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Etiqueta: Historia del pensamiento económico

La causa última de la riqueza de las naciones: reinterpretando a Adam Smith

Eduardo Blasco, en su serie de notas sobre Substack, publicó un breve comentario sobre Smith y Menger (Carl Menger vs. Adam Smith). Afirmó que Carl Menger critica erróneamente a Adam Smith al hablar del crecimiento económico. Blasco argumentó que Smith postulaba que la causa última de la riqueza de las naciones era la división del trabajo. Menger, sin embargo, criticó erróneamente a Smith al afirmar que la extensión del conocimiento es la causa última de la riqueza de las naciones, mientras que la división del trabajo es sólo uno de los muchos factores que contribuían al progreso, pero no el último.

Blasco malinterpretó a Smith y, en consecuencia, a Menger. De hecho, como demostraré, Adam Smith, Carl Menger y Eduardo Blasco comparten la misma opinión sobre la causa última de la riqueza de las naciones.

El significado de la riqueza de las naciones

Adam Smith sostenía que una nación puede considerarse rica cuando su capital se acumula continuamente y los salarios aumentan. Para él, la verdadera medida de la riqueza de una nación es el grado de bienestar del mayor número posible de sus miembros. La gran obra económica de Adam Smith, Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, se dedicó a descubrir cómo alcanzar este objetivo.

Adam Smith comienza su libro afirmando que la mayor parte del progreso de la capacidad productiva del trabajo parece deberse a la división del trabajo (p. 33). Para ilustrar esta afirmación, analizó diferentes formas de fabricación de alfileres y observó que un obrero sin formación en la fabricación de alfileres apenas podría producir un alfiler al día. Sin embargo, una fábrica con diez empleados puede producir 48 000 alfileres al día, es decir, 4800 por persona. Para concluir la descripción, reiteró su afirmación inicial y declaró que

la separación de los diversos trabajos y oficios, una separación que es asimismo desarrollada con más profundidad en aquellos países que disfrutan de un grado más elevado de laboriosidad y progreso.

Smith argumentó que el gran aumento de la productividad es consecuencia de la división del trabajo, ya que la especialización propicia mejoras en cuatro ámbitos:

1) El aumento de la destreza de cada trabajador, ya que aprende a realizar mejor una tarea especializada y limitada.

2) El ahorro de tiempo que de otro modo se perdería al pasar de un tipo de trabajo a otro en la producción no especializada.

3) La invención de numerosas máquinas (p. 38).

4) La especialización permite concentrar la producción en fábricas cada vez más grandes. Cuanto mayor es el establecimiento manufacturero, más mentes se dedican a inventar la maquinaria más adecuada para cada tarea. En consecuencia, es más probable que se produzcan innovaciones (p. 136).

Muchos lectores de Adam Smith dejarán aquí su lectura, afirmando que Smith creía que la división del trabajo era la causa última de la riqueza de las naciones.

Sin embargo, Smith continuó investigando la causa última de la riqueza.  En el segundo capítulo de su libro, argumentó que la división del trabajo es una consecuencia y, por tanto, no es la causa última de la riqueza de las naciones. La división del trabajo surge del trueque y el intercambio. El intercambio es lo que permite la división del trabajo, y no al revés (p. 44).

Sin embargo, ni siquiera la capacidad humana de intercambiar y hacer trueques es la causa última de la riqueza de las naciones.

En el Libro Segundo, dedicado a la naturaleza del capital, Smith explica que la acumulación de capital debe producirse primero para permitir la especialización y la explotación de las oportunidades comerciales. La especialización y la división del trabajo solo pueden comenzar cuando un productor «posee existencias suficientes para mantenerse durante meses o años», hasta que el nuevo producto especializado genere ingresos suficientes para mantener al productor y reponer el capital.  En la naturaleza de las cosas, la acumulación del capital debe preceder a la división del trabajo.  El trabajo puede dividirse más solo en proporción a que el capital haya sido previamente acumulado (p. 356).

Sin embargo, Smith aún no ha llegado a la causa última de la riqueza de las naciones.

En el capítulo 7 del libro I, encontramos la causa última de la riqueza de las naciones según Smith. En este capítulo, explica que la invención y la innovación permiten la acumulación de capital.

Así pues, la causa última de la riqueza de las naciones es la capacidad innata del ser humano para inventar nuevos productos o descubrir nuevos mercados, es decir, la innovación, que hace posible la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo.

Smith ya había insinuado esta solución en el capítulo I, donde elogiaba la división del trabajo. En ese célebre capítulo sobre la fabricación de alfileres, escribió sobre un niño que construyó una máquina para aliviar su carga de trabajo y utilizó este ejemplo para destacar la importancia de la división del trabajo en la creación de riqueza. De hecho, muchos lectores de Smith han repetido esta pequeña historia para apoyar la afirmación de que la división del trabajo es la fuente última de la riqueza de las naciones, ya que fomenta la innovación incremental. No obstante, Smith aclara en las frases siguientes que los inventos y las innovaciones pueden inducir a la especialización por sí mismos y no solo pueden ser consecuencia de la división del trabajo:

No todos los avances en la maquinaria, sin embargo, han sido invenciones de aquellos que las utilizaban. Muchos han provenido del ingenio de sus fabricantes … Y otros han derivado de aquellos que son llamados filósofos o personas dedicadas a la especulación, y cuyo oficio es no hacer nada, pero observarlo todo; por eso mismo, son a menudo capaces de combinar las capacidades de objetos muy lejanos y diferentes.

Adam Smith. La riqueza de las naciones, p 40.

En el capítulo 7, Smith amplía el argumento explicando cómo la inventiva conduce a la acumulación de capital. Distingue dos tipos de tasas de beneficios: extraordinario y corriente o medio. El beneficio extraordinario surge cuando se es el primero en introducir un invento en el mercado o en descubrir un nuevo mercado. Smith pone como ejemplo un tintorero para ilustrar la importancia de la innovación. Este tintorero, que inventó la posibilidad de producir un color determinado con materiales que costaban la mitad que los habituales, pudo disfrutar del beneficio extraordinario gracias a una buena gestión (p. 103).

El innovador disfruta de beneficios extraordinarios hasta que los competidores detectan la oportunidad de obtener beneficios, lo que provoca la aparición de la competencia y reduce los beneficios a niveles habituales o medios. Una característica del beneficio extraordinario es que su magnitud no puede determinarse mediante la investigación científica, sino que depende del éxito del producto innovador. Sin embargo, Smith postuló que la tasa de beneficio corriente es una magnitud que puede determinarse mediante la investigación científica. La tasa media de beneficio corriente es similar al tipo de interés. Ambos están relacionados con la cantidad de capital invertido, pero la tasa de beneficio corriente tiende a ser superior a la tasa de interés (p. 148).

Teóricamente, era difícil determinar la magnitud exacta de la tasa de beneficio, pero sugirió que el tipo de interés podía servir como indicador de la posible tasa media de beneficio. No obstante, un beneficio razonable debería ser suficiente para compensar las pérdidas ocasionales. Basándose en los informes de los comerciantes, Smith estableció que una tasa de beneficio doble de la tasa de interés se consideraba una ganancia buena, moderada o razonable, que representaba la tasa de beneficio normal o corriente en Gran Bretaña (p. 150).

En el capítulo 8 del Libro I queda claro que el beneficio extraordinario resultante de la acción innovadora conduce a la acumulación de capital. En este capítulo, primero se explica que una economía carente de invenciones es una economía estacionaria caracterizada por el estancamiento del beneficio medio y de los salarios, y se utiliza China como ejemplo. Smith describió una economía estacionaria como miserable, regresiva y melancólica, acompañada de una pobreza generalizada (p. 129). Por el contrario, subraya que los inventos y su aplicación con éxito son los motores últimos de la acumulación de capital, la especialización, el comercio y la división del trabajo, todo lo cual fomenta nuevos inventos e innovaciones.

La acumulación de capital y los beneficios extraordinarios no podrían existir por sí solos, sino que fomentan la competencia por los trabajadores. Smith explica que, para obtener beneficios extraordinarios, el empresario debe contratar nuevos empleados. La competencia por los trabajadores aumenta los salarios y mejora sus condiciones de vida. Smith hizo especial hincapié en que la rentabilidad extraordinaria fue la causa principal del aumento de los salarios y de las mejoras en las condiciones de vida de los trabajadores. Subrayó que la acumulación de capital crea una demanda adicional de mano de obra y que es la causa del aumento de los salarios.

Al demostrar la relación entre beneficios extraordinarios y salarios más altos, Smith llegó a un circulus angelicus: la esperanza de obtener beneficios extraordinarios impulsa a las personas con actitud empresarial a convertirse en proyectistas. La realización de sus ideas induce la competencia por la mano de obra y causa a una subida de los salarios. Los beneficios extraordinarios permiten la especialización y la expansión de la empresa y fomentan la ampliación del mercado. Sin embargo, una nueva oleada de empresarios copia la idea original y reduce el beneficio extraordinario a un nivel normal. Esta caída de la rentabilidad lleva a nuevas innovaciones para restablecer el nivel de beneficio extraordinario. Esta mejora continua conduce a una mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y a la creación de riqueza en las naciones.

Menger: la causa última del progreso de la civilización

Menger utilizó el término «progreso de la civilización» para describir lo que Smith quería decir con «riqueza de la nación». Asimismo, Menger criticó la idea de que la división del trabajo es la causa última del progreso de la civilización y, siguiendo su propia lógica, llegó a la misma conclusión que Adam Smith. Es decir, que la causa última del progreso de la civilización es la inventiva humana y la capacidad de innovar. Menger no utilizó las palabras «invenciones» e «innovaciones», pero expresó lo mismo de forma circunspecta: los seres humanos son capaces de investigar y realizar procesos causales entre los bienes para producir nuevos bienes de consumo.  El progreso de la civilización solo está limitado por el alcance del conocimiento humano de las conexiones causales entre las cosas y por el alcance del control humano sobre ellas. 

En cuanto al incentivo relacionado con la inventiva y la innovación, Menger también describió un proceso de obtención de beneficios similar al que conceptualizó Adam Smith. Al hablar del monopolio, Menger argumentó que la primera persona que introduce un nuevo servicio o producto obtiene un beneficio extraordinariamente alto, como un monopolista. Sin embargo, en el caso del mercado libre, la entrada de nuevos competidores que producen el mismo bien reduce el beneficio al nivel más bajo posible.

Por último, Menger sostenía que todos los seres humanos tienen un rasgo empresarial inherente, pero para convertirse en empresarios hay que tener dominio sobre el capital. Además, sostenía que, cuando no se dispone de capital, el crédito ofrece la oportunidad de que las personas emprendedoras se conviertan en verdaderos empresarios y tomen el control del capital para hacer realidad sus ideas:  Cuanto mayor es el crédito, mayores son las posibilidades de que las personas emprendedoras puedan hacerse con el control del capital y hacer realidad sus ideas.

Menger, al discutir el papel del comercio, argumentó que el comercio y el trueque son consecuencia del descubrimiento de cómo satisfacer mejor los deseos humanos, lo que a su vez es consecuencia de la inventiva y no un rasgo inherente al ser humano. Este argumento profundizó la observación de Smith y dejó claro que incluso el comercio y el trueque son fruto de la inventiva humana.

Blasco: la causa última del progreso del crecimiento sostenible

Eduardo utilizó el término «crecimiento sostenible» para describir lo que Smith quería decir con la expresión «riqueza de la nación», o Menger con la expresión «progreso de la civilización».

En su nota de Substack, Eduardo argumentó que lo que permite el crecimiento sostenible es la creación de capital intangible, que es el “extensión del conocimiento” en el lenguaje técnico de la economía dominante.

Conclusión: a pesar de todas las alegaciones, Smith, Menger y Blasco piensan lo mismo.

¿Cuál es la lección de esta reinterpretación basada en una cuidadosa lectura de los economistas más importantes, como Smith y Menger?

La lección más importante es que, a pesar de las lecturas erróneas ocasionales o superficiales, existe una línea principal de economía, como sostienen Michells y Boettke (2017). Los representantes de esta línea principal tienen una visión unificadora de los procesos económicos, a pesar de sus enfoques diferentes de la economía, sus diferencias, interpretaciones erróneas y términos distintos. Esta visión se centra en la firme creencia en el ingenio humano y en su capacidad para superar los retos mediante el uso del pensamiento, la inventiva y las innovaciones. La libertad es la condición clave para aprovechar el potencial del conocimiento humano.

Libertad personal para actuar y libertad de comercio. Una vez que se dan estas dos libertades, los seres humanos crean las instituciones necesarias a través de ensayos y errores, como los mercados, para promover su interés, que, como postuló Adam Smith, fomenta el interés de todos, no solo el de personas especialmente dotadas o codiciosas. La competencia de los mercados empuja a las personas con talento e inventiva empresarial a trabajar no solo en su propio interés, sino también del sociedad. Como expresó Smith: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio.”

Bibliografía

Menger, C. (1871) Principles of Economics. New York: New York University Press.

Mitchell, M.D. and Boettke, P.J. (2017) Applied mainline economics: bridging the gap between theory and public policy. Arlington, Virginia: Mercatus Center, George Mason University (Advanced studies in political economy).

Smith, A (1776) La Riqueza de las naciones. 1994. Edición. Alianza Editorial: Madrid.

Ver también

Adam Smith, los austríacos y el crecimiento económico. (José Carlos Rodríguez).

La economía a través del tiempo (XXIII): La Ilíada y el poder del más fuerte

Hasta este momento, se ha analizado de forma soslayada la importancia de los griegos para el pensamiento económico histórico. Lo cierto es que prácticamente cualquier pensador se detiene en esta época, pues es donde nace el pensamiento sistemático y elaborado y los textos más complejos. Uno de ellos es La Ilíada, una de las primeras obras de la Antigua Grecia, escrita alrededor del S. VIII. Si bien es verdad que Homero no pretende realizar un análisis económico en este relato, también lo es que pueden extraerse elementos interesantes y útiles para entender ciertos elementos económicos. Uno de ellos aparece al principio de la obra.

La narración comienza describiendo el secuestro de la hija de Crises (Criseida). Este, ingenuamente, trata de negociar con los aqueos, el grupo de secuestradores. El objetivo es cambiar a su hija por un rescate, algo que los aqueos aceptan de buena gana (Homero, 1995, 3-4). Sin embargo, Agamenón se vio ofendido por dicho pacto e intervino:

No te encuentre, ¡oh anciano!, otra vez en mis cóncavas naves, ni porque permanezcas aquí, ni porque aquí retornes, no podrían valerte ni el cetro del dios ni sus ínfulas. No la quiero entregar. La tendré en mi palacio de Argos hasta que, de su patria alejada, en mi casa envejezca manejando un telar y, además, compartiendo mi lecho, Vete ya; no me irrites, si quieres partir sano y salvo (Homero, 1995, 4).

Agamenón en la Ilíada

En este sentido, si se hace una traslación a lo económico, vemos cómo dos partes han llegado a un acuerdo (la hija por la recompensa) y, sin embargo, existe un elemento externo, en este caso Agamenón, que lo rechaza y decide intervenir. El caso es que la intervención, y lo que deshace el acuerdo entre las partes, se realiza desde la amenaza violenta de quien en ese momento es una figura de autoridad, aunque sus intenciones no sean más que quedarse con la hija para hacerla concubina.

Para llevar a cabo esta intervención, Agamenón no emplea la violencia de forma directa. Meabe (s.f.) explica que “el primer elemento de la estructura interna del Mandato de Agamenón se configura como una dicotomía compuesta por el par ordenado orden><advertencia (p.2)”. Y este monólogo va tomando forma hacia lo agresivo:

La fórmula de la orden en principio aparenta solo una advertencia y toda la primera secuencia, que corresponde a los versos 26-29, se insinúa en esa dirección, pero a medida que Agamenón precisa sus intenciones pone en descubierto su poder y este define al final, en el verso 32 la contracara de la advertencia al ordenarle al sacerdote que no lo provoque (Meabe, s.f., 2).

Ese poder que muestra Agamenón se ve en la referencia a las “cóncavas naves”, pues revela de la capacidad operativa de guerra del caudillo. Así, lo que para el lector moderno puede parecer algo sutil, para el griego de la época, corresponde con una clara advertencia o, más bien, como una forma de dominación:

Ante todo, la dominación normativa tiene como contrapartida, en la estructura interna del mandato de Agamenón, la apropiación física del más débil que se sostiene bajo la forma de una proposición afirmativa y enfática (Meabe, s.f., 4)

Por tanto, Agamenón ejerce esa capacidad de dominación sobre un acuerdo entre partes, algo que, trasladándolo a tiempos más modernos, difiere con el respeto a los pactos que predican las filosofías adscritas al libre mercado. Este caso muestra, también, como es plenamente posible la ruptura violenta de un acuerdo por parte de un agente no gubernamental o estatal, pues el héroe tan sólo ha tenido que hacer ver su capacidad de dominio.

Bibliografía

Homero (1995) Ilíada. RBA

Meabe, J. E. Materiales y notas para la Historia de la Teoría del Derecho Natural del Más Fuerte en la Ilíada de Homero. Instituto de Teoría General del Derecho

Serie La economía a través del tiempo

La obra maestra inacabada de Schumpeter

Por Samuel Gregg. El artículo La obra maestra inacabada de Schumpeter fue publicado originalmente en Lay & Liberty.

Si ha habido alguna vez un economista que merezca el manido calificativo de «brillante», ése es Joseph A. Schumpeter (1883-1950). Autor de clásicos como La teoría del desarrollo económico (1911) y Capitalismo, socialismo y democracia (1942) y popularizador de la expresión «destrucción creativa», Schumpeter ocupa un lugar asegurado entre los grandes de la economía. Pero incluso más allá de estos logros considerables, los escritos de Schumpeter también contienen mensajes importantes que informan y desafían simultáneamente a los economistas y estudiantes de economía política de nuestro tiempo.

Este legado debe mucho al hecho de que los intereses intelectuales de Schumpeter siempre se extendieron más allá de la economía. Educado en el Theresianum, una de las escuelas más prestigiosas de la Austria imperial, y luego en la Universidad de Viena, donde se doctoró en Derecho con especialización en Economía, Schumpeter era tan versado en temas como las lenguas clásicas, la literatura francesa y el derecho canónico como en teoría evolutiva, matemáticas, sociología y filosofía de la ciencia.

Más que un economista

Esta amplitud de conocimientos ayuda a explicar por qué Schumpeter se resiste a ser clasificado fácilmente como economista. Aunque había estudiado con Eugen von Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser, Schumpeter rechazó la etiqueta de «economista austriaco». De hecho, algunas de sus ideas estaban influidas por la gran rival de la escuela austriaca, la Escuela Histórica de Economía. Más adelante, Schumpeter se interesó por las ideas corporativistas y criticó la influencia del utilitarismo en la economía británica. Como profesor de Harvard en la década de 1930, Schumpeter instó a sus alumnos a leer los libros de John Maynard Keynes, a pesar de sus profundas reservas sobre los compromisos ideológicos y los fundamentos teóricos de Keynes.

Tanto la complejidad como la erudición de Schumpeter están a flor de piel en su magistral libro de 1954 Historia del análisis económico (HEA). Publicado hace setenta años, cuatro después de la muerte de Schumpeter en 1950, y editado por su esposa, la economista Elizabeth Boody Schumpeter (que murió un año antes de su publicación), HEA fue el fruto de una década de trabajo sostenido por parte de Schumpeter. En la actualidad, sigue teniendo un gran peso en el estudio de la historia de las ideas económicas.

Una empresa ambiciosa

La primera parte de HEA, que consta de cinco partes y 31 capítulos que suman más de 1.200 páginas, analiza la naturaleza del análisis económico y su relación con la estadística, la historia, la sociología, la lógica, la psicología y la filosofía. En las partes siguientes, Schumpeter explica y critica el desarrollo del análisis económico. Empezando por Platón, Aristóteles y los juristas romanos, el libro concluye con una evaluación del impacto de la teoría keynesiana.

Entre Platón y Keynes, el barrido histórico de Schumpeter abarca una galaxia de personajes. Desde panfletistas económicos del siglo XVI hasta mercantilistas, fisiócratas, marxistas y marshallianos. La atención que Schumpeter presta a los individuos va acompañada de una detallada cobertura y crítica del tratamiento teórico de temas como el dinero, el crédito, la utilidad, el equilibrio, el capital y el beneficio a lo largo de más de dos milenios. Todo ello acompañado de una cuidadosa atención a la forma en que los acontecimientos políticos y económicos, como la aparición de la «civilización burguesa», y los cambios en campos como la filosofía y la física han configurado el análisis económico a lo largo de los siglos.

La crítica de Jacob Viner

Se mire por donde se mire, la HEA fue una empresa ingente. El economista de Chicago Jacob Viner acertó al describir el texto en una influyente reseña como un «libro demasiado ambicioso». Esto suele ser habitual en cualquier intento de abarcar toda la historia de un tema. Viner llegó a afirmar, de forma menos plausible, que HEA reflejaba «una vena de pretenciosidad y de arrogancia intelectual hacia el común de los economistas».

Digo «menos verosímil» porque todavía no he encontrado en HEA una afirmación que delate un auténtico engreimiento. Schumpeter era sin duda un hombre orgulloso. Sin embargo, incluso cuando discute las ideas de personas con las que está fundamentalmente en desacuerdo, Schumpeter nunca se muestra despectivo. Sin embargo, es fácil confundir las demostraciones públicas de amplitud y profundidad de conocimientos en múltiples campos con mero egoísmo.

En cierto sentido, Viner admite la distinción porque, en la siguiente frase de su reseña, reconoce que «Schumpeter poseía conocimientos y habilidades que superaban manifiestamente en alcance a los de cualquier otro economista de su época o de la nuestra». Y añade: «En este libro aplicó estas dotes a la ilustración de sus lectores con una brillantez y un virtuosismo que entusiasman y deslumbran incluso cuando no logran persuadir del todo». Sospecho que la mayoría de los economistas estarían de acuerdo en que su profesión siempre necesita más pensadores de este calibre.

Recuperaciones y polémicas

Al principio de HEA, Schumpeter afirma que una de las razones para escribir su enorme tomo fue identificar dónde experimentó crecimiento el análisis económico, pero también dónde se «perdieron en el camino o quedaron en suspenso durante siglos auténticos avances». Una de sus proposiciones centrales es que ha habido muchas ocasiones en las que esto ocurrió en el desarrollo de la economía, incluyendo «casos que son poco menos que espantosos».

Un ejemplo de tal olvido, argumenta Schumpeter, son los conocimientos económicos realizados por los que él llama «Doctores Escolásticos y los Filósofos del Derecho Natural». Las contribuciones de pensadores como Tomás de Aquino, Luis de Molina y Hugo Grocio, sostiene, han sido minimizadas por demasiados analistas del pensamiento económico, aduciendo que su «aceptación de la autoridad eclesiástica» inhibía indebidamente su exploración de temas con importantes dimensiones económicas, como la usura. Pero, según Schumpeter, esto ignora la insistencia de estos eruditos en que había límites a las pretensiones de tal autoridad sobre sus investigaciones. Aquí señala la afirmación de Aquino de que en la esfera de lo que llamaríamos «economía», los argumentos que se basaban en gran medida en la autoridad eran «extremadamente débiles».

Los escolásticos

Schumpeter procede a examinar los textos escolásticos desde el siglo IX hasta principios del siglo XVIII. Al estudiar cuestiones normativas y jurídicas en torno a temas como el interés, la propiedad y el dinero, los escritores escolásticos descubrieron importantes verdades económicas sobre temas como la utilidad, el capital, el interés y el valor. Schumpeter no presenta anacrónicamente a estos pensadores como protoeconomistas o liberales de mercado. Sin embargo, sostiene que produjeron «formulaciones más correctas de los fundamentos» (por ejemplo, la teoría subjetiva del valor) para un análisis económico sólido que tuvo que ser redescubierto siglos más tarde por otro economista austriaco, Carl Menger, después de haber sido eclipsado por las teorías laborales del valor.

Las posiciones de Schumpeter sobre éste y otros temas fueron rebatidas por eminentes economistas como Viner, George Stigler y Lionel Robbins. Viner afirmó la tesis de Schumpeter sobre los logros escolásticos en «doctrinas monetarias y del valor». Pero, contraatacó, Schumpeter subestimó los efectos embrutecedores de la deferencia de los escolásticos hacia la autoridad eclesiástica en sus escritos sobre temas como el interés. No fue por razones triviales, señala Viner, por lo que las leyes de usura se mantuvieron vigentes durante tanto tiempo en toda Europa. Viner llega incluso a especular que las afirmaciones de Schumpeter deben algo al hecho de que la propia «teoría del interés de Schumpeter tiene cierta afinidad con la de los escolásticos».

La pobreza de ‘La riqueza de las naciones’

El comentario de Schumpeter sobre el pensamiento económico escolástico encontró validación en trabajos anteriores realizados por uno de sus alumnos en Harvard, el economista jesuita Bernard W. Dempsey, y en investigaciones posteriores llevadas a cabo por estudiosos como Jesús Huerta de Soto. Sin embargo, la crítica de Viner al tratamiento que Schumpeter da a Adam Smith tiene más fuerza.

Aunque Schumpeter no lo dice explícitamente, uno de los objetivos de HEA era obligar a lo que él consideraba una profesión económica angloamericana altamente autorreferencial a reconocer que muchos desarrollos cruciales del pensamiento económico no se originaron en Gran Bretaña o Norteamérica. La riqueza de las naciones (RN) de Smith, sostenía Schumpeter, «no contiene ni una sola idea analítica, principio o método que fuera totalmente nuevo en 1776». De hecho, HEA deja a los lectores con la impresión de que Smith era esencialmente un maestro sintetizador de ideas ya existentes.

Ciertamente, Schumpeter contextualiza a Smith y RN en el flujo más amplio de ideas de los siglos XVII y XVIII. También destaca lagunas en la cobertura de RN que no deberían estar ahí: sobre todo la «función distintiva de los empresarios». Sin embargo, HEA no presta suficiente atención a cómo RN fundamentó el análisis económico en una teoría más amplia de la sociedad comercial, la complejidad, el cambio civilizatorio y el fenómeno de las consecuencias imprevistas que se desarrolló durante la Ilustración escocesa. Esta perspectiva impregna a RN e inyecta al libro un filo analítico particular que no tiene parangón, me atrevería a sugerir, con nada en la literatura económica precedente.

Economía e Historia

Sólo podemos especular sobre la forma en que Schumpeter habría revisado su manuscrito inacabado y en qué se habría diferenciado de las ediciones de su esposa. Sabemos, sin embargo, que HEA pretendía ser un texto de referencia exhaustivo más que un libro para leer de principio a fin. HEA sigue cumpliendo ese propósito y, en ese sentido, ha superado la prueba del tiempo.

Sin embargo, hay algo más por lo que HEA debería ser recordada. Se trata del modo en que Schumpeter enmarca la relación entre el análisis económico y el estudio histórico de las ideas económicas.

Al principio de HEA, Schumpeter subraya que considera el análisis económico como una técnica. Es lo que él denomina «conocimiento instrumental»: un conjunto de conceptos y técnicas que nos permiten comprender y, potencialmente, dar forma a la realidad económica.

No hay ciencia sin historia

La capacidad del análisis económico para realizar esta tarea en el presente, sostiene Schumpeter, se ve reforzada por el conocimiento de los «problemas y métodos anteriores a los que son una respuesta provisional». Por ejemplo, si queremos comprender plenamente el carácter y las limitaciones de la macroeconomía contemporánea, ayuda entender 1) los retos específicos que la Teoría General de Keynes trató de abordar y 2) cómo éstos configuraron la concepción de Keynes del gasto total en la economía y sus efectos sobre el empleo, la inflación y la producción económica.

No se trata de una aprobación encubierta del historicismo por parte de Schumpeter. Tampoco se trata de afirmar que el desarrollo de un análisis económico sólido esté subordinado al estudio de la historia, o que de algún modo pueda ser sustituido por ella, por no hablar de la interminable complicación de los datos. Para Schumpeter, sólo la teoría puede proporcionar la estructura lógica necesaria para organizar y comprender esa información. Más bien se trata de decir que, en palabras de Schumpeter, «el estado de cualquier ciencia en un momento dado implica su historia pasada y no puede transmitirse satisfactoriamente sin hacer explícita esta historia implícita.»

Schumpeter contra Samuelson

Por eso el libro de Schumpeter puede leerse como una crítica implícita de la inmensamente influyente Foundations of Economic Analysis (1947), escrita por otro de los estudiantes de doctorado de Schumpeter, Paul A. Samuelson. Publicado siete años antes de la aparición de HEA, las palabras «Las matemáticas son un lenguaje» sirven de frontispicio al texto. El libro de Samuelson desempeñó un papel fundamental en la transformación de posguerra de gran parte de la economía, especialmente la keynesiana, en construcciones matemáticas.

En efecto, las matemáticas son un lenguaje en la medida en que emplean símbolos para comunicar y explicar conceptos a los que se puede dar una forma cuantificable. Sin embargo, ningún modo de comunicación y comprensión puede explicarlo o encapsularlo todo. Además, la dependencia excesiva de un único modo de investigación puede limitar el alcance del análisis desplegado por cualquier ciencia natural o social, incluida la economía, y a menudo hace que pasen desapercibidos puntos de referencia y datos importantes. Pocos entendieron esto tan bien como Schumpeter, descrito por Viner como «quizá el último de los grandes polímatas», que poseía una comprensión sin parangón de la historia de las ideas, como reconocen incluso las reseñas muy críticas de HEA.

Esa arrogancia

Ahí radica la importancia perdurable del texto nunca terminado de Schumpeter. Recuerda a los economistas de hoy que el crecimiento del poder explicativo del análisis económico puede producirse a veces a través de una apreciación más profunda del pasado. Las preocupaciones y tendencias intelectuales del presente no siempre son una guía fiable para una investigación fructífera de los fenómenos económicos.

La modelización económica y la econometría de la posguerra han contribuido significativamente al desarrollo del análisis económico, pero no hacen inevitablemente superfluos los logros de pensadores económicos fallecidos hace mucho tiempo. Como escribió Schumpeter, el progreso del pensamiento no es necesariamente una línea recta entre nociones primitivas del pasado hacia un futuro cada vez más ilustrado. La verdadera arrogancia reside en imaginar que no tenemos nada que aprender de las grandes mentes que nos han precedido. Ese es el mensaje de Schumpeter para nosotros hoy.

Ver también

Cinco etapas en la historia de la escuela austríaca. (Adrián Ravier).

El legado y la vigencia de Adam Smith a los 300 años de su muerte. (George Youkhadar).

La historia se mueve a ritmo de swing. (Raquél Merino).

La economía a través del tiempo (XVII): Grecia, Escuela Austriaca y el buen conflicto

Antes de entrar en pensadores concretos, puede resultar interesante detenerse en la interpretación austriaca del pensamiento económico griego. Para ello, Huerta de Soto (2022) -uno de los mayores exponentes de la Escuela Austriaca- dedicó un extenso artículo en el que se posiciona sobre diferentes autores. En términos generales, el profesor considera que los antiguos griegos “fracasaron en su intento a la hora de comprender los principios esenciales del orden espontáneo del mercado y del proceso dinámico de cooperación social que les rodeaba” (p.4).

Así, Huerta considera que los helenos consiguieron realizar numerosos avances en todas las disciplinas humanísticas, pero fallaron a la hora de definir con exactitud esos procesos de mercado. Es más, el catedrático plantea que existió cierta simbiosis entre gobernantes y economía, siendo esta una herramienta para el poder en vez de pararse a analizar los fenómenos concretos que se daban en la realidad.

Desde la Escuela austríaca

El profesor analiza varios autores, pero este artículo va a detenerse en el análisis de Hesíodo, aunque este escritor será analizado en posteriores capítulos. En concreto, se verá el concepto buen conflicto, mencionado por Rothbard y por Huerta de Soto. Esta idea es importante pues, para ambos austriacos, vendría a representar un primitivo ímpetu empresarial, un espíritu de competencia leal.

Huerta de Soto (2022, 6) dice lo siguiente: “Hesíodo se refiere a la competencia por emulación, que él denomina buen conflicto, como una fuerza vital de tipo empresarial que hace posible superar en muchas circunstancias los grandes problemas que plantea la escasez de recursos”.

Por su parte, Rothbard (2006) afirma: “Para Hesíodo, la emulación conduce al sano desarrollo de un espíritu de competencia, que él llama buen conflicto, una fuerza vital para aliviar el problema básico de la escasez”.

Ambos se están refiriendo a los dos tipos de Eris (discordia o conflicto) que aparecen en el Los Trabajos y Los Días (Hesíodo, 2006). El verso exacto donde Hesíodo empieza a hablar sobre las dos Eris es el verso 11.

Los trabajos y los días

Hesíodo explica la diferencia entre la Eris mala, que fomenta la guerra y la discordia destructiva, y la Eris buena, que incita a la competencia saludable y al esfuerzo productivo. Esta distinción muestra que el conflicto puede tener un aspecto positivo cuando lleva a la mejora y al progreso:

No era en realidad una sola la especie de las Érides, sino que existen dos sobre la tierra. A una, todo aquel que logre comprenderla la bendecirá; la otra, en cambio, sólo merece reproches. Son de índole distinta; pues ésta favorece la guerra funesta y las pendencias, la muy cruel. Ningún mortal la quiere, sino que a la fuerza, por voluntad de los inmortales, veneran a la Eris amarga. A la otra la parió primera la Noche tenebrosa y la puso el Crónida de alto trono que habita en el éter, dentro de las raíces de la tierra y es mucho más útil para los hombres: ella estimula al trabajo incluso al holgazán; pues todo el que ve rico a otro que se desvive en arar o plantar y procurarse una buena casa, está ansioso por el trabajo.

El vecino envidia al vecino que se apresura a la riqueza -buena es esta Eris para los mortales-, el alfarero tiene inquina del alfarero y el artesano del artesano, el pobre está celoso del pobre y el aedo del aedo. ¡Oh Perses!, grábate tú esto en el corazón y que la Eris gustosa del mal no aparte tu voluntad del trabajo, preocupado por acechar los pleitos del ágora; pues poco le dura el interés por los litigios y las reuniones públicas a aquel en cuya casa no se encuentra en abundancia el sazonado sustento, el grano de Deméter, que la tierra produce. Cuando te hayas provisto bien de él, entonces sí que puedes suscitar querellas y pleitos sobre haciendas ajenas (pp. 62-63).

El espíritu creativo asociado a la competencia

En estas palabras, los austriacos ven ese espíritu creativo fomentado por el ejemplo a través de la competencia, la imitación conducida por la envidia sana. Sin embargo, otros autores han interpretado esto, más bien, como el nacimiento de una dialéctica primitiva (de Oliveira Mendonça, 89-90). Así, la sobreposición de Eris vendría a ser una “lógica dialógica” en la que la oposición genera algo nuevo, mayor que las partes de forma individual. Una especie de antesala de la tesis, antítesis y síntesis que muestra cómo emerge lo nuevo de las contradicciones.

La interpretación de Eris como el inicio de la dialéctica es una perspectiva interesante. La dialéctica, en términos filosóficos, es el proceso de argumentación que busca la verdad a través del diálogo y la resolución de contradicciones. La Eris buena fomenta la competencia y el esfuerzo constructivo, lo que a su vez puede llevar a un proceso de mejora continua y avance a través de la resolución de conflictos, algo muy parecido a lo que se conoce actualmente como dialéctica.

Eris

La Eris buena incita a las personas a esforzarse y competir de manera saludable, lo cual puede ser visto como un tipo de diálogo en el sentido de que las personas se superan mutuamente y buscan la excelencia a través de la emulación y la competencia. Este proceso de superación y mejora continua tiene elementos en común con la dialéctica, donde las ideas se confrontan y refinan hasta alcanzar un mayor entendimiento o verdad.

Aunque no se puede afirmar que Hesíodo introdujo la dialéctica en el sentido filosófico que desarrollaron posteriormente pensadores como Sócrates, Platón y Aristóteles, la idea de un conflicto constructivo que lleva al progreso puede considerarse un antecedente conceptual.

La Eris buena representa un reconocimiento temprano de que el conflicto no siempre es destructivo, sino que puede ser una fuerza motriz para el crecimiento y la mejora, un principio que subyace en la dialéctica filosófica. Para Huerta de Soto (2022, 6), sin embargo, esto no es así, sino que el buen conflicto es algo cercano a la “correcta concepción del orden espontáneo del mercado”, algo de lo que podría presumir también Demócrito.

Bibliografía

Hesíodo (2006) Teogonía. Gredos

Huerta de Soto, J. (2022). El pensamiento económico en la Antigua Grecia. Cuadernos Para el Avance la Libertad, 11.

Rothbard, M. N. (2006). Todo comenzó, como es usual, con los griegos. Mises Institute. https://mises.org/es/mises-daily/todo-comenzo-como-es-usual-con-los-griegos

de Oliveira Mendonça, A. L. (2016) Tributo à Éris: A Dialética Como a Luta Essencial da Condição Humana. Intervozes–trabalho, saúde, cultura, 87

Serie La economía a través del tiempo

El legado y la vigencia de Adam Smith a los 300 años de su nacimiento

Comencemos hablando de quien fue Adam Smith. De sus virtudes intelectuales a una temprana edad. Luego pasaremos a comentar y destacar sus grandes legados. No sólo en el pensamiento económico moderno, sino en la vigencia tanto teórica como práctica de sus principales líneas de pensamiento en el campo de la economía y la política actual.

Universidad de Glasgow

Adam Smith (5 de junio de 1723 – 17 de julio de 1790) Nació en Escocia. Según sus datos biográficos, Smith poseía una prodigiosa memoria y vocación por el estudio, facultades que le facilitaron el ingreso en la Universidad de Glasgow. En este centro, se apasionó por las matemáticas. Una vez graduado, obtuvo una beca para el Balliol College de Oxford, donde concluyó brillantemente sus estudios a la temprana edad de los 23 años, con un perfecto dominio de la filosofía clásica y sus máximos representantes: Platón, Aristóteles y Sócrates.

Durante los dos años siguientes a su graduación, profundizó en diferentes disciplinas desde la retórica a la economía, pasando por la historia, e inició su trayectoria como escritor de éxito publicando artículos en la Edimburgh Review.

Después de haber destacado como un docente excepcional en la Universidad de Glasgow, en el año 1758 fue nombrado decano de la Facultad de Filosofía de esta institución, rodeado de un gran prestigio. De hecho, valdría la pena mencionar, a título anecdótico, que son muchos los que afirman que Voltaire, afamado escritor francés y exponente de la Ilustración, solía enviarle a sus mejores alumnos como expresión de su reconocimiento y admiración.

Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones

Durante estos mismos años, Adam Smith formó parte de un selecto grupo en Glasgow conformado por intelectuales, científicos, comerciantes y hombres de negocios, un caldo de cultivo propicio para intercambiar ideas e información que posteriormente conformarían sus obras sobre filosofía y economía. Entre las cuales se pueden mencionar como las más destacadas, su Ensayo sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, principalmente y la Teoría de los sentimientos morales, entre otras obras.

Dicho esto, Adam Smith es considerado el padre de la economía moderna, por ser el precursor de esta disciplina al darle a la misma su carácter científico y distinguirla del resto de las demás ciencias. Pasando así a ser uno de los máximos exponentes de la economía clásica.

Teoría de los sentimientos morales

Smith en su primer gran libro titulado Teoría de los sentimientos morales, publicado en el año 1759, siendo esta su obra maestra desde una perspectiva filosófica, enunciaba los principios de la naturaleza humana, que según él guiaban el comportamiento social del hombre, a través, de su famosa teoría de “la mano invisible” proposición que sostiene que el hombre sin saberlo y sin proponérselo, orientaba el propio interés personal en función del bienestar de la sociedad en general, en términos materiales. Cabe destacar que el citado libro comienza explorando las conductas humanas, en las que en ningún lugar aparece el egoísmo con un rol principal, es importante resaltarlo a la luz de las críticas que de forma tergiversada han venido repitiendo a lo largo de los últimos años 240 años los enemigos del libre mercado. 

En cambio, Smith narra el proceso del ser humano como un sentir de empatía y ponerse en el lugar del otro como su mayor virtud, y no desde una posición egoísta donde el ser humano es visto como un explotador del hombre per se, inmerso en un juego suma-cero donde lo que gana uno el otro lo pierde.  Pues según este, el ser humano actúa de manera empática de forma natural, aun cuando no tenga beneficio de ello.

Francia

Es importante resaltar que en el año 1764, Adam Smith se instala en París, fue donde conoció a François Quesnay, economista y fundador de la escuela fisiocrática, una corriente ideológica fiel seguidora de la célebre máxima “laissez faire laissez passer” dejar hacer, dejar pasar”, que sitúa al margen la intervención del Estado en la economía, y destaca la existencia de una ley natural que podía asegurar el buen funcionamiento del sistema económico. La influencia de esta escuela sobre Smith fue patente, y se vio fuertemente reflejada en su máximo tratado económico antes mencionado titulado “Ensayo sobre la riqueza de las naciones” publicado en el año en 1776, es considerado el primer libro moderno de economía política, es decir, en este se aplicaban a la economía por vez primera los principios de investigación científica.

Adicionalmente, el libro fue una continuación del tema iniciado en su obra filosófica, donde mostraba cómo el juego espontáneo del egoísmo y empatismo humano bastaría para aumentar la riqueza de las naciones, si los gobiernos no interviniesen con sus medidas; en el desempeño de la economía. Siguiendo con este orden de ideas primarias, Adam Smith aplica estos principios al desarrollo de las teorías económicas sobre la división del trabajo, el mercado, la moneda, la naturaleza de la riqueza, el precio de las mercancías, los salarios, los beneficios y la acumulación del capital.

Cuatro principios de Adam Smith

Es importante destacar el rol fundamental, que han tenido a la luz del proceso de la globalización, el éxito del libre mercado global en generar riquezas, cuatro de los principios fundamentales expuestos por Smith en su Ensayo sobre “la riqueza de las naciones“, como los son el de las ventajas del libre mercado, el uso del dinero y los precios como el mecanismo que determina el funcionamiento de la economía, la división del trabajo y el desarrollo de la teoría de las ventajas absolutas posteriormente modificado por David Ricardo con su teoría sobre las ventajas comparativas.  Siendo estos postulados el mayor legado existencial que ha determinado los parámetros teóricos y prácticos bajo los cuales se ha desarrollado, a pesar de los tropiezos y dificultades históricas, el libre comercio mundial, desde el año 1945.

La aplicación de estas premisas teóricas, has traído aparejada la creación de mayor riqueza, por medio de la optimización en la localización y desempeño de los factores de producción globales, en función, de las ventajas comparativas y competitivas de las naciones bajo un esquema de libre comercio mundial, por un lado, y por el otro, en la diversificación de la producción de bienes y servicio, redundando en una   mejor calidad y menores precios de los mismos. De igual forma, esta dinámica ha estimulado la innovación y la invención tecnológica en función del progreso material de la humanidad.

¿Pensaba Smith en un hombre egoísta?

En lo referente a las críticas realizadas a Adam Smith por su idea de la libertad de los mercados, y al margen de las imperfecciones de los mismos, sea por barreras naturales o artificiales, creadas estas últimas por la misma intervención estatal. Smith, paradójicamente en su época, nunca creyó que el mercado fuese perfecto o funcionase automáticamente por arte de magia. Admitiendo que un mercado de comercio totalmente libre era una utopía. Así como tampoco apoyó un sistema anárquico, sin normas ni leyes, sino una economía de mercado, donde se permitiera en libre comercio, con una mínima intervención estatal que garantizase el funcionamiento óptimo del mismo, y donde el respeto a los derechos individuales tanto políticos como económicos y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley serían piezas fundamentales.

Otras de las críticas dirigidas hacia Adam Smith, ya arriba señaladas, pero que sería pertinente volver a remarcar, es la de considerar al ser humano como un individuo frío y egoísta, sin ninguna ética y solo preocupado por sus intereses materiales. Nada más lejos de la realidad, como ya lo hemos distinguido anteriormente. Pues Smith fue precisamente catedrático de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow, donde sostuvo en su ya citada obra «Teoría de los sentimientos morales» que el sentimiento del ser humano de la empatía, como su mayor virtud, produciría un beneficio en función social y no particular.

Sólidos cimientos

Los cimientos sobre los cuales se han sustentado los ataques distorsionadores a los idearios económicos y políticos de Adam Smith, han tenido más que fundamentos cientificos-empiricos serios, unos de índole políticos e ideológicos, que han resultado ser unos fracasos irrefutables en la historia contemporánea de la humanidad. Pues para muestra un botón y a título de evidencia existencial irrebatible nos planteamos la siguiente interrogante ¿Es que acaso el ascenso de China como potencia económica de alcance global, fue el producto de las vetustas, fracasadas y obsoletas, teorías económicas provenientes del pensamiento marxista-leninista, defensora de la propiedad colectiva y el control estatal de la economía a través de la planificación central? ¿O lo es principalmente de los fundamentos básicos de su contraparte ideológica y filosófica, el liberalismo defensor del libre mercado, sustentado en las originarias teorías económicas y filosóficas de Adam Smith? 

La economía a través del tiempo (IV): La primera disciplina fue la Economía

Hemos empezado esta serie explicando la importancia de sumergirse en los fundamentos filosóficos e históricos de la economía. Eso nos permitió ver de forma soslayada la conexión interdisciplinaria que existe en las ciencias que estudian fenómenos en los que interviene el Ser Humano. Luego hemos continuado hablando de las bases sociológicas que se tendrán en cuenta a la hora de analizar las ideas que vayan apareciendo. Por último, establecimos unas pequeñas nociones sobre filosofía política que nos ayudarán a diferenciar entre ideas que, a priori, pudieran parecer correlacionadas, pero que aluden a modelos completamente diferentes. Ya hemos establecido el marco sobre el que se va a construir el estudio. Ahora podemos comenzar a retrotraernos en el tiempo para descubrir el origen de la Economía.

En los albores de la historia

En conversaciones informales, sobre todo con aquellos ajenos a la disciplina, suele relacionarse el inicio de la Economía con la Edad Moderna. A veces, quizás, con la Edad Media. Sin embargo, el Ser Humano ha puesto en el centro de sus vidas la necesidad de administrar los recursos escasos desde el inicio. Eso, aunque se haya dado mediante formas rudimentarias, no es más que la muestra de la importancia que tiene nuestro campo para la propia supervivencia y, en general, para la esencia del Hombre. Tanto es así que ha sido la base de una buena parte de las expresiones culturales desde la antigüedad.

De hecho, hoy en día podemos asegurar que los restos escritos más antiguos descubiertos ‘pertenecen al campo de la Economía’. Es la economía la que inaugura, al menos de forma escrita, el estudio. Y, además, refleja la necesidad del ser humano de dejar constancia de determinadas cuestiones de forma duradera. En concreto, la escritura más añeja de la que disponemos es del s. IV a.C. y se trata de una serie de símbolos abstractos encontrados en una especie de material convexo de arcilla conocido popularmente como “tablilla”.

Registro de la actividad comercial

Estas tablillas están escritas por ‘funcionarios’ de Uruk. Uruk es onocido, entre otras cosas, por ser el lugar en el que se supone que reinó Gilgamesh según la famosa epopeya que lleva su nombre. Y ahora mismo tenemos unas cuatro mil. Así lo explica  Schmandt-Besserat (2010) quien, también, detalla con mayor precisión su contenido:

A partir de aquellos contenidos textuales fragmentarios, que estas identificaciones permiten, parece que los escribas de Uruk registran, principalmente, asuntos como transacciones comerciales y ventas de tierras. Algunos de los términos que aparecen con mayor frecuencia son los de pan, cerveza, oveja, ganado mayor y vestimenta (p. 8).

Sin embargo, el texto citado continúa exponiendo un sistema de protoescritura que podría llegar a alcanzar el s.XI a.C. y que se basaba en fichas con diferentes marcas. Tales distintivos y su disposición hace pensar que su función era contable y que servían como ‘asientos’, lo que permitía el intercambio de bienes y el pequeño comercio. Y, según mantiene la autora anterior, esta necesidad de reflejar las cuentas económicas fue la que llevó a aquellas personas a ir desarrollando poco a poco lo que hoy conocemos como ‘documentos’.

Tablillas

En primer lugar, la innovación tomó auge por su propia conveniencia; cualquiera podía leer qué fichas, y en qué número, contenía una bulla. Lo que sucedió después fue virtualmente inevitable y la sustitución de las propias fichas por sus representaciones bidimensionales habrá sido, al parecer, el eslabón crucial entre el sistema de registro arcaico y la escritura.

Las bullas huecas, con sus fichas en el interior, habrán sido reemplazadas por sólidos objetos de arcilla inscritos: las tablillas. Los montones de fichas en sanas, canastas y estantes de los archivos habrán cedido el paso a signos representativos de aquellas, inscritos sobre tablillas, esto es, habrán cedido su lugar a documentos escritos (p. 16).

Economía de símbolos

Sería, no obstante, demasiado egocéntrico para el economista no considerar la existencia de otro tipo de escritos. Si bien nuestra disciplina ha sido la que ha provocado, con bastante seguridad, el desarrollo de la escritura, existen restos antiguos de expresiones pictográficas abstractas más relacionadas, por ejemplo, con lo religioso. Como ejemplo de esto tenemos una inscripción en la pirámide de Unas, en Saqqara (Cayton, 2015) que es anterior al año 2.400 a.C. y que no es más que un hechizo para ahuyentar serpientes. Sin embargo, en todas las partes del mundo lo económico fue crucial. De hecho, la propia Economía obligó a que el número de símbolos fuera reducido y, por lo tanto, fomentó la abstracción de los mismos construyendo, poco a poco, la escritura que conocemos hoy. Tal y como explica Cayton:

Que se pudieran usar menos de treinta signos para representar una palabra en cualquier lengua le parecería algo muy tosco a un escriba egipcio, acostumbrado a emplear centenares. Pero este primer alfabeto era utilitario y tenía que serlo. Este método alfabético tenía a su favor que era relativamente fácil de aprender, que se podía adaptar a la mayoría de las lenguas y que liberaba al comerciante del poder del escriba, ya fuese este del templo, real o militar. Uno podía llevar sus propios registros, podía dirigir sus propios negocios.

Se sabe con seguridad que alrededor del 1700 a. C. los trabajadores semitas de las minas de Serabit el-Khadem (Sinaí) empleaban un sistema similar al de la inscripción de Wadi el-Hol; a partir del 1600 esta escritura protosinaítica aparece más al norte, en la zona sirio-palestina; y hacia el 1000 a. C. se usó en su forma fenicia para esculpir un verso protector alrededor de la tumba de Ahiram, rey de Biblos, una ciudad famosa por su comercio exportador de papiros, y de donde procede la palabra griega para designar el libro, biblios (p. 13).

Abstracción y complejidad

Por lo tanto, tanto la aparición de la escritura como su desarrollo – hacia la abstracción y la complejidad – están profundamente condicionados por la Economía siendo esta el principal motor de lo que puso fin a la Prehistoria. De ahí que sea crucial poner en valor la importancia del pensamiento económico y, también, que sea natural encontrar en prácticamente cualquier pensador alguna opinión, por escueta que sea, sobre nuestro campo de estudio.

Bibliografía

Schmandt-Besserat, D. (1978). Antecedentes de la escritura. Revista de la Investigación y ciencia, 23, 6-16.

Clayton, E. (2015). La historia de la escritura (Vol. 81). Siruela.

Serie La economía a través del tiempo

(I) El estudio de la historia del pensamiento

(II) Individuo y colectivo, comunidad y sociedad

(III) El Estado y las formas de intervención

La economía a través del tiempo (III): El Estado y las formas de intervención

En este artículo no pretendo desentrañar con plena precisión las características que debe de tener una organización política para poder ser considerada Estado. Sin embargo, sí quiero esbozar una serie de ideas que nos permitan aclarar qué se entiende (más o menos) por Estado. O, más bien, qué se ha entendido a lo largo del tiempo por comunidad política. Quiero, además, analizar el concepto de “intervención” que suele asociarse con una injerencia del poder político en el correcto orden social y natural. Aunque, como veremos, desde ámbitos como la Iglesia Católica se ha entendido tradicionalmente que la “intervención” puede darse desde la autoridad política – diferente concepto que Estado– con una determinada intención y utilizando unas determinadas herramientas.

Hablar de “intervención” o de “Estado” es algo crucial a la hora de analizar históricamente las ideas que defienden un orden jerárquico y cierto tipo de control proveniente desde algún tipo de autoridad. De ahí que sea necesario que nos paremos en este punto. Sobre todo, es importante que desliguemos ambos conceptos. Pueden existir intervenciones no estatistas, pues ello nos ayuda a entender muchas posiciones pretéritas y a evitar caer en anacronismos.

Monopolio de la violencia

Lo primero que discuto es la idea de que “Estado” es cualquier tipo de organización política en la cual se distribuyen las personas jerárquicamente. Es necesario –para que una organización sea un Estado y no otro tipo de asociación– que tal y como apuntaba Weber (1979) la instancia que ostenta el poder posea la capacidad absoluta de determinar en qué momentos se puede usar la violencia dentro de la comunidad. Se suman otros elementos, como la acotación de su acción dentro de un determinado territorio (p. 92).

Si se pretende matizar esta definición, y para poder entender los diferentes contextos históricos, es necesario hacer algo. Separar las organizaciones políticas modernas basadas en la soberanía (Estados) y las demás. Especialmente aquellas típicas de la Alta Edad Media.

El Estado, en la Iglesia

Podemos ver mediante las encíclicas papales como existe una clara diferencia cuando se trata de aludir a la comunidad política. Y cuando se hace necesario, en tiempos más modernos, traer a colación el término “Estado”, que en latín es “Status”. Hay un cambio esencial en la forma del poder con la modernidad.

Así, cuando León XIII (1891) supuestamente dice en Rerum Novarum “(…) sobre la cristiana constitución de los Estados (…)” realmente está escribiendo “(…) de civitatum constitutione christiana (…)” –puesto que el latín es el idioma oficial–. Esta traducción torticera convertiría “La ciudad de Dios” de San Agustín en el horroroso “Estado de Dios”. Esto es algo profundamente absurdo para cualquiera, pero que ha permitido que muchos se confundan. Es por esto que León XIII no habla en ningún momento de “Status”.

Centesimus Annus

La Iglesia, empero, cuando ha querido hacer referencia explícita al Estado, sí ha utilizado, sin ningún miramiento, esa palabra. Así lo vemos en Maximam Gravissimamque de Pío XI (1924) que, hablando de las asociaciones diocesanas francesas, hace referencia a un órgano del gobierno francés del s.XX llamándolo “Consilium Status” que en español sería “Consejo de Estado”.

De igual manera, San Juan Pablo II (1991), en Centesimus Annus, para referirse al Estado actual, no tiene reparos en utilizar “Status”. Es decir, cuando la Iglesia ha dicho a lo largo de los tiempos que en la comunidad política se debía de hacer esto o aquello no se refería al Estado y cuando ha querido referirse a este lo ha hecho.

Estado y modernidad

Vemos, pues, que históricamente “Estado” se ha usado para referirse a aquello que surgió ya en la modernidad. Así nos lo hace ver Álvaro d’Ors (1961) en el siguiente texto:

Como es notorio, poderes políticos más o menos absolutos, más o menos insubordinados a toda norma superior a ellos mismos, eso se ha dado en cualquier momento de la historia. Pero la idea de que los hombres, para vivir una vida civil, deben integrarse en unidades políticas territoriales, formando una sola masa humana, sometida a un único poder, racionalizada y reglamentada por una misma norma positiva, y de que tales unidades territoriales están encerradas en fronteras que limitan la órbita de aquel poder y de aquella ley, eso, que es lo que propiamente llamamos Estado, eso es una creación relativamente moderna. Ni la antigüedad ni el medievo conocieron el Estado. Y resulta del todo anacrónico y desorientador el hablar, como suele hacerse, de “Estado romano”, “Estado visigodo” etcétera.

Álvaro d’Ors. Papeles del oficio universitario (Rialp), p. 316.

Numerosos autores, como Sabine (2002), han otorgado el honor del estreno de la palabra “Estado” (pp. 129-280) a Maquiavelo (1997) en El príncipe cuando dice: “Todos los estados, todos los gobiernos que han regido y rigen la vida de los hombres, han sido y son repúblicas o principados” (p. 35). Y es que, adelantándose a la tónica cientificista típica que ha caracterizado a la modernidad, se supone que el autor pretendió captar el concepto físico “stato” con el que pretendía reclamar la estabilidad propia de cualquier forma de gobierno para que esta sea efectiva.

Autoridad y Estado

Sin embargo, al mezclar las formas modernas y las antiguas bajo un mismo concepto surgen las confusiones. Así, muchos han tendido a relacionar el pensamiento católico – por ejemplo– con el estatismo. Esto se produce por el hecho de que, en determinados casos, se plantea que la intervención de la autoridad es plenamente legítima. No obstante, entendemos que autoridad y Estado no tiene por qué ser lo mismo. Así, podemos echar un vistazo a la encíclica Quadragesimo Anno de Pío XI (1931) para poder entender exactamente qué tipo de intervención defiende la Iglesia:

Debe con todo quedar en pie el principio importantísimo en la filosofía social de que así como no es lícito quitar a los individuos lo que ellos pueden realizar con sus propias fuerzas e industria para confiarlo a la comunidad, así también es injusto reservar a una sociedad mayor o más elevada lo que las comunidades menores e inferiores pueden hacer. Y esto es juntamente un grave daño y un trastorno del recto orden de la sociedad, porque el objeto natural de cualquier intervención de la sociedad misma es el de ayudar de manera supletoria a los miembros del cuerpo social y no el de destruirlos y absorberlos.

Pio XI. Quadragesimo Anno.

Intervención

Cuando se habla de intervención a lo largo de la historia – también en el ámbito económico, que es el que más nos interesa para este trabajo– no siempre nos tenemos que referir a ese intervencionismo estatista moderno. También a una ayuda supletoria ante una incapacidad de una sociedad menor. Lo acabamos de ver explicando el Principio de Subsidiariedad de la Iglesia. Por poner un ejemplo muy simple: el control que ejerce un padre sobre la ropa que su hijo pequeño lleva puesta, dado que el muchacho no tiene la capacidad para ir a una tienda y comprar la que él quiera. En este caso, el padre está interviniendo como una autoridad sobre su hijo, pero su vínculo es completamente natural y ajustado al orden en vez de ser una injerencia con animosidad de ejercer ingeniería social.

Vemos, en conclusión, una diferencia esencial entre la intervención estatista que pretende absorber las funciones – determinar cómo, cuándo y qué producir– de las comunidades inferiores – empresas– y aquella que busca suplir lo que el incapaz no puede realizar.

Bibliografía

Weber, W. (1979). El político y el científico (5ª ed). Alianza. (Original publicado en 1864)

León XIII, Carta Encíclica Rerum Novarum sobre la situación de los obreros (15 mayo 1891) Vatican.va. https://www.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum.html

Pío XI, Carta Encíclica Maximam Gravissimamque sobre las asociaciones diocesanas (18 enero 1924) Vatican.va. https://www.vatican.va/content/pius-xi/la/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_18011924_maximam-gravissimamque.html

Juan Pablo II, Carta Encíclica Centesimus Annus (1 mayo 1991) Vatican.va. https://www.vatican.va/content/john-paul-ii/la/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_01051991_centesimus-annus.html

d’Ors, A. (1961). Papeles del oficio universitario. Rialp.

Sabine, G. H. (2002). Historia de la teoría política (3ª ed). FCE.

Maquiavelo, N. (1997). El príncipe (28ª ed). Optima. (Original publicado en 1513)

Pío XI, Carta Encíclica Quadragesimo Anno sobre la restauración del orden social en perfecta conformidad con la Ley Evangélica (15 mayo 1931) Vatican.va. https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19310515_quadragesimo-anno.html (Nota: La traducción la he sacado de la colección Ecclesia de Ediciones Acción Católica Española. El motivo es que la terminología coincidía más con la empleada en el artículo. No obstante, en la bibliografía pongo la edición en línea para que se pueda consultar)

Serie La economía a través del tiempo

(I) El estudio de la historia del pensamiento

(II) Individuo y colectivo, comunidad y sociedad

La economía a través del tiempo (I): el estudio de la historia del pensamiento

Doy gracias al Instituto Juan de Mariana por haberme cedido este pequeño espacio en el que voy a tratar de realizar un divertido viaje a través del tiempo. Con esta sección no pretendo desarrollar ningún tipo de argumentación o filosofía sino, más bien, aventurarme, en compañía del lector por una travesía por la historia del pensamiento económico que es, en realidad, una porción interesante de la historia del pensamiento Humano.

Esto último es bastante relevante para lo que nos atañe. La economía no es una ciencia al uso; tiene sus particularidades. Estudia las relaciones existentes entre las cosas –los objetos, bienes y servicios– y nosotros. Es decir, opera en dos ámbitos fácilmente separables: lo humano, que implica creatividad y libertad; y lo material, que se suele relacionar con lo mensurable y susceptible de someterse a una computación.

Una disciplina compleja

Estas circunstancias, que convierten a la economía en algo tan divertido, han provocado numerosas discusiones relacionadas con el método que se debe utilizar para estudiar los hechos económicos. Es por ello por lo que el economista debe de ser consciente de que su disciplina es mucho más complicada de lo que cree, con un desarrollo histórico asombroso y profundamente emocionante.

De lo anterior se puede deducir mi intención con esta sección: defender que la historia de la economía y su pensamiento es esencial para un buen conocimiento de la realidad – además de ser entretenida–. Es por ello por lo que trataremos de resaltar aspectos más desconocidos y cuestiones llamativas que contribuyan a la generación de la curiosidad. No se va a construir un manual que pueda servir de estudio, sino un conjunto de escritos que promocionen la lectura y el interés sobre el tema.

Una ciencia que habla con otras ciencias

Hay que ser conscientes de que en un viaje que pretende revisar los diferentes puntos de vista que han existido sobre la economía tendremos la imperiosa necesidad de detenernos sobre cuestiones filosóficas. Uno de los problemas habituales a la hora de comprender esto es que se suele ver la economía como una ciencia aislada. No obstante, es imprescindible entender que para muchos razonamientos económicos debemos de partir de unas concepciones claras sobre antropología, epistemología, ontología… Cosas que pertenecen al campo de la filosofía. Esto no es algo exclusivo del menester de esta sección, en general todas las ciencias sociales –o parcialmente sociales– necesitan de la filosofía.

Esto es algo que se puede ver con el siguiente ejemplo. Yo, sinceramente, creo que uno de los principales debates de la sociología como la pelea entre el estructuralismo y la agencia no se diferencia, en la raíz, del debate de la economía sobre el valor –objetivo o subjetivo– o de la polémica de auxiliis dentro de la teología. Los tres dilemas, en realidad, pertenecerían a una misma cuestión y, de resolverse uno de ellos, los tres estarían resueltos. Todos nos hablan del papel de la voluntad humana en la realidad, otros, incluso, ponen en cuestión su propia existencia.

Economía de no economistas

Jenofonte, Aristóteles o San Agustín no fueron, en esencia, economistas. Sin embargo, mencionaron y estudiaron aspectos relacionados con esta ciencia. Elementos que sirvieron de influencia para pensadores posteriores y que, inevitablemente, de alguna u otra forma afectaron a escuelas económicas concretas. Dentro de la propia escuela austriaca hay quien se reconoce más aristotélico y hay otros que se dicen kantianos. Me gustaría que hubiera algún “hesiodélico” que se sirviera de Hesíodo para defender una edad de oro y algún “ovidiense” que hiciera lo mismo pero de una forma más latina, pero de eso no hay.

Bromas aparte, sí es verdad que vulgarmente se relaciona con Adam Smith el inicio del pensamiento económico. Ya no es sólo que con esto nos olvidemos de figuras como Cantillon o William Petty, sino que dejamos de valorar a multitud de personas que en el pasado contribuyeron a nuestra disciplina con mayor o menor acierto pero con una obvia rigurosidad. La prueba está, sin lugar a dudas, en que esta institución lleva el nombre de Juan de Mariana.

Ideas e historia

Por último, no hay que olvidar que para esta encomienda debemos de tener presente siempre el contexto histórico. No me gustaría tener que pararme mucho sobre esas cosas –puesto que a mí lo que realmente me interesa son las ideas–, sin embargo hay cuestiones muy curiosas que trataremos de comentar. Lo bueno de los filósofos –que son los que más hablaron de estas cosas en la antigüedad – es su aspiración a lo universal y, por lo tanto, a dejar un poco de lado lo que les estaba sucediendo a ellos concretamente.

Aún así, hay que entender que los cambios políticos, o incluso comerciales, han afectado enormemente a la visión que se ha tenido sobre el mundo en las diferentes épocas. La economía dentro de la Edad Media ha estado repleta de investigaciones morales, algo que se puede mantener algo en Smith y que con el tiempo, a veces, se va olvidando por aquello de tratar de imitar a las ciencias naturales.

Como si las personas importaran

Mi opinión ha sido siempre que la economía no puede separarse de una manera tan definitiva de lo moral. Al final, cuando hablamos de cómo deben de administrarse los bienes escasos llevamos en la mochila un juicio moral. Lo mismo sucede cuando ponderamos si una medida política ha sido “positiva”. Hay autores de nuestra época, como Schumacher, que han querido recuperar un poco ese sentido moral.

Por eso el subtítulo de su libro “Lo pequeño es hermoso” es “Economía como si las personas importaran”. Aunque ahora parezca algo llamativo, en la antigüedad –como veremos – era algo más habitual. Soy sincero cuando digo que me parece la posición correcta –asumir una postura moral, no encubrirla y hacer economía aceptándola abiertamente – pues todos tenemos sesgos y es honesto ser capaz de mostrarlos.

En definitiva, abrir nuestra perspectiva y conocer la amplitud de la economía nos puede servir para evitar una fatal arrogancia. Nos mostrará que nuestra disciplina se entremezcla con otras creando, a veces, una simbiosis que les hace completamente codependientes. La complejidad de lo real es tan avasallante como fascinante.

Serie La economía a través del tiempo

(I) El estudio de la historia del pensamiento

(II) Individuo y colectivo, comunidad y sociedad

Raíces del pensamiento económico argentino

He tenido el placer de editar el libro que lleva el título de esta nota, convocando a expertos que representan distintas corrientes de pensamiento económico con ideas fundadas en Europa, Estados Unidos o Latinoamérica, pero que luego fueron importadas en nuestro país y ampliadas a través de personas e instituciones que trabajaron por décadas con ese objetivo.

Virreinato del Río de La Plata: La primera referencia es con la llegada de los barcos españoles al continente americano, producto de cierto mercantilismo que nace en Inglaterra y Francia, que luego adquiere su propio proceso en España y que se plasmó en el gobierno de los virreinatos que se impusieron a lo que hoy es nuestro territorio nacional. En esos siglos de dominio español, nuestro territorio estuvo plagado de restricciones al comercio, lo que impidió que el desarrollo económico y el progreso ocurrieran antes del modelo agro exportador.

Manuel Belgrano e Hipólito Vieytes: Mientras el primero estudió en Europa y se acercó a las ideas del Laissez Faire y Adam Smith, Vieytes tuvo un proceso más latino, pero llegando a las mismas fuentes. En los distintos periódicos que circularon poco antes de la Revolución de Mayo (me refiero al Telégrafo Mercantil y al Semanario de Agricultura, Industria y Comercio), tanto Belgrano como Vieytes le dieron a nuestras tierras las primeras pinceladas liberales. Es cierto que la Revolución de Mayo ocurre en paralelo con las batallas entre Francia y España, que mantenían a los monarcas españoles preocupados por defender territorio propio, pero también había en lo que hoy es el territorio argentino fuerzas locales que exigían cierto liberalismo del comercio para alcanzar el progreso. Belgrano y Vieytes le dieron a esa Revolución un espíritu liberal, no solo para recuperar libertades individuales y buscar un desarrollo local propio, sino también para liberar el comercio.

La Generación del 37: Rodeados de guerras civiles, intelectuales como Esteban Echeverría (1805-1851), Juan María Gutiérrez (1809-1878), Juan Bautista Alberdi (1810-1884) y Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) lograron crear una isla de diálogo en la que fueron construyendo las bases de nuestra Argentina. Había diferencias entre ellos, claramente, pero coincidían en la importancia del comercio como base del progreso, y cuestionaban las regulaciones y los monopolios.

Las Bases de Alberdi: Esa isla intelectual fue inspiración de nuestra arquitectura constitucional, la que se puede leer en las Bases de Juan Bautista Alberdi. Como bien dice el historiador Ricardo López Gottig las ideas liberales plasmadas en nuestra Constitución de 1853, “no fueron monopolio de Alberdi”. Aun así, su trabajo fue fundamental para recoger e importar instituciones, reglas de juego, debates y experiencias que había acontecido en Europa y Norteamérica. Es a partir de ese marco constitucional que Argentina despega, alcanzando un desarrollo económico milagroso, atrayendo inmigrantes con el florecimiento del comercio y el consecuente progreso.

Quizás una primera conclusión de este estudio es que el siglo XIX de la Argentina fue liberal, con excelentes resultados que se pueden observar en indicadores económicos y sociales.

El socialismo librecambista: Incluso en ciertos socialistas que participaron de debates parlamentarios como Juan B. Justo -quien tradujo El Capital de Marx al español- se observa cierto pedido de libre comercio, entendiendo que la libre importación de alimentos reducía los precios que beneficiaban al trabajador.

John Maynard Keynes y Raúl Prebisch: Las circunstancias históricas, sin embargo, cambian con la primera guerra mundial y la gran depresión de los años 1930, y emerge en el mundo desarrollado la figura de John Maynard Keynes. Keynes pedía cierto estado presente y cierta política económica estabilizadora para enfrentar la gran depresión, lo que no significa justificar los excesos que el mundo cometió en su nombre en el siglo XX. En Argentina fue especialmente importante la figura de Raúl Prebisch, recibiendo la influencia de Keynes, pero dándole una forma local propia. Una diferencia sustancial entre ambos es que Keynes, fundamentaba la intervención con ánimo de estimular la demanda agregada en un contexto de crisis y recursos ociosos; Prebisch, sin embargo, tiene un ánimo más desarrollista, fundamentando la intervención y el estado presente en contextos diferentes. Aun así, ni Keynes, ni Prebisch, ni tampoco seguidores de esta corriente como Julio Olivera, Roberto Frenkel, o los autores de estos capítulos del libro de referencia como Saúl Keifman, Luis Blaum y Daniel Heymann, justificarían las intervenciones económicas de los sucesivos gobiernos argentinos a los largo del siglo XX. Una cosa es sostener que el gobierno debe intervenir con un ánimo desarrollista, otra muy distinta es justificar los excesos de los sucesivos gobiernos argentinos.

La Escuela Austriaca de Mises y Hayek: Quizás para enfrentar esa expansión del Estado Moderno, algunos argentinos como Alberto Benegas Lynch importaron en la Argentina las ideas de la Escuela Austriaca, en particular la de Mises y Hayek. Primero con reuniones en la Universidad de Buenos Aires, y luego con la creación de distintos centros, algunas personas e instituciones se preocuparon por traer a estas figuras intelectuales nacidas en Viena para ilustrarnos de aquellos excesos. No se trataba de defender ideas anarquistas o libertarias, sino de defender la libertad individual, la economía de mercado, la propiedad privada y el gobierno limitado. Varios intelectuales como Juan Carlos Cachanosky viajaron a Estados Unidos a doctorarse en programas austriacos, para luego traer esas ideas a la Argentina.

La Escuela de Chicago de Milton Friedman: Lo mismo ocurrió con la Escuela de Chicago. Jóvenes argentinos viajaron a esta ciudad de los Estados Unidos y se acercaron a las ideas de Milton Friedman, las que luego trajeron a nuestro país para alentar un debate necesario. Juan Carlos de Pablo cuenta en este capítulo quienes fueron las personas y las instituciones responsables de crear cierto monetarismo argentino, ideas necesarias para encontrar respuestas al problema de la inflación.

La Economía Social de Mercado y la Doctrina Social de la Iglesia: En esta historia por supuesto que la Iglesia también recibió influencia de ideas foráneas, y en este capítulo Marcelo Resico muestra el impacto de ciertas ideas ordoliberales, que tuvieron éxito -entre otros- en el milagro alemán de posguerra, y que pueden ayudar a resolver ciertos dicotomías entre liberales y keynesianos. Röpke, Einaudi, Rueff, Erhard son posiblemente un puente entre Keynes y Hayek, una respuesta a esa grieta de ideas económicas que prevalece aun hoy en Argentina.

Un renovado interés por las instituciones: Si la economía en la primera mitad del siglo XX se transformó hacia cierto mecanicismo matemático, lejos del enfoque multidisciplinar que tenían los trabajos clásicos, en las últimas décadas parece ocurrir cierto renovado interés por la economía institucional. Martín Krause nos cuenta cómo las ideas de James M. Buchanan, Ronald Coase y Douglass North, entre otras, llegan a nuestro país y empiezan a generar interés en los economistas locales.Este es un libro plural, y hemos pretendido darle voz a los distintos economistas influidos por distintas corrientes de pensamiento. Se trata de un intento por rastrear las fuentes de nuestro pensamiento económico, tan heterogéneo como podrá ver el lector en los medios, pero al mismo tiempo, tan actualizado respecto de los procesos iniciados en otros continentes. El debate de ideas es el precedente del orden económico institucional que puede ayudar a la Argentina a encontrar respuestas a sus problemas. Este libro pretende iniciar una búsqueda y un diálogo entre quienes se han formado con diversas influencias de pensamiento económico.

Adrián Ravier es Doctor en Economía por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. El libro de referencia se titula “Raíces del pensamiento económico argentino”, y fue publicado por el Grupo Unión, en Buenos Aires, en diciembre de 2021. Han participado de este libro los historiadores económicos Ricardo Manuel Rojas, Ricardo López Gottig y Alejandro Gómez, y los economistas Alberto Benegas Lynch (h), Juan Carlos de Pablo, Saúl Keifman, Luis Blaum, Daniel Heymann, Marcelo Resico y Martín Krause. 

Cinco etapas en la historia de la Escuela Austríaca

La Escuela Austriaca de Economía parece estar ganando espacio en la opinión pública. Esta nota ofrece un repaso histórico para conocer sus etapas, identificar a los personajes más importantes de su historia, y conocer algunas de sus contribuciones al pensamiento económico. Cierre con una reflexión sobre el presente de esta tradición.

Primera etapa: La fundación (1871-1911)

La Escuela Austriaca se funda en 1871 con los Principios de Economía de Carl Menger, quien tuvo un importante debate con los historicistas alemanes pidiendo abandonar la búsqueda de regularidades y más bien buscando desarrollar leyes económicas de aplicación universal. También Menger fue crítico de la teoría del valor trabajo en la que se fundaba el pensamiento clásico, siendo parte de la revolución marginal.

Eugen Böhm Bawerk, por su parte, fue un estudioso de los aportes de Menger, pero llevó sus investigaciones más lejos, las que se pueden ver en su libro en tres tomos Capital e interés. Böhm Bawerk comprendió rápidamente que estas ideas podían utilizarse para mostrar las contradicciones del marxismo.

Segunda etapa: La consolidación (1912-1945)

En 1912 la Escuela Austriaca ingresa en su segunda etapa, la de consolidación. Allí aparecen los aportes de Ludwig von Mises, primero con su Teoría del dinero y del crédito, y luego con la conformación de un seminario privado donde forma importantes alumnos. En 1922 Mises publica Socialismo, un libro que anticipa el fracaso de este sistema alternativo.

Su más brillante discípulo, Friedrich Hayek es quien extiende las investigaciones de Mises. Sobre el socialismo, Hayek desarrolla su teoría del conocimiento; en la macroeconomía, agrega a la teoría austriaca del ciclo económico, una mayor profundización de la teoría del capital. Estas ideas resultan centrales en el debate de aquellos años sobre el cálculo económico frente a socialistas como Taylor y Lange, mientras que en el área macro, Hayek viaja a Londres para debatir con John Maynard Keynes y la Escuela de Cambridge.

Tercera etapa: El aislamiento (1945-1973)

Una sucesión de hechos rompe con el predominio de la Escuela Austriaca. 1. Los nazis atacan Viena y los miembros de la Escuela Austriaca deben dispersarse. Mises se establece aislado en Ginebra, mientras que Hayek lo hace en Londres. Poco tiempo después Mises tiene que abandonar Europa y toma un barco a Nueva York. Hayek poco tiempo después se establece en la Escuela de Chicago. 2. La economía se vuelve anglo-parlante en un momento en que todas las publicaciones austriacas estaban escritas en alemán. Mises y Hayek recién entonces empiezan a publicar sus contribuciones en inglés. 3. La economía también abandona la lógica verbal para fundarse en modelos matemáticos y de equilibrio que estaban muy lejos de la metodología austriaca. Destacados economistas mencionan lo difícil que era modelizar las ideas austriacas. 4. La revolución keynesiana genera un cambio ideológico que choca con ciertas ideas liberales austriacas.

En esta etapa de aislamiento, sin embargo, la Escuela Austriaca logra reconstruirse, de nuevo, sobre la base de los esfuerzos de Mises y Hayek. Mises publica en 1949 La Acción Humana, su Tratado de Economía, además de formar un nuevo seminario privado en la Universidad de Nueva York donde forma nuevos alumnos.

Cuarta etapa: El resurgimiento (1974-2000)

Con la estanflación de los años 1970, y siendo evidente el desenlace de la revolución keynesiana, la Escuela Austriaca logra su resurgimiento en paralelo con la contrarrevolución monetarista. La Academia Sueca advierte que Hayek había anticipado en los años 1930 los problemas de las políticas keynesianas y le otorga el Premio Nobel en 1974 por sus aportes a la teoría del capital y los ciclos económicos, y también por ofrecer un estudio multidisciplinar que enriquece los estudios económicos.

Un año antes, en 1973, el Institute for Human Studies organiza un seminario con la presencia de tres destacados autores austriacos: 1. Israel Kirzner, quien se doctoró bajo la tutela de Mises en Nueva York y desarrolló contribuciones a la empresarialidad; 2. Murray Rothbard, quien desarrolló un nuevo tratado de economía, una moderna explicación de lo ocurrido en la crisis del treinta y sus contribuciones a la ética de la libertad; 3. Ludwig Lachmann, quien amplió el estudio macro de Hayek conectando la teoría del capital con las expectativas subjetivas y nuevos aportes a los ciclos económicos.

Quinta etapa: Las oportunidades de la especialización (2000-hoy)

En el año 2000 la Escuela Austriaca entra en su quinta etapa, con oportunidades para la especialización. Fritz Machlup, o en Argentina Gabriel Zanotti ofrecen contribuciones con una nueva metodología para la economía política; Peter Klein y Nicolai Foss ofrecen aportes a la microeconomía que extienden los aportes de Kirzner sobre el proceso de mercado y desarrollan una nueva teoría austriaca de la empresa. Juan Sebastián Landoni es en Argentina el especialista en la materia; Peter Lewin amplía los aportes de Hayek sobre la teoría austriaca del capital, ofreciendo sus aportes a una teoría del capital en desequilibrio. El economista argentino Nicolás Cachanosky ha escrito trabajos en coautoría con Lewin en esta materia. Steven Horwitz ofrece contribuciones a los microfundamentos de la macroeconomía. Roger Garrison desarrolló aportes a la macroeconomía basada en el capital, la que se enfrenta a los modelos keynesianos, monetaristas e incluso a la nueva macroeconomía clásica. Aun en el área de pobreza y desigualdad, pueden verse los trabajos de William Easterly, consistentes con la línea austriaca, colocando a Hayek como un experto. Lo cierto es que cualquiera sea el área en la que los austriacos se introducen sus aportes parecen ser novedosos y reciben espacio en las revistas especializadas.

La Escuela Austriaca, sus compañeros de camino, y el ‘mainline economics’

La Escuela Austriaca, sin embargo, parece haber muerto, al menos en la forma en que existía décadas atrás. Ya no existe como un movimiento independiente en el que han contribuido Mises y Hayek y se enfrenta al resto de la profesión. Más bien, a partir del aporte de Peter Boettke, profesor en la George Mason University, los austriacos modernos comprendieron que pueden dialogar con otros teóricos de la economía y presentar un todo coherente para enfrentar a la economía neoclásica y sus modelos de estáticos de equilibrio.

¿Quiénes serían entonces estos compañeros de camino? Varios premios Nobel que por sus aportes multidisciplinares consistentes con la línea Hayek han ampliado los conocimientos de la nueva economía. Nos referimos a James M. Buchanan y la Escuela de la Elección Pública, quien junto a Gorgon Tullock y Jeffrey Brennan, entre otros, estudian la conexión entre la economía y la política; Ronald Coase y el análisis económico del derecho; Douglass North y la Nueva Economía Institucional; Elinor Ostrom y la Escuela de Bloomington; Vernon Smith y la economía experimental, que integra la economía con la psicología.

El ‘mainline economics’ es entonces la nueva economía de la que participa la Escuela Austriaca y que se propone hoy como un nuevo paradigma para dar respuestas a los problemas de siempre.

Es en este marco que la Argentina parece estar siguiendo un patrón a nivel mundial en defensa de la propiedad privada, la libertad individual, la economía de libre mercado y el gobierno limitado. Esta nueva manera de ver la economía enfrentará en lo que viene a las distintas formas de la economía dirigida, tanto socialista como intervencionista y populista.