El crecimiento de la economía china y la reformulación de su estrategia a nivel geopolítico ha producido un cambio en el modelo de sus relaciones comerciales con otros países y también con organismos internacionales. China se incorpora en el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas (ONU) el año 1971, a partir de entonces su grado de posicionamiento en diferentes organizaciones multilaterales ha ido en aumento. En 1980 China ingresó al Fondo Monetario Internacional (FMI) y en 2001 a la Organización Mundial del Comercio (OMC). Hoy también forma parte de los principales foros económicos mundiales como el G20.
Es también en este periodo en el que China adopta iniciativas que cambian el desarrollo de su economía que, hasta la muerte de Mao Zedong, había estado marcada por la planificación y el intervencionismo. A partir de la primera década de los ochenta, su economía sufre una transformación y pasa de ser una eminentemente agrícola a que la industria sea el sector que más aporta al Producto Interno Bruto (PIB). Un proceso acompañado por la liberalización de la economía y la extensión de la propiedad privada.
Expansionismo: ahorro y apertura al mundo
Esta explosión económica en China, su economía ha estado impulsada fundamentalmente por el capital, la inversión y la productividad, que explican casi el 90% del crecimiento actual. Siguiendo esta estrategia de apertura del mercado y mejora en sus infraestructuras y del capital humano, en la década de los 90’ este rendimiento se sustentó principalmente en dos pilares: la intensa acumulación de capital, que explicó un tercio del crecimiento (alrededor de 10% anual) y la mejora de la productividad con tecnología avanzada, gracias a las inversiones extrajeras que permitían y facilitaban el intercambio de conocimiento en este campo.
Pero es a principios de los años 2000 que China consolida su crecimiento sostenido al incorporar nuevos elementos en su estrategia de expansión, como los diferentes acuerdos comerciales firmados y el fortalecimiento de sus relaciones diplomáticas en el plano internacional, lo que sustenta la teoría del expansionismo chino como nueva fórmula de posicionamiento estratégico del país asiático.
Quítate tú para ponerme yo
El crecimiento sostenido de la economía china, los logros conseguidos del país en materia de comercio internacional y su expansionismo han modificado la relación de poder existente a nivel global. Una relación caracterizada desde la segunda mitad del siglo XX por el posicionamiento como potencia mundial de Estados Unidos y su influencia en todo el mundo. Hoy China juega un papel primordial en las dinámicas de reorganización global del capitalismo y las relaciones de poder. Lo hace bajo el principio por el cual se establece que una potencia mundial tiende a expandir su marco de influencia, a costa de la disminución de poder de la potencia rival. Es la táctica fundamentada en la idea de ‘cesión de posiciones’.
Desde de que China entiende su nuevo papel en la economía mundial y su posterior crecimiento en términos de influencia, empieza a penetrar espacios de poder geopolíticos y geográficos (hoy no se entendería una Organización Mundial del Comercio sin la presencia de China), en sitios donde Estados Unidos arrastraba un cierto grado de desprestigio o de degradación de su influencia respaldado, sobre todo, por las sucesivas crisis económicas y la errática labor política a la que tendió la potencia americana en países de América Latina o Medio Oriente (recuérdese los fracasos en Libia, Irak o Afganistán)
La tela de araña de China
Sumado a ello, cabe en el análisis la valoración del retroceso de Estados Unidos y Occidente; especialmente de Europa como eje de poder al lado de Estados Unidos. Ambos retroceden como potencia mundial frente a una expansión china que tenderá al crecimiento y se acentuará las próximas décadas. Tengamos en cuenta, además, el grado de dependencia ya existente de otras económicas, por ejemplo, en América Latina o África, a la potencia asiática. Y la influencia que ejerce este país en otros mercados, como el europeo.
Entonces, China empieza a ocupar estos espacios de poder, en primer lugar para tener núcleos de abastecimiento de materias primas, indispensables para mantener su crecimiento y demanda. En segundo lugar, para establecer puntos de influencia y apoyo comercial a largo plazo con otros Estados a lo largo y ancho del mundo, y en tercer lugar, para generar dependencias de países que se ven en la necesidad de acompasar las directrices de China en el plano comercial y económico, lo que produce inevitablemente una dependencia hacia el país asiático.
A ello se añade el retroceso de potencias occidentales como las europeas y Estados Unidos en el plano internacional. Desde el punto de vista económico. Desde el de la influencia ejercida en otras instancias de orden global. Y también en relación con los mecanismos de acceso a los mercados en cuanto a la competencia o los parámetros existentes en lo que respecta al desarrollo tecnológico.
Larga decadencia de los Estados Unidos
Se puede establecer que la vocación de China en el plano internacional no descansa en una teoría sobre un expansionismo político bajo el cual se pretenda suplantar un sistema en beneficio de otro. Su iniciativa recae, en esencia, en el funcionamiento de los poderes fácticos y económicos a su disposición, en detrimento de otras potencias. Esto es, suministros a largo plazo, generación de dependencias económicas o estabilidad comercial para seguir creciendo. En cambio, Estados Unidos tradicionalmente ha tenido una política internacional –cuando estaba guiada por el expansionismo y no por el retraimiento, como ocurre actualmente– impulsada por una vocación de transmisión de sus instituciones, esto es, la democracia liberal, con los resultados hoy se conocen.
Es evidente que este proceso continuará su curso, que tenderá a consolidarse en favor de la potencia asiática como eje de poder económico y político, con todo lo que ello implica para los desafíos del orden global y el mundo de las ideas.
Hace ya unos meses empezamos una serie de artículos -que continuará tras este parón- criticando el positivismo jurídico como corriente de pensamiento, hoy dominante. Según éste, debe dejar de haber límites al poder del legislador, debiendo considerarse como “ley” todo lo que la autoridad constitucionalmente instituida declare legal. Se trataba, veníamos a decir, de la solución perfecta para los reformadores e ingenieros sociales de toda laya, que se habían venido enfrentando a las limitaciones de la tradición y de los valores, como a un exasperante obstáculo contra sus pretensiones.
De ahí el intento de suprimir cualquier restricción que no viniese determinada por el imperio de la mayoría. Una mayoría, por lo demás, perfectamente manipulable. Y que, en cualquier caso, elige en España a sus representantes cada cuatro años a partir de una serie de promesas. Promesas que dichos representantes, a lo que se ve, no están en absoluto obligados a cumplir.
La tensión dialéctica entre posiciones que abogan por un poder incondicionado y otras que exigen limitaciones al mismo es algo que viene de antiguo, al menos desde la Grecia de Platón y Aristóteles. Y esa limitación del poder ha solido estar siempre en la ley. Es cierto que durante siglos los pensadores consideraron que existían principios limitantes meta-legales. De ellos dependía la validez de la ley promulgada. Y, ya derivasen de Dios, ya de la simple naturaleza de las cosas, eran en todo caso susceptibles de ser conocidos y/o descubiertos por el hombre con su razón.
Ley de Amnistía, puro positivismo jurídico
Con la aparición del positivismo jurídico, sin embargo, tal y como hemos visto en anteriores entregas, la validez de la norma ya no estaba en esos valores más allá de lo jurídico, sino en la mera “legalidad” formal (que la norma fuera promulgada por quien tiene constitucionalmente señalada dicha potestad).
Es a ese positivismo jurídico al que apela la Proposición de ley orgánica de amnistía presentada este martes por el Grupo parlamentario socialista:
Es, por tanto, una institución que articula una decisión política mediante una ley aprobada por el Parlamento como expresión del papel otorgado por la Constitución a las Cortes Generales, que se erigen como el órgano encargado de representar a la soberanía popular en los poderes constituidos y configurar libremente la voluntad general a través del ejercicio de la potestad legislativa por los cauces establecidos.
El resurgir de la moralidad
Son innumerables, sin embargo, los problemas que dicha proposición de ley plantea. El primero de ellos, una pura cuestión de moralidad. Eslo que viene destacando, en una serie de artículos que llevan apareciendo en su columna en el diario El País, Juan Luis Cebrián. El periodista afirmaba este martes, sin ambages y refiriéndose a Pedro Sánchez y la Ley de Amnistía que:
Que la paz social y la convivencia entre españoles se vean hoy seriamente amenazadas no parece tanto fruto de un designio maquiavélico como de una mente huérfana de referencias morales. ¿Cómo respetar, si no, a un dirigente político que no se respeta a sí mismo y es incapaz de mantener la palabra dada a aquellos a quienes les pidió su apoyo?
Vemos que, de pronto, la moralidad, si bien no limitadora de la validez y eficacia de la norma, aparece como un criterio meta-jurídico para valorar las conductas. Algo que a los positivistas no les parecería bien, dado el relativismo moral que postulan. (De hecho, ya sabemos que Pedro Sánchez no miente, sólo cambia de opinión).
Cebrián descubre el papel del Estado de Derecho
Pero lo increíble no es eso, sino que el señor Cebrián -y otros muchos con él, entre ellos varios antiguos referentes del PSOE que han venido saliendo a la palestra en las últimas semanas, pero también la gente del PP- se lleven de pronto las manos a la cabeza ante el riesgo de que Montesquieu pueda morir. Cuando lo cierto es que, si no lo había hecho ya, lleva décadas estando muy malito (“Montesquieu ha muerto”, dicen que dijo Alfonso Guerra allá por 1985).
Afirma también Don Juan Luis en su columna:
Amenaza además la pervivencia del partido socialista, que fue líder de la transformación democrática de España, cuando sus dirigentes persisten en vulnerar la igualdad ante la ley de los españoles y la independencia del poder judicial. Este es el más débil de los poderes del Estado y el más amenazado por los autócratas de medio pelo. En una democracia son las leyes y su aplicación la única garantía de que ni el Gobierno ni las muchedumbres a él afines están legitimados para vulnerar los derechos individuales y la libertad de los ciudadanos.
Montesquieu no murió
Y es que si “la paz social y la convivencia entre españoles” se ven hoy amenazadas no es por culpa del gobierno de un puñado de amorales que prometen una cosa, pero cambian de opinión sin otra razón que el simple deseo de poder a cualquier precio -este no sería ni el primer caso ni el último-. Lo es por una vulneración flagrante de la igualdad de todos ante la ley. Y por una ruptura definitiva de una división de poderes e independencia judicial que ya se encontraba terriblemente debilitada, y sin defensas, en nuestro país.
En efecto, para las democracias occidentales, sobre todo a partir de la cacareada figura de Montesquieu, tan importante ha venido siendo, al menos en teoría, esa “legalidad” (en el sentido de que las normas se promulgan según el procedimiento constitucionalmente establecido), como, sobre todo, una separación de poderes que tratase de evitar, a través de sus contrapesos, que los gobiernos abusasen demasiado de ese poder (al menos sobre el papel, repito).
La concentración de poderes
Y es que, como decía Jefferson y citaba Madison en su “El Federalista”, la concentración de los tres poderes -ejecutivo, legislativo y judicial- en las mismas manos constituye, precisamente, la definición del gobierno despótico, por mucho que, digan algunos, el poder no esté en las manos de una sola persona sino de unas decenas de esos déspotas. Al igual que no evita ese despotismo, también recordaban -en contra de lo que todavía creen algunos- el hecho de que esos déspotas hayan sido elegidos por la gente. Es necesario, concluían los autores citados, que los citados poderes estuvieran divididos y equilibrados de tal modo, entre distintos cuerpos de “magistrados”, que ninguno pasara de sus límites legales sin ser contenido y reprimido eficazmente por los otros.
Así, el problema actual no es que el legislativo vaya a aprobar una ley con la que se despenalicen determinadas conductas para favorecer a unos políticos cuyos votos necesita Pedro Sánchez en su investidura. No, eso, siendo ya de por sí obsceno, no sería tan grave -siéndolo mucho-, aunque las consecuencias penales -para quienes realizaron los actos tipificados como delitos- serían muy similares a las de la amnistía: de acuerdo con el artículo 2 del Código penal, los responsables del proceso soberanista catalán serían inmediatamente beneficiados, como ya lo han sido (recordemos lo que ha ocurrido con las rebajas de pena de la famosa ley del sí es sí).
El legislador se convierte en juez
El problema es que no se quiere derogar la tipificación de dichas conductas. Los tipos penales se mantienen, pero el Grupo Parlamentario Socialista pretende en la Ley de Amnistía que el legislador (diputados y senadores) pueda, a voluntad, decir los casos en los que esos actos son delito y los casos –“excepcionales”- en los que no. Y todo ello en función no de las acciones que se realicen (según se definen en leyes abstractas), sino del “contexto concreto”, según lo valore el propio legislador gracias a las mayorías de turno, con lo que dejamos de ser iguales ante la ley. Así, el párrafo primero de la exposición de motivos arriba citada señala expresamente que:
“Toda amnistía se concibe como una figura jurídica dirigida a excepcionar la aplicación de normas vigentes, cuando los actos que hayan sido declarados o estén tipificados como delito o determinantes de cualquier otro tipo de responsabilidad se han producido en un contexto concreto”.
Es decir, el legislador no se limitaría a aprobar leyes que tiene después que aplicar el poder judicial de manera autónoma e independiente (separación de poderes), sino que pretenden que pueda aquel ir indicándoles a los jueces cuándo aplica esas leyes y cuándo no, en función de los criterios que vaya considerando según las circunstancias (el déspota no sería un solo señor, sino el puñado de ellos que saque adelante la ley en el Parlamento; pero que sean varios, en lugar de uno solo, no hace la situación menos despótica, como recordábamos más arriba).
La paz de los enemigos de la Constitución
En el caso que nos ocupa, los motivos recogidos en la Proposición de Ley para justificar dicha intervención excepcional en estos momentos -no hace apenas tres meses, sino ahora, ya que para las elecciones de julio sí era inconstitucional e inaceptable la amnistía según la recua sanchista– son directamente un chiste pésimo (dudo que haya alguien en el país que no sepa, a estas alturas, que la razón de toda la operación es obtener los votos necesarios para poder mantenerse en el poder cuatro años más):
“(…) Para superar las tensiones referidas y eliminar algunas de las circunstancias que provocan la desafección que mantiene alejada de las instituciones estatales a una parte de la población. Unas consecuencias, además, que podrían agravarse en los próximos años a medida que se sustancien procedimientos judiciales que afectan no solo a los líderes de aquel proceso (que son los menos), sino también a los múltiples casos de ciudadanos e incluso a empleados públicos que ejercen funciones esenciales en la administración autonómica y local y cuyo procesamiento y eventual condena e inhabilitación produciría un trastorno grave en el funcionamiento de los servicios en la vida diaria de sus vecinos y, en definitiva, en la convivencia social”.
Como si la amnistía fuese a calmar las aguas en lugar de avivar los ánimos envalentonando de aquellos a quienes viene a dar la razón (“el contexto justificaba lo que se hizo” se les está diciendo) e indignando a aquellos con cuyos impuestos se financió la función. La desvergüenza es, no por grosera, menos insultante.
Cómo evitar la tiranía
Por otra parte, el hecho, como también se afirma en la exposición de motivos citada, de que la amnistía se haya aplicado otras veces en nuestra historia -en contextos, por cierto, muy diferentes a los actuales-, tampoco justifica nada; como no lo hace el hecho de que sea una figura que pueda estar incardinada en otros ordenamientos de países de nuestro entorno, si es que lo está, como es la de la amnistía. Que otros también quieran darse un tiro en el pie nunca ha sido un buen argumento para disparar al propio.
El problema, sin embargo, no ha surgido de la nada y se ha venido fraguando durante décadas. Ya Madison decía que el único remedio para evitar la tiranía consistía en dividir los famosos tres poderes en ramas diferentes, procurando, por medio de diferentes sistemas de elección y de diferentes principios de acción, que estén tan poco relacionadas entre sí como lo permita la naturaleza común de sus funciones y su común dependencia de la sociedad.
Una sociedad inerme
No hace mucho vimos, una vez más, por ejemplo, cómo se van renovando los magistrados del Tribunal Constitucional -el encargado de velar por el escrupuloso cumplimiento de la Constitución, que, ya les digo, en este caso no va a hacer nada-, y quiénes van haciendo las propuestas para los nombramientos (¡Uy con el “líder de la transformación democrática”, al que se refería Cebrián en la cita de más arriba… y con el subalterno que se ha venido dedicando a negociar con él y consolidar esas transformaciones cada vez que ha gobernado en sustitución del líder!).
Así las cosas, la cuestión no es que nos gobiernen posibles inmorales. El problema es que nos han ido robando, entre unos y otros, las armas con las que defendernos de ellos. Que vengan ahora, unos y otros, a caerse del guindo y llorarnos sus penas -realmente o de boquilla-, pidiendo “pactos de estado” o “nuevas elecciones”, sin hacer propósito de enmienda ni pedir perdón primero, no deja de ser un escarnio, dada la situación a la que ellos mismos nos han llevado.
Alemania hitleriana, Italia fascista, Rusia comunista… y hoy
Decía Hayek en su obra Los fundamentos de la libertad que:
Las fuerzas que combatían contra la libertad habían aprendido a la perfección la doctrina positivista de que el Estado no debe estar limitado por la ley. En la Alemania hitleriana, en la Italia fascista y en Rusia se llegó a creer que bajo el imperio de la ley el Estado “carecía de libertad”, era “un prisionero de la ley”, y que para actuar “justamente debía liberarse de los grilletes de las reglas abstractas”. El Estado “libre” no era otro que aquel que podía tratar a sus súbditos como le viniera en gana.
¿Reglas abstractas sin tener en cuenta los “contextos concretos” a los que se refiere la exposición de motivos citada? Por supuesto que no.
En el artículo anterior repasamos los órganos de poder en la Atenas clásica, uno de los ejes centrales de la política ateniense. Otro de los pilares fundamentales eran los magistrados. Los magistrados eran políticos que ejercían un cargo nominado por elección o sorteo por un tiempo limitado. Y, con unas funciones a su cargo, era una figura diferente al politikós, que no tenía un cargo.
El hecho de que el sistema de elección fuera por sorteo y censitario evitaba que los cargos fueran depositados en las manos de las personas con más renta. Era muy importante que hubiera mucha rotación para que todo el mundo ejerciera al menos una vez el cargo. Los principios básicos que defendía Aristóteles sobre la democracia eran que todos pudieran ser elegidos mediante sorteo, que cobrasen, que se mantuvieran poco tiempo en el cargo, y que no pudieran repetirlo. Aunque no se ajustaría completamente a la realidad, los magistrados representaban el poder ejecutivo de la Atenas clásica, aunque como veremos es mucho más complejo, ya que, por ejemplo, muchos de ellos tenían poder judicial.
Intervención de los dioses
Las personas que hablan en la asamblea son los politikós. Las magistraturas desempeñan funciones casi burocráticas. Los cargos en la época arcaica se elegían con votación en la asamblea, pero hay una fase intermedia entre éste y el sorteo, que es el sorteo entre electos. Solón introdujo el sorteo para evitar que las personas más influyentes ganaran las elecciones. El sorteo tenía una intención sagrada, ya que creían que los dioses intervenían en él. Todos los cargos eran sorteados, salvo los que requerían de conocimiento técnico, que eran electivos, ese era el caso de los estrategos militares o los magistrados encargados de los tesoros de la ciudad.
Jenofonte escribió un panfleto antidemocrático donde decía que los atenienses querían sortear todos los cargos menos aquellos que implicaban una responsabilidad. Según la Constitución de los atenienses de Aristóteles, en Atenas había todos los años 700 magistrados, y para gestionar el imperio otros 700, por lo que nos da una idea de la gran participación política de los ciudadanos atenienses.
Colegialidad
Otra característica de las magistraturas es la colegialidad. Las magistraturas estaban estructuradas en colegios de diez, respondiendo a la división en diez tribus de la población ateniense. No sabemos si era uno de cada tribu. Sólo sabemos que en el caso concreto de los estrategos sí eran uno de cada tribu, ya que era necesario conocer el terreno en el caso de un conflicto militar. Los magistrados estaban subordinados al poder de la asamblea. No tenían autonomía. Ni siquiera los estrategos, que eran los más reconocidos y prestigiosos. La colegialidad implicaba que todos los miembros estaban en igualdad de condiciones. No había un presidente fijo y todos tenían la misma autoridad.
Al inicio los magistrados no cobraban por el puesto, pero hacia mediados del S. V a.C, Pericles introdujo el llamado misthós, un sueldo de alrededor de tres óbolos. La misión del sorteo y el misthós tenían el mismo objetivo, hacer posible que cualquier ciudadano pudiera acceder.
Magistrados
Los magistrados más importantes eran los arcontes y los estrategos. Los arcontes son nueve más un secretario, los estrategos son diez. Los arcontes son los siguientes
Epónimo: Tenía funciones rituales, era el encargado de organizar las grandes fiestas como las dionisias, además preparaba las vistas previas de los juicios.
Polemarco: Era el jefe del ejército, se convertirá en una especie de juez de primera instancia que recoge las denuncias de los metecos (extranjeros)
Basileo: presidía el areópago (antiguo Consejo) y los juicios por asesinato con premeditación.
Seis tesmótetas: recibían denuncias por asuntos relativos con las instituciones y política de la ciudad, eran los que tenían más actividad judicial.
Ya hemos repasado los dos pilares básicos del sistema político ateniense, el poder legislativo y el ejecutivo. Falta otro eje central, que es el sistema judicial, un sistema muy complejo y con muchas aristas que desarrollaremos en próximo artículo de la serie. He de decir, que únicamente hago la distinción entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial para que se pueda entender mejor cada artículo, estaríamos cometiendo anacronismo si aplicáramos la división de poderes de Montesquieu a la Atenas clásica.
Por Kerry McDonald. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.
A medida que más padres tienen la oportunidad de abandonar la escolarización obligatoria por otras opciones, como la educación en casa y las microescuelas, no es de extrañar que los partidarios del control descendente de la educación se sientan inquietos ante esta transformación ascendente de la educación. Este nerviosismo se da en ambos extremos del espectro político.
En la izquierda política, The Washington Post se lamentaba la semana pasada de la posibilidad de que “ningún funcionario del gobierno compruebe lo que se enseña o lo bien que se enseña [a los educadores en casa]”. En la derecha política, el Instituto Fordham expresó preocupaciones similares sobre los educadores en casa híbridos y las microescuelas: “Para garantizar que esos niños reciban la educación que merecen, será necesario que los responsables políticos elaboren leyes inteligentes que regulen estas nuevas instituciones….”.
Fe en la gente libre
Puede haber un fuerte deseo, especialmente en la política pública, de controlar a los demás imponiéndoles un conjunto específico de creencias o preferencias. En una sociedad libre, con una diversidad tan impresionante de creencias y preferencias, debemos resistirnos a este afán de control centralizado. Como escribió el fundador de la FEE, Leonard Read, debemos tener “fe en la gente libre” y permitir que las personas tomen las decisiones que les parezcan más adecuadas. Puede que tomen decisiones que a nosotros personalmente no nos gusten o nos parezcan objetables, y puede que ellos tampoco vean con buenos ojos las nuestras. No tienen por qué gustarnos las decisiones de los demás, pero debemos aceptar la libertad de elegir.
La libertad de elegir en educación se está convirtiendo en una realidad para muchas familias, sobre todo a medida que más estados introducen o amplían programas de elección de la educación que permiten a las familias acceder a una parte de la financiación de la educación asignada por el estado para utilizarla en la matrícula de escuelas privadas, microescuelas (que son como escuelas modernas de una sola aula) y diversos programas de educación en casa, así como en terapias educativas, servicios de tutoría y material didáctico.
EdChoice
Según EdChoice -fundada en 1996 por Milton Friedman, Premio Nobel de Economía, y su esposa Rose, economista, para promover la elección de los padres en materia de educación-, unos 20 millones de estudiantes -o alrededor del 36% de la población estudiantil estadounidense de primaria y secundaria- pueden acogerse o se acogerán en breve a un programa de elección que les permita abandonar la escuela pública asignada y optar por una enseñanza privada que satisfaga mejor sus necesidades.
Cada vez son más los padres que abandonan los colegios públicos por estas otras opciones. El Washington Post publicó recientemente un análisis detallado que muestra que el número de educadores en casa en EE.UU. ha aumentado más de un 50% en los últimos seis años y que “un aumento espectacular de la educación en casa al comienzo de la pandemia se ha mantenido en gran medida hasta el curso 2022-23, desafiando las predicciones de que la mayoría de las familias volverían a las escuelas que han prescindido de los mandatos de máscara y otras restricciones covid-19”.
Microescuelas
Muchos de estos educadores en casa se están matriculando en microescuelas asequibles que ofrecen la libertad y la flexibilidad de la educación en casa dentro de la estructura de un entorno de aprendizaje dirigido por un profesor. Crossroad Trails Educational Center, cerca de Kansas City, es un ejemplo de ello. Creada el año pasado por Tara Cassidy, que fue profesora en un colegio público durante 17 años, Crossroad Trails es una microescuela a tiempo completo y de bajo coste que ya cuenta con más de 30 alumnos, todos ellos legalmente reconocidos como educadores en casa.
“Nuestro objetivo era dejar que los padres tuvieran el control”, me dijo Cassidy en una entrevista reciente. “Aprendí, como madre que buscaba otras opciones, que lo que mi hijo necesitaba no estaba ahí fuera. Así que ese fue mi principal objetivo: lo que tu familia necesita, tiene que estar a tu disposición.
Más familias que nunca tienen ahora la oportunidad de evaluar sus necesidades educativas y elegir en consecuencia. Estos padres eligen cada vez más opciones educativas personalizadas y descentralizadas, como la educación en casa y la microenseñanza, a menudo precisamente porque rompen con la escolarización estándar de talla única. Quieren la variedad, personalización y abundancia en la educación que disfrutan en todas las demás áreas de su vida que no están controladas por el gobierno.
Padres preocupados
Como escribió Leonard Read en su clásico ensayo de 1964, The Case for the Free Market in Education:
Aunque uno no puede saber las brillantes medidas que tomarían millones de padres conscientes de la educación si fueran ellos y no el gobierno quienes tuvieran la responsabilidad educativa, uno puede imaginar la gran variedad de empresas cooperativas y privadas que surgirían.
Leonard Read. The Case for the Free Market in Education.
Ahora estamos viendo esa gran variedad de empresas cooperativas y privadas, creadas por emprendedores cotidianos como la microescuela de Cassidy para satisfacer las diversas necesidades y preferencias de millones de familias en todo Estados Unidos.
La escolarización descendente, gestionada por el gobierno, está siendo sustituida constantemente por modelos de aprendizaje ascendentes y descentralizados. Si bien esto puede poner nerviosos a los defensores del statu quo escolar, tanto de la derecha como de la izquierda política, debería hacernos sentir felices y esperanzados al resto de nosotros.
“La ideología es la expresión más pura posible de la capacidad de autodesprecio de la civilización europea”, escribió Kenneth Minogue en su clásico libro Alien Powers: The Pure Theory of Ideology, publicado en 1985. Estas palabras resuenan hoy cuando los ideólogos agitan el resentimiento y la ira contra las prácticas de la civilización occidental y sus individuos individualistas y emprendedores. Para el ideólogo, el Occidente moderno es un sistema opresivo del que los explotados necesitan emanciparse. El ataque ideológico contra Occidente y sus prácticas es uno de los retos más formidables a los que se enfrentan quienes aprecian nuestro modo de vida libre. Para comprender las ideologías y apreciar los peligros que entrañan, Minogue -fallecido este verano hace diez años- es un pensador que merece la pena leer.
Nacido en 1930, Minogue se formó en la Universidad de Sydney y en la London School of Economics and Political Science (LSE), donde recibió la influencia de la perspectiva escéptica y crítica de John Anderson, así como de las opiniones escépticas y conversadoras de Michael Oakeshott. Estas influencias hicieron de Minogue un candidato perfecto para las incorporaciones de Oakeshott al departamento de Gobierno de la LSE, donde Minogue se estableció como académico durante muchos años. La carrera de Minogue en la LSE se complementó con una activa vida intelectual pública. Defendió las ideas conservadoras y el modo de vida libre de Occidente durante los problemas de los años 60, durante el liderazgo de Margaret Thatcher en el Partido Conservador británico y tras el dominio de la Nueva Derecha sobre la política en Occidente.
Pocos años después de su nombramiento en la LSE, Minogue publicó la que probablemente sea su obra más conocida, The Liberal Mind (1963). En ese libro, reeditado por Liberty Fund en 2001, diseccionaba la mentalidad del liberal moderno y abordaba lo que se convertiría en su preocupación central: el desafío ideológico a la civilización occidental. El libro se publicó en un contexto intelectual en el que pensadores como Daniel Bell, Raymond Aron y Edward Shils proclamaban el fin de la ideología en Occidente. Para estos pensadores, la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, el desencanto con el comunismo soviético y el colapso de la fe entre intelectuales y políticos tras presenciar la ideología en acción habían creado las condiciones para su fin. Minogue no tenía ese ánimo festivo.
En su libro, Minogue afirma que la ideología sigue muy viva dentro del liberalismo moderno. Argumenta que el liberalismo moderno se había descontentado con el mundo moderno debido a las diversas formas de sufrimiento que afligían tanto a los individuos como a la sociedad. En respuesta, el liberalismo moderno recurrió al conocimiento técnico para prescribir soluciones a estos problemas a través de la acción estatal, con el objetivo de lograr una sociedad ideal libre de sufrimiento. Este cambio supuso un alejamiento significativo del énfasis tradicional en la libertad individual dentro del liberalismo clásico, y su contraparte moderna adopta ahora lo que Minogue denomina “salvacionismo liberal”. El salvacionismo liberal, según Minogue, refleja la creencia de que a través de la intervención del Estado se puede reformar la conducta humana, dando lugar a la aparición de un mundo perfecto y redimido.
El liberalismo moderno buscó un apoyo intelectual y político sostenido para su campaña de redención del mundo moderno, y encontró este apoyo en las universidades. Según los liberales modernos, las universidades tienen la misión de contribuir al ideal perfeccionista a través de su labor investigadora y política, aportando soluciones para hacer frente a situaciones de sufrimiento. Este papel instrumental asignado a las universidades por los liberales modernos contrastaba fuertemente con lo que Minogue consideraba la función propia de estas instituciones de educación superior. En The Concept of a University (1974), Minogue, haciéndose eco de Oakeshott, sostenía que la investigación académica dentro de las universidades no debería estar impulsada por preocupaciones teleológicas, que harían a la institución susceptible a la intervención gubernamental e ideológica. Por el contrario, sostenía que la investigación académica debería desempeñar un papel no instrumental en la búsqueda reflexiva e intelectual de la verdad.
La búsqueda de un mundo perfecto se extendió más allá de la política nacional y de instituciones civiles como la universidad; también se manifestó en el temprano apoyo del liberalismo moderno a las ideologías nacionalistas que ganaron fuerza en Asia y África tras la Segunda Guerra Mundial. En Nationalism (1967), Minogue, siguiendo los pasos de su colega Elie Kedourie, ve el nacionalismo como una ideología de búsqueda de agravios que promete la salvación a través de la nación. Según la perspectiva nacionalista, la salvación implica la unidad política, territorial, social y cultural, que equipara la voluntad del individuo con la voluntad de la nación. En consecuencia, los nacionalistas son intrínsecamente hostiles al individualismo y al pluralismo, ya que estos conceptos se consideran amenazas para la unidad imaginada. Aunque Minogue no se opuso a la descolonización, criticó a los liberales modernos por su enfoque salvacionista y el sentimiento de culpa que sustentaba su apoyo a lo que percibían como “nacionalismo bueno”. Además, Minogue reprochó a los liberales modernos su ingenuidad al creer que estas naciones recién formadas evolucionarían de forma natural hacia democracias liberales, se alinearían con el capitalismo frente al comunismo y conducirían a un mundo mejor.
El perdurable tema de la ideología, presente tanto en contextos nacionales como internacionales, constituye un aspecto significativo de la obra de Minogue. No obstante, el término “ideología”, acuñado por Destutt de Tracy durante la Revolución Francesa, ha sido objeto de debate académico, con distintas connotaciones a lo largo del tiempo. Los marxistas clásicos veían la ideología de forma negativa, como la representación de las creencias de la clase opresora. Más tarde, bajo la influencia de pensadores como Lenin, la ideología adquirió un tono más positivo, abarcando la totalidad de las creencias de una sociedad, ya fueran de la burguesía o del proletariado. Posteriormente, con la obra de Mannheim, se dio a la ideología una connotación no valorativa, siendo sólo la representación de las creencias de los individuos. Sin embargo, en Alien Powers, Minogue pretendía recuperar la connotación negativa original asociada al término “ideología”, al tiempo que rechazaba el tema de la opresión de los marxistas. Consideraba la ideología como un modo de pensamiento crítico que supone una amenaza para la tradición política de la civilización occidental y su modo de vida libre.
Minogue definió la ideología en Alien Powers como “una forma de análisis social que descubre que los seres humanos son víctimas de un sistema opresivo, y que el asunto de la vida es la liberación”. En esta conceptualización, podemos discernir las dos funciones principales de la ideología. En primer lugar, cumple una función crítica al falsificar el modo de vida occidental moderno como sistema opresivo, lo que lleva a los ideólogos a albergar una aversión inherente al Occidente moderno con su pluralismo e individualismo. En segundo lugar, la ideología asume un papel positivo al posicionarse como poseedora del verdadero conocimiento para liberar a los individuos de esta opresión sistémica. En consecuencia, la ideología se presenta a sí misma como un modo de pensamiento pseudocientífico que ofrece una vía determinada para transformar todo el sistema con el objetivo último de crear una comunidad perfeccionada.
La perspectiva de Minogue ayuda a identificar y responder al desafío ideológico al que se enfrenta el Occidente moderno. En primer lugar, diferencia la ideología de la caracterización amplia que le da Mannheim, donde representa las creencias de los individuos ligadas a su ubicación social. Según Minogue, la ubicación social no ofrece el conocimiento revelador que reivindican los ideólogos. Por el contrario, para el ideólogo, el contexto social no es más que una parte del sistema opresivo que obstaculiza la emancipación de los oprimidos. Por consiguiente, la ideología no es una mera descripción no evaluativa de las creencias individuales, como se emplea en las ciencias sociales. Más bien, desvela la naturaleza opresiva del mundo moderno y traza un camino hacia una utópica tierra prometida.
En segundo lugar, el planteamiento de Minogue separa la ideología de la tradición clásica de la política occidental, que implica la deliberación sobre las condiciones para ser aceptado como miembro de una asociación civil. Paradójicamente, la ideología utiliza la política como medio para alcanzar un fin, que es la erradicación de la propia política. Los ideólogos rechazan el conflicto inherente a la política occidental, ya que obstaculiza el logro de la perfección. Minogue lo capta sucintamente en Politics: A Very Short Introduction (1995) cuando afirma: “Cualquier concepción de un estado finalmente perfecto es incompatible con la propia actividad de la política”. Por tanto, Minogue reafirma la autonomía y el alcance limitado de la actividad política, subrayando el carácter ajeno de la ideología dentro de la tradición política occidental.
En tercer lugar, Minogue subraya que la ideología es una creación moderna con un objetivo antimoderno. Este objetivo antimoderno implica rechazar las sociedades modernas que surgieron como resultado de la disposición de los individuos a perseguir sus propios deseos e identidades morales. En su lugar, los ideólogos anhelan una utopía futurista arraigada en los ideales de una sociedad tradicionalista, en la que los deseos y las identidades morales de los individuos están predeterminados por la comunidad o por algún ideal racionalista.
Así, la ideología, según Minogue, cumple una función crítica: identificar aquellas doctrinas que son hostiles al Occidente moderno y a su tradición política. Minogue empleó eficazmente esta función crítica para identificar una nueva forma de ideología que está erosionando gradualmente el tejido moral de los individuos, transformándolos en seres serviles. En su último libro, La mente servil: cómo la democracia erosiona la vida moral (2010), Minogue identificó esta ideología como la ideología “político-moral”:
Una estructura de pensamiento que rechaza los estrechos límites de la vida moral individualista. … [Presenta] en su lugar un conjunto de aspiraciones, cuyo apoyo comenzaría a redimir la culpa apropiada a la forma en que, como civilización, nos hemos desarrollado.
La “político-moral” es el carácter contemporáneo del liberalismo moderno, impulsado por la culpa occidental o el odio a sí mismo por todos los supuestos defectos del Occidente moderno. Pretende resolver estos problemas con un nuevo lenguaje moral, en el que las deliberaciones individuales sobre la conducta humana se extrapolan a los demás o al Estado, con el objetivo de alcanzar el sueño perfeccionista. Minogue llama a esto la “mente servil”. Es evidente en el creciente gerencialismo gubernamental en todos los aspectos de la conducta humana, desde abordar la desigualdad hasta prohibir los refrescos de gran tamaño por sus efectos sobre la obesidad. Por lo tanto, para el político-moralista, la libertad no es el silencio de la ley como creía Hobbes, sino que los individuos son más libres o se liberan de la opresión cuando hay una cacofonía de leyes que rigen su conducta.
El valor del trabajo de Minogue reside no sólo en identificar la ideología en nuestros tiempos contemporáneos, sino también en comprender que la esencia de la ideología es la hostilidad hacia el Occidente moderno y la disposición que lo creó: el individualismo. Esta hostilidad frontal al modo de vida individualista moderno está impulsada por un anhelo nostálgico de un mundo perfecto, un anhelo que domina a los liberales modernos y a un número cada vez mayor de conservadores. La práctica moral del individualismo, en la que los individuos deliberan sobre su conducta y autorrealizan su felicidad e identidad moral, se percibe como el principal obstáculo para este mundo perfecto. En consecuencia, los ideólogos claman por una sociedad armoniosa de mentes serviles como condición necesaria para entrar en el reino ideológico de los cielos.
Minogue reconoció el peligro de la ideología y nunca abrazó la idea de que asistiríamos a su fin. Desde el principio, se han hecho esfuerzos por redimir la caída de la humanidad. El resultado de estos esfuerzos ha dejado a nuestro mundo occidental marcado por los restos de proyectos ideológicos, que van desde la educación universitaria hasta ambiciones gubernamentales como la guerra contra la pobreza. Es tras el fracaso de estos proyectos ideológicos cuando figuras como Kenneth Minogue pueden ayudarnos a recoger los pedazos.
Presentamos en este artículo un resumen esquemático que nos sirve para explicar las diferencias entre un sistema público y un sistema privado de pensiones. Aunque para hacer uso de términos más ajustados a la realidad, los denominaremos sistema obligatorio y sistema libre de pensiones. Mantendremos los términos “cotización”, “jubilación” y “pensión” para hacer más comprensible el texto, por tratarse de términos que nos resultan más familiares que otros que pudieran ser menos engañosos.
El sistema obligatorio de pensiones es el que conocemos hoy en día en España. Es un sistema impuesto por el estado. De hecho, no se trata de un mecanismo de aportaciones, sino meramente de una figura impositiva más entre otras tantas, disfrazada de sistema de ahorro. El sistema libre consiste en que cada persona ahorrará su propio dinero para lo que conocemos como la jubilación, y gestionará el fondo que va acumulando como mejor le parezca, sin limitaciones de ninguna clase. Enumeraremos a continuación las diferencias entre estos dos modelos exactamente antagónicos.
Voluntariedad
La primera diferencia es precisamente la que sirve para definir a ambos modelos: la voluntariedad. El sistema obligatorio de pensiones no permite a los individuos tomar la decisión de participar o no participar de él. Es obligatorio hacerlo. No hacerlo impide al sujeto trabajar, y es origen de todo tipo de acoso en forma de multas, prohibiciones y persecución económica por parte del estado.
En el sistema libre de pensiones, cada persona ahorra para su vejez, de forma individual o colectiva, o simplemente no lo hace. Hará una cosa u otra por las razones que crea conveniente. Es de carácter voluntario y personal. Nadie nos obligará a hacerlo y nadie nos prohibirá hacerlo.
Aportaciones
En el sistema obligatorio de pensiones, las aportaciones son igualmente obligatorias. Lo son en su cuantía y en sus plazos: el estado nos dice cuánto tenemos que aportar exactamente y exactamente cuándo. Cualquier retraso o inexactitud en el importe da lugar, de manera automática, a sanciones, multas, recargos e intereses.
En el sistema libre de pensiones, cada sujeto hace aportaciones a su propio fondo de ahorro cuándo y en la cuantía que cree conveniente. Es posible que a veces pueda aportar más dinero y otras veces menos. U otras veces nada. Cada uno puede interrumpir las aportaciones o hacer aportaciones extraordinarias de gran cuantía según su voluntad o sus posibilidades.
Edad de jubilación
En el sistema obligatorio de pensiones, existen limites temporales perfectamente definidos e idénticos para todos: cada individuo empieza a realizar aportaciones el mismo día que empieza a trabajar por primera vez. No será en ningún caso antes de cumplir los 16 años. En cambio, realizará aportaciones a todo lo largo de su vida mientras siga trabajando, y no podrá recibir ningún retorno de sus aportaciones hasta cumplida la edad exacta que establezca el gobierno. El gobierno nos dirá exactamente qué día podremos empezar a recuperar una parte del dinero aportado. Durante muchos años ese día ha sido justamente al cumplir los 65 años, pero según decisión del gobierno se prolongará progresivamente hasta los 67. Por el momento.
En el sistema libre, no hay ninguna relación entre el trabajo y las aportaciones. Un sujeto puede estar trabajando y no realizar aportaciones o realizar aportaciones sin estar trabajando. Es el propio individuo el que decide a qué edad recupera sus aportaciones. Decide igualmente si deja de trabajar a cierta edad, o si más tarde decide volver al trabajo, dependiendo de sus propios planes. Puede decidir si recuperará sus aportaciones mientras sigue trabajando o cuando deja de trabajar.
Propiedad de los fondos
En el sistema obligatorio de pensiones las aportaciones que se hacen, las llamadas cotizaciones, son propiedad del estado. En el momento en que son aportadas, su dueño pierde la propiedad sobre ellas. En el sistema libre, los fondos siempre son propiedad de la persona que hace las aportaciones. El dinero es suyo, esté aportado o no a un sistema de ahorro de cualquier característica, individual o colectivo.
Sucesión, gestión de fondos y rendimientos
En el sistema obligatorio de pensiones, si el aportante fallece, el estado se queda con los fondos y no devuelve nada a los herederos del sujeto fallecido. En un sistema libre, si el sujeto fallece, todas las cantidades aportadas forman parte de la herencia de sus sucesores.
En el sistema obligatorio de pensiones, el estado gestiona esos fondos. Aunque dicha gestión consiste simplemente en hacer con ellos lo que mejor considere en cada momento. En un sistema libre, el propietario de los fondos, el aportante, los gestiona en cada momento como mejor entiende. Puede realizar inversiones por su cuenta y riesgo, o puede confiar en gestores especializados, o puede no hacer nada y simplemente guardar su dinero en el banco a la espera de decidir qué hacer con él.
En el sistema obligatorio de pensiones, los fondos aportados no producen ningún rendimiento porque no se gestionan para que produzcan nada, simplemente se gastan de manera inmediata. En un sistema libre de pensiones, los fondos aportados generan rendimientos. Mayores o menores, según la voluntad del aportante, o según su habilidad inversora, o dependiendo de la suerte. En todo caso, cualquier rendimiento de los fondos, grande o pequeño, pasa a ser propiedad del aportante.
Valor del fondo y aportación al sistema productivo
En el sistema obligatorio, no hay ningún fondo. Ni el aportante genera un fondo de su propiedad ni existe un fondo común al que vayan las aportaciones de todo el sistema. El sistema presenta saldos negativos y produce deudas. En el sistema libre existe un fondo, que puede ser individual o colectivo, que crece a lo largo del tiempo tanto por las nuevas aportaciones como por los rendimientos obtenidos a partir de las inversiones que se realicen con ese dinero. El valor del fondo crece de forma acumulativa gracias a estas dos variables. El sistema crea valor.
Como ya hemos dicho, en el sistema obligatorio de pensiones no existe ningún fondo, las aportaciones se consumen de manera inmediata, el sistema es deficitario. No se aporta ningún recurso al sistema productivo. En el sistema libre, la acumulación de fondos y su gestión en forma de fondos de pensiones o fondos de inversión, suponen una gigantesca fuente de financiación para el sistema productivo.
Cuantía de la pensión
En el sistema obligatorio de pensiones, la cuantía de la pensión que recibe el aportante es una decisión del gobierno de cada momento. Depende del número de aportantes y de la cuantía global de sus aportaciones en el momento en que cada uno llegue la edad de jubilación. La cuantía del pago mensual que se recibe no guarda ninguna relación, por tanto, con las aportaciones realizadas a lo largo de su vida.
En el sistema libre los fondos se recuperan en la forma en que su propietario quiera hacerlo, estableciendo como retorno una cantidad mensual constante, o creciente o decreciente o aleatoria, o recuperando todo su dinero, o ninguno.
Pensiones máximas y mínimas
En el sistema obligatorio de pensiones no existe una pensión mínima, porque en ningún caso está garantizado el cobro de ninguna cantidad mínima. Sí existe, sin embargo, una cuantía máxima, establecida por cada gobierno de turno.
En el sistema libre, en cambio, sí existe una pensión mínima, que sería aquella correspondiente a un fondo que no hubiera obtenido ninguna rentabilidad a lo largo de la vida del mismo. En cambio, no existe una pensión máxima, porque ésta dependerá de los rendimientos obtenidos por esos fondos a lo largo de todos los años de su existencia.
En artículos anteriores he tratado la volatilidad de Bitcoin y los problemas que puede tener para que su precio sea estable en el futuro. Este es un debate muy frecuente entre bitcoiners y economistas, pues Bitcoin generalmente se describe como un candidato a ser dinero.
Por mi parte, considero que la función más importante del dinero es la unidad de cuenta, es decir, facilitar el cálculo económico y la formación de los precios. Carl Menger sostiene que esta función es importante, pero que no es una función causal del dinero, sino una consecuencia derivada de ser medio de intercambio. Pero creo que existen argumentos para pensar que la función de unidad de cuenta puede ser anterior a la función de medio de intercambio.
El economista Carlos Bondone en sus últimos trabajos sostiene que antes de realizar cualquier intercambio necesitamos realizar cálculos. Y la verdad es que es bastante evidente que esto es así, que si en una transacción se intercambian 2 unidades del bien A por 1 unidad del bien B, las dos partes tienen que calcular el valor de esos bienes y trasladar ese valor cuantificándolo en cantidades de ambos bienes. Incluso para el propio autoconsumo, que sería un intercambio intrapersonal en el tiempo, también necesitamos cuantificar las unidades que vamos a necesitar almacenar en función de nuestra necesidad a lo largo del tiempo.
Antes la unidad de cuenta que el medio de intercambio
Esta cuantificación del valor la realizamos a través de los bienes de manera relativa. Cuando se trata del mismo bien comparamos el valor de la unidad marginal con el resto de unidades, y cuando se trata de dos bienes distintos, comparamos el valor de ambos para determinar una relación de intercambio, un precio. En economías monetarias, utilizamos el dinero como proxy del valor (i.e. unidad de cuenta).
Por tanto, y sin profundizar más en esta cuestión, pues no es el objetivo de este artículo, creo que existen argumentos para cuestionar o matizar a Menger en este punto y plantear que la función de unidad de cuenta de un bien destinado al intercambio puede ser causalmente anterior a la función de medio de intercambio.
Llevando este argumento a la práctica, podríamos explicar por qué algunas monedas que son una pésima unidad de cuenta aún consiguen circular, como el peso argentino. Y es que de alguna manera estas monedas se convierten en una suerte de moneda fraccional de otra moneda más estable, como es el caso del dólar, que es la referencia, aunque no protagonice gran parte de los intercambios. La función importante, la unidad de cuenta, la pasa a desempeñar el dólar, y el peso simplemente sirve como medio de pago, estando las cantidades intercambiadas supeditadas a la unidad de cuenta.
Algo parecido sucede con Bitcoin en intercambios internacionales cuando las partes consideran que es más eficiente realizar el pago con Bitcoin que con una moneda fiat. Pero en la gran mayoría de estos casos la cantidad a intercambiar de Bitcoin se suele determinar en función de la cotización de Bitcoin en dólares o en euros.
Oferta fija e inestabilidad
Existe un interesante debate entre los interesados en Bitcoin sobre si éste logrará ser dinero entendido como medio de intercambio generalmente aceptado, y según he argumentado en los párrafos anteriores, considero fundamental que para ello su valor se estabilice. Es más, me atrevería a decir que si su valor se estabilizara, su utilización como dinero sería una consecuencia natural e inevitable. El problema es que la oferta fija de Bitcoin dificulta sobremanera esta estabilidad, pues cualquier expectativa de cambio en la intensidad de la demanda ha de acomodarse vía precio porque la oferta no puede cambiar.
Un argumento a favor de la estabilización es que se producirá gradualmente según se incremente la adopción de Bitcoin. Qué históricamente el mercado ha ido seleccionando como dinero bienes de oferta cada vez más restringida o “dura” hasta llegar al oro, y que de ahí se podría deducir que cuánto más dura es la oferta de un bien, mejor dinero puede llegar a ser.
Este argumento necesita hacer una excepción con la moneda fiat, pues la oferta de esta última es claramente menos restringida que la del oro, y, sin embargo, el mercado pasó de utilizar el oro a la moneda fiat. Para justificar esta excepción se puede aludir a que el Estado las impone al mercado por la fuerza, pero si esta imposición fuera posible ¿Por qué el mercado ha sido capaz de repudiar tantas monedas fiat? Tampoco se observa que en los mercados grises o negros, fuera del alcance de la coacción estatal, se opte generalmente por el oro.
Intermediar y compensar
Por otro lado, también es más que discutible que cuanto más restringida sea la oferta de un bien, más estable puede llegar a ser su valor. Si se me permite la analogía con la estabilidad de un coche, sería como decir que cuanto más dura sea la suspensión de un coche, más estable será su marcha. Pero por muy cierto que sea que la estabilidad óptima se alcanza según nos acerquemos a la dureza absoluta, eso no implica que la dureza absoluta sea la dureza óptima. En realidad, para que el coche sea lo más estable posible, la suspensión no debe ser ni demasiado blanda, ni demasiado dura.
Alternativamente, también se plantea como solución que la oferta se amplíe con sustitutos de Bitcoin, que básicamente serían deudas denominadas en Bitcoin emitidas por agentes económicos que a su vez sean acreedores de Bitcoin, de manera que si Ana le debe bienes por valor de un bitcoin a Juan, Juan se lo debe a Pedro y Pedro a Ana, todas estas transacciones se podrían liquidar por compensación sin necesidad de mover ningún Bitcoin y que ninguno de ellos tenga ningún Bitcoin. Quienes se acabarían especializando en esta función de intermediar y compensar deudas serían los bancos, que ante las fluctuaciones de la demanda emitirían o retirarían deudas denominadas en Bitcoin que utilizaríamos como sustitutos.
Creo que esta solución tiene bastantes problemas que por no extenderme hoy demasiado me limitaré a enumerar y que intentaré analizar con más detalle en próximos artículos.
Cuatro problemas
Los problemas que yo veo son los siguientes:
Si una de las razones por las que es útil Bitcoin es que resulta muy difícil de confiscar y que no hace falta confiar en ningún tercero, ¿Por qué un sustituto que requiera confiar en un tercero y sea fácilmente confiscable ha de ser igual de útil? Si la utilidad no es la misma, el valor no es el mismo.
Enlazado con lo anterior, si los sustitutos de Bitcoin son pasivos bancarios y, en consecuencia, con emisores que tienen sede, nombre y apellidos, ¿Qué impide que los gobiernos metan ahí sus zarpas y “regulen” o incluso monopolicen la emisión de sustitutos? Y si esto sucede, ¿Qué incentivos van a tener los gobiernos al respecto de emitir estos sustitutos?
Si Bitcoin es volátil incluso cuando ya haya pasado el proceso de adopción y conocimiento por parte del mercado, ¿Cuál es el incentivo a denominar contratos o deudas en una unidad que no es estable? Si muy poca gente se endeuda en Bitcoin, difícilmente existirán activos denominados en Bitcoin contra los que poder emitir pasivos.
Se pretende extrapolar un esquema de funcionamiento que existía durante el patrón oro, pero Bitcoin no es un recurso natural cuyo precio se autorregule de manera que cuando el precio sube se estimule la oferta. Aun sin llegar a ser dinero, el oro como simple activo ofrece una oportunidad de arbitraje cuando el precio se desvía mucho al alza de su coste de extracción. Es decir, en el proceso de producción de oro ya existen incentivos muy claros para endeudarse en oro cuando el precio se desvía mucho al alza.
Sustitutos monetarios
Por último, si Bitcoin pasara a ser un patrón monetario internacional, para mantener su precio razonablemente estable, incluso en un contexto de deflación, sería necesario emitir cantidades adicionales de sustitutos a lo largo del tiempo. Pero la cantidad de Bitcoin va a ser siempre la misma, de manera que tendríamos una suerte de pirámide invertida cuyo vértice sería cada vez más pequeño en términos relativos, generando una situación potencialmente muy inestable, especialmente si los gobiernos se apuntan al negocio de emitir sustitutos de Bitcoin. Pero incluso si la situación fuera estable, es una situación que ni siquiera podría llegar a producirse si no existe previamente un incentivo para emitir y aceptar sustitutos de Bitcoin.
Si algo ha caracterizado a la economía global a lo largo de los últimos tres o cuatro años ha sido la inestabilidad y la incertidumbre. Desde la crisis de la Covid hasta la invasión de Ucrania por parte de Rusia, pasando por multitud de crisis bancarias en EEUU o un mercado de commodities que no ha dado un respiro a los países emergentes. Desde luego, la guerra entre Israel y Palestina no ayuda a la estabilidad económica y política en el globo. Añade una nueva tensión a los mercados globales, siendo especialmente relevante esto en el caso del mercado de bonos soberanos.
Aunque la economía global ha mostrado signos de cierta resistencia, últimamente. Desde luego, muchos menos países han entrado en recesión en los últimos trimestres que lo que predecían la mayoría de analistas. Esto no quiere decir que muchas transformaciones estructurales de la economía global en los últimos años no hayan reducido el crecimiento potencial a escala mundial. Con especial inciso en los países Occidentales. Además, la crisis de los mercados de recursos naturales ha sido un grandísimo impacto en multitud de países emergentes. Ello ha generado una mayor divergencia en términos de crecimiento potencial entre países desarrollados y emergentes. Se ha frenado así la tendencia de convergencia global que se había establecido en las más recientes décadas.
Elementos de resistencia
La incertidumbre sobre la tendencia de la economía global se mantiene. Pero esta se ha reducido considerablemente en comparación a los primeros meses del año, cuando colapsaron varios bancos en EEUU y Credit Suisse. Además, los niveles inflacionarios no son ni mínimamente comparables. Muchos países han demostrado que se podía combatir a la inflación con una política monetaria sensata, sin necesidad de inducir una recesión. Esto aún no está tan claro en determinados países de Europa con alta sensibilidad al monto de pago por intereses de la deuda.
Analicemos la mayoría de mercados laborales de las economías occidentales, tanto Eurozona como en los EEUU. Lo que observamos es una elevada robustez en términos de crecimiento de la tasa de empleo y de la masa salarial. Y no hay sin evidencia -por el momento- de una clara espiral de salarios-precios. En este sentido, cabe remarcar que, (como mostraba recientemente el FMI en su más reciente edición del World Economic Outlook), existe una clara tendencia a la compresión de la desigualdad salarial global. Hay rangos salariales más bajos creciendo a mayor ritmo que aquellos más elevados. Ello contribuye a que haya una tendencia a la reducción de la desigualdad de ingresos.
Un punto interesante que hace el FMI al respecto es el hecho de que esta tendencia se ha podido consolidar en parte debido al crecimiento del teletrabajo y su normalización en multitud de industrias del sector terciario. Esto ha conducido a un crecimiento de los salarios reales en muchas de ellas.
China
Todo ello no quiere decir que no se mantengan significativos riesgos geopolíticos y económicos que puedan afectar a determinadas tendencias globales. Uno de los principales es la crisis del sector inmobiliario chino. Ya lleva activa más de un año y ha sido una de las principales -si no la principal- causas de la ralentización de la economía china. El país ha perdido el liderazgo de crecimiento potencial en el mundo.
Aparte de la situación económica del gigante asiático, hay otras dos tendencias de desestabilización económica. Una es la elevada volatilidad en los mercados de commodities a nivel mundial. La otra es la posible extinción de cualquier atisbo de ahorro acumulado que quedara en EEUU de la época de las transferencias fiscales masivas durante la época de la Covid.
Estos dos factores, en conjunto, pueden llevar a una ralentización del consumo en Occidente. Más en los EEUU. Esto se reforzará por la inesperada resiliencia de las tasas de inflación que estamos observando en ese país. Esto se podría confirmar pronto si la Fed opta erróneamente por abandonar de manera prematura la adaptación de los tipos de interés y comienza a estabilizarlos o incluso a reducirlos.
FMI
Además, un factor muy relevante a tener en cuenta es el futuro de la política fiscal en los países occidentales. La mayoría de ellos verán su colchón fiscal gravemente constreñido ante el incremento del coste de la deuda pública por la subida de tipos por parte de los bancos centrales. Esto podría generar un shock de pagos de interés de la deuda en muchos de los países más endeudados de la Eurozona. Es el caso de España o Italia.
Con todo esto en mente, la estimación del FMI para el crecimiento global en 2023 es un 3% inferior a lo pronosticado previamente al Covid. Es decir, hemos sufrido una pérdida del 3% del crecimiento potencial. Sin embargo, llama la atención un factor muy relevante. En los países de renta más elevada, como puede ser el caso de EEUU, es donde menos pérdida de crecimiento potencial se ha generado. El impacto ha sido mucho mayor en los países de menor renta per cápita -la mayoría de ellos países emergentes-.
Pobreza
Todo ellos, entre otras cosas, muestra la elevada habilidad de los países más desarrollados de lidiar con shocks macroeconómicos gracias a sus estructuras institucionales y a la solidez de muchas de sus herramientas de política macroeconómica, frente al menor margen de maniobra de los países emergentes. El resultado de todo ello (obviamente junto al factor de la elevada inestabilidad geopolítica) es que, según el Banco Mundial, hoy en día hay 95 millones de personas más bajo el umbral de la pobreza extrema que a finales del año 2019, lo cual es un gran fracaso en términos de desarrollo económico global.
Tal y como podemos observar, mientras muchos de estos problemas son de naturaleza política, otros tantos son estructurales o coyunturales y la combinación de todos ellos en un marco de debilitación y desarme de las estructuras multilaterales hace que encontrar una solución a los mismos sea mucho más complicado y, desde luego, costoso. Esto solo resalta la necesidad de reforzar cuanto antes las herramientas económicas a disposición de las instituciones supranacionales para que, a través de una mayor coordinación geopolítica y económica a nivel global, podamos encontrar un marco de solución a esta innumerable lista de shocks que achacan a la economía mundial.
Gracias a las elecciones presidenciales en Argentina, ha vuelto a salir a la luz pública el peronismo. Es un concepto que, cada dos o cuatro años, se hace eco en los distintos medios de comunicación a nivel mundial. Esta ideología, tan vieja como confusa, es una de las principales causas dadas por economistas y políticos para explicar las distintas calamidades socioeconómicas vividas por el país sudamericano a lo largo de tantas décadas. No es para menos, Argentina, con sus enormes reservas de recursos naturales y planicies para producir todo tipo de alimentos, empezó el siglo XX como uno de los cinco países más ricos del mundo[1]; lo acabó siendo uno de los más endeudados.
Todavía sorprende a investigadores y espectadores, por igual, el hecho de que a Argentina le haya ido tan mal. Aún hoy es normal escuchar: “¿qué le pasa a Argentina?”. Y es para responder esta pregunta, que muchos sacan a relucir la ideología fundada por Juan Domingo Perón y acaudillada por tantas figuras a lo largo de los años. Llamar a esta corriente ideología ya acarrea una cierta confusión. Al final, el peronismo ha logrado congregar a guerrillas de extrema izquierda (los montoneros) y derecha (la Triple A) bajo un mismo paraguas. Algo tan elástico y maleable, difícilmente puede ser considerado ideología.
Los descamisados
Sin embargo, todos coinciden en señalar al afamado general como el fundador del pensamiento personalista que se entrega en cuerpo y alma a un pueblo afligido para aliviarlo de sus males. Juan Domingo Perón y su esposa Evita fueron verdaderos maestros en el arte de la manipulación de las masas. Tanto, que la muchedumbre vitoreaba al imponente hombre en traje militar y a la bella dama ataviada de perlas, aun cuando la economía se iba al traste y la inflación acechaba a ricos y pobres. Pues ellos eran los descamisados del caudillo y su señora.
Todo este culto a la personalidad, el gastar cantidades ingentes de dinero público (muchas veces sin sentido u objetivo alguno), el justificar toda acción bajo la frase “justicia social” y crear un Estado similar a una ola expansiva infinita es algo nuclear en el peronismo. Pero esto no inició con Perón. Es más, se podría decir que había peronismo en Argentina antes de Perón. Y su fundador fue el primer presidente electo por sufragio directo, Hipólito Yrigoyen.
Hipólito Yrigoyen
Este hombre, de tez fuerte y voluntad decidida, ascendió a la Presidencia de la Nación 30 años antes de que Juan Domingo Perón empezase a repartir dinero público a mansalva. Su ascenso llegó con cambios institucionales que permitían al rico país sudamericano elegir por medio de voto directo a su presidente. Se amplió, así, la base del electorado. El sistema involucró más a la ciudadanía en el quehacer político.
Muchos analistas señalan que Yrigoyen llegó a romper cuarenta años de dominio y hegemonía conservadora en Argentina. Más que conservadurismo, lo que había era un estado liberal al uso. Las empresas privadas, tanto nacionales como extranjeras, tenían un rol preponderante en la economía del país. Esto permitía gran cantidad de exportaciones a Europa y Estados Unidos y hacía de Argentina un país rico. Bien es cierto que no estaba exento de problemas, incluyendo una gran brecha socioeconómica.
Pero esto estaba por cambiar. Pues al llegar Hipólito Yrigoyen de la mano de la Unión Cívica Radical (UCR) al poder, él mismo se comprometió a devolver la economía a los argentinos. Dijo, incluso: “El estado corrige la desigualdad en la órbita de sus facultades.” ¿Suena conocido?
El presidente fijó precios y reguló de manera agresiva muchas industrias; ferrocarriles, energía y petróleo. Inicialmente, los resultados fueron buenos (tomando en cuenta que la realidad global giraba en torno a la Primera Guerra Mundial). Sin embargo, su sucesor y compañero de partido, Marcelo T. de Alvear, fue más allá. Desató las radicales ganas de utilizar al Estado como aquel benefactor que podía transformar a la sociedad en su totalidad.
Una fiesta nacionalista
Los economistas Pablo Gerchunoff y Luchas Llach, señalan que
La deuda pública total aumentó un 50 por ciento. Para un país en expansión, no se trataba de un aumento insostenible, pero sí era preocupante que la inclinación al déficit se acentuara con los años. En 1927 el déficit fiscal fue el más alto de los registrados hasta entonces.[2]
Pablo Gerchunoff y Luchas Llach. ¿Hipólito Yrigoyen fue populista, como dijo Macri?
Esto era la tormenta perfecta para que cuando llegase una crisis mundial como la de 1929, el país no pudiera responder con efectividad. Para 1928, con Yrigoyen de nuevo al timón, los radicales pretendían continuar con una política nacionalista acérrima. No era sólo la regulación, sino la nacionalización (como pretendía hacer el presidente).
La factura del nacionalismo económico
Pero las crisis siempre llegan y Argentina no había ahorrado exactamente en sus años de bonanza. Con una disminución sustancial en el número de exportaciones (una pérdida de más del 40% del poder de compra de estas), se produjo un descenso en las reservas de oro de un 60% en un año y la balanza de pagos se desequilibró significativamente[3]. Ante esta realidad, el gobernante no supo responder y un golpe de estado acabaría con su presidencia en 1930. Ya no se contaban con los recursos casi ilimitados, las grandes reservas y el orden fiscal necesario para afrontar una crisis económica con la debida soltura. Ningún discurso estridente, ni acusación crispante, podían tapar el resultado de un shock internacional con un desorden en las políticas macroeconómicas nacionales.
¿Esto quiere decir que Yrigoyen fue un pésimo presidente que se encargó junto con la UCR de destruir la economía argentina? No exactamente. No se pueden obviar el efecto de shocks externos como la Primera Guerra Mundial, en su primer mandato, y el Crack del 29, en su segundo. El problema del primer presidente radical fue utilizar la incipiente democracia universal argentina como arma personal para crecer en popularidad. Le hizo creer a la gente que los incrementos en el bienestar general ocurrían gracias al Estado, es decir, gracias a él… cual Luis XIV. Eso es el antídoto perfecto para asestar un golpe letal a una democracia liberal. Sustituye al individuo y sus facultades decisorias por la voluntad de un líder y sus burócratas.
Estatismo y caudillismo
Dicho de otra manera, un excesivo e irracional culto a la personalidad, combinado con políticas estatistas que concentran gran cantidad de recursos y poder coercitivo en manos de políticos de turno, fueron elementos detonantes para crear una verdadera crisis socioeconómica en Argentina. El país no supo salir de ella. Entre golpe militar y gobiernos autoritarios, llegaría Perón 16 años después. ¿Y cuál fue su receta? Personalismo, aumento en el gasto y nacionalización. Con “buenos” resultados por un tiempo breve y crisis económica posterior (que acabó en otro golpe de estado). He aquí, la continuación de un patrón destructivo.
Entiéndase bien; Juan Domingo Perón e Hipólito Yrigoyen no fueron iguales; no hacía falta. Tan sólo dar con una fórmula que compagine la vanagloria personal con la ilusión de un Estado paternalista es suficiente para, a la larga, llevar a un país a la ruina.
Estas lecciones de historia no son simples anacronismos. Son la realidad latente de un país (que no ha sido el único en sufrirla, pero sí ha sido reincidente). A pocos días de un balotaje crucial para Argentina, el país se vuelve a dividir en dos bloques. Están liderados por personalidades distintas, pero que son, según sus discursos, una condición sine qua non para evitar el desastre más absoluto. De nuevo se ven personalidades mesiánicas, discursos pomposos y promesas de un mejor por venir. ¿Elegirá Argentina estudiando rigurosamente su pasado, o utilizará el mismo como atadura para el presente?
[1] Estimación realizada por el Proyecto Maddison, que situaba a Argentina entre los países más ricos a inicios del siglo XX. Publicado en la BBC- 19 de octubre de 2023.
[2] “¿Hipólito Yrigoyen fue populista, como dijo Macri?”- Publicado en Infobae- 7 de junio 2022.
[3] Historia Constitucional Argentina- Los Gobiernos Radicales- Publicado en argentinahistorica.com
Hans-Hermann Hoppe, en respuesta a una pregunta que le hicieron durante el evento que organiza con su Property and Freedom Society, dijo:
Es muy importante en estas réplicas a gente como Krugman que no nos metamos en detalles técnicos, sino que hagamos algunas preguntas casi como un niño. Explícame cómo es posible que el aumento de papelitos haga más rica a una sociedad. Si ese fuera el caso, explícame ¿por qué sigue habiendo pobreza en el mundo? ¿No son todos los bancos centrales del mundo capaces de imprimir tanto papel como quieran? Y ¿crees entonces que la sociedad, el mundo en su conjunto, sería más rico? Estoy seguro de que el tío no puede responder este tipo de preguntas, nadie puede responder este tipo de preguntas.
Hans Hermann Hoppe
Hoppe aquí se equivoca al menospreciar a Krugman. Tras estas declaraciones, me temo que podría dejarle muy mal parado en un debate y dejarle en evidencia y a la escuela austríaca de economía detrás. Y, en parte, con razón, pues gran parte de la escuela austríaca de economía sigue una rama de la teoría cuantitativa del dinero debido al legado intelectual de Ludwig von Mises, quien bebía a su vez de las ideas de David Ricardo.
Austríacos cuantitativistas
El principal problema de la teoría cuantitativa del dinero, que podemos observar ha mantenido gran parte de los teóricos monetarios de la escuela austríaca, es que asume que la demanda monetaria es constante. Podemos ver este error en la comprensión del dinero claramente expresado por Murray Rothbard (2009, 766) cuando dice que:
Por lo tanto, una de las leyes económicas más importantes es: Toda oferta de dinero se utiliza siempre al máximo y, por lo tanto, no se puede obtener ninguna utilidad social aumentando la oferta de dinero. (Énfasis en el original)
Murray N. Rothbard
Hoppe se equivoca al pensar que ningún “aumento en la impresión de papelitos” puede hacer a una sociedad más rica. Tendría razón si pensamos que estamos en una situación de equilibrio. Si en una economía la oferta de liquidez iguala la demanda de liquidez, cualquier expansión de la oferta es cierto que no generará riqueza, sino que aumentará los precios proporcionalmente a las unidades monetarias creadas. Pero las economías no se encuentran en situación de equilibrio y, de estarlo, ese estado no sería estático—algo que, irónicamente, explica muy bien la economía austríaca. Por tanto, la creación de sustitutos monetarios nos puede ahorrar tres tipos de costes.
Papelitos que crean riqueza
En primer lugar, si solo tuviésemos unas cantidades contadas de oro, digamos cincuenta monedas de oro para una economía de cuarenta millones de personas, muchos de los intercambios que los individuos querrían llevar a cabo no podrían realizarse. Pues cincuenta monedas no se mueven de una forma lo suficientemente rápida de mano a mano para que esos cuarenta millones de personas puedan hacer todos los intercambios necesarios. Por tanto, poder crear papelitos en esta ocasión generaría riqueza. La gente podría pagar a crédito y llevar a cabo más intercambios que si no pudiese imprimir estos papelitos.
En segundo lugar, y adelantándome a la posible réplica de que también se podría crear riqueza minando más oro sin necesidad de imprimir papelitos, hay que remarcar que esta impresión requiere de menos recursos que la extracción de oro. En una economía con restricciones sobre el ejercicio bancario donde se obligase a la fuerza a los intermediarios financieros a operar con un coeficiente de caja del 100%, el coste anual de minar oro, según los cálculos de Milton Friedman (1960), serían del 2,5% del PIB. Si se estima que esa economía creciese al 3%, el 75% de su crecimiento sería dedicado a la extracción de oro.
Por otro lado, según los cálculos de Lawrence White (1999, 46-48), el coste de la producción de oro en una economía donde además se pudieran imprimir esos papelitos sería del 0,05% del PIB. Unas cuantas veces más barato. Por lo que, otra vez, esa creación de papelitos estaría volviendo a generar riqueza.
Flexibilidad en la creación de crédito
En tercer lugar, tenemos el hecho de que la creación y destrucción de estos papelitos es muy flexible y nos permite cambios en la oferta de liquidez ante movimientos de la demanda. Si la demanda de liquidez de los individuos de una economía aumenta (se reduce), que también aumente (se reduzca) la oferta monetaria es beneficioso, pues suavizará—o hasta evitará—las variaciones en el valor del dinero y así nos protegerá ante posibles inflaciones o deflaciones.
Una contracción de la demanda de liquidez sin su correspondiente disminución de la oferta provocaría inflación. Una expansión de la demanda de liquidez sin un correspondiente aumento de la oferta, deflación. Por esto mismo Antal Fekete dice (2017, 43) que un patrón oro que operase bajo un coeficiente de caja del 100% no era más que “una quimera”. Y es que para aumentar la oferta monetaria tenemos dos opciones: o solo oro u oro y papelitos. Como hemos visto, la primera es mucho más costosa que la segunda.
Incluso si se optase por una opción aún más drástica y se prohibiese además toda extracción de oro para no tener que destinar tanta parte del PIB en esta actividad y hasta si hubiese una cantidad aparentemente suficiente de monedas de oro que pudiesen circular en la economía (más de las cincuenta anteriormente mencionadas), se estaría dejando de crear riqueza si no se creasen papelitos para hacer frente a los aumentos en la demanda de liquidez. Esto se debe a que los cambios en el valor del dinero, tanto los aumentos como los descensos generalizados de precios, son costosos.
La inflación, pero también la deflación
Los austríacos esto lo tienen muy claro con lo que respecta a la inflación, pero parece ser que no tanto cuando se habla de deflación. Un sistema como el que Rothbard y Hoppe proponen es demasiado rígido y al no poder imprimir papelitos, se genera deflación. Si tenemos la ecuación cuantitativa en la cabeza (M*V=P*Q), un aumento en la demanda monetaria—la cual tiende a aumentar con el tiempo, debido a que con el aumento de sus ingresos reales la gente cada vez demanda más liquidez—sin aumentos en M, llevarán consigo disminuciones en P; es decir, deflación. Esta sería una deflación monetaria (por el lado monetario de la ecuación, M*V).
Un ejemplo de esto sería lo que Milton Friedman y Anna Schwartz (1963) llaman la Gran Contracción, los primeros años de la Gran Depresión. Para Friedman y Schwartz fue la mala gestión de la oferta monetaria por parte de la Reserva Federal de los Estados Unidos lo que exacerbó y prolongó la depresión. Según su análisis, la Reserva Federal no solo falló en prevenir la contracción de la oferta monetaria, sino que a través de sus políticas contribuyó activamente a ella.
La deflación real
No obstante, no sólo la deflación monetaria nos debería preocupar. También la deflación real; la causada por aumento de producción. La deflación real sigue siendo un problema pues aun así nos encontramos con diversos costes. Por un lado, los costes de carta. Estos son los costes asociados ya no solo a literalmente cambiar los precios en las cartas de los restaurantes, sino otros gastos como el tiempo dedicado a pensar cómo cambiar los precios, la información contable errónea o los costes de renegociación de contratos.
Por otro lado, la rigidez de los precios y en especial, del salario. Diversos estudios empíricos han demostrado que os individuos calculan en términos nominales (Hoffman 2019, 19-40). La deflación hace que los beneficios de las empresas disminuyan nominalmente, lo que aumenta el riesgo de quiebra si los salarios no disminuyen en consecuencia; los individuos, sin embargo, pueden mostrarse reticentes a negociar recortes salariales (pues calculan en términos nominales), lo que conduce a despidos que no reflejan la situación real de la economía. Y despedir a trabajadores productivos debido a la falta de flexibilidad de los precios genera ineficiencias. En este caso, también, con la creación de papelitos se crearía riqueza. ¿Entonces, tanto la deflación como la inflación tienen costes? Sí, por eso el ideal sería la estabilidad de precios.
Adam Smith
¿Se les pude culpar a Rothbard y a Hoppe de no saber que la creación de papelitos podía generar riqueza? Pues sí, porque esto es algo que ya sabía—y dejó escrito—Adam Smith.
Adam Smith, en su La riqueza de las naciones (1776), al hablar sobre el dinero en el y los sustitutos monetarios Libro II, capítulo 2, dice que:
Cuando el papel moneda reemplaza al oro y la plata, la cantidad de materiales, herramientas y subsistencias que puede suministrar todo el capital circulante puede aumentar por el valor total del oro y la plata que antes se empleaban en su compra. El valor de la gran rueda de la circulación y distribución se añade a los bienes que circulan y son distribuidos a través suyo. La operación se parece en alguna medida a la del empresario de una gran fábrica que, como consecuencia de alguna innovación mecánica, retira su vieja maquinaria y suma la diferencia entre su precio y el de la nueva a su capital circulante, al fondo del que provee a sus trabajadores con materiales y salarios.
Alas de Dédalo
Y que:
El dinero de oro y plata que circula en cualquier país puede muy bien compararse con una carretera, que aunque permite la circulación y el transporte hacia el mercado de todos los pastos y cereales del país, no produce nada de ninguno de ellos. La juiciosa acción de los bancos proporciona, si puedo emplear una metáfora tan violenta, una especie de carretera aérea, y permite que el país convierta una gran parte de sus carreteras en buenos campos de pastos y cereales, con lo que incrementa de forma muy considerable el producto anual de su tierra y su trabajo.
Debe advertirse, sin embargo, que aunque el comercio y la industria del país puedan ser algo mayores, jamás estarán tan seguros cuando viajan, por así decirlo, suspendidos por las alas de Dédalo del papel moneda, como cuando viajan apoyados en el sólido suelo del oro y la plata. Además de los accidentes a los que se hallan expuestos por la torpeza de quienes dirigen los billetes, corren otros muchos riesgos, de los que ni la prudencia ni la destreza de tales directores los pueden librar.
Construcción de carreteras
Es decir, leyendo a Adam Smith—que recomiendo hacer a través de mi artículo—podemos entender mejor cómo a veces la creación de sustitutos monetarios, esos papelitos que Hoppe decía, crean riqueza para la sociedad. Son como unas carreteras aéreas que sirven para transportar bienes. Es decir, estas carreteras son un bien de capital que produce servicios de liquidez y se sostienen sobre los papelitos creados. Al igual que las carreteras convencionales, las terrestres, construirlas puede generar riqueza. Puede conectar dos puntos, facilitando el transporte e iniciando nuevas rutas de intercambio. Con los papelitos igual.
También puede ser que estemos construyendo muchas carreteras. El mercado nos castiga con ello, salvo que operemos bajo restricciones presupuestarias laxas—como los bancos centrales—y estemos en pérdidas constantes refinanciados mediante una socialización de las pérdidas. No va a ser menos al construir demasiadas carreteras aéreas mediante papelitos, existen mecanismos en el mercado como el reflujo de Fullarton para evitar que esto pase.
Adam Smith disfrazado por Rothbard
Los bancos tampoco construirán demasiadas pocas de estas carreteras, porque entonces dejando de obtener los beneficios de ser el que ha creado los papelitos sobre el que las carreteras aéreas se sostienen. Con la disciplina del mercado, veríamos una tendencia hacía la creación de carreteras que más beneficio generase; y, con ello, mayor riqueza.
Estas carreteras no sólo crean riqueza al conectar dos puntos nuevos y permitir más intercambios, sino también al descongestionar las convencionales y estas podrán usarse para fines más deseados, igual que el oro que podrá emplearse como catalizador facilitando la acumulación de capital. Además, en caso de mayor tráfico, estas son más baratas de construir, por lo que no tenemos que dejarnos una gran parte del fruto de nuestra producción en construirlas. Gracias a estas carreteras, las economías pueden intercambiar más y fácilmente y así crecer más.
Igual si Rothbard no hubiera hecho una interpretación tan torticera de Adam Smith, más austríacos se atreverían a leerle y a aprender de él.
Referencias
Fekete, Antal E. 2017. Critique of Austrian Economics in the Spirit of Carl Menger. Aarschot, Belgium: Pintax cvba.
Friedman, Milton. 1960. A Program for Monetary Stability. Nueva York, Estados Unidos: Fordham University Press.
Friedman, Milton y Schwartz, Anna Jacobson. 1963. A Monetary History of the United States, 1867-1960. Princeton, Estados Unidos: Princeton University Press.
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