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Yo, El Consenso

Parece poco creíble que una venerable institución científica arremeta contra la posibilidad misma de que se anime el debate en torno a, digamos, la teoría de las supercuerdas. Aunque Brian Green y otros hayan intentado ponerla a pie de calle, sigue resultando un misterio del que se desvelan pocas aplicaciones mundanas. Así que, al margen de un presupuesto abultado para que siga su curso en la academia, poco más. Sospecho que tal teoría (fascinante, densa y, dicen algunos, poco científica) no tiene un interés inmediato para nuestros políticos, así, al menos de momento, no necesita de un comisario que separe el grano de la verdad de la paja del engaño, ni en lo que concierne a su repercusión mediática ni, fundamentalmente, para preparar la divulgación y el contraste de hipótesis, mecanismo que hasta la llegada de El Consenso parecía uno de los principios básicos en el funcionamiento de la ciencia, de cualquier ciencia.

Ante la inminente publicación del Cuarto Informe del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC, en sus siglas inglesas), que se publicará en febrero del año próximo, hay señales inquietantes de que El Consenso viene arramblando con los escépticos para así acaparar codiciosamente la atención de los medios mayoritariamente afines e insistir en el Mensaje, a saber, que el homo sapiens es el principal responsable del cambio climático por su irresponsable abuso de los gases satánicos. Puntos suspensivos.

Ya en abril de 2005, la venerabilísima The Royal Society, a través de su vicepresidente, envió cartas a periodistas británicos en las que solicitaba a los destinatarios que estuvieran “vigilantes frente a los intentos [por parte de los escépticos] de distorsionar la evidencia científica sobre el cambio climático y su efecto potencial sobre la gente y el medio ambiente en el mundo.”.

A principios de septiembre de este año la misma institución, por boca de un destacado miembro de su staff, ha conminado a Nick Thomas, director de Esso UK (ExxonMobil), para que la sucursal del gigante americano deje de financiar a aquellas organizaciones o individuos que a juicio de la Royal “han estando desinformando al público sobre la ciencia del cambio climático”. Bob Ward, que así se llama el miembro de la Royal, advierte a Mr. Thomas de que ha realizado una revisión “ad hoc” de las páginas web de aquellas organizaciones que figuran en el en el 2005 Worldwide Giving Report de la empresa energética, encontrando que 25 de ellas “ofrecen visiones que son consistentes con la literatura científica” y que, sin embargo, 39 presentan “información que desfigura la ciencia del cambio climático, bien por flagrante negación de la evidencia de que los gases de efecto invernadero están provocando el cambio climático, bien por sobreestimar la cantidad y el significado de la incertidumbre en el conocimiento […] del impacto potencial [del hombre en dicho cambio]”. Más aún, dado que el citado documento sólo figuran organizaciones estadounidenses Mr. Ward solicita la relación completa de los grupos a los que ExxonMobil ha estado dando soporte en Europa, para poder seguir repartiendo credenciales de honorabilidad, ahora en el anquilosado continente. Acabáramos.

Naturalmente en la carta de marras no hay ni una palabra de autocrítica ni una mención a las millonarias donaciones que reciben los grupos defensores de El Consenso, coartada científica indispensable para sacar adelante el protocolo de Kyoto. A decir verdad estos grupos reciben cantidades que convierten en calderilla los fondos que reciben las organizaciones señaladas por Mr. Ward.

Resulta descorazonador que la organización científica más antigua del mundo recomiende la censura para poner fin a un debate científico o que determine quienes puedes ser interlocutores en dicho debate. Hay que recordar que las polémicas suscitadas sobre los diversos aspectos que toca la ciencia del cambio climático (deshielo, huracanes, efectos sobre la biodiversidad, la acidificación de los océanos, etc) no se dan necesariamente sobre los datos aportados, hay vida más allá de la controvertida gráfica del “palo de hockey”. Es decir, el IPCC y los informes que le han seguido en estos cinco años, no sólo aportan datos sino también interpretaciones. Asumiendo la validez de los datos (véase el reciente ejemplo de la “convergencia” en la medida de las temperaturas de la superficie y las de la troposfera), son las interpretaciones de los mismos las que en no pocas ocasiones se ponen en evidencia. Porque, no hay que olvidar, pese a que Mr. Ward no lo menciona, que el IPCC también se compone de valoraciones cualitativas. El famoso “probable” que acompaña a no pocas conclusiones volcadas en los resúmenes ejecutivos de último informe del IPCC se traduce en que existe, por lo menos, un 33% de incertidumbre y por lo tanto de debate abierto a la interpretación cabal de los resultados.

En fin, la censura grosera que preconiza la Royal Society es lamentable, muy particularmente en un tema, el del alegado cambio climático, cuyas implicaciones económico-políticas podemos comenzar a pagar todos muy pronto.

Por terminar, y a modo de ejemplo “seminal”, recordemos el tristísimo caso de Bjon Lomborg, que al menos sirvió para que su libro, “El ecologista escéptico” recibiera la atención que merecía, polémica aparte.

¿Qué es el objetivismo de Ayn Rand?

Últimamente se oye hablar en círculos liberales españoles de cierta corriente liberal prácticamente desconocida hasta ahora por el público nacional. Se trata del objetivismo, la filosofía creada por la escritora norteamericana de origen ruso Ayn Rand.

Aunque las novelas de Rand aparecieron en España por primera vez hace décadas y actualmente la editorial argentina Grito Sagrado está publicando traducciones mejoradas, los ensayos de Rand sobre política, filosofía y epistemología son prácticamente desconocidos en nuestro país.

No es de extrañar, entonces, que de lo poco que se oye, bastante vaya desencaminado.

Empecemos por ver como es el objetivismo a ojos de la propia Rand. Una vez, alguien le preguntó si podía definirlo mientras se sostenía sobre una sola pierna, se lo pensó un rato y respondió: “Metafísica: Realidad objetiva. Epistemología: Razón. Ética: Interés propio. Política: Capitalismo.”

Metafísica: Realidad objetiva. Es decir, la realidad es la que es, “A es A” que solía decir ella citando a Aristóteles. No vivimos en un submundo en el que las cosas son sólo los reflejos borrosos de otro mundo perfecto. Vivimos en una realidad objetiva por cuanto su existencia es independiente de nuestra percepción. De ahí se deriva el nombre del movimiento que ella creó.

Epistemología: Razón. La forma de desenvolvernos en esta realidad no puede ser otra que la razón. Es decir, la capacidad mental de cada uno para entender el mundo del que forma parte. Nada de “esto es así porque lo dice el experto Pepito” o “es así porque lo siento así y no me pidas que te lo explique”.

Ética: Interés propio. Este es uno de los puntos más simples y, sin embargo más polémicos y peor comprendidos de Rand. Ella defendió a capa y espada el “egoísmo” frente al “altruismo”. El primero lo entendía como un sano amor propio. Quien no se ama a sí mismo no puede amar al prójimo. No vas a limpiar a nadie si tus manos están sucias ni a desinfectarle si no te has desinfectado primero. Por tanto, el egoísmo objetivista es el que venera la autonomía de cada ego, “el sagrado umbral”; y así el egoísta objetivista se relacionará con otras personas sólo cuando haya un estricto respeto de las mutuas voluntades.

Para Rand no es ninguna virtud sino una aberración el aceptar culpas inmerecidas, cargando con las cruces ajenas, sacrificándose por los demás. A esto lo llamó altruismo. Es, además, el precipicio por el que se cae en el totalitarismo y en todo tipo de abusos contra la dignidad humana.

Política: Capitalismo. Rand, a diferencia de casi todos los defensores del liberalismo social, político y económico jamás defendió el capitalismo por su apabullante superioridad productiva sino por ser la consecuencia lógica al estricto respeto de las mutuas voluntades. Al Estado no le hace ninguna falta cortarse un pelo a la hora de imponernos obligaciones y entregarnos servicios prescindiendo de nuestra voluntad, pero nadie en un mercado libre puede permitirse tamaña arrogancia.

Por supuesto, hay mucho más, pero estos son los pilares sobre los que se asienta el objetivismo. Debemos tener presente, que hoy en día, el objetivismo no es, como se insinúa a veces, un despreciable culto sectario encerrado en sí mismo, sino una corriente del liberalismo que ha influenciado y sigue influenciando a otras. Es por tanto, un punto de referencia imprescindible para contemplar lo que hoy se entiende por liberalismo y lo que podrá ser el liberalismo de mañana.

Para saber más

La cultura de la queja, o como los progres castigan a sus adversarios

Hayek fue antisemita aunque él nunca lo supiera. Así lo revela Melvin W. Reder en The Anti-Semitism of Some Eminent Economists (HOPE, 32:4), donde también incluye a Keynes y Schumpeter en la vil nómina judeófoba.

Las evidencias van del apelativo "chico judío" de Keynes referido a un compañero de cama, hasta este comentario también keynesiano sobre las diferencias entre Oriente y Occidente: "Los judíos, como pueblo oriental que debido a instintos profundamente asentados son antagónicos y por ende repulsivos al europeo, no pueden ser asimilados a la civilización europea más de lo que a un gato se le puede hacer amar a un perro". Cuidado con decir que alguien es alto, negro, musulmán, pelirroja, etc. o serán acusados de intolerantes, racistas o cosas aún peores, por muy bien que lo hayan pasado la noche anterior. La segunda cita sí cae dentro del antisemitismo, aunque Reder disculpa a Keynes debido a que por aquel entonces el antisemitismo difuso era común en la clase acomodada británica (Orwell, dixit, 1945).

El caso de Hayek es más complejo. Así, los reiterados elogios del austriaco a los intelectuales judíos por haber superado las trabas de la discriminación no anulan su antisemitismo inconsciente: en Viena había "judíos puros" con los que gente como él no se mezclaba al "estar más allá de su círculo". Además, hablar del antisemitismo dirigido contra los inmigrantes judíos procedentes de la Rusia rural, cuya apariencia y costumbres sobresalían y chocaban a una gran parte de la población oriunda de la capital austriaca, también es altamente sospechoso. Poco importa que este hecho haya sido validado por multitud de historiadores tanto judíos como gentiles. En Hayek, Reder intuye intenciones singularmente aviesas.

Otra muestra de la fobia del liberal es la queja de que en su grupo de amigos, todos judíos, él era el único al que no se le permitía hacer comentarios tales como "fulano tiene acento". La conclusión es que Hayek tenía opiniones "claramente adversas a los judíos". Por si esto no fuera poco, contamos con su versión judeófoba del veto sufrido por Mises en la universidad, que no se debió a su condición de judío –"la mitad del claustro de Derecho lo era"– sino a que la mayoría de esos profesores era socialista.

Lo que de verdad molesta a Reder no es el prejuicio, sino que Hayek osara sugerir que los socialistas anteponen ideología a rigor académico. Una afirmación así merece un castigo ejemplar, y nada peor que el estigma del antisemitismo. Las consecuencias prácticas de esto son evidentes: si alguna vez fueran conminados a abandonar algún garito de Chueca porque alguien detectase que ustedes "no entienden", no se les ocurra contarlo, so homófobos. Y si les molesta que sus amigas se rían de otras mujeres, pero que no le permitan hacer lo mismo, a callar, cerdos machistas. Y nunca digan que alguien de izquierdas es capaz de cometer alguna iniquidad, pues entonces serán arrojados a los fuegos del infierno.

Tales disparates fueron respondidos por Ronald Hamowy (HOPE 34:1, 255-260), para quien la acusación de antisemitismo es simplemente "perversa" y las citas de Reder inservibles. En todo caso demostrarían filosemitismo, como atestiguan los numerosos comentarios de agradecimiento y consideración que Hayek dedicó a Mises. En resumen "los comentarios del profesor Reder son un insulto tanto a Hayek como a todos los judíos que como yo trabajamos junto y para él, y deberían ser rechazados como las opiniones un tanto infectas de alguien que pretende encontrar malevolencia donde no la hay". El aludido apeló a la ambivalencia del término antisemita para no entrar en la cuestión.

Funnily enough, tras un largo debate la lista de distribución electrónica de HOPE llegó a la conclusión de que no había fundamentos para acusar a Hayek de antisemitismo. Posteriormente se organizó un simposium sobre prejuicios y pensamiento económico. Como epílogo a esta historia con final feliz permítanme concluir reproduciendo los títulos de los papers presentados:

"More Merciful and Not Less Effective": Eugenics and American Economics in the Progressive Era [versión académica del comentario de Manuel Llamas del 20 de septiembre]; Race, Intellectual History, and American Economics: A Prolegomenon to the Past [también referido a la era progresista]; Who Are the Canters?" The Coalition of Evangelical-Economic Egalitarians [sobre los levellers y otras sectas socialistas]; Anti-Semitism in Anti-economics [Marx, Toussenel, Dühring y otros socialistas y nacionalistas del móntón].

En definitiva, el que fue por lana salió trasquilado.

Cómo el capitalismo crea las modas

En el artículo anterior vimos por qué la moda, como fenómeno social, es útil para todos aquellos que deciden participar en ella. Ahora trataremos de explicar por qué el capitalismo es un buen sistema para crear y difundir las modas.

Cuando un individuo observa a otro y decide imitarlo, esta decisión puede estar basada en dos motivos: a) el individuo imitado seguía una pauta que el observador considera útil para resolver un problema que ya tenía y b) el observador quiere parecerse al individuo de referencia. El ejemplo del primer caso es sencillo de visualizar: si yo paso frío y veo que otro se calienta con un abrigo de pieles, trataré de conseguir un abrigo similar para protegerme. Aquí lo relevante son las características y la funcionalidad del invento, no la personalidad del inventor. El segundo caso, en cambio, es una consecuencia de la existencia de líderes naturales en la sociedad. Los individuos pueden admirar a otras personas por sus cualidades estéticas o por sus logros físicos o intelectuales. Este es el caso de los modelos (cualidades estéticas), los escritores, los líderes religiosos y los genios (logros intelectuales), los deportistas (logros físicos) o los cantantes o actores (cualidades físicas/logros intelectuales).

Los individuos imitamos algunos de sus comportamientos o características no porque nos agrade el comportamiento per se, sino por su autoría. Derivamos utilidad del hecho de intentar parecernos a nuestros ídolos, ello es lo que nos gusta y nos satisface. Asimismo, los líderes no tienen por qué ser líderes absolutos. La imagen de líder no debe ser solamente la de una estrella, sino también la de otros individuos de nuestra vida diaria que admiramos por distintos motivos: el maestro de escuela, el jefe de la pandilla de amigos, el rico del barrio… La cualidad fundamental del líder es su carisma, la disposición de otros individuos a imitarlo.

La moda es un fenómeno que deriva de la mezcla de estos dos casos. En un primer momento, los líderes naturales desarrollan una característica o un comportamiento que quienes los admiran se disponen a imitar. Por ejemplo, hoy en día el heavy metal está íntimamente ligado con el cuero, las tachas o las Harley-Davidson. Pero si lo pensamos un momento, en sus comienzos musicales nada predestinó al heavy-metal con ir unida a estas características. Tuvo que ser Judas Priest –quienes muchos consideran la banda creadora del este estilo musical– la que gracias a su éxito y liderazgo, extendiera el canon estético. Fue Judas Priest, y no otras bandas menores que no deseaban ser imitadas por la gente, quien popularizó la estética metalera entre sus primeros seguidores.

En un segundo momento, sin embargo, cuando los líderes ya han generalizado el canon, otros individuos pueden seguir la moda por simple funcionalidad. No es necesario que tengan por objeto imitar al líder, basta con que quieran facilitar sus posibilidades de relación social como ya explicamos en el último artículo. De este modo, un fan del heavy-metal puede decidir vestir con chupa de cuero aun cuando no le guste: simplemente para facilitar su integración.

Esto no significa, claro está, que la estética del heavy-metal sea inmutable y de hecho no lo ha sido. Las nuevas bandas, los nuevos líderes, no tienen por qué seguir adoptando los patrones de los anteriores y muchas veces la diferenciación y la ruptura con el pasado constituye una de las características que permiten perfilar el liderazgo.

En otras palabras, la creación de las modas requiere una cierta coordinación y difusión de la información de los líderes para generalizar el comportamiento pautado. El libre mercado es un sistema especialmente adecuado para lograr esto: las grandes empresas pueden contratar a los modelos, los actores, deportistas o intelectuales para que lleven su ropa, publiciten sus perfumes o hablen bien de sus productos. Así mismo, estas grandes empresas tienen el capital suficiente como para difundir, a través de la publicidad, la imagen, la voz y la letra de estos líderes naturales.

Las pasarelas de modelos, por ejemplo, son un paradigma de exhibición por parte de líderes de belleza de los diseños que influirán en otros miembros de la sociedad. No se trata de que las pasarelas tengan el poder de "crear" la moda, sino que son una de las mejores plataformas para hacerlo.

La función de los empresarios, por consiguiente, es la de seleccionar a los líderes adecuados y darles publicidad. La moda puede ser un resultado intencionado (publicidad) o indirecto (estética personal de un cantante famoso); pero en todo caso requiere de una infraestructura que sólo las grandes empresas pueden financiar.

En ausencia de estos mecanismos, las modas estarían muy fragmentadas por comunidades y bloques culturales. Las épocas anteriores a la globalización ilustran como las formas de vestir de los distintos pueblos variaban no sólo debido al clima, sino también a que la información con respecto a la moda quedaba circunscrita en pequeños ámbitos territoriales.

Hoy, no obstante, gracias a la globalización la moda puede tener un alcance mundial y gracias a ello su utilidad es aún mayor. Cada vez más podemos viajar a países extranjeros sin necesidad de informarnos sobre qué indumentaria llevar o que comportamientos adoptar para evitar que seamos vilipendiados o marginados. Cuanta más gente participe en una moda, más útil y relevante es como mecanismo de coordinación social.

Hasta ahora hemos visto por qué las modas son útiles, cómo nacen y por qué el capitalismo es un sistema especialmente adecuado para crearlas y difundirlas. Nos queda estudiar, sin embargo, por qué el Estado no puede convertirse en una especie de tutor de la acción colectiva y de gestión de las modas. Pero esto lo veremos en el tercer y último artículo de esta serie.

Por la desaparición de la PAC

Johan Norberg comentó una vez que sólo quedan tres economías planificadas centralmente en el mundo: Corea del Norte, Cuba y la Política Agraria Común. La PAC es el conjunto de subsidios agrícolas, cuotas de producción e importación y aranceles con los que los políticos de la Unión Europea pretenden gestionar eficazmente la agricultura del continente y, claro, fracasan miserablemente en el intento.

Se supone que el objetivo es lograr que los trabajadores del campo no pierdan sus empleos por la insuperable competencia de los productos que vienen del Tercer Mundo. Sin embargo, según Oxfam, entre los mayores beneficiarios de estas ayudas están la reina de Inglaterra, el príncipe de Mónaco y la duquesa de Alba, títulos que no sugieren en principio actividad laboral alguna relacionada con el campo. Mientras, decenas de miles de explotaciones familiares cierran en España. No es que esto último sea necesariamente malo, pues probablemente resulten más productivos para la economía y reciban mayores ingresos dedicándose a otras actividades. Pero demuestra que la burra que se nos vende con la PAC no da la leche prometida.

El socialismo de todos los partidos ha hecho recientemente su aparición con este asunto. El Gobierno Zapatero logró que la Corte Europea de Justicia anulase la reforma de las ayudas al algodón, negociada por Moraleda y Espinosa nada más aterrizar en sus cargos. Y el Partido Popular exigió que se aproveche esta circunstancia para negociar mejores condiciones para los agricultores españoles del ramo. Por supuesto, nadie defendió la necesidad de eliminar por completo los subsidios, cuotas y aranceles que nos obligan a todos los consumidores españoles a pagar más caras las prendas de algodón que vestimos. Nadie tampoco pensó que ese ahorro permitiría a los españoles consumir más en otras cosas, beneficiando a las empresas que las producen, e invertir más en negocios más provechosos que ese de cultivar algodón en Murcia y Andalucía.

Los subsidios, de todo tipo, son como una droga. Adictos que podrían vivir perfectamente sin ella si no la hubieran consumido nunca, ahora no pueden concebir su existencia sin dosis cada vez mayores. De modo que si los subsidios no logran que los productos sean suficientemente baratos, se restringe la importación de alternativas del extranjero. Eso arruina los agricultores de los países pobres, que ya no pueden vender sus productos en los mercados protegidos. Debido a ello, muchos de ellos emigran para poder trabajar en esos países. Y por eso los gobiernos ponen barreras de entrada a la inmigración y dan millones de euros de los contribuyentes para aliviar la pobreza, que es "la causa" de la inmigración.

En definitiva, toda una carrera en la que las intervenciones políticas dan lugar a más intervenciones políticas que intentan resolver los desaguisados creados por las anteriores. Hay alternativas, no obstante. En 1984, Nueva Zelanda eliminó por completo los subsidios agrícolas, convirtiéndose en el único país desarrollado que carece de ellos, si exceptuamos por razones obvias ciudades estado como Singapur. Desde entonces, su producción agrícola ha crecido un 40%, creciendo también su porcentaje en el PIB del 14 al 17%. Su productividad ha crecido una media de un 6% anual, frente al 1% previo a la desaparición de las ayudas. Las razones de este éxito son sencillas: al verse en la intemperie del mercado libre tuvieron que adaptarse a él, reduciendo costes, diversificando el uso de la tierra y adaptándose a los cambios en la demanda. Como si fueran una empresa normal. Y es que la desaparición de la PAC no implicaría la desaparición de la agricultura en la Unión Europea, sólo su modernización y su adaptación a las necesidades del mercado. Y un ahorro considerable para nuestros bolsillos, naturalmente.

Un país sin humo, un individuo sin libertad

Imagínese por un momento que me invita a comer a su casa. A la hora de servir el café usted, que es fumador, se dispone plácidamente a disfrutar de un cigarrillo a modo de postre, colmando así sus ansias adictivas de nicotina. Ante tal repugnante gesto yo, como acérrimo militante del "movimiento antitabaco", peor incluso que la Milá, me levanto raudo y veloz de mi asiento dispuesto a exterminar, de modo fulminante, el foco de contaminación e ignominia que implica tal nocivo producto. El pitillo en cuestión acaba en mis manos y, de seguido, permanece inerte en un cenicero.

 A través de este acto, totalmente inesperado por su parte, he visto satisfecho mi orgullo al creerme, ilusoriamente, poseedor de una moral legítima superior a la suya. Al fin y al cabo, le he salvado la vida. Soy, pues, un héroe. Me proclamo su protector porque he evitado un vicio autodestructivo que le conduciría, probablemente, a un horrendo y doloroso fin… ¿o no? Pues no.

Lo más normal es que usted, acto seguido, me eche de su propiedad de forma inmediata, y con toda razón no me volvería a invitar, ante el insulto propio de mi conducta y la vulneración de su más íntima libertad. La cuestión radica en que, si bien yo no estoy legitimado para efectuar este acto inadmisible, el Estado, sin embargo, sí lo está. El Gobierno, es decir, nuestra clase política, por el mero hecho de haber sido elegida democráticamente a través de elecciones, se arroga ciertas potestades que, en ningún caso, estaríamos dispuestos a permitir en nuestros semejantes. El Estado actúa así cual "padre protector" de la ciudadanía, pues los individuos a su cargo parecen carecer de la conciencia necesaria para saber lo que les conviene. ¿No resulta arrogante?

Pero no seamos ingenuos. En este caso, no se trata de un padre comprensivo y generoso que, mediante consejos y experiencias, trata de orientarnos de buena fe por el buen camino. Más bien al contrario: prohíbe y coacciona nuestros actos legítimos a través de castigos, sanciones y amenazas. La Ley, cuando es creada arbitrariamente en función del mero color político, sirve como un instrumento de poder al servicio de la clase gobernante en detrimento de los derechos y libertades fundamentales de los individuos. Al carecer de ciertos límites infranqueables, el Estado, creador de Ley, crece al tiempo que la sociedad encoge. El Estado lo es todo y el individuo nada.

Coincidiendo con la entrada del nuevo año, el Pleno del Congreso aprobó la denominada Ley Antitabaco, una de las normas más restrictivas vigentes en Europa. La ministra de Sanidad, Elena Salgado, afirmó entonces que dicha medida suponía un "avance fundamental" en la defensa de la salud pública. ¿Desde cuándo la salud es pública? ¿Acaso tal concepto se puede adscribir a un sujeto colectivo? Jamás han escuchado mis oídos que la sociedad padezca una diabetes o que, por culpa del frío otoñal, padezca gripe y le haya subido la fiebre o provocado un estornudo. ¿Se imaginan a la sociedad estornudando? Yo, desde luego, no.

Señora ministra, la enfermedad es un fenómeno presente en los individuos y, por desgracia, forma parte de la naturaleza humana. La salud constituye pues un objeto individual, no colectivo. Se trata de un concepto privado, no público. Es cierto que el tabaco es perjudicial para la salud de las personas, que no de las sociedades, y que provoca graves enfermedades que pueden conducir a la muerte. Es cierto que se trata de una droga altamente adictiva, llegando incluso a superar a la heroína, según indican numerosos estudios clínicos. Las autoridades suelen aducir además que acrecienta en gran medida el gasto sanitario a raíz de los numerosos problemas que acarrea su consumo. Estas y otras razones, como el derecho de los no fumadores a no verse perjudicados por el humo de otros, han constituido el argumentario sobre el que legitimar la intervención regulatoria del Estado en este ámbito.

Sin embargo, este discurso falaz y genuinamente demagógico, adolece de ciertas carencias que por lo común se ignoran y rara vez son aducidas. Para empezar, todo individuo es propietario natural de su cuerpo y mente –es lo que el liberalismo clásico denomina propiedad original– y, por ello, puede disponer de ambas con plena libertad en el modo y forma que estime más conveniente para sus intereses. Si una persona decide fumar está en su pleno derecho y, en consecuencia, dispone de libertad para ello siempre y cuando no perjudique a otros con su conducta. En este sentido, existen informes médicos que niegan o, al menos minimizan, el riesgo real que, para la salud de los denominados "fumadores pasivos", comporta el inhalar el humo del tabaco disperso en el ambiente. De hecho, mucho más grave es la contaminación atmosférica producida por los gases de los vehículos, y no por ello se prohíbe circular por la ciudad.

Por otro lado, resulta paradójico que el tabaco constituya una droga legal cuando provoca miles de muertes al año. Si se trata de un veneno tan dañino, siguiendo la misma argumentación lógica, ¿por qué no prohibir su venta? La respuesta es evidente, gracias a este producto el Estado recauda miles de millones de euros a través de impuestos indirectos que gravan específicamente al fumador. Una suculenta suma a la que los políticos no están dispuestos a renunciar tan fácilmente. De hecho, la estrategia a seguir en el futuro más inmediato pasa por aumentar el gravamen de dicha sustancia, engordando así el volumen de las arcas públicas.

Esta última razón explica por sí sola la falacia del gasto sanitario. Es evidente que las enfermedades derivadas del consumo de tabaco son altamente costosas, pero no debemos olvidar que el fumador cotiza a la Seguridad Social, al igual que todo contribuyente. Es más, paga un porcentaje de impuestos mucho más elevado que el no fumador debido a su propio consumo, con lo que su posible coste sanitario quedaría plenamente cubierto. La permanente crisis de nuestro sistema sanitario se debe a factores muy diferentes. Ahora bien, si lo que se pretende es desincentivar el hábito del tabaco, mucho más eficiente sería establecer un sistema sanitario privado en el que el fumador se viera obligado a pagar cuotas más elevadas por su seguro médico, debido al elevado riesgo que comporta para su salud. De este modo, podría evaluar sus costes. Y es que, desde la óptica liberal, el ejercicio de la libertad está inherentemente unido al sentido de la responsabilidad: cada cual ha de ser responsable de sus actos.

Sin embargo, el ámbito más polémico y controvertido de la ley que nos ocupa es la prohibición de fumar en ámbitos meramente privados, tales como los lugares de trabajo o los locales de ocio que superen los 100 metros cuadrados de superficie. Estos últimos estarán obligados a habilitar zonas separadas para fumadores y no fumadores, teniendo que asumir el gasto que ello supone. El Estado, nuestro "omnipotente padre protector", usurpa así la libertad del legítimo dueño. Es una violación manifiesta del derecho a la propiedad privada. Decide el político, no el propietario. Lo curioso es que los locales menores de 100 metros, al no verse obligados por la ley, han decidido abrumadoramente –casi en un 95%– permitir fumar en sus establecimientos. Pero la razón del Estado siempre ha de imponer su superior criterio por encima de las preferencias de los individuos: la ministra Salgado ha declarado recientemente que, en caso de continuar esta "intolerable situación", tomará medidas para ampliar la prohibición de no fumar a todos los establecimientos hosteleros y de ocio del país.

Mientras tanto, las postales que se venden en los quioscos, no tardarán mucho en retratar una estampa surrealista, impensable hasta hace poco: decenas de trabajadores se hacinan a las puertas de sus lugares de trabajo para apurar las últimas caladas bajo la lluvia y el frío invierno… No sé si habrá menos humo, pero sí menos libertad.

El profesor Franz de Copenhague

Dicen que las cosas que se aprenden de niño "hacen madre", como el vinagre, y te influyen de una manera o de otra durante el resto de tu vida. A mí me pasa eso con el TBO. Entre otras cosas, recuerdo "Los inventos del TBO por el profesor Franz de Copenhague". Como apunta Joan Valls, este científico de reputación internacional nos enseñó que a partir de un resultado es posible crear un mecanismo. No hay más que echar una ojeada a sus inventos para entender la relevancia de esa afirmación.

Joan Valls defiende la idea de que el partido que nos gobierna padece el "síndrome del profesor Franz de Copenhague". Y con toda probabilidad acierta en su diagnóstico. Valls explica que, a partir del inesperado ascenso al poder después del atentado del 11-M, el PSOE ha desarrollado un complicado mecanismo para justificar sus actuaciones. Las regularizaciones de los inmigrantes, los contactos con bandas terroristas, el separatismo y la cesión frente a grupos de presión de cualquier pelaje, no son sino partes del fantástico artefacto creado por Zapatero para despistar a la ciudadanía y demostrar, si nada lo remedia, que hay un único sol en el firmamento, y está a la izquierda.

Mi única pega a Joan Valls es que se queda corto. En realidad, hay muchos hijos intelectuales del profesor Franz de Copenhague por ahí sueltos. La estructura del Estado progresista-reformista-socializante-solidario (me caso con todos y no estoy con ninguno) es un invento del profesor Franz de Copenhague. También lo es la Unión Europea, cada vez más grande y con menos identidad, si alguna vez la tuvo. Y por unir ambos ejemplos, ¿qué decir de nuestro sistema de enseñanza y de lo que va a ser de él después de la reforma de Bolonia?

Pero, si vamos un poco más allá, nos daremos cuenta de que, detrás de las gafas del profesor Franz de Copenhague, detrás de las cejas puntiagudas de Zapatero, más allá de Bolonia, no hay sino una masa de información invisible y estructurada que se comporta como un virus clonándose en las mentes de propios y ajenos sin pedir permiso. El mecanismo del profesor Franz de Copenhague no es absurdo, tiene una intención perversa que no es evidente.

La declaración de Bolonia se abre con la siguiente afirmación: "Gracias a los extraordinarios logros de los últimos años, el proceso Europeo se ha convertido en una realidad importante y concreta para la Unión y sus ciudadanos". Y sigue más adelante: "Puesto que la validez y eficacia de una civilización se puede medir a través del atractivo que tenga su cultura para otros países, necesitamos asegurarnos de que el sistema de educación superior Europeo adquiera un grado de atracción mundial igual al de nuestras extraordinarias tradiciones culturales y científicas."

¡Cualquiera dice que no! Una ojeada al lenguaje empleado nos da alguna clave: extraordinarios logros, realidad concreta y relevante, la Unión y sus ciudadanos (que, por lo visto, son cosas distintas). Pero lo mejor está en el segundo párrafo: validez, eficiencia, cultura y civilización. No está mal para vender una reforma del plan de estudios universitarios. Esas cuatro palabras representan el resultado del invento. El mecanismo es, no solamente complicado, sino también dañino e irreversible.

La Unión Europea, esta vez sin sus ciudadanos, reunida en Lisboa (2000) y Praga (2001), va diseñando el malévolo montaje y, en el año 2003, lo exhibe en Berlín, para ir abriendo boca. En el comunicado ministerial se afirma que el objetivo es hacer de Europa "la economía, basada en el conocimiento, más competitiva y dinámica del mundo capaz de sostener el crecimiento económico con más y mejores trabajos y mejor cohesión social".

Cambio de matiz: economía competitiva y dinámica, crecimiento económico sostenible, cohesión social. Esto ya lo conocemos por los periódicos, las ruedas de prensa, los programas políticos… nos sabemos la lección. En Bergen (2005) se afianza la dimensión social, y los demás conceptos que se transmiten tanto a las instituciones nacionales y locales como a los medios de comunicación: atractivo, calidad, movilidad, competitividad. Una monada.

Pero a la vez, como quien no quiere la cosa, se teje una red institucional tan cara como para que la única decisión racional sea mantenerla con la esperanza de que aquello finalmente funcione. Además de la Comisión Europea, están implicados la Asociación Europea de Universidades (EUA), la Asociación Europea de Garantía de Calidad de la Educación Superior (ENQA), la Asociación Europea de Estudiantes Universidades (ESIB), la Asociación Europea de Instituciones de Enseñanza Superior (EURASHE), el Consejo de Europa, la Estructura Pan-europea de Educación Internacional y las Confederaciones de Sindicatos de Industria, si bien algunos de ellos tan solo con funciones consultivas. ¡Y aún no se ha aprobado nada!

Demos una vuelta de tuerca más, por nuestros quinceañeros, los futuros universitarios de Bolonia. Una nueva red paralela se despliega reunión tras reunión, cada dos años: la Estructura de Reconocimiento de Cualificación, que trae de la mano agencias nacionales, oficinas de información, oficinas de expedición de certificados, todo por duplicado, porque además de reconocer la cualificación educativa, hay que reconocer la vocacional. Se trata de la Regulación de las Profesiones que pretende facilitar la movilidad laboral (el terrible Europass). Añádase a todo ello buenas dosis de proyectos europeos subvencionados y viértase en los presupuestos del Estado.

¡Cuánto amigo colocado! ¡Cuánto edificio oficial, gastos de representación y chiringuito montado! ¡Cuántos intereses creados en torno a la extraordinaria diversidad cultural y científica de Europa! ¡Qué ocasión tan estupenda para que el gobierno de turno intervenga las carteras de los ciudadanos! Pero no importa, la vitalidad y eficiencia de nuestra civilización merece este gasto y más.

Un mecanismo digno del profesor Franz de Copenhague. Sólo falta que suene la flauta y funcione. Me tiemblan las piernas.

La moda no tiene dueño

El Congreso de Estados Unidos está considerando proteger mediante copyright los diseños de moda, desde los vestidos a los zapatos pasando por los cinturones y las monturas de las gafas. Los diseñadores arguyen que el plagio de sus diseños, antes incluso de que aparezcan en el mercado, amenaza su modelo de negocio, y reclaman un monopolio legal de tres años sobre estas invenciones.

Un argumento similar, no obstante, podrían esgrimir los filósofos o los economistas para reivindicar un copyright sobre sus ideas. ¿Por qué un diseñador tendría que poder patentar su diseño y un científico no puede patentar su nueva teoría de la evolución? ¿Cuál es la diferencia entre patentar un diseño de moda y patentar el teorema de Pitágoras, la teoría de la relatividad o el argumento de la última película de Shyamalan? Si el inventor del supermercado, de la rueda o de la escalera hubiera patentado esta idea, ¿hubiéramos dicho que sólo estaba protegiendo una idea de su propiedad o más bien le hubiéramos acusado de protegerse de la competencia? ¿Aspira el lobby de los diseñadores a defender su legítima propiedad o a lucrarse injustamente protegiéndose de la competencia? De hecho, la legislación de patentes y copyrights está tan alejada de su propósito oficial que hay compañías que simplemente se dedican a patentar "invenciones" y a cobrar royalties sin producir nada, o lo que es lo mismo, a lucrarse extorsionando a las empresas que sí producen en base a esas ideas.

Desde una perspectiva liberal se entiende que un individuo deviene propietario de un recurso cuando lo ocupa o le da uso en primer lugar (o cuando lo recibe voluntariamente de un tercero), teniendo entonces derecho a hacer con él lo que quiera en tanto no invada la propiedad ajena. De acuerdo con la lógica del copyright, sin embargo, basta con concebir un modo distinto de emplear un recurso para que un individuo cualquiera devenga propietario parcial del mismo, sin necesidad de haberlo ocupado o usado en primer lugar ni recibido de un tercero. Veámoslo con un ejemplo: imaginemos que Miguel ocupa una parcela yerma de tierra y la cultiva; deviene propietario de esa parcela. Sin embargo, un individuo en la otra punta del país, Pedro, que jamás ha puesto los pies en esa parcela, concibe el cultivo de regadío. La lógica implícita en el copyright sugiere que Pedro, en virtud de su invención, adquiere un derecho de propiedad parcial sobre la parcela de tierra de Miguel, esto es, un derecho a impedir que Miguel aplique esta técnica de cultivo en su parcela de tierra. Con respecto a la acción de utilizar un sistema de riego Miguel ya no es propietario de su parcela, pues no puede aplicar este sistema sin el permiso de Pedro. Pedro puede impedir a Miguel (y a todos los propietarios de parcelas de tierra) la aplicación de su idea a pesar de que Miguel ha sido el primer ocupante de la parcela y Pedro nunca ha puesto los pies en ella. ¿Acaso no está invadiendo Pedro la propiedad de Miguel, al impedirle que haga lo que quiera con la parcela que ocupó en primer lugar?

Imaginemos, aunque sea inverosímil, que Pedro llegase a concebir todos los usos posibles del hierro o del acero y patentara estas ideas. En semejante escenario nadie que tuviera estos metales podría darles ningún uso sin el permiso de Pedro, luego de facto Pedro se habría apropiado de todo el hierro o el acero del mundo sin siquiera tocarlo. ¿O deberíamos decir expropiado? Lo mismo, a pequeña escala, sucede con las patentes y los copyrights sobre un uso concreto de un recurso.

¿Por qué la propiedad intelectual entra en conflicto con la propiedad privada tradicional? Porque estos conceptos se refieren a bienes de distinta naturaleza: bienes no-escasos (ideas) y bienes escasos (recursos tangibles), y puesto que las ideas se plasman en recursos tangibles, la propiedad sobre las ideas implica un derecho de propiedad sobre los recursos en los que se plasman. Dicho de otro modo, el propietario de los recursos tangibles ya no es su primer ocupante, tal y como estipula el concepto tradicional de propiedad, sino el que concibe un modo distinto de utilizar ese recurso.

En el caso de la moda, ¿qué tiene de ilegítimo que, tras ver el diseño de un vestido en una pasarela, en un escaparate o por la calle, lo reproduzca luego con telas de mi propiedad? ¿Los derechos de quién infrinjo al plasmar en telas de mi propiedad esa información que ya está en mi cabeza? Zara o H&M hacen eso mismo cuando reproducen los diseños de otras marcas más caras. ¿Debe un diseñador convertirse en propietario parcial de todas las telas del mundo por el mero hecho de idear una forma distinta para una tela? Por otro lado, los inventos rara vez son cien por cien originales, sólo una pequeña fracción de una idea es original, el resto se toma prestado de ideas anteriores. El diseñador, por tanto, estaría patentando una idea como si hubiera surgido entera y nítidamente de su intelecto, cuando en su mayor parte bebe de diseños anteriores, así como del arte, la historia y aquello que le rodea.

El argumento de que el copyright incentivaría la creación no parece tener mucho fundamento. La industria de la moda es una de las más innovadoras, probablemente debido esta práctica de trabajar sobre la ideas de otros y reinventar diseños de forma constante. Un copyright de tres años quizás incentivara a los diseñadores antes de registrar sus diseños (para hacerse con el pastel), pero desincentivaría la creación durante esos tres años (pues tendrían el pastel garantizado). Lo cual sugiere que los diseñadores apelan al Estado, no para incentivar la innovación, sino para conseguir prebendas y lucrarse restringiendo la competencia.

El valor del papel moneda

En la Teoría del dinero y del crédito Ludwig von Mises se enfrenta y resuelve la siguiente aparente paradoja: el dinero es demandado no por lo que es en sí, sino por lo que éste puede comprar. Pero para poder comprar algo con él, el dinero tiene que ser demandado en primer lugar. Mises, siguiendo a Menger, advierte que en su origen el dinero tiene que ser algo que tenga un valor intrínseco, una utilidad directa, para ser demandado. Más tarde, la gente irá teniendo más y más en cuenta el valor de cambio de ese activo, más que la propia utilidad directa que el mismo puede reportarle. Así Mises articula el teorema regresivo del dinero: el dinero se demanda hoy por la experiencia histórica de lo que ha venido pudiendo comprar últimamente.

Mises aplica ese teorema para explicar el fenómeno del papel moneda o “dinero fiat“, aquel medio de cambio generalmente aceptado que no es una mercancía, ni un título representativo de una mercancía, sino un papel que jurídicamente no obliga a nada a su emisor. Así, argumenta que el papel moneda es en su origen un título-valor que representa la obligación de su emisor de entregar una determinada cantidad de metal precioso a su presentación. Poco a poco la gente se acostumbra a utilizar los billetes como dinero hasta que, en un determinado momento, el emisor incumple su promesa. Pero la gente lo sigue utilizando porque tiene costumbre de hacerlo y la memoria del poder de compra que hasta entonces ha tenido. Pero esta explicación es como poco incompleta y en términos generales inexacta. Sobre la base del libro de Hayek La desnacionalización del dinero y de los escritos de Benjamín Anderson, otro autor austriaco, proponemos una explicación alternativa y esperamos que más completa.

El papel moneda al principio fue una deuda. Dicha deuda podía ser reembolsada a la vista (billete de banco) o en un momento futuro con devengo de intereses (letra o pagaré). Como deuda, el billete mantenía su convertibilidad cotizaba cerca de la par, mientras que la letra o el pagaré tenían un precio que coincidía con el valor actual de los cobros a que daba derecho. En determinados momentos de la historia, el emisor del papel moneda, no pudiendo o no queriendo cumplir sus compromisos, declaraba la inconvertibilidad de su papel; es decir, la suspensión del pago de sus deudas. Además, amparándose en el poder coactivo del estado, declaraba que ese papel era dinero y tenía poder para saldar las deudas.

Es posible que la gente menos perspicaz no advirtiese el sustancial cambio en la naturaleza del papel. Pero es evidente que gran parte de la gente sí habría advertido el cambio. ¿Por qué habrían de seguir utilizando mala moneda cuando existía una buena, si la gente acepta el dinero como pago precisamente porque éste no se deprecia? La explicación es que, aunque el valor del papel moneda caiga al suspender la convertibilidad, el emisor emplea varios instrumentos para que se mantenga alto y se siga empleando en los intercambios.

  • Los activos del Banco del Estado y también del resto de bancos del sistema.
  • El poder discrecional de dictar leyes y decretos. Normalmente el papel moneda irá acompañado de la prohibición de tener, intercambiar libremente o exportar oro y divisas; de la obligación de informar y en su caso “repatriar” las inversiones en el extranjero; de la declaración de nulidad de las cláusulas valor oro en contratos presentes y futuros así como del establecimiento del curso forzoso (la obligación de aceptar el papel como pago de las obligaciones).
  • Los activos de los súbditos del país que pueden ser expropiados vía impuestos.

Son estos mecanismos en manos del emisor los que dan contenido y valor al papel moneda. La prohibición de tener oro y divisas permite eliminar, por un lado, al más potente competidor a la hora de servir como dinero y, por otro, permite aumentar las reservas del banco emisor al obligar a ceder los que ya se poseen a un precio ridículo. La prohibición de exportar oro constituye un intento de impedir que los súbditos reaccionen ante el establecimiento del precio máximo del oro expresado en términos de papel moneda enviándolo fuera. Por último, la declaración del curso forzoso es el intento de dotar de valor al papel moneda a través de la fuerza de las pistolas. Si el papel no está respaldado por los propios activos, que sean los activos de otros los que se lo den.

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Liberalismo contra neoliberalismo

Suficientes veces se ha dicho ya que el neoliberalismo es una forma despectiva de llamar al liberalismo. En realidad no hay ninguna escuela económica que se defina a si misma como neoliberal. Intelectualmente es un error, pero a pesar de ello muchos grupos anticapitalistas usan el término para definir un fenómeno político, y no económico, que aparentemente conlleva un mayor grado de libertad al mercado. Por ejemplo, se puede leer la definición de Wikipedia para ver las barbaridades que expone.

Los grupos anticapitalistas suelen estar contra el neoliberalismo porque favorece las grandes instituciones políticas supranacionales como el FMI, Banco Mundial, bancos centrales, lobbies empresariales, etc. en detrimento de la sociedad civil. Curiosamente, los liberales compartimos, en líneas generales, el mismo principio.

El gran problema es la tergiversación que han sufrido algunas palabras en el siglo XX, como ya nos había avanzado el economista Friedrich A. von Hayek refiriéndose a expresiones como “democracia”, “igualdad” o “liberalismo”. En realidad se suele confundir el término “neoliberalismo” con el de “capitalismo corporativista” o “capitalismo corporativo”, que es uno de los rasgos esenciales de la economía del fascismo impulsada principalmente por Benito Mussolini.

Para James Ostrowski, el capitalismo corporativista es “privar a las personas de su libertad y concentrar el poder en manos de unas pocas organizaciones [políticas y privadas]”. Fíjese que para muchos, redactores de Wikipedia incluidos, neoliberalismo entra perfectamente en la definición que nos proporciona Ostrowski.

El avance del capitalismo corporativista lo vemos de forma clara cuando el gobierno proclama estar privatizando. El gobierno no tiene interés alguno en otorgar libertad al ciudadano ni a la sociedad civil, sino al revés, por eso esclaviza al ciudadano con leyes innecesarias, hace lavados de cerebro masivo que llama “campañas de concienciación” y emprende guerras que eufemísticamente llama “misiones de paz”, enviando “tropas de pacificación”.

La liberalización que practica el estado simplemente significa despojarse de cierta participación estatal de una empresa semi–privada o introducir a dedo otras empresas en un sector considerado monopolístico, pero manteniendo siempre su control gubernamental. Esto no es liberalizar porque la presión gubernamental sigue siendo feroz y, por tanto, el mercado sigue sin ser libre. Liberalizar significa eliminar la intervención del estado de sectores enteros: abolir leyes, impuestos, barreras de entrada, etc. Como afirma Ostrowski, la “liberalización” que practica el estado no es más que “concentrar el poder en manos de unos pocos”; no es ningún cambio de paradigma, sino un maquillaje que oculta el mismo monopolio anterior bajo una ilusión de competencia. En España tenemos como muestra la partidista liberalización de las comunicaciones o la de la energía, que ha dejado el panorama peor que antes ya que se ha regulado aún más.

La creación de competencia no es un fin, sino una consecuencia de la libre iniciativa del mercado y orden espontáneo de los actores económicos, ya sean consumidores, accionistas o empresarios. Crear competencia de forma artificial, mantener la legislación económica, crear comités para–estatales como la CNE, la CMT, tribunales de la competencia y colocar “a dedo” amigos del gobierno en las empresas privadas no significa más libertad para el consumidor, empresario ni accionista, sino más poder para el estado de forma indirecta u oculta. La reciente disputa por la OPA de Endesa ha sido una muestra ejemplar.

Si el gobierno controla aunque sea la más pequeña parte de la actividad económica privada, eso siempre será capitalismo corporativista, por más que algunos se empeñen en inventar palabras carentes de sentido como neoliberalismo.