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Etiqueta: Enemigos de la libertad

Entrevista a David D. Friedman

El presente de Europa y los Estados Unidos, el fenómeno Trump, el “wokismo”, el problema de China y los riesgos de las Inteligencias Artificiales (IAs)

Transcripción de la entrevista realizada a David D. Friedman, originalmente en inglés, por nuestro subdirector, Pablo Gianella, en Lisboa, el 23 de abril de 2023. 

PREGUNTA – Cada vez que vuelve a Europa, ¿qué siente por el continente? ¿percibe cambios a mejor o cierto declive?

RESPUESTA – No conozco lo suficiente el caso europeo para responder a esa pregunta. Usted vive aquí y está en mejores condiciones que yo para responder. He pasado aquí dos semanas recorriendo algunos lugares de Europa pero eso no me da una idea clara sobre si está mejorando o empeorando.

P.- En la misma línea ¿Qué me puede decir de los Estados Unidos, su país?

R:- Estados Unidos está mejorando y empeorando. Está empeorando en el hecho de que… bueno, en un par de sentidos; por un lado está empeorando en cuanto a que la gente está más claramente dividida en líneas ideológicas. Los dos lados del espectro político no confían el uno en el otro y no pueden llegar a grandes acuerdos.

David D. Friedman

P.- ¿Quizás a causa de la famosa “polarización” en el ámbito cultural?

R:- Ese es el verdadero problema. Otra cosa a tener en cuenta es que tenemos una nueva religión llamada “wokismo” o nuevo “progresismo”, algo por el estilo, a la que no le preocupan los hechos, sino los sentimientos. Además percibo el regreso de los reaccionarios religiosos… La gente cree en todo esto muy firmemente, pero con razones muy débiles. Cualquiera que niegue los dogmas de estas nuevas religiones es señalado como un hereje malvado y así sucesivamente. Es interesante para mí porque nunca viví en un país que tuviera una religión realmente ortodoxa en ese sentido, por lo que ahora puedo identificarme más claramente con los que me precedieron al enfrentar este problema, aunque no es una situación atractiva.

El Partido Libertario llevaba años tratando de suavizar todos aquellos puntos de vista que pudieran ofender al Centro y a la Izquierda. Pero ahora, ¡han pasado a suavizar los puntos de vista que puedan ofender a la gente de la Derecha! También es un error.

P.- Por otro lado, ¿cómo vive un libertario estadounidense en un contexto de auge de todo lo que representa la “nueva derecha” de Trump y compañía?

R:- Trump no es libertario.

P.- No lo es, en efecto, pero ha dividido a muchos libertarios.

R:- Lo que es relevante para el libertarismo en los EE.UU. es la gente que se hizo cargo del Partido Libertario, que son sin duda más simpatizantes de Trump que yo, sin que probablemente signifique que sean en su mayoría partidarios de Trump; y que, básicamente, identificaron, acertadamente, que el Partido Libertario llevaba años tratando de suavizar todos aquellos puntos de vista que pudieran ofender al Centro y a la Izquierda. Es un análisis correcto. Pero al tomar las riendas del PL, ¡han pasado a suavizar los puntos de vista que pudieran ofender a la gente de la Derecha! Creo que es lo que están haciendo en la actualidad y también es un error. He intentado discutir con algunas de esas personas y no sé hasta qué punto he tenido o tendré éxito.

P.- ¿Le asusta, hasta cierto punto, el auge del nacionalismo en Estados Unidos y en otros países? Por ejemplo: la Nueva Derecha en Estados Unidos, el America First, lo que sucede en Italia, Hungría y Polonia, el regreso del concepto “soberanía” como elemento clave en el análisis de la esfera pública y política, el retorno de la defensa de los estados-nación frente a las instituciones supranacionales, la crítica al globalismo, etc.?

R:- No conozco muy bien lo que sucede en otros países. Y tampoco estoy seguro de que los Estados Unidos se estén volviendo más nacionalistas de lo que eran en el pasado. Supongo que se ha convertido en una cuestión más política que en el pasado. Sobre lo que ocurre en esos otros países, de nuevo, no los conozco lo suficiente. Hay artículos que sugieren que Hungría se ha vuelto nacionalista y que es demasiado amiga de Putin.

P.- De hecho, al hacer la pregunta estaba pensando también en la Rusia de Vladimir Putin.

R:- Rusia ha sido nacionalista durante bastante tiempo y siempre ha tenido inclinaciones históricas a ello, por lo que no es nada nuevo en su caso. Puede que sí, puede que las cosas estén empeorando en ese sentido, pero no es un campo en el que tenga conocimientos que me permitan hacer afirmaciones precisas.

“El sistema menos atractivo es ese en el que dependes de que el dictador que tienes sea benevolente, y Xi parece no ser ese tipo de dictador”

P.- Pasemos a China, al “problema chino” ¿lo ve realmente como una amenaza o como una oportunidad?

R:- Ambas cosas. Por supuesto. Por un lado, que China abandonara la economía marxista es lo más significativo que le ha ocurrido al mundo en los últimos 50 años. El resultado es que una enorme cantidad de ciudadanos chinos están ahora mucho mejor de lo que estaban al principio del proceso. Al mismo tiempo, han mantenido un sistema no democrático que parece haber caído en un… no… bueno… bajo Mao, China era un sistema no democrático con un dictador. Después de Mao fue más bien un sistema no democrático con una élite dirigente con todas las intenciones benévolas para el país, algo así como tener partidos políticos dentro de la propia élite dirigente. Ahora parece que están volviendo al punto de partida. El sistema menos atractivo es ese en el que dependes de que el dictador que tienes sea benevolente, y Xi parece no ser ese tipo de dictador. Al mismo tiempo, el hecho de que la gente sea ahora más libre que bajo Mao parece una mejora.

P.- Es un análisis preciso en cuanto al bienestar de los ciudadanos chinos, aunque mi pregunta se centraba más en lo que significa el ascenso de esta nueva China para el resto del mundo. A veces oímos a Xi Jinping abogar por el libre comercio global, más capitalismo e innovación, etc… que son mensajes que los liberales clásicos y libertarios también compartimos. Pero todo esto sucedió a la vez que muchos libertarios se escandalizaron con los movimientos de Donald Trump en el ámbito del comercio internacional, regresando de alguna forma al proteccionismo.

R:- Pero es que, como dije, Trump no es un libertario, ¡ni siquiera es un conservador!

Trump es un político hábil. Un demagogo competente.

P.- ¿Qué es Trump entonces? Su respuesta empuja a hacer esta pregunta.

R:- Es un hombre inteligente que se dio cuenta de que una parte considerable de la población se sentía excluida del mundo político. El término que me parece más útil para describir a esta población es “Flyover country“. Se trata de un término para describir todo lo que hay entre Nueva York y San Francisco, desde el punto de vista de la gente que dice: “Las élites costeras piensan que somos ignorantes, idiotas y probablemente también racistas y no nos prestan atención”. Y tienen razón. Es una exageración de un patrón real y Trump, creo, reconoció ese patrón, vio que hay una gran cantidad de votos allí y que si usted logra antagonizar al The New York Times y similares, podría obtener una respuesta positiva de muchas de estas personas en forma de apoyo electoral.. Por lo tanto, lo definiría como un demagogo bastante hábil, por desgracia. No creo que tenga una política propia. A veces ha simpatizado con ideas demócratas, a veces con ideas republicanas… Básicamente lo que quiere es poder y atención. E hizo un trabajo bastante eficaz para conseguirlo.

P.- ¿Sugiere entonces que, de alguna manera, es un “attention seeker”? (risas por ambas partes).

R:- Sí, es un “attention seeker”, pero también es un político hábil. Un demagogo competente.

P.- Las dos últimas preguntas: Usted escribió un libro bastante exitoso sobre tecnología, llamado Future Imperfect. Con los últimos avances en la tecnología de la IA, ¿cree que ésta será positiva para la humanidad, trayendo más prosperidad o la ve como una amenaza? Los libertarios suelen ver con buenos ojos los avances tecnológicos, pero los últimos acontecimientos les han dividido en cuanto a las respuestas a los peligros de que una IA general tome el control, sea capaz de influir en la esfera de opinión de forma autónoma, o incluso la posibilidad de que sea una herramienta para los rogue states (estados canalla), delincuentes y terroristas. Qué opina de todo esto, ¿dónde se sitúa David Friedman?

David D. Friedman

R:- Sin duda, la IA producirá beneficios y podría producir graves costes. En particular, existe la posibilidad de desarrollar programas informáticos con IA a nivel humano. Si siguen haciéndose más inteligentes y nosotros no, al cabo de un tiempo serán IAs de nivel sobrehumano y más nos vale que les caigamos bien. Ese es uno de los posibles riesgos. Hablé de ello en mi libro, hace diez años.

P.- Pensemos en los motores de ajedrez. Hoy en día hay algunos que son mucho mejores que los humanos…

R:- No creo que sean mucho mejores. Creo que son un poco mejores.

P.- Bueno, incluso la versión simple que tengo en mi teléfono podría derrotar a Magnus Carlsen 99 de cada 100 veces. Lo que quiero decir es que, aunque estos motores han superado con creces a los humanos, estamos viendo cómo los jugadores profesionales también están mejorando, tras estudiar las jugadas de los motores que parecen no humanas, contraintuitivas, y a partir de ahí desarrollando nuevas ideas o conceptos para utilizarlos en sus partidas entre humanos.

R:- Pero aún así, no es una persona con sus propios propósitos. Una IA avanzada podría ser una persona con sus propios propósitos y éstos podrían no estar alineados con los nuestros.

El problema es que este tren no tiene frenos. Dado que el desarrollo tecnológico puede llevarse a cabo en cualquier país, por cualquier persona o por muchas personas diferentes, es muy difícil bloquearlo, por lo que creo que es poco probable que se logre regular globalmente

P.- Desde su punto de vista, ¿cree que habrá que establecer alguna regulación para evitar estas situaciones? Ya sabe que cuando un libertario oye la palabra “regulaciones” se activan todas sus alarmas.

R:- El comentario que hice sobre ese tema, en mi libro, es que un montón de tecnologías probablemente podrían desarrollarse, todas o la mayoría, de maneras que causen muy malos resultados. Leer sobre estos potenciales resultados podría hacernos querer parar el tren y bajarnos. El problema es que este tren no tiene frenos. Dado que el desarrollo tecnológico puede llevarse a cabo en cualquier país, por cualquier persona o por muchas personas diferentes, es muy difícil bloquearlo, por lo que creo que es poco probable que se logre regular globalmente.

P.- Entonces, mejor que nos preparemos para…

R:- ¡Mejor que os preparéis para el peor escenario posible! Lo que tal vez quieras hacer es desarrollar una IA a la que le gusten los humanos, y tal vez averigües cómo ajustar los propósitos de las otras IAs de forma que se alineen con los nuestros. Pero de todos modos, no sabemos lo que va a pasar. Ésta es sólo una de las posibilidades. La gente confía demasiado en saber lo que va a suceder en el futuro.

P.- Fascinante, de verdad. Terminaremos aquí con la última pregunta: ¿Qué le diría a cualquier liberal clásico o libertario, jóvenes, pero no sólo, que ha perdido la esperanza y está preocupado al no percibir mejoras evidentes en su entorno respecto a la victoria de las ideas de la libertad sobre los colectivismos, etc.?.

R:- Le contaría una historia: después de que los revolucionarios norteamericanos ganaran una batalla clave en la Guerra de la Revolución Americana, la noticia llegó a Escocia. Uno de los estudiantes de Adam Smith le dijo: ¡Sr. Smith, esto será la ruina de Inglaterra! A lo que Smith respondió: ¡Joven! ¡Hay mucha ruina en una nación! (se repiten las risas por los dos lados)

P.- Muchas gracias, señor, es un placer hablar con usted.

R:- El placer es mío

¿Es Kate Forbes víctima de un laicismo agresivo o simplemente una mala política?

William Atkinson. Este artículo ha sido publicado originalmente por CapX.

Una semana en política no es nada de tiempo: la transformación de Kate Forbes de heredera aparente del SNP a aparente inútil ha sido lo suficientemente rápida como para dar un latigazo a una mosca. Desde que el lunes anunció su candidatura al liderazgo, la Secretaria de Finanzas ha visto cómo caía el apoyo de los diputados debido a su postura sin paliativos en una serie de cuestiones sociales. 

Forbes es uno de los cerca de 13.000 miembros de la Iglesia Libre de Escocia. Nunca ha ocultado su fe: en una ocasión declaró a la BBC que “cree en la persona de Jesucristo” con todo su “corazón, alma, mente y fuerza”. Lo que la ha metido en problemas no es que sea creyente, sino que su iglesia tiene puntos de vista sobre cuestiones como el matrimonio homosexual, el aborto y los hijos fuera del matrimonio que no encajan bien con el progresismo de un partido hoy en día tan interesado en posar con una bandera del Orgullo como con la Saltire.  

La sorpresa de que un cristiano declarado pueda tomarse la Biblia en serio recuerda la controversia causada por Jacob Rees-Mogg y Tim Farron en los últimos años cuando se les preguntó por su propia opinión sobre el pecado. Rees-Mogg disgustó a los presentadores de Good Morning Britain al revelar que, como católico, estaba de acuerdo con la doctrina papal sobre el aborto. Farron pasó las elecciones de 2017 acosado por sus opiniones sobre el sexo gay, a pesar de haber votado a favor del matrimonio homosexual. 

Todo esto plantea la pregunta: ¿puede un político cristiano sobrevivir en una era “agresivamente secular”? ¿Es Forbes víctima de la “intolerancia anticristiana”, como sugiere su Iglesia? No es la primera “wee Free” que aspira a liderar el SNP. Gordon Wilson dirigió el partido de 1979 a 1990 sin que su fe fuera un problema. Escocia no legalizó la homosexualidad hasta 1981, y el matrimonio gay hasta 2014. Decir que “no se pueden tener” los puntos de vista de Forbes y “liderar un partido moderno” -como hizo un periodista en Twitter- es algo muy nuevo. 

Sólo el 46% de los británicos se identificaron como cristianos en el último censo, frente al 72% de hace dos décadas. Sólo el 7% de los escoceses acude a la iglesia con regularidad. La mayoría de nosotros entiende cada vez menos de cristianismo. Para quienes toman sus opiniones políticas del último ataque de nervios al otro lado del Atlántico, es fácil caricaturizar a Forbes como Pat Buchanan con gaitas.  

Hay mucho en la tesis de Tom Holland de que el progresismo moderno es la corriente descendente de dos milenios de declarar que los últimos serán los primeros, y todo ese jazz. Aunque la mayoría de los de mi generación se declaran abiertamente laicos, son sinceramente tolerantes y se abstienen del sexo, las drogas y las borracheras por una piedad concienzuda que los cristianos conocen desde hace siglos. De ahí que los jóvenes católicos suelan organizar las mejores fiestas. 

Como ocurre con cualquier fe, hay quienes se toman sus credos más en serio que otros. Si la Iglesia Libre de Escocia se sitúa en un extremo del espectro, los entusiastas de la autoidentificación de género del SNP pueden considerarse en el otro. Pueden profesarse liberales, pero la tolerancia es un fenómeno reciente y poco frecuente. La mayoría de los credos a lo largo de la historia han buscado la victoria total sobre sus enemigos. Para los woke, Forbes debe ser condenado, y expulsado de la carrera por el liderazgo.

Sin duda leeremos versiones del argumento “Lector, es la izquierda woke la que es realmente intolerante” sobre Forbes. Aunque hay algo de cierto en ello -y no tengo nada que ver con los talibanes trans de tartán- no creo que explique del todo las dificultades de Forbes hasta ahora. Tiene algo de Rishi Sunak. No sólo porque nuestro Primer Ministro hindú es también profundamente religioso -tiene una estatua de Ganesh en su escritorio-, sino porque también es una ministra de Economía joven, con talento y que asciende rápidamente, con poca experiencia en la cima de la política. 

Cuando Sunak fue cuestionado el año pasado sobre las finanzas de su esposa, la pregunta obvia era por qué no se había dado cuenta de que su condición de no dominante podría ser un problema. Eso delataba una ingenuidad política fundamental. Del mismo modo, Forbes debe haberse dado cuenta de que su fe provocaría esta línea de preguntas de los periodistas, especialmente después de la reciente controversia de su partido sobre los límites del liberalismo social y la experiencia de Farron. 

Forbes podría haberlo manejado mejor. Eso no significa tener un Alastair Campbell que diga que ella “no hace a Dios”. Tampoco significa suprimir sus propias opiniones religiosas para seguir la línea del partido, como parece que hace su oponente Humza Yousaf, que es musulmán. No tiene que dar al SNP lo que es del SNP y a Dios lo que es de Dios. Pero debería haber tenido preparada una respuesta, y estar preparada para cambiar de tema lo antes posible. 

En defensa de Forbes, ha tenido poco tiempo para prepararse para esta contienda. La dimisión de Sturgeon fue totalmente inesperada, y Forbes ha estado de baja por maternidad durante meses. Y a pesar de los alocados vaivenes de las casas de apuestas, esta debacle no es necesariamente terminal para su candidatura. Según las encuestas, los miembros del SNP son los segundos más conservadores desde el punto de vista social de todos los principales partidos del Reino Unido. Puede que sus compañeros diputados se escandalicen, pero puede que los miembros del partido sean un poco más comprensivos. 

La única conclusión de esta debacle hasta ahora es que la vida es más fácil para un conservador social en un partido de derechas que en uno de izquierdas. Pero si algo positivo se puede sacar de todo este asunto, es que un poco más de cultura religiosa entre nuestra clase política no estaría nada mal. En lugar de imitar a la izquierda estadounidense, que trata cada caso de religión en política como una derivación del caso Roe contra Wade, deberían practicar un poco más la tolerancia que predican. 

Sería ridículo pensar que si un Farron, Rees-Mogg o Forbes llegaran al poder convertirían Gran Bretaña en una Arabia Saudí cristiana. Son los herederos de los paganos, y no van a producir un Juliano el Apóstata a corto plazo. Pero algunas voces religiosas más en la política no estarían mal, especialmente en un país que se precipita hacia los 300.000 abortos al año sin apenas discusión.

Sin duda leeremos versiones del argumento “Lector, es la izquierda woke la que es realmente intolerante” sobre Forbes.

‘Público’: quince años inventando historias

El hecho de que un periódico asuma que no da información ni noticias, sino que cuenta historias, debería hacer saltar las alarmas.

Portada del diario Público, 8 de febrero de 2010

Asisto anonadado como el diario Público, fundado por Ignacio Escolar y que, por lo visto, mantiene los mismos estándares de integridad periodística de los que siempre ha hecho gala el ahora responsable de El Diario, ha celebrado su decimoquinto aniversario con un vídeo en el que celebra sus quince años “contando historias que importan”. El hecho en sí no tendría nada que objetar aparte del alipori que suelen provocar este tipo de promoción, pero el hecho de que un periódico asuma que no da información ni noticias, sino que cuenta historias, debería hacer saltar las alarmas. Sí, es cierto: hay un género periodístico que consiste en contar historias, que es un formato que permite poner cara y humanizar una información, pero contar historias es lo que define la ficción. Y, por lo visto, las historias que le importan a Público incorporan un elevado porcentaje de ficción.

Cojamos el caso de María Sevilla, a cuya defensa dedica buena parte del vídeo; una feminista indultada por el Gobierno de mucho progreso por considerarla una “madre protectora”. La historia real, la información, nada tiene que ver con las fantasías de género que relata Marisa Kohan, la activista a la que paga Público para mentir a favor de la causa. La madre protectora en cuestión se dedicó a intentar empapelar a Rafael Marcos, el padre de su primer hijo, con denuncias falsas de abusos sexuales que fueron rechazadas por los tribunales. Liberado de las mentiras de su exmujer, logró que los tribunales le concedieran la custodia de su hijo. Pero Sevilla lo sacó del colegio, se lo llevó a una finca rural y lo adoctrinó religiosamente, metiéndole en la cabeza que “papá era el diablo” mientras lo tuvo secuestrado durante dos años, que es lo que tardó la policía en localizarlos. Durante todo ese tiempo ni ella ni sus dos hijos salieron de la finca, tan sólo si se portaba bien los dejaba salir por la noche de la casa, que tenía las ventanas cegadas. Dos años en que ninguno de los niños recibió atención médica ni fue vacunado.

Antes de secuestrar a su hijo y desaparecer de la faz de la tierra, María Sevilla dirigía Infancia Libre, dedicada a repetir su patrón de conducta: denuncias falsas de maltrato y abuso sexual contra las exparejas de sus asociadas para garantizarles la custodia, primero, y si eso falla, pues secuestro. En su posición, Podemos la llevó incluso al Congreso para que excretara su odio. Su otra hija, que sólo tenía seis años cuando la encontró la policía, se limitó a olisquearles y gruñir cuando la preguntaban. Impidiendo que tuviera un mínimo contacto social, la había convertido en un animal. Esa es la defensa de la infancia que Podemos indultó.

En definitiva, María Sevilla es lo más parecido que existe en el mundo real a la madre de Carrie, el personaje creado por Stephen King. A nadie se le ocurriría que mentir para defender a alguien así sea moralmente elevado, pero la perspectiva de género, que no es nada más que una racionalización con barniz académico del odio al hombre, funciona como la más fanática de las religiones. Cuanto más indefendible es una mujer, más hay que defenderla, porque eso es lo que permite separar a los verdaderos creyentes de quienes tienen dudas o, simplemente, un poco de sentido común.

Público, en cambio, considera que esta realidad refrendada por la policía y los tribunales es un bulo, y que la única verdad es que la mujer siempre tiene razón, aunque esa mujer sea María Sevilla. El único bulo, sin embargo, es defender que lo que ha hecho Público durante estos quince años tiene algo que ver con el periodismo.

Cómo nos manipulan los verificadores malditos y neutrales

Uno de los métodos que emplean las agencias de verificación de noticias para funcionar como agentes de la izquierda es la selección de aquello que consideran digno de evaluar como cierto, falso o engañoso. Incluso un mero retraso a la hora de abordar un tema ya permite que una mentira dé la vuelta al mundo mientras la verdad aún no ha tenido tiempo de ponerse las botas. Esta indolencia contrasta en muchas ocasiones con la velocidad con la que se ponen en marcha cuando un político de derechas dice algo falso o que, sin serlo, se puede calificar de engañoso con cierta imaginación.

Esto no sólo sucede en España, claro. Fue en Estados Unidos donde surgió esta moda ante el bulo de que Donald Trump había ganado las elecciones gracias a las fake news. Mientras, los periodistas ganaban premios Pulitzer por propagar la mentira de que había ganado gracias a la colaboración con el régimen ruso de Putin, sin que los verificadores profesionales, untados con dinero de los gigantes de internet, les pusieran ni un pero. La verificación de noticias fue una tabla a la que la credibilidad de la prensa hubiera podido agarrarse, pero desde el minuto uno de partido pudimos ver lo contrario.

Por ejemplo, este lunes, con la concesión del Premio Nobel de Economía diversos popes de la izquierda, desde el todólogo Euprepio Padula hasta la ministra de Trabajo Yolanda Díaz, pasando por el subvencionado Rubén Sánchez y el periolisto Javier Ruiz y medios como el panfleto de Escolarel de Maraña o Zoom News, hicieron circular que uno de los galardonados, David Card, había demostrado que el salario mínimo no provoca paro. Así, empleaban al economista como reivindicación de la reciente subida del SMI en nuestro país, a los que Echenique por ejemplo aprovechó para insultar, que el Banco de España determinó que destruyó hasta 170.000 empleos utilizando la misma metodología por cuya invención David Card ha recibido el Nobel.

Y es que el premio se ha otorgado a los tres economistas por sus técnicas para analizar de forma empírica los resultados de diferentes políticas, estudiando cada caso por separado. Card, en concreto, inventó el método de la diferencia en diferencias, que es uno de los dos empleados por el Banco de España en su estudio. Y lo aplicó al caso concretísimo de cómo afectó una subida del salario mínimo en 1992 al sector de la comida rápida en Nueva Jersey mediante la comparación con la vecina Pensilvania, que no lo aumentó. Su método, que es por lo que ha recibido el premio, puede aplicarse a otros casos. Sus resultados, en cambio, no. De hecho, generalizar de un suceso tan concreto va en contra del espíritu de la concesión del Nobel, que se ha otorgado a quienes han avanzado en el estudio empírico de casos específicos.

¿Y qué han dicho de este mar de falsedades nuestros fact-checkers patrios? A estas horas, absolutamente nada. Maldita lleva en portada un reportaje en el que acusa al Zendal de no haber alcanzado su máxima ocupación posible mientras que Newtral tiene un largo listado de mentiras de políticos de derecha salpimentado aquí y allá con alguna de un político de izquierdas, tan escasas que parecen hechas para disimular. Quizá les entre la vergüenza torera y saquen algo a lo largo de la semana, cuando la mentira de la izquierda haya sido publicada y proclamada a los cuatro vientos y aceptada como real por ese público al que se supone que los verificadores están dedicados a proteger. Porque, al final, las agencias de verificación se han transformado en una herramienta más de descrédito de unos medios enfocados esencialmente a sostener el discurso hegemónico. Algo que, como demuestra el caso de Estados Unidos donde nacieron, fue siempre la intención.

Las malas palabras del Gobierno

El poder de la palabra es un dato. No se cuestiona. En economía, tampoco. Todos recordamos el vuelco de los acontecimientos cuando Mario Draghi pronunció las famosas palabras. Era el 26 de julio de 2012 y Draghi, desde Londres, daba cuenta de la situación del euro, para intentar devolver la confianza perdida (y con razón) a los inversores.

Los rendimientos de los bonos de los débiles gobiernos de la eurozona estaban por las nubes y se dudaba si las instituciones nacionales, a nivel del euro o de la UE, podrían actuar conjuntamente para evitar un desastre. Y fue entonces cuando hizo la siguiente observación definitiva:

”Dentro de nuestro mandato, el BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente“. Es el famoso “whatever it takes”, lo que sea necesario, tan indeterminado, lo que resonó en los mercados y sirvió de punto de inflexión.

Todos los agentes eran conscientes, como lo son ahora, de que la capacidad de actuación de las instituciones es limitada, pero precisamente por ser un brindis al sol, Draghi transmitió la voluntad política de la institución financiera más importante de la Unión Europea.

Sin embargo, el poder de la palabra no es automático. Tal vez por eso resulta tan fascinante. Si repites tres veces Bloody Mary delante de un espejo, no va a aparecer de la nada una mujer que va a quitarte la vida.

No hay “ábrete sésamo” que mueva la roca que oculta el tesoro escondido en una cueva. El poder del que hablamos necesita de un entorno, una ocasión, una autoridad creíble que pronuncie esas palabras y, lo que no es menos importante, la expectación.

Porque si Draghi hubiera repetido esa frase en otras ocasiones, incluso si éstas fueran similares, no habría tenido el mismo efecto que aquella vez, cuando todos esperaban cualquier declaración menos esa, tan asertiva y genérica, a partes iguales. No habría resultado si hubiera ofrecido una lista de todo lo que se iba a hacer para sostener el euro. Lo que sea necesario se interpretó como una entrega total. 

Todas estas reflexiones vienen a cuento de la poquísima habilidad que está teniendo el Gobierno de España para gestionar la comunicación de la crisis económica en la que estamos, y cuyos efectos aún no se han visibilizado totalmente.

El Gobierno, a través del presidente, ministros, portavoces y estómagos agradecidos intenta convencernos de que ya estamos recuperándonos, que la recuperación va a ser en L, en L asimétrica, en L lánguida y escurridiza como los relojes de Dalí, la cosa va mejor, lo peor ya ha pasado, y nos rodea, de manera casi asfixiante, de mensajes “demasiado” positivos.

Mientras tanto, algunos medios de comunicación, dentro y fuera de nuestro país, cuentan la verdad: esto va a ser largo y muy complicado. Que no quiere decir que no hay nada que hacer, o que vaya a llover ceniza sobre nuestras cabezas, sino que la salida va a doler.

Analistas de renombre internacional, como Carmen y Vincent Reinhart, en un recienteensayo publicado en la revista Public Affairs, entre otras cosas, resaltan la importancia de la capacidad de gestión económica de los gobiernos nacionales.

Afirman que, si tenemos en cuenta la escala y el alcance del colapso de la actividad económica mundial actual, la salida de esta crisis va a ser peor que la de la crisis del 2008.

Para estos autores, los buenos datos que estamos viviendo son sólo “el comienzo de un largo viaje para salir de un hoyo profundo”. Hay varios factores que caracterizan la crisis, uno de los cuales es, como comentaba, lo que hagan los gobiernos, especialmente en aquellos países a los que la pandemia les pilló en una situación económica débil, como España.

En este aspecto, los españoles lo llevamos como Caín. Porque uno de los lastres de éste Gobierno bicéfalo son las servidumbres, especialmente económicas, que se crearon al cerrar el pacto de Gobierno con Unidas Podemos. Y no es el único coste: también tienen deudas con Bildu y los nacionalistas, que demandan su prendas, tanto en términos políticos como económicos.

El análisis de los Reinhart, con el que discrepo en algunas cuestiones, presta atención al largo plazo, a la recuperación de largo recorrido, como uno de los requisitos para que los países y los segmentos de población menos favorecidos, que son los que más se van a resentir, no se queden atrás.

”Cuanto más tiempo se tarde en salir del agujero” que esta pandemia ha hecho a la economía mundial, “más tiempo algunas personas estarán innecesariamente sin trabajo, y es más probable que las perspectivas de crecimiento a medio y largo plazo se vean permanentemente afectadas”.

Después de pensar en las enseñanzas de estas frases, la ligereza con la que hablan los responsables del Gobierno resulta tan obscena que produce indignación. Se diría que para los representantes electos, todo vale.

Los españoles, sometidos al baile de la confusión (mascarillas sí, no, tal vez, a veces, siempre); de los cambios en en criterio de recuento de casos y bajas; del descargo permanente de responsabilidades entre la administración central y las autonómicas, o mejor dicho, algunas autonomías; de la compra descarada de medios afines al régimen, cuando nos dicen “ya podéis iros de vacaciones, pero con precaución”, no tenemos muy claro de qué precaución hablan, si la de Pablo Iglesias cuando estando él en cuarentena apareció sin mascarilla y tosiendo en un Consejo de Ministros, o la de las multas de 1.500 euros que te ponían si no llevabas el ticket de la compra, porque en tu tienda saben que prefieres que te lo manden por email.

La magia de las palabras hace culpables a los jóvenes, a Ayuso, a las bodas, a los extranjeros, a los conspiranoicos y al chachachá. Pero nunca es responsabilidad de la mala gestión del gobierno.

Tal vez esa magia funcione especialmente ahora a causa de la pandemia. Intentémoslo, pongámonos delante del espejo y repitamos tres veces con los Reinhart: “Un rebote no es una recuperación”.

El histerismo de género

Las aventuras de los alumnos de la escuela Howarts han convertido a J. K. Rowling en una de las autoras más exitosas en la historia. Su Harry Poter y la piedra filosofal ha vendido más de cien millones de ejemplares, y toda la saga ha vendido más de 500 millones de ejemplares, de modo que se puede decir que es la novelista contemporánea más vendida. Del millón cien mil palabras de la saga hay alguna de su invención que ha pasado a formar parte del léxico en inglés.

Sobre Rowling cae en estos momentos una torrencial lluvia de críticas por unas declaraciones suyas en la red de mensajes breves Twitter.

El 6 de junio, Rowling comenta el siguiente titular de una noticia: “Opinión: Creando un mundo post-COVID 19 más igual para personas que menstrúan”. Las tres personas que menstrúan y firman el artículo evitan la palabra “mujer”, porque el término lleva a al binomio hombre-mujer, que intentan evitar por todos los medios. En el artículo hablan de mujeres, sí, pero como parte del conjunto “personas que menstrúan”. Las autoras deben de dedicar sus esfuerzos al estudio de la identidad de género, y quizá por ello no manejan la lógica de Aristóteles. El sabio griego dijo que A más no-A lo comprendía todo. De modo que las personas que menstrúan y las que no menstrúan son dos conjuntos que comprenden a toda la humanidad. De nuevo un binomio. Y lo han creado las tres autoras, a pesar de que es lo que querían evitar.

Rowling no comete la crueldad de apelar a la lógica. Se queda en la ironía, al decir: “‘Personas que menstrúan’. Estoy seguro de que había una palabra para esas personas. Alguien que me ayude. Wumben? Wimpund? Woomud?”. La palabra es “woman”, por supuesto; “Mujer”.

Pero frente al discurso identitario no cabe ninguna crítica, aunque sea en forma de ironía. De modo que la escritora fue duramente criticada. Al día siguiente, en otro tuit, puntualizó: “Si el sexo no es real, no hay atracción hacia el mismo sexo. Si el sexo no es real, la realidad vivida de las mujeres a nivel mundial se borra. Conozco y amo a las personas trans, pero borrar el concepto de sexo elimina la capacidad de muchas personas de discutir sus vidas de manera significativa. No es odio decir la verdad”.

¿Por qué esa mención a los transexuales? Porque si el sexo es algo real, no ficticio ni arbitrario, se puede entender que los transexuales no son mujeres, sino hombres transformados en mujeres. ¡Aunque no menstrúen! Señalar que la división entre hombres y mujeres es real, o más bien que responde a una división previa, natural, supone caer en un delito de odio, según sus críticos. Por eso se ve obligada a puntualizar que “no es odio decir la verdad”.

Las apelaciones de Rowling a lo que hasta hace nada era puro sentido común basado en la ciencia, ha provocado una serie de reacciones histéricas. Eddie Redmayne y Emma Watson han criticado a la autora. Salen en defensa de los transexuales, como si ella los hubiera criticado. No son biólogos ni antropólogos, sino actores que han sido contratados por la productora de las películas de Harry Potter. Se han visto en la necesidad de actuar así para sacudirse la mancha del sentido común de J. K. Rowling. George Takei, con sus súper poderes de actor, ha declarado que Rowling es “científicamente ignorante” por defender “el, así llamado, sexo biológico”. Algunos empleados de Hachette han amenazado con dimitir si la editorial publica el próximo libro de J. K. Rowling.

Ella respondió con un artículo, publicado en una web propia, en el que contaba lo siguiente: “Para aquellos que no lo sepan: el pasado diciembre tuiteé mi apoyo a Maya Forstater, una especialista en impuestos que había perdido su trabajo por lo que se consideraban «tweets transfóbicos». Ella llevó su caso a un tribunal laboral y le pidió al juez que dictaminara si la creencia filosófica de que el sexo está determinado por la biología está protegida por la ley. El juez Tayler dictaminó que no lo estaba”.

En el artículo recoge su interés por estudiar “la identidad de género y lo referido al transgénero”, un interés que le llevó a conocer a Magdalen Berns, una feminista, lesbiana, que creía “en la importancia del sexo biológico. Y que pensaba que no se debía considerar intolerantes a las lesbianas por no querer salir con mujeres trans, con pene”. Y explica la oposición que hay entre los transexuales y las feministas. Ciertamente, si cualquier hombre puede ser una mujer, los objetivos del feminismo de tercera ola quedan algo desdibujados.

Lo que nos hemos reído de la cultura bizantina con sus discusiones sobre el sexo de los ángeles, y ahora asistimos al desconcierto sobre la definición del sexo de los demás. Somos espectadores de la construcción de un espectro de géneros; géneros que se cuentan por decenas. El género se desvincula de la realidad, y entra en el terreno puramente subjetivo.

Yo no niego el derecho de nadie de seguir ese curso, y respeto a los que eligen para sí cualquiera de las etiquetas que prefieran llevar, así como la forma que elijan de vivir su sexualidad. Ese no es el problema, sino que algunos de quienes defienden ese derecho para sí, se lo niegan a los demás.

Tienen la pretensión de imponerse simplemente porque sí, y no aceptar ninguna opinión en contrario, lo cual incluye a los veredictos de la ciencia. No entra en el terreno del debate, sino en el de la descalificación, el oprobio y la condena social. Y, como mecanismo de solidaridad tribal entre sus miembros, atávicas manifestaciones de odio hacia el discrepante. Es un histerismo de género, un fenómeno digno de estudio por varias ciencias.