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Danzad, danzad, malditos

Hace un par de días presencié cómo una madre, que no superaba los cuarenta años, abroncaba como si no hubiese un mañana a su hijo de cinco o seis por haber rozado, con su mano desprotegida, el tronco de un árbol en el que podía estar agazapado el dichoso virus. La mayoría tenemos un miedo cerval a la muerte, y nos importa poco vivir de cualquier manera, con tal de arrancarle unos días a un final que, desde que comimos la manzana, es inevitable.

Pero entre nosotros hay gente, entre otros los católicos, que cree -creemos- que la muerte no es el final; y, para esos, no vivir de cualquier manera debería ser una cuestión básica, ya que de ello depende la forma en que vayamos a disfrutar de la eternidad. Al menos en teoría.

Como todos sabemos, durante una parte de los estados de alarma se cerraron las Iglesias y la mayor parte de los obispos suspendieron “las celebraciones públicas de la Eucaristía con participación de fieles”. Casi ningún católico dijo nada, no sé si porque hemos dejado de considerar la Eucaristía “fuente y culmen de la vida cristiana” y medio para unirnos a Cristo y que nos haga partícipes de su Cuerpo y de su Sangre (como dice el Catecismo); o porque hemos interiorizado –a lo mejor con acierto, quién sabe- que es una pura liberalidad de nuestros pastores, libres de facilitárnosla o de privarnos de ella a voluntad; o porque, digamos lo que digamos, la salvación del alma está muy bien, pero lo primero es lo físico…

Lo cierto es que el Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declaraba el estado de alarma –y que por reciente sentencia, de 14 de julio de 2021, ha sido considerado parcialmente nulo por inconstitucional- no impedía la asistencia a los lugares de culto (aunque sí la condicionaba a la adoptación de medidas para evitar aglomeraciones), a pesar de lo cual sufrimos los cierres y suspensiones apuntados, lo que a los católicos, como digo, pareció darnos igual. Como nos ha dado igual que el Tribunal Constitucional recuerde, de manera expresa, en la sentencia de 14 de julio a la que nos hemos referido más arriba, que  “las manifestaciones de la libertad religiosa y de culto tienen su límite (art. 16.1 CE) en el «mantenimiento del orden público protegido por la ley», en el que se integra, junto a la protección de otros bienes, la salvaguardia de la salud pública (art. 3.1 de la Ley Orgánica 7/1980 y STC 46/2001, de 15 de febrero, FJ 11) (…) Respetados estos límites, las libertades religiosa y de culto resultan inmunes a toda coacción (art. 2.1 de la misma Ley Orgánica y STC 154/2002, de 18 de julio, FJ 6); y ninguna coacción conllevó el que se condicionara la asistencia a lugares de culto y a ceremonias religiosas «a la adopción de medidas organizativas consistentes en evitar aglomeraciones» y en posibilitar determinada distancia entre asistentes”. Casi nadie, en su día, alzó la voz para pedir explicaciones, y muchos menos, ni entonces ni ahora, para pedir perdón; supongo que porque “lo pasado es pasado”, a pesar de lo cual hemos tomado buena nota para dar y exigir lo que pueda venir en el futuro, seguro.

El gran consuelo que tenemos es que vamos a poder dejar de preocuparnos desde el momento en que la tecnología ha venido a solucionar nuestros problemas: transhumanistas como Kurzweil van a permitir que nuestra vida terrena sea eterna; a costa de vivir como robots, pero eterna. Y la televisión e internet permiten ya que vivamos las experiencias que queramos, incluida la Misa, desde nuestro sofá; imaginemos cómo será cuando nos pongan un chip en el cerebro y la vivencia sea todavía más intensa. ¡Para qué complicarnos tratando de vivir sin miedo y exigiendo libertad!

Hay especies animales -normalmente bastante anodinas, la verdad- que son capaces de adaptarse, reproducirse y sobrevivir en casi cualquier ambiente. Estoy pensando, por ejemplo, en los millones de ratas que pululan, rodeadas de inmundicia, por la oscuridad de las cloacas. Su vida no es la más edificante, pero es vida. Parece que hemos tomado buena nota.

(El título hace referencia al título en España de la película de Sidney Pollack They shoot horses, don’t they?)

¡Sacad vuestras manipuladoras manos de la Historia!

Seguro que hemos escuchado más de una vez la expresión ‘La Historia la escriben los vencedores’, que escribiera George Orwell en la revista británica Tribune. Es bastante probable que alguien que lea este artículo la haya usado con toda la intención del mundo, para rebatir algo o intentar poner fin a una conversación. Si son de este último caso, me van a perdonar que sea un poco duro con ustedes y con su autor, al principio. Es una frase que no tiene adscripción ideológica, pues se la he escuchado a liberales, socialdemócratas, conservadores y comunistas. Tampoco depende del nivel cultural, pues también la he oído de labios de gente de ‘ciencias’ y de ‘letras’, a personas que considero sabias y a otras cuya base cultural debería mejorar o al menos revisarse. Lo que tengo claro es que la Historia nunca la han escrito los ganadores, tampoco los perdedores, ni siquiera los que no han participado en ese supuesto juego de ganadores y perdedores, sino los historiadores.

La Historia es una disciplina que tiene siglos, si no milenios, a la que se han dedicado innumerables personas con más o menos fortuna, tino, habilidad, información o conocimiento. Han sido personas que se han formado como tales o, por el contrario, otras que, desde otras disciplinas, han caído en este vicio que es el conocer y divulgar los pasos que ha dado la humanidad en su devenir. Es una frase que desprecia el esfuerzo de muchos por recopilar, analizar y entender las acciones humanas, tanto de gobierno, que suele ser lo más habitual y demandado por el gran público, como de convivencia en y entre sociedades, incluyendo enfrentamientos y colaboraciones. Es despreciar un trabajo que, algunas veces, se hace peligroso, si los gobiernos de los países donde se ejerce reaccionan de manera censora hacia el historiador cuando las conclusiones no son del gusto de los ‘analizados’.

Esta expresión es denigrante para los historiadores y su labor, ya que los identifica con los propagandistas de una causa o colectivo[1]. Y esta es la clave, porque entre historiadores de mejor o peor nivel, se han colado muchas personas que ejercen como tales, desde algún tipo de interés político, nacional, religioso o ideológico, reescribiendo[2] lo existente y trabajando en que su sesgo domine el relato oficial. Desgraciadamente, a lo largo de los siglos (como ocurre en otras disciplinas como la economía, la sociología, la psicología, la climatología, la ecología y tantas otras), personas con ideologías o creencias religiosas han intentado, con relativo éxito, cambiar el pasado para controlar el presente. La Historia, desgraciadamente, ha sido una de esas disciplinas que ha tendido a ser manipulada por personas e instituciones representantes de ideologías y gobiernos, por múltiples razones, desde justificar ciertas acciones a fundar Estados, pasando por implementar un espíritu nacional o de grupo.

Cuando, a mediados del siglo XIX, dos grandes naciones tomaban su lugar en el mundo, Alemania e Italia, algunos de sus historiadores y políticos, que también hacían su labor de propagandistas, acudían a la Historia conocida del Sacro Imperio Romano Germánico para desmembrarla, tomando parte de ella y construyendo una ‘Historia’ oficial que justificara su propia fundación. El nacionalismo estaba ligado al territorio y la etnia, siendo la lengua y la tradición común dos características que los definían, que daban identidad a italianos y alemanes[3]. El nacionalismo germánico quería un único Estado germano parlante, que en la medida de lo posible incluyera a los austriacos que usaran este idioma[4]. Tal unión no pudo culminarse y la guerra entre prusianos y austriacos ayudó en esta dinámica nacionalista.

Mientras tanto, los propagandistas alemanes reinventaron la Historia del Sacro Imperio con la intención de dar sentido a su propio imperio. Así, se interpretó la época de los Habsburgo como un declive; se huyó de lo romano por estar identificado con el papado; se inventó una relación entre lo griego clásico y lo germano; y se idealizó el Sacro Imperio medieval como un periodo armonioso. No muy lejos, el nacionalismo italiano tenía una visión muy distinta. Durante siglos, el norte de la actual Italia había sido parte del Sacro Imperio, pero Napoleón había conseguido que esta región se sintiera maltratada por los Habsburgo y pensara en una unión, en ese momento, bajo tutela del corso. Una vez que este desapareció, los movimientos nacionalistas, interpretaron su relación con el imperio en términos de abandono y restitución de otro pasado imperial, el romano, y promovieron la unión de toda la ‘bota’.

La Historia es una gran fuente para la propaganda y eso lo sabemos bien los españoles. Mientras que la Monarquía Hispánica dominaba los mares, sus enemigos, en especial los ingleses, pero sobre todo los holandeses, crearon una serie de verdades a medias y mentiras descaradas con la única intención de dañar el honor y la fiabilidad de los españoles en sus extensas tierras, favoreciendo así los intereses de sus Estados (y de paso, de Francia). La famosa Leyenda Negra nos ha acompañado hasta la actualidad y aún tenemos que poner los puntos sobre las íes ante ciertas acusaciones que son claramente invenciones o exageraciones, que pueden tapar otras malas acciones de los acusadores. Sin embargo, corremos el riesgo de caer en el victimismo y crear, para contrarrestar esta visión claramente negativa, una Historia alternativa en la que se reinterpreten hechos en sentido contrario, magnificando unos, negando otros e, incluso, inventando algunos, intentando repetir la jugada. No podemos dejar de reconocer que la ‘Pérfida Albión’ no deja de ser la típica contrapropaganda.

La filosofía marxista, una de las más exitosas del siglo XIX, ha contaminado bastantes estudios y profesiones, con su visión de conflicto permanente entre clases o, más recientemente, entre grupos de diversa condición. La Historia no ha sido ajena a esta influencia y, de hecho, el marxismo ha sido uno de los sesgos que más profundamente le ha afectado. Aunque al principio el comunismo desdeñó la Historia existente debido, en buena parte, a que entorpecía la creación de la nueva sociedad, las circunstancias de la Segunda Guerra Mundial, a la que los soviéticos terminaron denominando la Gran Guerra Patriótica (y en la que ellos mismos empezaron en el bando germano), supuso una nueva reinvención de los mitos fundacionales de la Gran Rusia, con la intención de elevar el ánimo de los maltrechos ciudadanos soviéticos, incluso ensalzando figuras históricas cercanas a las odiadas clases nobles (como el general Kutuzov, que lucho contra Napoleón). El mismo papel de Stalin fue adaptado a un modelo heroico, borrando su derrota ante los polacos[5]. Algo similar harían los chinos comunistas con Mao, reescribiendo su papel en el triunfo final del partido comunista chino. La exaltación del líder choca con la visión comunista en la que no hay individuos, sino sólo colectivo.

Después de la Segunda Guerra Mundial, en plena Guerra Fría, las visiones de izquierda radical siguieron extendiéndose en el mundo académico occidental. La lucha de clases fue la dinamizadora de la Historia, lo que la convierte en un enfrentamiento continuo, en una guerra perenne. Con la desaparición del Muro de Berlín y del bloque soviético, el marxismo se reinventa hacia visiones identitarias como el feminismo, el indigenismo, ciertas visiones raciales de la sociedad o las identidades de género.

Cada una de estas identidades supone una revisión de la Historia para adaptarla a la nueva y parcial utopía. De esta manera, los indígenas crean un pasado, anterior a la colonización europea, propio de la tradición roussoniana del buen salvaje y el posterior se convierte en un enfrentamiento continuo lleno de genocidios y violencia gratuita, siempre como víctimas[6].

En el caso del feminismo, se desprecia el movimiento sufragista que había fuera de la izquierda, se absorbe a alguna de las líderes cuando son demasiado importantes para invisibilizarlas, se olvida que, por ejemplo, en España, el PSOE se opuso al voto femenino por puro cálculo electoralista[7] y se crea una nueva realidad donde el hombre ha nacido con el pecado original de la agresión hacia el sexo femenino o, por extensión, a cualquier identidad de género que no sea el heterosexual. De igual manera, se borran de la Historia aquellos hechos que suponen la persecución por parte de la izquierda marxista de homosexuales, desapareciendo, por poner un ejemplo, esas acusaciones de ‘vicio capitalista’ con el que los soviéticos describían las relaciones homosexuales o los campos de trabajo cubanos que Ernesto ‘Che’ Guevara creó para ellos.

La Historia ha sido manipulada por religiones, ideologías, Estados o gobiernos para crear un relato adecuado y circunstancial que favorezca su moral, políticas e ideas. Así, los historiadores ven dificultada su labor, en tanto no sólo tienen que contar los hechos que ocurrieron, sino que algunas veces tienen que desmentir (o confirmar) y volver a analizar lo conocido, para eliminar sesgos que la contaminen. En este sentido, puedo entender que algunas personas desconfíen de lo que se lee y concluyan que los ‘ganadores’ dominan el relato. Sin embargo, este proceso propagandístico puede ocurrir en cualquier otra disciplina y despreciar, por ejemplo, la economía por estar en manos de economistas de ciertas ideas, la psicología o la sociología por tener un origen muy cercano a ideas de la izquierda, o las matemáticas, a las que ahora se quiere enseñar con perspectiva de género, lo cual no creo que sea una idea muy inteligente. Debemos optar por tener una mente abierta y crítica, que nos impulse a buscar fuentes diversas, a no tomar lo leído como la verdad absoluta y a pensar que adquirir conocimiento es un proceso que nos va a durar toda la vida.


[1] Es bastante posible que, conociendo algo la vida de George Orwell, esta fuera su intención: atacar a los propagandistas que usan la Historia. Sin embargo, creo que su aplicación se ha vulgarizado.

[2] Quiero hacer aquí una precisión. La Historia es susceptible de ser modificada, porque siempre se están averiguando nuevos hechos, material que hay que encajar en lo que ya se conoce. Además, tiene un elemento especulador. Por ejemplo, antes de que se inventara la imprenta, el número de documentos existentes es muy bajo y las fuentes no son tan precisas como a partir del siglo XV. Si nos remontamos a épocas en los que la arqueología es la principal fuente de información, esta especulación es más abundante, lo que no quiere decir que no dé lugar a un conocimiento firme, pues hay maneras de rellenar los huecos. Cuando me refiero a propagandistas, me estoy refiriendo a personas que, intencionadamente, no por una mala praxis, alteran los hechos, ocultando algunos, magnificando otros, e incluso se inventan cosas que pueden ayudar a su causa. Hay personajes que han ejercido y ejercen en ambos lados, y este es un hecho con el que hay que contar a la hora de creernos o no lo que estamos leyendo y buscar otras fuentes que confirmen o no lo que leemos. Incluso historiadores que se han visto influenciados y sus escritos están contaminados por los sesgos de moda en cada momento, sin que ellos sean demasiado conscientes de la situación.

[3] Los nacionalismos europeos habían despertado con Napoleón, que los explotó en su propio beneficio y, una vez derrotado, siguieron su propio camino.

[4] El nacionalismo alemán provocó el surgimiento de otros nacionalismos por una cuestión puramente defensiva. Los checos, ante la posibilidad de verse excluidos en un Estado alemán germanohablante, decidieron crear su propia Historia oficial y apostaron por el Imperio de los Habsburgo que, a diferencia del alemán, era plurilingüe. Además del alemán, el húngaro y el checo, junto a otras lenguas, coexistían sin problemas. De hecho, cabe decir que los imperios, en general, están caracterizados por tener varias lenguas y sistemas sociales y políticos, siempre que fueran fieles al emperador y al imperio, dentro de ellas. El Imperio oficialmente alemán era más una excepción que una regla general.

[5] Una de las manipulaciones más efectistas del régimen soviético y del estalinismo fue la de hacer desaparecer de las fotos a los rivales del régimen que iban cayendo en desgracia.

[6] En cierto sentido, lo que hacen los indígenas americanos, australianos y de otros lugares que fueron colonizados por europeos es similar a lo que hicieron alemanes e italianos con el Sacro Imperio al reinventar sus propias versiones de la Historia imperial.

[7] El PSOE consideraba que las mujeres, aleccionadas por la Iglesia católica, votarían masivamente a las derechas.

Normas y leyes, tiranía y democracia

La convivencia entre seres humanos se ha sujetado siempre a normas, algo inevitable a la luz de la naturaleza hipersocial de nuestra especie. Los individuos estamos llamados a convivir si queremos sobrevivir, y esa vida en común exige normas sencillas o complejas, en relación con la propia complejidad de la comunidad que convive.

El origen de estas normas de convivencia es evidente que no puede estar en los modernos parlamentos, como pudiera ser nuestro Congreso de los Diputados o los distintos parlamentos autonómicos. Digo que es evidente porque las reglas de convivencia se han necesitado siempre, desde mucho antes que tales instituciones existieran. Hayek y Bruno Leoni explican de forma persuasiva y contundente como dichas normas se crean de forma espontánea con las interacciones sociales, y aparecen según se requieren para ir resolviendo situaciones con frecuencia de aparición creciente. No aparecen normas para situaciones excepcionales, sino para aquellas que son comunes y en las que el coste de redescubrir cada vez la solución sería prohibitivo para la sociedad.

Estas normas de convivencia funcionan aunque no se expliciten formalmente. De hecho, cuenta Bruno Leoni, la misión de los jueces romanos no era aplicar la norma, sino descubrir la norma que era de aplicación en una situación. Para ello, se valían de jurisconsultos, cuya misión consistía en investigar y documentar situaciones similares a la planteada para ver cómo las resolvía típicamente la comunidad.

Evidentemente, la complejidad de la tarea del jurisconsulto (o sus similares en otros momentos y lugares) se reduciría enormemente si alguien se encargara de llevar un registro de estas normas o costumbres. En esto consistía la codificación de las normas, esfuerzos ingentes abordados de vez en cuando por soberanos u otras instituciones, para dar lugar a los códigos. 

Es importante destacar que estos códigos no los escribía ningún soberano de acuerdo a su voluntad; por el contrario, se limitaban a recopilar los usos y costumbres con que se regía la comunidad. Lo que sí se dejaba al soberano eran las labores de justicia y ejecución que dimanaban de dichos códigos. Así por ejemplo, los reyes castellanos que querían serlo en el País Vasco, tenían que jurar los fueros de estos territorios, bajo el mítico árbol de Guernica. Los reyes juraban hacer cumplir dichos fueros, pero no se planteaban alterarlos. Eran las normas que se habían dado esas comunidades, y lo único que les tocaba hacer era asegurar su cumplimiento, no cambiarlas.

El monarca que hubiera tratado de cambiar dichas normas hubiera recibido, sin duda, el calificativo de tirano. Dejo para la opinión de cada uno si existe alguna forma de tiranía más extrema que cambiar unilateralmente las normas de convivencia que una comunidad se ha dado a sí misma.

Y, sin embargo, eso es lo que diariamente hacen todas las cámaras legislativas de los países democráticos. Cada vez que un Parlamento, una House o una Assamblée emite una ley, altera unilateralmente y desde fuera las normas de convivencia que una comunidad se ha dado o se está dando. Puede ser que lo hagan con la mejor intención, o puede ser que estén llevando a cabo algún tipo de ingeniería social, pero los efectos son los mismos: alterar la forma en que convive la gente contra la voluntad espontánea que se expresa con cada acción. Es por eso que en el título distingo normas, las que aparecen espontáneamente como resultado de la convivencia de los individuos, y leyes, las normas que son emitidas por un agente externo, y cuya validez no viene de su utilidad probada para resolver problemas de convivencia, si no de la voluntad de ciertos individuos legitimados de una u otra forma para emitirlas.

La legitimación en los países democráticos procede de los votos recogidos en la “fiesta de la democracia”, las elecciones. Se supone que los legisladores son representantes de sus electores y de alguna forma son capaces de expresar su voluntad. Pero no por ello su acción es menos tiránica, en el sentido de alterar unilateralmente las formas de convivencia que la comunidad se ha dado.

En la actualidad, la labor de los Parlamentos parece incuestionable pese a los evidentes ribetes tiránicos que describo más arriba. Sin embargo, el lector se preguntará, cuando aparecieron estas instituciones, ¿nadie era consciente de que en el fondo se estaba sustituyendo una tiranía, la del rey o monarca no electo, por otra, la de los representantes del pueblo elegidos periódicamente?1

Lo cierto es que, en origen, la función  de los Parlamentos, si no me equivoco, no era emitir normas que regularan las relaciones sociales. No: el objetivo de estas instituciones era exclusivamente el de regular al Gobierno, al que había otorgado el monopolio de la violencia para una mejor convivencia.

En otras palabras, los Parlamentos únicamente podían emitir normas de lo que llamamos en la actualidad derecho administrativo. O sea, en vez de dejarse a una persona legitimada por criterios míticos (como su sangre) la gestión del monopolio de  la violencia, lo que se decidió es que tal monopolio sería gestionado por todos los ciudadanos mediante mecanismos democráticos. Los revolucionarios franceses no hacen la Revolución para cambiar el código civil o el mercantil, lo que querían era evitar que el monarca se valiera de su monopolio de la violencia para imponerles cargas e impuestos, y la solución que encuentran es su sustitución por un órgano de decisión elegido por la sociedad.

El problema es que es muy fácil saltar de emitir normas administrativas a Leyes que regulen la convivencia social, y así convertir una democracia en una tiranía. Y en eso estamos, y nos parece tan normal. Algún día cambiarán por decreto las tablas de multiplicar para hacerlas sostenibles, igualitarias y ecológicas, y nos quedaremos tan panchos. 

(1) No se olvide además que la tiranía del rey no electo tiene una visión de largo plazo, al contrario que la de los representantes de elección periódica, con importantes consecuencias para la eficiencia de las decisiones en cada caso, como demuestra Hans-Hermann Hoppe.

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (II)

En el artículo del mes pasado sobre si los dólares emitidos directamente por la Fed son una deuda o no, argumenté que sí lo son por la causalidad de su origen y valor.  Por poner un símil con otra industria, sería un disparate sostener que el origen o causa de los billetes de avión está en el sistema de emisión de billetes de la IATA, y no en los viajeros y las líneas aéreas. Los touroperadores y la central de reservas (bancos) y la IATA (banco central) son claras consecuencias que surgen de la demanda por parte del mercado de viajar en avión.

En el caso del dólar, su origen causal reside en la monetización de créditos de los agentes económicos y por tanto cualquier dólar emitido, no importa que lo emita un banco comercial o un banco mayorista (la Fed), tiene como causa original una deuda. Y la monetización de una deuda siempre será una deuda.

Para mi este es argumento suficiente para demostrar que tal y como funciona la Fed a día de hoy, los dólares que emite son deuda.  Pero como había prometido en el artículo anterior, quisiera analizarlo desde otros supuestos, aunque no se correspondan con el funcionamiento actual de la Fed, pero que podrían corresponderse en un futuro.  

Antes de analizar estos supuestos, cabría hacer un breve análisis aun dentro del supuesto actual sobre si una refinanciación indefinida implicaría que los instrumentos que se utilizan para dicha refinanciación dejan de ser deuda por el hecho de seguir siendo aceptados por el mercado aunque sea con descuentos cada vez mayores (inflación).

Una monetización más agresiva de deudas, por ejemplo la monetización de créditos de baja calidad o poca liquidez puede resultar en que la moneda emitida tenga menor valor, pero  esto no cambia la naturaleza de una deuda monetizada.  Todo deudor puede empeorar a voluntad la calidad de sus pasivos, y si el impago no tiene mayores consecuencias que una caída de valor de sus pasivos, no implica que sus pasivos dejen de ser pasivos. El riesgo, la pérdida de valor temporal o permanente son consustanciales a la naturaleza de cualquier deuda. 

Una sociedad mercantil al borde de la quiebra podría teóricamente refinanciarse indefinidamente si consigue vender más deuda en el mercado aunque sea con enorme descuento. Que esto suceda o no es una cuestión que decidiría el mercado, y si esa sociedad mercantil es un banco central, hay razones de peso para pensar que al mercado le puede interesar seguir refinanciandolo, eso si penalizando rigurosamente el valor de sus pasivos y siempre que el mercado no perciba que el banco central no se ha vuelto loco o ha perdido totalmente el control de la situación.

En el caso de total descontrol ya sí que pasaría lo mismo que en cualquier sociedad mercantil: Sus pasivos valdrían cero o cerca de cero. Es decir, hiperinflación o incluso repudio monetario total y eso es la desaparición o quiebra del banco central.  No es cierto que los bancos centrales no puedan quebrar.  Evidentemente pueden “resetearse” y comenzar la emisión de una nueva moneda con el mismo nombre o similar, pero decir que por eso no pueden quebrar es como decir que la General Motors no quebró en 2009.

Y la razón de peso para que el mercado refinancie a un banco central, es que mientras el banco central se comporte de manera mínimamente razonable y no se vuelva loco, sus pasivos seguirán siendo útiles y convenientes como moneda. Pero siempre desde su naturaleza de pasivo.  No hay razón ni necesidad alguna para plantearse que su naturaleza cambia por el hecho de perder valor. Ahora bien, ¿no podríamos considerar que un pasivo refinanciado indefinidamente en realidad es un pasivo no exigible?.  Es decir, que en lugar de una deuda sean participaciones que formasen parte de los  recursos propios o equity del Banco Central.

Esto plantea inmediatamente la pregunta de que si consideramos a los tenedores de dólares como accionistas del Banco Central, entonces, ¿qué son los dueños de los títulos que si están verdaderamente calificados como participaciones en el capital social del Banco Central?

Evidentemente, las implicaciones de poseer uno u otro instrumento son muy distintas. Son cualitativamente distintos en lo económico (Menger). Es importante aclarar que las cualificaciones jurídicas son consecuencia de las cualidades económicas. La diferencia económica más relevante es que el banco no se compromete con el accionista a recomprar las acciones a ningún valor, como es lógico. Y fuera de cualquier consideración jurídica, ser accionista en lo económico implica exactamente eso: Santa Rita Rita lo que se da no se quita, y el accionista lo sabe. Si el accionista quiere vender, tiene que buscarse la vida en el mercado secundario o convencer a la junta de accionistas del banco para que le recompre voluntariamente. Pero el banco no tiene ninguna obligación. 

Sin embargo, todo aquél que posee dólares da por sentado que la Fed si se los va a aceptar directamente si es un banco comercial o indirectamente a través de un banco comercial.  Vamos, que ni siquiera se lo plantea por lo obvio de la cuestión pues sería surrealista que un emisor de moneda rechace su propia moneda.  Por tanto los dólares son una obligación para la Fed, igual que lo es un depósito para un banco comercial en el sentido de aceptar sus propios depósitos como pago (no en el sentido de que sean redimibles por dólares de la Fed).  Y que la Fed, como cualquier deudor, pueda deteriorar el valor de sus pasivos es irrelevante para la naturaleza de obligación del dólar, siguen siendo una obligación, pues se obliga a aceptarlos sea cual sea su valor.

Una sociedad mercantil corriente también puede actuar de manera que el valor de sus pasivos se desplome en los mercados secundarios, y luego recomprar su propia deuda mucho más barata. ¿Implicaría esta maniobra que el pasivo deja de ser un pasivo? Pues no, simplemente el poseedor de la deuda considera que vale muy poco e implícitamente se resigna a ofrecerle una quita al deudor.

Por cierto, no vale contraargumentar que si por las leyes de curso legal todo acreedor está obligado a aceptar dólares como pago entonces es un pasivo de todo acreedor, o que serían pasivos para cualquiera que se obligue voluntariamente a aceptar dólares. No, esto no tiene ni pies ni cabeza. Solo es un pasivo tuyo si eres tú el emisor. Si lo miramos contablemente, si yo me veo obligado a aceptar un dólar en mi activo, este no se netea contra mi pasivo porque yo no emito dólares, mientras que para la Fed, sí que se netea.

Actualmente la Fed emite dólares contra activos de deuda con vencimiento, de manera que su compromiso de recompra va implícito en el vencimiento de dichos activos.  Pero podemos plantearnos el supuesto de que compra activos sin vencimiento como ETFs, oro o acciones. No es un supuesto descabellado, pues otros bancos centrales como el de Suiza o Japón lo están haciendo y este mismo año la Fed llegó a comprar ETFs puntualmente durante la crisis del covid.

Por simplificar el análisis de este supuesto, si todo el activo de la Fed fuesen instrumentos sin vencimiento, nadie tendría deudas con la Fed y por tanto la Fed no estaría obligada a aceptar dólares de nadie, pues nadie le debe nada.  En este supuesto extremo, que en absoluto es el actual ni como ha venido funcionando la Fed desde 1971, podríamos plantearnos que si bien los dólares no son participaciones en el capital social de la Fed, pues no confieren derechos de voto, ni derecho a cobrar beneficios, etc sí que podrían considerarse como un pasivo no exigible, un instrumento híbrido del tipo acciones preferentes. 

El problema es que este supuesto implica que la Fed estaría funcionando en el vacío, lo cual no es realista porque el resto de bancos sí que estarían obligados a aceptar los dólares emitidos por la Fed. A no ser que en este supuesto introdujeramos otras modificaciones, el sistema monetario seguiría funcionando como un todo en el sentido de que dólar es fungible lo emita quien lo emita, y si el dólar es una obligación de ese todo, en ese todo está incluida la Fed.

¿Son los dólares de la Fed un pasivo? (I)

Contra la demagogia energética

Desde hace ya algunos meses venimos observando en el conjunto de la UE un incremento constante de los precios de la energía, reflejados en los medios a través del notable incremento del precio de la luz y sus dañinos efectos sobre las economías familiares. Este asunto no ha sido desperdiciado por los diversos partidos políticos que componen el arco parlamentario español, lanzando cada uno sus propuestas -a cada cual más inverosímil-, con las única intención de arrimar el ascua a su sardina. Unos han vuelto con su propuesta de constituir una eléctrica pública, mientras otros reclamaban soberanía energética para España, reforzando su discurso nacionalpopulista con un nuevo toque de idiocia, simplificación y desconocimiento.

Yo no soy ningún experto en la materia, pero a lo largo de los últimos meses he puesto algo de empeño en leer ciertos informes, artículos y documentos informativos escritos por aquellos que sí lo son. Son precisamente las conclusiones o indicios de dichos documentos lo que vengo a reseñar en este artículo.

En primer lugar, hemos de tener presente que el principal problema del aumento del precio de la energía no es por defecto el aumento del precio del consumo energético per se, sino su traslado a los precios de diferentes bienes y servicios- Ello conduce a una especie de espiral inflacionaria (la cual no estamos observando). Aún así, el traslado de precios no está produciéndose de manera lineal, aún siendo la energía un factor productivo de elevada relevancia.

Resulta normal que la ciudadanía demande soluciones rápidas y efectivas al aumento del precio de la energía. El problema real se encuentra en que este no es un asunto exclusivo de España, sino del conjunto de la UE e incluso de gran parte del mundo, ya que los precios de la gasolina, el gasóleo, el gas natural o los derechos de emisiones de CO2 no dependen del mercado español, sino de la producción y comercialización internacional.

Un informe que arroja bastante luz al respecto proviene del servicio de estudios del Banco de España. Según el informe del Banco de España, entre diciembre de 2020 y junio de 2021, el 50% del encarecimiento de la factura de la luz provendría del incremento de los precios del gas natural, mientras otro 20% habría sido directamente causado por el incremento del precio de los derechos de emisión. El precio tanto del gas como de los derechos de emisión de CO2 dependen de los mercados internacionales. En el caso de los segundos, varias directivas europeas establecen su retirada paulatina para fomentar una subasta cada vez más reducida que incentive una aceleración de la transición energética. Esto significa que tener una mayor participación de la energía renovable en el mix energético nacional supondrá cada vez un menor precio de la energía a medio y largo plazo, mientras, por ejemplo, el carbón, al emitir mucho CO2 en la producción de electricidad, será cada vez menos rentable y, por tanto, desplazado del mercado. Este hecho implica a su vez que el gas natural cobre un mayor protagonismo, ya que los picos de demanda, al no poder ser cubiertos en su totalidad con fuentes de energía renovable, requerirán del gas natural para ser cubiertos.

Llegados a este punto muchos argüirán que, aunque sea cierto que el precio de la electricidad haya aumentado a lo largo de los últimos meses, el incremento del precio de la luz ha sido muy superior en proporción. El motivo de este fenómeno se halla en la estructura de costes de los diferentes modos de producir electricidad, muy dispares entre sí. Por un lado, encontramos las energías renovables y la nuclear, cuyos costes variables de producción son minúsculos, mientras tienen que afrontar elevados costes de entrada, asumiendo una importante inversión inicial que ha de ser cubierta con ingresos futuros. Una de las razones por las cuales los costes variables de producción en estos casos son casi nulos se debe a que estas energías no generan CO2 y, por lo tanto, no pagan derechos de emisión. Mientras tanto, los costes variables si se trasladan a los costes reportados -y, por lo tanto, a los precios- en los casos del gas y el carbón, ya que estos producen CO2. Además, suelen ser los que fijan el precio mayorista de la energía en España por el (lógico) funcionamiento del sistema marginalista.

Esto último ha generado números críticas recientes al sistema marginalista. Muchas de ellas carecen de suficiente fundamento o no proponen alternativas. No se ha mencionado lo suficiente que el sistema marginalista es aquel establecido por las directivas de la Unión Europea, debido principalmente a la falta de alternativas a raíz de la elevada proporción de fuentes de producción eléctrica con reducidos o inexistentes costes variables. En algunos casos, determinadas personalidades han puesto de ejemplo a Francia para mostrar la supuesta necesidad de existencia de una empresa pública de energía en España. Es cierto que, en Francia, EDF -una eléctrica pública-, ha logrado mantener los precios de la electricidad más bajos de Europa durante todos estos meses. Lo que a muchos se les olvida comentar es que EDF es propietaria de 56 reactores nucleares, cuya producción supuso cerca del 70% del total en Francia en el año 2019. Es decir, el factor diferencial no es la titularidad de la empresa energética, sino la fuente de la energía.

En este sentido, de cara al futuro, España debe plantearse cómo aumentar el suministro eléctrico a través de fuentes con mínimos costes variables -principalmente, mínima emisión de CO2- para así reducir el precio de la electricidad. Aunque una combinación de energía nuclear y renovables sería una solución quasi-óptima, esta no es una opción factible. La energía nuclear, si bien es cierto que no genera emisiones, si presenta ciertos problemas a la hora de gestionar sus residuos radiactivos. Además, el elevado tiempo que conlleva la construcción y puesta en marcha de una central nuclear no permite que esta sea una solución a corto o medio plazo para reducir el precio de la electricidad. Por lo tanto, gran parte de la solución se hallará probablemente en el progreso tecnológico que hará que las baterías de litio permitan una mayor viabilidad de la energía producida a partir de fuentes renovables.Resulta extremadamente complicado encontrar una solución a corto plazo, por lo menos desde un prisma realista. Mientras tanto, diferentes formaciones políticas siguen lanzando propuestas inviables y ridículas en lugar de proponer soluciones factibles a un asunto que es, en realidad, de trascendencia y solución supranacional.

Pagar con Bitcoin, en efectivo o con tarjeta

Saifedean Ammous, en Patrón Bitcoin, habla de los pagos en efectivo como aquellos que se llevan a cabo entre dos partes, inmediatos y finales, que no requieren un tercero para verificar la transacción a favor de alguna de las partes (Ammous 2018, 169). Bitcoin ha sido el primer sistema de pagos en hacer estos pagos de manera digital, sin que ambas personas estén presentes en ningún momento y sin un tercero para verificar, sino una prueba trabajo que los usuarios realizan a cambio de bitcoins. Consiguiendo que los pagos finales al mundo digital, Bitcoin ha creado el sistema de pagos finales más rápido del mundo (Ammous 2018, 207).

No obstante, aunque el Bitcoin pueda y vaya a mover muchas transacciones al mundo digital, no creo que vayan a ser todas. Estimo el surgimiento de un nuevo tipo de transacciones: pago en efectivo respaldado por Bitcoin. Desconozco si este mecanismo ya está puesto en marcha, pero me atrevería a decir que no tiene sentido que así sea hasta que el Bitcoin esté considerado dinero y este o los satoshis sean unidad de cuenta—es decir, el bien en el que los productores quieren que se les pague por sus bienes—. Algo similar a lo que propongo, se intentó con dispositivos con chips, similares a las tarjetas, para actuar como billetes con denominación en X Bitcoin (Benoliel 2018). Actualmente la empresa no produce esas tarjetas y tampoco sé si las ha llegado a producir. Pero esto, aunque un paso más hacia el aumento de dinerabilidad de Bitcoin, tampoco sería a lo que me refiero con pagar en efectivo respaldado por este.

El efectivo físico tiene ciertas ventajas sobre métodos de pago en efectivo digital, como los realizados típicamente por Bitcoin. En 2017, la Reserva Federal tuvo que enviar un jet lleno de efectivo porque el huracán María había destrozado los cajeros, dejado a muchos sin electricidad y también la imposibilidad de pagar con sus tarjetas de crédito (Levin 2017). Citando a Ryan McMaken (2017): “en un mundo sin efectivo, más nos vale rezar para no quedarnos nunca sin electricidad”. Este es un ejemplo de los problemas del dinero completamente digital. Como dice Dowd (2019):

“El dinero en efectivo es una forma muy eficaz de gestionar pequeñas transacciones. No tiene coste y es fácil de usar. Las transacciones en efectivo son inmediatas y flexibles. El efectivo es anónimo y, tradicionalmente, el anonimato que proporciona el efectivo se consideraba uno de sus mayores beneficios. El efectivo no necesita contraseña y, a diferencia de una cuenta bancaria, no se puede piratear. […] La utilidad del efectivo no depende de la tecnología que pueda fallar: la mayoría de nosotros hemos experimentado situaciones en las que tuvimos que recurrir al efectivo para pagar una factura en un restaurante después de una falla del sistema por parte de nuestro proveedor de tarjeta. Estos son los principales beneficios que se perderían si se aboliera el efectivo.”

El efectivo es muy útil y no tendría por qué desaparecer, aunque su valor se asentase en la redimibilidad con un activo digital como el Bitcoin. Podríamos perfectamente ver un sistema en el que el efectivo circulase junto a los pagos digitales, como es el caso actual, pero en vez de tener un dinero fiat no redimible por nada y respaldado principalmente por la tarjeta de “quedas libre de la cárcel por ahora” que proporciona, podría cambiarse por Bitcoin al intercambiarlo en un exchange. Al ir al cajero, podrías sacar billetes denominados en bitcoins o satoshis, los cuales se restarían de tu cartera y pasarían a la reserva del exchange, la cual los transferiría ante otro cliente que deposite el billete en su banco.

Además de los beneficios anteriormente mencionados, también supondría un respaldo para las posibles víctimas de la hiperbitcoinización: escenario en el cual el Bitcoin se vuelve dinero y algunos individuos que no se hubiesen hecho con él con anterioridad tendrían dificultades de hacerlo por problemas relacionados con el valor de este o accesibilidad tecnológica como el elevado coste de minar, por ejemplo.

Esto también dificultaría a posibles reguladores que forzasen la transparencia de la cartera de sus clientes a exchanges para poder solicitar el pago de impuestos por estos bienes. Los exchanges podrían ser quienes tuviesen gran parte del Bitcoin mientras que el resto circula en forma de efectivo. Esto sería la antítesis de posibles monedas digitales de los bancos centrales (CBDC por sus siglas en inglés).

Una posible crítica sería que los exchanges no aceptarían los billetes de otros exchanges por lo que nadie aceptaría billetes emitidos por exchanges que no fuesen el suyo y esto reduciría la liquidez intratemporal del Bitcoin. No obstante, esta crítica también se le hace a la banca libre por la emisión privada de moneda. Lo que vemos es que los bancos tienen incentivos a pactar entre ellos para aceptarse los billetes y así que cada banco aumente la liquidez de sus activos financieros (White 1999, 14–16). Pongamos que hay cuatro exchanges. Si Ex1 no aceptase el efectivo emitido por Ex2, pero este último se comprometiese con Ex3 y Ex4 a aceptar los suyos, la liquidez intratemporal de los billetes emitidos por estos tres aumentaría en contraposición con la de Ex1, clientes del cual solo podrían intercambiar billetes por bienes a la par con otros clientes de Ex1. Es decir, existirían los incentivos adecuados para esperar que, como ha sido el caso en todos los periodos de banca libre, los bancos—o exchanges en este caso—aceptasen los billetes de otros y se formasen cámaras de compensación interbancaria para saldar pagos entre ellos.

Bajo un patrón Bitcoin el efectivo aún podría jugar un papel relevante y espero que el uso de efectivo digital no suponga el fin del efectivo físico como algunos vaticinan, el cual sigue teniendo ventajas ante el primero.

Referencias

Ammous, Saifedean. 2018. Bitcoin Standard: The Decentralized Alternative to Central Banking. Hoboken, Estados Unidos: Wiley.

Benoliel, Micha. 2018. “These Smart Banknotes Could Bring Crypto To The Masses.” Hackernoon, enero 24, 2018.

Dowd, Kevin. 2019. “The War on Cash Is About Much More than Cash.” Economic Affairs 39: 391–99.

Levin, Jonathan. 2017. “New York Fed President Sent Puerto Rico a Jet Filled with Cash.” Bloomberg, octubre 9, 2017.

McMaken, Ryan. 2017. “In a Cashless World, You’d Better Pray the Power Never Goes Out.” Mises Wire, octubre 10, 2017.

White, Lawrence H. 1999. The Theory of Monetary Institutions. Maiden, Estados Unidos: Blackwell Publishers.

En defensa de lo irracional

Hace años, leyendo el libro Las trampas del deseo de Daniel Arieli, me molestó mucho cierta tendencia a menospreciar la razón oculta o instintiva que tenemos las personas a la hora de comportarnos.

Por ejemplo, Arieli describe lo irracionales que somos a la hora de escoger la bebida que ordenamos al camarero cuando acudimos al local acompañados de más personas. Al parecer, en vez de escoger lo que racionalmente tendríamos que desear, nos vemos influidos por las decisiones de los demás. Y eso le parecía tan malo que propone escoger las bebidas de forma que nadie sepa qué piden sus acompañantes hasta que estén todas las bebidas ordenadas.

Con los años, esta idea, que de primeras ya me pareció absurda, ha ganado terreno en mi cabeza como una de las raíces de la deriva absurda al que nos está conduciendo el mundo intelectual.

Si una persona decide entrar en un bar con otros seres humanos, no hace falta ser muy inteligente para entender que tiene algún interés social o profesional con ellos, y, por tanto, todo lo que haga durante su estancia irá dirigido en torno a esa relación, no en su mera preferencia en el consumo de bebidas. 

¿Es esto racional? No, es humano. Eso significa que puede ir en interés de la persona actuar así, o no, según las circunstancias, ya que no hay un análisis consciente a la hora de tomar la decisión. Pero encaja perfectamente en cómo se comporta una persona sana, que no tiene tiempo para analizar cada cosa que hace y se fía de lo que conocemos vulgarmente como instinto.

Al liberalismo económico se la ha acusado muchas veces de ver al ser humano como una especie de ordenador aislado que sólo piensa en maximizar sus beneficios. Doctores tiene la iglesia, así que no voy a refutar esa caricatura. Pero sí creo que el mundo intelectual tiende a juzgar demasiadas situaciones desde una perspectiva racionalista, y el liberalismo puede caer en este vicio.

El mes pasado expliqué el caso de José Lomas, un librero de 77 años que disparó tres veces a un asaltante en mitad de la noche. Por desgracia, mis sospechas fueron acertadas, y la ausencia del más mínimo apoyo mediático ha hecho que este señor pase a ser juzgado como un homicida corriente. José mató a alguien que decidió asaltar su domicilio en una secuencia de acciones rápidas e imprevisibles, pero para la justicia es como si hubiera matado al primer tipo que pasó por delante de su puerta a sangre fría.

Pero, dejando a un lado a los medios de comunicación, lo cierto es que nos hemos encontrado con la necesidad por parte de muchas personas, que no carecen de inteligencia, de realizar un análisis racional, humanista y centrado del suceso. Y dado que aplicar la racionalidad a un asalto a una finca apartada en mitad de la noche es una completa estupidez que descalifica a cualquiera que lo intente, seguramente haya que volver a aclarar algunos conceptos básicos para intentar sacarles de su error.

Veamos, tienes 77 años, con la capacidad física y mental asociada a esa edad. Vives a 3 kilómetros del casco urbano de una ciudad mediana. En mitad de la noche, con total oscuridad, sales a ver qué ocurre en tu patio y te encuentras con un extraño 40 años más joven que tú. ¿Qué proceso racional se produce en ese momento en la cabeza de José?

Ninguno. Nadie, y menos una persona sin entrenamiento de ninguna clase y de esa edad, se pone a pensar qué debe o qué no debe hacer. No analizas al agresor más que por características muy generales (¿es humano? ¿es adulto?) y reaccionas de las dos formas que todo mamífero utiliza ante una amenaza: atacar o huir.

Somos humanos, no máquinas. No pensamos igual con el corazón a 80 pulsaciones que a 160. Con luz o a oscuras. Solos o acompañados. En pleno siglo XXI no creo que haya que explicar todo esto, pero al parecer hay personas que se empeñan en juzgar estas situaciones como si fuera el dilema del tranvía. En el mundo real no hay decisiones, sino reacciones.

En muchos países existe la doctrina castillo por una razón muy sencilla: el que inicia la agresión a una morada es el responsable de la reacción que desencadena en su morador. Y es responsable porque esa reacción es altamente impredecible. Y esa incertidumbre no puede ir en contra de la víctima del asalto.

Pero aquí, en España, el mundo intelectual ha decidido que ante este tipo de situaciones los ciudadanos somos responsables de actuar con proporcionalidad y raciocinio. ¿Es eso posible?

No, no lo es. Así que la élite intelectual española le está imponiendo a toda la ciudadanía, y concretamente a la que está más expuesta a la violencia, unos parámetros de actuación imposibles. O, dicho de otra manera, está provocando que cualquiera que repela con violencia un asalto sufra algún tipo de condena judicial.  

La propiedad privada no vale más que una vida, dicen desde su petulante ignorancia. ¿Qué clase de estúpido dilema es ese? Aquí hablamos de acciones y reacciones humanas básicas y perfectamente comprensibles por todo el mundo, menos por aquellos a los que ciertos libros les han atrofiado la mente.

Es la naturaleza humana, y esa irracionalidad que tanto detestan, la que ha mantenido a lo peor de la sociedad lejos de las moradas ajenas cuando sus habitantes estaban dentro. Y la necesidad física de recargar el arma tantas veces como sientas que debes hacerlo mientras que la amenaza exista en tu cabeza, lo que ha mantenido vivo a nuestros antepasados que han tenido la desgracia de ver su vida amenazada.

Es hora de dar al mundo intelectual que se empeña en ignorar el comportamiento humano natural el desprecio que se merece. Es hora de defender abiertamente lo irracional.

Polémicas sobre Rothbard: Historia, epistemología, órdenes espontáneos, dinero, ética y sectarismo

Hay divisiones internas dentro de la Escuela Austriaca. Aquí quisiera resumir una serie de temas donde yo mismo me separo de Rothbard, lo que pienso pueden abrir diálogos con los lectores.

Cabe aclarar que señalar estos puntos no implica desconocer la valía de Rothbard para la historia del pensamiento económico, o en concreto para la Escuela Austriaca. Sus aportes más destacados los he tratado en otros muchos lugares, siendo en casi todos mis trabajos referencia obligada. Aquí el foco estará puesto en mis diferencias con este autor.

Historia del pensamiento económico. Rothbard ha desarrollado dos tomos cuya lectura recomiendo, pero contienen excesos que no se pueden ignorar. El primero es analizar los autores y las escuelas de pensamiento desde la visión que él tenía como austriaco en 1995. Aislar a los autores del contexto en que escribieron sus obras es injusto y una mala manera de proceder en este campo de estudio. El segundo fallo es ignorar la tradición del orden espontáneo en la que participaron los autores escoceses Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson. (Aquí argumento el punto).

Epistemología de la economía. Rothbard elabora toda la teoría económica de manera deductiva, coherente, sistemática, pero piensa que podemos prescindir de los elementos empíricos. Fritz Machlup, por el contrario, cree que al construir la teoría económica uno necesita apoyarse también en hipótesis auxiliares y empíricas (antropológicas, sociológicas y jurídicas), además de las condiciones iniciales. Gabriel Zanotti ha elaborado este tema en extenso  (Ver aquí). Este artículo de Zanotti junto a Nicolás Cachanosky resulta central en el debate moderno (Ver aquí). Este debate entre Rothbard y Machlup resulta fundamental pues los rothbardianos han adoptado posiciones radicales basadas precisamente en su metodología.

Rothbard tiene posiciones que considero sumamente polémicas en el área monetaria, lejanas a su maestro Ludwig von Mises, y también a Friedrich Hayek, y otros autores modernos especialistas en el área como Lawrence H. White, George Selgin, Steven Horwitz, Roger W. Garrison, Richard Ebeling, Nicolás Cachanosky, entre otros. Rothbard habla de “inflacionismo”, por ejemplo, cuando se da cualquier política que expande la oferta monetaria, pero Mises ha dejado claro que habrá “inflación” sólo en la medida que la oferta monetaria supere a la demanda de dinero. El debate más extendido dentro de la Escuela Austriaca se ha dado respecto de las reservas fraccionarias, pero Mises ha sido muy claro en el cap. 17, sección 11 de su tratado de economía bajo el subtítulo “Libertad monetaria” que bajo “banca libre” la competencia limitaría la expansión de medios fiduciarios sin necesidad de imponer controles a los bancos en el manejo del encaje. Rothbard, y a partir de él otros autores como Jesús Huerta de Soto han elaborado argumentos jurídicos, económicos, históricos e incluso morales para argumentar en favor de un encaje del 100 %, pero pienso que poco a poco la EA moderna tendió a abandonar esta posición que hoy es más reducida. Para tratar este tema sugiero el libro de George Selgin, Libertad de emisión del dinero bancario.

Rothbard también es conocido por su ética de la libertad o anarcocapitalismo. Si bien valoro que el alumno en el aula se exponga a estas posiciones radicales por el desafío que implica repensar las funciones del estado en la economía (yo mismo me defino a veces como un anarquista hayekiano -ver la falsa dicotomía aquí-), también parecen ignorarse dentro de ciertos círculos austriacos que la EA fue principalmente liberal, al menos en los planteamientos de Mises y Hayek. Algunos rothbardianos abandonan entonces todo el debate sobre controlar o colocar límites al leviatán, mediante constituciones, república, democracia, reglas fiscales y monetarias, federalismo y descentralización, que se ha extendido con el public choice, por ejemplo, y que si bien continúan la tradición de Mises y Hayek, chocan con el pensamiento de Rothbard. Pienso que la EA moderna no puede ignorar el debate más institucional que ofrecían estos otros autores, y que también aportan otros compañeros de camino (Ronald Coase, James Buchanan, Gordon Tullock, Jeffrey Brennan, Douglas North, entre otros).

Un aspecto microeconómico no menor en Rothbard es su posición contraria a la tradición del orden espontáneo. Este aspecto que señalé más arriba al tratar dos tomos de HPE no fue un olvido. Rothbard es crítico de la tradición del orden espontáneo, lo que genera una ruptura central con Hayek y los autores escoceses.

Y cierro con un aspecto que se ha destacado en varios lugares. Rothbard tuvo dificultades para publicar sus aportes en las revistas especializadas en economía. Por eso fundó su propio Journal of Libertarian Studies, el que es sumamente interesante para los jóvenes que quieran acercarse a sus ideas. Pero al hacerlo, y al continuar los austriacos modernos con ese comportamiento sectario, se aisló a la EA. Debemos recordar que la EA se consolidó sobre la base de los debates que Mises mantuvo con los socialistas, y que luego se extendieron también a Hayek, quien mantuvo otros debates con Keynes y Cambridge, además de la discusión sobre la teoría del capital de Knight y Clark. La EA debe recuperar ese protagonismo con debates abiertos frente a autores destacados del mainstream economics. Seguir ofreciendo un trabajo que se publica con carácter exclusivo en revistas propias de la tradición sin dudas es cómodo, pero mantiene a la tradición del pensamiento en la marginalidad. Desde luego hay excepciones, con destacados austriacos que publican en revistas indexadas de prestigio, pero son precisamente quienes se han opuesto a este aspecto del trabajo de Rothbard y su comportamiento sectario.

El lenguaje económico (VII): La falacia de la ‘inversión’ pública

En los últimos años la expresión «gasto público» viene siendo reemplazada por «inversión pública». La razón es evidente: «gasto» es un término peyorativo mientras que «inversión» sugiere la existencia de rentabilidad. Algunos vendedores emplean esta misma argucia lingüística para convencer a sus clientes, por ejemplo, dice el joyero: «Comprar esta pieza única no es un gasto, sino una inversión».

La inversión es un fenómeno exclusivo del sector privado. Los inversores, previo ahorro o crédito, arriesgan su propio dinero y, aunque no son infalibles, solo abordan proyectos potencialmente rentables. El beneficio, en su caso, es la prueba de haber servido cumplidamente las necesidades y deseos del consumidor, mientras que la pérdida indica que los factores de producción fueron mal empleados. Rentabilidad económica, por tanto, es sinónimo de utilidad social.

Por su parte, el político no arriesga su propio dinero, sino que «dispara con pólvora de rey». Elabora su presupuesto con criterios políticos (reelección) y, frecuentemente, procurando el ilegítimo enriquecimiento propio y de terceros (corrupción). En el mejor de los casos, el gasto público ralentiza la acumulación de capital; en el peor, ocasiona consumo de capital, disminución de los salarios reales y, en definitiva, la reducción del nivel de vida de la población. Por ejemplo, en la década de 1960 el gobierno de EE.UU. gastó 153.000 millones de dólares (actuales), equivalente al 3,5% de su PIB, con el objetivo de poner un hombre en la Luna. No es posible llamar «inversión pública» al empobrecimiento de millones de familias norteamericanas que, para mayor gloria nacional, fueron privadas de específicos bienes. Gastar dinero confiscado no es invertir.

Los defensores del gasto público afirman que sin el concurso del Estado determinadas obras o servicios —aquellos no rentables en el ámbito privado— nunca se hubieran realizado. Este argumento, lejos de favorecer su imagen, señala al gobierno como ente especializado en acometer proyectos ruinosos. Por ejemplo, es trivial presumir que España sea líder mundial en líneas ferroviarias de alta velocidad cuando el desproporcionado coste de las obras ha privado a millones de consumidores del consumo de otros bienes más urgentes y necesarios. Otros ejemplos ruinosos de «inversión» pública han sido el aeropuerto de Castellón, una instalación fantasma sin actividad (150 meuros); el deficitario Auditorio de Tenerife (72 meuros) y la ingeniosa central eléctrica de Gorona del Viento, en la isla del Hierro (100 meuros), donde el coste de producción de la energía hidroeólica es cuatro veces mayor que la térmica (diesel). Estos proyectos públicos nunca debieron hacerse porque han empobrecido al público: la inmensa mayoría de españoles. Por otro lado, que los consumidores utilicen las infraestructuras y servicios públicos no es prueba de su utilidad. Sólo la voluntariedad en la adquisición de un bien es prueba genuina de su utilidad. 

La rentabilidad de la «inversión» pública en ciencia es otro mito muy extendido. Algunos se lamentan de la «fuga» de talentosos investigadores españoles porque sus salarios son relativamente bajos. Otra queja es la poca estabilidad laboral ya que la continuidad de los proyectos está supeditada a fondos no garantizados. Los investigadores no son los únicos que desearían cobrar mucho más y tener la tranquilidad de ser funcionario. El argumento principal para reclamar más «inversión» pública en investigación científica es espurio, a saber, la presunta rentabilidad del gasto. Para ello, publican sesudos estudios que demuestran que, por cada euro invertido en ciencia, la sociedad recupera el doble o triple de la cantidad invertida. Esto es falso porque no hay forma de averiguarlo. Solo la inversión privada, mediante el cálculo económico, puede indicarnos si una inversión ha sido o no rentable. Otros «informes» vinculan gasto en ciencia y creación de empleo. Resulta sospechoso que ni un solo estudio de este tipo admita rentabilidades negativas. La causa es evidente: todos esos análisis de rentabilidad son falaces porque carecen de un método válido. La afirmación que toda investigación, per se, produce un retorno positivo a la sociedad es una falacia y presenta las deficiencias propias de cualquier sistema público: a) Incentivos. Son los propios investigadores o sus jefes políticos quienes deciden qué investigar. Ellos tienen intereses particulares que no siempre coinciden con los intereses de los contribuyentes. Además, el prestigio que tiene la ciencia es usado instrumentalmente por las autoridades. Por ejemplo, antes de promulgar una ley es habitual que una legión de científicos (en la nómina de la Administración), cual zapadores, vaya preparando el terreno. Si el gobierno quiere prohibir que se fume dentro de los vehículos privados asistiremos a una avalancha de estudios «científicos» que estiman en miles los muertos al año por esta causa, la mayoría de ellos «niños inocentes». De esta manera, la verdad científica (siempre provisional) es fácilmente pervertida y sustituida por la verdad «oficial» que dicta el gobierno. b) No existe forma racional de saber si una investigación ha sido o no rentable porque no hay cálculo económico; y tampoco es posible afirmar que la ciencia genera empleo porque no es posible aislar, en el experimento, el resto de variables que actúan. Las ciencias empíricas y las ciencias sociales emplean métodos distintos y es un error confundir correlación con causalidad. c) La ciencia no es gratis. Todo euro gastado en investigación ha debido ser previamente confiscado a los ciudadanos, quienes poseen necesidades propias, tal vez, más urgentes que la investigación científica. Los defensores del gasto público olvidan el coste de oportunidad, es decir, lo que hubiera podido hacer un contribuyente con su dinero si no se lo hubieran arrebatado. En el libre mercado son los consumidores quienes determinan, mediante el mecanismo de precios, la producción de la ciencia para atender sus necesidades más perentorias.

Por último, otra falacia asociada al mito de la «inversión pública» es la referida al «impacto económico» del gasto público. Los gobiernos, pero sobre todo las empresas públicas, afirman que su gasto es rentable para la sociedad; utilizan la ilusoria teoría keynesiana para hacernos creer que cada euro confiscado se multiplica de forma milagrosa haciéndonos a todos más ricos. Por lo visto, los políticos y sus acólitos están (por alguna desconocida razón) mejor dotados que los propios empresarios para identificar proyectos viables, algo que Friedrich von Hayek llamó «la fatal arrogancia».

En definitiva, en el sector público no hay tal cosa como «inversión», ni es posible medir la rentabilidad o el «impacto» del dinero gastado. Primero, el dinero público se obtiene mediante la violación de la propiedad privada, por tanto, su origen es inmoral. Segundo, las decisiones de gasto obedecen a intereses políticos y de grupos de interés. Tercero, no hay propiedad privada de los factores de producción y es imposible el cálculo económico. Y cuarto, la responsabilidad pecuniaria queda reemplazada por el riesgo moral: los «inversores públicos» se han blindado legalmente frente a sus errores y desmanes.

Serie El lenguaje económico:

(VI) La sanidad

(V) La biología

(IV) La física

(III) La retórica bélica

(II) Las matemáticas

(I) Dinero, precio y valor

¿Y los trabajadores? (I): El trabajador como empresario

El socialismo moderno nació como consecuencia de la preocupación de sus ideólogos por el destino de los trabajadores. Engels, en su libro El Estado de la Clase Obrera en Inglaterra (1845), sostuvo la idea de que el destino de los trabajadores en el capitalismo es el mismo que el de los esclavos: sus vidas están determinadas por la misericordia de los capitalistas que son los dueños de los medios de producción. Marx agregó dos teorías importantes. La primera se refiere al mecanismo de explotación. Según Marx (1858: 477) hay una explotación invisible en el proceso de trabajo capitalista. El valor de uso del trabajo es mayor que el valor de cambio del trabajo ya que un trabajador produce más durante las horas de trabajo que su salario, que es igual a la cantidad de dinero necesaria para reproducir la fuerza de trabajo de una persona. La diferencia entre los dos es el beneficio, que es la ganancia acumulada por los capitalistas. El concepto de clase trabajadora surge de la interpretación marxista del concepto de explotación. Los obreros tienen una relación antagónica con los capitalistas porque el lucro de los capitalistas es el resultado de la explotación de los trabajadores. La segunda contribución importante de Marx fue la teoría de la alienación, tesis reforzada por Polanyi (1944), que afirmaba que el capitalismo, además, destruye las comunidades y que los mercados son prisiones para los trabajadores.

Estas afirmaciones creaban una clara base moral para las ideas socialistas cuyos ideólogos propagaban su preocupación por las masas explotadas y alienadas. Por todo ello, el marxismo ha llegado a ser una de las teorías más influyentes de la era moderna (Schumpeter 1943). El éxito del marxismo dio forma decisiva a la percepción de los trabajadores como miembros de la clase trabajadora explotada en el mercado.

Como consecuencia de la influencia del pensamiento marxista, los defensores de las políticas a favor del mercado libre quedaban negativamente estigmatizados por ser los ideólogos al servicio de los intereses del capitalista, de la minoría explotadora. El mensaje de que los empresarios y la competencia en un mercado sin trabas servirían mejor a los intereses de los trabajadores es una idea que, a veces, solo tiene efecto a largo plazo; por ello, es una argumentación demasiado complicada de defender y contra la que es fácil argumentar con historias basadas en experiencias cotidianas sobre la inseguridad, precariedad y bajos salarios en el mundo de la economía política popular, en el que los argumentos emocionales tienen mucho peso.

El objetivo de mi trabajo es aportar un nuevo punto de vista a los partidarios del libre mercado para perfilar una nueva perspectiva del trabajador. Por eso el artículo cuestiona la validez de la todavía influyente descripción marxista de los trabajadores como víctimas de los mercados y de la literatura pos-marxista que lamenta la disolución de la clase trabajadora debido al creciente individualismo. Como alternativa, ofrezco una descripción en la que los trabajadores aparecen como emprendedores de por vida que utilizan los mercados para sus propios fines, es decir, para mejorar sus propias oportunidades en la vida.

También propongo una interpretación más amplia del concepto de capital de Carl Menger con el objetivo de desmentir la teoría marxista según la cual los trabajadores no tienen capital en las economías de mercado. Mi proposición es que los trabajadores podrán usar su personal capital humano para mejorar su situación personal.

Emprendimiento en el pensamiento austriaco

La revolución marginal en la teoría económica anuló la teoría del valor de trabajo de Smith y Ricardo en la que Marx basaba su concepto de explotación y clase trabajadora. La teoría marginal identifica la fuente del valor como rareza (Walras 1874), escasez (Jevons 1871), o valoración subjetiva (Menger 1871). Böhm Bawerk (1896) expuso la contradicción en la obra de Marx entre El Capital I y El Capital III, demostrando que el mecanismo de explotación de Marx es una hipótesis insostenible. Böhm-Bawerk también demostró que Marx era consciente de esta contradicción, pero optó por ocultar la verdad. No obstante, el colapso de la teoría de la explotación de Marx había socavado su teoría de clases. Si no hay explotación oculta en el proceso de trabajo, no existe relación antagónica entre obreros y capitalistas, y como consecuencia, el mercado no solo existe para asegurar beneficios para los capitalistas.

El fuerte crecimiento de la clase media también ha cuestionado la concepción marxista de la sociedad en la que solo se contempla la existencia de dos clases, la obrera y la capitalista. De hecho, Marx ya había usado el concepto de clase media en su relato de los eventos de 1848 en París en la que, a pesar de su teoría sobre el papel histórico de la clase obrera, los verdaderos protagonistas eran los pequeños terratenientes y comerciantes y las clases medias urbanas. Asimismo, en El Capital III, escrito dos décadas más tarde, Marx sostuvo que la presencia de la clase media desdibuja la línea de demarcación entre las dos clases principales. Y en este punto Marx abandonó el manuscrito y dejó sin explicar las causas del crecimiento de la clase media frente a lo que había defendido en su teoría. Eduardo Bernstein, uno de los pensadores más importantes de la socialdemocracia alemana, una generación más tarde, expuso abiertamente que la profecía de Marx sobre las clases no llegó a materializarse. La clase media se desarrolló de manera evidente, en lugar de hundirse como había predicho en El Manifiesto Comunista. Según los cálculos de Bernstein (1899), la clase media se multiplicó por tres entre 1850 y 1880 en los países europeos. Además, la proporción de capitalistas también creció frente a lo que Marx había vaticinado. Por último, Bernstein apuntó que parte de la clase obrera se había integrado en la clase media.

La viabilidad del concepto marxista se debilitó aún más por los cambios fundamentales provocados por la llegada de la sociedad de consumo en las últimas décadas del siglo XX. Los sociólogos de tendencia izquierdista han observado un cambio fundamental de actitud hacia el individualismo y la autonomía personal (Lawrence, 2013) que erosiona la cultura y la cohesión de las comunidades de la clase trabajadora (Charlesworth, 1999: 2). Uno de los teóricos clave de la fragmentación, Ulrich Beck, ha argumentado que el proceso de individualización ha desencarnado a los individuos de los roles sociales históricamente prescritos (Beck, 1992a: 128), y que se ha producido un cambio cultural general en la búsqueda de la autodeterminación, la autorrealización y la libertad de elección (Beck, 1998: 39-54). La clase a la que pertenece una persona ya no es un indicador preciso de su perspectiva personal, sus relaciones, su posición familiar o su identidad social y política (Beck, 1992a: 92). Beck afirma que, ante la descomposición de las clases, la seguridad del individuo en la sociedad contemporánea se consigue mediante el cálculo y la anticipación inteligente (Beck, 1992b). De manera similar, Zygmunt Bauman (2000) sostiene que vivimos en una sociedad líquida, tan cambiante que nada mantiene su forma por mucho tiempo. Las fuerzas del mercado junto con el consumismo individualista exigen que las personas cambien sus gustos, hábitos, identidades, afiliaciones e incluso sus ocupaciones, con subculturas y tipos de trabajos que surgen y desaparecen incesantemente. Para Bauman y Beck el individualismo y la incertidumbre son las consecuencias del periodo neoliberal del capitalismo. La nueva preocupación pasó a ser en la izquierda la situación precaria de los trabajadores en la era del neoliberalismo (Standing 2011).

Así, aunque la teoría marxista de la explotación fue refutada, y su profecía sobre el auge de la clase obrera no se materializó, su teoría sigue influyendo en el debate académico y público, unas veces en el viejo tono marxista y otras, como preocupación por la situación precaria de los trabajadores.

Sin embargo, en la realidad, tanto las aspiraciones personales de cada individuo como la inseguridad en la vida han formado parte del hombre a lo largo de su historia. Por eso, Carl Menger (1871) ya había basado su teoría económica en este principio de la aspiración personal en un contexto de incertidumbre que constituye una condición general de existencia para la humanidad.

Menger pensaba que la habilidad empresarial y la inherente capacidad de ampliar conocimientos son los dos rasgos más características del hombre. La palabra alemana Wirtschaftender, que Menger usó en su libro, se refiere al impulso inherente del ser humano por descubrir nuevos conocimientos en un entorno incierto y aplicarlos en el trabajo con el fin de crear una mayor seguridad y procurar más satisfacer mejor las necesidades. Para Menger la capacidad inherente de los humanos para descubrir conexiones causales y, por lo tanto, generar e implementar nuevos conocimientos en el trabajo es lo que asegura la satisfacción de diversas necesidades humanas y, al mismo tiempo, impulsa el progreso de la civilización. Menger consideró que todos los individuos son capaces de ser personas emprendedoras. Actuar implica planificar para un futuro incierto, así como calcular y especular. El individuo emprendedor puede no poseer un conocimiento perfecto, pero es capaz de aprender de sus errores y reflexionar sobre las relaciones causales equivocadas.

Menger explicaba que todos los individuos poseen de manera inherente la capacidad de ser emprendedores, pero que solo unos cuantos llegan a serlo. Lo que distingue al emprendedor es que tiene capital a su disposición para poder lanzar un proceso de producción. La oportunidad de acceder a los créditos del sistema capitalista aumenta la posibilidad de que un grupo más amplio de individuos con mentalidad empresarial se conviertan en emprendedores (Menger, 1871: 172).

Friedrich Wieser, quien fue uno de los miembros clave de la segunda generación de la tradición económica mengeriana, abandonó el concepto mengeriano de gente emprendedora. En el marco wieseriano, el emprendedor es un gran capitalista que representa la superioridad personal, lo que en la era de las grandes empresas le otorga un grado de poder. Él es el señor supremo de los tiempos modernos. Las masas solo son capaces de actuar a través de un líder que pueda unir a las multitudes en una unidad activa (Wieser, 1927: 319-28).

La línea de pensamiento de Wieser influyó mucho en Joseph Schumpeter (Ebner, 2003: 137), a quien se le atribuye el descubrimiento del papel del empresario en la economía como agente de destrucción creativa (Schumpeter 1943). El héroe empresarial de Schumpeter es una persona valiente y heroica con una energía mental extraordinaria, capaz de concebir y llevar a cabo actos de destrucción creativa y promulgar el liderazgo social (Schumpeter, 2002). Para Schumpeter, este emprendedor es Homo Creativus, el Übermensch de Nietzsche (Anderson, 2009: 34).

Gracias a Ludwig van Mises, no se perdió por completo el concepto original mengeriano de persona emprendedora ordinaria, que no es un seguidor ciego de un héroe ni un miembro de una masa sin rostro. Mises (1949) reconstruyó la idea original mengeriana y colocó nuevamente al individuo actuando al frente y en el centro en su teoría económica. Pensaba que el hombre es un emprendedor que actúa para lograr una meta de acuerdo con sus valores y que alcanza un fin con ciertos medios en condiciones de incertidumbre. Mises propuso el uso del término “promotor” para las personas emprendedoras que también tienen acceso al capital. El promotor está preocupado especialmente por el éxito de sus negocios. (Mises, 1949: 229). Con este nuevo concepto, Mises construyó un puente que conectaba a Menger con Wieser y dentro del marco mengeriano creó un espacio para el capitalista exitoso que no es meramente un individuo emprendedor. El promotor es el impulsor del mercado cuya inquietud y afán por obtener el mayor beneficio posible garantiza una innovación y una mejora incesantes. En este sentido, el liderazgo no es menos importante en el mercado que en cualquier otra rama de la actividad humana (Mises, 1949: 255).
Friedrich Hayek hizo una importante contribución al concepto mengeriano del individuo emprendedor poniendo el énfasis en las especificidades del contexto y las condiciones locales como factores significativos en los que se configura la acción. El entorno del individuo es un mundo concreto en el que los actores suelen poseer un conocimiento disperso y, a veces, solo tácito. En este mundo descentralizado hay una división del conocimiento que es tan importante como la división del trabajo (Hayek, 1937).

Israel Kirzner y Ludwig Lachmann, discípulos de Mises y Hayek, hicieron importantes contribuciones al concepto de persona emprendedora. Kirzner introdujo el concepto de estado de alerta que es la capacidad inherente de un ser humano para percibir y su capacidad para transformar esa percepción en información y conocimiento. (Kirzner, 1973: 68). El concepto kirzneriano de alerta no es un proceso de destrucción creativa, a diferencia de Schumpeter, y no causa trastornos en el mercado; más bien crea un equilibrio dinámico que se logra mediante el descubrimiento de oportunidades hasta ese momento desconocidas, y que mejoran la coordinación y el bienestar de todos. El concepto kirzneriano de emprendedor-alerta se acerca al concepto de emprendedor de Mises: son personas capaces de descubrir oportunidades independientemente de la propiedad o del capital (Foss y Klein, 2012: 57).
Ludwig Lachmann avanzó aún más el concepto de subjetivismo mengeriano. Según Lachmann (1978), para comprender la acción humana se debe tener en cuenta la realidad tanto subjetiva como objetiva de los fines y los medios. A medida que se implementa un plan de acción, el actor interpretará el resultado de acuerdo con su interpretación personal de la realidad.

Jesús Huerta de Soto, en su obra Socialismo y el cálculo económico, ha recuperado el significado original mengeriano-misesiano del espíritu empresarial, que coincide con la acción humana de Mises. En este sentido, el autor menciona a modo de ejemplo, que un trabajador puede ser considerado emprendedor cuando está al acecho y toma decisiones como cambiar o no de trabajo. Si elige bien, encontrará un trabajo más atractivo que el que tendría en otras circunstancias. Si elige mal, sus condiciones de trabajo pueden ser menos favorables. En el primer caso, obtendrá beneficios empresariales; en el segundo, sufrirá pérdidas. Así, toda persona cuando actúa está empleando su espíritu empresarial en un contexto de incertidumbre sobre del futuro.

El autor, además hace hincapié en que la imprecisión sobre el futuro abre el espacio a la energía creativa de todo ser humano. La clave del espíritu empresarial es la inherente disposición humana para buscar, descubrir, crear o identificar nuevos medios y fines para alcanzar un objetivo determinado o adquirir beneficios. Huerta de Soto distingue dos tipos de acciones emprendedoras: el arbitraje y la especulación. El arbitraje se produce cuando el emprendimiento se ejerce en el presente y hay que elegir entre dos opciones distintas; la especulación consiste en el ejercicio del emprendimiento en dos puntos diferentes en el tiempo y conlleva a la creación de nuevos conocimientos. Según su resumen, el conocimiento empresarial subjetivo y práctico tiene seis características básicas: 1) Es un conocimiento subjetivo y práctico más que científico. 2) Es un conocimiento exclusivo. 3) Es disperso. 4) Es un conocimiento principalmente tácito. 5) Es un conocimiento creado ex nihilo, de la nada, precisamente a través del ejercicio del espíritu empresarial. Y 6) Es un conocimiento que se puede transmitir, en su mayor parte, de forma tácita (Huerta de Soto 2010: 18-43).

En resumen, para Menger, Mises y Huerta de Soto el espíritu emprendedor de la gente común en el ejercicio de sus actividades económicas es clave para comprender el papel de los individuos en la economía. Aunque Menger usó el término emprendedor solo en el sentido de una persona de negocios que emplea capital, se sobreentiende que la capacidad emprendedora e innovadora es una característica inherente al ser humano. Mises fue un paso más allá al hacer una distinción entre el individuo emprendedor que actúa, y el promotor, que es el líder empresarial que utiliza capital y dirige una empresa con fines de lucro.

Sin embargo, el intento mengeriano-misesiano de conceptualizar a cada actor humano como una persona emprendedora, no ha gozado de popularidad en la literatura económica. El concepto schumpeteriano ha prevalecido.

La literatura académica sobre emprededores solo contempla a los empresarios que tienen algunas características psicológicas en concreto y aptitudes especiales como la facultad para emitir juicios, la valentía para aceptar riesgos o la innovación y la capacidad para que las cosas sean hechas. Por otra parte, hay otra literatura que analiza el mundo de los empleados a los que caracteriza como miembros de una masa pasiva sujetos al poder de los mercados.

En este artículo, se tratará de recuperar el marco original del pensamiento mengeriano-misesiano para dar un nuevo sentido al concepto de empleado ordinario como actor emprendedor. El artículo dota de un nuevo contenido al término empleado para poder reconocer en él a una persona emprendedora que utiliza el mercado en su propio beneficio, en lugar de ser un tomador pasivo de las condiciones del mercado. Utilizo el término “emprendedor de por vida” para referirme a este nuevo concepto.

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