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Propiedad intelectual, nacionalización del lenguaje y censura estatal

Que, tras la satrapía comunista cubana, el Gobierno de Ecuador es el mayor enemigo de la libertad de expresión en América es un hecho innegable. El cierre de decenas de radios y televisiones, con la excusa de la democratización de los medios, es prueba palpable de ello; así como las condenas por distintos motivos a periódicos y periodistas críticos con Rafael Correa. Este último ha conseguido situarse muy por encima de sus propios compañeros del Socialismo del Siglo XXI, como Hugo Chávez o Evo Morales, ambos con un muy triste historial en la materia.

Pero no sólo su capacidad represora en lo que a libertad de expresión se refiere diferencia a Correa de sus aliados del ALBA (con la excepción de unos hermanos Castro que siguen superándole en todo lo que consista en reprimir a la sociedad civil y a los ciudadanos). También destaca sobre el resto, incluyendo aquí a los Castro, por su inteligencia y su gran capacidad imaginativa a la hora de idear métodos para conseguir sus objetivos.

Buena prueba de esto último es el más reciente método elegido para ejercer la censura: apelar a la propiedad intelectual. El Gobierno de Correa consiguió que el Instituto Ecuatoriano de Propiedad Intelectual (IEPE) aceptara el registro por parte del Estado de las expresiones "30S", "30-S" y "Prohibido Olvidar", todas ellas referidas a la revuelta policial del 30 de septiembre de 2010, que desde el Ejecutivo de Quito es considerada un intento de golpe de Estado.

 A partir de ahora, según un comunicado del IEPE, los tres términos señalados "forman parte del patrimonio del Estado y fueron solicitados para identificar servicios o campañas específicas". Por lo tanto no podrán ser utilizados por particulares, medios de comunicación ni organizaciones de la sociedad civil de tipo alguno. Se trata, en definitiva, de una nacionalización de una parte del lenguaje en beneficio del Gobierno de Correa.

Es cierto que se permite la utilización de las expresiones patentadas "mientras sea de buena fe y no constituya un uso que lesione este derecho, cualquier persona puede hacer uso de la expresión (este uso de buena fe es cuando no ocasiona confusión, asociación o engaño en el público consumidor)". Sin embargo, con una Justicia cada vez más al servicio del poder político, en última instancia tan sólo se aceptará la existencia de "buena fe" en los casos en que Correa y los suyos lo decidan. En cualquier caso, y ante el miedo a posibles represalias "legales", algunos medios y usuarios de redes sociales han preferido dejar de utilizar los términos en cuestión.

El caso es todavía más sangrante si se tiene en cuenta que no son expresiones ideadas desde el Estado. Tanto 30-S como 30S surgieron de las redes sociales. En al menos uno de los casos está identificado el usuario de Twitter que por primera vez propuso utilizarlo, el español Eduardo Arcos (@earcos). Sin embargo, eso no importa para un Gobierno enemigo de la libertad, que lo que busca es restringir la capacidad de acción de los ciudadanos, incluso en el uso del lenguaje. Si la Casa Blanca tratase de registrar 11/9 (11-S) o La Moncloa 11-M o 23-F, la indignación sería generalizada, y con razón.

Dentro del absurdo, esta nacionalización de una parte (por pequeña que sea) del lenguaje permite observar al menos dos cosas importantes. Por una parte, demuestra que la denominada propiedad intelectual puede dar lugar a numerosos abusos contra el conjunto de los ciudadanos al dar, mediante la coacción estatal, el monopolio de ideas de todo tipo a determinadas personas, organismos o instituciones. Por otra, refleja de forma nítida que, a la hora de reprimir la libertad, hay gobernantes que no tienen límites en su imaginación. Correa destaca entre ellos.

Cine de atracos

Ya desde sus comienzos allá por 1.903 con "The Great Train Robbery", la industria del cine ha tenido una gran atracción por los atracos como tema central.

Así, el cine "de atracos", convertido en un género cinematográfico por derecho propio, a veces en conjunción con otros géneros, nos ha deleitado con auténticas obras maestras, joyas para cinéfilos que justifican el nombre de séptimo arte.

Cómo no acordarnos de "Atrapa a un ladrón", con Cary Grant y Grace Kelly a las órdenes del gran Alfred Hichcock, haciendo un inolvidable despliegue de glamour en la Riviera. Del "careto" impasible de Lee Marvin buscando venganza (… y la pasta) en "A quemarropa". Del mismísimo James Cagney "en la cima del mundo" en la inolvidable "Al rojo vivo ", de Raoul Walsh. De Humprey Bogart en "Sierra Alta"

Qué decir de los "atracos del Oeste"… Ya sean filmados por los grandes maestros americanos, como John Ford en "Tres padrinos" o Sam Peckinhan en "Grupo salvaje", o en su versión "spaghetti" con Sergio Leone dirigiendo obras maestras como "La muerte tenía un precio", el western y los atracos siempre han sido una combinación perfecta.

Tan perfecta cuando dicho género se ha tratado desde la comedia, con divertidísimas películas como "El quinteto de la muerte", de Alexander Mackendrick, la italiana "Rufufú" o la española "Atraco a las 3".

La lista es larga: "Atraco Perfecto", de Kubrick; "Bonnie & Clyde", de Arthur Penn; "Heat", de Michael Mann… Obras inolvidables que consiguen tener al público pegado a sus asientos, justificando el precio pagado por la entrada, y que son la prueba evidente de lo que se puede hacer desde el talento, la creatividad y la profesionalidad.
 
El problema es cuando estás tres cosas fallan… Entonces, la industria del cine, en vez de recurrir a la temática "de atracos" como fuente inspiradora de sus películas, decide aplicarla directamente como forma de financiación.
 
Y en España tenemos el ejemplo perfecto, el céntimo cinematográfico, una "brillante idea" propuesta por una asociación de productores de cine catalán, la PROA, hartos de que las subvenciones a fondo perdido se hayan reducido drásticamente, de que se les pretenda cobrar un IVA idéntico al de otros ciudadanos que se tienen que ganar la vida en industrias "no culturales" y de que esos mismos ciudadanos se nieguen a pagar un euro por ver sus pelis (sobre todo, si son en catalán…).
 
Así, PROA dixit:
 
"Cada anuncio en la pequeña pantalla tendría una recarga de 1 céntimo en su precio. Para un anunciante no es nada si emite, pongamos por ejemplo, 400 anuncios en un mes: se queda en cuatro euros. Pero sumados todos, la cantidad podría ser inmensa".
 
Sin duda, esto sí que es auténtico cine de atracos y no lo que hacían Hichtcock, Kubrick y demás…

¿Terrorismo financiero o irresponsabilidad estatal?

Últimamente se ha puesto de moda entre los iletrados económicos un término que roza lo cómico. El engendro no es otro que terrorismo financiero. Viene a decir que los "amos del mundo" son los mercados financieros que controlan y doblegan a los gobiernos y a las democracias haciendo que los políticos olviden sus responsabilidades y dejen desprotegida a la población frente a los especuladores que se adueñan de los mercados. El resultado, se nos dice, es un debilitamiento del Estado del bienestar y de la calidad de vida de las personas.

Empecemos por el principio. La palabra ‘controlar’ no deja de ser una tergiversación interesada del lenguaje. Por definición, nadie puede controlar al poder político. El poder político ostenta el monopolio de la fuerza de un territorio. Es la máxima autoridad de un territorio y no permite que absolutamente ningún agente pueda violar sus mandatos. La palabra correcta sería ‘depender’. Los gobiernos se han colocado ellos solitos en una situación de dependencia de los grupos y mercados financieros.

Y se han colocado en una posición de dependencia financiera porque les hacía falta. Todo ello de forma voluntaria, nadie les ha coaccionado. ¿El motivo? El enorme déficit que los gobiernos del PSOE y el del PP han ido acumulando debido al incremento exponencial del gasto total del Estado (sólo de 2008 a 2011 el déficit acumulado es de unos 352.000 millones de euros).

En los años de ingresos inflados por la burbuja del ciclo expansivo, los gobiernos de ambos signos no solamente no aprovecharon para ajustar el gasto, adelgazando así el aparato estatal, sino que utilizaron esos ingresos ficticios para aumentar desproporcionadamente el gasto público. Gasto destinado principalmente a engordar el Estado de Bienestar.

Una vez estallada la crisis, los ingresos insostenibles se esfumaron como arena entre los dedos. La marea bajó y nos mostró un escenario alarmante pero real: la brecha entre gastos e ingresos es elevadísima. Actualmente esto significa mantener un Estado sobredimensionado que gasta estructuralmente un 30% más de lo que ingresamos.

Debido a su total resistencia a flexibilizar el gasto y adaptarlo a los ingresos actuales y reales, los gobiernos han tenido que apoyarse en los mercados financieros. ¿Para qué? Para poder mantener ese colosal gasto público. A base de crédito, claro está, y no con riqueza real.

Repetimos: nadie ha forzado, ni puede forzar de ninguna manera, a los gobiernos a endeudarse. Nadie. Ellos han elegido endeudarnos a nosotros y a futuras generaciones para no disminuir el gasto social actual y, de esa manera, no perder popularidad y votos futuros.

Si los gobiernos se hubieran financiado de la única manera estable posible, es decir con impuestos, jamás se hubieran colocado en una posición de dependencia financiera de los mercados. Pero los impuestos son impopulares y además totalmente insuficientes para mantener un Estado de Bienestar como el que tenemos. Este es el quid de la cuestión y de ahí proviene la irresponsabilidad de los gobiernos.

Ilustres "intelectuales" mediáticos hablan de que los mercados financieros "han pasado por encima de las instituciones democráticas" y que "están cuestionando la esencia misma de la democracia". ¿El motivo? Los Estados, nos dicen, deben efectuar recortes que de otra manera no harían por no estar previstos en su programa electoral.

 

Estos intelectuales de orientación e ideología totalitaria escupen este argumento y se quedan tan anchos, dotándose de una superioridad moral como si hubieran hecho un descubrimiento clave para la humanidad, cuando en realidad no es más que una burda e inmoral maniobra lingüística para intentar negar la evidencia de que el Estado debe reducir su gasto total para, entre otras cosas, poder pagar sus deudas.

Y es que los mercados financieros otorgan crédito y ceden unos fondos con el fin de recuperarlos. ¿Parece elemental, no? Si no tienen la total seguridad de que los van a recuperar, no prestan o exigen un interés elevadísimo que compense el riesgo. En realidad, lo único que exigen es solvencia al deudor, es decir, que sea capaz de devolver el crédito. ¡Qué menos! ¡Por Dios!

Por tanto, cuando estudian la posibilidad de invertir en un país quebrado como España, es lógico que le exijan llevar a cabo una serie de reformas para que España pueda, entre otras cosas, salir de su estado de insolvencia y cumplir sus obligaciones y devolver los préstamos. No sé a ustedes, pero a mí me parece obvio.

Y desde luego no hay nada antidemocrático en ello. ¡Todo lo contrario! Lo que sería vergonzosamente antidemocrático sería impagar una deuda. Eso sí atenta contra la democracia, la seguridad jurídica y los principios generales del Derecho.

Lo que también debería ser antidemocrático y estar prohibido por la Constitución de un país medianamente serio sería caer en déficit sistemáticamente.

Esta sería una buena medida para garantizar la estabilidad presupuestaria de una nación, ya que eliminaría la enorme irresponsabilidad de los gobernantes, que consiste en dilapidar no solamente nuestra riqueza actual sino la de futuras generaciones, que estarán encadenadas a la deuda actual.

Hispanidad, ¿algo que celebrar?

Cristóbal Colón murió sin saber que había descubierto un nuevo continente, pero sus viajes dejaron una impronta que todavía hoy perdura. En lugar de encontrar una nueva ruta hacia las Indias, descubrió un Nuevo Mundo que no tardaría en incorporarse a la civilización que hasta entonces se conocía. Para bien o para mal, bajo el amparo y la protección de los Reyes Católicos y más tarde por el monopolio de la Real Casa de Contratación de Indias, la Hispanidad atravesó el Atlántico.

Aquél era un mundo muy diferente al actual. Los estados, pese a lo que pueda parecer desde la perspectiva actual, no tenían el poder de hacer y deshacer a su antojo como en la época moderna. De hecho, el Estado como tal no existía y el poder se disputaba entre diferentes instituciones. La poliarquía medieval era un difícil equilibrio de poder que a su vez entraba en conflicto con la autoridad religiosa. Diferentes autoridades que en su disputa de la potestad se limitaban unos a otros. Algo muy diferente a la situación que se da dentro del Estado (apellidarlo "moderno" es una redundancia ya que los estados son hijos de la modernidad), donde no cabe separación de poderes; tan solo una ficción de equilibrio entre funciones, ya que la soberanía es una y solo se explica a través de la hipótesis del "contrato social". Como anécdota basta recordar que recientemente el Ayuntamiento de Ibiza decidió por unanimidad que Colón era ibicenco independientemente de dónde fuera realmente.

Solo en este contexto puede entenderse que Isabel la Católica se viera limitada no solo por las leyes viejas y tradiciones de su reino, sino también por la moral de su religión. De la bula Sublimis Dei promulgada por el papa Pablo II a la controversia de Valladolid hasta las Leyes de Indias en las que se debatía la naturaleza de los indígenas y se acotaba el poderío de los descubridores. Un momento histórico apasionante que llama la atención de quienes vivimos en la época de la corrección política donde los príncipes de hoy (por utilizar la terminología de aquella remota época) no parecen tener otro impedimento que las mayorías parlamentarias y la coyuntura política.

En el camino estatalizador que hemos recorrido hasta hoy, mucho se lo debemos a los Reyes Católicos y otro tanto a los protestantes, que terminaron por unificar Iglesia y Estado dejando las dos espadas (la del poder espiritual y la del temporal) en una sola mano, que hoy es la de los políticos.

Una de las herencias que nos ha dejado la Hispanidad no es otra que la lengua española, compartida por gente que hoy vive en diferentes países y latitudes en todo el planeta. Pese a que el idioma pertenece a quienes lo hablan y contribuyen espontáneamente a su evolución, los legisladores han convertido su uso y aprendizaje en una polémica. Las constituciones modernas establecen días nacionales de celebración e imponen una lengua en las sociedades sobre las que tienen jurisdicción. Se trata de un error conceptual, filosófico. Las administraciones pueden decretar uno o varios idiomas para que los funcionarios puedan entenderse, pero es la sociedad quien decide espontáneamente qué lengua habla y transmite a su progenie.

Entonces, solo cabe preguntarse si hay algo que celebrar en el día que se conmemora la llegada de tres carabelas a la isla de Guanahaní. Las fronteras políticas han cambiado y cambiarán, pero la hispanidad ha moldeado el habla de millones de individuos que interpretan el mundo y dan forma a sus ideas. No se trata de países o míticos imperios que tal vez fueron pero ya no serán; la Hispanidad es algo más que una fecha señalada en rojo por los burócratas en los calendarios oficiales, la Hispanidad es parte de lo que somos y de lo que hacemos.

Venezuela: cinco años más de subvención liberticida

El oficialismo triunfó en Venezuela. Más madera para que los adeptos a Chávez, sobre todo la progresía europea, insistan en que las urnas lo legitiman. En este sentido, de cara a la salud democrática, tiene mayor valor el fair play de Henrique Capriles acatando la derrota y prometiendo trabajar constructivamente desde la oposición. ¿Hubiera hecho lo mismo el caudillo bolivariano de haber perdido o hubiera desatado un tsunami de magnitudes incalculables?

La revolución bolivariana dispondrá, por tanto, de una nueva legislatura. Lo que no cambia es el vocabulario y las formas. En efecto, al estilo de los dirigentes de la antigua URSS, Chávez ha hablado del II Plan Socialista de la Nación, al igual que en su día Stalin estableció los Planes Quinquenales. Dicho plan seguirá las directrices habituales del Chavismo, esto es, politización de la ayuda a través de los programas sociales, permitiéndole obtener lealtades inquebrantables.

Más complejo se presenta el panorama para la libertad de expresión, no siendo descartable que tenga como modelo a Rafael Correa. Éste ha definido la victoria de Chávez como algo “maravilloso”, empleando un lenguaje de corte bélico: “próxima batalla: Ecuador”. Las extravagancias no han terminado ahí, de tal manera que Evo Morales ha dedicado el triunfo de Chávez al Che Guevara. Cualquier argumento es bueno para anestesiar a las masas.

Asimismo, conscientes de que en Venezuela puede producirse una incertidumbre a todos los niveles, especialmente en el económico, unido a las posibles represalias hacia quienes no comulgan con el Chavismo, la combinación de ambos factores ocasionará que muchos venezolanos opten por la emigración. En este sentido, no caigamos en el error de pensar, como le gustaría a Chávez, que se trata de una emigración por razones políticas, puesto que el panorama laboral en el interior invita a buscar destinos en otras naciones, especialmente en aquellas que en mayor medida son víctimas de las iras verbales del Presidente (Estados Unidos).

Igualmente, el ventajismo se ha apoderado de las primeras manifestaciones de Chávez. Avisos al Rey de España (recordando el incidente en la Cumbre Iberoamericana de 2007) y denuncias de una conspiración internacional (a la que, obviamente, ha derrotado) que trataba de hacerle perder las elecciones, han sido los primeros ejemplos, aunque no serán los últimos. La campaña electoral americana espera sus “análisis”, pese a que para Barack Obama y Mitt Romney lo que sucede en América Latina ocupa un lugar marginal.

Este cúmulo de circunstancias no puede ocultar un hecho: el empobrecimiento aumenta en Venezuela, mientras el resto de vecinos regionales implementan estrategias con las que fortalecen sus economías (por ejemplo, la Alianza del Pacífico), buscando generar sinergias despojadas de componentes ideológicos. Como se observa, todo lo contrario que el país caribeño, que insistirá en profundizar las relaciones con Rusia, Irán o Bielorrusia, mientras subvenciona a sus socios del ALBA.

En efecto, Daniel Ortega y los Castro son quienes con mayor alegría han recibido la victoria de Chávez, a pesar de que el nicaragüense no hace ascos en sumarse a las peticiones de dinero a Estados Unidos para afrontar los problemas de seguridad que atraviesa Centroamérica. En cuanto a la Isla-cárcel, la ayuda de Caracas le permitirá mantener en pie ciertos dogmas, como la calidad de su medicina, cuando en realidad son cada vez son más los hospitales que se cierran.

Por tanto, la política de símbolos prosigue. Apoyo incondicional tanto a Bashar Al Assad (presentándolo como en su día hizo con Gadaffi como un mártir de la voracidad del capitalismo) como a Ahmadineyad, incurriendo en el antisemitismo, como se mostró durante la campaña electoral, sin olvidar que Chávez tratará de aparecer como el valedor de “la paz” en Colombia. El resultado de todo ello es que Venezuela dará nuevos pasos hacia su decadencia como país, mientras que la inseguridad e incertidumbre regional aumentarán.

La falacia de la paridad

No cabe duda de que las democracias realmente existentes, como Gustavo Bueno las suele denominar, son claramente insuficientes. La sobreabundancia de poder del ejecutivo y de su maquinaria administrativa ha fagocitado buena parte de la independencia del judicial y casi toda la del legislativo. Muchas son las críticas racionales que, desde el punto de vista de la libertad, cabe hacer a la deriva presente de nuestros regímenes.

Pero este análisis queda en un margen cuando se presentan, cada vez con más fuerza, no críticas a la desaparición del equilibrio entre poderes y de la pérdida de su juego de balances y controles, sino a todo el sistema democrático en sí y, como salida, se propone el acoso a lo escasamente liberal que queda de él. Los acorralamientos de la sede parlamentaria en España no pretenden resucitar la señera idea de un parlamento que controle al poder sino la oscura y arcaica concepción que cuestiona toda reminiscencia de libertad.

En el sentir de los atacantes del Congreso de los Diputados, con los parlamentarios en sesión plenaria, es decir, en las funciones para las que fueron elegidos hace menos de un año, la democracia, el parlamento, la política, los políticos y los partidos en que estos se organizan, son todos iguales e igualmente nocivos.

Se trata de una falacia la que plantean, sin duda, pero no una del tipo de las inocentes, fruto de un justo enojo mal enfocado. Esto es precisamente lo que aseguran muchos opinantes de talante "liberal", entendido este como bondadoso y acríticamente tolerante. Por el contrario, se trata de una mentira doble que es necesario desmontar.

En primer lugar asistimos a una reedición descarada de la ya célebre teoría de la paridad. La formulación, no exhaustiva, de la misma sería la idea de que cuando fracasa la derecha, ella es la responsable y, cuando es la izquierda la que lo hace, todos son culpables por igual. Por parte de la gente de izquierdas, admitir esa paridad es como una muestra de su "espíritu autocrítico", una concesión destinada a demostrar su buena fe.

Pero es en esa fingida simetría donde el argumento es más engañoso pues, si bien la nefasta gestión actual de la crisis recae sobre la derecha en los últimos once meses, el movimiento de cuestionamiento nació cuando, tras ocho años de gestión socialista de la misma, se barruntaba una derrota electoral. Antes de que la crítica liberal, la que tiene una explicación de la depresión económica compatible con los hechos, se hiciera con la hegemonía en la opinión pública, el movimiento 15-M generalizó una paridad, un descontento por igual, al margen de que el intervencionismo fuera la receta que Zapatero usó para caer en la profunda crisis, la misma que aplicaron los gobernantes catalanes, andaluces, valencianos y muchos otros. De esa manera la izquierda triunfa nuevamente y propone con fuerza la salida de más intervencionismo.

Por otro lado, los atacantes de "la clase política" fustigan el concepto mismo de sufragio universal libre, directo y secreto que, con garantías aún no superadas por sistema alguno, por la vía de deslegitimar al Parlamento. No se acosa a una institución de esa manera sin cuestionar también el mecanismo inmejorable que lo hace posible. El movimiento del 25-S es, en sus efectos, propagador de gérmenes antidemocráticos e ideas claramente liberticidas.

Nada hay que pueda considerarse un avance en el actual movimiento de desencanto. Dirigen sus cañones hacia los de siempre y salvan de la quema a la causa de los problemas.

Un rescate no es un crédito

Al ser preguntado por la posible inminencia del rescate total al Estado español, Rajoy sale al paso diciendo que es como una familia que pide un crédito. Dice que está analizando tranquilamente las condiciones. Después de tanto presionar en Europa, tras salir el BCE ante el mundo a anunciar el mecanismo de compra de bonos, ahora resulta que el presidente del Gobierno se hace el remolón. Se muestra ofendido, incluso, cuando le preguntan por este asunto. Ahora la situación de España está en boca del mundo entero. En el primer debate presidencial entre Romney y Obama, sin ir más lejos, el único país extranjero mencionado fue España. Y no fue un halago, precisamente. Somos la antítesis de buena gestión económica. Pero Rajoy está a otra cosa. Él se hace el interesante, posponiendo la solicitud del rescate mientras finge estudiar el tríptico de condiciones del banco de la esquina.

El término "crédito" significa buena reputación, tener confianza en la capacidad del otro para cumplir con sus obligaciones. Es precisamente esto lo que Rajoy ha dilapidado. El presidente del Gobierno ha desperdiciado la oportunidad de aplicar una política económica que devuelva a España a la senda de la sostenibilidad financiera. Ha perdido la confianza que los agentes económicos habían depositado en él. En consecuencia, los mercados de deuda han reaccionado como es su obligación: cerrándole casi por completo el grifo del crédito. Es por esto por lo que España se ve obligada a pedir el rescate total. Porque el rescate no es un crédito, sino la pérdida del mismo.

La única forma en la que se está consiguiendo financiar el Estado es por la respiración asistida que nos da el BCE y Alemania. Primero nos concedieron un rescate encubierto, entre compras de bonos del BCE y entrega de liquidez a los bancos para que a su vez adquirieran deuda pública española. Después el famoso rescate de 100.000 millones para la recapitalización de las antiguas cajas de ahorros. Y, más recientemente, el anuncio del BCE de poner a disposición de España el nuevo mecanismo de compra de bonos en caso de que solicite formalmente el rescate. El anuncio de Draghi ha hecho que los mercados descuenten la posibilidad de rescate total y eso ha mejorado ligeramente la prima de riesgo. Pero si Rajoy no lo pide, o si sigue mareando la perdiz con su retranca gallega, este efecto se disipará y volveremos a las andadas.

Rajoy, como decía, ha hecho sobrados méritos para ganarse la desconfianza total de todo el mundo. Recibió una herencia envenenada, todo sea dicho. España comenzó la crisis con una deuda del 36% del PIB y cerramos 2011 casi en el 70%. Asusta la velocidad a la que crece nuestra deuda, acercándose a ritmo de vértigo hacia el simbólico 100%. Hemos sumado una media de unos 100.000 millones de euros a la deuda cada año, con un déficit público del 11,6% en 2009, 9,3% en 2010 y 9% en 2011. Ésta última cifra, regalo de despedida de Zapatero, ha sido especialmente simbólica en el exterior por pulverizar el objetivo de déficit, que estaba en el 6%.

Rajoy, sobre el que españoles y extranjeros depositaron cierta esperanza en que enderezara el rumbo, ya ha aportado contundentes razones para que la desconfianza hacia las cuentas de España sea generalizada. El objetivo inicial de déficit del 4,4%, que él mismo presentó como cifra a cumplir a rajatabla, casi como símbolo de una nueva política seria y creíble, tardó escasos meses en renegociarse al 5,3%. Una vez que a regañadientes le aceptaron el nuevo objetivo en Bruselas, reabrió el melón para volver a subirla al 6,3%, argumentando que no la iba a cumplir. Y ahora que incluso esto se ha aceptado, se da por hecho que ni siquiera se va a respetar. En sólo medio año de gobierno de Rajoy, el Estado ya se había fundido el objetivo de déficit para todo el año.

Para 2013 la cosa no parece que vaya a mejorar. El Gobierno no quiere admitir, de una vez por todas, que hay una burbuja de gasto público perfectamente prescindible que se puede eliminar sin necesidad de sangrar más a los ciudadanos. Pero está claro que los políticos no están dispuestos a apretarse el cinturón. Los Presupuestos para 2013, lejos de recortar más o menos el gasto, directamente lo suben un 5,3%. Lo acompañan, eso sí, de una inmensa batería de impuestos que continuará deprimiendo la actividad económica, como lo ha venido haciendo hasta ahora. El objetivo de déficit para 2013 sólo se cumplirá si se da el escenario optimista que el Gobierno ha supuesto para la elaboración de los Presupuestos. Lo que es otra forma de decir que tampoco se va a cumplir con lo pactado. Esto debe ser lo que llaman la salvaje austeridad española. Todas éstas son razones más que de sobra para desconfiar. Son los motivos que han llevado a los prestamistas a retirarle a Rajoy el crédito.

La migración de Atlas

Decía hace unos días Fernando Díaz Villanueva, que España, tal y como la conocemos, llegaba su fin. No puedo estar más de acuerdo, y suscribo de inicio a fin su artículo.

Es curioso cómo las personas con las que compartes ideas, y sobre todo lecturas, llegan a tener las mismas percepciones que tú cuando analizan la realidad.

Y no llega a su fin porque el gobierno haya subido los impuestos a niveles incompatibles con la prosperidad, o porque la extrema izquierda esté ganando apoyos cada día que pasa, o porque la deuda siga aumentando sin que se vislumbre un recorte real de gasto. No, llega a su fin porque las personas que hasta hoy hacían llevadero todo esto se están largando del país.

Así de simple, y así de crudo. La única esperanza para que una sociedad salga adelante es esa gente que innova, que trabaja sin mirar el horario ni las horas definidas en el convenio, que desafía las costumbres cuando no aportan nada y que insiste una y otra vez en una idea pese a estrellarse docenas de veces ante los prejuicios mayoritarios. Esa gente que Ayn Rand consideraba como los Atlas que sostenían el mundo y que está cruzando la frontera para sostener a otros países donde se les trate con más respeto.

Cada vez es más habitual enterarse de que un ex compañero o jefe por el que tienes gran respeto profesional ha desaparecido. No porque John Galt le haya soltado un discurso, sino porque ellos solos se han dado cuenta de que en esta sociedad no hay un futuro para ellos y se van a buscarlo a lugares más propicios.

Por supuesto la manada que exhibe sus cartelitos con las tijeras dentro de una señal de prohibido es ajena a todo esto. Como seres irracionales, son incapaces de comprender que quienes pagaban los impuestos que les mantenían, quienes creaban los negocios que les daban trabajo o desarrollaban las técnicas que les permitían ser productivos ya no van a seguir haciéndolo. Les han echado, y ni siquiera son conscientes de ello.

Es más, al tener una de las ideologías mejor preparadas para falsear la realidad, achacarán esa migración al poco dinero público que el Estado reparte entre los universitarios o los trabajadores. Se inventarán, como he oído ya alguna vez, que en los países de destino se da espuertas de dinero público a los recién llegados. Con pisos y guarderías subsidiados, simplemente por ser soltero o menor de 35 años.

Por supuesto, ellos, tan comprometidos, no irán aún a disfrutar de esos manjares estatales. Prefieren quedarse a acabar las sobras del hiperestado español. Es mejor esperar a que haya una masa crítica fuera, de la que poder volver a vivir, ya sea allí o esperando que sus ricas divisas lleguen al cortijo.

Por suerte, en un mundo cada vez más globalizado, escapar de los parásitos es cada día más sencillo. Antes tenías que aprender un idioma y una cultura distinta. Ahora coges un avión por 500€ y empiezas a hablar en tu segundo idioma (inglés) como algo normal en cualquier parte del mundo.

Así que, por ser optimista dentro del pesimismo, es posible que dentro de poco los países se tengan que pelear por los atlas de este mundo.

La rebelión del Atlas detenía el planeta, ojala su migración lo mejore.

Rajoy está parado, España baja

 Me contaba un amigo brasileño que, en cierta ocasión en la que esperaba un ascensor en un hotel, al abrirse las puertas, preguntó: “¿Sube o baja?”, y el mozo le contestó: “En estos momentos, está parado”. Inevitablemente mi mente se trasladó al palacio de la Moncloa. Es la perfecta representación de Mariano Rajoy: ni sube ni baja, está parado.

Ni con Europa ni sin ella

Superando cualquier previsión, rumor y esperanza, Mariano Rajoy sigue sin pedir ni el dinero de la banca, ni el rescate de España. Yo misma era de las que pensaba que lo pediría al poco de conocer los resultados de la auditoría de Oliver Wyman. Después de la aparente celeridad en calcular, hablar, reunirse de los dos meses previos al cierre por vacaciones de agosto, el gobierno de Rajoy se hace de rogar. De repente, parece que no se entera de las condiciones que pide Europa. Debe ser el único.

A pesar de que el Memorandum de Entendimiento deja muy clarito qué se espera de España y por dónde va el sendero, Rajoy sigue sonriendo, haciendo bromas, y, permítaseme la expresión, “cabreando al personal”.  Ya tenemos en la mano el precio de Bankia y sus hermanas. Solamente queda levantar la mano. Pero Mariano sigue impasible con el brazo paralizado. ¿Razones de peso? En principio, las elecciones anticipadas en País Vasco y Galicia. Y eso es lo sangrante. El perjuicio de una pérdida del Partido Popular en alguna de esas comunidades autónomas no recaería en el monto del rescate, no afecta al agujero de las cajas, sería una pérdida de poder partidista, no es de interés nacional.

Hay quien cree que, en realidad, el que ganara el PP o, al menos, que no sacara malos resultados, permitiría que Mariano, jefe de su tribu al fin de cuentas, exigiera el cumplimiento de los ajustes con más autoridad. Pero la realidad es que no puede permitirse ese lujo: y nosotros tampoco. No puede esperar a coger carrerilla en las elecciones autonómicas. Cada día que pasa los rescates son más onerosos.

Desde hace semanas, la prensa extranjera mira atónita a un Rajoy que sigue de perfil, sin subir ni bajar, sin negar el rescate ni pedirlo. Y, mientras tanto, sus ministros juegan a confundir a la prensa y a periodistas y ciudadanos. Luis de Guindos afirmaba la pasada semana en una conferencia en la London School of Economics que España no necesita un rescate: “En España lo que tenemos es una propuesta de intervención en el mercado secundario (de la deuda soberana) con ciertas condiciones”. Cierto, y tampoco hay rescate bancario sino una “línea de crédito muy beneficiosa”. Por formas de decir lo mismo que no quede. Y también es verdad (y no lo dice) que se está barajando asociar CDS (credit default swaps) a la deuda, que es un seguro para cubrirse frente al incumplimiento de pagos. En este caso, es la nación española (ya que se trata de deuda soberana) la que podría no pagar hasta el punto de ser necesario comprar un seguro de impago con el bono. La afirmación de De Guindos es, digámoslo suavemente, demasiado ligera. Tal vez no se haya pedido un rescate, pero a lo mejor, necesitarlo, sí lo podemos necesitar.

España, baja

Ni la socarronería tan a trasmano del presidente del gobierno al hablar de “eso que ustedes llaman rescate”, ni la seriedad de la vicepresidenta Soraya Sáez de Santamaría al afirmar que no pueden arriesgarse a pedir nada sin saber las condiciones aplacan la ansiedad de mercados y ciudadanía. No deja en muy buen lugar a Rajoy y su equipo una espera cuyas razones económicas reales se desconocen pero que se esconden tras varias posibles pantallas: a Merkel le conviene esperar porque tiene próximas sus elecciones, a Mariano le conviene esperar por las elecciones autonómicas o ambas cosas al tiempo. La imagen de Rajoy en el interior ya está muy tocada, pero la exterior va minándose poco a poco y a este paso, ni la capacidad ni el saber hacer en Europa de Luis de Guindos le va a salvar de la quema. No hay más que leer la prensa extranjera.

La cuestión es que ni se ha tocado un duro de los cien mil millones aprobados para la banca, ni se ha pedido la compra  de bonos soberanos, ni se ha pedido un rescate nacional. No se ha hecho nada y la factura engorda.

Clara Campoamor

Encontrar en España referentes del liberalismo que sean tierra feraz en la que cultivar nuestro amor por la libertad es más complicado que lo que debiera. El término, al cabo, nació aquí. Pero nuestro liberalismo tuvo casi siempre una raíz francesa que ha dejado frutos que hoy nos resultan difíciles de tragar. Como el anticlericalismo, por ejemplo. O el intento de cambiar la sociedad desde nuevas bases, un empeño del que hemos aprendido a desconfiar, y que ha llevado a muchos liberales a intentar desalojar a la Iglesia de la educación con la bota del Estado. O a cometer otros atropellos. Durante el trienio liberal, por ejemplo, el Gobierno quiso obligar a los curas a explicar la Constitución de 1812.

Pero no desesperemos, porque hay contraejemplos a los que nos podemos asir. La mayoría, bien es cierto, tienen una formación británica más que francesa. Es el caso de Gaspar Melchor de Jovellanos, Mendizábal o José María Blanco White. El caso de Clara Campoamor es distinto. No es ya la época que le tocó vivir. Es también su peripecia personal y su ejemplo, que entiendo que para nosotros desborda la impronta que pueda dejar su obra escrita.

Sus orígenes apenas pueden ser más humildes. Su madre, costurera, le dio su primer oficio. En el Madrid finisecular fue adquiriendo nuevos trabajos, con ocupaciones cada vez menos manuales y más intelectuales, de modo que permitieran hacer brillar su inteligencia. Entró en la universidad tarde y se licenció en derecho cuando contaba 36 años. Aunque para entonces llevaba ocho años visitando el Ateneo. Trabaja en su propio despacho durante la dictadura de Primo de Rivera, pero es cuando los monárquicos entregan el poder y Alfonso XIII huye de España cuando Campoamor encuentra su sitio en la historia.

Ella entra en el Partido Republicano Radical, un nombre paradójico para un partido democrático en un régimen en el que pocos partidos creían de verdad en la democracia. Aunque su mayor éxito lo consiguió ya fuera del mismo: llevar a una Cámara reacia a aprobar, por 161 síes contra 121 noes, el voto femenino. También luchó por el reconocimiento de los hijos habidos fuera del matrimonio.

Madrileña en la primavera trágica del Frente Popular, Clara Campoamor huyó de aquella ciudad “caótica” al poco de comenzada la guerra, en el otoño de 1936. Y escribió en francés un veredicto de aquel régimen muy certero. No es el último motivo el título que eligió para él: La revolución española vista por una republicana. Acabó siendo, efectivamente, una revolución.

Campoamor destaca por ser de un antitotalitarismo casi visceral, aunque esté construido con unas ideas que hacen gala a su nombre y que respetan y defienden los derechos del individuo y la autonomía personal. En aquellos años aciagos no era poco mérito. Su figura ha sido secuestrada por los socialistas que aceptan la democracia. Fue despreciada por la derecha como una republicana más. Y el liberalismo español no ha encontrado en ella una inspiración suficiente. Quizás sea el momento de rescatarla de esa desatención.