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Elogio a los que dan la cara

“Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido”, Gramsci.

Vivir en libertad no sale nunca gratis. Es cierto que el estado, como decimos los liberales, “nos sale muy caro”, pero aunque los beneficios de un estado mínimo son claros para muchos, mantener esa situación (y mucho más alcanzarla) exige un esfuerzo pedagógico constante, a través de cualesquiera medios disponibles: educación, medios de comunicación o tertulias de sobremesa o de café; un conste del que no todos somos conscientes.

Los antiliberales siempre han tenido claro, como advertía Gramsci, que para conquistar (y, por supuesto, mantener) el poder político es necesario conquistar antes el poder cultural, y esto último debían lograrlo, según el marxista italiano, “mediante la acción concertada de los intelectuales llamados ‘orgánicos’ infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión y universitarios”, algo que la izquierda ha sabido hacer desde sus orígenes.

Quizás porque los liberales, aunque recelosos del poder, hemos tenido siempre una infinitamente mayor confianza en el ser humano que los socialistas, no hemos dado igual batalla en estos campos, confiando siempre en el sentido común y la inteligencia de la gente para advertir lo que nos parece obvio y evidente. Quizás, también, porque entre nosotros no abundan los “políticos profesionales”, con lo que los incentivos para destinar recursos individuales a esa labor pedagógica se diluían y resultaban, por tanto, menores, sin que tengamos al estado para realizar tales tareas (por razones de coherencia evidentes). Quizás simplemente porque estábamos preocupados de otras cosas más inmediatas y que creíamos más urgentes.

Pero tenemos que ser muy conscientes de que, por mucho sentido común que pueda tener la gente, los humanos nos relacionamos con el mundo desde conceptos y concepciones de los que, en la mayor parte de los casos, no somos ni conscientes; y que esos conceptos se pueden ir cambiando (que es lo que pretendía Gramsci), por lo que con ellos cambiaría también la forma de vivir o de pensar. Y es que, como decía Huxley en Las puertas de la percepción, es nuestro cerebro quien nos ayuda a seleccionar, de la abrumadora y confusa masa de información que percibimos, “la muy reducida y especial selección que tiene probabilidades de sernos útil”, siendo los prejuicios inconscientemente adquiridos los encargados de hacer esa selección (“la realidad está definida con palabras. Por tanto, el que controla las palabras, controla la realidad”, que decía, en un sentido parecido, también Gramsci).

Hace unas horas apelaba Abascal a los españoles, pidiéndoles que “den el paso” y financien una televisión “que plante cara” a las televisiones entregadas a la izquierda para dar la batalla cultural. Desconozco si la solución es una gran televisión, o miles de pequeños canales independientes en las redes. Lo que tengo claro es que en cualquier momento de nuestra historia, presente, pasado o futuro, esa batalla cultural, incesante y omnipresente, es esencial y no darla lleva al desastre; algo que no nos podemos permitir.

Cuenta Roberto de Mattei, en su Historia del Vaticano II, lo que uno de los Padres conciliares escribió a Roma, en las fases previas al Concilio. Evidentemente iba dirigido contra los “modernistas” que querían atacar la sana doctrina y el Magisterio milenario de la Iglesia, pero es perfectamente aplicable a lo que estamos comentando:

“(…) a) La condena de las doctrinas perversas, aunque absolutamente necesaria, no es suficiente. b) Es necesaria una batalla organizada contra los errores y contra los que promueven y propagan los errores. Una batalla así, organizada como por un ejército ordenado y metódico, hoy resulta fácil por el progreso de las comunicaciones con la Santa Sede. A pesar de ello, el Clero, las Órdenes Religiosas, nuestras escuelas, el laicado, no se movilizan para dar batalla. Falta una resistencia organizada contra las ideas y contra las personas. c) Una batalla organizada debe dirigirse también contra las formas larvadas de Revolución, sus errores y su espíritu, que la propagan junto con su espíritu. Estas formas en general tienen dos (sic) características: 1. Son consecuencias lógicas de errores o expresiones psicológicas de un falso principio, aplicadas a un campo muy concreto. 2. Los contenidos son presentados de tal manera que un fiel menos informado no capta la malicia de la doctrina. 3. Aunque no perciba la malicia de la doctrina, el fiel conserva de modo latente y activo el principio perverso en el alma, y de manera insensible, sin darse cuenta, se impregna de este principio y del espíritu de la Revolución” (Roberto de Mattei: Concilio Vaticano II: Una historia nunca escrita. Homo Legens. 2018).

No sé si Monseñor Proença Sigaud (el obispo brasileño autor de esas líneas), había leído a Gramsci… pero más nos valdría a nosotros, en los que nos atañe, tenerlas presentes. Lenin decía, y Gramsci repetía, que la mentira es un arma revolucionaria. Nosotros tenemos la ventaja de que podemos ir con la Verdad… pero hay que “ir”, como están empezando a hacer algunos, aunque todavía insuficientes; los resultados de esa batalla, por ahora, no pintan demasiado bien.

La nueva-vieja economía circular

La economía circular tiene ya cuatro décadas, lo que puede sorprender a muchos miembros de las nuevas generaciones y a algunos de las no tan nuevas. Es uno de esos conceptos que aparece y desaparece de los medios de comunicación o de las líneas estratégicas de acción de gobiernos y empresas, sobre todo de empresas de carácter estratégico, como las de suministros básicos: energéticas, agua o materias primas. El concepto aparece por primera vez en los años 80 del siglo pasado y es una estrategia que tiene por objetivo reducir tanto la entrada de los materiales vírgenes como la producción de desechos, cerrando los “bucles” o flujos económicos y ecológicos de los recursos.

Así pues, nace con la idea de, primero, reducir el impacto de los sistemas económicos y sociales sobre el medioambiente; segundo, reutilizar, de forma que se dé una mayor vida útil a un producto y, tercero, reciclar[1], de manera que se pueda encontrar nuevos fines a lo que ya no es útil, evitando de esta manera esquilmar el medio en busca de materias primas. La economía circular usa la naturaleza y los procesos naturales como modelo para buscar alternativas a los procesos existentes, usando modelos mecánicos o químicos que sustituirían a los que no han tenido esta inspiración y que se supone que son dañinos. Esto daría como consecuencia una especie de ecología industrial, en la que los sistemas económicos se mimetizarían en ‘ecosistemas’, reduciendo o incluso eliminando cualquier daño, como los residuos o la contaminación. El fin de todo ello sería la economía verde, una economía perfectamente equilibrada entre las necesidades y las acciones humanas y la sostenibilidad del ecosistema global, del planeta Tierra… de Gaia, si nos ponemos un poco esotéricos.

No es casualidad que la economía circular tomara forma y nombre al finalizar los años 70. Esa década fue complicada en muchos aspectos, no sólo económicos, sino también políticos. A finales de los años 60, el Club de Roma había adelantado un futuro de sobreexplotación de recursos, exceso de población, hambres y muchas calamidades, incluidas las medioambientales, aunque en esa época estaba de moda el enfriamiento global, una nueva versión extrema del maltusianismo. El recrudecimiento de la Guerra Fría y el aparente avance del comunismo, sobre todo a través de los procesos de descolonización, pusieron en jaque el sistema capitalista que flaqueó, adaptándose y apostando por planificación, por el intervencionismo económico y social.  La crisis del petróleo encareció de manera significativa la energía y, en el contexto de una energía cara y una planificación político-económica, muchos occidentales vieron que, efectivamente, estaba habiendo un retroceso, incluso una respuesta de la naturaleza a los excesos humanos. Los ‘expertos’ del Club de Roma tenían razón: la crisis era un hecho y el apocalipsis nuestro destino. Si el ser humano había llegado a un estado tan lamentable, quizá fuera mejor reflejarnos en el modelo de la propia Naturaleza, tan idealizada, tan perfecta. Sólo era cuestión de ponerle un nombre, un nombre nuevo para… ¿unos conceptos viejos?

Realmente, el ser humano ha usado la mal llamada economía circular con mucha frecuencia, aunque adaptada a las circunstancias, siempre y cuando haya sido el sistema más eficiente posible. Chatarreros ha habido toda la vida. Personas que, sin necesidad de tener un certificado expedido por la autoridad, han recorrido ciudades y pueblos tomando los restos metálicos y llevándolos a fábricas donde les pagaban por ellos. Tan importante ha sido esa labor que, cuando Estados Unidos y Japón se miraban mal en el Pacífico, antes de que entraran en guerra a finales de 1941, los americanos pusieron una serie de embargos a los japoneses y, entre ellos, además de los del petróleo, estaba el de la chatarra[2].

A un nivel más doméstico, hace no tantas décadas, los hermanos pequeños heredaban la ropa de los mayores[3], quizá a disgusto, pero las familias con pocos medios no podían pagar la ropa porque, fíjate qué cosas, hasta hace poco, ésta era relativamente cara y un zurcido era mucho mejor que una nueva camisa. Hoy en día, el precio del textil y del calzado, siempre y cuando la marca no lo encarezca, es lo suficientemente bajo como para que los ciudadanos se planteen cambiar con frecuencia. Una consecuencia de este sistema ha sido que la calidad de los tejidos, incluso de los tejidos caros, se ha reducido, siendo las telas menos resistentes que las de hace 30 o más años, capaces de aguantar mejor el uso intenso. Al fin y al cabo, si vas a cambiar de prenda con la temporada, no merece la pena gastar recursos en investigar tejidos más resistentes.

Esto tampoco quiere decir que una prenda termine necesariamente en el vertedero de un año para otro. Una camiseta puede pasar por diferentes fases, desde prenda de paseo a la de estar por casa o dormir con ella, terminando en forma de trapo que se usa para limpiar. Aun así, han surgido negocios de ropa de segunda mano, algunos auspiciados por las ONG, que fomentan la reutilización de prendas para que no terminen en el vertedero (a precios que sinceramente me parecen exagerados). Tampoco estamos hablando de novedosos negocios, siempre han existido. Antes de la Revolución Industrial, eran un negocio necesario; después, según en qué épocas de mayor o menor escasez o abundancia, una posibilidad rentable. En resumen, dos de los tres conceptos básicos que usa la economía circular no eran novedosos; el tercero, el que implicaba que las actividades humanas no crearan un daño excesivo al medioambiente, tampoco, pero con matices.

El desarrollo de la ciencia y la tecnología nos ha permitido ser conscientes de que ciertas prácticas podían ser perjudiciales, no sólo para el ser humano, sino también para su entorno y, como consecuencia de ello, poner remedio cambiando la manera de hacerlo o, incluso, eliminándolas. Hoy en día, un minero tiene una serie de medidas de seguridad para realizar su labor y preservar su salud, de las que, no hace mucho, sus compañeros carecían[4]. Hasta no hace demasiado tiempo, talar un bosque entero era una obra titánica que ponía a la naturaleza en su sitio, a los pies del ser humano, la cumbre de la Creación. Y pocos se molestaban por ello. Quizá los que vivían del bosque, pero porque desaparecía su modo de vida, no porque estuviera mal. Hoy en día, ni el humano más medioambientalmente malvado es capaz de acabar con un bosque, no porque lo respete, sino porque es mucho más eficiente hacer otras cosas para conseguir lo mismo o más; sin ir más lejos, plantar bosques y luego ir talándolos, según se necesiten (quizá arrebatando los terrenos de manera malvada compinchados con las autoridades locales). La contaminación o los desechos son, además de una externalidad negativa, un aviso para hacer más eficiente el proceso, como, por ejemplo, hace ya muchos siglos, usar el estiércol del ganado para abonar los campos donde se cultivaba y obtener mejores cosechas.

Sin embargo, la economía circular más moderna es para sus defensores y promotores, mucho más. Es una economía que tiene un objetivo: la sostenibilidad del planeta. Es hacer ciclos de reutilización de todo, de forma que un mismo componente tenga muchas vidas económicas… qué digo muchas, infinitas; alejarnos de las economías lineales de “usar y tirar”, en las que todo termina en un vertedero -contaminando y dañando- o quemado -provocando emisiones peligrosas-. Las razones por las que se impulsa son entusiastas, pero confusas. La UE dice en su página que se debe al aumento de la demanda y a la escasez de los recursos. ¿Estamos volviendo al espíritu del Club de Roma? ¿Hemos salido alguna vez de él? ¿Vamos a poder satisfacer nuestras necesidades en las siguientes décadas reutilizando recursos una y otra vez, pero siempre los mismos? En tal caso, ¿qué sentido tiene para esos otros países con materias primas, que no van a poder vender para otros o incluso para sí mismos, ya que no estarían en el ciclo y extraerlas sería un crimen contra el medioambiente? ¿Volvemos a una especie de autarquía? ¿Tiene sentido el diseño ecológico que se pretende? Eso lo dejo para el siguiente artículo.


[1] Reducir, reutilizar y reciclar era lo que llamaban las Tres Erres, la tabla de la ley del sistema. Con el tiempo, se llegó a siete conceptos, todos muy parecidos.

[2] Japón es un país con mucha población y poco terreno y aún menos recursos naturales, de forma que, en esa época, la chatarra era una de las principales fuentes de materia para conseguir acero.

[3] Antes de que cada curso escolar supusiera un libro nuevo para la misma asignatura, o una asignatura similar, los hermanos pequeños, si iban al mismo colegio o instituto, también heredaban los libros de sus hermanos mayores. Ahora, estos cambios continuos propiciados por las autoridades educativas son un negocio para las editoriales, a costa de los ciudadanos.

[4] Incluso en la antigüedad, los presos eran condenados a las minas donde terminaban muriendo, aunque esa no fuera la condena.

Ciudades Estado vs Unión Europea

Todos los que han tenido oportunidad de visitar Italia se quedan maravillados con la belleza e historia de sus ciudades, de muchísimas de ellas. Es obvio que despuntan Venecia o Florencia (y qué decir de Roma), pero quien profundice un poco en el territorio de la bota descubrirá pronto que las citadas no son más que la punta del iceberg. A su alrededor se pueden encontrar Padua, Vicenza o Verona, y la Toscana está trufada de tesoros como Siena, San Gimignano, Pisa, Lucca o Volterra. Pero es que no termina ni de lejos aquí la cosa, y quien tenga tiempo para separarse un poco más, podrá maravillarse con Mantua, Ferrara, Parma o Urbino.

Un paseo por cualquiera de estas ciudades revelará al viajero la enorme riqueza que fueron capaces de atesorar en su momento, ahora reflejada en maravillosos palazzi, duomos, giardinos y conventos, y todas las obras de arte en ellos contenidos. Una riqueza ciertamente exuberante si se contrasta con la situación actual, donde la producción artística y arquitectónica no guarda proporción alguna con la que hubo en su momento en las citadas ciudades. Y, ojo, no digo que no se haga arte o que no se construyan magníficos edificios, simplemente digo que no hay la misma proporción producción artística-riqueza que en aquella época, si no mucho menor. Lo que, a su vez, si mantenemos fijo el ratio, podría significar que la riqueza que se generaba en esas ciudades era superior en términos reales, siempre per cápita para corregir por la menor población.

¿Puede compararse la producción artística de estas ciudades con la producida por la República Italiana, fundada sobre los mismos territorios uniendo los Estados preexistentes? La verdad es que cuesta mucho decir que sí. ¿Es ello reflejo de una menor generación de riqueza en términos relativos? No es tan fácil responder, aunque la teoría económica proporcione alguna pista.

El viajero curioso se preguntará cómo es posible lo que trato de describir en el párrafo anterior. ¿Pues no se moría de hambre la gente en la oscura Edad Media? El hecho cierto es que toda esa riqueza fue generada en ciudades Estado, pequeñas entidades territoriales que se gobernaban por leyes basadas en la costumbre, y por elites locales; élites en sentido estricto, es decir, gente reconocida como válida por sus vecinos. Quién mire a su alrededor en la actualidad se va a encontrar con un panorama muy similar, pues hay una gran correlación entre riqueza de países (siempre per cápita) y su tamaño: Singapur, Hong-Kong, Liechtenstein, Luxemburgo, Brunei, Qatar o los Emiratos Árabes Unidos saltan a la mente.

Así pues, la evidencia empírica nos tendría que hacer preferir Estados pequeños (de tamaño) a Estados grandes, aunque evidentemente a esta conclusión ya no llegará ningún viajero, por curioso que sea, y se volverá feliz a su Estado-nación de buen tamaño con un montón de fotos en su móvil.

Y, sin embargo, la teoría económica coincide y explica la evidencia empírica observada. Para ello, el primer punto que no se ha de olvidar es que hay una relación causal entre libertad y riqueza, por una razón muy sencilla: solo se puede crear riqueza mediante transacciones voluntarias, pues solo en ellas ganan las dos partes (si una perdiera, la transacción no se llevaría a cabo voluntariamente, claro). Y, por supuesto, a más libertad, más transacciones voluntarias son posibles. Así pues, cuanto más libre es un territorio, más riqueza se puede esperar que genere[1].

Si esto es así, entonces se puede deducir que las ciudades-Estado, en general, ofrecían un entorno más libre que las actuales naciones-Estado, por llamarlas de alguna forma, pese a todo lo democráticas que son. Una primera razón por la que ello ocurría (y ocurre) es que en ellas es más fácil votar con los pies. Como ocupan poco territorio, es fácil salir de ellas y cambiar de régimen estatal. Esta posibilidad supone una fuerte disciplina para los Estados pequeños que, por tanto, tenderán a intervenir en la vida de sus ciudadanos de una forma más benigna que si estos no se pueden escapar tan fácilmente.

Otra razón a tener en cuenta es la mayor proximidad de los ciudadanos a los gobernantes. En los pueblos todo el mundo conoce al alcalde, y es indudable que eso ejerce una fuerte presión sobre la conducta de éste, más allá de las consideraciones legales y penales. Lo mismo, imagino, ocurriría con los gobernantes de estas ciudades Estado, que la ciudadanía a la que tienen que responder no les quedaba lejos, y no era tan fácil hacer desmanes.

Ello nos lleva a una tercera razón: si es relativamente difícil lucrarse ejerciendo el gobierno, tanto por la cercanía de la ciudadanía como por la menor disposición de recursos, será mucho más difícil que surja una clase política que pretenda vivir de esta situación. Es por ello que los gobernantes de estas ciudades serían normalmente (imagino una vez más) gente con riqueza previa y reputación, que tuvieran un verdadero compromiso con la ciudad en que vivían[2]. Vamos, que gobernar se haría por amor al arte y al prójimo. Recuérdese que hablo siempre en términos probabilísticos, no digo que siempre fuera así, sino que tendería a ser así.

Creo que estos tres argumentos son ciertamente potentes para explicar la libertad existente en estas ciudades-Estado y, consecuentemente, su capacidad para generar riqueza.

Siendo así, ¿cómo es posible que los individuos abrazaran con entusiasmo los estados-nación actuales, con todas las mermas de libertades y de capacidad de generar riqueza que han conllevado? Lo digo pensado sobre todo en Alemania e Italia, cuyo origen es el de estas ciudades Estado. Sinceramente, me cuesta pensar que fuera suficiente con el señuelo de la democracia, siendo como es un argumento bastante potente para la mentalidad actual.

Más bien quizá haya sido un fenómeno parecido al que originalmente se dio con la Comunidad Económica Europa, que conocemos mejor. Las ciudades-Estado de continúa mención eran libres y con capacidad de generar mucha riqueza, pero al mismo tiempo encontrarían dificultades comerciales allende sus fronteras, o sea, muy cerquita. Los enfrentamientos entre las ciudades italianas eran constantes, y constantemente se revisaban alianzas y cambiaba el balance de poder. Frente a esta situación tan inestable, tener un marco común era una verdadera panacea: se reduciría la conflictividad y se multiplicaría el comercio entre las entidades independientes. Algo que ya se había visto en todos los imperios, al menos en sus momentos iniciales, empezando por el persa de Ciro.

Así pues, la agrupación de estas ciudades-Estado en territorios con un marco común, suponía un claro incremento en las libertades y en las riquezas de todos los que se adhirieran. El caso de Alemania tras el establecimiento del Zollverein es seguramente el más paradigmático. Y sin duda supuso un excelente ejemplo para la fundación de la República de Italia[3].

Pero, al mismo tiempo, se sembraban las semillas para la aparición de Estados mucho más grandes, y, por lo tanto, aquejados por los males que habían esquivado con su tamaño las ciudades Estado. El principal, por supuesto, sería la aparición de incentivos perversos para el surgimiento de una clase política destructiva, que tan magníficamente describe Hayek en su capítulo “¿Por qué los peores llegan a lo más alto?” de su Camino de Servidumbre.

Es la misma estrategia que se sigue desde la Comisión Europea, el Estado de la Unión Europea. El interés inicial para la ciudadanía consistía en el incremento de sus ámbitos de libertad territorial: eliminación de barreras al comercio y movimiento de personas en un territorio de mucho mayor tamaño al de cada Estado-nación integrante. De nuevo, no obstante, quedan sembradas las semillas para una mayor pérdida de libertad (y riqueza) que la adquirida mediante la eliminación de esas barreras. Tendremos un Estado con mucho más poder y más ámbito territorial, con la merma consiguiente en libertad y riqueza. Y cada vez estaremos más lejos de las preciosas ciudades-Estado italianas que, de momento[4], nos dejan visitar.


[1] Como no puedo entrar el debate de la subjetividad de la riqueza y de la relación de ésta con los recursos, a su vez cambiantes en un entorno dinámico, el lector que no esté conforme que añada un ceteris paribus a la anterior afirmación.

[2] Algo parecido ocurría con el cursum honorum en la República de Roma.

[3] Con la visionaria excepción de San Marino, entre otras. Por cierto, el lema de la pequeña república no es otro que “Libertas”.

[4] No exagero, recuérdense las medidas relacionadas con la pandemia COVID que acabamos de vivir, y dónde acabaron nuestras libertades de movilidad.

¿Es la confianza lo que confiere valor al dinero?

Una idea muy extendida acerca del dinero es que todos lo aceptamos porque confiamos en que a su vez los demás lo aceptarán por un valor igual o muy parecido al que nosotros lo adquirimos. Autores populares como Yuval Noah Harari con su libro Sapiens, han ayudado a divulgar esta idea. Esto se lo he llegado a leer o escuchar incluso a personas que conocen bien el pensamiento de la escuela austríaca como Francisco Capella o Alejandro Sala.

He de aclarar que me refiero a aquél dinero que no es a su vez un contrato con un tercero, es decir, que no representa la obligación de nadie porque en esos casos es evidente que necesitamos confiar en que el obligado cumpla con lo establecido en el contrato. Pero este tipo de confianza en el cumplimiento de obligaciones más o menos concretas no es a la que me quiero referir en el artículo de hoy, sino a la “confianza” entendida como expectativa en que el dinero vaya a ser ampliamente aceptado de forma voluntaria por los demás a un valor igual o muy parecido al que nosotros lo adquirimos.

Afortunadamente, Carl Menger nos ilumina al respecto de forma muy concreta en su libro El Dinero, dejando claro que esta supuesta “confianza” sería igualmente aplicable a cualquier otro bien que deseemos vender, y por tanto es un concepto totalmente inútil para distinguir el dinero de cualquier otro bien:

“Pero aquí se olvida el hecho de que esta no es, en absoluto, una característica peculiar del dinero. También el comerciante, el especulador, etc., adquieren los bienes que luego ponen en venta, únicamente en la «confianza» de que estarán después en condiciones de cederlos a otros, y para ellos es absolutamente indiferente (en el aspecto que es aquí decisivo) el que quienes en el futuro adquieran sus mercancías se propongan luego consumirlas o revenderlas. Lo mismo sucede con el dinero, que nosotros, precisamente como hace el comerciante con su mercancía, lo adquirimos (por lo general y no excepcionalmente) solo a causa de su valor de cambio; es decir, para poder cederlo de nuevo a otros.” (El Dinero, p. 102-103)

Cuando un inventor lanza un nuevo producto al mercado que no tiene ningún valor de autoconsumo para él, por ejemplo unas gafas graduadas, o cuando un intermediario compra una tonelada de cemento para luego revenderlo y que tampoco tiene ningún valor de uso para él, o cuando un productor de patatas pone a la venta las patatas que es incapaz de consumir por sí mismo, en cualquiera de estos tres casos estaríamos en la misma situación de “confiar” en que el bien en cuestión tendrá un determinado valor de cambio. Y como bien apunta Menger, al vendedor le importa bien poco que el comprador lo adquiera para posteriormente consumirlo o revenderlo, mientras lo valore lo suficiente para al menos uno de esos dos propósitos.

Hay algunos bienes que por ser duraderos, divisibles, fungibles, difíciles de falsificar, tener una oferta limitada, etc, son más demandados para pasar de mano en mano indefinidamente que por su valor de uso o consumo (¡si es que tuvieran alguno!). Y el razonamiento que expone Menger más arriba es extensible a este tipo de bienes. Lo que podríamos llamar mercancías “puras”. Es decir, este razonamiento no sólo es aplicable al dinero (generalmente aceptado), sino también a otros bienes económicos que tienen una facilidad de venta o vendibilidad relativa alta como para ser buenos medios de cambio pero sin llegar a ser generalmente aceptados. Y que podrían no llegar a serlo nunca quedándose en la categoría de medios de cambio “a secas” por distintas razones como puede ser demasiada volatilidad o cualquier otra cualidad que pueda limitar su vendibilidad (liquidez).

Por otro lado, es innegable que una amplia aceptación, el efecto red, realimenta la liquidez. De eso no hay duda. Pero como bien apunta Menger la costumbre o a la influencia de las autoridades aumentan la vendibilidad, pero posteriormente y como consecuencia de la vendibilidad original del bien, que a su vez se debe a sus cualidades intrínsecas (transportable, divisible, difícil de falsificar, oferta limitada, etc). El efecto red es una consecuencia añadida que puede conferir más estabilidad al valor, pero no una causa que lo origine.

Este efecto puede servir a una moneda establecida como defensa ante otra moneda aspirante si esta última no tiene unas cualidades significativamente superiores a la moneda ya establecida, pues el coste o molestia de cambiar de una a otra puede ser mayor que la mejoría que aporta la moneda aspirante, y por tanto no merezca la pena cambiar.  Sin embargo, creo que algunos economistas como George Selgin sobrevaloran el efecto red como barrera defensiva y malinterpretan a Menger al ponerlo por delante de las cualidades que confieren mayor vendibilidad a un bien.   

Aplicando este razonamiento del efecto red a una supuesta batalla entre Bitcoin y el dólar, y digo supuesta porque yo personalmente creo que no existe tal batalla pues todo apunta a que satisfacen necesidades distintas, Bitcoin iguala al dólar en muchos aspectos y lo supera también en unos cuantos. 

El “problema” de Bitcoin en esa supuesta batalla no creo que fuera el gran efecto red del que disfruta el dólar sino muy probablemente una de sus cualidades: La oferta fija.  Si bien es teóricamente una excelente propiedad como reserva de valor a largo plazo, puede que no lo sea tanto para un buen equilibrio entre oferta y demanda que confiera estabilidad de valor a corto y medio plazo, que es lo que hace falta para que un bien se utilice como dinero, incluso aunque esa estabilidad se produzca dentro de una clara tendencia a la baja.  Esto se ve claro en las monedas con una inflación moderadamente alta, como por ejemplo la peseta o la lira en su momento, que lejos de ser rechazadas seguían siendo ampliamente demandadas localmente para periodos cortos de atesoramiento porque a pesar de la inflación, a corto plazo seguían siendo razonablemente estables, y la erosión del valor por inflación para periodos cortos de tiempo era perfectamente tolerable, como por ejemplo los 4 o 5 días que pasan desde que cobras la nómina hasta que pagas la letra de la hipoteca.

Un argumento en contra de la vendibilidad, es que por lo general los individuos no hacemos sesudos análisis de las cualidades de los bienes para decidir si los queremos como dinero o no, sino que simplemente nos fijamos en la evolución de su poder adquisitivo. Y esto es cierto. Pero es que la evolución del poder adquisitivo o precio del dinero es la información que aglutina la valoración sobre la vendibilidad, y mientras no existan o se prevean problemas, es infinitamente más práctico y sencillo fijarnos en el precio. Pero cuando hay problemas es cuando buscamos otras alternativas, y entonces ya sí que rascamos con detalle las características de los bienes alternativos que adquirimos, sean dinero o no, para escapar de la inflación, la iliquidez o la incertidumbre.

En conclusión, no es necesario buscar razonamientos especiales o teorías ad-hoc para explicar el valor del dinero. La teoría del valor aplicable a cualquier bien es suficiente. Son las cualidades intrínsecas, que en el caso del dinero son las que afectan a su vendibilidad (ver capítulo V de el Origen del Dinero de Menger), las que determinan su utilidad, y por tanto su valor.

La no-reforma de las pensiones

Esta semana unas declaraciones de Escrivá generaron un gran debate en los medios de comunicación en torno a la sostenibilidad del sistema de pensiones y su viabilidad futura. El Ministro declaró que la generación del baby boom “podrán elegir entre un ajuste pequeño en su pensión o podrán trabajar algo más”. Una cosa hay que reconocer a Escrivá, y es que en estas declaraciones fue mínimamente honesto sobre las consecuencias de la jubilación de los baby boomers para la sostenibilidad y capacidad del sistema público de pensiones. Eso sí, tan solo un día después de dichas declaraciones y tras posicionarse sindicatos y patronal en contra de la posición de Escrivá, este rectificó alegando haber tenido un mal día y disculpándose por no haber sabido transmitir certidumbre.

La realidad es que lo que no transmite certidumbre es la “reforma” del sistema de pensiones que el Gobierno acaba de pactar con los agentes sociales. Lo aprobado hasta el momento es únicamente la primera parte de una reforma más amplia que se ha prometido a Bruselas. El problema está en que esta primera parte es de fácil ejecución y bajísimo coste político (no así en términos de coste económico), mientras que las partes restantes quedarían para siguientes legislaturas, y, por lo tanto, se traspasaría la responsabilidad de dichas reformas futuras -más dolorosas, en términos de coste político- a otros partidos, probablemente.

La primera parte de la reforma aprobada por el Gobierno incluye la eliminación del Índice de Revalorización de las Pensiones, que, recordemos, limitaba la subida anual de la pensión al 0,25% en caso de déficit del sistema, y, asimismo, la derogación del Factor de Sostenibilidad, que adaptaba las pensiones a la esperanza de vida para así garantizar la sostenibilidad del sistema en el largo plazo. El Gobierno propone sustituir este último mecanismo por uno de equidad intergeneracional -cuyo funcionamiento aún se desconoce- a la par que se vuelven a ligar las pensiones al IPC sin tener en cuenta otros factores.

Por supuesto, esto no saldrá gratis. Un documento de Fedea estima que esta medida costará cerca de 2.400 millones de euros anuales. Para su financiación, Escrivá considera varias medidas que aumentarían los ingresos, como la subida de impuestos a aquellos ciudadanos con ingresos superiores a 49.000 euros, la ampliación de la base reguladora (esto no es seguro tras la polémica generada hace algunos meses en torno a ello) o la aproximación de la edad de jubilación efectiva a la edad legal. Esta última medida no está nada claro que ayudase a generar un mayor ahorro al sistema, ya que los coeficientes correctores aplicables sobre las pensiones de jubilación temprana son contundentes, y en muchos casos contribuyen a ahorrar más que un retraso de uno o dos años en la edad de jubilación efectiva. Cabe recordar que el Ejecutivo se ha comprometido con Bruselas a realizar un ajuste del sistema del 3% del PIB, lo que equivaldría más o menos a 30.000 millones de euros.

Otra de las medidas “estrella” del ministerio de Escrivá consiste en trasladar los denominados “gastos impropios” de la Seguridad Social a los Presupuestos Generales del Estado, rompiendo parcialmente el principio de separación de fuentes (en vez de reforzarlo, como algunos han tratado de vender) y tratando, en realidad, de que el Estado, a través de los PGE financie una mayor proporción de las pensiones contributivas. La reforma trasladaría cerca de 21.000 millones de euros al año al Estado desde la Seguridad Social, lo cual equivaldría al 2% del PIB. Para este año, tal y como se hallaba ya presupuestado, se transferirán 14.000 millones, cifra que aumentará anualmente.  Esto no supondría solución alguna, ya que pasaría el problema de la sostenibilidad del sistema de unas cuentas a otras y lo trasladaría al futuro, a través de la propia dinámica del aumento de una ya elevadísima deuda pública, que supondrá una gran carga para los trabajadores futuros.

Volviendo al documento de Fedea, en el mismo se afirma que con la reforma de las pensiones del año 2013, se alcanzaría en 2050 un gasto en pensiones del 12,5% del PIB (actualmente se destina cerca del 12%), mientras que con la actual supresión del Factor de Sostenibilidad y la indexación al IPC, el gasto se elevaría hasta el 17% del PIB en 2050. Lo realmente relevante es que el déficit del sistema, tras esta reforma, se elevaría hasta el 5-7% del PIB. Esto requeriría un recorte del gasto en pensiones de entre el 3% y 5% del PIB para que el sistema de pensiones no requiriera que el Estado cubriese estos déficits.

Si hay un factor sobre todos los demás que hace innegable la insostenibilidad del sistema en un futuro cercano es el factor demográfico. En un sistema de reparto, los trabajadores actuales cubren las pensiones actuales, mientras las suyas serán cubiertas por los trabajadores del futuro. Esto es muy relevante, ya que mientras en la actualidad hay 3,4 personas en edad de trabajar por cada persona mayor de 66 años (no significa que todas las personas en edad de trabajar estén empleadas), en 2050 habría 1,8 personas en edad de trabajar por pensionista, y tan solo 1 trabajador en activo por pensionista. En este sentido, el Banco de España ha calculado que, incluso asumiendo una tasa de ocupación del 80% (en España es del 60%), las cotizaciones futuras deberían aumentarse un 35% para poder financiar la tasa de sustitución actual en 2050, algo absolutamente inviable. Todo ello mientras la natalidad se mantiene anclada en 1,2 hijos por mujer, incluso en épocas de elevado crecimiento económico.

Las propuestas realizadas por diferentes instituciones para solucionar los actuales problemas del sistema público de pensiones español son muy variadas. En primer lugar, el Fondo Monetario Internacional propone un incremento de la inmigración cercano a los 5,5 millones de personas hasta 2050, a la par que un incremento de los ingresos del sistema, una reducción de la tasa de sustitución de la pensión, incrementar la tasa de ocupación, retrasar la edad de jubilación y aumentar las fuentes de ahorro complementario. Según el FMI, solo así se garantizaría la sostenibilidad del sistema público de pensiones en España bajo las perspectivas demográficas actuales.

Por otro lado, Fedea plantea la transición hacia un sistema mixto con cuentas nocionales, al estilo sueco. En un sistema de este estilo, los trabajadores aportarían una porción de la base salarial a un sistema individual de cuentas financieras (aparte de al sistema general). Dichas cuentas financieras serían gestionadas de manera privada, mientras la parte de “reparto” podría ligar la edad de jubilación y/o la cuantía de la pensión a la esperanza de vida.

Por lo tanto, vemos que la primera fase de reformas del sistema de pensiones no son más que parches mal puestos que no solucionarán el grave problema estructural de sostenibilidad del sistema, mientras contribuye a trasladar el problema y sus costes asociados al futuro cercano, cargando con ello a los trabajadores más jóvenes y a las futuras generaciones.

REFERENCIAS:

Hernández de Cos, P. (2021), “El sistema de pensiones en España: Una actualización tras el impacto de la pandemia”, Documentos Ocasionales, Banco de España.

Conde-Ruiz, J.I. (2021), “El futuro de las pensiones en España”, Mediterráneo Económico.

FMI (2019), “Retos más allá de la sostenibilidad financiera”.

Los problemas de obstaculizar la emergencia espontánea de un dinero: El caso del Líbano

El dinero es el activo real con mayor liquidez intra e intertermporal en una economía. Esta característica lo convierte en el medio de intercambio generalmente utilizado. El dinero tiene la función de aumentar la liquidez de los agentes de una economía para facilitarles los intercambios indirectos y así solventar el problema de la doble coincidencia de necesidades. Un determinado bien puede convertirse en el bien más líquido por varios motivos, como por mandato gubernamental—como el dinero fiat—o mediante un proceso de orden espontáneo. Este proceso se produce porque conforme un bien va ganando dinerabilidad, más gente busca hacerse con él para disponer de liquidez y aunque no entiendan cómo funciona y sin ninguna decisión central.

Aún cuando hay un bien que ya se considera dinero, otro bien puede adquirir una mayor dinerabilidad e ir sustituyendo al bien anterior como dinero. Cuando este cambio es de la moneda nacional de un país hacia el dólar, se le llama dolarización. En el Líbano se estaba viviendo una dolarización, una conversión espontánea de la libra libanesa al dólar debido a la alta inflación de la lira y el gobierno lo intentó parar. 

Esta injerencia gubernamental está siendo un desastre. En octubre de 2019 el gobierno fijó un tipo de cambio entre el dólar y la lira porque el valor de esta había caído un 80 por ciento. Desde entonces los bancos comerciales se están negando a entregarles a sus clientes los dólares de sus cuentas sin permiso legal, pero con la vista gorda del gobierno. Esto solo es posible mediante privilegios estatales, en un libre mercado esos bancos se verían obligados a respetar los contratos a los que se han comprometido. 

Los bancos sólo entregan liras al tipo fijado a cambio de dólares. Y esto con total impunidad. El 75 por ciento de los depósitos bancarios está en dólares. Esta medida ha llevado a la mitad de la población a la pobreza. Esto está además generando escasez de importaciones y pagos con enormes descuentos. Ahora mismo millones de dólares destinados a la ayuda al desarrollo están uno desastre de colapso. 

Los libaneses pueden emitir cheques en dólares, pero estos no pueden ser usados fuera y en las casas de cambio estos se descuentan al 75 por ciento. Para conseguir una inversión de 1 millón de dólares, se necesita 4 millones de lólares (nombre de los dólares atrapados). 

Y todo esto se debe a acción gubernamental por el peligro de una dolarización y ‘‘la pérdida de soberanía y su moneda’’. Esto se debe a un mal entendimiento del dinero. Este no deja de ser un bien más, con la particularidad de ser el bien más líquido. El gobierno del Líbano tampoco tiene soberanía sobre el petróleo refinado, los coches o medicamentos (los tres principales productos importados) que usan sus ciudadanos. Si un país produce mejor dinero que otro, no hay ningún problema con importarlo como se hace con los coches.

Por muchos problemas que tenga el dólar y la mala gestión de la Reserva Federal, es muy superior a la del Bank du Liban, hecho el cual llevó a los libaneses a preferir atesorar, fijar precios y cobrar en dólares. Este proceso ya se ha dado en otros países como Ecuador o Panamá de manera satisfactoria. De ahí que a pesar de haber aumentado tan significativamente la oferta monetaria este último año, no esté tan clara la inflación: hay mucha demanda de dólares fuera de Estados Unidos.

El mal entendimiento del dinero hace que gobiernos destrocen economías por el miedo de perder el control sobre su divisa. Pero a veces esto es bueno para la población. Esto lleva a restringir la impresión nacional de dinero y restringir la inflación a niveles de EE. UU. Se debe dejar que el dinero, como el resto de los bienes de una economía, circule libremente, que diferentes dineros compitan y que la gente adopte el que estime mejor como inversión en liquidez. 

Referencias

Barbuscia, D. (2021). ‘‘‘Financial surrealism’: Lebanese opt for beer over banks’’ Reuters. Available at: https://www.reuters.com/world/middle-east/financial-surrealism-lebanese-opt-beer-over-banks-2021-06-17/.

Newson, N (2021). Aid millions wasted in Lebanese currency collapse The New Humanitarian. Available at: https://www.thenewhumanitarian.org/analysis/2021/3/24/aid-millions-wasted-in-lebanese-currency-collapse

White, L.H. (2002). ‘‘Does a Superior Monetary Standard Spontaneously Emerge?’’ Journal des Economistes et des Etudes Humaines 12(2): 269-281.

White, L.H. (2020). ‘‘Dollarization for Lebanon’’ Alt-M, July 30, 2020. Available at: https://www.alt-m.org/2020/07/30/dollarization-for-lebanon/.

El extraterrestre Neil DeGrasse

Una de las cosas más espectaculares que nos han dado las nuevas tecnologías es facilitar a cualquiera experimentar algo que solo estaba al alcance de los ornitólogos: la puesta, incubación y crianza de pollos de multitud de aves silvestres.

Recomiendo a todos los padres, especialmente a los que están criando a sus vástagos en entornos urbanos, que acerquen a sus hijos a este espectáculo que nos da la naturaleza. Los beneficios son muchos, pero resalto dos:

Le acerca a la vida silvestre de una forma que no se consigue de ninguna otra forma. El pollo al que, con suerte, ven salir volando fuera del alcance de la webcam, era un simple huevo unas pocas semanas antes. Lo que a los seres humanos nos lleva lustros, las aves lo tienen que hacer en pocos días. Y es una gesta que se repite todos los años.

Lo segundo es aún más importante: entender que la evolución ha hecho aflorar multitud de formas de sobrevivir. Y ninguna se puede juzgar desde ninguna de las moralidades humanas que nos permiten vivir en civilización.

Las cigüeñas suelen poner en torno a cinco huevos. Si eclosionan todos y la comida no es abundante, o el nido es pequeño, el padre escoge a un cigoñino, normalmente al más pequeño, y lo expulsará del nido. 

Las águilas calzadas ponen dos huevos. El primer pollo en eclosionar tendrá preferencia jerárquica sobre el segundo, aunque les separen pocas horas, y cualquier estrés que sufra, ya sea provocado por el hambre o por el simple carácter del pollo, supondrá la muerte de su hermano, al que no dejará comer o matará directamente si sus fuerzas lo permiten.

Es el funcionamiento de la evolución, y es algo a los que nuestros antepasados estaban expuestos en su día a día y lo daban por sentado. Pero en entornos urbanos con cada vez menos exposición al mundo natural, y con sobreexposición a un mundo paralelo de animales ficticios y mascotas, cada vez se hace más necesario tener ventanas que nos acerquen a la realidad, y nos permitan dejar de romantizar a la vida salvaje.

Pero hay una segunda consecuencia de vivir en una burbuja que nos aleja de la naturaleza: creer que no hemos evolucionado en la tierra y que venimos del espacio.

Muchos intelectuales, normalmente vinculados a las humanidades, hablan del ser humano como si fuéramos mentes que han surgido de las estrellas, en vez de homínidos que han sido esculpidos por el entorno terrestre durante miles de años de evolución. O como decía Félix Rodriguez de la Fuente, como si fuéramos unos extraterrestres que acabáramos de bajar de la nave para colonizar el planeta Tierra.

Lo curioso es que esta forma de pensar se está extendiendo al mundo científico arrastrada por el ecologismo, el veganismo y demás ismos vinculados a la nueva religión progresista que domina casi todo en estos días.

Muestra de ello es un tweet de Neil deGrasse Tyson de hace unos días, donde afirma que al parecer unos supuestos alienígenas se sorprenderán de que el ser humano se siga alimentando de secreciones animales o que tenga que matar para sobrevivir.

¿Cómo podrían sorprenderse de algo así? Tenemos un planeta lleno de miles de especies de flora y fauna, y la dominante se alimenta de exactamente lo mismo que el resto, pero de una forma más evolucionada. ¿Sorpresa? Lo sorprendente sería que la especie que domina un planeta no tenga nada que ver con el resto de las especies que lo habitan. En ese caso podríamos llegar a la rápida conclusión de que tuvo que llegar en una nave espacial, y por tanto es ajena al mundo que estamos estudiando.

Es algo bastante básico al alcance de cualquier estudiante de biología que haya leído y entendido a Darwin. Por lo tanto, cualquier persona de ciencias que se posicione en el bando de los sorprendidos de Neil deGrasse no está haciendo más que negar un dato básico de ciencia por no coincidir con un precepto de su religión.

Pero es una religión muy particular. Un Dios todopoderoso no sería fruto de la evolución, pero nunca se sorprendería por ver al ser humano caer en su naturaleza. Podría ser severo o indulgente, pero al menos nos conocería (somos su creación), y comprendería por qué hacemos lo que hacemos.

En cambio, los extraterrestres de Neil, que por lo que sabemos de existir deberían ser fruto de un proceso similar al que ha generado nuestra especie, ni siquiera vendrían a visitarnos con la voluntad de entendernos, sino de juzgarnos en base a una moralidad que prohíbe consumir materia viva para producir energía. Unos seres que han ido más allá del veganismo y que no entienden que otros organismos no hayan alcanzado su grado de sofisticación.

Unos extraterrestres progresistas, vamos. Como el extraterrestre Neil deGrasse.

El lenguaje económico (V): La biología

Un campo muy fértil en el empleo de metáforas y analogías económicas es el de las ciencias naturales y la biología. Se dice, por ejemplo, que «la economía se parece más a un sistema biológico que a una máquina» (Pino, 2020); los consumidores se defienden de los «virus» informáticos; se dice que el capitalismo laissez-faire es la «ley de la selva» o que en el ámbito mercantil «el pez grande se come al pez chico»; que cierta industria es el «músculo» económico del país o que en cierta región el paro es «endémico»; en el marketing se oye decir que cierto mercado (como la fruta) está «maduro» o que los productos tienen un «ciclo de vida» (Porter, 2009: 206; Kotler y Armstrong, 2003: 337): nacen, crecen, alcanzan la madurez y mueren. La lista de tropos es interminable, algunos resultan inocuos, pero otros forman parte de una retórica perversa que no facilita el análisis racional de los problemas; algo que el profesor Rodríguez Braun llama —también metafóricamente— lenguaje «envenenado».

Cuerpo, salud y enfermedad

Es frecuente hablar del «cuerpo» social como sinónimo de sociedad. Por ejemplo, el famoso Leviatán (1651) de Hobbes muestra un dibujo alegórico del soberano: un gigante portando corona, cetro y espada cuyo cuerpo está formado por minúsculos individuos o súbditos. La «mano invisible», que acuñara Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776), es probablemente la metáfora corporal más conocida. En el ámbito académico se llama «corpus» (cuerpo) al conjunto de datos y textos relativos a una disciplina.  El médico y economista francés François Quesnay (1694-1774), fundador de la Escuela fisiocrática, decía que el dinero en la economía era como la sangre en el cuerpo humano. Y si admitimos que la sociedad o la economía son como un cuerpo biológico, resulta inevitable pensar que éste puede estar «enfermo» y que, cual médico, «el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad» (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34). Los apóstoles de Keynes afirman que una economía «debilitada» se puede fortalecer con las «vitaminas» que le administra el gobierno en forma de inflación. Un buen ejemplo de «estímulo» económico fue el ruinoso Plan E: la pócima keynesiana del gobierno de Zapatero, cuyo resultado fue rematar al enfermo. Por su parte, los austriacos dicen que la inflación es un «cáncer» y los sindicalistas afirman que la retirada de ayudas gubernamentales a ciertos sectores —siderurgia, automovilístico— debilita el «músculo» industrial o el «tejido» empresarial.

La ley de la selva

En la naturaleza los animales viven en libertad. El depredador situado en un escalón superior de la cadena trófica se alimenta del animal situado en otro inferior. El primero solo puede sobrevivir a expensas del segundo, dicho coloquialmente: el pez grande se come al pez chico. Cuando se afirma que el capitalismo laissez-faire es la «ley de la selva» se producen varias y desafortunadas analogías. Se piensa que las empresas actúan como los peces, por ejemplo, que el gran distribuidor comercial se «come» al pequeño comercio; o que los empresarios se «alimentan» (explotan) de sus empleados, sustrayéndoles la mítica plusvalía. Surgen múltiples metáforas que llevan asociada una condena moral: los especuladores financieros son «tiburones» y los fondos de inversión (capital riesgo) especializados en la compra de activos muy depreciados son «buitres».

Estos tropos biológicos aplicados a la economía carecen de sentido desde cuatro ópticas: A) Biológica: La cadena trófica o alimentaria forma parte del funcionamiento natural de cualquier ecosistema. No hay animales «buenos» y «malos». Los tiburones, lobos, hienas y buitres —vistos por el público con antipatía— no son ni mejores ni peores que el resto de animales. B) Moral: La conducta animal es instintiva. Sólo la «acción humana es intrínsecamente moral, está referida al orden moral» (Ayuso, 2015). C) Institucional: En la selva no hay instituciones —derecho, comercio, justicia, seguridad— que resuelvan los intereses antagónicos entre las especies. En el libre mercado, en cambio, la conducta humana queda sometida a los principios generales del derecho: buena fe, honradez, veracidad, lealtad, etc. Y como los hombres no son ángeles, la ley sanciona a los infractores. D) Económica: En la naturaleza, las relaciones entre especies (con excepción de la simbiosis) son de tipo «suma cero»: unos ganan a expensas de otros. En el mercado, quienes intercambian obtienen un beneficio mutuo.

Tampoco los darwinistas sociales aciertan al afirmar que la sociedad es una «lucha» por la supervivencia entre los más aptos frente a los menos aptos, una pugna entre ricos y pobres, entre patronos y empleados o más últimamente, entre sexos. «El concepto de lucha por la existencia, que Darwin tomó de Malthus sirviéndose de él en la formulación de su teoría, ha de entenderse en un sentido metafórico» (Mises, 2011: 210). En definitiva, no hay nada «salvaje» en el sistema capitalista. En el mercado no se libra una lucha a muerte por la supervivencia, sino la pacífica cooperación a través de la división del trabajo (Mises, 2011: 174):

Los dos hechos fundamentales que originan la cooperación, la so­ciedad y la civilización, transformando al animal hombre en ser hu­mano, son, de un lado, el que la labor realizada bajo el signo de la división del trabajo resulta más fecunda que la practicada bajo un régimen de aislamiento y, de otro, el que la inteligencia humana es capaz de reconocer esta verdad.

Fondos buitre

Se llama —peyorativamente— fondo «buitre» a un específico tipo de inversor especializado en la compra de activos muy depreciados y de alto riesgo: deuda pública de gobiernos poco solventes, empresas en quiebra, hipotecas de difícil cobro, etc. Al igual que los buitres se alimentan de lo que otros animales desechan —carroña—, los fondos «buitre» asumen los trabajados y riesgos que la mayoría de inversores elude. Su labor, lejos de ser censurable, cumple una función económica de gran importancia. Primero, respecto de los gobiernos, estos inversores no caen en la trampa de ceder ante las «reestructuraciones» de deuda y quitas, chantaje político cuya finalidad es obtener coactivamente un descuento. Un gobierno tiene poder absoluto para coaccionar y confiscar la propiedad privada, pero sólo en su ámbito soberano. Los fondos de capital riesgo, afortunadamente, acuden a la justicia privada internacional para obligar a los gobiernos a honrar sus pactos: Pacta sunt servanda. Sin ir más lejos, el gobierno de España acumula 42 arbitrajes internacionales que reclaman 15.000 millones de euros por lucro cesante (recorte de las subvenciones en la producción de energía renovable). Con respecto a las empresas, los fondos «buitre» compran compañías quebradas y las reflotan para luego venderlas. Esto no es distinto a comprar una casa en ruinas, reformarla y venderla a un precio superior. Los vendedores de los activos depreciados, por su parte, aceptan las ofertas (supuestamente abusivas) porque claramente les beneficia. Si los fondos buitre no existieran se produciría un mayor consumo de capital. Algo parecido podríamos decir de los «tiburones» financieros, esos míticos villanos cinematográficos que especulan en bolsa e intrigan para hacer caer la cotización de un activo mediante posiciones «cortas» ­—mal llamadas «bajistas»­— (Lacalle, 2013). La realidad muy distinta: los inversores toman decisiones basadas en un riguroso análisis de la situación de cada empresa, del sector y la competencia. Por tanto, resulta maniqueo dividir metafóricamente a los inversores en «ángeles» (business angels) y «tiburones» cuando todos buscan un mismo fin: obtener beneficios de su actividad especulativa. Los especuladores, en búsqueda de lucro, de forma no intencionada, provocan un «mejor» —más aproximado a la realidad­— ajuste en el precio de las acciones. Sólo tras un reflexivo análisis praxeológico puede el economista advertir la importante función social de los míticos «tiburones» y «buitres» económicos.


Desempleo endémico

Un endemismo es una especie —vegetal o animal— que habita en un área única y limitada. Cuando se dice, por ejemplo, que en España o en Grecia el desempleo es «endémico» podemos cometer el error de olvidar que el paro es un fenómeno institucional. El desempleo nada tiene que ver con la biología, la latitud o el clima, sino que es consecuencia exclusiva del intervencionismo. La legislación laboral es la principal causante del paro, pero otras regulaciones —comercial, industrial, turística, urbanística— reducen artificialmente el número de empresas, autónomos y empleados. En una economía no interferida por el gobierno, «para encontrar trabajo, el inte­resado, o reduce sus exigencias salariales, o cambia de ocupación, o varía el lugar de trabajo» (Mises, 2011: 708). No es endémico el desempleo, lo único que es habitual y permanente es la obsesión regulatoria de las autoridades.

Bibliografía

Ayuso, M. (2015): «El Estado como sujeto inmoral». Recuperado de:

<https://www.youtube.com/watch?v=hQJYQIoNOV0>

Kotler, P. y Armstrong, G. (2003): Fundamentos de marketing. México: Pearson.

Lacalle, D. (2013). Nosotros, los mercados. Barcelona: Deusto (Kindle).

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Pino, F. del (2020): «El confinamiento como experimento totalitario». Recuperado de: https://www.fpcs.es/el-confinamiento-como-experimento-totalitario/

Porter, M. (2009). Estrategia competitiva. Madrid: Pirámide.

Rodríguez Braun, C. (2002): «Nuestro lenguaje envenenado. La retórica de la economía». Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=dNR3FHlTwtw

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006): Economía. Méjico: McGraw-Hill

(18ª edición).

Serie El lenguaje económico

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

La teoría del cierre categorial y la economía (I): El cierre categorial

Comienzo, con estas palabras, un empeño que supera mis fuerzas. Consiste en recoger el contenido del libro El mito del capitalismo, de Luis Carlos Martín Jiménez, que es un intento de llevar la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno al ámbito de la economía. Mi dificultad, claro está, parte de que las ideas de Bueno sobre la delimitación de la ciencia y su método es un terreno apenas explorado por mí, y en el que no me extrañaría que diese algún paso en falso. 

La teoría del cierre categorial es una teoría de delimitación de la ciencia. La ciencia es un conjunto de teoremas sistemático, abierto e ilimitado. Gustavo Bueno entiende la ciencia como el saber que “define el campo gnoseológico de cada ciencia como un conjunto de armaduras o contextos determinantes, como partes materiales genuinamente suyas”. Y, en particular, la ciencia es una construcción intelectual, en la cual los teoremas se articulan de forma progresiva. Se relacionan unos con otros, se sistematizan y reorganizan, de modo que definen la inmanencia de lo que los seguidores de Bueno llaman un campo cerrado. 

Los teoremas son como elementos de un lego, y juntos van conformando un corpus teórico que se refuerza, en la confluencia de unos con otros, hasta formar un conjunto que tiende a ser coherente. Dicho de otro modo, los teoremas son construcciones intelectuales formales construidas a partir de una realidad material. El objetivo de esas figuras gnoseológicas es establecer una identidad sintética con esa realidad. La ciencia, como digo, es la construcción de un conjunto sistematizado y relacionado de esos teoremas. 

Su elaboración es un proceso histórico. No responde a un propósito previo, pues sus perfiles se van descubriendo con el tiempo, pero esos perfiles van definiendo una figura reconocible, por así decirlo. Revelan un conjunto coherente de saberes sistemáticos sobre el mundo. 

Vamos ahora con la expresión cierre categorial. La ciencia se elabora sobre categorías, porque no es posible elaborar una ciencia del todo. De modo que la ciencia tiene que crear categorías en las que, por así decir, compartimentar la realidad para poder estudiarla formalmente. Si la ciencia es un conjunto de operaciones que entrelaza los teoremas para construir un edificio coherente, el cierre es la definición de un campo inmanente en el que se desarrollan esas operaciones. 

Esta posición tiene varias implicaciones. La primera de ellas es que no existe una ciencia unificada, sino distintas ciencias, definidas cada una de ellas por su propio conjunto cerrado de categorías. 

La segunda es que esas categorías no son anteriores al propio proceso operatorio de la ciencia. Al revés, son el resultado del proceso operatorio de la ciencia, al menos según Jesús García Maestro. De modo que nos encontramos con la primera gran contradicción de la teoría categorial: La ciencia está definida por las categorías sobre las que se mueve, pero esas mismas categorías están definidas por la ciencia. Es un razonamiento en círculo.

Otra implicación es la siguiente: Define el trabajo de la ciencia no como el conocimiento del mundo, sino como una construcción del mundo. Es la ciencia la que constituye las categorías del mundo, y en tal sentido la construye. La ciencia no es una duplicación del mundo real en el mundo de las ideas, ni es una descripción de ese mundo exterior. Lo cual me lleva a plantearme qué concepto de verdad alberga la teoría del cierre categorial. La verdad es una correspondencia entre las ideas y el mundo exterior.

Entiendo que la posición de Gustavo Bueno es que, dado que es materialista, el mundo de las ideas no es más que una forma del mundo material. Y de ahí la expresión “identidad sintética”: hay una correspondencia sintética, estructural, entre las ideas y el mundo material. Una posición quizás cercana a las ideas de Friedrich A. Hayek sobre cómo funciona la mente.

Hayek ofrece una explicación puramente material, biológica, del origen y del funcionamiento de la mente. Y en determinado momento llega a decir (año 1952) que si se pudieran conectar entre sí un conjunto de piedras, se podría generar una mente.

Estas ideas sobre la demarcación de la ciencia tienen implicaciones sobre la metodología de la Economía, y Luis Carlos Martín realiza un notable esfuerzo por construir un camino hacia el conocimiento de la historia económica desde los postulados de Gustavo Bueno.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo (LVIII). Religión y economía (I): El capitalismo

En un artículo pasado nos referimos al papel de la nación como una suerte de cemento social, que permite mantener cohesionados a grupos humanos sin necesidad de entes coercitivos. Algo semejante ocurre con la religión que, como su propio nombre indica, es un conjunto de ideas  y valores sobre lo sagrado que nos sirven para “religar” a las sociedades y permitir que compartan una suerte de valores éticos y morales compartidos. Como la nación, puede funcionar perfectamente en ausencia de estados. Otra cosa es que estos se apropien de ellas y consigan usarlas en su favor o a veces las diseñen ellos mismos para reforzar su poder en el ámbito espiritual.

La cuestión es qué papel podría jugar la religión a la hora de sustituir las funciones estatales, en la limitación de su poder, y cómo operaría en una sociedad sin estado. Como ya hemos señalado alguna vez, una hipotética sociedad sin estado no estaría compuesta de individuos atomizados maximizadores de utilidad como plantean los economistas neoclásicos, sino de comunidades fuertemente cohesionadas de tal forma que se presten a la acción común cuando sea necesario y que sean capaces de prestar, con ayuda de organizaciones de mercado, los mismos servicios que ahora ofrecen los estados. La religión es por tanto un elemento de enorme relevancia para conseguir este fin. Por supuesto que es posible crear alguna comunidad de este tipo con principios ateos pero estos tendrían que buscar sus lazos de unión en algún otro principio más o menos trascendente. La prueba está en que los estados no gustan mucho de las religiones que no pueden controlar o que lo sustituyen y cuando es así buscan disminuir su fuerza para que las personas, entonces atomizadas, busquen su trascendencia en el estado o en instituciones afines.

El ancap debería mostrar cierto respeto por la religión, aunque no crea en ella, pues a ella se le debe sin duda la aparición y consolidación del capitalismo, que es parte fundamental de nuestro ideario, tanto o más que los propios principios de la anarquía. Una anarquía, por ordenada que fuese, sin un sistema capitalista de asignación de bienes, poco valor tendría. A diferencia del comercio, que si es algo que está presente en la conducta humana desde tiempos immemoriales, el capitalismo es un invento humano, muy complejo y difícil de comprender. Es bueno distinguir entre libre comercio y capitalismo, pues si bien están relacionados no son lo mismo. El comercio, incluso desarrollado, ha existido en todas las grandes civilizaciones. Gengis Khan facilitó la creación de la Ruta de la Seda, como bien recuerda Frankopan en su libro El corazón del mundo. Chinos y musulmanes contaron con grandes centros comerciales, al igual que Grecia y Roma, pero no desarrollaron el capitalismo. Los comerciantes cuando se enriquecían no reinvertían el capital de forma “racional” sino que lo gastaban en lujos, fincas de recreo, concertar matrimonios ventajosos a sus hijos o comprar títulos de nobleza. No se producía por tanto un mecanismo de acumulación de tipo capitalista sino que persistía el viejo sistema circular de flujo en el cual la riqueza simplemente se distribuía sin darse incrementos sustanciales en la producción, algo que si se da en un sistema capitalista.

El capitalismo es así una suerte de accidente histórico, que se produjo en una sociedad que ya estaba preparada para que pudiese llevarse a cabo. Como bien sabe cualquier historiador económico uno de los problemas más discutidos en esta disciplina es el de la acumulación originaria esto es la forma en que se acumulan los capitales que dan el impulso inicial al capitalismo. Esta acumulación original (que los marxistas achacan erróneamente al expolio colonial) sólo puede darse en poblaciones que sean muy frugales y que sean capaces de dilatar en el tiempo el consumo y los placeres con él asociados. El debate sería si una sociedad sin conocimientos económicos profundos como las del siglo XIX es capaz de controlar el propio cuerpo y la mente  de tal manera que nos resistamos al embrujo del placer instantáneo a cambio de una futura e incierta situación mejor, ya para el cuerpo ya para el alma.

Desde luego, las religiones se prestan bien a esta función, por lo menos las que mejor conocemos. Cualquiera que haya tenido una formación religiosa en nuestro entorno recordará el énfasis que se le da al control de los instintos y al dominio del propio cuerpo. Los viejos pecados capitales son un buen ejemplo. De forma simple se nos enseñan los males potenciales  de la pereza, la gula, la ira o la lujuria por poner algún ejemplo, todas ellas pasiones humanas y muy naturales, pero que debemos reprimir o limitar si queremos aspirar a algo mejor en esta vida o en el más allá (en el más allá mejor aún pues la preferencia temporal sería aún más baja. Si conseguimos dominar instintos y pasiones es de ahí fácil deducir que podamos también diferir en el tiempo nuestro consumo y por lo tanto posibilitar la existencia de ahorros que puedan financiar procesos intensivos en capital.

Las religiones, sobre todo aquellas que buscan reprimir los instintos usando sanciones no violentas como el pecado, la penitencia o la amenaza de  un castigo ultraterreno, pueden contribuir a establecer el sustrato moral necesario tanto para la construcción del capitalismo como de una sociedad sin Estado. Algunas religiones como los cuáqueros ven con disgusto el consumo conspicuo y lo desalientan, favoreciendo por tanto el ahorro y la inversión capitalista. Esto sin duda es buena estrategia para la capitalización, pero yo quiero insistir en que es el hecho de ser capaces a través de la formación moral de diferir en el tiempo el consumo, esto es reprimir el ansia de consumo y placer inmediato, es la base del capitalismo y de ahí que religiones como la católica que no desaprueban radicalmente el consumo también hayan operado bien, a pesar del tópico, en el proceso de construcción del capitalismo. Como dice George Clason en su librito El hombre más rico de Babilonia la clave de la riqueza (y del capitalismo)  está en vivir siempre un poco por debajo de las necesidades de cada uno, ahorrar y pensar en el futuro. Pero para ello es necesario un duro proceso de interiorización de valores de represión que nos permita hacerlo y no ceder al instinto del consumo inmediato. Aún va a tener razón el viejo Freud cuando nos decía que la esencia de la civilización es la represión de los instintos.

Obviamente este es un resultado no buscado. Las grandes religiones históricas no podían pretender deliberadamente la aparición de un sistema económico que ni siquiera estaba imaginado (a diferencia del socialismo que si fue objeto de utopías y sueños literarios) . No sólo eso sino que  durante mucho tiempo se opusieron activamente a uno de los elementos que constituyen el núcleo del capitalismo, el cobro de interés en los préstamos limitando con ello la aparición del cálculo racional que es su elemento básico, junto con la propiedad privada y un dinero sano. Las grandes religiones no atacaron al capitalismo en sus dogmas, básicamente porque no lo conocían, aunque si pusieron trabas al desarrollo de algunos elementos esenciales. Su papel en la construcción del capitalismo es  pues indirecto como acabamos de ver, pues aparte de enseñar a  dominar los propios instintos y por tanto favorecer la formación de capital nos ofrecen otros aspectos fundamentales para este proceso.

Max Weber, un auténtico genio, aparte de llamar la atención sobre la relación entre ética religiosa y capitalismo (aunque creo que se equivoca en relación al calvinismo pues los católicos están también en el origen del capitalismo) en su magna obra Economía y sociedad, que curiosamente se debate muy poco en círculos ancap  y austríacos a pesar de su indudable valor, se refiere a la religión como un elemento de civilización moral, que expresado en términos de los economistas de hoy minimizaría los costes de transacción.  Se presume según este  que las personas religiosas que cumplen sus preceptos con cierto coste tenderán a ser más de fiar que  las que no lo son (señalización, que diría Francisco Capella) las cuales tendrían que buscar otro tipo de “avales” para ser confiables en el comercio. Weber nos relata el caso de una secta protestante de muy dura observancia y que tenía entre sus prohibiciones más estrictas la de la mentira en cualquier circunstancia. No es de extrañar que dicha secta prosperase en el ámbito del comercio dado que los clientes preferían comprarles a ellos dado que no mentían ni engañaban en la venta. Digamos que la religión puede contribuir a incrementar el capital social y la confianza mutua en el seno de una sociedad determinada y que puede contribuir a la fluidez de los tratos y del comercio entre sus miembros.

Todo esto que hemos afirmado no quiere decir ni que la religión haya favorecido conscientemente al capitalismo, que no lo ha hecho y en muchos casos sigue sin hacerlo, al menos de forma explícita, ni que personas no creyentes no puedan tener espíritu capitalista, que de hecho hay muchas. Tampoco que la religión sea suficiente para conformarlo dado que es necesaria la existencia de tecnologías capitalistas como la contabilidad moderna, mercados de valores o instituciones bancarias y de crédito desarrolladas.

Lo que se pretende afirmar es que el capitalismo es una consecuencia no intencionada o no buscada de determinados valores religiosos presentes en algunas religiones, en el sentido de que ponen los prerrequisitos conductuales para que este pueda surgir y florecer. También que una vez instaurado contribuye a su mejor funcionamiento, y sobre todo a su mantenimiento.

A día de hoy el sistema capitalista ya se ha desarrollado y la obtención de capitales para financiar proyectos de producción es mucho más fácil que en sus inicios. Ya no dependemos de capitales estrictamente locales para emprender sino que podemos recurrir a mercado de crédito mundiales, y aunque nuestra sociedad no sea muy ahorradora obtener los recursos necesarios. También cambia la forma en que se ahorra, pues ahora se descansa más en el ahorro calculado de las empresas (que no deja de ser en última instancia ahorro de sus propietarios) y parece por tanto que no es necesario el ahorro individual. Pero como cualquier buen capitalista sabe, el capital no es necesario sólo para iniciar el sistema, valga la redundancia, capitalista sino sobre todo para poder mantenerlo en funcionamiento.

La mayor parte de los humanos ahorra y gasta de acuerdo con valores aprendidos culturalmente y muchos de ellos aprendidos en el seno de la religión. Si la pérdida de valores religioso trae acompañado hábitos de vida que conduzcan al despilfarro o a un endeudamiento excesivo el capitalismo (que no tiene porque traerlos)  el capitalismo tiene los días contados. Sobre todo si se trata de arreligiosidad , esto es vivir la vida sin principios morales fuertes, dedicada al mero  disfrute, más que de un sentimiento antirreligioso consciente que normalmente si ha reflexionado sobre moral y ética. Pero no esta de más recordar aquí a Keynes, famoso ateo, cuando al final de su vida reflexionaba y afirmaba que había podido vivir una vida plena y próspera como ateo precisamente porque el resto de sus sociedad no lo era y esto había sentado las bases de la civilización de su época.

(En el próximo artículo sobre esta temática tocaremos el tema de la religión el anarquismo y el estado)