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Etiqueta: Libertades propiedad y estado de derecho

¿Cobran menos las mujeres por hacer “el mismo trabajo” que los hombres?

Este fin de semana nos visitó en el Instituto Juan de Mariana el abogado e investigador rosarino Garret Edwards. En su charla acerca de los problemas de Argentina desde una perspectiva institucional y de la disciplina denominada Law&Economics, hubo una palabra que se repitió varias veces: el relato.

El relato se refiere a ese discurso acerca de la realidad que los políticos en el poder se empeñan en repetir hasta el punto que la gente acaba por defenderlo aunque lo que vive sea otra cosa. En el caso que explicaba Garret se trata de un relato peronista, contrario al respeto por las bases de la democracia, tomada ésta como algo más que un sistema de elección.

El análisis de este concepto de “relato político” es extrapolaba sin problema a otros países, como el nuestro.

La realidad y los relatos

En España no hay un único relato sino que cada facción política defiende uno distinto. La culpa del sufrimiento del pobre pueblo griego es de Luis de Guindos y Merkel, y simultáneamente, la culpa de que el resto de los europeos miremos con reticencia los planes populistas de los políticos griegos es la chulería y las amenazas de incumplir lo pactado de esos mismos políticos.

La recuperación está llegando y a la vez no está llegando. Los dos partidos que se han turnado en el poder y a quienes se les han descubierto escándalos de corrupción sea en el ámbito nacional o regional, lideran estudios sobre transparencia y se les llena la boca defendiendo la regeneración política. Los salvadores del pueblo del horror de la casta política se inspiran y reciben financiación de los caciques que sangran a sus pueblos en Venezuela y Cuba.

Los trabajadores españoles, empobrecidos más de un 30% desde el comienzo de la crisis, azotados por el desempleo, se lanzan a la calle para protestar por las mínimas restricciones y consecuencias de los trabajadores privilegiados de nuestro tiempo: los funcionarios. Cada vez que  se pospone el cobro de una paga extraordinaria de los funcionarios o que se ven afectadas las condiciones de su empleo, incluso si tienen el enorme privilegio de que su continuidad laboral es intocable, las protestas son continuas, multitudinarias, y atraen a los políticos más populistas que tratan de sumarse a toda costa a sus actos y estigmatizan a quien ose defender a los otros trabajadores. Eso sí, los millones de parados no protestan cuando se anuncian medidas que perjudican a los autónomos o a los empresarios, que son los que tienen la clave del empleo.

La ficción y los relatos

Lo más sorprendente del relato es que aunque haya medios de comunicación que saquen a la luz datos o hechos que desmientan la historia oficial, no importa, la voz de los políticos se mantiene imperturbable y potente defendiendo que por el mar corren las liebres y por el monte, las sardinas.  Y si en Argentina se trata del asesinato del fiscal que iba a imputar a la Presidenta, en España se trata de la situación económica, de las intenciones futuras, de subir los impuestos o tocar las pensiones, por fortuna para nosotros. Pero todo se andará. Una vez que ya existe esa estructura, esa fractura que separa la realidad de cada cual de lo que se ve en la televisión, el relato aparece como un continente presto a ser rellenado con el contenido que en cada caso sea necesario.

Los ciudadanos se dejan llevar por la mentira y la impostura. Y, como me explicaba Garret en el turno de preguntas, han superado la barrera de la memoria política, que suele ser de tres meses. Cada semana surgen nuevos escándalos, reales o ficticios, para distraer a la gente y, de la misma forma que dicen que sucede en cuestiones de desamor, un clavo saca otro clavo, en política, un escándalo difumina otro escándalo y los ciudadanos ya no recuerdan porque no pueden, porque no quieren, o por la razón que sea, el vía crucis de barbaridades que los políticos que manejan nuestros impuestos, que diseñan la educación de nuestros hijos, que designan a quienes administran la justicia, perpetran un día sí y otro también.

En esta democracia occidental en decadencia, solamente la regeneración institucional, especialmente aquellas instituciones medulares de justicia que sirvan de contrapeso del poder, puede mostrarnos la luz al final del túnel. Pero está tan bien diseñado el sistema, se enrosca sobre sí mismo cerrando el circuito con tal perfección, que no se me ocurre qué partido político con intención de ganar se atrevería a llevar algo parecido en su programa electoral. Hasta entonces sólo queda el estudio y la difusión de las ideas. Pero no las elecciones, al menos para mí.

Entre los comisarios y el mercado

Parece que una parte sustancial de los artistas e intelectuales españoles, incluidos los medios académicos, va a votar por Podemos, la formación política neocomunista que ha irrumpido con fuerza en la escena política.

No me extraña. La intelligentsia latinoamericana y española, como regla general, suele ser estatista. A eso le llaman ser de izquierda. Los escritores, artistas plásticos, músicos, cineastas, actores, autores dramáticos, y, especialmente, los catedráticos y estudiantes de Ciencias Sociales y de Humanidades (antropólogos, sociólogos, arqueólogos, filósofos, teólogos, pedagogos, periodistas, etc.), se sitúan a la izquierda del espectro político. Se colocan, con variable intensidad, en el campo del estatismo.

Pero no todos. Por la otra punta de este fenómeno, en general, una buena parte de las facultades de ingeniería, arquitectura, medicina, odontología, informática, Ciencias Empresariales, y tal vez la mitad de los economistas y abogados, tanto profesores como alumnos, mantienen una actitud diferente.

Entre estos profesionales y aspirantes a serlo abunda un mayor porcentaje de personas que pudiéramos llamar liberales, en el sentido que se le da a ese término en América Latina y Europa. Confían mucho más en el esfuerzo individual, se inscriben en el espacio político del centroderecha, y desconfían de la gestión del Estado porque la experiencia les ha demostrado que suele ser desastrosa.

La izquierda está convencida de que le corresponde al Estado, administrado por gobiernos populistas, producir ciertos bienes o gestionar directamente una gran cantidad de servicios para el pretendido beneficio del “pueblo”, lo que inevitablemente significa la adjudicación y el manejo de un alto porcentaje de la riqueza que la sociedad produce.

La derecha, persuadida de que ése es el camino más corto al aumento de la corrupción, al clientelismo, al descalabro económico y al surgimiento de atropellos contra los individuos, defiende que los bienes se produzcan o los servicios se brinden dentro del ámbito privado. Serán mejores, alega, y resultarán más económicos.

¿Por qué esa marcada inclinación populista de la intelligentsia? Sospecho que se trata de una fatal consecuencia del mercado. El vasto campo de los intelectuales y artistas ofrece una mercancía que, independientemente de su calidad, salvo algunas excepciones, difícilmente puede sostenerse motu proprio entre los consumidores. La inmensa mayoría depende fatalmente de cátedras universitarias, subsidios, becas o premios que suelen ser abonados por medio de los presupuestos oficiales. Son “cazadores de rentas”.

En cambio, los profesionales que suministran algún servicio demandado por la sociedad, pese al riesgo que ello entraña, confían mucho más en el mercado que en la seguridad de colocarse bajo el ala protectora del Estado y recibir un salario mensual o alguna suerte de prebenda.

A esa intelligentsia estatista que rechaza el mercado con un despreciativo aire de superioridad, le gusta autopercibirse como solidaria y generosa, pero, aunque algunos o muchos de sus miembros tengan esos rasgos, en realidad se trata de un grupo que, como es frecuente, defiende sus intereses individuales y busca la protección de un patrón que le garantice la seguridad económica, divulgación y cierta fama profesional.

Claro, eso tiene un costo. En general, las dictaduras ilustradas, es decir, las que poseen un corpus ideológico que define sus presupuestos y objetivos –comunistas y fascistas en primer lugar–, son las que con más habilidad crean instituciones y mecanismos dedicados a controlar a la intelligentsia.

Lo hacen mediante un sistema claramente conductista de refuerzos positivos y negativos, administrado por inflexibles comisarios culturales que manejan (en Cuba utilizan el verbo “atender”) los gremios en los que colocan a los periodistas, escritores, artistas plásticos y otros intelectuales para servirse de ellos.

Esos gremios son jaulas sin barrotes en las que estabulan a la intelligentsia para vigilarla y organizarla de manera que, dócilmente, los intelectuales firmen documentos, y aprendan y repitan consignas que le sean útiles al régimen para construir y sostener su relato. Si asumen los dogmas de la secta y colaboran en estas tareas, se les remunera generosamente y se les llena de premios y lisonjas. Si se oponen, se les castiga y desacredita.

En cambio, en los regímenes democráticos realmente libres, regidos por la economía abierta, la intelligentsia no está sujeta al látigo de los comisarios, sino a las preferencias del mercado, lo que, con frecuencia, resulta económicamente perjudicial y riesgoso para estos intelectuales y artistas.

¿Es preferible el comisario o el mercado? Los comisarios son despreciables policías del pensamiento que exigen un insoportable sometimiento. El mercado –la libre preferencia de la sociedad—no tiene corazón y los artistas e intelectuales pueden naufragar, pero hay libertad. El mercado es mil veces mejor.

Por qué temen a Nicolás Maduro

Poco importa que en Venezuela se detenga y encarcele a un político incómodo, que se haga lo propio con un alcalde opositor, que se silencie a la prensa no adicta al régimen o que la policía abra fuego contra los manifestantes, al final nadie más allá de los infelices que menudeamos por las redes sociales y de unos cuantos –no muchos– periódicos occidentales dirá esta boca es mía. La impunidad de la que goza el Gobierno de Nicolás Maduro es tan absoluta que bien podría mañana cerrar a cal y canto las fronteras –algo así ha hecho ya con el cepo cambiario–, poniendo a la Armada a patrullar la costa para que nadie escape y no pasaría nada. Reconozcámoslo, es así, pase lo que pase en Venezuela, y ya ha pasado mucho, ningún Gobierno de ninguna parte del mundo va a dar gemido alguno.

Los mandarines de Caracas saben que algo muy superior a ellos mismos y a su triste miseria de ladrones de tres manos les protege de la crítica. Han sabido situarse en el lado bueno, el mismo en el que moraron los sátrapas soviéticos, el mismo en que felizmente sestea su apoderado habanero desde hace más de medio siglo, el mismo en el que terminan parando todos los bribones que aspiran a perpetuarse en el poder. Basta con colocarse a la izquierda de la izquierda, hacer continuos alardes revolucionarios y añadir a todo lo anterior la violenta verborrea que es tan cara a toda esta gentuza para blindarse de por vida. La sacrosanta soberanía, ya sabe. El mundo debe respetar al Gobierno cubano y sus desmanes pero, al tiempo, ha de indignarse y armar el cristo cuando los franceses, los austriacos o los holandeses votan a quien no debiesen de votar.

El totalitarismo siempre ha ejercido una inexplicable fascinación en los líderes del mundo libre. Sucedió en el periodo de entreguerras, cuando nazis, fascistas y bolcheviques chuleaban a Occidente, que permanecía callado y agachaba la cabeza por no se sabe bien que complejo de culpa. Con estos antecedentes es normal que Maduro y su gente se lo tomen con tanta tranquilidad. Estados Unidos y España guardan un espeso silencio con algún que otro quejido aislado al que inevitablemente le sucede una arenga televisiva del déspota y la llamada a consultas de los embajadores en Washington y Madrid.

El Gobierno de Obama trata de extremar la suavidad. Primero por el petróleo, y ahora que están cerca de la autosuficiencia porque algún geoestratega del departamento de Estado ha persuadido al presidente de que el animal de bellota ese de la boina roja tiene los días contados, que es todo cosa de sentarse y esperar a que caiga por su propio peso. En España la idea viene a ser la misma. Durante los años dorados de Chávez, que coincidieron con el zapaterato, la simpatía que inspiraba el experimento bolivariano entre algunos miembros del Gobierno –al ministro Moratinos me remito– desembocó en una pequeña luna de miel entre socialistas españoles y venezolanos. En el delirio aquel de la Alianza de Civilizaciones la Venezuela de Chávez, que lleva años a partir un piñón con el Irán de los ayatolás, era un complemento exótico y caribeño que vestía mucho en las cumbres mundiales.

Hoy ya no existe esa sintonía. Rajoy es un desastre, pero al menos carece de las devociones altermundistas y bananeras que tanto excitaban la imaginación de Zapatero y sus pajinas. Lo que temen en Moncloa es que Maduro tome represalias si se le incomoda. Temen que se líe la manta a la cabeza y se ponga a expropiar empresas españolas a diestro y siniestro. Así de lamentable. Esos empresarios sabían donde se metían y debieron descontarlo antes de invertir un solo euro en un país en el que su presidente, alegre y jaranero, expropia empresas por televisión. La revolución bolivariana no es cosa de ayer, los “rojos rojitos” llevan más de quince años enredando a su antojo y pasándose por el arco del triunfo la seguridad jurídica más elemental. Una parte considerable de las inversiones españolas en Venezuela se han hecho a sabiendas de lo que había allí. Si temen a una más que posible confiscación de sus activos en el país ya saben lo que tienen que hacer: desinvertir y largarse. Una vez se haya consumado el saqueo el Gobierno español que tome las medidas oportunas y denuncie el robo ante el tribunal internacional que corresponda.  

La cobardía es general. Los países hispanos están callados como tumbas y, por lo que se ve, tienen intención de perseverar en su silencio cómplice. Y para uno que salió valiente, Panamá hace un año, se quedó solo y tuvo que recular al cabo de pocos meses tras la ruptura de relaciones diplomáticas por parte de Caracas. Los palmeros de Maduro –Ecuador, Bolivia y Nicaragua– ejercen toda la presión posible en los órganos de la región sin que nadie se les plante. Que tres republiquillas de chichinabo dobleguen a gigantes como México o Colombia y les marquen la agenda es para replantearse desde cero para qué demonios sirven todos esos foros latinoamericanos, que ni son foros ni son latinoamericanos ni son nada más que reuniones de politicastros hipnotizados por la charlatanería y el alboroto de los nietos de Fidel Castro.

Cuando todo esto termine, que terminará más pronto que tarde porque el desbarajuste en Venezuela es absoluto, habrá que empezar a pedir explicaciones. ¿Por qué se dejó hacer a esta horda de bárbaros? ¿Por qué aceptamos como mal menor en Venezuela lo que nos parecería inaceptable para nosotros mismos? Tal vez los venezolanos tengan lo que se merecen, pero eso no quita para que los que creemos en una América próspera y libre deseemos que merezcan algo mejor. 

Una de Óscares, reivindicaciones y mujeres

La ceremonia de los Óscar de 2015 ha consagrado unos tostones de películas para mayor gloria de sus autocomplacientes directores y guionistas, con unas propuestas cinematográficas arriesgadas que han hecho las delicias de los críticos (algunos), pero no del público. Sólo la película El francotirador, de Clint Eastwood, que tampoco se caracteriza por perseguir éxitos comerciales, sino meramente por contar historias sin experimentos ni florituras narrativas o visuales, y por presentarnos personajes con aristas que se enfrentan a complejas luchas internas, ha recaudado en un mes más que las tres más renombradas juntas.

Que haya empleado jerga y expresiones absurdas y onanistas propias del ramo (sin demasiado éxito por mi parte) me conduce, eso sí, a una primera reflexión. Cada sector, para blindarse a la competencia y a la libertad –de los demás, se entiende- tiene que inventarse un lenguaje propio identitario: pasa con el nacionalismo, sí, pero también con los economistas, los Profesores, los intelectuales, qué decir de la clase política, así como con periodistas, culturetas y toda la ralea petulante de similar condición corporativista. El corporativismo sirve para creernos más y mejores, unos elegidos, pero también, y sobre todo, para ponerle el pie encima del cuello a cualquiera que ose hacernos sombra desde fuera… Si los odios son cainitas dentro del grupo, en entornos de juegos de suma cero en que hay que competir por algún favor gubernamental (subvención o cualquier otra clase de privilegio) y donde el café para todos no es posible, con los de fuera se es implacable. Las colusiones (acuerdos) entre todas las partes internas, pésimamente avenidas cuando no hay enemigo (común) a las puertas, son el pan de cada día. Las quejas por el “intrusismo profesional”, por no disponer de unas costosas licencias o no haber superado unas duras pruebas para aterrizar en ese sector se extienden airadamente. Como si al consumidor, al accionista o a la sociedad les interesara el titulito o los galones que cada uno exhibe. Les interesa a ellos (y a sus entusiastas familias), pues es a ellos a quienes confiere una situación monopolista y aniquiladora del mercado.

Dicho esto, cuanto más cine, documentales, piezas audiovisuales se hagan desde fuera, tanto mejor para la libertad individual y sin duda para la sociedad. Mucho mejor por la variedad de ofertas, mucho mejor por meter el dedo en el ojo a esta gente. Véanse los ejemplos de Uber o Airbnb para competir con taxistas y hoteleros.

Ya lo dijo el humorista Ricky Gervais en la entrega de un galardón en los Globos de Oro de este mismo año. Este personaje había sido maestro de ceremonias de Globos de Oro en 2011, granjeándose las enemistades y rencores de medio Hollywood por sus hirientes comentarios contra la vieja guardia, desempolvando los chismes que pululan en los tabloides y lanzando dardos envenenados contra quien por allí asomaba. El tipo, para mí, no es que tenga demasiada gracia, pero al menos suelta mandobles a diestro y siniestro, y eso es de agradecer en los tiempos que corren. Parece que le abrieron un hueco en los Globos de Oro de este año e hizo gala de su habitual mala leche en la entrega del premio a la mejor actriz de comedia o musical:

Nadie quiere verme insultar a ninguno de vosotros, celebridades ricas, guapas, superprivilegiadas. La gente común en sus casas no quiere escuchar que… vosotros sois mejores que la gente común… Y vosotros lo sabéis y ellos lo saben en su fuero interno (…) pero si hemos aprendido una cosa es que las personas famosas están por encima de la ley…, como debería ser…

Porque más daño que el envite del externo, el extranjero, el enemigo, lo hace la disidencia interna. Eso sí que es imperdonable. La unidad de discurso es sagrada y se yergue como protección frente al enemigo externo. Y el que se mueva no sale en la foto, ya se sabe. En muchos casos, porque tras ese movimiento o disensión, su única forma de aparecer en fotos futuras es previa invocación de su atribulado espíritu. Que se lo pregunten a Andreu Nin.

Y llegamos al meollo. Las mujeres. Si algo he de admitir, es que este asunto no ocupa ni dos segundos de mis preocupaciones al día. Seguramente porque sea introvertida y, en mi ensimismamiento, las categorías humanas a veces me estorban o, mejor dicho, me aportan información válida y útil para simplificar mis procesos de pensamiento, pero no les doy mayor relevancia. Soy yo y los demás, y tan sólo busco que esa interrelación sea lo más cordial, respetuosa, cooperativa y fructífera posible.

Pero las categorías, mal que nos pese, existen, y si un grupo de personas prefiere unirse en torno a elementos comunes que comparten (en lugar de cultivar su individualidad y romper viejos moldes) para arrasar a cualquiera que se ponga en su camino, mal vamos. Ese peligro tampoco debe perderse de vista, se sea introvertido o individualista. Aquellos seres que huyen de los colectivismos seguramente tengan dos salidas cuando estos peligros emergen: una mejor y otra peor. Que la cosa se pone realmente fea, lo más probable es que las facciones grupales luchen entre sí ferozmente en los primeros embates y el outlier pase desapercibido durante un tiempo, el suficiente para salir por piernas. Que la cosa es más sibilina, como nos explica el public choice, las clases medias desorganizadas son de las primeras en ser golpeadas y esquilmadas.

Patricia Arquette, quien se llevó un Óscar a la mejor actriz de reparto por Boyhood, película que todavía no he acabado de ver como largo culebrón que es en el que la falta de cualquier ritmo e interés me impiden perseverar, saltó al escenario del Teatro Kodak a ofrecer una arenga encendida en favor de los derechos de la mujer: “Luchamos mucho por nuestros derechos. Es el momento de que tengamos igualdad salarial e igualdad en los derechos de la mujer en Estados Unidos”. Estos saraos se han convertido en púlpitos para hacer reivindicaciones de lo más variopintas. En lugar de acudir a escenarios como el Speaker’s corner de Londres, allá que se destapan para concienciar mentes, mas exigiendo cambios legislativos, no olvidemos.

El tema de la mujer es complejo, como el de las razas o la condición sexual. Todos estos asuntos, por cierto, se pusieron de una forma u otra sobre el tapete durante los Óscar, dándole un entretenimiento que nunca tuvo por causas propias. Cualquier persona tiene derecho a hablar de estos temas en libertad, se nos dice, pero cuando se abre la boca para decir algo que no gusta a determinados estamentos, la maquinaria de represión verbal y a veces física se pone en marcha sin descanso. Esta estrategia, por cierto, la ha adoptado también el nacionalismo en España. Al final, ellos pueden hablar con plena libertad para hacer avanzar su discurso (feministas). Si tú no eres del grupo, cállate porque nada tienes que decir (hombre). Si eres del grupo y eres un disidente (mujer), reza, que serás silenciado de una forma u otra… A esto se suma la extensión del discurso de lucha de clases a la de sexos, de razas y lo que se tercie.

El problema es el que es. No voy a insistir en por qué las mujeres, en promedio, ganan menos. Sólo hacerlo basándose en grandes cifras ya elimina los matices de cada situación particular. Mucho se ha dicho al respecto de manera acertada por quienes abogan por las decisiones empresariales libres. No es cuestión de productividad presente, sino de costes laborales y desincentivos que impone la legislación laboral, y que hace descontar a la baja al empresario su productividad futura, aun cuando no llegue nunca a manifestarse esa menor productividad. De hecho, cuanto más se “protege a la mujer”, más daño se está haciendo a su contratación y a su remuneración. Más tiene que protegerse el empresario de eventualidades futuras o, directamente, dejar de contratar. Si una mujer ha tenido un hijo, el empresario no puede prescindir de sus servicios en 9 meses tras su reincorporación, aunque esta persona solicite jornada reducida (que se ha de conceder). Imagínese lo que esto favorece la contratación y desarrollo de la mujer en el ámbito laboral. Al no hacerse un tratamiento individualizado y tener que descontar todos los costes laborales y jurídicos adicionales así como los riesgos legales, acaban pagando todas las mujeres. Si no todas las mujeres desean tener el mismo número de hijos o dedicarles el mismo cuidado ni son igual de productivas, por qué hay que colectivizar los sueldos a la baja de todas.

Pero lo más preocupante para mí es la peligrosa mezcla entre reivindicaciones de la sociedad civil (siempre las habrá) y el esfuerzo deliberado de estos grupos para que esas visiones particulares se impongan y se generalicen mediante la ley, en lugar de intentar persuadir con la palabra sobre la bondad de su estilo de vida.

Lo grave, pues, es que el sistema democrático haya confundido un sistema de elección de gobierno que se dice más incruento con que todos los asuntos humanos hayan de debatirse y acordarse de manera consensuada y colectiva. Así, en el momento que una visión se impone a la otra y sale victoriosa del juego democrático, se genera automáticamente una restricción de las libertades, de opciones y alternativas en la sociedad, limitando consecuentemente la diversidad y la experimentación. El Estado ha ido absorbiendo ámbitos de decisión privados, desde la seguridad a la caridad, la protección social, la provisión de servicios culturales y sociales como la educación y la sanidad (¡o los Goya!), la regulación de sectores productivos como los energéticos o las telecomunicaciones (y a veces también su provisión) o el manejo de la política monetaria. Lo que hay detrás son políticas redistributivas que persiguen, de inicio al menos, algún ideal igualitario. Pero este trasiego de confabulaciones entre estos grupos y los partidos políticos se lleva por delante cualquier destello de libertad y de variedad.

Que todo se dirima en la arena política emponzoña las relaciones humanas, las vicia, crea víctimas y verdugos, enemigos irreconciliables. Y esto es casi lo más repugnante del sistema político en que vivimos. Que la limitación del ámbito decisión y actuación nos enfrente continuamente a unos y a otros. La gente ya no se ocupa de sus asuntos y sí de los de los demás. La gente acaba decidiendo en común, acotando el espectro de posibilidades, en torno a cuestiones como nuestra forma de vida, aquello que enseñamos a nuestros hijos o a quién es conveniente contratar y por cuánto. Y al final de esta confrontación sólo puede salir victoriosa una única visión, que se impone a los demás, creándose un tremendo resquemor y odio por parte de los perdedores en la refriega, en lugar de que cada uno, libremente, experimente y desarrolle distintos planos de su vida conforme a sus intereses sin generar ningún tipo de escasez: todos buscando sus propios fines sin interferir por ello en los ajenos. Pueden ganar todos y no forzar a que unos ganen (los que ayudan a los demagogos a mantener el poder) y otros pierdan. Esto, señores y señoras, que no se limite por fuerza ninguna opción legítima y que, además, los individuos puedan buscar sus metas de forma armoniosa y respetuosa con otras visiones en un juego de suma positiva, es lo que algunos califican como el malvado mercado.

Por las mismas, la restricción de opciones es el caldo de cultivo para el corporativismo (lobismo) que denunciaba más arriba. Estos entornos inmovilistas cerrados a la competencia y al cambio se atrincheran porque la tarta del reparto es limitada y porque, fuera de su zona de confort, se sienten impotentes e inseguros ante los cambios que lluevan desde el exterior. Serán uno más de entre muchos en un páramo incierto. Se les acaba la certidumbre. Se les acaba el chollo.

Se traza la alianza perfecta: Hago avanzar mi ideario. Genero escasez de forma deliberada, de manera que las contrataciones, los pesos relativos de hombres y mujeres (cuotas) o de otros grupos sociales en sitios clave de la sociedad se cuestionan desde la política y el sistema de decisión colectivo, alcanzándose un resultado inamovible del que nadie puede escapar. Opciones restringidas. Ipso facto. Quien ose salirse de esas reglas del juego (“que nos hemos dado todos”, que dicen por ahí para amargor de quienes nos vemos obligados a escucharlo) se topará con el aparato represor del Estado y de la opinión pública. Y, de paso, que me caigan unas cuantas prebendas y subvenciones por el camino, que suele ser un motivo bien poderoso que da sentido y vida a los grupos de presión…

Triste pero cierto. No me interesa el tema de la “mujer”. No me interesa si a otras mujeres les interesa. Ese es su ámbito particular de pensamiento, decisión y acción, y es muy respetable. Lo que no es libre ni respetable es que tomen algún tipo de decisión en mi nombre, que cualquiera de esas decisiones pueda desviarme de mis propios intereses y deseos, y que se haga lo mismo con las metas de cualquier otra persona, haya tenido la suerte o la desgracia de nacer con el sexo políticamente inconveniente.

El capitalismo samaritano de Falciani y Monedero

Uno de los nombres de los últimos días, que seguro que nos acompañará en los próximos es Falciani, el hombre a una lista pegado. La polémica suscitada por el comportamiento del banco suizo HSBC, su ingreso en prisión y su liberación, las circunstancias que le rodean y los rumores que él mismo se ha ocupado de difundir, hacen de este ingeniero en sistemas informáticos, un héroe de nuestro tiempo.

El otro es el de Monedero, que el viernes dio explicaciones acerca de las acusaciones vertidas sobre él dignas de un héroe, en una polémica rueda de prensa.

La heroicidad necesaria

No hay historia de un país, de un pueblo o de una época, sin héroe que se precie. Esta figura, que recibe culto sin ser divino y vive entre mortales sin ser simplemente humano, porque encarna las virtudes de la sociedad y acrisola lo mejor de cada casa, tiene como misión realizar actos dignos de sí mismo: heroicidades. Estos actos heroicos en la Grecia antigua podían ser crueles, sangrientos, pero siempre eran ejemplares y necesarios.

Y así es Falciani. Contratado por el banco HSBC para afianzar la seguridad de su sistema informático, robó datos de su empresa para denunciar lo que él creía que era incentivar el fraude fiscal. No defiendo al banco si sus prácticas no eran las correctas, eso ante todo. Pero Falciani cometió un delito claro. ¿Importa? No, peor es defraudar aunque no se trate de tu país (él es monegasco). Todo el mundo sabe que el fraude es un mal social y que los delitos cometidos por su causa, como transgredir la propiedad privada de otros (en este caso la empresa en la que trabajaba), el incumplimiento del contrato, etc. son un mal menor y necesario en aras de un bien mayor. ¿Trató de lucrarse? No, no… bueno, igual un poquito, pero no importa, sigue siendo un héroe al que Estados Unidos, cual previsora Atenea, advirtió para que se quedara en España porque su vida corría peligro.

Lo de ir a Beirut como punto de partida a montar una empresa que vendiera los datos robados por amor a la humanidad, con un alias y encima no lograrlo, es un detalle mínimo, sin importancia, que va implícito en el carácter del héroe, del nuevo samaritano capitalista. Como si no fuera a sacar partido de su asociación con los poderes gubernamentales. De momento ya ha sido contratado (por un precio) por Podemos.

Las necesidades del héroe

Porque los héroes tienen sus necesidades. Y si Falciani necesitaba viajar al Líbano con su amante para vender sus datos, Monedero dejó muy claro dos cosas en su rueda de prensa: está consternado y necesitaba una empresa para funcionar.

No deja de ser conmovedor que un héroe de hoy, capaz de repetir dos veces en la misma frase lo humilde que es, que habla de sí mismo en tercera persona, que recalca su destino mesiánico cuando afirma que le encantaría estar menos expuesto pero que no depende de él, se sienta tan bloqueado, golpeado personalmente, en aquello que a un profesor le duele más: las dudas acerca de su currículo. Ni una frase sobre qué le parece que Leopoldo López siga en la cárcel o que hayan apresado a otro alcalde venezolano hoy. No, eso no es relevante. Es importante que mis expertos son los fiables y los tuyos no. Eso, y que soy experto y me pagan por eso. Y me pagan a precio de mercado, no me vaya a echar la culpa a mí. Eso sí, cuando un insidioso periodista le pregunta si le parece bien el precio de mercado el héroe contesta: la gente sufre, es el precio que imponen los mercados a los pobres y desgraciados. Y se sale del tema loando al Banco del Alba, ético a fuer de bolivariano, con la misma languidez que Luis Eduardo Aute pero con menos años y más estudios.

Y suma y sigue. En este país donde los políticos tienen las mismas miras y la misma consistencia en sus propuestas que una candidata a Miss Universo (“Si gano el concurso me dedicaré a difundir la paz en el mundo”), el cambio encarnado en Monedero llega una hora tarde a su propia rueda de prensa, sin ser nadie, como muy bien ha dicho el propio Monedero, y contrata al ladrón Falciani, que por no tener habilidad empresarial ha sido encumbrado por gobiernos que rapiñan dinero para seguir comprando votos.  Un panorama esperanzador.

La última lección de Oliver Sacks

Oliver Sacks publicó un artículo extraordinario en The New York Times sobre su muerte próxima. Tiene cáncer en el hígado, irreversible e imparable, como consecuencia de un melanoma en un ojo que hizo metástasis. Tiene 81 años y goza de una personalidad mucho más grata que su menguada salud.

Lo sorprendente del artículo es el tono sereno con que el autor reflexiona sobre su inminente desaparición. La muerte es un tema de mal gusto en Estados Unidos. La palabra cáncer suele ser sustituida por el absurdo circunloquio "una larga y penosa enfermedad". La gente "pasa a otra vida", se “va”. Vale la pena leer el clásico de Philippe Ariès, Historia de la muerte en Occidente, para entender cómo un hecho tan absolutamente natural como morirse, esa "costumbre que suele tener la gente" –dice la milonga argentina–, se ha convertido en un tema tabú.

Sacks es un médico neurólogo, nacido en Inglaterra, profesor de su especialidad en la Universidad de Nueva York. Hace tres décadas publicó un libro que de inmediato se transformó en un best sellerEl hombre que confundió a su mujer con un sombreroEn un lenguaje sencillo, propio de los sabios, contó 20 historias de personas que padecían otros tantos problemas neurológicos en el que abundaban las alucinaciones visuales y auditivas. 

Quienes disfrutan de las célebres conferencias TED pueden verlo y escucharlo. Por él descubrí que muchas personas normales tienen (padecen no es el verbo adecuado) alucinaciones que se diferencian de las que sufren los dementes. Las alucinaciones benignas son silentes y la persona no se siente amenazada. Las malignas, que afectan, por ejemplo, a los esquizofrénicos, son terribles porque las visiones y las voces interpelan agresivamente a quienes las experimentan.

Al final de la charla, el propio Sacks reveló que su cerebro, de vez en cuando, fabrica autónomamente figuras geométricas que se instalan en su imaginación sin consecuencias posteriores. Parece que se deben a los problemas de la vista que lo aquejan. El melanoma lo privó de la visión de un ojo y ve con gran dificultad por el otro. Los ciegos o casi ciegos son quienes con mayor frecuencia perciben estas alucinaciones benignas elaboradas por el cerebro.  

En todo caso, la existencia de este hombre ha sido extraordinaria, así que no me sorprende que se despida de ella de la misma manera. En lugar de llorar o rasgarse las vestiduras de dolor, hace un breve recuento de la dicha de haber vivido muchos años de apasionante creación, lucha y, a ratos, felicidad.

Inmediatamente, nos dice cómo va a emplear el tiempo que le queda y revela el cambio sustancial de sus prioridades. Lo que la víspera del fatal diagnóstico le parecía importante, súbitamente queda relegado a un segundo plano.

Creo que de las muchas lecciones que ha dado este excelente profesor, la mejor es esta última: enseñarnos a morir sin aspavientos, felices por haber sido criaturas inteligentes y sentientes (la palabra la acuñó el filósofo Xavier Zubiri) que hemos podido gozar de lo que ninguna otra especie ha percibido nunca: entre otras maravillas, la belleza, el humor, la ironía, el amor, el conocimiento del pasado o la anticipación del futuro.

Es muy curioso (y lamentable) que en Occidente interpretemos la muerte como una especie de desgracia o maldición evitable y no como lo que realmente es: el cierre de un ciclo por el que hemos tenido la inmensa suerte de pasar, pese a las escasas posibilidades que teníamos de nacer y convertirnos en seres humanos.

Nadie nos enseña nunca todo lo que es genuinamente importante: cómo vivir en pareja, cómo criar una familia, cómo cuidar y tratar a los hijos o a los ancianos de nuestro entorno, cómo ayudarlos a morir, cómo afrontar la soledad cuando esto sucede. Por último, cómo enfrentar las enfermedades y la muerte con naturalidad. Todo eso debemos descubrirlo por nuestra cuenta, a lo largo de la vida, cuando hubiera sido mucho más sencillo que nos lo enseñaran.

Como ha hecho Oliver Sacks, por ejemplo.

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Victoria Camps

La profesora Victoria Campsdarling del pensamiento único, no está en contra del capitalismo, menos mal, pero comparte la ficción de que no puede ser libre porque las personas somos indiferentes al interés general:

Una economía que fomenta el egoísmo, la competitividad y los beneficios materiales hace personas muy individualistas. Hay que ir a un capitalismo que priorice el bien común.

Esta extendida muestra de corrección política da por supuesto que el "bien común" es una cosa que no cabe alcanzar dejando a la gente en paz. Es evidente que, cuando la doctora Camps dice "hay que ir", no está formulando una recomendación a las personas libres, que éstas puedan seguir o no, sino a que los políticos la impongan sobre las personas libres. Es decir, está suponiendo que el bien común es algo que resulta propiciado si las personas son menos libres, lo que resulta muy difícil de demostrar, y de hecho doña Victoria no se atreve ni a confesarlo abiertamente.

En vez de ello, elípticamente proporciona unas supuestas informaciones que avalarían el diagnóstico implícito: no se nos puede dejar en paz. Por ejemplo, un disparate clásico: "Los más ricos cada vez son menos y acumulan más riqueza y el resto cada vez se empobrece más", lo que es doblemente cuestionable, porque no es malo que los ricos se enriquezcan, por un lado, y por otro no es cierto que en el mundo los pobres sean cada vez más y cada vez más pobres. 

Otro bulo del pensamiento convencional es la suma cero, y la profesora se apunta con alacridad. Por ejemplo: "No hay trabajo para todos", como si el trabajo fuera una tarta y no una creación de riqueza por parte de los ciudadanos, que sólo obstaculizan los políticos, precisamente con las medidas intervencionistas que propugnan los bleeding hearts como doña Victoria.

Y el clásico "unos ganan mucho más y los demás perdemos", como si no hubiera forma de prosperar sin dañar al prójimo.

Los segundos acuerdos de Minsk

Hospedados, como en la primera ocasión, por un anfitrión inquietante -el dictador bieloruso, Aleksander Lukashenko- el jueves pasado se celebró una singular reunión en la ciudad de Minsk para acordar los términos de un armisticio en la guerra que se está desarrollando en las regiones sur orientales de Ucrania.

Quedó a las claras, en primer lugar, quiénes son las partes enfrentadas. La presencia sin ningún disimulo del presidente ruso Putin – a quién no restó protagonismo la compañía de los líderes de las autoproclamadas repúblicas populares de Lugansk y Donetsk- disipó toda sombra de duda sobre las cínicas mentiras esgrimidas en momentos cruciales de esta guerra por parte del gobierno ruso. Recordemos como sus propagandistas acusaron a los “fascistas” ucranianos del derribo de un avión con 298 pasajeros civiles que sobrevolaba el territorio ocupado por los rebeldes separatistas dirigidos desde Moscú.

Junto a la llamada a la supervisión y seguimiento sobre el terreno del cumplimiento de los acuerdos por parte de monitores desarmados de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) los trece puntos acordados establecen un compromiso de alto el fuego que comenzó en la medianoche del día 15, y que parece haberse respetado hasta ahora, excepto en Debaltseve, donde las tropas rusas han conquistado un importante nudo ferroviario.

A grandes rasgos, las partes signatarias se comprometiron a cumplir un plan por etapas para conseguir la paz a cambio del reconocimiento de un estatuto especial para las regiones de Donestk y Lugansk, donde los insurrectos separatistas sustentados por el gobierno ruso se han hecho fuertes contra el gobierno central ucraniano. En este sentido, se parte de la idea de crear una zona de seguridad a ambos lados de los límites de ambas regiones con el resto de Ucrania, donde se deberían retirar en breve la artillería pesada y los sistemas de lanzamiento de misiles.

A continuación, se entablaría un diálogo, dentro del marco del grupo trilateral de contacto formado por los representantes de Ucrania, la Federación de Rusia y la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa [OSCE], para organizar unas elecciones locales, de acuerdo a la legislación ucraniana y la ley sobre el estatuto provisional de autonomía de las regiones de Donestk y Lugansk, aprobada por el parlamento ucraniano después de los primeros acuerdos de Minsk, pero suspendida ante el incumplimiento de las condiciones por parte de los rebeldes separatistas. Las elecciones se celebrararían bajo la supervisión y siguiendo las reglas de la OSCE.

La recuperación del pleno control sobre las fronteras por parte de las autoridades ucranianas se producirá a partir del día siguiente a la celebración de esos comicios locales, tras la aprobación antes de fin de año de una reforma constitucional y una legislación de desarrollo que contemple la descentralización política y el reconocimiento de un estatuto especial para las regiones de Donetsk y Lugansk, de acuerdo con los representantes de estas últimas.

Mientras tanto, se garantizaría una amnistía para las personas que participaron en el conflicto; la liberación y el intercambio, bajo el principio de todos por todos, de los rehenes y personas detenidas ilegalmente; el acceso, entrega, almacenamiento y distribución de la ayuda humanitaria con el apoyo de los mecanismos internacionales y el restablecimiento del sistema bancario, de recaudación de impuestos, de los servicios públicos y de las pensiones en las regiones citadas dentro de la jurisdicción ucraniana.

Por otro lado, se repatriarían las unidades, los técnicos militares y mercenarios extranjeros bajo la supervisión de la OSCE, al tiempo que se desarman los grupos ilegales de guerrilleros.

Muchos son los interrogantes que suscitan unos acuerdos que parecen impulsados para detener una guerra sangrienta desatada por la insurrección apoyada por el gobierno ruso, quién, sin embargo, consolida sus posiciones territoriales ganadas por la fuerza, so pretexto de proteger a las personas de origen ruso, y se erige además en potencia que condiciona jurídicamente las decisiones de un país vecino, incluyendo el veto a su adhesión a la Unión Europea o la OTAN.

La precipitada concesión de una amnistía a los intervinientes en esta guerra soslaya la cuestión de que algunos hechos acontecidos pudieran calificarse como crímenes de guerra o de lesa humanidad, los cuales son imprescriptibles según normas superiores de derecho internacional.

Han pasado muy pocos años en términos históricos, desde que en el año 1994, la Federación rusa, entonces dirigida por Boris Yeltsin reconociera la independencia y la integridad territorial de Ucrania, incluyendo la península de Crimea y estas regiones de Donetsk y Lugansk en el Memorandum de Budapest. Ignorando las obligaciones internacionales derivadas de este acuerdo, algunos quieren justificar hoy la expansión rusa invocando títulos antiguos del Imperio zarista.

Parece conveniente mantener la alerta frente al indudable peligro para la libertad y la seguridad de los europeos que representa el régimen autoritario postsoviético de Putin. Hace ya tiempo asumió una doctrina estratégica de confrontación ideológica y militar con Estados Unidos y los países de Europa Occidental que se traducen en el desarrollo de un programa de rearme que consumirá hasta un tercio del presupuesto, según algunas fuentes, y en maniobras concretas de desestabilización (en países vecinos como Ucrania o los países bálticos) o instrumentación de grupos políticos y sociales en países más lejanos.

La potencial creación de un embrión de estado en estas regiones de Donetsk y Lugansk, dependiente de Rusia aunque incrustado en Ucrania, recuerda demasiado la situación real en Abjasia (Georgia) y Transdniéster (Moldavia). Aparte de las frecuentes provocaciones a los países bálticos, a finales del mes pasado los gobernantes rusos llegaron al punto de enviar dos bombarderos estratégicos al Canal de La Mancha, causando un lío monumental en el tráfico aéreo civil.

Ahora bien, los planes estratégicos de la nueva nomenclatura rusa podrían ser patéticos delirios de grandeza debido a otras circunstancias ajenas a su control. En efecto, los años de cotización del barril de petróleo a 100 dólares parecen acabados por mucho tiempo. Durante el periodo de bonanza de ese monocultivo Rusia no cambió su estructura económica. Por el contrario, desde allí se transfirió un enorme flujo de capitales a Occidente, sin que quepa prever su vuelta en una situación de hundimiento del precio del crudo. De esta manera, no quedaría mucho tiempo para presenciar el derrumbamiento de toda la tramoya montada.

Malos tiempos para la libertad de prensa

Reporteros Sin Fronteras (RSF) ha presentado su informe Clasificación Anual Sobre la Libertad de Prensa. Sin ser un índice cien por cien infalible, es la mejor herramienta de la que disponemos para analizar la situación de este derecho, íntimamente ligado al de la libertad de expresión, en el mundo y por países concretos.

En 2015 la Clasificación no ofrece demasiadas sorpresas. Como era de esperar, Venezuela retrocede puestos a un ritmo alarmante. A la tradicional política liberticida contra los medios no chavistas se suma ahora la dura represión contra los periodistas que tratan de informar sobre las protestas y la violencia que ejercen las fuerzas de seguridad contra los manifestantes. En Ecuador las cosas también han ido a peor, al imponer el Gobierno de Correa una norma de rectificación obligatoria que se ha convertido en “una forma de censura institucionalizada”.

La única sorpresa es, tal vez, que España mejora dos posiciones y pasa del puesto 35 al 33. Pero esta aparente mejoría no es tal. La moderada escalada en el ranking no se debe a que se haya avanzado en esta materia, sino a que otros Estados han retrocedido a un ritmo mayor. La situación en el más extenso de los países de la Península Ibérica ha ido, según el análisis de RSF, a peor.

Uno de los principales motivos que señala el informe es la conocida como “ley mordaza”. Por obra y gracia del ministro del Interior, Jorge Fernández (un hombre que atribuye la caída del Muro de Berlín a la Virgen de Fátima), se restringe la capacidad de informar sobre manifestaciones. Esto afecta sobre todo al material gráfico, puesto que ha pasado a sancionarse fotografiar o grabar a las Fuerzas de Seguridad sin autorización. Se trata de un retroceso evidente. Sin llegar a los extremos venezolanos, sí se comparte con el Gobierno de Maduro el afán de dificultar la difusión pública de imágenes de protestas de todo tipo.

No sólo se ha empeorado en eso. Al margen de lo apuntado por RSF, hay otras prácticas del Gobierno de Mariano Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría que suponen un serio retroceso. No nos referimos al uso partidista de la radio y la televisión públicas (algo que denuncia RSF), puesto que con Rajoy no es mayor que con Zapatero, Aznar o González. La reducción de libertad de prensa afecta sobre todo a los medios privados.

Desde el Ejecutivo se ha pedido la cabeza de directores concretos de periódicos, y se ha logrado. En concreto, la de tres de los cinco más importantes de España. Los destituidos fueron sustituidos por otros más dóciles. A cambio, se regaló a sus editores una Tasa Google o Canon AEDE que es un nuevo recorte a la libertad. No queda ahí la cosa.

El ministro de Hacienda no duda en lanzar, desde su escaño en el Congreso, sus dardos dialécticos contra los medios que han informado de forma poco favorable sobre él o su ministerio. No sólo eso, Cristóbal Montoro carga contra esas mismas empresas periodísticas por no destacar asuntos que a él le gustaría. Desde que comenzara 2015, sólo ha habido dos sesiones de Control al Gobierno, y en ambas ha hecho lo que no deja de ser una forma de presión.

En realidad, y aunque Reporteros Sin Fronteras no apunte a eso, el actual Ejecutivo es el peor en materia de libertad de prensa desde que terminara la dictadura franquista. Resulta incluso más nocivo que los nefastos gobiernos de Felipe González (de triste recuerdo en este terreno). Se ha empeorado sobre todo en lo referido a los medios de comunicación privados.

Son malos tiempos para la libertad de prensa en España. En ocasiones recuerda demasiado, aunque con formas y métodos más suaves, a lo que ocurre en lugares como Ecuador o Venezuela. Menos mal que todavía no se tiene por costumbre apuntar contra periodistas concretos con su nombre y apellido. No al menos desde el Gobierno; desde otro partido, con aspiraciones de llegar al poder especialmente mimado por ciertas televisiones, sí se hace.

Las empresas no se han forrado bajando salarios

Manuel Lago despotricó en La Voz de Galicia contra la inaceptable deserción fiscal de los ricos. Todos sus ejemplos se referían a acuerdos legales de empresas con gobiernos: en Luxemburgo, en España, en Estados Unidos, más las Islas Caimán y otros de los llamados "paraísos fiscales", donde también hay gobiernos y leyes.

Por lo tanto, de entrada este dramático diagnóstico del señor Lago es falso:

Las grandes compañías multinacionales y los grandes patrimonios de sus propietarios han tomado la decisión de no pagar impuestos. Aprovechándose de la globalización, de la desregulación, de su enorme poder, de su capacidad para chantajear a los Estados.

No estamos ante decisiones unilaterales de no pagar o de pagar menos impuestos, sino de acuerdos con gobiernos y de normas legales, que aplican todos los gobiernos, incluso el hipócrita del señor Obama, que clamó contra las Islas Caimán pero no dijo nada de Delaware, que, como el propio autor admite, es un paraíso fiscal dentro de EEUU.

El señor Lago derrocha tono moralizante pero no se pregunta por qué pasan esas cosas, por qué es que tantas empresas y tantas personas prefieren pagar menos impuestos que lo que podrían hacer simplemente acudiendo a los países y legislaciones cuya presión fiscal es máxima. La respuesta es evidente: todo el mundo procura pagar los menores impuestos posibles, a veces fuera de la ley, y otra veces, como en este caso que tanto le irrita, dentro. Pero esa conducta de empresas y personas debería hacerle pensar sobre la más incorrecta verdad de la Hacienda Pública: los que pagamos impuestos somos los que no tenemos otro remedio. Los que pueden pagar menos, pagan menos. Más aún: los que pueden no pagar nada, no pagan nada.

Esta conducta es generalizada en España y en el mundo. Por lo tanto, ponerse estupendo y tratar a esas personas como criminales es absurdo: ninguna sociedad podría funcionar con millones de criminales. Es igualmente absurdo seguir poniéndose estupendo y pensar que la política es como una comunidad de vecinos, que es lo que hace el señor Lago con esas bestias negras que abomina:

Han roto el consenso social sobre el que se construyó el modelo económico después de la Segunda Guerra Mundial: ya no quieren cumplir con su parte y eso provoca la crisis fiscal del Estado de Bienestar.

Pero no hubo ningún "consenso social" para pagar más impuestos, al contrario, el consenso de la población siempre ha ido en la dirección contraria: quiere pagar menos. Si ha terminado pagando más en todo el mundo es precisamente porque el consenso no era social, sino político, lo que es muy diferente, salvo que uno identifique sociedad con política, es decir, salvo que uno sea un totalitario.

Al no haber consenso ni contrato, no se puede acusar al que no paga de no querer cumplir su parte, como si el Estado fuera una cooperativa de propietarios voluntarios, igual que no se puede hablar de la crisis del Welfare State sin hablar del enorme incremento en su gasto, orquestado por políticos y grupos de presión.

Y si la sociedad no es un club, tampoco es un ejército: no se puede hablar de deserción fiscal de los ricos: los ciudadanos no somos soldados, y si toda la sociedad fuera un ejército sería, otra vez, una sociedad víctima del totalitarismo, que impondría un solo mando, un solo objetivo y, naturalmente, perseguiría a los desertores.

Insiste el señor Lago: "Si el nivel de riqueza es mayor, que nos digan que no se puede mantener el nivel de los servicios y las prestaciones públicas solo se explica por la deserción fiscal de los que más tienen". Esto es falso, porque el Estado no es la sociedad y porque, como sabe cualquiera, los que no pagan impuestos no son los ricos, ni los pobres: son, repitámoslo, los que pueden.

Otro error de su argumentación es el tópico de que como unos no pagan, otros pagamos más, y podríamos pagar menos si ellos pagaran, lo que va en contra de la evidencia. Y, naturalmente, que el grave problema es la "desigualdad de rentas", que por supuesto se podría resolver persiguiendo a los desertores. Dice, faltaría más, que sólo a los ricos. Conviene no creerlo.