Inmigración (XXIII): Australia, nación de inmigrantes a su pesar
No debiera ver Australia entorpecido su progreso con las corrientes nativistas de buena parte de su población.
No debiera ver Australia entorpecido su progreso con las corrientes nativistas de buena parte de su población.
Ahora que se cumplen diez años de su nacimiento, el IJM da un paso más. Nace Foro Libertad, un espacio que reunirá a expertos de todo tipo para explicar por qué la libertad vale la pena.
El desarrollo suizo ha contado desde siempre con trabajadores extranjeros; a partir de ahora va a empezar a contarlos.
Lo más chocante es la docilidad con la que la mayoría de la sociedad va aceptando los cambios legislativos de un estado de excepción no declarado.
La población danesa sigue siendo reacia a los extranjeros y, en consecuencia, sus políticas de inmigración son unas de las más estrictas de la Unión Europea.
La libertad de expresión o de armas ocupan el primer y el segundo puesto en la lista de diez primeras enmiendas a la Constitución de EEUU. Hay una sola libertad, pero éstas merecen especial atención.
Bloomberg Business reveló recientemente que Venezuela es el país más “miserable” del mundo. La traducción es demasiado literal. En español sería más apropiado decir que es el más “desdichado”.
La aseveración de Bloomberg surge de la aplicación de una simple fórmula acuñada hace más de medio siglo por el economista norteamericano Arthur Okun: se suman el nivel de desempleo y el índice de precios. Con esos elementos se compila el Misery Index.
Venezuela, en efecto, tiene la inflación más alta del planeta, lo que se refleja en el índice de precios, pero su nivel de desempleo es bajo, menos de un 7%, aunque la mayor parte de los puestos de trabajo han surgido en el sector público, dado que miles de empresas han debido cerrar sus puertas por las desquiciadas medidas antieconómicas del gobierno chavista.
El segundo país en ese Índice de Desdicha es Argentina. A una escala menor, el gran país sudamericano también es víctima de una altísima inflación. Nada nuevo bajo el sol. Lleva décadas de intermitentes malos gobiernos. Como el bandoneón que tanto gusta en aquellos parajes, se expande o contrae frecuentemente. Ahora está en una fase aguda de contracción.
La inflación y el desempleo son dos flagelos que explican la desgracia de una sociedad, pero no son suficientes. Yo agregaría otros ocho factores para construir el decálogo de las desdichas capitales.
El desabastecimiento sería el tercero. Pasarse la vida en una fila esperando para poder comprar algo es una maldición que suele materializarse en los países socialistas de economía centralizada y controles de precios. Los venezolanos ya han descubierto el horror de pelearse a puñetazos por comprar unos pollos o tres rollos de papel higiénico.
El cuarto sería el porcentaje de delitos. Es espantoso vivir con la guardia en alto, encerrado en la propia casa, sometido a un virtual toque de queda porque tan pronto se pone el sol los ladrones, asesinos y violadores salen a cometer sus fechorías. Según el International Crime Index, que computa una docena de graves violaciones de la ley, Venezuela es el segundo país del planeta en número de delitos (84,07). El peor es Sudán del Sur (85,32), un país recién estrenado en medio de una guerra civil. Más de 50 se considera una sociedad peligrosa. Singapur, la menos peligrosa, luce un 17,59.
El quinto es el nivel de corrupción de la administración pública. Como se trata de delitos ocultos, hay que confiar en la opinión general de la gente. La institución dedicada a medir estas percepciones es Transparencia Internacional. De acuerdo con ella, Venezuela es una pocilga. Es el 160º de 175 países escrutados. El peor, con mucho, de Hispanoamérica.
El sexto es la protección y la calidad de la justicia. Si cuando usted tiembla llama a la policía para que lo proteja, es una buena señal. Si cuando la policía se acerca usted tiembla, la situación es muy grave. A la labor de los agentes del orden se agrega la existencia de leyes razonables, jueces justos, procesos rápidos y cero impunidad.
El séptimo es la movilidad social. La posibilidad real de mejorar la calidad de vida por medio del esfuerzo propio. No hay situación más triste que saber que, hagas lo que hagas, tu vida seguirá siendo pobre, y lo más probable es que mañana será peor que hoy.
El octavo es el PIB per cápita. Es decir, la suma del valor de los bienes y servicios producidos por una sociedad durante un año. Se podrá alegar que la repartición es desigual, pero hay una evidente correlación entre el PIB per cápita y la calidad de vida. Como regla general, los 20 países con mayor PIB per cápita del mundo son los que encabezan el Índice de Desarrollo Humano que publica la ONU.
El noveno elemento es la libertad. Aunque no se menciona, los países menos libres, aquellos en los que la camarilla del poder toma todas las decisiones, aporta todas las ideas e impone sus dogmas por la fuerza, son los más pobres y los menos dichosos.
El décimo, por último, es la cantidad de emigrantes. No hay síntoma más elocuente del fracaso de una sociedad que el porcentaje de gente que tiene que escapar de ella para sobrevivir. Cuanto más educada es la emigración –como sucede con la venezolana–, más evidente es el desastre. Cuando emigran los emprendedores, los ingenieros, los médicos, las personas que teóricamente pudieran labrarse un buen porvenir en la patria en que nacieron, es señal de que estamos ante sociedades fallidas.
Hay que compilar ese índice. Cruzar esas variables sería muy útil.
El pasado lunes, Podemos presentó su última propuesta. El documento es una mezcla entre medidas económicas y sociales y ha pasado relativamente desapercibido. Quizás, el título ("Reorganizar el sistema de cuidados") ha hecho pensar a muchos que hablamos de una especie denueva Ley de Dependencia, con mucho gasto público, subvenciones crecientes y algún apunte en temas de igualdad.
En realidad va mucho más allá. La formación quiere organizar a todas las familias españolas según sus criterios. A los que estén de acuerdo con sus gustos y a los que no. Si gana las elecciones, todos tendrán que amoldarse al esquema mental de los chicos de Pablo Iglesias.
La propuesta habla a menudo de la socialdemocracia europea, con sus promesas de que el Estado cuide del ciudadano de la cuna a la tumba. Pero Podemos adelanta por la izquierda cualquier programa político que se haya conocido en España hasta el momento, al menos entre los partidos con opciones a llegar al Parlamento. En realidad, lo que piden es que los burócratas sustituyan a las familias y que los hogares se organicen de acuerdo a lo establecido por la ley.
De hecho, el programa reniega ahora algunas de las propuestas clásicas del feminismo. Los permisos de maternidad, las ayudas por hijo, las subvenciones para dependencia: todas estas medidas fueron durante años el caballo de batalla de la izquierda. Muchas de ellas se han aplicado, pero no han dado los resultados que sus defensores aseguraban que tendrían.
¿Y qué plantea ahora Podemos? Aceptar las críticas y reconocer que se equivocaron los que durante años tacharon de retrógrados a los que disentían. No. Culpa a las "políticas neoliberales" de las consecuencias y anuncia una nueva vuelta de tuerca. Como la sociedad no ha cambiado como se preveía, habrá que dar un paso más. Ahora se conseguirá por la fuerza.
¿Socialdemocracia nórdica?
Como decimos, lo largo de todo el documento hay constantes referencias a los países nórdicos. No es la primera vez que Podemos usa a Suecia, Dinamarca, Islandia o Finlandia como reclamo. Es lógico. Todos ellos son países con una alta calidad de vida, elevados ingresos y una economía competitiva.
El problema es que prácticamente ninguna de las medidas que presenta el partido de Pablo Iglesias se aplican en ninguno de estos países. De hecho, algunas se aplicaron en su momento y fueron descartadas por sus pésimos resultados. No hay más que recordar que Suecia, que fue una de las economías que más creció entre los años 50 y 60, entró en una profunda decadencia en las dos décadas siguientes. El país estuvo al borde de la bancarrota a comienzos de los noventa. Sólo con las medidas liberalizadoras que se aplicaron a partir de 1990 se logró la recuperación.
Pero no es sólo una cuestión temporal. También hay diferencias cualitativas. En los países socialdemócratas del norte de Europa la idea era otorgar más posibilidades a través de la redistribución, pero dejando la organización de su vida a cada ciudadano (o cada familia), incluyendo un amplio margen para la provisión privada de servicios públicos. Es discutible si han logrado su objetivo y si es ésta la única forma de conseguirlo; pero en cualquier caso, no es esto lo que pide Podemos. El programa de esta formación no quiere que cada hogar se organice, al menos si lo hace en dirección contraria a sus deseos. En muchos casos, lo que pretende es diseñar cómo tienen que ser las familias españolas.
Las medidas
– "Jornada laboral máxima de 35 horas semanales con cómputo semanal": ningún país tiene este modelo. Francia, el único que se acercó, tuvo que dar marcha atrás porque supuso un desastre en términos de pérdida de puestos de trabajo, competitividad y menores salarios para los nuevos contratos. Universalizar la jornada de 35 horas sólo puede hacerse de dos formas: o se reducen los salarios en la misma proporción (algo a lo que los trabajadores no parecen muy dispuestos) o se pierde competitividad. Si le ley obliga a mantener los sueldos, eso implicará un aumento de los costes del 15% para las empresas españolas. En estas condiciones, será muy complicado que mantengan su producción (y el empleo) frente a sus competidores exteriores.
Ni siquiera se preguntan en el documento si no habrá miles de trabajadores (especialmente en los sectores mejor pagados y de más productividad) que quieran dedicar más tiempo a sus empleos a cambio de un mayor salario. En contra de lo que se insinúa en ocasiones, en la actualidad son las ocupaciones mejor pagadas las que también exigen una mayor dedicación horaria.
Además, el cómputo se hará de forma "semanal". Es decir, también se prohíben los picos de actividad. Las industrias que tengan períodos especialmente intensivos no podrán pedir a sus trabajadores un esfuerzo extra en esos momentos a cambio de más vacaciones o jornadas más cortas en la temporada valle. Del mismo modo, aquellos trabajadores que ahora agrupan su actividad durante unos meses (algo habitual en España en el sector turístico) tampoco podrán hacerlo. Son 35 horas, para todos y en todo momento.
– "Acabar con la dualidad entre jornadas interminables y empleo a tiempo parcial", un tipo de ocupación que "no es un trabajo digno porque no proporciona los mínimos derechos económicos, sociales y laborales": habrá quien piense que reducir la jornada laboral es una buena idea. Sobre todo si le convencen de que no llevará aparejada una reducción equivalente en el sueldo (es difícil imaginar cómo se conseguiría, pero eso es lo que dicen desde Podemos).
Pero el partido de Pablo Iglesias no sólo quiere poner un límite máximo. También le molestan las jornadas laborales cortas. Por eso, en su propuesta ataca al empleo a tiempo parcial, del que asegura que no es "trabajo digno".
En el norte de Europa la extensión de este tipo de trabajos viene de la mano de la prosperidad. Esto Podemos lo oculta, pero son precisamente los modelos en los que dice fijarse los que presentan una mayor incidencia del empleo a tiempo parcial. De esta forma, los países de la UE en los que el empleo a tiempo parcial es más habitual son: Holanda (cerca del 50% del total de puestos de trabajo), Suecia, Austria, Alemania, Dinamarca o Reino Unido (todos estos con porcentajes alrededor del 25%). Además, en todos estos países, la gran mayoría del empleo a tiempo parcial es voluntario y no está asociado a trabajos poco cualificados o mal pagados. En algunos casos, incluso, la remuneración por hora es igual o superior a la de los trabajadores a jornada completa.
Es un fenómeno que se ha intensificado en las últimas décadas y que no tiene nada de malo. Simplemente, llegados a un determinado nivel de ingresos, las familias suecas, holandesas o austriacas deciden que uno de los dos progenitores limite sus horas de trabajo. Es cierto que en la mayoría de las ocasiones es la mujer la que toma esta decisión, pero también es verdad que cada vez existe más igualdad en esta cuestión. Lo que podría entenderse como una conquista de las familias (su capacidad para decidir cómo organizar su tiempo y si dedicar más espacio a su trabajo o a su hogar) no tiene cabida para los ideólogos de Pablo Iglesias que quieren que todos los hogares sean iguales.
– "Permiso de paternidad igual para cada persona progenitora, intransferible y pagado al 100% del salario": es una de las medidas estrella. Entre otras cosas porque a primera vista puede sonar bien a buena parte del electorado y porque parece una ampliación de los "derechos" de los que tanto hablan los políticos.
Sin embargo, hay que hacer varias puntualizaciones. Para empezar, aunque se cite a los países nórdicos, hay que recordar en ninguno de ellos existe un esquema similar. Quizás lo más parecido sea Suecia, en el que los padres tienen hasta dos meses de permiso no obligatorio que no pueden ceder a sus parejas. En la mayoría de los países (incluido España), la tendencia es la de ampliar opciones para que las familias escojan. Normalmente, se garantizan unas semanas de permiso para la madre justo después del parto y unas semanas (menos) para el padre; luego se permite que sea cada familia la que decida cuál de los dos padres se acogerá al resto de beneficios permitidos por la ley (en la UE hay de todo, desde permisos hasta que el niño cumpla uno o dos años hasta la posibilidad de pedir una reducción de jornada durante unos años). La idea es que no sean siempre las madres las que se acogen a estas alternativas, pero no suele haber imposiciones legales, sino que se admite que cada hogar decida según sus preferencias y circunstancias.
Por eso, incluso sin tener en cuenta los temas económicos (cuánto cuestan estas medidas y quién las paga), habría que preguntarse cuál sería el impacto en la sociedad de las propuestas de Podemos, que no permiten la elección, sino que obligan. Su razonamiento es el siguiente: ahora mismo las mujeres "se ven etiquetadas por las empresas como ‘menos disponibles para el empleo"; por lo tanto, equiparando permisos de paternidad y maternidad, eliminamos este problema. Pero cuidado, si seguimos la lógica de Podemos, la conclusión no tiene por qué ser ésta. Según los autores del documento, ahora las empresas discriminan al colectivo que se coge permisos de maternidad. Es muy discutible que exista esa supuesta discriminación, pero asumiendo que la hay, ¿qué les hace pensar en que no ocurriría lo mismo si se amplían por decreto los beneficiarios de ese permiso? Es decir, las empresas podrían "etiquetar como menos disponibles para el empleo" a todas las personas de entre 25 y 40 años que tengan una pareja estable, sean hombres o mujeres.
Visto desde el punto de vista del trabajador también hay consecuencias. Si hombres y mujeres saben que si tienen hijos tendrán que cogerse el permiso de maternidad o paternidad quieran o no quieran, ¿incentivará esto la natalidad y el matrimonio o tendrá exactamente el efecto contrario? Por un lado, Podemos dice que con el actual el permiso de maternidad se reducen las cifras de natalidad, porque las mujeres dejan de tener hijos para no ser penalizadas en el trabajo. Pero no se llega a la misma conclusión cuando hablan de obligar a los dos padres a hacer lo mismo. Cuanto menos es algo contradictorio.
– "Eliminar el artículo 18 de la Ley de Dependencia que prevé la prestación por cuidados en el entorno familiar": ésta es la propuesta más curiosa de todas. En una primera lectura, podría parecer contradictoria con el resto del documento que está trufado de promesas de incrementar el gasto público en "cuidados". De hecho, los autores reconocen que una de sus pretensiones es completar el trabajo que inició José Luis Rodríguez Zapatero con la Ley de Dependencia. No hay ninguna explicación de cómo se pagaría, pero si la intención clara de ampliar el intervencionismo del Estado.
Por eso, llama la atención que se pida "eliminar el artículo 18" de aquella norma. Este precepto prevé que los familiares de los dependientes puedan hacerse cargo de sus cuidados, recibiendo una paga del Estado a cambio de esos servicios. Pues bien, tampoco esto le vale a Podemos. Si hay un dependiente y el Estado paga por sus cuidados, que sea un funcionario el que se ocupe. Nada de una hija cuidando a su padre o un padre dedicando tiempo a su hijo.
– En lo que hace referencia a las empleadas de hogar, aseguran que"este tipo de trabajo se presta a relaciones serviles y a todo tipo de abusos" y abogan por su supresión o su reducción al mímimo.Podemos también pone a las empleadas del hogar en su punto de mira y afirma que su modelo son los países nórdicos, donde asegura que lascifras en este sector son "ínfimas".
También aquí se insinúa una cierta contradicción. Por un lado, admite que "un hogar no es un lugar de trabajo normal: la prueba es que la Inspección de Trabajo no entra en los hogares". Por otro, pide la "equiparación" de los derechos laborales para las personas que se dedican a estos menesteres, que en estos momentos tienen un régimen más parecido al de los autónomos.
Evidentemente, si esto saliera adelante, implicaría un incremento brutal de costes. Hay que recordar que los trabajadores por cuenta ajena le cuestan a sus empresas mucho más de lo que recoge su salario bruto. Los costes en cotizaciones, seguros o formación casi duplican lo que el empleado recibe en su cuenta bancaria. Si a eso le sumamos las complejidades administrativas de emplear por cuenta ajena (y viendo el programa económico de Podemos no parece que vaya a simplificar esta cuestión), parece lógico pensar que cientos de miles de familias tendrían que prescindir de sus empleadas. ¿Cómo afectaría a estas trabajadoras, las de menor cualificación y con menos posibilidad de recolocación? ¿Qué consecuencias tendría en el incremento del empleo sumergido? ¿En qué posición quedarían las familias que ahora optan por contratar estos servicios? Pues tendrían que dedicar parte de su tiempo libre a hacer algo por lo que ahora están dispuestos a pagar, simplemente porque a Podemos no le gusta cómo organizan su vida.
– "Es necesario asegurar que todas las criaturas tienen plaza en una escuela de educación infantil pública de calidad desde el día siguiente a la finalización de los permisos de sus progenitores/as. Es importante que esta escuela sea gratuita y ofrezca horarios suficientes. La educación infantil no es solamente una necesidad de madres y padres sino también, y sobre todo, un derecho fundamental de las criaturas".
De nuevo, no sólo hablamos de ofrecer más opciones a las familias o de ayudar a pagar una guardería. Podemos quiere ir más allá. Aunque todavía no habla de hacer obligatoria la asistencia a la guardería, el documento habla claramente de "universalizar" la educación desde los cero años y asegura que éste es un "derecho" de todas las "criaturas" (por cierto, ésta es la denominación que utiliza a lo largo de todo el documento: ni hijos, ni niños ni siquiera menores… para Podemos son "criaturas").
Varias cuestiones llaman la atención. Lo primero es que cuando uno habla de "derechos" de la "criatura" lo que se intuye es que no es una potestad de los padres decidir si quieren o no llevar a sus hijos a la guardería, sino una obligación para con el niño. Sorprende especialmente cuando se combina con la exigencia de "permisos de paternidad y maternidad no transferibles". Es decir, como hemos visto anteriormente, para Podemos es inaceptable que durante los cuatro primeros meses de la vida de un niño (la duración actual del permiso de maternidad) cualquiera de sus padres trabaje y descalifica a aquellos que piensen lo contrario.
Pero al mismo tiempo, cree que es igualmente inaceptable que a los cuatro meses y una semana de la vida del mismo niño cualquiera de sus dos padres siga en casa y dedique su tiempo a cuidar a su retoño. Tienen que ser exactamente dieciséis semanas de permiso de paternidad para los dos padres y para todas las familias. Ni más ni menos.
Además, hay que apuntar que la idea de que las guarderías sean beneficiosas para el niño "desde los cero años" está muy lejos de estar ampliamente aceptada. Entre los expertos no hay ni mucho menos unanimidad, ni en un sentido ni en otro. Es una cuestión abierta a la discusión. Por eso, lo normal sería que cada familia eligiera en función de sus necesidades y sus criterios. En todos los países avanzados de Europa se hace así. Sin ir más lejos, en Finlandia el 71% de los niños menores de tres años es atendido por sus familiares. Es el porcentaje más elevado de la UE-15, muy por encima del 49% en España. Y hablamos del país con el sistema educativo más exitoso y uno de los estados del bienestar más completos del mundo.
– "Prestaciones universales por criatura, independientemente del nivel de renta y del tipo de familia. Prestaciones por familia monoparental. Especial atención en los servicios públicos e integración en el empleo de calidad de las familias monoparentales": en dos frases consecutivas Podemos se contradice. Primero habla de "prestaciones por criatura", sin tener en cuenta el tipo de familia. A continuación, se desdice y afirma que si la familia es monoparental entonces sí habrá un extra por cada hijo.
Resulta cuanto menos curioso que las únicas familias que vayan a recibir una ayuda extra sean éstas. En EEUU hace años que se preguntan por las consecuencias sociales del incremento de este tipo de familias y el sentido de unas ayudas que se instituyeron para resolver una situación de necesidad pero han terminado convirtiéndose en un incentivo perverso. Por ejemplo, este artículo en The Atlantic, una publicación más bien progresista, alerta de "El misterioso y alarmante crecimiento de los hogares con un sólo progenitor en EEUU". Este otro, en Forbes, asegura que "los hijos de padres solteros tienen muchas más posibilidades de experimentar pobreza infantil, convertirse en padres solteros o dejar la escuela".
*** Actualización (08-03): se ha añadido un párrafo en el epígrafe sobre los permisos de maternidad, para aclarar la diferencia entre lo actualmente vigente en la mayoría de los países europeos y la propuesta de Podemos.
"Más que la superpoblación, el problema demográfico grave se encuentra en la esclerosis de las sociedades debida al envejecimiento de la población por las drásticas reducciones de los índices de natalidad". José Juan Franch.
"Hoy día somos nosotros el recurso que se agota, no el petróleo. Somos nosotros la especie amenazada, no el búho moteado". Mark Steyn.
"El descenso continuo global en las tasas de natalidad de los seres humanos es la fuerza más poderosa que afecta al destino de las naciones y al futuro de la sociedad en el siglo XXI". Philip Longman.
Es ya un lugar común entre los demógrafos hablar de la existencia de un invierno demográfico en Europa. No por ello deja de ser cierto. La mayoría de los países europeos está perdiendo población. Los indicadores no son nada tranquilizadores: bajas tasas de natalidad (casi todas muy por debajo del 2,1 que impide la renovación poblacional), edad media de la población (en torno a los 40 años y subiendo), modificación de la estructura de edades (cada vez habrá menos mujeres en edad reproductiva), tasa de dependencia de la población de más edad (un jubilado por cada cuatro personas activas y reduciéndose esa proporción con el tiempo). Todo ello nos confirma que dicho invierno se recrudecerá a medida que pasen los años.
Aunque ha habido una leve mejora de los indicadores poblacionales en los últimos quince años sólo en unos pocos países de la Europa atlántica (Francia, Holanda) y nórdica (Suecia, Noruega, Dinamarca), no ha supuesto realmente una claro aumento demográfico. Las tasas de nacimiento son notoriamente difíciles de predecir pero los demógrafos saben ya que las tasas de natalidad por debajo del nivel de reposición no son un fenómeno pasajero. Las naciones que alcanzan bajas tasas de nacimientos se mantienen por décadas. El declive poblacional es innegable. Es todavía mucho más preocupante en Europa central, mediterránea y del Este.
Los cambios de tendencia en este ámbito son siempre graduales; una vez que toman un rumbo no son nada fáciles de revertir y precisan de mucho tiempo para modificarlos. Si en los países desarrollados el envejecimiento de la población es una constante, es en Europa (y también en Japón) donde dicho fenómeno se muestra con mayor intensidad en el mundo. La historia no conoce ningún precedente de una población tan envejecida. Esto no ha hecho más que empezar. Estamos adentrándonos, pues, en terreno desconocido.
Y como siempre que se acerca uno a un desafío, las respuestas suelen ser de dos tipos: las catastrofistas, por un lado, y las que no quieren ver las amenazas, por el otro. Los alarmistas nos hablan de suicidio demográfico y de los problemas que ello acarreará (falta de renovación poblacional, gastos sanitarios disparados por población envejecida, deterioro económico, etc.). Los "atenuadores", por su parte, no dan importancia al asunto, ni toman en serio las advertencias de los primeros porque piensan que hay reserva poblacional suficiente en el mundo y que lo esperable es que vaya siempre creciendo en mayor o menor medida.
Si se traduce al ámbito político, los primeros suelen pedir la intervención del Estado para promover y sufragar políticas natalistas entre la población. Ven con desconfianza la llegada de inmigración que supla dicho declive poblacional y temen una oleada de inmigrantes indeseados que pueda cambiar el entono cultural existente (i.e. se habla exageradamente de la próxima Eurabia). Reclaman también la presencia del Estado para impedirlo. Son los conservadores.
Los segundos se alarman por otras cosas. Son lo que llevan décadas con su trasnochada cantinela de la explosión demográfica, de la escasez de recursos, de la degradación medioambiental, de la promoción del aborto y de los límites del crecimiento. Obviamente la reducción de población no la perciben como un problema pues ven al hombre consumista como si fuera una plaga y dan por supuesta su reproducción. Consideran egoísta e irresponsable tener más de dos hijos. Son los progresistas y anticapitalistas.
Los primeros hacen bien en alertar del desafío demográfico que se nos viene encima porque es una realidad, pero defraudan en sus propuestas constantes de llamar al Estado para resolverlo (subvenciones a los nacimientos de autóctonos y medidas restriccionistas a la inmigración y de asimilación de los ya existentes). Los segundos hacen mal en no tomarse en serio las advertencias de los primeros porque pueden acabar pareciéndose a la imprevisora cigarra de la fábula de Esopo.
En Europa hay una escandalosa contradicción entre un discurso paranoico y angustioso contra la inmigración y la realidad de las necesidades de mano de obra (cualificada o no) en sectores enteros de la producción de bienes y servicios. En los diferentes países del Viejo Continente se pueden apreciar estas mismas tendencias, con mayor o menor intensidad. Pareciera que se sufre una suerte de "bulimia poblacional": pese a tener escasez de gente (ciertos puestos de trabajo sin cubrir), se cree que hay exceso de la misma (sobre-inmigración).
Aunque la política migratoria sigue siendo facultad exclusiva de los estados-miembro, la estandarización y armonización de la legislación de la Unión Europea ha llevado a lo que polémicamente se denomina Fortaleza Europa. Mientras que la UE promueve la libre circulación de personas dentro de sus fronteras, cada vez es más difícil para los ciudadanos no pertenecientes a la UE entrar en dicha zona.
Ningún gobierno en el Viejo Continente fomenta la llegada de inmigrantes por muy diversos motivos pero todos ellos conservadores: para proteger su cultura autóctona, para conservar los puestos de trabajo o los niveles salariales, para blindar su caro Estado del bienestar…
Para todos ellos hay una mala noticia: el ritmo de crecimiento de la población mundial se ha ralentizado más de lo esperado desde hace un par de décadas y en algún momento en torno a 2060 empezará a decrecer. Los demógrafos muestran sorpresa por la velocidad con que están cayendo los índices de natalidad en todas partes, incluido los del Tercer Mundo. Es un fenómeno históricamente insólito. Nadie lo esperaba. Esto confirma una vez más que vivimos en un mundo gobernado por una lógica que es exactamente la contraria a las previsiones realizadas por el primer Malthus. La realidad humana es así de compleja y de impredecible.
Tras la Segunda Guerra Mundial Europa contaba con más del 14% de la población mundial, hoy no llega al 7%. El aumento poblacional en otras partes del planeta tiene mucho que ver con ello pero también la acusadísima caída de las tasas de natalidad europea (Billari, Kohler y Ortega la han llamado "lowest-low fertility") y las políticas desalentadoras de la inmigración.
Es probable que en el futuro no haya suficientes inmigrantes para cubrir los declives poblacionales ya existentes en Europa. Ahora parece ciencia ficción, pero habrá antes o después una feroz competencia mundial por atraer mano de obra extranjera cualificada o no. Con el agravante, además, de que muchos países emergentes se habrán ya desarrollado por entonces y se añadirán a dicha rivalidad por captarlos.
Europa puede que se encuentre entonces con un serio problema al descubrir que ya no es un destino tan atractivo para nuevos inmigrantes al preferir tal vez buscarse acomodo laboral en otras ciudades de EE UU, Australia, Brasil o cualquier país de Asia.
Aún se está a tiempo de mitigar (que no de resolver) el más que previsible crudo invierno demográfico de Europa mediante la flexibilización de las políticas de inmigración en sus respectivos países.
Algunos nos alertan que la fuerza laboral extranjera del mismo modo que viene, puede también marcharse masivamente en caso de crisis económica creando desequilibrios en la sociedad de acogida. Esto es cierto, pero es que también los propios nacionales pueden hacerlo (y de hecho lo hacen) en caso de que la economía entre en recesión. El mejor antídoto para invertir las proyecciones demográficas negativas es conseguir una recuperación económica sólida y duradera. No cabe, pues, establecer cupos en función de las posibilidades de dar empleo a un número predeterminado de trabajadores extranjeros. Alberto Recarte advierte a los nativistas que "los límites en verdad son fijados por el volumen de capital del país y las posibilidades de mantener la ley y el orden en una sociedad que recibe personas con otras ideas y culturas."
Habiendo libertad de emprendimiento, un entorno institucional que favorezca la estabilidad jurídica y crecimiento económico se tendrá la seguridad de que tanto nacionales como extranjeros permanecerán en un determinado país para cubrir los puestos de trabajo necesarios que demande una economía saneada. Por tanto, desde todos los puntos de vista, la llegada y rotación de inmigrantes es síntoma de salud de una sociedad próspera y abierta. Por supuesto que la inmigración no es origen de la prosperidad (más bien es su efecto) ni puede resolver por sí sola el gran problema de la crisis de envejecimiento de las poblaciones desarrolladas, pero puede hacer que sea mucho menos grave.
Multitud de luces de advertencia nos indican que la "temperatura" poblacional en Europa no hace más que descender progresivamente así como que se da en ella una alarmante pérdida de competitividad en los nuevos mercado globales, pero seguimos creyendo que nuestras antiguas "estufas" van a seguir calentándonos como sucedía en el pasado. Houston, tenemos un problema…
Este comentario es parte de una serie acerca de los beneficios de la libertad de inmigración. Para una lectura completa de la serie, ver también I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII y XIX.
Este fin de semana nos visitó en el Instituto Juan de Mariana el abogado e investigador rosarino Garret Edwards. En su charla acerca de los problemas de Argentina desde una perspectiva institucional y de la disciplina denominada Law&Economics, hubo una palabra que se repitió varias veces: el relato.
El relato se refiere a ese discurso acerca de la realidad que los políticos en el poder se empeñan en repetir hasta el punto que la gente acaba por defenderlo aunque lo que vive sea otra cosa. En el caso que explicaba Garret se trata de un relato peronista, contrario al respeto por las bases de la democracia, tomada ésta como algo más que un sistema de elección.
El análisis de este concepto de “relato político” es extrapolaba sin problema a otros países, como el nuestro.
La realidad y los relatos
En España no hay un único relato sino que cada facción política defiende uno distinto. La culpa del sufrimiento del pobre pueblo griego es de Luis de Guindos y Merkel, y simultáneamente, la culpa de que el resto de los europeos miremos con reticencia los planes populistas de los políticos griegos es la chulería y las amenazas de incumplir lo pactado de esos mismos políticos.
La recuperación está llegando y a la vez no está llegando. Los dos partidos que se han turnado en el poder y a quienes se les han descubierto escándalos de corrupción sea en el ámbito nacional o regional, lideran estudios sobre transparencia y se les llena la boca defendiendo la regeneración política. Los salvadores del pueblo del horror de la casta política se inspiran y reciben financiación de los caciques que sangran a sus pueblos en Venezuela y Cuba.
Los trabajadores españoles, empobrecidos más de un 30% desde el comienzo de la crisis, azotados por el desempleo, se lanzan a la calle para protestar por las mínimas restricciones y consecuencias de los trabajadores privilegiados de nuestro tiempo: los funcionarios. Cada vez que se pospone el cobro de una paga extraordinaria de los funcionarios o que se ven afectadas las condiciones de su empleo, incluso si tienen el enorme privilegio de que su continuidad laboral es intocable, las protestas son continuas, multitudinarias, y atraen a los políticos más populistas que tratan de sumarse a toda costa a sus actos y estigmatizan a quien ose defender a los otros trabajadores. Eso sí, los millones de parados no protestan cuando se anuncian medidas que perjudican a los autónomos o a los empresarios, que son los que tienen la clave del empleo.
La ficción y los relatos
Lo más sorprendente del relato es que aunque haya medios de comunicación que saquen a la luz datos o hechos que desmientan la historia oficial, no importa, la voz de los políticos se mantiene imperturbable y potente defendiendo que por el mar corren las liebres y por el monte, las sardinas. Y si en Argentina se trata del asesinato del fiscal que iba a imputar a la Presidenta, en España se trata de la situación económica, de las intenciones futuras, de subir los impuestos o tocar las pensiones, por fortuna para nosotros. Pero todo se andará. Una vez que ya existe esa estructura, esa fractura que separa la realidad de cada cual de lo que se ve en la televisión, el relato aparece como un continente presto a ser rellenado con el contenido que en cada caso sea necesario.
Los ciudadanos se dejan llevar por la mentira y la impostura. Y, como me explicaba Garret en el turno de preguntas, han superado la barrera de la memoria política, que suele ser de tres meses. Cada semana surgen nuevos escándalos, reales o ficticios, para distraer a la gente y, de la misma forma que dicen que sucede en cuestiones de desamor, un clavo saca otro clavo, en política, un escándalo difumina otro escándalo y los ciudadanos ya no recuerdan porque no pueden, porque no quieren, o por la razón que sea, el vía crucis de barbaridades que los políticos que manejan nuestros impuestos, que diseñan la educación de nuestros hijos, que designan a quienes administran la justicia, perpetran un día sí y otro también.
En esta democracia occidental en decadencia, solamente la regeneración institucional, especialmente aquellas instituciones medulares de justicia que sirvan de contrapeso del poder, puede mostrarnos la luz al final del túnel. Pero está tan bien diseñado el sistema, se enrosca sobre sí mismo cerrando el circuito con tal perfección, que no se me ocurre qué partido político con intención de ganar se atrevería a llevar algo parecido en su programa electoral. Hasta entonces sólo queda el estudio y la difusión de las ideas. Pero no las elecciones, al menos para mí.