El incremento de los aranceles decretado por el presidente Trump y las represalias fiscales de otros estados y bloques económicos (UE) trae a la actualidad la bien conocida retórica bélica en los asuntos económicos.
¿Qué es el arancel?
Es un impuesto estatal que grava la entrada de mercancías a un territorio.[1] Frente a un incremento del arancel, el importador tiene dos opciones: a) No repercutirlo a su cliente y asumir una reducción del beneficio. b) Trasladar toda o parte de la subida al precio final del producto, lo que supone inexorablemente una reducción en el número de unidades vendidas.
Cada importador buscará la mejor forma de encajar el rejón arancelario. En última instancia, cualquier impuesto —IVA, arancel, IRPF, sociedades— de forma inmediata o diferida, reduce (violentamente) el consumo del individuo y, por tanto, su nivel de vida. El gobierno, en cambio, aumenta el ingreso fiscal para su propio interés: consumo y reparto del botín fiscal.
No nos dejemos engañar con eslóganes patrióticos y proteccionistas. El arancel no mejora la economía de la nación, sino la del propio gobierno y la de específicas empresas menos eficientes que sus competidoras extranjeras. La guerra comercial no se produce entre naciones, tal y como muestra la retórica política. La única finalidad del arancel es la confiscación, es decir, el robo, pero los gobiernos emplean diferentes subterfugios para engañar a la población. Según Rothbard (2009: 1102): «Los argumentos a favor de los aranceles tienen una cosa en común: todos intentan demostrar que los consumidores del área protegida no son explotados por el arancel».
También existen aranceles locales, por ejemplo, en Canarias, tenemos el Arbitrio Insular a la Entrada de Mercancías (AIEM), popularmente conocido como «impuesto revolucionario». Otro engaño es llamar «tasa» a lo que es simple y llanamente otro impuesto más, por ejemplo, la tasa turística (Cataluña y Baleares) grava las pernoctaciones y tiene las mismas consecuencias económicas que un arancel: reduce el consumo de los turistas a la vez que los desvía a otros destinos.
America First
Primero, es falso afirmar que el arancel defienda la (en singular) industria nacional. El arancel solo beneficia a específicas empresas que son protegidas de la competencia de productos foráneos, mejores y/o más baratos. Estos últimos no nos «atacan», al revés, nos benefician. Segundo, combatir la salida (o entrada) de empresas de un país es otro error porque la «deslocalización» de industrias no es otra cosa que la «mejor localización» del capital, algo que produce un doble beneficio: abarata la producción a la vez que aumenta los salarios en los lugares de destino. El retorno de las fábricas a EE.UU., tal y como pretende el presidente Trump, reducirá los beneficios de la división internacional del trabajo, perjudicando principalmente a los consumidores estadounidenses, pero también los de terceros países.
El tercer error es interferir la movilidad laboral internacional. Los flujos migratorios se producen en sentido contrario al del capital: los trabajadores se desplazan hacia países más capitalizados, donde obtienen mejores salarios; por su parte, los países receptores aumentan la disponibilidad del recurso más escaso: la mano de obra.
Balanza comercial «desfavorable»
El mercantilismo (S. XVI al XVIII) fue una doctrina económica que afirmaba que la riqueza de una nación consistía en la acumulación de metales preciosos (oro y plata). Si un país quería enriquecerse, era preciso que las exportaciones superaran a las importaciones, algo que los gobiernos fomentaban gravando las importaciones (aranceles) y subsidiando las industrias locales. Este es el origen teorético e histórico de la mítica balanza comercial «favorable o desfavorable», error mercantilista que, por desgracia, todavía goza de gran popularidad. Como dice Rothbard (2009: 1102):
«’Desfavorable’ es un término engañoso porque cualquier compra es la acción más favorable para el individuo en ese momento». En otras palabras, cualquier situación de la balanza comercial siempre es favorable para quienes intercambian y carece de lógica económica pretender equilibrar cualquier balanza: bilateral, regional o global. Veamos su futilidad: ¿A alguien le importa la balanza comercial entre África y Oceanía, entre Galicia y Aragón o entre Getafe y Leganés? Y si analizamos la balanza comercial de un empleado, será «favorable» con su empleador y «desfavorable» con todos sus proveedores de bienes. ¿Acaso no sería absurdo intentar equilibrarlas?
Guerra comercial
La expresión «guerra comercial» es un oxímoron: la guerra es violenta, el comercio es pacífico. Según Mises (2011: 969): «La economía de mercado presupone la cooperación pacífica». Las empresas no combaten ni luchan a muerte entre sí, sino que compiten satisfaciendo cumplidamente las necesidades y deseos de los consumidores. La mal llamada «guerra comercial» no es un fenómeno mercantil, sino político. Son los gobiernos, no los comerciantes, quienes restringen el comercio internacional mediante impuestos y regulaciones. Al oír «guerra comercial», el hablante común cree que su gobierno se defiende (siempre es otro el que ataca) con represalias fiscales.
Por ejemplo, EE.UU. afirma que se defiende del proteccionismo sui generis que practica la Unión Europea: tasa “Google” y multas millonarias a grandes corporaciones como Meta, Amazon o Intel. Los beneficiarios directos de la escalada arancelaria son los respectivos fiscos, que aumentan su ingreso a expensas de los consumidores. Bajo la apariencia de un conflicto de intereses entre estados, la guerra comercial es un excelente negocio para ambos gobiernos. Y si la propaganda gubernamental es efectiva, el político obtiene respaldo (votos) de los mismos ciudadanos a quienes esquilma con el arancel.
Pegarse un tiro en el pie
Los efectos perversos del intervencionismo están claramente identificados por la teoría económica. La subida de aranceles no afecta solamente a productos de consumo final, sino también a las materias primas, componentes y productos semielaborados foráneos que deben ser importados por los fabricantes locales a precios más elevados. En 2018, la «protección» arancelaria causó a Ford pérdidas por $1.000 millones y hoy Tesla se enfrenta a un aumento de costes debido al arancel sobre las baterías chinas. «Pegarse un tiro en el pie» significa hacerse daño a sí mismo, pero Trump y el resto de gobiernos no apuntan a su propio pie, sino a los pies de los consumidores.
Bibliografía
Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.
Rothbard, M. (2009). Man, Economy, and State with Power and Market. Alabama: Ludwig von Mises Institute.
La política comercial de Estados Unidos ha cruzado una línea que durante décadas se consideró impensable, incluso entre sus críticos. No es que el proteccionismo sea nuevo -la historia económica estadounidense tiene historias de aranceles para regalar-, pero lo que está ocurriendo ahora no es una medida temporal, ni una respuesta puntual a una crisis sectorial. Es, directamente, la reinvención de la guerra comercial como estrategia política permanente, sin matices, sin disimulo y, lo que es peor, sin fundamento.
Donald Trump ha puesto sobre la mesa un nuevo esquema arancelario que no distingue entre aliados, rivales o socios estratégicos. Todo país que tenga superávit comercial con EE. UU. es, por definición, sospechoso. Y todo déficit bilateral es tratado como evidencia de abuso. No hay una investigación técnica, ni análisis de cadena de valor, ni contexto histórico. Solo una ecuación: déficit comercial dividido por importaciones. Resultado en mano, se asigna un porcentaje de castigo.
Así se llega, sin rubor, a tarifas del 104 % para China, 49 % para Camboya, 46 % para Vietnam, 32 % para Indonesia y Taiwán, 26 % para India, 20 % para la Unión Europea y 10 % para el Reino Unido. Un escenario digno de una parodia económica, pero que hoy se considera seria política de Estado.
El trasfondo ideológico de esta fórmula es tan rudimentario como inquietante: en un mundo justo, supuestamente todas las balanzas comerciales bilaterales deberían estar equilibradas. Si un país le vende a EE. UU. más de lo que le compra, entonces lo está explotando. Como si el comercio internacional fuera una suma cero, donde todo excedente ajeno implica una pérdida propia. Esta es la base de la ofensiva arancelaria, repetida en mítines, entrevistas y documentos oficiales, con la naturalidad de quien no sabe -o no quiere saber- que está pisoteando siglos de pensamiento económico.
Porque el comercio no es contabilidad, o no solo eso. El déficit exterior de EE. UU. no es el resultado de acuerdos mal negociados, sino de una economía estructuralmente consumista, con moneda fuerte, poder adquisitivo elevado y una economía cada vez más terciarizada. El superávit de otros países con EE. UU. no es una trampa: es, en buena parte, la consecuencia natural de un país que importa porque puede.
El problema no es solo conceptual. Es práctico. La imposición generalizada de aranceles altos afectará inevitablemente a los precios domésticos, desde la ropa hasta los microchips. Las empresas estadounidenses, muchas de las cuales dependen de insumos extranjeros -o tienen producción deslocalizada-, enfrentarán un dilema: absorber el golpe o trasladarlo al consumidor. Sorpresa: el consumidor siempre paga.
Además, ningún país se queda de brazos cruzados. La historia reciente ya demostró que los aranceles provocan represalias, desequilibrios y roturas en las cadenas de suministro y fricciones diplomáticas innecesarias. Y en un mundo donde las economías están interconectadas por miles de contratos, tratados y flujos financieros, cada decisión unilateral genera ondas de choque. Lo que empieza como una promesa de proteger al trabajador americano termina, en la práctica, socavando las bases del crecimiento global y aumentando la incertidumbre para todos.
Pero… ¿funcionará esta estrategia para reducir el déficit? La respuesta corta es no. La larga, tampoco. La evidencia empírica -y los casos históricos- muestran que los aranceles pueden reducir las importaciones, sí, pero también tienden a reducir las exportaciones. Un país que se cierra pierde competitividad, dinamismo y acceso a mercados. Además, el déficit externo no se resuelve desde la aduana, sino desde el equilibrio macroeconómico interno: gasto público, ahorro privado y política monetaria. Ninguna de esas variables se verá enormemente afectada con un arancel del 46 % a Vietnam.
Lo que sí logrará esta política es distorsionar el comercio, encarecer la vida cotidiana, sembrar tensión diplomática con socios clave y debilitar la credibilidad institucional de Estados Unidos en los foros multilaterales. No es poco daño para una decisión basada en meros sentimientos de opresión comercial inexistente.
Lo más preocupante de esta nueva doctrina arancelaria no es su impacto económico inmediato, sino lo que revela a nivel sistémico. Durante décadas, EE. UU. lideró el diseño de un modelo comercial global basado en reglas claras, reciprocidad negociada, resolución de disputas por vías legales y apertura progresiva. Ese modelo, con todos sus defectos, permitió expandir el comercio, integrar economías emergentes y reducir conflictos.
Hoy, ese andamiaje está siendo dinamitado desde dentro. No por enemigos externos, sino por una administración que ve en el multilateralismo una amenaza y en la autonomía comercial absoluta una virtud. La ironía es que EE. UU. ya no se presenta como víctima de un sistema mal diseñado, sino como mártir de un sistema que ellos mismos impusieron al resto del mundo.
La pregunta que queda es si esta política comercial tiene algún propósito real o si es, simplemente, una extensión de la campaña permanente. Todo apunta a lo segundo. Los aranceles, en este contexto, no son medidas correctivas: son banderas electorales. Sirven para agitar a sus votantes, construir enemigos imaginarios y reforzar una narrativa de declive provocado por terceros. Un eslogan convertido en política de Estado.
Pero incluso los relatos más sólidos chocan tarde o temprano con la realidad. Y cuando el efecto de los aranceles empiece a notarse en el bolsillo del votante medio, cuando los sectores productivos se rebelen y las alianzas internacionales empiecen a erosionarse, quizá alguien en Washington empiece a preguntarse si valía la pena sacrificar el liderazgo global a cambio de unos puntos en las encuestas.
Europa frente al proteccionismo. Por una respuesta inteligente a la guerra comercial Europa frente al proteccionismo.
Ante la escalada de las tensiones comerciales que han desatado los aranceles impuestos por Estados Unidos en abril de 2025, el Instituto Juan de Mariana presenta un documento de contexto, titulado “Europa frente al proteccionismo”. Sus conclusiones son las siguientes:
🎯 Contexto general:
– Algunas políticas económicas de Trump (rebajas fiscales, desregulación, eficiencia gubernamental) pueden ser positivas para el crecimiento, pero la deriva proteccionista de La Casa Blanca tiene el efecto contrario.
– La ronda de aranceles masivos anunciada en abril de 2025, con tasas del 34 por ciento a China, 24 por ciento a Japón o 20 por ciento a la UE, supone una escalada que ahonda en el preocupante fenómeno de la desglobalización.
– El nuevo orden mundial, marcado por las crecientes hostilidades entre Estados Unidos y China, así como por el papel destructivo que viene desempeñando Rusia, obliga a abordar las grandes cuestiones económicas con una mirada geopolítica de largo plazo.
📉 Impacto económico inmediato:
– Esta medida provocó la cuarta mayor caída bursátil desde 1980, solamente superada por el crash de 1987, el punto crítico de la Gran Recesión en 2008 y el estallido de la pandemia del covid-19 en 2020.
– Los indicadores de incertidumbre en materia de política comercial y de política económica se han disparado y alcanzan valores máximos, propios de los peores momentos de la pandemia del covid-19.
❌ La equivocada obsesión con el déficit comercial:
– El déficit comercial no es un problema en sí mismo: puede coexistir perfectamente con un crecimiento económico robusto, como ha ocurrido durante décadas en Estados Unidos.
– Importar más de lo que se exporta no empobrece un país: al contrario, refleja una economía fuerte con consumidores activos y empresas que demandan bienes de capital y consumo.
– El déficit comercial suele ir acompañado de un superávit en la cuenta de capital. Otros países invierten en Estados Unidos, lo que equilibra su flujo financiero total.
– Estados Unidos tiene una economía menos abierta que otras potencias exportadoras: el comercio exterior representa apenas el 26 por ciento de su PIB, gracias a que su mercado doméstico es de enorme tamaño. Esta cifra es marcadamente inferior al 79 por ciento de Alemania o el 66 por ciento de España. Esperar un equilibrio bilateral con todo socio comercial es ilusorio.
– Usar el déficit bilateral como excusa para imponer aranceles es técnicamente erróneo, puesto que ignora el comercio de servicios, el papel de las cadenas globales de suministro y la función del dólar como moneda de reserva internacional.
📉 Efectos negativos del proteccionismo en la primera presidencia de Trump:
– Por cada empleo creado en la industria siderúrgica, Estados Unidos destruyo más de 16 puestos de trabajo en sectores que usan el acero.
– La guerra comercial con China costó 57.000 millones de dólares a los consumidores y las empresas de Estados Unidos.
– El hogar medio pagó 830 dólares anuales más por estas medidas.
⚠ Aranceles arbitrarios y técnicamente infundados:
– La fórmula usada para imponer aranceles basa en calcular el déficit en la balanza de intercambio de bienes.
– No se toman en cuenta los servicios ni se miden posibles prácticas desleales, como subsidios que distorsionen la competencia. Por tanto, se ignoran los procedimientos técnicos del comercio internacional y se recurre a un instrumento rudimentario y punitivo.
🇪🇺 Impacto en la UE:
– Bruselas estima un coste arancelario total de hasta 81.000 millones de euros al año, frente a los 7.000 millones que recaudaba hasta ahora Estados Unidos con los aranceles a la UE. Esto supone multiplicar por 12 la carga arancelaria aplicada a la UE.
– El impacto incluye 6.500 millones de euros de aranceles adicionales al acero y el aluminio, 16.500 millones “extra” a la industria automovilística y 58.000 millones en cargas nuevas para el resto de bienes exportados a suelo norteamericano. El 70 por ciento de las exportaciones europeas a Estados Unidos ven afectadas.
🇪🇺 Qué debería hacer Bruselas:
– Completar el mercado único. Ello conlleva beneficios de hasta 814 millones de euros, diez veces más que el coste de los aranceles aplicados por Trump. Consolidar de una vez por todas la integración económica europea supondría un incremento del 5 por ciento en el PIB comunitario. Para ello, es clave eliminar barreras en campos como los servicios, el ámbito digital, la energía, la contratación pública y las finanzas.
– La Brújula de Competitividad de la propia Comisión Europea apunta que reducir las trabas burocráticas dependientes de Bruselas en un 25-35 por ciento supondría un ahorro de costes administrativos de 37.500 millones de euros, lo que amortiguaría casi la mitad del golpe arancelario asestado por Trump.
– Asimismo, Bruselas puede acompañar estas reformas con una nueva agenda climática basada en replegar las restricciones “verdes” más costosas, como las que afectan a la industria automovilística, y en favorecer el despliegue nuclear, esencial para ofrecer un soporte energético fiable, seguro y limpio.
– Europa debe apostar por liderar una estrategia global de respuesta basada en más acuerdos comerciales. Es momento de responder con un liderazgo basado en la apertura, y no con más proteccionismo.
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Por Dalibor Rohac. El artículo Donald Trump ha roto con el capitalismo democrático fue publicado originalmente en CapX.
Poco después de convertirse en presidente, Vladimir Putin celebró una reunión ya histórica en el Kremlin con los oligarcas rusos. El acuerdo que puso sobre la mesa en el verano de 2000 era sencillo: la élite económica del país podía conservar y seguir acumulando su enorme riqueza, adquirida en la mayoría de los casos por medios legal y éticamente dudosos, pero debía permanecer leal al líder.
En los años siguientes, Putin fue implacable a la hora de hacer cumplir el nuevo contrato social. Mijaíl Jodorkovski, en aquel momento el hombre más rico de Rusia, fue expropiado rápidamente y encarcelado durante una década cuando se atrevió a criticar la corrupción del régimen en una reunión televisada con Putin en 2003. Antes, Vladimir Gusinsky, entonces propietario de una cadena de televisión independiente, cumplió una pena de cárcel y emigró, al igual que Boris Berezovsky, que se había enfrentado a Putin en las primeras semanas de su presidencia.
No es exagerado afirmar que los aranceles draconianos de Donald Trump contra el resto del mundo, anunciados el 2 de abril, pretenden recrear en Estados Unidos una economía política al estilo ruso. Su objetivo no es recuperar puestos de trabajo en el sector manufacturero ni aumentar los ingresos, ni tampoco extraer concesiones comerciales o de otro tipo de los socios comerciales de Estados Unidos. En cambio, su objetivo es afirmar el control político sobre la economía de mercado más grande y dinámica del mundo, asegurando que la riqueza económica independiente no plantee un desafío al control del poder político de Trump durante los próximos cuatro años, y potencialmente más allá.
¿Suena descabellado? Claro, la economía estadounidense no está controlada por 21 oligarcas, como los que se unieron a Putin en aquella trascendental reunión del verano de 2000, ni está organizada en torno a industrias extractivas altamente concentradas, que producen rentas económicas, en lugar de beneficios bien ganados para los innovadores y los que asumen riesgos. Por «renta», los economistas entienden un flujo de ingresos relacionado con la propiedad de un activo por encima de su uso productivo. El control de la riqueza mineral de Rusia es una de esas fuentes de rentas, sin relación con las habilidades o la perspicacia empresarial de los oligarcas del país. Los aranceles -especialmente en la escala gargantuesca desplegada por la administración Trump- son otra.
En las próximas semanas y meses, espere que algunas empresas estadounidenses clamen por exenciones para los insumos importados que utilizan en la producción con sede en Estados Unidos. Espere que otras luchen para que el Gobierno mantenga -e incluso aumente- la protección arancelaria para su producción comercializada en Estados Unidos. Otros aún pueden acudir a Trump para pedirle que haga concesiones a los gobiernos extranjeros que habrán tomado represalias contra el proteccionismo estadounidense, perjudicando a las empresas estadounidenses.
En resumen, los aranceles han desatado una guerra de ofertas por favores concedidos por un gobierno federal cada vez más personalista. Los economistas, empezando por Gordon Tullock y Anne Krueger, han llamado a este fenómeno «búsqueda de rentas», y lo han utilizado para explicar por qué los costes económicos visibles de los aranceles, los monopolios artificiales y el clientelismo gubernamental son sustancialmente mayores de lo que predeciría la teoría económica estándar. La búsqueda de rentas implica el uso de recursos económicos por parte de intereses especiales para cambiar la política o mantener las estructuras existentes, a menudo concediendo favores a miembros de la clase política.
Aunque la búsqueda de rentas siempre ha existido en todos los sistemas políticos, incluido el de Estados Unidos, esta versión es diferente. Una preocupación común, especialmente en la izquierda, ha sido siempre la influencia indebida de intereses bien organizados -grandes empresas tecnológicas, oligarcas, «dinero negro»- en la política del país. La innovación de Trump consiste en darle la vuelta a esa lógica del mismo modo que lo hizo Putin. Como líder personalista que reivindica una discrecionalidad sobre la política arancelaria que ningún presidente anterior creía posible, está convirtiendo al sector privado en un suplicante, cuyas actividades de búsqueda de rentas implicarán inevitablemente doblar la rodilla ante el propio Donald Trump, al igual que en la Rusia de Putin.
Hay otra novedad. Aunque es bien sabido que la presencia de recursos naturales y las rentas asociadas a ellos (pensemos en Rusia o el Congo) generan disfunciones políticas y autoritarismo, hasta ahora pocos habían imaginado a un presidente estadounidense creando nuevas rentas económicas de la nada por decreto ejecutivo, especialmente en una gran economía de mercado. A menor escala y tras años de paciente esfuerzo, Viktor Orbán hizo algo parecido, al utilizar indebidamente los fondos de la UE como herramienta de clientelismo y convertir a sus compinches en multimillonarios. De un plumazo, Trump condicionó el éxito continuado de las empresas, inversores y emprendedores estadounidenses a que se mantuvieran en buena sintonía con su Administración.
No se equivoquen. Las rentas que acaban de crear los aranceles de Trump y la búsqueda de rentas que están poniendo en marcha se producirán a costa de la economía estadounidense, hasta ahora la envidia del mundo. Con un arancel medio aplicado que ronda el 30%, la rentabilidad de cualquier empresa estadounidense depende ahora esencialmente de navegar por el sistema y llegar a «acuerdos» con Trump y su Administración, más que de la perspicacia empresarial, las buenas prácticas de gestión o el acceso a la financiación. Y esa es una receta para el amiguismo y el declive económico generalizado.
No se trata de un problema a corto plazo, aunque los estadounidenses tengan suerte y Trump no consiga atrincherarse en el poder como Putin. A medida que el nuevo sistema se consolide, las empresas se adaptarán y se asegurarán de estar, en neto, en el extremo receptor de las rentas recién creadas. Una vez que lo estén, lucharán con vehemencia contra cualquier cambio, incluso si un régimen de libre comercio es una opción mejor para todos e incluso si los recursos gastados en la búsqueda de rentas anulan cualquier ganancia que dichas empresas acaben obteniendo de la protección arancelaria y las políticas asociadas. Tullock denominó a esta paradoja la «trampa de las ganancias transitorias», y la utilizó para explicar por qué las políticas altamente disfuncionales tienden a ser rígidas.
Los taxistas con licencia lucharían, por ejemplo, para mantener el sistema de medallones de la ciudad de Nueva York, incluso cuando el precio de un medallón superara las ganancias que esa barrera de entrada creaba para los titulares. Recordemos que los aranceles de Trump al acero y al aluminio de la primera legislatura, triviales en comparación con las medidas proteccionistas puestas en marcha por este Gobierno, sobrevivieron mucho tiempo en el Gobierno de Biden, precisamente porque su supresión creó pérdidas a corto plazo para intereses especiales bien organizados.
A menos que se reviertan rápidamente y en su totalidad, los aranceles introducidos la semana pasada representan un cambio drástico, y no sólo para los aliados y socios comerciales de Estados Unidos, que ya no pueden confiar en el liderazgo estadounidense sino que tienen que trabajar en torno a Estados Unidos. También suponen una ruptura aún más profunda con la tradición estadounidense de capitalismo democrático, imperfecta como ha sido a menudo, que sitúa a Estados Unidos en una senda firmemente alejada de los cimientos de su prosperidad y su gobierno constitucional.
Esta semana hemos vivido uno de esos días que tienen pinta de ir a ser históricos. Su protagonista, como el de tantas cosas los últimos meses, ha sido el presidente de los Estados Unidos, el nunca bien ponderado Mr. Donald Trump. El tipo llevaba anunciando con toda pompa y boato la llegada del día de la Liberación, en que el país que él preside, y gracias a su iniciativa, pasaría a liberarse de los productos y servicios que le suministran desde el extranjero. La iniciativa no tiene nada de rompedora: consiste en poner aranceles a diestro y siniestro, a las empresas de todos los países que comercian con empresas de EE.UU., de forma que los precios de los bienes importados se encarezcan respecto a los de producción local, y así dar una ventaja a las empresas situadas en el país protegido. A su vez, esto beneficia a la economía nacional tanto por la creación de empresas como de puestos de trabajo.
Por supuesto, lo que acabo de contar no es más el mito mercantilista, y todos los economistas conocen a estas alturas bastante bien cuáles son los verdaderos efectos de las políticas arancelarias, nada buenos para los ciudadanos de los países “protegidos” por el arancel. Lo que tiende a ocurrir es que el precio de los bienes/servicios sube, puesto que se ha reducido la oferta, al encarecer artificialmente parte de ella. Con esta subida de precios, se reduce la demanda, como cabe esperar: menos usuarios pueden comprar el bien y lo hacen a un precio más caro. Difícilmente esto conduce a una mejora en el bienestar de los consumidores.
Las cosas son distintas en el lado empresarial, claro, por eso a las empresas domésticas les encantan los aranceles. La reducción de la oferta les permite subir los precios e incrementar sus beneficios. Si el mercado en cuestión no tiene barreras legales de entrada, competidores locales atraídos por el exceso de rentabilidad empezarán a servirlo y los beneficios volverán a la normal, por lo que esa ventaja se disipa con el tiempo.
Lo que también ocurre es que las empresas que entran al mercado son posiblemente más ineficientes que las extranjeras, pues solo han podido hacerlo cuando se ha dejado fuera a las últimas con el arancel. Dicho de otra forma, la rentabilidad vuelve a la normal, pero sobre unos costes superiores, un mayor consumo de recursos, que anteriormente. O sea, que se produce menos y peor, y se extrae renta de los consumidores para dársela a los empresarios.
¿Qué decir de la innovación? Como las empresas están más protegidas de la competencia que antes del arancel, su apetito por correr riesgos e innovar no es tan acusado como si tuvieran que hacer frente a competidores potentes. Eso nos lleva a la pérdida de competitividad de las empresas así protegidas.
Y supongo que se crearán más puestos de trabajo domésticos en esos sectores ceteris paribus, claro que sí. Pero estos empleados recibirán unos salarios con los que tendrán que comprar bienes más caros. Al que le caiga del cielo ese puesto de trabajo, le saldrá bien la jugada de arancel en neto, pero no está claro que lo mismo ocurra en su unidad familiar o en su comunidad, donde la gente tenía sus trabajos y sus salarios, con los que ahora podrá comprar menos cosas.
No se olvide que esos nuevos trabajos son en empresas menos competitivas, que previsiblemente no podrán pagar los mejores sueldos, y sufrirán inestabilidad estructural, dependiendo su viabilidad futura de la decisión política de mantener el arancel, y menos de su desempeño en el mercado.
Todo ello, rápidamente explicado, muestra que los aranceles no son nada buenos para el país que los impone, por mucho que políticos y lobbies empresariales traten de hacerlo así creer a la opinión pública. Solo hay que ver la respuesta con la que está amenazando la Unión Europea a la política arancelaria de Trump con, supongo, muchos empresarios frotándose las manos.
Pero no querría yo detenerme en el análisis clásico del arancel, porque lo realmente interesante y hasta divertido es entender de dónde se ha sacado Trump los niveles arancelarios con que pretende castigar a cada país, para ver si podemos deducir algo de sus intenciones reales.
Oficialmente, parecían haber calculado el arancel efectivo que sufren las empresas americanas en cada jurisdicción, añadiendo al real lo que llaman “Currency Manipulation and Trade Barriers”. O sea, habrían incorporado, sobre el tipo del arancel, una estimación de lo que suponen los difusos conceptos anteriores. Por ejemplo, si consideran que el Digital Market Act de la Unión Europea impone barreras de comercio a las empresas americanas, habrían estimado cuantitativamente un arancel equivalente a dichos obstáculos cualitativos.
Así, los asesores de Trump estiman que la UE les mete un arancel efectivo del 39%, mientras que el de China sería un 67%. De la misma forma, resulta que Vietnam tiene unos aranceles del 90% y Camboya, el líder absoluto, les mete un 96% a los productos de EE.UU.(¡!). Como lo oyen.
Sería fascinante saber cómo los economistas de cabecera de Trump han calculado un tipo arancelario equivalente a las imposiciones regulatorias del citada DMA en la UE. Por desgracia, para los friquis, no han hecho nada de esto. En realidad, esos números que lucen bajo el engolado título, no son más que la llamada “tasa arancelaria de reciprocidad”, esto es, el tipo arancelario que tendría que poner EE.UU. a las importaciones de un país determinado para que el déficit comercial con dicho país fuera cero. Es un típico constructo macroeconómico sin correspondencia alguna en la realidad, por lo que poco o nada tiene que ver con el arancel que dicho país pone a los productos de EE.UU.[1]
Con esto ya se pueden entender los enormes “aranceles” de Vietnam y Camboya, que tienen la desgracia (a estos efectos) de ser países que venden mucho más a EE.UU. de lo que los estadounidenses venden allí. Hombre, normal, el poder adquisitivo de camboyanos y vietnamitas se antoja muy inferior al de los americanos, por lo que les resultará difícil poder comprar bienes de este origen. Y al contrario, dado que el poder adquisitivo de los americanos es muy superior, los productos de ambos países les resultarán baratísimos. Es como cuando nos vamos de viaje a países con menor poder adquisitivo, que todo nos parece baratísimo y compramos más; y en cambio si nos vamos a Canadá o Noruega, todo nos parece carísimo.
Y como hay países con los que EEUU tiene superávit comercial, el tipo arancelario de reciprocidad saldría negativo. ¿Qué hace con dichos países entonces el señor Trump? Pues nada, ha considerado que el arancel que sufre EEUU es el 10%. Porque hoy es hoy.
En suma, Trump ha tomado unos números calculados a la remanguillé como aranceles que sufre EEUU, y los utiliza como referencia para fijar los que cobrará EEUU. Quizá a algún ingenuo le extrañe esta forma de proceder. A quienes conocemos cómo se toman las decisiones de regulación de precios no nos extraña en absoluto. Son decisiones políticas, no técnicas, pero que requieren de un barniz “científico” para que no se transparente su arbitrariedad. Es claro que Trump necesitaba un número gordo para asustar a China y la Unión Europa (los dos primeros países de su tabla), y el cálculo de la tasa arancelaria de reciprocidad se lo daba.
La cuestión ahora es qué pretende conseguir con todo esto. Dado que ninguno de los países amenazados tiene realmente los aranceles que dicen estos cálculos, va a ser imposible que los quiten, por mucho que amenace Trump con ponerle uno. Si no existen, ¿cómo eliminarlos?
Y me cuesta creer que a Trump le importe lo más mínimo que la balanza comercial sea cero, diez o cien. Es más, dado el supuesto absurdo para el cálculo de que las importaciones no variarían con el arancel, obviamente su imposición, que sí haría variar las importaciones en realidad, no llevaría a cero a la balanza comercial, sin olvidar que el arancel que propone Trump tampoco es la tasa que le sirve de referencia.
Yo creo que todo esto es un ejercicio propagandístico para facilitar determinadas negociaciones. La retórica del “Día de Liberación”, las imágenes de Trump con su tabla de dos columnas, esa “tasa reducida” en plan “te lo dejo baratito”, lo ocurrido con México y Canadá, o el precalentamiento del ambiente durante estos meses son indicios de lo que digo.
Quizá lo que busca Trump haya que buscarlo en eso que en la cabecera de la tabla llaman “barreras al comercio”, las normas domésticas de cada país que Trump considera que perjudican a las empresas estadounidenses. Ya he hablado antes del Digital Markets Act en la Unión Europea, y seguro que unas cuantas similares se pueden encontrar en China. Su efecto es inconmensurable, pero podría constituir ese arancel equivalente que se queja de sufrir.
El problema principal es que mientras los políticos de los países afectados debaten cómo responder o no a los aranceles de Trump, la incertidumbre económica puede acabar con el tejido empresarial por parálisis. Lo que marca con claridad la ruta a los políticos, entre ellos a los europeos: eliminar a toda velocidad los aranceles convencionales y las regulaciones que Trump considere que perjudican a las empresas americanas, para que no se consume el arancel de Trump. Y si tras hacer eso, Trump se mantiene en sus trece, entonces el problema será realmente serio, pero sobre todo para los estadounidenses que le han votado mayoritariamente.
Las buenas, no, buenísimas, noticias es que esto también vendrá bien a los ciudadanos de las jurisdicciones extranjeras, pues al fin y al cabo supondría la eliminación de barreras al comercio, de las que somos los principales damnificados, según se ha expuesto al comienzo del artículo.
A ver si al final va a resultar que los aranceles de Trump son los más liberales de la historia!
[1] En el cálculo no se han complicado demasiado la vida y han asumido que no hay variación en las importaciones con las subidas de precio debidas al arancel. Aprovecho para agradecer a Paco Capella que me haya suministrado la información sobre cómo se había hecho el cálculo.
Por Holly Jean Soto. El artículo Las consecuencias económicas de los aranceles de Trump fue publicado originalmente en FEE.
Trump afirmó recientemente que «los aranceles son lo mejor que se ha inventado nunca», mientras hablaba de su propuesta de imponer un arancel del 60 por ciento a las importaciones chinas y aranceles generales del 10 al 20 por ciento. Sin embargo, los aranceles tendrán enormes costes económicos para el pueblo estadounidense.
El primer problema de la política arancelaria de Trump es que no entiende el principio económico básico de la ventaja comparativa. Contrariamente a la visión de Trump del comercio internacional como un juego de suma cero, no deberíamos intentar especializarnos en aquello en lo que otros países son mejores. Producir todo internamente en nombre de la protección de los empleos y la fabricación de Estados Unidos no es económicamente ventajoso. Eso es un mito económico.
La teoría económica básica nos muestra que si fuéramos autosuficientes en todas las cosas, el coste de oportunidad sería demasiado alto. Sin embargo, si nos especializamos en lo que hacemos mejor a un coste inferior al de nuestros competidores, estaremos mejor. La realidad es que el libre comercio permite a las personas acceder a una mayor variedad de bienes a un coste menor que si intentaran producirlo todo internamente. Entonces, ¿por qué Trump no entiende un principio económico básico que todos aprendimos en el instituto?
Un juego de suma cero
Un segundo problema es que Trump considera nuestro déficit comercial como un juego de suma cero, pero es un mito económico que importar más de lo que exportamos nos haga estar peor. En realidad significa que somos ricos. Antiguamente, se creía que la riqueza de una nación provenía de las reservas de oro y plata que poseía el país y, por tanto, los países debían potenciar las exportaciones y resistirse a las importaciones para maximizar esta riqueza metálica.
Adam Smith demostró que esto era erróneo en su Riqueza de las Naciones. Demostró que existe un problema cuando sólo se observa el déficit o el superávit de la balanza comercial internacional. En cambio, si los bienes y servicios disponibles para el pueblo estadounidense son mayores como resultado del comercio internacional, entonces los estadounidenses son más ricos, no más pobres.
La tercera cuestión es que las tácticas de castigo de Trump, como el arancel del 200% a John Deere, no consiguen resolver la raíz del problema del empleo y la fabricación en Estados Unidos. La realidad es que las empresas estadounidenses como John Deere están sufriendo los costes provocados por una mala política económica. Dichas políticas han incrementado los costes laborales y de fabricación en Estados Unidos. Los costes laborales suponen más de la mitad de los gastos generales de fabricación para empresas como John Deere, por lo que, naturalmente, tienen el incentivo de minimizar los costes trasladando los puestos de trabajo y la fabricación al extranjero. La pregunta no debería ser «¿Cómo puedo castigarles para que se queden?», sino «¿Cómo reducimos los costes de que hagan negocios aquí en EE.UU.?». El castigo y la intimidación no hacen nada para resolver la raíz del problema.
El “uso inteligente” de un arma de destrucción económica
Trump promete que su «uso inteligente de los aranceles» restaurará la fabricación estadounidense, pero la verdad es que estas políticas solo ofrecerán costes más altos a los fabricantes y consumidores estadounidenses y exacerbarán la inflación. La historia nos ha demostrado que han sido los consumidores estadounidenses, y no los países extranjeros, los que han pagado -y seguirán pagando- los aranceles. Las estimaciones muestran que los aranceles costarían al hogar estadounidense típico más de 2.600 dólares al año.
Aunque el plan de Trump de reducir el tipo del impuesto de sociedades del 21% al 15% empezará a resolver los problemas de la cadena de suministro estadounidense a los que nos hemos enfrentado y tendrá un impacto positivo en el crecimiento económico, los beneficios se verán contrarrestados, al menos en parte, por sus costosas políticas arancelarias, especialmente para la clase media y baja. La triste realidad es que sus propuestas políticas tienen un enfoque de «7 pasos adelante, 10 pasos atrás» para el crecimiento económico.
La realidad es que los países que están abiertos al comercio y la inversión tienden a experimentar un crecimiento económico sostenido a largo plazo y niveles de vida más altos, mientras que los países que aplican mayores restricciones y aranceles al comercio internacional tienen un crecimiento económico más débil.
En resumen, los aranceles nunca abaratan los productos. Sólo el libre comercio puede hacerlo.
Hoy en día existen tres grandes tesis económicas que son erróneas:
1. La economía de libre mercado solamente beneficia a los capitalistas.
2. El socialismo y la redistribución beneficia a los pobres.
3. El proteccionismo económico beneficia la nación (es decir, beneficia el bienestar económico de los ciudadanos del estado).
En el siguiente artículo, pretendo deconstruir, y reconstruir estas tres tesis.
La economía de libre mercado solamente beneficia a los capitalistas
La desigualdad, causada por la jerarquización socioeconómica, es una característica de la sociedad humana desde el nacimiento de los estados. Naturalmente, nos enfrentamos a una realidad histórica muy compleja y variada dependiendo del contexto que observemos. En Europa feudal y precapitalista, las élites guerreras y religiosas eran los terratenientes, que poseían la gran mayoría de las tierras. Los individuos y familias que formaban parte de estos estamentos establecían relaciones oligárquicas entre sí.
Por otra parte, en sociedades socialistas y pro-capitalistas, los líderes del partido y la élite administrativa formaban una élite gobernante, teniendo acceso a productos que no eran accesibles a las masas menos privilegiadas. Todos esos sistemas pre y post capitalistas, eran sistemas de acceso cerrados a la hora de formar parte de la élite, que siempre constituye de un grupo de personas pequeño.
En la Europa precapitalista, la élite tenía el monopolio casi exclusivo de la tierra y los trabajadores estaban sometidos a diversas formas de servidumbre. En el socialismo, el estado poseía todos los medios de producción y la élite política controlaba quién podía ser gerente en función de la lealtad a la clase gobernadora política.
Una élite independiente del poder político
El libre mercado da la oportunidad de crear una elite económica independiente del poder político. Esto sucede gracias a la posibilidad de competición en el mercado, que hace posible acceder a los círculos de elites económicas. Es decir, cualquiera tiene la oportunidad de aportar una buena idea innovadora y entrar al mercado competiendo con las empresas establecidas.
La historia del capitalismo está llena de personas con mentalidad emprendedora, que de la nada de repente son capaces de cambiar el mundo con una idea innovadora. La primera máquina de vapor, las primeras máquinas textiles, la bombilla, el sistema operativo Microsoft… todos ellos nacieron en “garajes”, en pequeños talleres. Gracias a la ventana de oportunidad creada por la economía de mercado abierta, talentos extraordinarios pudieron comercializar su idea innovadora y cambiar sus propias vidas y hacer más fácil la vida de todos los demás.
Riqueza y desigualdad
La economía de mercado es una grande maquinaria que genera riqueza. El truco del capitalismo es que no sólo beneficia y enriquece a los Ford, los Edison, los Gates, y otras personas con mentalidad empresarial. La repentina riqueza de estos grandes empresarios se debe a que sus inventos tuvieron un impacto positivo en nuestra vida. No podríamos imaginar nuestra vida sin coches, luz eléctrica, y ordenadores. Gracias a este proceso de innovación constante, la calidad de vida inimaginable comparada con épocas anteriores.
En el capitalismo, la desigualdad, como en todas las sociedades jerárquicas, sigue siendo una característica existente. Pero en capitalismo la desigualdad es la consecuencia de la innovación empresarial. Y dado que esta innovación mejora la calidad de vida en general, parece ser es un juego en el que todos ganan. Tanto para las personas innovadoras con mentalidad empresarial como los consumidores.
El monopolio
El problema es el monopolio. El monopolio es una posición económica, en la cual, una empresa establecida disfruta de una posición de monopolio debido a la regulación. Esto significa, que no hay oportunidad para los que quieren entrar al mercado con un producto mejor o más barato. Monopolios dentro del seno del capitalismo, en realidad, crean un sistema de neo-feudalismo.
La posición dominante de una empresa no es lo mismo que el monopolio. Esta posición dominante puede derivar del reconocimiento del nombre, un producto superior y un modelo de negocio eficiente. Pero si el mercado está abierto a desafiar la posición dominante, no hay monopolio. Muchas empresas disfrutan de una posición dominante y tienen una cuota de mercado sustancial en sus nichos de mercado.
Un buen ejemplo en el mercado de teléfonos móvil es el caso de Nokia. Nokia gozaba de una posición dominante en el mercado. Sin embargo, la introducción de la innovación tecnológica de iPhone rompió la posición dominante de Nokia. Desde entonces, los consumidores se benefician de la competencia entre Android y Apple. Ninguna de las empresas puede permitirse dormirse en los laureles, sino que tienen que reinventar cada año sus sistemas operativos, sus aparatos, ofreciendo móviles de cada vez mejor calidad y mejores servicios.
La competencia
La competencia significa que cualquiera tiene la oportunidad de aportar una idea innovadora. Así pues, quienes defienden la economía de mercado no defienden que los ricos sigan siendo ricos, ni el neo-feudalismo. Todo lo contrario. Defienden que haya competencia y oportunidades, que la próxima generación de personas con mentalidad empresarial pueda entrar en el mercado con sus ideas innovadoras.
Defender la apertura de los mercados y la posibilidad de competir es una amenaza para la actual generación de capitalistas, que producen y comercializan bienes que podrían desaparecer con la próxima innovación. La política pro-mercado significa defender la oportunidad para cualquiera de enriquecerse mediante la introducción de una idea innovadora, que haga la vida más fácil, y no, defender los intereses de los ricos. Es la teoría económica que nos enriquece a todos a través de la competencia entre ideas innovadoras que buscan satisfacer a los consumidores.
La novedad de la riqueza de las naciones
Una última observación. El extraordinario enriquecimiento desde el siglo XIX es un fenómeno completamente nuevo en la vida de la humanidad. No hace tanto tiempo, ser pobre y estar en alguna forma de servidumbre era la situación típica de las clases no privilegiadas. Fue el avance hacia mercados más libres a partir del siglo XVIII lo que hizo posible tanto la libertad de los trabajadores como la vida relativamente buena de la que disfrutamos ahora.
Este maravilloso enriquecimiento hizo posible la creación y financiación del Estado de bienestar. Por lo tanto, incluso aquellos quienes odian el capitalismo y abogan por más Estado del bienestar deberían ser conscientes del hecho de que, sin una defensa cuidadosa de la competencia del libre mercado, destruirían la base material de Estado del bienestar. Basta con echar un vistazo a Venezuela, que destruyó su economía de mercado, y ahora los venezolanos son uno de los más pobres a pesar de vivir en medio de las mayores reservas de petróleo del mundo. Deberían ser al menos tan ricos como los noruegos. Sólo necesitan un gobierno, que respete el estado de derecho y deje que los mercados ofrezcan oportunidades a cualquiera.
El socialismo y la redistribución sirven a los intereses de los pobres
El socialismo es el sistema que pretende acabar con la desigualdad creada por los mercados. Consigue este objetivo concentrando todos los medios productivos en manos del Estado y acabando con la competencia mediante la planificación estatal. Esta estructura económica limita las oportunidades de las personas innovadoras para entrar en el mercado. El estado socialista, en efecto, se crea monopolios. Es verdad, que el socialismo logra cierta igualdad. Pero a un precio. El precio es la falta de dinámica innovadora constante de la vida económica y la falta de competencia.
En consecuencia, las economías socialistas permanecieron estáticas, usando las tecnologías que heredaron de sus predecesores pre-socialistas. Las únicas innovaciones suyas no eran más que innovaciones copiadas de las deseadas tecnologías y productos desarrollados por sus rivales capitalistas. Ni siquiera fue eficiente el copia y pega tecnológico que llevaron al cabo, pues la calidad de los productos era baja y no tenían un volumen suficiente en comparación con la demanda. Por esta razón, los países socialistas sufrían constantemente de escasez. Esto fue analizado por János Kornai, el más célebre economista húngaro del sistema socialista. En consecuencia, los ciudadanos de países socialistas eran pobres y soñaban con la sociedad de consumo occidental, donde abundan los zapatos bonitos, la ropa de buena calidad, los coches rápidos, y no había que hacer colas interminables para poder comprar en las tiendas.
Igualdad de la pobreza
Así pues, la igualdad que se logró fue la gloriosa igualdad de escasez frente a los deseos. Y ni siquiera eran sociedades iguales, ya que la élite política y administrativa tenía la oportunidad de acceder a los bienes occidentales a través de tiendas especializadas, que sólo estaban abiertas para las élites. La desigualdad en términos de consumo era menor, pero cuando todo el mundo es pobre, las pequeñas diferencias son realmente importantes. No es de extrañar que el socialismo fuera el único sistema político, cuya élite optó casi voluntariamente por el capitalismo. Opinaban que ofrece mejores oportunidades para una vida mejor y más cómoda. Incluso en China, donde a pesar de que se mantuvo el sistema político socialista, la reforma favorable al mercado provocó el enriquecimiento de cientos de millones de ciudadanos chinos en un periodo bastante corto.
Hoy en día el socialismo de esquema marxista ya solamente atrae a profesores académicos bien pagados y a sus estudiantes, que quedan fascinados por la idea de planificación y propiedad estatal y piensan en sí mismos como futuros ingenieros de una sociedad bien ordenada.
El Estado del Bienestar
La verdadera cuestión actualmente es la expansión paralela del Estado del bienestar y de la regulación estatal en Europa. Esta expansión paralela es la característica más constante del desarrollo social de los países europeos en el siglo XX, aunque esta tendencia cobró impulso después de 1945.
El orden de la posguerra se basó en la fuerte expansión del Estado del bienestar y la prestación estatal de servicios públicos. La estanflación y el auge de la industria japonesa en los años setenta señalaron el final de esta constante expansión. La coincidencia de la crisis económica y la pérdida de competitividad obligó a un importante replanteamiento del modelo europeo. El giro neoliberal, introducido primero por Margaret Thatcher y copiado después en toda Europa, frenó el auge del Estado y revitalizó los procesos de mercado.
Desde entonces, la cuestión política más destacada es el equilibrio entre la libertad de mercado y la regulación estatal.
Regular y redistribuir
Como consecuencia de los cambios sociales del siglo XX, el Estado europeo moderno es predominantemente un Estado redistribuidor y regulador, que asume la prestación de servicios públicos clave, como el bienestar, la educación y la sanidad. Existe un consenso político generalizado entre los partidos políticos de toda Europa en que este modelo mixto de economía de mercado y Estado del bienestar es un modelo que hay que mantener. Ningún partido político quiere volver al modelo de Estado “mínimo” del siglo XIX. Por otra parte, sólo unos pocos extremistas pretenden emular algo similar a lo que fue el modelo socialista del siglo XX o piensan que Venezuela podría ser un modelo para un país europeo.
El peligro actual es la posible repetición de la crisis política, económica y social de Grecia en 2008. La lección del dicho caso es que la expansión del estado de bienestar, financiada mediante préstamos, es insostenible, y tarde o temprano resulta ser más dañino, que los beneficios que ofrece a corto plazo.
España, camino de Grecia
En base a las cifras macroeconómicas España se encuentra en una situación peligrosamente similar a la de Greca antes de la crisis. El nivel de deuda y desempleo son muy altos, de hecho, esta entre los más altos de Europa, mientras el sociedad Española más y más pobre.
Estas cifras indican que hay una expansión insostenible del estado, mientras que hay demasiada regulación del mercado. Demasiado regulación impide la utilización de los recursos humanos por las empresas. Especialmente preocupante es que el estado del bienestar español es uno de los más desiguales en su impacto, y en lugar de ayudar a los pobres y necesitados, da recursos adicionales a la clase media y superior.
Estado del Bienestar y redistribución
Como indica la Ley de la Vivienda, el estado español más bien destruye el mercado en lugar de ofrecer ayuda específica a aquellos que no pueden permitirse pagar los precios que prevalecen en el mercado.
Sin embargo, el Estado sueco moderno ofrece un modelo a imitar para los partidos políticos moderados. Tras la crisis del excesivo intervencionismo estatal a principios de los noventa, desarrolló un nuevo modelo que combinaba con éxito un modelo de Estado del bienestar bastante eficiente con una política económica favorable al mercado. Las reformas orientadas al mercado son clave para reducir el alto nivel de desempleo y revertir la tendencia de empobrecimiento gradual de los ciudadanos españoles, un proceso marcado en los últimos años.
Por lo tanto, no es tan fácil llegar a la conclusión de que la redistribución del Estado del bienestar sirva siempre a los intereses de los pobres, a pesar de los eslóganes políticos afirman lo contrario.
El proteccionismo económico beneficia la nación
El proteccionismo económico es una de las ideas económicas más antiguas. El nacimiento del pensamiento económico en los siglos XVI-XVII se caracteriza por la siguiente dinámica. El estado absolutista concedía monopolios a ciertas empresas y defendía los mercados nacionales con el fin de fomentar el desarrollo nacional. Tanto Turgot en Francia como Adam Smith en Gran Bretaña criticaron esta práctica. Smith argumentó que el proteccionismo mercantil y la concesión de monopolios sólo sirve a los intereses de los ricos capitalistas y sus patrocinadores políticos, mientras que el libre comercio sin duda conduciría a la riqueza de la nación. Según Smith, la riqueza de las naciones significa que la gente común pueda avanzar, tenga oportunidades, no sólo los extremadamente ricos y sus padrinos políticos.
El aumento de la libertad y la demolición de los monopolios crearon el entorno que impulsó a los artesanos y trabajadores cualificados a innovar y tuvo como consecuencia la revolución industrial. La revolución industrial convirtió a Gran Bretaña en el Estado preeminente de Europa y marcó el inicio de un aumento del nivel de vida sin precedentes.
De Friedrich List al lebensraum…
La idea de proteger los industrias de un nación por el gobierno para facilitar la industrialización fue revigorizada por el alemán Friedrich List en la década de 1840. List argumentó que el libre comercio no era favorable para Alemania. Por esta razón propuso el proteccionismo económico: el gobierno debía introducir muros arancelarios que defendieran a sus empresas industriales y, al mismo tiempo, introducir un entorno de libre mercado dentro de los territorios nacionales defendidos por los muros aduaneros. Según List, la protección exterior y la libertad interior crearán el entorno institucional que estimulará el desarrollo industrial. Sostenía que una vez que Alemania alcanzara el nivel de desarrollo británico, debería reducir el muro aduanero y optar por el libre comercio.
List consiguió captar la atención de los principales políticos de su época. El canciller alemán Bismarck, y el ministro de economía de Rusia DeWitte, desarrollaron sus políticas industriales nacionales siguiendo las ideas de List. El proteccionismo económico comenzó a crecer a partir de la década de 1870 y llegó a su tope después de 1920, durante los años de entreguerras. Ludwig von Mises argumentó que una de las causas de las devastadoras guerras mundiales fue que la limitación gradual del libre comercio forzó un nuevo impulso colonizador para asegurarse fuentes de materias primas y mercados. Recientemente, Richard Overy también ha argumentado que la Segunda Guerra Mundial fue, en realidad, una guerra colonial, ya que los Estados fuertes que no habían adquirido colonias intentaron colonizar nuevos territorios para asegurarse su propio lebensraum.
… y a la guerra
La consecuencia del proteccionismo es que bloquea las posibles fuentes de recursos y mercados para otros países. Así, crea un entorno de competencia de poder entre estados en lugar de competencia económica entre empresas. La competencia de poder entre estados es una rivalidad que niega la cooperación. Es un juego en el que solo uno puede ganar y el otro solo puede perder. La consecuencia y devastadora solución final de dicha competición entre estados es la guerra.
Por lo contrario, la competencia económica no solo tiene elemento de rivalidad, pero también de cooperación. China no sólo es un competidor económico para Europa, sino también un importante mercado de exportación para las empresas europeas, mientras que los productos chinos importados tienen efectos positivos en el nivel de vida de los consumidores europeos. Además, aunque la competencia económica tiene un elemento de ganar-perder, también tiene un elemento de ganar-ganar (win-win). Su elemento ganar-ganar es que obliga a la innovación empresarial constante para permanecer en el mercado.
Es decir, la solución último del proteccionismo económico estatal es la guerra, mientras que la competencia económica obliga también a la innovación, la cooperación y la renovación empresarial constante, lo que nos beneficia a todos. La renovación empresarial innovadora crea abundancia de bienes, aumento del nivel de vida y cooperación entre las naciones a través de cadenas de producción y comercio.
Tres conceptos correctos
1) La economía de libre mercado ofrece a cualquier persona con espíritu emprendedor la oportunidad de enriquecerse produciendo un producto innovador que satisfaga las necesidades de los consumidores.
2) El socialismo es una ruina económica, dado que la demasiada redistribución estatal encorseta las fuerzas empresariales del mercado, lo que perjudica a los pobres.
3) El proteccionismo económico conduce a la rivalidad entre Estados y, en el peor de los casos, a las guerras, que son el acontecimiento más destructivo para la vida y para la riqueza de las naciones y sus ciudadanos.
Nacho Raggio decía este lunes que el liberalismo es una forma sofisticada de nihilismo. Que él te puede curar (si eres liberal) y que un país debe poder abastecerse por completo, especialmente ciertos sectores estratégicos. Aunque no lo diga Raggio, entiendo que el argumento es que o bien por seguridad nacional (menciona la geopolítica) o bien por las externalidades positivas que obtenemos de la producción de ciertas industrias, el proteccionismo está a veces justificado. Según Raggio, se debe “aplicar proteccionismo para defender nuestros intereses”.
Los intereses ¿de quién?
El primer problema con esto es que no están claros de quienes son los intereses que hay que defender. Si son los intereses de todos los españoles, entonces el libre mercado es lo mejor. El libre mercado puede dañar a ciertos productores. A aquellos cuya mercancía sea más barata importar que producir nacionalmente; es decir, aquellos cuyas líneas de producción son más costosas y, por tanto, los recursos utilizados estarían mejor destinados a otras líneas de producción. También es verdad que con la liberalización del mercado laboral a estos debería costarles menos de lo que les costaría en otros casos encontrar nuevos trabajos. No obstante, todos somos consumidores, pero no todos somos productores de aquello cuya producción nacional es más costosa que la importación. Por tanto, a simple vista parece que los intereses de la mayoría están mejor salvaguardados con el libre mercado.
Digamos que la solución que propone Raggio es que sea el gobierno el que decida cuáles son estos sectores estratégicos que merecen ser defendidos. Cualquiera con un mínimo de cultura política española podrá suponer lo muy diferentes que serían estos si la selección la hace el PSOE o el PP. O el PSOE con la coalición de izquierdas o el PP con Vox. ¿Cómo es posible que estos intereses estén tan claros si por un pequeño margen pueden cambiar tanto? Según las últimas encuestas, PP y Vox sumarían 179 diputados y PSOE más la coalición que les invistió en 2020, 158.
¿Patatas y mantequilla?
¿No se da cuenta Raggio que los sectores estratégicos los eligen políticos? ¿No se da cuenta de que igual que estos pueden elegir los que él cree que son necesarios, un gobierno del PSOE podría terminar defendiendo sectores que Raggio crea que no deberían defenderse? Pero es que, incluso si los políticos son los de tu color, estos se ven sometidos a incentivos perversos.
Todos los productores domésticos intentarán decir que su producto es vital para la seguridad nacional. Puede que Raggio tuviese solo en mente la producción de alimentos, ¿pero qué alimentos? Técnicamente, podemos sobrevivir a base de patatas y mantequilla. Si esto es todo lo que necesitamos, ¿por qué no defender solo las industrias nacionales de estos dos productos?
Quizá Raggio vea obvio que esto no sería suficiente y que tendríamos que asegurar la producción nacional de muchos más productos de alimentación, a fin de cuentas, es geopolítica. ¿De cuáles? ¿Tenemos que ser capaces de producir aguacates en España a pesar del gran coste de producción que eso supondría? ¿Tenemos que producir de todo sin importar el coste? ¿O solo de aquello que los políticos consideren vital para la subsistencia? Igual si tenemos un gobierno del PSOE decide que todos tenemos que poder vivir a base de langostinos y cigalas. Pero, ¿sería esto realmente necesario y una cuestión de seguridad nacional?
La protección del pelo de cabra en Angola
También habría que preguntarse que por qué solo alimentos. Raggio no lo dice explícitamente, pero ambas fotos de su hilo hablan sobre alimentación. ¿Por qué no también proteger la industria del acero? ¿No es también necesaria para la defensa nacional? O la producción de microchips. En Estados Unidos, desde 1954 hasta 1993, el gobierno consideraba que el mohair, la fibra procedente del pelo de la cabra de Angora, era vital para la defensa nacional, puesto que era usada para la producción de uniformes militares.
Durante cuatro décadas, los productores de mohair recibieron millones de dólares anuales en subsidios. Puede parecer ridículo, pero era un caso real. Y lo sigue siendo. En 2002 volvieron los subsidios a esta industria, los cuales están regulados por el Marketing Assistance Loan Program del 2014 Farm Act.
Externalidades positivas
La otra razón que interpreto que da Raggio para defender el proteccionismo es que ciertas industrias generan externalidades positivas. Para este caso, no obstante, el proteccionismo no sería la mejor política, sino los subsidios. El problema con este argumento es que este proteccionismo en un área de especial interés puede ser contraproducente, pues, puede traducirse en que entren menos de esos bienes al mercado nacional y sean de peor calidad.
Si lo que te preocupa es que quieres que tus ciudadanos puedan disfrutar de ese bien, entonces querrán que tengan la mejor opción disponible. Si crees que producirlo tú te genera unas externalidades positivas al, por ejemplo, estar entrenando a tus ciudadanos en la producción de microchips, tendrás que defender por qué estas externalidades superan los beneficios de que los consumidores nacionales puedan hacerse con los microchips de una mejor calidad a un menos precio.
Otro problema es el decidir cuáles son estas industrias clave. El gobierno y los burócratas que industrian generarán spillovers positivos. Si se equivocan y deciden proteger una industria que después no tendrá demanda, lo pagamos todos. Por ejemplo, Raggio puede pensar que las nuevas gafas de Apple son el futuro y que tenemos que defender a los productores de alternativas a estas. Si se equivoca, pagamos todos, dañando así los intereses nacionales.
La ley de asociación de Ricardo
Como decía Adam Smtih:
El conceder el monopolio del mercado nacional a la producción nacional, en cualquier arte o industria, equivale en alguna medida a dictar a los ciudadanos particulares la manera en que deberían emplear sus capitales, y en todos los casos resulta una intervención inútil o perjudicial. Si la producción nacional puede llegar al mercado tan barata como la extranjera, es evidente que la intervención es inútil. Si no puede hacerlo, será generalmente perjudicial. La máxima de cualquier prudente padre de familia es nunca intentar hacer en casa lo que le costaría más hacer que comprar. El sastre no fabrica sus zapatos, sino que se los compra al zapatero. El zapatero no se hace sus vestidos, sino que recurre al sastre. El granjero no intenta hacer ni unos ni otros, sino que acude a esos artesanos. Todos ellos comprenden que les resulta más conveniente emplear su esfuerzo de forma de tener alguna ventaja sobre sus vecinos, y comprar lo que necesitan con una parte del producto de su esfuerzo, o lo que es lo mismo: con el precio de una parte. Lo que es prudente en la conducta de una familia nunca será una locura en la de un gran reino.
Adam Smith, Una investigación sobre el origen y las causas de la riqueza de las naciones. Libro 4, capítulo 2.
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