda… y varios billones (“trillions” americanos) de deuda que tiene que refinanciar en los próximos meses, en los que vencen más de 6 billones de Treasury Bills (Senate Joint Economic Committee, 2025).

El problema no es ya si Trump es capaz de solucionarlo todo por sí solo apoyándose en el poder económico y militar hegemónico de Estados Unidos, sino si al intentar hacerlo no va a saltar por los aires el sistema tal y como está organizado: No es ya sólo que a la barra libre de crédito barato de las últimas décadas, ya de por sí una bomba de relojería, se le pueda sumar una guerra comercial que desarticule el comercio global tal y como lo conocemos, rompiendo los flujos de bienes y servicios y destruyendo las cadenas de producción, sino que, además, la desconfianza entre los diferentes actores -públicos y privados- se generalice, y con ella, la falta de cooperación para conseguir objetivos comunes -o buscar soluciones al desastre- en el medio y largo plazo.

Decía Stephen Miran en su famosísimo “paper” de noviembre del año pasado, del que todo el mundo habla últimamente  (Miran, November 2024), que una solución unilateral a los problemas del país norteamericano, en su objetivo de redefinir el sistema del comercio global para alinearlo con sus intereses nacionales, tendría, con más probabilidad, “efectos secundarios indeseados, entre ellos la volatilidad de los mercados”, si bien la solución multilateral –“con menos volatilidad”- lleva aparejada la dificultad de convencer a los socios comerciales para que se suban al carro de la reforma[1]. No tengo tan claro que los “undesired side effects, like market volatility”, de los que habla Miran, sean exactamente los mismos a los que realmente nos enfrentamos.

Bibliografía

BBC, News (6 de abril de 2025). Cómo la ley que EE.UU. aprobó para subir aranceles en 1930 terminó por devastar su economía y agravar la Gran Depresión. Recuperado el 15 de abril de 2025, de https://www.bbc.com/mundo/articles/c20dr1y81d2o

Cooper, R. (1968). The Economics of Interdependence: Economic Policy in the Atlantic Community. Nueva York: Council on Foreign Relations – McGraw Hill.

Eichengreen, B. (1992 [1995]). Golden Fetters. The Gold Standard and The Great Depression 1919-1939. Nueva York: Oxford University Press, Inc.

Kindleberger, C. P. (1973 [1986]). The World in Depression, 1929-1939. Berkeley: University of California Press.

Miran, S. (November 2024). A User´s Guide to Restructurin the Global Trading System. Hudson Bay Capital. Obtenido de https://www.hudsonbaycapital.com/documents/FG/hudsonbay/research/638199_A_Users_Guide_to_Restructuring_the_Global_Trading_System.pdf

Rothbard, M. N. (1963 [2013]). La Gran Depresión. (I. Carrino, Trad.) Madrid: Unión Editorial.

Senate Joint Economic Committee, USA (2025). Recuperado el 15 de abril de 2025, de https://www.jec.senate.gov/public/vendor/_accounts/JEC-R/debt/Monthly%20Debt%20Update.html


[1] “Unilateral solutions are more likely to have undesired side effects, like market volatility. Multilateral solutions may have less volatility, but entail the difficulty of getting trading partners onboard, which curtails the size of the potential gains from reshaping the system” (Miran, November 2024, pág. 11).

Ver también

La corrupción institucional como instrumento geopolítico

“Gran corrupción” o corrupción a gran esca­la, definida por Transparencia Internacional como “actos cometidos en los niveles más altos del gobierno que involucran la distor­sión de políticas o de funciones centrales del Estado, y que permiten a los líderes benefi­ciarse del bien común”.

Transparencia Internacional

En el actual escenario internacional de confrontación geopolítica y geoeconómica, el cual hemos abordado en los últimos años desde diversas perspectivas tanto comerciales, como económicas y políticas, se ha venido enraizando desde ya hace tal vez más de dos décadas, pero en especial en los últimos 10 años,  una serie de prácticas corruptas manejadas e incentivadas por algunos gobiernos, como un mecanismo de expansión geopolítica y geoeconómica a nivel internacional, que ha violado la transparencia de las prácticas del libre mercado global de bienes y servicios, como de la contratación y captación de inversiones extranjeras directas en algunos países, en especial en las naciones en vías de desarrollo.

Fundamentos de la libre competencia.

El orden económico mundial derivado de lo que se conoce como el Orden Liberal Internacional (OLI) fue cimentado, a pesar de los procesos de crisis que ha confrontado en el pasado reciente, en un sistema que a grandes rasgos se fundó en una economía de libre mercado, sustentada en un marco jurídico-económico de  procedimientos y políticas que promueven la eficiencia, mediante el otorgamiento de recompensas a los agentes económicos que demuestran eficacia en la gestión de sus recursos y castigos a los oferentes que evidencian un desempeño improductivo, sin una intervención estatal significativa  que favorezca a ningún agente económico en particular.

Dentro del marco de una economía de mercado, la política de competencia, es el soporte más relevante del sistema de economía de mercado enunciado. Estas políticas se estructuran con el ánimo de favorecer el ejercicio económico en espacios de transparencia, en clara protección de las libertades de los consumidores y del mercado. Siendo, por ende, una política que tiene como objetivo la creación de un entorno de garantías de la oferta y la demanda, con el fin de evitar y corregir todos aquellos comportamientos con capacidad de desfigurar el hábitat competitivo, con prácticas como:  la competencia desleal a través de subsidios e intervenciones estatales, y prácticas corruptas entre otras.

Concepto de corrupción internacional

Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el término corrupción abarca este conjunto de acciones: “Acción y efecto de corromper o corromperse, deterioro de valores, usos o costumbres.  Y en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización indebida o ilícita de las funciones de aquellas en provecho de sus gestores”.

Para los efectos del presente ensayo, por corrupción internacional, entenderemos sin menoscabar los aspectos en el ya citado concepto de la (DRAE). Como el abuso del poder público en favor de un privado o de una entidad estatal, sea nacional o internacional, a través, de empresas, sean públicas o privadas de ese mismo ente extranjero.  Nos referiremos por ende a una conducta de abu­so que es llevada a cabo por un sujeto de derecho internacional público, como Estado-nación,  que posee poder de decisión en su sector público o privado,  con el fin de influir en la toma de decisiones de otro Estado-nación como sujeto de derecho internacional público, con el objetivo de conseguir ventajas para sus inversiones e inversionistas nacionales, sean públicos o privados, por medio de  sobornos, tráfico de influencias,  y abuso de poder, en un país determinado, en beneficio de sus proyectos de expansión geopolíticas y geoeconómicas, violando las prácticas de transparencia  internacionales y nacionales de la libre competencia respectivamente.

La corrupción internacional en la lucha geopolítica global

Es frecuente encon­trar empresas transnacionales y multinacionales, utilizando prácticas corruptas y desleales respaldada por sus respectivos gobiernos para posicionarse tanto como inversores extranjeros en contratos de licitación de obras internacionales, o en la adquisición de concesiones de diferente naturaleza en especial en la explotación de materias primas con alto valor estratégico, como el cobalto, el litio, las tierras raras, y los hidrocarburos, entre otros recursos.  Entre estos países se encuentra la China comunista, Rusia e Irán, pero en grados muy inferiores a estos dos últimos. Esos Estados han basado sus estrategias de expansión geoeconómicas y políticas en patrones generalizados de corrupción y sobornos, en países en vías de desarrollo, principalmente, y en especial en África e Hispanoamérica.

Estos gobiernos y regímenes, han encontrado en América Latina un terreno fértil para sus estrategias desleales de competencia y penetración económica y política, debido fundamentalmente a la cultura de corrupción sociopolítica e institucional con un fuerte raigambre histórico. Los regímenes autoritarios como el venezolano, y demás países de los círculos izquierdistas latinoamericanos, que han demostrado, desprecio de las normas democráticas sobre el terreno, han facilitado que este club de países se afiance en América Latina, en especial China.

 Mucho se ha tratado el caso de China, con sus prácticas ambientales, laborales y de corrupción, en sus estrategias de inversiones más allá de sus fronteras. Ciertos organismos de control internacionales, como algunos gobiernos occidentales, en especial los EE.UU., consideran que las empresas chinas están entre las menos transparentes del mundo. Destacando desde hace tiempo la renuencia de Beijing a procesar a las empresas o personas chinas acusadas de soborno en relación con contratos extranjeros. Así como los proyectos referentes a los de la “Franja y la Ruta” de China en todo el mundo, los cuales han estado marcados por problemas ambientales, laborales y de corrupción en sus procesos de implementación.

Casos emblemáticos de prácticas corruptas internacionales

Entre los casos de corrupción internacional más emblemáticos en el continente americanos de los últimos 10 años se encuentran:  El caso de corrupción de la empresa brasileña Odebrecht, el cual estalló en el 2016, cuando el Departamento de Justicia de Esta­dos Unidos publicó una investigación sobre el grupo Odebrecht, revelando que había so­bornado durante años con un valor total de 439 millones de dólares a funcionarios de los gobiernos una docena de naciones  latinoamericanas, del caribe y africanas con el fin el objetivo de obtener contrataciones públicas en estos países (Angola, Argentina, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Mo­zambique, Panamá, Perú, República Domini­cana y Venezuela). De esta manera,  la citada empresa brasilera logró obtener aproximadamente 100 proyectos en múltiples países, a través, de su División de Ope­raciones Estructuradas, y una Caja B llamada “Sector de Relaciones Estratégicas”. En estos casos, el gobierno de Lula Da Silva siempre favoreció la presencia de Odebrecht en ciertos países como Venezuela gracias a sus vínculos cercanos con el gobierno de este país.

Otro caso representativo que a título de ejemplo podemos mencionar, fue el referente a la empresa alemana Siemens a.g., que en 2008 reconoció sobornos de millones de dólares a funcionarios de múltiples países, debido a que según la empresa era imposible mantener la competitividad de la empresa en el extranjero. Estando establecido este sistema de mercado, muchas de las grandes empresas acaban sucumbiendo para no renunciar a su competitividad y perder así grandes oportunidades de negocios internacionales frente a sus competidores chinos, principalmente.  Aunque este caso no fue el producto de una política del Estado alemán en favor de una empresa privada alemana, fue la secuela de este esquema de competencia desleal a escala global.

Los casos chinos en Hispanoamérica

 La inversión China y sus prácticas pocos transparentes ha sido más fácil en los países en los cuales han gobernado y aún gobiernan regímenes populistas de tendencia izquierdistas y autoritarias, y donde el Estado de derecho, la libertad de expresión han sido socavadas durante mucho tiempo, casos como el de Argentina durante el kichnerismo, el de Bolivia y Venezuela son los ejemplos más emblemáticos en el ámbito latinoamericano. Sin dejar de mencionar el caso de Ecuador bajo la presidencia de Rafael Correa y el de Panamá.

En el caso boliviano bajo el mandato de Evo Morales, las compañías chinas lograron un importante punto de apoyo en sectores clave de la economía boliviana, que se ha traducido en un monopolio sobre la industria del litio en ese país.

En la Argentina, bajo la era de los gobiernos Kichneristas, la presencia de empresas chinas se arraigó tanto a nivel local, en las provincias y en todas las regiones del país suramericano. Donde los gobernadores feudales habilitaron una sofisticada red de corrupción que China aparentemente utilizó para invertir en todo, desde plantas nucleares, la construcción de plantas de baterías de litio, hasta la instalación de una estación terrestre de seguimiento de satélites, así como plantas hidroeléctricas, entre otras actividades.

El caso de Venezuela, ha sido el más emblemático y representativo de muchas de estas prácticas corruptas, pues este país concentra el 50% de toda la inversión y préstamos que ha realizado China en toda Latinoamérica. En Venezuela las empresas chinas han obtenido acceso a materias primas tanto del área minera, en especial el mineral de hierro como del sector petrolero, a precios muy inferiores a los de los mercados internacionales. En especial el del mineral de hierro a un precio 75% por debajo del mercado.  Sin contar, con los planes de financiamiento depredadores chinos, que terminaron dejando a esta nación sudamericana con una deuda catastrófica de decenas de miles de millones de dólares, bajo condiciones leoninas que aún son totalmente desconocidas.

Y por último, es relevante a la luz del actual conflicto en ciernes entre los Estados Unidos bajo la recién estrenada administración Trump, por el tema de la presencia china en los predios del Canal de Panamá y por las pretensiones de la administración estadounidense sobre esta vía acuática.  Hacer referencia al caso de Panamá, país que ha sido el centro de escándalos internacionales de corrupción en los últimos años, en los cuales se han visto   involucrados dos de sus expresidentes.

Durante la administración del presidente panameño, Juan Carlos Varela, se cancelaron concesiones portuarias de una manera irregular a favor de una empresa china. De igual forma, en el gobierno del presidente Cortizo se otorgaron según fuentes panameñas concesiones a empresas chinas en el área de la construcción de una forma poco transparente, que han sido objeto de críticas y graves acusaciones en este país centro americano por algunos personajes de la vida civil y política del mismo.

Efectos de las prácticas corruptas internacionales

Esta situación ha estado aten­tando, contra la seguridad nacional de muchos países, por un lado, y contra el sistema de mercado libre a escala mundial por el otro. En este sentido, la distorsión de la competencia ge­nerada por la corrupción internacional, ha generado en primer lugar, un esquema de comptencia desleal e injusto. En segundo orden, ha afectado la imagen internacional y reputación de los paises en el que han producido estos hechos de irregulares, y por último ha degradado la confiabilidad de los gobiernos que han incurrido en estas prácticas, frente a sus propios ciudadanos y otros países, generando en algunos casos roces o conflictos diplomáticos entre los mismos.

Otro elemento a destacar es el de la seguridad nacional de los gobiernos que han colaborado con estas prácticas corruptas, pues los mismos terminan siendo rehenes de sus corruptores. Debido al manejo de información delicada y clasificada de sus actividades ilícitas, por parte de estos, que los hace vulnerables al escarnio público y legal, no solo en sus respectivos países, sino a nivel internacional. Lo que los termina convirtiendo en una especie de títeres de naciones como China y Rusia, principalmente dentro de sus proyectos de expansión geopolítica, vulnerando así su independencia y soberanía nacional.

Convenios internacionales de prevención y lucha contra la corrupción

 Han sido varios los convenios internacionales que han sido firmados en diferentes ámbitos geográficos internacionales como nacionales para el combate de esta práctica desleal en los mercados internacionales. Entre los cuales destacaremos solo a título informativo los siguientes: Convención Interamericana contra la corrupción (1996) de la Organización de Estados Americanos, (OEA), El Convenio relativo a la lucha contra los actos de corrupción en los que estén implicados funcionarios de las Comunidades Europeas o de los Estados miembros de la hoy Unión Europea de (1997), Convenio de lucha contra la corrupción de agentes públicos extranjeros en las transacciones comerciales internacionales de 1997,  aprobado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en el año 1997.

El Convenio penal sobre la corrupción y Convenio civil sobre la corrupción (1999). Creado por el Consejo de Europa como un instrumento dual de lucha contra la corrup­ción: uno desde la perspectiva penal, y otro, desde la perspectiva ci­vil, El Convenio para la prevención y lucha contra la corrupción (Unión Africana -2003), Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción del año (2003). 

Es importante destacar, la Foreing Corrupt Practices Act. de los Estados Unidos: la ley contra las prácticas corruptas en el extranjero. La (FCPA) de Estados Unidos, pues esta ley tiene un alcance extrate­rritorial y de responsabilidad penal de la persona jurídica, y legislaciones internas de algunos países. Lo que la convierte en un instrumento importante con el que cuentan los EE.UU. para enfrentar estas prácticas desleales que han afectado a sus empresas a nivel internacional.

No obstante, es importante recalcar que algunos de estos convenios han sido prácticamente letra muerta, principalmente en Latinoamérica y el Caribe, por las razones arriba mencionadas, como en algunos países del continente africano.  Los mismos solo han tenido cierto efecto en el ámbito europeo y en los Estados Unidos por la disposición de sus respectivos gobiernos y estructuras judiciales de combatir las prácticas corruptas a escala internacional.

Conclusiones

Todo este escenario ha terminado de configurar un juego de competencia desleal (unfair competition) frente a otros actores que poseen limitaciones de tipo jurídicas en el ámbito de sus respectivos países como ya lo hemos mencionado, y que les impiden incurrir en estas prácticas corruptas en los mercados globales de inversión, so pena de responsabilidades penales y financieras para sus respectivas empresas. Lo cual los coloca en una posición de desventaja frente a sus competidores chinos, en especial, y rusos.

De igual forma, es relevante destacar que la corrupción en el sector privado lesiona gravemente la competencia. Pues cuando una empresa consigue un contrato por medio de un soborno, supone un caso de competencia desleal respecto a sus competidores, que de igual manera perjudica a toda la sociedad, en la medida en que la competencia tiene una función social que resulta frustrada, como es la de ofrecer el mejor servicio o bien según sea el caso con la mejor relación precio-calidad.

Pues los sobornos son costos ocultos que al final son pagados por la sociedad en cuestión de manera directa, no solo en términos de recursos económicos mal empleados, sino en términos ambientales, laborales y de imagen del país en cuanto a su reputación política-institucional a nivel internacional.

Frente a esta grave amenaza internacional que ha estado minando todo el esquema de la libre competencia a escala internacional, promovida por potencias como China, Rusia y otros países menos relevantes. Se debería de conformar un régimen internacional tanto político como jurídico más eficiente que los antes señalados, liderado por los EE.UU. la Unión Europea y los aliados asiáticos en especial Japón y Corea del Sur, para enfrentar y neutralizar estas prácticas desleales y poco transparente a nivel mundial llevadas a cabo principalmente por el gigante asiático en su expansión geoeconómica y política a nivel mundial.  

Treinta años de la Organización Mundial del Comercio

Por Katrina Gulliver. El artículo Treinta años de la Organización Mundial del Comercio fue publicado originalmente en FEE.

Este mes se cumplen 30 años del inicio de la Organización Mundial del Comercio. La OMC se creó como sucesora del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), en vigor desde 1947. El GATT se creó como método para estabilizar y restablecer el comercio tras la Segunda Guerra Mundial.

Pero el panorama del comercio mundial había cambiado radicalmente en los cincuenta años siguientes (sobre todo con el desarrollo del transporte internacional de mercancías en contenedores). El comercio internacional se había expandido masivamente y los países en desarrollo se estaban convirtiendo en centros manufactureros, deseosos de exportar.

La OMC fue la culminación de años de conversaciones y preparativos, reflejo de la ambición de los políticos por expandir el comercio internacional, pero también por asegurarse de que sus propias naciones obtuvieran el mejor trato posible. Sin embargo, su llegada no fue bien recibida por todos. Las rondas de conversaciones y cumbres de los primeros años de la organización fueron polémicas, tanto dentro de las salas de debate como fuera de los edificios.

La tercera ronda de conversaciones, celebrada en diciembre de 1999 en Seattle, fue testigo de protestas sin precedentes. En lugar de un acontecimiento internacional rutinario, con limusinas diplomáticas y oportunidades para hacerse fotos, hubo escenas de caos en el exterior. Estas estridentes protestas se conocerían en la prensa como la «Batalla de Seattle», que no era precisamente la imagen que el presidente Bill Clinton esperaba ofrecer a la audiencia mundial.

La Organización Mundial del Comercio y el movimiento antiglobalización

Dentro de la reunión también se desataron las pasiones. Como informó entonces el Wall Street Journal:

Dentro de la reunión de la OMC, los delegados de los países en desarrollo, incluidos Pakistán, India y Brasil, amenazaron con bloquear una nueva ronda de negociaciones comerciales, negándose a firmar cualquier acuerdo para iniciar las negociaciones a menos que Estados Unidos y Europa accedieran a sus demandas.

Fuera de la reunión, los equipos SWAT de la policía de Seattle utilizaron gas lacrimógeno, spray de pimienta, perdigones de goma y porras contra los manifestantes que bloqueaban el acceso a la reunión de la OMC, obligando a la organización comercial a cancelar su ceremonia de apertura. Ese mismo día, unos 30.000 sindicalistas se manifestaron en un acto de fervor contra la OMC.

Horrorizado, el alcalde de Seattle, Paul Schell, decretó el toque de queda y llamó a la Guardia Nacional.

Los manifestantes también contaron con apoyo: el sindicato International Longshore and Warehouse Union realizó paros en los puertos de Seattle, Tacoma y Oakland. En Seattle, los manifestantes contaron con el apoyo de varias ONG, en particular grupos de defensa de los derechos laborales y del medio ambiente, que habían planeado las protestas durante meses. La Federación Estadounidense del Trabajo y el Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO) también celebraron una concentración. En Londres, la acción simultánea de los activistas contrarios a la OMC incluyó ataques a la policía, y se cerró una estación de tren.

En retrospectiva, los planificadores de la OMC deberían haberlo visto venir. Los sentimientos antiglobalización habían ido cobrando fuerza en la década de 1990. Dos años antes de las conversaciones de Seattle, se habían producido protestas similares en la reunión del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Vancouver.

El sentimiento contrario a la OMC unió a grupos dispares, desde defensores de los derechos de los trabajadores y nacionalistas de derechas hasta ecologistas (y otros muchos simpatizantes). Resulta fascinante ver a manifestantes contrarios a la OMC ondeando la bandera de Gadsden.

La incorporación de China

Pero la OMC fue el resultado de años de trabajo para liberalizar el comercio, espoleado además por el colapso del bloque soviético. Por supuesto, no creó el «libre comercio» en todas partes (si lo hubiera hecho, no habría necesidad de que existiera tal organización). Su objetivo era promover un comercio más libre, al tiempo que permitía a sus miembros presionar en favor de determinadas protecciones nacionales. (En un mundo de verdadero libre comercio, tampoco habría «conversaciones comerciales»). Podemos ser cínicos y pensar que no es más que otra tertulia de buscadores de rentas, como parecen serlo tantos otros organismos internacionales. Pero ha incorporado a más países a las redes de mercados internacionales.

En 2001, China se incorporó a la Organización Mundial del Comercio, probablemente el mayor cambio en el comercio mundial en décadas, cuando Asia se convirtió en el centro manufacturero mundial, un hecho que sigue causando ondas económicas en todo Occidente. En la actualidad, la OMC cuenta con 166 miembros, que representan el 98% del comercio mundial.

No ha eliminado el problema de los aranceles nacionales, el proteccionismo o la preocupación por la globalización (desde todos los ángulos políticos). Un punto de fricción constante, por ejemplo, han sido las subvenciones agrícolas en la UE y Estados Unidos. Pero supone un paso más en el largo camino del comercio internacional que se inició cuando los primeros barcos partieron en el mundo clásico, para comerciar con mercancías por el Mediterráneo. Hoy todos podemos comprar cosas producidas en todo el planeta: y nuestra vida cotidiana se basa en este nivel de acceso y cooperación.

Feliz cumpleaños, OMC.

Ver también

¿Un nuevo consenso de Washington? (Álvaro Martín).

¿Hay que salvar la Organización Mundial del Comercio? (María Blanco).

El desacoplamiento económico de los mercados globales

El desacoplamiento económico es un término que es difícil de definir y diferenciar con precisión  de otros términos, como  el De-Risk, nearshoring o rearshoring. Todas estas concepciones, en cuanto a estrategias empresariales y políticas económicas se refiere se solapan, tanto en su contenido conceptual como en los objetivos estratégicos que persiguen sus impulsores, sean gobiernos o empresas de alcance global, frente al actual escenario de conflictos y tensiones geopolíticas y geoeconómicas internacionales.

Concepto de Desacoplamiento Económico

En sentido general, el desacoplamiento económico (De-Couple) se define como el proceso de políticas públicas, y económicas, a través de las cuales, los gobiernos tratan de reducir la dependencia económica mutua frente un grupo de países determinados. El objetivo es volverse más autosuficientes. También busca diversificar sus conexiones para evitar una dependencia excesiva de una sola economía o centro de producción con un gran peso en los mercados globales.

Este concepto ha cobrado relevancia en la última década, producto de las diferentes tensiones geopolíticas, y geoeconómicas, entre otros factores, que se han producido, por un lado, entre los EE.UU. y sus aliados del mundo occidental frente a China y Rusia, principalmente y por el otro, el deseo de las naciones y las empresas de alcance global de proteger sus propios intereses económicos contra las incertidumbres globales.

Impulsores del Desacoplamiento Económico

Entre los principales impulsores del desacoplamiento global se encuentran:

  1.  Los enfrentamientos geopolíticos, geoeconómicos, entre grandes potencias como Estados Unidos y China, lo que las ha llevado a una reevaluación de las alianzas económicas, bajo criterios de seguridad nacional, a título de ejemplo, podemos mencionar las preocupaciones del gobierno de Estados Unidos sobre su seguridad nacional, respecto al robo de tecnología con fines militares, así como doble uso de las mismas.  Resultando esto    en la implementación de estrictas restricciones a las empresas tecnológicas chinas y estadounidenses como Huawei y Nvidia entre otras.  
  • La búsqueda de la preeminencia tecnológica frente al adversario en cuestión. Donde las naciones en conflicto buscan controlar su infraestructura digital, lo que las ha inducido al desarrollo de tecnologías autóctonas, en este sentido podemos mencionar, a título ilustrativo, la iniciativa de la Unión Europea de construir su propia infraestructura en la nube.
  • El resurgimiento del nacionalismo económico, y políticas proteccionistas impulsadas por la intervención estatal de los gobiernos en sus respectivos países, entre las cuales podemos mencionar a título de ejemplo el Make in India.
  • Las vulnerabilidades de la cadena de suministro frente a fenómenos pandémicos de alcance global como el COVID-19, el cual puso en evidencia la fragilidad y la alta dependencia frente a las cadenas de suministro globales ubicadas en China, lo que ha conllevado tanto a los gobiernos de las naciones más desarrolladas, como a las grandes corporaciones globales a tratar de diversificar sus cadenas de suministro para mitigar futuras perturbaciones. En este sentido, el caso de Japón, es un ejemplo. El país asignó fondos para ayudar a las empresas a trasladar su producción fuera de China. Ello representa una intervención estatal en la dinámica del libre mercado.

El impacto de los impulsores del desacoplamiento  en la libertad de los mercados globales

Pues dentro de este complicado escenario, las potencias económicas han comenzado a pilotar un complejo y multifacético proceso, en la búsqueda de una mayor resiliencia económica y autonomía estratégica, a través, de una mayor intervención estatal en sus respectivas economías, como a nivel global.

Como consecuencia de esta compleja dinámica interactiva de los impulsores del desacoplamiento, se está produciendo, por un lado, cambios graduales a diferentes velocidades en la estructura del comercio mundial. Y por el otro, la aparición de nuevos desafíos para las corporaciones globales, al verse obligadas a adaptarse a una nueva “normalidad” donde la agilidad y la previsión estratégica son primordiales para hacerle frente a los imperativos de tipo geopolíticos y estratégicos de carácter estatal que han venido minando los fundamentos más básicos y elementales de la libertad de los mercados globales de bienes y servicios.  

A medida que las corporaciones reevalúan sus dependencias y buscan una mayor autonomía en sus asuntos económicos, las repercusiones se sienten en todo el espectro de los mercados globales. Pues los flujos de inversión corporativa han cambiado en respuesta al desacoplamiento económico. Los inversores tratan   equilibrar sus carteras, reduciendo la exposición a mercados de los centros de producción y logísticos, que perciben como volátiles y políticamente inestables. Lo que ha conducido a las corporaciones globales a realizar una mayor inversión en mercados emergentes, o en clases de activos alternativos que antes estaban subrepresentados en sus carteras de inversiones empresariales.

El comportamiento del consumidor global

En lo referente la dinámica competitiva de los mercados globales, los mismos se han visto impactados de forma ambivalente, debido a que, por un lado, las empresas han podido encontrar nuevas oportunidades en mercados que antes estaban dominados por competidores que ahora enfrentan barreras comerciales. Y por el otro, las mismas han tenido que enfrentar las amenazas inherentes a lo que significaría la reducción de sus propios mercados, volverse estos más insulares y menos abiertos a la competencia internacional.

Otro aspecto relevante y que tal vez es uno de los menos mencionados en la literatura que ha analizado el desacoplamiento económico global, es el referente a la transformación en el comportamiento de los consumidores globales. Pues estos han comenzado a desarrollar preferencias por bienes producidos localmente, influenciados por sentimientos nacionalistas o preocupaciones sobre la sostenibilidad de las largas cadenas de producción y suministro de sus respectivos países.

Algo que se ha podido corroborar por las mismas campañas que no sólo los respectivos gobiernos de algunos países han estado llevando a cabo a tal fin, sino por lo que algunas empresas privadas de alcance nacional, dentro de sus políticas de marketing han apelado a sentimientos nacionalistas como elemento diferenciador de sus productos frente a la competencia extranjera, con el fin de incentivar el consumo de sus bienes y servicios. Esto se puede observar en los movimientos de “compra local” que han estado ganando fuerza en varios países a escala global.

Innovación y competencia

En lo referente al impacto en materia de innovación y competencia, el desacoplamiento puede incentivar la innovación, en la medida que las empresas y los Estados inviertan en el desarrollo de sus propias tecnologías y capacidades. No obstante, estas políticas pueden conducir a una fragmentación de los mercados, lo que puede socavar la competencia y frenar el progreso tecnológico general, al hacer las empresas más dependientes de los incentivos estatales y de esquemas proteccionistas, que reducirían el acceso de las mismas a los mercados globales.

En lo concerniente al impacto en las asociaciones estratégicas tanto a nivel empresarial como gubernamental, el desacoplamiento económico puede conducir a cambios en las alianzas estratégicas a medida que los Estados y las grandes corporaciones globales, se alineen con otros que comparten políticas económicas, o necesidades en cadenas de negocios similares. Esto se puede observar en la reconfiguración de los bloques económicos, y la formación de nuevos acuerdos comerciales que se está produciendo en el actual contexto de rivalidades geopolíticas y geoeconómicas.

Conclusiones

El desacoplamiento económico global no es ni será un proceso monolítico, sino más bien multifacético. En él se han producido simultáneamente diversos grados de separación e integración con efectos ambivalente a escala global. Pues el impacto de estas tendencias han sido significativos en términos estructurales y han incidido en todos los procesos económicos globales, que han ido desde las cadenas de suministro hasta los flujos de inversión, y desde las políticas comerciales hasta la dinámica competitiva de las naciones.

Otro elemento a destacar es que el desacoplamiento económico en cuestión, ha representado tanto desafíos como oportunidades para el mundo corporativo global, como para las naciones mismas y sus respectivos gobiernos. Pues a medida que el mundo navegue por esta nueva “normalidad”, las partes interesadas, sean los gobiernos, o las empresas, deberán adaptarse e innovar, para así poder sobrevivir y prosperar en una economía global cada vez más desacoplada.

Como reflexión final se puede destacar que, entre los efectos más nocivos de este proceso de reconfiguración geopolítica y geoeconómica del actual orden internacional, producto de las directrices intervencionistas y regulatorias antes mencionadas, será la reducción significativa de los niveles de competitividad y transparencia de los mercados globales de bienes y servicios. Así como la distorsión de los principales fundamentos en los que se ha venido sustentado la libertad de los mercados globales hasta el presente.

Ver también

Los costes de la fragmentación económica global. (George Youkhadar).

El coste económico de ‘desvincularse’ de China. (Kerry Liu).

Guerra sobre Taiwán: ¿fatalismo o realidad? (Álvaro Martín).

El arte del gobierno económico y el orden mundial

En el arte del gobierno económico, la transición de poder que desde hace más de una década ha estado experimentando el actual sistema internacional, altamente globalizado e interdependiente, se ha diferenciado de otros periodos históricos de la historia universal en ciertos aspectos en lo referente a la dinámica misma de estos procesos y sus medios de lucha. Los antecedentes históricos nos demuestran que cuando un Estado-potencia en ascenso amenaza con desplazar a otro Estado o Estados-potencias dominantes, los miedos, malentendidos, amenazas y frustraciones, hacen que una guerra violenta sea altamente probable, si no inevitable.

Los registros históricos así lo confirman, el surgimiento de una nueva potencia ha llevado constantemente a conflictos librados a balazos, bombas y bayonetas. Hoy en día, las grandes potencias económicas y militares libran sus batallas, no con medios bélicos convencionales, sino con armas como las políticas comerciales, financieras, manufactureras, industriales y de inversión. Para competir por el poder, librando sin un disparo una guerra por la supremacía y delineación de un nuevo orden económico global.

Prohibición de venta de productos tecnológicos

Conocer cómo los Estados-potencias utilizan las armas económicas es esencial para comprender las transiciones de poder en la historia moderna y contemporánea de la humanidad. El registro histórico demuestra que cuando un Estado-potencia dominante está en declive y observa como una amenaza a un competidor en ascenso, buscará cortar el acceso de este último a los campos preponderantes del desarrollo hegemónico en los mercados globales, sean estos: logísticos, tecnológicos, comerciales, de materias primas, que son preponderantes para la supervivencia de su supremacía económica global.   

A título de ejemplo, podemos mencionar ciertos hechos históricos como el bloqueo británico de las rutas marítimas en el comienzo de la Primera Guerra Mundial a Alemania. Otro suceso histórico contemporáneo que sería relevante destacar es la prohibición de los Estados Unidos de las ventas de productos avanzados de tecnologías satelitales a Japón en la década de 1980, y de semiconductores a China en finales de la década de 2010. Igualmente, los EE.UU. adoptaron medidas restrictivas al acceso de tecnologías vitales para el desarrollo de la inteligencia artificial en años recientes, entre otro conjunto de restricciones tomadas contra China.

Siguiendo con este orden de represalias mutuas, los estados en ascenso han adoptado contramedidas para contraatacar y sostener su crecimiento. Alemania hizo su producción industrial más eficiente en el periodo arriba mencionado. Y China inició mejoras en  sus respectivas bases tecnológicas para eludir las restricciones de los Estados Unidos.

El arte del gobierno económico

Para librar estas guerras de manera efectiva, los Estados-potencias necesitan establecer políticas que incentivan a las empresas privadas dentro de su jurisdicción obligándolas a actuar de acuerdo con sus objetivos geopolíticos, y geoeconómicos, lo que Ling S. Chen y Miles M. Evers han llamado el arte de gobernar económico en su trabajo titulado Wars without Gun Smoke: Global Supply Chains, Power Transitions, and Economic Statecraft October 2023 International Security 48(2):164-204.

Ling S. Chen y Miles M. Evers aportan una visión novedosa de los determinantes de las relaciones entre empresa y Estado en un país, y sus implicaciones para el ejercicio del arte del gobierno económico; de lo que han sido las transiciones del poder internacional en la historia moderna. Marco dentro del cual las empresas se conciben como simples instrumentos supeditados a las directrices geopolíticas y geoeconómicas de sus respetivos gobiernos.

En este escenario del arte del gobierno económico, los Estados-potencia utilizan la interdependencia económica para competir sin llegar a un nivel real de enfrentamiento armado. Utilizan sólo mecanismos coercitivos de tipo económico contra sus rivales, a través del incremento de aranceles o las sanciones a las transacciones comerciales, entre otras medidas.

Estímulos fiscales

Siguiendo con este mismo orden de políticas, los poderes en conflicto suelen utilizar los estímulos fiscales para financiar el desarrollo de ciertos sectores que estos consideren vitales para el mantenimiento de su hegemonía global, a través, de la financiación de actividades como la investigación y el desarrollo (I+D) de tecnologías clave, y la promoción de actividades comerciales dentro de su territorio para reducir su dependencia externa según sea el caso, dentro de las complejas cadenas de valor globales.  

No obstante, a lo arriba mencionado por los citados autores y siguiendo sus líneas de análisis, es relevante destacar que la mayor actividad económica dentro del sistema internacional se lleva a cabo por empresas privadas, no por los Estados. Por ende, las empresas suelen toman decisiones relativamente autónomas sobre dónde comerciar, e invertir en respuesta a los incentivos del mercado y las respectivas oportunidades de inversión sujetas a la rentabilidad de las mismas. Muchas de estas empresas son multinacionales o corporaciones que han fomentado densas redes comerciales y financieras entre diferentes países. Esto las ha hecho altamente vulnerables y sensibles a los conflictos geopolíticos y geoeconómicos actuales.

Importancia de las empresas y las corporaciones globales

Es trascendental destacar que las transacciones de los actores privados globales pueden tener externalidades de seguridad que afectan al desempeño de los Estados-potencias emergentes, y principalmente el de los tradicionalmente hegemónicos. Estos tratan de mantener o preservar gran parte de su hegemonía geoeconómica y política a escala global, encontrándose aquí un punto de inflexión y de intereses contrapuestos que van a incidir dentro de lo que se ha denominado el arte del gobierno económico de los actores estatales: en la delineación en términos estructurales de un nuevo orden económico y político global en los próximos años.

Hay una capacidad de los agentes económicos privados en el marco de las sociedades democráticas como la estadounidense, la europea y más socios asiáticos del Orden Liberal Internacional, de influir a través de mecanismos democráticos sobre la elaboración e implementación de las políticas. Esta capacidad podría llegar a tener un efecto amortiguador de un potencial conflicto armado de gran magnitud y consecuencia, entre los Estados Unidos y sus aliados europeos y asiáticos y China principalmente. Todo ello en escenarios altamente sensibles como el del Asia-Pacifico.

En concordancia con lo antes expuesto, valdría la pena destacar que en el marco de la reciente visita del secretario de Estado norteamericano Antony Blinken a China, el mandatario Chino Xi Jinping, sostuvo que los Estados Unidos y China “deben ser socios, no rivales”. Pues a pesar de que China no es un país democrático, su régimen de gobierno no ha escapado de las presiones que sus propias empresas privadas o semiestatales ejercen sobre su respectivo gobierno con el fin de mitigar la guerra de sanciones económicas entre ambas potencias. Ello lo que refuerza la tesis de la relevancia de los actores privados globales en el proceso de transición hacia un nuevo orden económico y político global.

Conclusiones

Sin embargo, pese a todo lo arriba expuesto, es importante mencionar que tanto en el ámbito académico, como diplomático no existe un consenso sobre la validez absoluta de la tesis según la cual la interdependencia comercial amortigüe o inhiba conflictos armados internacionales. Este es un tema que tratamos en un artículo titulado La interdependencia y el libre mercado, ¿amortiguan los conflictos internacionales?, en septiembre 26, 2023, Instituto Juan de Mariana.

No obstante, sería un error subestimar la relevancia e influencia de los agentes económicos privados internacionales en la delineación del nuevo orden económico global emergente. Lo demuestran los autores arriba citados en su respectivo trabajo. Será el tiempo y la compleja dinámica entre estos actores estatales inmersos en este conflicto y sus respectivas corporaciones globales, los que determinaran la importancia de estas, en la transformación y modelación del nuevo orden global emergente en el actual proceso de mutación internacional.