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Etiqueta: Pensamiento liberal

¿Qué esperamos de Ciudadanos?

Si lo de Ciudadanos va en serio –que no las tengo yo todas conmigo– podríamos, esta vez sí, empezar a hablar del fin del bipartidismo. Lo de Podemos, por más que se empeñen sus entusiastas seguidores, no es más que una mutación perrofláutico-bolivariana de la izquierda estadoespañolí de toda la vida. A nadie se le oculta que tres o cuatro horas después de concluido el escrutinio Pablo Iglesias y los que manden en el PSOE e IU –más la ensalada habitual de partidillos nacionalistas– llegarían a un acuerdo “de progreso” para repartirse el pastel en una nueva edición del tradicional partido anti PP que tan buenos réditos dio al socialismo zapaterino en el pasado. ¿Se acuerdan de lo del cordón sanitario aquel? Pues eso mismo.

Ahora bien, si por el centro-derecha entra con fuerza un segundo partido la cosa cambiaría significativamente. Los votantes de derechas, que en España hay un montón por más que El País insista –confundiendo como siempre los deseos con la realidad– en que el nuestro es un país de izquierda, tendrían, por primera vez en veintitantos años, dos opciones a elegir. Sería en cierto modo la vuelta a los años ochenta, cuando Adolfo Suárez y su CDS, aquel inventillo personalista que se sacó de la manga después de ser desalojado de la Moncloa de malas maneras, se apoderó del centro. El gran mérito del primer Aznar fue, de hecho, neutralizar la barquichuela suarista hasta hacerla naufragar en las municipales del 91. 

De eso muchos en el PP ya no se acuerdan. Llevan tantos años de alpaca, pisando moqueta, amorrados a la jugosa ubre del Estado que se les antoja imposible que un niñato advenedizo y para colmo catalán pueda meterse en sus predios y desgraciarles medio huerto. Aznar era bien consciente de que la derecha es un concepto muy vaporoso unido más por la negación que por cualquier otra cosa. Ser de derechas consiste esencialmente en no considerarse socialista. Así de simple. Por eso UCD fue siempre una jaula de grillos en la que unos barones que se creían propietarios de una marca determinada –conservadores, democratacristianos, liberales, tradicionalistas, etc– se disputaban el presupuesto a correazo limpio. 

Suárez, a diferencia de Aznar, fue incapaz de crear un partido propiamente dicho, por eso duró menos en la poltrona que un rollo de Scottex en un supermercado de Caracas. El acierto aznarista fue botar un navío que de los últimos veinte años ha gobernado doce, constituyéndose además en fuerza hegemónica e imbatible en regiones principales como Madrid o Valencia incluidas, naturalmente, sus capitales. Aznar apostó por convertir al PP en un partido conservador modernito, en la línea de lo que entonces era la derecha europea de Thatcher o Helmut Kohl. Una derecha más o menos liberal que recogía los vientos de cambio que soplaron con fuerza tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS.

Aznar, en definitiva, consiguió crear un marco ideológico propio para la derecha española. Un marco que Rajoy, esa calamidad absoluta puesta ahí a dedo por el propio Aznar, ha desmantelado poco a poco con concienzudo empeño. Hoy el PP no es más que una marca vacía, unas siglas que no representan nada pero que muchos siguen comprando porque no se ofrece otra cosa en las estanterías. Eso, claro, podría cambiar este mismo año. Y es ahí donde entra Ciudadanos, un partido nuevo, tanto o más inmaculado que su contraparte podemita, que, aunque nació para otra cosa, ha terminado encarnando el deseo de cambio de una parte del electorado de centro-derecha. Pero la España de hoy no es la de los años noventa. En el mercado electoral la demanda se ha movido hacia el socialismo boborrón del subgénero clientelar. Esto es un hecho que refrendan las encuestas. En un país de cuarentones estériles que van de jovencitos, criados en la cultura de satisfacer lo inmediato y convencidos de que responder de los propios actos es una fascistada, no podía suceder otra cosa. Los españoles desconfían del capitalismo, de la libre empresa y, en su mayoría, esperan que el Estado provea, no se sabe bien de donde, pero que provea. Al final la cultura de “los derechos” ha terminado por permear a toda la sociedad por más que muchos liberales se nieguen a verlo.

El reto de Ciudadanos no debería ser incardinarse en un orden que no es el suyo, un orden formado durante los años de Zapatero en el que cualquiera que no ofrezca la Luna siempre va a estar en inferioridad de condiciones. Albert Rivera y los suyos deben aspirar a crear un campo de juego, un relato que diría Monedero, en el que se sientan cómodos tanto ellos como sus votantes. En este punto es donde el liberalismo clásico entra en juego. El único antídoto válido para la epidemia socialista que padecemos es una generosa dosis de mercado, bajos impuestos, poca y buena regulación y Estado de Derecho genuino con los poderes bien delimitados. Los principios liberales, ladrillos con los que se han construido los países más libres y prósperos del planeta, son los únicos anticuerpos efectivos contra la tiranía a la que nos veremos abocados si ese frente amplio de izquierda filochavista y reaccionaria hasta la nausea se hiciese con el poder absoluto. En su mano está ser una segunda edición corregida del PP sorayo-rajoyano o erigirse como alternativa real al exquisito cadáver de la calle Génova. Solo tienen una bala, que no la desperdicien. 

¿Ciudadanos liberales?

España no es un país poblado por liberales. Al igual que en el resto de Europa, la mayoría de la población se ubica cómodamente en el consenso socialdemócrata: el auténtico pensamiento único, el que de verdad marca el terreno de juego político, es el Estado de Bienestar paternalista e hiperregulador. Por consiguiente, cualquier partido político que presentara un programa apreciablemente liberal estaría condenado a ser minoritario: acaso se trate de una tarea necesaria para el largo plazo, pero a buen seguro también ingrata en el corto.

Ciudadanos ha presentado esta misma semana los fundamentos de su próximo programa económico. Siendo Podemos la alternativa política socialista al establishment, muchos esperaban ver en Ciudadanos la alternativa política liberal al establishment. Error de base: en la actualidad, o eres alternativa política o eres liberal. Las dos cosas, por desgracia, no pueden ser a la vez.

El programa económico de una socialdemocracia moderna

Luis Garicano y Manuel Conthe expusieron el pasado martes las líneas maestras de sus propuestas económicas, organizadas en torno a seis ejes: la lucha contra el paro y el endeudamiento familiar, la promoción de la inversión y la innovación empresarial, el nuevo sistema fiscal, la reforma de la educación, la lucha contra la corrupción y la limitación del clientelismo corporativista. Todos ellos problemas que cualquier liberal reconoce como tales y para los que promueve cambios profundos: liberalizar el mercado de trabajo, permitir la libre entrada y ejercicio de la función empresarial, bajar impuestos y gasto público, aceptar la libertad de elección en educación, minimizar el poder discrecional en manos de políticos y burócratas, y suprimir subvenciones y privilegios regulatorios.

Si bien esta semana Ciudadanos únicamente presentó sus propuestas con respecto al primero de esos ejes —la lucha contra el paro y el endeudamiento familiar—, la base de sus reformas se limitan a pulir de incentivos perversos el marco estatista actualmente existente: contrato único con indemnización creciente para no desincentivar el trabajo indefinido, mochila austriaca para no sobreconcentrar los despidos en los recién llegados, créditos fiscales para complementar las rentas salariales de los trabajadores con bajos sueldos, bonificaciones empresariales en las cotizaciones a la Seguridad Social para premiar la estabilidad de las plantillas, cheques formativos para que el parado escoja dónde recibir formación y en qué materias obtenerla y una ley de segunda oportunidad que facilite la renegociación de sus pasivos a los deudores de buena fe.

Todas ellas medidas razonables dentro del marco político socialdemócrata pero alejadas de las que propondrían los liberales: contrato laboral librelibertad de pacto de la indemnización por despido, reducciones de impuestos y de cotizaciones a la Seguridad Social (especialmente las referidas al desempleo y a la formación) y libertad contractual para determinar la extensión de la responsabilidad personal en el repago de las deudas. El contraste es más que evidente, no sólo por el alcance, sino por el enfoque: no se trata de que Ciudadanos se quede a medio camino por cuanto contemporice con un electorado insuficientemente liberal, sino que toma una dirección distinta de aquella recomendada por el liberalismo; es decir, no más libertad y autonomía personal (salvo acaso en el cheque formativo), sino más diseño paternalistamente centralizado de los arreglos contractuales buscando minimizar las ineficiencias y los incentivos perversos generados por la regulación estatal.

Más que en la radicalidad de las medidas hay que fijarse en la ideología subyacente a las mismas: el liberalismo promueve la libertad y la responsabilidad individual; la socialdemocracia, el intervencionismo estatal so pretexto de proteger al individuo y a la sociedad de sí mismos. ¿A qué marco ideológico se adscriben las medidas propugnadas por Ciudadanos? Diría que resulta obvio.

Contra cleptocracias y populismos

Que Ciudadanos no haya optado por un programa liberal no es sorprendente: si aspira a tener opciones de gobierno, no puede hacerlo. Y, a la vista del panorama política circundante, necesitamos partidos políticos con voluntad de gobierno que muestren ideas no suicidas y que actúen como freno frente al exbipartidismo cleptocrático y al neopartidismo populista. Ciudadanos tal vez pueda jugar ese papel y, si así fuera, constituiría una buena noticia para los liberales en el corto plazo: no porque su programa (al menos el conocido hasta la fecha) despierte entusiasmos proliberales, sino porque al menos supone una amenaza —y una alternativa— a la degeneración antiliberal promovida por la casta y por la neocasta.

Lo prioritario ahora mismo es parar los golpes que unos no nos han dejado de propinar durante más de 35 años y otros aspiran a pasar a hacerlo con igual contumacia. Por desgracia, con una de las ciudadanías más antiliberales de Europa, el liberalismo no es ahora mismo una alternativa de gobierno verosímil para España: probablemente podamos darnos con un canto en los dientes si de momento evitamos mayores recortes a nuestras libertades.

El imprescindible papel reivindicativo del liberalismo

¿Mas acaso lo anterior no implicaría caer en la trampa de un pragmatismo político que enterraría cualquier cambio institucional de fondo en el largo plazo? ¿Acaso apostar por el mal menor y no por el bien mayor no nos condena a atascarnos en el statu quo y a renunciar a los ideales liberales? No: justamente porque el liberalismo tiene una identidad propia que merece ser reivindicada como un proyecto ideológico y político independiente, hay que ser meridianamente claros —y críticos— a la hora de reivindicar las reformas liberales frente a las no liberales. Ahora bien, lo anterior no debería cegarnos a la hora de analizar la realidad tal cual es, reconociendo cuáles de los distintos escenarios futuros posibles son peores, malos y menos malos. El idealismo coloca la mirada en el horizonte y uno no puede distinguir los obstáculos de su alrededor manteniendo los ojos fijos en el horizonte.

Que el liberalismo no sea probable en la actualidad no debería llevarnos ni al desánimo ni al sectarismo: ni a tirar la toalla para abrazar los principios aliberales de aquellas formaciones con opciones de gobierno, ni a obcecarnos con que todas las alternativas aliberales son igual de nefastas. El contexto nos impone su agenda: y, precisamente, la misión de los liberales debe ser la de intentar cambiar el contexto para que otros no nos impongan su agenda. Pero esa crucial batalla de las ideas no debería llevarnos a ser absolutamente indiferentes con el resultado de las refriegas políticas que nos rodean siempre que, en particular, existas opciones aliberales menos negativas que otras.

El progresismo como terapia

El progresismo es una de esas ideas que son más fáciles de entender intuitivamente que de definir. El motivo seguramente es que es como el éter: está en todas partes. También se parece al éter en otro sentido: es falso. Pero sin pretender ser exhaustivos, podemos acercarnos a lo que es el progresismo de un modo muy aproximado, si tenemos en cuenta unos pocos elementos.

Uno de los más importantes es el darwinismo. Pero no en el sentido que se le suele dar a este término; no es la lucha individual por la supervivencia. Sino la idea de que las condiciones naturales determinan el éxito o el fracaso de las especies. Y que la especie humana es única en el sentido de que tiene la inteligencia suficiente para cambiar las condiciones. Y si las cambia, puede condicionar la evolución, conducirla, y llevarla a los efectos deseados.

Otro es el pragmatismo. Es esa ideología tan característica de los Estados Unidos, desarrollada en las tres últimas décadas del XIX, se plantea que no se puede llegar a conocer la verdad, sino sólo los efectos de las ideas que tenemos de ella. No hay verdad, en el sentido de que no hay una correspondencia entre las ideas y la realidad. Si no hay verdades, tampoco hay límites para la acción, como por ejemplo el valor supremo de los derechos individuales. Más, cuando la acción y sus efectos es lo que nos permite resolver los problemas. La acción, potenciada por el aparato del Estado, y liberada de las viejas ataduras, nos permite albergar nuevas reformas.

Un tercer elemento es la democracia. Ésta ha sufrido una transformación histórica desde un poder moderador de la Corona, a un depósito de la soberanía única. Y, por medio de las ideas de Rousseau, la mayoría se identifica con la “voluntad general”, y ésta con la verdad. Rousseau y el pragmatismo unidos erigieron a la democracia como fuente de verdad y agente del cambio social, sin oposición.

El progresismo no hubiera surgido sin el capitalismo. Durante milenios, la humanidad han vivido de formas que han cambiado de forma inapreciable para la vida de un hombre, y que sólo la mirada por encima de los siglos permite ver su evolución. El capitalismo rompió con esa idea de que las cosas son así, y no pueden ser de otra manera. Y trajo una aceleración del cambio histórico, que despertó la imaginación de muchos. Ahora todo parecía posible.

Es más, cambiar la realidad, instituir aquí y ahora la justicia, era un mandato divino para muchos estadounidenses. Richard Hofstadter, en su seminal obra The age of reform, dice que “la mente progresista (…) era eminentemente una mente protestante; e incluso aunque mucha de su fuerza estaba en las ciudades, heredó las tradiciones morales del protestantismo evangélico rural”, que aún bebía de las aguas, turbias ya, del “evangelio social”. Es esa concepción post milenarista de que es deber de todo creyente hacer todo lo que esté en su mano para salvar al prójimo, porque sólo eso le permitirá salvarse a sí mismo. El “evangelio social”, que llamaba a la acción individual, acabó encontrando el el Estado el instrumento ideal para prohibir o moderar el comportamiento pecaminoso al que estamos condenados. Por eso el movimiento por la Templanza, que comenzó cuando tuvo lugar el Segundo Despertar, en los años 20′ del siglo XIX, se convirtió en parte importante del progresismo estadounidense.

Si el progreso está a la vista de cualquiera. Si la tecnología hace posible cumplir nuestros sueños. Si no hay verdades que nos limiten en nuestros propósitos. Si sólo tenemos que cambiar las condiciones para modelar la sociedad a nuestro gusto. Y si la democracia es el valor político supremo, si se dan todas esas circunstancias, hay realidades sociales inaceptables. Son inaceptables porque tenemos los medios morales, ideológicos y políticos para cambiarlas. Si la pobreza es un hecho natural inmutable, puede causar dolor, pero no ansiedad. Y lo que caracteriza al progresismo es la ansiedad, la indignación, la rabia por que no se haya impuesto el Cielo en la Tierra y siga habiendo carencias o “injusticias”.

El progresista es una persona que mantiene una relación ansiosa con la realidad. Lo que le caracteriza es ese sentimiento; no tanto el análisis racional de la realidad. James Ostrowsky, en un libro dedicado al progresismo, llega a la conclusión de que éste no es sólo la respuesta ideológica a la realidad de muchos estadounidenses. Es, también, un instrumento de terapia, de autoayuda, para acallar ese desasosiego, esa angustia ante la realidad que lleva a la indignación. Simplemente, se confía en que el gobierno solucionará los problemas. Es una fe, que ni exige un conocimiento de la economía o de la política, ni permite que éste se interponga en el camino. Así las cosas, someter el programa progresista al tamiz de la razón lleva al fracaso. 

Merecemos esta recompensa

Decía Marx que la historia se repite dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. En esas está el PSOE y, más concretamente, su federación madrileña, que es el epítome del desastre pesoístico que no tiene paliativo desde que hace ya tres años y pico Zeta y sus cuatachas tuvieron que salir de la Moncloa por la puerta de servicio. El poder desgasta sí, pero solo cuando se está lejos de él. Para un partido adicto al presupuesto como el PSOE el síndrome de abstinencia es tan brutal que puede terminar fundiéndolo por dentro.

Hubo un tiempo en el que el PSOE de Madrid era hegemónico, chuleaba los principales ayuntamientos y hasta la propia autonomía que, en cierto modo, fue una hechura de sus líderes allá en los albores de los felices ochenta. Felices para ellos, se entiende. “Los ochenta son nuestros” se titulaba un drama generacional de Ana Diosdado que hizo furor entonces. Y tanto que lo fueron. Un partidillo marginal durante el franquismo sin más militantes que cuatro sindicalistas vizcaínos se apoderó del país entero. Y todo en un lapso de tiempo extraordinariamente corto. Una vez arriba le dieron al Estado la forma de su propio partido que es, en definitiva, la forma que España tiene ahora. Capturaron el zeitgeist como nadie lo había hecho desde que, en los primeros cuarenta, la Falange unificada vistió de azul a todo quisqui y puso cara al sol con el brazo derecho en alto a nuestros abuelos. Nos guste o no, el nuestro es un país hecho a imagen y semejanza del PSOE. No es casualidad que a los que nacimos en los años setenta los sociólogos nos llamasen “hijos de Felipe” de la misma manera que a los nacidos en los noventa ahora se les denomina “hijos de Zapatero”.

Claro, que de esto los más jóvenes ni se acuerdan, los socialistas madrileños llevan tanto tiempo alejados de la poltrona que el respetable ya les ve como los eternos segundones, un papel que las sucesivas ejecutivas del PSM se habían acostumbrado a interpretar con gusto e indescriptible entrega. Porque, digan lo que digan, en la oposición se puede llegar a vivir estupendamente. Los diputados regionales están bien pagados –demasiado bien pagados a mi juicio–, hay mucho botín para repartir, el sistema, nuestro sistema, es generoso con el que se clasifica en segundo lugar. Así que con un puñado de ayuntamientos para colocar afines más las comisiones de la asamblea, la difuntaCajamadrid, las empresas públicas y unos pellizcos aquí y allá la pena de no mandar es menos pena.

Y en estas andaban cuando aparecieron los jóvenes bolivarianos de Podemos y lo fastidiaron todo. Los jerarcas de Ferraz asumían sin grandes dramas eso de pasarse la vida en la oposición con la promesa de alguna vez llegar al Gobierno previo pacto y cambalache con IU. Lo que ya no les parece tan gracioso es verse relegados a la tercera plaza o incluso a la cuarta si los de la tercera vía tipo UPyD Ciudadanos siguen en ascenso. La política está para vivir de ella. Lo digo por si usted aún no se había enterado y es de los que piensa que alguna vez hubo políticos que creyesen que lo suyo servía para algo más que depredar legalmente rentas ajenas vía los presupuestos. Si los políticos se preocupasen por la gente lo primero que harían es disolverse pacíficamente y regresar a la vida civil. Siento decírselo con tanta crudeza pero los políticos no son necesarios. Las personas normales, los que vivimos de nuestro trabajo sirviendo a los demás y no a costa de estafar a los demás, nos bastamos y nos sobramos para vivir en paz sin su concurso. 

Pedro Sánchez no es muy listo, pero tampoco es tonto del todo. Quiere seguir viviendo de esto el resto de su vida. Por la edad que tiene y lo alto que ha llegado a volar o lo hace con la marca PSOE o se tendrá que dedicar a algún empleo honrado. No es funcionario como Rajoy y sus sorayos, no dispone de fortuna familiar ni se le conoce más habilidad que la del politiqueo. O mantiene el tipo o se acabó lo que se daba, y es mucho lo que se daba, mucho más de lo que cualquier español de su generación –que es la mía– ha tenido y tendrá jamás. Cepillarse a Tomás Gómez era una cuestión de pura supervivencia. Lo ha hecho, además, al más puro estilo de la Cosa Nostra: rápido y sin avisar. En estos detalles es donde se ve a las claras que la política y la mafia son la misma cosa, que en lo único que difieren es en la formas, y a veces ni eso. Lo lamento. No hay nobleza, no hay sublimes ideas, no hay nada de nada, solo interés en vivir del cuento.

Así que no se me alarme, esto ha sido un simple ajuste de cuentas entre malhechores, golfantes de lo público que no quieren soltar la teta. No oculto que lo he gozado al máximo, especialmente con lo del cambio de cerradura en la sede y la psicotrópica manifa que la banda derrotada montó en el cuartel general de la ganadora horas después del tiroteo. Cuando ellos sufren nuestro deber de individuos libres es alegrarnos. Mañana seguiremos deslomándonos a pagar impuestos y a trabajar para ellos. De vez en cuando, aunque siempre sea menos de lo que nos gustaría, merecemos esta recompensa. El espacio que han dejado lo ocuparán otros que, a su debido tiempo, se acuchillarán inmisericordemente. Mientras eso llega deleitémonos contemplando el espectáculo. Es lo único gratis que nos van a dar.  

Igualdad y desigualdad

Los seres humanos son iguales en algunos aspectos genéricos pero diferentes en detalles concretos: tienen distintas capacidades, preferencias, oportunidades y circunstancias. Igualdad o desigualdad son características relativas resultado de comparar diversos atributos de individuos: riqueza, renta, belleza, inteligencia, simpatía, reputación, poder, fuerza física, capacidad de persuasión. Algunos atributos son objetivos y medibles, otros son subjetivos o difícilmente cuantificables.

Igualdad y desigualdad

A los individuos les preocupa su estatus, su posición social, lo que los demás piensen de ellos, cómo los valoren. El valor no es un atributo intrínseco y objetivo de las personas: los individuos valoran subjetivamente a otros (y a sí mismos según su autoestima) y son valorados subjetivamente por otros. Estas valoraciones pueden ser muy diferentes desde ambos puntos de vista (evaluador y evaluado): algunos individuos tienen mucho éxito social y otros muy poco; los favoritos de unos son odiados por otros. Son comunes las afirmaciones de que todo el mundo es valioso, o incluso que todo el mundo es igualmente valioso. Los que las realizan pueden no entender la realidad, o quizás quieren caer bien a los demás con discursos populistas, bien intencionados y políticamente correctos.

La desigualdad implica que unos tienen (o reciben) más y otros menos de algo, unos son mejores y otros peores, unos están más arriba y otros más abajo. La mayor disponibilidad de recursos económicos o la posesión de características que otros valoran es útil para los individuos, ya que les facilita la supervivencia y el desarrollo al disponer de más poder y medios de acción.

Las posiciones relativas entre dos individuos pueden ser resultado de su propia acción aislada, de interacciones entre ambos o de relaciones con más individuos. Es posible triunfar o fracasar de forma independiente, cooperar con otros, competir contra otros, ayudar a los necesitados, robar para uno mismo o robar para otros. La igualdad y la desigualdad pueden suceder o conseguirse de forma pacífica o violenta, y de forma espontánea o mediante intervención externa: unos nacen más atractivos que otros; unos se entrenan, preparan o esfuerzan más; unos tienen más éxito en su profesión, en el comercio, en los negocios; unos reciben mayores herencias (genéticas o de riqueza) o mejor educación (capital intelectual individual) o contactos (capital social) de sus progenitores. Algunas desigualdades sociales se consiguen de forma violenta: los poderosos oprimen, esclavizan o parasitan a los débiles. Algunas igualdades sociales se consiguen de forma violenta: vagos, incompetentes o improductivos parasitan a los más productivos y eficientes.

La desigualdad es muy común en la naturaleza: dentro de una misma especie existe diversidad, y en los grupos sociales animales existen castas especializadas (insectos sociales) o jerarquías y diferencias de rango o estatus entre individuos (escalas de poder, relaciones de dominación y sumisión o subordinación). La competencia por el estatus social es un fenómeno omnipresente, ya que un estatus más alto implica mejor alimentación y más fácil acceso a oportunidades de reproducción: en algunos casos son posibles alianzas entre individuos para dominar a otros o para evitar ser dominados por otros. La naturaleza presenta un espectro de situaciones de desigualdad dentro de los grupos sociales: desde el macho alfa de los gorilas (único macho adulto con acceso a un harén de hembras) hasta el colectivismo promiscuo de los bonobos. Pero siempre existe el estatus, que suele estar asociado con demostraciones de poder físico y relaciones familiares.

Conforme crece la desigualdad dentro de un grupo los miembros de estatus más bajo pueden perder interés por el mantenimiento del mismo, pero quizás permanecen en él y no lo abandonan porque las alternativas son aún peores: la vida solitaria es muy difícil y en otros grupos podrían no ser admitidos o su estatus no mejoraría. El fomento de la igualdad dentro de un colectivo puede producirse para evitar la opresión por individuos muy dominantes (jerarquías de dominación inversa), o para conseguir que más individuos se involucren y participen activamente en las tareas necesarias para la supervivencia del grupo, especialmente en la lucha de ataque y defensa contra otros grupos.

La dinámica de las relaciones de desigualdad es compleja. La igualdad puede conseguirse si el peor mejora o si el mejor empeora; la desigualdad puede conseguirse si el mejor mejora o el peor empeora. Si se trata de un recurso transferible, como el dinero o diversas formas de riqueza, es posible quitar a uno para dárselo a otro. Sin embargo si se quita riqueza a los productivos se desincentivan la productividad y la generación de esa riqueza; y si se entrega riqueza a los improductivos se incentivan la improductividad y las relaciones de parasitismo y dependencia. En la medida en que se trate a todo el mundo igual independientemente de los resultados, y la obtención de estos resultados implique algún coste o esfuerzo, siendo todo lo demás constante los agentes racionales evitarán esforzarse para obtener mejores logros.

La desigualdad en un grupo puede intentar evitarse redistribuyendo de los ricos a los pobres, pero también es posible fomentar que los pobres dejen de serlo por sí mismos si disponen de suficientes oportunidades de formación y trabajo. Algunos grupos podrían conseguir igualdad expulsando a los pobres, obligándoles a esforzarse para dejar de serlo, o no permitiendo su acceso al colectivo (leyes de inmigración discriminatorias, leyes de salario mínimo).

La redistribución de recursos para fomentar la igualdad suele ser más aceptable cuando el grupo es más pequeño y homogéneo y los individuos lo sienten como una familia extendida (igualdad genética, étnica o cultural). La redistribución puede provocar odios o resentimientos si se percibe como ilegítima, si unos se aprovechan de forma tramposa de otros.

Un individuo puede querer ser más igual a otros en aquellas cosas en las que es peor que ellos, pero también puede querer ser menos igual si es o puede ser mejor que ellos. Cuanto más capaces sean los otros más probable es que puedan ser mejores cooperadores, pero también es posible que sean mejores competidores.

Una mejora puede implicar un incremento de la desigualdad si los que la adoptan no eran inicialmente los más desfavorecidos. La desigualdad podría crecer de forma indefinida si el hecho de ser mejor facilita además la capacidad de mejorar (rendimientos marginales crecientes): esto no es un fenómeno exclusivamente individual sino que tiene una fuerte componente social, incrementándose si existen efectos de red mediante los cuales los individuos quieren e intentan relacionarse con quienes tienen más éxito (afinidades o emparejamientos selectivos, quien más tiene más recibe). La desigualdad puede mitigarse o decrecer si al ser mejor es más difícil mejorar (rendimientos marginales decrecientes).

Desigualdad y pobreza son problemas distintos: es posible ser todos muy iguales y muy pobres y ser todos muy desiguales sin que nadie sea pobre (al menos en términos absolutos). Para resolver la pobreza basta con garantizar algunos mínimos sólo a los auténticamente pobres sin necesidad de realizar redistribuciones masivas de riqueza que afecten a toda la sociedad.

La observación empírica demuestra que en ocasiones los individuos prefieren situaciones peores en valor absoluto para ellos pero mejores en comparación con otros: es posible elegir ser cabeza de ratón antes que cola de león. La insistencia de algunos economistas para que los individuos se fijen solamente en su bienestar absoluto o en su mejora personal en el tiempo y no hagan comparaciones relativas con otras personas es problemática: la economía es una ciencia positiva que describe, explica y predice, y no una actividad moralizante que les dice a las personas lo que deben valorar o no; el que los agentes económicos valoren sus posiciones relativas es un hecho empírico que debe tenerse en cuenta y a ser posible explicarse en una buena teoría económica y psicológica.

El deseo de cierta igualdad o la envidia pueden ser rasgos adaptativos, emociones morales funcionales resultado de la evolución psíquica: la aptitud para la supervivencia y reproducción es un atributo contextual y tanto absoluto como relativo, ya que las diferencias son importantes en la competencia por la vida. Al individuo le importa lo bien que lo está haciendo en múltiples ámbitos (éxito en trabajo, amor, salud, relaciones familiares y sociales), pero esa bondad tiene una importante componente relativa (en comparación con otros), y tal vez el mejor punto de referencia válido para conocerla es el rendimiento o éxito de los otros: uno se compara con los demás para saber qué tal lo está haciendo. Además la felicidad o satisfacción es un sentimiento que se recalibra constantemente ante nuevas situaciones para que el individuo actúe más y mejor: estar mejor que en el pasado no implica necesariamente una mayor sensación de satisfacción que en el pasado.

Los igualitaristas, normalmente colectivistas intervencionistas mal llamados progresistas, insisten en que la igualdad, o al menos más igualdad, es necesariamente mejor y más justa: no expresan que ellos la prefieren a título particular, sino que aseguran que se trata de un hecho objetivo. Para ellos justicia (social o distributiva) es equivalente a igualdad: no ante la ley, sino mediante la ley; promueven la desigualdad ante la ley para fomentar la igualdad de oportunidades, o de resultados, rentas o riqueza. Para esconder su carácter coactivo y liberticida utilizan el término libertad como sinónimo de poder o riqueza y no como ausencia de agresión y respeto al derecho de propiedad. Desprecian la igualdad formal ante la ley y reclaman igualdad material, que todos tengan y puedan lo mismo independientemente de lo que hagan. Algunos pretenden que la ética exige sacrificar algo de eficiencia económica para garantizar más igualdad; otros aseguran que la mayor igualdad obtenida mediante la redistribución inteligente de la renta y la riqueza puede conseguir más eficiencia económica.

El igualitarismo colectivista y estatista puede ser la estrategia política de los peores para hacerse las víctimas, competir violentamente contra los mejores y beneficiarse a su costa. Algunos pensadores defienden políticas redistributivas para garantizar la paz social y el mantenimiento de la democracia: esto parece un eufemismo para recomendar ceder al chantaje de algunos individuos o grupos que amenazan con violencia y desorden, y pagarles a cambio de que no ataquen, roben o maten y acepten el orden establecido; también parece implicar una acusación contra algunos individuos insatisfechos con el sistema, especialmente los más pobres o desfavorecidos, los cuales se convertirán en alborotadores, delincuentes o criminales.

Los igualitaristas protestan porque les parecen injustas las diferencias de partida en la vida, que unos tengan más y mejores oportunidades que otros sin ser responsables por ello: parecen no entender que la vida de las personas no parte de la nada sino que hay una continuidad de padres a hijos. Los responsables del punto de partida no son los hijos sino los progenitores, y quizás sea a ellos a quienes se deba reclamar en lugar de a toda la sociedad. Pretender igualar las oportunidades implica decir a padres y madres que su esfuerzo por sus propios vástagos no sirve para gran cosa.

Con la crisis económica se ha difundido la falacia de que la desigualdad es su causa fundamental. La razón real de los ciclos de auge y depresión es la expansión insostenible del crédito, y esto va a suceder independientemente de por qué se expanda el crédito de forma intervencionista por el Estado, si es para favorecer presuntamente a los pobres, a los ricos o a nadie en particular. Fomentar que los pobres se endeuden para mantener o incrementar su nivel de vida, su renta y su consumo equivale a montar una peligrosa trampa. El crédito en el mercado libre se concede si el prestamista acreedor cree que el prestatario deudor es solvente, que puede devolver el préstamo o pagar lo que debe, y esto depende de su renta futura y de las garantías que pueda proporcionar. Si un individuo tiene pocos ingresos ahora y no va a tener más en el futuro, endeudarse es mala idea. Forzar la concesión de crédito a agentes económicos que no lo merecen (porque no quieren o no pueden devolverlo) tendrá como consecuencia quiebras y bancarrotas que provocan daños económicos importantes a acreedores y a deudores: pérdida de valor de los activos (préstamos de los bancos), pérdida de la propiedad de las garantías de los préstamos (viviendas), asunción de pesadas cargas financieras por largos periodos de tiempo (si las garantías son personales). Además el crédito excesivamente fácil y barato no suele estar sólo al alcance de los desfavorecidos sino que puede extenderse a toda la sociedad: las crisis pueden ser más graves o llamativas para los más pobres, pero los daños que provocan son generalizados.

¿Somos responsables de lo que votamos?

Soy bastante crítico con la población en general. No me gusta centrar las críticas en políticos, partidos, empresarios o instituciones porque creo que es necesario combatir la costumbre de culpar a los demás que todo ser humano adopta cuando las cosas van mal.

Por ejemplo, mientras mucha gente recuerda los errores de Zapatero durante los primeros años de la crisis, yo recuerdo a muchas personas de mi entorno que se mostraban sorprendidos por la incapacidad de los políticos de prever la burbuja (porque era su responsabilidad preverlo) o confiaban la solución de la crisis al gobierno (que los que saben resuelvan el problema).

La conclusión obvia que se saca observando a la sociedad en su conjunto, y no solo a su clase política, es que sus miserias no se deben a unas políticas más o menos acertadas, sino que son el simple resultado del comportamiento de millones de personas que a duras penas saben convivir de forma civilizada.

Se puede pensar, entonces, que soy de los que afirman que las personas somos responsables de lo que votamos, y que, por tanto debemos apechugar con la responsabilidad de lo que hagan nuestros representantes en el gobierno.

Pues la verdad es que opino exactamente lo contrario: no somos responsables de ninguna decisión que tome un gobierno. Y no lo somos por una razón muy sencilla: cuando se vota no se decide sobre una medida legal concreta, sino simplemente se le da carta blanca a un determinado político (o a unas siglas políticas) para tomar decisiones bajo el amparo de nuestro voto.

Vamos a ser realistas; un Estado como el español maneja un presupuesto de 400.000 millones de euros (más o menos). ¿De verdad el ciudadano común puede tener la información mínima para conocer el 1% de decisiones que hay que tomar para administrar ese gasto? Ya no digamos la información necesaria para desarrollar las leyes que regulan el resto de la economía que no maneja directamente el gobierno, y que afectan a sectores tan diversos que el ciudadano común ni siquiera conoce la existencia de la mayoría.

Y aunque redujéramos el número de temas de los que decide un gobierno a su mínima expresión, es improbable que tantas personas se pongan de acuerdo en tal número de temas durante cuatro años, así que el sistema se basa simplemente en votar con el que más se simpatiza, para luego sentirse personificado en todas sus decisiones, a no ser que sean tan radicalmente distintas a las tuyas como para repudiarle y esperar cuatro años para votar a otro.

Por lo tanto si un gobierno toma unas medidas con consecuencias nefastas lo lógico es pensar que es el sistema que ha aupado a ese gobierno al poder, y sobre todo el que le proporciona ese poder a cualquier gobierno, el que es responsable, y no la población que ha votado al partido o partidos que gobernaban.

Por supuesto, los sistemas no funcionan solos, ni los ha impuesto un ser ajeno a la población del país donde rigen. Pero es bastante distinto culpar a los votantes de un determinado partido político de los males del país, que culpar a la sociedad en su conjunto. En el primer caso se responsabiliza a una parte de la ciudadanía, que aunque es ligeramente mayoritaria, se le opone claramente otra parte. Dando así la impresión de que hay una alternativa errónea y otra acertada dentro de la sociedad.

Por otro lado es otro error poner el foco en un acto que los ciudadanos realizan cada 4 años, en vez de señalar a las ideas erróneas que sostienen durante cada día de sus vidas.

Por ejemplo si en la España de un universo paralelo el asesinato fuera tolerado por el conjunto de la sociedad, tendríamos diferentes partidos presentándose a las elecciones proponiendo diferentes tipos de asesinatos: por riqueza, por raza, por actitudes sociales minoritarias, etc. Provocando así el caos y llevando al país al desastre.

Si un observador de esta dimensión tuviera que emitir un juicio sobre cuál es el problema de dicha España, obviamente diría que es el poco respeto por la vida ajena que manifiesta la sociedad. A nadie se le ocurría culpar a los votantes del partido que apoya matar a las personas con ingresos superiores a 100.000 euros, cuando podían haber votado a los que proponían matar a los inmigrantes, o haberse abstenido por pensar que ningún partido de los existentes asesina lo suficiente.

Por lo tanto, sí, mirémonos al espejo a la hora de buscar culpables a las crisis que vivimos como sociedad, pero no caigamos en la trampa de pensar que la solución pasa por reflexionar qué papeleta escogemos cada cuatro años. Son los actos y las ideas que expresamos cada día los que dan forma a la sociedad en la que vivimos. Si no nos gusta lo que vemos, significa que muchas cosas tendrán que cambiar en cada uno de nosotros antes de que unas urnas sirvan de algo.

De la economía de guerra a la guerra de intereses

La transición de una economía de guerra a una civil es, como algunas relaciones, complicada. En una guerra total, como la Guerra Civil estadounidense, la Gran Guerra o la Segunda Guerra Mundial, la economía, los esfuerzos financieros y buena parte de las acciones colectivas o particulares suelen estar dirigidos a satisfacer las necesidades del conflicto, que se pueden resumir en una fundamental, acabar con el enemigo como amenaza bélica.

La producción de bienes de consumo destinados a la población civil sufre un descenso a la vez que la de las industrias y empresas que se dedican a la fabricación de munición, armamento y cualquier producto o servicio que puedan servir para el esfuerzo bélico, experimenta un crecimiento que tiende a hacerse mayor según se alarga el conflicto.

La producción industrial y agrícola de un país puede tener que verse compensada con importaciones de terceros, que pueden ser aliados, neutrales o no beligerantes; o por el contrario, puede compensar la de los aliados más perjudicados por las circunstancias. De esta manera, una guerra, aunque esté limitada geográficamente, puede llegar a afectar a lugares remotos. Durante la Primera Guerra Mundial, las despensas del Imperio Austrohúngaro fueron abastecidas por Alemania, pues los campos del imperio de los Habsburgo no fueron capaces de producir comida suficiente y esto se produjo incluso cuando, en momentos concretos, los alemanes pasaron por situaciones complicadas. En las potencias aliadas, los imperios coloniales suministraron buena parte de los bienes y servicios que las metrópolis no podían producir, países como Argentina exportaron carne, como harían también en la Segunda Guerra Mundial, y Estados Unidos, hasta su entrada en la guerra en 1918, no sólo financió las necesidades de británicos y franceses, sino que llegó a aportar barcos mercantes y de escolta.

Las economías de guerra están centralizadas y es razonable que sea así, en tanto su objetivo, como he comentado antes, es el de satisfacer estos esfuerzos destinados a vencer al enemigo. Las maneras de obtener estos resultados pueden estar en su fase más inicial muy ligadas a la competencia entre empresas, a la investigación y el desarrollo, a la prueba y el error; en este sentido, las empresas de países donde hay algún tipo de economía de mercado tienen la opción de buscar los nichos financieros ligados a las necesidades de las fuerzas armadas, del gobierno y del Estado en general. Esta fusión entre lo público y lo privado es más fuerte si el conflicto ya está en marcha, no sólo por la necesidad, sino por una cuestión de patriotismo. El complejo militar-industrial casi siempre ha sido poderoso, sobre todo cuando la tecnología ha empezado a ser determinante. Para que nos hagamos una idea, en 2010, según datos del Departamento de Seguridad Interior, en Estados Unidos unas 3.100 organizaciones trabajaban en programas de seguridad nacional e inteligencia, empleaban a 854.000 personas y gastaban unos 80.000 millones de dólares.

Por otra parte, las autoridades financieras de los países en guerra buscan recursos por tres vías; en primer lugar, a través de impuestos, aunque no es la más habitual pues no es demasiado exitosa, genera demasiadas protestas y está mal visto quitar dinero a ciudadanos que ya están muriendo en el campo de batalla. Es más habitual, sobre todo para las familias de los soldados, recibir subsidios y ayudas especiales, como créditos de bajo interés.

El esfuerzo de poner un impuesto es excesivo cuando resulta mucho más fácil que los mismos ciudadanos financien a su gobierno voluntariamente. Para eso están las campañas de propaganda para la compra de bonos de guerra. Las emisiones de bonos y otros productos financieros similares son adquiridas por ciudadanos particulares, por instituciones públicas y privadas e incluso por otros países, cuyos contribuyentes podrán ver atónitos cómo el dinero de sus impuestos puede terminar en el campo de batalla. Además, instituciones públicas o privadas, nacionales o extranjeras también otorgan préstamos directamente a los contendientes.

El tercer sistema consiste en la emisión de dinero o la monetización de deuda y, cuando esto se generaliza, la situación suele haber llegado a un punto demasiado complicado. En estas circunstancias, a ningún gobierno le interesa que la inflación se dispare, manteniendo bajo control, en la medida de lo posible, al menos los precios de los productos más esenciales. No es extraño, por tanto, que lo primero que hicieran los países aliados en la Primera Guerra Mundial fuese salirse del patrón oro y luego tomar medidas para controlar los precios.

Hasta cierto punto, los ciudadanos lo comprendían e incluso lo aceptaban, era por un bien mayor, por un sentimiento patriótico, por una necesidad colectiva. Al fin y al cabo, las guerras se hacen por la victoria y por ello hay que hacer sacrificios. Esto, que puede sonar a filfa, a engaño colectivo, es lo que mantiene los conflictos encendidos; cuando cesa, el país en el que primero ocurre, es derrotado.

La misma estructura de la sociedad experimenta un terremoto. En las tres grandes guerras que he comentado fueron movilizados, de entrada, los hombres entre 18 a 30 años, donde se centraron la mayoría de las bajas. Además, parte de éstos se movilizaron en las industrias y actividades ligadas a la guerra. En la Primera Guerra Mundial se incrementaron los salarios para mantener contentos a los trabajadores, se generaron horarios de trabajo más razonables, en algunos casos con la ayuda de sindicatos y algunos partidos de izquierda, y se incorporó a la mujer al tejido industrial y empresarial, lo que hizo por el movimiento feminista más que varias décadas de búsqueda de la igualdad de derechos.

Vamos a pararnos un momento en lo que tenemos. En primer lugar, un gobierno que tiende a centralizar sus decisiones, que interviene en una serie de procesos económicos, que tiene importantes objetivos que cubrir, en este caso bélicos, pero también de salvaguardia de familias, heridos y afectados; un gobierno que tiene a su cargo una serie de colectivos que reciben ayudas, prebendas o privilegios, que favorece a unos en detrimento de otros, una serie de lobbies y grupos de presión que buscan favores del gobierno y parte de la riqueza que maneja; un gobierno que, para encontrar la financiación necesaria, es capaz de endeudarse o pedir crédito más allá de lo razonable y, si es necesario, devaluar su propia moneda o entrar en déficit.

Hasta ahora he estado hablando de un conflicto bélico, pero este resumen es perfectamente aplicable al sistema socialdemócrata, al Estado de bienestar. Efectivamente, la destrucción ligada a una guerra no es tan evidente, pero las servidumbres y las dependencias, los regalos y las asimetrías son similares. ¿Es el Estado de bienestar una especie de guerra de baja intensidad sin apenas víctimas mortales, pero igualmente destructiva?

Y ahora, volvamos al principio. Cuando una guerra termina, vencedores y vencidos se enfrentan a una situación complicada. El sistema económico generado ya no tiene sentido, ya no hay enemigo, ya no son necesarias ni tantas municiones, ni tantas armas, las industrias tienen que desmantelarse, redirigirse a otros sectores, y algunas simplemente desaparecen. Los recursos económicos quedan libres para ser usados allá donde se necesiten, pero esto es más fácil decirlo que hacerlo. Los lobbies presionan para seguir ligados a las necesidades del Estado y aquéllos que dependen del gobierno quieren seguir haciéndolo, o al menos tener un trato preferencial.

Los que han estado en el frente retornan y los que han ocupado sus puestos de trabajo, ¿deben cederlos a los que vuelven? Las mujeres, que durante los años 1914 a 1918 ocuparon un puesto muy importante en la industria, cambiando su forma de vivir, incluso de vestir, fueron expulsadas en su mayoría y no volverían a ser tan “útiles” para los poderes políticos hasta la siguiente gran guerra. Pese a ello, algo quedó: consiguieron en muchos casos el derecho al voto y se las liberó de varias cargas ligadas a la dependencia del género masculino, al menos legalmente, y se incrementó el número de mujeres en puestos administrativos y en universidades. ¿Se debe ayudar a los veteranos de guerra en la recuperación de sus puestos de trabajo, darles otro u otorgarles un sueldo? Al fin y al cabo, han luchado por los que quedaron atrás, por la nación, por la patria, por los ideales. Todos deben hacer frente a los bonos emitidos, a los créditos pedidos y, en el caso de los perdedores, a las indemnizaciones de guerra. No sólo hay que reconstruir lo destruido, hay que seguir haciendo frente a las necesidades que suponen todas estas cargas fruto del conflicto.

Después de la Primera Guerra Mundial, cada país que participó en la contienda afrontó la postguerra de distintas maneras y con consecuencias muy distintas. Gran Bretaña y Francia conservaron más o menos su imperio y sus instituciones e hicieron algunos cambios, manteniendo su sistema democrático, pero ahondaron en las diferencias con sus socios y aliados y se mostraron temerosos de las intenciones del resto. Rusia se sumió en una guerra civil que terminó por generar ese monstruo que fue la Unión Soviética. Estados Unidos inició un curioso camino que, por una parte, le haría aislarse en política exterior y, por otra, realizar una serie de inversiones en Europa que, cuando estalló la crisis del 29, ayudaron a que ésta se extendiera al otro lado del océano.

Los imperios Austrohúngaro y Otomano desaparecieron, dando lugar a una serie de pequeños países que aparecieron como víctimas y no como culpables de la guerra. Además, ayudaron a incrementar el número de fronteras en el Viejo Continente, a elevar los aranceles y a reducir el comercio, alejándose de un mercado común europeo. Este papel de malo le tocó en exclusividad a Alemania y, en parte, de manera merecida. Nunca asumieron el papel de perdedores y, hasta cierto punto, es normal que así pensaran sus habitantes, pues Alemania no fue ocupada durante la guerra. Los alemanes se sintieron traicionados y Versalles nunca fue aceptado. El resultado fue que Alemania, tras un inicio de postguerra peligroso, con un intento de creación de un sistema soviético, terminó en manos del nacionalsocialismo. Algo similar le pasó a Italia y Japón, pues a pesar de estar ambos en el bando vencedor, la mala gestión de la postguerra les enemistó con sus socios y terminaron creando un sistema político fascista en el primer caso y militarista en el segundo.

Y ahora vuelvo a la similitud entre la economía de guerra y el Estado de bienestar. Cuando se desmantela una economía de guerra es difícil saber qué va a pasar. Hay muchos intereses y muy poderosos que no se preocupan por el conjunto de la sociedad o de la economía, sino por satisfacer sus necesidades, no perder los privilegios, conseguir otros y, si es posible y existe, machacar al enemigo. Para ellos, los recursos son finitos y es un juego de suma cero, para algunos incluso es un juego mortal, donde la supervivencia de uno es la muerte del otro.

Si existe un paralelismo entre el Estado de bienestar y la economía de guerra es posible que, cuando desde el liberalismo queramos desmantelar la socialdemocracia, ocurran cosas que no nos gusten, se produzcan revoluciones que no nos esperamos y movimientos agresivos, pese a que el interés del liberal es permitir unas condiciones donde todos seamos más libres. No digo que no propongamos y hagamos lo que debe hacerse, sino que estemos preparados para sus consecuencias, incluso para las más negativas. Los hundimientos son peligrosos porque nadie sabe si el tejado le va a caer encima o la demolición va a ser controlada. No toda la información está generada. Es habitual que alguien diga con cierta soberbia que qué más da, que si han tenido unos privilegios, éstos son ilegítimos, pues han sido otorgados por el Estado a costa de lo robado a otros. Todo eso es cierto, pero quitárselos de golpe podría tener consecuencias no deseadas.

Syriza, Podemos o Venezuela: el populismo y la hipocresía de la izquierda

Con la victoria de Syriza copando todos los titulares en Europa y la consiguiente -y esperada- caída de la Bolsa griega como reacción a la nueva realidad política, uno no puede dejar de pensar en qué pasará en España cuando lleguen las próximas elecciones. Son muchas las similitudes ideológicas entre Syriza y Podemos, que se confirman al leer sus respectivos programas electorales. Pero si hay algo que une a ambas formaciones políticas es su naturaleza populista. Y es precisamente esta circunstancia la que más debería de preocupar al ciudadano medio en España. ¿Por qué? Porque el populismo es como un virus, cuya propagación acaba afectando a todas las formaciones políticas y cuyas recetas simplistas, contraproducentes y utópicas se acaban instalando en la mente de los votantes. Y es que Podemos es populista y demagógico hasta en el nombre. No, no podemos impagar la deuda, subir impuestos, aumentar el gasto público, aumentar la regulación, implantar una renta básica universal, nacionalizar media economía, gobernar con un sistema asambleario, adelantar la edad de jubilación o subir el salario mínimo. No podemos hacerlo si lo que buscamos es prosperidad. Podemos hacerlo (más bien, decir que lo haremos) si lo que buscamos es ganar unas elecciones. Populismo 2.0.

Para comprobar que las recetas populistas no funcionan no tenemos más que observar a dos países: Grecia y Venezuela. Empezando por Grecia, el discurso que ha aupado a Syriza al poder ha sido una fortísima oposición a unas supuestas políticas de austeridad y un rechazo de los ajustes exigidos por la Troika. Y digo supuestas por que el déficit público griego no ha parado de subir. Esta es la primera demagogia de la izquierda europea: vender una austeridad pública que brilla por su ausencia. Pero ya saben, repitan una mentira mil veces y se convertirá en verdad. La segunda es que parte de la situación griega sea por culpa de una desalmada Troika, que habría impuesto a Grecia unas medidas de ajuste imposibles de cumplir. Otra mentira tan grande como la que el Gobierno griego ocultó sobre la realidad de sus finanzas públicas al entrar en el euro. Gracias a la Troika, Grecia ha podido pagar los últimos años las pensiones y el resto del gasto social, ha logrado que no se le cierren los mercados de deuda internacionales (pese a hacer una quita de su deuda en 2012 del 73%, ahorrándose 100.000 millones) y ha podido financiarse en 2013 con tipos de interés más bajos que los de Alemania. Cuando uno compara la realidad con el discurso de Syriza se da cuenta del abismo que hay entre uno y otro. Ese abismo tiene un nombre: populismo. Lo peor del populismo es que siempre va acompañado de hipocresía. En el caso griego, la hipocresía es que un partido político que dice ser de izquierdas tarde apenas 24 horas en olvidarse de sus votantes y planee una alianza con ANEL, un partido de derechas griego que, en palabras de Juan Ramón Rallo es “nacionalista, mercantilista, antiliberal, antiausteridad, proteccionista y antiinmigración.”

Lo mismo que sucede en Grecia, lleva tristemente cerca de quince años sucediendo en Venezuela. Hugo Chávez, máximo responsable de la tragedia que hoy están viviendo los venezolanos, tenía la misma ideología que Podemos, por más que estos últimos lo quieran ocultar. Fue el populismo y la demagogia lo que aupó a Hugo Chávez al poder. Fueron unas promesas imposibles de cumplir y fue la ocultación de sus verdaderas intenciones las que lograron que millones de venezolanos confiaran su voto en el militar golpista. Muchos de esos venezolanos están arrepentidos de haber confiado en un discurso muy seductor, que prometía milagros y que tan sólo ha conseguido alcanzar unos niveles de miseria inaceptables. El régimen bolivariano estaba condenado desde el primer día, como cualquier otro sistema socialista, al más absoluto fracaso. Los que se sorprenden de que Venezuela haya aguantado tanto tiempo un sistema económico que consigue una pauperización generalizada deben de observar una variable que está copando titulares hoy en día: el precio del petróleo. El Gobierno de Chávez llegó al poder con el precio en $20 por barril y ha llegado a verlo a más de $150. Ahora que esos ingresos extraordinarios y ficticios desaparecen, la realidad se impone y observamos las consecuencias del intervencionismo económico de todos estos años: escasez y desabastecimiento generalizado, hambrunas, cortes de luz, inflación desbocada, déficit públicos gigantescos y un default más que probable (que ya roza una probabilidad del 100%). Con la abrumadora realidad que asola al país, el régimen de Maduro sigue siendo tremendamente populista, demagogo y mentiroso. La hipocresía del régimen venezolano es obvia. ¿Acaso creen que los principales dirigentes del país hacen colas para comprar productos básicos en los supermercados? ¿Creen que tienen las mismas dificultades para acceder a divisas internacionales a los mismos tipos de cambio que el resto de la población?

Y aquí es donde entra en escena Podemos. A todos los que les comparan y relacionan con el chavismo y Venezuela les acusan de manipuladores y demagogos. Afortunadamente, la hemeroteca y la documentación es tan abrumadoramente extensa que no hay duda de la relación profesional e ideológica entre unos y otros. Negar la relación es una simple estrategia electoral: que el electorado español sepa la verdad en este asunto tendría un coste que no se puede asumir. Mucho se ha escrito sobre la relación de Iglesias, Monedero y Errejón con el chavismo. Sabemos, por ejemplo, que han recibido varios millones de euros por (supuestamente) asesorar al gobierno venezolano. Mi opinión personal es que los asesorados han sido ellos. Hasta la idea del nombre de Podemos viene de Venezuela. El aluvión de millones recibido de Venezuela ha permitido (con La Tuerka primero y Podemos después) desembarcar en España el monstruo de chavismo. Los niveles de populismo a los que Podemos está degradando el discurso político son peligrosamente altos. Y como comentaba anteriormente, el problema del populismo es que se extiende. ¿Conclusión? Tenemos populismo para rato.

Una de las características del populismo es la manipulación de la verdad con fines electorales. Lo importante es llegar al poder y todo lo que se haga con tal de alcanzarlo es legítimo. Al igual que hemos visto que sucedía en Grecia y Venezuela, el populismo de Podemos es por encima de todo hipócrita. Ya sabemos (tras la buena labor de investigación de la prensa y no por la transparencia de sus líderes) que Iglesias y Monedero forman parte del top 1% de los ciudadanos por sus rentas. Los portavoces del 99% son curiosamente miembros del famoso top 1%. ¿Cabe mayor hipocresía? ¿No era imposible hacerse rico si no era mediante la explotación del obrero? ¿Qué sentido tiene que Monedero hable de los ricos como si él no fuese uno de ellos? Pierde bastante legitimidad una persona que dice que los ricos se van sin pagar cuando él lo es y se ha demostrado que intenta pagar los menores impuestos posibles.

No hay mejor ejercicio contra la ignorancia que el saber. Aprendamos de las catastróficas consecuencias que el socialismo ha provocado en Venezuela. Miremos con lupa el desastre económico que el nuevo gobierno de Syriza muy probablemente genere sobre sus ciudadanos. No caigamos en la trampa del populismo, con sus cantos de sirena y burda manipulación de la realidad, con sus promesas utópicas y sus liberticidas intenciones. No caigan en la trampa de Podemos. En la dramática situación en la que se encuentra España no nos lo podemos permitir. No, we can´t.

El nacionalismo y la política británica

Liberales y conservadores, hasta la década de los años veinte del pasado siglo y, posteriormente, conservadores y laboristas, se alternaron en el gobierno británico, si bien las mayores estancias en el mismo correspondieron a los tories. Bipartidismo perfecto y primeros ministros como Margaret Thatcher y Toni Blair disfrutaron de mayorías absolutas, lo que les permitió transformar económica y constitucionalmente el país.

El escenario que podemos encontrar a partir del 7 de mayo aportará novedades significativas. Partidos pequeños como UKIP o el Scottish National Party, aspiran a algo más que una presencia simbólica en el Parlamento. En efecto, los de Nigel Farage quieren monopolizar la política dubitativa de los conservadores hacia materias de especial sensibilidad, como la inmigración y la Unión Europea.

Las recientes euroelecciones resultaron altamente provechosas para UKIP. Su nicho de votantes no se basa exclusivamente en tories descontentos, sino también en sectores de la clase trabajadora, en especial la inglesa, fenómeno este último que el laborismo ha menospreciado.

En cuanto al SNP, se ha convertido en la estrella emergente de la política británica. Perdió el referendo in vs out celebrado en Escocia el pasado 18 de septiembre pero desde entonces, ha incrementado tanto el número de afiliados como el de votantes potenciales, ambos a costa de un laborismo que, con Ed Miliband, ha retrocedido ideológicamente hasta los años setenta, cuando la izquierda se hizo con las riendas de la formación. Durante la década de los 80, los liderazgos de Michael Foot y Neil Kinnock sólo provocaron la división en un partido incapaz de plantear batalla electoral a Margaret Thatcher y John Major.

La táctica seguida por Miliband desde que fue elegido líder del partido laborista (septiembre de 2010) ha consistido, básicamente, en acusar a David Cameron de multiplicar los recortes en el gasto público. Frente a ello, ha propuesto una defensa a ultranza de la subida de los impuestos, que ha suscitado la crítica en contra del mismísimo Blair, consciente de que el principal riesgo que conlleva el extremismo es el rechazo electoral durante varias legislaturas.

Poco más ha aportado Miliband. A falta de cuatro meses para las votaciones, se observa que con ello no le bastará para ganar los comicios. Además, y con esto no contaba, Escocia ha dejado de ser el feudo del laborismo y en dicha nación los sondeos no le son nada halagüeños (en el mejor de los casos, le dan un 24% en intención de voto).

Es ahí donde el SNP le tiende su mano, o más bien le da el abrazo del oso, ya que la formación liderada por el binomio Nicola Sturgeon/Alex Salmond apuesta por sostener a un hipotético (y en minoría) gobierno laborista en Londres, a través de apoyos a medidas puntuales, nunca de un pacto.

Curiosa, que no sorprendente, la actitud del nacionalismo. Hace unos meses, ansiaba la implosión del Reino Unido y ahora irrumpe como su mesías salvador, bajo el mantra de asegurar la gobernabilidad del país, empleando un discurso claramente sectario, que tiene como fin estigmatizar a los tories (cuya presencia, en lo que a Escocia se refiere, es testimonial).

El modus operandi del SNP demuestra a las claras la voracidad del nacionalismo para el que lo importante no son los ciudadanos, sino los territorios. Generar desigualdades, en función de agravios más supuestos que reales, es otro de los componentes de su discurso. La parte dictaría la política que debe seguir el todo. Este escenario resulta ciertamente familiar en España, donde el nacionalismo periférico está instalado en la reivindicación y el regateo, lanzando órdagos de manera constante.

Al respecto, Miliband no ha dado una respuesta contundente en un sentido u otro. En cuanto a Cameron, la situación del Partido Conservador tampoco resulta envidiable y, aunque la mejora de la economía juega a su favor (lo que mantiene intacta la escarapela de los tories como gestores eficaces), tampoco parece que ello le vaya a garantizar la mayoría.

Escolios a un texto implícito

Quizás sea oportuno destacar en estos días la obra del filósofo más relevante del siglo XX en América Latina, máxime en los tiempos tan convulsos que está atravesando (y que atravesará) el mundo occidental en el siglo XXI, debido a la pérdida de los valores tradicionales, fundamentalmente en Europa y América, por el intervencionismo político, la ingeniería "social" y el suicido demográfico.

Nicolás Gómez Dávila (1913-1994) es un autor independiente, contradictorio, inclasificable y, quizás, excesivamente aristocrático en su forma de entender la vida pero que, desde mi punto de vista, es muy recomendable porque sus aforismos provocan la reflexión profunda del lector avisado. Nacido en Bogotá, su privilegiada posición económica y social le permitió sumergirse entre los libros de su amplia biblioteca desde el año 1949, enclaustrarse voluntariamente y realizar una destilación del pensamiento de la sociedad de Occidente que se apoya en frases cortas y elípticas, maduradas durante años, analizando las grandes preguntas de la filosofía, de la religión y de la política.  

Su obra principal es Escolios a un texto implícito, que está formada por un amplio conjunto de aforismos que se presentan como las notas al margen de un sistema filosófico que prefirió no explicitar formalmente, sino desplegarlo por medio de las ideas, que alambicaba y destilaba con pequeñas gotas de sabiduría, del mismo modo que hacían los escolásticos en los escolios.

Los "escolios" eran los comentarios que los escolásticos anotaban en los márgenes de los manuscritos antiguos y de los incunables en las bibliotecas de los monasterios para explicar los pasajes de una obra desde un punto de vista gramatical, estilístico, explicativo o interpretativo. Esta referencia a la escolástica, no es una mera casualidad en la obra de Gómez Dávila. Los escolios eran una referencia importante en su estudio de la tradición de las obras antiguas que eran leídas y cuidadas por los autores escolásticos, pasando de generación en generación a lo largo de los siglos. Sin duda, Gómez Dávila les daba una importancia máxima, dado que los inscribe directamente en el título, empleándolos también como fuente de inspiración para preparar y redactar su obra académica del mismo modo que hicieron los autores escolásticos, con un trabajo lento y pausado, durante años de lectura y reflexión sobre los autores clásicos.

Quizás sea preciso recordar que, desde la publicación de la obra The School of Salamanca (1952) de Marjorie Grice-Hutchinson (1909-2003), se ha demostrado cómo los escolásticos españoles identificaron muchos de los principios del crecimiento económico y, también, las instituciones morales responsables del arraigo de una sociedad civilizada: 

Posteriormente, se produjo un desarrollo prometedor en la discusión de estas cuestiones por obra de los escolásticos medievales al advertir la existencia de esa categoría intermedia de fenómenos que son «resultado de la acción humana pero no de la intención humana»… En efecto, en el tratamiento de los problemas sociales por parte de los escolásticos tardíos, los jesuitas españoles del siglo XVI, el término naturalis se convirtió en un término técnico empleado para designar aquellos fenómenos que no son producto de la creación deliberada por la voluntad humana.

Hayek, 2006, pp. 98-99.

Friedrich Hayek (1889-1992) destacaba la importancia de las obras de los autores escolásticos y del cristianismo como "guardián de la tradición" por transmitir entre múltiples generaciones de ciudadanos los patrones de conducta, fundamentos o instituciones morales que generan (y son generados por) una sociedad civilizada.

Por su parte, Nicolás Gómez Dávila, si bien era crítico con el comportamiento (progresista) de parte de la curia eclesiástica, daba importancia máxima a la tradición cristiana, observando como base de su filosofía las ideas que identificaron y comentaron los escolásticos. A modo de ejemplo, a continuación, cito tres escolios que se refieren a la tradición, la Iglesia y la necesidad de reconstruir el "ethos occidental" conforme a la tradición cristiana:

— Cuando el respeto a la tradición perece, la sociedad, en su incesante afán por renovarse, se consume a sí misma. (Gómez Dávila, 2001), p. 108

— La Iglesia evitó su esclerosis en secta exigiéndole al cristiano que se exigiese perfección a sí mismo, no que se la exigiese al vecino. (Gómez Dávila, 2001), p. 316

— Hoy el individuo tiene que ir reconstruyendo por dentro de sí mismo el universo civilizado que va desapareciendo en torno suyo. (Gómez Dávila, 2001), p. 332

Se autodefinía como un "reaccionario" en el sentido de ser un individualista, posicionado en contra de las ideas que consideraba no merecen la pena ser conservadas y que entendía deben ser refutadas desde la aristocrática soledad de la inteligencia. Creía en la necesidad de una clase dirigente preparada y consciente de la importancia de los valores morales vinculados a la religión cristiana, con capacidad para entender el proceso histórico y sus responsabilidades. Sirvan como ejemplo, estos cinco escolios que expresan sus pensamientos frente al estatus quo imperante en los órdenes moral, jurídico, científico y político:

— Reformar la sociedad por medio de leyes es el sueño del ciudadano incauto y el preámbulo discreto de toda tiranía. La ley es forma jurídica de la costumbre o atropello a la libertad. (Gómez Dávila, 2001), p. 79

 — Varias civilizaciones fueron saqueadas porque la libertad le abrió impensadamente la puerta al enemigo. (Gómez Dávila, 2001), p. 241

— En las elecciones democráticas se decide a quiénes es lícito oprimir legalmente. (Gómez Dávila, 2001), p. 315

 — No parece que las ciencias humanas, a diferencia de las naturales, lleguen a un estado de madurez donde las necedades automáticamente sean obvias. (Gómez Dávila, 2001), p. 316

 — Salvo el reaccionario, hoy solo encontramos candidatos a administradores de la sociedad moderna. (Gómez Dávila, 2001), p. 332

Sin embargo, la obra de Nicolás Gómez Dávila es ante todo reaccionaria por argumentar en contra de las ideologías sobre las cuales la modernidad ha construido una religión antropoteista, que se manifiesta en las diversas formas confesionales o «actos de fe laicos» que defienden los políticos intervencionistas y aquellos ciudadanos que los eligen como, entre otros, los cultos al Estado Minotauro, a la democracia asamblearia, a la lucha de clases, al progresismo, al ecologismo, al materialismo, al ateismo, al populismo… que guían hacia la «colectivización» de la sociedad. Creo es interesante finalizar con más frases del autor, indicando cinco escolios adicionales, como ejemplo, de algunas de sus críticas:

— El Estado moderno es la transformación del aparato que la sociedad elaboró para su defensa en un organismo autónomo que la explota" (Gómez Dávila, 2001), p. 256

— Las ideologías son ficticias cartas de marear, pero de ellas depende finalmente contra cuales escollos se naufraga. Si los intereses nos mueven, las estupideces nos guían. (Gómez Dávila, 2001), p. 315

— El progresista sueña con la estabulación científica de la humanidad. (Gómez Dávila, 2001), p. 317

— La inflación económica de este final de siglo es fenómeno moral. Resultado, y a la vez castigo, de la codicia igualitaria. (Gómez Dávila, 2001), p. 373

— Los hombres se dividen en muchos altruistas, ocupados en corregir a los demás, y pocos egoístas, ocupados en adecentarse a sí mismos. (Gómez Dávila, 2001), p. 393

En definitiva, sus escolios condensan pensamientos sobre densos debates intelectuales como, por ejemplo, la necesidad de las instituciones morales para sostener una sociedad civilizada, el vacío existencial en una modernidad sin Dios que condujo hacia una posmodernidad sin valores morales, la opresión de los ciudadanos por un Estado que invade todos los ámbitos de decisión de las personas, la alienación de los derechos individuales del hombre a la vida, la libertad, la propiedad y la igualdad de trato ante la Ley o, también, la tergiversación deotras instituciones morales como el cumplimiento de los contratos, la familia, el lenguaje, la función empresarial, el libre comercio, la banca, el dinero…

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