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Etiqueta: Feminismo

J. K. Rowling y el monstruo del odio

Por Helen Dale. El artículo J. K. Rowling y el monstruo del odio fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Permítanme hablarles de una época intensa en la política británica: la entrada en vigor de la legislación escocesa contra la incitación al odio, la publicación del último informe Cass sobre medicina pediátrica de género, la convocatoria de elecciones generales en el Reino Unido y el regreso triunfal de Nigel Farage a la política.

Durante todo ese tiempo, J. K. Rowling tuiteó.

El 3 de junio, Farage dejó su trabajo habitual como presentador de GBNews y anunció su candidatura al Parlamento. El martes -el mismo día en que el Primer Ministro Rishi Sunak y el líder de la oposición Sir Keir Starmer celebraron el primero de varios debates televisados- un manifestante arrojó un batido de plátano de McDonald’s sobre Farage. Estaba haciendo campaña en Clacton, la circunscripción de Essex a la que se dirige.

A pesar de sus esfuerzos (y de los de la prensa británica), el batido de Nigel fue el protagonista, y no el debate televisado de Rishi y Keir.

La dramática entrada de Farage puso el broche de oro a un periodo extraordinario. Sólo ahora que el país ha entrado en temporada electoral (nuestras campañas, como señalan a menudo los estadounidenses, son afortunadamente cortas), sólo ahora que la administración pública está en purdah -y no pasa nada durante seis semanas- es posible describir un momento de locura nacional con cierta ecuanimidad.

El día de los inocentes

Como corresponde, la historia comienza el Día de los Inocentes y, por supuesto, empieza con una broma o, mejor dicho, con muchas. Ese día entró en vigor la legislación escocesa sobre delitos de odio. Un individuo (J. K. Rowling) y una entidad corporativa (Comedy Unleashed) se enfrentaron a ella, desafiando a la Policía de Escocia a que los detuviera. Entre ellos dos y el pueblo escocés, proporcionaron quizás el primer ejemplo en la historia moderna británica de una ley de la que se ríen hasta dejarla en desuso.

Los casos difíciles hacen mala la ley, pero la mala ley puede ser divertidísima.

A diferencia de la legislación sobre la incitación al odio -enormemente polémica en este país por la forma perniciosa en que socava la libertad de expresión-, la legislación sobre delitos de odio suele ser segura. En el derecho penal escocés, añadir lo que se llama “una circunstancia agravante” a una condena es algo aceptado y normal, y así ha sido desde 1998. Las circunstancias agravantes no son delitos. Sólo se aplican cuando alguien comete un delito y, al hacerlo, manifiesta o está motivado por “malicia o mala voluntad” hacia las características protegidas de una determinada víctima (raza u orientación sexual, por ejemplo).

Del mismo modo, los delitos de “incitación” existen desde hace décadas -desde 1965- y no han afectado a la libertad de expresión del mismo modo que lo hizo, por ejemplo, el uso de incidentes no delictivos por parte de las fuerzas policiales, hasta que, por supuesto, el Tribunal de Apelación les dio una bofetada.

Una mala redacción

Parte del problema que surgió el 1 de abril tuvo su origen en una mala redacción: la legislación se promulgó sólo con protecciones genéricas de la libertad de expresión. No se reconocían las profundidades venenosas a las que se había hundido el debate en Escocia sobre cuestiones trans y cómo, sin una protección específica, era más fácil para los activistas desencadenar investigaciones policiales sobre las personas con las que no estaban de acuerdo. Incluso cuando los tribunales acaban desestimando las demandas vejatorias, el proceso es el castigo.

Recordemos que este asunto derribó a la popular primera ministra Nicola Sturgeon y dividió por la mitad al movimiento independentista escocés. Incluso el sucesor de Sturgeon como Primer Ministro, Humza Yusaf, fue incapaz de introducir en la legislación una enmienda sensata (abajo), tan acosado estaba por el lobby trans:

El comportamiento o el material no se considerarán amenazantes o abusivos por el mero hecho de que incluyan o impliquen un debate o una crítica sobre cuestiones relacionadas con la identidad transexual.

Un monigote entra en el debate intelectual

Sin embargo, la mayor parte del problema -que llevó, entre otras cosas, a que la gente creyera que confundir el género de una persona trans conllevaría su procesamiento en virtud de la nueva ley- provino del gobierno escocés y de la propia Policía de Escocia. No sólo la información pública que acompañó a la ley se centró casi exclusivamente en herir sentimientos (“el odio hiere“, aseguraban varios carteles publicitarios), sino que los ministros escoceses se mostraron incapaces de explicar cómo funcionaría su propia legislación. “Dependerá de la Policía de Escocia”, dijo una de ellas, depositando su incomprensión sobre la discriminación por razón de género en la policía local.

A esto se sumó el tipo de campaña publicitaria de mala calidad que sólo una madre podría amar. Para enseñar al mundo los horrores del odio, la Policía de Escocia ideó y luego dio vida al Monstruo del Odio, una criatura peluda con aspecto de mascota que parecía un cruce entre un descarte de la Tienda de Criaturas de Jim Henson y Óscar el Gruñón. “No me alimentes“, entonaba.

Por su parte, J. K. Rowling optó por responder a la falta de claridad en torno al misgendering, utilizando su enorme presencia en Twitter/X para retar a la Policía de Escocia a que la detuviera. Calificó de hombres a varias mujeres trans, entre ellas criminales convictas, activistas trans y otras figuras públicas. “Si persiguen a alguna mujer simplemente por llamar hombre a un hombre, repetiré las palabras de esa mujer y podrán acusarnos a los dos”, escribió.

Comedy Unleashed

La policía escocesa se retractó drásticamente. No, aseguraron a los escoceses, los tuits de Rowling no alcanzaban el umbral penal. Los cómicos del Reino Unido salieron por una puerta abierta. El grupo Comedy Unleashed de Andrew Doyle llegó a Edimburgo y convirtió al Monstruo del Odio en una estrella. La cómica June Slater, por su parte, produjo un número tan viral que, entre otras cosas, provocó más “quejas de odio” por este discurso de Yusaf que cualquiera de los tuits de Rowling.

Titiriteros y artistas de circo se unieron al acto. El Monstruo del Odio, en varios aspectos y versiones, apareció por toda Escocia, incluso en Greyfriars Bobby. Sin embargo, cuando primero los escoceses y luego los británicos en general se echaron a reír y el SNP empezó a desmoronarse de arriba abajo, el novelista escocés Ewan Morrison se adelantó para señalar que el Monstruo del Odio forma parte de una tendencia artística ubicua y siniestra.

Conocido al otro lado del charco como “Corporate Memphis” cuando se utiliza en ilustración y diseño, el estilo presenta figuras cuadriculadas y poco realistas con rasgos limitados; colores pastel chocantes; extremidades enormes y dobladas, y piel azul, verde o morada.

Autoritarismo cuqui

Morrison llama a este arte plano y poco amenazador (adorado por el sector benéfico, las universidades y, ahora, las campañas de información de los gobiernos) “autoritarismo cuqui“.

Durante la pandemia de Covid, el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido también empleó estos simpáticos gráficos y mensajes. La cuestión no es si apoyas o no la vacunación masiva o los cierres patronales: se trata de ejercicios de control de la población, y sus diseñadores eligieron la ternura para empujar al público hacia los comportamientos deseados. […]

En lugar de “¡Vacúnate ahora o otros enfermarán y morirán!”, un aviso político rezará “Una inyección de amor para el Día de San Valentín: demuestra lo mucho que te importan tus seres queridos protegiéndolos de Covid” en letras rosas, utilizando el tipo de letra de la felicidad internacional, literalmente llamada Alegría. El mensaje de aviso público no dirá ¡Ponte una mascarilla ahora por orden del gobierno! sino Gracias por enmascararte. Agradecerle de antemano su conformidad es un intento de avergonzarle para que realice la acción deseada.

Sin embargo, la dulzura empalagosa que Morrison identifica no sólo está presente en las obras de arte de Corporate Memphis. Es omnipresente y apela a una forma cuajada de memoria infantil. Esto explica las marionetas, los libros para colorear, la purpurina o las drag queens que leen libros infantiles a los niños en las bibliotecas públicas.

“¿Qué capacidad mental creen que tiene la gente?”

El hecho de que la mayoría de la gente no esté enganchada a Internet -o al arte de mierda que se produce como efecto secundario del activismo por la justicia social- se refleja en una respuesta común tanto al Monstruo del Odio como a la burla que Comedy Unleashed hace de él. “Acabo de descubrir que el ‘Monstruo del Odio’ es una campaña real de la Policía de Escocia”, escribió desesperado el historiador Adrian Hilton. “Honestamente pensé que era una invención de Andrew Doyle para su evento Comedy Unleashed en Edimburgo. Quiero decir, ¿qué edad se creen que tiene la gente? ¿Con qué capacidad mental? Absurda nfantilización”.

Cuando se publicó el 10 de abril, el informe final del Cass Review tuvo un impacto nuclear. La Dra. Hilary Cass, destacada pediatra del NHS, y su equipo de la facultad de medicina de la Universidad de York consiguieron de alguna manera tomar el lenguaje de la teoría queer (“asignado varón al nacer”, etc.) y su miserable falta de elegancia y utilizarlo para hacer el análisis (y las recomendaciones) sensato, flemático y claro por el que el empirismo británico en general -y el NHS en particular- es famoso.

Informe del Cass Review

En el proceso, se puso de manifiesto que la medicina transgénero -especialmente la pediátrica- carece casi por completo de evidencia. Y lo que es aún más alarmante, a muchos profesionales les gusta que sea así. Uno de los aspectos sobre los que hay pocos datos a nivel mundial es el destino de los niños y jóvenes cuando pasan de la atención pediátrica a las clínicas de adultos. La Dra. Cass se puso en contacto con los servicios de género para adultos del NHS, conscientes de que disponían de los historiales de unos nueve mil pacientes. Todos menos uno se negaron a entregar los datos de los pacientes, algo que los ministros corrigieron por decreto ejecutivo sólo después de que se publicara el informe final de Cass.

Cass también demostró en cartas de mil pies de altura cómo la mayoría de los niños que pasaron por el Tavistock -nueve mil en total- se sentían atraídos por el mismo sexo o simplemente (y esto es desgarrador, porque revela sus edades) no eran conformes con su género. Cada año aumenta el número de niños brillantes y elegantes, y el de niñas deportistas y extravagantes. En febrero de 2020, BBC Newsnight le tendió una emboscada a Graham Linehan sobre este tema de tal manera que sólo pudo pronunciar una frase completa.

Cass lo reivindicó, y a él también, con creces.

No les dices a los niños que podrían nacer en el cuerpo equivocado, porque son niños, y te creerán.

Graham Lineham.

Rowling, de nuevo

Peor aún, la medicina de género había alcanzado una falsa pátina de credibilidad gracias a un extraordinario círculo de citas. El Dr. Cass observó cómo las personas e instituciones que piensan que la “atención que afirma el género” está bien se referenciaban mutuamente, ignoraban todo lo contrario y creaban así una apariencia de consenso médico. “La circularidad de este enfoque puede explicar por qué ha habido un aparente consenso en áreas clave de la práctica, a pesar de que la evidencia es pobre”, observó con sorna.

Una vez más, Rowling participó en Twitter, utilizando su alcance para asegurarse de que algo del NHS -ampliamente admirado por la izquierda liberal estadounidense- apareciera en los timelines progresistas. Una a una, las ciudadelas progresistas empezaron a prestar atención y a cambiar su postura: incluso el New York Times. La intervención de Rowling, con su efecto transatlántico, fue un recordatorio de que Escocia produce más política de la que se puede consumir localmente. Se aseguró de que Cass cruzara el charco en parte porque se había esforzado en acumular tal cantidad de vapor crítico. El monstruo del odio de la policía escocesa y la disfunción política general del país ya habían cruzado el Atlántico.

Tan empeñada estaba Rowling en asegurarse de que todas las personas que habían estado evitando La verdad sobre los trans la tuvieran delante de los ojos, que llamó la atención de Elon Musk. Elon Musk le echó la bronca por haberse convertido en una cuenta de una sola nota, una acusación que a menudo se dirige a los realistas sexuales en las redes sociales.

Elon Musk

“Aunque estoy totalmente de acuerdo con tus puntos sobre sexo/género, ¿puedo sugerirte que también publiques contenido interesante y positivo sobre otros asuntos?”. escribió Musk, a lo que Rowling respondió:

Acabo de darme cuenta de que ayer se me pasó aconsejar que compartiera más contenido positivo… compartir esto sobre mi vida de escritora, que casualmente se ha publicado hoy en The Sunday Times, no debe interpretarse en modo alguno como que hago lo que me dicen.

J. K. Rowling.

Después de Rowling, probablemente la víctima más notable de las críticas de “cuenta de Twitter de una sola nota” sea Graham Linehan, a quien la gente quería y seguía en su día porque era divertido. No se lo tomaron bien cuando prescindió del humor: perdió cientos de miles de seguidores y -en un momento dado- toda su cuenta de Twitter. La tentación de soltar una serie de chistes a costa de quienes silencian a sus oponentes con palabras hirientes debió de ser inmensa, pero Linehan estaba realmente alarmado. Como me dijo a finales del año pasado, se dio cuenta de que “incluso gente muy cercana a mí no parecía entender el asunto”. A mucha gente, que ha llegado a amar a un payaso gracioso, le molesta cuando se quita el traje y el maquillaje y pide hablar en serio con su público.

Rishi Sunak

Si Rishi Sunak hubiera llevado maquillaje, el diluvio que cayó frente al Número 10, desde donde dijo al gran público británico que habría elecciones anticipadas el 4 de julio (ahí sí que hay una fecha que evoca asociaciones históricas), se lo habría borrado fácilmente. No suele llover mucho en el Reino Unido (algo sobre lo que este niño de Queensland tropical está cualificado para opinar), pero los dioses del tiempo hicieron una excepción, el 22 de mayo, con el Primer Ministro. Sunak estaba empapado. Una mujer que le gritaba “escoria conservadora” durante el anuncio tuvo dificultades para hacerse oír por encima del aguacero. Incluso Larry, el gato del número 10, se hizo de rogar.

El hecho de que se hubieran convocado elecciones generales no mermó la habilidad de Rowling para tocar Twitter como un violín, al menos al principio. Aprovechó el periodo previo a la entrada de Nigel Farage para seguir compartiendo material del Informe Cass, destacar victorias judiciales críticas con el género y -quizá lo más eficaz- promocionar una antología claramente escocesa a la que había contribuido con un artículo.

Women who wouldn’t wheesht

El 30 de mayo se publicó Women Who Wouldn’t Wheesht. Hace dos cosas. En primer lugar, ofrece la mejor explicación que he visto de cómo el activismo trans, con sus creencias irracionales y su pasión por la caza de herejías, fue acogido por las élites escocesas. Capta cómo las mujeres históricamente luchadoras de Escocia -especialmente, pero no sólo, dentro del Partido Nacional Escocés independentista- fueron pintadas en varios rincones y se les dijo que “wheesht for Indy”. Wheesht en escocés significa “cállate” o “cállate”. Se supone que hay que wheesht cuando se espera algo grande, para no estropearlo. También se dice a los niños pequeños cuando son precoces. Mi padre dejó de usarlo conmigo (en la forma Will ye not wheesht?) cuando yo tenía unos diez años.

En segundo lugar, The Women Who Wouldn’t Wheesht también documenta cómo se gestiona una lucha cuando las instituciones de un país han sido capturadas ideológicamente como lo fueron las de Escocia. Las escocesas sexorrealistas produjeron una campaña extraordinaria sin ningún apoyo institucional, aunque contaron con el animoso y hábil liderazgo de Rowling.

Rowling promovió el libro en Twitter y publicó un extracto en The Times. Ocupó los primeros puestos en las listas de los libros más vendidos y apareció en los informativos hasta que Farage se lanzó al ruedo electoral. Rowling sigue interviniendo, dirigiendo su ira contra Keir Starmer, a quien considera (con cierta justificación) una veleta. Esto, por supuesto, no salvará a los conservadores, en parte porque la locura trans -junto con varias otras locuras- se dejó incubar durante sus 14 años de vigilancia.

El diagrama de Venn es… un círculo

Al igual que el Brexit no llevó a Gran Bretaña a una crisis constitucional sino a un pantano constitucional, el diagrama de Venn de “indignados cuando los cristianos querían prohibir Harry Potter por brujería” y “prohibamos Harry Potter porque Rowling pensó mal” es un círculo. Mientras tanto, el gobierno ha entrado en un estado de animación suspendida para las elecciones generales, todo ello antes de la “silly season” de agosto, en la que el país dormita amablemente bajo el sol veraniego, ve el críquet y tanto los escolares como el pueblo de Westminster se van de vacaciones.

“Observé desde la barrera cómo mujeres con todo que perder se movilizaban, en Escocia y en todo el Reino Unido, para defender sus derechos. El sentimiento de culpa por no haber estado con ellas me acompañaba a diario, como un dolor crónico”, escribe Rowling en Women Who Wouldn’t Wheesht. “Lo que finalmente me llevó a romper la tapadera fueron dos acontecimientos legales distintos, ambos ocurridos en el Reino Unido”.

A continuación describe las disputas legales de Maya Forstater y el intento de Nicola Sturgeon de entrometerse en el reconocimiento del género en Escocia. En ese sentido, Rowling se ha puesto a la cabeza de lo que equivale a un gran litigio con múltiples intervinientes y amicus curiae. Women Who Wouldn’t Wheesht se lee como el nombre completo de un caso famoso cuando los abogados de bebés lo aprenden por primera vez: J. K. Rowling & Ors contra Gender Woo PLC.

Orwell (otra vez)

Cuando describía su respuesta a Charles Dickens, George Orwell hablaba de ver la cara del escritor detrás de la página mientras leía, por ejemplo, Tiempos Difíciles. No un retrato oficial, ni cómo la posteridad recordaba el aspecto de Dickens. “Lo que uno ve es la cara que el escritor debería tener”, escribió. Dickens, el liberal del siglo XIX, tenía un rostro de “inteligencia libre, un tipo odiado con igual odio por todas las pequeñas ortodoxias malolientes que ahora se disputan nuestras almas”.

Hay algo del Dickens de Orwell en J. K. Rowling, y no sólo porque ella -como él- se haya convertido en un fenómeno transatlántico. Como Dickens, ama a los niños y reserva para ellos su mayor preocupación. Pero no les mentirá, y la gente que se niega a mentir en público hoy en día es odiada con el mismo odio por todas las malolientes pequeñas ortodoxias que ahora se disputan nuestras almas.

Ver también

La magia de J. K. Rowling (Stephen Pollard).

El histerismo de género (José Carlos Rodríguez).

Los orígenes socialistas del Día Internacional de la Mujer

Por Reem Ibrahim. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

El lema del Día Internacional de la Mujer de este año fue #InspirarInclusión, una de esas frases tópicas que no hacen más que señalar la adhesión a la ortodoxia progresista woke de nuestro tiempo. El feminismo, un movimiento que en sus orígenes era fácilmente compatible con el liberalismo clásico, ha sido asumido desde hace tiempo por la izquierda progresista, que a menudo achaca incorrectamente “problemas” como la brecha salarial entre hombres y mujeres a la discriminación sexista. Pero, ¿alguna vez fue así? ¿Es el Día Internacional de la Mujer un día de celebración, de protesta… o una hábil estratagema de marketing?

Día Internacional de la Mujer

El Día Internacional de la Mujer nació en 1909, después de que Theresa Malkiel, refugiada rusa y organizadora sindical, liderara una huelga en Manhattan (Nueva York). Malkiel formaba parte del comité de mujeres del Partido Socialista de Estados Unidos e intentaba animar a más mujeres a participar activamente en el movimiento socialista. El 28 de febrero de 1909, tras una declaración del Partido Socialista de América, miles de mujeres se manifestaron en Nueva York. La fecha fue elegida para conmemorar el aniversario de la huelga de la industria de la confección liderada el año anterior por el Sindicato Internacional de Trabajadoras de la Confección. Tres años después, la activista socialista Meta L. Stern reflexionó sobre la reunión:

La primera observación de nuestro Día de la Mujer nacional tuvo tanto éxito que el Día de la Mujer pasó a ser generalmente aceptado como una fiesta socialista anual.

Propaganda de los regímenes comunistas

La celebración del Día Internacional de la Mujer se convirtió más tarde en una oportunidad para que los regímenes comunistas del siglo XX lanzaran propaganda estatal centrada en la mujer. Por ejemplo, en la República Socialista Popular de Albania y en la República Socialista Soviética de Letonia se regalaban flores a las mujeres para celebrar su emancipación laboral. Pero, según Monika Vrzgula, de la Academia Eslovaca de Ciencias, se trataba de una falsa representación populista de su verdadera posición:

Se alababa a las mujeres como emancipadas, capaces de ser excelentes en el trabajo y en el hogar. Esto era falso y estaba muy alejado de la vida real de las mujeres y de su posición real en la sociedad.

En lo que sólo puede describirse como un trágico periodo histórico para esos países, en el que millones de personas perdieron la vida a manos de una ideología peligrosa, el Día Internacional de la Mujer fue la oportunidad perfecta de marketing populista dirigido a las ciudadanas.

“Conmemoración lenta”

Es probable que la mayoría de los que celebran hoy el Día Internacional de la Mujer desconozcan los orígenes socialistas de la festividad y, obviamente, no hay nada inherentemente “socialista” en ella. Pero el Día Internacional de la Mujer sigue estando fuertemente “codificado por la izquierda”. Podría decirse que no se ha alejado tanto de sus orígenes.

Es cierto que no he conocido la historia del DIM hasta este año. La confusión en torno a su origen es, en muchos sentidos, lo que lo convierte en la estratagema de marketing moderna perfecta: permite que un amplio abanico de empresas y activistas por igual hablen de lo que deseen. El Día Internacional de la Mujer es lo que la profesora Sarah Jones describe como “conmemoración lenta”. Es una fecha de nuestro calendario que parece celebrar algo concreto, pero su significado es “escurridizo”, es decir, se vincula a múltiples historias y múltiples significados. El DIM puede contener contenidos “para persuadirte de que luches por algo, votes por algo o simplemente compres algo”.

La libertad económica

Sin duda es una fecha para la que se preparan las feministas de todo el espectro político, aprovechando la oportunidad (como suelen hacer) para debatir cuestiones específicas de la mujer. Por desgracia, la mayor parte del debate actual sobre la igualdad de género opera a través del prisma de las ideologías de izquierda, que sostienen que el capitalismo oprime a las mujeres y que la solución a muchos de los problemas a los que se enfrentan las mujeres es más gobierno. Los izquierdistas han dominado el feminismo durante demasiado tiempo, perpetuando peligrosas narrativas victimistas que enseñan a las mujeres que no podemos competir con nuestros homólogos masculinos y que, en su lugar, debemos depender de medidas de discriminación positiva genuinamente discriminatorias.

Esto no podría estar más lejos de la realidad. La libertad económica ha permitido a las mujeres poseer sus propios bienes y ganar su propio dinero. Los esfuerzos capitalistas, desde el lavavajillas hasta la píldora anticonceptiva, dieron a las mujeres la autonomía y la libertad de perseguir su propio destino, en lugar de que se lo dictaran los hombres.

Todavía hay muchas mujeres en el mundo que no gozan de estas libertades. En Irán, las mujeres deben obtener permiso de los hombres para estudiar, trabajar o viajar, y las niñas pueden ser obligadas a casarse a los diez años. En Yemen, una mujer se considera media persona en el ámbito jurídico, lo que significa que su testimonio vale la mitad que el de un hombre. Y en todo el mundo se sigue obligando a las mujeres a contraer matrimonios infantiles, y muchas pierden la vida a causa de crímenes de honor.

Tal vez deberían ser el centro de atención del Día Internacional de la Mujer.

Ver también

Culto de Estado

La forma tradicional de relación Iglesia-Estado a lo largo de los siglos ha sido la nula separación entre Iglesia y Estado. Cuando decimos Iglesia, no queremos decir necesariamente la Iglesia Católica, sino que nos referimos al poder religioso visto de forma genérica. Así, desde el antiguo Egipto de los faraones, éstos eran los sumos sacerdotes, únicos capaces de relacionarse con los dioses.

No ha habido civilización en la que el poder religioso se entremezclara con el poder civil, hasta el punto de convertirse recurrentemente en difícil de discernir dónde terminaba uno y empezaba el otro. Piénsese en la civilización, imperio o Estado cualquiera y veremos junto al soberano algún tipo de sacerdote, chamán o como se le quiera llamar con enorme influencia sobre el devenir de dicha sociedad.

La religión actual

Evidentemente, nuestra época no iba a ser menos. Desde la Ilustración, parece que esta separación se ha ido acrecentando. Es más, el Estado parece haber asumido funciones que, en otros tiempos, quedaban reservadas para las iglesias. El Estado del Bienestar es un buen ejemplo. El poder civil, cada vez en mayor medida, ha copiado la asistencia social, la educación o los servicios sanitarios desde hace tres siglos. Antes los habían provisto las organizaciones religiosas durante siglos en el mundo occidental.

Pues bien, en la época actual ha surgido un tipo de culto abrazado por los Estados que no admite disidencia. Nos referimos el feminismo. Fuera de la religión única del Estado, no cabe salvación alguna. Aunque más que religión, habría que llamarlo secta. De hecho, esto se compara injustamente con La Inquisición. Pero esto va más lejos. La Inquisición no tenía poder para juzgar a los no cristianos. Mientras, el feminismo actual, encumbrado por el poder político, tiene potestad para negar la vida civil a cualquier persona que ose oponerse. Y si no, que se lo diga a Alfonso Pérez.

Un jugador metido a economista

Alfonso Pérez ha sido un jugador profesional de fútbol, que ha militado en los dos grandes de nuestra liga, el Real Madrid y el F.C. Barcelona, así como en el Real Betis, el club donde desarrolló sus mejores temporadas. De hecho, fue jugador de la selección absoluta durante la Eurocopa de Bélgica y Países Bajos en el año 2000. Clasificó a España para cuartos de final tras un agónico gol frente a Yugoslavia. Sus éxitos deportivos le valieron que su localidad natal, Getafe, cambiara el nombre de su estadio para denominarlo Coliseum Alfonso Pérez en su honor.

Pero las bondades de Alfonso Pérez en el terreno de juego se vieron truncadas tras atreverse a blasfemar contra la fe única y verdadera. En una entrevista en El Mundo, el jugador se atrevió a decir que el pasto es verde o que el cielo es azul, pero en versión futbolística: las jugadoras no pueden ganar lo mismo que los hombres por la sencilla razón de que no generan lo mismo. No es difícil de entender: La Liga ha vendido los derechos de la liga femenina por 7 millones (aunque la CNMV dice que ha sido ilegalmente), mientras que la liga masculina ha hecho lo propio por 4.950 millones por cinco temporadas. Del coste de las entradas o las camisetas ni hablamos. Y eso que el gobierno socialista les ha regalado 36 millones de euros del dinero de los que madrugamos para intentar igualar un poco el asunto.

Pues bien, la reacción del ayuntamiento de Getafe, gobernado por los socialistas desde que el mundo es mundo, ha sido fulminante. En dos días se reunieron el club y la administración para acordar cambiar el nombre del estadio de tan indolente hereje por semejantes declaraciones machistas.

La ciencia económica y sus verdades

La pregunta que surge a continuación es si continuarán cerrando facultades de economía, cancelando a cualquier economista o sujeto pensante que se atreva a decir la obviedad más palpable. Esto es, en el mercado, cada factor productivo tiende a recibir una remuneración en función de su aportación al proceso de mercado. Ronaldo, Messi o el jugador de primer nivel que nos imaginemos no han ganado millones durante sus carreras “por darle patadas a un balón”, sino porque millones de personas hemos pagado entradas, camisetas o suscripciones televisivas para verlos hacer precisamente eso.

Luego estarán las mentes pensantes que nos tacharán de cavernícolas o de seres indolentes por gastarnos nuestro dinero en eventos deportivos de los que hemos disfrutado (unos días más que otros). Cuando, en realidad, lo que se esconde es una envidia galopante: hay personas que son capaces de generar unos ingresos que la mayoría de los mortales no seríamos capaces de alcanzar ni aunque naciéramos varias veces.

Supliquemos para que los libros y artículos que llenan las bibliotecas de las facultades de economía no ardan en una pira en nombre del dios (perdón, diosa) del feminismo. Que YouTube no borre las conferencias donde se alcance semejante conclusión tan ignominiosa. O que los economistas que hemos llegado a esa conclusión no seamos quedamos en la pira funeraria civil.

Ver también

Irene Montero contra el deporte femenino. (Daniel Rodríguez Herrera).

Liberalismo y feminismo. (Ignacio Moncada).

Murray Rothbard sobre el feminismo. (José Carlos Rodríguez).

La incoherencia liberticida del feminismo radical. (Juan Morillo).

‘Público’: quince años inventando historias

El hecho de que un periódico asuma que no da información ni noticias, sino que cuenta historias, debería hacer saltar las alarmas.

Portada del diario Público, 8 de febrero de 2010

Asisto anonadado como el diario Público, fundado por Ignacio Escolar y que, por lo visto, mantiene los mismos estándares de integridad periodística de los que siempre ha hecho gala el ahora responsable de El Diario, ha celebrado su decimoquinto aniversario con un vídeo en el que celebra sus quince años “contando historias que importan”. El hecho en sí no tendría nada que objetar aparte del alipori que suelen provocar este tipo de promoción, pero el hecho de que un periódico asuma que no da información ni noticias, sino que cuenta historias, debería hacer saltar las alarmas. Sí, es cierto: hay un género periodístico que consiste en contar historias, que es un formato que permite poner cara y humanizar una información, pero contar historias es lo que define la ficción. Y, por lo visto, las historias que le importan a Público incorporan un elevado porcentaje de ficción.

Cojamos el caso de María Sevilla, a cuya defensa dedica buena parte del vídeo; una feminista indultada por el Gobierno de mucho progreso por considerarla una “madre protectora”. La historia real, la información, nada tiene que ver con las fantasías de género que relata Marisa Kohan, la activista a la que paga Público para mentir a favor de la causa. La madre protectora en cuestión se dedicó a intentar empapelar a Rafael Marcos, el padre de su primer hijo, con denuncias falsas de abusos sexuales que fueron rechazadas por los tribunales. Liberado de las mentiras de su exmujer, logró que los tribunales le concedieran la custodia de su hijo. Pero Sevilla lo sacó del colegio, se lo llevó a una finca rural y lo adoctrinó religiosamente, metiéndole en la cabeza que “papá era el diablo” mientras lo tuvo secuestrado durante dos años, que es lo que tardó la policía en localizarlos. Durante todo ese tiempo ni ella ni sus dos hijos salieron de la finca, tan sólo si se portaba bien los dejaba salir por la noche de la casa, que tenía las ventanas cegadas. Dos años en que ninguno de los niños recibió atención médica ni fue vacunado.

Antes de secuestrar a su hijo y desaparecer de la faz de la tierra, María Sevilla dirigía Infancia Libre, dedicada a repetir su patrón de conducta: denuncias falsas de maltrato y abuso sexual contra las exparejas de sus asociadas para garantizarles la custodia, primero, y si eso falla, pues secuestro. En su posición, Podemos la llevó incluso al Congreso para que excretara su odio. Su otra hija, que sólo tenía seis años cuando la encontró la policía, se limitó a olisquearles y gruñir cuando la preguntaban. Impidiendo que tuviera un mínimo contacto social, la había convertido en un animal. Esa es la defensa de la infancia que Podemos indultó.

En definitiva, María Sevilla es lo más parecido que existe en el mundo real a la madre de Carrie, el personaje creado por Stephen King. A nadie se le ocurriría que mentir para defender a alguien así sea moralmente elevado, pero la perspectiva de género, que no es nada más que una racionalización con barniz académico del odio al hombre, funciona como la más fanática de las religiones. Cuanto más indefendible es una mujer, más hay que defenderla, porque eso es lo que permite separar a los verdaderos creyentes de quienes tienen dudas o, simplemente, un poco de sentido común.

Público, en cambio, considera que esta realidad refrendada por la policía y los tribunales es un bulo, y que la única verdad es que la mujer siempre tiene razón, aunque esa mujer sea María Sevilla. El único bulo, sin embargo, es defender que lo que ha hecho Público durante estos quince años tiene algo que ver con el periodismo.

La magia de J.K. Rowling

Stephen Pollard. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

Como periodista, no hace falta que les diga que tengo tendencia al cinismo. Muéstrenme una buena acción y mi primer instinto suele ser preguntarme qué es lo que no se nos dice al respecto. Pero la vida sería bastante desalmada si ese cinismo fuera la única reacción de uno. Hay, por supuesto, algunas personas que están tan en el lado bueno de la balanza que realmente no hay necesidad de sospechar. Más bien al contrario. En ese sentido, me cuesta pensar en un ser humano vivo que haya sido una mayor fuerza para el bien en este mundo que J.K. Rowling.

Si la Sra. Rowling no hubiera hecho otra cosa que escribir los libros de Harry Potter, eso por sí solo habría sido una contribución asombrosa y única a la causa de la humanidad. Los siete libros de la serie, de los que se han vendido hasta la fecha más de 500 millones de ejemplares, han cambiado la vida de cientos de millones de niños, a muchos de los cuales les han hecho apreciar el placer de la lectura, algo que probablemente nunca habrían experimentado de otro modo. De una forma u otra, los libros y la lectura son la clave de casi todo lo que tiene valor en el mundo. Mostrar a los niños lo divertidos que pueden ser los libros, especialmente en un mundo con tantas atracciones que compiten entre sí, y a una escala a la que ningún otro libro se ha acercado jamás, es un gran logro.

Pero lo que realmente importa de JK Rowling es que no se ha limitado a sentarse y disfrutar del viaje. Ni mucho menos. Ha utilizado la plataforma de su éxito y la seguridad de su riqueza para hacer una serie de contribuciones asombrosamente importantes y valiosas a la sociedad. Gran parte de su filantropía pasa desapercibida. Conozco un ejemplo que no ha recibido ninguna publicidad, y estoy seguro de que habrá otros. Pero a los efectos de este artículo, lo que importa es su filantropía pública y sus contribuciones a la sociedad.

Por ejemplo, la organización benéfica Lumos, que creó para “poner fin a la institucionalización sistemática de niños en toda Europa y ayudarles a encontrar lugares más seguros y acogedores donde vivir”, y su fundación Volant. La semana pasada inauguró Beira’s Place, un servicio gratuito en Edimburgo para mujeres supervivientes de violencia sexual. Rowling lo financia, para tratar de contrarrestar la “necesidad insatisfecha” de “atención centrada en la mujer y prestada por la mujer en un momento tan vulnerable”.

Normalmente, uno podría elogiarla -o a cualquier otra persona- por un gesto tan filantrópico, pero no sorprenderse tanto. Pero no estamos en tiempos normales. La idea de que el sexo biológico es importante es considerada, de forma extraña, pero creciente, como una forma de abuso por parte de ideólogos que afirman que lo único que importa es cómo una persona desea definirse a sí misma. (Esa es la base del proyecto de ley de reforma del reconocimiento de género en Escocia, que probablemente se promulgará pronto). La Sra. Rowling ha hablado de la necesidad de que las mujeres biológicas tengan espacios seguros, donde sólo haya otras mujeres biológicas. Por ello ha sido tachada de transfóbica.

Es extraordinario que parezcamos haber viajado 50 años atrás. En los años setenta, Erin Pizzey creó el primer refugio para mujeres. Fue muy controvertido, sobre todo entre las mujeres. El maltrato doméstico no era algo de lo que se hablara en círculos educados. La idea de un espacio seguro sólo para mujeres se consideraba una especie de feminismo radical. (Recuerdo que de niña mi madre ayudaba en el centro; más tarde me contó que algunos de sus conocidos la recibieron con una mezcla de perplejidad y desdén).

En mi ingenuidad, hace diez años habría dicho que los avances en la batalla por poner de relieve el maltrato doméstico y las necesidades de las mujeres eran inerradicables. Qué equivocada estaba. Hoy, sorprendentemente, se ataca a quienes defienden los espacios sólo para mujeres, como en los años setenta. La mayoría de las veces, aunque la base del ataque es la causa supuestamente “progresista” de los derechos de las personas trans, la realidad es directamente misoginia. ¿Y quién está ahí, abriendo camino, defendiendo la ciencia, la decencia y a las mujeres? No es un político ni un líder comunitario. Es J.K. Rowling..

Intentan detenerla, anularla. Es infame que no la invitaran a aparecer en un documental de celebración del aniversario de las películas de Harry Potter, porque algunos de esos actores cuya carrera entera es fruto de la obra de J.K. Rowling son demasiado cobardes para enfrentarse a los matones que la atacan y, en cambio, permanecen callados o, en algunos casos, optan por unirse a ellos.

Abolir a los abolicionistas

Desde que en el 39° Congreso Federal del PSOE se cerrase la puerta a debatir sobre la posible regulación de la gestación subrogada, los socialistas españoles han abrazado las tesis del feminismo radical que considera que actividades como la gestación subrogada, la prostitución o la pornografía constituyen una forma de mercantilización del cuerpo de la mujer que resulta indefendible. El propio expresidente Zapatero así lo señaló durante el 40° Congreso del partido que tuvo lugar el fin de semana pasado. No obstante, estas tesis presentan graves problemas teóricos y empíricos. A continuación intentaré analizar algunos.

Andrea Dworkin (1993) y Catharine MacKinnon (1993) son dos de las teóricas abolicionistas más conocidas. La primera considera que la prostitución es una práctica “intrínsecamente abusiva” en la que el hombre paga y hace lo que quiere con el cuerpo de la mujer. Además, la contraprestación económica en ningún caso hace que esta experiencia le resulte placentera ni deseable. En línea con Dworkin, para MacKinnon la prostitución supone la negación de la humanidad de las mujeres. En esta actividad, “las mujeres son torturadas mediante violaciones repetidas […] son prostituidas precisamente para ser degradadas y sometidas a tratos crueles y brutales sin límites humanos; es la oportunidad de hacer esto lo que se intercambia cuando las mujeres se compran y venden por sexo” (MacKinnon, 1993: 13).

Las posturas abolicionistas, al contrario que las prohibicionistas, no defienden la prohibición legal del trabajo sexual ni la persecución de las prostitutas (utilizo el femenino porque en su mayoría son mujeres, aunque no hay que olvidar que los hombres homosexuales y los transexuales también son un porcentaje importante de los trabajadores sexuales), pero tampoco están a favor de un reconocimiento jurídico que la homologue con la provisión de otro tipo de servicio.

Manifestaciones pretéritas a favor y en contra de la prostitución.

El modelo sueco, la legislación que fue adoptada por ese país en 1999, es ejemplo abolicionista por antonomasia. Parte de la consideración de la prostitución como una forma de violencia de género, y criminaliza y persigue penalmente la compra de sexo, es decir, a los clientes, en vez de a las prostitutas. Este modelo se ha implantado además en Islandia, Noruega y Francia.

Este tipo de legislación asocia la prostitución con la trata con fines sexuales y la explotación sexual. Para los abolicionistas, no se puede diferenciar entre prostitución voluntaria y explotación. Nadie, si no fuese por obligación -coacción o necesidad económica-, podría prestar su consentimiento para acostarse con otra persona a cambio de dinero.

Este argumento esconde la idea de que una persona en situación de necesidad económica pierde su capacidad de agencia y, por lo tanto, la posibilidad de decidir libremente. No obstante, cabría preguntarse si el derecho a disponer del propio cuerpo debe ser un derecho exclusivo de quienes se encuentran en una mejor situación socioeconómica.

Lo que debemos valorar es si ese intercambio limita de alguna manera los derechos y las libertades de quienes participan en él. Y en ese sentido, es un error creer que la introducción de dinero en una relación la contamina hasta el punto de invalidar el consentimiento expresado por un individuo adulto, ni siquiera cuando dicho consentimiento se produce motivado por la necesidad económica. Esta, que es la motivación principal tras la realización de la mayoría de trabajos, no introduce un vicio en el intercambio que deba llevarnos a reprobarlo. Lo cual no quiere decir que no deba preocuparnos que una persona carezca de alternativas suficientes entre las que elegir para poder tener un sustento económico que le permita desarrollar sus planes de vida. Pero si de verdad nos preocupa que la situación económica personal condicione las decisiones de la gente, debemos enfocar nuestros recursos en mejorar su situación o en ofrecerles alternativas, pero en ningún caso en restringir las disponibles cortando su libertad y capacidad de decisión.

En definitiva, el modelo abolicionista parte de un enfoque paternalista e infantilizador, así como profundamente antiliberal. Para sus defensores, las mujeres adultas que acceden al trabajo sexual son como los menores, incapaces de dar su consentimiento. Desconocen que el consentimiento tiene que ver, precisamente, con la ausencia de coacción. Por ende, una persona será siempre más libre cuando pueda decidir sobre algo que si otra persona ha decidido de antemano por ello. De la misma manera en que aceptamos que una persona mantenga relaciones sexuales con otra persona sin que haya compensación económica, debemos aceptar la posibilidad de que una personas pueda consentir hacerlo a cambio de dinero.

Este modelo no solo parte de unos presupuestos, a mi juicio, equivocados. Una confusión grave alrededor del consentimiento o la creencia de que se debe poder legislar sobre lo que los adultos pueden hacer con su cuerpo. Además, yerra en su aplicación práctica, generando unas consecuencias nefastas para aquellas personas a las que pretende ayudar.

Temor a detención y condena

Estas políticas suelen empujar el trabajo sexual voluntario a la clandestinidad, haciéndolo todavía más inseguro: el temor a la detención y condena de los clientes hace que estos no estén dispuestos a dejar su información de contacto. Cabe añadir que contribuyen a aumentar el estigma, provocando que muchas trabajadoras sexuales confíen todavía menos en las autoridades y servicios de salud pública. (Holmström y Skilbrei, 2017)

Por último, también hay estudios que señalan que las prácticas policiales represivas, legales o ilegales, vinculadas a una criminalización, parcial o total, del trabajo sexual, están asociadas a mayores riesgos de infección por VIH o ETS, violencia física o sexual por parte de los clientes, así como un menor uso del preservativo durante la práctica sexual (Platt et al., 2018).

Por el contrario, su regulación está asociada con una disminución de los delitos sexuales (Ciacci & Sviatschi, 2018Cunningham y Shah, 2018Bisshop et al., 2017) y de ETS, debido a un mayor uso del preservativo (Cameron, Seager y Shah, 2020; Cunningham y Shah, 2018). Además, también se ha mostrado que la despenalización puede mejorar las relaciones entre las prostitutas y la policía al aumentar la capacidad de reportar incidentes violentos y facilitar el acceso a servicios de salud (Armostrong, 2016).

En definitiva, el abolicionismo, en lugar de perseguir el ejercicio coactivo del trabajo sexual, proteger la salud y garantizar los derechos y libertades de estas trabajadoras, encarna una comprensión reduccionista y paternalista que, a través de un marco de victimización de estas mujeres, socava su agencia, autonomía y capacidad de decisión. Pero ni ha conseguido proteger a las prostitutas ni ha conseguido abolir la prostitución.

Por un 8 de marzo liberal

“Somos antimilitaristas y estamos en contra de las guerras, que son producto y extensión del patriarcado y del capitalismo” se podía leer en el manifiesto oficial del trágico 8 de marzo de 2020. En el de 2019 nos decían “son muchos los motivos para apoyar la huelga: […] Para construir una economía sostenible, justa y solidaria que gestione los recursos naturales de forma pública y comunitaria, que esté en función de las necesidades humanas y no del beneficio capitalista […] Somos un movimiento internacional diverso que planta cara al orden patriarcal, racista, colonizador, capitalista y depredador con el medio ambiente”. Y en el de 2018: “Somos las que reproducen la vida. El trabajo doméstico y de cuidados que hacemos las mujeres es imprescindible para el sostenimiento de la vida. Que mayoritariamente sea gratuito o esté devaluado es una trampa en el desarrollo del capitalismo […] Llamamos a la rebeldía y a la lucha ante la alianza entre el patriarcado y el capitalismo que nos quiere dóciles, sumisas y calladas.”

El feminismo hegemónico que ha movilizado a varios miles de mujeres en España durante los últimos años, y quizá a millones alrededor de las democracias occidentales; se muestra contrario a un modelo económico y político que ha conseguido que desde el año 1990 al año 2015 se haya reducido la pobreza extrema del 36% de la población mundial (1.900 millones de personas) a tan solo el 10 % (734 millones).

Por eso no se puede permitir que el 8 de marzo sea liderado por personas, pero sobre todo por ideas, que promueven la colectivización de los recursos naturales y los medios de producción. Sería revertir un modelo económico y político de éxito que está permitiendo tener un proyecto vital a millones de personas, muchas de ellas mujeres.

Es más, ceder la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres a un comunismo disfrazado de feminismo es condenar al individuo, y muy en concreto a las mujeres, a un sistema y unas ideas que lo que realmente quieren es hacernos víctimas, e ironías de la vida, dóciles, “sumises” y “callades”.
El falso feminismo que lidera el 8 de marzo, realmente es un caballo de troya postmarxista que, a través de movimientos sociales, como los que abanderan la causa feminista o la ecologista, quieren devolvernos a la historia de Fukuyama. Es un feminismo fake y victimista que transmite a las mujeres falsos mensajes como: el sistema no te permite emprender y abrir una startup, el sistema te condena a elegir carreras de letras o vinculadas a la salud y los cuidados, el sistema no te empodera, el sistema te hace ama de casa, el sistema, el sistema… el sistema te condena y solo un masplaning colectivizador, paternalista y comunista te permitirá ser una buena mujer empoderada.

La crítica colectivista es falsa. Es cierto que aún hay muchas barreras sociales, culturales y económicas que nos protegen a los hombres, cual arancel a las exportaciones, que tenemos que remover; como dirían John Stuart Mill y Harriet Taylor. Pero el mensaje del feminismo hegemónico, ese que clama en sus manifiestos que las mujeres están “siendo victimizadas”, solo transmite la idea de: no lo hagas, no quieras ser nada porque vives en un mundo heteropatrialcal y cruel que te lo va a impedir todo. Quédate en casa esperando la mesiánica salvación morada.

Nada más alejado de la realidad. Con este sistema, el 48,4% de las personas que emprendieron en 2019 en España fueron mujeres. Sin un sistema de cuotas obligatorias, en una década, hemos pasado de un 10,56% de presencia femenina en los consejos de administración de las empresas del IBEX a un 31,17%. Con este sistema, el 54% de los miembros del Poder Judicial en España son mujeres. Además, hemos tenido las primeras presidentas de Comunidades Autónomas, alcaldesas en ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia, ministras de defensa o vicepresidentas (con un poder muy real) del gobierno de la nación.

Por eso los líderes, pero sobre todo las lideresas, que, dentro del Partido Popular, Ciudadanos o Vox se definen y creen en los principios del liberalismo (es una utopía pensar que alguno de los tres partidos lo es); tienen que plantear una alternativa liberal al 8 de marzo. Una alternativa que promueva el principio de la igualdad perfeta, sin admitir ningún poder o privilegio. Que vuelva a sus orígenes. Que beba de Mary Wollstonecraft cuando clamaba que “cuanta más igualdad haya entre los hombres, y, por tanto, menos poder de los hombres sobre los hombres, más virtud y felicidad reinarán en la sociedad”.

Y si no se promueve una alternativa desde la política, tenemos que proponerla desde la sociedad civil. Lo contrario sería caer en la trampa y el marco mental morado de quédate en casa esperando la salvación mesiánica. Las mujeres tenéis que salir y emprender, porque el sistema os lo permite y cada día sois más. Las mujeres podéis ser, si es lo que queréis, consejeras del IBEX, porque cada día sois más. Las mujeres si queréis podéis ser jueces, porque de hecho ya son la mayoría en el Poder Judicial.

Eso es lo que tiene que ser el 8 de marzo. Una vindicación de que las mujeres podéis ser y sois lo que queráis. No necesitáis un paternalismo colectivizador que os defienda. Como tampoco lo necesitamos los hombres. Todo proyecto que no pase por la democracia liberal y la economía de mercado nos condenará a los hombres y, muy especialmente, a las mujeres a la esclavitud.

El feminismo hegemónico esconde el progreso de la mujer

Madrid, a 8 de marzo de 2021.-

https://ijmpre2.katarsisdigital.com/wp-content/uploads/2021/03/NdP_Informe_HRosling.docx.pdf

La huelga feminista del 8 de marzo con motivo del Día de la Mujer Trabajadora es una ocasión propicia para mostrar cuál es la realidad de las mujeres en el mundo y en España. Por eso, el Instituto Juan de Mariana ha publicado un informe titulado Hans Rosling y los sesgos del feminismo hegemónico. En el informe, Irune Ariño, politóloga y subdirectora del Instituto Juan de Mariana, y Santiago Calvo, economista y doctorando por la Universidad Santiago de Compostela, aplican las ideas del médico sueco al estudio de la situación de las mujeres. Rosling denunció en su última obra Factfulness los sesgos con los que se manipulan diversos aspectos de la realidad. El informe muestra cómo esos sesgos, utilizados por el feminismo hegemónico, se utilizan para mostrar una imagen de la mujer que no se corresponde con la realidad. 

Los autores comienzan señalando cómo desde el feminismo hegemónico se falsea la imagen de la sociedad por medio del instinto de separación: la tentación de separar dos grupos como si fueran diferenciados, e incluso contradictorios. En este caso, “los representantes del feminismo hegemónico se empeñan en presentar gráficos o tablas que separan a los hombres de las mujeres en cuestiones como la distribución salarial, el número de mujeres en política o en puestos de alto mando de grandes empresas, mostrando y señalando una división casi irreconciliable entre estos dos grupos”. Sin embargo, con sólo representar los datos se puede comprobar que “la mayoría de mujeres presentan resultados parecidos a los de la mayoría de hombres”, aunque en conjunto haya diferencias. 

El instinto de negatividad, como explicó el médico sueco, “tiende a notar más lo malo que lo bueno”. Pero, dentro del ámbito de la violencia de género, “cuando atendemos a los datos nos damos cuenta que España tiene una de las tasas anuales más bajas de homicidios de mujeres de toda Europa (UNODC, 2018) y la segunda más baja de la Unión Europea (Eurostat, 2018)”. Además, la situación de la mujer no ha dejado de mejorar en nuestro país en aspectos importantes, como el acceso a los estudios universitarios o el empleo, entre otros indicadores de la calidad de vida. El instinto de urgencia crea la sensación de vivir en un mundo en llamas, y conmina a adoptar medidas, en ocasiones drásticas, y sin la necesaria reflexión.

Esto está relacionado con el instinto del miedo, que también menciona Rosling: la costumbre de los medios de comunicación, aprovechada por grupos de interés, de mostrar peligros que, aunque sean muy reales para ciertas personas, dependen de una combinación de factores que no se da de forma generalizada. De este modo, aunque la violencia doméstica es un grave problema, no sólo es bajo en comparación con otros países europeos, sino que su incidencia por 100.000 habitantes remite con el tiempo. 

El miedo está relacionado con el instinto de la perspectiva única: las explicaciones sencillas son muy atractivas, pero no necesariamente acertadas. El informe señala que “Para gran parte del feminismo hegemónico la culpa de la situación de las mujeres es el sistema patriarcal y el machismo que se desprende de este. La frase “nos matan por ser mujeres” es un claro ejemplo de ello. Parece que casi cualquier agresión que sufre una mujer a manos de un hombre tiene que ser motivada por la discriminación de género. Sin embargo, lo que la evidencia nos dice es que la violencia es de todo menos unicausal y unidireccional”. El instinto de culpa, por su parte, busca también causantes únicos de todo mal. Y esto, señala el informe, “bloquea nuestro aprendizaje” y dejan de lado “aquellas cuestiones que deben hacernos ver la realidad de forma más positiva”.

El autor alertó sobre el instinto del destino: la peligrosa idea de que ciertas características marcan el destino de las personas. El caso de la mujer no es una excepción. Así, el informe muestra que “hay diversos aspectos que han contribuido a la emancipación de las mujeres y que es importante mencionar. Uno de ellos es el acceso de la mujer al mercado laboral. Esto, junto con la posibilidad de que estas pudieran gestionar sus propias finanzas sin necesidad de autorización paterna o del marido, les permitió conseguir su independencia económica y supuso un incremento de su capacidad de decisión. La legalización de la píldora anticonceptiva les permitió tomar control sobre su capacidad reproductiva”.

Los autores concluyen que “los sesgos que describe Rosling en su libro, algunos de los cuales hemos resumido en este artículo, están distorsionando la percepción que tenemos del mundo, y en especial del progreso económico, educativo, sanitario y social que se ha producido en las últimas décadas y que ha afectado todos los individuos, pero en especial a las mujeres”.

El Instituto Juan de Mariana presentó hace dos años el informe Mitos y realidades del feminismo.

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Recursos adicionales:

  • Descargar informe completo aquí.

Irene Montero contra el deporte femenino

omo no podía ser de otra manera, la ley que impulsa Podemos para convertir la transexualidad en otro asunto con el que dividirnos entre buenos (ellos) y malos (la pérfida derecha, toda ella extrema y peligrosísima) se limita a importar punto por punto todas y cada una de las cruzadas de la izquierda norteamericana de los últimos años. Al segundo siguiente de que el Supremo norteamericano ilegalizara la prohibición del matrimonio homosexual, las políticas de identidad pasaron a centrarse en los llamados “transgénero” a sangre y fuego. Y se han llevado por delante muchas cosas, entre ellas el deporte femenino.

Si puedes competir en la categoría femenina simplemente porque has decidido que eres una mujer, todas las competiciones femeninas dejan de tener sentido. Los hombres poseen enormes ventajas físicas sobre las mujeres a partir de la pubertad, que no desaparecen por mucho que firmes un papel en el que declaras que ya no lo eres.

Esas diferencias pueden no ser tan importantes en nuestro día a día para quienes trabajamos delante de un ordenador y hacemos ejercicio de guindas a brevas, pero en el deporte son cruciales. En la élite resulta aún más obvio: no hay más que echar un ojo a las diferencias en las marcas de unos y otras. Florence Griffth-Joyner mantiene el récord de los 100 metros lisos desde 1988, con un registro de 10.49 que de hecho resulta más que sospechoso de haber sido logrado gracias a un error de la organización, que no contabilizó un viento trasero incompatible con una marca legal. Pero tomándola por buena, en 2018 había 35 hombres que tenían esa cifra como récord personal. Estaban empatados en el puesto 768 del ránking mundial.

Hay quien discute que esto sea así también en deportes más técnicos; aunque buscando quizá podríamos encontrar alguna excepción, lo cierto es que tenemos muchos ejemplos de que no es cierto. Selecciones de fútbol femeninas se han visto humilladas por juveniles masculinos que muy probablemente nunca llegarán a nada; las hermanas Williams, leyendas del tenis femenino, jugaron a finales de los 90 con un jugador situado más allá del puesto 200 de la ATP, que las venció con facilidad. Hasta el curling de las narices tiene campeonatos específicos para mujeres: por algo será.

Hay que recordar que pequeñas diferencias a nivel estadístico entre sexos pueden exacerbarse en los extremos de una distribución estadística, y los deportistas de élite se sitúan obviamente en uno de esos extremos, de ahí que las distancias sean mucho mayores en la alta competición que echando un partido entre amigos.

De ahí podría venir la única defensa que ésta ley podría tener, que admite –qué remedio—no permitir la participación de transexuales y transgénero en la categoría femenina en aquellas competiciones regidas por normas internacionales que lo impidan. Quienes piensen que esto lo arregla todo, porque sólo se admitiría esta participación en competiciones nacionales de poca importancia, que lo piense dos veces.

En primer lugar porque la presión moralista está haciendo que se relajen las reglas en muchos deportes: ahí tienen a Rachel MacKinnon batiendo récords mundiales de ciclismo en pista. Y segundo, porque hasta la deportista más exitosa ha empezado desde abajo, y nada resulta tan desmoralizante y destruye la motivación como saber que da lo mismo lo mucho que te entrenes y te esfuerces si el mejor puesto al que puedes optar en una competición es el primero que no esté ocupado por un transexual.

Es más, si las feministas de verdad se toman en serio aquello de la necesidad de tener modelos a seguir en todos los campos que inspiren a las mujeres a optar por esas carreras profesionales, ¿cuántas abandonaran antes de empezar si los puestos antaño reservados para las mujeres ahora son ocupados por transexuales?

No hay ámbito donde quede más clara la ficción que esta ley quiere sacralizar como verdad indiscutible que el deporte. Si alguien con un cuerpo masculino puede ser declarado mujer con sólo firmar un papel, el deporte femenino deja de tener sentido. Actualmente se mantienen dos categorías separadas de hombres y mujeres para que éstas últimas puedan competir, aspirar a triunfar y ver su talento y su esfuerzo reconocidos.

Si empiezan a ser hombres que han cambiado de sexo quienes dominan el deporte, carecerá por completo de interés y, sobre todo, pasará de ser femenino a ser otra cosa. Ese es el proyecto de la feminista Irene Montero por la igualdad.

Heteronormatividad y capitalismo: una crítica a Judith Butler

En el pensamiento de Judith Butler (2000; 2002; 2005; 2006; 2007) encontramos tres asunciones principales, a saber, (a) la idea de que el género no es el resultado causal del sexo, (b) la idea de que no existen dos géneros exclusivamente, y (c) la idea de que la lógica binarista (mujer-hombre) nos presenta la heterosexualidad como lo natural y la única posibilidad.

La autora feminista considera que el género, que es una construcción social generada por la heteronormatividad, estructura la división del trabajo en las sociedades capitalistas de dos formas. Entre trabajo “productivo” asalariado, asignado tradicionalmente a los hombres, y trabajo “reproductivo” y doméstico no pagado, llevado a cabo tradicionalmente por las mujeres, por un lado. Y entre aquellas ocupaciones mejor pagadas, que gozan de mayor estatus, y ocupadas mayoritariamente por hombres, y las ocupaciones de “cuello rosa” y de servicio doméstico, peor pagadas y ocupadas mayoritariamente por mujeres, por el otro. Ese, argumenta, es uno de los motivos por los que no se puede relegar a los nuevos movimientos sociales al terreno de lo “meramente cultural”. (Butler & Fraser, 2000)[1]. Como respaldo de esta idea utiliza unos extractos de Marx (1846) y Engels (1884) que resumen la idea de la importancia de la producción y reproducción de la vida en el mantenimiento de las desigualdades de clase y, por lo tanto, del sistema capitalista. Esta aportación será posteriormente rescatada y actualizada por otras feministas (Firestone, 1976; Hartmann, 1983; Rubin, 1986; Federici, 2004; Butler, 2007) que extenderán ese vínculo a la producción del género y la sexualidad heteronormativas: “En la medida en que los sexos naturalizados funcionan para asegurar la pareja heterosexual como la estructura sagrada de la sexualidad, contribuyen a perpetuar el parentesco, los títulos legales y económicos, así como las prácticas que delimiten quién será una persona totalmente reconocida como tal.” (Butler & Fraser, 2000: 86)

Por lo tanto, la situación que sufren las personas con identidades disidentes (aquellas personas que no encajan en el binomio mujer-hombre o que no responden a la tendencia sexual normativa) no es un problema “meramente” cultural y tiene relación con el modo de producción típico de las sociedades capitalistas.

¿Qué nos dice la evidencia?

Para dar respuesta a algunas de las cuestiones que presenta Butler, es importante analizar ciertos conceptos. El primero de ellos es la división sexual del trabajo.

Esta no tiene un origen reciente. En todas las sociedades humanas, tanto en las primitivas como en las modernas, ha existido cierta diferenciación de tareas. Las mujeres se han dedicado históricamente a tareas más relacionadas con los cuidados de los niños y del hogar y los hombres a la protección y la provisión. Inicialmente esto era, sobre todo, una cuestión de supervivencia. En las sociedades primitivas y hasta que los descubrimientos tecnológicos no mejoran las condiciones de higiene y salubridad, el elevado índice de mortalidad genera una especialización de las mujeres en aquellas tareas que permiten ser combinadas con la crianza, mientras que los hombres actúan como proveedores y defensores del grupo. (Riddley, 2003) La propia Gerda Lerner (1986) comenta de forma acertada que fue cuando los hombres pudieron generar excedentes de actividades como la ganadería o la agricultura, que se apropiaron de estos convirtiéndolos en su “propiedad privada”. Para asegurar esa propiedad, no solo para ellos sino también para sus herederos, se institucionalizó la familia monógama. Asegurándose que las mujeres no tenían ni sexo premarital, ni tampoco fuera del matrimonio, podían asegurar la “legitimidad” de su descendencia y así evitar invertir en la descendencia de otro hombre. Posteriormente, esta división se extiende también a la producción y distribución de bienes y servicios.

Si atendemos a la evidencia empírica, no solo sabemos que existen diferencias anatómicas (dimorfismo sexual) entre hombres y mujeres, sino que presentan diferencias también en su comportamiento. Estas diferencias son en parte producto de la evolución de ciertas adaptaciones psicológicas generadas como consecuencias de la inversión parental y las estrategias reproductivas diferenciadas (Kingsley, 2002; Campbell, 2002; Petersen & Hyde, 2010; Buss & Schmitt, 2011; Seabright, 2012; Schmitt et al., 2017; Schmitt & Buss, 2018) e influyen sobre la organización de otras actividades económicas o sociales. La división sexual del trabajo es una prueba de ello. Esta puede deberse a diferencias de capacidades e intereses y puede estar regulada mediante normas sociales formales o informales. “Algunas de estas adaptaciones generan diferencias de género culturalmente universales, y muchas están además diseñadas para ser sensibles a los contextos socioecológicos locales en formas que generan facultativamente diferentes tamaños de diferencias de género entre culturas. También es cierto que las diferencias de género evolucionadas en la personalidad pueden acentuarse o atenuarse por factores que tienen poco que ver con las sensibilidades evolucionadas a los contextos socioecológicos (Schmitt, 2015).” (Schmitt et al., 2017: 52)

Pero no solo la división sexual del trabajo es una institución universal, también lo son el patriarcado[2], la dominancia masculina y el logro masculino. Estas son manifestaciones de diferencias neuroendocrinológicas entre hombres y mujeres tal que “la presencia de los estímulos ambientales de jerarquía, estatus y miembros del otro sexo van a hacer surgir en el varón una mayor tendencia a dejar de lado todo lo que haga falta (tiempo, placer, salud, seguridad física, afecto, relajación…) para conseguir la posición jerárquica más alta, el estatus y la dominancia en las relaciones” (Malo, 2018).

Aunque es evidente que, a lo largo de la historia, muchas mujeres no han podido elegir qué roles desarrollar, esto ha ido cambiando con el tiempo y, la persistencia de las diferencias es difícilmente atribuible en su totalidad a la socialización. Cuando se atribuye un factor causal a la socialización se confunde causa con consecuencia. Si bien es verdad que la socialización exagera la importancia del dimorfismo fisiológico al hacer cualitativa, discreta y absoluta la diferenciación sexual que, a nivel fisiológico-conductual, es cuantitativa, continua y estadística. Se tiende a hacer que la observación estadística sea absoluta y se convierte en estereotipos sociales que afirman que “los hombres son agresivos” y “las mujeres son pasivas”. Esta exageración da como resultado una mayor diferenciación de comportamiento que la que engendraría la fisiología por sí sola. Y sin lugar a dudas, esto conduce a la discriminación. Pero no es esa observación, ni los estereotipos ni la discriminación los que provocarían las diferencias en el comportamiento entre hombres y mujeres y, por lo tanto, institucionalizarían la división sexual del trabajo y el patriarcado, sino precismaente al revés. (Goldberg 1973; 1993)

Es cierto que gracias a los cambios sociales, culturales, económicos y tecnológicos que se han producido, la división sexual y social del trabajo se ha modificado y hecho más compleja y diversa. Poco a poco hombres y mujeres han ido cambiando las tareas de las que se ocupaban. Algunas de estas han sido apoyadas por máquinas (electrodomésticos) o personas externas a la familia (servicio doméstico encargado de tareas como la limpieza, la cocina o el cuidado de niños y dependientes) o sustituidas por el Estado (guarderías, escuelas, centros de mayores). Sin embargo, todavía siguen persistiendo diferencias. Ni siquiera en aquellos sitios en los que existen menos barreras y menor discriminación para la mujer, e incluso políticas públicas dirigidas a atenuar las desigualdades de género, se han eliminado (Pinker, 2008). Precisamente, diversos estudios apuntan a que las diferencias en las preferencias asociadas al género son mayores en aquellos países con mayor igualdad de género y mayores oportunidades para las mujeres (Su, Rounds & Armstrong, 2009; Schmitt et al., 2016; Falk & Hermle, 2018[3]; Breda, Jouini, Napp & Thebault, 2020). Este fenómeno se conoce como la “paradoja de la igualdad”[4].

Otro ejemplo es el de los Kibbutz en Israel, surgidos a principios del siglo XX. Uno de los paradigmas de estas comunidades fue el rechazo de la familia tradicional y los roles de género y su sustitución por la vida comunal. En ese intento por borrar todo rastro de roles diferenciados por género, los trabajos eran ejercidos por hombres o mujeres indistintamente, los niños eran cuidados por profesionales y las tareas de elaboración de comida o limpieza eran realizadas por la comunidad. Sin embargo, a medida que pasaron las generaciones la división sexual se desarrolló cada vez de forma más marcada: entre un 70% y un 80% de mujeres fueron desplazándose a trabajos orientados a personas, mientras que la mayoría de hombres lo hicieron a trabajos orientados a cosas (construcción, mantenimiento…). Además, la familia se institucionalizó como unidad básica y eje vertebrador de la estructura social. Lo sorprendente es que este proceso se acentuó en las generaciones que se habían criado en los Kibbutz, y estaban menos expuestas a los roles y estereotipos de género, y no en las que las fundaron. (Tiger & Shepher, 1977; Pinker, 2008)

La universalidad de estas instituciones es una prueba de su existencia independiente a la del capitalismo. De hecho, ni siquiera podemos decir que las sociedades más capitalistas (con mayor libertad económica) sean las que mayor discriminación por género presentan o en las que las mujeres o las personas LGBTQ gozan de peor bienestar, sino todo lo contrario. Varios estudios sugieren que la libertad económica está correlacionada con mejor bienestar, educación e independencia financiera para las mujeres (Fike, 2018) y mayor inclusividad de las personas LGBTQ (Badgett, Waaldijk & van der Meulen, 2019)[5]. Esta relación se da independientemente de la dirección del vínculo causal que sea.

Todo lo mencionado hasta el momento se relaciona con una última cuestión: la heteronormatividad. Efectivamente y como bien apunta Adrienne Rich (1980), durante mucho tiempo se ha supuesto que todas las mujeres eran heterosexuales por naturaleza y que el lesbianismo era un fenómeno “menos natural”, una “mera preferencia sexual”, una desviación o incluso una enfermedad. Para la autora, las mujeres no tienen otra opción más que la “heterosexualidad obligatoria”.

La heterosexualidad, según Adrienne (1980), es una “institución política” que permea todas las relaciones sociales y se ve reforzada por las atribuciones de poder de los hombres sobre las mujeres. Que la universalidad de la heterosexualidad pueda sostenerse es consecuencia, en parte, de que “la existencia lesbiana ha sido borrada de la historia o catalogada como enfermedad, y en parte porque ha sido tratada como excepcional y no como intrínseca” (Rich, 1980: 35).

Efectivamente la evidencia apunta que la orientación sexual no es el producto de una elección caprichosa ni de una enfermedad mental, sino que tiene una base biológica importante (LeVay, 1993, 2016; Bailey et. al., 2016; Bailey, 2018). No obstante, también es cierto que el número de homosexuales es prácticamente constante en todas las sociedades (inferior al 5%) y lo único que cambia cuando aumenta su permisibilidad es la expresión (Bailey et. al., 2016). Nos guste o no, la heterosexualidad es la orientación sexual más común y hasta el surgimiento de las técnicas de reproducción asistida, la única que aseguraba la reproducción de nuestra especie. Es hasta cierto punto lógico que se considerase la norma.

Ahora bien, esta mayor extensión no justifica que la homosexualidad no fuese aceptada y se marginalizase. Pero también es verdad que la normativización de la heterosexualidad no ha impedido la aceptación progresiva del resto de orientaciones sexuales. Prueba de ello es que reivindicaciones como el matrimonio igualitario o la adopción por parejas del mismo sexo se han hecho realidad en la mayoría de países desarrollados en los últimos 15 años (29 hasta el momento).

Entonces, ¿todo es biológico o cultural?

Defender que las diferencias entre hombres y mujeres no son principalmente producto de la socialización y de los roles que se les imponen, sino que se basan en gran medida en factores psicobiológicos, suele asociarse a posiciones deterministas que consideran que lo natural es bueno o correcto y que es imposible de modificar. Pero que algo tenga una base biológica ni lo hace correcto ni inalterable. Además, esta dicotomía entre “lo natural” o lo que tiene un origen “en la naturaleza” y lo “socialmente construido” omite una tercera alternativa: que algunas categorías son productos de una mente compleja diseñada para encajar con lo que está en la naturaleza” (Pinker, 1997: 57). Si bien no hay que negar que la socialización tiene algún poder, esta es “una variable dependiente que recibe sus límites y su dirección de una variable independiente, que es la diferencia fisiológica entre hombres y mujeres. Las expectativas sociales y la socialización se ajustan a las diferencias entre hombres y mujeres que la población observa.” (Malo, 2018)

Por todo ello podemos concluir que los roles de género diferenciados no son el producto caprichoso de una sociedad patriarcal que quiere sojuzgar a las mujeres, sino la institucionalización, a veces exagerada, de unas diferencias reales. Que hombres y mujeres no son solo diferentes anatómicamente, sino que por regla general también tienen deseos, aptitudes y capacidades distintas. Y que esto no tiene porqué ser necesariamente malo.

Ahora bien, cuando estos roles se exageran, se estereotipan y se intentan imponer a quienes se alejan de los mismos, devienen problemáticos. Y la situación que sufren las personas con identidades de género y orientaciones sexuales disidentes se enmarcan en esta problemática. Sin embargo, no es una cuestión relacionada con el modo de producción típico de las sociedades capitalistas, sino que tiene que ver con la forma en la que los individuos asumen las diferencias y la pluralidad de modos de vida. Generalmente, los patrones normativos (aquello que es más común) generan una serie de tendencias y unos estereotipos que se exageran y arrojan a todo el que se sale de la norma. Y solo a través de la defensa de valores como el pluralismo y la tolerancia mutua es cómo podemos abordarlo.

Pedirle a la gente que ignore la existencia de diferencias basadas en el sexo con base biológica solo puede generar que las diferencias producidas sean más difíciles de entender y abordar. Las políticas públicas que se plantean el objetivo de revertir situaciones de desigualdad de género tienen que ser conscientes de estos límites y estar basadas en evidencia empírica. Y deben entender que puede que la igualdad formal no termine de traducirse nunca en igualdad real.

Referencias

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[1] Esta cuestión forma parte de la crítica concreta que Butler realiza a Nancy Fraser (Butler & Fraser, 2000).

[2] Definiendo el patriarcado como el sistema en el que “los hombres alcanzan los puestos superiores en todas las jerarquías de liderazgo y en todas las demás jerarquías de las que no están excluidos” (Goldberg, s.f.).

[3] Sus resultados destacan el papel fundamental de la disponibilidad de recursos materiales y sociales, así como el acceso equitativo a estos recursos con independencia del género, como forma de facilitar la formación y expresión independientes de preferencias específicas de género.

[4] Esto puede deberse a una gran variedad de motivos y puede dar pie a diversas lecturas. Por un lado, que las mujeres cuando tienen mayor libertad de elección, cuentan con más recursos y mayores opciones, se decantan por sus preferencias personales, y que, en aquellos países en los que su situación es peor, lo hacen por aquello que les reporta mayores ingresos (Easting & Prakash, 2013).

[5] Este estudio nos habla de los países con mayor PIB per cápita que, a su vez, corresponde con los países en los que mayores cotas de libertad económica existen.