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Etiqueta: Regulaciones y otras políticas públicas

Privatizar Telemadrid

Hace menos de dos meses escribí un comentario titulado Soluciones para la televisión pública, donde exponía modelos intermedios para llegar a la privatización de las televisiones públicas. La pasada semana el PP de Madrid anunció que en su próximo congreso una de sus ponencias propondrá privatizar Telemadrid en cuanto la ley lo permita. El primer pero que se le podría poner a este anuncio es que, pese a que el PP de Madrid no crea que deban existir medios de titularidad pública, menciona también de que son necesarios en casos muy especiales, que no enumeran. La ponencia en cuestión se llama Sociedad y Libertad, y será presentada por Lucía Figar.

Estoy encantado con que Lucía y sus compañeros en el PP de Madrid hayan llegado a la conclusión de que no es necesario que existan medios de titularidad pública, pero tan importante es llegar a esa conclusión como saber cuál va a ser el plan de privatización, una vez que la ley lo permita. Si Telemadrid abre ese camino debería dar ejemplo, ya que habrá muchos que no tengan una opinión definida sobre la privatización de las televisiones públicas y tomarán su caso como el modelo a seguir, tanto en lo bueno como en lo malo.

Por lo tanto, no valen apaños; no se puede realizar una privatización destinada a entregar dos televisiones (Telemadrid y La Otra) y una radio (Onda Madrid) a los primeros amigos del poder que se pongan a tiro. El proceso de privatización no sólo debe ser justo, sino también parecerlo. Existen ya de por sí demasiados enemigos de la libertad como para darles excusas para atacar esta reforma tan necesaria.

Aunque el PP gobierne en Madrid, esta medida no podrá ser aplicada en estos momentos, por que como bien ha dicho Figar, la ley del Tercer Canal impide la privatización de cualquier televisión autonómica. Esperamos que esto no sea una excusa y que cuando el PP tenga la posibilidad de modificar esta ley lo haga, y proponga no sólo la privatización de Telemadrid, sino de todos los medios públicos.

El efecto Aguirre

Porque hay maquinaciones de los políticos que son para salir a la calle en plan V de Vendetta, a decirles que nosotros somos más y hay cosas por las que no pasamos. La última es el apaño de repartirse el CGPJ. El gobierno de los jueces, pero por lo que se ve no por los jueces, sino por los políticos y para los políticos. Aquí no se deja nada al azar, a la autonomía de las instituciones, al devenir de los acontecimientos según su propio curso. No. Nada debe escapar al control de los políticos. "Dividamos los poderes para poder repartírnoslo mejor", se dicen a escondidas. "Democraticemos las instituciones" dicen desde los atriles, frente a las cámaras, ante los micrófonos. "Venga: ‘Mon’ para mí, ‘tes’ para ti y ‘quieu’ para el otro, que así no habla". Y a comerse su carne muerta, por si a alguien se le ocurre resucitarlo.

En el CGPJ es carnaval todo el año. Los políticos se disfrazan (de jueces) y todas las normas morales están ahí para romperlas. La justicia no está invitada ni para violarla, que este es el templo de la política. Que los socialistas estén en ese juego es de esperar. Son totalitarios y no están dispuestos a permitir, si el coste de impedirlo no es excesivo, que la sociedad funcione al margen de los designios de la política. ¿Y el PP? Aznar llegó al poder prometiendo "regeneración democrática" y salió de él creyéndose mejor que los socialistas porque ellos eran más generosos en el reparto. Ellos sí que son tontos y cobardes. Tontos porque participan de un juego abyecto sin aprovecharse de él al máximo y cobardes porque no tienen la hombría de denunciarlo y ponerse al frente de la manifestación. Y eso con Aznar, no digamos con el PP pactista de Rajoy. Sí, hace falta una "marcha verde" pero no por el Sahara, sino por cuatro o cinco puntos de la capital, para hacerles ver que estamos hartos. Claro, que al final seríamos cuatro gatos, porque son muchos los que hasta disfrutan con el espectáculo.

Vamos a pagar por cavar zanjas y taparlas

Más de cien mil personas engordaron las listas de desempleo en agosto, por lo que ya suman, en un año, más de quinientas mil. La afiliación a la Seguridad Social tiene la mayor caída desde agosto de 1993 y el INEM podría estar en déficit. Las previsiones de desempleo no son nada halagüeñas, pues casi todos los informes hablan de una horquilla de desempleo para 2009 de entre el 13% y 15%.

Ante estas impresionantes cifras, el Gobierno Zapatero pretende generar empleo mediante trasferencias obligatorias de capital de los actores productivos a los no productivos. A eso lo han llamado invertir en "actividades de interés colectivo". Eso significa que el Gobierno asignará trabajos a cosas que el mercado, esto es, la sociedad, no demanda, por ejemplo: más funcionarios, más constructores, más personas dedicadas a la conservación de espacios naturales, etc. Celestino Corbacho, ministro de Trabajo e Inmigración, quiere aplicar lo que Keynes ya decía hace 80 años, a saber, que los desempleados caven zanjas para después volverlas a tapar. El mercado no demanda cavar zanjas para luego taparlas, porque si así fuera existirían empresas privadas dedicadas a hacerlo. Tampoco demanda más inútiles funcionarios en las oficinas gubernamentales que hagan crecer la burocracia ni más obreros de la construcción. De no ser así, no se estaría hundiendo el sector de la construcción ni habría dos millones de viviendas vacías.

Lo que propone Corbacho es que haya quien trabaje por trabajar para asignarle un sueldo después. Pero el trabajo, cuando no implica producción útil para la demanda, sólo genera pérdidas netas. Eso lo saben muy bien más de la mitad de las empresas que acaban cerrando antes de cumplir su primer año por no ofrecer bienes o servicios por los cuales la gente esté dispuesta a pagar lo que le piden. En última instancia, lo que hace el libre mercado es intercambiar de forma voluntaria la producción propia por la producción de otro. En cambio, lo que hace el Estado es robar al que produce para quedarse con una parte y transferir el resto al que no produce. Aquí no hay generación de riqueza, sólo transferencias de dinero obligatorias. Es un mero acto criminal contra la comunidad que, además, genera corrupción, parasitismo, una cultura hedonista acostumbrada a vivir de las rentas de los demás y una absoluta falta de responsabilidad y esfuerzo personal.

Las medidas del ministro de Trabajo no sólo van dirigidas a los trabajadores, como la prensa ha querido vender, sino también a grandes empresas como constructoras e inmobiliarias. Las medidas del Gobierno suponen quemar nuestro dinero para mantener un sector en declive, mantener los amplios márgenes para las grandes constructoras y comprar los votos de aquellos a los que subvenciona por realizar trabajos improductivos.

Los socialistas siempre apelan a las necesidades colectivas como imperativo moral de una justicia mayor, la justicia que impone el dictador de la producción. Como todo demagogo en busca de rendimientos electorales apelan al corazón y no al sentido económico. Cosas como casas gratis, libros escolares gratis o sanidad gratuita no existen, todo se paga. Si las casas, los libros escolares, la sanidad y todo lo demás fuese gratis eso significaría que los productores, tanto el empresario como sus proveedores y cada uno de los trabajadores de ambos no habrían cobrado nada para proporcionar ese bien a la sociedad, lo que es absurdo porque todo el mundo trabaja por un salario. Si el Estado ofrece algo gratis o a un precio reducido, eso sólo puede significar que alguien está pagando los servicios de otro en contra su voluntad. ¿Los ricos? Los ricos no pagan. En España hay poco más de 4.000 personas que declaran tener unas rentas anuales superiores a 600.000 euros, lo que representa un 0,03% de todos los declarantes. ¿Hay alguien tan inocente que se lo pueda creer realmente? ¿Cuáles deben ser las rentas reales de estas personas? ¿Ya sabe que los impuestos generados sobre esas rentas, a nivel de contabilidad nacional, no dan ni para el chocolate del loro? En España, el 97% de los contribuyentes, 14,5 millones de personas, tenemos unas rentas inferiores a 60.000 euros. Somos los que estamos en ese 97% quienes vamos a pagar los platos rotos del Gobierno.

La gran contradicción a todo esto es que si todo el mundo quiere vivir del dinero del Estado y el Estado sólo puede vivir de nuestro dinero, ¿qué futuro nos espera? En un momento de crisis como la actual, si al ciudadano y a las empresas nos suben los impuestos y nos multan, que ya todos los ayuntamientos se han puesto manos a la obra en esa tarea, ¿no se alargará la crisis y viviremos peor? Los meses futuros lo dirán.

Las vergüenzas de Rajoy

Agárrense, ya que las curvas a partir de ahora serán mucho más pronunciadas, y más de uno se irá por la cuneta. El verano de 2008 será archivado en los anales estadísticos como el peor período estival en materia de empleo de la democracia española. Al menos, por el momento.

El diagnóstico está claro para todo aquel que esté dispuesto a escuchar. Hasta el propio Gobierno se está viendo obligado a reconocer, en parte, la gravedad de la situación. Llega el momento de los planes de urgencia, de las medidas estrella y de las reuniones de supuestos expertos. Ahora, el Gobierno se apresura a poner en marcha todo un elenco de estrambóticas y superficiales medidas que, por desgracia, de nada servirán para atenuar lo que se avecina.

Las mentiras y la ineficiencia del Ejecutivo socialista, tras insistir en negar la realidad, hablan por sí solas. Sin embargo, la gravedad de la actual coyuntura, más allá de sus efectos, radica en la inexistencia de soluciones por parte del elenco político. En este sentido, la propuesta que acaba de presentar el PP para combatir la crisis no tiene desperdicio.

Su plan consiste en 25 medidas y, curiosamente, algunas de ellas ya han sido contempladas por el Ejecutivo socialista, como la congelación de salarios a altos cargos de la Administración Pública, un plan de ahorro energético en los organismos estatales, que ya fue escenificado por Sebastián y su no corbata, o la eliminación de trámites burocráticos, calcado del plan presentado por Zapatero el pasado mes de julio.

Según dicho planteamiento, el PSOE no lo debe estar haciendo tan mal. De hecho, avanza por la dirección correcta para evitar el descalabro. Por otro lado, las críticas populares se centran en la necesidad de contener el gasto público. En este ámbito, el PP tan sólo se ciñe a la "eliminación de gastos superfluos", tales como propaganda y publicidad institucional. Dos campos de gran peso en el cómputo presupuestario, como todos saben

Además, el PP insiste en limitar el aumento del gasto público al 2 por ciento en los Presupuestos Generales para 2009 pero, al mismo tiempo, Rajoy defiende firmemente el impulso de las partidas sociales (educación y sanidad) y de las inversiones productivas para afrontar la crisis. Es decir, más gasto vía impuestos.

Las diferencias programáticas entre PP y PSOE se reducen así a meros matices. Los planes de ambas formaciones no lograrán atemperar las dificultades económicas y, sobre todo, laborales. De hecho, la cúpula popular está dispuesta a aplicar medidas que, hasta ahora, se podrían encuadrar a la perfección en el elenco del ideario socialita. Sirva como ejemplo la creación de una "Oficina de Información y Seguimiento de Precios", con el objetivo de vigilar al sector de la distribución alimentaria, que, entre otros, es tildado de "inflacionista". Una medida similar fue propuesta por Solbes hace escasas semanas.

Exiguas rebajas fiscales, la congelación de las tarifas eléctricas (a cargo de los contribuyentes y del déficit futuro) y el impulso de la investigación y desarrollo (I+D), sin concretar cómo, completan el documento de las 25 medidas sociopopulares. El problema es que, más allá de las causas políticas que subyacen en dicho acercamiento programático, los españoles siguen careciendo hoy por hoy de una solución real y eficaz para aguantar la tempestad. Y eso que ya han pasado doce meses desde que se comenzaron a materializar las primeras señales de la crisis.

Ataúdes volantes

Si dijera que la crisis económica que atraviesa la segunda aerolínea española ha sido la causa probable de un deficiente mantenimiento y, consiguientemente, del trágico accidente del pasado día 20, que las subcontratas privadas no ofrecen garantías a la hora de inspeccionar aviones o que alguien ya advirtió al dueño de la empresa que si no accedía a sus pretensiones pondría en riesgo al pasaje, los lectores se multiplicarían.

Adelanto que mi intención es justo la contraria: alejar especulaciones sin fundamento y tratar de asentar unas pocas pero importantes certidumbres sobre el accidente del vuelo JK5022 y sobre la seguridad aérea. Ni los empleados de la compañía ni, en especial, los familiares de los muertos merecen que se tuerza la verdad de esta desgracia para realizar infundios con los que vender más periódicos o ganar más cuota de pantalla. Así que tratemos de destilar la tinta amarilla para escribir negro sobre blanco o, más bien, sobre salmón.

Los aviones MD-80 son, a pesar de sus años y de lo que muchos desinformadores han escrito, unos aparatos muy seguros. Hacen ruido si vas sentado atrás, sí, y son algo más incómodos que sus modernos rivales, cierto. Sin embargo, lejos de ser ataúdes volantes son, con un ratio de 0,27 accidentes mortales por cada millón de vuelos, uno de los aviones más seguros de su clase y sin duda, de su época de fabricación. Desde que Spanair acabara con el monopolio de vuelos regulares de Iberia, allá por los primeros noventa, los aviones McDonnell Douglas han sido estandarte de la compañía. Si hoy los MD-80 se encuentran en franca retirada, tanto en Spanair como en Iberia, es por su elevado consumo de combustible, aproximadamente un 25% superior a sus rivales modernos.

Spanair es una aerolínea con un alto nivel de seguridad. De hecho, fue la primera empresa española en lograr pasar, en 2005, una auditoria promovida por IATA sobre seguridad operacional conocida como IOSA, que renovó en 2007. Es difícil llegar a saber si una crisis económica puede ayudar en alguna medida a un accidente como este. Sin embargo, lo que sí está claro es que la relación que se ha querido vender desde un primer momento por la prensa –crisis igual a recorte de gastos de mantenimiento, igual a aumento del riesgo, igual a accidente– no parece tener sustento en las cuentas ni las decisiones de una empresa que no escatimó ni un euro en seguridad a pesar de la delicada situación económica que atraviesa.

La empresa ha podido cometer algún error. Los técnicos de mantenimiento han podido equivocarse en alguna decisión. El piloto ha podido cometer algún fatal error. La máquina ha podido fallar en un momento vital. La estadística nos dice que el 60% de los accidentes fatales se debe a errores del piloto, el 25% a errores de mecánicos y el 9% a otros fallos humanos. Eso sí, los aviones están diseñados por ingenieros aeronáuticos que tienen la consigna de que a nivel mecánico sea necesaria la confluencia de varios fallos para que un avión se caiga. La mayoría de los artículos periodísticos, en cambio, no parecen estar escritos por profesionales capaces de pensar tres veces en la veracidad de lo que van a escribir ni en sus consecuencias. La leña del árbol caído parece tener muy buen precio en el sector de los medios de comunicación como para permitir la reflexión sosegada.

La sociedad de riesgo cero no existe. A pesar de los enormes avances logrados en materia de seguridad aérea los vuelos siempre conllevarán algún riesgo. La buena noticia es que los principales interesados en continuar con esta creciente seguridad que es marca distintiva de las aerolíneas occidentales son las propias compañías aéreas. Les siguen muy de cerca los fabricantes y las agencias de seguros. Pero ahora parece, a juzgar por lo que se ha podido leer en la prensa durante la pasada semana, que son los políticos y los funcionarios a través de nuevas agencias estatales quienes nos van a traer seguridad. Personalmente me siento bastante más seguro si sé que la seguridad aérea depende de empresas con ánimo de lucro cuya viabilidad y crédito depende de evitar accidentes. Sin embargo, en este trágico asunto algunos prefieren ver burrócratas volando que hablar de hechos contrastados y acompañar a los heridos y los familiares de las víctimas en estos momentos de angustia y dolor.

Corbacho, al paro

Desde el Dell Latitude-On podremos acceder al correo electrónico, navegar por la web, acceder a la agenda y leer documentos. Es como tener dos portátiles en uno. La ventaja es que tarda mucho menos en arrancar y, sobre todo, gasta mucha menos batería. Se supone que funcionando sólo con él podremos usarlo durante días, y no durante horas, sin recargarlo. Mientras los ingenieros lo desarrollaban lo denominaron "Blacktop", pues el objetivo era disponer de todas las aplicaciones de una Blackberry, pero en un portátil (laptop) con un teclado de verdad y una pantalla grande.

El problema es que ese sistema operativo recortado es una versión de Linux, y los programas que funcionan sobre él no son de Microsoft. El navegador está basado en Firefox y las demás aplicaciones parecen ser propietarias, aunque completamente compatibles con las del gigante de Redmond; la aplicación de correo muestra los 100 mensajes más recientes del Outlook que tenemos instalado, y entre los documentos que podemos consultar están los de Office. Para una compañía que lleva en los genes la omnipresencia en todos los ordenadores personales del planeta, esto suena un poco a catástrofe.

No es sólo que, como explican en ComputerWorld, sean ahora otras empresas como Dell las que llevan a cabo este tipo de innovaciones de las que hace unos años hubiera sido autora la propia Microsoft. Es que la principal baza de Microsoft, el tener atados a los usuarios ofreciéndoles aquello que están acostumbrados a usar, sufre un verdadero peligro de desaparición si se generaliza este tipo de ingenios. Si los usuarios van acostumbrándose a funcionar con distintos escritorios de sistemas diferentes, les resultará mucho más fácil desplegar las alas y levantar el vuelo desde Windows hasta otros sistemas como Mac OS X o Linux.

La mayor parte de la gente usa el ordenador para las tareas que el "Blacktop" es capaz de asumir y algunas pocas más, como escribir, jugar, ver vídeos y fotografías y escuchar música. Pero cada vez más frecuentemente pueden realizarse estas y otras tareas con ordenadores, sin Windows o en aparatos que ni siquiera pueden calificarse como computadoras de uso general, como las consolas o ingenios como el Apple TV o los nuevos TV widgets que anuncian Intel y Yahoo.

El mundo que empieza a vislumbrarse es uno en el que Windows será menos imprescindible y en el que lo único que se espera de Microsoft es una nueva versión de su sistema operativo más rápida y manejable que use menos recursos. Porque las grandes innovaciones ni están ni se las espera en Redmond.

Nacionalizaciones

En los últimos tiempos en las noticias estamos encontrando una palabra que creíamos olvidada, la nacionalización. Tras diversos años en los que distintas empresas de titularidad pública fueron privatizadas en diversos continentes, parece que la corriente está invirtiendo su curso y son varios los países que vuelven a nacionalizar distintas industrias, muchas de ellas recientemente privatizadas.

Los argumentos empleados para las nacionalizaciones son diversos, pero básicamente giran en torno a la incapacidad de los antiguos propietarios para satisfacer diversos fines que sólo la administración pública puede garantizar. Estos diversos objetivos son muy variados, pero pueden incluir el mantenimiento o aumento del empleo, el desvío de los beneficios hacia fines sociales, la reinversión nacional de los beneficios, el mantenimiento de la solvencia de la empresa, la bajada de precios, etc.

La realidad, sin embargo, nos dice que dichos fines raramente se suelen cumplir cuando una compañía no es privada. Las empresas nacionalizadas suelen operar en régimen de monopolio, y sus fines vienen marcados por la agenda política del ejecutivo en dicho instante en el poder. Esto tiene un efecto básico, y es que, a diferencia de las compañías privadas, el cliente deja de ser la razón de ser de la empresa, pasando a ocupar este lugar la administración pública.

Las empresas privadas en un mercado libre operan bajo una premisa básica, la voluntariedad del contrato de compraventa. Ningún cliente puede ser obligado a comprar un producto. Si éste accede es porque de alguna manera le reporta alguna satisfacción. Existe además otra segunda premisa, y es que el mercado está abierto a más competidores. Si la utilización de los recursos por parte de la empresa no es satisfactoria, vendrá otro competidor, con mejores productos o más baratos, que es perfectamente consciente de que para obtener un beneficio es necesario ser el mejor en la satisfacción del cliente. Finalmente, existe otro condicionante básico y es el hecho de que los propietarios de la empresa han arriesgado muchas veces todo o parte de su patrimonio para obtener financiación. La posibilidad de perder el patrimonio obliga a aguzar el ingenio a los propietarios, que se ven así compelidos a buscar nuevas formas de satisfacer el cliente.

En las empresas nacionalizadas estos condicionantes no existen. En primer lugar, si operan en régimen de monopolio, el concurso del cliente se transforma en algo secundario, ya que queda obligado a adquirir el bien o servicio en la empresa nacionalizada, perdiendo así su libertad de elección. En segundo lugar no puede surgir ningún competidor que ofrezca mejores bienes y servicios, ya que, la empresa nacionalizada, por ley, pasa muchas veces a ser el único proveedor de dicho bien. En tercer lugar, la propiedad de la empresa se diluye, ya que pasa a ser del Estado, y éste puede ampliar su patrimonio si tuviese necesidad vía tributos. Así, puesto que no existe un emprendedor que haya arriesgado su patrimonio, si existen pérdidas no pasa nada, ya que serían cubiertas con un aumento de la presión fiscal.

Todas estas razones motivaron a diversos países a privatizar empresas anteriormente nacionalizadas, que automáticamente pasaron a prestar mejores servicios a sus usuarios, dejaron de ser un motivo de pago para el contribuyente, y dinamizaron el mercado gracias al fin del monopolio y a la existencia de competidores.

La insistencia en recetas que ya en décadas anteriores habían fracasado, no va a suponer ningún beneficio ni para el consumidor, ni para el contribuyente, ni para la innovación, ni para los inversores, que se van a ver desprovistos de sus derechos básicos (libertad y propiedad) para ver cómo las nuevas empresas nacionalizadas prestan peores servicios y más caros.

Sofismas económicos del siglo XXI

Dicen que Protágoras, señalado por Platón como el primer sofista de la historia, aceptó como alumno a un joven sin recursos con el compromiso de que pagara sus servicios cuando ganara el primer litigio. Pero, pasado el tiempo de formación, el pupilo no ganaba ningún juicio. La razón era que no aceptaba litigios. Así que Protágoras le demandó presumiendo mala fe por parte del alumno. El juez fue incapaz de proclamarse al respecto dado que si le daba la razón al alumno, entonces éste debería pagar a Protágoras por haber ganado un juicio y si, por el contrario, Protágoras ganaba, el alumno tenía que pagarle igualmente por haber actuado de mala fe.

Este ejemplo, sea leyenda o historia real, muestra en qué consistía la habilidad de los sofistas. Normalmente, hoy en día, le atribuimos al término sofisma un significado peyorativo, ya que presuponemos que se defiende una falsedad haciéndola aparecer como cierta mediante el arte de la retórica, o simplemente de la palabrería.

Los sofismas no son algo de épocas pasadas alejadas de nuestro moderno siglo XXI, más bien al contrario, vivimos en un mundo que se sustenta en falacias resistentes a todo defendidas por personas con formación impecable. Se pregunta Steve Horwitz en su blog The Austrian Economists cuáles son las falacias económicas más persistentes y que más necesitan ser corregidas, tanto desde un punto de vista teórico como desde uno práctico. Las respuestas de Horwitz y las de sus comentaristas llevan a una fructífera reflexión. Solamente entresaco algunas que me han llamado la atención.

“El consumo, más que el binomio ahorro/ inversión, es la fuente del crecimiento económico”. La idea de que si cae el consumo el cielo se desplomará sobre nuestras cabezas porque los empresarios tendrán menos beneficios es, hoy más que nunca, uno de los sofismas más dañinos de la historia económica reciente. El consumo es la manera en que se absorbe la riqueza, pero no la genera. Es la expansión de los bienes de capital lo que fortalece la estructura productiva del país y, a la larga, crea riqueza. Sin embargo, nuestros gobernantes, siguiendo las doctrinas keynesianas, se empeñan en tomar medidas ante la crisis que aseguren una menor caída del consumo y olvidan que quienes permiten que se genere ese consumo son quienes invierten en bienes de capital.

“La avaricia es la causa de los precios”. Art Carden, quien aporta este sofisma moderno, explica que, además de las medidas perniciosas que conlleva esta creencia errónea, como el control de precios, etc., hay un efecto de mayor calado. Las decisiones respecto a la producción y la asignación de recursos no deben dejarse en manos de cualquiera no vaya a ser un egoísta con ánimo de lucro, tienen que tomarlas los planificadores, superiores moralmente, incorruptibles, exentos del vicio de la codicia y un ejemplo a seguir. Carden, da una vuelta de tuerca más y plantea que esta clase que se considera moralmente superior utiliza a quienes desean lucrarse, a los “egoístas”, para implementar su utopía igualitarista.

Esta idea me trae a la memoria la discusión que tuve con un amigo acerca de si educamos a los niños en el egoísmo o en el igualitarismo. ¿Qué pensaríamos de un padre que aconseja a su hijo antes de ir al parque que organice un grupo con sus amigos para quitar por la fuerza los juguetes a los niños más ricos para dárselos a quienes no tienen? ¿Qué apelativo dedicaríamos a quienes defendieran que el resultado del esfuerzo de los empollones debería repartirse con quienes tienen menos capacidad? ¿Por qué no compensar a los alumnos que tienen déficit de voluntad, es decir, a los vagos?

Lo que enseñamos a los niños desde siempre es que hay reciprocidad “tu prestas y te prestan”, les enseñamos a intercambiar cosas valiosas (cromos, canicas, tazos…) como medio de redistribución, les enseñamos altruismo voluntario, a no aprovecharse del esfuerzo ajeno copiando en los exámenes. Pero de mayores jugamos al sueño igualitario.

Hay otro sofisma económico moderno con muchas ramificaciones perniciosas:

“El mundo (y, por ende, los fenómenos económicos) es estático”. Esa idea conduce a las políticas que promueven la sostenibilidad. Los mercados son inestables, la naturaleza es inestable, es necesario diseñar un plan para estabilizar los mercados, para asegurar que tenemos planeta para rato. Pero lo cierto es que vivimos en un mundo en permanente proceso de cambio, nuestra naturaleza humana nos hace imprevisibles (a unos más que a otros), y pretender que se pueden sacar conclusiones acerca de sistemas dinámicos mediante un análisis estático en lugar de estudiar los procesos de mercado es una barbaridad. Y eso es lo que se enseña en las facultades de economía en general.

A nadie se le escapará que fue Frédéric Bastiat antes que yo quien escogió el título Sofismas Económicos (1845) para uno de sus primeros escritos. En él, el economista francés (nunca suficientemente reconocido) intentó señalar los errores más comunes que se esgrimían contra el libre cambio a mediados del siglo XIX. En la introducción, Bastiat explica que los intervencionistas tienen una ventaja sobre los defensores de la libertad que pone las cosas más difíciles. Para sustentar sus malas políticas no necesitan sino verdades incompletas, que son asimiladas por el público común fácilmente y arraigan con fuerza. Nuestra misión es desmontar esas medias verdades que generan errores de larga duración aunque ello nos cueste áridas explicaciones. Como dijo Bastiat, “destruir un error es edificar la verdad contraria”.

Miedo a la libertad

Claro, ella quiere traer un funcionario con sueldo fijo (a poder ser bien alto) desde los dieciocho hasta los sesenta años en que acceda a la jubilación anticipada. Toda una vida enganchado a la ubre estatal como un mamoncete es el futuro ideal que este sindicato sueña para cualquier francés que viene al mundo.

Huelga decir que si todos los franceses pensaran como sus líderes sindicales el país galo sería como Cuba o Corea del Norte, donde todo el mundo vive del Estado, y lo de "vivir" es un eufemismo, como demuestra el nivel de vida de la población que disfruta de las mieles del paraíso socialista.

Nada que criticar por tanto en esta campaña de un sindicato francés, que sin duda hará morirse de envidia a nuestros sindicalistas por no habérsele ocurrido antes a ellos. La cultureta socialdemócrata ha conseguido socavar de tal forma los valores esenciales de una sociedad libre que lo que antes se consideraba normal y hasta necesario (pasar unos primeros años de formación en trabajos poco remunerados, sobre todo si no se tiene la adecuada cualificación académica, para ir subiendo posiciones en la escala profesional de acuerdo a la propia valía), ahora es considerado una tragedia.

Los nenes de hoy en día quieren vegetar durante veinticinco años estudiando poco y pasando cursos por decreto, y al día siguiente de licenciarse exigen una vivienda "digna" y un puesto de trabajo indefinido con un buen sueldo cerca de la casa de mamá para que les lave la ropita y les cocine el potaje diario. Y en lugar de sacarles de su error y decirles que la vida es una constante tarea de superación personal y de sacrificio, los políticos y los medios de comunicación, auxiliados en la banda por los sindicatos, les dan la razón y afirman que el hecho de que un chaval comience su carrera profesional cobrando un salario mínimo es una injusticia por la que todos los demás debemos pagar.

Cuando en los ochenta salías de casa a las seis de la mañana, te montabas en un coche de decimocuarta mano y te metías dos horas de carretera infernal para llegar a tiempo al curro, no pensabas que alguien estaba cometiendo un crimen social contigo. Al contrario, te sentías afortunado de hacer encontrado un trabajo fuera del campo. Tal vez fuera porque entonces los padres no educaban a sus hijos como unos resentidos sociales que debían exigir a los demás la satisfacción de sus necesidades. Al contrario, con su ejemplo enseñaban que a través del talento, la disciplina y mucho esfuerzo, un hombre es capaz de alcanzar todas sus aspiraciones. No había ningún mérito adicional en ello. Es la vida, y lo único que hacías era enfrentarte a ella con agallas y optimismo.

Si muchos de los grandes empresarios actuales, en lugar de aceptar trabajos poco remunerados con dieciséis años, se hubieran limitado a exigir "una vivienda digna" y un sueldo acojonante, o se hubieran hecho liberados sindicales, probablemente se habrían jubilado como supervisores de conserjería. Ejemplos los hay a miles, pero eso no se les enseña a los jóvenes, no sea que pierdan el miedo a la libertad y comiencen a confiar en ellos mismos.

Con su pan se lo coman. Ahora bien, como todos los niños que vengan al mundo con mamás como la de esta campaña sindical se conviertan en funcionarios, dirigentes de ONG’s o miembros de grupos de presión subvencionados, no sé quién va a sacar adelante el país. Y no sé a usted, pero a mí ya me empiezan a doler las pelotas de trabajar para tanta gente.

Función emprendedora y función empresarial

Uno de los aspectos más etéreos y, al mismo tiempo, más importantes que aporta la teoría económica austriaca es todo lo relacionado con la función de emprendimiento del empresario. Es dicha función la que explica la dinámica de la economía, la que hace que el mundo avance hacia ese equilibrio inalcanzable (salvo para los teóricos neoclásicos).

El emprendedor está alerta ante las oportunidades que se presentan en el mercado. Estas se muestran a través de unas poderosas señales, los precios. Allí donde el emprendedor cree ver un desfase de precios entre los recursos y sus usos, se vislumbra y se puede explotar una oportunidad de negocio. En un entorno de incertidumbre, el emprendedor puede equivocarse en sus presunciones.

Si acierta, la implicación es que ha encontrado un mejor uso para el recurso hasta entonces infravalorado, y el mercado le premia con beneficios que, como bien sabemos, tienen una vida efímera. Si falla, ha malgastado ese recurso, y no le queda más que soportar las pérdidas de su fallida actuación, de forma que el mercado le está diciendo que no el uso del recurso de la forma propuesta era ineficiente.

Siguiendo a Kirzner, y desde un punto de vista de teoría económica, podemos diferenciar entre dos dimensiones del hombre: la de "maximizador" y la de "emprendedor". La primera es capaz de seleccionar los cursos de acción, en el contexto de unos medios determinados, que le aseguran el cumplimiento de tantos objetivos como sea posible. Es como una calculadora humana, capaz de encontrar la solución implícita en un sistema de objetivos y recursos.

La dimensión de emprendedor es la que permite al ser humano la propia percepción del marco de medios y recursos, que constituye el punto de partida para la maximización. Esta es la parte creativa y activa del ser humano, la verdadera parte humana y rica del individuo.

Hay mucha gente que duda de la capacidad de emprendimiento del ser humano. Por supuesto, los más prominentes son la gran masa de economistas neoclásicos, que directamente eliminan esta dimensión de sus modelos económicos. Los seres que pululan por la economía neoclásica, los individuos racionales de estos modelos, han perdido toda su humanidad y se limitan a hacer cálculos a la perfección.

Pero no solo ellos. Después de todo, dicen, mucha gente actúa como ovejas, por mera imitación, y no son capaces de innovar. La prueba puede encontrarse en que hay realmente pocos empresarios, para los que cabría esperar en un mundo lleno de emprendedores, como postula Kirzner.

Y llegamos al punto que me interesa destacar: todo el mundo tiene capacidad de emprendimiento, pero no todo el mundo es capaz de asumir los riesgos de la función empresarial, con sus posibles pérdidas asociadas. Por ello, interesa distinguir entre función emprendedora (entrepreneurship, término usado por los economistas austriacos) y la función empresarial (mediante la que esa idea se lleva a la práctica con el objetivo de obtener beneficios económicos).

La función emprendedora se manifiesta en todos los aspectos de nuestra vida, no solo cuando se trata de ganar dinero. Por ejemplo, si yo sé que el camino por el que voy al trabajo suele estar atascado, mi función emprendedora me puede llevar a intentar una ruta alternativa nueva. Esto es tan innovador como un nuevo servicio de internet, pero no me supone un riesgo apreciable. De la misma forma, en un partido de fútbol en el que constantemente el defensa aborta nuestros regates, trataremos de utilizar otra técnica para sobrepasarle. Una vez más, ejercemos la función emprendedora.

Los ejemplos son innumerables, y sería muy difícil encontrar una persona que no haya utilizado su capacidad emprendedora, no ya en su vida, sino en las últimas 24 horas.

Esta función emprendedora es la que, eventualmente, se puede convertir en función empresarial. Pero para ello son necesarios otras muchas condiciones, externas normalmente al individuo: condiciones culturales, institucionales, de acceso al crédito…

Los españoles no son menos creativos que los americanos, pero a lo mejor están inmersos en una sociedad que obstaculiza la función empresarial. De la misma forma, la incorporación de millones de personas (China, India) a los mercados globales supone la explosión de la capacidad emprendedora y eventualmente de la empresarial, a poco que las condiciones en dichos países lo permitan. Y eso sólo puede traducirse a una mayor eficiencia en la utilización de los recursos para la sociedad.