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La teoría del cierre categorial y la economía (III): El liberalismo como atomismo

La idea de que la libertad presupone libre albedrío es sólo uno de los errores que comete Martín Jiménez sobre lo que llama (y es) “ontología que acompaña al liberalismo”. Citémosle: “La ontología que subyace al marxismo es claramente monista, derivando hacia el armonismo anarquista final. La ontología que acompaña al liberalismo y al neoliberalismo protestante es principalmente atomista, pero con la misma tendencia armonista consecuencia de la idea de competencia perfecta de los mercados”i

En la página 70 vuelve a exponer la metáfora atómica, al decir: “Ya supongamos átomos libres (individuos) o a la humanidad entera en la base de la economía, el campo económico aparece siempre vinculado a los intercambios; es decir, al comercio”. Y, de hecho, en la misma página insiste y deja caer su objetivo en el libro: “Hay que ofrecer una teoría filosófica del comercio que abandone planteamientos metafísico-teológicos sobre el libre arbitrio o la libertad de pensamiento. Frente al atomismo y el holismo armónico que diluye la realidad del conflicto permanente en el campo de las relaciones económicas, nos proponemos ofrecer una ontología de las conexiones y relaciones económicas en symploké”. Y en la 129: “Es este in-dividuo (traducción de á-tomo por Boecio) humano el que hay que negar de plano, pues desde tal individuo no se puede explicar nada. El hombre siempre ha sido social, apareciendo como idea en las acepciones de la sociedad política”.  

Contra lo que me aconseja el decoro, pero obligado por el deber de ser preciso en la exposición, me veo obligado a decir que la idea de que el individuo puede ser un átomo es una tontería. Item plus: el liberalismo jamás ha entendido al individuo como un átomo. Ni el filósofo más individualista, y hablamos de Max Striner, albergaría una idea tan estúpida. 

Si me permiten la broma, la idea es tan tonta que sólo se la he escuchado a socialistas. Bien es cierto que, como es el caso de Martín, la expresan para criticarla. Hay una excepción, y es tan destacada que no puedo dejar de mencionarla: Karl Marx, luego veremos por qué. 

El liberalismo parte del elemento que considera esencial, o primigenio, que es el individuo, pero no pretende que sean entes sui géneris, auto afirmados e independientes del resto. El liberalismo describe, y celebra, que los individuos no están aislados, sino que colaboran entre ellos por medio de la división del trabajo. Adam Smith le otorgó una importancia suprema. Ludwig von Mises, a quien cita Martín, convertirá la ley de ventaja competitiva de David Ricardo en lo que llama Ley de asociación: una ley que muestra que la colaboración por medio de la división del trabajo hace a todos más ricos y no deja a nadie, por poco que tenga que aportar, fuera de ella. Hayek llega a decir que los adversarios intelectuales del liberalismo le habían quitado una palabra que debía ser propia: socialismo.  

Mises, en su gran obra, se ve compelido a explicarse la figura del asceta que se aísla de la sociedad. A los eremitas que huyen de la sociedad para que el ruido del tráfago humano no enturbie su búsqueda de Dios les dice que “el número de aquéllos que de forma consistente e inquebrantable siguen los principios del ascetismo es tan exiguo que no es fácil de mencionar apenas unos pocos nombres”ii. Lo dice con orgullo, haciendo ver el gran poder que tiene la vida en sociedad frente a la existencia aislada.  

El único autor al que he leído una propuesta de vida atómica, con individuos que no tienen vinculación alguna con el resto es Karl Marx, como decía. Aunque Marx es parco en su descripción de lo que sería la sociedad ideal como culminación del devenir histórico del hombre, creo que dice claramente que será una sociedad sin división del trabajo. Marx propone, sí, el ideal opuesto al liberalismo. Para Karl Marx la división del trabajo aliena al trabajador del fruto de su trabajo, porque ese fruto se desvincula de su creador y se distribuye por el circuito económico. 

Lo que él propone es una sociedad en la que cualquier individuo “no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar al ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin necesidad de ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos”iii. Marx, en esta obra y en otras anteriores y posteriores habla de terminar con la división del trabajo. Ese es el “armonismo anarquista final” del que habla Martín. 

El liberalismo no pretende que esos individuos estén aislados, ni vital ni culturalmente. Si escribo en este idioma y expreso estas ideas, y tengo tales anhelos o cuales expectativas es porque estoy en la sociedad en que he nacido, y me impregno de todas las ideas, nuevas y heredadas, que tiene ella.  

Desde el punto de vista antropológico, lo único que observa el liberalismo, o que exige, si se quiere, es que cada individuo tiene una cierta capacidad autónoma para decidir. Es decir, que cada uno de nosotros es capaz de adoptar decisiones que no son perfectamente explicables por sus circunstancias. Desde el punto de vista ético y legal, político incluso, ni siquiera exige eso, como decía en el anterior artículo. Basta con que no se utilice la violencia física contra nadie para obligarle a asumir objetivos ajenos y renunciar a los propios.  

Pero Martín no se limita a criticar el atomismo liberal que, como vemos, no existe. No. Nos propone su propia visión de lo que es el hombre. Para ello, acudimos a la página 130: “El materialismo filosófico entiende la idea de hombre como un conjunto de relaciones que constituyen el espacio antropológico a través de las cuales podemos entenderlo en sus determinaciones histórico-morfológicas. Como contrafigura a la idea espiritualista monadológica, le atribuimos un carácter corpóreo, operatorio, práctico, prudencial. De este modo, su esencia es proléptica, finalística, apotética”.  

Es sólo un párrafo, pero encierra muchas ideas que son importantes para la construcción de la economía desde el materialismo y la demarcación científica del cierre categorial. Nos guardamos algunas de ellas para futuros artículos, y nos quedamos con la visión vacía del individuo que trasluce de sus palabras. 
 

El individuo es un ser operativo, práctico, que “hace cosas”, pero que no son fruto de una idea propia ni responde a lo que Ludwig von Mises llama “acción”, es decir, el comportamiento deliberado, sino que reacciona, muestra como un espejo, sin voluntad o propósito. Su “actuar” no le pertenece, está determinada, le viene impuesta desde fuera. Si la visión de individuo como átomo es absurda, ¿no lo es esta en el mismo grado?  

Dice que el actuar es finalístico (finalista parece una palabra demasiado usual), pero esos fines no le pertenecen a la persona, sino a la sociedad a la que pertenece. Es proléptico porque su actuar no está movido por una idea propia que quiera llevar a cabo, sino por el mero perfeccionamiento de lo recibido. El comportamiento es apotético porque se limita a la imitación de lo que le rodea. El individuo es un vacío rodeado por otros vacíos, pero determinado por ellos también; todos marcados por una entidad que no podremos llamar sobre humana, por no hablar de Dios o del deicida. Pero casi entramos en terrenos que tendrán que tratarse con la debida atención en próximos artículos. 

i Luis Carlos Martín Jiménez. El mito del capitalismo. Filosofía de la moneda y del comercio. Pentalfa ediciones, Oviedo, 2020, p 70.

ii Ludwig von Mises. Human Action. A treatise on economics, scholar’s edition. Ludwig von Mises Institute, Auburn (Alabama), 1998, p 179.

iii Karl Marx, La ideología alemana. Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1974, p 34. Ver también Donald D. Weiss, Marx versus Smith en la división del trabajo, Problemas del Desarrollo Vol. 7, No. 28 (Noviembre 1976-Enero 1977), pp. 191-205.

Serie La teoría del cierre categorial y la economía

(I) El cierre categorial

(II) Monismo, dualismo y pluralismo

Los cárteles y su infundada mala reputación en un mercado libre

Comencemos viendo qué podemos entender por un cártel, pues bien, un cártel podemos entenderlo como aquel grupo de empresas que en primera instancia se encontraban compitiendo en una misma industria y por medio de un acuerdo han decido dejar de hacerlo para pasar a homogeneizar su producción, ya sea por medio del establecimiento de determinadas cuotas de producción o la fijación de precios. 

Si bien es cierto que en primera instancia la constitución de un cártel denota una connotación negativa en cuanto a la reducción de los competidores en el mercado, no hemos de llevarnos a equívocos creyendo que, en un mercado libre tendrán potestad para ‘restringir la producción’ para maximizar beneficios. Si así fuere, rápidamente aparecerían competidores para satisfacer las necesidades de aquellos consumidores que resultaran desatendidos por esa restricción de la producción. 

Llegados a este punto, y siguiendo a Rothbard, debe quedar claro que, “en el mundo real de escasez […] toda producción implica elegir y colocar los factores al servicio de aquellas finalidades a las que se atribuya más valor. En suma, la producción de todo es siempre y necesariamente «restringida» […] No podremos decir, que el cártel haya «restringido la producción»”.

Señalado lo anterior, queremos subrayar que, como apunta Chase Rachels, el propósito de todo miembro del cártel es, “coordinarse con otras empresas de la misma industria para generar mayores ingresos por sus servicios de los que podrían obtener de otro modo”. 

Por tanto, un cártel se basa en la cooperación de determinados productores individuales que deciden poner en común cierto capital, designar un grupo de personas que se encargue de tomar las decisiones en cuanto a las políticas de producción y precios, y en caso de que existan beneficios, los distribuya entre los integrantes del cártel. Después de esta descripción, Rothbard se pregunta, si acaso no es este el mismo procedimiento que adopta cualquier tipo de sociedad mercantil, y lo mismo postula respecto a las fusiones de empresas, con el matiz de que la fusión de empresas resultará en una formación permanente de cártel, y un cártel puede resultar ser un arreglo transitorio y efímero.

En suma, tanto en una sociedad mercantil, en un cártel de empresas o en una fusión de empresas, se constituye un órgano de dirección al que le suministran de manera voluntaria una serie de bienes para que, mediante la gestión de estos, se aumenten los beneficios monetarios.  

En cuanto a lo que comentábamos anteriormente respecto a que un cártel, a diferencia de una fusión, pudiere resultar ‘inestable’, Rothbard nos señala las siguientes razones por las que pudiere serlo, 

  • Si la acción conjunta revela no ser provechosa para los integrantes, el cártel se disolverá. Por el contrario, si demuestra ser conveniente, las empresas procederán a fusionarse, desapareciendo también en este caso el cártel.
  • Las cuotas, fijadas arbitrariamente, con las que todos parecían en su inicio estar de acuerdo, pueden convertirse en una intolerable restricción que perjudica a las empresas más eficientes. Porque una cosa curiosa del cártel es que las empresas más predispuestas a rebelarse de los acuerdos adoptados serán aquellas más productivas y eficientes, puesto que se encontrarán limitadas por restricciones estipuladas para proteger a otros miembros menos eficientes.
  • Y otra posible causa de inestabilidad puede originarse precisamente en el caso de que el cártel funcione correctamente y sus beneficios sean sustanciales; dado que atraerá a potenciales rivales dispuestos a competir por esas inusitadas ganancias, y ante esa tesitura el cártel se encontrará ‘atado de pies y manos’ para competir, por las restricciones autoimpuestas en cuanto a cuotas de producción o fijación de precios, viéndose posiblemente obligado a disolverse para que sus integrantes puedan competir.

Una vez señaladas posibles inestabilidades que pueden producirse en un cártel, pasemos ahora a indicar dos posibles ‘beneficios’ que pueden desprenderse de estos, 

  • Por un lado, nos podemos referir a la economía de escala que se generará, que se manifestará de diferentes formas, como por ejemplo, con la posibilidad de realizar compras al por mayor, o de conseguir unos costes más bajos por unidad de producción.
  • Y por otro, como señala Chase Rachels, dado que la cantidad de capital disponible será mayor, ahora se podrá invertir en bienes de capital más productivos, que para cada uno de los miembros individuales del cártel resultaban excesivamente caros, lo que redundará en una mayor productividad.

Ya hemos señalado que los cárteles no gozan de la mejor publicidad, puesto que se considera que se constituyen para evitar tener que competir en la industria, adquirir un poder monopolístico e imponer precios por encima del mercado que les propiciaran beneficios astronómicos, aunque ya hemos señalado que si así fuere, rápidamente aparecerían competidores para intentar obtener esas prebendas, y la única realidad, es que si un cártel perdura en el tiempo únicamente puede hacerlo, como señala Pascal Salin, por dos motivos, 

  • Bien porque el Estado impone a los productores de un bien particular el constituirse en cártel concediéndoles un privilegio de monopolio a los miembros de este. Ya apuntó Mises, en una de sus obras que, “la mayor parte de los cárteles y los trust no habrían podido constituirse si los gobiernos no hubiesen intervenido con medidas de protección para crear estas condiciones”.
  • Y el otro motivo sería porque el cártel, en un mercado libre, lejos de abusar de su posición con los consumidores, lo que hace es constituirse en el mejor medio para satisfacer sus necesidades.

Antes de finalizar el tema de los cárteles nos gustaría intentar responder a la siguiente pregunta, ¿podría darse la situación de que un cártel fuere tan grande que integrara todas las empresas de un país?

Anticiparemos la respuesta señalando que esa circunstancia solo podría producirse haciendo uso del poder coercitivo del Estado. En realidad, el socialismo, en la esfera de la producción, no pretende ser otra cosa que un cártel enorme, en el que todos los factores y recursos se encuentren bajo el absoluto control del Estado. Pero ¿podrían estar los ‘dictadores en potencia’ en lo cierto y que un único cártel que integrara todas las industrias pudiere ser más eficiente? Nos tememos que no, puesto que nunca se haya constituido de manera voluntaria un cártel de tales dimensiones debería ser suficiente para demostrar que no sería de ningún modo el método más eficaz para satisfacer las necesidades de los consumidores.

Veamos para finalizar, siguiendo a Rothbard, la dimensión máxima que podría alcanzar una empresa en el libre mercado, quien señaló que el tamaño de toda empresa se encontraría limitado por “la posibilidad de calcular en el mercado. Con el fin de hacer el cálculo de ganancias y pérdidas de cada actividad, la empresa tiene que estar en condiciones de poder referir sus operaciones internas a los mercados externos, con respecto a cada uno de los diversos factores y productos intermedios. Cuando desaparece cualquiera de esos mercados externos a causa de que se ven absorbidos dentro del radio de acción de una sola empresa, desaparece la posibilidad de calcular ya la empresa no le queda ningún medio racional para asignar los factores dentro de un área específica. Mientras más se avance sobre esas limitaciones, será cada vez mayor la zona donde lo racional no impere, y más difícil resultará evitar las pérdidas”.

En la cita transcrita tenemos la explicación del motivo por el que un cártel de grandes dimensiones nunca podría ser eficiente, y en caso de ser impuesto por el poder coactivo del Estado, más pronto que tarde, terminará por sucumbir.

Referencias

Mises, Ludwig von. (2007) [1922]. El Socialismo, análisis económico y sociológico.  Madrid: Unión Editorial.

Rachels, Chase. (2015). Spontaneous Order. Great Britain: Edición del Autor.

Rothbard, Murray N. (2013) [1962]. El hombre, la economía y el Estado (Volumen II). Madrid: Unión Editorial.Salin, Pascal. (2008) [2000]. Liberalismo. Madrid: Unión Editorial.

Dictadura no, excepto si… de VOX a Podemos

Se viven tiempos extraños en los cuales, los sujetos adoptan posicionamientos relativistas (e incoherentes en muchos casos) en función del régimen político que les toque analizar. Con los recientes sucesos acaecidos en la pequeña isla socialista de las Antillas han caído muchas caretas. Una parte del pueblo cubano sometido desde hace más de 62 años a los latrocinios y desfalcos de una élite extractiva y dictatorial, salió en tropel a gritar: Libertad. Patria y vida. Este valeroso acto tenía una carga política y simbólica, habida cuenda del lema oficial de Cuba es: patria o muerte. Una dicotomía macabra acuñada por Fidel. 

Así pues, ante una nación que clama libertad y un presidente que salió en los medios arguyendo: ¿Cuál es la dictadura en Cuba? E incluso en una declaración institucional llamó a todos los revolucionarios del país, a todos los comunistas a salir a las calles a hacer frente a todas estas provocaciones” arengando abiertamente a un enfrentamiento civil. Uno podría pensar que, delante de la evidencia histórica y la emergencia económica que pauperiza a la isla, la clase política española condenaría con firmeza a la tiranía castrista. La derecha cerró filas y no tuvo ningún problema en condenar lo que estaba ocurriendo allí. 

Como era de esperar, sus homólogos del otro espectro político, no hicieron lo propio. La izquierda que tanto ha insistido en la libertad de expresión, reunión, manifestación, etc, no es que mirase hacia otro lado, sino que, directamente se posicionó a favor de la dictadura. La diputada de En Comú Podem, Aina Vidal dijo en rueda de prensa “No considero al gobierno cubano una dictadura”. Estoy seguro que si le hubieran preguntado por la democracia en España, no hubiera dubitado en hablar de los “malvados jueces” (y la imperiosa necesidad de modificar el CPGJ, a su favor, claro), las “instituciones franquistas” y el Valle de los Caídos. Es bastante habitual ver por el Twitter de la formación morada críticas sistémicas hacia el funcionamiento de la democracia en España. 

La cosa no acaba ahí, la diputada “morada” de la Asamblea de Madrid, Alejandra Jacinto, en una entrevista en La Noche 24h de Televisión Española, cuando le preguntaron sobre si Cuba era una dictadura, sacó balones fuera arguyendo que Cuba había hecho dos vacunas (cosa que no tiene correlación alguna con la pregunta). Después de un contorsionismo intelectual sin muecas de pudor, sentenció que no lo era. Esto es preocupante para los que son los adalides de la democracia y los que se autoarrogan la potestad de repartir carnets de demócratas, fascistas y demás dicterios que emplean sistemáticamente.

Algunos voceros con amplia difusión mediática no se cortan un pelo en insistir en que lo de Cuba no es una dictadura, por ejemplo, Juan Carlos Monedero. En su blog de Público.es decía lo siguiente “Pretender que los disturbios en Cuba son una mera expresión del descontento popular es una ingenuidad de esas que le cuestan la libertad a los pueblos”. ¿Los disturbios del 15M que tanto rédito les dio a nivel personal y profesional a la cohorte de políticos del partido que cofundó, no fueron una expresión del descontento popular? Y estamos hablando de hace una década en una España socialdemócrata. En cualquier caso, para el brillante politólogo, la culpa es del imperialismo yanqui y su “bloqueo”. 

Como desarrollé en el artículo sobre Cuba (Economías planificadas. El caso cubano) no existe tal bloqueo, pero concedámosle el beneficio de la duda y aceptemos tal premisa. La deducción lógica que se extraería en tal caso es que la autarquía económica (y por extensión, el proteccionismo) es nociva, y para más inri, que el libre comercio es la punta de lanza para el desarrollo económico.

Sea como fuere, uno puede encontrarse con miles de ejemplos de “opinólogos” de izquierdas cuestionando las calidades democráticas de España o incluso arguyendo de que se trata de una dictadura, mientras, al mismo tiempo son capaces de defender el régimen cubano so pretexto de matizar “se trata de una democracia socialista”. La carencia de cualquier lógica es evidente. Lo peor es que, este pensamiento está en el seno de las instituciones: ya sea en Podemos, PSOE (a pesar de que el presidente Sánchez ha admitido que, se trata de facto una dictadura), ERC (especialmente las JERC, recordemos que actualmente es el partido que gobierna Cataluña), los grupúsculos políticos que integran la CUP, el BNG (con 19 parlamentarios en el Pazo del Hórreo), EH Bildu (21 diputados en el Eusko Legebiltzarra), entre otros. 

Dejando de lado a la izquierda patria, cabe preguntarse, ¿son los únicos que defiende abiertamente a dictaduras que comulgan con (algunos de) sus postulados? Desde luego que no. Recientemente hemos visto a Pablo Casado con uno de los fundadores de VOX, Ignacio Camuñas que fue ministro y diputado de Partido Demócrata Popular (Julià, 2017, pág. 394), integrada en el ala liberal de UCD. Además, el PDP fue el único partido político español que estuvo Congreso Europeo de Partidos Liberales celebrado en La Haya, en 1976. 

Pues bien, Camuñas dijo sin reparos que insistir en que el PP es el heredero del régimen de Franco le parecía una broma de muy mal gusto, debe desconocer quién fue el fundador del partido. El súmmum de su desfachatez fue “y si hay un responsable de la Guerra Civil directamente, es el gobierno de la República. Y un Golpe de Estado no es lo que ocurrió en 1936”, todo esto, delante de un líder de la oposición que ni se inmutó. Camuñas añadió que no quería debatir esa cuestión con los historiadores. Por alusiones, no me extraña que no quiera debatirlo puesto que, sin ningún reparo está en una postura negacionista de hechos que son indiscutibles (sería como defenderle a un astrónomo la teoría geocéntrica). Lo que está adoptando Camuñas es la retórica de los golpistas del 36’. Es curioso que, esta misma gente son los que defienden que el 1 de octubre del 2017 en Cataluña hubo un Golpe de Estado. Curiosa concepción de la democracia, también.

No es la primera vez que pasan situaciones como esa, en una entrevista en Europa Press el secretario general (Ortega Smith) del partido “verde” dijo literalmente que no condenaba el Franquismo, arguyendo inmediatamente que no condenaba ni aplaudía ninguna parte de la Historia de España. Cualquiera que se dé un paseo por sus redes sociales puede oler el hedor a chovinismo trasnochado que desprende en sus publicaciones. Su enfervorecido nacionalismo se puede constatar en un vídeo donde recita “Los Tercios de Flandes” (mientras sujeta una copa de vino). Este político pintoresco es el que en el municipio de Callosa (País Valencià) con motivo de la retirada de una cruz franquista, dijo – en referencia a la Guerra Civil – “hechos tristes, sí, personas que fueron fusiladas en una guerra, pero sin odio, con amor”. 

Eso no quiere decir que todos los integrantes de VOX sean de la misma cuerda, aunque, mucho me temo que quizás sean la mayoría. Rocío Monasterio estuvo en el mismo programa que Alejandra Jacinto y condenó sin problemas la dictadura de Franco. Podríamos seguir poniendo miles de ejemplos de casos similares, un último acaecido en el Parlament de Cataluña en 2013 fue la negativa de Ciudadanos (con el tándem Albert Rivera y Jordi Cañas a la cabeza) a condenar institucionalmente el Franquismo y su enaltecimiento. ¿Tan difícil es condenar una dictadura que duró 36 años?

Algunos podrán argumentar que el Franquismo se acabó hace décadas y que el régimen cubano está vigente en la actualidad. Ciertamente, la cuestión es que, hay dictaduras como la de Pinochet que también son relativizadas en nombre de la libertad económica. Axel Kaiser conversando sobre la dictadura pinochetista en la Fundación para el Progreso con Vargas Llosa, quiso quitarle hierro al asunto “podríamos decir con sangre reptil, que objetivamente, des del punto de vista del bienestar y la libertad agregadas […], hay dictaduras menos malas” acabando con la pregunta de si preferirían vivir en la Venezuela de Maduro o en la Chile de los 80s. A lo que el premio Nobel respondió, “esa pregunta no te la acepto” argumentando que de ahí se desprendía que había dictaduras buenas, finalizando con un rotundo, “las dictaduras son todas malas”. Desde mi punto de vista, esa es la única respuesta posible para defender la libertad. 

Para poner punto final, hay que postular la pésima calidad política de todo el espectro parlamentario nacional y autonómico del país. Dictadura no, excepto si es en nombre de la libertad económica, del proletariado, de la nación, de la raza o del imperio. Hasta que no haya fisuras en la condena de cualquier régimen tiránico, será muy difícil llegar a consensos entre los dirigentes de la res publica y la polarización social será cada vez más acuciante. Los que no tenemos problemas en hablar, leer, escuchar, visualizar, opiniones que nos son ajenas y que incluso, engendran el germen de la dictadura (o directamente te la defienden), somos cada vez menos. Como dijo la escritora británica Beatrice Hall (y no Voltaire como muchos le atribuyen) “‘I disapprove of what you say, but I will defend to the death your right to say it” (Hall, 2018, pág. 116).

Bibliografía

Hall, E. B. (2018). The Friends of Voltaire. London: The Project Gutenberg.

Julià, S. (2017). Transición. Historia de una política espñola (1937-2017). Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo LXI: Afganistán

Al viejo Murray Rothbard le gustaba mucho analizar las descomposiciones de estados. Esto es el proceso en que rápidamente se disuelven y quedan en nada. Es un proceso que normalmente acontece cuando está próxima la derrota frente a algún enemigo, interno o externo, y acostumbra a durar muy poco tiempo; el que tarda el rival en hacerse cargo del poder. Pero este proceso de descomposición se da antes de que exista un nuevo poder, por eso eso le era de tanto interés. Su análisis de la descomposición del gobierno de Vietnam del Sur antes de su control por los comunistas y la retirada de las últimas tropas norteamericanas sigue siendo de gran interés para entender el fenómeno del poder estatal. Por desgracia ya no está Rothbard entre nosotros para intentar explicar el fenómeno de la toma del poder por los Taliban, que sin duda le hubiese interesado mucho.

En efecto es un tema muy interesante. Pensemos en propio origen del grupo, que muestra muchas analogías con las teorías sociológicas del origen del Estado. Según relatan los historiadores de los Taliban, como Ahmed Rashid,  este movimiento nació de un profesor de religión islámica de la escuela Deobandi que, alterado por la falta de orden derivada de las guerras civiles que siguieron al abandono de los soviéticos, convenció a un grupo de sus alumnos para formar un grupo armado que protegiese a sus convencinos. De ahí el nombre de Taliban o estudiantes. Obviamente, y dado el tipo de educación que recibían, podíamos decir que seguían un Islam bastante ortodoxo, pero que no difería mucho en sus costumbres del practicado por sus vecinos pashtunes, tribu esta con merecida fama de ultraconservadora en la moral y en el tratamiento de las mujeres.

Pero como vemos nacen en anarquía bajo el liderazgo de un carismático líder y profesor. Estos estudiantes, animados por la cultura guerrera pashtun y movidos de celo religioso pelearon bien y pronto se hicieron un nombre entre los distintos grupos combatientes del Afganistan de finales del siglo XX. Este prestigio les hizo en primer lugar atractivos para muchos otros combatientes desencantados de sus propios ejércitos tribales y muy popular en muchos sectores rurales del Afganistán profundo, descontentos del gobierno central, de orientación soviética pero ya no apoyado militarmente por la extinta URSS.

Esta capacidad de organización y combate llamó la atención de Benazir Bhutto, a la a sazón primera ministra de Pakistán, quien ordenó a sus servicios de inteligencia que financiasen y armasen a este grupo. Aquí me gustaría hacer un inciso. Sé que se podría argumentar que los Taliban son fruto de las operaciones de inteligencia de otras potencias, y que son estas las que organizan al grupo, que surgiría así fruto de una decisión estatal.

No lo entiendo correcto porque el grupo ya existía antes del apoyo estatal, y porque si esto fuese tan fácil no se porqué las potencias que operaron históricamente en el Afganistán no optaron por la solución de armar sus propios insurgentes en vez de combatir directamente. Será probablemente porque no baste con armar un grupo para que este sea operativo, como muy bien se vió en el caso del ejército regular que se desbandó sin luchar a pesar de estar bien armado y entrenado. Cualquier grupo armado necesita algún tipo de cohesión, sea esta ideológica o religiosa, sea una muy elevada disciplina o organización, conseguida a través de algún sentimiento de honor o reputación profesional. Esta cohesión interna del grupo es especialmente relevante que se dé en el seno de sus dirigentes, pues son ellos los que constituyen el grupo que después se constituirá en Estado. En la tropa también es importante, pues da buena moral de combate, pero por lo menos en la teoría podría ser sustituida por disciplina o interés económico.

Una vez constituido como grupo militar bien organizado, buscó establecer alianzas. No sólo las estableció con otros Estados, sino también con particulares ricos o resultado del tributo cobrado en las tierras que fueron ocupando. Pronto fueron capaces de imponerse a buena parte de los grupos que combatían con fines semejantes en el territorio afgano, hasta que lograron conquistar Kabul.

Es curioso porque en nuestro imaginario estatal un país cae o se instaura un nuevo estado cuando su capital es dominada. En el caso de los primitivos Talibán, estos la conquistaron pero no pudieron hacerlo con amplias porciones del territorio, que estaban bajo la férula del más prooccidental Frente del Norte. Estos habían mostrado gran capacidad de resistencia primero durante la invasión soviética y segundo frente a los Taliban y otras bandas semejantes.  De hecho el ejército norteamericano, al invadir el país, delegó en ellos buena parte de las operaciones de combate y fueron ellos los que consiguieron expulsar a los Taliban de buena parte de los lugares que estos controlaban.

El error consistió en hacerlos formar parte del nuevo gobierno establecido tras la toma del control de país. Al estar estos asociados al invasor y a las prácticas corruptas y extorsiones del nuevo gobierno “democrático” y proocidental, perdieron la legitimidad de la que disfrutaban entre numerosos sectores de la sociedad afgana. Ante muchos afganos aparecían como una suerte de lacayos del imperialismo norteamericano, y quedaron en una situación muy delicada. De ahí que no hayan sido capaces de oponer esta vez na resistencia seria al ejercito Talibán y que esta vez la conquista no sólo les haya resultado más fácil sino que esta ha sido de la práctica totalidad del territorio afgano. Por no hablar del comportamiento del gobierno prooccidental, que se comportó al parecer, como lo hacen muchos gobiernos de la zona, malgastando el dinero en proyectos absurdos que en muchos casos sólo servían a los intereses corruptos de sus dirigentes. La imagen del último presidente escapando en helicóptero con maletas llenas de billetes de dólar no parece ser muy edificante para la sociedad ni parece ser un modelo de lo que significa la democracia para sus sufridos habitantes.

 La segunda lección que se podría extraer es la de la caída del régimen respaldado por las fuerzas occidentales. Este estaba bien armado con un ejército profesionalizado y entrenado por ejércitos de gran nivel. Contaba con aparente legitimidad interna y sobre todo externa, al ser reconocido por la gran mayoría de los países del mundo. El régimen títere que habían dejado los soviéticos, al retirarse, aún aguantó cinco o seis años antes de colapsar frente a los Taliban, y aún así estos sólo consiguieron dominar parcialmente el territorio. Sólo puede explicarse por la descompocición de su clase dirigente, que bien escapó o bien pacto con los que presumían iban a ser los nuevos gobernantes.

Como ya apuntamos muchas veces los Estados funcionan en anarquía y no existen relaciones de poder estricto en su propio seno. Están unidos y cohesionados por intereses económicos, por ideologías fuertes o, lo más frecuente, por ambas cosas a la vez. Los gobernantes no pueden ejercer el dominio por la fuerza sobre sus propios miembros. Esto es existe un núcleo irreductible que tiene que estar unido al gobernante por lazos distintos de los de la fuerza. Los autócratas deben poder dormir tranquilos sin que nadie pretenda asesinarlos mientras duermen o estén solos o en situación de inferioridad física. Si esta lealtad mutua entre los dirigentes se rompe, el Estado literalmente se disuelve antes de que otro grupo organizado ocupe su lugar.

Como esto ocurre al poco tiempo de la disolución, lo más frecuente es que no reparemos en este hecho. El viejo Estado ya está disuelto y en desbandada antes de que otro ocupe el poder. Esto fue lo que aconteció en Afganistan. Cuando los Taliban ocupan las grandes ciudades, y sobre todo la simbólica capital, ya no existe Estado digno de tal nombre. Cuando llegan a Kabul, los principales jerarcas ya la habían abandonado unas horas antes. La falta de fé en la victoria y la carencia de una ideología que los mueva a resistir ya habían hecho su trabajo antes de la llegada de los nuevos ocupantes. La cohesión de los Estados que, como no nos cansamos de recordar, son anárquicos internamente, es más psicológica que basada en medios de fuerza. Y cualquier Estado precisa de un mínimo de lealtad y solidaridad no basada en la fuerza para poder ejercer su función de dominio sobre la sociedad. Que un Estado es un grupo de personas superestratificado sobre el conjunto de la población creo que aquí y en el caso de los talibán, nuevo grupo, puede verse perfectamente.

La tercera lección tiene que ver con el intervencionismo y con cómo las pretensiones de ordenar la “anarquía” social con medios violentos tiene pocos visos de prosperar. Muchos liberales, y por eso lo son, entienden perfectamente las consecuencias que tiene el intervencionismo estatal sobre el discurrir de la vida económica y social, y cómo en muchas ocasiones no sólo no consiguen sus objetivos sino que traen consigo consecuencias no previstas sobre esos mismos ámbitos o  sobre terceros que no tienen nada que ver sobre el aspecto objeto de la intervención.

Es el caso de las regulaciones laborales o los controles de precios, por ejemplo. Cualquiera que haya leído la Critica del Intervencionismo de Von Mises o La economía en una lección de Henry Hazlitt  o el mítico Poder y ley económica de Eugen von Bohm-Bawerk es consciente de que el uso del poder no puede derrotar a la ley económica. Y que la práctica totalidad de las intervenciones, si no son fútiles, son dañinas o agravan lo que pretendían remediar. Esto es regular el precio de la patata provocará escasez, mercados negros o un deterioro de la calidad de las patatas ofrecidas a la venta.

Que las intervenciones en política exterior son caso análogo, y probablemente ampliado para mal, de las intervenciones exteriores es algo que muchos liberales se niegan a ver. Y no entiendo los motivos. Dejando aparte el caso de las guerras convencionales, de defensa del propio territorio, las intervenciones en el exterior sin agresión previa directa de otra entidad estatal no suelen traer buenos resultados y más si la intervención se amplia hasta el extremo de constituir un proceso de nation building que implica remodelar no sólo las instituciones sino las propias costumbres y tradiciones de la población.

Si bien no se puede negar el papel que el uso de la fuerza puede influir en el cambio social y político lo es de manera limitada y siempre y cuando exista cierta similitud de costumbres o una experiencia previa extendida a ciertos grupos de población. El caso de la desnazificación alemana es un buen ejemplo. La población alemana contaba con una larga experiencia en elecciones y en hábitos parlamentarios previa al nazismo. Buena parte de su población estaba educada en valores democráticos y existía un elevado nivel de educación en los valores culturales y políticos propios de los países occidentales. Además, la experiencia del nazismo duró sólo doce años y los resultados fueron catastróficos. Y aún teniendo éxito el esfuerzo fue muy grande y se tardó cierto tiempo en conseguir los objetivos.

Un país como Afganistán no tenía experiencia consolidada de participación demócratica y sus costumbres y valores sociales son muy distintas de las de las potencias ocupantes. Buena parte de la población de allá con certeza no entiende los principios que se le quieren imponer pues estos requieren de cierta experiencia histórica y por tanto lo más probable es que no sólo no los acepte sino que los rechaze con fuerza, al percibirlos como una imposición extranjera. Antes de querer cambiar sus costumbres deben entender las razones por las que deben hacerlo, algo que nosotros podemos tener muy claro pero ellos no.

Por otra parte la democratización o occidentalización de un país implicaría no sólo un número enorme de intervenciones, sino saber cuales de entre ellas son las más relevantes. La democracia requiere de derechos de propiedad, cierto nivel de renta, educación política, costumbres de resolver pacíficamente los conflictos y cierto grado de individualismo que una sociedad aún tribal no posee. Si el voto no es individual sino que todos los miembros de un clan votan al del suyo la democracia no es una forma pacífica de optar entre opciones o programas sino una imposición de los clanes mayoritarios sobre los minoritarios. 

En mi ciudad aún se celebra el día en que expulsamos a tiros a los franceses que quisieron democratizarnos y modernizarnos siguiendo a Napoleón. No dudo que e Código civil y la Constitución republicana fuesen elementos de “progreso” en aquella época pero a a mis convecinos no les convencieron las formas y los echaron fuera, y eso que se parecía más a nosostros que los afganos. A veces hay que aplicar las ideas de Hayek sobre “La fatal arrogancia” al ámbito de la política exterior y ser un poco más humildes en nuestro fatal y arrogante constructivismo.

Los menas

Desde hace ya largo tiempo, los países occidentales han venido a detectar, dentro del fenómeno más amplio de la emigración, la llegada de numerosos adolescentes que se aventuran a alcanzar sus territorios desde zonas del mundo menos desarrolladas o claramente retrasadas. Alentados quizás por la rápida transmisión de noticias e imágenes de países más libres y prósperos, lo cual hacen posible el acceso a Internet y sus redes asociadas, muchachos menores de edad desafían las normas de entrada y recurren a medios de transporte irregulares con el propósito de emprender una nueva vida lejos de sus países y, por lo que parece, de sus familias. 

Destaquemos, antes de recordar algunas contradicciones, tres aspectos preliminares que caracterizan la presente situación. A pesar de la existencia de acuerdos internacionales para la prevención de esos comportamientos y el retorno concertado (1), la práctica demuestra escasa voluntad de cumplirlos por parte de los gobiernos de países emisores. De hecho, éstos no albergan mucho interés por procurarles asistencia consular para favorecer su regreso ni por recuperarlos, ni siquiera por identificarlos. Cuáles sean los anhelos de los progenitores afectados respecto a sus hijos tampoco está claro, pero cabe presumir cierto desentendimiento por parte de muchos, así como una tendencia a la emigración desesperada entre quiénes adolecen de apoyo familiar. En segundo lugar, las sociedades occidentales son las únicas en las que los inmigrantes pueden establecerse sin sufrir legalmente discriminación racial, religiosa, política o cultural alguna. Y, en tercer lugar, que, asimismo, solamente en las sociedades occidentales los inmigrantes menores sin acompañar pueden esperar que, en aplicación de la Convención sobre los Derechos del Niño, se les ofrezca una protección y asistencia similar a la de los niños residentes sin familia o sometidos a la tutela estatal o de organizaciones subcontratadas. Aun más. Dentro de la Unión Europea, la Directiva 2008/115/CE, en aras del interés superior del menor, establece en los casos de expulsión o retorno de un menor sin acompañar, la previa comprobación por parte de las autoridades del estado miembro de que “será entregado a un miembro de su familia, a un tutor designado o a unos servicios de acogida adecuados”. Obviamente, la interpretación extensiva de esta coletilla puede conducir al cortocircuito de estos procesos de repatriación, si el país del que procede el menor no se aviene a cooperar.

Me repelen las absurdas regulaciones que coartan la libre circulación y asentamiento de personas por el mundo. Sin embargo, no podemos ignorar los elementos que conforman la realidad. Sin duda uno de ellos es el marco regulatorio creado por los estados que, por un lado, dificulta la inmigración, pero, por otro estimula la ilegal, tanto de adultos como de menores, y fomenta su dependencia. Recordemos que, en el caso concreto de los menores no acompañados, la legislación laboral española prohíbe trabajar legalmente a los menores de 16 años, así como a los mayores de esta edad que no alcancen los 18, si no consta la autorización de los padres o de quiénes mantengan su tutela (2). Estas limitaciones implican que la única vía legal (e improbable por sus condiciones) para entrar en España sea como estudiantes, para lo cual deben obtener el correspondiente visado de estudios. No obstante, les está vedado solicitar un visado de residencia y trabajo de temporada, el cual les permitiría aprender algún oficio básico y regresar a sus países con algunos ahorros.

Ahora bien, estas restricciones de apariencia infranqueable se vienen abajo en cuanto el adolescente en cuestión llega a territorio español. Una vez aquí, según hemos visto, las autoridades (autonómicas) deben garantizarle una protección equiparable a los menores sin familia ya residentes en centros de protección de menores (3). La pertenencia de España a la Unión Europea (más aún al Espacio Schengen) favorece, no obstante, la utilización de esos centros como trampolín para desplazarse a otros países como Francia y Alemania, dado que la mayoría, argelinos y marroquíes, tienen familiares o conocidos en esos países.

 En los casos en que esa tutela administrativa se prolonga porque no se llega a culminar el proceso de repatriación, se despliegan las consecuencias -agravadas por el desarraigo- comunes a muchos chicos en régimen de tutela administrativa. De ahí que no quepa eliminar del análisis la posibilidad de la iniciación en la delincuencia. Por desgracia, los esfuerzos de la mayoría de los participantes en los debates públicos se centran más en reforzar discursos políticos maniqueos – que explotan prejuicios de distinto signo o crean nuevos intereses – que en comprender la situación e intentar aportar soluciones plausibles. 

Llegados a este punto, nos topamos con la muy laxa responsabilidad penal de los menores que, además, convierte en inimputables a los que no llegan a los catorce años. La consecuencia inmediata de esta previsión legal es que no se pueda internar en un correccional para menores a aquéllos que cometan delitos graves. La legislación y los convenios de derechos del niño parecen ignorar que, muy a menudo, las principales víctimas de los delitos cometidos por menores son los chicos de su edad. 

En conclusión, las situación de pobreza y marginalidad de numerosas personas en países vecinos, provoca también la emigración de menores de edad sin acompañar. A los obstáculos conocidos para canalizar la inmigración de adultos de acuerdo a sus intereses y los potenciales empleadores, se añaden otras regulaciones laborales que impiden el progresivo acceso al trabajo de menores, siquiera de forma temporal. Por el contrario, se les estimula a preferir la dependencia y cuando se producen delitos se deja indefensa a la sociedad, al igual que sucede con los menores locales.

1

 El Acuerdo entre el Reino de España y el Reino de Marruecos sobre la cooperación en el ámbito de la prevención de la emigración ilegal de menores no acompañados, su protección y su retorno concertado, de 6 de marzo de 2007 no entró en vigor hasta el 2 de octubre 2012, en que el gobierno marroquí comunicó su ratificación. En su artículo 4 se establece un plazo de 1 mes, a partir de la fecha de entrada ilegal del menor en territorio español, para que las autoridades informen sobre las medidas de protección adoptadas a sus homólogas marroquíes y, en contrapartida, la obligación de las marroquíes de identificar al menor y a su familia, así como expedir la documentación que demuestre su nacionalidad, en un plazo de 3 meses a partir de la entrega de la información por parte española. No obstante, este peculiar acuerdo queda siempre sometido a la voluntad de cumplimiento del gobierno marroquí, en cuanto que la ejecución del regreso exige un pacto posterior sobre los menores “que puedan ser objeto de regreso y asimismo sobre su número”.

2 Esta prohibición se introdujo por la Ley 8/1980, de 10 de marzo, del Estatuto de los Trabadores (art. 6). Con anterioridad, de acuerdo al Convenio 138 de la OIT de edad mínima para el trabajo de 1973, esa edad mínima era de 14 años, en consonancia con el periodo de escolarización obligatorio. En la actualidad, la Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (art 4) establece un periodo de escolarización obligatoria de 6 a 16 años.

3 La jerga administrativa autonómica produce distintos nombres, pero, en cualquier caso, se trata de asumir temporalmente el papel de guardador de menores de edad, directamente por la administración en centros públicos o por parte de instituciones privadas colaboradoras, con vistas, incluso, a cederlos a familias de acogida.

La Escuela Austriaca puede ser mainstream gracias a la complejidad

En las últimas décadas, lo que se conoce como economía de complejidad o complexity economics, en inglés, ha ganado importancia dentro de la economía. Es más, hace ya varios años, algunos de los principales impulsores de esta corriente empezaron a afirmar que la complejidad se convertiría en el nuevo paradigma económico con los años (Colander, Holt, and Jr. 2004; Holt, Rosser Jr., and Colander 2011). Si bien es cierto que esto aún no ha ocurrido, cada vez más trabajos e investigadores se dedican a la complejidad, en detrimento de la teoría neoclásica imperante. En ese sentido, la complejidad se presenta como paradigma alternativo a la economía mainstream, neoclásica. De hecho, proponen fundamentos y teorías muy distintas, donde la complejidad se presenta como superación de muchas de las hipótesis irrealistas de la teoría neoclásica. 

El fenómeno de la complejidad puede ser una ventana de oportunidad para la economía austriaca de cara posicionarse en el mainstream económico o, al menos, mucho más cerca de lo que se encuentra ahora mismo. El motivo reside en la gran similitud existente entre la teoría austriaca y de complejidad que, en algunos casos, pueden llegar incluso a solaparse (ver otros artículos míos aquí y aquí). Una similitud que no solo se observa en los principios sino, sobre todo, en la común critica a la economía neoclásica. Veámoslo más detalladamente. 

Complejidad

La complejidad no es otra cosa que una característica definitoria de un sistema o modelo. Esta característica indica, de forma general, que no se puede predecir el comportamiento del sistema con solo mirar, afectar o agregar el comportamiento de los objetos o agentes individuales que lo componen, pues las relaciones internas del sistema no son lineales. Dicho esto, hemos de aclarar que no existe tal cosa como una única definición de complejidad; no hay una denominación comúnmente aceptada. Más bien, muchos autores han acuñado definiciones de complejidad propias. Tan es así, que el profesor Seth Lloyd llegó a recopilar hasta 45 definiciones distintas de complejidad (Rosser Jr. 1999).

A pesar de no existir una teoría completa y generalmente compartida de complejidad, podemos tomar como interpretación general la explicación dada por Herbert Simon en su obra The Architecture of Complexity

Aproximadamente, yo entiendo por sistema complejo uno compuesto de un gran número de partes que interactúan de manera no simple. En estos sistemas, el todo es más que la suma de las partes, no en un sentido último o metafísico, sino en el importante sentido pragmático de que, dadas las propiedades de las partes y las leyes de su interacción, inferir las propiedades del conjunto no es una cuestión trivial (Simon 1991, 468)

Es decir, de manera sencilla, podemos ahora definir la complejidad como una característica de un sistema en el que el todo es más que la suma de las partes.

La complejidad como movimiento, esto es, el conjunto de trabajos que se centran en estudiar sistemas como la economía de forma no simple, surge primero en matemáticas y física durante la segunda mitad del siglo XX, como una extensión de la teoría de sistemas. Nicolis y Prigogine, quienes se encuentran entre los primeros autores en formalizar la idea de complejidad, sostienen que, desde finales de siglo XIX, la teoría de complejidad ha cambiado profundamente nuestra visión de la ciencia y del mundo. Más aún, afirman que está revolucionando la ciencia, aunque a un ritmo lento, durante décadas y no de forma repentina.

La mecánica clásica representaba el mundo en equilibrio, como si fuese el mecanismo de un reloj. Este equilibrio se alcanza cuando todas las fuerzas en el sistema o mundo suman cero. Por tanto, no hay movimiento o el movimiento ocurre de tal forma que es reversible en el tiempo. En contraposición, la complejidad representa el mundo como un sistema no mecánico, que es dinámico y complicado. En él, los posibles estados de equilibrio o estables de patrones u órdenes son propiedades macro que no se corresponden con las propiedades de las partes que conforman el sistema. En consecuencia a esta nueva visión del mundo: “todas las ciencias se están volviendo más procesales, más algorítmicas, más Turingistas; y menos basadas en ecuaciones, menos continuas, menos newtonianas, que antes” (Arthur 2015, 25). Esto mismo ha ocurrido en la economía, con un paralelismo asombroso a la evolución de la física.

Antes de nada, hay que tener en cuenta que las revoluciones en la historia de la economía han seguido a las revoluciones en la historia de las matemáticas, tal y como sostiene Roy Weintraub (2002). Así sucedió con la economía neoclásica, que es la que hoy consideramos paradigmática en economía. Esta surgió a finales de siglo XIX como una adaptación metafórica de las matemáticas empleadas en la física mecánica de mediados de ese mismo siglo (Mirowski 1991). En ese sentido, muchos conceptos económicos se definieron por analogía o paralelismo a conceptos de la física mecánica. Como resultado, la ciencia económica se centró en el estudio del equilibrio, de la economía como sistema mecánico donde las relaciones entre variables son funcionales al estar expresadas mediante ecuaciones, mediante matemática algebraica.

La economía de complejidad apareció a finales de los años 80, en el encuentro organizado en el Santa Fe Institute por el físico Philip W. Anderson, premio Nobel de Física, y el economista Keneth Arrow, premio Nobel de Economía. Allí reunieron a diez físicos y diez economistas para estudiar cómo la economía podía beneficiarse de los últimos avances en física, biología y ciencias computacionales, con lo conocido como teoría de complejidad. De este modo, la teoría de complejidad aplicada a la economía venía a superar los supuestos mecanicistas e irrealistas del paradigma neoclásico, por lo que los economistas de Santa Fe decidieron emprender un nuevo programa de investigación titulado “The Economy as an Evolving Complex System”, en español: la Economía como un Sistema Complejo Evolutivo.

Complejidad y economía neoclásica

Las diferencias entre la economía de complejidad y la neoclásica no se limitan a los fundamentos, a saber, que una teoría es no mecanicista y la otra sí, sino que también están presentes en muchas de las suposiciones teóricas de la economía. Brian Arthur las recoge resumidamente en uno de sus últimos artículos (Arthur 2021)

El hecho de procurar la formalización de la teoría económica a través de las matemáticas hizo que los economistas neoclásicos tuvieran que asumir una serie de hipótesis que muchos tachan de irrealistas, con tal de que la economía pudiera representarse de forma elegante. Los supuestos más comunes de la economía neoclásica son, según Brian Arthur: – Racionalidad perfecta: los agentes afrontan siempre problemas bien definidos, a los que aplican una lógica racional. Cuentan con información suficiente que emplean para optimizar utilidad. – Agentes representativos: poca heterogeneidad entre agentes económicos. Se toma un tipo ideal, conocido como homo economicus, o un pequeño número de agentes representativos. – Conocimiento común: en un grupo de agentes, todos tienen conocimiento sobre un evento económico, todos saben que el resto también lo tiene y todos saben que los otros también saben esto último. – Equilibrio: el resultado agregado o macroeconómico es consistente con el comportamiento individual de los agentes. Las variables económicas se encuentran en equilibrio, en mutua determinación.

Al estar influida por la física mecánica, por el paradigma previo al de complejidad en ciencias naturales, la teoría neoclásica también concibe la economía como una máquina exacta, como el funcionamiento de un reloj, cuyas variables se encuentran siempre en equilibrio. Y aunque este enfoque ha funcionado y ha permitido descubrir conocimiento valioso para la ciencia económica, también presenta serias limitaciones. En esencia, la idea de equilibrio deja fuera la creación de nuevos productos, nuevos mercados, instituciones, estrategias o eventos novedosos. La evolución, creatividad, formación, emergencia o cambio caben difícilmente en la economía estándar. Y, como es evidente, no incluir esos conceptos implica alejarse de la realidad, del funcionamiento del mundo. Por esta razón, muchos consideran que la economía neoclásica se fundamenta en supuestos tremendamente irrealistas. 

Como es relativamente evidente, los agentes económicos no son perfectamente racionales u optimizadores, ni tampoco tienen información perfecta y, en la mayoría deocasiones, tampoco completa. Por supuesto, tampoco es realista asumir la existencia de uno o unos pocos agentes representativos como el homo economicus. Ni los individuos son siempre optimizadores, ni tampoco actúan siempre de la misma manera, de forma homogénea. Por ello, la economía de complejidad parte de las ideas de racionalidad limitada (bounded rationality) y heterogeneidad entre los agentes. Del mismo modo, la idea de incertidumbre es retomada por el paradigma de complejidad, en contraposición a la idea de información completa y perfecta del paradigma neoclásico. 

Sin embargo, sobre todos estos fundamentos analizados hasta ahora destaca otra idea que es central a la hora de comparar la economía de complejidad con la economía neoclásica. Hablamos del concepto de equilibrio. Frente a la noción de equilibrio, la economía de complejidad resalta el dinamismo y el elemento temporal en la economía; destaca los procesos emergentes y autoorganizados que se dan día tras día en la sociedad, y que los modelos de equilibrio no son capaces de capturar.

Complejidad y Escuela Austriaca

En anteriores artículos ya mencionamos las similitudes entre la Escuela Austriaca y la teoría de complejidad. Ahora que hemos desarrollado un poco más los pilares de la teoría de complejidad y sus diferencias con la economía neoclásica, vemos con mayor claridad todas las conexiones que la primera puede tener con la Escuela Austriaca. Cualquiera que conozca la teoría austriaca sabrá reconocer que esta también se opone al concepto de equilibrio, apuesta por la microeconomía, resalta nuestra limitada capacidad cognitiva, hace hincapié en la innegable condición de la incertidumbre y rechaza el mecanicismo en economía. Basta con saber que Menger es considerado precursor de la complejidad y Hayek un teórico de complejidad como tal. Las palabras de Brian Arthur lo dicen todo: “nada más publicar las primeras investigaciones sobre complejidad económica desde el Santa Fe Institute, empezamos a recibir cartas de todas partes del país diciendo que lo más que habíamos hecho era simplemente redescubrir la economía austriaca. Y, efectivamente, después de haber leído a Mises y Hayek, puedo decir que eso era esencialmente cierto” (Tucker 1996)

Por tanto, podemos decir que existe una ventana de oportunidad para los austriacos en el caso de que la complejidad se convierta en teoría dominante. No creo que fuese inteligente desaprovechar la oportunidad. ¿Qué implica esto? Estar abiertos a teorías y propuestas que vengan de fuera de la Escuela Austriaca, a otras ideas o métodos, como por ejemplo los agent-based models. Y, cuidado: no es necesario abandonar ningún principio esencial. Al revés, hemos de usar unos fundamentos metodológicos desarrollados y completos para poder analizar y juzgar cualquier innovación que aparezca como potencialmente adoptable. De esta manera, la posibilidad de que la Escuela Austriaca vuelva al mainstream económico se hará mucho más real. 

Referencias

Arthur, W. Brian. 2015. “Complexity Economics: A Different Framework for Economic Thought.” In Complexity and the Economy, edited by W. Brian Arthur, 1–29. New York: Oxford University Press.

———. 2021. “Foundations of Complexity Economics.” Nature Reviews Physics 3 (2): 136–45. https://doi.org/10.1038/s42254-020-00273-3.

Colander, David, Richard Holt, and Barkley Rosser Jr. 2004. “The Changing Face of Mainstream Economics.” Review of Political Economy 16 (4): 485–99. https://doi.org/10.1080/0953825042000256702.

Holt, Richard P.F., J. Barkley Rosser Jr., and David Colander. 2011. “The Complexity Era in Economics.” Review of Political Economy 23 (3): 357–69. https://doi.org/10.1080/09538259.2011.583820.

Mirowski, Philip. 1991. “The When, the How and the Why of Mathematical Expression in the History of Economic Analysis.” Journal of Economic Perspectives 5 (1): 145–57. https://doi.org/10.1257/jep.5.1.145.

Rosser Jr., J. Barkley. 1999. “On the Complexities of Complex Economic Dynamics.” Journal of Economic Perspectives 13 (4): 169–92. https://doi.org/10.1257/jep.13.4.169.

Simon, Herbert A. 1991. “The Architecture of Complexity.” In Facets of Systems Science, 7:457–76. Boston, MA: Springer. https://doi.org/10.1007/978-1-4899-0718-9_31.

Tucker, William. 1996. “Complex Questions: The New Science of Spontaneous Order.” Reason, January 1996. https://www.thefreelibrary.com/Complex+questions%3A+the+new+science+of+spontaneous+order-a017779895.

Weintraub, E. Roy. 2002. How Economics Became a Mathematical Science. Durham: Duke University Press.

Teoría cuantitativa del dinero

En este articulo expondré las bases de la visión monetarista centrándome en los siguientes cuatro puntos:

• Los agregados monetarios: Qué miden y cuál es el mejor para medir la cantidad de dinero

• La falacia del multiplicador monetario• Circulación industrial y financiera

• El efecto real del balance1. Los agregados monetarios

Los bancos centrales clasifican y agrupan los diferentes activos financieros líquidos que puedan considerarse que cumplen una función monetaria. En la Eurozona podemos agruparlos de cuatro maneras diferentes:

– BM: Base monetaria, activos o pasivos del banco central formados por billetes y monedas en circulación mas las reservas que los bancos comerciales tienen depositados en dicho banco central. Estas reservas pueden ser obligatorias, dictadas respectivamente por el coeficiente de reserva; o excedentarias, reservas extra que el banco comercial decide depositar en el banco central por encima de las requeridas legalmente.

– M1: Monedas y billetes en circulación más los depósitos a la vista en los bancos comerciales.

M2: M1 más depósitos a plazo hasta dos años y depósitos rescatables con preaviso de hasta tres meses.

– M3: M2 más repos (repurchase agreement), participaciones en fondos del mercado monetario y títulos de deuda con vencimiento de hasta dos años.

Sabiendo ya que diferentes agregados monetarios existen surge la pregunta: ¿Cuál de estas tres cantidades es más apropiada para utilizar como referencia de la cantidad de dinero que circula en la economía?

La base monetaria no es una buena referencia de la cantidad de dinero porque sólo tiene en cuenta el dinero creado por el banco central mientras que la mayor parte de todo el dinero es creado por los bancos comerciales al momento de conceder nuevos préstamos como ya expliqué en un artículo anterior

Para el caso de M1, como M2 también incluye los componentes del agregado monetario M1 y, además, M2 añade componentes a plazo mientras que los componentes de M1 son componentes a la vista, los cambios en M1 puede no representar los cambios en la cantidad de dinero,sino que su cambio puede deberse al movimiento entre los diferentes componentes. Lo mismo ocurre con M2, como los componentes del agregado monetario M2 también están incluidos en M3 y, además, M3 añade otros componentes diferentes, las variaciones de M2 tampoco representan las variaciones de la cantidad de dinero, sino que su cambio puede deberse al movimiento entre los diferentes componentes que lo componen. Así, M3 al ser el agregado monetario más amplio del cual el banco central recoge estadísticas, es el mas representativo y cercano a la realidad en la estimación de la cantidad de dinero total que circula en la economía.

2. La falacia del multiplicador monetario

El concepto de multiplicador monetario asume que la ratio entre el dinero en sentido amplio, M3, y la cantidad de reservas que los bancos comerciales depositan en el banco central es constante. Es decir, el banco central es capaz de controlar la cantidad de dinero que crean los bancos comerciales simplemente ajustando el coeficiente de reserva legal. Sin embargo, esto no es cierto. Como he comentado antes, la mayor parte del dinero es creado por los bancos comerciales, no por el banco central, y son estos bancos comerciales los que en ultima instancia deciden en que cantidad se quieren endeudar y crear dinero. Actualmente los bancos comerciales tienen enormes excesos de reservas depositados en el BCE produciendo un descenso nunca visto en el multiplicador monetario.

3. Circulación industrial y circulación financiera

Existen dos circuitos diferentes por los que el dinero puede circular: el industrial y el financiero. El circuito industrial corresponde al modelo habitual del flujo circular de la renta que se manifiesta en la conocida expresión keynesiana PIB=C+I+G+X-M y se centra exclusivamente en la producción y la renta derivada de esta. Sin embargo, este modelo keynesiano no tiene en cuenta en absoluto el sistema bancario y financiero del cual forma parte todos los intercambios de activos reales y financieros. Además, en una economía moderna, el valor de todas las transacciones (de activos reales y financieros) puede superar en varias decenas el valor del PIB. Estos dos circuitos no están aislados el uno del otro, por ello, una pequeña fluctuación del flujo financiero hacia el flujo industrial puede producir un impacto mas que proporcional en la circulación industrial con los efectos que eso pudiese tener en la renta familiar.

Un simple ejemplo: Un inversor quiere vender una acción que posee. Alguien le compra dicha acción. El inversor, en vez de decidir invertir en otro activo diferente, decide irse de vacaciones y gastarse ese dinero que ha conseguido. Este es un ejemplo sencillo de cómo una cantidad de dinero que al principio estaba fluyendo en el circuito financiero se ha filtrado a la circulación industrial. Por ello, las variaciones de dinero pueden distorsionar los precios primero de los activos reales y financieros y posteriormente, en consecuencia, filtrarse a los precios de los productos, servicios y salarios generando inflación.

4. El efecto real del balance

Supongamos que inyectamos una cantidad extra de dinero en una economía y que en el transcurso de este experimento mental no se produce un aumento de la producción real. El agente que reciba el nuevo dinero verá que tiene más dinero en proporción a su renta y riqueza. Por ello, tenderá a gastar ese exceso de dinero en bienes y servicios. El nuevo receptor de ese dinero le ocurrirá lo mismo por lo que hará exactamente lo mismo que el primero. Así, poco a poco el nuevo dinero en circulación producirá un paulatino aumento de los precios hasta que el aumento del dinero real sea anulado por la subida del precio de los productos y servicios. Lo que este experimento mental ejemplifica es que cada individuo mantiene en equilibrio la proporción entre la cantidad de dinero real del que dispone y de la renta y riqueza real. Esta idea se puede extender junto a los conceptos anteriores de circulación industrial y financiera para seguir el rastro de cómo un aumento en la cantidad de dinero acaba produciendo un aumento de los precios de los activos reales y financieros en un lapso de entre 6 y 9 meses después de la expansión monetaria y posteriormente acaba ocasionando un aumento de los precios de los productos y servicios (inflación) en un lapso de entre 12 y 18 meses. 

A pesar de que he sido más extenso de lo que me había imaginado en un principio (pero demasiado breve como para explicarlo en profundidad), creo que estos cuatro puntos que acabo de exponer son un buen reflejo de la visión monetarista actual que se defiende desde, por ejemplo, el Institute of International Monetary Research de la Universidad de Buckingham. Quiero agradecer al profesor Juan Castañeda por los conocimientos sobre monetarismo que he aprendido que aunque no los comparta en su totalidad, me parecen interesantes.

Milei, la opción liberal

Las recientes elecciones PASO (primarias, abiertas, simultaneas y obligatorias) en Argentina han tenido un doble efecto inesperado que ha sorprendido a una ciudadanía hastiada del un establishment incompetente y una crisis económica galopante y en crecimiento, pero también ha ratificado algunos rasgos generales que han arropado la vida pública del ese país hasta hoy.

Durante la gestión de su gobierno, Mauricio Macri demostró su incapacidad para promover unas reformas económicas serias para paliar la crisis en la que se encontraba Argentina. Las pocas medidas que su gobierno tomó en materia económica estuvieron reducidas al gradualismo, lo que no resolvió el problema en última instancia. 

Sin embargo, el retraso de aquel país no se debe a la coyuntura ni al momento político del gobierno mal llamado liberal de Macri, ni siquiera al kirchnerismo anterior a su gobierno. La crisis se debe, en primer lugar, a la rancia sombra de un peronismo arraigado en el ideario social que se refleja en la política de forma determinante. 

Las primarias, donde se votaron las listas de candidatos para el poder legislativo de cara a las elecciones del 14 de noviembre, son un reflejo previo de ambiente político que se vive y la fotografía general de la situación y los posibles resultados finales de noviembre. Eso lo demuestra la contundencia con la que el presidente argentino, Alberto Fernández, se refirió a los resultados una vez conocidos: “algo no hemos hecho bien”. Lo cierto es que el actual gobierno argentino es el reflejo de la cadencia de un sistema y una idea alrededor de la cual el pueblo argentino no ha podido escapar desde hace décadas: el tropiezo irresistible y continuo de la sociedad argentina, el peronismo.

Pero hubo otro efecto en las PASO que nadie vio venir, al menos con la contundencia con las que los resultados a su favor se revelaron. Y lo cierto es que cuando la izquierda más radical se barniza con la autoridad para poner etiquetas, uno se da cuenta que va por el camino correcto: los medios argentinos e internacionales se refirieron a Javier Milei como ‘el fenómeno de ultraderecha’, ‘el ultraliberal antisistema’, o ‘la derecha que se radicaliza con el voto militar’. Es ese fenómeno, precisamente, el que ha eclipsado con su sorpasso la derrota del kirchnerismo.

Se puede estar más o menos de acuerdo con las ideas que promueve Milei, en cierta medida en un país como Argentina, incluso, pueden ser discutibles, pero las ideas que defiende no se limitan a la demagogia inútil de la que está plagada la región latinoamericana ¿Milei es un populista? El tiempo lo dirá, pero en un país y una región plagados de populismos, uno que defienda la libertad como valor primigenio de la sociedad y el individuo y la economía de mercado como base para el crecimiento y el desarrollo, es una especie muy poco vista por esos parajes.

Pues es ese líder el que ha quedado en tercer lugar en las primarias. Con su formación sólida en economía y su experiencia profesional a Milei nadie le ha regalado nada ni se debe a los poderes económicos y mediáticos que plagan el continente. 

Milei puede ser etiquetado como un antisistema, pero es el antisistema que queremos porque defiende, en esencia, ideas y aunque la política se trata de emociones y sentimientos, es posible que ese concepto tan difícil como es la ‘libertad’ cale en el espíritu de la sociedad y que aquellas ideas tan denostadas por los propietarios de la moral -la izquierda-, que se empecinan en guiar al despeñadero a las sociedades latinoamericanas, se transformen en realidades.

Es probable que Milei no gane las próximas elecciones legislativas, pero su partido tendrá una representación importante en un Congreso desacostumbrado a verdades como templos (como en gran parte de los países del entorno), desde ahí se ocupará de desmitificar aquellas vacas sagradas que han llevado a la región al subdesarrollo: sistema de pensiones, bancos centrales, proteccionismo, tasas arancelarias, etc. Como dijo el propio Milei: “Vos podés dar mucha batalla cultural, pero si no hay una opción electoral de las ideas de la libertad es muy complicado”.

La Ilustración ha muerto. ¿Descanse en paz el liberalismo? (Y II)

Volvamos ahora a esa dolorosa pregunta que formulábamos en la primera parte del artículo: Si el programa ilustrado se ha agotado, el liberalismo, su hijo más noble, su hijo predilecto, ¿no se habrá agotado también?

Hayek recomendó a los liberales, en 1959, en un post scriptum a Los fundamentos de la libertad, el célebre Por qué no soy conservador, estudiar a los autores “reaccionarios”, es decir, a Coleridge, Bonald, De Maistre, y Donoso Cortés, entre otros, pues ellos, según el propio Hayek, “advirtieron la importancia de instituciones formadas espontáneamente tales como el lenguaje, el derecho, la moral y diversos pactos y contratos, anticipándose a tantos modernos descubrimientos, de tal suerte que habría sido de gran utilidad para los liberales estudiar cuidadosamente sus escritos”. Treinta años después, y al final de su vida, como ya se ha señalado, Hayek publicaba La fatal arrogancia, el testamento intelectual de un caballero ilustrado, agnóstico, modelo de coraje y honradez, que vino a decirnos que la razón, por sí sola, no puede revelarnos el secreto de cómo llegar a la utopía ilustrada de una sociedad armónica, en paz y en constante progreso. Y, probablemente, ese es el límite máximo hasta donde se puede llegar desde una perspectiva antropológica basada en los lemas ilustrados.

En este sentido, no es en modo alguno casual que Occidente, tras la II Guerra Mundial, haya sido incapaz de extender su modelo de sociedad y su influencia cultural más allá de las fronteras definidas tras la I Guerra Mundial. Antes al contrario, la hegemonía cultural, política y científica de Occidente, primero la europea, y después la norteamericana, han ido retrocediendo paulatinamente en todo el mundo. La Guerra de Corea y, sobre todo, la Guerra de Vietnam, marcan el declive del atractivo del modo de vida occidental. Esto se ve, aún con mayor claridad, en los conflictos que han tenido lugar desde la caída del Muro de Berlín hasta nuestros días: Irán, Irak, Somalia, la Primavera Árabe y Afganistán son claros ejemplos del fracaso de Occidente a la hora de extender su influencia, a pesar de la ausencia del poderoso archienemigo soviético. Incluso Turquía, un país creado ex novo por Kemal Ataturk sobre la base de las recetas ilustradas, el más occidental de los países musulmanes, comienza a rechazar la influencia occidental.

En pocas palabras, Occidente todavía conserva la potestas, en forma de aparato tecnológico-militar; sin embargo, carece ya de la auctoritas que le permitió al General MacArthur incorporar plenamente a Occidente al Japón, a Taiwan, y a Corea del Sur. Buena prueba de ello es el precipitado abandono de Afganistán, entre la cobardía, la impotencia y el ridículo, tras veinte años de estéril tutela occidental, precedidos de otros quince años no menos estériles de tutela soviética, la otra cara, la menos amable, del programa ilustrado. Con el amargo precedente, por cierto, del abandono de Irán en 1978. Y no sólo carece Occidente de la auctoritas, incluso carece de la voluntad o el anhelo de tenerla o de recuperarla.

En el registro histórico hay una constante universal fácilmente verificable: las sociedades, las culturas y las civilizaciones se construyen sobre la base de mitos (en el sentido religioso-filosófico del término) y revelaciones de origen trascendente, reales o presuntas. Esos mitos o revelaciones tienen una base antropológica, es decir, tratan de dar respuesta a las preguntas fundamentales que todo hombre se formula en algún momento de su vida: ¿quiénes somos?, ¿qué somos?, ¿de dónde venimos?, ¿cuál es nuestro destino?, ¿cómo debemos relacionarnos con nuestros semejantes?, ¿cómo distinguir lo bueno de lo malo?, ¿cuáles son las causas del mal? El último que intentó dar una respuesta coherente y sistemática a esas preguntas fue, precisamente Kant. E intentó hacerlo prescindiendo, precisamente, de cualquier referencia a lo trascendente o a todo aquello que no pudiera ser demostrado racionalmente.

Consecuentemente, la civilización occidental, desde la Ilustración y la Revolución Francesa y, especialmente, después del horror de las dos guerras mundiales, ha renunciado a dar otra respuesta a estas preguntas que no sea la del hedonismo epicúreo clásico: carpe diem, la muerte no nos concierne, perseguir el placer y evitar el dolor, maximizar las posibilidades de progreso y bienestar material de tal forma que cada cual pueda buscar la felicidad libremente, a su manera, en la falaz creencia de que la “mano invisible” acabará introduciendo, lenta y pacíficamente, un nuevo orden de libertad, armonía y progreso. O incluso más allá, como E. M. Cioran expresa con total coherencia en Del inconveniente de haber nacido, rechazando la existencia como fuente de dolor: de ahí la popularidad del budismo en un Occidente cansado de logros materiales y de cruentas luchas por el dominio, y hambriento de logros espirituales.

Esta es la primera vez en la Historia que una civilización, la nacida de la Ilustración, en sus postrimerías, trata de fundamentarse en un mito completamente ajeno a cualquier idea trascendente: el mito de que nada hay más allá de la materia, el mito de que las cosas son la medida de todo hombre, de que todo lo que cabe esperar en esta vida es cierto grado de bienestar material, y que de no obtenerlo, la vida es un fracaso. Un lúgubre y destructivo mito incompatible con la naturaleza humana, que excita sus peores vicios y que impide aflorar sus mejores cualidades.

Jesucristo les advirtió a los Apóstoles “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? El programa ilustrado permitió al hombre ganar el mundo… pero por el camino, Occidente ha perdido su alma, su autoridad y su influencia. Y sin auctoritas, la potestas no puede sobrevivir durante mucho tiempo.

Por eso hoy, el liberalismo, el hijo más noble de la Ilustración, no podrá sobrevivir mucho tiempo a la defunción de su madre sin reconocer como su auténtico padre al Cristianismo, esto es, sin reconocer el origen trascendente de todos sus postulados antropológicos: la igualdad de todos los hombres que se deriva de ser todos hijos de un mismo Dios, de donde se deriva, a su vez, el deber de amar al prójimo como a uno mismo, así como la fe en la recompensa de los buenos actos y el castigo de los actos perversos. “No os afanéis, pues, diciendo: ¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué vestiremos? Porque los gentiles buscan todas estas cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas. Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”. Esa es la auténtica “mano invisible”, la de la Providencia.

Salario mínimo, pobreza máxima

El filósofo Frédéric Bastiat, en su obra Lo que se ve y lo que no se ve (1850), habla de que las políticas públicas buscan un objetivo. El establecimiento y continuo aumento, del conocido como salario mínimo, es la medida estrella de los autodenominados defensores de los indefensos, a la hora de luchar contra la pobreza y la desigualdad. Y por mucho que se haya mostrado y demostrado una y otra vez (véanse los distintos estudios del Banco de España), que esta medida no solo no consigue los objetivos buscados, sino más bien todo lo contrario. Seguimos empeñados en ello, ya que siempre acabamos poniendo el foco en el fin que busca una política, en vez de en lo que realmente ocurre cuando esta se lleva a cabo.

Y es que los salarios no los marca un gobierno a base de decretos, sino la oferta y la demanda del mercado de trabajo, así como el valor añadido que aporta el trabajo de cada trabajador. Es por esto último, por lo que la subida del salario mínimo siempre fracasa y acaba condenando a los más débiles. 

El salario mínimo no afecta a tu amiga la ingeniera o a tu primo el abogado, el valor añadido del trabajo de estos trabajadores cualificados, es mucho más alto que el salario mínimo, por eso cobran mucho más que este y ni se enteran a que nivel está. Es a los menos cualificados, el típico amigo que dejó los estudios porque en ese momento no tenía la cabeza para ellos o por algún problema personal o por lo que sea, cuyo valor añadido de su trabajo es bajo, a quien estas subidas continuas, expulsa del mercado de trabajo y deja sin futuro.

Ejemplifiquémoslo con números: Imaginemos ese amigo sin estudios, sin experiencia laboral, joven, que pretende encontrar trabajo. El valor añadido de su trabajo será bajo, pongamos 750€, eso es lo que aporta a la empresa que le contrate. Con un salario mínimo superior a esa cifra, ninguna empresa le contrataría jamás, puesto que ¿Qué empresa contrataría a perdidas? Se quedaría en su casa, fuera del mercado laboral y totalmente estancado. En cambio, permitiendo un salario inferior, acordándolo en libertad ambas partes, nuestro protagonista podría trabajar, aprender un oficio, haciendo que el valor añadido de su trabajo creciese gracias a esa experiencia. Y en un futuro no muy lejano, podría o bien pedir un aumento, o buscar trabajo en otra empresa, ya con otras condiciones salariales, ya que sus condiciones profesionales habrían mejorado sensiblemente.

Dejando a un lado las cifras, simplemente debemos reflexionar. Si todo lo anterior se diese, ¿qué legitimidad moral tiene un gobierno, para impedir que ambas partes lleguen a un acuerdo de trabajo que satisface a ambos? Ninguno. ¿Por qué hay que consentir que el gobierno impida acuerdos libremente establecidos por los individuos?

Algunos de los defensores de esta popular medida, el salario mínimo, argumentan que trabajar por menos de lo que ellos marcan es “indigno”, pero paradójicamente, también defienden subsidios como el de desempleo, menores a esa cantidad. ¿Por qué es digno vivir sin trabajar, de un subsidio de 700€, pero no lo es trabajar por esa misma cantidad? 

Además, ¿quién marca lo que es indigno? Cada persona debería elegir, a partir de que cifra considera que un trabajo es digno o indigno y rechazar todos los trabajos que quedasen por debajo se esta cifra. Con esto obtendríamos nuestro salario mínimo personal (SMP) muchísimo más justo y legítimo, que el actual salario mínimo interprofesional (SMI).

Otros defensores de estas posturas colectivistas trabajan los sentimientos. Con frases como “¿Qué familia vive con 700€ al mes?”, un argumento falaz, puesto que un salario por debajo del salario mínimo actual no tendría como objetivo que la gente viviese de él, algo prácticamente imposible, sino que muchas personas accediesen al mercado de trabajo, poniendo así la primera piedra, para sí poder conseguir un empleo con un salario que les permitiese vivir cómodamente.

A esto hay que añadir que, en muchas ocasiones, son estudiantes los que al mismo tiempo que van a clase, sacan algunas horas para realizar algún trabajo poco cualificado (en los que el SMI causa estragos) y cuyo objetivo no es vivir de ello, sino afrontar un poco más cómodamente su periodo estudiantil.

En definitiva, pese a que no pongamos en duda su buena intencionalidad, las continuas subidas del salario mínimo no tienen justificación alguna, ni moralmente, ni mucho menos por las consecuencias que acarrea, como hemos visto, desastrosas para los que en teoría pretende ayudar.

Referencias: