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Etiqueta: Fiscalidad

Algunas distorsiones del impuesto sobre sociedades

A la hora de analizar los efectos económicos de impuestos como el de sociedades, no solo es conveniente acudir al tipo impositivo nominal o el efectivo. También resulta oportuno conocer cómo se determina y administra este tipo de impuesto, especialmente en lo que se refiere a los mecanismos de deducciones y créditos fiscales, para averiguar cómo distorsiona la actividad empresarial mucho antes de hallar la cuota tributaria y transferirla al gobierno. Entre las distorsiones, nos encontramos, por ejemplo, que el impuesto sobre sociedades provoca un mayor endeudamiento de las empresas –agrandando las expansiones crediticias- y una sobrevaloración fiscal de sus beneficios con la consiguiente sobreimposición de los mismos y la descapitalización de los balances.

Tal como tradicionalmente están configurados, este tipo de impuestos tienen un claro efecto sobre la estructura financiera de las empresas. Al permitir la deducción de los gastos financieros pero no la deducción de los dividendos, favorecen el endeudamiento en detrimento de los fondos propios –sin contar con que los beneficios tributan doblemente, primero en sede de la empresa y luego en el Impuesto sobre la Renta de quienes los reciben en forma de dividendo-. Esta discriminación, además, favorece y amplifica el recurso al apalancamiento en una expansión crediticia que, si no es respaldada por ahorro real, termina desembocando en crisis.

Por otra parte y relacionado con lo anterior, existen otro tipo de consideraciones que distorsionan nuevamente la estructura financiera de las empresas. Así, dado que contablemente no se tiene en cuenta el coste de oportunidad del capital empleado en la empresa que proviene de los accionistas o propietarios, el propio impuesto tampoco lo considera como menor beneficio. Ello provoca sobrevalorar los beneficios fiscalmente y una mayor deuda tributaria. Como consecuencia, se desalienta la reinversión de los beneficios y el emprendimiento de nuevos proyectos empresariales.

Las amortizaciones son otro ejemplo de cómo este impuesto distorsiona la economía, no solo extrayendo de la empresa una parte de su renta sino modificando la toma de decisiones del empresario. Una de las funciones económicas de la amortización es incorporar al coste de un producto la depreciación del valor de un bien de capital. ¿Qué ocurre cuando las leyes fiscales fijan una amortización deducible de un activo inferior a la que considera el empresario? Que el impuesto considera que ese determinado proyecto empresarial, con su específica combinación de activos, es fiscalmente menos costoso. Esta sobrevaloración fiscal de los beneficios hace que la carga tributaria sea superior, descapitalizando más fuertemente a las empresas más intensivas en bienes de capital -cuya depreciación estimada por el empresario es superior a como lo dictan las leyes fiscales-.

Otra de las funciones de las amortizaciones es la de asegurar una fuente de financiación para la empresa con la que invertir en nuevos activos, o procurarse la reintegración, recuperación o devolución del capital invertido en la adquisición de ese activo. En una economía con una inflación crónica, permanente, esta función se desvirtúa y pierde su efectividad. La razón estriba en que la amortización fiscal se calcula teniendo en cuenta el coste del bien cuyo precio, cuando se reponga, será superior a causa de la inflación. Si no se permite la deducción fiscal, vía amortización, de ese mayor fondo necesario para sufragar los mayores precios de los activos, se está considerando, de nuevo, un beneficio fiscal superior al económico. Como consecuencia, el impuesto llamado inflación y el de sociedades actúan conjuntamente sobrevalorando el beneficio, es decir, imponiendo una mayor carga fiscal a la empresa, descapitalizándola o empeorando su liquidez.

Evadir impuestos es un acto en legítima defensa

El Gobierno del Partido Popular acaba de aprobar el plan de lucha contra el fraude fiscal más liberticida y sancionador de la historia de la democracia con el mero objetivo de aumentar la recaudación para reducir el déficit público. Entre otras medidas, prohíbe los pagos en efectivo superiores a 2.500 euros; obliga a informar a Hacienda de todas las cuentas y valores situados en el extranjero; endurece de forma sustancial el régimen antifraude en materia de sociedades; y eleva hasta extremos insospechados las sanciones y multas a aplicar.

Lo más aberrante del citado plan radica, sin duda, en la imprescriptibilidad de las rentas no declaradas en el extranjero, de modo que Hacienda se arroga la potestad de perseguir de por vida a los defraudadores -algo inédito y claramente inconstitucional-. El incumplimiento de esta obligación conllevará, además, un régimen sancionador propio a razón de 5.000 euros por cada dato o conjunto de datos omitidos, con un mínimo de 10.000 euros. Igual de sangrante son las medidas encaminadas a facilitar el embargo preventivo de rentas y bienes, evitar el retraso en los pagos, la extensión de la responsabilidad subsidiaria contra los administradores de empresas o el aumento de las sanciones por "resistencia, obstrucción, excusa o negativa a las actuaciones inspectoras".

Las multas estipuladas oscilarán entre los 1.000 y los 100.000 euros cuando el sujeto no desarrolle actividades económicas (particulares) y de 3.000 a 600.000 euros en caso de profesionales y empresas.

El ministro Montoro acaba de declarar en España un Estado policial en materia tributaria, ya que el contribuyente es tratado como un delincuente a priori -mientras no se demuestre lo contrario- y es calificado como un criminal de la peor calaña, hasta el punto de establecer la imprescriptibilidad del delito fiscal cometido en el exterior, lo cual no se aplica ni a lo peores asesinos y violadores. El Plan Antifraude del PP es muy similar al propuesto por los comunistas de Izquierda Unida. El Gobierno de Rajoy demuestra así, una vez más, su espíritu netamente socialista al adelantar de nuevo por la izquierda al mismísimo PSOE.

El intervencionismo popular ignora por completo el trasfondo de la problemática. Esta persecución cuasi totalitaria del fraude fiscal no sólo no logrará los objetivos pretendidos, reducir el déficit, sino que acentuará aún más si cabe la denominada economía sumergida. Y es que, la existencia de un elevado volumen de dinero negro en España no radica, precisamente, en la ausencia de un exigente y duro régimen sancionador sino en la aplicación de una de las cargas fiscales más altas y farragosas del mundo desarrollado.

La presión fiscal que sufren los trabajadores superaba ya en 2009 la media de los países ricos. Según el informe Taxing Wages de la OCDE, tan sólo IRPF y Seguridad Social restan a los españoles el 38,2% de su renta anual, una cuantía que sumada al pago de IVA e Impuestos Especiales asciende, ni más ni menos, que al 47%. Es decir, el Estado se queda casi con la mitad del sueldo de los empleados. Este latrocinio institucional, lejos de reducirse, ha aumentado de forma sustancial desde entonces gracias al aumento de impuestos aprobado por PSOE y PP durante la crisis: IRPF, Impuesto de Sociedades, IBI, IVA, Impuestos Especiales, Impuesto de Patrimonio, tributación sobre el ahorro, tasas y tributos a nivel municipal y autonómico… Como resultado, España es hoy uno de los países con mayor carga tributaria del mundo desarrollado pese a contar con una renta per cápita de nivel medio, de forma que el esfuerzo fiscal a realizar es, simplemente, mayúsculo. No en vano, no es lo mismo que el Estado robe el 50% a una renta de 50.000 euros al año -dejando libre 25.000- que a una de 30.000 -permitiendo que el contribuyente disfrute apenas de los 15.000 restantes-.

La situación no es muy diferente para las empresas. Según un estudio de PwC y el Banco Mundial, las compañías nacionales pagan casi el 39% de impuestos sobre sus ingresos netos, lo cual condena a España al puesto 90 del ranking mundial en tributación corporativa. Además, las empresas tienen que hacer frente a una media de ocho pagos tributarios diferentes al año frente a los tres que soporta, por ejemplo, un empresario en Hong Kong, o los cuatro de Georgia o Suecia. Así, no es de extrañar que tengan que dedicar unas 187 horas de trabajo para cumplir con los trámites fiscales que exige el Fisco frente a las escasas 59 horas que invierten los empresarios de Luxemburgo, las 63 de Suiza o las 76 de Irlanda.

Visto lo visto, es del todo lógico que muchos contribuyentes españoles opten por evadir impuestos refugiándose en la tan denostada economía sumergida, ya que el beneficio de defraudar a Hacienda supera en mucho el coste que acarrea cumplir escrupulosamente con el pago de impuestos y el riesgo de sufrir una sanción como resultado de una inspección. El Gobierno trata de combatir ahora este fenómeno elevando los controles y multas a aplicar, lo cual tan sólo agravará el problema. No en vano, encarecer impositivamente el tabaco deriva en un incremento del contrabando, mientras que prohibir directamente la prostitución y la venta de droga o alcohol (Ley Seca en EEUU) acarrea la creación de un mercado ilegal dominado por las mafias, la violencia y un servicio de ínfima calidad. Basta observar el sustancial mercado negro existente en las economías muy intervencionistas o planificadas (Cuba o la antigua Unión Soviética) para percatarse de la inutilidad y contraproducentes efectos de este tipo de medidas. De hecho, tampoco hay que irse muy lejos: millones de familias sobreviven gracias a la economía sumergida que opera en España; combatir este nicho mediante más controles y sanciones sólo condenará a vivir en la indigencia a miles de personas.

La solución es justo la contraria: reducir de forma sustancial la fiscalidad y los trámites para que el pago de impuestos resulte menos costoso que el incumplimiento de la legalidad, y no al revés como sucede hoy día. Los refugios fiscales son, en este sentido, el ejemplo a imitar (ver sus características aquí, aquí y aquí). El fraude es algo inexistente en estos países y, además, su baja tributación permite atraer capital y, como resultado, disfrutar de uno de los niveles de vida y desarrollo más altos del mundo.

Evadir impuestos en economías con un elevado volumen de expropiación tributaria, como es el caso indudable de España, no sólo es algo razonable económicamente hablando sino también legítimo desde el punto de vista moral. Constituye, ni más ni menos, que un acto en defensa propia contra la brutal agresión que ejerce el Estado al apropiarse de forma injustificada con un porción muy sustancial de la riqueza que generan los individuos y las empresas. Al igual que sucede en los países comunistas, en donde eludir la legalidad es una cuestión de supervivencia, la evasión de impuestos injustos es una reacción natural al vil latrocinio que aplica el Estado español.

Artículo 20 del Código Penal: 

Están exentos de responsabilidad criminal: 

[…] 

4. El que obre en defensa de la persona o derechos propios o ajenos, siempre que concurran los requisitos siguientes:

1. Agresión ilegítima. En caso de defensa de los bienes se reputará agresión ilegítima el ataque a los mismos que constituya delito o falta y los ponga en grave peligro de deterioro o pérdida inminentes […]

2. Necesidad racional del medio empleado para impedirla o repelerla.

3. Falta de provocación suficiente por parte del defensor.

Rajoy, atrapado en sí mismo

El pasado 20 de noviembre los españoles huyeron de la nefasta gestión que de la crisis hizo Zapatero echándose en brazos de Rajoy. Las esperanzas de cambio que los españoles depositaron en este han sido mal leídas por el líder conservador y, en lugar de acometer un plan de ajuste realmente serio y profundo, ha consentido en salvaguardar los privilegios de determinados intereses y en conservar intactos algunos de los peores presupuestos ideológicos de la España de la transición.

Tanto es así que la situación de España apenas se ha modificado respecto de la que se había heredado. Aún es posible decir más: dado que las reformas no se acometen en serio y que el paso del tiempo supone aumento del deterioro, las perspectivas son, incluso, peores.

La necesaria reforma del mercado laboral, digna de llamarse así a diferencia de lo que había sido decidido por Zapatero, llega, ciertamente, pero sin los cambios complementarios en otras áreas. Parece que el pecado político de ver causas únicas en fenómenos complejos sigue sin curarse. La flexibilidad de las relaciones entre empresarios y trabajadores es una condición necesaria, sin duda, pero insuficiente.

La ideología profunda y hegemónica en España, heredada del franquismo más social, sigue dominando las mentes de la mayoría de los españoles. La función empresarial es denostada con una frecuencia e impunidad lamentables. Y léase que no digo "los empresarios", sino la función que han de llevar a cabo en un entorno de libertad y asepsia gubernamental. La única tarea empresarial que se elogia y fomenta desde hace muchas décadas es la del cazarrentas, sea banquero, sea industrial, sea "creador cultural"; y puestos a cazar rentas, sin duda, los sindicatos, superan a esos otros empresarios.

Con todo ese entorno de grupos de presión, Rajoy nada ha hecho. No ha querido entrar a recortar las finanzas autonómicas pudiendo hacerlo. Preso de los grupos de presión que existen en las autonomías, y cuyos defensores son tanto socialistas como "populares", no ha querido entrar en cómo están gastando las autonomías el dinero de todos. Las estructuras regionales tienen un coste altísimo, de tal guisa que puede decirse que el todo es menos que la suma de las partes. Los dispendios autonómicos hacen de servicios públicos como la educación y la sanidad un conjunto hipertrofiado.

Pero Rajoy no quiere saber nada respecto a tocar el sistema de competencias y financiación de las autonomías. Alternativas tiene muchas. Todas ellas habrían de pasar por la ineludible necesidad de liberalizar la prestación de servicios públicos. Y desde el punto de vista de la administración estatal le caben dos opciones, aunque no optará, claro está, por ninguna. Podría impulsar un proceso de federalización de España incorporando la autonomía fiscal y la responsabilidad financiera de cada territorio, buena solución que pone a las jerarquías regionales ante sus propias responsabilidades. La otra que se plantea, incluso dentro de su propio partido, es la recentralización de la educación y la sanidad en la esperanza de que, de este modo, se gestionarán mejor los recursos.

Lo peor es que nada hace. Algunos recortes, escasos en volumen y sangrantes en cuanto que son agravios comparativos en detrimento de quienes los sufren, pero insuficientes para reordenar el papel del estado. Una izquierdista subida de impuestos que, en caso de que sirvieran (lo cual es más que dudoso) para equilibrar las cuentas estatales, desajustarán (eso lo es mucho menos) las privadas. Lo concluyente es que así no se podrá crecer y eso no habrá cuentas ni públicas ni particulares que lo soporten.

El Estado de carne y hueso

Hay mucha gente enfadada por la amnistía fiscal anunciada por Cristóbal Montoro. Afirman que es una vergüenza que el gobierno del PP perdone a los defraudadores fiscales en vez de perseguirlos y sacarles el dinero que deben a la sociedad.

Es la típica reacción del que no quiere que la realidad estropee sus creencias. Y es que es un dogma bastante aceptado que el Estado es un ente omnipotente; cualquier fallo en sus acciones se debe a alguna corrupción política que le impide desarrollar todo su potencial.

Ante esta reacción no queda otra que armarse de paciencia y volver a explicar lo obvio: es posible que entre los defraudadores haya amigos de políticos que podrán salvarse de la ira de Hacienda gracias a la amnistía de marras. Pero lo que está claro es que el grueso del dinero que se quiere blanquear ya ha escapado a las garras confiscatorias del Estado y, por tanto, la única forma que tiene el gobierno de poder echar mano a algo de ese dinero (y sobre todo, que éste vuelva a circular por su territorio) es dejando que vuelva al país por medio de este tipo de medidas.

Por supuesto esta explicación no convence al creyente y es replicada con una negación típica: si han escapado de las garras de Hacienda, que se les persiga o al menos se endurezca la vigilancia fiscal.

Desde el punto de vista del trabajador asalariado es, en cierta medida, normal pensar así. Hay que entender que a ellos su empresa les retiene el impuesto de la renta y seguridad social, el banco el porcentaje correspondiente de cualquier dividiendo o interés generado por sus activos, y las tiendas el IVA que pagan por sus productos. Si uno sólo tiene esa referencia es difícil de entender que más de 20.000 millones puedan salir del país sin pagar impuestos.

Por eso es importante explicar que el Estado no es Dios. Es simplemente una organización más, con sus propios intereses y, pese a su gran poder, sus limitaciones. Si uno es un trabajador del montón no puede hacer mucho por escapar de sus redes, salvo hacer algunas transacciones de poca monta, que generarían tan pocos ingresos al Estado que ni siquiera se molesta en controlarlas (por el momento). En cambio, una vez que has crecido lo suficiente es más fácil esquivar la acción del Estado, ya que puedes prescindir del intermediario molesto que le chive al Gran Hermano lo que ganas o dejas de ganar. Por no hablar de la contratación de los servicios de personas que saben tanto o más que los inspectores de Hacienda sobre la enrevesada fiscalidad. Y como último recurso siempre queda el voto con los pies, mucho más fácil de ejercer cuando hay un capital que te acompaña.

Por supuesto siempre queda la opción de que el Estado aumente la vigilancia sobre las figuras con más capacidad de defraudar a un nivel similar al que somete a los asalariados. Al fin y al cabo no existe más límite a su acción del que la mayoría social le imponga. Y en este caso, por desgracia, el consenso social es bastante amplio. 

Pero que el Estado pueda hacer algo no significa que le convenga hacerlo. Controlar férreamente ciertas transacciones, además de costoso, tiene como consecuencia perjudicar la economía. Y ese perjuicio, traducido a pérdida de empleo (IRPF, SS) e IVA, no es compensado por la recaudación conseguida por el otro lado.

A mucha gente esto le parece injusto. Supongo que lo mismo piensa una cebra al ver al búfalo defenderse de un león con sus cuernos y salir con vida de un ataque. Provocando que el león decida dedicarse a cazar cebras y dejarse de líos. Pero el problema no son los cuernos del búfalo, sino las mandíbulas y garras del león.

Y es que el Estado no debería cobrar impuestos sobre las ganancias. Lo que una persona, o sociedad, gana no es asunto del gobierno. Empeñarse en monitorizar nuestras transacciones para poder confiscar parte de ellas solo conduce a una clase media asfixiada por impuestos; y si se amplía la represión a las clases más altas, a la ruina completa de la economía.

Otro ajuste sigue siendo posible

Pero que sean "los más austeros" hasta el momento no significa que sean especialmente austeros; a la postre, ya sabemos que el tuerto es el rey del país de los ciegos.

Hace unos meses publiqué una relación de 32.000 millones en desembolsos de la Administración Central del Estado que podían y debían ser recortados para cumplir con nuestros objetivos de déficit sin necesidad de incrementar impuesto alguno que lastrara nuestra actividad económica. Mi propuesta era relativamente conservadora, en la medida en que evitaba afectar aquellas partidas que constituyen lo que generalmente se consideran las funciones centrales del Estado (defensa, seguridad y justicia), así como el mal llamado Estado de Bienestar (sanidad, educación y prestaciones de desempleo) y el salario de los empleados públicos.

Como ya manifestaba entonces, mi opinión personal era que también había que meter la tijera a muchas de esas partidas, pero mi propósito era menos ambicioso: demostrar que otro ajuste era posible tan sólo eliminando gastos superfluos, subvenciones e inversiones públicas que realiza o puede realizar sin problema alguno el sector privado.

Si comparamos los presupuestos de 2012 con los de 2011 comprobaremos que la mayoría de los recortes que ha aprobado Rajoy proceden de las partidas que nosotros propusimos. Ahora bien, en lugar de eliminar la totalidad de esas partidas inservibles o contraproducentes, se ha limitado a aplicarles una tijera de alrededor del 20%, con lo cual (y añadiendo otros recortes que no propusimos) Rajoy y su Gobierno dicen que han sido capaces de minorar el gasto público en 12.900 millones de euros.

Bien, procedamos ahora a repetir el ejercicio que ya realizamos con los presupuestos de 2011 pero con las nuevas y super-austeras cuentas generales del Reino presentadas por Cristóbal Montoro en el Congreso. Como puede observarse al final del artículo, no sería demasiado complicado minorar el gasto estatal en otros 27.000 millones de euros, adicionales a los ya recortados por el PP. O dicho de otro modo, la Administración Central del Estado bien podría haber reducido el déficit público español en 40.000 millones exclusivamente por el lado de los gastos: podría haberse promovido un ajuste un 50% superior al de Rajoy y sin subir impuestos.

Si a estos 40.000 millones de euros les añadiéramos otro ajuste similar del gasto en la administración autonómica y local, es fácil comprobar que habríamos alcanzado de forma muy holgada no ya el 5,3% de déficit sino el 4,4% pactado originalmente con Bruselas (y de hecho, no sería nada complicado bajar del 3% y volver a cumplir este mismo año el Pacto de Estabilidad y Crecimiento). No hablemos ya de que, como sería necesario, procedamos a redimensionar el Estado de Bienestar y el personal de las administraciones públicas (más allá del implicado en el ajuste anterior), en cuyo caso podríamos lograr el equilibrio presupuestario este mismo año sin rapiñar ni un euro adicional a los ciudadanos.

El problema, como hemos dicho muchas veces, es que no existe ni valentía ni convicción para acometer esta amplia reforma del sector público: ante la disyuntiva entre recortar el tamaño del Estado o recortar el bolsillo de los ciudadanos, el PP ha optado claramente por maximizar lo segundo para minimizar lo primero.

En cualquier caso, les dejo con la relación de recortes. Como ya indicamos en el anterior artículo, no hace falta suscribir la totalidad de los mismos para darse cuenta de que en España hay muchísimo gasto público que minorar: verbigracia, sólo aprobando la mitad de los recortes subsiguientes, nos habríamos ahorrado la subida del IRPF y de Sociedades (cuyos efectos recaudatorios esperados se cifran en unos 11.500 millones).

Ministerios de Asuntos Exteriores y de Cooperación: 1.102 millones

Cooperación para el desarrollo: 678 millones
Cooperación, promoción, y difusión cultural en el exterior: 104 millones
Transferencias a la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo: 240 millones
Transferencias al Instituto Cervantes: 80 millones

Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas: 616 millones

Incentivos regionales a la localización: 128 millones
Investigación y desarrollo de la sociedad de la información: 14 millones
Regulación y vigilancia de la competencia en el mercado de tabacos: 9 millones
Regulación del juego: 6 millones
Servicios de transporte de ministerios: 42 millones
Transferencias a sociedades y entes públicos (como RTVE): 417 millones

Ministerio del Interior: 110 millones

Financiación de partidos políticos: 110 millones

Ministerio de Fomento: 4.490 millones

Promoción, administración y ayudas a la rehabilitación de vivienda: 781 millones
Subvenciones y apoyo al transporte terrestre: 998 millones
Subvenciones y apoyo al transporte marítimo: 57 millones
Subvenciones y apoyo al transporte aéreo: 228 millones
Subvenciones al transporte extrapeninsular de mercancías: 20 millones
Aportaciones patrimoniales a ADIF: 287 millones
Préstamos participativos a sociedades concesionarias de autopistas: 250 millones
Inversiones en nuevas carreteras: 1.000 millones
Inversiones nuevas en transporte ferroviario: 869 millones

Ministerio de Educación, Cultura y Deporte: 524 millones

Cooperación, promoción y difusión cultural en el exterior: 28 millones
Nuevas tecnologías aplicadas a la información: 50 millones
Promoción y cooperación cultural: 24 millones
Promoción del libro y publicaciones culturales: 11 millones
Fomento de industrias culturales: 29 millones
Música y danza: 89 millones
Teatro: 45 millones
Cinematografía: 71 millones
Fomento y apoyo de las actividades deportivas: 177 millones

Ministerio de Empleo y Seguridad Social: 6.394 millones

Fomento de la inserción y de la estabilidad laboral: 5.759 millones
Desarrollo de la economía social y de la responsabilidad social de las empresas: 5 millones
Subsidio de desempleo para eventuales del Régimen Especial Agrario: 615 millones
Subvenciones a sindicatos y patronal: 15 millones

Ministerio de Industria, Energía y Turismo: 3.731 millones

Desarrollo industrial: 423 millones
Reconversión y reindustrialización: 575 millones
Desarrollo alternativo de las comarcas mineras del carbón: 41 millones
Explotación minera: 523 millones
Coordinación y promoción del turismo: 438 millones
Ayuda a la pequeña y mediana empresa: 140 millones
Infraestructuras a las comarcas mineras del carbón: 101 millones
Investigación y desarrollo técnico-industrial: 274 millones
Investigación y desarrollo de la Sociedad de la Información: 116 millones
Innovación tecnológica de las telecomunicaciones: 671 millones
Ordenación y promoción de las telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información: 70 millones
Transferencia al Instituto para la Reestructuración de la Minería del Carbón y Desarrollo Alternativo de las Comarcas Mineras: 359 millones

Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente: 1.663 millones

Competitividad y calidad de la producción y los mercados agrarios: 63 millones
Competitividad industria agroalimentaria y calidad alimentaria: 31 millones
Desarrollo del medio rural: 1.521 millones
Programa de Desarrollo Rural Sostenible: 28 millones
Protección de los recursos pesqueros y desarrollo sostenible: 20 millones

Ministerio de Economía y Competitividad: 5.835 millones

Cooperación para el desarrollo: 2 millones
Promoción comercial e internacionalización de las empresas: 490 millones
Investigación científica: 661 millones
Fomento y coordinación de la investigación científica y técnica: 1.392 millones
Investigación y desarrollo técnico-industrial: 1.789 millones
Investigación y experimentación agraria: 75 millones
Investigación oceanográfica y pesquera: 58 millones
Investigación geológico-minera y medioambiental: 26 millones
Investigación energética, medioambiental y tecnológica: 84 millones
Defensa de la competencia: 12 millones
Aportación patrimonial al ICO: 520 millones
Transferencias a organismos autónomos y agencias estatales dependientes de la Secretaría de Estado de Innovación (IGME, CIEMAT, IEO, IAC, CSIC…): 756 millones

Miscelánea: 2.240 millones

Imprevistos y funciones no clasificadas: 1.990 millones
Subvenciones y apoyo al transporte terrestre: 250 millones

¿Votar a los 16?

Son varios los partidos políticos que prometen en sus propuestas electorales adelantar el derecho a voto de los 18 a los 16 años. Esta reivindicación de la izquierda propone igualar la edad en la que el Estado permite empezar a trabajar con la elección de sus representantes políticos.

La realidad es que en los últimos años ha aumentado el número de jóvenes españoles que prolongan sus estudios hasta la etapa universitaria. No solo en cuanto a grados sino también en postgrados. En lugar de contribuir con sus impuestos, son muchos los que continúan recibiendo una enseñanza subvencionada que sale muy cara a las arcas públicas. Tampoco es de extrañar en un sistema educativo cuya baja calidad ha equiparado el nivel de formación universitaria al antiguo bachillerato siendo necesario buscar en otro tipo de cursos complementarios la formación que el mercado demanda y la Universidad no ofrece en sus licenciaturas. Otro factor que explica el incremento de la población unviersitaria en los últimos años es que profundizar o reciclar estudios puede ser una opción atractiva cuando la tasa de paro juvenil ya supera el 40 por ciento.

En este contexto argumentar que si se puede trabajar se debe poder votar es algo falaz porque la posibilidad de trabajar no implica que se esté trabajando. De hecho en ningún caso plantean la posibilidad de volver a un sufragio restringido a propietarios o contribuyentes. Las razones que subyacen a estas propuestas son ideológicas y tienen que ver con la concepción del bien moral colectivista que establece que el hombre solo alcanza su plenitud en el marco de su participación política como buen ciudadano.

Se han dado pequeños pasos en esta dirección como es el caso de centros educativos de titularidad pública en los que los alumnos participan en su gestión. Se trata de la misma trampa democrática en los que el voto de los receptores netos de renta tiene el mismo valor de aquellos a los que saquen a impuestos para recibirlas. Un principio que se podría justificar bajo el lema “ningún impuesto sin representación” queda algo pervertido por la mentalidad buenista. No se pretende volver a un sistema en el que el derecho a voto se otorgue en base al pago de impuestos sino en un intento de aumentar la base electoral de una sociedad ya infantilizada por las subvenciones repartidas por el Estado. Mientras que en las Sociedades Anónimas los accionistas tienen derecho a decidir el futuro de la empresa según su número de participaciones, en democracia el derecho a voto no se otorga en función a las contribuciones de los ciudadanos a la Hacienda Pública.

El factor que olvidan quienes hacen este tipo de proposiciones es el de la responsabilidad. El individuo diluido en el colectivo que depende de las ayudas estatales para vivir es irresponsable como un niño que depende de sus padres. Mientras que la infantilización de la sociedad aumenta se pretende que los más jóvenes actúen responsablemente. No se trata de un problema de madurez biológica -que a cada uno llega de forma individual independientemente de la edad- sino de la responsabilidad que conlleva que el voto de uno pueda condicionar la vida de los otros.

El que quiera dinero, que se lo pida a sus dueños

Ser liberal conlleva una maldición: todo aquel que quiere dinero del Estado para fines loables termina odiándote por estar en contra de que se lo concedan. En esta época donde el Estado no puede despilfarrar tanto como quisiera (hablar de austeridad cuando nos están endeudando a un ritmo de 90 mil millones por año es ridículo) el problema se agudiza ya que tenemos que tratar con defensores de todo tipo de proyectos que van a beneficiar a la humanidad y que se han quedado sin financiación. A saber, investigación de enfermedades raras, I+D, astrofísica, ayuda al tercer mundo, etc.

Los hay hasta que ven inconcebible que se pueda mantener nuestra postura. Por ejemplo, ante la posibilidad de que se cortase totalmente la financiación del Gran Telescopio de Canarias (CTC), una investigadora del mismo se preguntaba qué tipo de mentalidad se podía esconder detrás de estas decisiones.

Humildemente voy a intentar explicar a esta señora por qué algunos nos atrevemos a sostener semejante postura y podrá ver, espero, que no se esconde ningún odio hacia la humanidad en ella.

El dinero del Estado sale de los impuestos de los ciudadanos. Ese dinero no se da voluntariamente sino que se obtiene bajo coacción. Dicho más claramente, si no pagas el dinero que el Estado ha considerado que debes pagar, se te incauta por la fuerza y si te resistes a dicha incautación, vas derecho a la cárcel.

Algo que se obtiene de ese modo no se puede utilizar a la ligera en el primer proyecto que parezca bueno para la humanidad. La humanidad tiene muchos fines, tantos como personas habitan en este mundo, y no se pueden escoger los mejores por mayoría sin dejar fuera muchas cosas importantes que otros desean. Por lo tanto, todo dinero expropiado a la fuerza debería ser utilizado en servicios que la persona vaya a disfrutar y así al menos el uso de la fuerza estaría justificado en algún grado.

Un telescopio o la ayuda al tercer mundo o incluso la investigación de una determinada enfermedad no son servicios que la mayoría de nosotros vayamos a utilizar ni a sacar ningún beneficio directo de él. Por lo tanto, se está pidiendo que nos quiten por la fuerza parte de nuestros recursos para beneficiar a otras personas.

O dicho más claro: se le está quitando dinero a un padre de familia que se levanta a las 6 de la mañana todos los días para ir a un trabajo que detesta para que un grupo de científicos pueda dedicarse a lo que más le gusta. Se les está quitando recursos a los padres de una niña con una enfermedad que no está siendo investigada para investigar enfermedades que nunca van a padecer. Se le está quitando recursos a una persona que está a punto de ser parado de larga duración para hacer cursos de formación en Mozambique.

Una vez más, la diferencia entre los que están a favor de que el Estado les financie sus buenas obras y los que estamos en contra no es lo buenas o malas personas que somos, sino la convicción de que nadie puede decidir por los demás cuáles son los fines a los que deben dedicar sus recursos. En fin, es la incómoda convicción de que los fines no justifican los medios.

Y alguno preguntará: ¿entonces qué?, ¿dejamos estos estupendos proyectos sin realizar por el egoísmo de la gente? La respuesta es fácil para alguien que no odia la condición humana: pedid el dinero si de verdad creéis que el proyecto vale la pena. Las personas somos racionales en nuestra mayoría y ante una buena idea la gente suele responder bien.

En todo caso, la decisión le corresponde a cada ser humano, no a mayorías votadas cada cuatro años. Lo contrario es condenar la libertad y, sin ella, ningún otro proyecto vale la pena.

El pensamiento circular del Estado español

Hace unos días leía en un blog que el pensamiento humano funciona igual que lo hacemos los propios seres humanos cuando nos encontramos perdidos y sin mapa. Durante horas caminamos en línea recta pero sorprendentemente acabamos avanzando en círculo e invariablemente nos encontramos en el punto de partida. De la misma forma, cuando nos enfrentamos a un problema sin puntos de referencia, pensamos linealmente y no avanzamos, nos emperramos en la misma estructura de pensamiento circular una y otra vez.

¿Qué hacer? El autor del blog, Fernando Botella, aconseja “no dejes que nadie haga tu mapa por ti, desconfía de los sentidos, aunque creas que vas en línea recta puede no ser así”.

También algunas organizaciones repiten una y otra vez la misma pauta y acaban donde empezaron. Véase la política económica española. 

Repasando los escritos de los arbitristas castellanos el XVI y XVII, nos encontramos a auténticos mercantilistas echándole en cara a la Corona no invertir el Tesoro americano que llegaba a España en actividades productivas: agricultura, ganadería e, incluso, algunos avanzados como el “grupo de Toledo” con Sancho de Moncada o Jerónimo de Ceballos proponían la inversión en industria. La queja estaba más que justificada, la Corona destinaba el oro y la plata que llegaban del Nuevo Mundo a pagar deudas de guerra y a comprar bienes de lujo en Inglaterra y Flandes, de manera que no repercutían en la mejora de la situación económica en España y generó una inflación que, además, trasladamos a esos países a los que comprábamos y al resto de Europa.

Pero Sancho de Moncada y los arbitristas españoles también defendían medidas para evitar la falta de metal amonedable, evitar la preponderancia de los extranjeros en el comercio español y defendieron el proteccionismo. Justo las medidas de política económica mercantilistas que tanto daño hicieron a las naciones de la época. La pérdida de valor de la moneda causada por la abundancia de metal era lo que generaba la inflación reinante y, por tanto, la pérdida de poder adquisitivo, ya que no se invertía en una mayor actividad económica. El control estatal del comercio, la concesión de privilegios, fueron medidas que causaron severos daños a los países que pusieron en marcha estas políticas. Puede parecer que proteger las exportaciones nacionales frente a los productos extranjeros es hasta “patriota” pero la lógica económica, que no siempre es obvia, nos muestra que es el libre comercio lo que genera crecimiento económico, como argumentaron desde Hume y Adam Smith hasta los economistas más prestigiosos de nuestros días.

Aunque hay enormes diferencias entre la Corona de los siglos XVI y XVII y el Estado español actual, sí podemos hacer un esfuerzo y analizar la pauta de comportamiento de ambos. Y, efectivamente, el doble rasero se repite.

En la presente recesión nos encontramos con un Estado profundamente endeudado, que reclama liquidez endeudándose más aún, exactamente igual que la Corona de entonces mantenía el Imperio a golpe de deuda. En la España del siglo XXI vemos que muchos economistas reclaman inversión pública en el sistema productivo, que ha quedado maltrecho tras el “pinchazo” de la burbuja inmobiliaria, una inversión que supondría un privilegio para el sector o los sectores que se pretenden primar. Y a la vez, se demanda que el Estado siga regando de dinero a los bancos, a las empresas, al sistema.

Básicamente es el mismo esquema del siglo XVI-XVII: privilegios e intervención. Se ha demonizado al empresario que busca el lucro, excepto si es una gran empresa afín al poder. Se penaliza el ahorro y se prima el endeudamiento de las instituciones financieras jugando con los tipos de interés del BCE y los tipos impuestos por los bancos. Se reclama que no se recorten gastos, sin caer en la cuenta de que esos bienes y servicios podrían proveerlos de manera más eficiente de otra manera. Y se reclama, a la vez, que no se suban los impuestos, lógicamente, porque repercute en el poder adquisitivo de la población.

Somos un pueblo mercantilista, que tiene un gobierno mercantilista, sea de un partido, sea de otro partido. Tal vez sea la hora de retomar las lecturas de los economistas liberales que desmontaron las políticas mercantilistas y cuyas teorías económicas permitieron la recuperación de Europa.

No es lo que ganas, es lo que produces

Con el desmesurado aumento del IRPF realizado por el gobierno de Mariano Rajoy, se ha avivado el debate sobre este impuesto. Es muy típico escuchar un razonamiento que en un primer momento convence a bastantes personas; consiste en esgrimir que cuanto más porcentaje de tus ingresos te quite Hacienda, más contento deberías estar porque significa que aun así ganas mucho.

A saber, si a mí Hacienda me quita el 50% de 100.000 euros, significará que ingreso 50.000, y por tanto que tengo unos ingresos muy superiores a una persona a la que sólo le quiten el 20% del 20.000, y por tanto se quede 16.000 €.

Lo que se intenta con semejante lógica es equiparar el sueldo a algo que se encuentra uno por fortuna (como al que le toca la lotería) y por tanto sólo un codicioso o un amargado se enfurecería por perder un pico de su buena fortuna siempre que le quede suficiente de ésta como para superar a otros más desdichados (lo que es curioso porque precisamente los premios de la Lotería Estatal están libres de impuestos…).

Pero hete aquí que el salario no es el premio de ninguna lotería, ni un fajo de billetes que te encuentras por la calle. A las personas, con las excepciones que se quieran, se les paga por su capacidad de producir. Si una persona es capaz de producir 100 unidades de un producto al día, su empleador le pagará en relación a esa productividad, y por tanto si el Estado le quita la mitad de su sueldo, en realidad le está quitando la mitad de lo que produce o, lo que es lo mismo, le está esclavizando durante la mitad de su jornada laboral.

Lo que hace el Estado al fin y al cabo es esclavizar en mayor proporción a aquellas personas que más productivas son. En otras palabras: está penalizando la productividad.

A los que utilizan el argumento de marras no les entra en la cabeza algo tan sencillo como esto. Ellos piensan que la persona que gana un buen sueldo no se lo merece. En realidad es algo que les llueve del cielo por suerte o por enchufe y es necesario que el Estado haga de Robin Hood y robe a los "afortunados" para dárselo a los "desdichados".

El resultado es una migración en masa del personal cualificado del país, que no está dispuesto a ser esclavizado de forma brutal cuando en otros países pueden disfrutar de más libertad. Lo mismo que pasa con los empresarios (actualmente llamados emprendedores), a los que casualmente también se les recuerda su fortuna cuando se les arrebata buena parte de sus beneficios vía sociedades y rendimiento de capital, porque al parecer lo que les queda es demasiado para las mentes socialistas que plagan este país.

En definitiva, la próxima vez que alguien le sorprenda con la ocurrencia de que es bueno pagar muchos impuestos, pregúntele qué tiene de bueno estar esclavizado en mayor porcentaje que otra persona. No lo entenderá, pero al menos le borrará la risita condescendiente con la que suelen realizar dichas afirmaciones.

Que no nos engañen: el déficit público no es el problema

En los últimos tiempos, los políticos han centrado sus actuaciones en la corrección del déficit público. Imposible estar ajeno al debate, que afecta directamente a nuestros bolsillos, y en el que este Instituto acaba de entrar de lleno con un espléndido informe. Sin embargo, no creo que el debate pueda quedarse aquí, hay que llevarlo más allá, hasta el punto de plantearse si de verdad el déficit público es una magnitud tan relevante como nos quieren hacer creer para el desempeño de la economía. A ello se dedicarán las siguientes líneas.

Como es bien conocido, el déficit público es la diferencia entre los gastos y los ingresos de cada administración pública. Esto es, la cantidad que gasta el Estado por encima de aquello que ingresa. Evidentemente, este déficit ha de ser cubierto de alguna forma, típicamente mediante endeudamiento de la administración afectada, en el entendido de que en el futuro tendrá un superávit y podrá devolver el préstamo.

El dato que se nos da de déficit público suele ser en forma de porcentaje sobre el Producto Interior Bruto del territorio sobre el que la administración ejerce su poder. Esto es, cuando se dice que en España hay un déficit público del 8%, ello significa que el Estado (conjunto de administraciones en España) ha gastado más de lo que ha ingresado un 8% del total de lo que se produce en España. No quiere decir que se ha gastado un 8% más de los ingresos tenidos, no, como alguien podría pensar y como quizá aplicaríamos nosotros en nuestra economía doméstica: la base es siempre la "riqueza" generada en el país durante el periodo en cuestión.

La lógica económica que dota de importancia al indicador es la siguiente: para sobrevivir, el Estado se ha de comportar como una familia o una empresa, y ha de tender a equilibrar sus gastos con sus ingresos. Si sistemáticamente se gasta más de lo que se ingresa, la familia o empresa está llamada a desaparecer, pues, si bien es posible que le den crédito y pueda cubrir déficits puntuales, no le van a otorgar crédito indefinidamente, por lo que al final tendrá que ajustar gastos e ingresos. Por tanto, el Estado también tiene que tender al déficit cero.

A partir de aquí, ya tenemos el indicador para los políticos: que el déficit sea el mínimo posible, esto es, el que sugiera la CE o el FMI. Es curioso que no siga el paralelismo con la familia, a la que sí se le exigirá eventualmente déficit 0.

Sin embargo, ese indicador no es más que el dedo al que mira el tonto cuando el sabio apunta al cielo. El déficit público no es el problema para los individuos, por mucho que los políticos y su corte mediática de periodistas y expertos económicos nos lo quieran hacer creer. De hecho, no es más que una cortina de humo para ocultar el verdadero problema. Veamos por qué.

La primera falacia estriba en la asimilación economía doméstica-economía de Estado. Una economía doméstica o empresarial puede ajustar su déficit mediante dos formas básicas: aumento de ingresos o recorte de gastos. Ambas son compatibles con la sostenibilidad del resto de los agentes y de la economía en general. En efecto, si la familia/empresa es capaz de aumentar sus ingresos, lo hace porque alguien está dispuesto a pagar más por el trabajo o servicios que sus miembros proporcionan, lo que implica que espera sacar un beneficio superior a dichos productos. Por tanto, el crecimiento de la economía familiar es compatible con el sostenimiento de la economía general, y no se producirá en otro caso, salvo que la familia/empresa se dedique a delinquir para completar sus ingresos.

Sin embargo, esta opción no es tal para el Estado. En efecto, el Estado obtiene sus ingresos mediante coerción y no mediante libre intercambio. En los intercambios con el Estado, una de las partes no incrementa su riqueza; así, la riqueza que se apropia el Estado se consume, por lo que no es compatible el crecimiento del Estado con el sostenimiento de la economía general. No se genera más riqueza con el crecimiento del Estado; más bien al contrario, se destruye. Así pues, fiarse en el déficit público como indicador para el sostenimiento de la economía del país es un grave error, pues la corrección de ese déficit público puede suponer la destrucción de la citada economía, si se hace por la vía de aumentar los ingresos.

Podría parecer que el déficit público es, por tanto, un indicador sobre la viabilidad del Estado. Pero vuelve a ser mentira, por las razones ya explicadas. El Estado, como consumidor neto de recursos, no puede ser viable sin una economía privada que lo sostenga, por mucho que su déficit sea cero o incluso tenga superávit. Por tanto, es el tamaño del Estado, medido como se mida, la verdadera referencia que nos informa a los individuos sobre la sostenibilidad de nuestra economía, y es en donde deberían estar enfocadas nuestras miradas.

Un ejemplo puede ser ilustrativo. Imaginemos dos Estados, uno con un 10% (sobre ingresos) de déficit público y otra con superávit del 10%, ambos en un territorio que produce por valor de 1 billón de Euros. ¿Se puede determinar con esta información cuál de los dos países es sostenible?

No es posible, hay que saber el tamaño del Estado: no es lo mismo un 10% de déficit sobre 1 millón de Euros (Estado casi mínimo) que un 10% de superávit sobre 1 billón de Euros (el Estado se apropia de toda la producción). En el primer caso, el país no confronta ningún problema; mientras que en el segundo, se está consumiendo todos los recursos sin ahorro alguno.

La segunda de las falacias que querría poner de manifiesto es la creencia de que el déficit público sea una magnitud básica para la nación; en realidad, es únicamente importante para el Estado. Que el Estado colapse no implica que la economía colapse, por mucho que políticos y afines se empeñen en hacérnoslo creer. Por concretar, no es España la que necesita que cuadren las cuentas públicas; es únicamente el Estado español quien lo necesita.

Diariamente, y por desgracia, quiebran un gran número de empresas. En todas ellas, se ha producido un déficit (gastan más de lo que ingresan), por lo que son insostenibles. Quiebran, desaparecen, sus recursos se dirigen a otros usos, y la economía sigue su devenir. No colapsa la economía porque colapse uno de sus agentes.

Evidentemente, si colapsa una empresa grande, serán muchos más los afectados que si lo hace una pequeña. Más accionistas, más trabajadores, más clientes y acreedores. Todos ellos deberán asumir sus pérdidas y seguir adelante. Es evidente que los más perjudicados de esta situación no son los clientes ni los trabajadores, sino posiblemente los propietarios y los acreedores, que verán reducido su patrimonio.

Lo mismo ocurrirá si colapsa el Estado. Por supuesto, mucha más gente se vería afectada, posiblemente todos los individuos que lo soportan, habida cuenta del gran tamaño que los Estados representan en las economías actuales. Pero con ese colapso quedarían liberados cantidades ingentes de recursos que se volverían a la economía privada, la única en que, como se ha explicado, se genera riqueza.

Por ello, es muy dudoso que el colapso del Estado conllevara el colapso de la economía de la nación gobernada. Al desconcierto inicial sucedería un periodo de crecimiento espectacular en el que los recursos liberados se dirigirían, en parte a aquellas de las actividades con valor de las proporcionadas por el Estado, y en parte a nuevos usos, dirigidos por los emprendedores ávidos de ganancias, y ya sin los obstáculos regulatorios.

No hay, pues, que ecualizar el colapso del Estado con el colapso de la economía. No hay ningún análisis teórico que hagan pensar que eso ocurriera, y en cambio sí hay amplia evidencia histórica de empresas (e incluso Estados, véase el siglo XVII en nuestro país) que quiebran, sin dejar efectos apreciables en la economía tras un corto periodo de tiempo. ¿Quién se acuerda ahora de ese enorme emporio que constituía Lehmann Brothers?

En conclusión, el déficit público es una métrica que induce a confusión y a error en las actuaciones. Se ha argumentado que el Estado no es una economía doméstica o empresarial, pues no tiene capacidad para generar riqueza, dado que los intercambios en que participa son coactivos; por ello, no se puede asumir que incrementan la riqueza de los participantes, sino lo contrario. En consecuencia, no basta que el Estado se maneje como las economías domésticas para ser sostenible. En el Estado no es compatible el crecimiento con el sostenimiento, lo que sí ocurre con los otros agentes. Por tanto, no es una opción para la sostenibilidad del Estado la corrección del déficit público por la vía de mayores ingresos, solo se puede hacer recortando los gastos.

También se ha tratado de desmontar la ecuación Estado – territorio gobernado. Si bien los políticos se empeñan en referirse al déficit público como un problema de los individuos del país, en realidad es exclusivamente un problema del Estado que lo gobierna. Son los Estados los que pueden colapsar si mantienen su déficit público y, como resultado, dejan de encontrar ahorradores que les presten su dinero. Y es evidente que ese colapso no afectaría a todos, a unos más y a otros menos. Pero de eso a que se colapse la economía, en un sistema con millones de individuos y con todos los recursos que quedarían liberados tras ese colapso, hay un gran salto causal nada obvio.

Así que no se dejen engañar. Cuando el Estado les señale el déficit público como problema, mire al Estado a ver qué tamaño tiene. Y sepa que quien pretende reducir aquel a costa de incrementar éste, es quien realmente lleva a la economía al colapso y la ruina.