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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

Índice y decálogo de los países desdichados

Bloomberg Business reveló recientemente que Venezuela es el país más “miserable” del mundo. La traducción es demasiado literal. En español sería más apropiado decir que es el más “desdichado”.

La aseveración de Bloomberg surge de la aplicación de una simple fórmula acuñada hace más de medio siglo por el economista norteamericano Arthur Okun: se suman el nivel de desempleo y el índice de precios. Con esos elementos se compila el Misery Index.

Venezuela, en efecto, tiene la inflación más alta del planeta, lo que se refleja en el índice de precios, pero su nivel de desempleo es bajo, menos de un 7%, aunque la mayor parte de los puestos de trabajo han surgido en el sector público, dado que miles de empresas han debido cerrar sus puertas por las desquiciadas medidas antieconómicas del gobierno chavista.

El segundo país en ese Índice de Desdicha es Argentina. A una escala menor, el gran país sudamericano también es víctima de una altísima inflación. Nada nuevo bajo el sol. Lleva décadas de intermitentes malos gobiernos. Como el bandoneón que tanto gusta en aquellos parajes, se expande o contrae frecuentemente. Ahora está en una fase aguda de contracción.

La inflación y el desempleo son dos flagelos que explican la desgracia de una sociedad, pero no son suficientes. Yo agregaría otros ocho factores para construir el decálogo de las desdichas capitales.

El desabastecimiento sería el tercero. Pasarse la vida en una fila esperando para poder comprar algo es una maldición que suele materializarse en los países socialistas de economía centralizada y controles de precios. Los venezolanos ya han descubierto el horror de pelearse a puñetazos por comprar unos pollos o tres rollos de papel higiénico.

El cuarto sería el porcentaje de delitos. Es espantoso vivir con la guardia en alto, encerrado en la propia casa, sometido a un virtual toque de queda porque tan pronto se pone el sol los ladrones, asesinos y violadores salen a cometer sus fechorías. Según el International Crime Index, que computa una docena de graves violaciones de la ley, Venezuela es el segundo país del planeta en número de delitos (84,07). El peor es Sudán del Sur (85,32), un país recién estrenado en medio de una guerra civil. Más de 50 se considera una sociedad peligrosa. Singapur, la menos peligrosa, luce un 17,59.

El quinto es el nivel de corrupción de la administración pública. Como se trata de delitos ocultos, hay que confiar en la opinión general de la gente. La institución dedicada a medir estas percepciones es Transparencia Internacional. De acuerdo con ella, Venezuela es una pocilga. Es el 160º de 175 países escrutados. El peor, con mucho, de Hispanoamérica.

El sexto es la protección y la calidad de la justicia. Si cuando usted tiembla llama a la policía para que lo proteja, es una buena señal. Si cuando la policía se acerca usted tiembla, la situación es muy grave. A la labor de los agentes del orden se agrega la existencia de leyes razonables, jueces justos, procesos rápidos y cero impunidad.

El séptimo es la movilidad social. La posibilidad real de mejorar la calidad de vida por medio del esfuerzo propio. No hay situación más triste que saber que, hagas lo que hagas, tu vida seguirá siendo pobre, y lo más probable es que mañana será peor que hoy.

El octavo es el PIB per cápita. Es decir, la suma del valor de los bienes y servicios producidos por una sociedad durante un año. Se podrá alegar que la repartición es desigual, pero hay una evidente correlación entre el PIB per cápita y la calidad de vida. Como regla general, los 20 países con mayor PIB per cápita del mundo son los que encabezan el Índice de Desarrollo Humano que publica la ONU.

El noveno elemento es la libertad. Aunque no se menciona, los países menos libres, aquellos en los que la camarilla del poder toma todas las decisiones, aporta todas las ideas e impone sus dogmas por la fuerza, son los más pobres y los menos dichosos.

El décimo, por último, es la cantidad de emigrantes. No hay síntoma más elocuente del fracaso de una sociedad que el porcentaje de gente que tiene que escapar de ella para sobrevivir. Cuanto más educada es la emigración –como sucede con la venezolana–, más evidente es el desastre. Cuando emigran los emprendedores, los ingenieros, los médicos, las personas que teóricamente pudieran labrarse un buen porvenir en la patria en que nacieron, es señal de que estamos ante sociedades fallidas.

Hay que compilar ese índice. Cruzar esas variables sería muy útil.

elblogdemontaner.com

Podemos propone organizar por decreto la vida de las familias

El pasado lunes, Podemos presentó su última propuesta. El documento es una mezcla entre medidas económicas y sociales y ha pasado relativamente desapercibido. Quizás, el título ("Reorganizar el sistema de cuidados") ha hecho pensar a muchos que hablamos de una especie denueva Ley de Dependencia, con mucho gasto público, subvenciones crecientes y algún apunte en temas de igualdad.

En realidad va mucho más allá. La formación quiere organizar a todas las familias españolas según sus criterios. A los que estén de acuerdo con sus gustos y a los que no. Si gana las elecciones, todos tendrán que amoldarse al esquema mental de los chicos de Pablo Iglesias.

La propuesta habla a menudo de la socialdemocracia europea, con sus promesas de que el Estado cuide del ciudadano de la cuna a la tumba. Pero Podemos adelanta por la izquierda cualquier programa político que se haya conocido en España hasta el momento, al menos entre los partidos con opciones a llegar al Parlamento. En realidad, lo que piden es que los burócratas sustituyan a las familias y que los hogares se organicen de acuerdo a lo establecido por la ley.

De hecho, el programa reniega ahora algunas de las propuestas clásicas del feminismo. Los permisos de maternidad, las ayudas por hijo, las subvenciones para dependencia: todas estas medidas fueron durante años el caballo de batalla de la izquierda. Muchas de ellas se han aplicado, pero no han dado los resultados que sus defensores aseguraban que tendrían.

¿Y qué plantea ahora Podemos? Aceptar las críticas y reconocer que se equivocaron los que durante años tacharon de retrógrados a los que disentían. No. Culpa a las "políticas neoliberales" de las consecuencias y anuncia una nueva vuelta de tuerca. Como la sociedad no ha cambiado como se preveía, habrá que dar un paso más. Ahora se conseguirá por la fuerza.

¿Socialdemocracia nórdica?

Como decimos, lo largo de todo el documento hay constantes referencias a los países nórdicos. No es la primera vez que Podemos usa a Suecia, Dinamarca, Islandia o Finlandia como reclamo. Es lógico. Todos ellos son países con una alta calidad de vida, elevados ingresos y una economía competitiva.

El problema es que prácticamente ninguna de las medidas que presenta el partido de Pablo Iglesias se aplican en ninguno de estos países. De hecho, algunas se aplicaron en su momento y fueron descartadas por sus pésimos resultados. No hay más que recordar que Suecia, que fue una de las economías que más creció entre los años 50 y 60, entró en una profunda decadencia en las dos décadas siguientes. El país estuvo al borde de la bancarrota a comienzos de los noventa. Sólo con las medidas liberalizadoras que se aplicaron a partir de 1990 se logró la recuperación.

Pero no es sólo una cuestión temporal. También hay diferencias cualitativas. En los países socialdemócratas del norte de Europa la idea era otorgar más posibilidades a través de la redistribución, pero dejando la organización de su vida a cada ciudadano (o cada familia), incluyendo un amplio margen para la provisión privada de servicios públicos. Es discutible si han logrado su objetivo y si es ésta la única forma de conseguirlo; pero en cualquier caso, no es esto lo que pide Podemos. El programa de esta formación no quiere que cada hogar se organice, al menos si lo hace en dirección contraria a sus deseos. En muchos casos, lo que pretende es diseñar cómo tienen que ser las familias españolas.

Las medidas

– "Jornada laboral máxima de 35 horas semanales con cómputo semanal": ningún país tiene este modelo. Francia, el único que se acercó, tuvo que dar marcha atrás porque supuso un desastre en términos de pérdida de puestos de trabajo, competitividad y menores salarios para los nuevos contratos. Universalizar la jornada de 35 horas sólo puede hacerse de dos formas: o se reducen los salarios en la misma proporción (algo a lo que los trabajadores no parecen muy dispuestos) o se pierde competitividad. Si le ley obliga a mantener los sueldos, eso implicará un aumento de los costes del 15% para las empresas españolas. En estas condiciones, será muy complicado que mantengan su producción (y el empleo) frente a sus competidores exteriores.

Ni siquiera se preguntan en el documento si no habrá miles de trabajadores (especialmente en los sectores mejor pagados y de más productividad) que quieran dedicar más tiempo a sus empleos a cambio de un mayor salario. En contra de lo que se insinúa en ocasiones, en la actualidad son las ocupaciones mejor pagadas las que también exigen una mayor dedicación horaria.

Además, el cómputo se hará de forma "semanal". Es decir, también se prohíben los picos de actividad. Las industrias que tengan períodos especialmente intensivos no podrán pedir a sus trabajadores un esfuerzo extra en esos momentos a cambio de más vacaciones o jornadas más cortas en la temporada valle. Del mismo modo, aquellos trabajadores que ahora agrupan su actividad durante unos meses (algo habitual en España en el sector turístico) tampoco podrán hacerlo. Son 35 horas, para todos y en todo momento.

– "Acabar con la dualidad entre jornadas interminables y empleo a tiempo parcial", un tipo de ocupación que "no es un trabajo digno porque no proporciona los mínimos derechos económicos, sociales y laborales": habrá quien piense que reducir la jornada laboral es una buena idea. Sobre todo si le convencen de que no llevará aparejada una reducción equivalente en el sueldo (es difícil imaginar cómo se conseguiría, pero eso es lo que dicen desde Podemos).

Pero el partido de Pablo Iglesias no sólo quiere poner un límite máximo. También le molestan las jornadas laborales cortas. Por eso, en su propuesta ataca al empleo a tiempo parcial, del que asegura que no es "trabajo digno".

En el norte de Europa la extensión de este tipo de trabajos viene de la mano de la prosperidad. Esto Podemos lo oculta, pero son precisamente los modelos en los que dice fijarse los que presentan una mayor incidencia del empleo a tiempo parcial. De esta forma, los países de la UE en los que el empleo a tiempo parcial es más habitual son: Holanda (cerca del 50% del total de puestos de trabajo), Suecia, Austria, Alemania, Dinamarca o Reino Unido (todos estos con porcentajes alrededor del 25%). Además, en todos estos países, la gran mayoría del empleo a tiempo parcial es voluntario y no está asociado a trabajos poco cualificados o mal pagados. En algunos casos, incluso, la remuneración por hora es igual o superior a la de los trabajadores a jornada completa.

Es un fenómeno que se ha intensificado en las últimas décadas y que no tiene nada de malo. Simplemente, llegados a un determinado nivel de ingresos, las familias suecas, holandesas o austriacas deciden que uno de los dos progenitores limite sus horas de trabajo. Es cierto que en la mayoría de las ocasiones es la mujer la que toma esta decisión, pero también es verdad que cada vez existe más igualdad en esta cuestión. Lo que podría entenderse como una conquista de las familias (su capacidad para decidir cómo organizar su tiempo y si dedicar más espacio a su trabajo o a su hogar) no tiene cabida para los ideólogos de Pablo Iglesias que quieren que todos los hogares sean iguales.

– "Permiso de paternidad igual para cada persona progenitora, intransferible y pagado al 100% del salario": es una de las medidas estrella. Entre otras cosas porque a primera vista puede sonar bien a buena parte del electorado y porque parece una ampliación de los "derechos" de los que tanto hablan los políticos.

Sin embargo, hay que hacer varias puntualizaciones. Para empezar, aunque se cite a los países nórdicos, hay que recordar en ninguno de ellos existe un esquema similar. Quizás lo más parecido sea Suecia, en el que los padres tienen hasta dos meses de permiso no obligatorio que no pueden ceder a sus parejas. En la mayoría de los países (incluido España), la tendencia es la de ampliar opciones para que las familias escojan. Normalmente, se garantizan unas semanas de permiso para la madre justo después del parto y unas semanas (menos) para el padre; luego se permite que sea cada familia la que decida cuál de los dos padres se acogerá al resto de beneficios permitidos por la ley (en la UE hay de todo, desde permisos hasta que el niño cumpla uno o dos años hasta la posibilidad de pedir una reducción de jornada durante unos años). La idea es que no sean siempre las madres las que se acogen a estas alternativas, pero no suele haber imposiciones legales, sino que se admite que cada hogar decida según sus preferencias y circunstancias.

Por eso, incluso sin tener en cuenta los temas económicos (cuánto cuestan estas medidas y quién las paga), habría que preguntarse cuál sería el impacto en la sociedad de las propuestas de Podemos, que no permiten la elección, sino que obligan. Su razonamiento es el siguiente: ahora mismo las mujeres "se ven etiquetadas por las empresas como ‘menos disponibles para el empleo"; por lo tanto, equiparando permisos de paternidad y maternidad, eliminamos este problema. Pero cuidado, si seguimos la lógica de Podemos, la conclusión no tiene por qué ser ésta. Según los autores del documento, ahora las empresas discriminan al colectivo que se coge permisos de maternidad. Es muy discutible que exista esa supuesta discriminación, pero asumiendo que la hay, ¿qué les hace pensar en que no ocurriría lo mismo si se amplían por decreto los beneficiarios de ese permiso? Es decir, las empresas podrían "etiquetar como menos disponibles para el empleo" a todas las personas de entre 25 y 40 años que tengan una pareja estable, sean hombres o mujeres.

Visto desde el punto de vista del trabajador también hay consecuencias. Si hombres y mujeres saben que si tienen hijos tendrán que cogerse el permiso de maternidad o paternidad quieran o no quieran, ¿incentivará esto la natalidad y el matrimonio o tendrá exactamente el efecto contrario? Por un lado, Podemos dice que con el actual el permiso de maternidad se reducen las cifras de natalidad, porque las mujeres dejan de tener hijos para no ser penalizadas en el trabajo. Pero no se llega a la misma conclusión cuando hablan de obligar a los dos padres a hacer lo mismo. Cuanto menos es algo contradictorio.

– "Eliminar el artículo 18 de la Ley de Dependencia que prevé la prestación por cuidados en el entorno familiar": ésta es la propuesta más curiosa de todas. En una primera lectura, podría parecer contradictoria con el resto del documento que está trufado de promesas de incrementar el gasto público en "cuidados". De hecho, los autores reconocen que una de sus pretensiones es completar el trabajo que inició José Luis Rodríguez Zapatero con la Ley de Dependencia. No hay ninguna explicación de cómo se pagaría, pero si la intención clara de ampliar el intervencionismo del Estado.

Por eso, llama la atención que se pida "eliminar el artículo 18" de aquella norma. Este precepto prevé que los familiares de los dependientes puedan hacerse cargo de sus cuidados, recibiendo una paga del Estado a cambio de esos servicios. Pues bien, tampoco esto le vale a Podemos. Si hay un dependiente y el Estado paga por sus cuidados, que sea un funcionario el que se ocupe. Nada de una hija cuidando a su padre o un padre dedicando tiempo a su hijo.

– En lo que hace referencia a las empleadas de hogar, aseguran que"este tipo de trabajo se presta a relaciones serviles y a todo tipo de abusos" y abogan por su supresión o su reducción al mímimo.Podemos también pone a las empleadas del hogar en su punto de mira y afirma que su modelo son los países nórdicos, donde asegura que lascifras en este sector son "ínfimas".

También aquí se insinúa una cierta contradicción. Por un lado, admite que "un hogar no es un lugar de trabajo normal: la prueba es que la Inspección de Trabajo no entra en los hogares". Por otro, pide la "equiparación" de los derechos laborales para las personas que se dedican a estos menesteres, que en estos momentos tienen un régimen más parecido al de los autónomos.

Evidentemente, si esto saliera adelante, implicaría un incremento brutal de costes. Hay que recordar que los trabajadores por cuenta ajena le cuestan a sus empresas mucho más de lo que recoge su salario bruto. Los costes en cotizaciones, seguros o formación casi duplican lo que el empleado recibe en su cuenta bancaria. Si a eso le sumamos las complejidades administrativas de emplear por cuenta ajena (y viendo el programa económico de Podemos no parece que vaya a simplificar esta cuestión), parece lógico pensar que cientos de miles de familias tendrían que prescindir de sus empleadas. ¿Cómo afectaría a estas trabajadoras, las de menor cualificación y con menos posibilidad de recolocación? ¿Qué consecuencias tendría en el incremento del empleo sumergido? ¿En qué posición quedarían las familias que ahora optan por contratar estos servicios? Pues tendrían que dedicar parte de su tiempo libre a hacer algo por lo que ahora están dispuestos a pagar, simplemente porque a Podemos no le gusta cómo organizan su vida.

– "Es necesario asegurar que todas las criaturas tienen plaza en una escuela de educación infantil pública de calidad desde el día siguiente a la finalización de los permisos de sus progenitores/as. Es importante que esta escuela sea gratuita y ofrezca horarios suficientes. La educación infantil no es solamente una necesidad de madres y padres sino también, y sobre todo, un derecho fundamental de las criaturas".

De nuevo, no sólo hablamos de ofrecer más opciones a las familias o de ayudar a pagar una guardería. Podemos quiere ir más allá. Aunque todavía no habla de hacer obligatoria la asistencia a la guardería, el documento habla claramente de "universalizar" la educación desde los cero años y asegura que éste es un "derecho" de todas las "criaturas" (por cierto, ésta es la denominación que utiliza a lo largo de todo el documento: ni hijos, ni niños ni siquiera menores… para Podemos son "criaturas").

Varias cuestiones llaman la atención. Lo primero es que cuando uno habla de "derechos" de la "criatura" lo que se intuye es que no es una potestad de los padres decidir si quieren o no llevar a sus hijos a la guardería, sino una obligación para con el niño. Sorprende especialmente cuando se combina con la exigencia de "permisos de paternidad y maternidad no transferibles". Es decir, como hemos visto anteriormente, para Podemos es inaceptable que durante los cuatro primeros meses de la vida de un niño (la duración actual del permiso de maternidad) cualquiera de sus padres trabaje y descalifica a aquellos que piensen lo contrario.

Pero al mismo tiempo, cree que es igualmente inaceptable que a los cuatro meses y una semana de la vida del mismo niño cualquiera de sus dos padres siga en casa y dedique su tiempo a cuidar a su retoño. Tienen que ser exactamente dieciséis semanas de permiso de paternidad para los dos padres y para todas las familias. Ni más ni menos.

Además, hay que apuntar que la idea de que las guarderías sean beneficiosas para el niño "desde los cero años" está muy lejos de estar ampliamente aceptada. Entre los expertos no hay ni mucho menos unanimidad, ni en un sentido ni en otro. Es una cuestión abierta a la discusión. Por eso, lo normal sería que cada familia eligiera en función de sus necesidades y sus criterios. En todos los países avanzados de Europa se hace así. Sin ir más lejos, en Finlandia el 71% de los niños menores de tres años es atendido por sus familiares. Es el porcentaje más elevado de la UE-15, muy por encima del 49% en España. Y hablamos del país con el sistema educativo más exitoso y uno de los estados del bienestar más completos del mundo.

– "Prestaciones universales por criatura, independientemente del nivel de renta y del tipo de familia. Prestaciones por familia monoparental. Especial atención en los servicios públicos e integración en el empleo de calidad de las familias monoparentales": en dos frases consecutivas Podemos se contradice. Primero habla de "prestaciones por criatura", sin tener en cuenta el tipo de familia. A continuación, se desdice y afirma que si la familia es monoparental entonces sí habrá un extra por cada hijo.

Resulta cuanto menos curioso que las únicas familias que vayan a recibir una ayuda extra sean éstas. En EEUU hace años que se preguntan por las consecuencias sociales del incremento de este tipo de familias y el sentido de unas ayudas que se instituyeron para resolver una situación de necesidad pero han terminado convirtiéndose en un incentivo perverso. Por ejemplo, este artículo en The Atlantic, una publicación más bien progresista, alerta de "El misterioso y alarmante crecimiento de los hogares con un sólo progenitor en EEUU". Este otro, en Forbes, asegura que "los hijos de padres solteros tienen muchas más posibilidades de experimentar pobreza infantil, convertirse en padres solteros o dejar la escuela".

*** Actualización (08-03): se ha añadido un párrafo en el epígrafe sobre los permisos de maternidad, para aclarar la diferencia entre lo actualmente vigente en la mayoría de los países europeos y la propuesta de Podemos.

Inmigración (XX): Invierno demográfico en Europa

"Más que la superpoblación, el problema demográfico grave se encuentra en la esclerosis de las sociedades debida al envejecimiento de la población por las drásticas reducciones de los índices de natalidad". José Juan Franch.

 "Hoy día somos nosotros el recurso que se agota, no el petróleo. Somos nosotros la especie amenazada, no el búho moteado". Mark Steyn.

"El descenso continuo global en las tasas de natalidad de los seres humanos es la fuerza más poderosa que afecta al destino de las naciones y al futuro de la sociedad en el siglo XXI". Philip Longman.

Es ya un lugar común entre los demógrafos hablar de la existencia de un invierno demográfico en Europa. No por ello deja de ser cierto. La mayoría de los países europeos está perdiendo población. Los indicadores no son nada tranquilizadores: bajas tasas de natalidad (casi todas muy por debajo del 2,1 que impide la renovación poblacional), edad media de la población (en torno a los 40 años y subiendo), modificación de la estructura de edades (cada vez habrá menos mujeres en edad reproductiva), tasa de dependencia de la población de más edad (un jubilado por cada cuatro personas activas y reduciéndose esa proporción con el tiempo). Todo ello nos confirma que dicho invierno se recrudecerá a medida que pasen los años.

Aunque ha habido una leve mejora de los indicadores poblacionales en los últimos quince años sólo en unos pocos países de la Europa atlántica (Francia, Holanda) y nórdica (Suecia, Noruega, Dinamarca), no ha supuesto realmente una claro aumento demográfico. Las tasas de nacimiento son notoriamente difíciles de predecir pero los demógrafos saben ya que las tasas de natalidad por debajo del nivel de reposición no son un fenómeno pasajero. Las naciones que alcanzan bajas tasas de nacimientos se mantienen por décadas. El declive poblacional es innegable. Es todavía mucho más preocupante en Europa central, mediterránea y del Este.

Los cambios de tendencia en este ámbito son siempre graduales; una vez que toman un rumbo no son nada fáciles de revertir y precisan de mucho tiempo para modificarlos. Si en los países desarrollados el envejecimiento de la población es una constante, es en Europa (y también en Japón) donde dicho fenómeno se muestra con mayor intensidad en el mundo. La historia no conoce ningún precedente de una población tan envejecida. Esto no ha hecho más que empezar. Estamos adentrándonos, pues, en terreno desconocido.

Y como siempre que se acerca uno a un desafío, las respuestas suelen ser de dos tipos: las catastrofistas, por un lado, y las que no quieren ver las amenazas, por el otro. Los alarmistas nos hablan de suicidio demográfico y de los problemas que ello acarreará (falta de renovación poblacional, gastos sanitarios disparados por población envejecida, deterioro económico, etc.). Los "atenuadores", por su parte, no dan importancia al asunto, ni toman en serio las advertencias de los primeros porque piensan que hay reserva poblacional suficiente en el mundo y que lo esperable es que vaya siempre creciendo en mayor o menor medida.

Si se traduce al ámbito político, los primeros suelen pedir la intervención del Estado para promover y sufragar políticas natalistas entre la población. Ven con desconfianza la llegada de inmigración que supla dicho declive poblacional y temen una oleada de inmigrantes indeseados que pueda cambiar el entono cultural existente (i.e. se habla exageradamente de la próxima Eurabia). Reclaman también la presencia del Estado para impedirlo. Son los conservadores.

Los segundos se alarman por otras cosas. Son lo que llevan décadas con su trasnochada cantinela de la explosión demográfica, de la escasez de recursos, de la degradación medioambiental, de la promoción del aborto y de los límites del crecimiento. Obviamente la reducción de población no la perciben como un problema pues ven al hombre consumista como si fuera una plaga y dan por supuesta su reproducción. Consideran egoísta e irresponsable tener más de dos hijos. Son los progresistas y anticapitalistas.

Los primeros hacen bien en alertar del desafío demográfico que se nos viene encima porque es una realidad, pero defraudan en sus propuestas constantes de llamar al Estado para resolverlo (subvenciones a los nacimientos de autóctonos y medidas restriccionistas a la inmigración y de asimilación de los ya existentes). Los segundos hacen mal en no tomarse en serio las advertencias de los primeros porque pueden acabar pareciéndose a la imprevisora cigarra de la fábula de Esopo.

En Europa hay una escandalosa contradicción entre un discurso paranoico y angustioso contra la inmigración y la realidad de las necesidades de mano de obra (cualificada o no) en sectores enteros de la producción de bienes y servicios. En los diferentes países del Viejo Continente se pueden apreciar estas mismas tendencias, con mayor o menor intensidad. Pareciera que se sufre una suerte de "bulimia poblacional": pese a tener escasez de gente (ciertos puestos de trabajo sin cubrir), se cree que hay exceso de la misma (sobre-inmigración).

Aunque la política migratoria sigue siendo facultad exclusiva de los estados-miembro, la estandarización y armonización de la legislación de la Unión Europea ha llevado a lo que polémicamente se denomina Fortaleza Europa. Mientras que la UE promueve la libre circulación de personas dentro de sus fronteras, cada vez es más difícil para los ciudadanos no pertenecientes a la UE entrar en dicha zona.

Ningún gobierno en el Viejo Continente fomenta la llegada de inmigrantes por muy diversos motivos pero todos ellos conservadores: para proteger su cultura autóctona, para conservar los puestos de trabajo o los niveles salariales, para blindar su caro Estado del bienestar…

Para todos ellos hay una mala noticia: el ritmo de crecimiento de la población mundial se ha ralentizado más de lo esperado desde hace un par de décadas y en algún momento en torno a 2060 empezará a decrecer. Los demógrafos muestran sorpresa por la velocidad con que están cayendo los índices de natalidad en todas partes, incluido los del Tercer Mundo. Es un fenómeno históricamente insólito. Nadie lo esperaba. Esto confirma una vez más que vivimos en un mundo gobernado por una lógica que es exactamente la contraria a las previsiones realizadas por el primer Malthus. La realidad humana es así de compleja y de impredecible.

Tras la Segunda Guerra Mundial Europa contaba con más del 14% de la población mundial, hoy no llega al 7%. El aumento poblacional en otras partes del planeta tiene mucho que ver con ello pero también la acusadísima caída de las tasas de natalidad europea (Billari, Kohler y Ortega la han llamado "lowest-low fertility") y las políticas desalentadoras de la inmigración.

Es probable que en el futuro no haya suficientes inmigrantes para cubrir los declives poblacionales ya existentes en Europa. Ahora parece ciencia ficción, pero habrá antes o después una feroz competencia mundial por atraer mano de obra extranjera cualificada o no. Con el agravante, además, de que muchos países emergentes se habrán ya desarrollado por entonces y se añadirán a dicha rivalidad por captarlos.

Europa puede que se encuentre entonces con un serio problema al descubrir que ya no es un destino tan atractivo para nuevos inmigrantes al preferir tal vez buscarse acomodo laboral en otras ciudades de EE UU, Australia, Brasil o cualquier país de Asia.

Aún se está a tiempo de mitigar (que no de resolver) el más que previsible crudo invierno demográfico de Europa mediante la flexibilización de las políticas de inmigración en sus respectivos países.

Algunos nos alertan que la fuerza laboral extranjera del mismo modo que viene, puede también marcharse masivamente en caso de crisis económica creando desequilibrios en la sociedad de acogida. Esto es cierto, pero es que también los propios nacionales pueden hacerlo (y de hecho lo hacen) en caso de que la economía entre en recesión. El mejor antídoto para invertir las proyecciones demográficas negativas es conseguir una recuperación económica sólida y duradera. No cabe, pues, establecer cupos en función de las posibilidades de dar empleo a un número predeterminado de trabajadores extranjeros. Alberto Recarte advierte a los nativistas que "los límites en verdad son fijados por el volumen de capital del país y las posibilidades de mantener la ley y el orden en una sociedad que recibe personas con otras ideas y culturas."

Habiendo libertad de emprendimiento, un entorno institucional que favorezca la estabilidad jurídica y crecimiento económico se tendrá la seguridad de que tanto nacionales como extranjeros permanecerán en un determinado país para cubrir los puestos de trabajo necesarios que demande una economía saneada. Por tanto, desde todos los puntos de vista, la llegada y rotación de inmigrantes es síntoma de salud de una sociedad próspera y abierta. Por supuesto que la inmigración no es origen de la prosperidad (más bien es su efecto) ni puede resolver por sí sola el gran problema de la crisis de envejecimiento de las poblaciones desarrolladas, pero puede hacer que sea mucho menos grave.

Multitud de luces de advertencia nos indican que la "temperatura" poblacional en Europa no hace más que descender progresivamente así como que se da en ella una alarmante pérdida de competitividad en los nuevos mercado globales, pero seguimos creyendo que nuestras antiguas "estufas" van a seguir calentándonos como sucedía en el pasado. Houston, tenemos un problema…


Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I,  IIIIIIVVVIVIIVIIIIXXXIXIIXIIIXIVXVXVIXVIIXVIII y XIX.

Los dueños del relato

"Ya es hora de que tengamos igualdad de salarios de una vez por todas e igualdad de derechos para las mujeres en los Estados Unidos de América". Patricia Arquette se llevó el Oscar a la Mejor Actriz de Reparto por su papel en Boyhood. Pero su discurso fue protagonista. Probablemente, su minuto delante del atril y las imágenes de Meryl Streep y Jennifer López levantándose de sus asientos para jalearla han sido el momento más repetido de la gala de los premios de la Academia.

La actriz no está sola en su reivindicación. La polémica sobre el gender gap (brecha salarial) se ha reavivado en los últimos meses, especialmente después de que Barack Obama incluyese un anuncio en su última campaña electoral en el que aseguraba que las mujeres ganan "77 centavos" por cada dólar que cobran los hombres "por hacer el mismo trabajo". Además, el presidente de EEUU volvió sobre el tema en su Discurso sobre el Estado de la Unión del pasado año. De hecho, la Casa Blanca asegura que éste es uno de los asuntos alrededor de los que girarán los dos últimos años de su mandato.

Éste siempre es un tema polémico, en el que reina la corrección política. Cualquiera que duda de estas cifras sabe que corre el riesgo de ser acusado de querer discriminar a las mujeres. Por ejemplo, la semana pasada, en España, se publicó un informe de UGT que aseguraba que "por trabajos del mismo valor" las mujeres cobraban un 24% menos que sus colegas masculinos. Incluso aunque el estudio incluía varias tablas que desmentían sus propios titulares, el mensaje principal que llegó a la opinión pública fue el del 24%.

Especialmente en los grandes medios, es muy complicado encontrar una opinión disidente; en parte porque un economista que manifieste una opinión contraria sabe que se está metiendo en un jardín que le traerá más quebraderos de cabeza que otra cosa.

Los 77 centavos

La polémica por el gender gap se inició en EEUU en los años 60 y también en este país es donde el debate más ha crecido en los últimos años. No hay más que ver la reacción de los grandes medios norteamericanos al discurso de Patricia Arquette, en lo que ha sido una continuación de la discusión que siguió a las palabras de Barack Obama. Partidarios y detractores se enfrentan en las tribunas de la prensa con datos y argumentos.

Lo primero que hay que apuntar es que nadie duda de la famosa cifra de los 77 centavos (si tomamos como referencia cada dólar que obtiene un hombre). Del mismo modo, en España todo el mundo acepta el 24% de diferencia que el INE recoge entre los salarios medios de uno y otro sexo. La discusión está en la coletilla "por igual trabajo". Eso es lo que no está tan claro.

Los críticos presentan dos tipos de argumentos. El primero es casi de teoría económica. No tiene sentido decir que las mujeres cobran menos por hacer el mismo trabajo, porque si así fuera no habría paro femenino. Los empresarios tienen como objetivo número uno la obtención de beneficios. Por lo tanto, si un colectivo cobrase menos por hacer exactamente lo mismo, las compañías sólo contratarían a integrantes de ese colectivo, porque eso dispararía sus ganancias frente a la competencia.

Esto tiene su reflejo en las cifras de casos reales demostrados de discriminación. Tanto en EEUU como en España los ministerios correspondientes han abierto numerosos expedientes de investigación, pero sólo han encontrado situaciones de discriminación en un porcentaje pequeñísimo de los casos. Por ejemplo, según la Equal Pay Act, en 2014la Comisión de Igualdad de Oportunidades del Gobierno norteamericano emitió 1.024 resoluciones. Sólo 79 (un 7,7%) implicaron una sanción. En España, en 2009, el Ministerio de Igualdad de Bibiana Aído realizó un estudio similar con datos de las inspecciones del Ministerio de Trabajo.

Sus conclusiones fueron: "De las 241 empresas analizadas, sólo en 12, menos del 5%, ‘se observa discriminación salarial’. Si tomamos a los trabajadores, de los 46.239 estudiados, sólo se discrimina a 590 (el 1%), de los que ¡245 son hombres! De hecho, en 2009 sólo hubo 7 ‘infracciones por discriminación salarial". Tanto en el caso estadounidense como en el español hay que tener en cuenta que hablamos de departamentos que tienen como objetivo la lucha contra la desigualdad. Es decir, puestos a que exista un sesgo, no sería el de minimizar estas cifras.

El segundo gran argumento contra los 77 centavos es que esta cifra no mide trabajos de igual valor. La explicación de la diferencia sería que hombres y mujeres tienen carreras profesionales diferentes. Independent Woman Forum (un think tank estadounidense conservador) recuperaba este vídeo (en inglés, 3 minutos de duración, pero muy claro en su exposición) tras el discurso de Arquette.

En la misma línea, hace unos meses, el fact checker de The Washington Post criticaba con dureza a Barack Obama por este tema. Este columnista, una especie de defensor del lector, cuestiona la afirmaciones de los políticos con una tabla de sanciones que van de uno a cuatro Pinochos, según el nivel de manipulación de sus palabras. Pues bien, al presidente norteamericano le daba dos pinochos (significativas omisiones o exageraciones) rozando el tercero (errores de facto significativos o contradicciones obvias).

Este artículo del Post es interesante porque resume bastante bien los argumentos contra la brecha salarial desde una posición no combativa. Básicamente recopila los datos que existen para explicar esta diferencia. Las siguientes son algunas de sus conclusiones más interesantes:

  • Entre hombres y mujeres solteros, la brecha salarial desaparece virtualmente. Incluso sin atender a otras consideraciones, ellas ganan 96 centavos por cada dólar de ellos.
  • Las mujeres tienden a escoger trabajos peor pagados pero con superiores beneficios sociales (por ejemplo, más flexibilidad en los permisos de paternidad o maternidad).
  • Nueve de las diez titulaciones mejor pagadas son mayoritariamente masculinas (los hombres son más del 50% de los alumnos de estas carreras). Al mismo tiempo, nueve de las diez titulaciones que dan paso a los trabajos peor pagados para universitarios están dominadas por mujeres.
  • Incluso en la Casa Blanca existe una brecha salarial del 9%. Es decir, las mujeres ganan 91 centavos por cada dólar de los hombres. Cuando se le preguntó, el portavoz de Barack Obama se quejó de que esa cifra era injusta, porque sólo media el agregado, sin tener en cuenta las circunstancias de cada trabajador… exactamente lo mismo que se puede decir de los 77 centavos que su jefe tomó como lema de campaña.

El resumen es que la mayor parte de la brecha salarial puede explicarse por las diferentes elecciones que hombres y mujeres hacen a lo largo de su carrera profesional. De hecho, ni siquiera hablamos de hombres y mujeres en general, porque las diferencias llegan con el matrimonio y los hijos. Por ejemplo, este artículo de Time recoge una sorprendente estadística: "En 147 de las 150 mayores ciudades de EEUU, los ingresos salariales medios de las mujeres de menos de 30 años solteras son un 8% superiores que los de los hombres en su misma situación".

¿Por qué, entonces, hay esa disparidad en el agregado de hombres y mujeres? Pues porque una vez que se casan y, sobre todo, tienen hijos, "hombres y mujeres escogen diferentes carreras [mejor pagados los sectores masculinos], ellos trabajan más horas a la semana y acumulan más experiencia porque no tienen interrupciones a lo largo de los años [sobre todo para el cuidado de familiares, tanto menores como ancianos]".

La discusión

No todos están al 100% de acuerdo con este razonamiento. En este artículo de The Wall Street Journal publicado a raíz de las palabras de Obama, Gary Burtless, economista del Brookings Institution (un think tank que podría calificarse como centrista dentro de la política norteamericana), asegura: "Nunca he visto a nadie que haya hecho un estudio equilibrado que no logre encontrar que existe una cantidad de discriminación residual contra las mujeres. Una diferencia que no puede ser atribuida a explicaciones inocentes [como las horas trabajadas o el sector escogido]".

Un informe oficial realizado por el Departamento del Trabajo durante la etapa de George W. Bush establecía que la brecha salarial real (es decir, no explicada por factores objetivos) por hora trabajada era del 5%. Como vemos, hay economistas que defienden que sigue habiendo un pequeño margen no explicado en las diferencias salariales hombre/mujer. Eso sí, ya no es el 23%. Es una cifra muchísimo más reducida.

Los anteriores datos no terminan con la discusión, pero la sitúan en un contexto diferente. En EEUU, hay otra cuestión que ha ocupado el centro del debate en los últimos años. Probablemente sea más interesante que el mero cálculo de salarios medios como incluso se admite en este artículo de Hanna Rosin en Slate (una de las referencias de los progresistas estadounidenses). Podríamos resumir sus principales argumentos:

  • Si tienes en cuenta las diferencias en las carreras profesionales, "la brecha salarial es de 91 centavos frente a un dólar".
  • Rosin asegura que el punto importante no es la desigualdad salarial. Las mujeres no deberían centrarse en una "estadística mal enfocada" porque pierden de vista el verdadero reto. La estadística del 91% sugiere problemas mucho más profundos: ¿Escogen nuestras mujeres profesiones peor pagadas o nuestro país valora menos las "profesiones femeninas"? "¿Por qué las mujeres trabajan menos horas? ¿Es discriminación o, como dice la economista Claudia Goldin, un resultado de elecciones racionales de hombres y mujeres?"
  • La escritora recoge un estudio de Goldin y Lawrence Katz, los estudiantes de MBA de la Universidad de Chicago entre 1990 y 2006 mostraban pocas diferencias en cuanto a sus salarios al año de terminar sus estudios. Pero 10-15 años más tarde, el margen se ampliaba al 40%, "casi todo debido a interrupciones en la carrera e menos horas trabajadas. La brecha se ampliaba cuando estas graduadas se casaban con hombres graduados también en un MBA".
  • Por eso, cree que lo preocupante es la "más profunda y sistemática discriminación en las políticas familiares. O de mujeres dando por supuesto que ellas tienen que dejar sus carreras. O mujeres decidiendo que están mejor preparadas para ser enfermeras o profesoras que doctores. Y, en esta discusión, que es mucho más complicada, tienes que dejar espacio para que cada uno elija libremente [y admitir] que quizás las mujeres simplemente no quieren trabajar como los hombres".

Las propuestas

En este terreno de juego, la discusión ya no es tanto sobre la cifra de la brecha, que parece claro que no existe o es muy pequeña si lo que medimos es "el mismo trabajo" o las mismas circunstancias. La clave estaría en las causas que provocan esa diferencia en las carreras profesionales. También en este tema podemos encontrar dos posiciones enfrentadas.

Por un lado, están los que piensan que las diferencias en los sueldos se deben a las elecciones que libremente hacen mujeres y hombres. Los que así opinan recuerdan que incluso en los países más avanzados en este tema, como los nórdicos, las mujeres siguen siendo un porcentaje relativamente bajo de directivas o miembros de los consejos de administración (entre el 25 y el 30%).

En estos países, hombres y mujeres tienen muchas de las facilidades que siempre se han pedido para conseguir la igualdad entre sexos (permisos de paternidad, guarderías públicas de alcance casi universal, etc…) Pues bien, incluso así, el porcentaje de mujeres que escogen reducción de jornada, que interrumpen su carrera o que escogen los sectores con salarios más bajos es muy superior al de los hombres.

En este sentido, cuando se plantean estos temas se habla de que las mujeres "renuncian" a sus carreras. Hay quien prefiere dar la vuelta a esta visión y hablar de "prioridades". Desde esta perspectiva, no tendría nada de malo que haya más o menos mujeres en un sector determinado o en los consejos de administración si eso es resultado de que sus prioridades, en su vida y en su carrera, son diferentes a las de sus compañeros masculinos. Para los que así opinan, no habría nada más que hacer desde el punto de vista legal. Ni todas las mujeres ni todos los hombres se comportarán igual y la estadística no recogerá más que el sumatorio de sus decisiones.

En el campo contrario, están los que se preguntan si realmente las mujeres son libres cuando toman estas decisiones o están tan condicionadas que no puede hablarse de una prioridad real. El ejemplo sería el de un matrimonio con hijos que trabaja en la misma empresa; ambos reciben una oferta similar para un ascenso y se plantean que sólo uno de ellos puede aceptar, porque es necesario que el otro cubra el frente familiar.

Las estadísticas dicen que en una situación como ésta, más del 90% de las veces sería el marido el que aceptaría el ascenso. Los que defienden que sigue habiendo una discriminación implícita en la sociedad se preguntan: ¿de verdad hay tanta disparidad? Su respuesta es que este matrimonio sabe que el Consejo actual es un 90% masculino por lo que creen que será el marido quien tendrá más posibilidades de seguir avanzando en su carrera.

Así, toman la decisión de que sea ella la que dé un paso atrás, pero no tanto porque quiera el ascenso menos que su pareja, como porque siente que no se la tratará igual en un futuro. Es decir, está tomando una decisión económicamente racional para su familia empujada por un sesgo exterior que no controla.

Los que defienden esta postura sí piden que los poderes públicos intervengan para compensar esa supuesta desigualdad de origen. La propuesta más conocida es la de igualar la duración del permiso de paternidad y maternidad y hacerlos obligatorios, para así limitar el posible miedo de la empresa a contratar o ascender a una mujer antes que a un hombre.

El problema es que con una medida así quizás lo que se podría es generar un miedo a contratar o ascender a cualquier persona con probabilidades de ser padre o madre (es decir, extender la discriminación a cualquier joven con pareja estable), con el efecto indirecto, no buscado y peligroso de desincentivar los matrimonios y la natalidad.

Otra alternativa es la que se ha planteado en Italia, el país europeo en el que las mujeres estaban menos representadas en los consejos de administración. Hace unos años se aprobó una nueva norma que obliga a las empresas cotizadas a tener un 33% de presencia femenina en su máximo órgano de decisión, pero sólo durante nueve años (Fedea presentó hace unas semanas en Madrid un estudio sobre la implantación de la ley).

El punto de partida de los defensores de la norma es que no puede ser que sólo el 5% de los miembros de los consejos de administración sean mujeres, como pasaba hace unos pocos años. Esto no puede deberse sólo a que las italianas tengan prioridades diferentes a sus colegas masculinas, sino que tiene que haber algún tipo de discriminación.

La idea de imponer cuotas temporales es que una vez que se logre la igualdad (aunque sea a la fuerza) ésta se mantendrá sin necesidad de que la ley obligue a ello. Los partidarios de la medida, además, creen que tendrá efectos beneficiosos no sólo en los consejos, sino en todos los niveles, a través de un efecto cascada.

Los críticos con la norma alegan que limita la capacidad de las empresas para regirse con autonomía y que sólo tendrá un efecto cosmético (más mujeres en el Consejo, la parte más visible de una empresa) sin que eso se traduzca en cambios en las posiciones intermedias. Además, alertan de que las normas temporales tienen una sorprendente tendencia a hacerse permanentes, pervirtiendo de esta forma sus objetivos iniciales.