Ir al contenido principal

Etiqueta: Fiscalidad

La política del Emmental

El propio Gobierno habla del motivo de la política de erosión de las cuentas públicas a base de hacerle más agujeros que a un emmental, para repartir lo horadado a distintos grupos sociales, que se identifican con potenciales votantes. Y lo llama objetivos sociales.

La idea pasa por hacer que la gente se identifique como el grupo al que pertenece o se le hace pertenecer (jóvenes, por ejemplo), destacar de éste un aspecto concreto de sus necesidades (vivienda) y hacer las propuestas con mirilla.

¿Qué las deducciones no lograrán en realidad rebajar el alquiler sino transferir el beneficio fiscal a los propietarios? No importa, porque en la política como en cualquier aspecto de la vida lo que nos mueve no es la realidad sino nuestras ideas sobre cómo sea esta. Y si la gente no llega a dudar de la efectividad de la medida, lo verá con buenos ojos.

Uno tras otro, el Gobierno va haciendo agujeros al Presupuesto y ofreciéndoselos a los futuros padres, a los futuros clientes de Ikea, a niños de visita al dentista… Sobre ello ha ofrecido una pequeña rebaja fiscal. ¿Qué puede hacer la oposición frente a la política de Zapatero?

Rajoy ya ha adelantado sus intenciones, sin precisarlas, se hacer una verdadera rebaja fiscal frente a los "regalos" del Gobierno. Su partido, que ha adoptado un discurso integrador de todos los españoles en otros ámbitos de la política (unidad y solidaridad frente al nacionalismo), podrá engarzar el mismo mensaje en materia fiscal y de paso reconciliarse con lo que propone la mejor teoría sobre los impuestos.

Podría eliminar hasta donde quepa deducciones y beneficios fiscales, reducir el número de tramos y bajar los tipos, lo que nos haría a los españoles un poco más iguales ante la ley. De este modo no se nos consideraría miembros de un grupo, sino ciudadanos responsables. Uniría las virtudes económicas con las ciudadanas.

Stallman hipócrita (lo dice Linus)

Y segundo, y bastante más importante, en el propio Stallman, su fundación (la Free Software Foundation) y su idea de lo que es la libertad, lo que ha provocado fricciones entre él y otros gurús del movimiento, especialmente Eric S. Raymond y el creador de Linux.

De hecho, recientemente se ha formado un pequeño escándalo debido a un mensaje de Linus Torvalds en el que, según un periodista de Information Week, habría llamado "hipócritas" a Stallman y la FSF. Lo cierto es que está sacado un poco de contexto y, al contrario de lo que sucede con los deportistas cuando meten la pata, en este caso no es sólo una excusa para escurrir el bulto. Torvalds se refería a algunos de sus interlocutores en la lista de correo, especialmente un tal Alexandre Oliva; después de leer un par de mensajes suyos me entraron ganas de torturarle, de modo que no me extraña que Linus le acabara llamando de todo.

El motivo de todo esto es la publicación de la versión final de la licencia GPL3. Lo que hemos conocido hasta ahora como licencia GPL, a secas, creada por Stallman y sus cuates y que es una de las más empleadas en el mundillo, en realidad era la GPL2, pues hubo otras versiones anteriores. La importancia que tiene esta licencia, además de venir de quien viene, es que muchos proyectos licenciados bajo GPL2 venían con la coletilla de "y versiones superiores", de modo que, en la práctica, ahora que hay una nueva versión también están licenciados en ella. Pero Linux no es uno de ellos, y Torvalds ha sido bien claro especificando que lo hizo a propósito porque no quería dejar en manos de nadie que no fuera él la licencia que empleaba su sistema. GPL3 le parece peor y no quiere utilizarla. Algunos desarrolladores que colaboran con él le decían que debía cambiarla en nombre de la "libertad", y Linus les contestó que le parecía bastante hipócrita decir eso mientras querían forzarle a que no escogiera libremente la licencia que mejor le parecía.

El problema del GPL3 para Torvalds es que prohíbe lo que la FSF ha dado en llamar TiVoización, que consiste en emplear software libre para unos aparatos concretos y cumplir las reglas del GPL, que consisten en publicar los cambios que hagan al código, pero cerrando el hardware de modo que no se pueda utilizar una versión distinta a la suya en sus aparatos. A Linus eso le parece estupendo, porque lo que le interesa es el código en sí, no lo que se haga con ese código. A Stallman le parece intolerable, porque restringe la libertad de los usuarios de TiVo de hacer cambios. Sin embargo, los usuarios pueden hacer al software todos los cambios que quieran; simplemente no pueden emplear esos cambios en los aparatos de TiVo. La GPL3 lo que obliga es a dar libre acceso al hardware si sobre éste se ejecuta código con licencia GPL3.

Pero licencias aparte, lo cierto es que, precisamente por el argumento utilizado, Torvalds ha llamado hipócrita a Stallman, aunque no fuera su intención. Porque el creador del software libre ya ha declarado en más de una ocasión que se debían prohibir que las aplicaciones emplearan cualquier tipo de licencia que no fuera de software libre, y esa restricción la quiere imponer en nombre de la "libertad". Para él la libertad no es poder escoger sin coacción cómo distribuimos nuestras creaciones, sino escoger la opción que él considera correcta, porque da más opciones a los usuarios al permitirles modificar lo que otros producen. Sin embargo, los usuarios no son los creadores; no está claro por qué ha de estar su capacidad de modificar el código (libertad positiva) por encima de la decisión del programador del código (libertad negativa).

En realidad, Linus ha escrito cosas bastante más graves sobre Stallman estos últimos días. Considera que el creador del software libre cree que tiene la obligación de decirle a los demás cómo vivir sus vidas y siente la necesidad de "difundir su mensaje" del mismo modo que las personas que llaman a la puerta, estilo testigos de Jehová, para "salvarte". Stallman "literalmente te está salvando del pecado". Me parece una caracterización muy precisa del personaje.

¿Se cree al PP?

No está mal del todo, pero algo suena raro en el discurso del PP. Miremos al pasado. Aznar por ejemplo, bajó los impuestos pero en su periodo de mandato la presión fiscal subió. El héroe los "populares", Nicolas Sarkozy, ha prometido reducir algunos impuestos y ahora el Gobierno galo está estudiando qué otros impuestos puede subir para compensar. De momento probará con el IVA. ¿Hará lo mismo el PP si gana?

Cuando Zapatero anunció los 2.500 euros por niño nacido (a propósito, una medida que sólo en Andalucía costará 640.000 euros al día), al PP le faltó tiempo para gritar que él prometía más dinero aún. La semana pasada, el PP se unió con ERC para dotar a la Ley de Dependencia con 500 millones de euros adicionales. No lo pagan los políticos, sino sus ciudadanos, tengan hijos o no. No lo harán por un acto de amor, sino por la amenaza del Gobierno. Si el PP es tan proclive a regalar el dinero de otros para comprar votos, ¿de dónde sacará el dinero si pretende bajar los impuestos en términos netos? ¿Aumentando la deuda tal vez? Estamos en lo mismo, la deuda de hoy son los impuestos de mañana. La creación de déficit, y la consiguiente deuda, es una forma de financiación aún más sucia y dañina que los impuestos ya que aplaza el problema a un futuro incierto generando desajustes económicos.

Tal vez el PP nos diga que la reducción del gasto se puede realizar dotando al aparato burocrático del Gobierno con mayor eficiencia. ¿Cuántas veces ha oído algo así? Ya decía lo mismo Keynes en los años 30 y así nos va. Nadie razonable, contemplando la historia, puede esperar que el Gobierno sea eficiente. Los impuestos sólo se pueden bajar, si se quiere ser coherente, disminuyendo el gasto gubernamental, esto es, reduciendo la presión fiscal. Si la gente del PP quiere ser transparente, que detallen en cuántos puntos quieren bajar la presión fiscal mediante la bajada de impuestos. ¿La va a reducir en 5 puntos? ¿Tal vez en 10 o 15?

Cada punto porcentual de la presión fiscal, en las cotas actuales, equivale a unos 10.000 millones de euros. Si le resulta más fácil valorar el dinero en pesetas, especialmente cuando las cifras son altas, ese número cifra equivale a más de un billón y medio de pesetas. ¿Cree que el "futuro" Gobierno del PP renunciará a esos ingresos o incluso a más?

Piense como un economista: ¿qué incentivos tienen el Gobierno y los políticos para cumplir sus compromisos, cuando no han de pagar precio alguno por no hacerlo? Por ejemplo, si El Corte Inglés realiza una campaña regalándole 50 euros al adquirir su tarjeta de crédito, y la empresa no cumple –es decir, incurre en fraude, como los políticos cuando nos mienten–, usted no sólo la denunciará, sino que ganará el juicio y la compañía tendrá que indemnizarle (tal vez tarde 20 años en cobrar, pero eso también es culpa de la burocracia gubernamental, en este caso la judicial). Por el contrario, si el Gobierno incumple alguno de sus compromisos, sólo ha de hacer otra promesa y untar con nuestro dinero a los voceros para que dejen de dar la lata en los medios de comunicación. Los actores saben muy bien cómo va esto. Cualquier político, especialmente los grandes, tienen poquísimos incentivos para cumplir sus compromisos.

La propuesta económica del PP es igual que la de cualquier otro partido político de este país (salvando tal vez a IU que, guste o no, aún se inspiran en las ideas). Las alternativas de los "populares" son incoherentes, incluso contradictorias; están vacías de contenido real y sólo apuestan por la compra de votos y el populismo. Ni siquiera se molestan en darnos alguna garantía. Nadie espera todo esto de un partido que se autoproclama "liberal", ¿no?

La izquierda le tiene tirria a la libertad

Hoy, el debate vuelve a emerger, al albur de las reformas fiscales practicadas y prometidas por el PSOE, que, pese a las milongas y campañas propagandísticas, no han detenido el incremento de la presión fiscal y el expolio del ahorro (por no hablar de las subidas de otros impuestos, como los que gravan el alcohol o el tabaco).

Izquierda Unida, por ejemplo, medió en el debate sobre el pedigrí izquierdista de las rebajas de impuestos señalando que sólo podían reputarse como tales aquéllas que no beneficiaran a las rentas más altas: "Bajar impuestos a las rentas más altas no es de izquierdas". Así, los comunistas proponían incrementar el número de tramos y tipos del IRPF, así como del Impuesto de Sucesiones y Donaciones, eliminar los incentivos a los planes de pensiones privados, reducir los beneficios fiscales en el Impuesto de Sociedades y crear nuevos tributos "ecológicos".

Por supuesto, poco más cabe esperar de un partido cuya base teórica más directa es la nacionalización de toda la economía, esto es, convertir a España en un cortijo al servicio del partido y a los españoles en autómatas esclavizados.

Con todo, por muy dementes que parezcan, no conviene olvidar que estos lamentables aspirantes a dictadores son socios del mismo PSOE que promete reducir los impuestos; dicho de otro modo: las propuestas totalitarias de IU entran en las componendas parlamentarias que configuran la legislación actual, por la que todos nos regimos.

Ahora bien, la cuestión no es si IU está a favor de la tiranía –que lo está–, sino si el PSOE, con su cara reformista, moderada y moderna, se opone realmente a que el Estado desangre y desvalije a los españoles.

Las declaraciones de Zapatero parecían querer indicar esto: si bajar impuestos es de izquierdas, cabía esperar una reducción significativa del tamaño del Estado que permitiera a la sociedad organizarse y gobernarse. Sin embargo, el gasto público durante su etapa de Gobierno no ha dejado de aumentar (en 2005, un 6,2%; en 2006, un 7,6%; en  2007, un 6,4%; en 2008, un 6,7%), lo cual resulta incompatible con el adelgazamiento que debería acompañar a las reducciones de impuestos.

Lo cierto es que el proyecto del socialismo es impulsar un crecimiento continuo del Estado que restrinja el ámbito de los mercados y aboque a los ciudadanos a mamar de la ubre pública. Así, mientras chupen de la teta, no podrán utilizar la boca para protestar contra los abusos del Estado y los privilegios de la casta política: ya se sabe que no conviene morder la mano del que te da de comer. La Ley de Dependencia es un ejemplo muy visual de este proyecto a largo plazo: los ciudadanos dependen del Estado, no buscan alternativas en la sociedad civil y en los acuerdos voluntarios con sus semejantes. La sociedad se clienteliza año tras año.

La versión extrema de este proyecto estatólatra la tenemos en el comunismo soviético del tipo IU; la blandita y esponjosa, en el Estado del Bienestar socialdemócrata del PSOE, que incluso parece compatible con las reducciones de impuestos.

No obstante, recordemos que, como advertía Bastiat, el Estado tiene dos manos: con una quita y con la otra da, y todo lo que da nos lo ha tenido que arrebatar antes. Si el Estado crece, necesariamente habrá de incrementar sus expolios (más gasto deberá ser financiado con más ingresos), aun cuando los tipos fiscales puedan llegar a reducirse (si somos más ricos, se puede recaudar más con un porcentaje menor de impuestos).

Por tanto, el crecimiento programático del Estado que propugna el PSOE sólo puede traducirse en un aumento continuado del expolio sobre la riqueza que hemos generado. No es posible cuadrar el círculo de aumentar el gasto del Estado y reducir sus ingresos.

Y es que, para la socialdemocracia, las reducciones de impuestos son el residuo sobrante de su plan colectivo, una especie de recompensa asistemática para calmar los ánimos de los explotados. Si, coyunturalmente, su agenda política le permite aplicar unos tipos fiscales más bajos, lo hará como dadivosa subvención universal. Reparte el dinero excedente como si fuera propio, o mejor dicho, como si no fuera de nadie.

Las reducciones de impuestos que practica el socialismo son un subproducto de su incapacidad despilfarradora, no un principio de acción política que pretenda reducir la opresión del Estado. Con todo, sí conviene efectuar una advertencia: en tanto la ciudadanía vaya rebelándose contra el desmesurado manejo de las finanzas públicas por parte del Estado, es posible que la izquierda escenifique una nueva mascarada para mantener su dominación política –como ya ocurrió tras la caída del Muro.

En buena medida, el socialismo ya se ha dado cuenta de que para controlar a los individuos no es necesario arrebatarles físicamente todos sus recursos; basta con que una sociedad anestesiada le permita multiplicar la legislación. Las regulaciones medioambientales son una clara ilustración de esta tendencia: ya resultan mucho más comunes que las ecotasas. En la práctica, el Gobierno maneja el entorno natural sin necesidad de expropiarlo directamente.

La Ley Antitabaco, la Ley de Igualdad o la imposición de contenidos en la educación (mediante asignaturas como Educación para la Ciudadanía) constituyen otros ejemplos de sometimiento de la gente a los dictámenes del Estado. Cada vez va siendo menos necesario elevar el gasto público para limitar las libertades de las personas.

En definitiva, la imposición, la coerción y la transferencia del control de los recursos de la sociedad al Estado parasitario continuarán, en cualquier caso, bajo el socialismo, aun cuando, estratégicamente, pudiera haber reducciones tributarias. Disminuir la coacción estatal no es de izquierdas; estrangular nuestra libertad, sí.

Un tipo único

Ya ven, y eso que mis impuestos no tienen nada de complicado. Esto de cumplir con el fisco no es baladí. No sé cuáles son los datos para España, pero Robert Hall y Alvin Rabushka calcularon el coste para la economía estadounidense en 650.000 millones de dólares para el ejercicio 1993. Hoy rozaría el billón.

Es muy importante que los impuestos sean muy complicados y con muchas excepciones, porque ese es el caldo de cultivo del politiqueo, donde los grupos de interés se mueven a gusto. Mientras que para la gran mayoría, que tenemos como principal fuente de ingresos un sueldo, no tiene por dónde escapar, el resto da trabajo a miles de grandes profesionales del escamoteo al fisco. Adiós a la ilusión de la progresividad fiscal.

Precisamente Hall y Rabushka han propuesto para Estados Unidos simplificar el impuesto hasta el máximo. Un único tipo grava todos los ingresos menos los destinados al ahorro, para las personas como para las empresas. Nada de exenciones, reducciones o desgravaciones, aparte de un mínimo exento, que hace el impuesto (verdaderamente) progresivo. Sólo grava el consumo y favorece el ahorro y la creación de capital. Y para cumplimentarse, para mí como para El Corte Inglés, sólo se necesita una hoja. Yo seguiré entregándolo a última hora, como todo, pero al menos diría adiós al estrés fiscal.

Un tipo único sería una mala noticia para los más ricos; pero qué le vamos a hacer, no puede haber ley fiscal a gusto de todos. Seguramente porque el único impuesto justo es el que no existe. El BBVA hizo un estudio que calculaba qué tipo sería suficiente para allegar al Estado los ingresos actuales, y el número mágico es el 24 por ciento. Y es a todas luces excesivo, ya que en Estados Unidos se bastarían con un 19 y de los países que lo han adoptado, varios no llegan al 15. ¿No estaríamos mejor?

El negocio de la mentira y el fraude

La rebaja de impuestos de "Sarko" puede suponer una merma en los ingresos estatales de 15.000 millones de euros al año. La pregunta que nos surge es: ¿dónde hará los recortes? Pues en ninguna parte. La idea que planea ahora Francia es subir el IVA para compensar la bajada. No sólo es absurdo, sino que es un fraude al electorado del país vecino.

Prometer el paraíso terrenal para luego desdecirse como si nada es la tónica general de los políticos. No sólo en Europa los altos burócratas presentan tan lamentable comportamiento; en el resto del mundo hacen lo mismo. Bush padre aseguró en campaña: "Lean mis labios, no habrá nuevos impuestos". No fue un comentario ocasional, sino el principal caballo de batalla para ganar las elecciones. Como era de esperar, los acabó subiendo.

De Bush hijo, todo el mundo esperaba un Gobierno liberal en el terreno económico. Prometió incentivar la creación de una "sociedad de propietarios", arreglar la Seguridad Social porque iba a quebrar antes del 2050 y un Gobierno pequeño, entre muchas otras cosas. No sólo no lo hizo, sino que se ha esforzado en la dirección contraria. Ha agigantado el Estado federal, la Seguridad Social norteamericana no ha mejorado un ápice y la deuda estatal tiene dimensiones históricas: desde octubre del año pasado, crece a un ritmo superior a los 1.300 millones de dólares diarios, lo que ya representa más de 29.000 dólares por estadounidense, que llevarán a aumentar los impuestos en el futuro. Los Bush, de tal palo, tal astilla.

No sólo los políticos de "derechas" (o centro) mienten. Bill Clinton dijo que no quería ser recordado como un presidente Eisenhower, un republicano. Pero Clinton, a diferencia de lo que podía esperar su electorado, fue mucho más liberal económicamente que el presidente militar. Proclamó "el fin del Estado del Bienestar tal y como lo conocemos" y liquidó el déficit fiscal. Clinton no fue, ni de lejos, un amante del libre mercado ni jamás estuvo al lado de los ciudadanos ya que aumentó los impuestos e hizo muchas políticas intervencionistas. Su gestión también se rigió por la mentira, y no sólo en el terreno político; también lo inhabilitaron para ejercer la abogacía a raíz de sus embustes.

Lo mismo ha ocurrido con Rodríguez Zapatero. "Quiero un gobierno que no intervenga en la economía", dijo el entonces candidato a la presidencia. Intervencionismo en el caso Endesa, escándalos gigantescos en la CNMV, crecientes subvenciones a los actores, manipulación de las decisiones de la Comisión Nacional de Energía, persecución a grandes empresarios como Francisco González (presidente del BBVA) o Manuel Pizarro (presidente de Endesa), continuas amenazas a la libertad de expresión o prohibiciones económicas y sociales de todo tipo, como las de la ministra de Sanidad, sólo son una parte de las actividades del Gobierno Zapatero. Las demás no han sido mucho mejores.

La confianza en la política es una de las armas que permiten que esas cosas sucedan. La confianza es crucial en nuestras vidas; el libre mercado también depende de ella. Si no confiamos en la gente, no negociamos con ellos. El capitalismo sobrevive en parte a este principio, por eso funciona desenvolviéndose bastante bien. No necesita limitaciones, restricciones ni guías. El capitalismo sólo deja de funcionar cuando lo limitan o manipulan, especialmente si quien lo hace es un mentiroso patológico que usa el fraude y la extorsión para satisfacer sus fines económicos y de rango social; da igual que se llame Clinton, Bush, Zapatero o Sarkozy. Como demuestra la historia, la política es así y no hay nada que pueda cambiarla.

En el capitalismo, cuando un empresario miente sistemáticamente se arruina o va a la cárcel. En política, cuando algún burócrata miente, gana votos. No es un sistema que merezca nuestra confianza ni apoyo. Si los políticos son el mal, reduzcamos el peso del Estado. Como ha dicho Grover Norquist: "No quiero abolir el Gobierno, sólo reducirlo para que quepa en la bañera y ahí se ahogue".

Los españoles no nos dejamos robar

Aunque nos suene grotesco, es algo que vemos y leemos cada día. El Gobierno, a diferencia de otros grupos alternativos, nos dice que sus impuestos no son revolucionarios, sino sociales. En realidad son dos formas de ver lo mismo. El robo se puede justificar de muchas formas, pero sigue siendo robo. La única razón por la cual los impuestos son pagados es por el miedo a las represalias, ya sea de organizaciones ilegales o legalizadas (Hacienda).

Los impuestos, como toda expropiación, son una gran injusticia. La presión fiscal en España supera el 36% según fuentes oficiales aunque dependiendo de cómo se contemple podría estar en un 40%. Para ver lo que esto significa, simplifiquemos la situación. De las 40 horas semanales que usted trabaja, 16 horas, o lo que es lo mismo, dos jornadas, son propiedad del Estado. También lo podemos expresar en el llamado Tax Freedom Day (día de liberación fiscal). Si tomamos todo el año, nos pasamos pagando impuestos casi 150 días ininterrumpidamente. Esto significa que si empezamos a pagar el uno de enero, el día de la liberación fiscal lo pasamos hace poco más de un mes. Mirémoslo en un plazo más dilatado. Si empezamos a contar desde que somos laborablemente activos (16 años) hasta que nos jubilamos (65 años), dedicamos 20 años de nuestra vida, única y exclusivamente a trabajar para el Estado.

Cuando una persona trabaja para otra contra su voluntad y sin ninguna remuneración, a eso se le llama esclavitud. La confiscación por la fuerza de nuestro trabajo (impuestos) se puede calificar de muchas maneras pero no tiene ninguna justificación social tal y como claman los amantes del totalitarismo económico.

Todo y así, aún hay gente que cree que lo ricos pagan más. Un estudio realizado en 2005 dio un dato curioso aunque nada sorprendente. Cada año, entre 350 y 370 ricos abandonan Francia debido a los impuestos. En España, un escaso 0,2% de declarantes asegura a Hacienda percibir unos ingresos anuales de 200.000 euros. Si esto fuera cierto, muchas entidades financieras destinadas a la gestión de fortunas no existirían. Si bajamos el listón, vemos que entre los empresarios ocurre algo similar. Según datos de la Agencia Tributaria, los asalariados declaran el doble de renta que los empresarios. ¿Cree que tal barbaridad es cierta?

Pero es que si bajamos más el listón de rentas nos encontramos que todos, en mayor o menor medida, no le decimos al ladrón cuándo no estamos en casa. Según la asociación de Técnicos del Ministerio de Economía y Hacienda (Gestha), los españoles "ocultamos" 1.800 millones de euros en alquileres al fisco, lo que significa casi un millón de arrendamientos. Esos "evasores de impuestos" ya no son gente rica. El alquiler de viviendas por parte de particulares está muy extendido en España entre las clases medias. Cualquiera en su vida cotidiana intenta no pagar el IVA al lampista, al mecánico o a cualquiera que pueda. Es totalmente lógico que la economía sumergida española esté en una horquilla del 20 al 25 por ciento del PIB, unos 10 puntos por encima a la media europea.

Es indiscutible que los españoles, viendo las cifras y a pesar de las duras penas que hay por no ceder económicamente al Estado, percibimos los impuestos como un robo y somos unos campeones en nuestra defensa fiscal, eso que el Estado llama fraude. Si los políticos quisieran servir de verdad a la gente, esto es un mensaje claro de cuáles son nuestras preferencias. Mientras el cambio no llegue, no lo dude: usted sabe manejar mucho mejor su dinero que cualquier político que se lo quiera expropiar.

Igualdad social®

Expresado de otra forma, si usted hereda algo, trabajará menos. ¡Ojalá fuera cierto! ¿Qué problema hay en poder vivir de tu propio dinero sin trabajar? ¿No es a lo que aspiramos todos en mayor o menor grado? Sin duda, por eso jugamos a la lotería, invertimos nuestros excedentes en productos de inversión o buscamos mil y una fórmulas para conseguir la mayor de las utilidades trabajando lo menos posible.

La expresión renta o ingreso "no ganado" la califica nuestro autor como un mal del capitalismo. El término se basa en el concepto marxista de la explotación y obtención del "derecho a todo el producto del trabajo". Esta visión de la economía es muy relativa, por ejemplo, ¿si nos toca la lotería hemos de darlo todo al Estado? Si nos arriesgamos en Bolsa para financiar una empresa y ésta consigue altos beneficios subiendo su cotización bursátil, ¿por qué hemos de renunciar a parte de nuestra ganancia? El riesgo lo hemos asumido nosotros, el Estado nos lo arrebata porque sí. Éste no se arriesga, sólo nos amenaza y consigue beneficios de esta forma, y estos ingresos del Estado, además de ilegítimos, sí que son totalmente "no ganados".

Las herencias son algo similar a los ejemplos anteriores. Son el traspaso voluntario de capital de titularidad privada de unas manos a otras. El término clave es voluntario. Lo traspasamos porque lo hemos ganado con nuestro trabajo y explotación de nuestro stock de capital anterior. Al hacer la herencia, lo cedemos porque nos da la gana sin que nadie salga perjudicado en todo el proceso. No hay vulneración alguna a la igualdad social®, esa marca registrada cuyo uso reclaman tener en exclusiva los que se creen más buenos y superiores a todos nosotros. Ganar dinero no es un acto criminal; regalarlo tampoco. No tiene sentido alguno que se penalice el traspaso de capital voluntario de un propietario a otro.

Lo que sí es un crimen es robar el dinero a la gente honrada. Los impuestos son esto, un robo, tanto el de sucesión como cualquier otro. No importa cómo quieran llamarlo o disfrazarlo los amantes de la omnipotencia estatal. Si usted cree que los impuestos son pagados voluntariamente, haga el siguiente experimento económico. En su próxima declaración de renta, escriba: "Este año no me va bien regalarles mi dinero porque el Euribor ha subido mucho y voy muy justo". Después se lo envía a Hacienda. Las fuerzas del estado se le tirarán encima en barrena asaltando sus cuentas bancarias, multándole y enviándole hombres armados a su casa. Según nuestro autor, tal acción "civilizada" podría hacerse legítimamente en nombre de la igualdad social®.

Fíjese que ninguna entidad privada actúa así. Para una empresa privada los contratos han de ser voluntarios y las dos partes, oferente y demandante, han de salir ganado en su operación. De lo contrario, la empresa no ofrece el producto y/o el consumidor no compra. Nada que ver con la forma de financiarse que tiene el Estado: no hay acuerdos ni contratos, sólo se benefician él y los grupos de presión que reciben sus dádivas. Por ejemplo, los actores, alguna escuela árabe que ha tenido que ser cerrada después de tirar en ella 18 millones de euros, países como Bolivia o los consejeros de las empresas más incompetentes del Estado, como RTVE, entre muchas otras bondades. ¿Y cómo se le llama a todo esto? Igualdad social®. El nombre es muy bonito, pero el contenido es totalmente perverso y antisocial en su esencia.

Para nuestro autor, la eliminación del impuesto de sucesiones es una excusa para "asfixiar la acción estatal". No debe estar muy asfixiado el Estado cuando representa casi el 40% del PIB y se gasta el 40% de nuestro trabajo y producción. Durante casi cinco meses al año trabajamos gratis para el Estado. Contabilizando desde enero de este año, aún nos faltan dos meses para empezar a ganar algo para nosotros mismos. Por tanto, es tiempo de abolicionismo fiscal por más que les pese a algunos. De no hacerlo así, la igualdad social® nos acabará hundiendo en la miseria.

El totalitarismo económico expansivo de Castells

La propuesta viene a raíz de las rebajas fiscales de Madrid, Valencia y Castilla y León. Castells tiene miedo que las empresas ubicadas en Cataluña aprovechen esta relajación impositiva para huir e instalarse en otras comunidades que favorecen la creación de riqueza.

Lo que no advierte Castells es que si extiende su totalitarismo económico al resto de España lo único que va a conseguir es que las empresas, y el capital privado en general (el dinero no tiene fronteras), se trasladen, como ya ocurre, a otros destinos como los países del este de Europa, Andorra o Suiza. O que simplemente se queden en la economía sumergida, que ya ronda una quinta parte del PIB.

El Gobierno catalán está aplicando la política económica de la pobreza sobre la sociedad con el único objetivo de hacer rebosar las arcas públicas: altos impuestos, constante incremento de las regulaciones, draconiano control sobre la sociedad civil, normativas que sólo expulsan a las empresas privadas, firme aumento de multas a empresas y particulares con cualquier excusa recaudatoria como no rotular en catalán, tirar la basura "fuera de horas", céntimo sanitario, multas express que la Guardia Urbana tramita con PDAs e impresoras portátiles, multas por atar la bici a un árbol, multas a los top manta y a sus clientes… No se puede hacer nada sin ser injuriado por las leyes de los políticos catalanes.

Nos dicen que sólo pagan los ricos, pero precisamente ellos son los únicos que no pagan impuestos. De los 15 millones de declarantes del IRPF, sólo un 0,17% asegura percibir unos ingresos de 192.000 euros anuales. Cualquier asesor fiscal le podrá contar mil casos y anécdotas al respecto. Las únicas víctimas del Gobierno son las clases medias, bajas y muy especialmente las más pobres gracias a la manipulación monetaria, por eso a la inflación también se la llama el "impuesto de los pobres".

Castells se ha dado cuenta de que la libre competencia entre regiones y la libertad de mercado son el peor enemigo del expolio estatal sobre la sociedad civil y ha llegado a decir que "hay que tomar medidas para que haya una base mínima impositiva en todo el Estado". Pero el bienestar nos lo otorga la economía privada, no el Estado. En él sólo gobierna la ineptitud, la corrupción, el oportunismo, la ineficiencia y la desmesurada voluntad de enriquecerse a costa del trabajo de la gente honrada.

Si el señor Castells supiera más de economía que de dirigismo se daría cuenta de que a las personas y a las empresas se las ha de dejar en paz para su bienestar y el de todos, y que lo único que ha de estar atado y limitado es el Estado y todo lo que le rodea. No hay que tomar medidas para establecer una base mínima impositiva, sino para establecer una base máxima para que los gobiernos, tanto de Cataluña como de España, nos dejen de hacer la vida más difícil cada día.

Impuestos sobre ruedas

En los últimos días se ha filtrado a la prensa que el Gobierno quiere incrementar el impuesto de matriculación sobre los automóviles. El secretario de Estado de Hacienda ha reconocido también que el impuesto sobre hidrocarburos está en el punto de mira. El objetivo de estas medidas es hacer que quien contamine pague. Eso sí, el señor Ocaña ha prometido no perjudicar la competitividad de las empresas españolas. Sin embargo, su apuesta por un incremento de los impuestos, es un varapalo al libre mercado y al bolsillo de los ciudadanos.

En realidad, bajo la excusa ecologista, se oculta el deseo de aumentar la recaudación fiscal. Y eso a pesar de que el Estado ya sangra a los ciudadanos con el 70% del precio de cada litro de gasolina. La única razón plausible para este incremento es que España tiene que elevar en un 10% los impuestos sobre hidrocarburos para converger con la Directiva Europea en esta materia. Ahora bien, cualquier incremento en la imposición de la gasolina equivale a una distorsión de la estructura productiva al aumentar el precio de los productos. Por eso, sostener que las subidas impositivas se harán sin distorsionar la competitividad, es tanto como hacer un brindis al sol.

En cambio, elevar el Impuesto sobre Matriculación no es razonable, máxime cuando el comisario de fiscalidad, László Kovács, ha propuesto a Solbes eliminar este tributo. Pero esta medida tiene como beneficiarios a las comunidades autónomas a las que se les ha cedido el tributo.

Cuando Zapatero llegó al poder, con aquel lema de que "bajar los impuestos era de izquierdas", más de uno pensó que socialismo y liberalismo podían ser compatibles. Años después, como dice con acierto Emilio J. González, "todo en España […] son subidas de impuestos, con la excepción del recorte en un punto del tipo del IRPF aprobado por Esperanza Aguirre".

El insaciable apetito estatal, se está volviendo a disparar. Los impuestos consumen capital e hipotecan el ahorro. Pensar en que los tributos son neutrales es tanto como creer que estas medidas promueven la sostenibilidad. En el fondo, lo único que importa es la salud del Estado.