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¿Hay un aumento del autoritarismo en la Unión Europea?

La Unión Europea pasa por un momento delicado, en el que su propia existencia puede correr peligro, al menos con el modelo que conocemos actualmente. La UE está en conflicto con sus partes, como el Sacro Imperio Romano tuvo conflicto entre el emperador y los príncipes que le elegían. Cuando sólo era la CEE, llegaba a acuerdos de carácter económico sin que sus organismos interfirieran en las políticas de los Estados que la componían. Se podía poner en duda si el acuerdo era lo suficientemente bueno o no, pero una vez firmado, era un consenso que se llevaba a una práctica que se podía analizar. Mientras, las cuestiones políticas, geoestratégicas o de carácter interno en cada país iban por sus propios e interesados derroteros. Es cierto que podía haber avisos o peticiones, pero no dejaban de ser eso, meros “consejos”. Cuando surge la UE, lo hace con una tara, una similar a la que no supieron resolver sus líderes cuando se crearon los Estados Unidos de América. De la misma manera que los conflictos de los Estados y el Gobierno federal dieron pie a su guerra civil, de una manera menos violenta, las instituciones que gobiernan la UE han entrado en conflicto con algunos países que la forman.

Cuando cayó el bloque soviético, muchos países vieron en la UE un lugar donde medrar, donde poder lamerse las heridas del comunismo y acceder al libre mercado, donde podrían desarrollar sus ansias de libertad, si se me permite tan hortera expresión. Todos los países centroeuropeos de la órbita soviética se integraron en la UE. También otros que habían formado parte de la URSS, como las tres repúblicas bálticas, Estonia, Letonia y Lituania, lo hicieron y algunos lo intentaron, como Ucrania. Un proceso similar pasó en los países que surgieron de la descomposición de Yugoslavia; Croacia y Eslovenia son miembros de pleno derecho del club. Sin embargo, una cosa son las hipótesis de partida y otra, la práctica. Con el tiempo, la burocracia soviética fue sustituida por la de Bruselas y las nuevas generaciones que no sufrieron la tragedia del comunismo se están preguntando qué está pasando en sus países, a los que Bruselas les impide ser ellos mismos, resurgiendo cierto grado de nacionalismo, que bien reivindica su historia y tradición como principal aspiración o bien busca otras alianzas con viejos enemigos/aliados.

No hace mucho, Polonia declaró inconstitucionales varios puntos en los artículos 1 y 19 del Tratado de la UE, invalidándolos y denunciando que “el intento de interferir en el ordenamiento judicial polaco por parte del TJUE viola los principios del Estado de derecho, el principio de supremacía de la Constitución y el principio de preservación de la soberanía en el proceso de integración europea” Algo similar ha ocurrido en la Hungría que dirige el poco apreciado Viktor Orban. Las políticas húngaras que ha lanzado su primer ministro han encontrado enfrente a las instituciones bruselenses, al considerar que son contrarias a la legislación de la UE para el colectivo LGTBI. A Orban le han encontrado también enfrente en temas tan delicados y mediáticos como la inmigración o la manera de afrontar la pandemia del Covid-19. Es evidente que esta situación ha provocado que Polonia tenga en Hungría un aliado

En ambos casos, se ha puesto en jaque la jerarquía jurídica que existe en los países que forman parte de la UE, en los que las legislaciones nacionales deben cumplir, o al menos no oponerse, a las que emanan desde Bruselas. ¿Deben los príncipes plegarse al emperador o debe este ser el que haga caso a los príncipes? ¿Existe en este caso un emperador? ¿Quién es? El verdadero problema es que se está imponiendo un contexto en el cual las actitudes más autoritarias se imponen frente a las que más respetan la libertad y la propiedad. Y no es que uno de los bandos tenga en esto más razón que el otro, el problema es que en ambos se están imponiendo actitudes autoritarias (1). 

No soy fan de la conservadora Polonia ni de la Hungría que pone en solfa una serie de libertades básicas, como la de prensa. Como tampoco soy muy fan en España de que el gobierno socialcomunista u otros regionales, de signo contrario, mantengan el sistema que se inmiscuye en los medios de comunicación, ya sean públicos o privados. No soy fan y no los miro con neutralidad, pero he de reconocer que la actitud de la UE con estos dos países es la de un déspota al que le molesta que le lleven la contraria e invoca su puesto jerárquico para imponerse. No busca el consenso o el diálogo, sino la imposición. 

Orban se opuso a las políticas migratorias de la UE, políticas que están comandadas por Alemania y que suponen la entrada, más descontrolada que controlada, de miles de inmigrantes que huyen de diversas guerras o situaciones difíciles. Encajar esto en el obligatorio Estado de bienestar europeo es difícil, aunque las quejas vienen por otros derroteros más polémicos, pues los inmigrantes traen una cultura distinta de la tradicional y esto estaría en conflicto necesariamente. Budapest y Berlín o París, además de Bruselas, se enfrentaron y siguen enfrentándose por ello. Sin embargo, cuando desde Austria se planteó algo similar, los alemanes atendieron sus peticiones. Algo similar ocurrió en Dinamarca, que ha creado una isla gueto para sus inmigrantes, saltándose muchos de los derechos fundamentales que algunos echan en cara al gobierno húngaro.

¿Es la UE un lugar donde todos los países son iguales entre ellos? Siempre habrá países más importantes en términos económicos y geoestratégicos, pero es cierto que uno de los principios básicos de la UE es tal igualdad. La realidad es que, durante muchos años, el eje francoalemán tuvo enfrente a los británicos, que buscaban no pocas veces la alianza con países “menores” para formar un bloque mayor. El ‘brexit’, por razones similares a las que ahora podría dar lugar a la salida de Polonia y otros países del Este europeo, dejó claro que en la UE manda Berlín, algunas veces en igualdad con París y otras, no (2). ¿Es el emperador el canciller alemán de turno? ¿Ha conseguido Alemania lo que no pudieron dictadores pasados, el control de Europa, al menos de la que forma parte de la UE? ¿Son los intereses de la UE más cercanos a los alemanes que a los de cualquier otro miembro del club? ¿Tiene la UE intereses propios?

Es posible que estas preguntas no tengan respuestas sencillas, pero están detrás de muchos agravios que sienten algunos países del Este, que se alejaron del oso ruso para acercarse al caracol europeo. Algunos de ellos se están planteando un cambio de aliados. Quizá es un cambio interesado, pues, al fin y al cabo, la Federación Rusa tiene algo que ellos necesitan a corto y medio plazo, gas y petróleo, pero también tienen un pasado común que se exterioriza en forma de paneslavismo, alimentado por una sensación de abandono y unas obligaciones inaceptables por parte de la lejana Bruselas. En este punto, quiero decir que las autoritarias ideas de los rusos tienen acomodo en estos países, como las autoritarias ideas fascistas las tuvieron en el periodo de entreguerras. Podemos agarrarnos a que es una situación temporal o circunstancial, pero social e individualmente se está asumiendo que la autoridad es más importante que la libertad para tener seguridad o sensación de ella, además de que se jalea el nacionalismo, como ideario donde el grupo es mucho más importante que el individuo, que se encuentra a su servicio. 

Es indiscutible que la UE tiene dificultades para reconciliar la igualdad formal de sus miembros, carece de una ciudadanía uniforme y organizada, y esta no percibe al espacio común como un entorno donde se identifique y que le otorgue un marco de defensa de sus libertades, respetando identidad, autonomía y diferencia. La soberanía está fragmentada y la implementación de las políticas depende de la colaboración de los miembros. Estas estructuras políticas fragmentadas y descentralizadas no se prestan al control democrático directo.

Puede que la UE se tenga que plantear dar un nuevo paso. La primera opción sería volver a un sistema básicamente económico, un mercado común, quizá que permita la libre circulación de personas, siempre y cuando tengan la nacionalidad de los del club, sin ninguna decisión política, en la que cada país tenga libertad para elegir qué modelo debe seguir y que, como mucho, cumpla un mínimo democrático. La segunda opción es que se pase a un sistema más integrado y federal, donde los países pierdan soberanía que pasara a un presidente europeo, un parlamento con más atribuciones que el de ahora, una verdadera división de poderes, igualdad entre ciudadanos más que entre países, y que la actual Comisión Europea desapareciera tal como se la conoce, pues ahora no es elegida por nadie ni están claras sus atribuciones (en la práctica, hace lo que quiere dentro de unos límites difusos). Otra opción es la desaparición, claro.

En cualquier caso, las actuales dificultades para tener una política que surja del centro y que reaccione para defenderse de los países díscolos, provocan que sus ideas, plasmadas en políticas, sean cada vez más lejanas a las ideas de la libertad, que sean imposiciones que molestan e irritan a la periferia. Corren malos tiempos para el europeísmo.

(1) Sería mucho más acertado dejar avanzar a cada régimen a su ritmo, quizá evitando desviaciones exageradas, pero no forzando, ya que suele provocar resistencia, al ver como una clara injerencia. Volviendo al espejo estadounidense, es como cuando EE. UU. impone de la noche a la mañana la democracia en países donde no existe la tradición institucional adecuada, generando rechazo y sensación de invasión, no de ayuda.

(2) Un ejemplo de ello es la polémica del gasoducto Nord Stream 2, donde Alemania ha impuesto sus intereses al del resto de socios, en especial a Polonia, que ha salido perjudicada para los suyos.

Análisis coste-beneficio de la publicidad para la sociedad

El de la publicidad es uno de los debates clásicos de la teoría económica. Para mucha gente, la publicidad es un extra-coste de las empresas, que encarece innecesariamente sus productos. Desde el punto de vista del público, es un incordio y poco fiable, y solo algunos anuncios se salvan de la quema principalmente por su valor, digamos, artístico. Pero, pese a todos los males asociados, la publicidad sigue existiendo, y, para desesperación de muchos, consumiendo ingentes cantidades de recursos, que al final tienden a traducirse en mayores precios en los productos. Ello invita a pensar en que algo positivo debe de hacer: ¿cómo sobreviviría si no ante tanta hostilidad?

Un punto de partida puede ser examinar la naturaleza de “extracoste” que supone la publicidad. Esto es preocupante si piensas, como hacen los economistas neoclásicos, que el precio tiende al coste marginal, aunque el problema desaparece si asumes que la publicidad es un coste fijo independiente de la cantidad producida, como puede hacerse con relativa facilidad, pues entonces el coste marginal de la publicidad es cero.

En todo caso, los economistas austriacos sabemos que la relación entre precio y coste es mucho más indirecta, y que en realidad el precio depende del valor y de la escasez de los bienes. De hecho es el precio, procedente de las preferencias expresadas por los compradores mediante las transacciones que llevan a cabo, el que termina fijando los costes (precios de los recursos) necesarios para producir el bien aguas abajo.

Desde esta perspectiva, el coste incurrido en la publicidad, como el de cualquier otro recurso que precise el emprendedor, es irrelevante para la fijación del precio. Otra cosa es si el producto será viable (i.e. rentable) al precio que admiten los clientes, y es en este sentido en que el precio fija el coste de los recursos. En todo caso, el producto solo será viable si su precio permite recuperar todos los recursos invertidos en él, incluida la publicidad, si ésta se ha considerado necesaria por el emprendedor.

Pero, ¿es realmente necesaria la publicidad? Si nos vamos a los modelos que utiliza el economista neoclásico para estudiar cómo se relacionan precios y costes, nos encontraremos con el supuesto de información completa para los participantes en el mercado. Claro, si todos los posibles compradores y vendedores disponen de toda la información sobre todos los productos, no es necesaria la publicidad, cuyo principal propósito es precisamente el de suministrar información. No es de extrañar que los economistas mainstream tiendan a ver la publicidad como un desperdicio social, y que propongan una distinción entre los costes de producción, evidentemente necesarios para que aparezca el producto, y los costes de distribución, un engorro y un desperdicio.

Sin embargo, la realidad es bastante más complicada, y los mercados no son transparentes, ni la gente tiene información instantánea de todo lo que ocurre en ellos, y, aunque la tuviera, como nuestro cerebro sigue siendo limitado pese a los supuestos neoclásicos, no podríamos procesarla en ese tiempo real en que actúan los modelos de estos economistas. Esto tiene una implicación muy clara: no es lo mismo un producto terminado, que un producto terminado conocido por el posible comprador. De hecho, los compradores no pueden comprar productos terminados, solo productos terminados conocidos, porque ¿cómo los van a comprar si no saben de su existencia? Sí, puede sonar a Perogrullo, pero es una perogrullada fundamental para entender por qué la publicidad es necesaria en el mundo real.

Por esta razón, Murray Rothbard desecha por artificial la distinción entre costes de producción y de distribución (1). Todos son igualmente necesarios para conseguir el objetivo del emprendedor, que es la obtención de beneficios de la venta del producto que elabora.

De hecho, la dimensión del “problema” de la información se puede calibrar atendiendo a los presupuestos en publicidad (y, en general, marketing) que tienen las empresas. En muchas de ellas seguramente los gastos de este tipo superan los de producción o adquisición de bienes para reventa (2).

Con esto queda claro que la publicidad supone un beneficio para la sociedad, puesto que da el enorme valor añadido de hacer que el producto sea conocido por el cliente, y posibilita así las transacciones beneficiosas para las partes que las llevan a cabo, y más aún, la creación de riqueza con cada una de dichas transacciones.

Por si acaso el economista neoclásico sigue teniendo dudas sobre el incremento de bienestar social que supone la publicidad, conviene recordar el estudio del economista Lee Benham, llevado a cabo en los 60, y al que llego por la vía del citado libro de Fanego. Resulta que en los EEUU de aquellos años, había estados en que era ilegal anunciar gafas, mientras que en otros se podía. Vamos, el escenario ideal para cualquier economista experimental, en este caso, para comprobar el impacto de la publicidad en los precios de los bienes afectados por esta heterogeneidad.

Dicho y hecho. Nos cuenta Fanego la conclusión: “Sin embargo, en los estados donde la publicidad era legal los precios eran un 20% más bajos“. La cita comienza con “sin embargo”, porque previamente nos ha dicho “Si nos dejamos llevar por el sentido común, podemos pensar que los estados donde la publicidad estaba permitida tendrían precios más altos. Al fin y al cabo, la publicidad es un coste para las empresas. No es descabellado suponer que, si eliminamos un coste, el beneficio se puede trasladar al cliente final. 

Fanego explica el descenso de precios apoyándose en el marco neoclásico: los anuncios introducen mayor transparencia en el mercado lo que lo hace aproximarse más al ideal de competencia perfecta, en el que se reducen los precios hasta los costes marginales.

Yo prefiero la explicación austriaca: en los estados en que se permitía la publicidad, aumentaba la oferta (disminuía la escasez) de gafas conocidas para los clientes, y era esta disminución en la escasez relativa la que provocaba un menor valor del bien y, en consecuencia, un descenso en el precio.

Obsérvese que en el modelo neoclásico no acaba de quedar claro porque una empresa estaría interesada en introducir mayor transparencia en el mercado si eso supone una pérdida de valor de su producto. En cambio, en el modelo austriaco, la publicidad es necesaria para crear el producto vendible, esas gafas conocidas, por lo que la pérdida de valor por aumento en su oferta se produce sobre un producto que vale más que el meramente fabricado, quedando un incremento neto para el emprendedor (y estoy tan seguro de que queda un incremento neto de valor porque, en otro caso, el producto desaparecería del mercado).

En todo caso, concluyo, tanto el análisis teórico como la evidencia empírica parecen soportar sin ambigüedad que la publicidad genera bienestar social, pese a incrementar los costes de las empresas respecto a si solo necesitaran producir el bien para venderlo. Y será así mientras los seres humanos no tengamos infinita capacidad de proceso de la información, aunque ésta esté infinitamente disponible. O sea, mientras sigamos siendo humanos.

(1)  Rothbard cita a Chamberlin (Theory of Monopolistic Competition) como originador de esta idea. He traducido los “selling costs” de Chamberlin como costes de distribución, e incluirían publicidad, gastos de ventas y, en general, marketing. Ver Rothbard M.N. (2004): Man, Economy and State, págs. 736-738.

(2)  A partir de aquí, una línea muy interesante sería debatir sobre lo que ha supuesto Internet para el coste de diseminar y obtener información, pero no es objeto de este artículo. Una buena introducción al mismo puede ser Fanego, I. (2019). A nadie le interesan tus anuncios. Es la lectura de este libro la que ha inspirado el presente artículo.

¿Es Bitcoin irremediablemente volátil?

Una crítica habitual hacia Bitcoin es que es muy volátil. La volatilidad a lo largo de sus 12 años de historia es evidente, con subidas espectaculares y bajadas no menos espectaculares cercanas al 90% respecto al máximo anterior. Sin embargo, creo que sería un error extrapolar la volatilidad de Bitcoin hacia el futuro porque el precio de un activo tan disruptivo ha de ser necesariamente volátil en su fase inicial, pues hace falta un proceso complejo de descubrimiento de las propiedades del activo en cuestión, y también de su precio.

Pero que esta volatilidad pasada no sea extrapolable al futuro, no implica que Bitcoin vaya a ser tan estable como el oro, la deuda pública o la moneda fiat. En este artículo quiero dar un salto en el tiempo y analizar un hipotético escenario donde Bitcoin ya es ampliamente conocido y la demanda de Bitcoin se ha estabilizado en un porcentaje más o menos constante de la producción global. Recomiendo la lectura de un reciente artículo enfocado en este escenario, pues es muy breve y conciso, Fernando va al grano de la cuestión y se enrolla mucho menos que yo.

Lo que cuenta en su artículo es que cualquier activo cuyo valor sube en el tiempo ha de ser impepinablemente volátil. ¿Por qué? Porque un activo que tuviera hoy un precio de 4, y todos estamos seguros de que dentro de un año valdrá 5, entonces su precio hoy no podría ser 4, tendría que ser 5 o muy cercano a 5. Porque si no, alguien estaría haciendo el canelo vendiendo duros a 4 pesetas. Cuando una información es cierta, automáticamente se incorpora al precio, así funciona el mercado. Un ejemplo muy gráfico es cuando una empresa cotizada recibe una OPA, en cuanto el anuncio es oficial, el precio se ajusta inmediatamente al precio de la OPA. 

Por tanto, los activos alcistas van subiendo de precio a medida que la incertidumbre sobre su demanda se va despejando. Y si hay incertidumbre, sí o sí, hay volatilidad.

Que Bitcoin tenga una oferta totalmente fija facilita mucho este análisis. Porque si finalmente es útil para el propósito que sea, y su demanda se mantiene estable en relación a una producción global creciente, entonces la única forma de que su valor se mantenga estable es que su precio suba. 

Fernando hace una comparación muy certera con el oro. El oro es casi perfectamente elástico a largo plazo porque cuando su precio sube, es más rentable minar oro y por tanto aumenta la cantidad. Este aumento tan moderado de la cantidad de oro es lo que hace que su poder adquisitivo sea tan estable a largo plazo. Sin embargo, los mineros de oro no pueden responder rápido a aumentos de demanda repentinos, con lo cual el poder adquisitivo del oro a corto plazo podría no ser estable en esos casos.

Aun así, el oro puede estabilizarse gracias a la especulación en el tiempo gracias a su estabilidad a largo plazo. Por ejemplo, si el precio sube muy rápido y se aleja mucho de los costes de producción, un minero puede vender futuros del oro con vencimiento a un año a un precio muy superior a sus costes.  Estas ventas de futuros frenarían la escalada del precio manteniéndolo estable.

Con Bitcoin esta especulación estabilizadora no es posible, pues realmente no se puede aumentar la producción a ningún coste. Las unidades de Bitcoin simplemente se distribuyen, no se producen. Actualmente ya se han emitido el 90% del total, y en el año 2048 ya se habrá emitido el 99,9%. Esta especulación apenas es posible hoy porque el “coste de producción” está ligado al precio por protocolo, con lo cual el margen es siempre muy estrecho. Pero sobre todo es que en pocos años ya apenas se podrán “minar” unidades nuevas, y a partir del año 2140, ninguna.

Por tanto, tal y como sostiene Fernando, Bitcoin es inherentemente volátil a largo y a corto plazo, y la volatilidad supone tener que asumir un coste de atesoramiento importante, porque si necesitamos vender nuestros Bitcoin en un momento en que el precio está por debajo de nuestro precio de compra, nos toca incurrir en pérdidas.  Salvo que tengas suerte, ese riesgo de depreciación hay que pagarlo sí o sí. O bien pagas ese riesgo con un seguro contra la depreciación, o bien lo pagas con tiempo y angustia esperando a ver si se recupera, renunciando además a aquello que querías comprar con tus Bitcoin en ese momento.

He de decir que hasta hace no mucho y muy influido por los teóricos de la liquidez, yo pensaba que la inelasticidad de Bitcoin la podrían corregir los bancos emitiendo depósitos  denominados en Bitcoin. Por ejemplo, una gasolinera podría emitir una letra y descontarla en un banco, el banco le abonaría en su cuenta “vales por Bitcoin” porque ha analizado bien el negocio y sabe que la gasolina se convertirá en Bitcoin contantes y sonantes en pocos días o semanas, por tanto el riesgo es muy bajo. Y el mercado en general aceptaría los depósitos convertibles en Bitcoin emitidos por los bancos como si fueran Bitcoin verdaderos mientras los bancos no se dedicaran a hacer préstamos demasiado arriesgados. Si al banco le solicitan la conversión de sus depósitos a Bitcoin reales y tiene en su activo préstamos a deudores solventes, pues o bien tendrá un buen flujo de ingresos en Bitcoin, o bien podrá vender esos préstamos en el mercado sin apenas descuento.

Pero Fernando me chafó totalmente esta expectativa al hacerme ver que cada vez habría más deudas denominadas en Bitcoin mientras que la cantidad de Bitcoin reales se mantendría fija, hasta el punto que pasados unos años la cantidad de deuda denominada en Bitcoin comparada con la cantidad real de Bitcoin sería descomunal. Esto nos llevaría a un escenario parecido al que se produjo a finales de los años 60 con el oro en el marco de Bretton Woods. Todos los bancos centrales se dedicaron a emitir moneda que era directa o indirectamente convertible en oro, y a un ritmo muy por encima del crecimiento de la oferta de oro físico. Una receta infalible para que tarde o temprano acabara todo en impago, como así fue.

Con Bitcoin ni siquiera haría falta ninguna emisión exagerada o imprudente. El carácter fijo de la oferta de Bitcoin hace que cualquier crecimiento de la deuda acabe por resultar tarde o temprano en una cantidad de deuda mucho mayor a los Bitcoin existentes, dejando al sistema expuesto a un ataque del tipo short squeeze o estrangulamiento de posiciones cortas, similar al que se produjo en GameStop a principios de este año.  
Juan Ramón Rallo sostiene que un ataque de este tipo fracasaría si los bancos tienen sus préstamos bien garantizados y bien casados con los plazos de sus pasivos. Pero Fernando contraargumenta que el banco tendría que exigir demasiadas garantías a sus deudores para respaldar pasivos denominados en una unidad de cuenta que no es naturalmente estable y cuyo precio podría multiplicarse. Esas excesivas garantías harían el sistema inviable por caro y poco eficiente. Yo estoy con Fernando al 99,9%, pero por ese 0,01% de duda que aún me queda, me interesan los argumentos a favor de cualquiera de estas dos posturas.

Las consecuencias (geo)políticas de la crisis energética

Se viene hablando mucho últimamente de los años 70, a raíz de factores tanto económicos como políticos. Una de las correlaciones que más comúnmente se establece en los medios de comunicación es la referente a la actual crisis energética con la ocurrida durante la década de 1970, incidiendo especialmente en el descontento social surgido a raíz de la misma y sus efectos directos sobre las demandas y tendencias políticas. El shock acaecido entre 1973 y 1974, a raíz del embargo petrolero a manos de la OPEP, causó que las principales economías del mundo se paralizasen y generó enormes revueltas sociales que duraron hasta que se encontró una solución al problema. Esta vez la situación es algo distinta, ya que los problemas derivan de una transición energética con claros costes colaterales que, además, parecen no tener solución en el corto plazo. Pueden ser precisamente estos costes y, más en concreto, su distribución, lo que genere grandes consecuencias geopolíticas, pudiendo llegar incluso a variar algunas de las más importantes correlaciones de poder globales. Veamos. 

En primer lugar, es muy relevante tener en mente los costes de la transición energética si realmente queremos realizar un análisis serio sobre sus presentes y futuras consecuencias. Al respecto, el economista Jean-Pisani Ferry elaboró un valioso informe para el Peterson Institute for International Economics en el que estimaba que -acorde a los cálculos elaborados previamente por Stern y Stiglitz- la transición ecológica podría tener un efecto de pérdida de PIB potencial en la economía mundial del 3,7%. En la actualidad estamos observando que puede que dichas predicciones se queden incluso cortas, pudiendo generar una inestabilidad política dentro de los países mayor incluso que la de los años 70, ya que en este caso se trataría de factores internos (apoyo político a la transición ecológica) y no externos (embargo Opep) los que estarían causando dicha crisis energética. De hecho, si no se buscan e implementan soluciones efectivas que eviten que los costes de la transición energética recaigan en su conjunto sobre los más desfavorecidos, esto podría conllevar a dinámicas políticas que aúpen -aún más- ciertos discursos reaccionarios hoy en boga. 

Hoy por hoy parece ser que dicha solución aún no se ha encontrado. Los días 21 y 22 de octubre se reunió el Consejo Europeo para tratar con prioridad la propuesta del Gobierno de España de diseñar conjuntamente una reforma del mercado energético mayorista a nivel europeo. Algunos países como Francia, Grecia, Rumanía o la República Checa ampararon dicha petición, pero frente a la negativa de Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia, Irlanda, Luxemburgo, Estonia y los Países Bajos, no se llegó a concretar nada. Ursula von Der Leyen anunció que pronto se convocaría un Consejo formal sobre el almacenamiento de energía y las reservas estratégicas, pero parece ser que esto no va a llevar a grandes cambios en el corto o medio plazo, mientras el problema sigue creciendo. Mientras tanto, la mayoría de los gobiernos europeos insisten en tratar de paliar la crisis energética con subvenciones o tratando de recortar la factura energética vía rebajas de impuestos, lo cual no soluciona ni mínimamente el verdadero problema: la gran revalorización del gas y de los derechos de emisión de CO2. En el siguiente gráfico se puede observar la evolución del precio de los derechos de emisión de CO2 en la Eurozona desde el año 2005. 

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Mientras es probable que el precio del gas vuelva a estabilizarse una vez solventados determinados cuellos de botella relacionados con el transporte, parece que el elevado -y creciente- precio de los derechos de emisión de CO2 no se trata de un factor coyuntural. Esto puede ser una de las principales causas de que el impacto económico de la transición energética se prolongue más en el tiempo que la crisis de 1973-1974, con efectos lógicamente heterogéneos entre países, dependiendo de sus estructuras productivas y de su dependencia de unas fuentes u otras de energía. Para el caso de Europa se puede afirmar que, en cualquier caso, el efecto económico de la transición será intenso, con notables efectos sobre la inflación (como ya estamos viendo), al menos en el corto y medio plazo. Al respecto, conviene recordar que la inflación de la Eurozona solo ha superado el 4% en una ocasión previa a la actualidad, siendo esta durante la Gran Recesión. En el siguiente gráfico se puede observar la evolución de la tasa de inflación en la Eurozona desde finales de la década de los 90. 

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Mirando hacia la Unión Europea, en caso de que la situación continúe como en la actualidad, podríamos pasar de un escenario en el cual las demandas políticas de la ciudadanía se dirigen casi en exclusiva a los gobiernos nacionales a uno en el que el hastío de los ciudadanos y sus reclamaciones se comiencen a dirigir hacia Bruselas. Esto último generaría un innegable rechazo a la Unión Europea como proyecto político, incidiendo en mensajes euroescépticos con mucha acogida a lo largo de los últimos años. Además, dichas demandas y protestas políticas se asentarían sobre una sólida base material y objetiva, siendo esta la incapacidad de Bruselas de proponer soluciones a nivel europeo a un problema conjunto que está empobreciendo a la ciudadanía de la UE y privando de acceso a un bien básico como la energía a los ciudadanos más desfavorecidos de la Unión. 

De hecho, va en el interés de la propia UE resolver el problema del creciente precio de la energía, ya que si el discurso euroescéptico cala más hondo agarrándose a la crisis energética, en último término esto podría conducir incluso a una reversión casi total de la agenda para la transición energética, suponiendo un fracaso estrepitoso para la UE. Incluso podríamos vivir en el corto plazo escenarios de confrontación directa entre determinados gobiernos nacionales y altas esferas de la UE, al atar esta última de manos a los ejecutivos nacionales a la hora de tomar medidas para paliar el encarecimiento de la energía. Ningún gobierno nacional va a aceptar la aparición de sus Gilets Jaunes particulares sin poner todos los medios para tratar de evitarlo previamente. 

Por otro lado, dejando de lado el asunto de los derechos de emisión de CO2, hay otros factores que pueden contribuir a paliar la crisis energética o, en su defecto, a incidir en ella. Este es el caso del gasoducto Nord Stream 2, que hasta ahora Rusia ha mantenido bloqueado en Alemania hasta que considere oportuno, en base a los precios internacionales del gas y el suministro nacional. Mientras tanto, EE. UU. ha acusado a Rusia de manipular el mercado, lo cual podría llevar el debate sobre la crisis energética a una escala mayor. En dicho escenario, las principales potencias globales se verían obligadas a medir sus fuerzas y, en base al resultado de dichas disputas diplomáticas, algunas correlaciones de poder podrían verse afectadas. Por supuesto, a todo esto, no nos podemos olvidar de China, que ni siquiera ha hecho acto de presencia en la COP26, mostrando su rechazo frontal a la transición energética global, aumentando las fricciones ya existentes con las principales potencias occidentales. 

Vemos que la crisis energética toma mayor importancia de la que en un principio parecía tener. Sus repercusiones ya no se limitan únicamente al plano económico, sino que tocan de lleno la política internacional y lo referente a las relaciones comerciales y diplomáticas entre las principales potencias globales. No le quiten ojo a lo largo de los próximos meses.

El dinero como tecnología y el Bitcoin como mejora (y II)

“Puede que tenga sentido comprar algunos por si [Bitcoin] se hace popular. Si suficientes personas piensan igual, se convierte en una profecía autocumplida.” Satoshi Nakamoto

En el artículo anterior, definía el dinero como una tecnología que sirve para transportar valor a lo largo del tiempo y del espacio sin riesgo de contraparte mediante. En este artículo, también defendía que lo que hace que un bien sea el dinero de una economía es que sea el medio de intercambio generalmente aceptado, siendo las funciones de depósito de valor y unidad de cuenta—las otras dos funciones típicamente asignadas al dinero—la causa y la consecuencia respectivamente de que un bien sea dinero, “no una parte esencial del concepto de dinero” (Menger 2007, 280).

El dinero en una economía surge a través de un proceso descentralizado mediante el cual aquellos que seleccionan el bien que mejor transporta el valor a lo largo del tiempo mantienen este valor y los que no, lo pierden. Se da una selección natural del dinero en el mercado. Por eso, aunque el proceso fuese aleatorio, como dinero emergerá un bien con las propiedades adecuadas para operar como un buen depósito de valor, porque solo los que puedan transportar el valor restante de su producción (o valor otorgado a estos mediante otros medios) podrán continuar operando e influyendo el mercado—no puedes intercambiar algo excepto si almacena valor. No obstante, este proceso no es necesariamente aleatorio y existen agentes más perspicaces que buscan el bien más vendible o líquido—es decir, aquel con el menor diferencial entre el precio pedido y el precio ofrecido—para reducir los costes de atesoramiento y desatesoramiento (White 2002). 

Los agentes que participan en el mercado, mediante procesos descentralizados, decide qué bien será el dinero. El dinero quiere ser uno. Mi tesis es que el Bitcoin es el bien que mejor cumple con las propiedades que según Menger (2009) aumentan la liquidez de un bien. 

En primer lugar, debido a su ratio de stock-to-flow, el Bitcoin presenta una gran liquidez intertemporal. Esta ratio mide el stock existente de un bien y lo divide por la nueva producción anual. El oro tiene una ratio stock-to-flow mayor que 1, igual que cualquier bien para poder llegar a convertirse en dinero. Por eso los cigarrillos pueden ser dinero en las prisiones, porque no puedes producir más dentro de la economía fácilmente. El valor de las cosas fáciles de producir desaparece fácilmente, por eso el dinero es uno bien difícil de producir. Bitcoin es costoso y lento de producir y la cantidad minada va decreciendo con el tiempo. El código programa la dificultad de la minería—la muestra de trabajo que tiene que haber hecho el minero mediante la resolución de ejercicios matemáticos—cada 2016 bloques (aproximadamente cada dos semanas) para que un nuevo bloque sea añadido a la cadena cada 10 minutos. El minero recibe una recompensa, la cual es actualmente de 6,25 Bitcoin. Esta recompensa se divide en dos cada 210.000 bloques, aproximadamente cada cuatro años. Este sistema fue diseñado para mantener una alta ratio de stock-to-flow y que así la nueva oferta monetaria no alterase el valor de los Bitcoin de manera significativa.

Pero ser escaso no lo es todo. Por ejemplo, la tierra también es escasa, pero no cumple con uno de los requisitos de la liquidez intratemporal: no es fácil de transportar. Bitcoin además presenta un bajo coste de almacenamiento, sino el más bajo para cualquiera con un dispositivo conectado a la red y que no necesite un desembolso adicional. Además, los costes de verificación de la red son ínfimos sino únicamente equivalentes al coste de transacción. No hay costes para verificaciones presentes, sino recompensas. Cualquiera puede verificar la red y todas las transacciones que se han dado en ella. Comparado con el oro, el Bitcoin también es un activo real, por lo que sirve como liquidación final de la deuda. Pero el Bitcoin es un libro mayor de registro verificado descentralizadamente de transacciones que existe en cualquier dispositivo conectado a la red, por lo que no requiere barcos para ser transportado o pruebas para comprobar su pureza. En estos aspectos es mejor dinero que el oro.

Que sea fácil de validar y, por tanto, difícil de falsificar son propiedades que aumentan la liquidez intratemporal de este. El Bitcoin está perfectamente estandarizado y es perfectamente divisible. Actualmente un satoshi equivale a 0.00000001 BTC, pero en caso de que se necesitase que un Bitcoin equivaliese a más satoshis, esto se podría hacer manteniendo si la mayoría de la red así lo quisiese porque en un futuro igual un Bitcoin almacena mucho valor. Además, los medios de transporte y mercados de Bitcoin son los dispositivos digitales y el Internet, los que se encuentran altamente desarrollados y solo pueden ir a más. Que las operaciones de Bitcoin se den en la red implica mayor liquidez intertemporal porque permite sobrepasar posibles restricciones al comercio de este.

El mayor problema que presenta Bitcoin como posible dinero es uno relacionado a su uso como medio de intercambio: sus costes de operación. No obstante, ya existen soluciones a este problema, principalmente la Lightning Network. Gracias a esta incorporación se pueden realizar transacciones en milisegundos sin coste, lo que aumenta significativamente la liquidez intratemporal del Bitcoin. 

A diferencia de otras criptomonedas que pueden presentar propiedades similares a las del Bitcoin, Bitcoin es única en varios aspectos. En primer lugar, fue la primera en llegar por lo que gana al resto en adopción de mercado. Si se fuese a presentar otra criptomoneda similar, se vería con la dificultad de sobrepasar a una que ya tiene mercado y cuyos usuarios han invertido trabajo en ella por lo que carecen de incentivos para moverse a otra red. Si la criptomoneda rival presenta características diferentes a Bitcoin, estas pueden ser peores o mejores. Si son peores, los agentes que apuesten por esta perderán valor con el tiempo y con cada transacción. Si aparentan ser mejores, entonces se encontrarán con otros problemas de adopción. En Bitcoin, todos los integrantes de la red son usuarios de esta, no hay administradores, sino que la red está controlada por las reglas inscritas en el código. En las otras criptomonedas sí. De hecho, estos se ven en una encrucijada: o bien los administradores las promocionan para hacerse notar entre las miles de otras criptomonedas alternativas a pesar de mostrar que son una red centralizada con gente al mando, o bien se desentienden y no consiguen compradores (Ammous 2018, 254). 

Lightning Network es solo una de las posibles mejoras que se le pueden hacer en capas secundarias a Bitcoin. En otros artículos he tratado otras opciones como las letras reales o el scrip. Esta es una de las razones por las que el Bitcoin mejora previas tecnologías de transporte de valor, es decir, anteriores dineros, por su mayor liquidez intra e intertemporal de diseño y por su capacidad para adaptarse a posibles alternativas secundarias en capas superiores. Es un bien que permite la existencia de un sistema monetario por capas, similar al oro siendo la capa principal y los billetes de banco una capa superior, solo que con mayor precisión, seguridad y opciones para los usuarios de este. 

Muchos rechazan la posibilidad de que Bitcoin llegue a ser un buen dinero por su volatilidad. Lo que no entienden es que Bitcoin todavía se encuentra en la primera de las tres fases de dinerarización—es decir, de que un bien llegue a convertirse en dinero. Primero, que el bien llegue a ser un buen depósito de valor. Segundo, que sus características le permitan funcionar como un medio de intercambio deseable. Y, tercero, que se confirme que llega a ser dinero mediante su uso como unidad de medida, es decir, que la gente fije los precios en este bien porque es el que prefieren recibir para almacenar valor.

Bitcoin todavía está afianzándose como depósito de valor. Por ahora es más bien una inversión que no mantiene bien su valor, aunque a favor de aquellos que apuestan por ella ya que presenta una clara tendencia alcista. Si, por ejemplo, la capitalización de mercado de Bitcoin alcanzase la del oro—es decir, se convirtiese en el activo refugio preferido por el mercado sustituyendo al actual—, el precio de un Bitcoin en dólares sería de 500.000 dólares según la oferta esperada de 2025. Para eso todavía queda, pero no creo que el momento sea tan improbable ni lejano. Cuando esto haya sucedido, si gracias a la mayor facilidad de intercambio que presenta el Bitcoin frente al oro y dificultad de confiscación más gente decide utilizarlo para transacciones, este empezará a convertirse además en el medio de intercambio comúnmente aceptado y entraremos en un patrón Bitcoin.

Referencias:

Ammous, Saifedean. 2018. Bitcoin Standard: The Decentralized Alternative to Central Banking. Hoboken, Estados Unidos: Wiley.

Menger, Carl. 2007 [1871]. Principles of Economics. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

Menger, Carl. 2009 [1892]. On The Origins of Money. Auburn, Estados Unidos: Ludwig von Mises Institute.

White, Lawrence H. 2002. “Does a Superior Monetary Standard Spontaneously Emerge?” Journal Des Économistes et Des Études Humaines 12 (2).

El exceso de ideas lleva a la radicalización

Uno de los leitmotiv de las dos décadas que llevo haciendo modestas contribuciones a la expresión de opiniones políticas en España ha sido convencer a una, siempre reticente, derecha social, que las ideas importan. Y que con la discusión pública de las mismas se cimienta la sociedad en la que nos tocará vivir en pocos años.

Aunque sigo pensando lo mismo, esta vez me toca escribir en contra de las ideas. Y más concretamente contra el exceso de estas que produce una élite intelectual cada vez más fuera de la realidad.

Esta semana hemos asistido a la politización de un suceso trágico. La muerte de una niña por un desgraciado accidente. Hasta hace apenas unos años era totalmente impensable que algo así pasará de unas pocas líneas en la sección de sucesos de la prensa, y los implicados tendrían la inmediata compasión de todos los ciudadanos, sin importar su ideología.

¿Por qué no ha sido así esta vez? Hay que alejarse bastante del suceso para intentar averiguar de dónde viene esta obsesión de una pequeña pero influyente parte de la sociedad por politizar absolutamente todo.

Para hacerlo más fácil vamos a imaginar que nos llamamos Andrés, estamos licenciados en ciencias políticas y compartimos piso en Malasaña mientras esperamos nuestra oportunidad medrando en algún ente vinculado a los partidos de izquierda. ¿Con qué podríamos pasar el rato mientras nuestro momento llega?

Leer sobre las últimas tendencias de nuestra ideología siempre abre puertas en este mundillo. El problema es que los temas clásicos ya están muy manidos y para mantener tu interés se tienen que producir constantemente nuevas ideas. Una maquinaria cada vez más grande funcionando a pleno rendimiento para satisfacer un apetito cada vez mayor.

La demanda de ideas es tan grande que se utiliza cualquier cosa que esté en el imaginario del potencial lector. Y eso lleva la ideología a ámbitos donde nunca había estado.

Es así como el medio de transporte que utilizan los padres para llevar a sus hijos al colegio ha llegado al debate público. Andrés no tiene dinero para comprarse un piso, pero sí tiene tiempo para preocuparse de qué tipo de organización escolar es la mejor para evitar ver esos coches en doble fila cuando va a tomarse su frappuccino a media tarde.

Y lo que es mucho más importante: Andrés no tiene muchos motivos para estar contento con su vida, pero sí puede exhibir una gran superioridad moral al pertenecer a ese exquisito club de personas que sabe cuál es exactamente la mejor forma de hacer cualquier cosa.

Esto no es algo nuevo. El exceso de generación de ideas en la extrema izquierda lleva ocurriendo desde que ésta existe. La ociosidad, la capacidad de copar puestos en organizaciones intelectuales y su peculiar forma de ver el mundo son una combinación perfecta para terminar generando cantidades colosales de farfulla ideológica.

Curiosamente la mejora del nivel de la productividad de Occidente puede estar incrementando dos de estos factores: más tiempo libre puede llevar a sobrepeso mental, y más capital disponible a mejor financiación de instituciones intelectuales.

El resultado es la radicalización de aquellos que consumen cada vez más ideología, pero también de aquellos que no lo hacen, pero reaccionan a la presencia de esta en ámbitos privados de sus vidas.

Quizá, como punto de partida, habría que devolver las ideas a su ámbito y dejar de jugar en un tablero inclinado. Y, por tanto, dejar de considerar la falta de debate en ciertos temas como una señal de radicalidad, cuando es todo lo contrario.

Drácula, Frankenstein y la inflación

Con los datos del IPC de Octubre ya en la mano, pasada la festividad de Halloween (todos los santos para los más tradicionales), podemos confirmar que los muertos se han levantado, concretamente en este caso, el fantasma de la inflación. Un viejo enemigo, muy celebre en épocas pasadas.

Podemos definir la inflación como una subida sostenida y generalizada de los precios. Y el mejor indicador para estudiarla es el IPC (índice de precios al consumo), que es un índice de precios, de una lista de bienes y servicios consumidos estadísticamente típica de una familia. Teniendo en cuenta que la subida de precios anual, este Octubre se ha previsto en un 5,5% (la cifra más alta en 29 años), ya no hay duda: Nuestra economía está sufriendo una inflación cada vez más galopante. En septiembre era del 4%, y en agosto del 3,3%.

La primera pregunta que habría que hacerse sería: ¿Por qué ocurre esto? Y la explicación la tenemos en la cantidad de planes de estímulos de todos los organismos, para relanzar la economía. Planes por otra parte, que lo único que consiguen es zombificar la economía con deuda y tipos de interés ridículos. Planes de “recuperación y resiliencia”, “escudos sociales”, “fondos Next Gent”… Todo un sistema que se basa en la capacidad de los bancos centrales de imprimir e imprimir dinero, para que los gobiernos gasten a espuertas.

La otra pregunta que nos viene a la mente es: ¿Cómo nos afecta esto? Fácil: Que los precios no paran de subir; es decir el dinero existente cada vez vale menos, ya que con los mismos euros ahora vas a poder comprar menos. Y, sobre todo, tus ahorros empiezan a perder valor. En un país con una inflación de este nivel y tipos de interés bajísimos, hacer que los ahorros no se deprecien se convierte en una hazaña si no se quiere prácticamente jugar a la ruleta con ellos. Este tipo de políticas, no solo llaman al sobreendeudamiento sino también a la sobreexposición al riesgo.

La deuda a la que hacemos mención, tiene mucho que ver con que ocurra esto. No es casualidad que los responsables de los programas de estímulos que provocan dicha inflación sean los únicos beneficiados por esta, al ser los más endeudados. Porque al igual que los ahorros valen menos con el aumento de precios, este fenómeno también afecta a las deudas. ¿Y cuáles son las instituciones más endeudadas de todas? Los Estados. La inflación es la medida más usada a lo largo de la historia, para reducir la deuda gubernamental. Además de que como es un fenómeno que ellos no aprueben como podría ser un nuevo impuesto, la opinión pública no les afea esta situación. Pr ello, la inflación es también conocida como el impuesto silencioso, beneficia a los endeudados (los estados) y perjudica a los ahorradores, comiéndose sus ahorros, sin que estos localicen al culpable.

Para frenar este fenómeno, solo hay un camino, apagar la máquina de hacer dinero, frenar los estímulos y el gasto masivo, sea con el apoyo de los distintos gobiernos o sin él. Para eso existe la sagrada independencia de los bancos centrales frente a los gobiernos. Recordando que, según los estatutos fundacionales del nuestro, el Banco Central Europeo, su objetivo primordial por encima de cualquier otro, incluido el crecimiento económico, es la estabilidad de precios.

Obituario del prominente economista húngaro Janos Kornai

János Kornai nació en 1928, en un siglo de cambios y sangrientas revueltas trágicas. Su tierra natal, Hungría, fue un lugar especialmente peligroso durante el siglo XX; entre otras cosas, cayó bajo los dos regímenes totalitarios del momento: nazismo y comunismo.

La vida personal de Kornai también fue moldeada por este siglo. Su padre fue víctima del Holocausto y él mismo fue asignado a un cuerpo de trabajo especial del ejército húngaro, para el que los judíos eran reclutados como fuerzas suplementarias destinadas prácticamente a perecer por el trabajo de riesgo que tenían que asumir y el vejatorio tratamiento que recibían.

Kornai, sin embargo, tuvo la suerte de sobrevivir a la guerra. Para él, la llegada de las tropas soviéticas significó literalmente la liberación. No es de extrañar que el joven Kornai, cuyo destino era la muerte prácticamente segura, se convirtiera en comunista, una conversión fuertemente influenciada por la lectura de Das Kapital en 1947.

Como periodista, llegó a trabajar para el periódico del Partido Comunista Húngaro. Sin embargo, uno de los juicios del espectáculo de la era estalinista le abrió los ojos y provocó un cambió en su trayectoria de vida. Kornai, el antiguo y devoto periodista comunista, se distanció cada vez más del régimen. Se convirtió en partidario de las reformas y optó por la carrera académica de economista en 1955. Participó en la revuelta de 1956 y, tras la sangrienta reimposición del comunismo por parte de las tropas rusas, abandonó sus creencias marxistas. No obstante, el reinstalado régimen dirigido por János Kádár, se había distanciado cada vez más de las prácticas abiertamente represivas del período estalinista. Así, en esta nueva era, Kornai pudo continuar con su trabajo académico. 

Al comienzo de su carrera como investigador, criticó la excesiva centralización de la planificación estatal y abogó por una economía socialista más descentralizada que imitara al mercado. En la era de reformas del régimen de Kádár, desde finales de los años cincuenta hasta principios de los sesenta y en adelante, su trabajo académico también contribuyó a las cautelosas, limitadas y selectivas reformas de mercado y a la liberalización del régimen. El llamado socialismo gulash llevó prosperidad a la nación en comparación con el período estalinista. Pero Kornai era muy consciente de las contradicciones internas y de los problemas profundamente arraigados de la economía socialista en los llamados “cuarteles más felices del campo soviético”, nombre con el que se designaba a Hungría en los años setenta.

En la década de los ochenta, se convirtió en uno de los críticos modernos más importantes del socialismo en ese momento. Su obra pionera, La economía de la escasez, argumentaba que existen razones internas profundamente arraigadas que causan problemas inevitables e irresolubles en el sistema socialista. Sus análisis de las disfunciones sistémicas del socialismo son un elemento básico para aquellos que realmente quieren saber por qué la utopía socialista de Marx es inoperante y antihumana. Los constructos teóricos que desarrolló para el análisis y la comparación de los sistemas ideales del socialismo y el capitalismo, tales como la economía de la escasez y superávit y la restricción presupuestaria blanda y dura, proporcionaron un importante punto de partida y un marco teórico para futuras investigaciones. 

A lo largo de su dilatada carrera académica, Kornai llegó a tener una visión muy cercana a la posición que desarrolló la Escuela Austriaca de Economía sobre el socialismo. Al mismo tiempo, se convirtió en uno de los más grandes pensadores a favor del mercado de nuestro tiempo. A pesar de tener un punto de vista muy parecido, Kornai nunca se consideró a sí mismo miembro de la Escuela Austria, aunque admitió su deuda intelectual con Mises, Hayek, Kirzner y especialmente con Schumpeter.

El principal punto de concomitancia entre Kornai y la escuela austriaca estaba en que figuras clave, como Eugen von Böhm-Bawerk y Ludwig von Mises habían asumido el desafío de criticar el marxismo y la utopía marxista del socialismo en el cambio de siglo y a principios de los años veinte. Demostraron que el trabajo científico de Marx tenía contradicciones insuperables y que el socialismo estaba destinado a conducir al fracaso. Además, los miembros de la Escuela Austriaca contrastaron los beneficios de una economía de mercado con los problemas inherentes a la visión utópica marxista del socialismo. Argumentaron con más fuerza entre las escuelas económicas que el capitalismo es un sistema económico dinámico, y este dinamismo es la clave del progreso humano. Además, los austriacos fueron los economistas que más fuertemente argumentaron que la causa del dinamismo del capitalismo es la propiedad privada, el espíritu empresarial y la competencia. De hecho, uno de los últimos libros importantes de Kornai se titula Dinamismo, rivalidad y economía de excedentes, cuyo tema principal es la comparación del socialismo (economía estatal planificada) y el capitalismo (economía de mercado), es decir, la economía de la escasez y el superávit.

El socialismo produce escasez, el capitalismo produce superavit. La razón básica de esta diferencia, según Kornai, es que no hay oportunidad ni espacio para la innovación en el socialismo a menos que el estado de planificación centralizada lo considere importante para algún propósito político. Por tanto, no hay lugar para emprendedores, cuya función es aplicar las invenciones de forma innovadora. En contraste, la característica más importante del capitalismo es que le da al empresario la libertad de realizar inventos y satisfacer la demanda de los consumidores.

El argumento de Kornai es, en general, el mismo que la posición de la Escuela Austriaca de Economía. Una de las principales diferencias es el método de investigación entre los austriacos y Kornai. Menger, el padre fundador de la escuela austriaca, estableció por primera vez que el objetivo de la teoría económica es descubrir los vínculos de causa y efecto en la vida económica. Kornai, usando el lenguaje contemporáneo del pensamiento económico positivista, llegó a la misma posición que Menger y Mises, quienes usaron un lenguaje teórico, que ahora se considera anticuado por la literatura dominante. Kornai primero descubre los hechos económicos, luego los analiza y finalmente, busca identificar las relaciones causales. Al final, llega básicamente a las mismas posiciones que Menger: la vida económica es dinámica, el motor del dinamismo es la invención humana y el espíritu empresarial y existen vínculos de causa y efecto que dan forma al comportamiento humano.

Kornai habría merecido el Premio Nobel de Economía. Qué lástima que, con su muerte, el Comité del Premio Nobel perdiera la oportunidad de reconocer su enorme contribución al desarrollo teórico de la economía.

Es aún más doloroso que con su muerte se haya visto privado de la oportunidad de educar a las nuevas generaciones de economistas, a lectores laicos interesados e incluso a los políticos. Como Kornai dice en el libro citado, es una pena porque el ciudadano, los académicos y los políticos de nuestro tiempo no reconocen los beneficios del capitalismo, sino que apoyan las políticas económicas que promueven el intervencionismo estatal. Tal y como aprendió Kornai a través de su propia experiencia personal, un sistema económico capitalista no solo mejora drásticamente la calidad de vida de los ciudadanos, sino que además es una condición necesaria para el sustento de la democracia.

Por qué la Escuela Austríaca tiene las respuestas técnicas que necesita la economía argentina

Los economistas que hagan un diagnóstico objetivo de la problemática social argentina diagramarán una realidad con fuertes desequilibrios fiscales, monetarios y cambiarios, lo que a su turno dará lugar a palabras como renegociación de la deuda, inflacionismo, cepo cambiario, controles de precios, bajos niveles de actividad y empleo, pobreza e indigencia.

El gobierno responde a la escalada de precios con controles y persecuciones; responde a los bajos salarios con legislación e incrementos del salario mínimo; responde a la escasez de divisas fortaleciendo el cepo y con más impuestos y retenciones a quienes las generan; responden a la pobreza e indigencia con una redistribución de los recursos que cargue con más impuestos a los que más tienen para tratar de ayudar a los que menos tienen. Más allá de las buenas intenciones, la Escuela Austriaca demuestra que estas políticas siempre generan resultados opuestos a los buscados. Después de todo la economía austriaca es contraintuitiva y comprender la lógica económica permite advertir mitos frecuentes en el saber popular.

¿Por qué si el gobierno controla precios se produce desabastecimiento?

La Escuela Austriaca explica que los precios no son arbitrarios, ni caprichosos. Los precios se forman en cada intercambio cuando las personas intercambian voluntariamente derechos de propiedad. Ceteris paribus, si un recurso es escaso será más caro y si es abundante será más barato. Si el gobierno exige a los vendedores de carne que su precio sea bajo, el incentivo para producir carne se reduce, y en consecuencia habrá menos de este recurso, y con ello más escasez y mayor precio futuro. De un período a otro, el gobierno tendrá que ir incrementando los niveles de intervención, lo cual sólo agravará la problemática de precios. La máxima expresión hoy la vemos en Venezuela, recorriendo las góndolas de supermercados vacías, mientras se fomentan los mercados informales para vender los productos por fuera de lo que la legislación exige. El problema no radica en el actuar de los empresarios, sino en la legislación suicida que fomenta el desabastecimiento. La solución de la Escuela Austriaca sería un desmantelamiento total de los controles de precios, pues en un mercado libre la regulación de los precios se genera por la propia competencia dentro de cada uno de los mercados. Terminar con los controles de precios animará incentivos en favor de la producción, lo que a su turno terminará con el desabastecimiento.

¿Por qué subir salarios genera desempleo e informalidad?

En el mercado laboral la lógica es similar. Un análisis económico de este mercado muestra que los salarios no son arbitrarios, sino la resultante de una evaluación de los niveles de productividad, que a su turno dependen del nivel de formación y acumulación de capital. Si el gobierno pretende incrementar los salarios vía legislación, los generadores de empleo que necesitan recuperar esos niveles de salario con la venta del producto final no podrán contratar a estas personas generando desempleo, o lo harán por fuera de la legislación a salarios inferiores a los que se exige provocando informalidad. Para la Escuela Austriaca nada es más efectivo para generar empleo y reducir la informalidad que la total desregulación del mercado laboral. De nuevo, la competencia en una economía que recupera los incentivos para la producción constituye el mejor regulador de los salarios, los que dependerán de la productividad que se pueda alcanzar en cada industria, y dentro de cada una de ellas, en cada puesto de trabajo.

¿Por qué imprimir dinero nos deja sin dinero?

El dinero también es un mercado, y como tal también se lo estudia desde su oferta y su demanda. En este caso, el precio de este mercado es el poder adquisitivo. Si el Banco Central de la República Argentina incrementar la oferta de dinero a un ritmo mayor que el que se incrementa la demanda de dinero, entonces surge inflación, lo que significa una pérdida de poder adquisitivo. Es por ello que los teóricos de la Escuela Austriaca coinciden con el monetarismo de Chicago en afirmar que la inflación es siempre un fenómeno monetario. Si la Reserva Federal de Estados Unidos o el Banco Central Europeo incrementan la oferta monetaria y esto no genera altos niveles de inflación, esto obedece a que en el mundo hay demanda por muchos de esos dólares y en Europa hay demanda por muchos de esos euros. En Argentina, por el contrario, se emisión de pesos no es acompañada con un mayor demanda. Por el contrario, como la gente observa que los pesos se derriten en sus manos, reducen la demanda de pesos en búsqueda de múltiples activos financieros o reales. Al bajar la demanda de pesos al tiempo que se incrementa la oferta, el desequilibrio lleva a la inflación y la reducción del poder adquisitivo del peso se acelera. Seguir incrementando la oferta de pesos, al contrario de lo que dicta la teoría monetaria moderna, sólo puede conducir a destruir la moneda.

En este campo, la Escuela Austriaca propone numerosas recetas para detener la destrucción de la moneda, promoviendo primero la desnacionalización del dinero, lo que significa terminar con el curso forzoso y el monopolio del Banco Central. Abrir la competencia para que cada persona demanda la moneda que desee, abre un espacio para que ocurra la Ley de Gresham, donde la moneda buena siempre desplaza a la moneda mala. Si en una economía bimonetaria como la nuestra, los argentinos tienen que decidir entre deshacerse de los pesos o los dólares, la lógica de racionalidad indica que usarán los pesos para sus gastos, y guardarán los dólares para ahorro. Esta dolarización espontánea de la economía argentina está ocurriendo lo que agrava el desequilibrio monetario donde la oferta sigue creciendo, mientras que la demanda de pesos sigue bajando.

¿Por qué bajar la tasa de interés genera escasez de ahorro y una mayor tasa de interés futura?

Decíamos que los salarios dependen de la productividad, y ésta depende de la formación y acumulación de capital. Para formar capital se requiere ahorro, el que se canaliza a través del sistema financiero a inversores que los convierten en producción real. De nuevo, el mercado de créditos también se lo estudia a través de sus curvas de oferta y demanda. En este mercado el precio es la tasa de interés. Si se incrementara el ahorro entonces la abundancia de recursos podría permitir a los bancos bajar las tasas de interés, y con ello mejoraría la situación de la actividad y el empleo.

Esto, sin embargo, ha llevado a las autoridades monetarias a creer que bajando las tasas de interés podría también fomentarse el crédito y la inversión. Pero no funciona así. La lógica de la Escuela Austriaca muestra que no es lo mismo fomentar el ahorro para bajar las tasas de interés que bajar las tasas de interés (a través de los créditos blandos del Banco Central) para fomentar el ahorro. Esto último es un error. Si el Banco Central baja las tasas de interés, el ahorro lejos de fomentarse, se lo desincentiva. Si los bancos obtienen dinero del banco central a través de la ventanilla de descuentos, y entregan crédito a las empresas, es cierto que estas podrán invertir esos medios fiduciarios y generar actividad y empleo en el corto plazo, pero tarde o temprano, el haber quebrado la identidad entre ahorro e inversión, dejará en claro que la situación no es sostenible y emergerán niveles de inflación crecientes. Cuando el Banco Central deba subir las tasas de interés para contener la inflación, los proyectos de inversión que se generaron tendrán que interrumpirse, dejando a la economía en una situación de crisis y depresión. La Escuela Austriaca demuestra que los ciclos económicos son las consecuencia lógica de intervenir en el mercado de créditos con tasas de interés más bajas que aquellas que surgen naturalmente en el mercado de ahorros.

¿Por qué los controles o cepos al dólar generan mayor escasez de divisas?

La cotización del dólar resulta también del análisis de la oferta y demanda de esta divisa. Céteris paribus, cuando abundan los dólares, el tipo de cambio está bajo. Cuando escasean los dólares, el tipo de cambio está alto. La poca confianza que tienen los argentinos en el gobierno, ha hecho que tras el resultado de las PASO de 2019, los ahorristas retiraran sus dólares del sistema financiero. Los dólares están debajo del colchón, en cajas fuertes, cajas de seguridad, o incluso en Uruguay, Madrid, Suiza o Miami, pero muy lejos de las reservas brutas del Banco Central. Con baja oferta de dólares no puede sostenerse un nivel adecuado de demanda, lo que ha conducido al gobierno a imponer un cepo cambiario sobre los demandantes de divisas. Esto por supuesto complica a los fabricantes de bienes en Argentina, pues enfrentan cuellos de botella al no poder importar los insumos que necesitan para la producción. El gobierno fomenta entonces una política de sustitución de importaciones pretendiendo reemplazar la importación con producción de la industria nacional, dando lugar a un nacionalismo económico que es consistente con más proteccionismo y aislamiento.

La Escuela Austriaca, por el contrario, sugiere abandonar todos los controles y retirar el cepo. Al hacerlo, claro que el tipo de cambio subirá como consecuencia del incremento en la demanda, pero esto a la vez promoverá un retorno de los dólares al sistema financiero, que se equilibrarán en un nuevo tipo de cambio nominal, consistente con la oferta y demanda de dólares. Pronosticar cuál es el tipo de cambio nominal al cual tendería este nuevo mercado cambiario desregulado es imposible para cualquier analista, pues no se puede anticipar el nivel de confianza del mercado en la nueva política y su sostenibilidad. Pero al menos se eliminaría la brecha entre el dólar oficial y el blue, y dejaría de haber privilegiados que acceden a importar bajo el dólar oficial, y el resto del pueblo que no puede acceder a ese beneficio.

En este sentido, algunos economistas de la Escuela Austriaca promovemos una propuesta de dolarización flexible de la economía argentina, pues queremos ofrecerle a los argentinos la posibilidad de elegir el dinero con el que quieren operar, al tiempo que entendemos que es vital que Argentina termina con el Banco Central como una institución que promueve la alta inflación. Dolarizar la economía tiene efectos inmediatos positivos: bajar la inflación a un dígito y también bajar las tasas de interés reales y nominales, pues se elimina el riesgo de nuevas devaluaciones.

La economía es contraintuitiva

Lo intuitivo para la lógica popular es perseguir a quienes suben los precios o bajan los salarios; poner dinero en los bolsillos de la gente y ofrecer créditos blandos para que haya inversión; si no hay dólares limitar su demanda con controles y cepo, y si hay pobreza grabar a los que más tienen para repartir donde falta. Pero los mercados no funcionan de ese modo. Los mercados funcionan con incentivos, y los precios resultan ser sintetizadores (aunque imperfectos) de información y conocimiento disperso. Para coordinar los mercados necesitan precios libres, y cuando me refiero a esto, hablo también de salarios, tasas de interés y tipo de cambio. La Escuela Austriaca ofrece una lógica que puede ser la mejor vacuna para la enfermedad del populismo que hoy nos condena

Algunos conceptos lógicos de la economía como catalaxia

Tal y como refería Bruno Leoni en Lecciones de Filosofía del Derecho, “hasta hace un siglo se nutría aún la esperanza de aplicar en el campo del derecho un tipo de demostración análogo al de las ciencias físico-matemáticas según un procedimiento que había tenido defensores ilustres ya desde el siglo XVII (Grocio, Spinoza, Hobbes, Leibniz, Locke y más tarde otros). Es decir, se pensaba que podía llegarse con razonamientos irrefutables a determinadas conclusiones válidas en el campo de las ciencias jurídicas. Desde entonces nuestra confianza en esa posibilidad ha disminuido. La llegada del historicismo (Savigny) convenció la imposibilidad de congelar el derecho en un sistema de proposiciones válido para todo tiempo.”.

Esta objeción a la posibilidad de establecer un fundamento lógico en y para el derecho, se hacía extensible a otras ciencias de carácter empírico en Hume, que hacía a la razón  “la esclava de las pasiones y no puede pretender otro oficio que el de servirlas y obedecerlas”, a partir de lo que Sabine definió como muerte del derecho natural.

Es decir, parecía sobrevenir la idea de constructo, de “actividad puramente constructiva” olvidando toda su aspiración de claridad tal y como se lamentaba Wittgenstein, y en ese elaborar  un productor cada vez más complejo, no solo el original incorporaba nuevas capas de complejidad manteniendo una base constante, sino el propio momento original incorporaba tantas derivadas que, en no pocas ocasiones, cosas fundamental y formalmente distintas han sido estudiadas como disciplina con un nombre único.

Ésta era precisamente la objeción que Hayek proponía respecto del término economía productor de la amplitud de contextos y fenómenos en los que y para los que se aplica. Por ello, proponía circunscribir su “estricto significado original que describe un complejo de acciones deliberadamente coordinadas a propósito de un fin único, adoptando otro término para describir el sistema de numerosas economías interrelacionadas que constituye el orden del mercado.

Dicho nombre es cataláctica o catalaxia, cuya significación refiere no solo el hecho de “intercambiar” sino también de «admitir a alguien en la comunidad” y “convertir al enemigo en amigo””.

Esta descripción hakeyiana remite de manera casi directa a una lógica de índole matemático que permite un discurso verdaderamente causal en el sentido de establecimiento de premisas y consecuencias implícitas formales, tal y como expresaba Hume como posible en esta disciplina y de la que predicaba su imposibilidad para aquellas de naturaleza empírica. Esta lógica o hilo discursivo no es otra que la Teoría de Juegos.

Tal y como expresó uno de los mayores referentes en esta teoría, pionero en la misma, un juego dista mucho de ser una estructura estrictamente computable. Expresado en sus propios términos, “El ajedrez no es un juego. El ajedrez es una forma bien definida de computación. Puede que no te sea posible concebir las respuestas; pero en teoría debe existir una solución, un procedimiento exacto en cada posición. Ahora bien, los juegos verdaderos no son así. La vida real no es así. La vida real consiste en farolear, en tácticas pequeñas y astutas, en preguntarse uno mismo qué será lo que el otro hombre piensa que yo entiendo hacer. Y en esto consisten los juegos en mi teoría”.

Dicho en estos términos, parece que la expresión cataláctica tiene mucho que ver con un juego del tipo referido por Von Neumann. Sin embargo, y dada la necesidad de una premisa para poder seguir un discurso causal, ésta no puede quedar sometida a una caracterización a posteriori. No puede serlo por una cuestión esencial: porque dejaría de ser una premisa. En efecto, dicha premisa ha de actuar de manera axiomática y no especulativa. Si se hiciera de otra manera, ya no solo es que estuviéramos actuando de una manera ilógica, cuando no poco honesta, atribuyendo el carácter de lo que se quiere a lo que no es para que sea (una premisa), sino que el discurso causal dependería única exclusivamente de lo que quisiéramos obtener. No sería algo racional, aunque el discurso lo fuera, sino una doctrina.

Esto es precisamente lo que ocurre con diversas escuelas de pensamiento. Muchas de ellas podrían ser perfectamente definidas como profecías auto cumplidas, puesto que en su desarrollo pretendidamente lógico o racional está contenida la premisa con elementos que tienen que ver más con el querer ser que con el ser. La esclavitud de la razón a las pasiones.

Por tanto, ¿cabe encontrar alguna premisa para el juego cataláctico cuyo establecimiento responda a una caracterización ex ante al desarrollo lógico del resto de sus elementos como consecuencias implícitas formales?

Es aquí donde la Teoría de Juegos proporciona una herramienta tremendamente potente toda vez que huye de cualquier elemento prejuicioso: la utilidad. No en el sentido de Bentham o Stuart Mill, donde el psicologismo o el valor percibido es lo relevante, sino una caracterización negativa y cuantificable que evita estas cuestiones.

Cuando Morgensten y Von Neumann se enfrentaron al problema de la utilidad, encontraron precisamente el problema de su definición al margen de lo percibido tal y como ocurre con el utilitarismo. La solución de Von Neumann fue del tipo que sigue:

  1. Imagínese una interacción o juego, donde el Jugador 1 quiere obtener el resultado A.
  2. ¿Cuál es la utilidad de A?
  3. Si se le preguntara al Jugador 1, podría dar tantas respuestas como estados de ánimo atraviese, por lo que su valor percibido, no es un buen punto de partida para establecer un proceso racional de caracterización de éste juego o de cualquier otro.
  4. La solución de Von Neumann, en términos numéricos.
    1. Ofrézcase al Jugador 1 un punto de utilidad de otro juego.
    1. Si no lo acepta, quiere decir que el resultado A, tiene más valor en términos de “útiles” que la alternativa.
    1. Repítase la misma operación hasta que el Jugador 1 acepte el agregado de “útiles” alternativos a cambio del resultado A. Éste será el valor de utilidad de este resultado para el Jugador 1.

Nótese que la escala, como todas las escalas, es algo enteramente arbitrario. Sin embargo permite definir la utilidad de un juego por lo que no lo es Esto es, no hace falta caracterizar, valorándolo, ni el juego, ni las estrategias de todos los jugadores participantes y, por tanto, permite seguir lo que Hume deseaba y lo que tantos otros han pretendido en áreas como la economía, la cataláctica, o el derecho: un discurso verdaderamente causal.

¿Cómo puede ser esto aplicado a fenómenos como el derecho o la cataláctica? Es algo más o menos sencillo. Se desarrollarán algunos puntos fundamentales a continuación de manera esquemática para ganar en claridad:

  • Todos los jugadores tienen unas preferencias reveladas. Esto es, un nivel de utilidad para cada resultado medido cuando dicho resultado se obtiene sin más participantes.
  • De ello depende las estrategias de dichos jugadores cuando, efectivamente, para ese resultado medie una interacción con otros jugadores ya sea de confrontación, colaboración o cualquier otro escenario intermedio.
  • Hay dos escenarios: interacción directa o interacción en un sistema (entiéndase por tal la cataláctica o el derecho, pero sin definir las normas).
  • Como las normas son una caracterización a posteriori, es decir, estamos en un momento límite de interacción, la única definición que se puede ofrecer del sistema, del juego, es la interacción entre todos los jugadores no es directa. Esto es, el criterio de interacción no está únicamente marcado por las preferencias reveladas y su estrategia, sino que está mediatizado.
  • Es decir, se produce, en este momento límite, una cesión de la posibilidad de desarrollar estrategias, independientemente de cuáles sean, de acurdo única y exclusivamente con las preferencias reveladas.

Ésta, la cesión así definida, es la verdadera premisa de cualquier sistema humano organizado para la consecución de un fin. No es el lugar para desarrollar todas ellas, pero nótese que a partir de este momento “fundacional” o límite, es posible caracterizar todas las posibles consecuencias implícitas formales.

Además de lo anterior, existe un elemento adicional. Los juegos definidos en el sentido de Von Neumann han de revestir otra característica adicional. Esto es, los jugadores, y con ellos el juego, han de ser perfectamente racionales. Racionalidad que, de nuevo, huye de cualquier tipo de singularización valorativa, centrándose en algo que ya de por sí está perfectamente definido: todos ellos juegan, interaccionan, de tal manera que buscan su mayor nivel de utilidad al final de cada interacción.

Por tanto la cesión, que marca el origen sistémico, ha de ser además racional o, dicho de otro modo, un “maximizador” de utilidad para los intervinientes.

Es decir, que si existe una participación permanente de un jugador en un sistema definido por la cesión de la posibilidad de desarrollar sus estrategias de maximización de utilidad como buen jugador racional, la utilidad posible que puede obtener en cada partida  en la que participe o interaccione dentro del sistema, ha de ser siempre mayor que interaccionar fuera del sistema. Recordemos que ésta es exactamente la definición de utilidad-útiles de Von Neumann para al armazón que a partir de ahí se desarrolla como Teoría de Juegos.

En este sentido, tenemos aquí una de las primeras caracterizaciones de la premisa como consecuencia implícita formal y no al revés: la cesión no es una pérdida sino un depósito que, al final, se suma a todos los resultados posibles en términos de utilidad. De esta manera, quien interaccione de acuerdo con sus preferencias reveladas dentro del sistema, querrá actuar de la siguiente manera si es racional:

  • Querrá ceder la menor cantidad posible de posibilidad de desarrollo de estrategias de acuerdo con sus preferencias reveladas.
  • La cantidad cedida, se debe sumar al resultado final.
  • Tanto si gana como si pierde, dicho nivel de utilidad se le suma a su resultado. Esto es, que al final de la partida, si pierde, pierde menos y si gana, gana más que fuera del sistema.

Por tanto, y aunque parezca paradójico, un sistema racional es un generador de utilidad a través de, precisamente, cederla previamente.

A partir de aquí ya no quedaría sino entrar en la obtención o caracterización del resto de elementos sistémicos (recuérdese, sistemas finalistas aunque no haga falta explicitar la finalidad de los mismos) como consecuencias implícitas formales. Una de las cuales es, sin lugar a dudas, la caracterización de la premisa.

De acuerdo con la propia racionalidad de los jugadores, ya se ha visto cómo la cesión ha de ser la menor posible pero que cumpla con su funcionalidad de maximización de utilidad que apunta no solo a los resultados de los jugadores sino al propio fin del sistema. Esto explicaría por ejemplo la norma: ha de ser el mínimo restrictivo del individuo y el máximo asegurador del fin trascendente al individuo y por el cuál se establece la cesión-premisa.

En esa “menor cesión posible de utilidad” que es racional porque se espera una mayor utilidad que en los pares de resultados posibles al margen del sistema definido por tal cesión, se encuentra contenido un concepto de la mayor relevancia posible: la libertad. La libertad como una consecuencia implícita formal.

Es decir, la cesión no anula la posibilidad de desarrollar estrategias puras, sino que sirviendo a un fin, útil también, y siendo racional hacerla porque genera utilidad en los pares de resultados, debe ser la mínima posible para que no exista la alternativa en la que para un jugador sea más racional no ceder porque va a obtener más utilidad al margen del sistema. Esto es lo mismo que hacer perder utilidad al fin y, por tanto, el sistema deviene irracional.

En este sentido y, sin ánimo de mayor extensión en un tema que así lo requiere, una caracterización lógica, susceptible de ser formalizada, de la cataláctica, acaba por tener la libertada como una de sus primeras consecuencias implícitas formales.

En términos más llanos, la libertad en lo cataláctico (que implica lo social, económico, legal) es, sencillamente, una cuestión lógica.