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Etiqueta: Fiscalidad

El botín de los 30.000 millones

Y es precisamente ese humor el mejor arma que un grupo de jóvenes españoles, hebreos o no, han encontrado para responder a través de internet al antisemitismo de Ahmadineyad y al de aquellos que, escudándose en la forma moderna y políticamente correcta de judeofobia llamada antisionismo, proclaman el boicot contra Israel y algunos de sus cantantes como Noa.

Han elaborado un video en el que subtitulan un discurso del fanático presidente de Irán para "hacerle" dirigir un mensaje al pueblo español en el que le anima a hacer boicot a las semifinales de la Copa Davis entre España e Israel. Para hacer más evidente la broma le atribuyen a Ahmadineyad frases como "¿Acaso alguna vez habéis visto un judío jugando al tenis? ¿Qué va a ser lo siguiente, pelota vasca?" o que "este partido no es más que una excusa para llenar Murcia, la perla de Al-Andalus, de espías homosexuales". Lo realmente lamentable es que, de conocer algo de España y la competición deportiva en cuestión, el integrista mandatario persa sería capaz de decir frases así.

Este vídeo forma parte de una original y bien hecha campaña que no requiere muchos recursos. Hazle boicot al boicot trata de mostrar de manera amena y didáctica la verdadera naturaleza radicalmente antisemita de aquellos que desde Occidente llaman al boicotear todo lo que tenga que ver con Israel. A la hora de combatir la judeofobia, tanto en sus variantes más antiguas pero todavía vivas como en la versión moderna antisionista, es fundamental la explicación. Sin embargo, muchos no escuchan argumentos estructurados o no leen textos de más de unas pocas líneas. Por eso iniciativas como la que ahora comentamos, que es una buena muestra de cómo se pueden transmitir a través de la red ideas, resultan especialmente interesantes.

El humor es uno de los mejores vehículos para transmitir ideas, pero también prejuicios. La contraparte es que también sirve para contrarrestarlos. Y en eso consiste el Mensaje de Ahmadineyad al pueblo español. Junto con el resto de la campaña, demuestra cómo con pocos medios, inventiva e ingenio se puede responder de modo inteligente y efectivo a una de las ideas preconcebidas que más daño ha hecho en los dos últimos milenios, el antisemitismo. Este modelo sirve para transmitir cualquier tipo de pensamiento, por lo que hay que felicitarse por el hecho de que en esta ocasión se haya utilizado para algo positivo.

Si después de ver el vídeo y visitar la web de la campaña sigue pensando que el boicot a Israel es algo justo, le recomiendo que visite Rap2Spain. Tal vez eso le aclare algo más las cosas.

Una de cal y otra de arena

A lo largo de sus respuestas al periodista, el político socialista también revela que sigue sin tener ni la menor idea de cómo hemos llegado a tener el modelo económico que tenemos ni por qué estamos sufriendo esta crisis.

Lo primero es más cierto de lo que parece a simple vista. Los políticos de izquierda se sienten muy a gusto con las subidas de impuestos. Yo casi diría que es casi consustancial a ser de izquierdas. Después de todo, les define el intento de igualar a los individuos por medio de la redistribución y qué mejor forma de hacerlo que subiendo los impuestos. Claro que si fuera necesario, lo de bajar los impuestos también podría ser de izquierdas. Entre otros motivos porque las bajadas de impuestos pueden ayudar a ganar elecciones con lo que de vez en cuando, aunque no sea lo que a un político de izquierdas le pide el cuerpo, bajar los impuestos puede resultar aceptable.

Pero es que el "también" de Chaves podría estar refiriéndose a que subir los impuestos conjuga con ser de izquierdas y también con ser de derechas. Si eso es lo que quiso decir, puede que no le falte razón. A los políticos les gusta subir los impuestos, punto. Un político decidido a bajar los impuestos para devolver poder de decisión y libertad a los ciudadanos es una rara ave en medio de un estercolero, una especie en verdadero peligro de extinción. Aunque por fortuna todavía quedan algunos.

Por otro lado, Chaves asegura que el modelo de crecimiento basado en el ladrillo "es consecuencia del sistema de mercado". En el fondo de este argumento subyace la idea de que por más que el Gobierno socialista ha tratado de trasformar el modelo desde que llegara al poder hace más de cinco años, el libre mercado ha logrado imponer sus malévolas reglas. Desde luego, lo contrario está mucho más cercano a la verdad que lo que asevera este dinosaurio de la política. El urbanismo es junto a la agricultura y al sector financiero, la parte de la economía en la que menos pinta el mercado. Desde la ley del suelo hasta los planes generales de urbanismo, el ladrillo está dirigido con un poderoso mando a distancia desde el Palacio de la Moncloa y los diferentes palacetes regionales. El estímulo financiero del modelo del ladrillo se consiguió gracias a la expansión artificial del crédito llevado a cabo a golpe de bajadas de tipos de interés que el mercado no ofrecía y que políticos con el perfil de Chaves impusieron. Para colmo, todo ese crédito político al sector del ladrillo se materializó principalmente gracias a la labor de las cajas de ahorro, unas opacas instituciones financieras que actúan al margen del mercado y son dirigidas por marionetas de los mandamases de turno en cada comunidad autónoma.

En fin, se ve que tanto tiempo manejando a su antojo las cajas de Andalucía y aprobando planes territoriales de urbanismo no le han servido a este señor para entender lo más mínimo sobre este sector. Al menos acierta en lo de los impuestos. Una de cal y otra de arena para construir el socialismo español del siglo XXI.

¿Subir impuestos? Ni razonable, ni obligado, ni solidario

Durante meses, los adalides del déficit público han estado repitiendo que no importaba descuadrar las cuentas porque, en una situación en la que no había inversión privada, la expansión del gasto público no tendría efecto expulsión.

Cuando la cuerda del déficit llega a su fin sin haber conseguido ningún resultado meritorio, los mismos que antes nos vendían el gasto público como solución, buscan ahora en la subida del Impuesto sobre las rentas patrimoniales una solución a los desperfectos de su anterior “solución”. Sin embargo, hay motivos sobrados para pensar que la nueva medida afectará a las inversiones, el empleo y las posibilidades de salir de la crisis.

Esta subida impositiva es una nueva vuelta de tuerca al ahorro, que sigue a la realizada hace apenas dos años por el Gobierno socialista. Recuerden que entonces no sólo subió el gravamen del 15% a 18%, sino que además reinstauró la injusta doble imposición a los dividendos al gravar primero el beneficio empresarial con el impuesto de sociedades y, después, el reparto del mismo ya gravado nuevamente con el Impuesto sobre la Renta.

El Gobierno parece estar convencido de que, con tal de no tocar el Impuesto de Sociedades, su subida de impuestos no afectará al tejido empresarial ni al trabajo. Se equivoca y mucho.

La reducción de la tasa esperada de retorno que conlleva la subida de Zapatero desincentivará un buen número de inversiones nacionales, al tiempo que gran parte de los inversores extranjeros huirá de nuestro infierno fiscal hacia lugares donde el tratamiento de las ganancias patrimoniales sea más templado.

El error garrafal está en pensar que la riqueza que se genera, así como la cantidad y la localización del capital que se invierte o el número de sueldos y salarios que se pagan, son algo independiente de los impuestos al ahorro y a la inversión que ponga el Gobierno.

En el contexto de falta de liquidez y menoscabo de capital que viven muchas empresas españolas, la subida del impuesto sobre las ganancias patrimoniales es una de las medidas menos razonables que quepa adoptar. Este impuesto grava la productividad, la reinversión y la acumulación de capital en el preciso instante en el que necesitamos de las tres como agua en el desierto.

Las empresas viables pero con problemas necesitan ahorro para recapitalizarse, y para que esto sea posible hace falta mimar el ahorro en vez de maltratarlo.

De lo contrario, las empresas subcapitalizadas que acudan a ampliaciones de capital sólo podrán ofrecer la siguiente alternativa: si la operación sale mal el inversor lo pierde todo mientras que si sale bien, Hacienda se queda con una buena tajada del premio. Poniendo esa espada de Damocles sobre los inversores sólo cabe esperar como resultado el alargamiento de la crisis.

Innovación

Por otro lado, esta medida miope dinamitará la ansiada creación de empleo a través de un cambio de modelo productivo. Y es que los proyectos de inversión más afectados serán aquellos más innovadores, que combinan elevadas posibilidades de pérdidas con la posibilidad de obtener beneficios extraordinarios. El crecimiento económico basado en la innovación no se consigue regando institutos científicos y universidades con dinero público.

Por mucha innovación que fomenten las subvenciones, si no hay empresarios que conviertan esos descubrimientos en productos con demanda real no habrá cambio de modelo productivo. En la Unión Soviética había mucha investigación pública, pero a nadie en su sano juicio se le ocurriría decir que lo que había detrás del telón de acero era una sociedad dinámica e innovadora.

Las grandes plusvalías son la zanahoria que orientan e incentivan cambios viables en el modelo productivo, y el Gobierno, ajeno a esta realidad, pretende agarrar las zanahorias para tapar agujeros y dejar ingenuamente el motor del cambio en manos de subvenciones a entes que, a menudo, sólo sirven para mantener sus propias estructuras burocráticas.

España necesita cientos de miles de start-ups para generar empleo en cantidad y cambiar el modelo productivo. Pero estas empresas siempre parten con capital familiar, o del círculo más cercano, constituyendo ahorro y luego arriesgando parte del patrimonio.

Las que logren el favor del consumidor podrán desarrollar el proyecto gracias a ángeles inversores, al venture capital, a los fondos capital riesgo y, eventualmente, a la colocación en bolsa. Pero, de nuevo, todo este dinero para invertir sólo será atraído por la zanahoria de las grandes plusvalías porque los riesgos de pérdida son enormes.

Generar empleo sostenible gravando las rentas del ahorro y las plusvalías es una misión imposible. Con esta política, la creación de empleo quedará fiada sólo al déficit público. Eso fue precisamente lo que intentó Roosevelt tras la Crisis del 29 y el resultado fue que, tras diez años de alocado déficit, EEUU tuvo un paro medio del 18.6%.

Por más que hayan pasado setenta años, las leyes económicas siguen siendo las mismas y el Gobierno debería abstenerse de emular al presidente que más tiempo a su país mantuvo en una Gran Depresión.

Falsa solidaridad

Una subida de impuestos nunca puede ser considerada una medida solidaria y, en este caso, posiblemente menos aún que en otros. Elevar los impuestos de las rentas del capital (a los ahorros invertidos para entendernos) no ayudará a mejorar las rentas del trabajo.

Las retribuciones de los trabajadores dependen de la cantidad de capital que se haya acumulado para ayudar al trabajo en su esfuerzo productivo y del espíritu empresarial para dar forma, organizar y dirigir todo ello. En este sentido, la subida de impuestos que planea el Gobierno sólo puede reducir la productividad y las rentas laborales. Por último, pero no por ello menos importante, las rentas del ahorro y las plusvalías fruto de las ventas de elementos patrimoniales son el complemento de muchas familias, personas mayores y personas con dificultades para llegar a fin de mes sólo con su pensión, su subsidio o, si son afortunados, su sueldo. La solidaridad no puede consistir en quitarles aún más a estos millones de ahorradores para mantener planes de expansión del gasto público que, con demasiada frecuencia, se materializan en un consumo superfluo y que, en todo caso, no sirven para gastar en lo que esas familias o esos pensionistas hubieran querido y consideran más urgentes para salir de su situación económica.

El Gobierno se ha metido solito en este entuerto. Nadie le obligó a elevar el gasto público ni a incurrir en un rampante déficit cuando la población hacía justo lo contrario apretándose el cinturón. Creyó a pies juntillas en la falacia keynesiana que confía en que el gasto de los recursos por parte de políticos y burócratas con cargo a las rentas futuras de la ciudadanía genere un mayor crecimiento que las decisiones de ahorro e inversión de los propios interesados en salir de la crisis. Pero aún no es tarde para rectificar. La subida de impuestos no es ni mucho menos obligada. El Gobierno está a tiempo de llevar a cabo una ambiciosa reducción del gasto público y liberalizar tantos mercados como sea posible. No se trata siquiera de empezar a debatir si los servicios públicos deben ser privatizados o no. Se trata de que, como todo el mundo sabe, no hay Ministerio en el que no haya despilfarro de recursos y el margen para recortar gastos es amplio. Así, el Gobierno podría devolver a los ciudadanos la voz cantante en la salida de la crisis y quitarse de encima un peso que nunca debió arrogarse.

Nos vuelven a tomar el pelo y la cartera

Hemos escalado en la demagogia del "que paguen los más ricos" a "que paguen los capitalistas" con la misma facilidad con la que escalamos la mentira desde el "bajar impuestos es de izquierdas", al "será una subida temporal y limitada" pasando por el "no tengo intención de subir impuestos".

Zapatero recurre al imaginario socialista para justificar sus disparates en todos los frentes. La contraposición de clases asalariadas con clases capitalistas no deja de ser un resorte populista que olvida que muchos trabajadores también son capitalistas sin necesidad de ser ricos. ¿O acaso todo aquel que percibe intereses, que cobra dividendos o que posee un paquete de acciones en este país aparece en la lista anual de Forbes? Más bien cabría sospechar lo contrario, ya que en 2007 16,3 millones de declarantes en el IRPF percibieron rentas del capital mobiliario; sólo quinientos mil menos, por cierto, de quienes las percibieron del trabajo.

Demagogia no menor, sin embargo, a la que denota la idea de que van a subirse los impuestos para reducir el déficit público y mantener las políticas sociales y de inversión pública. Más bien, habría que invertir los términos: van a mantenerse las falsas políticas sociales y las ruinosas inversiones públicas para que no se reduzca el déficit y haya un pretexto para subir impuestos.

Sólo así se entiende que Zapatero no haya anunciado ni un solo tijeretazo a las partidas de gasto más superfluas y, en cambio, anuncie un aumento de impuestos que no dará ni para sufragar lo que nos ha costado el propagandístico Plan E. ¿Adivinan cuál fue el año pasado la recaudación total en el IRPF procedente de las malvadas "rentas del capital"? Apenas 6.900 millones de euros. Con esta estrechísima base recaudatoria, ¿qué piensa hacer Zapatero para reducir un déficit público que rondará a finales de 2009 los 100.000 millones de euros?

Porque aún cuando duplique el gravamen de las rentas del capital, ese déficit seguirá ahí, hipotecando nuestro presente y nuestro futuro. Pero es que además, Zapatero sabe que no puede duplicar el gravamen de las rentas del capital. ¿Alguna vez se ha preguntado por qué el capital tributa al 18% y el tramo más bajo de las rentas del trabajo al 24%? Muy sencillo: los capitales son móviles y los trabajadores no demasiado. Cualquier gobierno que no sea el de Argentina o el de Zimbabue es consciente de que si aumenta significativamente la tributación de las rentas del capital, éstas volarán y con ellas la inversión, el crédito y la prosperidad dentro del país. ¿Entiende ahora por qué Zapatero quería eliminar los paraísos fiscales? En efecto, para que no fueran los refugios al infierno fiscal que quiere montar en nuestro país.

Nadie debería llevarse a engaño: si la noticia de El País se confirma, esto es, si Zapatero se ceba en las rentas del capital y no toca las del trabajo, esta reforma fiscal –y no las palabras de José Blanco– será el auténtico globo sonda de una futura revolución tributaria. Tarde o temprano Zapatero tendrá que reducir el gasto –medida que parece antropológicamente incompatible con su sectarismo– o subir los impuestos a los trabajadores. No hay más.

Lo lamentable de todo, no obstante, es que en apenas dos años Zapatero se ha terminado de cargar lo poco que seguía en pie de la economía española. Sí, habíamos sufrido la mayor burbuja inmobiliaria de Occidente; sí, nuestro sistema bancario no es el más sólido del mundo, sino que está en su mayor parte quebrado; sí, tenemos un mercado laboral más intervenido que el de Camerún; sí, padecemos una cleptocracia en todos los niveles de la administración; y sí, nuestro ritmo de ajuste ante la crisis no podía ser más lento. Pero, pese a todo, habríamos superado la crisis y probablemente en mejor forma de la que entramos.

Sin embargo, dos años después de sus primeros destellos, España es un país cada vez más empantanado en deudas e impuestos. Y todo gracias a un visionario socialista que se empeñó en forzarnos a gastar lo que no teníamos mientras se negaba a reformar cualquier aspecto de nuestro aparato productivo. Ahora es cuando comenzamos a pagar la factura de unos dispendios que no han servido para nada. Cuatro millones de parados, caída histórica del PIB y subidas de impuestos. Esos han sido los exitosos resultados del Plan E y demás tomaduras de pelo y cartera socialistas.

Impuesto sobre la recuperación

Subirán los impuestos sobre el capital. El capital, ya sabe, los ricos, los potentados, los accionistas de las empresas. Es decir, como recuerda Juan Ramón Rallo, más de 16 millones de españoles que entran dentro de la clase media española y que es a ellos a quienes se refieren los socialistas cuando hablan de "los ricos".

Porque a los ricos, a los ricos de verdad, no les gusta pagar impuestos. No es ya la incomodidad de rellenar formularios, que para eso tienen a sus gestores, es que puestos ante la disyuntiva de pagar muchos impuestos o pagar pocos, prefieren esto último. Bien, no tienen más que pedirlo y se les pone a su disposición un instrumento adecuado, el de las Sicav, con una tributación del 1 por ciento, que ya ha adelantado que no tocará. Quede claro que a mí ese 1 por ciento me sigue pareciendo excesivo, pero lo que me interesa ahora es la brutal hipocresía del Gobierno, que le quiere meter la mano en el bolsillo a la clase media con el discurso de subirle los impuestos a los ricos, mientras las personas que objetivamente responden a esa rúbrica no sienten sobresaltos al leer la prensa.

Al Gobierno se le viene encima una avalancha fiscal. El déficit público está ya en el 10 por ciento del PIB y la deuda, que rondaba el 36 por ciento cuando Zapatero ganó las elecciones en 2008, alcanzará el 80 por ciento del PIB en 2010 y rebasará el 90 por ciento en 2011. Para entonces tendremos que destinar cerca del 3 por ciento del PIB a pagar los intereses de la deuda. Lo recaudado por el impuesto sobre el capital en 2008 sólo pagaría una cuarta parte de esos intereses.

No es ya que el efecto recaudatorio de subir los impuestos sobre el capital sea irrisorio sobre el enorme problema fiscal al que se enfrenta el Estado, sino que en esta fase del ciclo, más incluso que en cualquier otra, subir la fiscalidad precisamente ahí es clavar una daga en el corazón de la recuperación económica. Zapatero, a base de hacer retruécanos sobre la política del momento, está envenenando el futuro de nuestra economía. Saludaremos desde nuestra miseria a las economías que, en todos los puntos cardinales estarán en plena recuperación.

El robo y el crimen se dispararán en 2010

El arte de gobernar generalmente consiste en despojar de la mayor cantidad posible de dinero a una clase de ciudadanos para transferirla a otra.
Voltaire (S. XVIII)

Los socialistas ya han lanzado varios globos sonda y no saben cómo decirlo. Que si contienen el sueldo de los funcionarios, que si suben impuestos a los ricos, que ahorrarán más. No tenga duda, desde el inicio de la crisis que se ve venir. Con un déficit esperado del 10% para el año que viene, una deuda que no para y con un Gobierno que gasta el doble de lo que ingresa, la subida de impuestos directos, indirectos y a todos los estratos sociales es irremediable.

Los ricos ya están preparando las maletas, los autónomos ven venir una debacle, la gente corriente (incluso en palabras del propio Gobierno) está aterrada con el aumento del desempleo que se producirá en el último trimestre de año. Mientras algunos países dan señales de repunte económico, España se sume en un profundo agujero negro. La gente va menos de vacaciones, los autónomos y las empresas cierran, aprueban EREs como nunca –Nissan ya lo hizo en julio y ahora se plantea otro–, la gente está más tensa, nerviosa y preocupada que nunca. ¿Cómo ayuda el Gobierno a la situación? Aumentando impuestos y obligando a las empresas a cerrar con absurdas leyes (ecológicas, sobre el tabaco, con trámites burocráticos…). En el peor momento, los altos burócratas sacan la pistola al ciudadano y le dicen: "la bolsa o la vida. Es por tu bien insensato". El Estado, el único ladrón que se auto-legitima en lugar de avergonzarse de sus crímenes. El botín será para regalárselo a bancos, concesionarios, empresas del Plan E, lobbies y grupos de presión sociales, como sindicatos, actores y países donde gobiernan tiranos de todo tipo.

Cuando Blanco o Salgado dicen que todos nos hemos de apretar el cinturón, se refiere sólo a los españoles de la calle. Vean como "ahorra" e "invierte" el Gobierno. Van a gastarse cuatro millones de euros en un centro temático dedicado al lobo. Más de 67 millones de euros para hacer 58 películas (que probablemente no se lleguen ni a estrenar). 100 millones de euros (entre Portugal, España y la UE) para un centro de nanotecnología que, como siempre, no va a servir de nada ya que nace de la planificación central. Trece millones de euros para un aparcamiento en el Congreso. Cinco millones de euros para lanzar una cápsula a Marte –el típico gasto propagandístico que justifica dejar cada día a miles de personas en la calle. Un museo –al que no irá nadie, por eso lo hace el Gobierno– que nos costará dos millones de euros (la DGT con el pastón que se saca con sus radares también dará un millón de euros a una obra de teatro). 500 millones de euros para programas de nutrición infantil en el extranjero. Ahora los socialistas son más solidarios con los países foráneos que con aquel que le elige y paga sus caprichos. ¿Tenemos garantías que ese dinero tendrá el fin que el Gobierno dice en lugar de acabar en manos corruptos empresarios o políticos? Este dinero iría muy bien a los 500 autónomos que cierran al día. Trabajo, sin fondos para el subsidio de desempleo, gastará más de medio millón en una sola conferencia. Sin nombrar los 15.000 euros mensuales de la "progre" Leire Pajín.

Es curioso fijarse como desde la época de Voltaire –la cita que abre el artículo– las cosas no han cambiado. El Gobierno aplica la extorsión sobre unos –la mayoría– para quedárselo en mutuo beneficio y repartir el resto del botín saqueado entre sus camaradas.

El peligro adicional de este camino, el del Gobierno saqueador y omnipotente, es que no sólo nos despoja de nuestro dinero y trabajo, sino también de nuestra libertad, voluntad y capacidad de elección. Negar la libertad, es un crimen también. Con la nueva ley del tabaco cerrarán 5.000 bares (algo similar ha ocurrido en Reino Unido ya). No sólo es economía, nos dicen qué hemos de hacer en todo. Somos niños para ellos. El rebaño. Sus esclavos. Lo que nos deja perplejos es ver cómo aquellos que se dedican al negocio más antimoral, degenerado y partidista, la política, nos dan lecciones de "civismo" y comportamiento mediante el uso de la fuerza, de la ley. También de economía aún cuando la mayoría de los alcaldes y concejales de España no tienen ni la EGB. Estamos siendo gobernados por los tontos de la clase.

Las crisis son periodos donde la guerra del hombre libre contra el Estado se recrudece. El s. XX ha sido una muestra espantosa de esta lucha. Recordemos al gran Henry D. Thoreau: "La desobediencia es la auténtica fundadora de la libertad. Los complacientes merecen ser esclavos". Recuérdela bien y reflexione sobre ella para no arrepentirse después. Ya empieza a ser demasiado tarde para una reacción.

Hacienda 2010, la odisea tributaria

El tiempo apremia. Las directrices de Bruselas son claras en esta materia. Para 2012, los países miembros de la zona euro deberán recuperar la estabilidad presupuestaria y, por lo tanto, el déficit no deberá superar el 3% del PIB, tal y como establece la UE. En caso contrario, habrá graves consecuencias.

El problema es que, en la actualidad, el Gobierno está gastando el doble de lo que ingresa. El déficit y la deuda pública aumentan a un ritmo récord, como resultado del ya famoso Plan E. Un "estímulo" a base de dinero público que ha tenido un efecto nulo sobre la economía, pero que está siendo nefasto para las cuentas públicas.

Los miles de millones invertidos en el rescate de las inmobiliarias y promotoras no impedirá el colapso que vive el sector; los 5.000 millones de euros para ayuntamientos constituyen un despilfarro sin parangón y, pese a ello, el Gobierno prepara un segundo plan de similares características para el próximo año; las ayudas públicas para la compra de vehículos, o el nuevo subsidio de Corbacho para parados sin prestación son las últimas medidas que se suman a esta suerte de despropósitos.

El Gobierno vende a la ciudadanía que estos planes servirán para ayudar a los más necesitados y paliar la recesión que vive el país. Por desgracia, no sólo no servirán de nada sino que, además, pasarán una factura difícilmente cuantificable para los contribuyentes. Economía prepara una amplia reforma fiscal en la que revisará al alza numerosos tipos impositivos: nuevos impuestos verdes, aumento de tributos indirectos y subida del IRPF a las rentas altas (más de 60.000 euros al año).

No se dejen engañar. La clase media sufragará el coste del rescate económico ideado por Zapatero. Los contribuyentes con rentas brutas anuales comprendidas entre los 10.500 y 39.000 euros son los que abastecen de recursos al Fisco. Entre ambos tramos se concentra el 65,6% de los contribuyentes y el 56,5% del total de la recaudación por IRPF, según los datos de la Agencia Tributaria correspondientes a 2007. Las rentas superiores a 60.000 euros únicamente representaron el 4,3% de las liquidaciones del IRPF, y apenas el 20% de la recaudación total.

De este modo, es evidente que la reforma fiscal afectará, sobre todo, a las rentas medias. No obstante, el contribuyente medio es mileurista y paga unos 4.000 euros al año en IRPF. Nada extraño si se tiene en cuenta que 18,3 millones de trabajadores (el 63% del total) perciben unos ingresos brutos mensuales inferiores a 1.100 euros mensuales.

De momento, Economía ya ha subido los impuestos del tabaco y la gasolina, ha eliminado la deducción por compra de vivienda habitual, ha endurecido las inspecciones fiscales a empresas y autónomos y presiona a Interior para que recaude más multas de tráfico.

A continuación, será el alcohol, el IRPF, el IVA y nuevas figuras impositivas las encargadas de incrementar por vía fiscal los deteriorados ingresos del Estado. De este modo, el ciudadano medio, además de tener que seguir pagando las facturas y las letras de la hipoteca, con la incertidumbre de quedarse en paro, tendrá que soportar un significativo incremento de la presión fiscal. Los trabajadores y empresas serán castigados por el Gobierno en 2010.

Dicha reforma tan sólo retrasará la recuperación económica. En un momento en el que familias y empresas se esfuerzan por saldar deudas y aumentar sus tasas de ahorro, el Ejecutivo ha incurrido en el mayor despilfarro de dinero público de las últimas décadas y, por lo tanto, contrarresta el positivo desapalancamiento iniciado por los agentes privados.

Y todo ello, sin tener en cuenta que el mayor volumen de gasto público aún está por llegar. Se trata del rescate bancario. Más de 90.000 millones de euros, según la estimación inicial de Economía (FROB) –que será más– para salvar a entidades financieras insolventes.

¡Fantástico! Y mientras, Alemania, tras sufrir la mayor recesión en décadas, comienza a repuntar manteniendo el déficit público en el 1,5% del PIB. Spain is different my friend.

¿Por qué no se aprieta Blanco el cinturón?

Sin embargo, no deberíamos dejar que esta degeneración política pervierta a la ciudadanía hasta convertirla en receptiva a cualquier barbaridad que se lance desde los púlpitos.

Dice Blanco, meses después de que su Gobierno jurara en todos los credos posibles que en España no se subirían impuestos, que el Ejecutivo está dispuesto a "incrementar ciertos impuestos" para garantizar la "inversión pública". Pero, como la dosis de demagogia izquierdista no puede faltar en la ecuación, sólo se subirán impuestos a las rentas más altas: "Soy partidario de ayudar a los que más lo necesitan y si para ayudar a los que más lo necesitan en momentos de dificultad los que tienen más recursos tienen que apretarse el cinturón, habrá que decirlo con claridad a la sociedad".

Desde luego se trata de un paso en la buena dirección, ya que el agente económico que, con diferencia, más fondos maneja en España y que más desequilibradas tiene sus cuentas es el Estado; y dentro de la Administración Central, uno de los ministerios que más despilfarra es, precisamente, el de José Blanco.

Si el ministro de Fomento quisiera aplicar su lógica elemental a arreglar algo el entuerto económico actual, y no a empeorarlo todavía más, concluiría, como muchos llevamos concluyendo desde hace más de dos años, que es imprescindible que el Estado reduzca de manera muy sustancial sus gastos para poder reducir también de manera enérgica los impuestos.

Pero como esto de la Economía es algo que se le atraganta al Gobierno, parece que Blanco con lo de "apretarse el cinturón" quiere decir que el PSOE cree necesario robar a los pocos que todavía generan algo de riqueza en España para que sus obesos y adiposos Ministerios sigan engordando de manera compulsiva. Se han vuelto adictos a derrochar nuestro dinero y, por lo visto, ya no les basta con los 100.000 millones de euros que se habrán pulido a finales de este ejercicio para desgracia y ruina nuestra, de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos. La voracidad de esta gente no conoce límites; tal vez ahora se vea más claro por qué Zapatero estaba obsesionado con clausurar los paraísos fiscales antes de inaugurar su particular infierno fiscal.

Ahora bien, ni siquiera sin paraísos fiscales conseguirá evitar el PSOE que los inversores nacionales y extranjeros comiencen a huir de España debido a su cada vez mayor deuda pública, su rigidez laboral, su ruinoso modelo energético, su intervencionismo político en la vida empresarial y, ahora, su presión fiscal en ciernes de explotar. Subir los impuestos a las rentas más altas no es la medida más social que pueda adoptarse en momentos de crisis, sino la más suicida.

Desde luego los keynesianos se están cubriendo de gloria: más gasto, más déficit, más crisis, más gasto y déficit de nuevo y, finalmente, más impuestos. Ejemplar manera de gestionar una economía de la que los argentinos tendrán que tomar nota: todavía hay gente que puede hacerlo peor que ellos.

¿Se podría haber hecho peor?

Nunca debería haberlo hecho a menos que quisiera suicidarse, que quisiera condenar a sus hijos y a los hijos de sus hijos a la mediocridad cuando no a la miseria.

Pero lo hizo. Es el típico drama de la fagocitación del sistema capitalista por las democracias populistas como la española: el sistema económico con mayor capacidad para generar riqueza y para elevar el bienestar de las masas es parasitado por el sistema político que de manera más sibilina genera una mayor cantidad de pobreza.

Ante cualquier dificultad económica, la parte de la sociedad más pobre siempre apoyará a los partidos políticos que prometan ayudarla a costa de los más ricos. Al fin y al cabo, su estilo de vida variará poco: el Estado puede asumir durante un tiempo el coste que suponían sus salarios. Lástima que para ello haya que matar a la gallina de los huevos de oro; una gallina que podrá dar mucha carne pero que se terminará acabando. A partir de ese momento, estancamiento, decadencia y a malvivir. Pero ¿quién relacionará entonces que la miseria de hoy es consecuencia del intervencionismo de ayer? En todo caso se culpará al ruin capitalismo, incapaz de crear riqueza si no es explotando a lo más pobres: incluso en los cementerios socialistas hay razones para pedir más cadenas.

Es un drama, sí, y un drama que gracias a Zapatero nos ha tocado vivir. La manera en la que el PSOE ha combatido la crisis difícilmente podría ser más desafortunada:

  • Acto primero, negacionismo y pasividad: La economía necesitaba que le facilitaran el reajuste y se cerraron en banda. Zapatero pretendió seguir navegando con un barco que hacía aguas por todos lados sin ni siquiera tratar de taponar los agujeros.
  • Acto segundo, aguantar el chaparrón a golpe de chequera: La rígida economía española responde con reestructuraciones bruscas y Zapatero se niega a facilitar los cambios. En su lugar, prefiere tirar de gasto y deuda para que nadie note que la existencia de la crisis y sigan viviendo como si no la hubiera. El barco se hunde y sólo nos proporciona unas bombonas de oxígeno para aguantar unos minutos más bajo el agua.
  • Acto tercero, volver a la realidad: La deuda es caprichosa. Tiene una característica en la que los gobernantes piensan poco hasta que les toca declararse en bancarrota; tarde o temprano hay que devolverla. Nadie nos presta el dinero para que no se lo repongamos (con intereses), por lo que conforme aumentan las dudas sobre nuestra solvencia, el grifo se va cerrando. La economía sigue sin reajustarse, el manantial del gasto se va secando y sólo queda subir impuestos. Bajo el agua sin oxígeno, hay que aguantar el peso de las bombonas, por lo que los náufragos españoles tratan de endosárselas los unos a los otros y de salir a la superficie pisoteándose sin miramientos.

Muchos dijimos que las medidas para combatir la crisis eran básicamente dos: liberalizar los mercados para facilitar los ajustes y reducir el peso del Estado (impuestos y gastos) para incrementar los recursos a disposición del sector privado. No nos hicieron caso o, más bien, nos hicieron caso para llevar a cabo todo lo contrario: misma rigidez y más gasto público.

No por casualidad, la economía sigue sin responder y con un estado cada vez más crítico sólo queda asestarle el último golpe: subir impuestos a los ricos para que se escapen con sus capitales del país y nos quedemos con una sociedad cada vez más proletarizada, esto es, una sociedad donde nadie dispone de ahorros para invertir y crear nueva riqueza y donde hemos de devorarnos entre nosotros.

Con cinco millones de parados nos vamos a poner a subir impuestos para comenzar a pagar parte de los millonarios despilfarros que nuestra clase política ha acometido en los últimos meses. Esa es la estampa de un país con un futuro cada día más negro y al que siguen machacando con aberrantes políticas contra el sentido común económico.

Suiza y Luxemburgo, un modelo fiscal a seguir

La competencia es sana. Este principio fundamental del libre mercado es de aplicación tanto en el ámbito privado como público. Por ello, todo intento por alcanzar una determinada armonización fiscal, ya sea a nivel de países o regiones, viola drásticamente tal enunciado. Si en algún momento los organismos supranacionales lograran imponer una presión fiscal homogénea en una determinada región, ésta, por norma, tendería a crecer con el paso del tiempo. Al menos, así nos lo muestra la experiencia de la historia. El poder tiende a aumentar inexorablemente sin barreras.

El proceso contrario consiste, precisamente, en mantener la existencia de políticas tributarias diferenciadas para que las entidades políticas compitan entre sí en la captación de recursos. Por desgracia, la actual lucha contra los refugios fiscales amenaza la vigencia de dicha competencia administrativa. Y es que, tal y como muestra un reciente estudio del Institut Constat suizo, la diversidad de modelos tributarios actúa como un contrapeso eficaz contra los impuestos elevados.

El citado estudio elabora un original índice de opresión fiscal en el que, mediante la medición de determinadas variables, indica qué países de la OCDE son los más benevolentes con los derechos de propiedad de los individuos. Suiza y Luxemburgo encabezan este particular ranking, ya que gozan de la "opresión fiscal más baja", seguidos de Austria y Canadá. Por el contrario, los estados más opresores son, por este orden, Italia, Turquía, Polonia, México, Alemania, Holanda, Bélgica, Hungría, Francia y Grecia. España se sitúa en la zona media de la tabla (puesto 17), con un índice "opresor" de 5 puntos.

El informe carga contra la lucha que las grandes potencias por eliminar los paraísos fiscales, e incide en que el objetivo último de esta guerra consiste en imponer impuestos comunes a nivel internacional. El ejemplo más claro es el de la UE. El Estado de Bienestar, implantado en la mayoría de los países desarrollados, es una bomba de relojería que, tarde o temprano, acabará estallando.

Los actuales niveles de recaudación hacen insostenible el sistema a largo plazo. El progresivo envejecimiento de la población, el aumento del gasto público y el incremento sustancial de la deuda gubernamental para combatir la crisis económica ensombrecen, aún más, la ya de por sí inviabilidad del modelo. La existencia de competencia fiscal entre países permite la evasión legal de capitales y empresas hacia países más benevolentes y tolerantes con sus ciudadanos.

Como es lógico, tales facilidades son percibidas como un gran obstáculo a la hora de subir impuestos de forma coordinada, tal y como pretende la actual elite política. La descentralización en esta materia es, pues, vital para proteger los derechos inalienables del hombre libre.