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Desmontando el Artículo 31.1 de la Constitución Española

El pasado 3 de junio del presente año, durante el XIV Congreso de Economía Austriaca organizado por el Instituto Juan de Mariana en las dependencias de la sede de Madrid de la Universidad Francisco Marroquín, he tenido la fortuna de defender una ponencia que llevaba por título el mismo que el presente artículo, que es una versión reducida de aquélla.

En primera instancia transcribamos el artículo objeto de estudio,

Artículo 31.1. Todos contribuirán al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio

Y una vez transcrito, pasemos someramente a su análisis por medio de su división,

“Todos contribuirán al sostenimiento…”

¿‘Todos’, de verdad? Siguiendo a Murray N. Rothbard podemos señalar que en la sociedad nos encontramos con dos grupos de personas, las que se resultan perjudicadas por los impuestos, frente a otras que resultan beneficiadas; y dentro de estos últimos nos podemos encontrar a los que Rothbard califica como ‘beneficiarios absolutos’, (como los políticos y los funcionarios), frente a los ‘beneficiarios parciales’, (donde se encontrarían los subvencionados). De lo señalado por Rothbard parece discutible que se pueda señalar que ‘todos’ contribuyen al sostenimiento de los gastos públicos, más bien parecería que hay contribuyentes frente a consumidores de impuestos.

“…de los gastos públicos…”

Para que se puedan acometer gastos, previamente deben producirse ingresos, y una de las forma que tiene la administración para obtener fondos, es por vía impositiva. Una vez que disponga de fondos, la administración podrá destinarlos a realizar sus ‘funciones’. Funciones que por otra parte, podrían ser objeto de un largo y acalorado debate, nosotros por nuestra parte nos limitaremos a manifestar nuestra opinión trayendo a colación las siguientes palabras de David Friedman, “no existen funciones inherentes al gobierno… …Todo lo que el gobierno hace puede clasificarse en dos categorías: aquello de lo que podemos prescindir hoy y aquello de lo que esperamos poder prescindir mañana”.

Dejando a un lado la cuestión de las posibles funciones del gobierno, y volviendo a la cuestión de los gastos públicos, cabe señalar siguiendo al autor de La riqueza de las naciones (1776), Adam Smith, que, “…donde existe como mínimo la sospecha generalizada de que hay muchos gastos innecesarios y un pésimo empleo de los ingresos públicos, las leyes que los guardan son poco respetadas”.

Gastos públicos que, como bien sabemos, no dejan de crecer como consecuencia del aumento del denominado estado del bienestar y del poder del Estado.

“…de acuerdo con su capacidad económica…”

Determinar la capacidad económica de los contribuyentes no deja de ser una medida totalmente arbitraria y de difícil determinación, volvemos a traer a colación a Adam Smith, aunque en este caso para disentir, respetuosamente con él, respecto a su concepción de ‘capacidad’, dado que el famoso escocés sostenía que, “los súbditos de cualquier estado deben contribuir al sostenimiento del gobierno en la medida de lo posible en proporción a sus respectivas capacidades; es decir, en proporción al ingreso del que respectivamente disfrutan bajo la protección del Estado”. Queremos recalcar que la capacidad económica no tiene por qué coincidir con la proporción de los ingresos, una persona ‘A’ puede ganar X u.m., y otra persona ‘B’ puede ganar el doble de u.m., pero puede tener determinadas cargas familiares que le imposibilitaran contribuir siquiera en la misma forma que ‘A’.

Buscar una equivalencia en los sacrificios a los que cada contribuyente debiere someterse no deja de ser, a nuestro parecer, una quimera de irresoluble solución.

“…mediante un sistema tributario justo…”

 Antes de pasar a ver si cabe la posibilidad de que un sistema tributario sea justo, debemos señalar qué entendemos por justicia, y nada mejor que recurrir al gran jurisconsulto romano Ulpiano que definía la justicia como “la perpetua y constante voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde”.

El problema es que una vez que nace el Estado, es imposible seguir el precepto de justicia de Ulpiano dado que, como señala el profesor César Martínez Meseguer, “el Estado se atribuye el derecho supremo a dar a cada uno lo que el mismo califica arbitrariamente como justo”.

Si trasladamos nuestra casuística a la operativa del mercado, vemos que la única forma de que algo pueda considerarse como ‘justo’, será mediante el establecimiento de precios de mercado, que serán aquellos que se determinen por la interacción voluntaria de los participantes en el intercambio, que en caso de establecerse, dicho precio satisfará las necesidades de ambas partes, considerando las dos que salen beneficiadas con el intercambio, puesto que si fuere de otra forma, el intercambio no tendría lugar.

El problema que sucede con la fiscalidad es que como subraya Rothbard, es injusta desde su inicio, y, por tanto, ninguna asignación posible de sus cargas podrá llegarse a considerar como justa.

“…inspirado en los principios de igualdad y progresividad…”

Respecto al principio de igualdad, en primera instancia, se habría que verificar si el tratamiento a imponer sería justo, dado que, si no lo fuere, que se implantare a todos los ciudadanos no constituirá ideal de justicia alguno.

Si se quisiera tratar a todos por igual entiendo que el único método correcto sería el establecimiento de un impuesto único de encabezamiento, que consiste en imponer a todos el pago de una misma cuota (como a los miembros de un club) de igual forma, que con independencia del dinero que tengamos cada uno, una barra de pan si la compramos en el mismo sitio nos costará el mismo dinero que a cualquier otro; entiendo que la igualdad se conseguiría de esa forma, en caso contrario, a lo más que se puede aspirar es a “tratar igual a los iguales y desigual a los desiguales”.

Y, en cuanto al principio de progresividad en la fiscalidad, que podemos entenderlo como aquella medida que consiste en imponer un tramo superior a aquellas personas que ganen más, quisiera recalcar que hay que considerarlo como un castigo progresivo a la eficiencia, que actúa como una multa al mérito en el mercado.

En conclusión, en función de lo expuesto, no estamos muy seguros que la igualdad, o la progresividad, debieren ser principios que pudiéremos considerar como ‘justos’ a la hora de hablar fiscalidad impositiva.

“…que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”.

Según el Diccionario de la Real Academia Española de la lengua, el acto de confiscar consiste en una “pena o sanción consistente en la apropiación por el Estado de la totalidad del patrimonio de un sujeto”. 

Desconozco si el legislador español al señalar que la fiscalidad no tiene alcance confiscatorio querría señalar que mientras no nos arrebaten el cien por cien (100%) del patrimonio, no puede considerarse como acto confiscatorio. Por su parte, la Enciclopedia Británica tiene la deferencia de no especificar la cantidad que tienen que sustraerte contra tu voluntad para considerarlo un acto confiscatorio, ya que la define como, “act of appropriating private property for state or sovereign use” (acto de apropiación de propiedad privada para uso estatal o soberano).

Y es que la tributación se ha llegado a convertir en todo un ‘arte’, que no es reciente, sino que viene de lejos, Jean Baptiste Colbert, estadista francés del siglo XVII, decía que el arte de la tributación consistía en “desplumar al ganso para obtener la mayor cantidad de plumas con el menor número posible de graznidos”.

En conclusión, 

Hemos intentado demostrar que no ‘todos’ los ciudadanos contribuyen al sostenimiento de los gastos públicos.

Respecto al ‘sostenimiento de los gastos públicos’, en primera instancia habrá que determinar lo que hay que ‘sostener’, y una vez determinado qué funciones tienen que ser desempeñadas por el Estado, (muchas, pocas o ninguna), habría que asignar la partida correspondiente, única y exclusivamente para el desarrollo de dichas funciones atribuidas.

En cuanto a la cuestión de la ‘capacidad económica’, nos encontramos ante la tesitura de que no hay forma de establecer dicho principio, o nos encontraríamos ante la casuística de que habría que pagar en función del dinero que cada uno tuviere. Con lo que no habría razón para esforzarse y trabajar duro para ganar más dinero.

Hemos señalado que establecer ‘un sistema tributario justo’ es una quimera, dado que una vez que el estado se atribuyó la prerrogativa de quitar a cada uno lo que considera oportuno para dárselos a otros de forma arbitraria, hablar de justicia es algo cuanto menos contradictorio.

En relación con el ‘principio de igualdad’, antes de buscar la igualdad de tratamiento, habrá que dirimir si lo que se pretende que rija de manera uniforme puede ser considerado como justo, que expuesto lo que antecede, parece ser de difícil cumplimiento.

El asunto de la progresividad en materia tributaria ya hemos dicho que es un ‘castigo progresivo a la eficiencia’, que reduce el incentivo para trabajar y ganar dinero.

Y respecto a la cuestión de la ‘confiscatoriedad’ lo realmente importante como señaló Murray Rothbard, sería determinar la cantidad total que una persona contra su voluntad se ve obligada a entregar al Estado, que no deja de ser otra cosa que una institución destructiva para la creación de riquezas, salvo para quienes ostentan el poder, claro está.

Referencias

Friedman, David (2012) [1973]. La maquinaria de la libertad. Editorial Innisfree.

Martínez Meseguer, César (2015) [2006]. La teoría evolutiva de las instituciones. Madrid: Unión Editorial.

Rothbard, Murray N. (2015) [1970]. Poder y Mercado. Madrid: Unión Editorial.

⎯⎯. “El Impuesto al Consumo: una crítica” en Review of Austrian Economics. Volumen 7, Nº 2, pp. 75-90.

Smith, Adam. (2011) [1776]. La riqueza de las naciones. Madrid: Alianza Editorial.

La teoría del valor-trabajo de Marx

Mi escrito de hoy está estrechamente vinculado a la XVI edición de la Universidad de Verano del IJM, en ella se trataron una retahíla de temas a cada cual más interesante. Los conferenciantes aportaron cuestiones sugerentes que sin duda no pasaron desapercibidas para la mayoría de los allí presentes. En mi caso, llevaba tiempo tanteando la posibilidad de escribir sobre Marx, especialmente sobre su teoría del valor. El casus belli fue la intervención de Francisco Capella. En un momento determinado dijo algo como “yo no he leído el Capital de Marx”, por ende, en este artículo se plantea la incipiente necesidad de conocer “al otro” habida cuenta de la importancia que ha tenido y que tiene la figura del pensador de Tréveris en países como China.

Sea como fuere, la cuestión de fondo es precisamente conocer los planteamientos marxianos que son conditio sine qua non para entender a sus émulos. Del pensador alemán se han escrito ríos de tinta tanto a favor como en contra, Lionel Robbins dijo lo siguiente sobre él, “Marx, I ought to say, whether you agree with him or disagree with him, was probably the best historian of economic thought of his time, although I personally think—and this is a value judgement—that Marx was frightfully unfair to some of the people he criticised” (Robbins 1998, 235). Robbins no es nada sospechoso de ser un recalcitrante bolchevique, todo lo contrario, aún así, de sus palabras se desprende un halo de admiración y espíritu crítico.

Para empezar a lidiar con autores que piensan diametralmente lo contrario que pensamos nosotros, es importante no subestimarlos. ¿Quién puede dudar de la erudición de Lenin, del carácter visionario de Keynes o del talento literario de Sartre? O del excelso conocimiento de Chomsky especialmente en cuanto a lingüística se refiere. Para extrapolarlo un poco con el presente y con el ascenso (y declive) de Podemos, el politólogo conservador Rubén Herrero de Castro dijo lo siguiente en una tertulia de 13TV, “os puedo decir que la formación Podemos […], son gente extremadamente bien preparada, que tienen un proyecto político y que saben lo que quieren y dónde van”. Ergo, es urgente dejar de caricaturizar “al otro” y articular un consenso de mínimos para dar la batalla cultural.

La atracción de la intelligentsia con el marxismo y sus diversas variantes colectivistas ha sido constante en las facultades de letras desde hace décadas. Aron a mitad de los años 50s, comentó que se trataba del “opio de los intelectuales” [1], y desgranó algunos de los mitos que aún a día de hoy restan presentes en la cosmovisión del marco teórico marxiano. En cualquier caso, si no se conoce la obra y legado de Marx, difícilmente podrá realizarse un análisis detallado de la escuela de pensadores que ha legado hasta la actualidad.

A mi juicio, para atacar al marxismo no hay que recurrir a la figura del fundador ni usar falacias ad hominem. Es aconsejable buscar el vídeo donde Escohotado habla sobre Marx. Por mucha razón que tenga sobre las cuestiones relativas a la plusvalía, se desprende un odio mesiánico contra su figura. Esto sería el equivalente de atacar a Locke por haber sido accionista de la Royal African Company, secretario del Council of Trade and Plantations (1673-74), por sus escritos sobre los indios americanos, y por cosas como las que postula Losurdo, “Locke è l’ultimo grande filosofo a cercare di giustificare la schiavitù assoluta e perpetua” (Losurdo 2005, 45), etc.

Siguiendo con el tema que nos atañe, veo con reticencias un espectro del liberalismo que me genera bastantes suspicacias: el desdén que hay sobre cuestiones culturales/históricas. El caso de Marx es paradigmático, ¿para qué leer a un autor en cuyo nombre han fracasado todos los regímenes políticos-económicos que se han implementado?, es más rápido y pragmático leer a Mises y su libro Socialismo. ¿Para qué preocuparse por cuestiones como la experiencia socialista de la URSS?, al fin y al cabo, cayó hace treinta años. Estos son algunos ejemplos, pero hay muchos otros. ¿Hay alguien que dentro del liberalismo español se dedique a analizar obras de arte con dicha perspectiva? Nuccio Ordine en su famoso manifiesto dice lo siguiente, “Sólo el saber puede desafiar una vez más las leyes del mercado” (Ordine 2013, 16). El liberal sumergido en cuestiones económicas (y utilitarias) no tiene tiempo para tales nimiedades, pero son precisamente estas las que provocan un antagonismo cada vez mayor entre el capitalismo y el mainstream intelectual y popular.

Así pues, la cuestión del marxismo y sus presuntas erratas económicas se nos abren como su talón de Aquiles. Sin duda, estos yerros se encuentran en su magnus opus, El Capital, Volumen I (1867), concretamente en su teoría del valor-trabajo. Grosso modo lo que postula el autor es que el valor de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo socialmente necesario[2] para producirla. Se deduce de aquí lo siguiente: de los factores de producción, Marx pone en el centro el trabajo humano. Ergo, el trabajador es el que crea el valor y el capitalista el que se lo queda mediante la plusvalía, todo esto lo vincula con su teoría de la explotación. Luego las mercancías se intercambian por equivalentes de valor, es decir, dos unidades que tengan intrínsecamente un tiempo de trabajo similar, podrán ser intercambiadas por el mismo valor de cambio (precio).

El enfoque de la teoría valor-trabajo es una apropiación de lo esencial del enfoque ricardiano en cuanto al trabajo incorporado, a pesar de que Marx refina el argumento. El de Tréveris introdujo, además, otra restricción a su análisis del valor: la producción para el cambio. Se trataba de un prerrequisito del propio valor, de acuerdo con Barber, “Las formas precapitalistas podían producir bienes, pero según las definiciones marxistas no podían producir ni mercancías ni valor” (Barber 1971, 139). Estos condicionantes mencionados, si eran añadidos, afectaban a los valores de cambio, los cuales, estaban determinados por el trabajo incorporado y socialmente necesario para la producción de los bienes.

A parte del historicismo que desprende la teoría de Marx, su concepción de la Historia es que cualquier estructura social requiere una forma de producción y distribución específica, según él, el valor en la forma de producción capitalista se expresa mediante la dimensión monetaria. En las economías capitalistas, las cosas no se intercambian en los mercados en términos de valor, sino que son producidas como valor en sí mismas.

El Capital es un texto clave para la crítica materialista. Se producen mercancías para vender (cosa característica del capitalismo), entonces, para el productor, el factor trabajo es secundario, sin embargo, el trabajo importa hasta el punto en que produce valor, lo que llama abstract labor y a lo que añade que es una pérdida de tiempo. Posteriormente, Marx desarrolla formas más complejas sobre el valor con el profit form, en el cual, las cosas no son producidas como utilidades, sino específicamente de acuerdo con la cantidad y el éxito del capital (beneficio y la tasa de ganancia).

El economista neerlandés Geert Reuten[3] postula que Marx tiene interpretaciones contrapuestas ya que, si leemos El Capital, nos damos cuenta de que, para el de Tréveris, el valor no solo está determinado por el tiempo de trabajo. Esto es debido a que la cambiante productividad e intensidad del factor trabajo en el Volumen I, problematiza esta noción. Una idea interesante es la de que con la teoría valor trabajo se rompe con la conjetura de la economía política clásica a pesar de que Marx mantiene vestigios de la misma, como la teoría del valor de Ricardo[4].

Uno de los que no podía faltar para tratar este tema es Rothbard, el cual reconoce que la teoría de la explotación y del valor trabajo sí que se aplican en una circunstancia, y que, ni Marx ni sus críticos habían reparado en ello: en la relación entre el esclavo y su amo bajo la esclavitud. Desde que los propietarios tenían esclavos, estos sólo recibían un salario de subsistencia, para vivir y reproducirse, y los beneficios de la producción marginal del esclavo recaían completamente en manos del dueño. Los planteamientos de Marx son expuestos como “One logical path for a radical Ricardian, clearly, was to call for the expropriation of surplus value, and the establishment of a system in which the labourers earn the full value of their product” (Rothbard, 2006, pág. 393).

El austríaco muestra que, en el Capital, Marx tenía que disponer de otros elementos subjetivos reclamantes para determinar el valor. Debía demostrar que el valor era algo objetivamente materializado en el producto. Intentó hacerlo en el I Volumen. Rothbard argumenta que Marx comete un error crucial en el principio de su sistema. El de Tréveris ponía el ejemplo de la mercancía con el maíz y el hierro[5] (M. Rothbard 2006, 409).

De ahí el comentario de que el error está en su fundamento, que dos mercancías sean intercambiables por ellas mismas en una cierta proporción, no significa que por lo tanto tengan el mismo valor y puedan ser representadas por una ecuación. La tradición de Rothbard tiene mucho que ver con los escolásticos salamantinos y por ello, al referirse a esta cuestión de Marx, dice explícitamente que dos cosas son intercambiables entre ellas solo porque son desiguales en el valor que otorgan los participantes en este intercambio, si valieran lo mismo, ¿por qué se hubieran molestado en cambiar los bienes?

Resumiendo, la obra más importante de Marx está minada de errores económicos, pero más allá de eso tiene un valor (¿subjetivo u objetivo?) en tanto en cuanto constituye una crítica de su sociedad y del modelo productivo del s.XIX. En general, los distintos manuales de pensamiento económico que se han consultado muestran una total consonancia en el hecho de que la teoría del valor-trabajo es fruto de los planteamientos de los economistas clásicos, especialmente de Ricardo. También que Marx consideró que el valor era algo objetivo y que sólo era producido por el trabajo humano, en la dificultad de reconciliar la tasa de beneficio con la concepción del plusvalor, etc. El lector atento podrá notar la falta de uno de sus críticos contemporáneos, como por ejemplo, Eugen Böhm von Bawerk y su libro La conclusión del sistema marxiano (1896). Dado que se trata de una crítica coetánea, creo que bien merecería un capítulo para ella sola.

En mi modesta opinión, toda teoría económica tiene sus debilidades, y el investigador, ya sea por motivos ideológicos o escrupulosamente relativos a la búsqueda de resultados académicos, debe exponerlos. La conceptualización marxiana de la economía es a mi juicio, un gigante con pies de barro, puesto que, si se desarticulan algunas de las premisas principales, el cuerpo entero se desmorona. Por ejemplo: si se cuestiona el denominador común que atribuye Marx a las mercancías que participan en un intercambio, es decir, el trabajo socialmente necesario, concepto vago y endógeno a la demanda, dado que no hay ninguna unidad homogénea de trabajo abstracto, se ven sus vacíos. Otro argumento sería que no sólo el trabajo humano es fuente de valor (¿no lo generarían los animales o las máquinas?). También que el valor de cambio de una mercancía depende del valor subjetivo que los individuos atribuyen a un bien mientras interactúan en el mercado.

Sin duda, más allá de lo que puedan decir los expertos, siempre es aconsejable redirigirse al propio autor y a su obra, siendo conscientes de las limitaciones lingüísticas y de los matices que pueden difuminarse a causa de las traducciones. A mi juicio, la contribución de Marx a la economía, debería estar más presente en las facultades puesto que, la aplicación práctica de esta constituyó el modelo económico imperante en buena parte del globo a lo largo del s.XX (y, en la actualidad, aún quedan residuos del mismo). En consecuencia, a pesar de no estar en boga, es necesario poner en el foco a las economías planificadas (especialmente para mostrar lo que no hay que hacer) y, en este caso, a uno de los máximos estandartes de la crítica al capitalismo.    

Bibliografía

Aron, Raymond. L’Opium des intellectuels. París: Calmann-Lévy, 2014.

Barber, William. Historia del pensamiento económico. Madrid: Alianza Editorial, 1971.

Losurdo, Domenico. Controstoria del liberalismo. Urbino: Laterza, 2005.

Marx, Karl. El Capital. Madrid: Akal, 2000.

—. El Capital. Libro Primero . Madrid: Siglo XXI, 2010.

Ordine, Nuccio. La Utilidad de lo inútil. Barcelona: Acantilado, 2013.

Reuten, Geert. «Value-form theory.» En A Companion to the History of Economic Thought, de Warren Samuels, Jeff Biddle y John Davis, 148-155. United Kingdom: Blackwel, 2003.

Robbins, Lionel. A History of Economic Thought. New Jersey: Princeton University Press, 1998.

Rothbard, Murrat. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought (Vol. II). Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.

Rothbard, Murray N. Classical Economics: an Austrian perspective on the History of Economic Thought. Vol. II. Alabama: Edward Elgar Publishing, 2006.


[1] Dejó muchas joyas en su célebre ensayo, como por ejemplo la siguiente, “Ceux-ci jugent volontiers leur pays et ses institutions en confrontant les réalités actuelles à des idées plutôt qu’à d’autres réalités, la France d’aujourd’hui à l’idée qu’ils se font de la France plutôt qu’à la France d’hier. Nulle œuvre humaine ne supporte sans dommage une telle épreuve” (Aron 2014, 193). Ese análisis mantiene una vigencia rampante y es completamente extrapolable a la situación que vivimos actualmente.

[2] El énfasis en la cantidad de trabajo socialmente necesario es crucial para entender lo que escribió Marx. Hay un vídeo recortado del profesor Martin Krause titulado “Cómo responder a un comunista sobre el valor del trabajo”. El economista argentino aduce un ejemplo erróneo, postulando lo siguiente; si yo me dedico a hacer un coche, quizás en dos años tendré en la puerta de mi casa algo que se le parece. Cuando intento vendérselo al vecino, éste responde que para él no vale nada, a lo que respondo que le dediqué muchas horas de trabajo. En resumen, el investigador argentino intentaba demostrar la subjetividad del valor (la cual no estoy negando), pero el ejemplo es completamente erróneo. Cito literalmente al autor de Tréveris, “Sabemos que el valor de toda mercancía se determina por la cantidad de trabajo materializado en su valor de uso, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción” (Marx 2010, 226). Se menciona hasta cinco veces el mismo concepto.

[3] Reuten nada sospechoso de ser un greedy capitalist, puesto que estaba vinculado al partido socialista de su país, señala lo siguiente, “I think that the labor-time theory of value interpretation cannot be maintained because too many texts are inconsistent with it. The same applies, however, to a comprehensive monetary value-form interpretation. There are two lines of reasoning within Capital” (Reuten, 2003, pág. 154). Aun así, se reconoce el cambio de paradigma que supone su interpretación y que, deben ser los herederos intelectuales quienes completen estas aportaciones.

[4] Esto mismo es reconocido por el propio Marx en epílogo de la II edición alemana del libro. El profesor de economía política N. Ziber de la Universidad de Kiev, en una obra titulada “Teoría tsénnosti i Kapitala D. Ricardo” (Teoría del valor y del Capital de D. Ricardo) publicada en 1871, había demostrado que la teoría del valor (del capital y del dinero) “era en sus rasgos fundamentales la continuación necesaria de la doctrina de Smith y de Ricardo” (Marx, El Capital 2000, 26-27).

[5] “The proportions in which they are exchangeable, whatever these proportions may be, can always be represented by an equation in which a given quantity of corn is equated to some quantity of iron: e.g., 1 quarter corn  = x cwt.iron. What does this equation tell us? […] in 1 quarter of corn and x cwt.of iron, there exists in equal quantities something common of both. The two things must therefore be equal to a third, which in itself is neither the one nor the other. Each of them so far as it is exchange-value, must therefore be reducible to this third” (Rothbard, 2006, pág. 409). Para dejar clara el punto de Rothbard, citaré lo siguiente: “Marx’s concentration on ‘the commodity’ threw him off from the very start, for the focus should have been not on the thing, the material object, but in the individuals, the actors, doing the exchanging, and deciding whether or not to make the trade” (Rothbard, 2006, pág. 410).

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo LX: En torno a un libro de Olavo de Carvalho

El profesor Olavo de Carvalho no es muy conocido aún en nuestros círculos a pesar de su enorme influencia, tanto política como intelectual, en el Brasil contemporáneo. Quizás  se deba a que ninguno de sus libros está aún traducido, y a que lo más normal entre nosotros a la hora de buscar referentes de otras culturas pongamos nuestra vista en los Estados Unidos, y en mucho menor medida en Hispanoamérica. Ancaps y libertarios europeos o de la América no hispana no cuentan con mucho predicamento entre nosotros, salvo aquellos pocos libros que han sido traducidos.

El mundo de la lusofonía es, si cabe, el más desconocido de todos ellos a pesar de su relativa proximidad lingüística para el hispanohablante. El mundo libertario lusófono cuenta ya con una elevada producción autóctona y de muy elevada calidad. La página Rothbard Brasil, por ejemplo, compila muchos de estos trabajos. Pero no conozco, hasta donde se me alcanza, ninguna traducción al castellano de la obra de estos autores. Por eso me gustaría comentar uno de los libros del profesor Olavo de Carvalho, quizás el más conocido de todos ellos, sobre todo por su influencia en el presidente Jair Bolsonaro, quien lo tiene por uno de sus filósofos de referencia.

Carvalho reside desde hace algunos años en una conservadora comunidad rural del estado de Virginia en los Estados Unidos, donde dice haber encontrado una forma de vida, conservadora y libertaria al mismo tiempo, muy acorde con sus valores. No está de más recordar que el profesor es un gran crítico de los mitos que desde Hollywood y los medios de comunicación urbanitas norteamericanos identifican a la población rural con una suerte de bárbaros semicivilizados que votan por opciones políticas extrañas como Trump. Olavo de Carvalho afirma todo lo contrario, nunca ha encontrado tanta paz y civismo como en estos  ambientes rurales conservadores.

Pero vayamos al libro: O jardim das afliçoes. Este forma parte de una trilogía que constituye el núcleo central de la obra del autor. En conjunto constituye una suerte de crítica cultural y filosófica a las ideas de nuestro tiempo, así como una acerada crítica al estado moderno. Los otros dos libros se centran en aspectos de la sociedad brasileña, mientras que este analiza en conjunto la sociedad occidental, aunque también hace numerosas referencias a la situación del Brasil contemporáneo.

El libro es en teoría un libro sobre el discurrir de la filosofía social y política occidental, en forma de comentario a la obra de algunos de sus principales cultivadores, comenzando por Epicuro, hasta los contemporáneos, incluido Marx (quien escribió su tesis doctoral precisamente sobre la obra de este autor y de Demócrito). En este bien trabado discurso el autor incorpora agudas reflexiones sobre política y estado que son fácilmente aplicables al contexto actual. Expurgaré alguna de las ideas que más me han hecho reflexionar y lo haré no siguiendo necesariamente el orden establecido por el autor.

Comenzaré por una afirmación que hace el autor en le capítulo 9. En ella se establece una constante: todas las filosofías políticas y sociales que en Occidente han existido tienen en común que han sido de una forma u otra apropiadas por el poder político, que el asocia al Imperio; han sido apropiados por este en su lucha por alcanzarlo o mantenerlo. Religiones como la cristiana, filosofías políticas como el marxismo, el liberalismo o formas políticas como la monarquía o la república han sido usadas como banderas en el combate político, que ha subvertido su original pureza o incluso sus instintos antipolíticos. Como apuntaba en un artículo anterior refiriéndome a la obra de William Cavanaugh, las variantes de la religión cristiana (protestantes y católicos) fueron usadas como excusa en las mal llamadas guerras de religión que no eran más que un episodio de la lucha permanente por el imperio. También el ecologismo ha sido cooptado a la lucha política, al igual que causas nobles como el antirracismo o el feminismo que en principio no eran causas políticas en sentido estricto sino movimientos sociales que buscaban mejorar la situación de colectivos maltratados.

La inquietante pregunta que nos podemos hacer es si movimientos radicalmente antiestatistas, como el anarquismo, serán también cooptadas por el poder y serán por tanto usadas por este. Pues en mi opinión existen bastantes posibilidades de que esto también suceda, sino somos conscientes. Por ejemplo, las criptomonedas nacieron como una forma de eludir el control estatal de la moneda y el crédito, pero muchos estados ya comienzan a aceptarlas o incluso a crear las suyas propias. Si bien no lo han conseguido por completo todo apunta a que puedan seguir el mismo camino que ha seguido internet, que de ser una herramienta en origen libertaria  y pensada para burlar muchos de los controles y regulaciones estatales, ha llegado a ser una de las principales y más sofisticadas armas de control de poblaciones que ha conocido el género humano.

Un inquietante libro de Shoshana Zuboff, La era del capitalismo del control así parece indicarlo. Las ideas liberales (incluso las minarquistas) ya hace tiempo que forman parte del imaginario político y se usan de una forma u otra en la lucha política, pues ya abundan partidos y movimientos que dicen defenderlas. Si las ideas ancap se extienden, no les extrañe que en poco tiempo se usen también para conseguir el poder político y aparezcan partidos, movimientos o lobbies en esta dirección, neutralizando de paso el ideario.

Otro tema de interés en el libro se plantea algo más adelante. Tras la derrota del comunismo parece haberse instalado como sistema dominante en le mundo el llamado neoliberalismo. La gestión económica de los estados pasaría a estar dominada por los principios de prudencia fiscal, libertad de movimiento de mercancías y capitales o estabilidad monetaria, entre otros. Hasta países como China parecen haberse rendido a los encantos del capitalismo de libre mercado. Esto parece ser cierto, pues incluso los países de la vieja órbita marxista parecen aceptar de mejor o peor grado este sistema.

Y es ahí donde radicaría la trampa según Carvalho. Al aceptar el neoliberalismo en el ámbito económico se desatienden otros ámbitos de la vida social y es ahí donde los estados imponen su fuerza sin oposición. Esta está centrada en el funcionamiento de los intercambios económicos de acuerdo con los paradigmas neoliberales pero abandona otros frentes, sin los cuales no es posible establecer un orden libre y sin los cuales, esto es interpretación mía, sería imposible establecer una sociedad libre. En el ámbito educativo no se percibe para nada el neoliberalismo, por ejemplo. La educación estaría cada vez más estatalizada y sometida a los dictados de los perdedores de la guerra fría en lo económico pero no en  lo cultural. Olavo de Carvalho suscribe la tesis de la difusión de una suerte de “marxismo cultural” que en vez de la economía pretende controlar los pensamientos y las conductas de la ciudadanía de los países occidentales. Desde luego la estrategia parece exitosa. Pensemos en lo que ha pasado con las religiones. Carvalho señala un aspecto muy interesante al referir cómo las religiones, que habían sobrevivido con éxito a todo tipo de gobiernos autoritarios o totalitarios antirreligiosos, está siendo derrotada y sometida lentamente por los supuestamente más benignos estados democráticos contemporáneos. Es más, sólo estos pueden derrotarlas con éxito. Subordinadas al bien común y al buenismo moral del estado moderno pasan a ser una suerte de ONG tolerada, cuando no financiada por ellos siempre y cuando se circunscriban a este papel.

Pensemos también en si el neoliberalismo se ha impuesto en otros ámbitos, como la justicia o el fisco; algo que también se recuerda en el libro. Parece que las ideas neoliberales de no interferencia tampoco se han impuesto en estos ámbitos, en los que la capacidad de control por parte de los estados no sólo no ha disminuido sino que se ha incrementado sustancialmente. Leyes y normas cada vez más detalladas rigen hasta extremos nunca vistos nuestra conducta, al tiempo que la capacidad de control de nuestros gastos e ingresos se incrementa despacio pero sin pausa, al tiempo que lo hace el número de conductas sujetas a imposición. Ejemplos como el control de los regalos de boda o las donaciones dentro de la propia familia son buena muestra de lo que se afirma. También otros aspectos del llamado estado social como las pensiones o las modernas rentas básicas no escapan a esta lógica. De repente millones de personas pasan a ser dependientes del Estado y de que este siga funcionando con la misma lógica con que lo ha hecho hasta ahora para poder seguir subsistiendo. Millones de personas son ahora el escudo que garantiza al Estado su pervivencia en su actual forma, y hay que reconocer que han tenido mucho éxito en su empeño.

Pero quizás lo más interesante es que el profesor  insinúa que la aparente cesión de los estados modernos al capitalismo y al neoliberalismo no es tan bienintencionada como parece. Para poder financiar todo este aparato de control y regulación necesitan fondos y fondos muy  abundantes.

Un autor austríaco, Sanford Ikeda, escribió hace algunos años un libro The Dynamics of the Mixed Economy, que por desgracia no ha tenido mucha fortuna ni siquiera entre nosostros, a pesar de sus indudables méritos. En el narra como muchos estados de nuestro entorno incurren en políticas de laxitud fiscal y de un creciente grado de intervencionismo. Cuando estas políticas hacen sentir sus efectos en términos de estancamiento, paro e inflación sus ingresos fiscales se resienten y para volver a recuperarlos las cambian y vuelven al rigor presupuestario ya la ortodoxia. Cuando vuelven a estar saneados se olvidan del pasado y vuelven a las andadas (esto no sólo pasa en España como pudiéramos creer, pues se da en muchos más países de los que creemos).

De la misma forma, los Estados modernos saben que necesitan fondos para poder llevar a cabo todas sus políticas sociales o culturales y crear las correspondientes clientelas para que las defiendan y sostengan en el tiempo. Por eso aceptan, aunque de mala gana, las políticas neoliberales pues saben que sin ellas el resto de su modelo se les puede caer. Las batallas culturales se dan mejor si hay dinero para financiarlas, y así podemos observar como aguerridos gobiernos de izquierdas llevan a cabo todo tipo de cambios en educación, justicia o políticas identitarias pero no osan afrentar ni un pelo a los grandes fondos de inversión o a los capitalistas multinacionales. Estos parecen saberlo bien e incluso respaldan muchas de las medidas que la izquierda cultural lleva a cabo, siempre y cuando no se le afecte a sus beneficios. El problema vendrá más adelante, pues si tuviesen algún tipo de conciencia de ese tipo sabrían que es muy difícil llevar adelante una economía capitalista contra una gran parte de la población educada en valores anticapitalistas, lo que a medio plazo puede pasar factura, como se puede ver en muchos países del mundo, especialmente en Latinoamérica.

El libro toca con profundidad muchos otros temas, incluyendo deliciosos comentarios sobre grandes pensadores de la filosofía y comentarios sobre la vida cultural y política del Brasil. Una muy agradable y productiva lectura.

El retraso de la renovación del CGPJ no es el problema

En el otoño que se avecina se pondrá de manifiesto si los designios autoritarios de Pedro Sánchez Pérez-Castejón se cumplen a corto plazo. Todo dependerá de las respuestas que le opongan en el interior de España y, en especial, desde las instituciones comunitarias europeas. 

Desde que formó su primer gobierno dejó muy claras sus intenciones de establecer una tiranía duradera. Sin embargo, la coalición con los comunistas de Podemos y los separatistas en segundo plano, declarados partidarios de destruir la monarquía constitucional y desacatar a sus tribunales, así como la pandemia del coronavirus, le vinieron pintiparadas para auspiciar consecutivos golpes a un régimen político ya muy deteriorado.

La enésima arremetida se produjo en octubre del año pasado, cuando los grupos parlamentarios que sustentan al gobierno presentaron una proposición de ley para reformar el sistema de elección del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) por mayoría absoluta, en caso de que no fuera posible la cualificada en primera votación. Aparte de inconstitucional, esta argucia leguleya mostraba un grosero fraude de ley – soslayar los dictámenes preceptivos que lleva aparejada esta materia cuando la iniciativa es un proyecto de ley del gobierno – cuyo principal objetivo era, según manifestaron sus promotores, forzar al Partido Popular a pactar la renovación del Órgano de gobierno de los jueces con sus condiciones. Retorciendo el chantaje, en diciembre de 2020 presentaron otra nueva proposición de ley para suspender competencias del CGPJ en funciones como el nombramiento de jueces de alto rango. Tras una escandalosa tramitación por vía de urgencia, esta última iniciativa pasó a formar parte aparente del ordenamiento jurídico español, al ser publicada en el BOE como Ley Orgánica 4/2021, de 29 de marzo de reforma LOPJ. 

Apoyándose en poderosas razones, tres asociaciones que representan a más de 2500 jueces y magistrados españoles enviaron sendas misivas el 6 de abril a la vicepresidenta de la Unión Europea para Valores y Transparencia, Věra Jourová, y al comisario europeo de Justicia, Didier Reynders. En ellas, tras detallar con precisión los incumplimientos históricos del Reino de España (desde 1985) de las reglas básicas para garantizar la independencia y la imparcialidad de los tribunales de alto rango; denunciaban que la reforma legislativa privaba al CGPJ saliente de competencias esenciales y, por lo tanto, ponía en riesgo la vigencia del Estado de Derecho y podría suponer una violación grave por parte de España de los valores contemplados en el artículo 2 del Tratado de la Unión Europea. Ante esa situación se instaba a la Comisión a compeler al Gobierno de España para abordar las reformas legislativas tendentes a establecer la elección mixta de los vocales del CGPJ, en línea con la doctrina emanada del Tribunal de Justicia de la UE;  se valorase la procedencia de la aplicación del reglamento que condiciona la financiación comunitaria al cumplimiento de requisitos de legalidad para la protección del presupuesto de la Unión y, en última instancia, de no subsanarse la situación denunciada, incoase el procedimiento previsto en el art. 7 del Tratado de la Unión Europea.

Asimismo, tanto diputados de Vox como del PP interpusieron, sendos recursos de inconstitucionalidad contra la misma, aludiendo al procedimiento irregular de aprobación y al cercenamiento de competencias del CGPJ, en contra de la Constitución. Por el contrario, el Pleno del CGPJ, con una vigorosa facción liderada por el exdiputado socialista Álvaro Cuesta Martínez, rechazó la propuesta de interponer conflicto de atribuciones con las Cortes Generales en relación con la Ley Orgánica 4/2021 o instar al Defensor del Pueblo a interponer recurso.

Con ser un elemento fundamental del dominio político de la Justicia, los planes gubernamentales en la administración de justicia no se agotan con el control del CGPJ. Como había alegado en marzo la Plataforma Cívica por la Independencia Judicial en el proceso de consultas para elaborar el informe anual sobre el estado de derecho 2021 y ha reiterado a finales de julio en una carta al comisario de Justicia, en España se están tramitando “una serie de reformas legislativas estructurales que supondrán un verdadero asalto a la independencia del Poder Judicial español por parte del Ejecutivo”.

Además de dominar el CGPJ cinco años más, como mínimo, con la reforma aprobada de la LOPJ, los otros proyectos pretenden asignar la instrucción de todas las causas penales a un Fiscal organizado jerárquicamente y dependiente del gobierno, ya que previamente no se reforma su Estatuto para otorgarle una auténtica autonomía del ejecutivo (nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal) y crear unos tribunales de instancia, cuyos presidentes nombraría preferentemente el CGPJ por periodos de 4 años, a los que se subordinarían el resto de jueces que sirvan en sus puestos (Ley Orgánica de “Eficiencia Organizativa del Servicio Público de Justicia”) .

Después de cierta espera, el 21 de julio la Comisión Europea hizo público su Informe sobre la situación del estado de derecho en la Unión de 2021. En lo que respecta a España, si bien el texto apunta varias vulneraciones flagrantes, cierra los ojos respecto a otras y adolece de congruencia. Produce cierta perplejidad que se omita el origen gubernamental de los ataques al estado de derecho, y, sin embargo, se tomen como avances algunas reformas que reducirían al Poder Judicial a una dependencia administrativa del ejecutivo. En general, el informe no extrae las consecuencias pertinentes de su propia enumeración de las taras del estado de derecho en España. A pesar de dejar constancia de la palmaria incompatibilidad de la legislación española con la regla recomendada por las instancias europeas – a saber, que al menos la mitad de los miembros de un órgano como el CGPJ debería pertenecer a la judicatura y ser elegida por los propios jueces – sorprende la atención que presta al mantra del gobierno español por el retraso en la renovación de todos los vocales por las Cortes españoles, conforme a unas normas que, al mismo tiempo, el informe considera vulneradoras de los principios del estado de derecho. 

Alarma comprobar, asimismo, como alude a las soluciones propuestas por un dictamen de la Comisión de Venecia en 2018 para Montenegro, que es manifiestamente inaplicable al caso español. En efecto, en el caso de la república balcánica, partiendo de un sistema de elección mixto del equivalente al CGPJ, esto es, con la elección de cuatro jueces elegidos entre sus pares y cuatro juristas elegidos por el parlamento, se produjo un estancamiento por la falta de acuerdo político en el parlamento para efectuar los nuevos nombramientos que le correspondían. La legislación nacional no contemplaba la prolongación en funciones de su mandato ni la renovación parcial.  Ante esa tesitura, la Comisión de Venecia recomendó a las autoridades montenegrinas unas reformas constitucionales o legislativas que introdujeran la prolongación del mandato de los miembros en funciones (punto 40) y la posibilidad transitoria de que un nuevo Órgano de gobierno de los jueces estuviera compuesto por los vocales judiciales (elegidos por los jueces) y los juristas de prestigio en funciones hasta la elección de otros nuevos por el parlamento (punto 41).

En resumen, produce estupor que no se califique como un directo ataque al funcionamiento del estado de derecho la aprobación de la mencionada reforma de la LOPJ, que impide al CGPJ saliente continuar con los nombramientos habituales de magistrados de alto nivel y otras competencias. La impresión se torna en bochorno cuando se observa la ocultación del alcance de la carta de los jueces españoles a dos comisarios en abril de este año, a pesar de que pidieron la intervención directa de la Comisión para poner remedio a los ataques del gobierno al estado de derecho. 

No sorprende, pues, que, ante este aguado informe, el gobierno español haya visto la luz. No indica terminantemente que deba reformarse la legislación aplicable para consagrar la elección mixta de los vocales del CGPJ antes de renovarlo. Gracias a esta falsa coartada, insiste en asegurar cínicamente que el modelo español resulta compatible con los parámetros europeos y urge a una renovación sin cambios del sistema de elección, bajo la presión de una ley que ha recortado competencias esenciales del CGPJ y la amenaza de resucitar una iniciativa (groseramente inconstitucional)  que reduciría la mayoría necesaria en las cámaras para elegir a los vocales procedentes del turno judicial. 

Con esa mezcla de picardía y osadía en su actuación que les caracteriza, el presidente del gobierno y sus adláteres han redoblado las presiones al presidente del actual CGPJ para que dimita y a los dirigentes del partido que ha participado durante años de la corrupción institucional para avenirse al tradicional reparto en el CGPJ. A ese empeño se ha entregado con entusiasmo la asociación Jueces para la Democracia, la cual ha pedido a Carlos Lesmes Serrano que dimita para forzar la renovación del CGPJ. Aunque parezca un sarcasmo, también ha solicitado al Comisario Europeo de Justicia una entrevista urgente y que se dirija a las instituciones nacionales y al líder del Partido Popular, Pablo Casado Blanco, para que cambie sus posiciones. Por otro lado, los peones del PSOE se mueven entre las bambalinas de las instituciones europeas para difundir la cortina de humo del “bloqueo” de la renovación del CGPJ.

En definitiva, el retraso de la renovación del CGPJ español no es un problema para la supervivencia del estado de derecho y el imperio de la Ley en España. Muy al contrario, como señaló la comisión de Venecia en su dictamen para la República de Montenegro, la prolongación del mandato de los miembros de instituciones constituye una solución provisional, mientras que las fuerzas políticas no lleguen a un acuerdo para renovar su composición por una mayoría cualificada de los parlamentos democráticos. 

La responsabilidad por la anulación de la independencia judicial y la separación de poderes recae principalmente en el gobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón, quién ha exacerbado los tradicionales impulsos autoritarios del PSOE. Está plasmada en sus iniciativas legislativas, su control de la Fiscalía (¡Dolores Delgado García lleva año y medio como FGE!) y su rechazo a una reforma del sistema de elección de los jueces miembros del CGPJ, en consonancia con la evolución del derecho comunitario europeo y el espíritu constitucional de la Ley de 1980. Aunque en plazo breve podrían aprobarse leyes respetuosas con las directrices europeas con el concurso de partidos como el PP, Vox o Ciudadanos, prefiere mantener la táctica del salami y coaccionar a los refractarios de sus planes, en el ámbito interno, al mismo tiempo que disimula en el europeo.

Más aun, la obsesión por controlar la judicatura les lleva a urdir mecanismos más sofisticados para comprometer la independencia de los jueces futuros. La propuesta para “arbitrar” un sistema de becas del gobierno a favor de los opositores a distintos cuerpos judiciales que plantean tanto la asociación Jueces para la Democracia, con anuencia ministerial y siguiendo el modelo del gobierno vasco, como la ponencia marco para el 40º Congreso del PSOEa celebrar en octubre, apunta a una promoción de candidatos afines a dichos puestos.

Esperemos que las distintas instancias y los principales países socios de la Unión Europea no tergiversen la cruda situación del estado de derecho en España, ni se dejen engañar por las tretas de tan descarados impostores. Si no se atrevieran a reaccionar como en los casos polaco y húngaro para instaurar los valores fundamentales consagrados en los tratados, su prestigio y prevalencia quedarían seriamente en entredicho.

Respeto por la vida y la propiedad privada, la mejor respuesta frente al racismo contra los asiáticos

Recientemente, la noticia de los estadounidenses de origen asiático que habían perdido la vida en algunos conflictos violentos recibió amplia cobertura por parte de los medios occidentales. Después del incidente, mis amigos españoles y compatriotas asiáticos hablaron este tema conmigo. Como economista, mi investigación no se centra en el tema de la raza. Pero como académico asiático en Europa, los amigos y académicos que me rodean esperan a menudo que hable sobre los problemas raciales que enfrentan los asiáticos.

La discriminación racial contra los asiáticos existe hasta cierto punto en la sociedad occidental. El reciente artículo editorial de Bloomberg Businessweek “Los estadounidenses de origen asiático están listos para un héroe” aportó algunos datos de interés: (1) La falta de representantes políticos y culturales asiáticos; (2) la supuesta personalidad tranquila de los asiáticos  dificulta que estos se vean inmersos en episodios de  violencia racial; (3) las comunidades asiáticas se enfrentan a menudo a la discriminación laboral, puesto que se quejan menos sobre la intensidad del trabajo y los salarios; (4) los asiáticos a menudo son etiquetados como ricos, mientras que se ignora la discriminación por cuestiones sociales; y (5) el éxito académico de los estadounidenses de origen asiático ha hecho que algunas personas de otras razas crean que los estándares de evaluación del círculo académico son más favorables para los asiáticos.

Durante los ocho años que llevo viviendo en España, también he observado algunos casos de discriminación contra asiáticos. A continuación, menciono alguno de ellos, esperando que estos sean casos aislados y no fenómenos extendidos. Por un lado, tengo amigos filipinos que se quejan de que algunos españoles los llaman constantemente “chinos” (parece ser una situación común que encuentran otros asiáticos en España). También, a los chinos étnicos a menudo se les pregunta si comen carne de perro (aunque el consumo de carne de perro solo existe en algunos países asiáticos debido al clima). De igual modo, he podido comprobar el trato relativamente duro que reciben algunos asiáticos en los departamentos gubernamentales españoles y algunos en el sector privado. Por último, también he visto como algunos grupos minoritarios no aceptan a los asiáticos en cuestiones emocionales y maritales.

Con respecto a la discriminación racial contra los asiáticos, por un lado, algunos medios de comunicación suelen utilizar propaganda exagerada para incitar a los votantes de las minorías a obtener beneficios para elecciones políticos. Este fenómeno quizás sea una normalidad en las democracias occidentales. Por otro lado, la discriminación contra los asiáticos existe en varios grados en la sociedad occidental. Sin embargo, la discriminación racial no se limita necesariamente a la discriminación que sufren los asiáticos en comunidades predominantemente europeas. Cualquier minoría étnica puede sufrir discriminación en un nuevo país. Una minoría europea también puede ser discriminada en los países asiáticos.

Los asiáticos también deberían valorar la protección de sus vidas y propiedad privada. Deben adoptar estrategias autodefensivas cuando se encuentren con ataques violentos por parte de otros individuos. También pueden recurrir a la justicia y la ley para proteger sus vidas y propiedades cuando se enfrentan a discriminación violenta. No responder a la discriminación violenta puede hacer que los asiáticos se depriman psicológicamente o incluso que se venguen violentamente contra otros grupos étnicos.

Intentar resolver cualquier discriminación no violenta (es decir, bromas, prejuicios y exclusión; aunque las bromas, prejuicios y la exclusión no son violentas desde la ética libertaria) contra los asiáticos a través de una legislación gubernamental sólo puede empeorar la situación. No hay forma de prohibir los pensamientos más profundos que puede tener una persona sobre los demás. El valor es subjetivo. Una persona puede permanecer en silencio frente a órdenes políticas obligatorias. Aun así, las leyes del gobierno no pueden limitarlo.

Es imposible detectar sentimientos discriminatorios o racistas en la cabeza de una persona. Las leyes obligatorias solo pueden profundizar el miedo, la distancia e incluso el odio hacia las minorías raciales. No pueden resolver el problema de la discriminación racial por sí mismas. Solo respetando la vida, los derechos de propiedad privada y los intercambios de mercado, pueden las personas interactuar más, entenderse y cuidarse mutuamente. La economía de libre mercado traerá inmigrantes asiáticos sobresalientes y trabajadores a la comunidad europea, permitiendo que las personas de la comunidad local comprendan las características culturales y la diversidad del grupo étnico asiático a través de la comunicación cara a cara, en lugar de información falsa de algunos medios de comunicación y prejuicios errados que circulan en la sociedad.

Aunque algunos partidos políticos en Occidente han estado tratando de usar el decreto coercitivo como herramienta para comprar votos a los asiáticos, también nos complace ver que algunos asiáticos, incluidos trabajadores, oficinistas, empresarios, académicos y líderes religiosos, buscan reducir la discriminación contra los grupos asiáticos mediante el diálogo, los intercambios y la cooperación voluntaria. El respeto por la vida, la propiedad privada y el orden del mercado es la mejor manera de resolver el racismo. A través de la voluntad y el respeto mutuo para comprender y tratar a la gente, la población local aumentará la empatía y permitirá que personas de diferentes razas en la sociedad expresen su amor mutuo a través de acciones voluntarias.

Breve comentario sobre Las leyes de la economía, de Dani Rodrik

Si ha tenido la ocasión de leer varios de mis artículos mensuales en este blog, habrá podido comprobar que la mayoría de ellos los dedico a hablar sobre metodología de la economía. El artículo de hoy no va a ser menos y, de nuevo, versará sobre metodología económica. Sin embargo, en esta ocasión nos centraremos en hacer una escueta revisión al libro del economista de Harvard Dani Rodrik, titulado Las leyes de la economía: aciertos y errores de una ciencia en entredicho (2016). Antes de continuar, me gustaría señalar que el libro original fue publicado en 2015 bajo el nombre de Economics Rules. Empero, yo citaré la traducción española de 2016, puesto que es la que he leído. Dicho esto, procedamos con el análisis. 

Las leyes de la economía 

Si tuviera que señalar la tesis principal en el libro de Rodrik, diría que es el énfasis en la idea de que la economía se explica con una inmensa pluralidad de modelos y no con un único modelo o teoría universal. Además, estos modelos deben ser lo más realistas posible, al menos, en lo que Rodrik llama los supuestos críticos. Estos son elementos que, de ser eliminados o alterados, cambiarían drásticamente el resultado del modelo. 

Rodrik es muy crítico con la aspiración habitual de la política económica clásica a conseguir teorías económicas universales que sean capaces de explicar todos los fenómenos económicos. El autor demuestra que la excesiva confianza en una única teoría general ha llevado a muchos economistas a desligarse de la realidad y a no conocer los fenómenos que realmente ocurren en la economía. Esto se debe a que: “No podemos buscar en las ciencias económicas las explicaciones o prescripciones universales que se aplican independientemente del contexto; las posibilidades de la vida social son demasiado diversas para caber a presión en marcos teóricos únicos” (Rodrik 2016, 21). Según Rodrik, a diferencia de las ciencias naturales: “La economía es una ciencia social, y la sociedad no tiene leyes fundamentales, al menos no de la misma clase que la naturaleza” (Rodrik 2016, 57). Por tanto, lo lógico es limitarse a construir modelos que expliquen la cadena de causalidad en un determinado contexto y situación, siendo mucho más concretos y aplicados. 

Además, dada la excesiva complejidad del mundo social, que es la que nos impide obtener leyes universales, la economía necesita modelos simples. Cada modelo deriva de una especie de experimento mental, donde tienen que aislarse determinados fenómenos bajo el supuesto ceteris paribus. De esta manera, se pueden controlar ciertos sucesos y así comprobar cuál es la cadena de causalidad en la regularidad observada. Esto es precisamente lo que hacen en ciencias naturales con sus experimentos controlados. El riesgo que tiene diseñar modelos complejos es que no nos permitan identificar la regularidad relevante que queremos observar y, en lugar de arrojar luz sobre algo, nos dificulten el entendimiento de los procesos económicos. 

Estas dos ideas, la de simplicidad y el uso de modelos, serían los puntos principales del libro de Rodrik. Hay muchas más y todas se encuentran mucho más detalladas y desarrolladas de lo que acabo de exponer. Evidentemente, él lo expone en un libro y yo tengo que hacerlo en un artículo. Aun así, espero haberlas expuesto de manera clara y fiel a lo que dice el autor originalmente.

Dicho esto, al igual que he resumido los argumentos de Rodrik, también resumiré mi opinión sobre la tesis que él plantea en el libro. De manera general, creo muy acertado el énfasis que pone en la necesidad de los modelos como teorías contingentes, debido al evidente abismo que hay entre las teorías universales y la realidad. La teoría contingente es fundamental para la ciencia económica. Sin embargo, creo que no se puede rechazar la existencia de leyes fundamentales en economía. Del mismo modo, tampoco creo que la construcción de modelos más complejos sea incompatible con la simplicidad que reclama Rodrik. Desarrollemos esto un poco más.

Leyes universales en economía 

Decir que las leyes universales no existen en economía sería remontarnos al argumento historicista durante el Methodenstreit. Por ello, a cualquier economista austriaco, en especial, no debería sonarle bien esta negación de las teorías universales. Como ya he comentado en otros artículos, la escuela austriaca nace en defensa de la existencia de leyes universales en economía en contra del historicismo alemán, siendo esto algo que la caracteriza. La propia afirmación que desde la ciencia económica o, si se quiere, metodología de la economía (pero seguimos en el terreno económico), se hace sobre la no universalidad de las leyes económicas es o, al menos pretende ser, universal. Es decir, el argumento de Rodrik sobre la no universalidad de la teoría en economía es en sí mismo universal, a ser aplicable a cualquier proposición económica. Esta aparente contradicción lógica demuestra que las leyes universales existen, también en economía. 

La praxeología, por ejemplo, es una forma muy lógica de demostrar la existencia de teoría universal (Mises 1998). No obstante, las leyes praxeológicas por sí mismas no permiten comprender la realidad en toda su complejidad y riqueza. Esto es porque, justamente, cualquier matiz que se añade a una teoría universal para que se corresponda con la realidad da lugar a una teoría contingente (Selgin 1990). 

Tanto las teorías universales como contingentes son necesarias en economía. Lo más habitual es que manejemos teorías contingentes o modelos, pues son las que se aplican a la realidad. Sin embargo, estos modelos deben basarse en teorías universales para evitar contradicciones lógicas severas que puedan explicar erróneamente los fenómenos reales. ¿Qué pasaría si asumiéramos que los seres humanos no somos racionalmente limitados? ¿y si no respetáramos la ley de preferencial temporal? Las proposiciones universales deben estar siempre detrás de cualquier modelo económico. 

 Como ya escribí en otra ocasión, la mejor forma de comprender esta relación entre teoría universal y contingente es a través del método de Carl Menger (1985). En él se puede entender la debida importancia de las proposiciones universales y necesarias a través de la orientación exacta y, también, cómo estas sustentan a las contingentes, o lo que llamamos modelos, dentro de la orientación empírico-realista. 

El error de Rodrik, en este caso, es centrarse exclusivamente en los modelos. Le ocurre lo mismo que a los que se centran exclusivamente en leyes universales como la praxeología, creyendo que esta, por sí sola, puede explicar todos y cada uno de los fenómenos económicos. Lejos de ambas posturas, considero que lo más prudente es reconocer el importante papel que ambos, teorías universales y modelos, desempeñan en la explicación económica. 

Simplicidad, simpleza y complejidad

La simplicidad de la teoría es otro de los puntos que remarca Rodrik. Si bien tiene razón al señalar que un modelo complejo no sirve de mucho si no nos permite comprender una regularidad de forma clara o simple, creo que su apuesta por la simplicidad puede conducir a la simpleza. 

Si no recuerdo mal, el propio autor pretende diferenciar entre lo simple o sencillo y lo simplista. Lo simplista, por supuesto, está equivocado. Pero, lo simple o sencillo es fundamental para la ciencia, como el propio principio de la navaja de Ockham indica. Actualmente, los modelos complejos, usualmente computacionales como los agent-based models (ABMs), permiten manejar la complejidad del mundo y extraer conclusiones sencillas y claras. Al contrario, los modelos tradicionales más simples, que dependen de matemática algebraica, caen en errores como la idea de equilibrio, con tal de simplificar la realidad (Arthur 2021). Si Rodrik apuesta por modelos tradicionales que usen matemática algebraica, ha de saber que estará asumiendo supuestos como la idea de equilibrio, que se han demostrado irrealistas desde el enfoque de complejidad. En ese sentido, sí creo que la nueva teoría de complejidad permita conocer el mundo de forma más realista y sencilla, cosa de la que Rodrik parece dudar. En este caso, yo lo animaría a probar ABMs.  

Aplicabilidad y expansión horizontal de la ciencia

En último lugar, me gustaría destacar positivamente dos ideas que Rodrik resalta en el libro y que considero muy importantes. En este caso, no las voy a criticar sino a destacar. La primera de ellas es su apuesta por la aplicabilidad de los modelos en lugar de su verificabilidad. Es decir, no hay modelos incorrectos sino que cada uno explica una determinada circunstancia. La cuestión es, por tanto, saber escoger el modelo que hay que aplicar. Esto deriva de la segunda idea: En contra de perspectivas tradicionales en la filosofía de la ciencia, la economía no avanza de manera vertical, reemplazando unos modelos por otros, sino de forma horizontal, multiplicando modelos, añadiendo unas explicaciones a otras. Ambas ideas están relacionadas, pues si no se verifican y rechazan los modelos, estos se acumulan y, si se piensa que los modelos se acumulan, uno no puede proceder a verificar uno. 

Como también he señalado en otro artículo, el gran problema del positivismo, desde mi punto de vista, es el verificacionismo. Por tanto, considero esta idea de Rodrik fundamental como alternativa al verificacionismo o falsacionismo más extendido dentro de la ciencia. Esta es una de las ideas más buenas y contundentes del libro. A cualquier economista austriaco debe resultarle atractiva cuanto menos.  

Los cuatro precios del mercado

Menger, a diferencia del resto de economistas de su época, y debido a que trabajaba como colaborador en un medio de prensa económica (Zeitung) en la Bolsa de Viena, incorpora a su teoría monetaria la característica de que los bienes no tienen un único precio sino dos. Mi objetivo en este articulo es mostrar que existen dos precios más en el mercado de un bien o, mejor dicho, que para cada uno de estos dos precios se pueden tomar dos posiciones diferentes según la preferencia temporal, También mostraré la consecuencia que ello tiene para el participante en el mercado.

Los dos precios de mercado que tiene todo bien son dos: bid y ask. El bid o precio de demanda es el precio más alto que el comprador está dispuesto a pagar. Por el contrario, el ask o precio de oferta es el precio más bajo al que el vendedor está dispuesto a vender. La diferencia de ambos es lo que se conoce como spread, el cual mide la liquidez de mercado de un bien. Es decir, todo participante en el mercado interactúa bien como comprador o vendedor y por tanto venderá o comprará al precio respectivo a su posición, bid como comprador y ask como vendedor. Hasta aquí nada nuevo que no desarrollase el padre de la Escuela Austriaca.

Sin embargo, si el lector ha tenido alguna experiencia con plataformas de negociación bursátil, brokers, plataformas de trading o exchanges de criptomonedas sabrá que para poder incorporar una orden a mercado no es suficiente con indicar el precio y el lado del mercado del que quiere tomar parte. También necesitará especificar su preferencia temporal. 

A la hora de introducir una orden existen dos tipos: órdenes a mercado (market) y órdenes limitadas (limit). En una orden de mercado no te importa el precio, sólo quieres comprar o vender el bien de manera instantánea, en cambio, en las órdenes limitadas se indica la posición (comprador o vendedor) con precisión del precio máximo o mínimo que se está dispuesto a aceptar, con independencia del lapso de tiempo que le tome a esta orden encontrar la contraparte. Por eso, a las órdenes a mercado se las denomina como activas y las órdenes limitadas son consideradas pasivas. Así, se podría considerar que aquellos agentes de mercado que introducen órdenes a mercado tienen una preferencia temporal ínfima, tan pequeña que prefieren tener certeza en el momento en el que se ejecutan a costa de mayor incertidumbre en el precio.

Pero el efecto en el precio de ambos tipos de órdenes no es únicamente el comentado hasta ahora. Hay más. Cuando mira un grafico de profundidad de mercado (DOM o Depth of Market) lo que esta viendo es el conjunto de todas las ordenes limitadas vigentes y que se encuentran a la espera de cruzarse con su contrapartida de órdenes activas (órdenes de mercado). Entonces, si tenemos, por un lado, que las ordenes limitadas quedan a la espera de cruzarse con ordenes a mercado y por otra parte que a las ordenes limitadas si llevan explicito un precio de ejecución mientras que las ordenes a mercado no, se puede concluir (y en efecto así ocurre como puede comprobarse en el mercado) que las ordenes a mercado se ejecutan al precio de la contraparte, al precio de la posición contraria.

Resumiendo, y por finalizar, existen cuatro posibles posiciones que se pueden tomar a la hora de querer participar en el mercado y cuyo precio será diferente:

  • Comprador pasivo: comprador paciente, orden limite, bid como precio de ejecución.
  • Vendedor pasivo: vendedor paciente, orden limite, ask como precio de ejecución.
  • Comprador activo: comprado ansioso, orden a mercado, ask como precio de ejecución.
  • Vendedor activo: vendedor ansioso, orden a mercado, bid como precio de ejecución.

La teoría del cierre categorial y la economía (II): Monismo, dualismo y pluralismo

Una de las críticas que me veo obligada a hacer a Luis Carlos Martín Jiménez en su libro El mito del capitalismo es que no haya expuesto la teoría de la demarcación científica de Gustavo Bueno, para a continuación repasar aunque fuera someramente las principales ideas sobre cuál es el papel de la economía en la ciencia, y comenzar, de inmediato, con lo que es en su libro la primera página. Lo primero lo da por sabido, lo cual me hace pensar que es un libro de consumo interno dentro de la comunidad buenista. Pero creo que facilitaría que se entendiese mejor dentro del ámbito de la teoría económica. Por mi parte, he intentado formular, seguro que con escaso éxito, una descripción de la teoría de demarcación científica del cierre categorial, que podrá servir al menos para comprender los siguientes artículos. 

Una vez dado ese paso, el siguiente creo que es el debate monismo-dualismo. Gustavo Bueno, y su escuela, es materialista. El materialismo de Bueno es una proposición negativa sobre la realidad: La negación de que existen sustancias espirituales. Y, por ser más precisos y por citar al propio autor, lo que él defiende es lo que sigue: “El materialismo, en general, podría definirse como la negación de la existencia y posibilidad de sustancias vivientes incorpóreas”.

Esta postura lleva naturalmente al monismo, es decir, a la posición filosófica de retrotraer todos los fenómenos, y también el pensamiento humano, a un único principio, que es el material. Gustavo Bueno, sin embargo, no es monista. Lo cierto es que el materialismo así entendido conduce a desesperantes caminos sin salida, y quizás Bueno fuera consciente de ello. Y por eso él es materialista pluralista. Sólo queda saber qué quiere decir eso.

El materialismo monista lo reduce todo a un único principio, que es el material. O, digamos, el corpóreo. Bueno propone un materialismo pluralista basándose en la constatación de que hay realidades materiales que no son corpóreas. La distancia entre A y B, por ejemplo. O las ondas electromagnéticas. 

Aunque ampliásemos el concepto de materia para incluir todas esas realidades no corpóreas, el materialismo de Bueno sigue siendo pluralista. Y para entenderlo, tenemos que recurrir al concepto de symploké. El symploké es un principio por el cual los fenómenos del mundo están relacionados entre sí, pero no de una forma contínua y total, sino discontinua y parcial. Esto lleva a negar la posibilidad de dar una explicación única a todos los fenómenos del mundo. No es monista, tampoco reduce los fenómenos a dos principios (cuerpo-alma o materia-Dios), por lo que es pluralista. Ese pluralismo conduce a la necesidad de cohonestar en un cuerpo teórico aspectos relacionados, pero no por completo, de la realidad. Y es aquí donde se hace necesario un cierre categorial.

Pero vamos al curso que le da Martín Jiménez a esas ideas. Martín entiende que la libertad es, en realidad, libre albedrío. Y que el libre albedrío es la consecuencia lógica del dualismo. Ese dualismo proclama que el determinismo de la materia no afecta al pensamiento, porque éste responde a un principio propio; al alma. 

Dice Luis Carlos Martín (p130): “Desde el materialismo filosófico no aceptamos la idea del yo libre como fundamento actual o futuro de la política o de los mercados, porque si el libre arbitrio es un concepto incompatible con el determinismo materialista, entonces la libertad económica no podrá hacerse consistir en la libertad individual de elección en el mercado, sino en la realidad del mercado pletórico mismo, que hace posible la formación de elecciones determinadas”.

En este punto es necesario recurrir a Friedrich A. Hayek. No por su definición de coacción, que es insuficiente, sino porque por un lado es indudable que fue un defensor de la libertad en términos amplios, y también de la libertad económica, pero por otro lado tiene una obra sobre el origen de las ideas que hace referencia precisamente a estas cuestiones. Me refiero, claro está, a El orden sensorial

Hayek explica la mente como un orden, como un conjunto de relaciones dentro del cuerpo humano, cuya estructura se corresponde de algún modo con la del mundo exterior. La función de la mente no es tener un conocimiento exhaustivo de ese mundo, sino permitir al sujeto, y a la especie, reaccionar de manera adecuada a los fenómenos externos; también a la interacción con otros sujetos. Del mismo modo, ese conjunto de relaciones, ese orden, es el que nos permite ver y entender el mundo, de tal modo que “La tesis central de la teoría que aquí se expone es que no sólo una parte, sino todo el conjunto de las cualidades sensoriales es, en este sentido, una ‘interpretación’ basada en la experiencia del individuo o de la especie”. En otra ocasión iré a la relación entre estas ideas de Hayek y las de Immanuel Kant. 

De modo que Hayek no plantea la existencia de de una sustancia que sea el pensamiento. Es más, la critica en su libro: “Las teorías dualistas son producto de la costumbre, adquirida por el hombre en su más primitiva observación de la naturaleza, de suponer que en todos los casos en que ha podido observar un proceso específico y distinto, éste tiene que deberse a la presencia de una correspondente sustancia, específica y distinta”. Pero considera que “concebir la mente como una sustancia significa atribuir a los acontecimientos mentales ciertos atributos de cuya existencia no tenemos prueba alguna, y que postulamos únicamente basándonos en la analogía con lo que sabemos de los fenómenos materiales”. 

Pero negar el dualismo, una posición que concuerda con su filosofía de la mente, no le impide hacer esta consideración: “Mientras que nuestra teoría nos lleva a negar cualquier dualismo en las fuerzas que rigen los ámbitos de la mente y del mundo físico, respectivamente, al mismo tiempo nos fuerza a reconocer que, a efectos prácticos, siempre habremos de adoptar un punto de vista dualista”. 

¿Por qué? Porque no podemos dar una explicación material específica a las ideas específicas (Mises, 1949). O, como dice Hayek, “cualquier explicación de los fenómenos mentales que podamos esperar conseguir alguna vez no podría ser suficiente para unificar todo nuestro conocimiento, en el sentido de que fuéramos capaces de sustituir enunciados sobre acontecimientos físicos concretos (o clases de acontecimientos) por enunciados sobre acontecimientos mentales, sin cambiar así el significado del enunciado”. Es decir, que “nunca seremos capaces de salvar la distancia entre los fenómenos físicos y los mentales; y a efectos prácticos, incluido el procedimiento apropiado para las ciencias sociales, hablaremos de contentarnos permanentemente con una visión dualista del mundo”. De modo que nos quedamos con el dualismo como posición permanentemente provisional.

Dualismo significa aquí no que haya una sustancia espiritual, sino simplemente que nunca podremos llegar a conocer cómo se forman las ideas de modo específico, y por tanto tenemos que actuar como si el mundo fenomenológico no estuviese causado por fenómenos estrictamente materiales. Es decir, que la teoría de Hayek restituye el principio del libre albedrío, al menos a efectos prácticos.

Vamos ahora a la crítica a las palabras de Luis Carlos Martín. La libertad no exige el libre albedrío. La libertad, en términos políticos, lo que exige es la ausencia del uso, o la amenaza del uso, de la violencia física. La libertad política no se refiere ni a la explicación del origen de las ideas, ni a fenómenos psicológicos, ni a la fortaleza del carácter o al número de opciones que se encuentre uno en su camino. Se refiere a la capacidad de someter la voluntad de otro a la propia, por medio de la violencia física. 

El elemento de la violencia física es muy importante, pues independientemente de la posición filosófica que uno asuma, el cuerpo es propio de cada persona. Y el daño físico sobre él es un medio que puede resultar muy eficaz a la hora de torcer su voluntad, y someterla a la de otra persona. Además, ese daño es delimitable e identificable, mientras que la mera capacidad de convencer a la otra persona no supone un menoscabo de su libertad. Es más, cambiar de parecer sin una amenaza física forma parte de la misma. En este punto, ningún materialismo puede desmentir la idea liberal de libertad, pues lo que la define es uso del elemento material de la persona

Ahora podemos volver sobre las palabras de Martín con algún escepticismo. En la página anterior a la citada, incide el autor sobre la idea de libertad como fundamento de la economía de mercado. Y la niega; lo hace en nombre del determinismo: “El colmo de la ‘idiotez’ (de idiocia) será atribuir la decisión libre al sujeto, ya sea por su juicio (una vez que se atreve a pensar), ya porque ‘haga lo que le dé la gana’, donde ganas y gustos están absolutamente determinados y no se eligen; le vienen a cada cual dados y tiene que asumirlos como pueda”. Defender lo contrario es la “apoteosis de la defensa de las cadenas que expresa el fundamentalismo democrático y el fundamentalismo de mercado; a saber, la idea del sujeto que basa sus decisiones en una voluntad y un entendimiento propio y libre”. 

Ya hemos visto que podríamos ser materialistas monistas y deterministas, y ello no afectaría a nuestra libertad política, por el simple hecho de que no podemos conocer qué es lo que determina exactamente nuestras ideas, y a efectos prácticos es como si no estuviesen determinadas. Dada esa ignorancia, podríamos decir que un daimón, una fuerza insondable y externa, guía nuestras decisiones. Nada de ello afecta al principio de la libertad política (ausencia de coacción).

Serie La teoría del cierre categorial y la economía.

I El cierre categorial

La Ilustración ha muerto. ¿Descanse en paz el liberalismo? (I)

“El hombre es la medida de todas las cosas”. Hace casi 25 siglos que el sofista Protágoras acuñó este aforismo. Un aforismo que, ciertamente, se presta a diversas interpretaciones, desde el relativismo extremo (cada uno tiene su verdad, o cada individuo es la medida de la verdad para sí mismo), al más genérico y razonable planteamiento de Goethe, en el sentido de que existe una medida común, presente en todos los hombres individuales, para valorar las cosas y para atribuirles significado. Sea como fuere, todas las formas de interpretar el aforismo de Protágoras tienen un denominador común: la verdad, la medida de las cosas, no hay que buscarla fuera del hombre, sino en el hombre mismo, ya sea a título individual o colectivo.

El aforismo, o lema si se quiere, de Protágoras, casi diametralmente opuesto al planteamiento de Platón (que podría resumirse en que la medida o la verdad de las cosas es externa e independiente del hombre), fue corregido y aumentado primero por el Renacimiento –que desempolvó del desván de la Historia la cosmovisión materialista, apolínea y a la vez dionisíaca, del espíritu pagano–; y después por la Ilustración, que en su clímax, la Revolución Francesa, elevó a la categoría de divinidad absoluta la facultad más noble, aunque quizá la más débil, del ser humano; esto es, la capacidad de conocer en general y, más concretamente, la capacidad de conocerse a sí mismo.

Kant, una de las cumbres del pensamiento occidental, proclamó en ¿Qué es la Ilustración? la mayoría de edad de la Humanidad (el célebre sapere aude), anunciando la paz eterna universal, no tanto por la vía del cumplimiento de los Diez Mandamientos, sino por medio del Estado de Derecho, de la Educación, de la Ciencia, de la democracia representativa, del libre comercio y de la presunción de racionalidad aplicada a todos los individuos. Muy pocos años antes, y animado del mismo espíritu, Adam Smith había publicado La riqueza de las naciones, típica obra ilustrada, donde acuña el célebre y fértil concepto de la “mano invisible”, o lo que es lo mismo, la capacidad natural de autoorganización y tendencia al equilibrio dinámico de los grupos humanos que un siglo antes Isaac Newton había predicado de la materia y de los astros en los Principia Mathematica. La antigua doctrina de la Providencia activa, sustentadora directa del orden y el equilibrio en las cosas celestes, terrestres y humanas quedaba arrinconada como antigualla oscurantista. Dicho en otras palabras, para conservar y mejorar el orden social ya no era necesario observar ciertas normas morales emanadas de o dictadas por seres trascendentes: la compensación de fuerzas opuestas (el principio de la competencia, o la “mano invisible”), como muestran las leyes de la Dinámica de Newton en lo material, reconducirá a la senda del equilibrio dinámico cualquier perturbación del sistema, ya se trate de un sistema físico o, por analogía, de un sistema social.

Consecuentemente, justo un siglo después de Smith y Kant, y dos siglos después de Newton, Nietzsche, en La gaya ciencia, levantaba el acta de defunción de lo religioso en los asuntos humanos y la inauguración de la era del superhombre, del hombre libre de todo tipo de ataduras (religiosas, morales, materiales, sociales y culturales); esto es, del sapere aude al potens aude tras un siglo, el XIX, de fermentación de las doctrinas emanadas de la Ilustración. Una era plenamente faústica que duró otro siglo, el XX, el de los avances científicos y técnicos más asombrosos en la Historia de la Humanidad, el siglo en que la población mundial se multiplicó por cuatro y la esperanza de vida por dos. Y al mismo tiempo, el siglo de las religiones políticas, de los totalitarismos, de los genocidios programados, de la guerra total y de las armas de destrucción masiva.

Y casi exactamente un siglo después de La gaya ciencia, esta vez un francés, Jean François Revel, contemplando el ya moribundo siglo XX y cerrando el ciclo iniciado por la Ilustración y la Revolución Francesa, levanta a su vez, muy a su pesar, en El conocimiento inútil, otra acta de defunción, la de la hermosa utopía ilustrada que tan elocuentemente expresó Kant, basada en la Razón, en el Derecho y en la Ciencia. Por las mismas fechas, Hayek, ya en las postrimerías de su vida, publicaba La fatal arrogancia, obra destinada a dar la puntilla a un socialismo, real y teórico, ya moribundo. Y esa puntilla vino, no de los afilados instrumentos de la razón ilustrada, sino de una enigmática frase que, ya en su significado literal, apunta a la raíz del problema, y que da título al primer capítulo del libro: “Entre el instinto y la razón”. En otras palabras, Hayek ya pone de relieve la insuficiencia del instrumental ilustrado para comprender los fenómenos y las dinámicas sociales. Así, viene a decirnos Hayek al final de su vida que, ciertamente, el sueño de la razón puede producir monstruos, como Goya ya nos advirtió en sus grabados; pero la razón insomne, desnuda, sin otra referencia en la que apoyarse más que en ella misma, produce monstruos aún más temibles.

Casi al mismo tiempo que estos dos gigantes del pensamiento del siglo XX constataban, cada uno desde su punto de vista, y aun a su pesar, el agotamiento del programa ilustrado, caía con estrépito el Telón de Acero, es decir, el último gran experimento inspirado en la Ilustración (el primero fue la República de los Estados Unidos, que vio la luz al mismo tiempo que se publicaba La riqueza de las naciones). El júbilo, más que justificado, con que fue recibido el acontecimiento, que ya comienza a ser lejano en el tiempo (no en vano, ya ha transcurrido más de una generación), impidió calibrar tanto sus consecuencias como, sobre todo, su más profundo significado, ya esbozado en parte por Revel y por Hayek, como se acaba de señalar; y también, diez años antes, por Aleksandr Solzhenitsyn, en su célebre conferencia en Harvard.

Treinta años después, una vez sublimada la polvareda provocada por la caída del Muro de Berlín, puede decirse que aún no se han extraído las lecciones más importantes, a pesar del terrible aviso del 11-S con que se inauguró el siglo XXI tras esa segunda Belle Époque que transcurrió en la década de los 90, donde parecía que, por fin, iba a hacerse realidad la feliz utopía ilustrada, la de un mundo en paz, en armonía y en constante progreso basado en la Razón, en la Educación, en el Derecho, en la Ciencia, en la democracia liberal, en la división del trabajo internacional y en el libre comercio. Hoy es fácil ridiculizar a Fukuyama, pero en 1992, la fecha en que se publicó El fin de la Historia y el último hombre, la tesis de la democracia liberal como único sistema político posible y viable, y su correlato económico, la división internacional del trabajo, también conocida como globalización, que presidió las cancillerías y las universidades occidentales en la década final del siglo XX, era poco menos que incuestionable.

Desgraciadamente, como ya se ha dicho, el 11-S nos despertó a todos, abruptamente, de ese feliz sueño, para devolvernos a una realidad líquida, casi gaseosa. A un mundo multipolar, tanto en lo político como en lo religioso, lo ético, lo cultural y hasta en lo científico –la climatología es el caso paradigmático, aunque no es, ni mucho menos, el único en el ámbito científico–, donde todo en principio es posible, razonable, esperable y respetable; pero donde en la práctica nada es posible, razonable, respetable ni esperable, salvo la constante tendencia, acelerada en los últimos años, al recorte de la libertad individual en aras de presuntos bienes comunes en forma de nuevos y voraces Moloch (el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, la preservación de la salud, la lucha contra el narcotráfico y el blanqueo de capitales, la biodiversidad, la ideología de género, la ideología de raza, etc.), que poco tienen que ver con los magnos objetivos ilustrados, mucho menos con el mandato del Génesis (creced y multiplicaos), sino más bien con un nihilismo apocalíptico que ya ha tenido lugar en otras épocas de la Historia, y que es, a su vez, uno de los síntomas más claros del agotamiento de una cultura y de la civilización a la que ésta dio lugar, como ya observó Spengler hace un siglo en La decadencia de Occidente.

Un mundo turbulento e incierto que contrasta llamativamente con la solidez granítica, al menos en apariencia, de los antiguos bloques políticos heredados de la posguerra mundial. En definitiva, un síntoma más de que ese mundo racional, ético y científico basado en la Razón ilustrada, hoy ya no es más que, parafraseando de nuevo a Spengler, un bicentenario árbol seco al que se adhieren efímeras trepadoras oportunistas en busca de una luz y un soporte que son incapaces de procurarse por sí mismas. Un cadáver erecto del que se aprovechan las plantas parasitarias dándole una falsa apariencia de lozanía y verdor, pero que ni crece ni deja crecer a las plantas y los árboles de provecho que, en el suelo del bosque, pugnan por algo de luz y algo de alimento.

Y esto nos lleva directamente a una dolorosa pero necesaria pregunta. Si la Ilustración se ha agotado, el liberalismo, su hijo más noble, su hijo predilecto, ¿no se habrá agotado también?

Volvamos todavía, por un momento, al aforismo de Protágoras: si el hombre es la medida de todas las cosas, para conocer la medida de las cosas, primero habremos de saber qué es el hombre, o al menos tener una pretensión de conocimiento más o menos ordenada y coherente acerca de él. Más que un juego de palabras, esta es, o más bien debería ser, la cuestión central en todas las ciencias humanas, particularmente en las ciencias sociales: acertar cuanto sea posible con la antropología, porque sin una buena antropología, no se hace ciencia, ni se propician sociedades armónicas sino, a lo más, ideologías y agendas políticas cuyo objetivo, mediato o inmediato, es el dominio sobre otros en provecho propio, no la armonía o el verdadero progreso.

Sin embargo, en lugar de eso, el viejo aforismo de Protágoras parece haberse transmutado en nuestros tiempos en algo así como “Las cosas son la medida de todo hombre”. De ahí que la erística –el arte de aparentar que se lleva la razón, se esté o no en lo cierto–, fundada precisamente por Protágoras, y su descendiente directa, la propaganda, hayan sustituido, primero en el ámbito cultural, después en el político, luego en el económico y por último en el científico, a esos serenos, sesudos y sosegados debates y análisis en busca de lo bueno, de lo verdadero y de lo bello, que han caracterizado a la Filosofía occidental desde sus inicios.

La política, la economía y las finanzas, tanto en la teoría como en la práctica, son hoy apenas algo más que imagen y propaganda, un producto más de consumo masivo donde lo importante es la apariencia, no el contenido; pues no se busca lo verdadero, sino lo atractivo o, peor aún, lo que es beneficioso únicamente para los intereses y objetivos de élites muy reducidas. Las ciencias naturales, particularmente la biología y su hija más querida, la ecología, han dejado de ser la ciencia que estudia los seres vivos y sus interacciones en el medio natural para convertirse en una neorreligión apocalíptica (un mal remedo de la “religión de la humanidad” que ya entrevió Auguste Comte, el mismo que, por cierto, acuñó el concepto de “Física social”, edulcorado después con el eufemismo “Sociología”) que, en su forma más extrema y más política, trabaja activamente por la llegada de un nuevo mesías en forma de gobierno mundial destinado a actuar como sanedrín de un nuevo culto neolítico a la Madre Tierra, con derecho a lapidar social o incluso físicamente a los disidentes; y a dilapidar, si es preciso, veinticinco siglos de civilización occidental. Consecuentemente, las ciencias sociales, después de haber sido durante un siglo y medio el campo de batalla ideológico por excelencia, han acabado degenerando, en mayor o menor medida, en un conductismo pedestre cuando no en mera zoología aplicada a los grupos humanos.

En pocas palabras, ese retruécano sobre el aforismo de Protágoras, lejos de ser una hipérbole más o menos ingeniosa, es en realidad el auténtico lema de nuestro tiempo: el de un descarnado materialismo cultural, científico, técnico, sociológico y antropológico (la otra cara de la moneda, por cierto, del relativismo moral) típico de las culturas en avanzado estado de decadencia que ya han dado el primer paso hacia su descomposición, camuflada, eso sí, bajo la bandera de la libertad individual. O dicho de otro modo, partiendo de la mayoría de edad de la Humanidad, de la Razón autónoma y del libre examen y juicio individual de la Religión, de la Cultura, de la Moral, de la Ciencia, de la Política y de la Economía, tras doscientos años hemos desembocado prácticamente en el opuesto simétrico o, si se quiere, en el estado natural del hombre, que nada tiene que ver con las fantasías de Rousseau: el hombre, en su estado natural, y privado de referencias trascendentes que le ayuden a ordenar su vida y su acción, es un ser alienado, encadenado a sus propias pasiones, sujeto a fuerzas y poderes que no comprende ni puede controlar, y que tampoco puede resistir ni combatir, y que depende de la benevolencia, del criterio e incluso del permiso de los nuevos chamanes para proyectar su acción en el mundo. Porque, en definitiva, eso es lo propio del hombre, lo que le distingue del resto de los seres vivientes: la acción consciente. La acción humana con unos propósitos u objetivos concretos, propósitos u objetivos que nacen de lo adquirido a través de la educación y de la cultura en la que crecemos y nos desarrollamos.

Ausentes y sin posición: El fracaso de las élites occidentales

Resultan sorprendentes las imágenes y videos que circulan en las redes sociales y medios de comunicación sobre la invasión de los Talibán en Afganistán durante el fin de semana. No es extraña, sin embargo, la noticia en sí misma sobre una región y, concretamente Afganistán, que ha sufrido décadas de invasiones, guerras civiles y conflictos étnicos que no se han resuelto hasta hoy y sobre los que pesa el papel que las potencias mundiales y occidentales han tenido en los sucesivos conflictos.

El lector se preguntará ¿Por qué debemos preocuparnos por la estabilidad de un país alejado de las fronteras europeas? ¿No es más conveniente que los propios afganos definan sus soluciones y no inmiscuirnos en su política interna y en los conflictos de una región ajena a nuestra idiosincrasia? 

Pero es fundamental prestar atención a este nuevo cambio del orden geopolítico en la región, aunque los ciudadanos y gobiernos que subyacen en aquellos países no compartan la cultura, el idioma ni la visión de las cosas y del mundo —por ejemplo, la democracia como sistema de gobierno y la libertad como valor indisoluble del ser humano— que los países europeos y occidentales tienen salvo contadas excepciones, más bien, reducidas a la corrupción de grupos u oligarquías que ostentan el poder en algunos casos.

Lo ocurrido este fin de semana no es más que la caprichosa repetición de la historia en una región tradicionalmente inestable política y socialmente que tiene un punto de quiebre en 1919, tras la finalización de la Primera Guerra Mundial y en 1973 cuando se establece el sistema de gobierno republicano, en un intento más por modernizar el país. Pero, aunque los hechos vertiginosos de los que somos testigos se remiten a consecuencias de orden histórico, me referiré al rol que ha tenido el presidente afgano y el análisis de la situación de la potencia norteamericana que son también importantes en un contexto voraz de información. 

A más de uno ha extrañado la salida abrupta del presidente Ashraf Ghani, que apenas pudo proveer de certidumbre a los ciudadanos y frenar el avance de los talibanes a la capital afgana cuando los especialistas americanos —entre ellos la CIA y el Pentágono—, daban un margen de entre seis y dieciocho meses para que esto ocurra, lo que finalmente se produjo en apenas unas semanas. 

Ashraf Ghani que fue profesor universitario en la Universidad de California en Berkeley y en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, asume el poder en 2014 envuelto en un mantra nostálgico de las aulas que precedió y la experiencia académica no menos relevante que le antecede: es fundador de un think tank en Washington, cuya principal tarea era estudiar la brecha existente entre la participación de los ciudadanos y la confianza entre estos y los Gobiernos para la creación de políticas públicas.

El presidente huido de Afganistán pasó la mayor parte de su vida fuera de su país, entre centros universitarios, círculos académicos y consultoras políticas. Y en buena medida, conocía mejor Estados Unidos que Afganistán (para ser presidente de su país tuvo que renunciar a su nacionalidad americana).

Una vez en el poder, al que accedió gracias a su capacidad para convencer y codearse con los americanos —quienes verdaderamente decidían sobre el futuro de la nación ‘ocupada’—, abrazó el nacionalismo de su comunidad étnica, los pastunes, lo que produjo una división aún más profunda con las otras comunidades que habitan el país árabe, y nunca pudo establecer una cooperación notable y duradera con otras potencias que lo rodean, como China, Irán o Pakistán: su incapacidad política se vio dimensionada en los dos ámbitos, interno y externo, y su liderazgo se redujo a la figura ornamental de un gigante con los pies de barro.

Ashraf Ghani es el más claro ejemplo del fracaso de las élites occidentales en Medio Oriente, territorio históricamente hostil a los encantos de la democracia y los sistemas liberales de gobernanza y economía. A ello hay que sumar la desidia que los gobiernos americanos han tenido en este caso en concreto y la ausencia de una política exterior seria para la resolución de un conflicto que amenaza a la estabilidad de Europa: violencia, migración y terrorismo.

Ghani no solo ha sido derrotado estrepitosamente por los talibanes, ha sido abandonado por los americanos y ninguneado por sus aliados internos e incluso por el propio ejercito afgano corrupto y sin motivación alguna por defender una patria que, en cierta medida, no les reporta ningún valor moral ni económico.

Estados Unidos ha abandonado Afganistán a su suerte y Joe Biden ha ratificado la sospecha generalizada que se tiene respecto de la incapacidad o la falta de voluntad de que el país americano despliegue una política exterior con ‘altura de miras’ en un contexto donde no se pueden reducir los hechos a la pretensión filosófica de lesse fair lesse passer, porque la amenaza será aprovechada por otros protagonistas, tal como ocurrió en los años setenta con la invasión rusa, denominada guerra afgano-soviética que se extendió hasta los años noventa. Por su parte, China buscará evitar verse afectada por las hostilidades en Afganistán, país con el que comparte unos 60 kilómetros de frontera en la región noroccidental de Xinjiang. 

Estados Unidos, el país liberal y capitalista por excelencia y una de las mejores democracias del mundo se ha quedado ausente y sin posición, mientras el pueblo afgano se debate entre la huida y la resignación a un régimen absolutista islámico que no reconoce los Derechos Humanos ni ninguna categoría de libertad y dignidad humanas, solo la barbarie.