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Etiqueta: Pensamiento liberal

¿Y si fuera al revés?

Una de las cosas que hice en mi niñez de la que me sentí más orgulloso fue la vez que mi padre me dio la razón en cierta disputa doméstica que tuve con mi madre. La cosa no fue sencilla, ya que mis padres, como la mayoría de padres, se daban la razón mutuamente el uno al otro con tal de hacer piña en contra de sus hijos. En su caso, con tres chavales en casa, la estrategia era casi obligada.

Pero hete aquí que cuando llegué a cierta edad que te permite ver ciertos comportamientos adultos como lo que son, comportamientos normales y previsibles a los que te puedes anticipar, decidí plantear una riña que tuve con mi señora madre de manera diferente a la típica pataleta a la que estaban acostumbrados. Me planté ante mi padre, que estaba trabajando en el momento del altercado, y ni corto ni perezoso me dirigí a mi madre para pedirle que mantuviera silencio mientras contaba los sucedido a mi manera. Cuando tuve su conformidad, gracias seguramente a la curiosidad que sentiría al verme plantear así la cuestión, comencé a contar a mi padre los hechos exactamente al contrario de como había sucedido.

Como no podía ser de otra manera, en cuanto acabé de narrar la historia mi padre le dio inmediatamente la razón a mi madre, además bastante convencido de que era lo correcto. Pero a los pocos segundos se dio cuenta de que algo pasaba al ver la reacción de mi madre, y no tardó en confirmar sus sospechas al escuchar mi frase de victoria, al decirle, más contento que unas pascuas, que qué pensaría si le dijera que había sido al revés, y por tanto era yo el que tenía razón.

Una vez repuestos de la sorpresa, mis pobres padres, más contentos de que su hijo hubiera sido capaz de desarmar su torpe estrategia que enfadados por verse descubiertos, me felicitaron por cómo había planteado el asunto. Aunque mi madre no se quedó muy convencida de que tuviera yo la razón…

Esto, que no es más que una anécdota infantil que se habrá vivido en cada hogar, por desgracia se podría repetir una y mil veces tomando como sujeto del experimento a la mayor parte del población española, poniendo a prueba su sectarismo político en cualquier tema social.

Por ejemplo, si cuento una historia de unos pastos propiedad de un gran terrateniente, que se apropió de ellos de forma arbitraria, despojando de esa posibilidad a unos humildes ganaderos que llevan criando vacas generaciones y generaciones en el mismo lugar. Y sigo contando cómo este terrateniente obliga a estos pobres ganaderos a pagarles una cuota porque su ganado paste en esas tierras. Y añado cómo un pobre ganadero se ha rebelado ante semejante injusticia y ha impedido que los miembros de seguridad del terrateniente le despojen de su ganado, en compensación a los años que lleva sin pagar la cuota, convirtiéndose en un héroe para sus vecinos. Entonces, si cuento todo esto tengo a un 50% de la población blasfemando contra el malvado terrateniente y cantando alabanzas del pobre ganadero.

Pero claro, si resulta que aclaro que todo lo dicho arriba no es exactamente así, sino que donde pone terrateniente debe poner Estado Federal de EEUU. Entonces, solo entonces, saldrá Pablo Pardo, y el 50% de la población, a decir que no pagar una tasa por que tus vacas pasten en un terreno público es como ir a 200 km por la carretera. O sea, una temeridad que pone en peligro la vida de otras personas. Y que cuanto antes le quiten el ganado al malvado ganadero, más tranquilo vivirá el americano de a pie.

Y que no se entienda con esto que me posiciono a favor del ganadero. Algo que aprendí aquel día que vencí la estrategia de mis padres es que hay que estar muy bien informado de una historia para poder emitir un juicio de opinión. Y no es mi caso. Por desgracia, eso seguirá sin importar un pito a los Pablos Pardos de este país. Y es que, ahora y siempre, hay que hacer piña contra los malvados del otro bando, sean tus hijos o no.

El economista de la frontera

El tema de las preferentes ha centrado la atención de la opinión pública a lo largo de los últimos tres años. El caso ha generado una intensa polémica política y, sobre todo, numerosas protestas por parte de los afectados. En este sentido, Bankia ha copado buena parte de las críticas debido al tamaño de la entidad y, por tanto, al elevado número de clientes que, de una u otra forma, se vieron entrampados en la contratación de productos híbridos (deuda subordinada y preferentes) tras aflorar los graves problemas de solvencia que sufría la entidad.

Sin embargo, el mecanismo de arbitraje puesto en marcha por el Gobierno para resarcir a los inversores minoristas, unido a la fuerte relavalorización que ha experimentado la cotización de Bankia tras el rescate público, han permitido que la mayoría de los afectados haya recuperado su inversión e incluso muchos estén ganando dinero. En la actualidad, y tomando como referencia un precio de 1,5 euros por acción, algo más del 65% de los afectados ya ha recuperado lo invertido, mientras que el resto, si bien acumula un pérdida próxima al 19,5%, lo hará en cuanto la cotización supere los 1,8 euros.

Bankia llegó a acumular preferentes y deuda subordinada por valor de 6.231 millones, en manos de de 294.905 titulares. De éstos, 192.268 (65%) ya han recuperado su inversión por la vía del arbitraje tras obtener la opinión favorable del experto independiente. En concreto, el árbitro ha resuelto a favor un total de 137.480 expedientes, solo que el número de clientes beneficiados es mayor puesto que muchos de estos contratos estaban a nombre de dos personas (doble titularidad, como en el caso de un matrimonio, por ejemplo).

Del total de solicitudes de arbitraje (182.942), el experto resolvió en contra 45.460 casos ante la evidencia probada de que el titular conocía perfectamente la naturaleza y los riesgos del producto contratado.

Ahora bien, dentro del total de afectados (294.905), cabe distinguir claramente entre dos grupos:

  • Aquellos que, voluntariamente, decidieron canjear sus productos híbridos por acciones de Bankia en marzo de 2012, poco antes de la nacionalización de la entidad.

  • Y quienes fueron obligados a convertir sus títulos de deuda (subordinada y preferentes) en acciones (capital), previa aplicación de quitas, durante el proceso de reestructuración que tuvo lugar en 2013, después de que el Estado inyectara unos 22.000 millones de euros en la entidad para evitar su quiebra.

Al canje de 2012 acudieron un total de 115.541 clientes. En este caso, el problema es que el valor de las acciones recibidas se vio diluido casi por completo tras la nacionalización y la posterior ampliación de capital de la entidad. Sin embargo, de estos clientes, el 95% de los que solicitaron el arbitraje ha recuperado el 100% de su inversión. Es decir, casi la totalidad de inversores.

Mientras, el canje obligatorio de 2013 se aplicó a los restantes 179.364 afectados. De éstos, el 42% gana dinero con la subida de la acción y el 58% restante sufre una pérdida inferior al 20%. Aquí cabe tener presente que dicha cifra incluye tanto a los titulares de deuda sobordinada como de participaciones preferentes, pertenecientes a distintas emisiones y a las diversas cajas que, en su día, se fusionaron para crear Bankia.

El análisis de la tres emisiones principales, cuyo volumen suma un total de 4.800 millones de euros, refleja la recuperación de ahorros que está propiciando la fuerte revalorización bursátil de Bankia. No en vano, las nuevas acciones de la entidad en su segunda salida a Bolsa, hace casi un año, cerraron su primera sesión en 0,60 euros, mientras que hoy rondan los 1,50 euros. El presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, ya ha expresado en diversas ocasiones que su principal objetivo es generar el máximo valor posible para devolver el dinero del rescate público.

Las tres grandes emisiones citadas, ordenadas por importe de menor a mayor, son las siguientes:

  • Deuda Subordinada de Caja Madrid emitida en 2010 por valor de 800 millones de euros: se aplicó una quita del 10% y el resto se canjeó por nuevas acciones a un precio de 1,35 euros. A la cotización actual de 1,5 euros, y una vez descontados los intereses cobrados por dichos bonos menos lo que hubieran percibido por un depósito tipo, estos inversores han registrado una ganancia del 11,3%. Son unos 25.000 clientes.

  • Deuda Subordinada de Bancaja emitida en 2009 por valor de 1.000 millones de euros: también sufrieron una quita del 10%. En este caso, la ganancia asciente al 22,6%. Son unos 39.000 clientes.

  • Preferentes de Caja Madrid emitidas en 2009 por valor de 3.000 millones de euros: sufrieron una quita media del 37% y el resto se canjeó por nuevas acciones a un precio de 1,35 euros. Al precio actual de 1,5 euros, su pérdida media ronda el 19,5%, descontados los intereses cobrados por las preferentes (7% anual) menos lo que hubieran percibido por un depósito. Son 102.000 clientes.

En cuanto a estos últimos preferentistas, recuperarían el 100% de la inversión en caso de que Bankia supere los 1,8 euros por acción. Sin embargo, conviene advertir que ya habrían recuperado todo el dinero si el canje se hubiera efectuado a 1 euro por acción, que era el valor en libros de Bankia en su segunda salida a Bolsa, en lugar de 1,35. Dicho precio fue fijado por el Fondo de rescate bancario (FROB) para que acreedores y el propio Estado, que también entró a 1,35 euros en el capital del grupo financiero, asumieran parte del agujero patrimonial que presentaba la entidad (algo más de 4.000 millones de euros) como consecuencia de las abultadas pérdidas registradas en 2012.

Ejemplo: 100.000 euros en preferentes

El siguiente ejemplo muestra un caso tipo en el que un particular invierte 100.000 euros en las preferentes de Caja Madrid emitidas en 2009:

  • Tras la quita del 37%, su inversión nominal queda reducida a 63.000 euros. Dicho importe se canjea por acciones de Bankia emitidas a 1,35 euros por acción.
  • A cambio de sus preferentes, recibe un total de 46.667 acciones.
  • A los 100.000 euros iniciales cabe restar los intereses cobrados por la emisión (7% anual) menos lo que hubiera percibido por un depósito tipo (Euribor a 12 meses), lo cual arroja como resultado unos 86.950 euros.
  • A una cotización de 1,5 euros, el precio de las acciones recibidas ronda los 70.000 euros, con lo que la pérdida implícita se situaría en el 19,5% (16.950 euros).
  • Si la acción sube a poco más de 1,8 euros, recuperaría el 100% de la inversión. De hecho, si el canje se hubiera hecho a 1 euro en lugar de 1,35, ya estaría ganando dinero.

Si, además, hubiera acudido al arbitraje y su solicitud resultara favorable, el particular ya habría ganado dinero en función de la fecha del laudo. Tomando también como referencia 100.000 euros:

  • El árbitro resuelve que el particular tiene derecho a que se le devuelva la inversión, una vez descontados los intereses abonados menos el interés que habría obtenido en un depósito (los 86.950 euros citados en el anterior ejemplo).
  • Se le abona en efectivo dicho importe, pero descontando el valor de las acciones que recibió en el canje, tomando como referencia la cotización de Bankia el día anterior a la firma del convenio de arbitraje.
  • Los primeros laudos se abonaron en junio de 2013, cuando la acción rondaba los 0,60 euros. De este modo, teniendo en cuenta que el valor de sus 46.667 acciones sumaba entonces 28.000 euros, el preferentista recibió en metálico 58.950 euros -la diferencia entre la cuantía que marca el laudo y el precio de sus acciones en esa fecha-.
  • Si hubiera vendido entonces sus acciones, habría recuperado el 100% de su inversión en preferentes. Pero, si hubiera esperado, hoy valdrían 70.000 euros que, sumados al abono de 58.950 euros en efectivo, arrojarían como resultado un total de 128.950 euros (28.950 euros más que la inversión inicial en preferentes).

Sentido y sensibilidad

Michel Barnier, comisario europeo de Mercado Interior, conservador, declaró:

Se había desregulado todo desde hacía 30 años, en una especie de ola ultraliberal, una caricatura del liberalismo, apoyada tanto por la izquierda como por la derecha. Ahora regresamos a una economía social de mercado, a una regulación inteligente.

Y la ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, también de la derecha peronista, celebró la designación de su secretario de Estado de Servicios Sociales e Igualdad, Juan Manuel Moreno, como candidato a la presidencia del PP en Andalucía y a la presidencia de la Junta en las elecciones autonómicas con estas palabras:

Es un compañero comprometido, valiente y con gran sensibilidad social.

La economía social de mercado tiene una larga tradición en Europa, y en particular en Alemania, donde la noción fue inventada en los años 1940, tuvo un considerable auge político gracias a la figura de Ludwig Erhard y se ha mantenido allí en pie hasta hoy. En su origen estuvo la primera aparición de la expresión neo-liberalismo, porque la economía social de mercado buscó distinguirse del liberalismo decimonónico manchesteriano y apoyó a la vez la competencia y la intervención política, empezando, precisamente, por la defensa de la competencia, porque ya entonces se había impuesto la ficción de que el mercado tiende a autodestruirse generando monopolios. 

Por eso algunos denominaron a la economía social de mercado la tercera vía entre mercado y Estado, entre capitalismo y socialismo, y ha tenido el respaldo de pensadores vinculados al cristianismo en general y al catolicismo en particular, cuya Doctrina Social también alberga elementos partidarios y hostiles al liberalismo (cf. "Tensión económica en la Centesimus Annus"). Incluso podemos sospechar que tiene que ver con la llamada síntesis neoclásica, que, como es sabido, simpatizó algo, o a veces bastante, con el mercado en la microeconomía a la hora de asignar recursos pero reclamó la imprescindibilidad del intervencionismo en la macroeconomía no sólo por fallos del mercado, descubiertos astutamente en la micro, sino por un abanico de razones macro que iban desde la estabilidad financiera hasta la justicia social.

Todo esto es estupendo y tranquiliza muchas conciencias, que para eso están las doctrinas al fin y al cabo. Lo malo que tiene es que parte de una falacia y termina ofuscando la comprensión de la realidad. Es una falacia sostener que el mercado y el Estado sean males análogos de los que convenga equidistar. Partiendo de esto es fácil resbalar hacia el disparate del señor Barnier, que seriamente cree o pretende hacernos creer que en las últimas tres décadas (justo después de la caída del Muro, lo que no es casual) hemos vivido sin impuestos, sin gasto público y sin Estado, en una "ola ultraliberal" donde se desreguló… ¡todo! Esto no es verdad, y es imposible que don Michel no sepa que no es verdad.

Pero en política, y en lo relativo a los asuntos humanos, importa tanto la verdad como lo que prefiramos pensar que es la verdad. Y en eso llega Fátima Báñez y se pone a describir a una persona que es como ella, es decir, que no tiene oficio conocido más que el de la política, ni pensamiento conocido más que la corrección política antiliberal. ¿Cómo describir a una persona así? Pues, lógicamente, asegurando que tiene "gran sensibilidad social". Eso es, social. Vamos, como la Madre Teresa de Calcuta.

La Europa de Carlos V

Este mes de mayo celebraremos las elecciones al Parlamento Europeo, y me ha parecido interesante hablarles de uno de los personajes históricos más vinculados a la idea de Europa: nuestro Rey Carlos I de Austria, quinto emperador con ese nombre del Sacro Romano Germánico Imperio. En esta columna daremos un apretado repaso a su política europeísta, si se pudiera llamar así (aunque no es un concepto adecuado a esa época). Pero el caso es que le tocó vivir un momento crítico, precisamente para esta idea de Europa: la ruptura de la Cristiandad con la Reforma de Lutero. Durante los mil años de la Edad Media, y a pesar de las muchas guerras entre sus reinos, se habían identificado ambos términos: el de Europa y el de la communitas christiana. Cosa que cambió por completo con el nacimiento de las confesiones reformadas. Veremos que esa preocupación por la unidad, junto al ansia de paz, fueron dos características importantes de un gobernante que pasó en los campos de batalla casi tantos años de su vida como en los palacios.

He rescatado de la biblioteca tres libros famosos sobre el Emperador Carlos. Comienzo por uno más antiguo de Ramón Menéndez Pidal: La idea imperial de Carlos V, que en realidad es un discurso del año 1938 que da nombre a un volumen con otros ensayos. Este famoso historiador escribía sobre el interés que había despertado Carlos V en varios países europeos, como Bélgica o Alemania. Aunque discute la interpretación que se le ha dado a su "idea imperial", sobre todo por parte de algunos autores alemanes como Brandi. Pidal defiende un sentido de Imperio como herencia del romano, pero esta vez configurado en una geografía europea (ya no mediterránea). Y con dos características: la búsqueda de la unidad y de la paz.

Efectivamente, las dos grandes preocupaciones de Carlos V (tanto en lo militar como en lo religioso) fueron la amenaza turca y la secesión luterana. Aspiraba a una paz interna que respetase el status quo, aunque también estaba dispuesto a mostrar una respuesta enérgica ante lo que considerara una traición a esa unidad: así se entiende el famoso Saco de Roma de 1526 (que no promovió, pero tampoco castigó al militar que lo llevó a cabo). Como expresaba en un discurso de 1528, antes de partir para Bolonia para ser coronado Rey de Romanos, él no quería tomar lo ajeno, sino respetar lo heredado; y mantuvo este mismo criterio poco después, en otra conocida intervención ante el Papa. Fue a su regreso de la defensa de Túnez, donde había encontrado correspondencia del rey Francisco I de Francia con el Turco (algo que le parecía inconcebible): allí exigía a los gobernantes europeos una coherencia en la defensa del ideal cristiano, repitiendo por tres veces ante Paulo III "que quiero la paz, que quiero la paz, que quiero la paz". Pero señalando a la vez que también estaba dispuesto a "rompernos las cabezas" si finalmente no se llegaba a un acuerdo.

Hay otro libro parecido de José María Jover, Carlos V y los españoles, que también contiene tres ensayos históricos. Nos fijaremos en el primero: "Sobre la política exterior de España". Jover transcribe y estudia varias cartas del Monarca a su mujer, la emperatriz Isabel, en las que resume su actividad militar y diplomática. Aquí vemos la referencia a otro episodio memorable para los europeos: la defensa de Viena contra Solimán, en 1532. Aunque los ejércitos no llegaron a encontrarse, Carlos se ocupó de lograr previamente un entendimiento con los protestantes alemanes (en Ratisbona) para hacer frente al enemigo común, al tiempo que movilizaría los Tercios españoles desde Italia y Flandes. Es llamativo cómo escribía a Isabel que no esperaba ninguna ayuda de Roma, ni de los reyes de Francia, Portugal o Inglaterra… Vemos de nuevo aquí esa preocupación por la unidad de Europa, incluyendo ahora las propias fronteras geográficas (y se me ocurre pensar: ¿cómo habría actuado el Emperador ante una situación como la de Ucrania?).

El tercer libro se titula Carlos V, un hombre para Europa, de Manuel Fernández Álvarez (1976). Tiene más bien un formato de manual de historia, recorriendo toda la biografía del Emperador desde su nacimiento en Gante hasta su muerte en Yuste. Pero es un acercamiento desde la perspectiva del "estadista de Europa", mostrando cómo supo equilibrar una política global que incluyese a los territorios de Italia, Alemania, los Países Bajos y, por supuesto, España. Sobre esta cuestión también se ha escrito abundantemente: cómo ese joven príncipe borgoñón, que apenas sabía hablar castellano cuando desembarcó en Santander, finalmente adoptó una estrategia de hispanizar Europa, como señalaba Menéndez Pidal. No me parece un patrioterismo desfasado esta expresión, ya que nuestros monarcas del siglo XVI y sus ministros fueron verdaderamente unos ilustres ciudadanos europeos, que al tiempo estaban orgullosos de sus raíces españolas. En el citado discurso de Roma ante Paulo III, que pronunció en castellano, Carlos V señalaba al embajador francés que "no espere de mi otras palabras que de mi lengua española".

El nombre de Carlos V es hoy reconocido en Europa con respeto: unas becas de Movilidad e Investigación en Estudios Europeos llevan su nombre, al igual que el Premio Europeo Carlos V que otorga la Academia Europea de Yuste. Precisamente, en la edición de este año 2014 fue galardonado el Presidente de la Comisión, José M. Durão Barroso, por "su impulso a la construcción de una Unión Europea cada vez más fuerte". En su intervención, Barroso destacó el protagonismo del Emperador en "la superación de los egoísmos nacionales, los nacionalismos extremos y las guerras". Esperemos que nuestros representantes electos al Parlamento lleven alguno de aquellos ideales políticos del Emperador a las instituciones europeas.

Leyes, legalidad y legitimidad

Los individuos pueden preguntarse por el por qué o para qué de las leyes, su justificación, legitimación y fundamentación, y la necesidad o conveniencia de su cumplimiento. Diferentes respuestas son posibles, desde las que fomentan el sometimiento (irreflexivas y manipuladoras) hasta las que buscan comprensión (con contenido filosófico o científico): la ley es la ley y hay que cumplirla y punto, debes hacer lo que debes hacer; cuestionar las leyes es una impertinencia, un pecado o un crimen muy grave; las leyes expresan la voluntad de alguna autoridad muy poderosa a la cual conviene no enojar con su incumplimiento y así evitar represalias; las leyes expresan la voluntad de una autoridad muy sabia y benevolente y conviene obedecerlas por nuestro propio bien aunque no sepamos por qué; las leyes de menor nivel se justifican mediante leyes de mayor nivel o principios fundamentales; las normas adecuadas son necesarias y útiles porque permiten y fomentan el desarrollo personal, la coordinación social y la convivencia armoniosa.

Las leyes (reglas, normas, principios) pueden proceder del derecho positivo, de la ética, la moral o la religión. Las leyes regulan, disciplinan y ordenan la conducta de los individuos: expresan prohibiciones, obligaciones o derechos de los agentes involucrados respecto a ciertas acciones o estados del mundo en diversas circunstancias. Un acto concreto es ilegal (falta, delito, crimen, pecado) si viola alguna ley, si no es conforme o compatible con ella: hacer algo prohibido, no hacer algo obligatorio.

El incumplimiento de la ley suele implicar la aplicación de algún castigo contra el infractor: daños físicos, encarcelamiento, multa, expulsión de un grupo. Las autoridades (centralizadas o descentralizadas) generadoras y/o gestoras de las leyes deben tener algún poder para conseguir su cumplimiento: fuerza física, persuasión (por amor o por miedo), liderazgo de un grupo organizado.

No sólo hay leyes sobre acciones: también hay leyes sobre leyes (metanormas), leyes más abstractas y de mayor rango que inspiran y deben cumplir las leyes más concretas y de rango inferior. Los reglamentos de un ministerio o departamento deben cumplir y concretar las leyes que emanan del parlamento, que a su vez deben cumplir y concretar la constitución de una nación. Una ley es inconstitucional si es incompatible o contraria a la constitución; un reglamento puede ser no conforme con alguna ley que lo afecta.

La existencia de niveles normativos se aprecia en frases como “las leyes deben cumplirse”, “esto debería estar prohibido” o “prohibido prohibir”, que expresan normas acerca de normas (y probablemente también la opinión del hablante acerca de la conveniencia o no de esas reglas). Algunos pensadores pueden creer erróneamente que un tema queda zanjado simplemente con invocar un principio superior; sin embargo al criticar una ley por ser incompatible con otra norma o idea superior conviene recordar que ese principio superior quizás es a su vez criticable: no es el único posible, o es criticable mediante otra norma más alta.

Las leyes prescriptivas, como órdenes o comandos, no son verdaderas o falsas del mismo modo que las leyes descriptivas, sino que están vigentes o no, se aplican o no, se exigen o no, y se cumplen o no. Lo que es verdadero o falso es si una ley está en vigor o no, si se acata o no, y si se ha violado o no con alguna acción concreta. Pero los contenidos de las normas pueden variar en el tiempo o de un grupo social a otro.

Un buen sistema normativo es consistente y completo en la medida de lo posible: las diferentes partes se apoyan y complementan mutuamente; está libre de contradicciones, incompatibilidades, incoherencias o arbitrariedades; y es capaz de producir una respuesta para todas las preguntas o problemas relevantes.

Los sistemas normativos suelen tener estructura jerárquica: no son conjuntos de leyes desconectadas y todas al mismo nivel o con la misma importancia, sino que algunas normas son más básicas que otras. El sistema legal tiene fundamentos que soportan el sistema, o un núcleo central que lo cohesiona, o una cúspide que lo culmina (según el punto de vista y dónde se coloquen los elementos principales).

Que la estructura sea jerárquica no implica que históricamente primero aparezcan las leyes abstractas fundamentales y a partir de ellas se deduzcan o generen las reglas prácticas, concretas y detalladas. Es posible que primero existan diversas normas específicas independientes cuyas interacciones e intentos de explicación o justificación lleven a una integración y sistematización.

Las leyes pueden utilizarse como herramientas de poder: las normas son armas. Los principios expresados en el nivel superior son muy importantes porque controlan todas las demás normas y conductas: también son muy conflictivos porque los individuos pueden no estar de acuerdo sobre sus contenidos y pelean o discuten para imponer los que cada uno desea. Existen los principios superiores, pero no suele haber acuerdo sobre cuáles son: puede haber consenso sobre términos muy genéricos, pero desacuerdo sobre su interpretación (“libertad”, “igualdad”, “justicia”). También puede suceder que los principios superiores no importen demasiado si su interpretación es tan flexible que permiten implementaciones concretas prácticas muy diferentes (“hagan ustedes las leyes, que yo haré los reglamentos”).

Los seres humanos intentan controlarse mutuamente unos a otros en su propio beneficio: influyendo sobre sus preferencias y sobre el contenido de sus sentimientos morales; e intentando que las leyes sean las que cada uno desea. Con leyes de bajo nivel se controla la conducta concreta, y con leyes de alto nivel se controla la producción de leyes de menor nivel. Es posible denunciar a un individuo por incumplir alguna ley, o denunciar una ley por ser incompatible con otra superior.

Las normas están y operan en las mentes de los agentes (y tal vez en memorias exosomáticas como los libros) para regular su propia conducta y la ajena. Las leyes son generadas y gestionadas exclusivamente por los seres humanos, de forma consciente o inconsciente, y cumplidas mediante acatamiento voluntario o por imposición de los más fuertes y sometimiento de los débiles. Pero es común que muchos individuos crean que algunas leyes proceden de divinidades sobrenaturales, entidades sobrehumanas muy poderosas.

Todo sistema normativo tiene un número finito de niveles (al menos uno y quizás sólo uno) y un nivel máximo o cúspide: este nivel superior no tiene ninguno por encima que lo fundamente o justifique; si se invoca un nivel más alto como apoyo o para rechazarlo, entonces resulta que no se trataba del nivel máximo. El nivel superior es axiomático y no se deduce o infiere de ningún otro: simplemente se acepta o no. Este hecho problemático puede resultar incómodo para algunas personas, quienes lo resuelven de forma intuitiva mediante el recurso a entidades imaginarias omnipotentes, los dioses, quienes presuntamente fundamentan la ley con su voluntad y su poder: este engaño puede resultar práctico y funcional si es creído de forma compartida y sirve así para cohesionar un grupo en torno a unos principios comunes no discutidos.

Las normas morales o éticas también pueden tener diversos niveles. El nivel superior puede ser una presunta voluntad divina, algún criterio filosófico (utilitarismo, consecuencialismo, deontología, ética de las virtudes, liberalismo, comunitarismo, socialismo, comunismo) o un conjunto de principios abstractos de justicia: desigualdad según casta o estatus social, igualdad ante la ley (universalidad, imparcialidad, simetría, aplicación uniforme no discriminatoria; totalmente universal o restringida a los miembros de un grupo), igualdad mediante la ley.

La legalidad y constitucionalidad en el derecho positivo son equivalentes a la justicia y legitimidad en la moral y la ética. Justificar o legitimar es invocar los principios más abstractos, generales y universales. Pero lo que para unos es justo o legítimo para otros es injusto o ilegítimo porque esos principios pueden ser diferentes para distintos individuos.

Para algunas personas las leyes que rigen la sociedad deben estar sometidas a principios morales o éticos. El positivismo jurídico rechaza el sometimiento de la ley a la moral. Pero esto no implica que la ley positiva no tenga fundamentos de ningún tipo. El derecho puede fundamentarse en principios generales y en diversas normas que regulan la producción de leyes vigentes y exigibles: costumbre, ley común producida por jueces y jurisprudencia, definición del sujeto soberano y las autoridades competentes, utilización de procedimientos formales válidos, aprobación democrática explícita (popular directa o mediante representantes en parlamento como poder legislativo que promulga y proclama las leyes), pactos contractuales.

 

Los libros de texto saudíes, bombas de odio

Coincidiendo con la visita de Barak Obama a Arabia Saudí, la Fundación para la Defensa de las Democracias publicó un estudio en el que el experto en asuntos del Golfo Pérsico David Andrew Weinberg acusa a Washington de ocultar un informe del Centro Internacional para la Religión y la Diplomacia (CIRD) en el que se pone de manifiesto el adoctrinamiento en el odio a los no musulmanes que se perpetra en el sistema educativo saudí.

En 2011 el Departamento de Estado encargó al CIRD un informe sobre los libros de texto saudíes, libros que son exportados gratuitamente a todos los países en los que existen centros de estudios financiados por Riad. El documento, titulado "La tolerancia religiosa en el reino de Arabia Saudí", estaba acabado en 2012, pero Washington no lo ha publicado en su integridad, al contrario de lo que hizo con un estudio similar sobre los textos utilizados en las escuelas israelíes y palestinas.

La Secretaría de Estado aduce que no quiere molestar a los saudíes en un asunto en el que se están haciendo progresos. Sin embargo, antiguos funcionarios del departamento conocedores de este asunto aseguran que el motivo real es evitar dar una imagen pésima del régimen.

Los últimos manuales editados por Arabia Saudí contienen pasajes en los que se deshumaniza a judíos y cristianos, se promueve el asesinato de "desviados" como los homosexuales y se defiende la violencia contra los musulmanes no wahabíes. El libro de Ley Islámica correspondiente al décimo curso anima a los estudiantes a "matar a quien cambie de religión (…) porque no vale la pena mantener a esas personas con vida". También se afirma que "Dios creó a los judíos de monos y cerdos". El texto utilizado por los estudiantes de 12º describe a los judíos y a los cristianos como "las peores criaturas", que, lógicamente, "morarán en el fuego del infierno".

Este material de estudio se envía sin coste a toda la red académica internacional financiada por el régimen saudí, de la que forman parte centros de EEUU, donde un estudiante de un centro de Virginia cumple cadena perpetua por conspirar con Al Qaeda para asesinar al expresidente norteamericano George W. Bush. Y es que Arabia Saudí es un elemento clave en la exportación de yihadistas a todo el mundo, como demostró el informe de la comisión bipartidista sobre los atentados del 11 de septiembre, a través de un sistema educativo del que los jóvenes salen con escasa formación humanística y técnica pero profundamente radicalizados en su particular visión del islam.

El fanatismo religioso es una amenaza para la seguridad global, según aseguran expertos en la materia como el exvicesecretario para Terrorismo e Inteligencia Financiera del Departamento del Tesoro de EEUU Stuart Levey, quien considera "incluso más importante" luchar contra el adoctrinamiento que combatir la financiación del terrorismo, porque

a menos que la próxima generación sea educada en el rechazo al extremismo violento, estaremos siempre obligados a hacer frente al surgimiento de nuevos grupos de simpatizantes del terrorismo.

El rey Abdulá declaró semanas después de su coronación, en 2005, que habían cambiado los libros de texto para erradicar cualquier radicalismo. Lo mismo afirmó poco después el príncipe Saud al Faisal, ministro saudí de Exteriores, en referencia a un vasto programa destinado a revisar todo el sistema educativo para suprimir todo lo que no fueran llamadas a la cooperación y la coexistencia. Un año después de la llegada al trono de Abdulá, Arabia Saudí reconoció que la tarea de revisar los materiales de estudio estaba siendo muy laboriosa, por lo que se necesitarían uno o dos años más para finalizar los trabajos. La Casa Blanca llegó a un acuerdo con Riad para ampliar este plazo hasta mediados de 2008. Sin embargo, nada o muy poco se ha hecho en todo este tiempo, a tenor de los ejemplos antes citados, obtenidos del material utilizado en el actual currículo académico.

La promoción de la libertad religiosa es uno de los ejes cardinales de la acción exterior estadounidense, según han confirmado tanto Obama como su secretario de Estado, John Kerry. En el caso de Arabia Saudí, la tarea de suprimir este adoctrinamiento resulta especialmente imperativa por la cantidad de centros de estudio que tiene diseminados por todo el mundo. Weinberg insiste por este motivo en la necesidad de que la Casa Blanca adopte las medidas necesarias para forzar a los saudíes a reformar sus planes de estudios. También el Congreso norteamericano debería escuchar más a las organizaciones independientes que conocen de primera mano lo que ocurre en aquel país, en lugar de guiarse sólo por las informaciones que les proporciona la Secretaría de Estado.

© elmed.io

Política y mercado

Beatriz Talegón, secretaria general de la Unión Internacional de Jóvenes Socialistas, publicó en EPlural un interesante artículo titulado "Deslegitimar la política es la política de mercado". Denuncia una siniestra campaña de "deslegitimación de la democracia" y advierte:

¿Qué pasaría si nadie participase en política? Sencillo: la especulación, el libre mercado se encontrarían en su hábitat ideal.

Ante ese temible escenario que aspira a "terminar con los derechos colectivos" mediante la manipulaciones de los medios, "que también responden en la mayoría de los casos al interés del mercado, donde el que paga, manda", doña Beatriz nos invita a defender la libertad, que define así:

La libertad de elección que se fundamenta en la igualdad de oportunidades, fruto de pactos sociales donde el Estado, a través de las normas nacidas de un poder legislativo elegido por la ciudadanía, debe garantizar por encima de todo el bienestar de sus ciudadanos.

Tiene mucho talento la destacada política socialista para resumir dos importantes facetas del totalitarismo. 

Primera, la paranoia. Estamos perseguidos por unos malvados, que son los mercados. Cualquier régimen despótico que usted pueda imaginar ha cultivado siempre el temor a un extraño y temible invasor. El objetivo es paralizar al ciudadano y prepararlo para que acepte mayores dosis de coacción, que, después de todo, deberá saludar porque son la mejor alternativa frente a ese tremendo enemigo. A ese objetivo colabora la clásica desvalorización de la persona libre, que en realidad está manipulada por los medios, lo que es una razón de más para que no se resista a la coacción política y legislativa.

Segunda, la mentira. El mercado es privado de su característica principal, que es la libertad; en efecto, según la señora Talegón, el mercado, que es donde podemos elegir qué hacer con nuestra propiedad, es un sitio espantoso donde prima la "especulación". La mejor alternativa, asegura, es la "democracia", donde las elecciones colectivas se imponen a los derechos individuales. De ahí que no diga ni una palabra de esos derechos, como si no existieran, y sólo subraye el peligro que se cierne sobre los derechos "colectivos".

La colectivización y negación de la elección individual ha sido siempre disfrazada por los totalitarios apelando a la democracia: recordemos, cuando había dos Alemanias, cómo se llamaba la Alemania donde los ciudadanos no podían elegir. La imposición política es siempre ocultada transfiriéndole sus defectos a la alternativa. Veamos cómo define doña Beatriz esa alternativa espeluznante: "El mercado, donde el que paga, manda".

Todo el mundo entiende esto: el que paga, manda. Lo inteligente del mensaje antiliberal es, como siempre, el escamoteo de su alternativa. ¿En el mercado, el que paga, manda? ¿Y qué pasa cuando no hay mercado? Según la retórica antiliberal, parece como si, en ausencia del perverso mercado, no mandara nadie. Ese el truco: ocultar la realidad de la política, que ha crecido precisamente a expensas del mercado y los derechos de los ciudadanos, y donde la coacción está siempre presente, y es paradójicamente saludada cuando es lo contrario del mercado. En el mercado el que paga, manda. En el Estado, el que cobra, manda.

La idolatría de la coerción se corona cuando sus propiciadores o ejecutores alegan que lo que hacen no es mandar, no es coaccionar, no es imponer. Lo que hacen es lo contrario: ellos representan la libertad, nada menos. Obviamente, para colocar una mercancía tan averiada hay que desfigurarla, y ese es el final del artículo, que asegura que la libertad no es un derecho de cada uno de nosotros, sino que depende totalmente de la política: nuestro único papel es votar, y nada más. Benjamín Constant llamaba a eso la libertad de los antiguos, y defendía, en cambio, la de los modernos, que no estriba en participar en la política sino en que la política no usurpe los derechos individuales.

Doña Beatriz Talegón está enraizada en la antigüedad: el ciudadano participa, pero su libertad no trasciende esa participación, porque depende de la igualdad, no la igualdad ante la ley, sino la igualdad mediante la ley, la llamada "igualdad de oportunidades" que, por supuesto, es sólo comprensible como igualdad de resultados impuesta por el poder.

Para que quede más claro, doña Beatriz va y lo dice: su libertad sólo es "fruto de pactos sociales". Obviamente, si su libertad de usted no es suya sino fruto de un pacto social, otro pacto social se la puede arrebatar. Y se la arrebatará con tanta más facilidad si el Estado no debe proteger su libertad sino, como concluye doña Beatriz de manera impecable, su "bienestar".

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Contradicciones cargadas de ideología

La izquierda es esencialmente antipersona, egoísta, grupal y violenta hasta más no poder. Una persona violenta (que no sea un asesino en serie furtivo) consigue pocos resultados positivos con su acción; pronto será anulada. Pero un grupo violento es mucho más efectivo. De ahí su amor al colectivismo: por lo único por lo que aman al prójimo es para ser más y más fuertes. Que son maestros del engaño, sofistas manipuladores de la palabra y que manejan ingentes cantidades de recursos humanos y económicos (sí, especialmente monetarios) para alimentar y engordar su abyecta propaganda, además de sus agradecidos estómagos, es sobradamente conocido.

Que sus mantras (o" memes") van al corazón de la "ciudadanía" es igualmente sabido, pero su pretendido cientismo, con sus Galbraith, Krugman, Stiglitz, Sachs en la vanguardia, nos lleva a plantearnos no sólo la solidez de sus exigencias más reivindicativas (la "calle"), sino la solidez de sus teorías.

El mes pasado me referí a una de las contradicciones del socialismo: la simultánea defensa de la libertad (positiva) y de la "diversidad". No voy a insistir mucho más en los argumentos que ya espeté: diversidad, sí, siempre que ellos la sancionen y la glorifiquen. Al resto de personas no le conceden ninguna libertad.

El número de contradicciones es casi infinito y, desde luego, muy cansino. Me ceñiré fundamentalmente a casos de la macro y microeconomía. Lo que tienen en común estos mensajes es que siempre son antipersona y antimercado, recordemos. Y tengamos presente también que mercado, por más carga negativa que se le quiera imputar, no es sino la libre agrupación de personas para intercambiar, especializarse y crear valor. Por este grupo o "colectivo" que intercambia libremente no sienten la menor simpatía. No lo pueden dominar ni emplear como instrumento arrojadizo de coacción. Es un grupo extremadamente heterogéneo, no organizado (no existe una conciencia de pertenencia) y esencialmente pacífico. Lo atacan sin conmiseración. Así que en su odio al mercado o individuo, como veremos a lo largo de todo este repaso, son la mar de consistentes: no importa lo razonado del argumento (éste es sólo un medio para el fin citado), no importa si hoy dicen "A" y mañana "B".

Las crisis económicas y su contrapunto, las épocas de auge, son muy propicias para la proliferación de mensajes alarmistas.

En los auges económicos, proliferan monsergas que hacen hincapié en el exceso de consumo. Hablamos del terrible "consumismo", algo que se repite una y otra vez en las fiestas de Navidad. Autores como Galbraith nos recuerdan lo negativa que es la publicidad como engañabobos de inocentes despistados que compran por doquier (especialmente, en épocas de bonanza, claro). Es la orgía del consumo. El materialismo se impone a la solidaridad. Al tiempo que se sobreconsume, el mercado provee muchos bienes inútiles en esa época de producción desenfrenada. Desde la oferta (el empresario), además, se fuerza al consumidor a despilfarrar en casi cualquier cosa. Se pone de manifiesto una ineficiencia en el uso de recursos productivos debido a la oferta creciente de bienes absurdos. El despilfarro, por el lado de la demanda, apuntala la pérdida de bienestar social: ese dinero malgastado podría estar "mejor repartido" entre la sociedad, de manera más solidaria, aumentando el bienestar social.

El consumo, más allá de para fines realmente básicos, no está precisamente bien visto por la economía del bienestar. Pero en plenas burbujas económicas, no pueden criticar al mercado por su escasez (pobreza), sino por su exuberancia y por la propagación de valores más mundanos.

Pero y qué pasa cuando llega la crisis o recesión. ¿Cómo puede ser esto? Cambian las tornas. El consumo está por los suelos, la producción se contrae y el desempleo gana enteros. Emergen las teorías del subconsumo. Hay que revitalizar la economía como sea. La redistribución es un buen mecanismo. Consumir más allá de niveles que satisfagan necesidades más básicas (¿cuáles son éstas?) es de mal gusto. Se debe acudir a las transferencias de recursos desde los más adinerados (poderosos) a los menos con el fin de alcanzar mayor bienestar personal (y social). El Estado forzará la igualdad a través de la redistribución. Así es como personajes como Beveridge, impulsor del estado redistribuidor británico en los años 40, o Keynes (con la propensión marginal al consumo y redistribución a través del presupuesto) son tan complementarios.

En las crisis, la economía está paralizada. Los ricos, que no tienen dónde invertir en una economía en retroceso, asimismo consumen de sus rentas proporcionalmente menos que los pobres. Quitemos a unos para dar a otros y que consuman, que consuman como locos. Lo que sea, no importa, pero que consuman. La economía dejará de estar agarrotada.

Así nos topamos con que, según qué fase del ciclo, el consumo se vilipendia o se implora.

Por último, voy a detenerme en el marco regulatorio, que también da enorme juego. Si nos paramos a analizar la exposición de motivos de la legislación de competencia con la que se interviene la empresa por abuso de posición dominante, hallaremos sesudos y solidarios argumentos, todos ellos orientados, en teoría, a garantizar el bienestar del consumidor, siempre indefenso ante el egoísta y acaparador productor.

De nuevo, emerge la misma visión paternalista que ante la publicidad. El consumidor es tonto y por eso le engañan. Pensemos en las políticas sociales, monopolizadas por el Estado. En defensa de las políticas educativas del estado de bienestar, se asume que las élites políticas e intelectuales (despotismo) han de velar por los contenidos que deben recibir de forma uniforme los hijos secuestrados de sus padres para ser instruidos como colectivo y de manera inequívoca en "socialismo". El padre, como el consumidor, es tonto. Pero puede votar cada cuatro años para decidir no sobre su propio futuro y el de sus hijos (no le dejan), sino sobre el de los demás. Al parecer, sí está facultado para decidir lo que atañe a su vecino (la nación), pero no para lo que le conviene a él (que es lo que le tocaría, dado que sólo él sabe cuáles son sus planes). Bonita paradoja, señores. ¿No será que quienes nos toman por tontos son el Estado, los políticos, los burócratas y colectivos que viven del presupuesto?

El Estado no sólo crea monopolios propios, como los de provisión de servicios públicos como la sanidad, pensiones o educación, sino que los fomenta en áreas productivas de la economía (telecomunicaciones). Siempre en defensa del ciudadano o del consumidor, arguyen. El mercado abusaría del desvalido en caso contrario.

Según la teoría económica que sirve de coartada para el regulador, lo ideal es que en un sector determinado y dado, todos los productores produzcan lo mismo, sin diferenciar el producto y al mismo precio. También es ideal que sean productores pequeños que no tengan rentabilidades que exceden la tasa de beneficios de toda la economía. Y qué tiene esto de ventajoso para el consumidor. Si un empresario en un sector no está produciendo conforme a este modelo está ejerciendo, según afirman estos teóricos, prácticas desleales contra el consumidor y el resto de productores (barreras de entrada). El consumidor ve reducir su bienestar social porque en las formas monopolistas, los productores cargan mucho precio y restringen la producción (la OPEP, por ejemplo). El monopolista vende menos unidades de las que podría de no querer llenarse las manos de vil metal.

Cuál es el perjuicio al consumidor: más precio, menos cantidad y variedad de bienes de la misma categoría. Aunque no es el sitio para rebatir esto, pensemos en si Apple, bastante "monopolista" él, está impidiendo, por más que efectivamente venda caro (a gente encantada de pagar ese precio), que en su sector bajen los precios y se incrementen de manera abrumadora y gozosa para el consumidor los bienes tecnológicos de la categoría en la que esta compañía es vanguardia. Ellos son los líderes (o lo han sido hasta ahora) y otros, con otras propuestas de valor diferente, les han seguido, vigorizando el sector y satisfaciendo deseos de individuos con otro perfil comprador (y nivel adquisitivo) a precios cada vez más menguantes y atributos de producto cada vez mejores. Y todo gracias al vil metal. Quién en su sano juicio va a invertir en I+D en un sector moribundo, que no tiene el menor potencial creador, que da beneficios pírricos porque ya no hay forma de estirarlo más y está agotado…

Pero efectivamente parece que al Estado no le gustan los monopolios. Pero… ¿qué demonios es el Estado? El mayor monopolio privado (personas) que existe. A diferencia del impersonal, voluntario, dinámico y pacífico mercado, se legitima a través de la violencia institucional y sistemática (y buenas dosis de demagogia, eso sin duda). Valga la diferencia… Pero además: ¿Qué hace el Estado sino crear monopolios en los campos de la salud, la cultura, la educación, las infraestructuras, etc.? ¿Qué hace el Estado sino impedir disrupciones tecnológicas en áreas que, como la energía, tiene regulada hasta la saciedad, impidiendo la competencia y favoreciendo a las empresas establecidas? ¿Qué hace el estado sino imposibilitar que en campos estratégicos y básicos para el ser humano como la salud, la creación de conocimiento o la energía se creen nuevas formas de producción, nuevos bienes y servicios, más empleo y especialización? ¿Quién está impidiendo variedad experimental (prueba y error) a precios cada vez más reducidos? ¿Quién está empleando sus instrumentos de regulación y de política fiscal (de redistribución de rentas) para beneficiar a ciertos sectores o empresas? ¿Quién está haciendo que el individuo, el que parecía importar en todo este tinglado, se vea limitado en los servicios y bienes que podría disfrutar en una economía creativa, y constreñido en sus opciones, ahora que el conocimiento está disponible de manera prácticamente gratuita y es la clave de la creación de valor y progreso en la economía?

Hace unos días, Adolfo Lozano se preguntaba que quiénes eran más asesinos: si la enfermedad del SIDA o la enfermedad del gobierno. Aniquilan la libertad, no permiten experimentar a través de la diversidad y las personas (ellos los llaman "ciudadanos") lo pagan en sus débiles carnes.

Francisco de Vitoria y la justicia universal

En la sobremesa de una agradable reunión con profesores de la universidad romana Della Santa Croce (que luego explicaré), estuvimos hablando un momento de las pretensiones y legislaciones sobre una justicia universal que en estos tiempos recientes escuchamos en nuestro país. Ya conocen que se ha aprobado una Ley de Reforma del Consejo General del Poder Judicial que limita la capacidad de los jueces españoles para perseguir delitos fuera del territorio nacional. No voy a entrar en consideraciones jurídicas sobre la conveniencia y oportunidad de esta modificación legal, su alcance verdadero frente a ciertas noticias mediáticas, o su fundamento constitucional (cosas que desconozco en su mayoría).

Lo que me llamaba la atención de ese debate es que ya se trató, en alguna medida, por nuestros doctores de la Escuela de Salamanca. Con el Descubrimiento de América, la Corona española se planteó las razones legales con que podría ocupar, conquistar o colonizar aquellos territorios. Fue la llamada polémica sobre los Justos Títulos, algo que hoy nos puede sonar extraño e incluso caduco, pero que refleja una sensibilidad jurídica que no han tenido otras muchas naciones tanto en aquella época como durante los siglos posteriores; quiero decir que se trató de una reflexión bastante adelantada a su tiempo, como lo fueron muchas de las consideraciones jurídicas, políticas o económicas de los escolásticos salmantinos.

La cuestión estribaba en discernir con qué autoridad se justificaba esta expansión territorial; y la primera respuesta, de plena tradición medieval, era atribuirlo a una donación papal. Como autoridad suprema del Orbe cristiano (no olvidemos que la Europa de 1500 conservaba todavía la unidad religiosa), se acudió a pedir al Pontífice romano diversas Bulas de donación para aquellas nuevas regiones. Claro, este argumento sería inmediatamente desmontado por las nuevas iglesias reformadas que no reconocían esta suprema autoridad. En todo caso, el argumento se fue trasladando a una supuesta prerrogativa del Emperador, recibida bien como concesión pontificia o bien como extensión de su autoridad temporal en aquellos aspectos que no podría intervenir la autoridad espiritual de Roma.

Lo que ya vemos aquí es la pretensión de una autoridad universal. Argumento contra el que Francisco de Vitoria dictó sus primeras Relecciones en la Universidad de Salamanca. Consultado por el poder político (algo que vuelvo a destacar, también en honor de aquellos gobernantes) y a partir de su propia reflexión intelectual, Vitoria llegó a la novedosísima conclusión de que el único derecho que podían esgrimir los españoles en su aventura americana era el de libre comunicación y comercio entre los pueblos. Que sentenciaría con esa atrevida afirmación de "el emperador no es señor del orbe", como explica en la Relectio de Indis de 1539: "nadie hay que por derecho natural tenga el dominio del mundo". Ni siquiera el Romano Pontífice, para escándalo de muchos coetáneos de nuestro fraile dominico: "ninguna potestad temporal tiene el Papa sobre aquellos bárbaros ni sobre los demás infieles".

Sería muy complicado resumir la historia de la aplicación de este principio o su dificultosa aceptación en la sociedad española; aunque sí debemos reconocer que tuvo una cierta influencia jurídica y moral. Porque lo que quería ahora es recordarles cómo estos razonamientos tuvieron un eco importante casi cien años después en el sabio escritor holandés Hugo Grocio, y a través suyo en el pensamiento jurídico y político de toda la Europa moderna, ilustrada y protestante (tanto en Gran Bretaña como en Alemania).

Esto era lo que hablaba con algunos profesores de un proyecto de investigación sobre Markets, Culture and Ethics, dependiente de la citada universidad romana, que amablemente me habían invitado a que dictase una conferencia sobre el pensamiento económico de la Escuela de Salamanca. No voy a escribirles sobre este punto, ya que como buenos seguidores del Instituto Juan de Mariana lo conocen perfectamente…Y al hilo de aquella conversación surgió la cuestión de la justicia universal y los escolásticos, a los que Grocio se refiere en su obra Mare Liberum (sobre lo que también he escrito en estos Comentarios).

En mi opinión, Vitoria no estaría de acuerdo con los supuestos de esa justicia universal, que algunos defienden, por el principio de la libertad individual: cada persona es titular de derechos de propiedad privada, acción política o creencias religiosas que ninguna autoridad exterior puede violar. Desde esta perspectiva, por lo tanto, los españoles debían respetar los bienes de los indios americanos, su organización política e incluso sus religiones primitivas: en todos los casos no se podía atentar contra tales derechos ni intervenir militarmente. Vitoria ya había escrito que "si se propone la fe a los bárbaros y no la abrazan, no es razón suficiente para que los españoles puedan hacerles la guerra ni proceder contra ellos por derecho de guerra". Porque también, como Grocio recordaba en el Mare Liberum, "los señores de estos, aunque sean infieles, son legítimos señores, ya gobiernen con un sistema político monárquico absoluto o democrático, y no pueden ser excluidos del dominio de los suyos a causa de que son infieles".

Otra cosa sería discernir bajo qué supuestos una autoridad exterior podría intervenir en los asuntos particulares de otra sociedad. Por ejemplo, Vitoria parece que sí permitía a los españoles defender a las víctimas indefensas de algunos sacrificios humanos practicados por aquellos pueblos precolombinos. Esto nos recuerda las circunstancias de genocidio que contemplan algunos supuestos de la justicia universal (aunque reconozco no haber estudiado cómo ha quedado redactado este punto en la nueva Ley…). Lo que pienso que buscaban Vitoria y sus discípulos no era justificar un mundo gobernado por una misma autoridad (aunque se tratara del mismísimo Papa o del Emperador), sino promover una communitas orbis, una asociación racional y civilizada de todas las naciones bajo unos mismos derechos universales de convivencia y ejercicio de la libertad individual. Precisamente por ello se considera a Vitoria el fundador del derecho internacional moderno.

El Nobel Kahneman, Warren Buffett y los mercados eficientes

Daniel Kahneman, galardonado con el premio Nobel de Economía junto con el economista Vernon L. Smith en el año 2002, es uno de los psicólogos especializados en psicología conductual más importantes del mundo. Kahneman fue curiosamente el primer Nobel de Economía no economista que recibió el prestigioso galardón (algo devaluado desde que Paul Krugman también lo recibiera). Sus contribuciones al ámbito de la psicología son muy valiosas y su libro de divulgación Pensar rápido, pensar despacio, en donde recopila gran parte de sus trabajos, se ha convertido en poco tiempo en un manual de imprescindible lectura.

Hace poco descubrí una interesante entrevista que Steve Forbes, editor jefe de la revista fundada por su padre Malcolm Forbes, realizó al Nobel Kahneman. Siendo un experto en analizar la irracionalidad humana y los múltiples sesgos cognitivos en los que incurrimos sistemáticamente, fue una sorpresa comprobar que Kahneman afirmase que suscribía la Teoría de los Mercados Eficientes. Para los que desconozcan esta teoría, lo que dice básicamente es que los mercados financieros son eficientes a la hora de recoger toda la información e incluirla en el precio de los activos cotizados, habiendo tres niveles de eficiencia: débil, normal y fuerte. La principal implicación de esta teoría, como habrán podido adivinar, es que no es posible invertir y obtener una rentabilidad superior a la del mercado. Intentar batir al mercado, también llamado "stock picking" es, por tanto, una tontería, una irracionalidad más que cometemos los seres humanos. En la propia entrevista, Kahneman afirma que no es un experto en finanzas. Es decir, que el campo teórico sobre el que hace las declaraciones que comento no son su especialidad. Y se nota, puesto que todo un Nobel en Economía yerra a más no poder al suscribir una Teoría que, como comentaré a continuación, ha quedado más que refutada.

La principal implicación de la Teoría de los Mercados Eficientes es que la gigantesca industria de gestión de activos, que tan sólo en España gestiona cerca de 200.000 millones de euros, es poco menos que un engañabobos. Como afirma en el propio vídeo, si hubiese una estrategia de inversión ganadora claramente definida, todos los inversores la imitarían y pronto dejaría de tener validez. El problema es que hay no una sino multitud de estrategias ganadoras que son conocidas y no imitadas por todos los inversores y, pese a ello, siguen siendo efectivas. La más conocida y sencilla de aplicar –y personalmente la que más me gusta- es el value investing, pero no es la única. Warren Buffett es el practicante más famoso de esta filosofía de inversión. Es cierto que gran parte de la gestión activa -aquella que intenta seleccionar acciones concretas y batir al mercado- no logra obtener unas rentabilidades superiores. Las comisiones que obtienen estos gestores son del todo inmerecidas, una anomalía, un coste que un inversor muy bien informado y racional jamás estaría dispuesto a desembolsar. El problema es que ni el inversor de un vehículo de inversión es racional y dispone de toda la información necesaria ni el propio gestor del vehículo de inversión es, de media, mejor que el mercado.

No obstante, de afirmar que la mayoría del mercado no bate al mercado a afirmar que todo el mercado no lo bate hay un salto peligroso. Y es precisamente el error que comete Kahneman, un reputadísimo psicólogo no especialista en temas financieros que, sin haber analizado lo suficiente la evidencia empírica disponible, ha suscrito una teoría caduca y dañina. Tano Santos, un profesor de Finanzas de la Univesidad de Columbia y co-director del prestigioso Heilbrunn Center for Graham and Dodd Investing –la meca académica del value investing en el mundo- publicó un interesantísimo trabajo titulado "What do financial economists have to say about value?". En ese trabajo, el profesor Santos demuestra que una cartera de valor o value obtiene mejores rendimientos que una cartera de crecimiento o growth sin incurrir según el torpe modelo de evaluación de riesgos CAPM (de las siglas en inglés, Capital Asset Pricing Model) en un mayor riesgo para el inversor. El error principal de este modelo es que mide el riesgo de una inversión por la volatilidad del precio del activo en el mercado y no por la probabilidad de pérdida permanente del capital. En mi humilde opinión, la mejor y más contundente refutación de la Teoría de los Mercados Eficientes es la que hizo Warren Buffett en su célebre artículo "Los superinversores de Graham y Doddsville". En él, Buffett demuestra con un simple y divertido ejemplo cómo no es posible explicar como mero azar que todos los inversores que ponen en práctica las lecciones de Graham batan sistemáticamente al mercado.

El rol de los mercados financieros es indispensable en una economía de mercado. Su papel como mecanismo de financiación y facilitador de la expansión de empresas en indispensable. Pese a que batir al mercado es ciertamente difícil, no es, como Kahneman afirma, imposible. Si semejante afirmación calase de lleno en la comunidad inversora, las consecuencias serían negativas y perjudiciales para todos. Los buenos gestores (aquellos que baten al mercado) cumplen una función económica en los mercados financieros indispensable: mediante su trabajo detectan e intentan corregir las infravaloraciones de determinados activos. Este papel de reajuste de la valoración de activos es clave en los mercados financieros y no es posible si la industria de gestión de activos prescindiese hipotéticamente de todos los gestores profesionales. Así que, lejos de escuchar al Nobel Kahneman, hágase un favor y escuche las palabras de Graham, que solía decir que "el mercado a corto plazo se comporta como un maníaco-depresivo". Lo que ocurre con toda afirmación falsa, como la realizada por Kahneman que es aceptada por una gran mayoría, es que resulta arduo y complejo revertir esa situación y corregir esa ignorancia. Sorprende que el responsable en esta ocasión concreta de difundir una teoría errónea sobre unos supuestamente mercados eficientes sea un experto en el comportamiento irracional del ser humano, característica esta última que es inherente al comportamiento de los mercados financieros.