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La derecha sin remedio

Simple y llanamente, lo que le falta a la derecha es una filosofía individualista que estructure su pensamiento Hasta ahora, la derecha ha sido conquistada por una mezcolanza entre reacción al progreso y religiosidad llevada a la política, donde los grandes temas eran la oposición al aborto, a la eutanasia y a las células madre y la defensa de la familia. Normalmente, si bien se ha sostenido la importancia de la propiedad, se han aceptado infinitas concesiones en nombre del pomposo "bien común".

El conservadurismo como filosofía es claramente incapaz de oponer a la izquierda algo más que un miedo al experimento y una crítica del racionalismo extremo con que el socialismo quiere re-diseñar al hombre. Por ello, y dependiendo de las circunstancias ha tenido que asumir ideas de otros, normalmente de los liberales. De ahí que, a veces, se produzca una alianza liberal-conservadora en la que al final, la puñalada siempre la reciben los mismos: los amigos de la libertad.

Los conservadores, por su desdén hacia el individualismo, son incapaces de aceptar la necesidad de separar el Estado de la sociedad. El individualismo lo que plantea es algo muy sencillo, que el hombre cuenta con unos derechos y que el Estado debe respetarlos porque las personas tienen unos fines y, para cumplirlos, precisan una esfera de soberanía personal para decidir y actuar en consecuencia. Por eso, si un señor quiere drogarse o lanzarse por un precipicio, está en su derecho. Nadie, repito, nadie es quien para impedírselo.

Esta idea, aparentemente sencilla, no suele ser digerida con facilidad. Normalmente, se prohíben comportamientos porque así se protegerá a los menores y se evitarán males mayores. Pensar en estos términos impide que se produzca un verdadero cambio social. Si el propósito es acabar con la hegemonía de la izquierda, hay que ofrecer un ideario coherente basado en el sacrosanto principio del "déjeme en paz". Dicho de otra forma, vive y deja vivir.

Bajo este principio, se insiste en la responsabilidad individual y en los costes que para cada uno tienen sus decisiones. Si alguien desea predicar el anticapitalismo y las comunas hippies, adelante. Que consiga un terreno, unos cuantos amigos y se lance a ello. Que alguien quiere ser profundamente religioso, pues fantástico, que él y los suyos cumplan con lo que establece el credo que profesen. Pero en todos y cada uno de estos casos, por favor, que no nos digan cómo debemos comportarnos.

El que la derecha acabe asumiendo el individualismo, desgraciadamente, no es cuestión de tiempo. En sus genes se halla cierto espíritu colectivista, aunque todavía queda algún resabio de libertad. Que en sus venas corra más sangre liberal es algo sólo remotamente probable porque, como dijo Acton, "en cualquier época han sido pocos los amigos sinceros de la libertad, y sus triunfos se han debido a minorías, que han prevalecido por su asociación con otros, cuyos objetivos a menudo eran distintos a los propios; y esta asociación, que siempre es peligrosa, a veces ha sido desastrosa, al darle a los adversarios bases justas sobre las que oponerse, y por disputarse inocentemente el botín a la hora del éxito. Ningún obstáculo ha sido tan constante o tan difícil de superar como la incertidumbre y la confusión referidos a la naturaleza de la verdadera libertad."

Sin embargo, aún hay lugares como éste, donde el amor por esa libertad y por el respeto al individuo son tan grandes que, sólo por eso, merece la pena seguir creyendo en que algún día, una gran mayoría tengan el laissez faire por leit motiv.

El futuro del chavismo

Habida cuenta de que la tercera parte de la renta nacional venezolana y alrededor de la mitad de los ingresos gubernamentales proceden del petróleo, no hace falta ser un lince para adivinar que la suerte de Hugo Chávez –como ocurrió con la de sus predecesores– está en manos del precio del crudo. Cuando Hugo Chávez llevó a cabo su primera intentona golpista (febrero del 92), el oro negro venía de perder el 50% de su cotización en poco menos de un año y medio. Cuando ganó las elecciones de 1.999, el barril de petróleo no alcanzaba los 15 dólares.

Desgraciadamente, desde que Chávez llegó al poder, el petróleo ha multiplicado su precio por cuatro. Tal aluvión de dólares ha convertido a lo que no hubiese pasado de ser un demagogo iluminado en un peligroso megalómano con recursos suficientes para influir decisivamente en toda América Latina. El grifo petrolero ha permitido en el último par de años sufragar las elecciones de Evo Morales en Bolivia, Daniel Ortega en Nicaragua y, recientemente, Rafael Correa en Ecuador, amén de haber estado a un paso de colocar a López Obrador y a Ollanta Humala como mandamases de Méjico y Perú, respectivamente; los petrodólares de este antiguo militar golpista engrasan una inmensa maquinaria de agit-prop por todo el mundo y hasta aspiran a prolongar el castrismo cuando el tiranosaurio ya ha enfilado el camino del cementerio.

El cuadruplicado precio del oro negro también ha permitido la política de “pan y circo” con la que apuntalar la base social y electoral del chavismo, costear las milicias roji-pardas “bolivarianas” y hasta dar viabilidad por un tiempo a los controles de precios que Chávez decretó en 2003 (subvencionando a productores, financiando importaciones…).

Pero Chávez es también esclavo de sus gastos. Cada vez que el petróleo baja de precio, las cuentas dejan de cuadrar. El gasto chavista pasa a financiarse con una mezcla de inflación monetaria y oleadas de expropiaciones. Hasta ahora tal cosa sólo ha ocurrido en contadas ocasiones. La primera caída significativa en el precio del petróleo coincidió –no por casualidad– con el apogeo de la rebelión cívica contra el chavismo (2001-2002). Chávez decreta el control de precios a principios de 2003 para aparentar “combatir” la inflación por él creada y de paso tener a quién culpar cuando los desabastecimientos se produzcan. Pero la imparable subida del petróleo a partir del 2003 llega en su auxilio. Chávez no sólo logra salvar la cabeza y tapar huecos, sino tener millones y millones que distribuir y despilfarrar.

La segunda corrección de importancia se ha producido en los últimos seis meses en los que el barril ha caído desde los 75 a los 50 dólares (adviértase que el gráfico incluye, asimismo, predicciones para la primera mitad del 2007 que el lector hará bien en pasar por alto, pues son poco más que un ejercicio de adivinatoria). De nuevo, se ha puesto en marcha la consabida combinación de envilecimiento monetario y zarpazos expropiadores. Chávez vuelve a estar en apuros y si el petróleo no llega en su ayuda nuevamente, sus políticas socialistas tan sólo servirán para acelerar el colapso completo de la economía.

¿Mi vaticinio? Hugo Chávez Frías difícilmente resistiría en el poder en el caso de que el barril de petróleo se mantuviese por debajo de los 40 dólares durante más de año y medio. Si tal cosa sucederá o no es algo que sólo el futuro nos aclarará.

El especismo, la última frontera de la estupidez

Hay una regla de oro en política que nunca falla: toda estupidez no sólo es susceptible de ser superada sino que, en la práctica, es siempre e inevitablemente superada. Lo vemos a menudo entre los que viven de ella, y si no van más allá es porque pisar el acelerador pondría en entredicho la paga del mes. Entre los que se dedican a teorizar en universidades y ONGs, en cambio, la cosa cambia. Si el discípulo no supera al maestro en desvarío y chifladura ni uno es discípulo ni el otro maestro.

Cuando creía haberlo visto todo en cuanto a servilismo, ideas descabelladas y modos de perder el tiempo a costa de los demás, me he encontrado con una corriente de "pensamiento" que deja en la cuneta todo lo que ha pasado delante de mis ojos en los últimos veinte años. Se trata del especismo, un "ismo" idiota a añadir a otros tantos, que, de puro extravagante que es, me ha llamado tanto la atención que me he informado de qué y contra quién va.

Fue creado por un psicólogo británico llamado Richard Ryder en la década de los setenta y consiste en la creencia de que todas las especies, bueno, no todas, sólo las animales, son iguales y están dotadas, por lo tanto, de los mismos derechos. Debidamente hilvanada la teoría sobre un principio tan absurdo, el psicólogo concluyó que los perros, los gatos o los chinches de los colchones son exactamente lo mismo que los seres humanos y como tal hay que considerarlos. Quien no comulgue con esto es algo parecido a un racista. Así de simple.

Sin entrar en cuestiones obvias, como que se debe tratar a casi todo el reino animal con respeto y del modo más humano posible, la especie (y nunca mejor traído un sustantivo) que Ryder y sus epígonos propagan es una soberana estupidez. Lo es porque la vida humana vale mucho más que la de cualquier animal, y en esto no creo necesario recurrir a teoría ni escuela de pensamiento alguna sino que al más elemental sentido común, que es de lo que andan ayunos los especistas.

Por desgracia, nuestro mundo no es un lugar donde la razón impere siempre. Los especistas se han hecho hueco y sus irracionales soflamas impregnan buena parte del movimiento ecologista. Pretenden, por ejemplo, que dejemos de comer carne (los que podemos, claro) para integrarnos en su dieta vegetariana o vegana, que es una variante pero absteniéndose hasta del queso. Hace unos años los especistas más bizarros, que se agrupan bajo una asociación cuyo nombre tiene ciertas connotaciones narcóticas: PETA, lanzaron una campaña que decía, textualmente, "Holocausto en su plato" haciendo referencia a la afición que muchos tenemos de comer pollo frito. No entro en la banalización del verdadero holocausto, pero sí en lo desmadrado del eslogan, propio de gente que no está bien de la cabeza.

Pretenden también proscribir la caza, la pesca y que dejen de criarse animales para consumo humano. No se plantean que muchas especies existen precisamente por eso, porque las consumimos, de ahí que tengan su supervivencia garantizada mientras la especie humana esté sobre la Tierra. Tampoco se plantean que una dieta rica debe ser completa y no sólo a base de vegetales. No tienen en cuenta que millones de personas viven de la industria alimentaria y gracias a la industria alimentaria. Y, por supuesto, en ningún momento piensan que cada uno come lo que le viene en gana cuando le viene en gana, siempre y cuando no termine en su plato un semejante, es decir, un ser humano. Porque esta es la madre del cordero. Los seres humanos no somos iguales que el resto de los animales. Estamos por encima en la escala evolutiva. Creo que eso debería ser suficiente, aunque lo reconozco, explicar algo tan básico a los de PETA puede ser tarea imposible.

Riñones para la libertad

Para la libertad, sangro, lucho, pervivo, para la libertad (Miguel Hernández)… “si nos dejan”, dirían algunos.

Me refiero, claro está, a la actual legislación española sobre trasplantes de órganos, que entre otras cosas requiere un diagnóstico de muerte cerebral previo a la extracción del órgano que vaya a ser trasplantado. Como sólo contamos con un corazón o un hígado, es obvio que tales órganos o se le extraen a un muerto o a un vivo a la fuerza; dejo las disquisiciones sobre el bizarrismo contractual a los interesados en ellas.

A pesar de que la ley se autoproclama respetuosa y promotora “de los principios de altruismo, solidaridad, gratuidad, información, consentimiento informado de los donantes vivos, comprobación de la no oposición de los fallecidos y finalidad terapéutica” se me ocurren al menos dos casos en los que, existiendo casi todos estos requisitos, formulados además por un ser vivo, no a posteriori por un fallecido, el trasplante de órganos está actualmente, e injustamente, restringido.

En 2003, había en España más de cuatro mil personas a la espera de un trasplante de riñón. A menudo, los pacientes de insuficiencia renal han de esperar hasta dos años para que aparezca –fallezca– un donante. Durante todo ese tiempo, deben someterse a la molesta y cara diálisis, bien en un centro hospitalario, bien en su domicilio. Al dolor se suma la angustia de no saber qué llegará antes, la señora de la guadaña o la operación.

En cambio, muchas de esas personas tienen parientes que estarían gustosos de donar uno de sus riñones de forma gratuita simplemente porque, aplicando un criterio puramente utilitarista, la dicha de ver al ser querido en buen estado de salud es mayor que la molestia de someterse a una operación quirúrgica. A esta razón podríamos sumarle otras de carácter iusnaturalista, la promoción de la vida, etc., e incluso remontarnos a Santo Tomás de Aquino y afirmar que la donación entre vivos de un órgano sin el cual el donante puede seguir viviendo pero que el receptor precisa para sobrevivir es sin duda alguna una elección plenamente razonable.

Incluso en el caso del trasplante de córnea, ¿qué hay de malo en pensar que antes de que mi marido se quede ciego, prefiero que ambos seamos tuertos? Además de los beneficios evidentes de poder seguir mirándonos a la cara –algún cínico diría que eso es peor; mi romanticismo me lleva a pensar lo contrario– la tecnología actual minimiza en grado sumo el impacto estético que una operación así conlleva. Supongo que un médico añadiría más casos en los que un vivo puede donar un órgano o parte de él a otro, y sobre los que existe un vacío legal, cuando no prohibición expresa.

En contraste con los EEUU, donde casi la mitad de los trasplantes renales se realizan entre vivos, en España esta cifra sólo llega al 5%, y el número de hospitales en los que es posible para un vivo donar un riñón a otro se cuenta con los dedos de una mano. Según me cuentan fuentes médicas que prefieren permanecer en el anonimato, la actitud de la administración hacia los trasplantes entre vivos es, por decirlo suavemente, desalentadora, a pesar de que un riñón donado por un pariente vivo es más seguro y duradero que el de un muerto, y la operación mucho más barata que un largo tratamiento de diálisis, por no mencionar los beneficios psicológicos para el paciente. No me extraña que la proporción de donantes americanos muertos sea menor que la de españoles. Simplemente ellos prefieren hacerlo mientras están vivos –otra evidencia de lo falaz que resulta comparar el supuesto materialismo, egoísmo y todo lo demás de los maléficos gringos con la solidaridad hispana.

No deseo parecer demagógico, pero la próxima vez que se enteren de que alguien en la India o América Latina ha sido asesinado para así extraerle un riñón, probablemente por alguna mafia que se lo vende a un occidental, piensen si podríamos establecer algún tipo de relación entre esta muerte innecesaria y las restricciones que muchos países europeos imponen a los trasplantes entre vivos. Esto abre la puerta a la discusión sobre la comercialización de los trasplantes, el llamado tráfico de órganos que tanto escándalo causa a algunos críticos de esta institución. A ellos les preguntaría: ¿qué prefieren, un indio asesinado o un indio vivo y con el estómago lleno?

Partitocracia y poder del Estado

La Constitución Española consagra el papel de los partidos políticos en su artículo 6 al asegurar que:

Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento debe ser democrático.

Si bien en ningún momento se asegura que estas instituciones ostenten en exclusiva la actividad política, en la práctica podemos asegurar que la acaparan sin sonrojo ni vergüenza. Semejante situación emana precisamente del carácter colectivista de nuestra norma máxima, en la que la propiedad y la libertad individual están supeditadas al bien común y precisamente es este confuso concepto el que sobre todo la izquierda, pero también la derecha conservadora esgrimen para llevar a cabo sus intereses electorales que hacen coincidir con los intereses de los ciudadanos.

Este monopolio de la representatividad es sinónimo de totalitarismo encubierto cuyo grado de intensidad depende de la bondad del que ostente el poder. El supuesto comportamiento democrático de los partidos se limita a una votación, generalmente a mano alzada, para aclamar al líder de la facción que, entre bambalinas y con maniobras poco claras, se ha hecho previamente con el poder. Este proceder no debería sernos extraño ya que la educación pública y la labor de zapa de los partidos políticos ha convertido la democracia en sinónimo de elecciones.

El pluralismo político debería estar inspirado en las ideas de todos y cada uno de los ciudadanos, no en el sospechoso y en muchos casos corrupto comportamiento de un grupo que dicen responder a los deseos e intereses de los españoles o de parte de ellos como es el caso de los partidos nacionalistas. El poder del partido político radica precisamente en las competencias universales del Estado. Mientras los partidos a través de cada una de las instituciones que lo conforman, controlen y creen la legalidad y su aplicación, obtenga recursos pecuniarios a través de una fiscalidad cada vez más confiscatoria y sigan ampliando sus competencias, la situación no irá haciendo otra cosa que empeorar, pasando de la demagogia al totalitarismo.

Así, la corrupción, el control de facto de los poderes políticos en teoría separados, el subsidio de minorías políticamente relevantes o el control de la educación y de la cultura, entre otros asuntos, nunca serán cosa del pasado sino de un presente real y de un futuro inquietante, justificado por un porvenir mejor o por la necesidad de dejar un mundo idealizado a las generaciones venideras a través de planes utópicos o poco realistas de ingenieros sociales y soñadores de dudosa visión.

Algunos apuntan a la descentralización como una solución a medio o largo plazo. Personalmente, creo que la descentralización no sería mejor ni peor que una nueva centralización. Los males radican en la naturaleza del Estado hipertrofiado con competencias que regulan desde la educación a la manera de comportarnos, que nos aseguran precios "ideales" en servicios "estratégicos" o una vida "digna" con necesidades "esenciales", y donde lo "ideal", "estratégico", "digno" y "esencial" es dictado desde el poder. Mientras el ciudadano no recupere el control de su vida, la descentralización será una simple reasignación de competencias de forma que las secciones regionales de un partido tomarán más poder del que tienen las centrales del mismo, pero no una mejora. De poco serviría trasladar las competencias urbanísticas de los ayuntamientos a las comunidades autónomas o viceversa si no se reduce, o mejor, desaparece el papel de las administraciones públicas en el mercado inmobiliario. Estas medidas cosméticas únicamente terminan contentando a los que ven en la intervención la única solución para solucionar los males… de la intervención. A los demás sólo les termina frustrando.

Tucker: ¿el sueño emprendedor?

Tucker, un hombre y su sueño (Francis Ford Coppola, 1988) es una de las escasas muestras cinematográficas en torno a los emprendedores. La película cuenta la aventura real de Preston Tucker, un famoso constructor de automóviles que en la década de los 50 se enfrentó a las grandes firmas de Detroit con un modelo tecnológicamente revolucionario. El filme refleja rasgos esenciales de la empresarialidad –innovación, creatividad, asunción de riesgos– pero también descubre la falta de dirección estratégica para los negocios entre los denominados capitanes de empresa.

La historia narrada por Coppola es atrayente, visualmente eficaz; algunos críticos vieron en ella un remedo de la propia trayectoria de este cineasta. Jeff Bridges, el actor que encarnó a Tucker, suele a su vez interpretar personajes entusiastas, desmesurados en ocasiones, más grandes que la vida; la identificación con el personaje fue plena, la valoración en la biopic del imaginativo industrial americano es enaltecedora.

Tucker, arquetipo de hombre con altos niveles de logro, quiso ofrecer al público un automóvil familiar amplio y seguro, caracterizado por su veloz motor trasero. General Motors y Ford no estaban dispuestas a tolerar ese nuevo competidor. Preston gozaba de óptimas condiciones de partida: un equipo profesional sinérgico con altas economías de aprendizaje y una campaña publicitaria exitosa que convencía a los distribuidores. El nudo gordiano gravitaba en la financiación de recursos; para desatarlo Tucker acudió al gobierno federal que le garantizaba previo aval económico una antigua fábrica militar para sus proyectos. Los sabotajes del oligopolio, la amenaza política y la intromisión de los socios mayoritarios complicaron a Preston. El desenlace queda pendiente para aquellos que quieran descubrir o recordar la película.

El modelo de las cinco fuerzas competitivas de Michael Porter, que analiza los entrantes potenciales en un mercado, puede ser un instrumento útil que revele el éxito (y el ocaso) de numerosas iniciativas emprendedoras. Aplicando la explicación de Porter, Tucker tenía un producto diferenciado, asegurados los canales de distribución y garantizada la inversión necesaria. Menos obvia era la cuestión relativa a las economías de escala imprescindibles para sostener tamaña operación empresarial. En la actualidad diseñar y lanzar un nuevo modelo de automóvil cuesta alrededor de 1.500 millones de dólares. Está claro, por otra parte, que un principiante como Preston tardaría en alcanzar la ventaja absoluta en costes de los que llegaron al inicio. Nuestro héroe, por desgracia, derrapaba en las barreras administrativas, así como en las más que probables represalias: nunca uno pudo imaginarse los resultados que para el caso consiguieron los corruptos senadores de Chicago contra la empresarialidad. Si Toyota, Nissan y Honda supieron introducirse en el mercado norteamericano fue porque las Tres Grandes desecharon en el momento que les vino en gana ese segmento de coches pequeños.

Tucker, además de improvisar en los plazos de entrega, no consideró estratégicamente los factores clave de éxito en sectores maduros (el automóvil estadounidense en la mitad del siglo XX comenzaba a serlo) así como el intervencionismo del frente gubernamental del que fue finalmente rehén. Los emprendedores de su estilo quizá auxilien a los gigantes que pretenden combatir, reduciendo éstos el precio para hundir a los primeros y alargando sus imperfecciones en un clima de aparente juego libre. La piedra de toque seguirá siendo el marco normativo: las leyes y quienes las aplican. Por esta razón el BBVA entra en Texas y abandona el embudo latinoamericano, claro. Los autotitulados campeones nacionales en múltiples sectores permanecen saboreando un liderazgo marmóreo: la incomparecencia de contrincantes en el pugilato lo hace aún posible.

El marketing de la solidaridad

A lo artificial suele oponerse lo natural con al intención de dar a lo fabricado por el hombre una carácter maléfico, una especie de impronta moral que señalaría el origen impuro del producto, del bien, en su concepción capitalista.

La divisoria no siempre es clara. Al fin y al cabo se trata de condenar a las grandes multinacionales; a los fabricantes masivos de bienes y servicios; a los gigantes de la distribución o a los intermediarios, no al pequeño, al buen artesano que trata de colocar su mercancía sorteando las dificultades de un mercado dominado por el interés y la globalización.

El "comercio justo", la "sostenibilidad" y otros adminículos intelectuales de la nueva izquierda comparten con "lo artesano" un universo de valores que oponer al egoísmo y la avaricia característicos del mercado capitalista. Se trata de potenciar un mercado paralelo en el que no hay cabida para el beneficio, finalidad en la que se resume la inmoralidad implícita en el comercio en una sociedad libre.

Las críticas al comercio ya las encontramos en el formidable enemigo de la sociedad abierta que fue Platón, un firme partidario de la "organización aristocrática de la sociedad, ya que el comercio ha sido siempre despreciado por la nobleza, que no por ello ha dejado de usar los servicios de los comerciantes, a lo que a veces ha sometido incluso a pillaje". "Lo sorprendente", continúa Harold B. Acton, "es que tal actitud aristocrática perviva en la sociedad actual".

La nueva izquierda aristocrática ha dado la espalda a Marx y de paso se ha hecho malthusiana. El comercio justo y la sostenibilidad son su mejor bandera. Si queremos hacer que le mundo sea mucho mejor, nos dicen, podemos intentar la transformación desde nuestro bolsillo, cambiando nuestro hábitos consumistas.

Adaptada a los nuevos tiempos la izquierda renueva sus paradigmas sin desprenderse de la vocación reformista y moralizante de antaño. La condena sin paliativos al comercio se ha suavizado, ha adaptado su mensaje envasando sus preferencias morales y concediendo un espacio a un comercio solidario contrario a la competencia y al lucro. Y es que, nos dicen, la solidaridad es la mayor realización de una sociedad cooperativa, una sociedad que crece con el sostenimiento de estructuras que fomenten la cooperación y no la competición.

Sin embargo, aunque la vieja izquierda evoluciona y se hace tímidamente darwiniana no termina de encajar que "no es posible representar al ser humano exclusivamente como un animal egoísta, capaz de construir, por acuerdo racional con otros individuos egoístas, sólo una colaboración social conscientemente diseñada" (Schwartz). La izquierda no puede dejar de ser constructivista y desde luego no entiende al mercado.

Las grandes multinacionales han encontrado fórmulas para dar a sus productos una especie de envoltura "sostenible" y artesanal. El marketing solidario/ético/humanista es prueba de ese esfuerzo y una demostración de la efectividad de las consignas izquierdistas… y de sus contradicciones. O sencillamente del desconocimiento al que antes aludía. Las empresas aportan fondos a ONGs de fines nobilísimos; incorporan a sus portfolios productos solidarios, conscientes de que existe un deseo de transformación social que busca satisfacerse con mínimos cambios conductuales. El mercado se abre camino, a veces devorando a sus enemigos. Junto a los que consumen solidaridad, como valor añadido a los productos que adquieren, otros primarán bienes por motivos mucho menos elevados. Entre tanto será la libertad y no una moral embotellada la que saque de la pobreza a otros tantos millones de personas que ya se benefician de la competencia global, que no es enemiga de la cooperación, como pretenden hacernos creer.

Parafraseando a Mises, si queremos evitar la destrucción de nuestra civilización debemos mostrar o demostrar lo mucho que le debemos a la vilipendiada libertad económica, al sistema de libre empresa y al capitalismo.

La Contrarrevolución verde

"El mapa del hambre hoy corresponde al mapa de las ideologías erróneas".
M.S. Swaminathan

Desde hace más de 9.000 años, los hombres sedentarios han ido introduciendo, mediante continuos ensayos de cruzamiento y selección, mejoras en sus cultivos para que fueran lo más productivo y resistente posible a las plagas o las enfermedades. Pese a ello, las recurrentes hambrunas fueron, desgraciadamente, una constante en casi toda la historia de la humanidad. Sólo a partir de los tímidos avances de los siglos XVII y XVIII la hambruna generalizada fue progresivamente disminuyendo en Europa, lo cual permitió el aumento permanente de su población.

A partir de la segunda mitad del siglo XX se dio un salto cualitativo verdaderamente importante con la llamada "Revolución verde" que supuso la introducción de espectaculares mejoras en las variedades de semillas de importantes cultivos tradicionales, que son la base alimenticia de una buena parte de la humanidad (arroz, trigo, mijo, soja o maíz). En México destacaron las investigaciones del científico estadounidense Norman Borlaug, y en Asia fueron sin duda las del agrónomo M. S. Swaminathan. Con la puesta en práctica, no sin dificultades, de estos avances en las técnicas agrícolas se pudo alimentar y evitar la muerte por inanición de millones de seres humanos, especialmente en el llamado Tercer Mundo.

Esto contrasta vivamente con lo acaecido en China entre 1958 y 1962 durante el Gran Salto hacia… "Atrás": más de 30 millones de chinos perecieron de hambre por la brutal revolución agrícola planeada centralmente por Mao para mayor "gloria" del comunismo. Esta errónea decisión planificada provocó más de la mitad de víctimas de toda la Segunda Guerra Mundial. Los críticos del libre mercado deberían meditar bien sus palabras cuando hablan de la necesidad de frenar un supuesto "capitalismo salvaje" mediante "deseables" medidas coactivas adoptadas centralizadamante desde cualquier poder.

A diferencia de esta salvajada maoísta, la Revolución verde, pese a contar con el apoyo e iniciativa gubernamentales de numerosos Estados, fueron paulatinos cambios propuestos, nunca impuestos; es decir, los agricultores podían elegir entre cultivar o no esas nuevas semillas. Esta Revolución verde se topó, no obstante, con la creciente oposición de los llamados ecologistas "verdes" que empezaron a hacerse oír allá por los años 60 (sus primeros gurús fueron Rachel Carson o Paul Ehrlich) y que la acusaban de fomentar cultivos que necesitaban mayores cantidades de fertilizantes y pesticidas, de desplazar con sus innovaciones las variedades autóctonas y de dañar la biodiversidad. A esta Contrarrevolución verde se le unieron las protestas de comerciantes de semillas tradicionales y la resistencia de los agricultores habituados a sus prácticas ancestrales. Algunos gobernantes se dejaron convencer por estos verdes contrarrevolucionarios.

A la postre, la Revolución verde triunfó en aquellos lugares donde se dieron las mínimas condiciones favorables para que el agricultor pudiera obtener mayores beneficios por su esfuerzo en adoptar esas innovaciones, lo que supone un entorno pacífico y el respeto de la propiedad privada (en cualquiera de sus formas). Sólo hoy persiste el hambre en aquellos lugares donde se han impuesto utopías mortíferas de colectivización de la tierra (China de Mao, Etiopía, Tanzania, Ghana, Zimbabwe, Corea del Norte, etc.) o bien donde hay guerras incesantes y/o estados que han vampirizado la sociedad civil destruyendo la estructura productiva del país (Mozambique, Tanzania, Uganda, Somalia, Etiopía, Sudán, El Chad…).

Allí donde se dejó al agricultor obtener ganancias pacíficamente (tras años de uso de estas innovaciones, pese a sus opositores) el balance es de verdad contundente: se ha "revolucionado" la producción agrícola y se ha conseguido la seguridad alimentaria de crecientes poblaciones de países enteros (China actual, India, Pakistán, Indonesia, Filipinas, México, etc.).

Pero hay más: Borlaug y muchos otros genetistas están convencidos de la necesidad de una revolución permanente, precisamente para mantener el aumento constante de la población, no sólo con nuevos fitomejoramientos sino con las aportaciones de la biotecnología iniciadas en la década de los 80 mediante organismos genéticamente modificados (OGM) u organismos a los que se les ha añadido genes de otras especies (transgénicos). Lo que indefectiblemente se ha topado de nuevo con la Contra pertinaz de los verdes que intenta acrecentar los temores medioambientales y nutricionales que toda globalización del ingenio humano acarrea, logrando imponer (a través de su alianza con los estados) perjudiciales legislaciones restrictivas inspiradas en el paralizante principio de precaución. Hablemos claro, estos verdes no soportan que algunas multinacionales, como Monsanto, Aventis, Novartis, Basf o DuPont, hagan beneficios con los OGM por cubrir mejor las necesidades alimenticias de numerosas personas. Con estas innovaciones es ya viable el aumento exponencial de población. A pesar de esta buena noticia, el híbrido "ecomaltusiano" (o la "multitud anti-ciencia", según calificación del propio Borlaug) va a mantener una dura batalla ante este insospechado avance.

¿Por qué será que esta Contrarrevolución verde me suena ya a contiendas pasadas contra las semillas de Borlaug o de Swaminathan? Esperemos que, de nuevo, se gane finalmente esta batalla ideológica a los contras del progreso y del mercado. No es una broma, está en juego la supervivencia de muchos millones de seres humanos.

El mercado es la mejor defensa del consumidor

En distintos artículos que aparecen en determinados medios de comunicación, resulta habitual encontrarse columnas publicadas en las que sus respectivos autores realizan diversas deducciones partiendo de la premisa básica de que el mercado se trata de una especie de enfermedad del mundo actual. Para estas personas el mercado es algo que se debe controlar y limitar al máximo. Los motivos que les llevan a adoptar dicha postura radican, fundamentalmente, en la errónea creencia de que por medio del mismo un grupo reducido de personas obtienen su patrimonio a costa del trabajo y sudor del resto de la humanidad. Para estos individuos, el mercado se trataría de una especie de esclavitud moderna, en las que los consumidores serían los siervos y los directivos de las grandes compañías los amos. No obstante, nada más alejado de la realidad, ya que precisamente el mercado es la mejor defensa del consumidor y es la máxima garantía para su protección.

Cuando se emplea la palabra mercado se está englobando infinidad de transacciones que se llevan a cabo en cada instante por distintas personas. Estas actividades que realizan vendedores y compradores tienen como característica fundamental la libertad. Todas y cada una de ellas se llevan a cabo porque todas las partes intervinientes así lo desean. Si se realizase una operación de manera coactiva estaríamos hablando de un fenómeno extraño y ajeno al mercado. Únicamente dos tipos de organizaciones se sirven de la coacción para imponer condiciones que deben ser aceptadas por las otras partes, tanto si así lo desean como si no. La primera serían las organizaciones criminales, que emplean la violencia o la amenaza de su uso para hacerse con bienes o derechos ajenos en unas condiciones inadmisibles para los usuarios (o dicho en otras palabras, para robarles). La segunda estaría constituida por los Estados, que pueden obligar a sus administrados realizar determinados actos de manera coactiva al aprobar leyes de obligado cumplimiento. Sabiendo que el primer grupo de organizaciones quedan fuera del ámbito de la ley, y que el segundo queda englobado dentro del sector público, se puede llegar a la conclusión de que las únicas transacciones que pueden llevarse a cabo en el mercado privado son aquéllas que tienen lugar de manera voluntaria.

Esta característica de la voluntariedad y libertad de los acuerdos que tienen lugar en el mercado, trae como consecuencia que ni el más rico e influyente de los hombres, con todo su patrimonio y ejército de asesores y empleados, puede obligar a comprar un producto a otra persona si no logra el consentimiento de esta última. Es decir, el mercado, con su libertad, se convierte en el mejor de los defensores del consumidor al necesitarse el concurso de éste para llevar a cabo cualquier transacción. Con independencia de su capitalización bursátil, número de empleados, y facturación, ninguna empresa puede obligar a sus clientes a comprar sus bienes o servicios.

No obstante, hay quien afirma que el mercado no es justo ya que la publicidad engaña al consumidor, desvirtuándose dicha libertad. Puede darse el caso en que personas sin escrúpulos incurran en el ardid de realizar campañas publicitarias que no respondan a la verdad. Esto, sin embargo, no significa que el consumidor quede indefenso una vez descubierto el engaño tras la adquisición, ya que se arbitrarían dos mecanismos de defensa. El primero sería la exigencia del cumplimiento del contrato. Puesto que en el mismo, ambas partes consisten en obligarse, si una ellas no cumpliese su cometido, podría ser denunciada ante los tribunales que se convertirían en los intérpretes y garantes del mismo. El segundo de los mecanismos es la comunicación informal. Cualquier consumidor, en un momento u otro, ha cambiado la opinión favorable que tenía de un producto, que iba a adquirir, al ser desaconsejado por un conocido que tuvo una mala experiencia con el mismo. Y es que resulta imposible engañar a los consumidores durante mucho tiempo, ya que éstos no son necios, y tratan de tomar un papel activo en su autodefensa, transmitiendo la poca fiabilidad que tienen ante un vendedor que les ha engañado, para castigar así su deslealtad. Precisamente, por la libertad de la que gozan los consumidores, la desconfianza les lleva a no comprar. Y si un oferente no puede vender sus productos, al no querer nadie comprarlos, sólo le queda una salida, la quiebra.

Para que estos mecanismos de defensa funcionen, son necesarios que se apliquen los principios de responsabilidad y la exigencia del estricto cumplimiento de los contratos. Si se convierte al vendedor en responsable de lo que ofrece, y se le puede exigir lo acordado, el consumidor tiene herramientas poderosísimas para cuidar de sí mismo.

Por tanto, la limitación del mercado y su control férreo pueden provocar, irónicamente, la indefensión del consumidor, al perder la libertad de elección. La mejor defensa que pueden hacer los gobiernos de sus consumidores es aumentar la libertad de sus mercados y cuidar de que su sistema jurisdiccional sea lo suficientemente ágil y transparente para que éstos puedan exigir el cumplimiento de los contratos a la par que piden responsabilidades al vendedor.

La defensa del mercado no es sino la defensa del consumidor y de su herramienta más poderosa, la libertad.

Una nueva herramienta de inversión: los ETF

Los ETF (Exchange Trade Funds) están siendo ya considerados por muchos analistas financieros como el instrumento de inversión del siglo XXI. Se trata de unos fondos de inversión de características similares a los tradicionales, con la principal novedad de que cotizan en los mercados bursátiles como un valor más.

Los fondos de inversión, como todo el mundo sabe a excepción de los "luchadores por otro mundo más justo", son cestas de valores gestionadas por una entidad especializada, abiertas a la participación de particulares como medio de ahorro y de inversión. Por su propia estructura, el partícipe de un fondo de inversión tiene que asumir unos gastos derivados de los costes de comercialización del producto y de la propia gestión del mismo, lo que hace que la rentabilidad final del fondo se vea disminuida en mayor o menor grado, dependiendo de la política de costes establecida por la matriz que gestiona la inversión. Además, al tratarse de una cesta de valores adquirida por la gestora con vocación de continuidad, en ocasiones el suscriptor es penalizado económicamente si vende su participación en un plazo inferior al mínimo establecido por las normas del fondo en cuestión, con el añadido de que en muchos casos se requiere una inversión mínima bastante elevada para poder participar en el fondo.

Los ETF, por el contrario, no detraen al cliente ninguna cantidad en concepto de costes de gestión, puesto que no se trata de una cesta compleja de valores que hay que "cuidar" vigilando cotizaciones o tendencias y adoptando decisiones de compra-venta según la coyuntura, sino que directamente el producto EFT cotiza en bolsa como un valor más y, por tanto, su comportamiento será el que dicte el mercado, no el equipo de gestores. Además, no existe ninguna penalización por desinvertir en el producto, como no la hay cuando uno vende acciones bursátiles (más allá de la retención fiscal que el Estado aplica a estas operaciones financieras).

Otra ventaja adicional, y no menos importante, de los ETF es que las bajadas en la cotización de una acción se ven sensiblemente amortiguadas por su pertenencia a una cesta de valores más compleja. Esta diversificación hace que el nivel de riesgo sea muy inferior al de la inversión directa en acciones.

Hay ETF que replican los distintos índices bursátiles, otros que aglutinan valores de un determinado sector productivo, etc., de forma que el inversor puede seleccionar aquél producto que más se acomoda a su perfil de ahorrador.

En definitiva, se trata de una interesante mezcla entre acción y fondo de inversión, que aprovecha los movimientos rápidos del mercado propios de la primera, con la diversificación del riesgo que caracteriza al segundo. La proyección para los próximos cinco años según la tendencia actual es que esta fórmula de ahorro e inversión crecerá a un ritmo del 33% anual. Habrá que ir preguntando en nuestra gestora de confianza.