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Una España menos ecológica

Nadie ha dado todavía la voz de alarma, pero en los últimos cuarenta y tantos días, España se ha convertido en un país mucho menos ecológico y su sistema económico ha perdido en "sostenibilidad" desde una óptica medioambiental. Gracias a cierto grupo de personas, que ha actuado según los planes diseñados en ciertos despachos y bajo la influencia de determinados grupos de presión, en este país ha aumentado el consumo de energía (en especial, no renovable) y de bienes con un tiempo de uso muy reducido, fabricados con materiales contaminantes.

Cualquiera que observe el comportamiento de los habitantes y de determinados pequeños empresarios de las ciudades (y suponemos que también de los pueblos) españolas desde que comenzó el presente año, podrá darse cuenta de que han surgido nuevos hábitos. Se trata de unas recientes costumbres que tendrán –aunque Greenpeace, Ecologistas en Acción y otras ONG similares no hayan realizado todavía el cálculo pertinente– unas consecuencias muy negativas sobre el medio ambiente. Y lo peor es que quienes adoptan estos usos (consumidores y pequeños comerciantes) lo hacen inducidos por terceros, por mucho que ellos crean estar haciéndolo de forma libre.

En unas pocas semanas se ha disparado en España la compra y el uso de unos dispositivos que consumen, cada uno de ellos, 0,88 kg de propano (o su equivalente en butano) a la hora. Y su demanda no para de crecer. Dichos dispositivos están encendidos mucho tiempo cada día, según quién los use puede variar entre unas cuatro y doce horas por jornada. Si se tiene en cuenta que las existencias de estos aparatos se han agotado, podemos estar hablando de decenas de miles de ellos funcionando y consumiendo energía no renovable a un ritmo altísimo cada día a lo largo y ancho de todo el país. Son las "setas" de calor instaladas en terrazas de bares y cafeterías de toda España. Por si esto no fuera suficiente, quienes no pueden costeárselas (son muy caras), optan por alternativas más baratas y de peor calidad que utilizan energía eléctrica.

Pero la cosa no se queda en estos dispositivos. Se ha generalizado el uso callejero de unos recipientes de plástico de un solo uso cuya utilización era muy inferior hasta diciembre del año pasado. De hecho, antes eran del agrado de jóvenes con aficiones etílicas urbanas y de algunas otras personas que los utilizaban en el recinto de alguna piscina y poco más. Ahora, sin embargo, son usados por hombres y mujeres de todas las edades a diferentes horas del día, que retienen en ellos productos líquidos que antes no salían del vidrio y porcelana. Nos referimos, por supuesto, a los miles de vasos de plástico usados cada día por una gran cantidad de personas que así pueden fumarse un cigarrillo en la calle mientras se toman un café u otra bebida.

El "grupo de personas" de los que hablábamos antes no son otros que los diputados que aprobaron la ley antitabaco, y "los despachos" no son otros que los del Ministerio de Sanidad y La Moncloa, así como la sede de los partidos. Cualquier ley puede tener efectos imprevistos sobre cuestiones difíciles de imaginar para el legislador. Este es un buen ejemplo de eso. Tan sólo esperemos que ningún político lea este artículo; su respuesta sería prohibir los vasos de plástico y las "setas" de calor.

La autocrítica del FMI

En la última comparecencia con el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, dedicó una buena parte de la rueda de prensa a destacar un informe del Fondo Monetario Internacional en el que el organismo hace autocrítica por no haber sabido identificar la naturaleza y la magnitud de la crisis económica. Zapatero resaltaba que mil doscientos economistas, entre los mejores del mundo, no fueron suficientes para adelantar al mundo lo que se venía encima. ¿Cómo criticarle a él, todavía pendiente de las dos clases que le iba a dar Jordi Sevilla, por haber fallado miserablemente, como el organismo?

Más allá de las estrategias políticas, lo cierto es que el informe tiene importancia. Estudia el Desempeño del FMI en el período previo a la crisis financiera y económica y recoge numerosas muestras de cómo falló de forma sistemática. Se dice que un economista es una persona dedicada a predecir el pasado, o a explicar mañana por qué no ocurre hoy lo que dijo ayer. Quien lo dijese puede que pensara en el Fondo Monetario Internacional. Todas las explicaciones sobre su propios fallos son razonables. Los distintos departamentos no comparten informaciones y análisis y ello dificultó “vincular los fenómenos macroeconómicos con los financieros”. Sus informes son autoreferenciados, y “rara vez se hizo referencia al trabajo de analistas externos que señalaban el aumento de los riesgos en los mercados financieros”. Los economistas veían “fuertes desincentivos para ‘decirles la verdad a los poderosos’, especialmente en los grandes países”. Cedieron a las presiones políticas de algunos gobiernos y cayeron en la autocensura.

Pero de los cuatro capítulos en que divide las razones que expone para su fracaso, el más importante es el primero: “Deficiencias analíticas”. Y señala sobre todo dos. La primera es haber caído en el “pensamiento de grupo“, que consiste en ajustar el discurso a lo que se cree que es el consenso en el ámbito en que se mueve. Ello hace caer en falta de espíritu crítico. Y la segunda la constituyen, propiamente, las “limitaciones en los enfoques analíticos”. Es decir, recurrir a ideas económicas erróneas.

Expresado de forma breve, el FMI reconoce que erró al creer que los sistemas financieros actuaban de forma eficiente y eran capaces de “redistribuir los riesgos entre los más preparados para asumirlos”. Esta crítica, que es ya un lugar común, lleva a muchos, acaso también al FMI, a considerar que aquí se produce un fallo del mercado y que, en consecuencia, hay que subsanarlo con más, o al menos mejor, regulación. Sin duda, este reconocimiento es insuficiente. La crisis no se ha producido por una mala distribución de los riesgos, sino porque la producción se ha desviado, de forma masiva, hacia sectores productivos que no eran sostenibles. La crisis es, precisamente, el mecanismo del mercado que hace aflorar toda la gigantesca descoordinación entre producción y preferencias de las personas en cuanto a consumo y ahorro.

Lo cual nos lleva a una segunda autocrítica, la asunción de que no reconoció las relaciones entre el mundo financiero y el desempeño macroeconómico, así llamado. Porque el sistema financiero es el gozne entre las decisiones sobre liquidez y ahorro y el sistema productivo. Si hubiera una correspondencia entre las decisiones de los ahorradores y los préstamos concedidos por la banca, es decir, si quedasen ajustados los plazos de ahorro con los de inversión y préstamo, no se produciría este desorden generalizado y sistemático entre ambos, aunque aún cabrían graves descoordinaciones, por el papel de los bancos centrales, que son el eje de ese gozne. Esta idea, por cierto, fue recogida en un informe del propio Fondo Monetario Internacional. Luego sí, necesitamos una mejor regulación.

Hay toda una escuela, o al menos un conjunto de saberes e ideas económicos, que va más allá de los austríacos y que no sólo sirve para entender lo que ha ocurrido, sino que ha servido para prever la crisis, explicándose por el modo en que el sistema financiero, gravemente intervenido por los Estados, ha diseminado su semilla. Si es cierto que el FMI no ha mirado fuera para ganar en entendimiento sobre lo que estaba pasando, más lo es que ha arrinconado a esta tradición de pensamiento, con la que hubiese salido ganando de haberle prestado atención.

Ahora llega el momento de la reforma, para evitar al menos algunos de los motivos que han llevado al organismo a engañarse y engañar al mundo sobre la marcha de la economía global. Pero no podrá esquivarlos todos. Es un organismo público y está sometido a las servidumbres características de la gestión burocrática. Por eso lo mejor que puede hacer es cerrar.

¿Cómo conseguir el acceso universal a la salud?

Ana Grabiela Rojas publica un interesante reportaje en El País sobre un hospital privado ‘low cost’, situado en la India, donde se opera a cientos de personas de patologías del corazón por apenas 1.400 euros o, en muchos casos, de forma gratuita.

Tal como se explica en el reportaje, su secreto es sencillo: utilizar la economía de escala para abaratar los costes al máximo. O dicho de otra manera: aprovechando la gran cantidad de pacientes a los que operan (30 al día venidos de todos los rincones de la India e incluso de otros países de Asia y África), pueden permitirse tener personal muy especializado que cobra por jornada de trabajo, y no por operación. 

Gracias a ello, muchas personas, para las que un coste más alto no permitiría acceder a este tipo de intervenciones, pueden mejorar e incluso salvar su vida. Todo ello sin renunciar a unos suculentos beneficios que permiten al hospital mejorar la calidad del servicio y planear expandirse con nuevos hospitales en la India.

Pese a ser un negocio privado que da beneficios, Devi Shetty (fundador del hospital) hace un declaración bastante curiosa: "El cuidado de la salud debe ser separado de la posición económica, es una cosa de dignidad. El acceso universal a la salud debería ser el objetivo de toda la civilización".

Y digo que es curiosa porque mucha gente piensa que tan noble declaración solo podría ser pronunciada por un defensor de un sistema público de sanidad, donde el beneficio esté supeditado al bienestar del paciente y el coste sea soportado por la sociedad.

Que la pronuncie el fundador de un hospital privado diseñado para abaratar costes y dar beneficios debe ser desconcertante para quien piense así, pero no tienen nada más que razonar durante unos minutos para salir de su desconcierto.

Y es que, por mucho que nos parezca mal, la sanidad tiene un coste; los médicos, las enfermeras y demás personal necesario para dar servicio tienen que cobrar un sueldo; hay que pagar a los proveedores de los materiales que se utilizan, la energía que se consume y los medicamentos que se dispensan.

Todos estos recursos son escasos, por lo tanto, tienen un valor que ha de ser satisfecho para poder hacerse con ellos.

El Estado puede asumir el coste de todos estos recursos siempre y cuando se pueda gravar a los ciudadanos con los suficientes impuestos como para sufragarlos, pero el problema de esta práctica es que se desincentiva la reducción de costes, ya que el usuario pierde la opción de comparar precios al haber un único proveedor del servicio (al que ya ha pagado por la fuerza). Asimismo, se ralentiza la innovación, ya que los cambios en cualquier administración centralizada son difíciles de realizar. Aun así, si la sociedad es lo suficientemente rica como para soportar estos inconvenientes, el sistema universal público puede sobrevivir durante cierto tiempo.

En cambio, en países como la India no se pueden permitir despilfarrar el dinero de sus ciudadanos en este tipo de sistemas, simplemente porque no tienen el dinero necesario para mantenerlo. Por lo tanto, cualquier persona sensata que quiera extender la sanidad a capas deprimidas de la sociedad tiene un único camino: abaratar los costes de tal manera que sea accesible a la mayor parte de la población (que los pacientes puedan pagar el tratamiento y que la sociedad pueda asumir pagárselo a los que no tienen recursos para ello).

Al fin y al cabo, ese es el camino que ha recorrido la humanidad para abastecerse de productos y servicios que hace apenas cien años estaban reservados a reyes; si podemos tener aire acondicionado en casa o viajar a casi cualquier punto del planeta, no es porque el Estado lo garantice con sistemas públicos, sino porque emprendedores como Devi Shetty han conseguido bajar el coste de estos servicios hasta tal punto que una mayoría de ciudadanos se los puede permitir.

Por lo tanto, para que la sanidad sea universal, dejemos que el mercado actué haciendo que los costes bajen. Un sistema digno es el que salva al mayor número de personas posible, no el que condena a la mayoría en nombre de la política.

El circo sin pan

Ayer se dieron a conocer a las directrices generales del Plan Nacional de Control Tributario. No es algo excepcional, está previsto por ley que se publique cómo pretende el gobierno mejorar la eficiencia recaudatoria y la lucha contra el fraude fiscal durante ese año. Sin embargo, resulta más doloroso hoy que antes por las circunstancias económicas que atravesamos. Pero claro, ¿quién puede estar en contra de un plan que trata de eliminar el robo de unos ciudadanos a otros? Ese es el enfoque mezquino que se esconde detrás de este tipo de iniciativas. Y para explicarlo a quienes no tenemos problema alguno en cuestionar lo que haga falta, se recurre a la falacia más grande de todas.

Los impuestos deben pagarse como aportación a la financiación de los servicios comunes que todos utilizamos y por solidaridad, para que todos disfrutemos de determinado nivel de vida, se nos dice. De esa forma, cuestionar los impuestos es declararte en contra de pagar la parte que te corresponde de aceras, iluminación pública, etc., y también se entiende como defender que los viejecitos pobres se mueran por las calles y los niños, desnutridos, no estudien y acaben por llevar una vida miserable, probablemente en el mundo de la delincuencia.

Sin embargo, una cosa es estar de acuerdo en que si todos utilizamos servicios y bienes comunes como las calles o el transporte los gastos van "a escote", y otra aceptar que las cosas se hagan de cualquier manera. No todos los impuestos se utilizan para esos costes comunes, también se financian partidos políticos, sindicatos, fundaciones de todos los pelajes y se hacen transferencias a colectivos para las causas más peregrinas que uno pueda imaginar. A eso hay que añadir la corrupción en las instituciones, bien estatales, bien autonómicas y locales. Se financian cadenas de televisión deficitarias, institutos y comités duplicados, clientes electorales. Y, como era de esperar, la gente lo nota, y termina por no rebelarse, pero se siente justificada para incumplir la norma cada vez que puede.

Por otro lado está el tema de la solidaridad. ¿Es el Estado quien mejor asegura la provisión de esos servicios? ¿Como el caso de las pensiones? ¿O de la enseñanza? Y, sobre todo, ¿pueden los individuos elegir quién debe proveerlos? Frédéric Bastiat lo explica muy bien con su ejemplo de la carrera de caballos. Bastiat plantea que la provisión de bienes y servicios no es tanto como una carrera en la que es fundamental que todos los caballos pesen lo mismo para que no haya aventajados. Se trata de que el que corra más rápido llegue antes al campamento para entregar un mensaje muy urgente. Y ahí, si uno de los caballos pesa menos y es más veloz, no importa, porque lo relevante es entregar el mensaje. Es decir, en el caso de la sanidad, la enseñanza, nuestros mayores, niños y enfermos, lo solidario es asegurar que la provisión es universal y la mejor posible. Y no está claro que esa tarea la desempeñe mejor el Estado que la iniciativa privada, muchas veces es al revés. A pesar de lo cual, incluso si aportas datos objetivos, el mensaje sigue siendo que quieres que se mueran todos y eres una desalmada. Y te acusan de querer que haya medicina para ricos y para pobres.

No ayuda nada a sostener sus argumentos el que los gobiernos legislen de manera que establezcan categorías de ciudadanos: los "favoritos" y el resto. Unos, como los diputados, cobran unas pensiones y el resto, otras; o no declaran la mitad de sus ingresos y el resto trabajamos para el Estado la mitad del año. Unos (clientes electorales) reciben suculentas subvenciones para mantener viva una actividad que muchas veces es deficitaria, y al resto nos cuesta mantenernos como autónomos o PYMES.

Por eso es complicado que los ciudadanos de segunda aceptemos de buena gana este plan de lucha contra el fraude propuesto por políticos pillados en flagrantes mentiras y evidentes malos gestores de nuestro dinero.

Pero hay un caso en el parece que hay consenso. Se trata del respeto a la propiedad privada de los beneficios. Quienes guardan sus fortunas en "paraísos fiscales" tienen muy mala prensa y en estas directrices del Plan se expresa el propósito de luchar para que desaparezcan estos lugares en los que la tributación es menos estricta. Eso sí, se rechaza cualquier intento de Angela Merkel o Nicolas Sarkozy de homogeneizar fiscalmente la Unión Europea con argumentos olvidados cuando hablamos de fuga de capitales. Somos soberanos para establecer un sistema impositivo en nuestra nación, pero los países a donde los capitales de los ciudadanos españoles van no lo son tanto. El deber del Estado es crear un marco atractivo para que los inversores nativos se queden e incluso para que vengan los de fuera. De ahí que el Reino Unido haya tomado medidas para atraer a los inversores de fuera.

Finalmente, teniendo en cuenta la subida de impuestos reciente que no ha sido acompañada por un contundente esfuerzo de reducción del gasto, qué tipo de legitimidad tiene el gobierno de Rodríguez Zapatero para hablar de ajustar el presupuesto, sea de cara a la galería de la Unión Europea, sea porque no le llega para pagar a sus asesores. Ninguna, en mi opinión.

Pero no pasará nada. Mientras no prohíban el circo, nos quedaremos sin pan y tan contentos.

España debe quebrar

Ya son bastantes los analistas que creen que España suspenderá pagos. A estas alturas, ya no parece que sea una imposibilidad metafísica caer en default. Ante esta situación, existirán tres posibles "soluciones": utilizar algún fondo de rescate, monetizar deuda o dejar quebrar al país. Yo apuesto claramente por la tercera, es decir, dejar que España quiebre.

Me explico. El Fondo de Rescate ha demostrado ser un error tanto en la práctica como en la teoría. En la práctica, sólo hace falta ver a Grecia. Se le inyectaron 110.000 millones de euros, de los cuales 80.000 millones los pagamos todos los europeos. No han servido absolutamente para nada. Un coste que no recuperaremos y que tiene un coste de oportunidad brutal. Esto ya nos lo avanzaba la teoría: si se regala dinero a un país, no tendrá ningún incentivo de realizar reformas estructurales serias. A esto hay que unirle que, en realidad, este Fondo no llegaría ni a unos 350.000 millones de euros en caso de tener que rescatar a España.

Monetizar deuda sería otro peligroso error. A pesar de que es un recurso bastante usado por muchos bancos centrales de países como EEUU, Japón y Gran Bretaña, utilizar la política monetaria no arreglará los problemas europeos. Poner la máquina de imprimir billetes del BCE en marcha (y, por tanto, crear dinero de la nada) para adquirir obligaciones de Estados y empresas en dificultad lo único que conseguirá será devaluar el euro estrepitosamente (aunque sea de forma indirecta), además de incorporar a su balance bonos de baja o nula calidad crediticia a precios sobrevalorados. Esto sin contar que vulnera los principios básicos sobre los que se ha construido la Unión Monetaria.

Finalmente nos queda la opción de dejar quebrar a España, o a cualquier país que se encuentre en situación similar. Esto es, para empezar, una medida justa. ¿Para quién? Para el resto de contribuyentes europeos, principalmente alemanes, que deberían costear el rescate multimillonario español. Y es que lo justo no es que las finanzas públicas de los países miembros de la zona euro y el FMI soporten la enorme carga, sino que el coste del rescate lo sufraguen los tenedores de la deuda del país quebrado.

La quiebra de España sería también una buena medida para desincentivar el gasto desaforado y demás malas prácticas de otros Estados de la eurozona. Los estados se darían cuenta de que pueden quebrar y que de ser así no van a ser salvados, con lo que su endeudamiento sería mucho más prudente. De hecho, conseguirían bastante menos financiación por parte de los mercados porque éstos tendrán muy en mente que los países quiebran realmente (no sólo en la teoría), y estarían muy atentos a quién prestan su preciado dinero.

Volviendo a España, su quiebra (o incluso el riesgo real de quiebra) fomentaría verdaderas y necesarias reformas estructurales. Sin embargo, si fuera rescatada se perpetuarían muchos de los problemas actuales e imposibilitaría grandes reformas. Esto es lógico, los gobiernos se resisten a llevar a cabo cambios costosos y sustanciales en el Estado del Bienestar porque les pueden suponer mucha impopularidad e incluso la pérdida de elecciones (que es lo que realmente les importa). Sólo tomarán estas medidas si no les queda más remedio, es decir, por el riesgo de quiebra del país o cuando el país ya está quebrado.

La salud económica de España no pasa simplemente por suprimir el ministerio de Igualdad y poner parches al sistema público de pensiones (que también), sino por: reducir el peso y volumen del Estado notablemente eliminando muchas de las funciones de ministerios e incluso eliminando ministerios enteros; privatizar empresas, servicios y bienes estatales para ayudar a pagar la monstruosa deuda que tiene el Estado; transformar drásticamente el mercado de trabajo; desregular, agilizar y dinamizar las actividades económicas; reducir los impuestos para dar oxígeno financiero a particulares y empresas; eliminar el Impuesto de Sociedades para fomentar la creación de empresas, evitar que desaparezcan PYMES cada día y para atraer capitales extranjeros que generen trabajo, prosperidad y riqueza; que el Estado deje de gastar y endeudarse como si no existiese un mañana, entre otras muchas cosas.

El núcleo de la cuestión es crear un país dinámico y vivo de ciudadanos emprendedores, maduros y responsables, en vez de una sociedad parasitaria e inmóvil.

Y para ello es necesario que España quiebre. Esta es la realidad. Lo siento.

Cameron apuesta por Occidente y sus valores

Se cumplen nueve meses de la victoria electoral del Partido Conservador británico. Nueves meses donde la realidad doméstica ha tenido una importancia capital y dentro de ésta, combatir la crisis económica (en genérico) y reducir el gasto público (más en particular) han sido sus grandes obsesiones.

Sin embargo, además de este macro-problema, heredado de un pésimo gobierno de Gordon Brown, plagado de recetas intervencionistas y de concesiones a los sindicatos, el panorama interior de Reino Unido contiene otras situaciones problemáticas que exigen decisiones y medidas urgentes. Algunas de ellas pueden parecer impopulares, ya que pertenecen a la esfera de lo social, terreno siempre delicado de abordar.

Durante sus años en la oposición, uno de los conceptos que en mayor número de ocasiones pronunció David Cameron fue el de Broken Society (sociedad rota) con el que denunciaba la ausencia de cohesión y pérdida de valores fundamentales (como la importancia de la familia) que se estaba percibiendo en Reino Unido.

Pero había más: un fracaso flagrante de las estrategias de integración de las diferentes nacionalidades existentes en el país.

Dicho con otras palabras: el multiculturalismo, más allá de ser un concepto mediático, era el gran culpable de la fragmentación que actualmente vive Reino Unido al amparar, bajo una mal entendida tolerancia, su guetización. En las filas del Conservative Party, no había sido un tema analizado con suficiente profundidad y rigor durante los liderazgos anteriores (William Hague, Ian Duncan Smith y Michael Honrad), especialmente por temor a ser etiquetados negativa y peyorativamente, optando, en consecuencia, por seguir las premisas que el Labour Party establecía al respecto.

En Bruselas, el Primer Ministro fue claro cuando afirmó que el multiculturalismo había fracasado allí donde se había empleado. Angela Merkel fue pionera al hacer esta acusación el pasado mes de septiembre en plena Conferencia de su partido y en pleno debate de la sociedad alemana sobre las tesis de Thillo Sarrazin sobre el fenómeno migratorio en Alemania. Le llovieron los reproches y las acusaciones; aun así, no cambió de parecer.

Con Cameron está acaeciendo lo mismo, puesto que se trata de un comentario que genera más críticas, especialmente a nivel mediático, que réditos políticos, todo ello sin perder de vista la reacción que puedan tener sus socios los liberales-demócratas. Esta formación ya mostró tendencia en el pasado a dejarse fagocitar alegre y acríticamente por las garras del buenismo.

Asimismo, el emitido por Cameron en Bruselas no es un mensaje de consumo interno, sino una advertencia lanzada a nivel global que no quedó simplemente en una frase sin contenido, sino que había mucho más. Contenía una denuncia a la dejadez de Occidente a la hora de defender sus valores tradicionales, tales como la libertad o los derechos humanos, todos ellos principios universales y que, en aras de una mal entendida mayor integración-tolerancia, se habían perdido de vista. Este fenómeno, en última instancia, ha servido para que sociedades como la británica hayan dado amparo legal a quienes se oponen, y no precisamente desde un punto de vista teórico, a la civilización occidental.

Precisamente, David Cameron denunció esa "tolerancia pasiva" que ha provocado que los valores tradicionales británicos hayan dejado de promoverse, cuando son precisamente los que motivaron que un buen número de personas procedentes de diferentes países escogieran Reino Unido como centro desde el que desarrollar su vida personal y profesional. Se trata, en consecuencia, de alentarlos, y no de utilizarlos como subterfugio en el cual se amparen quienes desean liquidarlos.

Como era de esperar, las reacciones de sus oponentes políticos no se han hecho esperar. El responsable de los asuntos de justicia del Labour Party, Sadiq Khan, ha tildado al Primer Ministro de "extrema derecha". No es sorprendente. Este es el adjetivo que normalmente se emplea hacia alguien que se sale de los parámetros de la corrección política.

En definitiva, el modelo de integración que defiende David Cameron no es sinónimo de asimilación, como quieren hacer ver algunos, sino de todo lo contrario: de asumir por todos y sin excepción que el Estado de Derecho es un todo homogéneo y que en ningún caso su entramado jurídico debe de servir de excusa para conductas que en última instancia buscan atentar contra él.

Las amistades beneficiosas

La seducción, el manejo de símbolos, expectativas y promesas falsas o semifalsas es parte importante de las relaciones sociales. Hombres y mujeres se atraen mutuamente mostrando lo más excepcional de sí mismos aunque lo sea tanto que es, en muchas ocasiones, es solamente en el periodo de seducción cuando despliega la cola el pavo real. Tal proceso, basado en buena parte en la falsedad, definida ésta como lo no regular, es fundamental para facilitar la vinculación entre hembras y machos humanos, sin duda.

Considerando las instituciones sociales, se puede descubrir en ellas esta característica, es decir, el fundamento falsificador de las mismas. Y esa falsificación, ese manejo de símbolos, señuelos, promesas incumplibles o de cumplimiento relegado, es fundamental para someter los más primarios instintos animales a las más pragmáticos y sociales instituciones sociales. Hayek lo explicaba mejor, sin duda, que uno mismo. Las instituciones de la sociedad abierta suponen o, más exactamente, exigen, la represión de los instintos y, por más paradójico que parezca, lo hace sin llegar a la conciencia racional de lo que sucede. Y es en este punto, en el de la irracionalidad supra-instintiva de las instituciones sociales más útiles y perdurables, donde cabe decir, con Hayek, que un cierto grado de falsificación es necesario. No importa tanto si Dios existe o no, si Yahvé puso en verdad a prueba a Abraham o si es un mero invento que Jesús resucitó o no. No cuestiono con ello el valor de verdad de estos u otras creencias, pero sí que cumplen una función social tan importante que, por hacerlo al margen de dicho valor de verdad, habilitan la falsedad en cierto grado y bajo ciertas condiciones.

Abundando en ello, los seres humanos somos tan propensos al señuelo que sentimos un placer inmenso practicando la invención de señuelos sometido a reglas. Eso es el juego. Engañar para llevar al otro donde se desea sin que lo pueda evitar sabiendo que el rival puede hacer lo mismo. Las grandes creencias, religiosas o no, han de pugnar con otras rivales y cuando se imponen, articulan la vida social y son la base de institutos sociales grandes, medianos y pequeños soportando siempre contradicciones internas que, dependiendo de un complejo juego competitivo, llevan la evolución del conjunto en una dirección o en otra.

Es por ello que, parafraseando el título del film Las amistades peligrosas, la mayor parte de las relaciones parcial o generalmente engañosas benefician más que perjudican y el mero esfuerzo por ganar el corazón de los hombres, ofreciéndoles un acogedor sentimiento de pertenencia y un significado vital, satisface al seducido. No se trata de que éste calcule racionalmente el beneficio de dejarse "conquistar", sino de que se gane su corazón, que es ni es instinto ni es razón, aunque modifica al primero y surte de energía a la segunda.

La Revolución de los bombillos y sus memes

Todo empezó en Cuba. Las bombillas incandescentes de toda la vida cayeron en desgracia desde que Fidel –faro de la ética izquierdista– las condenó al ostracismo. En la primavera de 2005 fueron tratados los bombillos (allí son denominados en masculino) como agentes enemigos y despilfarradores. Fue también el año en que Castro bendijo en público las ollas a presión. Los frecuentes apagones de tan sólo siete horas al día hicieron tomar al comandante una drástica decisión: se prohibiría su venta –tanto en moneda nacional como en divisa– y se proscribiría su importación. Serían sustituidos por bombillos ahorradores, esto es, por lámparas fluorescentes compactas de bajo consumo (CFL, sus siglas en inglés).

Se decretó el año 2006 como el de la Revolución Energética en Cuba. "Pensábamos –dijo el conductor del circuito cubano– que la electricidad era asunto de ingenieros y es de políticos". Se iba a impartir por vez primera en la historia una implacable lección a todo el mundo al grito de "muerte al incandescente" (cansina manía la de los revolucionarios de querer matar siempre lo que no toleran). Así, miles de entusiastas estudiantes, trabajadores sociales y brigadas de defensa de la revolución fueron casa por casa, fábrica por fábrica cambiando masiva y gratuitamente los bombillos gastadores por los ahorradores. Todos aquellos que dudaban del cambio para evitar que la casa de uno pareciera una sala de hospital fueron considerados "disidentes lumínicos". No habría en el mundo país que ahorrase tanta energía eléctrica como Cuba. Sería, además, la campeona en crear una conciencia ciudadana de lucha contra el calentamiento global. Ella sola.

La Fundación Mundial de Vida Silvestre (WWF) quedó tan deslumbrada ante semejante gesta ambientalista que en su informe de 2006 declaró a Cuba como el único país del mundo con un modelo social y económico probadamente sostenible (con un par).

Como parte de la solidaridad y la cooperación que debe existir entre los pueblos adictos al Socialismo del siglo XXI, varios países pioneros de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), a saber, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, se unieron a la rutilante fiesta de ahorro energético diseñada por Castro para aliviar a la Pachamama calenturienta.

Un caso destacado fue Venezuela. El adalid Chávez se aprestó a firmar un acuerdo marco con los de La Habana al pedir apoyo a decenas de orientadores cubanos con el fin de poner en marcha en diciembre de 2006 su plan de recambio en el que también participó una ingente muchachada de voluntarios patrios recorriendo cada hogar. Se hizo un pedido a Cuba de unos 52 millones de bombillas revolucionarias fabricadas todas ellas en China y en Vietnam. Nadie en Electricidad de Caracas supo dar detalles sobre el "apoyo económico" que el gobierno venezolano entregó a cambio a los austeros y sufridos mediadores cubanos.

La brillante idea acabó contagiando la lejana Oceanía. El primer ministro de Australia, John Howard, del partido conservador, anunció en febrero de 2007 que todas las bombillas incandescentes serían sustituidas en su país por las más ecológicas y eficientes antes de finalizar el 2010. Sabido es que a los partidos de derechas les gustan las iniciativas progre-ambientalistas más que a un niño un chupa-chups. Sobre todo si provienen de un país no firmante del protocolo de Kyoto, como era el caso de Australia. Devino, así, un ejemplo para el resto de países desarrollados en la lucha contra los gases de efecto invernadero (GEI). Sin embargo, tuvo la imperdonable descortesía de no reconocer que la idea había sido parida por vez primera por el iluminado Castro.

Pocos meses después, la refulgente revolución sería ya imparable. El gobierno canadiense anunció a los cuatro vientos que eliminaría su venta antes de 2012 también en su territorio. El Congreso estadounidense tomó nota y aprobó, bajo la férula de Bush, una ley federal encaminada, entre muchas otras medidas, a eliminar para siempre las viejas incandescentes en 2014 como tope. Algunos Estados como Illinois o California –hoy quebrados, para más señas– iniciaron antes la senda de la prohibición absoluta en su respectivo territorio.

Poco más tarde, la canciller alemana y por entonces presidenta de turno de la Unión Europea, Angela Merkel, hizo un ejercicio de pedagogía ecológica al destacar la importancia del alumbrado eficiente para luchar contra el cambio climático. Declaró que su casa la tenía toda ya de bombillas de bajo consumo, si bien lamentó que no daban todavía suficiente luz y, a veces, cuando buscaba algo que había caído a la alfombra era un problema. Una forma políticamente correcta de decir que la luz que daban era una cutrez. Como en aquellos momentos los líderes políticos europeos estaban enfervorecidos por la visión del doloroso documental algoriano, acordaron raudos planificar la implantación de las bombillas CFL dentro de los planes generales de reducción de emisiones de GEI. Fruto de ello fue la normativa europea de 2008 para la prohibición de la comercialización y retirada progresiva de las bombillas tradicionales de las estanterías de todas las tiendas y almacenes de los estados miembro. Así, en septiembre de 2009 desaparecieron completamente las incandescentes de 100 W, en 2010 fueron las de 75 W, este sep. de 2011 les tocará el turno a las de 60 W para concluir el destierro de todas ellas en septiembre de 2012.

En España, dentro de esa ola neo-fluorescente, nuestro ministro de industria, además del gesto de quitarse la corbata durante los meses de calima en el trabajo, derrochó 137 millones de euros del contribuyente en enviar bombillas CFL a todos los hogares españoles para inculcarnos las bondades sobre el ahorro energético sin reparar que una población que disfruta de energía eléctrica artificialmente barata y subvencionada carece de incentivo serio para ahorrar. Claramente fue una estrategia con muy pocas luces. Eso sí, se cuidó muy mucho de señalar la inspiración castrista de su "sebastianada" por temor tal vez a ser comparado con el modelo de sustentabilidad y escasez óptimo que existe en aquella isla.

Hoy son ya más de 40 países los que han defenestrado deshonrosamente la bombilla de Thomas Edison después de que ésta haya rendido servicio a lo largo y ancho del mundo durante 130 años ininterrumpidamente (se dice pronto).

A pesar de los lobbies de compañías multinacionales y de los grupos ecologistas, no hay que pretender conseguir a toda costa lo que nos dicen los estudios por medio de intervenciones públicas porque quizá no sea bueno para la sociedad. La borrachera de los grandes y heroicos objetivos colectivos tiene su posterior resaca. Todos los políticos de postín eco-sustentable se quieren poner medallas luminosas, pero ninguno reconocerá abiertamente las sombras que la prohibición de las incandescentes y el cambio masivo de las CFL acarrea. Éstas contienen en su interior vapor de mercurio, altamente tóxico para el medio ambiente y el hogar, como informan ya algunas agencias gubernamentales (1,2). Esto no sería problema alguno si hubiese una adecuada y deseable infraestructura de recogida y reciclado de las mismas, cosa que no existe. Además, los mismos políticos y su legión de burócratas europeos que prohibieron en su día la exportación y la producción primaria de mercurio por su venenosidad no tienen luego reparos en fomentar que éste cuelgue encapsulado masivamente sobre las cabezas de sus ciudadanos en estado gaseoso.

La prohibición de las incandescentes reduce el bienestar de la sociedad porque se elimina completamente la libertad de elección de los diferentes tipos de bombillas (no todos los consumidores, ni todos sus usos son iguales) y desaparece el estímulo a innovar de los fabricantes de bombillas de bajo consumo, pues han sido agraciados por la elección de tecnología por parte de los gobiernos. Éstos suelen, por lo general, errar. Es muy posible que las lámparas de bajo consumo sean sólo una buena solución coyuntural de eficiencia en un proceso permanente de desarrollo por el que se alcanzarán soluciones futuras muy mejoradas (sin ir más lejos, las bombillas de diodos LED que logren ser más baratas y de luz más cálida que las actuales o cualquier otra oferta tecnológica hoy desconocida). Así, la uniformidad impuesta puede revelar –a la postre– una cortedad de miras de larga duración.

De quejas y arbitrariedades

La decisión del Gobierno socialista español de recortar las subvenciones y ayudas a las energías renovables ha puesto en pie de guerra a los productores que viven de ello y, en una primera aproximación, no puedo dejar de darles la razón. Durante los seis años que lleva en el poder José Luis Rodríguez Zapatero, las energías renovables han sido una constante en su caótica política energética. El apoyo de los diversos ejecutivos, a través de los ministerios de Medio Ambiente e Industria o sus equivalentes, se ha materializado en un chorreo de millones de euros que ha permitido al sector vivir y prosperar.

Incluso la picaresca hispana ha entrado en juego y la Comisión Nacional de Energía ha detectado no pocos casos de fraude cuando, por ejemplo, los parques solares han empezado a producir energía en plena noche. No está en mi ánimo asegurar que la mayoría, ni siquiera una minoría significativa de empresarios, se ha beneficiado ilegalmente de éste o cualquier fraude, conocido o desconocido. Tampoco está en mi ánimo decir que la Administración se ha hecho la loca en cuanto al seguimiento de las condiciones que los productores deberían cumplir y que algunos, seguro que muy pocos, no han cumplido. Pero es que la desidia de los unos y la búsqueda de dinero fácil de los otros se han unido como el hambre y las ganas de comer.

Digo que les doy la razón porque es lógico que quienes han invertido mucho, incluso se han endeudado, en un negocio tan redondo y tan fácil (si es que tienes los contactos adecuados dentro de la Administración para que los permisos sean rápidos), ahora vean que tanta inversión, tantas cuentas de la lechera se vengan al traste. Esta sensación de marionetas en manos de nuestros políticos ha llevado a algunos empresarios a experimentar la sensación de que les han "robado", que el Gobierno ha jugado con sus negocios, que está jugando con el pan de sus hijos, de algunos sobrinos y de no pocos primos.

Durante seis años los productores de energías renovables se han beneficiado de unas condiciones legales que, de manera arbitraria, sucesivos gobiernos españoles han ido cambiando según les apetecía, satisfaciendo las necesidades de sus gurús ideológicos y los de una ristra de empresarios, grandes y pequeños, muy cercanos al poder o amigos de la subvención, que no han dudado en cambiar quizá el girasol por el molinillo o el espejo.

Durante estos últimos seis años, las energías renovables se han pagado y muy caras. Según datos de REE durante 2009, la prima equivalente de la energía solar ha sido de 429,59 € por MWh; para el tratamiento de residuos, 83,57; en biomasa, 73,80; en cogeneración, 48,18; para la hidráulica, 43,21; para la energía eólica, 42,83; y, por último, en residuos, 30,14. La prima media ha sido de 76,50 € por MWh. Y este dinero ha salido directamente de todos los usuarios de electricidad de España, que son casi todos los españoles y no pocos no españoles  que pasaban por aquí.

La arbitrariedad política, que se ha manifestado durante estos últimos seis años en forma de legislación cambiante, ha posibilitado tomar el dinero de muchos españoles totalmente desorganizados y se lo ha entregado a unos pocos, perfectamente organizados, cercanos al poder o al menos conocedores de los intríngulis de la Administración pública. Y, repito, han vivido muy bien durante este tiempo.

Que una empresa invierta en función del marco legal no quiere decir que no sea moralmente reprobable. Que una ley autorice a beneficiarse de lo que se arrebata a otros no quiere decir que esté bien. El sobrecoste, que es legal, lo pagamos entre todos, queramos o no. A diferencia del empresario que entró en el negocio de manera voluntaria, asumiendo un riesgo, pero  aprovechándose de la capacidad de coacción del Estado, el consumidor no puede elegir si quiere usar un tipo de electricidad frente a otro y así pagar voluntariamente ese sobrecoste.

Puedo entender su queja, pero de la misma manera que la arbitrariedad les ha permitido vivir bien durante este tiempo con un riesgo mínimo, ahora les ha arrebatado parte de estos ingresos ajenos al mercado, es decir, ajenos a los intercambios libres de bienes y servicios. Supongo que cuando al ciudadano medio, al que no es empresario o lo es pero no vive de un sector favorecido, le quitaron el dinero que tanto trabajo le costó ganar, los productores no se plantearon la injusticia que se estaba cometiendo. No seamos hipócritas, no seamos cínicos. Toda actividad empresarial tiene un riesgo, pero puede que no lo sepa quien no lo experimenta a menudo.

Por otra parte, si tan claro tenían que el desastre era inminente, ¿por qué no desinvirtieron en este tipo de energías y se dedicaron a otro negocio con más futuro? Dicen los empresarios que si se hubiesen cumplido los límites establecidos en el Real Decreto 436/2004, 150 MW, y en el real Decreto 661/2007, 371 MW, no se hubieran planteado los problemas actuales, pero la imprevisión del Ministerio al modificar la normativa legal acrecentó el problema, incrementado el coste de las primas.

Los productores confiaron en el Gobierno, pensaron que la teta del Estado no tenía fin, que el dinero público o la intervención solucionarían los problemas que se plantearían en un negocio tan lucrativo. Pero han llegado los momentos de vacas flacas, ya no caben más y, de los que hay, algunos deberán mirar hacia otros caminos. Y no será porque no hay sectores subvencionados susceptibles de ser aprovechados.

Actualizaciones de Estado

Todavía no hemos conseguido recrear mundos virtuales como los de Matrix o el de las holobandas de Caprica, pero existe ya un mundo virtual habitado por millones de personas. A golpe de actualización de estado, individuos de todo el globo se comunican, intercambian información, vídeos, fotografías y otras experiencias. Amistades que hace unas décadas habrían sido olvidadas para siempre pueden mantener el contacto, grupos de música que jamás conseguirían una audición logran que sus canciones sean escuchadas por miles de personas…. Y un millón de posibilidades más que no cabrían en este comentario, que también puede ser compartido y discutido en esas mismas redes.

Existen opciones para todos los gustos y no son excluyentes entre ellas. Si Facebook ha conseguido la hegemonía, otras se hacen fuertes en ciertas regiones, como Tuenti en España o studiVZ en Alemania; los más picarones pueden recurrir a Chatroulette y los que busquen un perfil profesional a Linkedin . No hay poderes incontestables y las barreras de entrada artificiales creadas por la acción política son apenas inexistentes, los grandes de ayer intentan reconvertirse para no perecer como MySpace; los gigantes que tienen los ases de la baraja no despegan con sus apuestas, como Google con Buzz. Hay redes sectoriales que se integran con otras y las complementan de lugares, fotografías, música, etc. Podriamos hacer una fotografía de este mundo virtual hoy, pero no tendría nada que ver con la que sacaríamos el día de mañana. Redes sociales que obedecen a momentos y lugares dispares, pero que tienen en común haber surgido por la necesidad humana de relacionarse, el mundo virtual no hace más que reproducir el comportamiento real, lo complementa y aumenta las posibilidades.

Socialmente el auge de las redes sociales puede suponer una moda pasajera o llegar a integrarse en nuestras vidas hasta convertirse en indispensable, como lo han llegado a ser otros avances que hace unas décadas ni se imaginaban. Políticamente, el ejemplo puede ilustrar nuevos modelos de organización hasta ahora circunscritos a la utopía. Los tres pilares sobre los que se levanta el Estado son la soberanía, la población y el territorio. Si la globalización ha socavado el principio de territorialidad de los estados, en Internet sencillamente se ha volatilizado. Las transacciones y relaciones entre dos o más individuos en el mundo virtual tienen como único límite el interés común entre ellos para llevarlas a cabo, no existe otra frontera que la voluntad del intercambio. Por eso puede resultar interesante comparar y trasladar el modelo de las redes sociales al ámbito político.

Las características de este mundo virtual es el de la voluntariedad en el que podemos entrar a formar parte de esas redes que se rigen por sus propias -y peculiares- normas que nosotros aceptamos al entrar. Si, por cualquier razón, no nos gustan, podemos terminar esa relación contractual. Tenemos la opción de formar parte de una y otra, o de varias al mismo tiempo; naciones virtuales que siguen sus reglas dentro de una red de servidores interminable que conforma Internet. Podemos, incluso, llegar a crear nuestro pequeño mundo virtual regido por nuestras propias normas dentro de esa neutralidad si las que existen no llegan a convencernos o, sencillamente, nos diverte. ¿Por qué no pensar en una forma política basada en esos principios en lugar del monopolio exclusivo en todos los ámbitos, característico del estatismo?

Entre tanto, los socialistas de todos los partidos intentan regular un ámbito que no comprenden. La descentralización, construcción cooperativa y libertad de la Red es tal que desconcierta a cualquier colectivista. Superada la territorialidad, trasladar los servidores de las páginas que vulneran la legislación de un Estado es suficiente para sortear muchas prohibiciones. Las direcciones prohibidas pueden enmascararse y la inmediatez de la creatividad libre siempre se adelantará a las prohibiciones de la maquinaria burocrática. Tampoco es que este comportamiento nos resulte ajeno: aquellos que ganan cuantiosas sumas de dinero se protegen de la voracidad impositiva del Estado refugiando sus legítimas ganancias en territorios de mayor libertad fiscal. La vida, y la libertad, se terminan abriendo camino.

No hay mejor garantía de neutralidad de la red que la ausencia de regulación, como no hay mejor garantía para nuestra libertad que la responsabilidad individual y el respeto a la propiedad privada. La neutralidad no consiste en garantizar mínimos o máximos de nada pues semejantes injerencias constriñen y manipulan la iniciativa que es capaz de ver más allá, la oportunidad que el emprendedor adelanta y de la que los demás se benefician. Lo que exigimos en el mundo virtual también debemos exigirlo en el mundo tangible; no basta con actualizar el estado con una ocurrencia feliz, hay que ser consecuente y aspirar a una libertad semejante en todas facetas de nuestras vidas.

Se puede pensar más allá del Estado, solo hay que rebasar el límite que la Humanidad se ha impuesto desde la modernidad. Los estados no han existido siempre y, como toda creación humana, sucumbirán. El cómo y el cuándo queda reservado para los dioses o los adivinos pero el resto de mortales debemos tener en cuenta que no solo se pueden concebir formas políticas diferentes al Estado sino que ya han existido y pueden surgir de nuevo. La teoría política no debería ceñirse a tamizar todos sus análisis y teorías sobre el Estado desestimando toda alternativa. El reduccionismo y el particularismo son característicos de la ideología y el sectarismo mientras que el pensamiento debe aspirar a ser abierto y universal.