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Etiqueta: Ideología identitaria

Tomándonos en serio al marxismo cultural

Por Tara Isabella Burton. El artículo Tomándonos en serio al marxismo cultural fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Los humanos somos seres caídos; incapaces de percibir la verdad. Algo extrínseco a nuestro propósito humano innato, ha deformado nuestra cognición, así como nuestros deseos, y no podemos reconocer lo que es bello o bueno, incluso cuando lo tenemos justo delante. Por mucho que intentemos ser mejores o más sabios, las fuerzas del mal están tan profundamente arraigadas en el mundo que nos rodea que ni la bondad ni la razón pueden abrirse paso.

Esta es, más o menos, una doctrina cristiana ortodoxa común del pecado. Es lo que encontramos, entre otros, en los escritos del obispo del siglo IV San Agustín. Escribiendo contra otro teólogo cristiano, el bretón Pelagio, cuyo énfasis en la libertad de la voluntad humana significaba que los seres humanos eran responsables de su propia degradación, Agustín desarrolló su propia comprensión del pecado original. El pecado, tal como él lo entendía, era algo tanto individual como colectivo; era tanto personal como hereditario. El pecado no consistía sólo en hacer cosas malas, ya fuera por desconocimiento de que eran malas o por falta de voluntad para dejar de hacerlas. Era una corrupción endémica de nuestra propia naturaleza.

La depravación humana

Hoy en día, este relato de la depravación humana se encuentra a menudo en una forma diferente, ostensiblemente secular. Y la mayoría de los que nos topamos con este lenguaje, especialmente fuera de los círculos religiosos tradicionales, lo encontraremos articulado en el vocabulario de lo que hasta hace poco se llamaba justicia social, y que ahora puede rebautizarse, sobre todo en publicaciones conservadoras, como «marxismo cultural» o «teoría crítica de la raza».

Esos fenómenos son la corriente descendente de un entramado de pensamiento marxista y postmarxista del siglo XX que pretendía transformar la filosofía contemplativa y desinteresada en teoría revolucionaria, con el poder no sólo de examinar, sino también de cambiar las injusticias del statu quo. Desde hace más de una década, el lenguaje de «revisar nuestros privilegios», «validar la experiencia vivida» o «aplastar el patriarcado» se ha vuelto tan omnipresente que a veces parece banal.

Es fácil, y tal vez grosero, comparar la justicia social con una religión. Las personas que lo hacen a menudo pretenden burlarse del fanatismo de sus seguidores, muchos de los cuales sienten aversión por la religión organizada como tal. Pero también es cierto que la imagen del mundo que dibujan aquellos a los que los conservadores tacharían de «marxistas culturales» consiste, de hecho, en un intento sistemático de responder a una de las preguntas humanas más fundamentales y existenciales, una pregunta con la que la religión ha estado luchando durante siglos: no sólo por qué hay mal en el mundo, sino por qué hay mal en nosotros. Es una pregunta que puede, y debe, trascender las guerras culturales.

Carl Trueman

El escritor Carl Trueman es, afortunadamente, un teólogo -no un guerrero de la cultura- y su historia intelectual del pensamiento marxista y postmarxista (marxismo cultural), To Change All Worlds: Critical Theory from Marx to Marcuse, es tanto mejor por ello. Trueman es, sin pudor, un conservador (o un «conservador liberal», como dirían sus memorias), y su libro está explícitamente dirigido a un público conservador: uno, quizás, acostumbrado a pensar en el «marxismo cultural» como mera procedencia de Zoomers poco serios y de pelo azul que adoptan nombres de animales como pronombres.

Change All Worlds no es una apología de la teoría crítica. Pero sí es una llamada intelectualmente generosa a examinar la historia intelectual seria del marxismo cultural, y los relatos posmarxistas de la economía, el sexo y la cultura, en sus propios términos y en su propio contexto. Para sus presuntos lectores de derechas -Trueman asume, por ejemplo, que la mayoría de sus lectores serán unánimes en su enfoque de las cuestiones transgénero- es una invitación a considerar la ideología «enemiga» como un intento legítimo, aunque (según él) equivocado, de entender las injusticias del mundo. Es, al igual que su anterior The Rise and Triumph of the Modern Self, un manual útil y directo sobre lo que la teoría crítica, a menudo tan abstrusa, dice en realidad.

Y es, incluso para este lector «liberal conservador», un examen imparcial de dónde y cómo la teoría crítica puede quedarse corta, al menos desde un punto de vista teológico. Una vez que hemos desmantelado las partes de nosotros mismos que nos imponen las relaciones sociales, ya sean de clase, raza o género, ¿qué queda de nosotros, si es que queda algo?

Hegel y el marxismo cultural

Trueman comienza su exposición con Hegel. Según Trueman, la filosofía de la historia de Hegel fue pionera en la idea de que las mentalidades históricas están situadas en un tiempo y un lugar concretos: lo que se considera cierto en la China imperial, por ejemplo, no lo es en la Francia posterior a la Ilustración. Cada época tiene su propia ideología, una ideología determinada, al menos en parte, por las relaciones de poder.

Además, nos entendemos y reconocemos a nosotros mismos de forma contingente: en relación con los demás, y por y a través de las relaciones de poder, dependencia y obligación que nos unen. Hegel lo demuestra en su famosa parábola del «amo y el esclavo». Lo que Hegel introduce, según Trueman, es el sentido de que la realidad es siempre contingente. Si la «verdad» no es más que una función de las relaciones de poder -si, en otras palabras, no existe la verdad objetiva- entonces la función tradicional de la filosofía, conocer la verdad, es obsoleta.

Marx retoma y amplía el argumento de Hegel. Al considerar que los procesos ideológicos históricos están enraizados a su vez en problemas económicos y materiales específicos, y en las relaciones de poder que sostienen las estructuras sociales explotadoras, Marx trata la ideología no sólo como contingente, sino como contrarrevolucionaria. La religión puede ser, notoriamente, el «opio de las masas», pero cualquier explicación filosófica de la vida humana existe, para Marx, principalmente para ocultar al proletariado la injusticia de su situación.

Adorno y Horkheimer

Y, sin embargo, el pensamiento marxista no consiguió llevar a cabo la revolución con la que soñaba Marx. Su fracaso, según Trueman, provocó una nueva ola de crítica cultural de influencia marxista, ya que los miembros del Instituto de Investigación Social de la Universidad Goethe de Fráncfort, entre ellos Theodor Adorno y Max Horkheimer, ampliaron las teorías de Marx y las llevaron a la esfera de la vida cultural cotidiana. La ideología, después de todo, no sólo había llevado a la supresión del proletariado.

También había creado unas condiciones en las que el proletariado parecía totalmente inconsciente de su propia situación y totalmente desinteresado en solucionarla. Los miembros de la Escuela de Fráncfort no sólo desconfiaban de la religión. Incluso la propia razón -concebida como el falso dios de la Ilustración- fue atacada: simplemente otra ideología instrumental con la que la floreciente burguesía podía reclamar el control de la imaginación social.

Trueman simpatiza con los fundamentos de sus argumentos. Nos recuerda repetidamente que la Escuela de Fráncfort estaba compuesta en gran parte por teóricos judíos, que pensaban y trabajaban con el fantasma creciente del nacionalsocialismo como telón de fondo. La cuestión de cómo se podía convencer a una sociedad de que pensara no sólo en cosas problemáticas, sino en cosas directamente nocivas y violentas -pensamientos que muy pronto se pondrían en práctica- no era meramente académica. Para la Escuela de Fráncfort, la «marginación» era un asunto de vida o muerte. (Y, ciertamente, los términos científicos en los que los nazis enmarcaron su proyecto de limpieza étnica son un escalofriante ejemplo de «razón» utilizada con brutales fines sociales).

Si la verdad es poder, al poder siempre le acompaña la verdad

Sin embargo, según Trueman, la reducción de la verdad a un mero sistema de relaciones de poder históricamente contingentes no sólo hace imposible la filosofía. También hace imposible el tipo de bienes que persigue la filosofía: una visión de lo que debería ser la vida, de lo que son realmente los seres humanos y para qué estamos hechos. Una vez que hemos desmantelado las partes de nosotros mismos que nos imponen las relaciones sociales, ya sean de clase, raza o género, ¿qué queda de nosotros, si es que queda algo? Y, cuando se trata de justicia, ¿cómo concebimos ese resto como parte de una comunidad política? ¿Cómo llegar a alguna parte si no podemos concebir un nosotros más allá de la contingencia?

Una respuesta -que Trueman, creo que con razón, rechaza- es la respuesta postfreudiana: la que considera nuestros deseos sexuales como parte de nosotros como lo más cerca que podemos estar de la autenticidad. (De hecho, el argumento «marxista cultural», cuando se trata de los deseos manufacturados que nos impone la cultura de masas capitalista, es especialmente útil para iluminar hasta qué punto nuestros deseos están realmente construidos).

Otra respuesta -cada vez más común entre lo que en otro lugar he denominado la derecha ataviada- es abogar por el retorno de las relaciones sociales identarias, particularmente en sus iteraciones jerárquicas o etnonacionalistas: reafirmar que lo que realmente somos no viene de fuera de la sociedad, o de un yo «auténtico» individualmente propuesto, sino más bien de las órdenes que se nos imponen con razón.

La tradición cristiana

Pero hay una tercera respuesta, diferente, que puede encontrarse bajo el paraguas de la tradición cristiana ortodoxa: las explicaciones del alma, y las formas en que puede ser deformada tanto por fuerzas externas como internas, pueden ayudarnos a pensar de forma más productiva sobre la relación entre el yo y la sociedad, y en particular sobre cómo nuestros deseos -ya sean innatos o fabricados- pueden ser manipulados por otros -el diablo o el sistema capitalista- para fines que nos alejan de lo que es bueno, deseable o verdadero.

A excepción de unas pocas páginas hacia el final del libro, Trueman se muestra curiosamente reticente a la hora de proponer la tradición intelectual cristiana como fuente de, si no necesariamente respuestas, al menos diálogo: qué podrían decirse Agustín y Marx sobre el modo en que nuestro afán de poder y nuestro deseo de situarnos narrativamente, sino materialmente, en una posición que podamos soportar, distorsiona nuestra comprensión de nosotros mismos y de los demás.

Sin embargo, un aspecto en el que la tradición intelectual cristiana -y, de hecho, muchas otras escuelas filosóficas y religiosas- puede ser de ayuda es en la distinción entre lo que podemos saber y lo que es, de hecho, real o verdadero. El hecho de que seamos incapaces de captar la verdad en su plenitud, de que la realidad trascienda nuestra capacidad de conocerla, ya sea a causa del pecado, de la estupidez o del nexo espiritual de ambos, no implica que la verdad no exista.

Hermenéutica de la sospecha

Podemos aplicar la hermenéutica de la sospecha a nuestros engaños humanos -recordándonos a nosotros mismos lo egoístas que deben ser inevitablemente nuestras historias sobre nosotros mismos y sobre los demás- sin plantear que no existe verdad alguna. (Y, de hecho, la tradición apofática del misticismo cristiano, o la esperanza que se encuentra en el existencialismo cristiano de Kierkegaard, ofrecen vías potenciales para hablar de las limitaciones morales del conocimiento humano y las respuestas anti-nihilistas a ellas).

Trueman comienza su relato con una cita cargada del Mefistófeles de Fausto, que le dice al doctor: «Soy el espíritu que siempre niega, y con razón, ya que todo lo que empieza a existir sólo sirve para dejar de existir y sería mejor que nada empezara nunca». Y tiene razón al afirmar que la popularización de la teoría crítica, al menos en su versión más banal en los medios sociales, tiende a abordar la cultura con este mismo sentido de la negación.

Pero si la teoría crítica en su iteración actual es nihilista, esto no se debe a una ausencia de respuestas, sino más bien a una ausencia del sentido de que tales respuestas, independientemente de la limitación humana, puedan existir. Tal relación asintótica de la verdad con la posibilidad de su descubrimiento es, por su naturaleza, trágica (al menos, fuera de las concepciones cristianas de la gracia). Pero preserva, tanto a través de la cultura como de su crítica, la dignidad del intento.

Satanismo olímpico

El pasado día 26 de julio, París acogió la ceremonia de apertura de los XXXIII Juegos Olímpicos. Tras la celebración del pasado Mundial de fútbol en 2024 en Catar, Francia se convierte en el segundo país islámico en organizar un evento deportivo multitudinario a nivel mundial. Y no defraudaron.

Estas olimpiadas llegan en mitad de una crisis política, aunque Francia lleva así periódicamente desde que le cortaron la cabeza a Luis XVI. En las elecciones europeas, la lista oficialista del presidente Macron se pegó tal tortazo contra la derecha de Le Pen que el centrista convocó elecciones legislativas. La jugada le ha salido bien: pese a que la formación Agrupación Nacional sacó más de diez millones de votos, el endiablado sistema electoral francés le ha relegado a la tercera posición.

Todo ello es debido a que el liberal Macron, ministro de economía durante el gobierno del socialista Hollande que llevó la fiscalidad individual al 75% a partir del millón de euros, pactó con comunistas, socialistas y verdes (todos unidos en un Nuevo Frente Popular) que no se presentarían en aquellas circunscripciones donde ambas formaciones hubieran pasado a la segunda vuelta, siempre para evitar la victoria de Le Pen. La jugada ha sido victoriosa para Macron: no tendrá que nombrar un primer ministro conservador y podrá cumplir el sueño de María Guardiola: gobernar con los socialistas.

Francia: ir a misa con escolta

Volviendo al evento deportivo, a los franceses se les ocurrió sacar la ceremonia de apertura del estadio olímpico y, en su lugar, montar una especie de desfile con barcos por el Sena. Bueno, viendo los problemas de seguridad durante la celebración de la final de la Liga de Campeones en 2022, cualquier cosa que no sea andar por las afueras de París está bien pensado. Para culminar el despropósito, el comité organizador buscó la forma de herir los sentimientos de la forma más directa posible de los católicos. Católicos que tienen que ir a la Misa del Gallo escoltados por la policía.

Aquí, tras años de preparación, tuvieron a bien en parodiar el cuadro La Última Cena, la inmortal obra de Leonardo da Vinci que se puede disfrutar en el convento dominio de Santa Maria delle Grazie de Milán. Cambiando a Jesucristo por una DJ francesa con un cuerpo poco deportista, añadiendo drags queens y cualquier cosa que ofendiera lo máximo posible a los cristianos y ya de paso al espíritu olímpico.

Pero la cosa no termina aquí. En la competición de boxeo femenino (66 kg.), la italiana Angela Carini, campeona del mundo en 2019, se encontró en primera ronda contra la boxeadora argelina Imane Khelif. Esta boxeadora no pudo competir en el mundial de boxeo celebrado el año pasado porque, para competir en dicho torneo, había que realizarse dos test de ADN.

Imane Khelif, intersexual y medalla de oro

Hay que decir que esta luchadora no es transexual, en el sentido de nacer hombre y luego realizar la transición a mujer, con las inyecciones y operaciones que ello suponga. Lo que Khelif tiene es algo rarísimo: es intersexual. Nació con aparato reproductor femenino, pero tiene testículos internos y altos niveles de testosterona. Ello le hace obtener una ventaja física sobre sus rivales femeninas. Podríamos afirmar que tiene cromosomas XY, pero no diremos que eso es lo que tenemos los hombres porque no queremos que nos metan tal multa que tengamos que vender hasta el busto del padre Mariana para pagarla.

De hecho, como decimos, por eso la Federación Internacional de Boxeo no la dejó competir el año pasado en el mundial. Pero, el Comité Olímpico Internacional (COI) no realizó dichas pruebas. Simplemente, el COI ha dicho que puede competir en la categoría femenina porque ha presentado un pasaporte donde dice que es mujer. Parece que los del COI no saben que ahora en España uno se puede cambiar de sexo sin necesidad de presentar más que un papel en el Registro Civil donde dice que se siente mujer.

Juegos Wokelímpicos

En resumen, los Juegos Wokelímpicos han conseguido la cuadratura del círculo: para dar más visibilidad a los deportes femeninos, lo mejor es llenar la competición de deportistas masculinos con cromosomas XY. Ahora resulta que un hombre zurrando a una mujer es deporte olímpico. Una deportista de veinticinco años, un modelo de trabajo y esfuerzo para todo el mundo, se harta a trabajar durante tres años para buscar su momento en unas olimpiadas y, oh sorpresa, se encuentra un rival contra el que no tiene opciones por una cuestión genética, no deportiva. Por supuesto, al igual que la ceremonia de apertura, esto fue planificado durante años. No ha sido una consecuencia imprevista. Esto TIENE que ser así. El que se resista, sufrirá las consecuencias.

Ver también

Los juguos olímpicos. (José Carlos Rodríguez).

Contra los Juegos Olímpicos de Madrid 2016. (José Antonio Baonza).

Recuperación de Europa… y olimpiadas. (Daniel Lacalle).

La cancelación como cultura

“Ponías la libertad por encima de todo, cuando, si hubieras consentido en tornar panes las piedras del desierto, hubieras satisfecho el eterno y unánime deseo de la Humanidad; le hubieras dado un amo. El más vivo afán del hombre libre es encontrar un ser ante quien inclinarse. Pero quiere inclinarse ante una fuerza incontestable, que pueda reunir a todos los hombres en una comunión de respeto; quiere que el objeto de su culto lo sea de un culto universal; quiere una religión común. Y esa necesidad de la comunidad en la adoración es, desde el principio de los siglos, el mayor tormento individual y colectivo del género humano. Por realizar esa quimera, los hombres se exterminan. Cada pueblo se ha creado un dios y le ha dicho a su vecino: “¡Adora a mi dios o te mato!” Y así ocurrirá hasta el fin del mundo; los dioses podrán desaparecer de la tierra, mas la Humanidad hará de nuevo por los ídolos lo que ha hecho por los dioses”.

La autocensura

Este fragmento, extraído de la obra “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski, ilustra a la perfección el hilo conductor del artículo que vengo a proponer. La trama relatada forma parte del cuento “el Gran Inquisidor”. En el texto se desarrolla el discurso del Inquisidor, dirigido, nada más y nada menos, que a Dios, mientras éste está preso en una cárcel sevillana. Sin ninguna contemplación, la intención es quemarlo en la hoguera.

Por alguna extraña razón, la Humanidad ha tendido a silenciar, perseguir o aniquilar a sus opositores[1] y, aunque con el avance de la civilización se han conseguido formas más sibilinas de enmascarar éste hecho, es aún utópico pensar en una sociedad donde exista una libertad de expresión absoluta (aunque tampoco creo que fuere demasiado adecuado). En la actualidad, se ha llegado al paroxismo del sueño húmedo de cualquier Inquisidor: la autocensura. Si bien la coacción puede inducirnos, por buenos motivos, a expresarnos de una forma contraria a lo que creemos, la presión de las masas no es menos desdeñable.

Jordan Peterson

Pero, ¿a qué obedece el temor actual a decir lo que uno piensa? ¿Por qué estamos inmersos en la cultura de la cancelación? A los seres humanos, como seres sociales, nos cuesta mucho salir del rebaño, fomentamos comportamientos tribales desde tiempos inmemoriales y, sin duda, no se me ocurre mejor forma que esa para la perpetuación de la especie. Ahora bien, ésto implica una serie de riesgos que van en detrimento del espíritu libre que muy pocos nos podemos permitir. Normalmente, el que se lo puede permitir, no sale tan malparado como podría presuponerse; quizás haya una correlación entre el éxito político de un personaje como Trump y el hecho de no tener temor a ser cancelado. Otro tanto podría argüirse de Jordan Peterson, profesor que, aunque con temor, defendió la libertad de expresión en un entorno hostil como eran los campus de Toronto (vaya por delante que se trata de dos figuras muy diferentes). 

Ad hominem

Lo que subyace a la cuestión que me atañe es que hay ciertos dogmas que nadie osa cuestionar y el motivo es evidente: hay una fuerte anuencia social respecto a ellos. El ir a contracorriente no te hace superior moralmente, cuando hay consensos es porque subyacen buenos motivos para justificarlos, por ende, tus argumentos deben ser aun mejores para poder posicionarte en contra y mantener un ápice de credibilidad. ¿En qué suele haber consenso en nuestras sociedades occidentales? Especialmente en temas como el aborto, somos muy pocos los que nos reclamamos abiertamente provida, no vaya a ser que alguien te acuse con alguna de esas palabras paralizantes que se usan para señalar y desacreditar a personas, pero nunca para combatir argumentos ajenos (hete aquí su talón de Aquiles). El gran problema en la actualidad es que se ataca ad hominem y no ad rem.

Acusaciones

Una de las cuestiones más “complejas” es la de la inmigración. Cierto sector del liberalismo abraza el argumento de fronteras abiertas, y como no, un servidor se reclama partidario de éstas, siempre y cuando no exista el Estado del bienestar y las personas que vienen se adapten a nuestro sistema jurídico, como mínimo. Y es que, hoy en día, los ciudadanos que reclaman para su país un sistema migratorio similar al de Suiza o Australia son tildados de “fascistas”, “ultraderecha”, etc.

El otro día se me ocurrió responder en Twitter a una noticia del 3/24[2] respecto a un joven que había sido, presuntamente, agredido por dos vigilantes de seguridad en el tren[3]. Más allá de que las imágenes de una intervención de seguridad nos puedan parecer éticas, es un trabajo que alguien debe hacer (al igual que sería desagradable ver como matan animales para que podamos ir al supermercado a comprar víveres). La premisa que se planteó era que el móvil de la acción se debía al racismo, a una suerte de doble vara de medir que era más dura con las personas extranjeras. La realidad es que, para ser ecuánimes, deberíamos preguntar a los agentes qué ocurrió y qué los llevó a esa situación. Podrían subyacer motivos como el peligro de esa línea, las peleas recurrentes, las armas blancas, el incivismo, la negativa de pagar el billete (como era el caso), entre otros. Pero, en la sociedad en la que todo el mundo quiere ser víctima, como postula Giglioli, la versión sentimental de uno opaca el marco general del otro. 

Pues bien, ¡en qué momento se me ocurrió escribir un tweet! Los que cogemos ese tren sabemos lo que ocurre y, guste o no, el fenotipo de los delitos siempre tiene unas características comunes. Así pues, la horda de comentarios no se hicieron esperar: amenazas (algunas deseándome la muerte) y escritos twitteros reclamando a la universidad que me expulsaran, o sucedáneos del tipo, “¿@UPF sabéis que tenéis un profesor racista?”. Evidentemente, no recogí cable, pero decidí ponerme el candado hasta que amainara la tormenta.

Intolerancia

Los férreos defensores del bien y la working class, a la mínima oportunidad que tuvieron, atacaron a un joven con su trabajo (en un contexto de paro juvenil del 30%). La gentileza no ha sido nunca su punto fuerte. Por supuesto que, la caterva de moralistas se dedicó a insultar y tildar de fascista a todo aquel que osara salirse de la narrativa dominante, de ahí la proliferación de usuarios anónimos en las redes sociales y es que, si aún queda algún resquicio de libertad de expresión es precisamente por ese tipo de cuentas.

Se trata de un hecho recurrente, hace unas semanas, una trabajadora de Orange dijo en público que votaría a VOX. Acto seguido, la patulea que se erige como defensora de los trabajadores, la moral y el Bien, iniciaron un proceso de acoso y derribo contra la persona y la compañía. Abruma tanta tolerancia. Suelen ser los mismos que se rasgan las vestiduras en nombre de la salud mental, los cuidados y la empatía, y también son los que, como en el relato de Dostoievski, no tendrían reparos en lanzarte a la hoguera en nombre de no sé qué religión secular.

Todo esto es fruto de la sobreactuación y la apremiante sensación de que el pensamiento de una persona puede reducirse a un tweet o una frase. Hoy en día, y quizás es común en la historia humana, si quieres expresar algo, debes escribirlo, puesto que poca gente es capaz de leerse un artículo, un ensayo o de aguantar demasiado tiempo ojeando algo más que el titular. Si hace 200 años pocos leían debido a los altos niveles de analfabetismo, paradójicamente, hoy pocos leen a pesar de ser un mundo alfabetizado. Vivimos inmersos en la sociedad de la estulticia, a nadie le interesa lo que digas si no lo expresas en un tik tok o en 280 caracteres (y te ciñas a los cánones establecidos). Esto conlleva que puede darse el incólume paraíso de la libertad de expresión allí donde los inquisidores, por pura pereza intelectual, no llegan a leerte, por eso, el IJM es mi refugio.

Cultura de la cancelación

Más dogmas instaurados a fuego en el imaginario colectivo son los relativos al feminismo (establecido a golpe de impuestos y de creación de instituciones ad hoc, Escohotado decía eso de que: la mentira necesita subvención, la realidad se defiende sola) y quien ose desafiar dicho credo, se encontrará en frente una muchedumbre ávida de cancelación. Con un matiz: si escribes un tweet en el que te opones a dicha corriente ideológica, no tardarán en sonar las siete trompetas del Apocalipsis, sin embargo, a la que desarrolles tu crítica en un artículo[4], nadie osará criticarte, puesto que ello implicaría un esfuerzo intelectual que en la cultura del clickbait es redundante.

Podríamos estar mencionando temas controvertidos ad infinitum, especialmente, el pensamiento “Alicia”[5] (por usar un concepto “buenista”[6]) que circunda las mentes más brillantes de nuestro panorama: tertulianos, todólogos, influencers, etc. Son los mismos que no quieren que hables de feminismo si no eres una mujer, aunque, ellos puedan predicar sobre la maldad intrínseca de los empresarios sin haber emprendido jamás; o pregonar sobre las bondades de las regulaciones de precios, haciendo gala de un negacionismo económico que nada tiene que envidiar a los terraplanistas.

Otra paradoja entrañable de la modernidad es que, el Cristianismo y el mundo judeocristiano se han basado, históricamente, en el perdón. El pecador podía dirimir sus vicios mostrando un arrepentimiento sincero, hoy todo eso ha desaparecido. Internet es una hemeroteca infinita y despiadada, cuando uno escribe algo, debe aceptar que jamás será condonado. Siempre habrá algún clérigo defensor de la tolerancia dispuesto a mostrar toda su cólera e indignación por algo que se escribió hace diez años. No hay redención en la esfera woke.

Es paradigmático que la cultura de la cancelación haya cancelado la cultura[7]. No puede haber expresión cultural sin un mínimo de libertad, no puede haber oposición sin protección al disidente, no puede existir el debate cuando el otro se siente desacreditado mediante el yugo impuesto por la neolengua. Las palabras, y de ahí la influencia foucultiana, son poder. Que te etiqueten de fascista, nazi, racista, homófobo, etc, asusta a la luz de los acontecimientos, pero en el fondo, no es más que un insulto que plasma la falta de argumentos. Parten de la siguiente frase atribuida a Durruti, “al Fascismo no se le discute, se le destruye”, ergo, si te ponen el sambenito, no dudarán en usar cualquier argucia para desacreditarte, excepto argumentos, claro.

Los guardianes de la moralidad woke necesitan odio para autojustificarse, se encuentran con que la demanda de éste sobrepasa, con creces, la oferta. Sin odio ajeno no pueden alegar porqué deben invertirse más recursos en sus relatos. Están ávidos de desgracias que corroboren sus sesgos. Pero, para más inri, han convertido a los “Derechos Humanos” en el pretexto idóneo para la censura, entiéndase por DDHH aquellos deseos que les parezcan oportunos. Es lo que, François-René Huygue y Pierre Barbès llamaron “la soft idéologie”, singularizada con el pluralismo blando de los valores. Quizás, siguiendo el razonamiento del “efecto espejo” propuesto por Lacan, los defensores del Bien, al observar a los otros y criticarlos ferozmente, intentan evadir aquello que odian de ellos mismos: su intolerancia campante y rampante.

Ventana de Overton

En resumidas cuentas, la hegemonía cultural de la izquierda la ha llevado a reventar la “ventana de Overton”; ¡ya no sabemos ni qué es una mujer! Y, cuidado con la respuesta, no vayas a ser tildado de tránsfobo. De todo este panorama sombrío se deduce que los que queremos debates abiertos, alejados de apriorismos y axiomas precocinados, estemos defendiendo a la sociedad abierta de sus enemigos.

Resulta irónico que, los que más se reclaman como tolerantes, se parapetan en un filósofo liberal como Popper, haciendo gala de una supina ignorancia al tergiversar, mediante un meme (oh, ¡sorpresa!), el pensamiento del autor liberal (figura 1). No han leído su magnum opus, 800 páginas requerirían mucho más esfuerzo que ojear cuatro líneas de una imagen, y se ha hecho viral la viñeta con la que justifican su intolerancia. La supuesta paradoja de Popper, nos alertaba, precisamente, de los inquisidores modernos.          

[1] De ejemplos tenemos muchísimos: desde tiranos como Savonarola, al comunismo soviético, a las dictaduras latinoamericanas del s.XX con asesinatos como los de Victor Jara, Haroldo Conti, Rodolfo Wash, etc, desde los exilios de Dante, Maquiavelo a los de Mario Benedetti, Galeano, Carlos Onetti, etc.

[2] Canal de la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales, como TV3, la misma que hace una semana incluía a Rallo como ultraderechista.

[3] https://twitter.com/324cat/status/1684638533892358144.

[4] https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/quo-vadis-educacion-el-dogma-lila/.

[5] https://www.filosofia.org/filomat/df712.htm.

[6] En referencia al filósofo de la Escuela de Oviedo Gustavo Bueno.

[7] Además de forma literal: se ha intentado cancelar a Platón, Cervantes, Dostoievski, etc.te

 

¿Avanzamos por fin hacia un debate abierto y objetivo sobre la identidad de género en las escuelas?

Mark Lehain. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

Teniendo en cuenta lo acalorados que pueden llegar a ser los debates en torno a las cuestiones trans, fue refrescante ver cuán tranquilas y ponderadas que fueron las preguntas sobre el tema en la Cámara de los Lores la semana pasada.

El asunto en cuestión eran las directrices para las escuelas sobre la identidad trans que está elaborando actualmente el Departamento de Educación (DfE). Anunciadas la pasada primavera, las directrices debían publicarse originalmente para su consulta en otoño, pero, dados los recientes tejemanejes ministeriales, es comprensible que estén tardando en ver la luz.

Acuerdos y desacuerdos

Como ilustran las preguntas de los Lores, hay mucho en juego en este documento. Hay todo tipo de puntos de vista sobre cómo estos temas sensibles deben ser tratados por los profesores. La mayoría de esos puntos de vista provienen de un lugar de compasión y cuidado, pero muchos de ellos están completamente en desacuerdo entre sí.

Va a ser muy difícil producir algo con lo que todo el mundo esté de acuerdo, así que probablemente merezca la pena revisar cómo hemos llegado a este punto y qué es lo que probablemente salga del departamento en algún momento de esta primavera.

Un documento

Lo primero que hay que tener en cuenta es que la sugerencia de que era necesaria una guía no vino del Gobierno, sino del Presidente de la Comisión de Igualdad y Derechos Humanos. La Comisión ha recibido un flujo constante de preguntas de profesores, familias y otras personas sobre lo que las escuelas deben y no deben enseñar sobre la identidad de género, o lo que deben hacer para apoyar a los alumnos que cuestionan su género. Era evidente la necesidad de contar con un resumen objetivo de las cosas, ya que, a falta de orientaciones oficiales del Gobierno, varias organizaciones habían creado las suyas propias, muchas de las cuales chocaban entre sí, e interpretaban la ley y su aplicación de maneras muy diferentes.

El entonces Secretario de Educación, Nadhim Zahawi, ministro del Gabinete responsable de la infancia y la escuela, aceptó la sugerencia de la EHRC y encargó a los funcionarios que elaboraran un documento lo más definitivo y objetivo posible. Como era de esperar, el anuncio se trató como un gran problema, y varias personas de todos los bandos del debate exigieron que se ordenara a las escuelas que hicieran lo que creyeran que debían hacer, y no necesariamente lo que exigía la ley.

Algunos incluso argumentaron que la identidad de género no era una cuestión que debiera tratarse en las escuelas, o que la orientación debería basarse en lo que las escuelas ya hacían.

Un tiro errado

Sin embargo, esto era más bien errar el tiro. El rápido aumento de niños que cuestionan su género es un fenómeno reciente en la sociedad, por lo que no es de extrañar que la gente no esté segura de cuál es la mejor manera de hacer las cosas. Los profesores son expertos en enseñanza, aprendizaje y apoyo pastoral en general, pero no son profesionales de la medicina ni están cualificados para realizar diagnósticos.

Es un panorama complejo, pero afortunadamente, en lo que respecta a las escuelas, hay algunas cosas que sustentan e informan lo que hacen los profesores, que “guían la orientación”, si se quiere. Lo primero y más importante, y absolutamente innegociable, es el requisito de mantener la seguridad de los alumnos. Después, hay requisitos como la imparcialidad política y el derecho de las familias a participar en la educación de sus hijos en la medida de lo posible.

También hay tres pilares importantes y claros de la ley y la práctica en los que se basará y reflejará la orientación: la ley, en particular la Ley de Igualdad; la práctica de la igualdad, guiada por la EHRC; y la Revisión Cass de los servicios de identidad de género para los jóvenes. Como dijo la baronesa Barran en el debate de la semana pasada, las orientaciones no crearán nuevas leyes ni responsabilidades. Se limitará a explicar, claramente y en un solo lugar, lo que significan las implicaciones de estos tres pilares a la hora de educar y cuidar a los niños.

Los profesores, entre los activistas y las familias

Cuando se piensa en la gama de cosas que se ven afectadas por la aparición de la identidad de género como una cuestión, la claridad no puede llegar lo suficientemente pronto. Ya se trate de las políticas de admisión, el acceso a instalaciones para un solo sexo, los equipos deportivos, las clases de educación física, los internados, los pronombres de los alumnos, la transición social -e incluso cómo enseñar la propia identidad de género a los alumnos-, sé por lo que he hablado con profesores de todo el país que andan con pies de plomo, atrapados entre activistas y familias, desesperados por hacer lo correcto y preocupados por si se equivocan.

Aunque confío en que la mayoría de los centros educativos están haciendo las cosas bien, he visto y oído bastantes casos en los que no es así. Por eso son tan necesarias estas orientaciones. Necesitamos saber, por ejemplo, si está bien enseñar a los escolares que el modelo de identidad del pan de jengibre es un hecho, en lugar de una idea. O si las escuelas deben afirmar que un adolescente es “no binario” sin que lo diga un médico. O si pueden hacerlo sin informar a los padres.

Un debate transparente

Por supuesto, no podrá dar respuestas definitivas a todo. Seguirá habiendo zonas grises, sobre todo porque, como ha señalado el informe Cass, las cuestiones de identidad de género no se han abordado de forma tan abierta o coherente como otras. Sin embargo, cuando las directrices vean la luz, espero que disipen gran parte de la polémica. No satisfará a todo el mundo, pero por fin habrá un lenguaje común y un entendimiento sobre cómo deben abordarlo las escuelas.

Y lo que es más importante, será transparente y estará a disposición de todos, que podrán verlo y comentarlo. Esto es mucho mejor que la situación actual, en la que las decisiones se han tomado a puerta cerrada y se ha dejado que las escuelas se las arreglen sobre la marcha y esperen lo mejor. Incluso podría ayudarnos a mantener discusiones tan tranquilas y educadas como el debate de la semana pasada en la Cámara de los Lores, ¡y eso sería maravilloso!

La magia de J.K. Rowling

Stephen Pollard. Este artículo fue originalmente publicado en CapX.

Como periodista, no hace falta que les diga que tengo tendencia al cinismo. Muéstrenme una buena acción y mi primer instinto suele ser preguntarme qué es lo que no se nos dice al respecto. Pero la vida sería bastante desalmada si ese cinismo fuera la única reacción de uno. Hay, por supuesto, algunas personas que están tan en el lado bueno de la balanza que realmente no hay necesidad de sospechar. Más bien al contrario. En ese sentido, me cuesta pensar en un ser humano vivo que haya sido una mayor fuerza para el bien en este mundo que J.K. Rowling.

Si la Sra. Rowling no hubiera hecho otra cosa que escribir los libros de Harry Potter, eso por sí solo habría sido una contribución asombrosa y única a la causa de la humanidad. Los siete libros de la serie, de los que se han vendido hasta la fecha más de 500 millones de ejemplares, han cambiado la vida de cientos de millones de niños, a muchos de los cuales les han hecho apreciar el placer de la lectura, algo que probablemente nunca habrían experimentado de otro modo. De una forma u otra, los libros y la lectura son la clave de casi todo lo que tiene valor en el mundo. Mostrar a los niños lo divertidos que pueden ser los libros, especialmente en un mundo con tantas atracciones que compiten entre sí, y a una escala a la que ningún otro libro se ha acercado jamás, es un gran logro.

Pero lo que realmente importa de JK Rowling es que no se ha limitado a sentarse y disfrutar del viaje. Ni mucho menos. Ha utilizado la plataforma de su éxito y la seguridad de su riqueza para hacer una serie de contribuciones asombrosamente importantes y valiosas a la sociedad. Gran parte de su filantropía pasa desapercibida. Conozco un ejemplo que no ha recibido ninguna publicidad, y estoy seguro de que habrá otros. Pero a los efectos de este artículo, lo que importa es su filantropía pública y sus contribuciones a la sociedad.

Por ejemplo, la organización benéfica Lumos, que creó para “poner fin a la institucionalización sistemática de niños en toda Europa y ayudarles a encontrar lugares más seguros y acogedores donde vivir”, y su fundación Volant. La semana pasada inauguró Beira’s Place, un servicio gratuito en Edimburgo para mujeres supervivientes de violencia sexual. Rowling lo financia, para tratar de contrarrestar la “necesidad insatisfecha” de “atención centrada en la mujer y prestada por la mujer en un momento tan vulnerable”.

Normalmente, uno podría elogiarla -o a cualquier otra persona- por un gesto tan filantrópico, pero no sorprenderse tanto. Pero no estamos en tiempos normales. La idea de que el sexo biológico es importante es considerada, de forma extraña, pero creciente, como una forma de abuso por parte de ideólogos que afirman que lo único que importa es cómo una persona desea definirse a sí misma. (Esa es la base del proyecto de ley de reforma del reconocimiento de género en Escocia, que probablemente se promulgará pronto). La Sra. Rowling ha hablado de la necesidad de que las mujeres biológicas tengan espacios seguros, donde sólo haya otras mujeres biológicas. Por ello ha sido tachada de transfóbica.

Es extraordinario que parezcamos haber viajado 50 años atrás. En los años setenta, Erin Pizzey creó el primer refugio para mujeres. Fue muy controvertido, sobre todo entre las mujeres. El maltrato doméstico no era algo de lo que se hablara en círculos educados. La idea de un espacio seguro sólo para mujeres se consideraba una especie de feminismo radical. (Recuerdo que de niña mi madre ayudaba en el centro; más tarde me contó que algunos de sus conocidos la recibieron con una mezcla de perplejidad y desdén).

En mi ingenuidad, hace diez años habría dicho que los avances en la batalla por poner de relieve el maltrato doméstico y las necesidades de las mujeres eran inerradicables. Qué equivocada estaba. Hoy, sorprendentemente, se ataca a quienes defienden los espacios sólo para mujeres, como en los años setenta. La mayoría de las veces, aunque la base del ataque es la causa supuestamente “progresista” de los derechos de las personas trans, la realidad es directamente misoginia. ¿Y quién está ahí, abriendo camino, defendiendo la ciencia, la decencia y a las mujeres? No es un político ni un líder comunitario. Es J.K. Rowling..

Intentan detenerla, anularla. Es infame que no la invitaran a aparecer en un documental de celebración del aniversario de las películas de Harry Potter, porque algunos de esos actores cuya carrera entera es fruto de la obra de J.K. Rowling son demasiado cobardes para enfrentarse a los matones que la atacan y, en cambio, permanecen callados o, en algunos casos, optan por unirse a ellos.

Lo que se ve (y lo que no se ve) de las políticas de identidad

En la actualidad se ha impuesto un concepto de la identidad vinculado con las ideas de pluralidad, flexibilidad, cambio, restitución y reconocimiento. Hablamos de identidad cuando tratamos cuestiones vinculadas con la cultura, el género, la orientación sexual, la religión, etc.

Es en el contexto de Mayo del 68 en el que esta forma de entender la identidad se populariza. Los llamados filósofos de la diferencia (Derrida, Deleuze o Foucault, entre otros), criticaban que el concepto de identidad que había predominado hasta entonces era un concepto estático, que delimitaba lo que podía ser a partir de un modelo hegemónico que empujaba las diferencias en la marginalidad.

La identidad, como propone Manuel Castells (sí, el ministro) en La era de la información, es un producto de construcción de sentido que realiza una persona “atendiendo a un atributo cultural, o un conjunto relacionado de atributos culturales, al que se da prioridad sobre el resto de las fuentes de sentido “[1]. Al fin y al cabo, la identidad sirve como punto de arraigo, y da sentido personal a la posición como se ocupa en el mundo. Esta no sólo es útil para los individuos, también lo es por los grupos, pues genera personas “ordenadas” que se alinean con los intereses del grupo y contribuyen a su mantenimiento.

Los seres humanos somos seres complejos y nos definimos en base a multitud de etiquetas diferentes. Es por este motivo que en el seno de una misma persona pueden coexistir una pluralidad de identidades. Además, el proceso de construcción y revisión de estas está en constante cambio.

Existen varias reivindicaciones a la política contemporánea que giran en torno a la demanda de reconocimiento de grupos que han sido tradicionalmente despreciados: las personas LGBTI o las minorías étnicas o culturales son ejemplos. Esta demanda de reconocimiento está ligada sobre todo a la dimensión externa de la identidad, es decir, a cómo nos conciben los otros y en qué medida nos reconocen tal como nos definimos. Nuestra identidad, como defiende Charles Taylor, está modelada, en parte, por el reconocimiento (o su ausencia) de los otros [2]. Tanto es así que el otro día un diputado de VOX en la asamblea de Madrid se dirigía en masculino a una diputada trans del PSOE, provocando un manifiesto un malestar y una protesta en esta dirigida al presidente de la cámara.

Mientras que en las sociedades liberales las diferencias habían acomodado mediante la neutralidad política, es decir, la inacción ante reclamos de reconocimiento o compensación; es precisamente como insatisfacción con esta forma de hacer, que surgen las llamadas “políticas de identidad”. Estas políticas, que exigen algún tipo de acción positiva por parte del Estado, parten de la premisa de que la identidad no es un aspecto únicamente privado. Como la sociedad, a través de las instituciones formales del Estado y las informales generadas bottom-up, ha tenido mucho que ver en el proceso de construcción individual y colectiva de la identidad, tendría el deber de revertir situaciones en las que esta construcción ha sido el resultado de la coacción, la presión o la negación de los recursos necesarios.

Si bien algunas de estas demandas pueden ser justas y legítimas, puede que aquellas personas que apoyan no hayan evaluado debidamente los posibles efectos no deseados que pueden generar. A continuación voy a explicar aquellos que más me preocupan.

En primer lugar, aunque la definición que realizan los grupos sobre cómo son o serán sus miembros y la lealtad que muchas veces les exigen, da seguridad, certeza y homogeneidad identitaria, también es una fuente de posible discriminación y exclusión. Los grupos más “exitosos” (que tienen más probabilidades de sobrevivir como grupo) suelen ser aquellos más cerrados y excluyentes y que exigen mayores “contribuciones” a sus miembros. Estas contribuciones actúan como señales honestas costosas [3], que son difíciles de “falsificar”, para minimizar así la posibilidad de que entren free-riders que se aprovechen los beneficios de la pertenencia al grupo sin contribuir en su generación. Sin embargo, estas cuestiones pueden suponer la anulación de la individualidad de sus miembros y acabar disminuyendo su autonomía. Una prueba de ello es que mientras grupos como los los judíos ultraortodoxos o algunas comunidades indígenas piden autonomía para regular las conductas de sus miembros de forma paralela a la legislación ordinaria mantener, ambos son grupos en los que la opción de salida tiene unos costes muy elevados por sus miembros.

En segundo lugar, este tipo de políticas, que benefician a algunos grupos en detrimento de otros, pueden generar un agravio comparativo entre estos, a través de la institucionalización de privilegios que pueden ser considerados como injustos por una parte de la sociedad Esto, lejos permitir acomodar de forma pacífica las diferencias, puede ser un foco de conflicto. Un ejemplo muy claro es la llamada “discriminación positiva” [4].

Finalmente, en estas políticas suele haber un análisis implícito, a mi juicio erróneo. Por un lado, la asunción de que todas las personas que comparten un atributo determinado (ser mujer, por ejemplo) tienen los mismos intereses y, por otra parte, que los colectivos que de un representar sus intereses son los interlocutores legítimos. Esto no sólo es reduccionista, pues supone reducir la identidad de una persona a una característica concreta y hacer de ella una característica definitoria, sino también muy peligroso. Como comentaba en un inicio, las personas podemos sentirnos identificadas con varias etiquetas, además, tenemos que ser nosotros mismos, y no los otros, los que decidimos a qué damos más importancia. Sin embargo, estos grupos que se atribuyen el derecho a representar intereses ajenos, no tienen forma de demostrar que efectivamente representan una mayoría de las personas que comparten este tributo. Así, la identidad colectiva termina por apoderarse de la identidad individual y la sustituye.

Notas

[1] Castells, M. (2001) La era de la información. Economía, sociedad y cultura. Volumen II: el poder de la identidad. Siglo veintiuno editores, pp. 28.

[2] Taylor, C .; Appiah, A .; Habermas, J .; Rockefeller, S. C .; Walzer, M. & Wolf, S. (1994). Multiculturalism. Examining the politics of recognition. Princeton University Press.

[3] Dawkins, R. & Krebs, J. R. (1978). Animal signals: information or manipulation? (282-309). En Behavioural Ecology: an evolutionary approach. Blackwell y Zahavi, A. & Zahavi, A. (1997). The Handicap Principle. Oxford University Press.

[4] España. Ley Orgánica 3/2007, de 22 marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. Disponible en: https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2007-6115.