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Etiqueta: Ludwig von Mises

Refutación del teorema de regresión de Mises

De nuevo un título pretencioso para mi artículo, considerando que no pertenezco al mundo académico y reconozco abiertamente desconocer la forma de elaborar una refutación formal tal y como supongo que se haría en el ámbito académico. En cualquier caso, aunque sea informalmente, hoy trataré de exponer de la manera más clara posible los argumentos que a mi modesto entender invalidan el teorema de regresión de Mises, que el autor expone así en La Acción Humana:

Ninguna mercancía puede emplearse como medio de intercambio si, antes de ser utilizada como tal, no tenía ya valor de cambio por razón de otros posibles empleos. Y todas las afirmaciones implícitas en el teorema regresivo se enuncian apodícticamente desde el apriorismo praxeológico. Las cosas deben suceder así. No es concebible ninguna otra situación en que las cosas sucederían de modo diferente. [..]

Tratándose del dinero, los juicios de valor sólo son posibles si se basan en la tasación de la moneda. La aparición de una nueva clase de dinero presupone que el objeto en que se materializa goce ya anteriormente de valor de cambio a causa de su utilidad para el consumo o la producción. Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

Ludwig von Mises. La Acción Humana, capítulo XVII, sección 4.

La refutación express de este teorema es afirmar que el valor de cambio o la expectativa de valor de cambio es un valor de uso más, cosa con la que yo estoy totalmente de acuerdo. Pero entonces me quedo sin artículo porque tendría que terminar aquí. No va a ser ese mi argumento, aunque me sorprende sobremanera que algunos autores como George Pickering lo utilicen para defender el teorema diciendo que por valor de uso Mises se refiere a cualquier valoración subjetiva posible, y ahí estaría incluida la valoración por expectativa de utilidad monetaria.

Eso no es una defensa, sino una deshonesta interpretación de Ludwig von Mises que vacía totalmente de contenido su teorema. Igualmente, también lo vaciaría de contenido afirmar que si el objeto en cuestión consigue tener algún valor de cambio ha de ser obligatoriamente por una valoración subjetiva cualquiera, incluso trivial o peregrina, pero distinta de la monetaria, porque entonces el teorema caería en la falacia de la petición de principios, falacia en la que Mises no cae porque el sí explica por qué las cosas no podrían suceder de modo diferente. Y ese por qué es lo que voy a refutar.

En artículos anteriores ya expliqué que el problema de fondo del planteamiento de Ludwig von Mises es que parte de que el valor subjetivo del dinero viene determinado por su valor de cambio objetivo, su poder adquisitivo.  En lugar de adherirse a la teoría más general ya establecida por Carl Menger que no necesita hacer un caso especial para el dinero, y, por tanto, es una teoría superior, al explicar que el valor subjetivo de los medios de intercambio proviene, como la de cualquier otro bien, de sus cualidades para satisfacer una necesidad. En este caso, la necesidad de intercambiar gracias a sus cualidades como herramienta para facilitar los intercambios, y contribuir en consecuencia a incorporar el valor que aportan los intercambios a ambas partes. Pero en este artículo me voy a limitar a los argumentos que utiliza Mises como cimientos de su teorema de regresión para demostrar que no se sostienen y que no son compatibles con sus propias categorías de la acción y de la empresarialidad. Comenzamos

Por mera introspección, es muy sencillo demostrar que es posible especular que un objeto sin valor de uso ni precio previo pueda tener valor de cambio. El hecho de que yo mismo lo esté escribiendo ahora lo demuestra. Pero lo mío no tiene ningún mérito, si lo tiene, sin embargo, que Carlos Bondone en el contexto de criticar al teorema de regresión lo planteara allá por 2006, Milton Friedman en 1999, Wei Dai en su B-Money en 1998 o Nick Szabo con su BitGold también en 1998.  Y de la misma manera que no podemos afirmar con certeza que un individuo demandó un objeto por una razón concreta porque no estamos en su cabeza, tampoco podemos negar o excluir ninguna otra razón.  La propia categoría de bienes imaginarios de Menger ya nos avisa que cualquier cosa es posible, el único límite es la creatividad humana.

Mucho más aventurado aún sería afirmar que incluso aunque el individuo crea demandar un objeto por una razón, los economistas teóricos desde fuera le enmienden la plana y afirmen que en realidad lo está demandando por otra razón, aunque el pobre diablo ignorante no se de cuenta, porque como defensores de la teoría del valor subjetivo sabemos más que el propio sujeto que valora.

Recordemos, además, que para que un bien económico sea tal no tiene que satisfacer una necesidad presente, basta con que se anticipe que lo haga en el futuro. Esta idea no solo está presente en Menger, sino también en Böhm Bawerk y el propio Mises.  La mera noción de “bien futuro” implica la idea de una cosa que aun existiendo en el presente, su naturaleza económica está sujeta a eventos esperados en el futuro, y que con el correspondiente descuento tiene valor de cambio actual.  

Pero es que además, Mises no sostiene que especular con la posibilidad de un candidato a medio de intercambio sin ningún valor de uso sea imposible. No está ahí el problema. El problema concreto que identifica Mises es que aunque un individuo pretenda especular con un valor de cambio futuro, no va a poder calcularlo si para dicho candidato no se conoce ningún valor de cambio en el pasado. Este es el único “problema” que identifica Mises, veamos:

Pero sólo partiendo del poder adquisitivo del pasado inmediato puede el interesado formarse una idea del que en el futuro tendrá la moneda. Es este hecho el que diferencia radicalmente la determinación del poder adquisitivo del dinero de la determinación de las mutuas razones de intercambio que entre los demás bienes y servicios económicos puedan darse.

(Mises, 2011, p. 493)

Tratándose del dinero, los juicios de valor sólo son posibles si se basan en la tasación de la moneda. La aparición de una nueva clase de dinero presupone que el objeto en que se materializa goce ya anteriormente de valor de cambio a causa de su utilidad para el consumo o la producción. Ni el comprador ni el vendedor pueden estimar determinada unidad monetaria si no conocen su valor de cambio —su poder adquisitivo— en el inmediato pasado.

(Énfasis mío. Mises, 2011, p. 494)

Aquí Mises da un salto demasiado grande hasta el dinero. Pero en una interpretación generosa se puede entender que lo anterior aplicaría igualmente a cualquier otro bien que se espera pueda llegar a ser, de entrada, medio de intercambio no generalmente aceptado y quizá posteriormente, dinero. 

¡La verdad es que lejos de ser ningún “problema”, la falta de valor de cambio previo es de hecho todo lo contrario! ¡Es un incentivo! El escenario que nos plantea el propio Mises consiste en que el objeto en cuestión no tiene ningún valor de uso para nadie, y además no tiene precio porque nunca ha sido intercambiado.  Esto es una clara prueba de que aún no es un bien económico para todos los demás y, por tanto, no es necesario competir con nadie para obtener unidades de ese objeto. 

Si el individuo está observando las cualidades monetarias del objeto, es decir, que la cantidad de ese objeto es limitada, que es barato de almacenar, fácil de atesorar, etc. Entonces es razonable asumir que el sacrificio necesario para atesorar ese objeto es pequeño, y, por tanto, lo racional sería atesorar la mayor cantidad posible, pues, la ecuación coste/beneficio es extremadamente favorable, por muy bajas que sean las probabilidades de que su previsión se cumpla. Pero independientemente de la magnitud del sacrificio, lo relevante es que sea menor que el valor que se espera obtener en el futuro.

Una vez que el sujeto toma la decisión de atesorar ese objeto, tiene también el incentivo para demandar cualquier cantidad adicional que pueda crearse para generar escasez y así estimular su potencial valor de cambio, sobre todo si el coste de atesorar unidades adicionales sigue siendo muy bajo. Todo este atesoramiento tiene dos consecuencias. La primera es que el objeto en cuestión pasa a ser un bien económico, pues la demanda pasa a ser mayor que la cantidad disponible. Y la segunda es que se generan precios por la vía de intercambios autísticos, por lo que ya tendríamos precios pasados y, en consecuencia, queda resuelto el gran “problema” que tanto atormenta a Mises.

En la siguiente cita, Mises observa la oportunidad de anticiparse a que una mercancía sea mejor medio de intercambio que otras sin que los demás agentes se hayan dado cuenta, existiendo por ende una oportunidad de negocio: 

Quien mediante un cambio directo no puede procurarse aquello que desea, incrementa sus posibilidades de hallar posteriormente el bien apetecido si se procura mercancías de más fácil colocación en el mercado. [..] Los más perspicaces serían los primeros en advertir la conveniencia de recurrir a este procedimiento, imitando más tarde su conducta los de menores luces.

(Mises, 2011, p 488)

¿Por qué esta empresarialidad es posible cuando el precio proviene de un valor de uso, pero no cuando el coste de adquirir ese objeto (precio) es cero o cercano a cero? ¿No es la oportunidad de negocio muchísimo más clara en el segundo caso?

Por otro lado, el razonamiento que hace Mises sobre las mercancías anteriormente desconocidas con potencial valor de uso sirve igualmente para un objeto desconocido destinado única y exclusivamente al intercambio. Veamos el razonamiento:

Cuando una mercancía anteriormente desconocida aparece en venta — como sucedió, por ejemplo, con los aparatos de radio hace algunas décadas— el único problema que a la sazón se plantea es si el placer que el nuevo artefacto proporcionará resulta mayor o menor que el que se espera de aquellos otros bienes a los cuales hay que renunciar para adquirir el objeto en cuestión.

(Mises, 2011, p.494)

Pareciera que para Mises es absolutamente inconcebible que un individuo asuma el riesgo de hacer acopio de un potencial medio de intercambio, aunque pueda equivocarse en su expectativa, pero no tiene ningún problema en concebir que alguien pueda asumir el riesgo de adquirir un receptor de radio esperando que vaya a satisfacer su necesidad de escuchar música o de informarse y que luego esa expectativa no se cumpla porque el nuevo invento acabe por no funcionar, como por cierto pasa con la gran mayoría de los inventos (no caigamos en el sesgo de confirmación) ¿Dónde está la diferencia? ¿O es que la expectativa de un mayor placer se tiene que cumplir si o si?.  No tiene sentido.

Como hemos explicado más arriba, atesorar unidades de este nuevo objeto destinado únicamente al intercambio supone un sacrificio, y por ello, al igual que con el aparato de radio, basta con esperar que el valor del objeto sea mayor al de los bienes a los que el individuo tiene que renunciar para obtenerlo (precio autístico o intrapersonal), y el primer y el segundo demandante ya pueden utilizar el precio autístico inicial como tasación basándonos en la que acordar el primer precio interpersonal.

En el caso Bitcoin, para Satoshi y los demás mineros iniciales, sin que existiera ninguna referencia anterior del poder adquisitivo de Bitcoin, decidieron obtener unidades a cambio del coste de la electricidad que consumían sus ordenadores, los demás costes asociados como la conexión a Internet, o el deterioro del ordenador, y el coste de oportunidad de su tiempo que, por ejemplo, un profesional independiente lo suele valorar en una cantidad de dólares por hora.  Para estas personas, el valor de las unidades de Bitcoin que minaban era mayor que el del tiempo y los bienes a los que renunciaron, y procedieron, por tanto, a este intercambio autístico y generar un primer precio sin que existiera ningún otro antes.  Como decíamos al principio, nadie, ni siquiera los economistas, están en posición de asegurar con certeza que estos pioneros de Bitcoin no lo demandaban única y exclusivamente por la expectativa de que fuera a ser un medio de intercambio.

De hecho, el 5 de octubre de 2009, cuando aún no se conocía ningún intercambio de Bitcoin por ningún otro bien, es decir, nos enfrentábamos el gran problema que tanto incomoda a Mises, el mercado lo resolvió de manera trivial. New Liberty Standard, la primera plataforma de venta de Bitcoin, que lo publicitaba no como “reto intelectual” ni “coleccionable criptográfico chulo” o “rareza” sino como “moneda digital” y que animaba a utilizarlo para realizar pagos en Internet cuando, recordemos, nunca había sido intercambiado interpersonalmente aún, lo que hizo fue precisamente tomar como referencia el precio de los intercambios autísticos, que en aquel momento era básicamente el coste de la electricidad: 

Durante 2009, mi precio de referencia se calculó dividiendo 1 dólar por el consumo medio de electricidad requerida para mantener un ordenador funcionando a máxima capacidad de proceso durante un año, 1331.5 kWh, multiplicado por el coste medio de la electricidad en Estados Unidos durante al año anterior, $0,1136, dividido por 12 meses y por el número de bitcoins generados por mi ordenador durante los últimos 30 días.

(Traducción libre. Way Back Archive.)

El 12 de octubre de 2009, el día que se produjo el primer intercambio conocido de Bitcoin por dólares en esta plataforma, el precio estimado de estos intercambios autísticos era 0,0011 Dólares por Bitcoin, y esta primera transacción se produjo finalmente a 0,000994 dólares por Bitcoin. 

Este hecho anecdótico lo relato a efectos meramente ilustrativos para una mejor comprensión de mi argumento. Pero no pretendo falsar el teorema, sino refutarlo con argumentos. Y mi argumento se resume en los siguientes tres puntos:

  1. Las categorías de la acción y la empresarialidad no impiden en modo alguno que un sujeto atesore un nuevo objeto sin valor de uso ni precio previo esperando que gracias a sus cualidades pueda ser medio de intercambio y demandado por otros agentes que, al igual que él, también puedan concluir que tiene las cualidades para serlo.  
  1. Que la inexistencia de valor de uso ni valor de cambio previo, es decir, que hasta ese momento el objeto no era un bien económico para nadie, no solo no impide hacer acopio de un objeto sino que, todo lo contrario, si existe la expectativa descrita en el punto 1 lo incentiva.
  1. El mero hecho de hacer acopio del objeto con la única expectativa de que será un medio de intercambio en el futuro, ya genera un precio autístico y resolvería el gran problema que identifica Mises. Con respecto a este punto, creo que Mises no cayó en la cuenta de esta posibilidad para resolver su “problema”. 

Con respecto al punto 1, es importante notar que la demanda por parte de otros agentes en absoluto se trataría de ninguna profecía autocumplida, ni confianza de aceptación, ni creencia o alucinación social compartida. Nada de eso. Se trata de observar que el objeto tiene las cualidades apropiadas para satisfacer la necesidad de intermediar intercambios. A saber: Oferta limitada, duradero, fácil de atesorar, fácil de verificar, difícil de falsificar, etc. Igual que se puede observar que un receptor de radio tiene las cualidades para satisfacer la necesidad de escuchar música o informarse de la actualidad. 

Con respecto al punto 3, considero innecesario que haya que conocer los precios previos de ningún objeto, sea cual sea su utilidad esperada, para determinar un nuevo precio, ni autístico ni interpersonal. Para calcular un primer precio interpersonal basta con que comprador y vendedor acuerden cualquier razón de intercambio mediante un proceso de regateo o subasta. Cualquier precio voluntariamente acordado por las partes es válido. 

En conclusión, el problema que identifica Mises se reduce a la falta de valor de cambio previo, que según él impide realizar un proceso de tasación por parte del comprador y, por tanto, impide totalmente su demanda.  Pero la realidad es que en este escenario que describe Mises donde el objeto candidato a medio de intercambio es aún una simple cosa inservible para todo el mundo y solo tiene el carácter de bien económico para una o muy pocas personas, dicho proceso de tasación no sólo es perfectamente posible, sino que además es un escenario que incita a hacer el máximo acopio posible de dicho objeto. Este problema que trata de razonar Mises es, por tanto, claramente inexistente. Y si cae este razonamiento, cae todo su Teorema de Regresión.

Referencias

Bondone, Carlos (2006). Teoría de la Relatividad Económica. www.carlosbondone.com

Dai, Wei (1998), http://www.weidai.com/bmoney.txt 

Friedman, Milton (1999) https://www.youtube.com/watch?v=_YEotCxF48I

Mises, Ludwig von (2011)[1949] La acción humana. Unión Editorial, Madrid.

New Liberty Standard (2009). Página web archivada de en Wayback Machine 

Szabo, Nick (1998) https://unenumerated.blogspot.com/2005/12/bit-gold.html

El lenguaje económico (XXIV): el juego

La Bolsa no es un juego. Quien «opera» —expresión más correcta— en Bolsa «ha de adaptar su conducta a las mudables condiciones del mercado y a sus propios juicios acerca del futuro desarrollo de los precios» (Mises, 2011: 125). La inversión bursátil requiere un conocimiento especializado, información actual e intuición sobre eventos futuros. Los sedicentes jugadores en bolsa, acusados con frecuencia de «malvados especuladores», no juegan temerariamente con el dinero de sus clientes, sino que toman decisiones basadas en un riguroso análisis de la situación de cada empresa, del sector, de la competencia, etc. Prueba de ello es que los legos delegan sus decisiones de inversión en expertos (fondos de inversión) o bien realizan compras sistemáticas (periódicas por un mismo importe nominal).

Los juegos de azar, en general, no precisan conocimiento alguno; por ejemplo, en la lotería, Warren Buffet y otro jugador cualquiera tienen la misma probabilidad de ganar. En la Bolsa, en cambio, solo gana quien posee específicas destrezas como especulador. Por desgracia, «la gente ve siempre algo deshonesto en la contratación bursátil […] Las ganancias especulativas se consideran producto del robo o del hurto practicado a costa del resto de la nación» (Mises, 2011: 619). Particularmente, cuando las bolsas se desploman, se culpa de ello a los especuladores y los gobiernos intervienen el mercado, tal y como sucedió en marzo de 2020 cuando la CNMV prohibió las posiciones cortas durante un mes. Algunos mitos sobre la Bolsa son clarificados por Daniel Lacalle (2013) en su libro Nosotros, los mercados: qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles.

Apostamos por…

La economía no es un casino, ni tampoco una casa de apuestas. Veamos qué se esconde tras esta metáfora tan popular: «apostamos por…» las energías limpias, el turismo de calidad, la veracidad en Internet, la educación y sanidad públicas, la cultura europea, el empleo estable, el comercio local, etc. Stricto sensu, una apuesta es un acto lúdico.

El jugador que apuesta en las carreras de caballos lo hace libremente y con su propio dinero, sin embargo, en boca de políticos, sindicalistas, ingenieros sociales o lobistas; «apostamos por…» esconde, casi siempre, la intención de alcanzar ciertos objetivos bajo coacción; por ejemplo, el político que «apuesta» por el coche eléctrico lo subsidia transfiriendo dinero del contribuyente hacia fabricantes y/o compradores. Esta «apuesta» también consiste en prohibir o restringir el uso de vehículos con motores de combustión, privilegiando a unos conductores y perjudicando a otros. Hay quienes «apuestan» por la práctica del ajedrez en los colegios, pero lo que pretenden es su inclusión obligatoria en el currículo.

Estos falsos jugadores disfrazan sus aviesas intenciones con eufemismos. Por ejemplo: «apostar» por la cultura significa captar fondos públicos para financiar creaciones artísticas carentes de valor para los espectadores; «apostar» por la igualdad conduce a imponer cuotas y otras servidumbres que privilegian a unos a expensas de otros; «apostar» por el turismo de calidad sirve para establecer moratorias, prohibir la construcción de hoteles (excepto los de lujo) o que los particulares alquilen sus viviendas a los turistas; «apostar» por un taxi seguro y de calidad es la excusa para prohibir la competencia de empresas como UBER y Blablacar. En definitiva, detrás de cada «apostamos por…» (en plural) hay un saqueador que quiere tu dinero o un déspota que viola tu libertad.

Teoría de Juegos

Podemos definir la teoría de juegos como el «estudio matemático de las situaciones en que un individuo tiene que tomar una decisión teniendo en cuenta las elecciones que hacen otros» (Figueroba, 2017). Estas interacciones, denominadas «estratégicas», se producen dentro de una estructura formalizada de incentivos: el llamado «juego».

La Teoría de Juegos tiene su aplicación en la estrategia militar, pero también en la economía y en otros campos del saber. Sin embargo, ni la guerra, ni la economía son juegos: «En una sociedad de mercado no existe analogía alguna entre los juegos y los negocios» (Mises, 2011: 140). El profesor Bastos critica resumidamente esta Teoría así: «Con la economía no se juega».[1] La Teoría de Juegos es otro intento positivista de matematizar la economía, por ejemplo, buscando elecciones «óptimas», la racionalidad «perfecta» o estableciendo «modelos» predictivos sobre la conducta humana. La Teoría de Juegos, al igual que la Teoría de la Elección Racional, adolecen del mismo error positivista: «La ciencia es medición»; pero recordemos: «En el mundo de lo económico no hay relaciones constantes, por lo cual toda medición resulta imposible» (Mises, 2011: 67).

Bibliografía

Figueroba, A. (2017). «Teoría de juegos: ¿en qué consiste y en qué ámbitos se aplica?». Recuperado: https://psicologiaymente.com/social/teoria-de-juegos

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados: qué son, cómo funcionan y por qué resultan imprescindibles. Barcelona: Deusto (Kindle).  Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.


[1] https://www.youtube.com/watch?v=4Pn0l377Q0Y

Serie ‘El lenguaje económico’

(XXIII) Los fenómenos naturales

(XXII) El turismo

(XXI) Sobre el consumo local

(XX) Sobre el poder

(XIX) El principio de Peter

(XVIII) Economía doméstica

(XVII) Producción

(XVI) Inflación

(XV) Empleo y desempleo

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

El sistema de pérdidas y ganancias en el mercado y su vinculación con la incertidumbre: su impacto en el sistema político

El objetivo de Carl Menger era descubrir leyes en el campo de la economía y, basándose en su descubrimiento, establecer qué arreglo económico contribuiría mejor a que las personas puedan satisfacer sus necesidades siempre y cuando las condiciones económicas así lo permitieran. Afirmó claramente que su mayor preocupación era la solución de los problemas del bienestar humano, que es un interés público de la mayor importancia (1871, 46). Este empeño mengeriano es similar a la preocupación de Adam Smith, que también buscaba asegurar la “riqueza de las naciones” (1776) en lugar de dar consejos empresariales sobre cómo enriquecerse a unos pocos elegidos.

El principal punto de partida de Menger para realizar su análisis económico era que, en el ámbito de la economía, la característica fundamental inherente al ser humano es la capacidad de pensar, de descubrir nuevas conexiones y de poner en práctica novedosos descubrimientos para, mediante su trabajo, garantizar la disponibilidad de los requisitos materiales que se consideran necesarios para la vida. Así lo expuso en el capítulo “Las causas del progreso del bienestar humano” (1871, 71-73).

La tesis de los ‘Principios’

La tesis implícita más importante de los Principios de Economía es que los mercados libres competitivos son el mejor entorno institucional para garantizar los bienes considerados necesarios. La escasez en un contexto de incertidumbre y las leyes del mercado obligan a los individuos a descubrir cómo economizar e innovar, con el objetivo de satisfacer sus necesidades y deseos de la mejor manera posible con bienes, si es que estos se consideran que necesarios para su bienestar. Las leyes de los mercados son consecuencias de las acciones, los deseos y las limitaciones humanas. Las leyes económicas recompensan a quienes inventan y producen bienes que son adquiridos por los consumidores, impulsando así el progreso del bienestar humano y el avance de la civilización. La recompensa por aplicar un descubrimiento o introducir elementos innovadores y por economizar es una ganancia inusualmente alta.

La ganancia es la consecuencia de una posición de monopolio temporal del primero en mover ficha en un nicho de mercado, siempre que ofrezca bienes buscados por los consumidores. En esta cadena de causalidad, Menger no necesitó invocar el factor de la incertidumbre como razón de la recompensa empresarial, como hicieron los pensadores económicos anteriores a Menger, como Richard Cantillon o Anne Robert Jacques Turgot, o después de Menger, como Frank Knight.

No obstante, sostengo que la incertidumbre es un factor subyacente importante si se tiene en cuenta el impacto social y político más amplio del sistema de beneficios y pérdidas de los mercados y su conexión con el monopolio.

Menger, incertidumbre y escasez

Menger no discutió las implicaciones políticas de sus teorías. Siguió la tradición de la economía política británica e investigó la vida económica “pura” y las motivaciones económicas “puras” (Sobre la tradición del análisis económico puro véase: Bagehot, 1885). Menger rara vez se aventuró a hacer observaciones sobre la aplicación práctica de sus teorías y no discutió las acciones extraeconómicas de los seres humanos para garantizar sus necesidades de bienes.

En la próxima sección, partiendo de la teoría mengeriana sobre el monopolio y su relación con la ganancia, demostraré cómo la interacción entre la incertidumbre y las acciones extraeconómicas dan forma a nuestros sistemas sociales y políticos.

Para Menger, la incertidumbre y la escasez son las condiciones clave que configuran la acción económica humana con la fuerza de una ley exacta. La incertidumbre tiene dos fuentes. Una es el conocimiento imperfecto; la otra son los acontecimientos externos impredecibles, incluidas las acciones de otros seres humanos.

Incertidumbre e innovación

Una de las principales consecuencias de la incertidumbre es el esfuerzo constante de los agentes económicos por perfeccionar sus conocimientos y reducir su incertidumbre. La paradoja es que la ampliación de los conocimientos y los descubrimientos (invención e innovación) también provocan nuevas incertidumbres, y no sólo eliminan las antiguas. Traducir este efecto paradójico en la acción empresarial significa que, mientras los empresarios de éxito obtienen beneficios extraordinarios por resolver un problema, otras empresas establecidas en los nichos de mercado afectados sufren pérdidas o incluso se enfrentan a la quiebra. Así, paradójicamente, para las empresas establecidas, una de las mayores causas de incertidumbre es el descubrimiento empresarial y la consiguiente entrada de un competidor o competidores inesperados.

Así pues, un sistema económico basado en el mercado no solo permite obtener beneficios a los empresarios de éxito, sino también un sistema de pérdidas y ganancias, como señaló sucintamente Ludwig von Mises (1949). Como consecuencia, la competencia equivale a destrucción para quienes sufren la disminución de beneficios, o incluso la quiebra.

Destrucción creativa en el libre mercado

La naturaleza de doble cara de la competencia fue bien captada por el famoso término de Schumpeter “destrucción creativa“, que es el proceso incesantemente revolucionario de invención e innovación que destruye la antigua estructura económica, al tiempo que crea una nueva (Schumpeter 1943). La incertidumbre provocada por la competencia y la innovación no sólo pone en peligro a las empresas establecidas, sino también a sus empleados, a sus proveedores y a sus trabajadores, afectando así al sustento de muchas familias.

Así, mientras que una economía de libre mercado es el entorno institucional más propicio para la aparición constante de empresarios con ideas innovadoras, para las empresas establecidas la mayor fuente de incertidumbre es la innovación empresarial basada en nuevas invenciones.

En el contexto de la incertidumbre provocada por la destrucción creativa en el libre mercado, la idea mengeriana de la obtención de beneficios basada en el monopolio, conduce a la consecuencia práctica de por qué se desarrolla una interacción entre los agentes económicos y el intervencionismo estatal (o regulación comunitaria) en la vida económica: para limitar la competencia y garantizar la estabilidad y la seguridad “tradicional”. Así, una forma crucial de reducir o eliminar la incertidumbre debida a la competencia es limitar la competencia asegurando un monopolio permanente de un orden bien regulado en lugar del monopolio temporal de los mercados competitivos.

Gremios y monopolistas

Menger tenía muchos ejemplos de este tipo de acciones de limitación de la competencia en los Principios de Economía en nombre de las empresas establecidas para minimizar la incertidumbre derivada de la competencia. Señaló que es común que un monopolista defienda “su posición contra la entrada de un competidor de la manera más beligerante”. Pero, una vez que el competidor ha establecido su posición, también es habitual que intenten llegar a un entendimiento entre ellos para seguir una política monopolística modificada, repartiéndose el mercado entre ellos (1871, 221).

De forma similar, señaló a los gremios como organizaciones monopolísticas de productores locales, cuya intención es limitar la competencia en parte mediante la regulación interna de la producción por parte de sus miembros y, al mismo tiempo, impedir la entrada de nuevos competidores en el mercado (1871, 215). También mencionó que la compulsión legal puede limitar la entrada de competidores mediante la concesión de monopolios legales, la regulación de los derechos de autor y las marcas registradas (1871, 55).

Regulación y monopolio

El objetivo del monopolio regulador es proteger de la competencia a las empresas establecidas (1871, 216). En la práctica, la regulación garantiza el monopolio permanente y el flujo ininterrumpido de la posición de monopolio y del beneficio monopolístico para el empresario o grupos de empresarios privilegiados, limitando o bloqueando el acceso de nuevos empresarios con nuevas ideas en los nichos de mercado monopolizados.

Por lo tanto, existe un incentivo y, de hecho, un esfuerzo constante por parte de las empresas establecidas para limitar la competencia tanto como sea posible a través de la regulación comunitaria o estatal y para dificultar o bloquear por completo la entrada de nuevos empresarios en un nicho de mercado, y de esta manera garantizar una seguridad permanente y sin perturbaciones y el beneficio del monopolio para las empresas existentes.

Karl Polanyi

Karl Polanyi en La gran transformación (1944) argumentó que el capitalismo industrial de libre mercado del siglo XIX provocó el surgimiento de contra-movimientos populares protectores en variadas formas de varias capas de sociedad contra las fuerzas destructivas y la inseguridad del capitalismo, que destruye las comunidades humanas. Los contra-movimientos, junto con el intervencionismo estatal, pretendían limitar el libre comercio para garantizar la seguridad frente a las fuerzas destructivas de los mercados.

Basándome en las ideas mengerianas, sostengo que los movimientos populares no solo surgen de una dirección que pretende lograr el proteccionismo y el control del mercado como planteaba Polanyi. En mi opinión, por lo que se refiere a la regulación de los mercados, hay dos contra-movimientos opuestos que compiten en cualquier sociedad. Uno por menos regulación, a favor de una mayor libertad, por una entrada más libre en los mercados; otro por más regulación, por la limitación de los mercados y a favor de una mayor restricción del libre comercio y, en su forma más radical, por la eliminación completa de los mercados en forma de socialismo marxista.

La razón de estos dos movimientos contrarios en pugna es la consecuencia económica y social de los dos tipos de monopolio existentes, tal como los describió Menger, en el contexto de escasez e incertidumbre.

Los riesgos del monopolio regulador

Menger sostenía que la posición de monopolio regulador o permanente garantiza la seguridad, pero también tiene desventajas. En una economía monopolizada, que carece de competencia, el productor monopolista no está interesado en la innovación tecnológica, ni en la invención de nuevos productos. Tampoco está interesado en economizar la producción, haciéndola más eficiente y producir más bienes a un precio más barato.

Su beneficio monopolístico está asegurado y no hay ninguna razón de peso para que el monopolista se esfuerce por satisfacer todas las necesidades. El elevado precio fijado en un mercado no competitivo significa que los consumidores de los estratos de renta más bajos no pueden permitirse comprar los bienes monopolizados. Los consumidores compiten por los bienes escasos, y el productor monopolista disfruta de una posición privilegiada y de unos beneficios inusualmente altos.

La consecuencia negativa más importante de la red de monopolios es la escasez generalizada, el bajo nivel de consumo muy por debajo de las necesidades, el estancamiento tecnológico y social y el arraigo de élites oligárquicas explotadoras, mientras que el resto de la población es pobre o más pobre de lo que podría ser en caso de una economía de mercado abierta y competitiva.

Mercado libre

Por otra parte, un mercado libre hace posible la entrada de competidores en cualquier nicho de mercado, lo que garantiza una economía de mercado dinámica y el progreso económico. La competencia fomenta tanto la invención y la innovación como la reducción de los residuos al forzar una producción cada vez más eficiente. La competencia obliga a las empresas a bajar sus precios, reducir sus beneficios y aumentar la producción. De este modo, permite que las personas de los estratos de renta más bajos puedan consumir aquellos bienes que antes solo consumía una reducida élite. Esto garantiza la mejor satisfacción posible de las necesidades humanas individuales y de la sociedad en general, en la medida en que el bienestar puede garantizarse con una oferta de bienes.

Sin embargo, la consecuencia negativa de los mercados libres es la falta de estabilidad y seguridad, la incertidumbre y la destrucción, según la expresión de Schumpeter.

Así pues, los mercados libres y los mercados cerrados ofrecen ventajas y desventajas. En consecuencia, hay movimientos populares tanto a favor como en contra del libre mercado y del proteccionismo.

Siempre hay personas con rasgos empresariales que están a favor de la libre entrada en los mercados; gente que quiere libertad, vivir mejor, que quiere hacer realidad sus ideas y sus sueños. Pero todo orden regulado y estancado limita la prosperidad. Hay, además, personas insatisfechas que culpan de su miseria al orden oligárquico que explota los frutos de su trabajo. Incluso las propias élites atrincheradas pueden tener interés en un mercado más libre para tener acceso a lujos producidos en otros lugares y de obtener ingresos extra para cubrir sus necesidades de consumo.

Por otro lado, siempre hay personas y empresas establecidas que quieren más seguridad, orden, ingresos estables y estabilidad limitando la competencia y asegurándose una especie de posición de monopolio. Pugnan por la regulación comunitaria o la intervención estatal para limitar el caos, las injusticias del libre mercado y el poder de los capitalistas, y crear una especie de sociedad monopolizada y jerarquizada, con un orden bien establecido y con las menores perturbaciones posibles en la vida económica.

La posición de las élites

La influencia relativa de los movimientos populares promercado y proteccionistas en liza se decide en función de la posición de las élites políticas gobernantes que dominan la maquinaria estatal con su inmenso poder sobre la sociedad. Si no se alcanza un compromiso entre ambos, existe la posibilidad de que se produzca un golpe de Estado o una revolución, y de que uno de los dos se imponga al otro.

Las élites políticas están tan divididas como la propia sociedad en cuanto a adoptar un orden proteccionista, jerárquico y oligárquico u optar por un orden más libre y dinámico, que perturbe las jerarquías y la estabilidad tradicionales.

Por un lado, los gobernantes pugnan por la estabilidad del orden interno y jerárquico, que garantice un sistema oligárquico con una influencia política imperturbable. Esto empuja a la élite política a adoptar estrategias a favor de la creación de monopolios y la limitación del libre comercio y los mercados. No es de extrañar que las sociedades humanas hayan vivido en un orden social casi estático en diversas civilizaciones a lo largo de miles de años. No obstante, estos imperios fueron capaces de desarrollar fantásticos logros culturales y tuvieron algunos cambios y progresos parciales, aunque lentos y controlados por élites políticas que pugnaban por la estabilidad.

Pero los Estados no existen en el vacío. El dinamismo económico y social, el avance tecnológico y la creciente riqueza creada por una economía más libre se traducen en ventajas militares. Debido a la competencia geopolítica, ningún Estado puede permitirse permanecer congelado en el estancamiento si tiene un oponente militarmente superior por su economía dinámica y sus ventajas tecnológicas.

De ahí el dilema de todas las élites políticas, especialmente desde el siglo XVII cuando en Inglaterra se aceleró la transición hacia un mercado más libre. El dilema es si liberalizar los mercados o bien optar por la protección y la limitación mediante la creación de un orden oligárquico atrincherado sustentado por monopolios.

Se trata de saber equilibrar los diferentes aspectos de las necesidades de poder de la élite política: la mercantilización, que responde a los retos del presente en términos de geopolítica, o el mantenimiento de situaciones monopolizadas, que garantizan la estabilidad del poder y aseguran los ingresos de la élite política con el posible peligro de ser colonizados o semi-colonizados por un poder superior.

Franz Oppenheimer

La existencia de contra-movimientos pro-mercantilización y pro-proteccionistas, cada uno de los cuales incluye a sectores de las élites empresariales y goza de un amplio apoyo social, arroja una nueva luz sobre una dicotomía ampliamente empleada en la literatura libertaria. El pensamiento de la literatura libertaria a través de Murray Rothbard estuvo muy influido por el libro de Franz Oppenheimer sobre el Estado, publicado en 1905. Oppenheimer argumentaba que uno podía adquirir los bienes deseados por “medios políticos” y por “medios económicos“. Los medios económicos son el trabajo y el intercambio de los frutos del trabajo, mientras que los medios políticos son la apropiación de los frutos del trabajo de otros.

Oppenheimer opinaba que la historia del mundo, desde los tiempos primitivos, puede describirse como “una contienda… entre los medios económicos y los medios políticos“.  Para Oppenheimer, el Estado es la encarnación institucionalizada de los medios políticos. La clase política es una clase de barones ladrones, que obtienen su riqueza mediante la expropiación coactiva del fruto del trabajo de los productores. Esta perspectiva es similar a la de los pensadores franceses de principios del siglo XIX, redescubierta por Ralph Raico. Los pensadores franceses sostenían que la clase política gobernante se apropia del fruto del trabajo a través de los impuestos de los productores (Blanqui, id by Raico, 187) y que la clase de los burócratas estatales solo existe sobre los productos de la clase industriosa (Comte, id by Raico 196.).

De las ideas embrionarias de Menger podemos deducir un panorama mucho más complicado: una sociedad profundamente dividida bajo las limitaciones de la escasez, la incertidumbre y la competencia geopolítica. En cada sociedad (estado), uno de los conflictos políticos y sociales clave es si se opta por la estabilidad, la jerarquía, el orden bien establecido no basado en el mercado (o que sólo permite un papel mínimo o secundario papel a los mercados), que tarde o temprano se convierte en un orden tradicional y bien arraigado sancionado con la bendición de los dioses o la opinión de los expertos; la segunda opción es decantarse por la economía de mercado dinámica que desata la destrucción creativa y socava la posición bien arraigada de las capas de vida tradicional de los productores y de fuentes de poder de las élites oligárquicas.

Estabilidad institucional

Las sociedades humanas vivieron durante miles de años bajo el yugo de una pequeña élite en sociedades estables, jerarquizadas y explotadoras y los productores, en una pobreza inimaginables y bajo el régimen de la servidumbre. Sin embargo, estas sociedades eran muy estables. El antiguo Egipto no se derrumbó por la revuelta de los constructores de pirámides, el imperio romano sobrevivo fácilmente a las revueltas ocasionales y locales de los esclavos; las sociedades feudales europeas florecieron durante cientos de años y el campesinado sólo se rebelaba en raros años de cosechas inusualmente malas.

Pero una vez que se produjo la transición a una economía de mercado dinámica, primero en Inglaterra, no fue posible mantener las sociedades jerárquicas cerradas tradicionales sin correr el peligro de ser colonizadas o explotadas por las potencias militares superiores de los estados “capitalistas”. Pero la transición a los mercados no sólo tuvo que ver con la potencia bélica.

La transición a la economía de mercado dinámica también trajo consigo un auge nunca experimentado de las condiciones de vida. Friedrich von Gentz, asesor del canciller conservador austriaco Metternich, que tradujo al alemán los escritos de Burke, escribió que la nueva era que comenzó con la transformación inglesa, demostraba que la anterior era un lugar de barbarie, degradación, esclavitud y mil miserias. A diferencia del pasado, la nueva era significaba el amanecer de la justicia y la libertad. 

Menger, aunque señalaba que la incertidumbre es una condición siempre presente en la vida humana, tenía una visión optimista; pensaba que la inventiva y el ingenio humanos superan las crisis causadas por acontecimientos externos. Mises también compartía su punto de vista: a pesar de que los beneficios van acompañados de pérdidas para otros, en una economía creciente, la plenitud de los bienes y la riqueza van en aumento y, en consecuencia, la suma total de los beneficios es mayor que la de las pérdidas (Mises 1949).

Capitalismo: evolución y progreso

En una línea similar, Schumpeter argumentó que el capitalismo, por su naturaleza, es un sistema económico preparado para tener un carácter evolutivo y un progreso, desarrollo y crecimiento cada vez mayores. El impulso fundamental es la innovación empresarial en las áreas de los nuevos bienes de consumo, los nuevos métodos de producción o transporte, los nuevos mercados y las nuevas formas de organización industrial (Schumpeter 1943). La metáfora de la “destrucción creativa” es engañosa: implica igualdad de creatividad y destrucción.

En la vida real, sin embargo, los beneficios de la creatividad son mayores que los impactos destructivos de una nueva idea. No obstante, también tenemos que preguntarnos si una idea de negocio puede ser más destructiva que una política gubernamental equivocada que prometa orden y certidumbre. De hecho, Mises fue el primero de los principales economistas austriacos que advirtió que, la confianza en el poder omnipotente de los gobiernos conduce a resultados contrarios a las grandes promesas.

Las guerras, las persecuciones de las minorías, el hambre, las destrucciones más devastadoras de la vida humana, todas fueron consecuencias de acciones gubernamentales omnipotentes, equivocadas. Por ello, Mises nos advirtió de que, mientras que en el discurso público la principal preocupación es la incertidumbre y el caos de los mercados en los discursos populistas, el verdadero peligro para la vida humana es el gobierno omnipotente, que hace caso omiso de las preocupaciones humanas y reordena la economía y la sociedad de acuerdo con el plan maestro del super-planificador, ya sea un dictador megalómano o un planificador tecnocrático altamente educado y bienintencionado.

Bitcoin es una mercancía (II)

Hace unos días mi compañero en este medio Joel Serrano escribió una crítica a mi serie de artículos “Mises no comprendió a Menger”, en donde explico las diferencias entre la teoría de mercancía de Menger, y el uso que hace Mises del término mercancía. Quiero agradecer desde aquí el tiempo que le ha dedicado, y también de paso confirmar que, efectivamente, el título de mi serie de artículos es puro clickbait.

Serrano centra una buena parte de su artículo en negar rotundamente la equivalencia que propongo entre el concepto de mercancía de Menger y los medios de cambio. En primer lugar, quiero dejar muy claro que cuando me refiero a medios de cambio no me refiero a medios de cambio indirecto, sino a medios de cambio en general. En segundo lugar, la mera existencia en la literatura económica de calificar algunos medios de cambio como “indirectos”, ya demuestra que existen los medios de cambio directos (o simplemente “medios de cambio”), que son los que se utilizan en el intercambio directo o trueque, y esos medios son mercancías para el vendedor y bienes de uso o consumo para el comprador. Y en tercer y último lugar, Menger explicó lo siguiente en El Dinero (p. 97):

La expresión “intermediario del intercambio” para designar la función de intermediación del dinero en el intercambio de bienes es incomparablemente más exacta que la de “medio de cambio“, que en alemán se utiliza también para dar a entender cualquier otro bien destinado al intercambio.

Carl Menger

Y en su libro Principios de Economía Política Menger aporta la siguiente definición científica de mercancía: “De ahí que un gran número de economistas, sobre todo germano-parlantes, entienda por mercancías los bienes (económicos) de todo tipo destinados al intercambio“. Creo que sobra ningún comentario adicional por mi parte. Solo me queda añadir que esta equiparación mercancía – medio de cambio es accesoria a mi argumento de que Bitcoin pudo valorarse como mercancía sin ningún valor de uso. Y por tanto, aunque estoy plenamente convencido de que Serrano está equivocado en su interpretación de Menger, por despejar el debate renuncio a usar el término “medio de cambio” y me limitaré a usar el término “mercancía” para referirme al estatus inicial de Bitcoin. Y quisiera recalcar que mi argumento no es tanto el hecho histórico de que Bitcoin se demandara como mercancía sin ningún valor de uso, sino la posibilidad de que pudiera valorarse de esta manera.   

Este argumento central ya lo expuse en este otro artículo, y hoy lo voy a desarrollar un poco más para dar respuesta a las críticas de Serrano.  Dice Serrano que Bitcoin no cumple la segunda parte de la cuarta condición que establece Menger para que una cosa sea un bien. Es curioso que Serrano parece utilizar el texto de la segunda edición de Principios de Economía Política donde Menger añade la palabra “anticipación” en la primera condición, pero no parece utilizar esta segunda edición para citar la cuarta condición donde Menger añade: “aunque sea una necesidad futura y solo con la ayuda de otros bienes”.

En la segunda edición, Menger deja ya meridianamente claro que la necesidad puede ser futura, no tiene que ser presente. De todos modos, la redacción de la primera edición ya rezaba lo siguiente: “Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad”. Aquí no cabe interpretar que esa necesidad tenga que existir obligatoriamente en el presente. Y además esto debe ser cuestión pacífica en el debate cuando el propio Serrano ya reconoce, en virtud de la primera condición, que la necesidad puede ser anticipada, y en las cuatro condiciones de Menger estamos hablando de una misma necesidad.

Y es que además no podía ser de otra manera, pues toda acción humana está enfocada al futuro por definición. Tanto el valor de uso como el valor de cambio, son contingentes, especulativos y más o menos inciertos. Si Bitcoin no cumpliera la segunda parte de la cuarta condición de Menger por razón de no poder ser utilizada en el presente de forma inmediata a voluntad de su propietario, entonces ninguna otra mercancía sería un bien económico. Porque para poder materializar el valor de cambio de una mercancía necesitas que otra persona te la compre (igual sucede con los medios de cambio, ¡que curioso!”), y esa transacción de compra solo puede suceder en el futuro y nada garantiza que se produzca, menos aún cuando se trata de bienes totalmente nuevos. 

También es muy relevante el concepto de escasez. Para que una cosa sea un bien económico la oferta disponible no puede ser mayor que la demandada. Satoshi no preminó, diseñó el sistema de manera que desde el inicio fuera necesario realizar intercambios autísticos para obtener unidades de Bitcoin. Es decir, si Satoshi demandaba más unidades del stock existente, debía realizar un intercambio entregando al sistema un hash válido para el siguiente bloque y recibir a cambio la recompensa correspondiente. 

Por otro lado, Serrano no expone correctamente mi argumento sobre la causa del valor de los medios de cambio. La causa originaria no es que permitan incorporar a las partes el valor añadido del intercambio sino que son herramientas que, gracias a sus cualidades para ello, facilitan o ayudan a intermediar los intercambios. De la misma manera que un coche, gracias a sus cualidades, facilita el transporte.

Cuando un intermediario facilita o posibilita (abarata) una transacción entre dos partes y se le paga una comisión por ese servicio, es porque su servicio de intermediación es valioso. A nadie se le ocurre hablar aquí de circularidad. Sus contactos, su habilidad, conocimiento y sus medios son la causa del valor de sus servicios. Pues pasa exactamente lo mismo cuando el intermediario de la transacción es una cosa en lugar de una persona. Las cualidades de la cosa para intermediar el intercambio son la causa del valor de esa cosa. No es casual que Menger enfatizara la mayor precisión del término “intermediarios del intercambio” para referirse a los medios de intercambio. Esto ni siquiera lo disputa Mises en la cita que expuse en el IV artículo de mi serie donde afirma que los servicios monetarios son capaces de generar valor, que Serrano parece que no leyó pues la aporta como novedad en su crítica. He de decir que estoy totalmente de acuerdo con lo que dice Mises en esa cita, y añado que ahí contradice de pleno su propio teorema de regresión, pues si el servicio monetario puede generar valor por sí mismo, entonces no hay razón alguna para negar que podamos anticipar que una cosa pueda proporcionar ese servicio en el futuro, y por tanto demandarla sin que todavía hoy lo proporcione, lucrándonos gracias a dicha anticipación, tal y como explica Menger cuando describe la manera de actuar de los agentes más perspicaces en los procesos de monetización.  

La circularidad que veían los críticos de la teoría del valor subjetivo al aplicarla al dinero y que Mises erróneamente aceptó para intentar refutarla con su teorema ad-hoc, simplemente no existe. No existió nunca. Esta circularidad de que demandamos el dinero por la expectativa de que otros la demanden ya la refutó Menger en El Dinero tal y como expuse en este artículo.  Vuelvo a traer la cita de Menger:

Wagner, en su excelente Sozialökonomische Theorie des Geldes (1909,pp. 110 s.) indagando en torno a la función del dinero como medio de cambio, se deja guiar, al igual que muchos teóricos anteriores, por la idea de que el dinero-mercancía es aceptado como contravalor solo por la confianza que esa mercancía suscita por sí misma en que el resto de las personas que acuden al mercado la aceptarán, a su vez, también basadas en esa misma confianza de poder cambiarla luego por otros bienes. Según estos estudiosos, ese factor de confianza que se refiere a la psicología individual y luego —una vez convertido en costumbre consolidada— a la psicología de masas, es esencial y decisivo para comprender la función de medios de cambio del dinero. Esta concepción se basa en un prejuicio que sigue esclavizando de diversas maneras a los estudiosos de la teoría monetaria: es decir, que el dinero —al contrario que el resto de los bienes— es aceptado por nosotros como equivalente a los bienes que cedemos a cambio solo bajo la perspectiva de que, a su vez, también nosotros podremos entregarlo a cambio de otras mercancías en razón de la confianza que también le otorgan las demás personas. Pero aquí se olvida el hecho de que esta no es, en absoluto, una característica peculiar del dinero. También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas. Lo mismo sucede con el dinero, que nosotros, precisamente como hace el comerciante con su mercancía, lo adquirimos (por lo general y no excepcionalmente) solo a causa de su valor de cambio; es decir, para poder cederlo de nuevo a otros.

La auténtica peculiaridad del dinero respecto a otras mercancías no consiste, pues, en una «confianza» que se manifiesta solo en el caso del dinero, debido al amparo de las normas estatales que lo regulan, sino en su negociabilidad relativa superior al resto de las mercancías

Carl Menger

El dinero no se demanda por su poder adquisitivo, sino por su mayor negociabilidad, y la causa de la mayor negociabilidad se encuentra en la evaluación de sus cualidades (duradero, transportable, divisible, fungible, etc.), que Menger enumeró de manera exhaustiva en El Origen del Dinero, y que, al contrario de lo que parece insinuar Serrano, Menger no afirma que la amplia demanda de una mercancía tenga que venir porque además tenga valor de uso, e incluso si así fuera (que no lo es), tampoco afirma que sea una característica obligatoria.

Con respecto al texto de Menger en el que se refiere a Oppenheimer, la conozco muy bien y la traducción al castellano omite la palabra “cantidades”. Este texto termina de la siguiente manera en el escrito original: “wenn der Charakter der Geldstücke, als Quantitäten von Nutzmetall, verloren ginge.” Que en la versión en inglés está traducido con mayor fidelidad que en castellano: “if the character of coins as quantities of industrial raw materials were lost.” Menger se está refiriendo a que la cantidad de metal (oro o plata) desaparezca, es decir, al envilecimiento de la moneda. 

También trae Serrano otra cita donde Menger se refiere a mercancías donde dice: “además de ser empleadas para fines útiles”. En primer lugar, el adverbio “además” ya denota un carácter accesorio o accidental (no esencial).  Y en segundo lugar, nadie niega que una mercancía pueda demandarse por su valor de uso. Al contrario, la gran mayoría de las mercancías se acaban demandando por su valor de uso al finalizar la cadena de producción y distribución.  Para Menger lo esencial es el valor de cambio, y que una propiedad sea esencial en absoluto implica que la mercancía no pueda poseer propiedades accidentales distintas a sus propiedades esenciales, como sería algún valor de uso.

Con estas citas Serrano pretende llevarse a Menger a su interpretación, sin dar réplica expresa a las múltiples referencias de Menger a que la esencia del concepto de mercancía es su valor de cambio. Cosa que por cierto no es nada particular suyo, sino la definición habitual entre los economistas. El raro es Mises al utilizar el significado de “valor de uso”. La propia wikipedia, que no tiene por qué ser muestra de ningún rigor científico (de eso ya va Menger más que sobrado) pero sí de popularidad de una definición, también incide en exactamente lo mismo que Menger:

“Mercancía o mercadería​ es todo aquello que se puede vender o comprar [..] En el concepto de mercancía está implícito que esta es a su vez intercambiable por otra cosa. Clasificar algo como mercancía supone a su vez reconocer a otros objetos también como mercancías, dado su valor de cambiabilidad.”

Wikipedia

Con mayor o menor rigor, la popular wikipedia se centra en lo mismo que Menger: La intercambiabilidad, el valor de cambio. No se habla de valor de uso o consumo.

Con respecto a la teoría evolutiva del dinero de Menger, dice Serrano “que nadie puede crear medios de intercambio ni crear dinero, porque estos se instituyen socialmente”. Lo que se establece o descubre es el dinero como institución social en sentido abstracto, que no es lo mismo que las distintas manifestaciones particulares de dinero (ganado, sal, plata, fiat, Bitcoin). Una cosa es que individualmente sea históricamente muy improbable, más bien virtualmente imposible, inventar algo tan abstracto como el dinero de forma individual, y otra muy distinta que una vez descubierto espontáneamente y sobre el soporte de los bienes con valor de uso, cualquiera pueda intentar lanzar, de manera expresa y exclusiva, un bien cuya finalidad sea únicamente servir como medio de intercambio. 

Esta fue claramente la intención de los cypherpunks desde la década de los 80 del siglo pasado, que Friedman veía venir con toda claridad, también es clara la intención de Satoshi viendo el título de su whitepaper, o la intención de todo aquel que esté trabajando hoy en diseñar una moneda totalmente independiente trust minimized sin vinculación a ningún activo que por ejemplo sea más estable que Bitcoin por la vía de adaptar algorítmicamente la oferta a la demanda. Que dicha invención no tenga ningún valor de uso no monetario que genere un primer precio, o que dicha invención acabe por fracasar, en absoluto impide que el promotor la lance y que uno o más individuos consideren que puede funcionar como medio de cambio adquiriendo las primeras unidades al precio que voluntariamente acuerden las partes y generando así un primer valor de cambio basado única y exclusivamente en la expectativa de utilidad monetaria.

Serrano no parece darse cuenta que no solo el dinero, sino que cualquier mercancía con o sin valor de uso es un bien red. Y que como tales necesitan de la participación de al menos dos individuos para que pueda materializarse su valor en un precio. Y exigir que el motivo de demandar del primer demandante no pueda ser el mismo que el del segundo hasta que éste último por fin lo demande no tiene ningún sentido. Sería como sostener que la demanda del inventor del teléfono sólo puede existir como demanda de satisfacer la necesidad de comunicarse por voz remotamente si, y sólo si, aparece otra persona que también necesite comunicarse y quiera hacerlo a través de un teléfono. Como si la necesidad insatisfecha de comunicarse remotamente no fuera una necesidad. No, las necesidades se pueden satisfacer o no. Que no se satisfagan no quiere decir en absoluto que no sean necesidades o que la necesidad insatisfecha sea de naturaleza distinta cuando se satisface y cuando no. La “mera esperanza” de que un bien pueda servir para satisfacer la necesidad de comunicarse, es demandar el bien por el motivo de satisfacer la necesidad de comunicarse. Punto. No hay que elucubrar con otras necesidades.  De la misma manera, la mera esperanza de que un bien pueda satisfacer la necesidad de intercambiar, ya es demanda por utilidad monetaria.

Con respecto al Teorema de Regresión, la argumentación de Serrano es confusa y contradictoria en general. Me deja totalmente perplejo que Serrano califique como valor de uso la demanda especulativa por la posibilidad de que la cosa en cuestión pueda tener valor de cambio en el futuro. Es evidente que en la demanda especulativa lo único relevante es el valor de cambio. Entonces, ¿El valor de cambio futuro es un valor de uso presente?. No tiene sentido. O que también defienda que la diferenciación entre valor de uso y valor de cambio es innecesaria y al mismo tiempo defienda el Teorema de Regresión. Más que defenderlo parece vaciarlo de contenido o incluso refutarlo.

La imposibilidad que él observa de que Bitcoin pudiera tener valor de cambio desde el primer momento (ser mercancía) sin ningún valor de uso previo, se debe a una falta de comprensión de las mercancías en relación a las condiciones de Menger para que una cosa sea un bien. Como decíamos, los bienes que son mercancías siempre implican a un individuo y potencialmente a otro individuo adicional. Uno de ellos tiene que valorarlo como mercancía, y el potencial lo puede valorar como mercancía o como bien de uso. Aunque Serrano habla de medios de intercambio y utilidad monetaria, su argumentación no podría ser distinta si estuviera hablando de mercancías en general en el sentido de bienes que tienen valor de cambio con o sin valor de uso. El concepto de mercancía lleva implícito que su propietario pretende anticipar en el tiempo las necesidades de los demás individuos, de manera que es totalmente normal que sea el único que anticipa la necesidad si se trata de un invento novedoso, y por tanto el único demandante. Y también es muy habitual que incluso el carácter de mercancía tenga el objetivo de crear o incrementar la necesidad en otros individuos (imagen de marca, embalajes o presentación muy vistosa, etc).

Volviendo a Bitcoin, carece de toda lógica negar que por el hecho de que un bien se demande hoy por una expectativa de valor de cambio que aún no se ha materializado, no se esté demandando hoy por razón de esa misma expectativa, y que tiene que demandarse obligatoriamente por cualquier otra razón peregrina (¿satisfacción intelectual?, ¡¡por favor!!) menos la que se está esperando en el caso de que esta fuese la expectativa concreta de servir como medio de intercambio. Además, cuando hablamos de demanda única y exclusivamente por expectativa de valor de cambio de una cosa (demanda especulativa), poner como condición obligatoria precisamente para este caso que la cosa ha de tener un poder adquisitivo previo es totalmente absurdo e irracional. En este caso la inexistencia de poder adquisitivo previo no solo no imposibilita nada sino que incentiva a lo que el propio Satoshi dijo en bitcointalk en Agosto de 2010 hablando sobre el teorema de regresión: “I would definitely want some”.

Al propietario que demanda especulativamente un bien lo que le importa es el valor de cambio en el futuro. Que la cosa no tuviera ningún poder adquisitivo en el pasado ni lo tenga en el presente no solo no es ningún impedimento, ¡¡todo lo contrario!!, una vez que el propietario tiene esa expectativa de valor futuro, acertada o no, es una razón para demandar y acaparar la mayor cantidad posible de esa cosa.

¿Que la expectativa de que ese valor de cambio se materialice en el futuro no depende del propietario, sino de los demás agentes, y que si se equivoca se comerá la cosa con patatas?   Sin ninguna duda. Así es la especulación. Y esto es así para absolutamente cualquier bien económico con el que se pretenda especular, nada especial de las mercancías o el dinero.

Mises no comprendió a Menger (IV)

Estos últimos días he estado comentando con el profesor Rallo una crítica que Joel Serrano ha publicado en la revista procesos de mercado al análisis que a su vez Rallo dedicó al teorema regresivo de Mises en su libro “Una crítica a la teoría monetaria de Mises”.

No pretendo dar una réplica completa a Joel, entiendo que esto lo hará el profesor Rallo, pero sí quisiera destacar una cuestión importante que no he visto que ni Rallo ni Serrano traten en sus respectivos trabajos, y se trata de la diferencia en el concepto de mercancía en la teoría de Menger y en la de Mises.

Por supuesto, no se trata de que un concepto sea correcto y otro erróneo, simplemente son distintos conceptos, incluso se podría decir que opuestos, y considero que esto es una cuestión absolutamente clave en la teoría monetaria de Menger, pues Menger define dinero como la mercancía más vendible (o más líquida).

Para Menger una mercancía es un bien de cualquier tipo destinado al intercambio, tal y como muestro aquí y en los artículos siguientes de esta serie. Es decir, para Menger basta que el bien tenga valor de cambio. Para Mises, sin embargo, una mercancía es un bien que necesariamente debe tener algún valor de uso o consumo. 

Releyendo los artículos anteriores creo que vendría bien añadir alguna cita más donde quede bien claro la concepción de mercancía de Mises, por ejemplo aquí:

La teoría del dinero debe tener en cuenta la diferencia fundamental entre los principios que rigen el valor del dinero y los que rigen el valor de las mercancías. En la teoría del valor de las mercancías no es necesario al principio prestar atención al valor objetivo de cambio. En esta teoría todos los fenómenos de la determinación del valor y del precio pueden explicarse tomando como punto de partida el valor de uso subjetivo [..]

Efectivamente, aparte del hecho de que las mercancías adquiridas a cambio de los productos se valoran siempre de acuerdo con su valor de uso subjetivo, las únicas valoraciones que tienen una importancia final en la determinación de los precios y del valor objetivo de cambio son las que se basan en el valor de uso subjetivo que poseen los productos para aquellas personas que son las últimas en adquirirlos a través del tráfico comercial y que las adquieren para su propio consumo.” (Mises, 1997, p. 76 y 77)

En la cita anterior no se sabe muy bien a qué principios que rigen el valor de las mercancías se refiere Mises, pues el no desarrolla una teoría de la mercancía como si hace Menger en su libro Principios de Economía Política, donde por cierto dice expresamente lo siguiente:

Como en otras cuestiones, también en este punto mantiene Schmalz una teoría muy peculiar. Confunde en su obra, a consecuencia de su errónea concepción de la relación entre el dinero y las mercancías, la idea de mercancía con la de bienes de uso en el estricto sentido de la palabra y llega, por tanto, a una definición científica de las mercancías radicalmente opuesta a la que hemos ofrecido más arriba.” (Menger, 2012, cap. VII.1 nota al pie 4. Énfasis mío)

Y en la edición original de 1892 de Geld Menger dice esto otro:

Así, recientemente un destacado comentarista sobre el dinero y la acuñación niega el carácter de mercancía del dinero, especialmente porque una ‘mercancía’, para cumplir su propósito, es decir, para ser usada y consumida, debe desaparecer del mercado, pero el dinero, como medio de cambio, presta sus servicios permaneciendo en el mercado. Esto es un error, porque la circunstancia de que una mercancía finalmente se llegue a consumir es incierta y, por lo tanto, no es una característica esencial del concepto de mercancía.” (Menger, 1892, p.46 traducción libre. Énfasis mío)

En la teoría de Menger el valor de uso en una mercancía es algo circunstancial o accesorio, y no es lo que la caracteriza. Es decir, el valor de uso no es condición necesaria ni tampoco suficiente para que una mercancía sea una mercancía. Por otro lado, Menger enumera hasta 18 circunstancias, siendo 5 de ellas cualidades de la mercancía, que influyen en la vendibilidad, y sólo la primera circunstancia podría llegar a interpretarse que tiene que ver con su valor de uso no monetario, pero independientemente de la interpretación, Menger en ningún momento afirma que esa tenga que ser una circunstancia necesaria.

Que desde un punto de vista histórico las mercancías tuvieran inicialmente valor de uso, no impide que la creatividad humana, una vez ha observado cuáles son las características de las mercancías más líquidas o que mejor satisfacen los intercambios (duradera, divisible, transportable, elasticidad de la oferta, difícil de falsificar, etc), pueda alumbrar mercancías que sirvan única y exclusivamente para intercambiar. Servirán a este propósito con mayor o menor éxito, eso es irrelevante, pero para que satisfaga la definición de mercancía de Menger es suficiente que alguien invente ese instrumento para el intercambio y pretenda venderlo como tal. Este es el caso del proto-dinero que describe Nick Szabo, la moneda fiat o el caso de Bitcoin.

El caso de Bitcoin es el más ilustrativo, pues ya con el nombre que el inventor otorga al invento ya nos está diciendo su propósito, y sabemos casi con total certeza cuál fue el motivo de Satoshi para intercambiar su esfuerzo, electricidad y la capacidad de proceso de su ordenador para obtener las primeras unidades de Bitcoin. Y ese motivo no fue otro que las propiedades que con sumo cuidado él mismo trató de dotar a Bitcoin para ser una buena mercancía o medio de intercambio, según las propiedades que enumera Menger, y alguna más. A saber: Duradero, transportable, divisible, oferta limitada, fungible, difícil de falsificar, verificable, etc. Estas primeras unidades de Bitcoin fueron obtenidas mediante un intercambio autístico, y, por tanto, se generó un precio sin que esas unidades de Bitcoin hubieran tenido ningún uso no monetario previo. Satoshi atesoró esas primeras unidades porque tenían valor de cambio para él. Es decir, tal cual la definición de mercancía de Menger, recordemos: “Bien de cualquier tipo destinado al intercambio”. Y podemos afirmar que es un bien desde el momento en que Satoshi decide atesorarlos, pues no hay bien económico sin propietario ni propietario sin bien económico (Bondone, 2006, p. 24). Nadie se molesta en poseer cosas inútiles, o útiles que no sean o no se anticipe, vayan a ser escasas.

¿Por qué considero tan relevante el concepto de mercancía que utiliza Menger? Porque para Menger lo relevante de las mercancías es que facilitan el intercambio. De lo que se trata es sí, cualitativamente la cosa facilita el intercambio, y no del valor cuantitativo de la cosa. No es lo mismo una partida de merluzas frescas con valor equivalente a una onza de oro hoy, que una onza de oro. Sus distintas cualidades repercuten en una liquidez o intercambiabilidad distinta, por mucho que su poder adquisitivo a día de hoy sea cuantitativamente el mismo. 

Es crucial tener en cuenta que Menger sostiene que los intercambios generan riqueza para ambas partes, y además es importante destacar que cualquier mercancía puede facilitar el comercio sin necesidad de ser la más líquida. Por tanto, cualquier cosa que facilite el intercambio deriva su valor de la nueva riqueza que generen los intercambios futuros que se estime, dicha cosa vaya a mediar. La mercancía entendida en su significado Mengeriano esencial atendiendo a sus cualidades para facilitar el intercambio (transportable, divisible, etc.), es una herramienta para el intercambio y, por tanto, tiene valor como cualquier otra herramienta.

Pero, ¿cómo se puede saber el precio de esta herramienta si nunca tuvo un precio antes?  Pues igual que para cualquier otra herramienta totalmente nueva, mediante un intercambio autístico como el que describíamos en el caso de Satoshi, o mediante un proceso de subasta o tanteo donde comprador / vendedor manifiestan qué cantidad de otro bien están dispuestos a entregar / recibir a cambio, y donde comprador / vendedor pueden comenzar por ofrecer /  pedir un precio arbitrariamente bajo / alto. Una vez acuerdan un primer precio, ni el propio Mises tendría problema alguno en admitir que esta nueva herramienta para el intercambio pueda valorarse única y exclusivamente por los servicios de intercambio que proporciona, tal y como explica en su libro “Money, Method and the Market Process”, aunque refiriéndose al dinero:

But once an economic good has become money, then the specific demand for money can tie into an already existing exchange relationship between money and goods in the market, even if the demand for the money-good, as motivated by the other use, disappears. 

[..]
All of those who denied the ability of the services of money to determine its exchange value failed to recognize that the only decisive element is demand. The fact that there exists a demand for money — the most marketable (most saleable) good, for which the owners of other goods are prepared to exchange — means that the monetary function is capable of creating value.” (Mises, 1990, Cap. 4)

Mises no pone en duda que la prima de vendibilidad o liquidez existe, hasta el punto de que sostiene que un bien puede ser valioso única y exclusivamente por esa prima de liquidez. ¿Y cuál es la causa de la prima de liquidez? La teoría de la mercancía de Menger nos da la respuesta: Las cualidades de la cosa que contribuyen a su vendibilidad (liquidez).

En definitiva, el teorema regresivo de Mises pretende resolver un problema que no existe, pues la teoría de la mercancía de Menger ya da respuesta a lo que Mises pretende resolver. Pero como Mises claramente no toma en consideración esta teoría, ve un problema donde no lo hay. En un sentido más profundo, Mises no acaba de reconocer la capacidad del ser humano para anticipar la riqueza que generan los intermediarios de los intercambios cuando éstos son objetos cuya única utilidad potencial sea facilitar intercambios.

Bibliografía

Bondone, Carlos (2006), Teoría de la Relatividad Económica. www.carlosbondone.com 

Menger, Carl (2012) [1871] , Principios de Economía Política, Bubok Publishing

Menger, Carl (1892) Geld, Handwörterbuch der Staatswissenschaften.

Mises, Ludwig Von (1997) [1912], La Teoría del Dinero y del Crédito. Unión EditorialMises, Ludwig Von (1990) Money, Method, and the Market Process. www.mises.org

Serie Mises no comprendió a Menger: I, II, III

Gasto público y reformas monetarias en el Imperio romano (III): ss. IV-V d.C.

A inicios del siglo IV, el Imperio romano se había convertido en una realidad económica completamente diferente a lo que había sido a principios del siglo I. El eje principal de su sistema monetario durante los dos primeros siglos, el denarius argenteus, había virtualmente desaparecido desde mediados del siglo III, siendo sustituido a su vez por el argenteus antoninianus o el argenteus aurelianianus, numerales de mayor valor teórico, pero de cada vez menor valor real. Los excesos públicos en el presupuesto civil y militar, los incesantes sobornos y regalos, las reiteradas subidas de impuestos, el incremento de la burocracia estatal y las continuas requisiciones de bienes y metales preciosos habían extenuado la economía romana hasta niveles insospechados. Como broche de oro para esta desastrosa realidad, la inflación había pasado del 0,7% anual de los siglos I y II al 35% anual a finales del siglo III y comienzos del IV, empobreciendo a marchas forzadas a todas las capas sociales del Imperio. Diocleciano quiso poner fin a este descontrol mediante la promulgación del célebre Edictum De Pretiis Rerum Venalium de finales del año 301, en el que se prohibía subir los precios por encima de un determinado nivel bajo pena de muerte a casi 1300 productos y servicios esenciales. En el preámbulo del edicto se culpaba de la inflación a los agentes económicos, tachándoles de especuladores y de ladrones, y se los comparaba con los bárbaros que amenazaban el Imperio. La mayoría de productores e intermediadores, por tanto, optaron o bien por dejar de comercializar los bienes producidos, o bien por venderlos en el mercado negro o, incluso, por utilizar el trueque para las transacciones comerciales. Este debilitamiento de la oferta hizo crecer aún más los precios reales, en una espiral alcista que deterioró aún más el complejo sistema económico romano. Tan sólo 4 años después, en el 305, el propio Diocleciano abdicó en Nicomedia y se retiró a su palacio en Split, abrumado por su fracaso político y económico.

Un año después de la abdicación de Diocleciano, un joven Constantino, hijo del tetrarca Constancio Cloro, fue proclamado emperador por sus tropas en Eburacum, la actual York. Unos seis años después, en el 312, se hizo con el control de Occidente y, después, en el 324, también con el de Oriente, reunificando el Imperio nuevamente bajo su mandato. Considerado como el nuevo Augusto, Constantino llevó a cabo, al igual que el primer emperador, una ambiciosa y profunda reforma del sistema monetario. En el año 310 creó un nuevo solidus, rebajando su peso a 4,5 g. y con un título del 96-99% de oro puro. Esta moneda se convirtió en el nuevo eje de todo el sistema monetario bajoimperial, sustituyendo a los devaluados numerales de plata del pasado. El solidus constantiniano se convirtió en la unidad oficial para precios y cuentas y se establecieron nuevos impuestos exclusivamente en esta moneda. Así, gracias a la confiscación de importantes reservas de oro atesoradas en los templos paganos, que pasaron a estar desprotegidos por el Estado romano, se pudo soportar el valor real de esta nueva moneda, emitida en grandes cantidades, hasta el punto de que sirvió de valor refugio en el Imperio bizantino hasta el siglo XI. Junto al solidus, Constantino también creó, en el año 324, otros dos numerales de oro: el semis, de 2,25 g. y un título del 96-99%, y otra moneda de 1,7 g. y 96-99% de oro puro. El sistema se completaba con tres monedas nuevas más supuestamente de “plata”, el miliarensis pesado (5,45 g.), ligero (4,5 g.) y la siliqua o argenteus (3,4 g.), y con otras dos monedas más de bronce bañadas en plata, el nummus (3,4 g.) y el centenionalis (entre 2,7 y 1,7 g.). No obstante, estos numerales de “plata” y bronce se acuñaron en enormes cantidades y se devaluaron continuamente a lo largo de los años, perjudicando a sus usuarios más habituales, las clases sociales medias y bajas, mientras que las monedas de oro, utilizadas por el Estado romano y las clases sociales más altas, mantuvieron en todo momento su título y su peso originales. De esta manera, Constantino estableció el monometalismo áureo por primera vez en la Historia de Roma.

La muerte de Constantino en el 337 y el posterior reparto del Imperio entre sus hijos Constantino II, Constante y Constancio II no cambió radicalmente el sistema monetario, pero sí hizo que se volviesen a alterar los numerales de “plata” y bronce: a partir del 348 surgió una nueva moneda de 5 g. de bronce y 2,5% de plata, llamada pecunia maiorina por el Código Teodosiano, además de otras dos de 4 y 2,5 g. de bronce y 1 y 0,1% de plata, respectivamente. En el año 355 surgió una nueva moneda de 9 g. de bronce y 2% de plata, llamada por los especialistas AE 1, mientras que la siliqua fue rebajada de peso hasta los 2 g. de “plata”. La última gran reforma monetaria del Imperio fue establecida por Valentiniano I y Valente alrededor del año 368. El oro se afianzó como el eje estable del sistema monetario bajoimperial: tanto el solidus como el semis alcanzaron un título del 99% de oro puro, incorporando, tras la muerte de los dos emperadores, al tremis, de 1,5 g. de oro, una moneda que adquirió gran popularidad y difusión en las décadas posteriores. Esta estabilización de los numerales de oro, de un firme control en el peso y gramaje de los mismos, de diversas reformas contra la corrupción en la burocracia junto a un constante programa de aumento de los impuestos y de retirada del exceso de pasivo aun circulante por el Imperio ayudó notablemente a que la inflación se ralentizase anualmente. Sin embargo, este control de los numerales de oro no se aplicó al resto del sistema en “plata” y bronce. La siliqua, por ejemplo, se rebajó cada vez más, hasta los 1,14 g. de “plata”, y se convirtió en una moneda cada vez más rara de ver, mientras que el recién creado AE 1 perdió prácticamente todo su contenido de metal precioso, abandonándose para siempre la costumbre de bañar en plata las monedas de bronce. Este sistema monetario se mantuvo, sin grandes cambios, hasta la caída del Imperio romano de Occidente en el 476 y hasta las reformas de Anastasio en Oriente en el 498. El monometalismo áureo de Constantino, en cambio, sobrevivió hasta las últimas décadas del siglo VIII, cuando Carlomagno lo sustituyó por un monometalismo argénteo.

Durante los siglos IV y V la economía romana acabó por deteriorarse del todo, llevándose por delante a la sociedad y, en consecuencia, también a las ambiciones de los políticos del momento, convirtiendo al Imperio romano en un proyecto fallido y caduco. El continuo exceso del gasto público entre los siglos I y III obligó a los dirigentes romanos a devaluar la moneda de manera casi continua. Esta devaluación crónica, junto con el descenso de la población y de la actividad económica a lo largo del siglo III, disparó la inflación en todo el Imperio, un fenómeno que los romanos no sabían bien cómo manejar. La merma de poder adquisitivo efectivo de las clases medias y bajas intentó ser moderada por sus dirigentes mediante lesivos controles de precios, como el Edictum De Pretiis Rerum Venalium del 301, que acabaron de retirar la poca oferta de productos que quedaba en el mercado blanco, encareciéndolos en el mercado negro. Resulta verdaderamente chocante constatar como muchos políticos y partidos populistas de todo signo ideológico siguen proponiendo estos mismos “remedios” incluso hoy en día. Al mismo tiempo, los emperadores romanos crearon un rígido sistema de impuestos basados en pagos en especie para garantizar anualmente las entradas del Estado. Estas requisas públicas restringieron la libre oferta de productos en el mercado común y empobrecieron, así, a artesanos y comerciantes por todo el Imperio. Para garantizar estos impuestos, los gobernantes romanos impidieron que los campesinos y profesionales abandonaran sus domicilios y actividades originalmente registrados, creando, así, castas hereditarias de trabajadores e impidiendo que los factores productivos y los capitales transitaran hacia los sectores más necesitados de mano de obra e inversión en capitales.

Para poner fin a la galopante inflación, Constantino estableció un monometalismo áureo mediante el control del peso, las dimensiones y el título de los diferentes numerales de oro. El férreo control de la producción de monedas de oro frenó la escalada de los precios y alivió las tensiones en las cuentas del Estado, del mismo modo que hoy en día algunos países deciden combatir la inflación de sus divisas mediante la dolarización de sus economías, como es el caso reciente de la República Bolivariana de Venezuela. Sin embargo, el resto de numerales de plata y bronce, los más utilizados por las clases medias y bajas, quedaron a merced de una continua y desgastante inflación, provocando la pobreza y la descapitalización continua de las clases más humildes. En consecuencia, se acuñaron numerosas monedas locales, diferentes en cada sitio y todas ellas de baja calidad, a la vez que se veían favorecidos cada vez más los intercambios en especie o el trueque. Todo ello desincentivó el comercio de larga distancia y las producciones industriales de escala, convirtiendo cada vez más las diferentes áreas del Imperio en economías locales de subsistencia. Los habitantes de las ciudades, abrumados por las excesivas cargas fiscales y la falta de trabajo, se fueron trasladando cada vez más al campo, donde la economía se organizaba en lujosas villas rústicas, que se fueron convirtiendo paulatinamente en castillos. En conjunto, los efectos agregados del exceso de gasto público y de la inflación en la economía romana de los siglos I-III provocaron, en última instancia, un debilitamiento estructural sin precedentes de la capacidad económica de la sociedad de los siglos IV y V, que se vio reflejado en la incompetencia de sus gobernantes y élites para mantener el Imperio unido frente a las amenazas externas, que, citando al propio Ludwig von Mises, “no eran en modo alguno superiores a aquellas otras fácilmente vencidas por las legiones imperiales poco antes. Roma era la que había cambiado; su estructura económica y social pertenecía ya al Medioevo”.

Correspondencia entre Miguel Anxo Bastos y Álvaro D. María

El texto reproducido a continuación es fruto de una serie de correos enviados entre los dos entre el 24 y el 27 de agosto de 2018, editado para su mejor comprensión.

Álvaro D. María: La pregunta que le planteé era que cómo conjugaba sus creencias católicas, en concreto el dogma de la Trinidad, con su nominalismo ontológico. El origen de esta pregunta está en la condena por triteísmo a Juan Roscelino de Compiègne, considerado el padre del nominalismo, puesto que si sólo existe lo individual no se puede decir que Dios es uno y trino, sino que estaríamos ante tres dioses. Cuestión, la del dogma de la Trinidad, que también llevó a la confusión a los moros cuando se referían a los católicos como los politeístas.

Pues bien, lo que quería “denunciar” con esta pregunta es un supuesto error a la hora de hablar de la inexistencia “ontológica” del Estado. Esta afirmación sostiene, implícitamente, un error principal a mi juicio, que sería dar el salto del individualismo metodológico al individualismo ontológico. Un error similar a considerar que la duda cartesiana era una duda ontológica, cuando Descartes en ningún momento duda de la existencia, por ejemplo, del mundo que percibe, simplemente hace una ficción metodológica.

Puesto que considero que la afirmación en origen está basada en los planteamientos de Mises, creo que él mismo deja esa cuestión clara en La acción humana, Primera parte, Capítulo II, Epígrafe 4. El principio del individualismo metodológico:

“No menos infundada, por lo que respecta a nuestro tema, es la oposición entre el realismo y el nominalismo, según el significado que a tales vocablos dio la escolástica medieval. Nadie pone en duda que las entidades y agrupaciones sociales que aparecen en el mundo de la acción humana tengan existencia real. Nadie niega que las naciones, los estados, los municipios, los partidos y las comunidades religiosas constituyan realidades de indudable influjo en la evolución humana. El individualismo metodológico, lejos de cuestionar la importancia de tales entes colectivos, entiende que le compete describir y analizar la formación y disolución de los mismos, las mutaciones que experimentan y su mecánica, en fin. Por ello, porque aspira a resolver tales cuestiones de un método satisfactorio, recurre al único método realmente idóneo”. (von Mises, L., La acción humana, tratado de economía, Undécima edición, Unión Editorial, p. 51)

Pues bien, lo que pretendo señalar es que hay una ontología subyacente en su afirmación, que estaría por explicitar, puesto que decir que el Estado no tiene existencia ontológica depende de qué coordenadas ontológicas se den. Por ejemplo, en el materialismo filosófico de Gustavo Bueno no se pondría en cuestión tal existencia ontológica puesto que se consideran tres géneros de materialidad. Y esta ontología subyacente resultaría incompatible con los dogmas católicos, y, además, considero que va contra los principios filosóficos de la Escuela Austríaca por hacer de lo que sólo es un método una ontología.

Aprovechando que me pongo en contacto con usted para aclarar este tema, quisiera plantearle otra cuestión —que me consta que está también en debate por sus tierras— que es el hablar del Estado como lo político. Siguiendo corrientes de “derecha dura”, como Dalmacio Negro, o el tradicionalismo hispano —o incluso Carl Schmitt—, el Estado no es lo político, sino una de las formas de lo político. Si se es antiestatista —como es mi caso— habrá que señalar por qué se está en contra de esa forma política, y no multiplicar los Estados sin necesidad, aunque sea en muchos pequeñitos.

Muchas gracias de antemano por su atención.

Reciba un cordial saludo,

Álvaro D. María

Miguel Anxo Bastos: Estimado Alvaro: en primer muchas gracias por tomarse la molestia de discutir estos puntos. Es así como avanza el conocimiento. No soy filósofo y lo agradezco doblemente pues así me obliga a tener en cuenta estos aspectos. Probablemente mi manejo de los conceptos filosóficos sea muy primitivo y no haya matizado bien los distintos conceptos de ontología. Creo que Mises se contradice pues es también en la acción humana donde dice aquello de que no es el estado el que ejecuta, sino el verdugo, etc. La idea de estado sí que influye en la vida y la evolución humana, pero no es más que una idea al servicio de personas concretas, que son las que tienen existencia, intereses y voluntad. Pero influye a unas personas y no a otras (por ejemplo, a los pigmeos, pueblo sin estado, no), por lo tanto, no deja de ser a mi entender una idea, eso sí muy sofisticada, compartido por muchas personas. Para estas personas es un ente ontológicamente real y como tal opera, pero eso no quiere decir que usted me lo pueda presentar e irnos a cenar con él. Pero el estado no es más que un ente imaginario y si rastrea bien se puede descubrir quienes expresaron y racionalizaron tal contexto. Le adjunto un libro que me ha influido mucho y que igual es de su interés. [Imagining The State, Mark Neocleous]

En cuanto a lo de la Santísima Trinidad, entenderá que es cuestión de fe, y ahí está la gracia del asunto. Si fuese racional sería una evidencia y no tendría mérito, de ahí lo de creo porque es absurdo de Tertuliano.

En cuanto a su afirmación occaniana de no multiplicar los estados sin necesidad supongo que me refería a que la escala de esa organización política importa. Entiendo que la capacidad de hacer daño de una organización de ese tipo es menor cuanto más pequeña (p.e las Alemania del tiempo de Goethe y la de Bismarck no fueron exactamente las mismas en sus consecuencias). Y es cierto que el estado no es la única fuente de violencia.

Espero tener el honor de conocerlo en persona pronto.

Álvaro D. María: Estimado Miguel:

Muchas gracias por su amable respuesta y por el libro que me recomienda.

A mi juicio el Estado no es solamente una idea, también es una forma de organización política. Tampoco le puedo presentar a un campo electromagnético para irnos a cenar con él (no son ni corpóreos), lo que no implica que no existan.

Asimismo, no me parece que Mises se contradiga. Efectivamente, es el verdugo el que ejecuta, y no el Estado. De igual forma, son los futbolistas individuales los que marcan goles, pero reducir los clubs de fútbol a éstos, o negar la existencia de los clubs precisamente como organizaciones, es el salto que considero erróneo, justamente por considerar que se parte de una ontología nominalista que niega la existencia de las relaciones, pues sólo considera como realmente existente lo individual (lo que le comentaba en el anterior correo de un salto de la metodología a la ontología). Así, desde su punto de vista, habría que cargar contra las “sociedades” de responsabilidad limitada, puesto que serían una coartada por parte de los empresarios individuales para evadir ciertas responsabilidades.

Pero es que las morfologías también son operatorias, por supuesto, vinculadas a elementos físicos. Un paraguas sólo cumple su función con una determinada forma, si la manera de componer sus elementos dejase espacios entre las partes dejaría de cumplir su función y, por tanto, de ser un paraguas. Es más, la forma está tan presente a la hora de actuar que al hablar de individuos no decimos que el individuo es meramente una idea que carece de existencia real porque sólo existen órganos y tejidos conectados, y a su vez que éstos son ficciones porque sólo existen células, que a su vez sólo son ficciones… así hasta qué se yo. Precisamente, es por la incapacidad de dar cuenta de las funciones que cumplen los individuos a partir de los elementos que la componen por lo que se consideran como existentes.

Respecto a la cuestión del tamaño en las organizaciones políticas creo que parte usted directamente de considerar que son organizaciones para “hacer daño”. Yo prefiero a los EEUU antes que a Venezuela, y el tamaño ahí no es el problema. Es más, sabiendo que el poder está en el fusil, despedazar una potencia militar como EEUU en fragmentos chiquititos dejaría vía libre a otras potencias. Que sea capitalista y respete las tradiciones/instituciones (jurídicas, culturales, etc.) reducirá más la violencia que el tamaño, pienso yo. Pero tampoco considero que la violencia sea mala en todo caso, precisamente porque puede ser la salvaguarda de ambas (sin ser necesariamente estatal).

Muchas gracias de nuevo por su atención y un placer hablar con usted.

Espero poder ir a las Xuntanzas y conocerle, el honor sería mío.

Un abrazo

Miguel Anxo Bastos: Muy interesante debate señor D. María. Razona usted muy bien.

No niego la importancia de las relaciones, sólo digo que estas tienen que ser interiorizadas (por experiencia, educación aprendizaje…) por los individuos. Un pigmeo no entendería el significado del fútbol, como nosotros el de sus ritos ni le daría la misma importancia. Claro que estamos aculturados y compartimos valores. Uno de ellos es el de la pertenencia a un estado, pero si dejamos de creer en él desparece. Igual que antes existía el oráculo de Delfos, o el culto a Moloch (con sus cuerpos sacerdotales). Dejamos de creer en ellos y se desintegraron. Las personas que componen el estado también creen en él, pero se coordinan por valores, ritos o por intereses monetarios. En cuanto aparece una organización nueva en la que creer la vieja desaparece. Desaparecieron muchos estados en Europa e incluso hubo históricamente procesos de reversión del estado a la anarquía, y por siglos.

Es interesante lo de las sociedades limitadas (Neocleous les dedica un capítulo en el libro que le di). El estado se configuró históricamente como una corporación, para pretender ser inmortal y diferenciarse, al menos como ficción jurídica, de las personas que lo componen. Y después intentó moldear parte de la sociedad civil a su imagen y semejanza. Las sociedades anónimas o limitadas son creaciones jurídicas del estado, y cuando aparecieron fueron resistidas, hasta que se impusieron.

Estaría por ver si es más fácil derrotar a los estados unidos o fragmentados en partes. Keeley en War before Civilization explica que los pueblos anárquicos son más difíciles de conquistar que los árquicos, como probaría el caso de incas y aztecas (conquistados en semanas) o los apaches que no sólo no fueron conquistados por los españoles sino que llegaron a ganar terreno. ¿Si Hernán Cortés en vez de luchar con un imperio luchase contra 400 miniestados, ¿le sería más fácil o más difícil, que cree usted?

Ya tengo ganas de conocerlo. A ver si puede venir. Un abrazo y gracias

Álvaro D. María: Estimado Miguel:

Tengo que empezar dándole la razón, las relaciones tienen que ser “interiorizadas”. Sin embargo, es precisamente eso lo que hace que no sean meramente subjetivas, y si es necesario se “interiorizan” a base de porrazos. Si desaparecen las formas políticas no es porque se deje de creer (al modo en que se podría dejar de creer en un dios antiguo) en ellas, sino porque son destruidas o transformadas (insisto en limitar el término Estado a una forma de lo político concreta). ¿Acaso a fuerza de dejar de creer los venezolanos en el Estado desaparecerá éste? ¿Es el Estado una ilusión o son las relaciones que lo componen tan objetivas como pueden serlo las relaciones materno-filiales?

En cuanto a la cuestión militar, plantea usted, como posible tesis, que “los pueblos anárquicos son más difíciles de conquistar que los árquicos”, cuestión sobre la que carezco de conocimientos históricos y militares como para poder emitir un juicio. No obstante, lo que yo planteaba no era qué clase de pueblos son más difíciles de conquistar, sino que son los imperios los que imponen su orden y conquistan, y que renunciar a ser uno supone, ya de partida, adoptar una posición sobre “cómo es mejor defenderse”: “Imperium, quod inane est, nec datur umquam” (pretender el mando, que no es nada, sin conseguirlo nunca) Lucrecio, De rerum natura, III, 998). Si el comunismo ha sido desterrado, prácticamente, del mapa político no ha sido gracias a Luxemburgo o Liechtenstein, o a dejar de creer en él. Ha sido el imperialismo de EEUU el que lo ha puesto contra las cuerdas.

Estado e Imperio son categorías políticas, a mi juicio, distintas. El Imperio español carecía de Estado porque no había decisiones soberanas, jurídico-políticas, (la idea de soberanía es ajena a la hispanidad, como decía el propio Gaspar de Añastro Isunza al traducir Los seis libros de la República de Bodino) por parte de la monarquía, entre otras cosas. El propio Dalmacio Negro, en su Historia de las formas del Estado contrapone a las formas estatales la Monarquía Hispánica, los Gobiernos de Rule of Law y La República Federal Norteamericana. Si mal no recuerdo, d’Ors tiene un artículo, o algo parecido, sobre el no-estatismo de Roma. Sobre la idea de Imperio el mismo Dalmacio y Gustavo Bueno tienen aportaciones interesantes.

Interesantísimo debate. Espero que nos veamos en octubre y continuemos estos debates con una buena mesa.

Un abrazo,

Álvaro

El lenguaje económico (XV): Empleo y desempleo

Las cuestiones laborales son del máximo interés político, social, periodístico y económico. Empleo y desempleo son objeto de debate y argumentación. Hoy analizaremos las expresiones más comunes relativas al mercado laboral.

Lo primero que debemos señalar es que el desempleo es un fenómeno institucional, es decir, provocado por la legislación estatal. «En una economía de mercado no interferida el paro es siempre voluntario» (Mises, 2011: 709). O como dice Huerta de Soto (2004: 185): «La causa única y directa del desempleo es la inexistencia de unos mercados laborales flexibles y el hecho de que los salarios son demasiado altos».

Conquistas laborales

Es extendida la creencia de que la regulación laboral —salario mínimo, jornada máxima, días libres, vacaciones, permiso de maternidad y paternidad, subsidio de desempleo, contratación forzosa de discapacitados, prohibición del trabajo infantil, etc.— son «conquistas» realizadas por la lucha sindical y los políticos con «sensibilidad social». Sin embargo, todo privilegio laboral u otra forma de forma de servidumbre empresarial impuesta por la legislación recaerá forzosamente en el trabajador mediante una reducción de su salario. Ha sido la mayor productividad del capitalismo (no los mandatos gubernamentales) la causante de todas esas «conquistas».

Desempleo forzoso

Sucede cuando la legislación prohíbe, restringe o impone servidumbres a los agentes. Cuando el gobierno fija topes máximos al trabajo (jornada, días libres, vacaciones), prohíbe trabajar a los menores o mayores de cierta edad o cuando fija un salario mínimo; está causando descanso o paro forzoso. Esta intervención produce una dupla maligna: por un lado, reduce la oferta de trabajo por parte de los empresarios; por otra (subsidios), reduce la demanda por parte de los trabajadores.

Empleo estable y de calidad

Este es el eslogan favorito de sindicalistas, políticos y demagogos. La vida, en general, y el mercado, en particular, no proporcionan esa quietud, estabilidad y seguridad que todas las utopías anhelan. Actualmente, este empleo ideal (platónico, socialista) lo encontramos en la función pública, pero el Estado sólo puede garantizar a las masas estabilidad en la pobreza. Una mayor calidad en el empleo, especialmente en aquellos oficios más penosos, solo puede darse en una economía capitalista, innovadora, dinámica y competitiva. Por otro lado, en el mercado de bienes de consumo o de factores de producción todas las calidades son bienvenidas.

Empleo garantizado o indefinido

Otra falsa creencia es pensar que un contrato laboral indefinido proporciona seguridad de por vida. De vez en cuando, las quiebras empresariales nos recuerdan que el mercado no puede garantizarnos una completa seguridad. Ni siquiera los funcionarios están a salvo cuando el gobierno destruye el orden social mediante el socialismo, el intervencionismo o la inflación.

Empleo precario

Se dice que un empleo es precario por diversas razones: A) Salarial. Tener un salario precario equivale a decir: «desearía cobrar más». El salario (como cualquier otro precio) se fija por la oferta y demanda de trabajo. El salario depende de la productividad —contribución del empleado al ingreso monetario de la empresa—. Tanto el empresario como el empleado hacen sus propias estimaciones al respecto. Estar «mal pagado» es una apreciación subjetiva: si fuera acertada, el empleado no debe tener problemas para encontrar un empleo mejor remunerado. Esto es así porque los empresarios compiten entre sí por los trabajadores. En caso contrario, cabe suponer que el trabajador se equivoca respecto de su valía o que se conforma con lo presente. Otra razón distinta para afirmar que un salario es precario es porque no cubre adecuadamente las necesidades del empleado. Esta cuestión no es económica, sino ética, moral o política. B) Intermitencia. Encadenar contratos breves o sin estabilidad temporal es otra seña de la precariedad laboral. Sin embargo, la intermitencia de la producción es inerradicable en ciertos sectores: agricultura, pesca, turismo, servicios domésticos, etc. C) Peligrosidad y/o penosidad. Algunos trabajos se realizan en condiciones adversas, siendo la tecnología y las medidas de prevención las que mitigan este factor.

Empleo sumergido, oculto o irregular

Al igual que el desempleo forzoso, es causado por la legislación laboral. Según el análisis económico del derecho, cuando cumplir la ley es más costoso que desobedecerla las personas se desplazan desde la legalidad a la costumbre, informalidad o economía sumergida (Ghersi, 2005). El empleo sumergido es la reacción del mercado frente al intervencionismo y «pone de manifiesto hasta qué punto la coacción institucional está a la larga condenada al fracaso por ir en contra de la más íntima esencia del humano actuar» (Huerta de Soto, 2010: 123). Si el gobierno desea emerger el empleo, en lugar de demonizar el trabajo informal, debería desregular el mercado laboral.

Fomentar el empleo

No está en manos del gobierno hacer que el empleo crezca porque estamos ante un fenómeno mercantil. Cuando el gobierno «crea» empleo en un sitio (previo cobro de impuestos) lo destruye necesariamente en otro. A medida que aumenta el número de funcionarios o de empresas públicas disminuye el número de productores privados. El resultado neto del «fomento» (gubernamental) del empleo es necesariamente negativo. Solo es posible mejorar la situación abrazando una economía laissez faire.

Igual trabajo, igual salario

Esta es una de las falacias más perversas del igualitarismo. El error está en la premisa «igual trabajo». Ya vimos antes que el salario depende de la productividad y no hay en el mundo dos personas que sean igual de productivas. Ni siquiera un mismo individuo tiene el mismo rendimiento a lo largo del tiempo. Paradójicamente, lo genuinamente justo es la desigualdad salarial, tal y como ocurre en el deporte profesional: cada jugador de un equipo percibe un específico salario —ficha— que ha sido fruto de una negociación individualizada. Es cierto que todos los jugadores realizan el «mismo trabajo», pero no pueden cobrar lo mismo porque todos contribuyen desigualmente al ingreso económico del club. Las mujeres deportistas cobran menos que los varones por idéntico motivo: su productividad es menor porque atraen menos público. En definitiva, la discriminación salarial no solo es impecable desde una óptica económica (sistema de precios), sino también justa porque da a cada uno lo suyo.

Proteger el empleo

La quiebra de empresas y su corolario, el desempleo temporal, es una circunstancia propia mercado. Proteger el empleo es una expresión confusa porque una empresa en crisis no está siendo agredida por nadie; es posible que esté mal gestionada o que no haya sabido adaptarse a los cambiantes gustos de los consumidores. No es lícito, por tanto, impedir la quiebra de bancos, astilleros, siderurgias o incluso de pequeños negocios apelando a una falaz «protección» del empleo. Cuando el gobierno acude, cual héroe, al «rescate» está agrediendo a otros negocios y al conjunto de los consumidores.

Racionalizar el horario laboral

Hay quienes opinan que el horario laboral es «irracional». En 2016, la ministra Fátima Báñez tuvo una ocurrencia: pretender, con carácter general, la finalización de la jornada laboral a las 18:00. La organización de la producción (incluido el horario laboral) no es un capricho del empresario, sino la mejor expresión de su racionalidad económica, guiada por el cálculo de beneficios y pérdidas. Son los hábitos del consumidor lo que establece indirectamente el horario laboral. Es cierto que el pequeño comercio, por ejemplo, tiene jornada partida y que los empleados «preferirían» la jornada continua, pero eso no significa que su horario sea irracional. Los ingenieros sociales, en lugar de coaccionar a los empresarios con normas jacobinas, deberían persuadir a los consumidores para que se abstuvieran de dormir la siesta o ver telenovelas después de almorzar. ¿A quién se le ocurre ir de tiendas o al gimnasio después de las 6 de la tarde? Ironías aparte, interferir la libertad comercial es un error y un horror: se reduce la producción, la tasa de capitalización, los salarios y el empleo; pero sobre todo es inmoral pretender regular la vida de los demás.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XIV) Nacionalismo

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Ghersi, E. (2005). «El carácter competitivo de las fuentes del Derecho» [Video file]. Recuperado de https://www. tube.com/watch?v=w034GEg8awc

Huerta de Soto, J. (2004). Estudios de Economía Política. Madrid: Unión Editorial.

Huerta de Soto, J. (2010). Socialismo, cálculo económico y función empresarial. Madrid: Unión Editorial.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico

Todo sistema económico tiene que resolver dos problemas: qué es lo que la gente desea y cuál es la mejor manera de producirlo. Para dar respuesta a estas cuestiones se debe recurrir al proceso de cálculo monetario, que consiste en calcular los ingresos y las pérdidas pasadas y esperadas. Aunque pudiéramos saber qué es lo que la gente quiere, eso solo resuelve parte del problema; nos quedaría saber cómo producirlo.

El hecho de que los bienes de capital—aquellos empleados en la producción de bienes de consumo—sean heterogéneos hace que según su combinación se puedan producir distintos bienes de consumo. Los mismos inputs pueden generar outputs distintos, y un output puede producirse con inputs diferentes, es decir, una combinación de madera, clavos, martillo y barniz puede fabricar una mesa o una silla y una silla puede producirse con madera, clavos, martillo y barniz o con acero, una sierra y un soldador. La esencia de la economía, pues, va más allá de conocer las preferencias de los consumidores porque éstas pueden satisfacerse de distintos modos.

Que el capital sea heterogéneo nos explica por qué hemos de decidir qué tenemos que producir y cómo ya que hay muchas cosas posibles para producir de muchas posibles maneras. Que las economías avanzadas se basen en una división del trabajo y de la información cada vez más profunda, nos plantea el problema de decidir el quién producirá qué y cómo. Si lo que queremos es un sistema económico que sea eficiente, tenemos que ver cuál es el que mejor resuelve ese problema, incluso cuando sepamos qué es lo que la gente quiere. Para eso se requiere comparar procesos de producción alternativo mediante el cálculo económico.

Karl Marx defiende que la anarquía de la producción propia del capitalismo en la que cada agente produce lo que considera como lo considera es un sistema poco eficiente, al incentivar la competencia entre proyectos y al frustrar unos planes por el éxito de otros. A diferencia de lo que se ha creído después, sí que dejó unos pequeños esbozos sobre cómo funcionaria el socialismo, siendo este el primer planteamiento formal de cómo se lograría esto como se puede observar en Marx (1891[1996]). Marx criticaba el sistema capitalista porque había un elemento de orden y otro de caos. Este elemento caótico se debe a que al competir los productores entre ellos algunos recursos sean desperdiciados porque estos solo se den cuenta de sus errores cuando es demasiado tarde, ya han hecho sus inversiones y están sufriendo por minimizar sus pérdidas. Marx (1867[1976], 667) afirmaba que:

“El modo de producción capitalista, aunque impone la economía en de cada empresa individual, también engendra, por su sistema anárquico de competencia, el despilfarro más escandaloso de la fuerza de trabajo y de los medios sociales de producción; por no hablar de la creación de un gran número de funciones actualmente indispensables, pero en pero en sí mismas superfluas”.

El capitalismo, según Marx, no permite que toda la producción social sea racionalmente planeada con antelación porque el capitalismo incluye diseños simultáneos de planes conflictivos de productores distintos. El resultado de este choque anárquico de muchos planes intencionales es un modo de producción social que produce conflicto y despilfarro de recursos. Por tanto, para Marx la idea de la planificación central requiere la unificación de planes sociales en uno único y consistente, una estructura compleja y coherente preparada por las mentes de los arquitectos socialistas antes de ser implementada. Para Marx el socialismo reemplaza estos productores capitalistas con una voluntad única y común de todos los productores. En el capitalismo hay una lucha constante entre los productores por beneficios. Estas relaciones antagonistas eran un desperdicio para la sociedad.

Marx creía que permitir que los propietarios privados de los medios de producción experimenten con alternativas y descubran sólo a posteriori cuáles son las mejores como hace el capitalismo era un despilfarro y que esta mecánica podía mejorarse decidiendo colectivamente antes del acto lo que debía producirse y cómo, y luego simplemente ejecutando ese plan, incluyendo quién debía recibir qué bienes al final. El socialismo, según este, sería más racional y eficiente, además de más justo.

En 1920 Ludwig von Mises publica “El cálculo económico en la comunidad socialista”, artículo en el cual critica la viabilidad de una economía socialista argumentando que, si todos los medios de producción son de propiedad estatal, esa viabilidad es imposible. El motivo es que no hay forma de realizar un cálculo económico objetivo y, por tanto, de asignar los recursos a sus usos más productivos. Mises defendía que reemplazando la propiedad privada por propiedad estatal se elimina el único mecanismo para distinguir entre los planes económicamente viables y los derrochadores, aunque se asumiese información perfecta. Esto es así, aunque se asumiese que no se cumple el dicho soviético de “ellos hacían como que nos pagaban y nosotros hacíamos como que trabajamos” y los trabajadores producirán bajo su máxima eficiencia; aunque se asumiese que Friedrich Hayek estaba equivocado cuando decía que los peores llegaban al poder; y aunque se asumiese que Lord Acton también lo estaba cuando decía que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente” y que el planificador central no terminaría corrompiéndose.

El argumento podemos presentarlo en forma de lo que llamo el silogismo miseano del cálculo económico, que afirma que sin propiedad privada de los medios de producción no se realizarán intercambios voluntarios de estos entre agentes y, por tanto, no se formará un mercado de estos. En segundo lugar, sin un mercado no podrán surgir precios que reflejen la escasez relativa de los bienes de capital. Y, por último, sin precios que reflejen la escasez relativa de los medios de producción, el planificador no podrá distribuir los recursos escasos entre los distintos fines. Por lo tanto, en un sistema socialista el cálculo económico racional es imposible.

Por otro lado, un sistema capitalista sí que permite un cálculo económico racional. En primer lugar, en el capitalismo se puede calcular en términos de precios que hacen posible hacer los cálculos según la valoración de todos los participantes en el intercambio. Como los precios reflejan las actividades económicas de todos los participantes, podemos saber si el gasto de dinero de un agente ha sido beneficioso y si la señal de beneficios y pérdidas que emite guía los recursos hacia usos mejor valorados. Un emprendedor que descubre un mejor uso de un recurso que sus rivales tenderá a desplazar recursos hacia usos más valorados. Los beneficios se logran dándose cuenta de lagunas en el sistema de preciso y tendiendo a eliminar estas lagunas con tu actividad empresarial. Aunque las estimaciones futuras de beneficios no garanticen el uso social óptimo de los recursos, esta al menos permite eliminar de la consideración las innumerables posibilidades de procesos tecnológicamente posibles, pero no económicamente rentables. Y, por último, este sistema permite reducir evaluaciones de producción a un común denominador, el dinero. El marxismo rechaza el uso del dinero, por lo que no habría una unidad de cuenta común requerida para los cálculos cuantitativos que requiere la coordinación descentralizada.

Mises inició uno de los debates más importantes del siglo pasado, que continúa hasta nuestros días. Los socialistas del momento tuvieron que modificar sus argumentos para poder contestar al economista austríaco. Los autores principales del lado socialista fueron Oscar Lange (1964), Abba Lerner (1934, 1936, 1944), Henry D. Dickinson (1933), Fred M. Taylor (1964) y Evan Frank Durbin (1936).

Los dos primeros son los principales desarrolladores del llamado socialismo de mercado. Estos concedieron a Mises, aunque fuese implícitamente, la crítica de que los precios eran esenciales para el cálculo racional de una economía por lo que idearon un sistema de planificación central con precios. Estos autores proponen un órgano de planificación central que se ocupase de seguir unas reglas como que tienen que poner los precios al coste marginal y producir bajo los costes medios mínimos. Para Mises y Hayek esto suponía aceptar haber perdido el debate por aceptar la importancia del mercado y un sistema de precios para coordinar la actividad económica y reflejaba la confusión causada por la preocupación entre economistas por estados de equilibrio en vez de por procesos de intercambio y producción que causa la coordinación de la actividad económica.

Varios socialistas de mercado, entre ellos Lange, proponían que la junta central de planificación estipulase un precio—algunos mantenían que el mismo que durante la producción capitalista ya que creían que esta se encontraba bajo una situación de equilibrio general (que, de ser así, ¿qué necesidad había de cambiar de sistema a uno más eficiente si en un equilibrio general ningún factor se puede mejorar?)—y posteriormente, mediante un método de ensayo y error, este precio podía modificarse para determinar la asignación óptima de los bienes de capital. Otros socialistas como Taylor (1964) y Dickinson (1933) proponían hacer estas modificaciones mediante fórmulas matemáticas que podían ir resolviéndose. Resulta curioso ver que, para poder funcionar, el socialismo tiene que asemejarse cada vez más al capitalismo e intentar adoptar algún mecanismo de competencia entre planes de producción, aunque diste mucho del ideal libre mercado.

Hayek continúa con la tarea miseana de demostrar el problema del cálculo económico en un sistema socialista (1948). Para ello, critica los posicionamientos de Lange y Lerner sobre el socialismo de mercado. Al igual que la crítica de Mises se centra en el socialismo puro que plantea Marx, la de Hayek lo hace en la versión adulterada de Lange. Lionel Robbins (1934, 150–54) también realiza una crítica del socialismo de mercado similar a la de Hayek, sólo que al no ser considerado este austríaco y al haber rechazado a la escuela austríaca en sus años más avanzados de carrera, no se ha generado una controversia sobre si sus argumentos son compatibles con los de Mises. Con respecto a Hayek, sí.

Joseph Salerno (1990), Hans-Hermann Hoppe (1996), Murray Rothbard (1991) y Jeffrey Herbener (1991), entre otros, critican los argumentos de Hayek respecto al debate del cálculo económico, por ser erróneos o por ser innecesarios al estar ya incluidos en los de Mises. El austrianismo de Hayek también es un tema debatido. Pero tanto si se le puede considerar como un economista austríaco, a pesar de no serlo (Blasco 2020), como si no, sólo explicaría por qué otros autores austríacos se han centrado en criticarle. Y aunque sus argumentos sí sean austríacos, eso sólo nos diría que Hayek, un economista o no austríaco, usa argumentos austríacos para criticar el socialismo, elemento el cual no es condición suficiente para ser considerado austríaco.

La crítica que se le hace a Hayek en este tema proviene de que Hayek plantea que el socialismo no es imposible de que funcione, sino altamente difícil. Hayek habla de la gran dificultad de obtener, procesar y transformar la información requerida en la creación de los precios por parte de un órgano de planificación central, por lo que concede a los socialistas de mercado que el socialismo no es imposible, o al menos según sus críticos. Pero esto no es del todo cierto. Hayek sí que critica a Mises por haber “utilizado ocasionalmente la afirmación un tanto imprecisa de que el socialismo era ‘imposible’, cuando lo que quería decir era que el socialismo hacía imposible el cálculo racional”. Porque “por supuesto, cualquier curso de acción propuesto es posible en el sentido estricto de la palabra, es decir, puede intentarse” (Hayek 1948, 145–46). Por lo tanto, vemos de sus propias palabras decir a efectos prácticos lo mismo que decía Mises cuando afirmaba que el socialismo era imposible: que el cálculo racional en este sistema lo es.

Hayek aceptaba los argumentos de Mises. El malentendido respecto a sus propios argumentos reside en ver qué contestaba cada uno. Mises (1920[1990], 21) decía que aún con información perfecta, una economía socialista sería imposible producir de una manera eficiente por la ausencia de precios. Los socialistas que le respondieron malinterpretaron el argumento de Mises, al no entender que la imposibilidad del cálculo racional que describía Mises se daba aún si hubiese información perfecta (Lavoie 1985[2015]). Por tanto, fueron varios los socialistas los que pretendieron darle una respuesta al problema planteado por Mises elaborando métodos como la respuesta matemática o la de prueba y error para alcanzar esta información perfecta de las demandas de los consumidores y poder saber así qué producir. Aquí es donde se encuadra la crítica de Hayek.

Este les responde explicando por qué esta información nunca sería perfecta. Es decir, Mises por un lado asume que ni con información perfecta el socialismo podría producir más eficientemente que el socialismo, a lo que Lange y otros le responden con formas de alcanzar un estado de información perfecta para así poder llevar a cabo el cálculo económico. Hayek intenta demostrarles por qué un órgano de planificación central no podría calcular de manera racional ni aún asumiendo información perfecta, como pretendían los socialistas a los que contestaba. Un órgano de planificación central nunca podría hacerse con la información tácita, subjetiva y dinámica que reside en las mentes de los productores y consumidores y procesarla para lograr unos objetivos de producción superiores a los del capitalismo. Hayek asume que Mises tiene razón y que el cálculo racional no sería imposible sin propiedad privada de los bienes de producción ni aún si el órgano de planificación central tuviese toda la información correcta, pero para dar respuesta a los críticos del momento baja al barro y explica por qué esa información nunca puede llegar a ser perfecta.

Hayek critica que se presuma la información como dada y que un órgano de planificación central solo necesitaría instrucciones. Esta información necesita ser generada y para eso se necesita competencia. Tiene que ser real, no puede ser ficticia en un marco donde la gente no puede quebrar realmente ni beneficiarse si triunfan. Los datos para hacer cálculos económicos sobre las propias preferencias de los consumidores y, por extensión, sobre las preferencias de los productores, residen en la mente de todo el mundo, una pequeña parte en cada una. Esta es una información dispersa. Cada persona tiene un orden con los bienes de consumo que puede desear en distintos grados en distintas circunstancias, según surjan distintas necesidades y oportunidades. Según las circunstancias, un bien de consumo puede encabezar nuestra lista y actuamos para adquirirlo. Cuando lo hacemos, surgen los precios. Pero esto son información histórica. Transmiten información valiosa a los empresarios, pero esta es imperfecta, por lo que cada empresario actúa según la misma asumiendo un riesgo.

No obstante, aunque no se le puedan achacar errores teóricos o cesión a Hayek, sí que se le puede criticar por errores estratégicos. Hayek podría haber pensado que se iba a malinterpretar su crítica y que los socialistas la retorcerían para hacer parecer que estaba reconociendo que ciertos postulados de Mises estaban incorrectos y que el socialismo no era imposible sino enormemente difícil. Quizá Hayek tendría que haberse mantenido firme en la postura miseana y no haber entrado a explicar por qué el órgano de planificación central no puede poseer información perfecta sino repetido que aun así el socialismo sería imposible.

Referencias

Blasco, Eduardo. 2020. “Friedrich Hayek Era Un Economista Austríaco En Tanto Que Nació En Viena.” Instituto Juan de Mariana, 2020. https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/friedrich-hayek-era-un-economista-austriaco-en-tanto-que-nacio-en-viena/.

Dickinson, Henry D. 1933. “Price Formation in a Socialist Community.” Economic Journal 43: 237–50.

Durbin, Evan Frank Mottram. 1936. “Ecollomic Calculus in a Planned Economy.” The Economic Journal 46 (184): 676–90.

Hayek, Friedrich A. 1948. Individualism and Economic Order. Chicago, Estados Unidos: The University of Chicago Press.

Herbener, Jeffrey M. 1991. “Ludwig von Mises and the Austrian School of Economics.” Review of Austrian Economics 5 (2): 33–50.

Hoppe, Hans-Hermann. 1996. “Socialism: A Property or Knowledge Problem?” Review of Austrian Economics 9 (1): 143–49.

Lange, Oskar. 1964. “On the Economic Theory of Socialism.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 55–143. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

Lavoie, Don. 1985[2015]. Rivalry and Central Planning. Arlington, Estados Unidos: Mercatus Center.

Lerner, Abba P. 1934. “Economic Theory and Socialist Economy.” Review of Economic Studies 2: 51–61.

———. 1936. “A Note on Socialist Economics.” Review of Economic Studies 4: 72–76.

———. 1944. The Economics of Control: Principles of Welfare Economics. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan Publishers Limited.

Marx, Karl. 1867[1976]. Capital: A Critique of Political Economy, Volume 1. Londres, Reino Unido: Penguin Books.

———. 1891[1996]. “Critique of the Gotha Programme”. En Marx: Later Political Writings de T. Carver (ed.). 208-226.

Mises, Ludwig von. 1920[1990]. Economic Calculation in the Socialist Commonwealth. Auburn, United States: Ludwig von Mises Institute.

Robbins, Lionel. 1934. The Great Depression. Nueva York, Estados Unidos: Macmillan and Co.

Rothbard, Murray N. 1991. “The End of Socialism and the Calculation Debate Revisited.” Review of Austrian Economics 5 (2): 51–76.

Salerno, Joseph T. 1920[1990]. “Postcript.” En Economic Calculation in the Socialist Commonwealth de Ludwig von Mises, 49–60. Auburn, Estados Unidos: The Ludwig von Mises Institute.

Taylor, Fred M. 1964. “The Guidance of Production in a Socialist State.” In On the Economic Theory of Socialism, edited by Benjamin E Lippincott, 41–54. Nueva York, Estados Unidos: McGraw-Hill.

El lenguaje económico (XIV): Nacionalismo

Por nacionalismo entendemos el «sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia» (R.A.E.). Cree el nacionalista que su nación es «mejor» que las demás o que sus naturales están dotados de rasgos y virtudes «superiores» a las del resto de la humanidad. Frases predilectas del nacionalista son: «nuestra tierra», «nuestra gente», «lo nuestro», etc.

La teoría del Estado considera que el interés del individuo debe subordinarse al interés general, sea lo que esto signifique: nación, pueblo, sociedad, etc. La Constitución española (art. 128.1) corrobora esta jerarquía: «Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general». Para el nacionalismo, el individuo es un instrumento al servicio de fines colectivos dictados por la «superioridad». El nacionalismo se manifiesta en muchos ámbitos —político, jurídico, bélico, demográfico, religioso, etc.—, siendo el económico uno de gran importancia. Según Mises (2011: 891): «el nacionalismo económico es el obliga­do corolario de esa política intervencionista, tan popular, que asegura estar incrementando el bienestar de la clase trabajadora, cuando real­mente lo que hace es dañarla gravemente». La política mercantilista, los obstáculos a la libertad comercial y, finalmente, la autarquía, reduce el nivel de vida de la población. Para justificar sus medidas liberticidas el jerarca nacionalista habitualmente busca uno o varios chivos expiatorios.1 Todo lo «extranjero» es visto como enemigo: a) Los inmigrantes quitan el trabajo a «nuestra» gente. b) Los productos foráneos nos «invaden». Pero tampoco faltan «enemigos» internos; por ejemplo, durante la Revolución francesa se culpó del elevado precio del pan a la avaricia de los panaderos y a los acaparadores y especuladores (Schama, 2019).

Nacionalización de empresas

Un gobierno nacionaliza activos o industrias cuando las expropia a sus legítimos dueños. Los gobiernos podrían acudir al mercado y realizar estas adquisiciones de forma contractual y consentida, pero prefieren actuar violentamente: ¿por qué negociar pudiendo imponer?, ¿por qué pagar un precio de mercado pudiendo fijarlo unilateralmente o incluso no pagar nada? Si la empresa está saneada, la nacionalización es un robo al propietario; y si está quebrada (rescate), un robo al contribuyente. Los motivos para nacionalizar son espurios: «interés general», «seguridad nacional», sectores «estratégicos» etc. La nacionalización puede ser extensiva, tras la irrupción de un régimen autoritario; o limitada, tras una crisis o emergencia nacional. En este último caso, se culpa a las empresas de una situación (altos precios) y el gobierno nacionaliza para «proteger» de los consumidores. Toda nacionalización es una sustitución del capitalismo por un régimen socialista.

Fuga de cerebros y talentos

En el término «fuga» hay implícito un juicio de valor: «algo va mal». Por ejemplo, en la técnica decimos que hay una «fuga» cuando un líquido o gas se escapa de un circuito; en el ámbito social, decimos que alguien —presidiario, interno— se «fuga» cuando abandona ilegalmente un establecimiento. Resulta, por tanto, engañoso llamar «fuga» a la legítima movilidad de trabajadores, empresas y capitales. En particular, la expresión «fuga de cerebros»2 es referida a la emigración de ciertos trabajadores cualificados —investigadores, técnicos— que buscan mejorar su situación. Quienes llaman «fuga» a la movilidad de los factores de producción piensan que tienen un derecho sobre la vida y la propiedad ajena. Estas invectivas se extienden a otros profesionales —deportistas, youtubers— que buscan acomodo en otros territorios huyendo del expolio fiscal.

La retórica de los nacionalistas económicos es maniquea: el inmigrante es visto como una amenaza y el emigrante como traidor o desagradecido. Más que les pese, los «fugados» no son propiedad de un ser hipostático llamado Estado. Los emigrantes se desplazan buscando mejores salarios y oportunidades; por ejemplo, las enfermeras portuguesas vienen a trabajar a España y las españolas van a Reino Unido. Nada hay de malo en ello.

Fuga de empresas y capitales

Decir que los capitales y las empresas se «fugan» es confuso. Los inversores trasladan el capital de un país a otro buscando mejores rentabilidades. Sin embargo, no es igual de fácil trasladar dinero, bienes muebles o instalaciones fijas. Por ejemplo, cuando alguien vende una fábrica —desinvierte— siempre hay alguien que la compra —invierte—; el primero «sale» y el segundo «entra». La fábrica sigue en su sitio, no se ha fugado. Durante la crisis secesionista de Cataluña, en la década pasada, se asustaba a la población diciendo que miles de empresas «huían» de Cataluña cuando sólo cambiaban su sede social (buscando mayor seguridad jurídica). Los centros de producción, en su mayoría, no se movieron de su sitio.

Los depósitos tampoco se «fugan». Si no hay cambio de divisa, asistimos a un traspaso de fondos de una entidad bancaria a otra. Pero si el dinero saliera, por ejemplo, de España a EE.UU., volvemos al supuesto anterior: si uno vende euros contra dólares es porque otro hace lo contrario. Las divisas no se fugan, ni se evaporan, tan solo cambian de dueño, apreciándose o depreciándose relativamente entre ellas. Que estén físicamente en un país u otro importa, pero sólo cuando hay amenaza de expropiación o embargo.

¿«Huye» el dinero?

En ocasiones, se dice que determinados negocios turísticos —todo incluido, cruceros— no son demasiado rentables para el destino porque los clientes realizan sus pagos en origen y el dinero se queda «fuera». Indefectiblemente, da igual dónde se realice el pago, el dinero acude a pagar los factores de producción. Si el cliente paga en la agencia de viajes, ésta deberá pagar al transportista y al hotel. El dinero del turista necesariamente sufragará todo aquello que consuma durante sus vacaciones.

Otras veces, se dice que el dinero gastado en Carrefour, Ikea o Decathlon «huye» de España. Las empresas extranjeras radicadas en España pagarán todos los costes que se producen in situ (salarios, proveedores, impuestos) y también a todos los suministradores de mercancías, ubicados por todo el mundo; finalmente, en caso de tener beneficios, la corporación repartirá dividendos. Pero en una economía moderna ¿quiénes son los propietarios de una multinacional?: los pequeños accionistas o partícipes de fondos de inversión. El dinero se reparte de una forma intrincada por toda la economía global.

Proteccionismo

Otra faceta del nacionalismo económico es la «protección» de industrias nacionales mediante el arancel: tributo a la importación de productos competidores. Los beneficiados del arancel son la industria «protegida» y el propio gobierno que aumenta su ingreso fiscal. El resto de la sociedad —los consumidores— ve reducida su capacidad adquisitiva y, en consecuencia, su nivel de vida. Una de las razones del Brexit fue precisamente la disconformidad con la Unión Aduanera, que restringía el comercio del RU con el resto de mundo; en este caso, el nacionalismo británico derrotó al centralismo fiscal de Bruselas. Otro motivo para fijar un arancel es la agresión política y su represalia. Si el gobierno de Ruritania impone un arancel a ciertos bienes de Laputania, su homónimo actuará recíprocamente. La mal llamada «guerra comercial» es, en realidad, una «guerra arancelaria» entre gobiernos nacionalistas que se enriquecen a expensas de los consumidores de ambos países.

Serie ‘El lenguaje económico’

(XIII) Política

(XII) Riqueza y pobreza

(XI) El comercio

(X) Capitalismo

(IX) Fiscalidad

(VIII) Sobre lo público

(VII) La falacia de la inversión pública

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Bibliografía

Constitución española (1978).

Huerta de Soto, J. (2022). Teoría del nacionalismo libertario. Madrid: Revista Avance. Suplemento 20, marzo de 2022.

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Schama, S. (2019). Ciudadanos. Una crónica de la Revolución francesa. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial.

1 El profesor Carlos Rodríguez Braun, con su característico humor, afirma que el mejor amigo del hombre no es el perro, sino el chivo expiatorio.

2 «Fuga de cerebros» es una metonimia donde el todo (individuo) se sustituye por una parte del cuerpo (cerebro).