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El lenguaje económico (VI): La sanidad

La sanidad, como ya vimos el mes pasado con la biología, es otro de los ámbitos favoritos de la retórica económica. Así, cuando creemos que la economía funciona según nuestra idea de lo que es correcto la adjetivamos como «sana» o, si se aleja, como «enferma». Algunos ejemplos son: «sanear» la economía», una industria o una empresa; tener una moneda sana», etc. Otro uso metafórico fue la histórica «fiebre» del oro, movimiento migratorio de 300.000 trabajadores hacia California, entre 1848 y 1845, para dedicarse a la minería del oro y negocios auxiliares. Vemos algunos de los tropos más empleados en economía.

1. El médico

Cuando decimos que algo está «enfermo» resulta inevitable la aparición de un «médico». Eminentes economistas (Samuelson y Nordhaus, 2006: 34) afirman que: «En todos los casos, las fallas de mercado provocan producción o consumo ineficientes y el Estado puede contribuir significativamente a curar la enfermedad». Es decir, el libre mercado sufre supuestas enfermedades —externalidades, gorrones (free riders), monopolios, competencia imperfecta, etc.—, pero por fortuna tenemos un excelente galeno —el gobierno— dispuesto a remediarlas. La analogía del médico y el enfermo sirve espuriamente al intervencionismo económico. Los economistas Austriacos han refutado sobradamente todos los mitos —fallos de mercado— que integran la Teoría de los bienes públicos: «Es un razonamiento erróneo, ostentoso, montado en contradicciones internas, incongruencias, apelando a interpretaciones basadas en prejuicios y creencias populares asumidas, pero sin mérito científico alguno» (Hoppe, 2013: 83). El gobierno, más que a un médico, se asemeja a un pésimo curandero.

2. La salud no está en venta

Con frecuencia, colectivistas y personas con elevada «sensibilidad» social afirman que la salud no debería estar sometida a las leyes del mercado. «La salud no está en venta» y otros eslóganes parecidos son habituales en las manifestaciones de las conocidas «mareas blancas». Sobra decir que esta pretensión es tan imposible como desear que la ley de la gravedad no afecte a quienes se suicidan tirándose al vacío.
     Quienes afirman que la sanidad debería ser gratis, en el fondo, pretenden robar los medicamentos a las farmacéuticas, el equipamiento hospitalario a sus fabricantes y esclavizar a los trabajadores de la sanidad. La salud o la atención sanitaria, por mucho que se proclame y declare, no es un derecho humano, sino una necesidad sujeta a las leyes de la economía. «La salud no tiene precio» es otra falacia similar. Precisamente, porque la salud es altamente valorada por los consumidores, los productos y servicios sanitarios son objeto de intercambio económico y reflejan precios de mercado.

3. Demonizar el comercio sanitario      

Los enemigos del libre comercio sanitario lo demonizan lingüísticamente de varias formas. La primera es utilizar el sinónimo peyorativo «tráfico» pues todo traficante —armas, drogas, órganos, migrantes— es visto como un malvado. La segunda es utilizando eslóganes espurios —«la salud no está en venta»— que ya han sido desenmascarados por el marginalismo económico, es decir, los consumidores no compran clases de bienes (salud, seguridad, cultura), sino específicas cantidades de productos y servicios (20 aspirinas de 0,5 gr., 1 alarma antirrobo, 2 entradas al museo). En tercer lugar, incluso ciertas ofertas comerciales en el ámbito sanitario son vistas con recelo. Por ejemplo, en nuestro país, algunos colegios de dentistas han lanzado la campaña: «Tu boca no está de oferta», cuya finalidad oficial es alertar a los consumidores de la publicidad «engañosa», precios «excesivamente» bajos, materiales de «mala» calidad y prácticas «erróneas» que ponen en riesgo la salud de los pacientes. Nosotros, por el contrario, apreciamos una práctica mercantilista para interferir la competencia de las franquicias dentales y otros proveedores low-cost. Recordemos que en el libre mercado todas las calidades son bienvenidas, todas tienen su público y que cada individuo tiene una percepción subjetiva sobre la calidad; por tanto, es un grave error difamar los productos y servicios de menor calidad, así como las ofertas comerciales y descuentos. Además, estas campañas suelen caer en contradicciones internas; por ejemplo, la mayoría de clínicas dentales aplica descuentos a las familias si dos o más hijos reciben a la vez un tratamiento de ortodoncia. ¿Significa esto que la boca del segundo hermano está de oferta?

4. Economía o salud: un falso dilema.

Otro error frecuente es contraponer la salud a la economía, como si una se obtuviera a expensas de la otra. Durante la primera ola de la pandemia por Covid-19 muchos gobiernos prohibieron determinadas actividades económicas para (supuestamente) proteger la salud. Esto afirma Fernando del Pino Calvo-Sotelo (2020: 47):

El gobierno ha creado un debate maniqueo y falaz contraponiendo la voluntad de «salvar vidas» (defendida por la izquierda, esto es, los buenos) con la de «salvar la economía» (defendida por la derecha, esto es, los malos). […] No hay contradicción alguna entre salvar la economía y salvar vidas, porque la economía salva vidas. Si hundimos la economía, no podremos financiar los recursos para sostener nuestro sistema sanitario.

Análogamente, resulta baladí y arbitrario establecer una jerarquía entre las clases de bienes. La frase «la salud es lo primero» contiene una brizna de verdad pues determinadas enfermedades son incapacitantes, pero el consumo de servicios sanitarios, equipamiento y medicamentos debe sufragarse con ahorro, es decir, con trabajo previamente realizado. Sin trabajo no podemos costear la sanidad. Un país que restringe institucionalmente su economía mediante el confinamiento y el cierre arbitrario de negocios no «esenciales» verá reducida su capacidad sanitaria.

Bibliografía

Mises, L. (2011). La acción humana. Madrid: Unión Editorial.

Samuelson, P. y Nordhaus, W. (2006). Economía. Méjico: McGraw-Hill

(18ª edición).

Hoppe, H. (2013). Una Teoría del Socialismo y el Capitalismo. [Versión Kindle]. Innisfre

Pino, F. (2020). «El confinamiento como experimento totalitario». Expansión (15 mayo).

Serie El lenguaje económico:

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

Sanciones económicas: Ni justas ni pragmáticas

“No es lo que no sabes lo que te mete en problemas, sino lo que sabes con certeza y resulta no ser así”. Esta célebre frase de la película ‘The Big Short’, incorrectamente atribuida a Mark Twain, es sumamente relevante en un contexto internacional en el que el matonismo marroquí y la última provocación bielorrusa han generado el caldo de cultivo ideal para que burócratas españoles y europeos puedan saciar sus ansias reguladoras mediante la imposición de sanciones económicas. Estas no solo son injustas desde un punto de vista moral sino que- y aquí viene a colación el aforismo anteriormente mencionado- pese a que el imaginario colectivo las considere efectivas, la realidad empírica demuestra que las sanciones económicas son mayoritariamente ineficaces y contraproducentes.

Criticar la utilización de sanciones económicas en las relaciones internacionales desde una perspectiva moral es frecuente en el liberalismo. A fin de cuentas, es evidente que la prohibición de comerciar o invertir libremente con quien o donde cada individuo considere, atenta, salvo en contadas excepciones en las que la seguridad nacional esté en entredicho, contra una de las bases fundamentales del pensamiento liberal: la libertad económica. No obstante, es necesario que los liberales añadamos una crítica empírica a nuestro argumentario en contra de las sanciones económicas a fin de convencer a aquellos que no comparten nuestra defensa de la libertad individual de que el uso de este tipo de coerción económica no responde a criterios pragmáticos o utilitarios.

Por este motivo, en este artículo voy a demostrar que, en la mayoría de los casos, las sanciones económicas no cumplen ninguno de los objetivos por los cuales se justifican. En primer lugar, no consiguen que los estados sancionados alteren las políticas que dieron pie a las sanciones y en segundo, no son capaces de incrementar el prestigio del país sancionador debido a los enormes e irreversibles costes políticos, económicos y humanitarios que acarrean.

1) Ineficaces a la hora de forzar que estados sancionados modifiquen su comportamiento  

Sorprendentemente, el estudio en el que los defensores de las sanciones económicas se han solido basar para defender sus posturas es precisamente aquel que, posiblemente para disgusto de sus autores, mejor evidencia la inefectividad de estas mismas. Al fin y al cabo, este trabajo de investigación que Hufbauer, Schott y Elliott publicaron en 1985 bajo el título de ‘Economic Sanctions Reconsidered: History and Current Policy’ y que examina episodios de sanciones económicas en las relaciones internacionales a lo largo del s. XX sólo les otorga una efectividad del 34%- y esto sin tener en cuenta sus costes. Para mas inri, según Robert A. Pape, experto en relaciones internacionales, de los 115 episodios de sanciones económicas que se analizan en el estudio de Hufbauer, Schott y Elliott solamente 5 se podrían catalogar como ocasiones en las que las sanciones han sido verdaderamente efectivas (Pape, 1997: 93), reduciendo así su efectividad a un mísero 4% que en ningún caso debería incentivar su uso.

La principal crítica que desarrolla Pape acerca de este paper es que en muchos episodios de sanciones económicas, el estudio en cuestión no tiene en cuenta que lo que determinó el cambio en las políticas del estado sancionado fue el uso de fuerza militar y no la implementación de sanciones (Pape, 1997: 93). Un ejemplo claro es el de las sanciones que impusieron tanto el Reino Unido como la ONU a Rodesia en 1965. Pese a que estas fracasaron en su intento de acabar con el apartheid, que duró hasta que en 1979 la República de Rodesia sucumbió a guerrillas establecidas en Mozambique y financiadas por la Unión Soviética y China, el ilustre paper de Hufbauer, Schott y Elliott se apunta el tanto y erróneamente clama que el artífice principal de acabar con la segregación racial fueron las sanciones económicas. Otro episodio más reciente en el que se pudiera confundir la efectividad de las sanciones con la de la fuerza militar es la desnuclearización de Libia en 2003. Sin embargo, Libia estaba sometida a sanciones económicas por parte de los EEUU desde los años 90 y solo se desnuclearizó una vez Estados Unidos invadió Irak en marzo de 2003.

2) Ineficaces a la hora de aumentar el prestigio del país sancionador

Un argumento muy común entre aquellos que abogan por el uso de las sanciones económicas en las relaciones internacionales por parte de Occidente es que su utilización evita que la comunidad internacional perciba al estado que acaba imponiendo las sanciones de manera negativa (Lindsay, 1986: 166), dando a entender que el uso de estas incrementa el prestigio del país sancionador. Sin embargo, como ya he mencionado antes, los desmesurados costes políticos, económicos y humanitarios que acarrean las sanciones económicas las convierten en contraproducentes e impiden que el prestigio del país sancionador se incremente.

Los costes políticos que suelen sufrir los estados que imponen sanciones económicas a otros estados se pueden dividir en dos. En primer lugar, la población del país que es objeto de las sanciones suele posicionarse a favor de su Gobierno, generándose así lo que en inglés se conoce como el ‘rally round the flageffect. Este permite tanto que regímenes autoritarios se consoliden en el poder- lo cual disminuye las posibilidades del estado sancionador de conseguir lo que inicialmente buscaba con las sanciones- como que dictadores como Maduro puedan culpar de todos los males de los que es culpable el socialismo a las sanciones internacionales. En segundo lugar, como reconocen Hufbauer, Schott y Elliott, la implementación de sanciones económicas puede desembocar en que el estado sancionado acabe recibiendo ayuda económica por parte tanto de aliados suyos como de enemigos del estado sancionador (Hufbauer et al, 2009: 60). Paradójicamente, este apoyo económico puede acabar reportando un saldo neto positivo al país objeto de sanciones que, en última instancia, ridiculice al estado sancionador. La Unión Soviética ayudando económicamente al régimen de Mengistu en Etiopía en respuesta a las sanciones estadounidenses, entre otros tantos, es un buen ejemplo de un episodio en el que el uso de sanciones económicas acabó siendo contraproducente para el país sancionador.

En cuanto a los costes económicos que suelen sufrir los estados que utilizan sanciones económicas en sus relaciones con otros estados, el más frecuente es una mayor diversificación y por consiguiente una menor dependencia del estado objeto de sanciones con respecto al país sancionador. Los EEUU, por ejemplo, se han empeñado en conseguir llegar a la independencia energética desde que la OPEP le impusiese un embargo a la importación de petróleo en 1973 a raíz de la Guerra de Yom Kippur.

Por último, la implementación de sanciones económicas, especialmente aquellas dirigidas a países vulnerables, suelen provocar costes humanitarios de extrema gravedad que hacen que su uso acabe siendo contraproducente para los estados sancionadores- a fin de cuentas, su prestigio puede acabar viéndose disminuido. Estos costes humanitarios han sido analizados recientemente por Gutmann, Neuenkirch y Neumeier en un paper en el que demuestran que las sanciones económicas empeoran tanto la esperanza de vida como la mortalidad infantil del país sancionado. En este mismo sentido se pronunciaron Mary Smith Fawzi y Sarah Zaidi en 1995 cuando aseguraron que hasta 567,000 niños iraquíes podrían haber fallecido desde la Guerra del Golfo como consecuencia de las sanciones económicas impuestas por la ONU.

Si bien es cierto que en los últimos años Occidente ha preferido utilizar sanciones económicas más selectivas, conocidas como sanciones inteligentes, y que estas están diseñadas para afectar exclusivamente a las élites del país sancionado (Tostensen & Bull, 2002: 373), siendo por tanto menos moralmente reprobables que las convencionales, la realidad es que el uso de estas sanciones inteligentes tampoco es pragmático. No son eficaces, las élites sancionadas suelen acabar traspasando los costes sufridos a su propia población y pueden conllevar represalias del estado sancionado en forma de sanciones económicas convencionales.

Un claro ejemplo de la inutilidad de las sanciones inteligentes es el fracaso de las sanciones impuestas a Rusia desde 2014 por Occidente. Pese a que estas incluían tanto la congelación de activos de un selecto número de individuos y entidades privadas rusas como la prohibición de que estos viajen a los países sancionadores, según el Graduate Institute of Geneva las sanciones ni siquiera consiguieron que Rusia retire su armamento y personal militar del este de Ucrania. Además, se podría incluso decir que acabaron siendo contraproducentes puesto que Rusia impuso un embargo a los productos agroalimentarios occidentales en agosto de 2014 y Gazprom redujo sus exportaciones de gas a los países de la UE en septiembre de 2014.

En definitiva, es evidente que las sanciones económicas son tanto moralmente condenables como ineficaces y contraproducentes en la gran mayoría de las ocasiones. Es por ello que es especialmente importante que los burócratas españoles y europeos no echen mano del viejo comodín del ansioso regulador y no impongan sanciones económicas ni a Marruecos ni a Bielorrusia. Ni falta hace decir que proporcionar a estos estados ayuda económica en forma de incentivo para que cambien sus políticas tampoco es la solución, pero combinar iniciativas diplomáticas con operaciones encubiertas en estos países sí que sería tanto mas efectivo como menos pernicioso para la libertad individual.

REFERENCIAS:

  1. Bull, Beate. Tostensen, Arne, “Are Smart Sanctions Feasible?”, in World Politics, Vol. 54, No. 3 (Cambridge University Press, 2002).
  • Elliott, Kimberly Ann. Hufbauer, Gary Clyde. Oegg, Barbara. Schott, Jeffrey J., Economic Sanctions Reconsidered (Washington D.C.: Peterson Institute for International Economics, 2009), ch. 2.
  • Lindsay, James M., “Trade Sanctions as Policy Instruments: A Re-Examination”, in International Studies Quarterly, Vol. 30, No. 2 (Wiley, 1986).
  • Pape, Robert, “Why Economic Sanctions Do Not Work”, in International Security, Vol. 22, No. 2 (The MIT Press, 1997).

Los héroes del capitalismo: Ronald Reagan

Siempre he escuchado eso de que al capitalismo le faltan héroes, mártires, iconos. Si bien es cierto, se nota la ausencia de un símbolo, un “Che” capitalista, una “Revolución libertaria” y, en definitiva, algo que dentro de las representaciones sociales fuera relativamente fácil de identificar con los valores que muchos defendemos. A priori me viene a la cabeza Apple y su distinguida manzana como el summum del sistema, pero, aun así, no es suficiente.

Lo que vengo a proponer en resumidas cuentas es empezar a “empoderarnos” y “construir” a nuestros propios héroes. El lector atento verá que estoy utilizando los galimatías de algunos ladinos zurdos que intentan embaucar al personal mediante el lenguaje. Como puede apreciarse, veo con buenos ojos resignificar algunos términos.

En general, la derecha occidental se ha conformado estas últimas décadas con la órbita de la economía, un poco en la línea del homo oeconomicus neoclásico que Mises desechó en su libro Epistemological Problems of Economics (1933), proponiendo el homo agens en contraposición con la “utility theory” basada en el supuesto comportamiento lógico y racional de los agentes económicos. Mises aceptaba la figura del homo oeconomicus encarnada en el empresario (Mises, 2003, pág. 191), no así para el resto de consumidores. Después Thaler, Kahneman y Tversky (entre otros) acabaron rematando la faena.

Sea como fuere, la persona que vengo a proponer como héroe del capitalismo es nada más y nada menos que el Sr. Ronald Wilson Reagan. Por ende, absténganse de leer este artículo los puretas ideológicos, puesto que se trata de un caso con muchas contradicciones. Como versa el proverbio San Juan 8,7 “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra él[1]”. Llegados a este punto, para no alargarnos más de lo necesario, me comprometo a escribir otro artículo hablando exclusivamente del espectro económico y de lo que supuso el “Reaganomics” en las acaballas de la Guerra Fría, pero en este, lo que busco es el ámbito cultural del “fenómeno Reagan”.

Es importante mencionar que se trata de un presidente que para bien o para mal está en el Panteón de la Historia Política Americana y puede equipararse a personajes de la talla de Thomas Jefferson, Lincoln, Roosevelt, o al menos así lo postula el historiador Sean Wilentz en la introducción de su libro “The age of Reagan, a history 1974-2008”. A pesar de los honores, también asevera que “the average performance rating” durante sus mandatos estuvo a la par del de Lyndon Johnson, Clinton y muy lejos de Roosevelt o Kennedy (Wilentz, 2008, pág. 278).

En cualquier caso, haciendo campaña por B. Goldwater en 1964, Reagan pronunció uno de sus discursos más célebres “A time for choosing[2]” en el cual decía cosas como: The Founding Fathers knew a government can’t control the economy without controlling people. And they knew when a government sets out to do that, it must use force and coercion to achieve its purpose. So we have come to a time for choosing. Ciertamente, el elocuente y perspicaz discurso no tuvo el impacto esperado y una semana después, Goldwater fue destruido políticamente por L. Johnson, pero Reagan poco tiempo después, acabó ganando unos comicios estatales por casi un millón de votos a su rival demócrata en California, Pat Brown (Cannon, 2008, pág. 10).

Entonces, ¿por qué habría que reivindicar más a Reagan e incluso, hacer de él un estandarte del capitalismo? En primer lugar: la izquierda siempre lo menospreció, fue sistemáticamente caricaturizado como un burdo actor venido a menos que no tenía ni un ápice de intelectual. Clark Clifford (consejero del Partido Demócrata) describiendo a Dutch lo consideró como un “amiable dunce”, otros como George Nash (un referente en la historiografía del conservadurismo) en su libro “The Conservative Intellectual Movement in America Since 1945” (1976), excluyó a Reagan por considerarlo un activista político, ergo no un intelectual.

El historiador David T. Byrne propone que Reagan produjo un cambio radical en el mundo, con ideas que a mi juicio son simples y asequibles para la inmensa mayoría, básicamente: extendió la libertad a una esfera internacional para aniquilar al comunismo, especialmente en Europa Oriental y ayudó a deshacer los gigantescos estados surgidos después de la II Guerra Mundial. Byrne añade que las concepciones de libertad para Reagan provenían de los pensadores ilustrados (Byrne, 2018, págs. 12-15).

Obviamente esto era y es una herejía para la intelligentsia, por ejemplo, Hobsbawn calificó a Reagan de ser un idealista ingenuo (con sus palabras, “simple-minded idealism”) rodeado de ideólogos fanáticos (Hobsbawm, 1994, pág. 250). A pesar de la mala fama entre los intelectuales (de izquierda), otro historiador, Gil Troy, afirma que Dutch disfrutaba siendo infravalorado. Pocos conocen que se graduó en Economía (ciertamente no fue un alumno que destacara), y que estuvo cautivado por personajes de la talla de Buckley o Hayek, especialmente por su Road to serfdom (Troy, 2009, págs. 1-19). Sea como fuere, para algunos sectores de la izquierda de ningún modo Reagan podía ser un intelectual.

Un segundo motivo: ganó la partida política y económica al comunismo, uno de sus motto fue el célebre Make America Great Again que Trump volvió a poner en boga. Su filosofía de vida, su humor, su irradiante carisma, su enfrentamiento directo con el comunismo soviético y con sus derivados colectivistas occidentales hacen de él, un incono. Fue uno de los artífices más visibles de la caída del Muro de la Vergüenza, de la posterior desaparición de la URSS (a pesar que ya estaba Bush padre en el poder en el momento de eclosión). Por ende, para construir hegemonía Reagan me parece una pieza central y un estandarte del capitalismo.

El problema a mi juicio, es que, una vez cayó el Muro se demostró la superioridad de un modelo económico por encima del otro, pero, los “vencedores”, dejaron a los “vencidos” el terreno de la cultura, especialmente el de las universidades. Harto contentos de haber ganado la batalla económica descuidaron una que actualmente es igual de importante, la cultural, y lo que se está viendo es que, quien controla esta esfera, puede controlar la otra. Se dejaron las universidades, los grandes debates, la televisión, el entretenimiento, en manos de sectores “progresistas”, que, por cierto, ya no se atrevían a calificarse como “comunistas”, la derecha en cambio, creyó que con saber gestionar algo mejor la res publica, ya bastaba.

Para concluir, me gustaría mencionar una cuestión que quizás pueda ser inocua. Cuando uno busca héroes de izquierda en formato póster, tazas, bustos y demás, los encuentra por doquier. Animo al lector a que haga la prueba: búsquese en Amazon “busto Marx”. Va a encontrar una amalgama de productos interesantes. Ahora, haga lo propio con “busto Adam Smith”, también puede probar a buscar “símbolos comunistas” y “símbolos capitalistas”.  Esto a priori demuestra que los greedy capitalists se ve que no compran tantos objetos relativos a sus posicionamientos económicos (ni construyen su identidad sobre ellos), cosa positiva, pero también demuestra la incapacidad de este sector de construir sus propios héroes; craso error.

Bibliografía

Byrne, D. T. (2018). Ronald Reagan: An Intellectual Biography. Nebraska: Potomac Books.

Cannon, L. (2008). President Reagan. The role of a lifetime. New York: PublicAffairs.

Hobsbawm, E. (1994). The Ages of Extremes: The Short Twentieh Century, 1914-1991. Londres: Abacus.

Mises, L. v. (2003). Epistemological Problems of Economics. Alabama: Ludwig von Mises Institute.

Troy, G. (2009). The Reagan Revolution. Great Britain: Oxford University Press .

Wilentz, S. (2008). The Age of Reagan: A History, 1974-2008. United States: HarperCollins.


[1] En el proverbio es “ella” en referencia a la mujer adultera y su lapidación, que finalmente, no se produjo.

 La influencia de dicho discurso fue notable, el historiador H.W. Brands en su reciente biografía sobre el presidente (Reagan. The life, 2015), llama a la parte III “A time for Choosing”.

El arbitraje como alternativa privada a los tribunales estatales

En el imaginario colectivo se suele considerar que la aplicación de las leyes es una de las funciones públicas que indefectiblemente corresponde administrar al estado a través de sus juzgados y tribunales. Sin embargo, esta creencia popular es esencialmente incorrecta[1].

Tanto es así que, en el caso de España, la Constitución de Cádiz de 1812 ya reconocía expresamente el arbitraje como un derecho de los ciudadanos a solucionar sus conflictos de manera privada, sin necesidad de tener que acudir a jueces y tribunales estatales. De hecho, la Constitución liberal era tributaria, en este punto, de la tradición histórica que la institución arbitral había tenido en nuestro Derecho desde sus orígenes[2].

En síntesis, el arbitraje es un mecanismo privado para la solución de controversias, por el cual las partes deciden someter su disputa a la decisión de un tercero independiente, denominado árbitro, o a un tribunal arbitral[3]. Entre las ventajas del arbitraje se suelen mencionar la flexibilidad (las partes pueden pactar el procedimiento y los plazos, escapando así del corsé que muchas veces suponen las leyes procesales estatales) y la especialización (las partes pueden elegir como árbitros a especialistas en la materia objeto de controversia), así como la confidencialidad, la neutralidad (que no siempre está garantizada por los tribunales estatales en según qué países) y la facilidad de ejecución de las decisiones arbitrales o laudos.

Si bien nuestra vigente Constitución de 1978 –a diferencia de la de 1812– no recoge expresamente el derecho al arbitraje, ha sido con ella con la que la institución arbitral ha recibido un impulso definitivo en España, situándonos paulatinamente al nivel del resto de países de nuestro entorno en este campo.

En este proceso jugó un papel fundamental la ratificación en julio de 1978 por España de la Convención de Nueva York de 1958 sobre el reconocimiento y la ejecución de laudos arbitrales extranjeros, verdadera piedra de toque del sistema arbitral internacional. Este convenio internacional, suscrito actualmente por 168 países[4], supone una de las principales ventajas competitivas del arbitraje frente a la jurisdicción ordinaria, en la medida que ha permitido que, en muchos países, sea más fácil obtener el reconocimiento y ejecución de un laudo arbitral que el de una sentencia dictada por los tribunales de otro Estado.

Desde entonces, el régimen de derechos y libertades que trajo la Constitución de 1978, unido a la plena incorporación de España y sus empresas a la economía global, ha permitido consolidar el arbitraje como uno de los métodos de resolución de controversias preferido tanto por las grandes compañías que vienen a invertir o desarrollar proyectos a nuestro país, como por las multinacionales españolas que lo hacen en el extranjero. Ello ha llevado a que en España se haya creado a lo largo de las últimas décadas una activa comunidad arbitral, compuesta por cortes arbitrales, árbitros profesionales y abogados especializados en esta práctica, que ha alcanzado un notable prestigio y reconocimiento en el panorama internacional.

Sin embargo, como dijo Thomas Jefferson, el precio de la libertad es la eterna vigilancia. Desde el año 2015, la comunidad arbitral ha visto con gran preocupación la adopción de una serie de decisiones judiciales[5] que afectaban directamente a la razón de ser del arbitraje, al establecer la posibilidad de que los tribunales estatales entrasen a revisar la decisión de fondo de los árbitros[6].

En particular, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid ha venido aplicando una interpretación extensiva del concepto de “orden público”[7], que le ha llevado a anular varios laudos arbitrales con cuya motivación los magistrados no estaban de acuerdo. Estas decisiones suponían un verdadero torpedo a la línea de flotación del arbitraje, pues convertían en papel mojado la decisión de los árbitros en aquellos casos en que su análisis jurídico no resultase coincidente con el del tribunal revisor.

Por suerte, este año el Tribunal Constitucional ha puesto freno a la deriva jurisprudencial mencionada. Por medio de sus sentencias de 15 de febrero y 15 de marzo de 2021[8], el máximo intérprete de la Constitución ha abogado de forma clara y rotunda por una mínima intervención de los órganos judiciales del estado en las disputas sometidas libremente a arbitraje y el deber de aquellos de respetar la autonomía de la voluntad de las partes, consagrada en el artículo 10 de la Constitución. De esta forma, la noción de “orden público” no podrá ser tomada como un cajón de sastre o puerta falsa que permita el control de la decisión arbitral.

Sin lugar a dudas, no solo la comunidad arbitral, sino también todos los amantes de una sociedad y una economía abiertas, estamos de enhorabuena, pues las sentencias del Tribunal Constitucional consolidan otro espacio más de libertad, esta vez en el sector jurídico, para las empresas y ciudadanos de nuestro país.

Sin embargo, la más que justificada celebración, de la que se han hecho eco los grandes medios[9], no debe hacernos olvidar que –muy probablemente– ésta sea solo una victoria temporal, que por tanto no nos exime de la (eterna) vigilancia a la que antes aludía.


[1] Un análisis completo sobre esta cuestión se puede encontrar en BENSON, B., Justicia Sin Estado, Unión Editorial, 2ªedición, 2019.

[2] MERINO MERCHÁN, J. F., La Constitución de 1812 y el arbitraje, Revista de las Cortes Generales, 2012, 85, 29-46. El autor señala que el arbitraje en el Derecho español aparece ya en su forma más primitiva en el Derecho Romano postclásico a través del Breviario de Alarico y el Liber Judiciorum.

[3] Una explicación del concepto y naturaleza del arbitraje como orden jurídico espontáneo, bajo el paradigma de la Escuela Austriaca, se puede encontrar en HUERTA DE SOTO, S. y NÚÑEZ DEL PRADO, F., International Arbitration as a Spontaneous Legal Order, Procesos de Mercado: Revista Europea de Economía Política, 2020, núm. 2, 117–153. El mismo artículo ha sido publicado en castellano en la Revista del Club Español del Arbitraje, 2021, núm. 40, 67-90.

[4] El listado actualizado de estados parte puede consultarse en la página web de la Comisión de las Naciones Unidas para el Derecho Mercantil Internacional (CNUDMI): https://uncitral.un.org/es/texts/arbitration/conventions/foreign_arbitral_awards/status2

[5] Sentencias de la Sala de lo Civil del Tribunal Superior de Justicia de Madrid de 28 de enero, 6 de abril, 14 de abril, 23 de octubre y 17 de noviembre de 2015, entre otras.

[6] Si bien el artículo 41 de la Ley 60/2003, de 23 de diciembre, de Arbitraje prevé la facultad de los tribunales nacionales de anular los laudos arbitrales, este control está limitado exclusivamente a seis causas tasadas, a saber: (i) que no exista un acuerdo válido de las partes para someterse a arbitraje; (ii) que una de las partes no haya podido, por cualquier razón, hacer valer sus derechos durante el procedimiento arbitral; (iii) que los árbitros hayan resuelto sobre cuestiones no sometidas a su decisión; (iv) que la designación de los árbitros o el procedimiento arbitral no se hayan ajustado al acuerdo entre las partes; (v) que los árbitros hayan resuelto sobre cuestiones no susceptibles de arbitraje; y (vi) que el laudo sea contrario al orden público.

[7] Se suele definir el orden público como el conjunto de principios e instituciones que se consideran fundamentales en la organización social de un país y que inspiran su ordenamiento jurídico.

[8] Previamente a estas, debe citarse también la sentencia del Tribunal Constitucional de 15 de junio de 2020, que ya anunciaba lo que luego recogerían más claramente las de 15 de febrero y 15 de marzo de 2021.

[9] Entre otros, El País, “El Tribunal Constitucional blinda el sistema de arbitraje” de 19 de febrero de 2021 (https://elpais.com/economia/2021-02-19/el-tribunal-constitucional-blinda-el-sistema-de-arbitraje.html) y Expansión, “El Constitucional blinda el arbitraje en España ante los tribunales de justicia” de 18 de febrero de 2021 (https://www.expansion.com/juridico/2021/02/18/602e5043468aebd76a8b4663.html).

La trampa marxista: La imposibilidad del socialismo y la falacia histórica de la izquierda

Marx era un hombre inmensamente inteligente y culto, pero su odio a la sociedad capitalista y sus utópicos sueños sobre el socialismo lo llevaron por el camino equivocado. Como economista poco hábil, se aferró a la contradictoria teoría del trabajo de Smith y Ricardo, y exageró sus errores en lugar de resolver las contradicciones que ellos mismos también habían identificado; construyó castillos de arena sobre los cimientos equivocados. Y desde entonces, el mayor problema de la izquierda es que permanece atrapada en la trampa creada por Marx.

Desde el punto de vista histórico, la explotación de esclavos y siervos ha sido una experiencia real y amarga en todas las civilizaciones pre-capitalistas. Pero Marx impuso el concepto de explotación a quienes se ganan el pan como trabajadores en el mercado libre, mientras oculta el hecho de que fue el avance de la economía de libre mercado lo que hizo posible que los trabajadores se liberaran y, finalmente, tomaran el control de su propio destino para poder así mejorar su nivel de vida. Para apoyar su teoría de la explotación, ocultó el hecho de que la teoría de la explotación elaborada en su principal obra científica, en primer tomo de El Capital, era una mentira que él mismo conocía. 

Marx, a lo largo del proceso de escritura de El capital, era consciente de que su concepto de explotación era incompatible con la realidad. Lo sabía, porque ante las evidencias de los hechos, abandonó en 1863 la escritura del manuscrito que sería publicado póstumamente por Engels como volumen III de El Capital en 1895. En estos manuscritos abandonados ya sabía que los beneficios no están relacionados con la supuesta explotación de los trabajadores, sino con el capital invertido. Años más tarde de haber abandonado el manuscrito, en 1867, Marx publicó el Volumen I de El Capital con el concepto de explotación, que sabía que no funcionaba.

Los manuscritos de El Capital III fueron escondidos en su escritorio para que no quedara rastro de su fiasco. Así, en lugar de admitir su fracaso, engañó a sus lectores y a su mejor amigo, Engels, con la promesa de que en futuros escritos el problema sería resuelto. Sin embargo, en lugar de buscar las soluciones, comenzó a estudiar química y matemáticas y aprendió algunos idiomas, con lo que la secuela de El Capital quedó inconclusa. Después de su muerte, Engels, ya en su vejez y antes de llevar los manuscritos a la imprenta, se vio obligado a admitir que la teoría de la explotación de Marx era verdadera para la era capitalista preindustrial, pero no para el capitalismo. Es cierto que solo lo hizo en una carta privada, continuando la tradición marxista del engaño y la mentira.

Marx también fue responsable de la idea de que la clase obrera sería la gran fuerza redentora de la humanidad. Después de lanzar públicamente bellas consignas, Marx despotricaba en sus cartas privadas a Engels, contra los obreros y explicaba que su supuesta fuerza redentora no era una acción revolucionaria, ya que solo pensaban en su mezquino bienestar y en sus deseos de integración en la sociedad burguesa en expansión.

Marx, mientras escribía el Manifiesto Comunista, sabía que la burguesía era la causa del dinámico desarrollo y del enorme crecimiento económico del siglo XIX. Pero en El Capital describía a los capitalistas como meros sacos de dinero ociosos. No dijo ni una palabra sobre el verdadero motor del desarrollo dinámico del capitalismo, del empresario que utiliza el capital. Sí mencionó en una frase que muchos capitalistas habían empezado en pequeños talleres y que los primeros capitalistas de la revolución industrial inglesa eran en realidad obreros, artesanos que se aprovecharon de la libertad burguesa y que, con su ingenio, habilidad y energía, se abrieron camino hasta las filas de los ricos y privilegiados. Nunca incorporó este hecho a su teoría.

En su mundo inhumano y falso, el desarrollo se debe a las fuerzas productivas impersonales, concepto que desplaza la fuerza del trabajo personal y del ingenio humano. De este modo, pudo abstraerse del hecho de que la libertad burguesa había creado la posibilidad de que un trabajador pudiera tener una idea y que pudiera ponerla en práctica y obvió el hecho de que si el producto (o servicio) basado en esa idea captaba la atención de los consumidores, entonces ese trabajador podría convertirse en capitalista y ascender a las filas de la élite más rica y respetada.

No es casualidad que su sueño, el socialismo existente, se convirtiera en una terrible dictadura, una máquina burocrática desalmada y cruel, a la que las manías de los altos dirigentes dieron vida a costa de la muerte de millones de personas y de la pobreza de los propios trabajadores a los que se les había prometido un cielo terrenal. ¡Ay de los súbditos si al líder supremo se le ocurría matar a miles de personas de la noche a la mañana, condenarlas a pasar hambre o encerrar a decenas de millones en campos de trabajo! En comparación con estos asombrosos crímenes, la destrucción de aldeas, de núcleos urbanos históricos, el despilfarro de recursos en la producción de productos como el mítico coche Trabant, que fue fabricado durante treinta años sin ninguna mejora del diseño original, no son más que tristes recuerdos de la destrucción del socialismo.

“No era socialismo”, declara la izquierda que no se atreve a admitir que el sueño marxista fue una auténtica pesadilla. Incluso algunos pensadores de izquierdas dicen que era el capitalismo de Estado. Identifican el sueño marxista con el objeto del odio marxista para salvar la esperanza del socialismo en ellos mismos y seguir odiando el capitalismo.

¿Pero ellos, qué entienden por capitalismo de Estado? Una sociedad industrial, nacionalizada y dirigida desde arriba por el líder político. Sí, en algunos aspectos el socialismo existente era similar al Occidente capitalista real: una sociedad industrial y urbana. Entre los líderes comunistas, solo Pol Pot fue lo suficientemente valiente como para emprender la liquidación de esa sociedad industrial y de las grandes ciudades para lograr el socialismo eco-social, lo que requirió el exterminio inmediato de la mitad de la población, la matanza de los intelectuales y de los ciudadanos a los que se consideraban no aptos para el trabajo rural.

Lenin, Stalin, Brezhnev y otros líderes socialistas en cambio, se mantuvieron fieles a la imagen del socialismo marxista modernizador-industrial: llevaron a cabo un proceso de industrialización, construyeron enormes fábricas y crearon nuevas ciudades industriales desde cero. Incluso intentaron convertir las aldeas en un asentamiento industrial, eliminando las odiadas explotaciones campesinas individuales. Aparentemente, el socialismo se asemejó al capitalismo en que también era una civilización industrial: ciudades impersonales, enormes fábricas llenas de trabajadores, dirigidos por los directores, como si fueran tornillos de producción necesarios pero reemplazables. Y, por supuesto, también tenían la necesidad de acumular de capital. Las sociedades socialistas satisfacían las enormes necesidades de maquinaria de la producción industrial a gran escala robando la riqueza de la población y manteniendo bajos los ingresos de los trabajadores. Solo Stalin y sus clientes podían tener dachas, palacetes rurales con sirvientes. Caucescu tenía un aseo de oro. El resto de la gente tenía que hacer colas interminables durante horas delante de las tiendas para comprar un simple trozo de pan.

Por ello, a mucha gente que vivió bajo el régimen socialista le parecía que el grado de explotación que padecía era incluso mayor que el de las sociedades capitalistas. El Estado torturaba a los trabajadores con mano de hierro y, para bien o para mal, azotaba a la gente para que trabajara como si fueran verdaderos esclavos, esta vez esclavos del Estado. Muchos trabajadores no tuvieron suerte, y su destino fueron las cárceles, los campos de trabajo o incluso las condenas a muerte.

Pero una sociedad capitalista no es equivalente a una sociedad industrial, aunque haya sido precisamente el capitalismo el que ha permitido una rápida sucesión de nuevos inventos y revoluciones industriales que han transformado el mundo feudal en una verdadera sociedad industrial. La población de los países en donde fue implantada una economía de más o menos libre mercado se ha librado de la miseria general. Hoy en día los trabajadores ya no tienen que temer el hambre y el frío. Y gracias a este verdadero desarrollo, los intelectuales de izquierda pueden permitirse el lujo de quejarse del consumo excesivo de los trabajadores, que amenaza al mundo y socava su conciencia de clase.

La esencia del capitalismo es la libertad, no el capital ni las fábricas. Es la libertad del individuo sobre su propio cuerpo y sus sueños, para aumentar su conocimiento y habilidades y utilizarlos según sus deseos e inclinaciones. Las civilizaciones de las épocas precapitalistas despreciaban a los trabajadores y limitaban su creatividad. Los trabajadores estaban esclavizados o sometidos a diversas formas de servidumbre. La servidumbre daba poco o ningún margen para utilizar su propio espíritu empresarial innovador.

El nacimiento del capitalismo industrial se debió a que, en el ambiente más libre de la Inglaterra de los siglos XVII y XVIII, cualquier trabajador, el artesano ingenioso, el comerciante emprendedor que sentía ante él una oportunidad, podía por fin hacer algo para mejorar su suerte. Esta libertad permitió por fin a los artesanos, a los hábiles trabajadores, innovar y apartarse de miles de años de métodos de trabajo tradicional e introducir nuevos productos. Al hacerlo, pudieron obtener beneficios y vivir mejor.

Carl Menger resolvió el enigma que Adam Smith había planteado pero que dejó sin resolver, explicando que la búsqueda del beneficio individual se convierte en un acto para el bien común como si la mano invisible del Cuidador guiara al hombre. Según la teoría de Menger, el valor de las mercancías llevadas al mercado está determinado por el juicio de valor de los compradores, no por el trabajo invertido por el productor, como pensaba Marx. Por ello, el empresario es, de hecho, metafóricamente hablando, el servidor del comprador: su beneficio depende de su capacidad para adivinar las necesidades y deseos del futuro comprador. Si pone en el mercado un producto para el que no hay demanda, por mucho trabajo y capital que haya invertido en él, el valor de ese producto es cero. Y si el empresario no puede recuperar al menos el valor del capital invertido, se verá obligado a abandonar la producción de ese producto y a buscar un nuevo medio de vida. Pero si el empresario introduce en el mercado un producto que tiene demanda, entonces todos se benefician: los compradores se van a casa contentos porque han podido comprar algo que necesitaban, y el productor obtiene un beneficio. Al reinvertir el beneficio, el empresario puede aumentar la producción para satisfacer otras posibles demandas y, al mismo tiempo, obtener aún más beneficios. Es como si la mano de la Providencia actuara de esta manera: tanto el empresario como los consumidores se benefician, y todos encuentran una mejor y más amplia satisfacción de sus necesidades.

Por esta razón, llamar al socialismo capitalismo de Estado es una mentira caricaturesca. La esencia misma del socialismo existente, el sueño marxista, es que ha privado a la gente creativa de su libertad, y ha bloqueado los mercados en los que los empresarios innovadores habrían podido satisfacer la demanda de los consumidores. En su lugar, ha creado corporaciones gigantescas centralizadas y cooperativas agrarias. Todo el mundo se convirtió en esclavo del Estado. Sólo una persona era libre: el planificador central, que era el jefe del partido totalitario del Estado. El líder adorado, cuyos deseos e ideas controlaban la vida de las personas que habían sido reducidas al papel de esclavos del Estado. El socialismo no era “capitalismo”, aunque fuera una sociedad industrial y urbana. Era más bien una extraña mezcla de sociedad feudal y esclavista centralizada e industrializada, sostenida por el terror de la policía secreta.

Desgraciadamente, muchísimos miembros de la izquierda actual no se atreven a enfrentarse a la bancarrota del marxismo. Incluso hoy siguen pronunciando etiquetas marxistas descaradamente falsas como “explotación”, “clase obrera”, “capitalistas”. Su tema principal es regular el “capitalismo”, reducir el grado de “explotación”, gravar a los “ricos” y a las empresas para destruir a los “capitalistas”. Estas medidas son usadas precisamente para limitar la posibilidad de que nuevos empresarios surjan de la nada y se conviertan en ‘capitalistas’ al ser capaces de atender las necesidades de los consumidores mejor que las empresas existentes. Impiden que los trabajadores se beneficien de una mayor demanda de su trabajo y de una mayor oferta de productos más baratos y mejores.

La esencia del mercado libre, el capitalismo es la libertad del hombre pensante, creativo y trabajador, no el capital. La existencia de los mercados y la competencia obliga a los empresarios a servir a los consumidores y crea incentivos que producen beneficios mutuos produciendo riqueza y una mejor vida para todos.

Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo LIX: Lecturas para el verano de 2021

Como es habitual en los meses de verano propongo una unos libros para disfrutar a la sombra, armados con lápiz y papel, de lo que entiendo son buenas lecturas. Como es habitual, no propongo lecturas ni “ligeras” ni “refrescantes”, sino libros serios en el ámbito de las ciencias sociales, para gente que ame el trabajo duro intelectual, justo en el momento en el que se le pude dedicar más tiempo que son los meses de verano.

En primer lugar me gustaría proponer un gran libro sobre población y recursos, temas que me interesan especialmente. Recomiendo en particular el libro del profesor Jesús Javier Sánchez Barricarte, El crecimiento de la población mundial: Implicaciones socioeconómicas, ecológicas y éticas, Tirant Lo Blanch , Valencia, 2008. Si bien la cuestión de los recursos ha merecido atención por parte de liberlaes y libertarios, la cuestión de la población ha sido mucho menos abordada y de ahí la pertinencia de  este trabajo. No me explico cómo no es más referenciado en nuestros ámbitos, dado su enorme interés. El estudio de la población, sus dinámicas y su relevancia económica es aquí bien abordado, muy en la línea de Julian Simon, Colin Clark o Esther Boserup, destacando las bondades del incremento de la población frente a los profestas neomalthusianos del estilo de Paul Ehrlich. Y es un tema muy pertinente que divide a la escuela austríaca, pues Mises, sin ir más lejos no era  muy partidario del incremento de la población mundial, como revela en su Acción Humana. Yo simpatizo más con las tesis del profesor Sánchez Barricarte y espero que con esta recomendación se despierte más interés entre nosotros por el tema y por la obra de este autor, que entiendo merece ser conocida y discutida.

Siempre me gusta resaltar la importancia que tiene el estudio de la historia para la adecuada comprensión de los fenómenos políticos, sociales y económicos de nuestro tiempo. De hecho buena parte de la mitología que rodea el discurso político deriva de una incorrecta compresnisón de la misma. Por ejemplo se apunta que los orígenes del capitalismo se deben a los poderes mágicos que derivan de la importación (o expolio) de unas piedras de color amarillo que, depositadas en Europa, hicieron el milagro de multiplicar varias veces su producción. O la idea de que los avances sociales y económicos de los trabajadores occidentales se debe a la lucha consciente de la clase obrera (Ojalá fuese así y con unas cuantas huelgas en Malí o el Congo esos desgraciados países  pasasen a tener el nivel de vida de los suizos). Buena parte del discurso histórico descansa en interpretaciones de este tipo que siguen condicionando el discurso actual.

Es por eso que recomeindo encarecidamente el estudio histórico a todos los interesados en nuestras teórias. Para ello nada mejor que este libro: Antonio Miguel Bernal, España, proyecto inacabado. Costes/beneficios del Imperio, Marcial Pons, 2005. Es una excelente historia económica del Imperio Hispano que deriva además de un excelente conocimiento histórico, de una buena comprensión de la teoría económica. Es muy raro ver citado a Rothbard, por ejemplo, en un estudio de este tipo pero nuestro autor lo hace (entre otros muchos autores claro está) lo que prueba que antes de embarcarse en estudios históricos ha querido entender bien fenómenos como la inflación, el comercio, la deuda pública o la intervención estatal en la moneda y el crédito. No me extraña que el libro haya sido premiado, es una excelente lectura para todos aquellos interesados en el Imperio español.

La teología no es una de las disciplinas que más se usan en nuestros ámbitos a pesar de existir todo un cuerpo teórico de teología crítica del poder estatal. Uno de estos teólogos es el anarquista cristiano William T. Cavanaugh, del que destaco uno de sus libros, El mito de la violencia religiosa, Nuevo Inicio, Granada, 2009. Es básicamente una crítica muy detallada a la idea de que las violencia padecida por Europa en la modernidad tiene una fundamentación religiosa. Nuestro autor culpa de ella sin ambages al poder político, enmascarado eso sí en causas religiosas. Es especialmente interesante como disecciona la Guerra de los 30 años, habitualmente presentada como una suerte de conflicto entre católicos y potestantes, cuando en realidad fue una lucha por la hegemonía europea entre el Imperio de los Habsburgo y sus enemigos. La prueba está en que había católicos y protestantes en ambos bandos, llegando alguno de ellos a pactar con musulmanes para desequilibrar la contienda. En conclusión un excelente trabajo de desmitificación acompañado por una muy dura crítica de la lógica estatal. Además es un texto muy útil para iniciarse en el mundo de la teología política, sobre la que algún día volveremos.

Otro libro que me gustaría mencionar es el  reciente de Andreas Malm, Capital fósil, Capitan Swing. Madrid, 2020. Supongo que podrá sorprender que situe un libro de un reputado eco-marxista en una lista de estas características, salvo que lo hiciese por su estilo literario. Es un libro marxista con buena prosa y claro en sus razonamientos, algo que por desgracia no abunda (aunque alguno hay) y dificulta el debate. Lo hago porque rara vez veo argumentos tan liberales en la pluma de un autor marxista, supongo que no de forma deliberada. Sólo Albert Otto Hirschman con sus Retóricas de la intransigencia puede  a mi entender igualarlo. Es un libro críticos con los combustibles fósiles como no puede ser menos en un ecologista marxista (para una defensa de los mismos este Instituto ha traducido el excelente libro de Alex Epstein, La cuestión moral de los combustibles fósiles).

La cuestión es que nuestro autor intenta explicar las razones por las que han triunfado lo fósiles sobre la energía hidráulica aparentemente la favorita en los comienzos de la Revolución Industrial. A pesar de su mayor desarrollo esta contaba con un gran inconveniente, el de  que su flujo no era regular, esto es una veces había demasiada agua y otras demasiado poca. Además la localización estaba supeditada a la proximidad de una corriennte de agua, a diferencia de la combustión fósil que podía ser instalada en prácticamente cualquier lugar. Y lo más curioso de todo es que nuestro autor culpa también del fracaso hidráulico a las leyes laborales del país que comenzaron a regular tanto salarios como la duración de la jornada laboral lo que le dió la puntilla final al desarrollo de la energía hidráulica. Creo que es muy tentador extraer conclusiones que son fácilmente aplicables a las modernas políticas industriales para la transición a una economía verde. Mucho me temo que podrían acabar igual que la energía hidráulica.

Catalogar a Wilhelm Ropke no es una tarea fácil. Algunos lo sitúan como uno de los padres del moderno neoliberalismo, otros como uno de los fundadores de la escuela Ordoliberal alemana, y otros como Randall Holcombe, como un miembro algo heterodoxo de la escuela austríaca. Todos tienen bastante razón aunque ninguna del todo. Por ejemplo, Ropke comparte muchos de los elementos de análisis austríacos, pero difiere en la cuestión del monopolio, causa legítima de intervención para Ropke y en algunos aspectos de política social.

Pero Ropke en algunos aspectos va más allá que los propios austríacos; sobre todo en las cuestiones que se refieren a los valores y al orden social. A Ropke le preocupan mucho más que a la mayoría de los austríacos los valores sobre los que se debe asentar una sociedad capitalista de libre mercado. De hecho el libro  suyo que recomiendo [Wilhelm Ropke, Más allá de la oferta y la demanda, Unión editorial, Madrid, 1996] bien podría ser situado en el canon de los mejores libros conservadores de todos los tiempos. No es, como indica su título, un libro sobre fundamentos de la economía sino un hermoso tratado sobre los principios que fundan y hacen prósperos a una sociedad, y estos se fundan en valores. Para que puedan existir mercados y capitalismo dignos de tal nombre es necesario ahorro derivado de valores frugales, confianza en la palabra del otro, laboriosidad etc. Sin estos valores el sistema capitalista no sólo no puede funcionar sino que ni siquiera habría surgido y la religión juega un papel fundamental en su preservación. Su crítica a la masificación urbana y su defensa de una vida de pequeños propietarios viviendo fuera de las grandes ciudades es ya mítica y supongo que discutible. Es este a mi entender el mejor de sus libros y aunque sus razonamientos económicos se aparten algo de la doctrina austríaca es sin duda uno de los pocos trabajos en nuestra tradición que pone el foco en los valores y la forma de vida propia de una sociedad liberal en el sentido clásico de esta palabra.

Cambiando un poco de tema vamos a referirnos ahora a un libro de otro austríaco más o menos heterodoxo, Oskar Morgenstern, alumno que fue del seminario de Ludwig von Mises en Viena. Los más leídos en ciencias sociales lo identificarán, junto con John von Neumann, como uno de los padres fundadores de la moderna y matemática Teoría de Juegos, que pasa por ser uno de los principales hitos de la economía y la ciencia social formalizadas. Si nos molestamos en investigar esta teoría, como hace la profesora Amadae en su Prisoners of reason, nos sorprenderá saber que no dejaba de ser uno de los muchos desarrollos teóricos que la ciencia social norteamericana, debidamente subvencionada, dedicó al combate cultural en los tiempos de la guerra fría.

Pero Morgenstern demostró en él un muy buen conocimiento de la ciencia matemática, conocimiento que va a usar en el libro que recomendamos [Oskar Morgenstern, Sobre la exactitud de las observaciones económicas, Tecnos, Madrid, 1970] para criticar las estadísticas que usan los gobiernos para intentar regular y controlar la economía y sin las cuales no podrían ni siquiera soñar hacerlo. Morgenstern ataca la propia base de las estadísticas económicas, esto es la corrección o no de los datos sobre los que trabaja. Nuestro autor afirma que muchos de los datos con que se opera, como por ejemplo los precios usados en los índices, no son correctos y si no lo son las medidas de política que se adoptan serán equivocadas ya desde sus inicios.  El problema no estaría en el tratamiento por parte de los profesionales de los datos, sino en la propia naturaleza de los mismos que, según Morgenstern, dejarían mucho que desear. Cuando leemos o interpretamos estadísticas damos por supuesto cierto rigor y que son objetivamente verdad. De hecho las usamos en discusiones y debates como prueba irrebatible de la solidez de nuestra posición como la quintaesencia de la verdad, debido a su supuesta objetividad. Más allá de que nadie se convence o cambia de opinión por una estadística pues siempre hay una contraria para rebatir, ¿que pasaría si estas son incorrectas? Este viejo libro abre muchos debates a los que sería buena idea volver.

El otro día leí unas declaraciones de un reputado polítco de la izquierda española en la que manifestaba su satisfacción por los servicios públicos que nuestro estado prestaba, según él, de forma gratuita. El estado sería así una suerte de Santa Claus o Reyes Magos que obtendrían sus recursos de la nada y los repartirían después entre la gente de buena voluntad. Entonces antes de que el estado los suplante como ha hecho con muchas otras instituciones tradicionales creo que sería buena idea conocerlos un poco. L. Frank Baum, Vida y aventuras de santa Claus, Valdemar, Madrid, 2005 es un buen comienzo. Baum fue un experto en marketing de finales del siglo XIX (cambió los diseños de los escaparates de los grandes almacenes de la época) y escritor infantil. Es muy conocido por su libro El mago del Oz en el que en una hermosa alegoría defiende el oro frente al inflacionismo de Bryan y los populistas. El libro de Baum sobre santa Claus es un hermoso relato sobre la infancia del bonachón personaje y sobre los valores de justicia social que las hadas con las que se crió le inculcaron. La descripción nos da un Santa Claus casi predecesor de Rawls con sus criterios de equidad y justicia a la hora de repartir los regalos. No se si es una buena lectura para inculcar valores a la infancia pero si es un hermoso libro.

Como contraparte tenemos a los viejos Reyes Magos que no le ofrecen al Niño Dios devaluadas letras reales ni papel del estado sino dinero sólido y duro, en forma de oro y mercancías de gran valor fácilmente negociables en la época como incienso y mirra. Recomiendo, por tanto, un olvidado libro de un olvidado autor (uno de mis favoritos sin duda) el siempre ortodoxo católico Michel Tournier, [Michel Tournier, Gaspar, Melchor y Baltasar, Edhasa, Madrid, 1997]. En el se nos recrean viejas leyendas sobre tan maravillosos seres, en una narración de gran belleza, como todas las de este autor que animo a redescubrir o a descubrir por quienes no lo conoczcan (recomiendo especialmente su  El Rey de los alisos).

Feliz verano

Justicia a medias

Tras una dilación que no se compadecía con la trascendencia del asunto planteado, finalmente el Tribunal Constitucional dictó la Sentencia de 14 de julio de 2021, que, estimando parcialmente un recurso de VOX, declaró inconstitucionales, y por lo tanto nulos, los apartados 1, 3, 5 y 6 del artículo 7 del primer decreto de estado de alarma, de 14 de marzo de 2020 y de otros tres sucesivos que lo prorrogaron.

En resumen, el fundamento jurídico cinco de la sentencia ha entendido que las medidas adoptadas en esas disposiciones vulneraron los derechos fundamentales a la libre circulación y fijación de residencia (art. 19 CE), por un lado, y de reunión en relación con los derechos a la intimidad personal y familiar e inviolabilidad del domicilio (art. 21 y 18 CE) por otro. La suspensión de esos derechos está vedada durante un estado de alarma, según el artículo 55.1 CE, que reserva ese poder excepcional para los estados de excepción o sitio. Además, en relación con el apartado 6 del mencionado artículo 7 del Decreto, el fundamento nueve ha considerado que la autorización al Ministro de Sanidad para modificar y ampliar las medidas, lugares, establecimientos o actividades que se suspenderían después de decretar el estado de alarma, infringe las propias previsiones del artículo 116.2 CE, en relación con el 38, que reconoce la libertad de empresa.

Según se ha hecho evidente a la postre, el gobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón desplegó todos sus resortes para presionar a los magistrados que tenían que resolver el juicio de constitucionalidad sobre las normas citadas para evitar que el fallo corrigiera un ápice de sus postulados. Sin embargo, pese a la lealtad sectaria de viejos conocidos como el magistrado Cándido Conde-Pumpido Tourón[1] sabemos ya que las cosas se empezaron a torcer para sus intereses desde que el primer ponente designado, el magistrado Fernando Valdés Dal-Ré[2], tuvo que dimitir por la denuncia de malos tratos formulada por su esposa en agosto de 2020. Desde ese momento quedarían solo once magistrados, por lo que el presidente del Tribunal no decidiría con su voto de calidad en caso de empate.

Por otro lado, incluso antes de este incidente aciago (para los intereses del gobierno), el jurista Manuel Aragón Reyes[3] había publicado un primer artículo germinal en abril del pasado año en el que expresaba en términos muy claros que “ordenar una especie de arresto domiciliario de la inmensa mayoría de los españoles, (…) no es limitar el derecho, sino suspenderlo, y esa conclusión resulta difícilmente rebatible desde un entendimiento jurídico correcto, y en tal sentido la medida adoptada creo que es bien distinta de la normativamente estipulada para el estado de alarma“.

Sea como fuere, los fundamentos jurídicos de la sentencia subrayan la distinción capital entre la restricción y suspensión de derechos y que el gobierno, en realidad, al dictar su primer decreto de estado de alarma y su inmediata reforma tres días después, suspendió los mencionados derechos fundamentales, en abierta contradicción con lo establecido en el artículo 55.1 de la Carta Magna[4], que solo permite hacerlo en el supuesto de declaración del estado de excepción o de sitio.

La sentencia entiende, por el contrario, que las detenciones de personas implícitas en las medidas de suspensión de la libertad de deambulación no infringieron el derecho a la libertad frente a detenciones arbitrarias (art 17 CE) o el resto de derechos fundamentales que los demandantes reputaron vulnerados por el resto de medidas, esto es, de reunión en lugares públicos (art. 21.2 CE), de participación política (art. 23 CE), a la educación (art. 27 CE) libertad de empresa (art. 38 CE) y libertad religiosa y de culto (art 16 CE) quedaron afectados, pero no fueron suspendidos. Apreciaciones sumamente criticables, que no puedo abordar en este análisis de urgencia.

Me interesa aclarar, no obstante, ante la campaña de intoxicación orquestada por el gobierno y los medios de comunicación a su servicio, cuáles son los efectos derivados de esta sentencia del Tribunal Constitucional. Están expuestos en los apartados a) b) y c) del fundamento jurídico once.

Así, aunque se declaran irrevisables los procesos conclusos mediante sentencia con fuerza de cosa juzgada o las situaciones decididas mediante actuaciones administrativas firmes y las demás situaciones jurídicas generadas por la aplicación de los preceptos anulados, se prevé la posibilidad de revisar los procesos penales o contencioso-administrativos derivados que impusieron penas o sanciones durante el estado de alarma. Esto es, sin duda, una buena noticia para todas las personas incursas en procedimientos sancionadores por incumplir el confinamiento domiciliario, caminaran o circularan en vehículo, puesto que podrán pedir la nulidad de las actuaciones o que se les devuelvan las multas impuestas. En procedimientos penales terminados con sentencias por hechos directamente relacionados con la desobediencia a las órdenes recibidas en virtud de los preceptos anulados, quedará abierta la vía de la del recurso de revisión o la nulidad de actuaciones.

Y, por último, determinados medios “informaron” que la declaración de inconstitucionalidad de algunos preceptos del decreto no generaría responsabilidad patrimonial del Estado por la paralización de la actividad de empresas y comercios, lo cual es una verdad a medias. Como señala el apartado c) del fundamento once de la sentencia, aunque la anulación no constituye por sí misma un título para fundar reclamaciones de responsabilidad patrimonial de las administraciones públicas,  esto no limita las indemnizaciones previstas expresamente en el artículo 3.2 de la Ley Orgánica 4/1981, de 1 de junio, de los estados de alarma, excepción y sitio, para aquellos que sufrieron de forma directa en su persona, o en sus bienes y derechos, daños o perjuicios por los actos y disposiciones adoptadas durante la vigencia del estado de alarma y sus sucesivas prórrogas.


[1] La larga trayectoria de este juez de carrera, uno de los fundadores de la asociación Jueces para la democracia – rebautizada con el hilarante y consabido desdoblamiento – merece un estudio aparte. Cuatro hitos resumen su aquilatado tesón hacia un lado:  1) Ponente del auto del Tribunal Supremo de 14 de noviembre de 1996, dictado en el caso del secuestro de Segundo Marey, que exculpó sin juicio, por estrecho margen de magistrados y con argumentos peregrinos, al ex presidente del gobierno y secretario general del PSOE, Felipe González Márquez, 2) Fiscal General del Estado, a propuesta del gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero, que destacó por su adhesión a los planes políticos de quién le nombró, 3) Magistrado del Tribunal Constitucional, a propuesta del Senado, desde marzo de 2017, gracias a los buenos oficios del PSOE, y 4) Autor de una nota reciente en la que confiesa su poco celo por evitar la filtración, antes de su publicación, de un “borrador” de su voto particular contrario a la Sentencia que venimos comentando, en la que se vertían improperios contra sus compañeros de la mayoría coincidentes con los expresados por el gobierno y sus terminales.

[2] Para quienes sostienen que todos los políticos son cortoplacistas, apunten otro dato: este inicial inspector de Trabajo fue Director General del Servicio Jurídico del Estado entre 1986 y 1990, bajo la presidencia del gobierno de Felipe González Márquez.

[3] Catedrático de Derecho Constitucional emérito y magistrado del Tribunal Constitucional en el periodo 2004-2013, a propuesta del gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero. Tiene la distinción de magistrado emérito.

[4] Artículo 55.1 Los derechos reconocidos en los artículos 17 (libertad y seguridad frente a detenciones arbitrarias), 18, apartados 2 y 3 (inviolabilidad del domicilio y secreto de las comunicaciones), artículos 19 (derecho a elegir la residencia y a circular por el territorio nacional), 20, apartados 1, a) y d) (libertad de expresión y de prensa), y 5 (prohibición del secuestro de publicaciones), artículos 21 (reunión y manifestación), 28, apartado 2 (huelga), y artículo 37, apartado 2 (medidas de conflicto colectivo en el ámbito laboral), podrán ser suspendidos cuando se acuerde la declaración del estado de excepción o de sitio en los términos previstos en la Constitución. Se exceptúa de lo establecido anteriormente el apartado 3 del artículo 17 para el supuesto de declaración de estado de excepción.

La cuestión de las matemáticas en economía II: agent-based models

En el penúltimo artículo que escribí para esta casa abordé la clásica controversia dentro de la Escuela Austriaca sobre el uso de matemáticas para la formalización de teoría económica. Mi tesis se construyó sobre la comprensión de Weintraub (2002) acerca de la relación entre las matemáticas y la economía; a saber, que las revoluciones en la historia de la economía han seguido a las revoluciones en la historia de las matemáticas. De esta manera, cuando hablamos de matemáticas y economía debemos concretar a qué tipo de matemática nos referimos y qué enfoque económico estamos tratando. En ese sentido, puntualicé que las críticas de economistas austriacos al uso de matemáticas en economía son acertadas en tanto que una matemática algebraica resulta limitada para las explicaciones a las que aspira una economía realista y de complejidad. Sin embargo, también planteé la posibilidad, en línea con la propuesta de teóricos de complejidad como Brian Arthur (2021), de que se pueda construir teoría económica mediante otras alternativas matemáticas algorítmicas basadas en la computación. Quedaron sin resolver varias cuestiones al respecto: (1) la compatibilidad de los modelos computacionales con la metodología de la Escuela Austriaca; (2) saber si esta nueva técnica matemática puede descubrir conocimiento para la economía; y (3) si también es capaz de comunicar teoría de forma menos ambigua que el lenguaje verbal. A continuación, resolveremos estos tres puntos.

Agent-based models (ABMs) y economía austriaca

La economía algorítmica o de computación a la que se refiere Arthur (2021) se ha materializado en los agent-based models (ABMs). Como el propio nombre indica, estos son modelos que empiezan con una población de agentes que interactúan entre sí en función de unas reglas de comportamiento especificadas por el modelador. Estas interacciones dan lugar a un comportamiento macro emergente (Axtell and Farmer 2021). Al contrario que los sistemas tradicionales de funciones usados en economía, los ABMs no preespecifican ningún nivel agregado, comportamiento macro o equilibrio. Más bien, el comportamiento del sistema en un nivel macro emerge de la interacción de los agentes (Hoefman 2020)

Los ABMs aparecieron como alternativa a los Dynamic Stochastic General Equilibrium (DSGE) models (Fagiolo and Roventini 2017). Estos fueron criticados por representar el mundo de forma irreal, como si fueran perfectos y estuvieran en equilibrio (Farmer and Foley 2009). A su vez, los ABMs fueron propuestos como alternativa al constituir una forma matemática menos restringida de explorar los fenómenos económicos, dando espacio al estudio de los procesos de mercado y las dinámicas fuera de equilibrio. Desde su origen hace veinticinco años, los ABMs se han aplicado a una gran cantidad de campos en la economía y las finanzas (teoría de juegos, organización industrial, empresas, macroeconomía, economía pública, etc.). Hay que tener en cuenta, tal y como hacen Axtell y Farmer (2021), que pueden existir hasta tres tipos de ABMs: (1) puramente teóricos, siendo modelos abstractos que ilustran algún hecho estilizado; (2) modelos que reproducen datos económicos agregados cuantitativamente; y (3) modelos basados en datos micro que pueden identificar cuantitativamente el comportamiento de individuos. Como bien destacan ambos investigadores, los del primer tipo, los puramente teóricos, son los que abundan en la economía en relación a los otros dos tipos. Esto será de especial relevancia cuando hablemos de la compatibilidad metodológica con la Escuela Austriaca, al referirnos a las pattern predictions.

Aunque los ABMs se usen cada vez más en ciencias sociales, es cierto que aún están lejos de convertirse en herramienta hegemónica o predominante. Esto es, precisamente, porque su uso desafía muchas de las suposiciones y fundamentos de la teoría neoclásica de equilibrio. Esta cuestión, al mismo tiempo, se convierte en un atractivo para corrientes de la economía que pretenden ir más allá del análisis de equilibrio. En este caso, varios autores han encontrado en la economía computacional de modelos basados en agentes una buena herramienta para la Escuela Austriaca (Vriend 2002; Nell 2010; Seagren 2011; Koppl 2006; Lavoie, Baetjer, and Tulloh 1990). De todos ellos, me gustaría centrarme en Seagren (2011).

En primer lugar, Seagren hace hincapié en que las características típicas de los ABMs, definidos por Epstein (2006), se solapan con los tres principios metodológicos fundamentales de la Escuela Austriaca: individualismo metodológico, subjetivismo y la noción de proceso de mercado (Boettke 1994). Además de eso, tanto los ABMs como los austriacos entienden la economía como un sistema complejo adaptativo (CAS, por su siglas en inglés). Por otro lado, Seagren (2011) argumenta que las simulaciones basadas en agentes pueden complementar la idea de orden espontáneo de Hayek e igualar al método compositivo de Menger. Precisamente, los ABMs capturan el proceso causal que va desde las acciones de los agentes a los fenómenos macro. Además, permiten introducir supuestos más realistas en los modelos y teorías. Aun así, parece que no existe tanta compatibilidad con la praxeología, otra de las ramas fundamentales de la metodología austriaca.

Seagren advierte que la praxeología, al estar compuesta de teorías universales y necesarias, puede rechazar el uso de ABMs por ser demasiado arbitrarios y empíricos. No obstante, también es cierto que Mises introduce suposiciones empíricas en sus teorías, como la idea de desutilidad del trabajo o la ley de asociación de Ricardo, para que las teorías correspondan con la realidad y la economía no se convierta en una mera gimnasia mental (Mises 1998). Consecuentemente, al introducir estas suposiciones empíricas, entramos en el terreno de lo que Selgin (1990) llama historia conjetural. Aquí es donde Seagren descubre una similitud con la praxeología. La historia conjetural son teorías económicas que toman la forma de construcciones imaginarias, donde es necesario el principio ceteris paribus. En este sentido, los ABMs pueden ayudar a la elaboración de construcciones imaginarias, puesto que permiten controlar y procesar más variables que la mente humana, relajando así la cláusula ceteris paribus.

En resumidas cuentas, podemos decir que el uso de ABMs es compatible con la metodología de la Escuela Austriaca y puede ser de utilidad en el nivel del método analítico-compositivo, para el estudio de los órdenes espontáneos. No puede remplazar a la praxeología, sino construirse sobre sus leyes universales y necesarias para luego obtener leyes contingentes que describan la causalidad de procesos emergentes complejos en la economía. Además, si es para la teoría económica, los ABMs pueden ayudar a la construcción de pattern predictions o hechos estilizados, es decir, patrones cualitativos. Alternativamente, los modelos que realizan estimaciones cuantitativas micro o macro pueden aplicarse para el estudio de la historia económica. Teniendo claro todo esto, solo queda resolver las otras dos cuestiones.

Nuevo conocimiento y ambigüedad

¿Descubren los ABMs nuevo conocimiento o son solo una traducción de algo que se desarrolla previamente a través de lenguaje verbal? ¿comunican conocimiento de forma más o menos ambigua que el lenguaje verbal?

Con respecto a la primera pregunta, podemos decir que los ABMs sí descubren nuevo conocimiento para la economía. En este caso, como hemos mencionado previamente, facilitan la creación de construcciones imaginarias a través del control de más variables, relajando así la cláusula ceteris paribus. Al contrario que con la matemática algebraica, que es una mera traducción de una lógica verbal previa (Rothbard 1956; 1976; 2009), los ABMs sí permiten alcanzar conocimiento que excede los límites de la capacidad cognitiva humana. De esta forma, la histórica posición austriaca con respecto a las matemáticas cambiaría. Ya sí se admitiría que una técnica matemática puede añadir conocimiento a la economía, por lo que las matemáticas sí podrían ser ahora aceptadas como herramienta de investigación para la ciencia económica.

Bien distinta es la cuestión de la comunicación de conocimiento. Los ABMs no suelen contener ecuaciones, aunque sí puedan ser expresados mediante tales (Epstein 2006). Así, los ABMs hacen gran uso del lenguaje verbal. Es más, una de las principales implicaciones epistemológicas de la complejidad es que es imposible modelar al completo el comportamiento humano en lenguaje físico, por lo que siempre hay lugar para el formalismo verbal en las explicaciones sobre fenómenos sociales y humanos (Koppl 2010). Entonces, los ABMs no desplazarían al formalismo verbal como herramienta de exposición y comunicación del conocimiento, algo que los austriacos han defendido con ahínco (Rothbard 1976). Así, los ABMs podrían ser usados por los austriacos coherentemente con su metodología, manteniendo también la claridad semántica (Boettke 1996; 1997) en la construcción de teoría económica.    

Referencias

Arthur, W. Brian. 2021. “Economics in Nouns and Verbs,” April. http://arxiv.org/abs/2104.01868.

Axtell, Robert L., and J. Doyne Farmer. 2021. “Agent-Based Modeling in Economics and Finance: Past, Present, and Future.” Journal of Economic Literature, to appear.

Boettke, Peter J. 1994. The Elgar Companion to Austrian Economics. Books. Aldershot: Edward Elgar Publishing. https://ideas.repec.org/b/elg/eebook/53.html.

———. 1996. “What Is Wrong with Neoclassical Economics (and What Is Still Wrong with Austrian Economics).” In Beyond Neoclassical Economics, edited by Fred Foldvary, 22–40. Adelshort, England: Edward Elgar Publishing.

———. 1997. “Where Did Economics Go Wrong? Modern Economics as a Flight from Reality.” Critical Review 11 (1): 11–64. https://doi.org/10.1080/08913819708443443.

Epstein, Joshua M. 2006. “Remarks on the Foundations of Agent-Based Generative Social Science.” In Handbook of Computational Economics, edited by Leigh Tesfatsion and Kenneth Judd, 2:1585–1604. Amsterdam: North-Holland Elsevier. https://doi.org/10.1016/S1574-0021(05)02034-4.

Fagiolo, Giorgio, and Andrea Roventini. 2017. “Macroeconomic Policy in DSGE and Agent-Based Models Redux: New Developments and Challenges Ahead.” Journal of Artificial Societies and Social Simulation 20 (1). https://doi.org/10.18564/jasss.3280.

Farmer, J. Doyne, and Duncan Foley. 2009. “The Economy Needs Agent-Based Modelling.” Nature. Nature Publishing Group. https://doi.org/10.1038/460685a.

Hoefman, Kevin. 2020. “Live Agent-Based Models.” Ghent University.

Koppl, Roger. 2006. “Austrian Economics at the Cutting Edge.” Review of Austrian Economics 19: 231–41. https://doi.org/10.1007/s11138-006-9246-y.

———. 2010. “Some Epistemological Implications of Economic Complexity.” Journal of Economic Behavior and Organization 76 (3): 859–72. https://doi.org/10.1016/j.jebo.2010.09.012.

Lavoie, Don, Howard Baetjer, and William Tulloh. 1990. “High-Tech Hayekians: Some Possible Research Topics in the Economics of Computation.” Market Process 8.

Mises, Ludwig von. 1998. Human Action: A Treatise on Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Nell, Guinevere Liberty. 2010. “Competition as Market Progress: An Austrian Rationale for Agent-Based Modeling.” The Review of Austrian Economics 23 (2): 127–45. https://doi.org/10.1007/s11138-009-0088-2.

Rothbard, Murray N. 1956. “Toward a Reconstruction of Utility and Welfare Economics.” In On Freedom and Free Enterprise: Essays in Honor of Ludwig von Mises, 224–62. Princeton: D. Van Nostrand Company.

———. 1976. “Praxeology: The Methodology of Austrian Economics.” In The Foundations of Modern Austrian Economics, edited by Edwin G. Dolan, 19–39. Kansas City: Sheed & Ward.

———. 2009. Man, Economy, and State with Power and Market. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Seagren, Chad W. 2011. “Examining Social Processes with Agent-Based Models.” The Review of Austrian Economics 24 (1): 1–17. https://doi.org/10.1007/s11138-010-0128-y.

Selgin, George A. 1990. Praxeology and Understanding: An Analysis of the Controversy in Austrian Economics. Auburn: Ludwig von Mises Institute.

Vriend, Nicolaas J. 2002. “Was Hayek an Ace?” Southern Economic Journal 68 (4): 811–40. https://doi.org/10.2307/1061494.

Weintraub, E. Roy. 2002. How Economics Became a Mathematical Science. Durham: Duke University Press.

La cuestión de las matemáticas en economía I

Sobre Borges y el libro de Martín Krause

Mi admirada Irune, subdirectora de esta casa, me mandaba un pantallazo del libro “Borges y la economía” de Martín Krause, editado por Unión Editorial. Al día siguiente lo tenía en casa. Así funciona la innovación, también conocida como capitalismo, y que algunos quieren repensar. Que repiensen lo que quieran, con el dinero de los demás por cierto, pero que no nos protejan de comprar algo y tenerlo al día siguiente, por favor. Un día es un libro y otro es un medicamento.

El libro es precioso y sentí ganas de escribir sobre ello. Desde este rincón doy mi enhorabuena a Unión Editorial y a Martín Krause. 

Los que defendemos las ideas de la libertad estamos demasiado acostumbrados a oír sobre Hayek, Mises o Friedman, eminencias a las que no me corresponde quitar mérito. También oímos hablar mucho sobre el liberal Mario Vargas Llosa o sobre la escritora rusa Ayn Rand. Rara vez se escucha en esta batalla, que algunos creemos necesario librar, a Jorge Luis Borges. 

Empezaré fuerte, diciendo que la obra de Borges es bastante más libertaria, anarquista, minarquista o liberal, como cada uno le quiera llamar a “dejar-en-paz-al-de-al-lado”, que la obra de Vargas Llosa. Separando al escritor del pensador, la obra de Vargas Llosa, no se sienta lejos de García Marquez, por poner un ejemplo cercano. Y lejos de debatir, porque no me corresponde ni me interesa, el porqué de ese giro copernicano, diré que los valores que defiende Borges en su vida y en su obra responde más al liberalismo clásico que casi cualquier otro escritor que podamos pensar.

Aquella frase del profesor Bastos, que tanta enjundia tiene a la vez que sorna en redes y dice “capitalismo, ahorro y trabajo duro, no hay otra cosa”, es lo que vemos repetidamente en la obra de Borges. El escritor no habla de estados, de impuestos, banderas o ni siquiera de países, Borges habla de individuos, como casi lo único real. Borges no necesita exponer al siempre excitante Howard Roark, ni aquella heroína Dominique Francon, encima de edificios viendo como los hombres de bien vencen a los hombres colectivistas. Borges comparte historias que comienzan siendo aparentemente humildes pero acaban situando al hombre en medio de todo, como piedra angular de la vida como la conocemos. 

Tenemos al hombre que se pregunta si puede existir otro hombre en su propio sueño, en ese cuento que se llama “Las ruinas circulares”; tenemos a dos Borges encontrándose en un banco obviando el tiempo en “El otro”, como si el hombre pudiera superar en alguna realidad o en el futuro los límites el tiempo. ¿Quién podría hacerlo sino el hombre?. Tenemos a Pierre Menard intentando escribir, otra vez, “El Quijote”; tenemos a Funes, capaz de recordar todo, capaz de contener un “Aleph” en su memoria; tenemos los cien poemas que mencionan a Heráclito con la cuestión del ser. Y con el hombre, Borges, también hace mención y homenaje a los oficios, todos ellos respetables hasta el extremo de la admiración, por esos cuchilleros apátridas a los que solo les queda el honor de ser quiénes son. Tenemos esa crítica con el fino estilo borgiano al “azar” en la lotería de Babilonia, donde el trabajo duro ha dejado paso al “azar” convirtiendo en tiranía lo que era la democracia. No sé si les suena. O esos “inmortales” que, privados de la muerte, se dan cuenta que están privados de su capacidad de ser hombres, ese “salario mínimo vital” que es saber que al día siguiente seguirás vivo pase lo que pase dejando incluso, como se describe en el cuento que un pájaro, “anidaba en su pecho”.
Aunque nos hagan creer que el capitalismo es “American Psycho” de Easton Ellis, está en nuestra mano demostrar que el capitalismo es ser honrado, ahorrar, usar la cabeza e intentar sobrevivir con dignidad. No hay otra cosa, como diría Bastos.

La emergencia de Cuba

América Latina es un continente marcado, con algunas excepciones, por la inestabilidad política y por las tentaciones autoritarias de dirigentes circunstanciales que aprovechan las crisis de orden económico, social o político, para impulsar sus proyectos totalitarios a lo largo y ancho del subcontinente. Estas ideologías, marcadas por las corrientes del proteccionismo, la estatización y el cooperativismo están vinculadas, a su vez, a la mala praxis de una realidad de la que adolece constantemente la región: la corrupción, la desigualdad social, la pobreza y la ausencia de instituciones fuertes son algunos de los elementos que facilita el arribo de caudillos populistas, la versión contemporánea del totalitarismo de antaño.

No obstante, existe en el continente un ejemplo paradigmático de la resistencia comunista del siglo pasado que desde sus inicios intentó cruzar sus fronteras. Lo logró en los casos venezolano y nicaragüense y su influencia transciende a toda la región. La dictadura de los Castro en Cuba lleva en el poder desde el 1959, año en que Fidel Castro asume la jefatura de la nación después del golpe militar-guerrillero contra Fulgencio Batista. Desde entonces, el régimen autoritario de Fidel sobrevivió a las denuncias permanentes del mundo libre e incluso al fracaso de la Unión Soviética en 1991.

En el mundo sólo quedan dos países de gobiernos totalitarios con economías de carácter marxista: Cuba y Corea del Norte. El gobierno cubano es considerado como una de las dictaduras totalitarias más restrictivas e iliberales que siguen vigentes desde el siglo pasado y el último reducto en el mundo que preserva el modelo ideológico marxista, anticapitalista y antiimperialista. Su posicionamiento sigue una estrategia geopolítica que pretende impulsar su proyecto por una razón fundamental: la subsistencia del régimen y de sus allegados. Más allá de las consideraciones ideológicas que guardan en su asidero las líneas del autoritarismo comunista que caracterizó el desprecio de la libertad en las comunistas China o Rusia, la idea es desestabilizar los sistemas democráticos del continente.

El proyecto multinacional se extendió con el Foro de Sao Pablo a partir de 1990 cuando el régimen castrista entendió, tras la caída del Muro de Berlín y el fracaso de la URSS, que la conquista del poder ya no cabría a través de la lucha armada o la revolución socialista, sino por medio de la movilización social y la pugna electoral que permite la democracia como sistema de gobierno. Entonces, su razonamiento se escuda bajo la lógica del secuestro de las instituciones públicas y los poderes del Estado por medios pacíficos.

La estrategia continúa vigente y sigue los mismos pasos de los cuales la región ha sido testigo las ultimas décadas. El ejemplo más lúcido del caos e inestabilidad que siembra el régimen cubano más allá de sus fronteras es Venezuela, un país destruido en menos de veinte años por el comunismo, la persecución y la hambruna.

Pero el aparato ideológico ejercido desde La Habana no se limita a hechos temporales u oportunidades circunstanciales para mantener al régimen vivo, como ocurre con el caso venezolano, el fin último es que la ‘revolución socialista’ como hacía referencia Castro, se extrapole a otros escenarios más complejos. Los últimos meses hemos sido testigos de los acontecimientos ocurridos en Chile, Colombia o Perú. En caso de chileno, a pesar de que el país logró estándares sobresalientes en términos económicos y de desarrollo y además de ser uno de los países de la región más libres en cuanto a derechos políticos y sociales, cuenta con las instituciones más fuertes en términos de lucha contra la corrupción e independencia de los poderes del Estado, incluido el sistema judicial, las protestas desentrañaron una idea adversa a los avances conseguidos hasta hoy. Eso demuestra, además, la importancia de articular estrategias para comunicar los éxitos obtenidos en la gestión pública. No basta con obtener buenos resultados en términos de crecimiento, desarrollo y desempeño social si no se transmiten con contundencia y se gana el relato en el debate político.

Perú y Colombia son otros casos recientes, donde el mensaje de la izquierda más radical del continente supo ganarse el relato e imponerlo. Como consecuencia de ello, en Perú asumirá la presidencia un maestro rural vinculado al maoísmo de la sierra peruana que defiende sin tapujos la ‘democracia venezolana’ y en Colombia, que vive a la sombra de una de las guerrillas más oscuras de la historia latinoamericana, repunta en las últimas encuestas el senador Gustavo Petro, íntimo aliado de los gobiernos populistas que azotan a la región y simpatizante de la dictadura castrista.

No es baladí pensar que, tras todas estas movilizaciones y apariciones no casuales de líderes formados bajo la estela autoritaria de Cuba, se encuentren intereses trasnacionales que pretenden desestabilizar a toda la región. Se suman a la lista ejemplos paradigmáticos del retorno de viejos caudillos como Evo Morales en Bolivia y sus prácticas autoritarias o Daniel Ortega que pretende perpetuarse en el poder en Nicaragua, a costa de la persecución a la oposición política y a la ciudadanía disidente.  

Pero, a pesar de décadas de la dictadura más dura y las amenazas del dictador de turno, Díaz Canel, en Cuba aparecen protestas nada habituales contra el régimen, bajo las consignas de ‘Patria y Vida’, ‘libertad’, ‘no tenemos miedo’ o ‘muera el comunismo’. Gritos que no tienen que ver con algún tipo de injerencia extranjera –como el régimen pretende justificar sin pruebas–, demuestran el hastío de la población y encienden una chispa inevitable, algo que pocos se imaginaban considerando la raigambre totalitaria que el régimen construyó durante décadas.

No obstante, si bien las manifestaciones son una muestra ineludible del desgaste del régimen y del despertar social, las transiciones suelen ser traumáticas y tal como lo expresó el dictador Díaz Canel “tienen que pasar por encima de nuestros cadáveres si quieren enfrentar a la revolución (…) estamos dispuestos a todo y estaremos en la calle combatiendo”. En efecto, sabemos a lo que están dispuestos porque son hijos de aquel revolucionario, mal estratega y cobarde que dijo en su mensaje a la Tricontinental en 1967: “el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. Era la cara cruel del Che Guevara, ese rostro que el castrismo intentó ocultar durante años y que muchos ignoran hasta hoy.

Lo cierto es que el gobierno de La Habana está preocupado y llegarán hasta las últimas consecuencias con el objetivo de conservar el poder. El resultado final puede demorar mucho tiempo. La región latinoamericana ha vivido constantemente a expensas y bajo la influencia del régimen castrista, cuyas consecuencias han sido nefastas para la democracia y la libertad de países como Venezuela, Nicaragua o Bolivia. Cuando la dictadura comunista de Cuba llegue a su fin podremos pensar en una nueva oportunidad para la democracia en la región, aunque ello implique dejar a muchos desamparados sin templo ni religión en todo el mundo. No será tarea sencilla, pero remitámonos a la historia: en 1987 nadie se imaginaba que el Muro de Berlín caería solo dos años después.