La vía china hacia el fracaso
A los dirigentes chinos les falta por conocer a fondo el pensamiento del Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek sobre el crecimiento del orden espontáneo del mercado.
A los dirigentes chinos les falta por conocer a fondo el pensamiento del Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek sobre el crecimiento del orden espontáneo del mercado.
Las grandes matanzas del s. XX fueron cometidas por el Estado contra su población: Stalin, Hitler o Mao son sólo unos ejemplos.
Carly Fiorina y Donald Trump fueron los personajes centrales de los dos recientes debates republicanos. Es posible que este primer evento público haya descarrilado totalmente la candidatura de Trump a la presidencia, pero ha servido, en cambio, para potenciar seriamente la de Fiorina.
Este comentario crítico está basado en la teoría sobre el Estado de Miguel Anxo Bastos. El Estado existe, tiene entidad real, no es algo imaginario o irreal.
Hugo no olvidó el consejo. Juró sobre la Constitución “moribunda” y poco después terminó de matarla. Con ese acto comenzó, como dice Ramírez, el final del Estado democrático.
Mi compañero columnista en este periódico, director del Instituto Juan de Mariana, co-tertuliano y amigo, Juan Ramón Rallo, publicó hace un par de días un artículo titulado “Podemos y el fracaso de la democracia participativa”. En él, el autor trata de mostrar los fallos que han llevado a la democracia participativa del partido político de izquierda radical, Podemos, al más absoluto fracaso de organización. Y lo hace muy bien. Pero no se limita a eso. Rallo va más allá y expone sus reclamaciones a la democracia en general, frente a la que propone un sistema de libre mercado, contractualista, al más puro estilo anarco capitalista. Quienes le conocemos desde hace años no estamos sorprendidos. Pero las redes sociales han enarcado la ceja derecha estupefactas.
Uno de los peligros de los analistas (económicos y políticos) es caer en la denuncia permanente sin proponer medidas o, al menos, soluciones viables. Y aquí es donde el anarco capitalismo tiene que seguir trabajando. Porque las tesis contractualistas están muy bien, si no contamos con la naturaleza del ser humano y con la ley de las consecuencias no queridas. Es verdad que sería maravilloso que pudiéramos vivir en una sociedad de 35 millones de habitantes (¡o de 350 millones!) mediante acuerdos voluntarios, con agencias de seguridad, agencias de justicia, sin fronteras, libre comercio, monedas que compiten entre sí y sin bancos centrales. Mientras tanto, en el camino, muchos anarco capitalistas agarran el bazooka y bombardean grandes palabras que no significan lo mismo para ellos que para mucha gente. En este caso, la palabra (y el concepto que hay detrás), democracia.
Porque para muchas personas, especialmente en España, democracia es lo que vino después de la dictadura, la que Rallo no vivió, donde las libertades económicas, políticas y sociales fueron casi un chiste. Acepto diferenciar el periodo de autarquía de la apertura aceptada a regañadientes tras una compleja negociación (lo que sea por luchar contra el comunismo soviético: Estados Unidos abre sus bases en España y a cambio nos da la parte correspondiente del Plan Marshall que nos negó en su momento). Con todo y con eso, la autarquía duró 20 años y aún en los años 60 el divorcio no estaba legalizado y las mujeres no podíamos abrir una cuenta corriente sin respaldo de un hombre. Para gran parte de la población de nuestro país, el concepto de democracia podrá tener todos los problemas del mundo… pero necesitan una alternativa que no abra ni un resquicio a algo peor, como lo que ya hemos vivido.
Si “la democracia tiene problemas irresolubles en materia de información (…) sesgos individuales (…) agregabilidad de voluntades (…) e incentivos” también lo tienen prácticamente todos los sistemas de coordinación humana cuando el número de participantes aumenta.
En primer lugar, desde luego que la gente no está completamente informada de las decisiones de sus políticos. Y muchos ciudadanos no quieren conocerlas. De la misma manera que mucha gente compra la marca de galletas de toda la vida y no se plantea cuál es la decisión más racional. Esos cálculos de optimización de las decisiones, en la realidad, son ineficientes. Si una gran mayoría decide ceder la codificación de sus normas morales a una religión con código estándar (el que sea) en vez de plantearse todo cada vez, por algo será.
El sistema que propone Juan Ramón Rallo, incluso si teóricamente es el que más me convence, no está lo suficientemente maduro, trabajado, no es lo suficientemente real como para desbancar a la democracia, con todos sus defectos. Hay que elegir “susto”.
La democracia y sus demonios
Si no queremos caer en lo mismo que denunciamos, por más que tengamos mil autores que han descrito, argumentado, imaginado un mundo anarco capitalista, creo que hay que partir de los mimbres de que disponemos para hacer las mejores cestas posibles. Nuestra democracia apesta: hay corrupción, las instituciones que deberían velar por su limpieza no funcionan, los políticos abusan, parte de la ciudadanía también, la otra parte, desde el mar de la desidia, lo consienten. ¿Dónde ha quedado la rendición de cuentas, la separación de poderes, la autonomía del ciudadano para impugnar y denunciar? ¿Cómo se renueva todo este desastre?
En nuestro micro universo todos renunciamos en mayor o menor medida a parcelas de libertad
Personalmente, no soy partidaria de planificar ni siquiera la libertad. Eso de decirle a la gente qué tiene que querer me supera. Y al fin y al cabo, en nuestro micro universo todos renunciamos en mayor o menor medida a parcelas de libertad. Tampoco sabemos todos qué hace nuestra empresa con el dinero y si es de nuestro agrado, o si son honestas las contrataciones (excepto la nuestra que es la que miramos).
Creo en la desregulación institucional, de manera que no se impida que afloren nuevas instituciones (como la llamada “sharing economy” o el “shadow banking”). Siempre respetando la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos, por supuesto. Creo en pocas leyes, pero claras y que se cumplan en igualdad de condiciones. Creo en el fin de los privilegios a empresarios poderosos, reyes, políticos e iglesias. Y, desde luego, creo que los incentivos lo son todo. Estudiemos qué incentivos, qué leyes y qué nuevos modos. Propongamos el fin de las diferencias ante la ley de los ciudadanos. Y después, si queda tiempo… soñamos.
Decía Churchill que el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio: pero, en verdad, el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el dirigente medio de Podemos.
Tras la metamorfosis socialdemócrata de Podemos, lo que se ha puesto de moda no es tanto la renta básica cuanto la “renta mínima de inserción” en sus muy diversas denominaciones (renta mínima vital, renta mínima garantizada, etc)
Levantémonos pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta y nos dice: “Ya es hora de despertarnos del sueño”. Regla de San Benito, prefacio #9.
El pasado 11 de julio se celebraba el aniversario de San Benito que es patrón de Europa desde que Juan Pablo II, en el año 1980 así lo nombrara, aprovechando el XV aniversario de su nacimiento. Famoso por su lema “Ora et labora” (reza y trabaja) fue fundador y autor de la Regla benedictina, a la cual pertenece el consejo mencionado. En el prefacio de la Regla de San Benito aparece la frase con la que se abre el artículo y creo que no puede ser mejor referencia para la Europa de esta semana que vive unos momentos terribles.
La Europa de los perdedores
Por describirlo brevemente, estamos viviendo un juego en el que todos pierden. Pierde el pueblo griego, como es bastante evidente. Pierde el dúo Varoufakis/Tsipras, que se han pasado de listos y se les ha ido de las manos. Más en detalle, desde mi punto de vista, pierde más Tsipras, que está haciendo el cangrejo ante los atónitos ojos de quienes, por dos veces en menos de un año, le han otorgado el mandato de representarles, prometiéndoles hacer lo opuesto a lo que está haciendo. Varoufakis tiene dos libros en el mercado y apunta como “gran” conferenciante junto a otros gurús exprés como Piketty o Stiglitz y Krugman.
Pierden las instituciones europeas, cuestionadas hasta vislumbrar, más o menos en la lejanía, el posible final de sus días, o al menos, de su manera de gestionar tal y como la conocemos. Pierden los ciudadanos europeos que, pase lo que pase, van a pagar los excesos de esta fiesta. Pierde todo el mundo.
Conviene recordar que fue en el año 2009 cuando el gobierno socialista recién elegido reconocía que sus cuentas estaban falseadas y que su déficit no era un 3,7% sino un 12,5% sobre el PIB
No vale de nada señalar con el dedo al pueblo griego y denunciar si defraudaron más los políticos griegos o se aprovecharon más los ciudadanos griegos. Pero sí conviene recordar que fue en el año 2009 cuando el gobierno socialista recién elegido reconocía que sus cuentas estaban falseadas y que su déficit no era un 3,7% sino un 12,5% sobre el PIB. En plena crisis financiera, los países de la zona euro decidieron no hacer nada drástico, no fuera ser que se agravara la situación financiera en Europa. Recordemos que por aquel entonces, Zapatero ya había rescatado cinco cajas de ahorros y nacionalizado tres más, y nuestra situación era terrible, como la de otros países. En mayo del 2010 se arbitró el primer rescate, en febrero del 2012 el segundo rescate, y nos encaminamos hacia el tercer rescate. Ya entonces, Papandreu consideraba humillante gestionar de frente el problema de Grecia y presionaba para que las instituciones europeas les trataran como al resto de los miembros socios, como España, Portugal, Italia o Irlanda, que fueron rescatados bien totalmente o bien solamente el sector bancario, como en nuestro país.
La humillación frente a tus pares
Y aquí seguimos, con otro primer ministro heleno de izquierda radical y miles de Tsipras-fans acusando a los acreedores de humillar al pueblo griego. Aquí seguimos mucho más empobrecidos. Unos países estamos devolviendo lo acordado en tiempo y forma y Grecia no. Pero no importa: les humillamos. Imagino a un samurái japonés mirando a la cara a su acreedor y espetándole en la cara: “No reconozco tu deuda ni a ti como acreedor y, además, te sitúo en un laberinto en el que pierdes si me echas y pierdes si me quedo”. El sentido del honor oriental llevaría a este señor y a toda su familia a quitarse la vida ante semejante humillación. Según esta percepción de la dignidad, el pueblo griego debería avergonzarse de Tsipras y de Varoufakis, en vez de otorgarles su representación mayoritaria.
¿Qué falla? ¿Falla Grecia? Realmente el sistema de rescate europeo, apresurado, demasiado apresurado, porque no estaba previsto, tenía agujeros que todos veíamos pero nos negábamos a reconocer. Y cuando alguien decía “Si un socio no cumple, nos vamos todos al hoyo”, la respuesta era: “Bueno, pero eso no va a pasar”. Y pasó. De la misma forma que en su momento se debió pensar que nunca habría un conflicto armado a escala mundial en el siglo XX y vivimos dos, o que nunca iba a acabar el patrón oro, o que nunca caería el precio de la vivienda…
La Unión Europea es una institución que pone parches aumentando el peso de su burocracia, su presupuesto y, lógicamente, su ineficiencia. Las soluciones que oigo y leo a mi alrededor hacen descansar el éxito de las mismas en la seriedad de banqueros centrales, de políticos y de gestores que han mostrado excelsamente cuán proclives son a caer en tentaciones deshonrosas.
¿No será el momento de despertar del sueño europeo y caminar hacia una Europa más libre?
Varoufakis se creyó un jugador más hábil de lo que realmente es: su estrategia desde el comienzo fue amenazar a Alemania, y al conjunto de la Unión Europea, con el órdago de hacer estallar el euro. El ex ministro de Finanzas estaba convencido de que Merkel y sus pares terminarían cediendo antes de experimentar un desmembramiento de la moneda única. Tal como declaraba hoy mismo: “Mi punto de vista —y así se lo trasladé al gobierno— es que si ellos se atrevían a cerrar nuestros bancos, nosotros debíamos responder con una agresividad similar aun sin llegar al punto de no retorno: debíamos emitir nuestra propia divisa, o al menos amenazar con hacerlo; debíamos aplicar quitas a los bonos griegos en manos del BCE, o anunciar que lo íbamos a hacer; y debíamos recuperar el control del Banco central de Grecia”.
Pero la Eurozona no cedió sino que se mostró dispuesta a que el Gobierno griego se ahorcara con su propia soga. Y ahí fue cuando toda la estrategia griega se desmoronó: Tsipras reveló que iba de farol, que el referéndum había sido simplemente un paripé negociador y que su deseo no era la de salir del euro. En el juego del gallina, Tsipras fue el primer cobarde en salirse del carril. Fue ahí cuando tuvo que recular y ceder en prácticamente todo: la estrategia de Varoufakis lo había colocado en una ratonera y Tsipras no quiso morir matando, de modo que tuvo que capitular con deshonores.
Así, en menos de una semana después del dignísimo referéndum, la Troika ha conseguido que Tsipras no sólo le entregue la cabeza de Varoufakis y que se comprometa a implementar en 72 horas un acuerdo mucho más duro del inicialmente propuesto antes del referéndum, sino que además lo ha empujado a que aporte como garantía de la nueva deuda un conjunto de activos estatales valorados en 50.000 millones de euros. Alta condicionalidad (cese de Varoufakis, subida del IVA, recorte de las pensiones, automatización de las reducciones del gasto, privatización de la red eléctrica o reversión de la contratación de empleados públicos) y elevadas garantías para avalar la financiación lograda.
La derrota de Syriza ha sido absoluta, por mucho de que sus partidarios se agarren al desesperado asidero de que Tsipras jure haber logrado un compromiso de reestructuración de la deuda griega. Pero recordemos que semejante compromiso por parte del Eurogrupo siempre estuvo encima de la mesa, condicionado —como ahora— a que Grecia fuera cumpliendo sus compromisos. Lean, si no, el mensaje publicado por el Eurogrupo el 27 de noviembre de 2011, meses después de acordado el segundo rescate: “Los países de la Eurozona están dispuestos a tomar las siguiente medidas: rebajar en 100 puntos básicos el tipo de interés pagado por los préstamos recibidos por Grecia (…); alargamiento de los plazos de los préstamos en 15 años y un retraso en el pago de intereses de 10 años (…). Sin embargo, el Eurogrupo recalca que la deuda griega sólo se beneficiará de estas reformas de manera gradual y condicionada a una completa implementación de las reformas que el país ha suscrito”. Tsipras, por tanto, no ha logrado nada nuevo a lo que había: si cumples, las condiciones financieras mejorarán; si no, se quedarán tal cual.
Mas si la pésima estrategia negociadora diseñada por Varoufakis no ha logrado ninguno de los objetivos ambicionados —más bien al contrario: ha terminado abocando a Grecia a aceptar condiciones más duras de las iniciales—, sí ha implicado unos brutales costes para el país. En primer lugar, la economía griega llega medio año paralizada como consecuencia de la incertidumbre sobre su futuro generada por Syriza. Segundo, la credibilidad y la confianza del Gobierno griego, y de buena parte de sus ciudadanos, frente al resto de Europa ha saltado por los aires y tardará mucho tiempo en reconstruirse. Tercero, probablemente la coalición gobernante esté herida de muerte toda vez que ha padecido una humillación innecesaria en caso de haber cedido a tiempo, dejando en consecuencia un Ejecutivo debilitado e inestable. Y, por último, el corralito bancario provocado por Syriza ha supuesto la puntilla para la economía y para la propia banca griega: las transacciones se han paralizado —y van a seguir paralizadas— durante semanas, las compañías se han descapitalizado, las importaciones se han congelado suspendiendo las operaciones de muchas empresas helenas y la propia banca ha experimentado unas pérdidas extraordinarias que le han abierto un agujero de 25.000 millones de euros.
En definitiva, la estrategia negociadora de Syriza desde que llegó al poder ha sido un arrogante disparate, propia de iluminados vanidosos que se creyeron los embustes con los que estaban engañando a sus ciudadanos. Un elevadísimo coste político, social y económico del populismo para terminar consiguiendo un acuerdo mucho peor al que tuvieron desde un comienzo a su disposición. “Dignidad”, lo llamaban.