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La economía a través del tiempo (VIII): Urukagina, el primer Juan de Mariana

Puede que la afirmación del título sea algo exagerada. No obstante, cuando hablamos del Código de Urukagina, escrito alrededor del 2.370 a.C. en Lagash, Sumeria, hablamos de un caso similar al de Juan de Mariana (2018). Cuando el teólogo habla sobre las limitaciones del rey, lo hace aludiendo a la obligatoriedad de fundamentar el poder sobre la divinidad.

Esto no quiere decir que el gobernante pueda hacer lo quiera porque tiene el designio divino que le permite hacerlo, sino, más bien, que el que manda debe de ser consciente de que hay normas que están por encima de sus decisiones, que tiene frenos, que él sólo es uno más dentro de las criaturas, aunque cuente con autoridad. De ahí que Mariana, siguiendo a Santo Tomás y a otros, defienda el tiranicidio. Si el rey se sobrepasa y se extralimita, el pueblo está legitimado para acabar con su vida. Es decir, la norma es universal y nosotros la recogemos. Si el encargado de recogerla lo hace mal, otro debe ocupar su lugar, nadie es más que el derecho.

Urukagina

Urukagina es un ejemplo precoz de esto. Lo interesante, y lo que hace que se sitúe en una sección dedicada al pensamiento económico, es que este rey sumerio establece un código, una ley, que regula y limita la propiedad de la autoridad. Es decir, la norma escrita en estas tablillas trata de evitar que alguien se aproveche de su posición para acumular bienes a costa de otros. Hoy en día podríamos equiparar este caso con los monopolios y las empresas que utilizan sus contactos dentro de la política para ganar terreno y privilegios dentro de los mercados.

Así lo explica Molina (1995):

El texto de Las «Reformas» de UruKAgina cuenta con cuatro partes. La primera es una introducción con una dedicatoria al dios Ningirsu y una breve descripción de las actividades del rey como constructor. La segunda contiene una lista de antiguas prácticas que se consideran «abusos de poder» cometidos en su mayoría por la familia real o por sus funcionarios sobre la población o los sacerdotes. La tercera parte describe las soluciones a estos «abusos» propuestas por UruKAgina una vez que éste ha sido elegido como rey. El texto concluye con una cuarta sección donde el monarca anuncia la liberación de ciudadanos encarcelados y la protección de viudas y huérfanos, y describe a continuación la construcción de un canal (pp. 51-52).

Abusos de las autoridades

Entre las irregularidades de las autoridades se encuentran las “cometidas por supervisores del transporte en barca”, “por el supervisor de los silos sobre las contribuciones de cebada”, “por el inspector de tasas pagadas por el ganado”, por la “utilización indebida de las propiedades de los templos por parte de la familia real”, “por el inspector de las contribuciones entregadas por los administradores del templo”, por la “costumbre que permite a los administradores-GAR del templo apropiarse de productos de los huertos de los amauku”, por excesos “en el pago por ritos funerarios”, “por los artesanos”, “por parejas de obreros”… (pp. 51-52). Es más, el código elimina a los inspectores reales.

Los abusos de los inspectores de aquel tiempo quedan reflejados en el texto original:

Desde los lejanos días, desde el surgimiento de la semilla, en aquellos días, el «hombre de la barca» se apropiaba de las barcas; de los asnos, el administrador de los rebaños se apropiaba; de las ovejas, el administrador de los rebaños se apropiaba; de (…) el supervisor de la pesca se apropiaba; los sacerdotes-gudug las contribuciones de cebada en Ambar medían (p. 68).

Quitar poder a los reyes

Pero, lo importante de esto, es que lo que denuncia la ley es el uso ilegítimo y excesivo que las autoridades hacen de la propiedad. Ésta, en realidad, pertenecería a la divinidad, algo que le resulta familiar a aquel familiarizado con los escritos de los teólogos que denuncian los abusos:

De todas estas «reformas», la más conocida es, sin duda, aquella que concede a los dioses las propiedades que antes estaban bajo el control de la familia real. Este pasaje ha sido interpretado en el sentido de que las unidades económicas y campos en cuestión habían pertenecido anteriormente a los dioses; dichas propiedades fueron después usurpadas por el rey y su familia, y ahora, gracias a UruKAgina, se devolvían a sus dueños originales (p. 55).

Código de Urakagina

Por último, el código establece de una forma primitiva algo que puede resultar hilarante para alguien de nuestra época: no se puede agredir a otra persona si no conseguimos llegar a un acuerdo comercial. Así lo refleja la tablilla:

Cuando la propiedad de un ‘hombre grande’ con la propiedad de un SUB-lugal límite y ese ‘hombre grande’ “quiero comprártelo” le diga, “si la quieres comprar el precio que satisfaga a mi corazón, págame. Mi casa es un gran recipiente-pisan, llénamelo de cebada!” (si el SUB-lugal) “le responde, (o) si no se lo quiere vender, el ‘hombre grande’ al SUB-lugal coléricamente no le golpeará” (pp. 75-76).

Es natural que tengamos dificultades a la hora de seguir este texto. El traductor expone (pp. 49-51) la enorme dificultad de enlazar unas líneas con otras por diferentes circunstancias y las características propias de aquel tipo de escritura. Sin embargo, queda claro que el Código de Urukagina es una muestra antigua de la defensa de la limitación del poder.

Bibliografía

Mariana, J. (2018) Del rey y de la institución real. Deusto

Molina, M. (1995) Las ‘Reformas’ de UruKAgina. Universidad de Murcia

Serie La economía a través del tiempo

(I) El estudio de la historia del pensamiento

(II) Individuo y colectivo, comunidad y sociedad

(III) El Estado y las formas de intervención

(IV) La primera disciplina fue la economía

(V) La educación y el trabajo para los sumerios

(VI) Los impuestos para los sumerios

(VII) La riqueza para los asirios

Bolivia: la construcción de un proyecto político

La democracia es el sistema a través del cual diversas posiciones ideologías y visiones del mundo se someten a un ejercicio de diálogo para construir una sociedad, donde las mayorías y minorías sean emplazas a coexistir en el marco del respeto y la convivencia entre distintos. Este ejercicio democrático se practica por medio de los partidos políticos y sus representantes, que son los que tienen la obligación de hacer valer las ideas e intereses de sus representados, votantes o afiliados que confían en su opción política, entendida como su propuesta material y alternativa que contiene una respuesta clara sobre cómo considera que deben hacerse las cosas para conseguir el objetivo que se proponen.

Normalmente, en un Estado democrático, este objetivo no es otro que mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, que es la finalidad de la política en sí misma: otorgar al ciudadano una solución a lo que este conjunto de representantes considera que es un problema.

Los partidos políticos como empresas

Un partido político es algo similar a una empresa que actúa en un mercado complejo. Ofrece un producto que debe resultar atractivo para que tenga éxito y esto se consigue con un análisis de mercado exhaustivo: encontrar una respuesta fehaciente a una necesidad latente. Por su parte, la clientela querrá probar el producto, conocerlo, familiarizarse con él y, si se puede, incorporar la oferta en su día a día. A partir de ahí, esta misma clientela tenderá a la fidelidad, pero he aquí el riesgo: si una persona se siente traicionada, reaccionará desde su instinto más sentimental.

Solo los grandes partidos han podido sobrevivir en el tiempo. Sin perder su esencia, han sido capaces de adaptarse a los tiempos que corren y seguir siendo una alternativa de poder viable en un entorno volátil de cambio constante y donde las relaciones entre las personas y, por lo tanto, de estas con las organizaciones conlleva un esfuerzo adicional. La construcción de la identidad entre las personas y los partidos es el desafío más importante de estos últimos a la hora de asumirse como alternativa política y perdurar en el tiempo, incluso más allá de su periodo de mandato.

Pero es algo más

En un mundo sometido cada vez más a las transformaciones, la conservación de la identidad es todavía más difícil y es uno de los rasgos que más caracteriza el vínculo emocional que se construye entre las personas y las organizaciones. Es aquí donde se constata la diferencia esencial: un partido político es algo más que una empresa y tiene una función más profunda y trascendental para la democracia. Un ciudadano puede perdonar o ignorar un problema que a la luz de las dificultades puede adquirir diferentes motivos y soluciones, pero una pérdida de la identidad puede significar el fracaso absoluto.

Más allá de la crisis de partidos que existe en Bolivia –que es fácilmente extrapolable a otro caso en la región– desde hace mucho tiempo y todo lo que conlleva su reforma y la del sistema electoral (sobre esto se puede debatir cuestiones como la democracia interna, la participación, los límites o exigencias para condicionar la perduración de una organización, etc.), el componente político y social de los partidos permanece, a pesar de las dificultades del contexto. Es decir, tanto el liderazgo y como el proyecto son independientes de la coyuntura hostil que pueda atravesar un país y su sistema democrático en un determinado momento, como es el caso de Bolivia.

Movimiento al Socialismo

Liderazgo y proyecto son dos elementos fundamentales de cara a la construcción de una alternativa y un vínculo ciudadano-organización. El primero hace referencia a la confianza que el representante o candidato es capaz de transmitir a “su” representado, que se traduce en seducción y convencimiento. El segundo supone que el partido debe ser capaz de interpretar correctamente la realidad y establecer una línea de acción coherente con lo que está proponiendo a la ciudadanía.

En momentos en los que las circunstancias son complejas y adversas, es cuando la toma de decisiones adquiere un peso más trascendental. El Movimiento al Socialismo (MAS) es un claro ejemplo de un partido en quiebre que no tiene un proyecto político consecuente a los desafíos que demanda el contexto nacional y global actual. Carece de legitimidad para la mayoría de los bolivianos y los últimos años ha experimentado una pérdida de identidad que puede ocasionar el fin definitivo del proyecto político de 2006.

Si lo que se pretende es ofrecer una alternativa política al MAS es necesario construir un proyecto de cara al ciudadano sobre la base de la legalidad, pero no quedarse ahí. Sin un proyecto atractivo de país, sin la ilusión de una meta que nos permita avanzar como comunidad, un partido político y, por lo tanto, su liderazgo, estará incumpliendo su primera y fundamental obligación.

Vencer a Evo

Para ganar es ineludible ir más allá de la denuncia política y de la defensa de la democracia. Si la oposición no es capaz de entender que para alcanzar el objetivo es necesario que Evo y Arce no sean el único horizonte del debate, no sólo se estará perdiendo una oportunidad de cara al 2025, además se estará trasmitiendo al conjunto del país que el partido/oposición/líder no es capaz de avanzar con un proyecto propio, que es carente de un proyecto ilusionante para Bolivia acorde con los nuevos tiempos.

Un partido es una comunión coherente entre el liderazgo y el proyecto, su éxito dependerá de quienes lo nutran e impulsen para alcanzar el poder. El partido se fortalece con la gente, los ciudadanos, los votantes, en un contexto donde la oferta y la demanda (también políticas) no se detienen y continúan avanzando.

Ver también

El camino autoritario de Bolivia. (Mateo Rosales).

A vueltas con el positivismo jurídico (VI): cómo convertir el liberticidio en libertad

Tal y como apuntamos, de mantera telegráfica, en la entrega anterior, los positivistas, encabezados por Hans Kelsen, retuercen el significado de la palabra libertad para no renunciar a ella y poder colocarla en la base de su sistema, aunque con un sentido muy distinto al supuestamente originario y que Kelsen, de alguna manera, y aunque pasado por su tamiz particular, reconoce[1]:

Originariamente, la idea de libertad tiene una significación puramente negativa. Significa la ausencia de toda sujeción, de toda autoridad capaz de imponer obligaciones.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

Algunos pueden creer que esa significación originaria de la libertad, tal y como la define el propio Hans Kelsen, es parecida a la idea “negativa” -en el sentido de “ausencia de interferencia en la esfera de actuación personal”- que puedan tener otros autores, como Isaiah Berlin, para quien la libertad política es, sencillamente, “el área dentro de la cual una persona puede actuar sin ser obstaculizada por otros” (donde “libertad” parece casi un sinónimo de “oportunidad”), o similar a la idea de Friedrich A. Hayek, quien la entiende como “ausencia de coacción” (aunque habría que ver qué se entiende exactamente por “coacción”).

Libertad como ausencia de autoridad

Lo cierto es, sin embargo, que existen una serie de matices que la hacen muy distinta. Y es que, como se deduce de las palabras de Kelsen, no estamos hablando ya de no estar coaccionado para que uno no haga lo que quiere hacer, sino que su libertad “originaria” es una ausencia de sujeción a una autoridad capaz de imponer obligaciones, es decir, no estar bajo una autoridad que sí pueda imponer lo que debe uno hacer, que es, precisamente, lo que parece que quiere Hans Kelsen (poder obligarnos a cambiar… supongo que por nuestro bien).

Y claro, visto así, y dadas sus intenciones, para poder seguir hablando de libertad tiene que darle la vuelta a la definición como si fuese un calcetín, ya que parece que no quiere renunciar a la posibilidad de utilizar ese término -libertad- con connotaciones psicológicas positivas, aunque para ello tenga que pervertirlo (debe ser que no quería que su sistema se relacionase con la “esclavitud”)[2];

Llamar libertad a la identificación con los propósitos del Estado

¿por qué será?, que diría la canción:

Un súbdito es políticamente libre en la medida en que su voluntad individual se encuentra en armonía con la “colectiva” (o “general”) expresada en el orden social. Esa armonía entre la voluntad “colectiva” y la individual solamente queda garantizada cuando el orden social es creado por los individuos sujetos al propio orden. El orden social significa la determinación de la voluntad del individuo. La libertad política, esto es, bajo un orden social, es autodeterminación del individuo por participación en la creación del orden social. La libertad implícita en lo que llamamos libertad política es, en el fondo, autonomía”.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

Vemos, pues, el que el sentido “negativo originario” se altera para darle un supuesto contenido positivo -activo-, aparentemente no limitado, pero restringido y condicionado, de hecho y de manera fundamental.

Ostracismo como libertad individual

Y es que el propio Kelsen reconoce esa “metamorfosis” del término, necesaria para que la palabra encaje en su planteamiento:

El Estado es un orden social en que los individuos se encuentran obligados a observar determinado comportamiento. En el sentido originario de la palabra libertad, sólo es libre, por consiguiente, el individuo que vive fuera de la sociedad y del Estado. Libertad, en el sentido originario del término, es algo que sólo se puede encontrar en ese “estado de naturaleza” que la teoría del derecho natural dominante en el siglo XVIII oponía “al estado social”. Tal libertad es anarquía.

De aquí que, para ofrecer el criterio de acuerdo con el cual se distinguen los diferentes tipos de Estados, la idea de libertad tenga que asumir una connotación distinta de la originaria, que es puramente negativa. La libertad natural se convierte así en libertad política. Esta metamorfosis de la idea de libertad tiene la mayor importancia para nuestro pensamiento político.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

El derecho como “técnica social”

Es decir, como la libertad, en el sentido “originario” de Kelsen, no es predicable de los “súbditos” en el tipo de sociedad que nuestro autor quiere (para él sólo funcionaría en sociedades “anárquicas”), alterna el significado de la palabra. Le añade la coletilla “política”. Y así podemos seguir utilizándola sin ningún rubor en la sociedad liberticida que pretende. En ella, desde el poder (de “la mayoría”, como después veremos), se nos dice cómo tenemos que ser y comportarnos. Y en a su vez en ella se utiliza el derecho como la herramienta de la que deben valerse quienes mandan para conseguir que la gente se comporte como al organizador social le dé la gana.

El propio Hans Kelsen reconoce su concepción del derecho como un orden coactivo externo con una finalidad de poder y control:

Si el derecho -desde una perspectiva puramente positivista- es un orden coactivo externo, habrá que entenderlo como una técnica social específica (…). La finalidad del ordenamiento es, por tanto, motivar a los individuos, a través de la representación mental que estos puedan hacerse del mal que les amenaza en caso de que se conduzcan de cierta manera, a comportarse justo de la manera contraria.[3]

Hans Kelsen. Teoría pura del Derecho.

Eso sí, aunque arriba veíamos que Kelsen hablaba de la “autodeterminación del individuo por participación en la creación del orden social”, es consciente de que ese ideal de autodeterminación requeriría que el orden social fuera creado por la decisión “unánime” de todos los “súbditos”. Y sólo podría ser, por tanto, modificado, con la aprobación de todos. Pero eso a Hans Kelsen no le encaja en su planteamiento. Él parece querer el cambio por el cambio y a través de la confrontación, hasta el punto de considerar dicha situación de unanimidad, no ya “utópica”, sino “anárquica” (sic).

Restringir la autodeterminación del individuo

Y ante su mera posibilidad no tiene ningún empacho en volver a realizar otro ejercicio de contorsionismo dialéctico -con su maestría habitual-, haciendo, de nuevo, de la necesidad, virtud:

La diferencia entre un Estado anárquico en el que ningún orden social tiene validez y un orden social cuya validez se basa en el consentimiento permanente de todos los sometidos a él, sólo existe en la esfera de las ideas. En la realidad social, el más alto grado de autodeterminación política, esto es, una situación en la que no es posible ningún conflicto entre el orden social y el individuo, difícilmente puede distinguirse de un estado de anarquía.

El orden normativo que regula la conducta recíproca de los individuos resulta completamente superfluo si todo conflicto entre dicho orden y los súbditos queda excluido a priori. Sólo cuando tal conflicto es posible y el orden permanece válido incluso en relación con un individuo que lo “viola” con su conducta, puede tal individuo ser considerado como “sujeto” al propio orden. Un orden social genuino es incompatible con el grado más alto de autodeterminación.

Si el principio de la autodeterminación ha de convertirse en base de la organización social, será necesario restringirlo en alguna forma. Surge así el problema de cómo limitar la autodeterminación del individuo en la medida necesaria para hacer posible la sociedad en general y el Estado en particular.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

La mayoría decide

Y para solucionar el problema del conflicto necesario en una sociedad que queremos cambiante, la solución es, sorpréndanse: hacer lo que diga la mayoría (no sé si para ese viaje hacían falta tantas alforjas):

De esta manera, el problema puede reducirse a la cuestión que estriba en determinar en qué forma puede ser cambiado un orden ya existente. El mayor grado posible de libertad individual, es decir, la mayor aproximación posible al ideal de autodeterminación compatible con la existencia de un orden social, encuéntrase garantizado por el principio de que un cambio[4] del orden social requiere del consentimiento de la mayoría simple de los individuos a él sujetos.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

¿Y qué ocurre con las minorías?, preguntarán Uds. ¿Hay que respetarlas? Por supuesto, y no sólo eso, es que, según el ínclito Kelsen, las minorías tienen “derecho de existencia” (sic), “aun cuando la exclusión fuese decidida por una mayoría”, ya que “la minoría conserva siempre la posibilidad de influir en la voluntad mayoritaria”. Menos mal.

Un compromiso

Pero si Uds. creen que hemos acabado con la gimnasia, se equivocan, todavía queda un movimiento contorsionista más, el definitivo:

La discusión libre entre mayoría y minoría es esencial a la democracia, porque constituye la forma idónea para crear una atmósfera favorable a un compromiso entre mayoría y minoría; pues el compromiso forma parte de la naturaleza misma de la democracia. Por compromiso se entiende la solución de un conflicto por una norma que no coincide enteramente con los intereses de una de las partes, ni se opone enteramente a los de otra (…) Precisamente en virtud de esta tendencia hacia el compromiso, es la democracia una aproximación al ideal de la autodeterminación completa.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

Debate, e incluso discusión

No me queda claro si por “compromiso”[5] debemos entender la “imposición a la minoría por la mayoría”. O si se refiere Kelsen a un acuerdo en el que, dejándose todos “pelos en la gatera”, se llegue a la unanimidad “anárquica” por él denostada. Salvo que entendamos que la minoría presta su consentimiento por principio y ex ante (la obligación “formal” kantiana de la que hablamos en pasadas entregas). En ese caso no habría nunca “imposición” o “esclavitud”, pero tampoco habría, en puridad, “unanimidad”, al menos respecto de la decisión concreta. Pero habría, debe haber, diálogo; mucho diálogo. E incluso algo de “discusión”. ¿No les suena? ¡Este Kelsen es un genio, igual que sus discípulos!

Es cierto que no es fácil definir la libertad, y menos si se pretende, defendiendo tal idea, justificar la vida social, dada la inevitable “coacción” que, si entendemos el término en sentido laxo, en mayor o menor grado siempre existe por la propia naturaleza de la vida en común. Pero qué quieren que les diga, el planteamiento de Hans Kelsen, según lo que hemos visto, me parece un claro artificio, burdo y manipulador, en el que altera los conceptos a su gusto con la simple finalidad de justificar una forma de actuar -a través de la ingeniería social- haciéndola “aceptable” e incluso aparentemente “atrayente”, y en la que el derecho es pieza fundamental, la palanca imprescindible para llevar a cabo el cambio.

Cómo evitar que los ciudadanos se conviertan en súbditos

Cierto es que para realizar su cambio Kelsen exige contar con la “mayoría”; pero en una sociedad en la que quienes mandan tienen interés (incentivos… e información; siempre es una cuestión de información e incentivos) y posibilidad de ir fagocitando cada vez más la educación y los medios de comunicación.

Cierto es que Kelsen reconoce que:

Una democracia sin opinión pública es una contradicción en los términos. En la medida en que la opinión pública sólo puede formarse allí donde se encuentran garantizadas las libertades individuales, la libertad de palabra, de prensa y de religión, la democracia coincide con el liberalismo político, aun cuando no coincida necesariamente en lo económico.

Hans Kelsen. Teoría general del Derecho y del Estado.

Pero sin unos criterios objetivos, externos, que digan dónde están los límites… En fin, qué quieren que les diga: brindis al sol que nos calienta -y porque nos interesa que caliente, que si no, lo “metamorfoseamos”.

En las próximas entregas continuaremos ahondando en la idea de libertad -y en la forma de conjugarla con la vida en sociedad-, y volveremos a hablar sobre la necesidad -o conveniencia, si quieren- de criterios exógenos y objetivos para garantizar que los individuos no se conviertan en “súbditos”- criterios que en el positivismo jurídico brillan por su ausencia


Notas

[1] Salvo que se diga otra cosa, todos los entrecomillados se van a sacar de: Kelsen, Hans: “Teoría general del Derecho y del Estado”, Universidad Autónoma de México, 1995.

[2] Si nos atenemos a lo que dice la Real Academia de la Lengua, la definición que da Kelsen de la libertad originaria no es otra que la ausencia de esclavitud; así, para la RAE, esclavitud es la “sujeción excesiva por la cual se ve sometida una persona a otra, o a un trabajo u obligación”; de hecho, como vemos, Kelsen utiliza los mismos términos: “sujeción” y “obligaciones”, aunque es cierto que la RAE se protege utilizando el término “excesivo”, ciertamente indeterminado, y que sirve de puerta de atrás por la que se podría escapar cualquiera, de estar arrinconado.

[3] Kelsen, Hans, “Teoría pura del Derecho”, Editorial Trotta, Madrid, 2011.

[4] Por “cambio”, si somos coherentes con todo el planteamiento, estamos significando la posibilidad de “imponer obligaciones”; si no, para qué cambiar la definición “originaria negativa” de libertad.

[5] Cabe la posibilidad de que el término “compromiso” no sea el original utilizado por Kelsen y todo obedezca a un fallo de traducción. En cualquier caso, el sentido del párrafo es claro, sea cual fuere el término concreto utilizado, y va en la misma línea de manejar los conceptos como plastilina que venimos denunciando.

Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

(I) Las inconsistencias del iuspositivismo

(II) La idea clásica de la justicia, y su relación con el Derecho

(III) Sus antecedentes filosóficos en Kant

(IV) Los antecedentes en Comte y Kelsen

(V) Similitudes con algunas posturas liberales

La política ateniense (II): Los órganos de gobierno

En el primer artículo de esta serie explicamos el concepto de deliberación, entendida como la exposición y el debate de argumentos en dos órganos de gobierno fundamentales. Pero antes de desarrollar estos dos órganos, es necesario hablar de la división de la población en Atenas. En torno al 594 a.C, llegará al poder uno de los personajes más relevantes de la historia de Atenas, Solón. Solón implantó un sistema censitario basado en el poder económico de los ciudadanos, dejando de lado el antiguo sistema, basado en el linaje.

De esta manera se crearon cuatro clases, basada en el volumen de producción agraria que poseía (medimnos o medidas). La primera clase eran los pentacosiomedimnos, que tenían un mínimo de 500 medidas, por debajo de ellos teníamos a los hippeis o caballeros, con alrededor de 300 medidas. Después, tendríamos a los zeugitas, que disponían de alrededor de 200 medidas. La última clase eran los thetes, con unos ingresos inferiores a las 200 medidas.

El consejo democrático

Una vez explicado esto, vayamos a los órganos de gobierno. En primer lugar, tenemos el consejo democrático o Boulé, establecido también por Solón, estaba compuesto por 400 ciudadanos, 100 de cada una de las clases censitarias. Alrededor del 510 – 508 a.C se realiza una reforma del consejo, llevada a cabo por otro importante político, Clístenes.

Amplió el número de participantes a 500. Era necesario tener más de treinta años y posiblemente estar dentro de las tres primeras clases censitarias. Para elegir a los miembros, las tribus clisténicas (agrupaciones de personas según relaciones familiares) tenían que reunirse una vez al año y elegir 50 candidatos. Había cuatro asambleas del consejo cada mes, por lo que se reunía como mínimo cuarenta veces al año. Un ciudadano sólo podía ser consejero mediante sorteo dentro de su tribu y dos veces como máximo a lo largo de su vida; muchos eran los que no repetían función debido a la dedicación que la tarea exigía.

Las 10 tribus clisténicas

Los datos que se conocen permiten concluir que los buleutas -seleccionados anualmente por demos, tritias y tribus- pertenecen a los estratos sociales más acomodados del demos. Dadas las condiciones de su renovación, se ha calculado que eran necesarios entre 7.250 y 12.500 ciudadanos para cubrir 500 puestos anuales durante una generación, 25 años, lo que supone un altísimo nivel de disponibilidad política para las proporciones de la población.

El Consejo de los 500 estaba dividido en pritanías de 50 hombres basándose en las 10 tribus clisténicas. Cada pritanía se convierte en una especie de comisión permanente del gobierno de Atenas durante uno de los diez meses oficiales en que quedó dividido el calendario ateniense. Durante el siglo V, uno de los prítanos es el que preside la asamblea en el caso de que haya que celebrar sesión. Pero en el siglo IV a.C, son diez en total, a razón de uno sorteado en cada pritanía justo antes de que se celebre la asamblea. Mediante este procedimiento se pretende evitar al máximo el soborno del comité que preside la asamblea.

Ekklesía

El Consejo debate obligatoriamente con antelación a la reunión de la Ekklesía o asamblea de ciudadanos, arrebatándole esa función al antiguo consejo aristocrático ateniense (areópago). Tiene la función de deliberar los decretos o votaciones que se realizarán previamente en la asamblea de ciudadanos, aunque también tiene importantes atribuciones judiciales que dejaremos para un artículo posterior.

Al segundo órgano deliberativo se le considera “el gobierno de Atenas”. Se denomina Ekklesía en griego y fue instaurada en el 594 a.C por Solón. Las decisiones últimas en materia legal y política las tomaba la asamblea, aunque las hubiera preparado previamente por el Consejo. Se llevaba a cabo la elección de los arcontes, elegidos entre las tribus, también se hacía cargo de la elección de los magistrados. Por otro lado, tenía la última palabra en las declaraciones de guerra y paz, en la capacidad para ratificar leyes, y la euthyne, es decir, la capacidad de rendir cuentas a los magistrados.

Pséphisma

Toda decisión de la asamblea es denominada pséphisma, si bien las votaciones más frecuentes no eran secretas (psephós, piedrecilla que se deposita en una urna) sino que se hacían a mano alzada (cheirotonía). Las decisiones podían ser de índole diversa: las hay de carácter circunstancial o concreto; otras prescriben una norma de actuación, son una ley (nomos).

La asamblea era la institución que más se prestaba a la manifestación de la influencia de hombres carismáticos o ambiciosos. Diversos mecanismos fueron implantándose para evitar que el pueblo fuera “engañado” por los oradores. En primer lugar, la ya mencionada obligación de predeliberar y preparar la agenda en el Consejo. En segundo lugar, quizás el mecanismo más importante de control de los poderosos, la graphé paranómon, creada tal vez en la segunda mitad del siglo V a.C, pero en la práctica atestiguada mucho mejor en el IV a.C. Consiste en una denuncia pública por escrito contra una propuesta ilegal, bien sea a causa de la forma o del contenido de esta.

Isegoría

El funcionamiento de la asamblea es reflejo de la concepción ateniense de la democracia. Los temas llegan a ella elaborados por el Consejo, pero en la asamblea no se procede a una simple aceptación o rechazo de las propuestas, sino que se vuelve a debatir, y todo ciudadano presente puede tomar la palabra por turno.

Este principio de isegoría, quizás activo inicialmente en el Consejo, es el ideal democrático por antonomasia. Significa el igual derecho a tomar la palabra en la escena pública, y está ideado para evitar la excesiva influencia de los poderosos. No debe confundirse la isegoría con el concepto moderno de libertad de expresión (y mucho menos de opinión), sino que responde a la teórica apertura a todos los ciudadanos del tradicionalmente estrecho círculo de autorizados a tener y manifestar su opinión política.

Por lo que respecta al funcionamiento habitual de la asamblea, después de que se han escuchado suficientes opiniones relativas al tema que se debate, se procede a la votación, con la expectativa de lograr una unanimidad. No se cuentan los votos, y la minoría no es tenida nunca en cuenta. Este sistema de suma cero genera el problema más extendido en la polis griega del periodo clásico: la stásis. El sistema favorece que se silencie y excluya la minoría. Ello conduce a que se recurra a modos violentos para expulsar a sus rivales del gobierno.

Procedencia mayoritariamente urbana

En relación con la asistencia, se ha planteado que el número de 6.000 votos eran los requeridos en el siglo V a.C para un ostracismo. Ello coincide con el número total de jueces, se corresponde con el mínimo de ciudadanos que haría que ciertas asambleas fueran consideradas suficientes o plenas. Respecto a la composición, posiblemente hubiera una mayor cantidad de ciudadanos urbanos que rurales, por cuestiones puramente geográficas. El hecho de tener que asistir a la asamblea supone un desplazamiento y obliga a relegar otras actividades en las que estuvieran ocupados.

Lo que los autores clásicos, que muchas veces no son afines a la democracia, critican especialmente, es que en las asambleas democráticas pueda opinar cualquiera y que los votos de todos tengan igual valor, pero lo cierto es que en los mismos textos se argumenta que el mayor peligro para el buen funcionamiento del sistema lo constituyen los líderes populares por su capacidad de arrastrar a las masas. Muchos emplean su carisma y preparación técnica con fines individualistas y otros, aunque tengan por objetivo procurar el bien de la comunidad, pueden carecer de la fuerza de persuasión que arrastra el voto popular.

Los oradores y políticos

La figura del líder u orador no se corresponde a un órgano oficial del sistema institucional ateniense. Sin embargo, los oradores/políticos se convirtieron en una pieza clave de éste. Sólo los más ricos podían entregarse a la preparación en retórica necesaria para hablar a las masas, y sólo ellos pueden afrontar una vida política competitiva para ganarse el apoyo de las mayorías.

Como vemos, las críticas que actualmente se hacen al sistema democrático las hacían los griegos hace 2.500 años, no hay ninguna novedad en criticar a la democracia. Estos son los órganos de gobierno más representativos de la democracia clásica ateniense. En el próximo artículo desarrollaremos el sistema de los magistrados, sus funciones y método de elección.

Serie La política ateniense

(I) La deliberación

Tener a Hitler para cenar

Por Helen Dale. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

Si nadie se lo dijera antes de su visita, y no tuviera internet, no sabría que la Kehlsteinhaus, en el sureste de Alemania, fue en su día la casa de Hitler. No hay nada que evoque los mitos de la guerra.

Sin embargo, se daría cuenta de que es muy extraño. Se llega a través de un largo y atmosférico túnel al que sigue el ascenso en un ascensor chillón, dorado y parecido al de Trump. La arquitectura y el diseño interior son extraños, no se parecen a ningún estilo conocido. La chimenea, hecha de un extraordinario mármol rojo, parece haber sido atacada por buscadores ambulantes decididos a arrancar algunas gemas, por lo desconchada y mellada que está. La pared trasera de la chimenea está decorada con lo que mi padre solía llamar “bajorrelieve nazi”, algo ahora poco común, pero lo bastante identificable como para que la mayoría de la gente lo distinga del socialismo-realismo soviético, el futurismo italiano y el Art Déco. La fecha del centro también ayuda: 1938.

El Nido del Águila

Conocido fuera de Alemania como el Nido del Águila, el Kehlsteinhaus sólo acogió a Hitler en 14 ocasiones, debido a su odio a las alturas, al aire enrarecido de la montaña y al ascensor. Su supervivencia tras la guerra fue una excepción: Todos los demás edificios nazis del Obersalzberg han sido destruidos. El famoso escuadrón nº 617 de la RAF (“Los Dambusters”) comenzó el trabajo el 25 de abril de 1945. Lo que ellos no terminaron, lo hizo el Estado Libre de Baviera durante la década de 1950. (Por supuesto, no es que los Dambusters no quisieran arrasar el Kehlsteinhaus junto con todo lo demás. Simplemente no lo hicieron. En una época anterior a las municiones guiadas, incluso los Dambusters fallaron).

Los gobiernos alemanes de posguerra de todos los colores estaban desesperados por asegurarse de que la montaña no se convirtiera en una especie de extraño santuario nazi. En los años inmediatamente posteriores a 1945, buscadores de recuerdos y carroñeros rebuscaron entre las ruinas bombardeadas, con la esperanza de encontrar cosas como insignias de baja numeración de miembros del Partido Nazi, uniformes militares desechados y objetos de arte. Estos objetos, junto con los que las tropas aliadas habían saqueado durante y inmediatamente después de la rendición incondicional de Alemania, pronto aparecieron en los mercados negros dedicados a las antigüedades robadas.

Un restaurante y varios guías

Sin embargo, ni siquiera la voladura de los restos del Berghof (que Hitler adoraba y utilizaba mucho, probablemente porque no estaba a dos mil metros de altura) y de su chalet cercano favorito detuvo a los turistas y buscadores. Trozos de mármol rojo de la chimenea de la Kehlsteinhaus, arrancados a martillazos por las tropas americanas en 1945, aparecieron por todo el mundo, como pedazos de la Única Cruz Verdadera en la Europa anterior a la Reforma. El gobierno de Baviera se había quedado bloqueado.

Se produjo un cambio de enfoque. El Nido del Águila no sólo se protegió -las tropas estadounidenses que fueron sorprendidas dañando la chimenea acabaron con una carga-, sino que se dejó intacto, tal y como Martin Bormann y Gerdy Troost lo diseñaron y pretendían. Ahora es un restaurante, con espectaculares vistas a las montañas y una población residente de chovas alpinas: pequeños y audaces córvidos con picos de color amarillo mirlo y un amplio repertorio de expertas acrobacias aéreas (actúan para merendar). Por supuesto, guías externos dirigen visitas no oficiales (discretas) dedicadas a su pasado nazi, y una serie de discretas imágenes de época en la pared de la terraza esbozan su historia.

Decoración nazi

Una de las fotos muestra al Führer en una tumbona, con el mismo aspecto que los turistas alemanes de los famosos anuncios de cerveza británicos. Es aquí donde uno se entera de que Hitler odiaba el ascensor dorado -es tan luminoso que resulta difícil fotografiarlo- porque lo consideraba peligroso. Decía a todo el mundo que el mecanismo de la parte superior era vulnerable a la caída de un rayo. En esto tenía razón: Bormann ocultó dos impactos directos que tuvieron lugar durante la construcción.

Mientras que el ascensor de Hitler puede parecer una Tardis brillante -en consonancia con el tropo de que los dictadores no se escatiman, aunque hoy en día prefieran los lavabos dorados-, el resto del Nido de Águila es de buen gusto, aunque un tanto peculiar, precisamente porque su estilo y sus motivos no tienen herederos. En algún universo alternativo, los Aliados unieron sus fuerzas con la Alemania de Hitler contra la URSS y los estudiantes de diseño de todo el mundo bromean sobre la “decoración nazi” en lugar de las “monstruosidades soviéticas”.

Y aun así, los turistas vienen, la mayoría de ellos no por las vistas. Aunque no es un santuario nazi, el Nido del Águila sigue siendo una pieza del oscuro patrimonio a la vez desagradable y difícil de manejar.

Generaciones dañadas

Las dificultades del gobierno bávaro para gestionar su pasado son, en mi opinión, ilustrativas de algo más amplio. Es difícil recordar bien la Segunda Guerra Mundial. La guerra rara vez es pura y nunca es sencilla. La Segunda Guerra Mundial no fue una excepción. La torpe y tacaña respuesta alemana en la hora de necesidad de Ucrania tiene sus raíces en una culpa nacional paralizante y en un fallo de la memoria histórica.

Aquí resuena la afirmación del arqueólogo e historiador Neil Oliver de que somos hijos y nietos de “generaciones dañadas”. Nadie ha “superado” los años 1914 a 1945. En algunos aspectos, ese periodo demente y sanguinario fue una segunda Guerra de los Treinta Años. “Pensar que hemos superado esos años, esas consecuencias, es un error”, sugiere Oliver, y le preocupa -porque los últimos veteranos del primer conflicto del siglo XX ya no están y los del segundo están en peligro- que “ahora y siempre el Somme y Passchendaele sean mitos como las Termópilas, o Cartago”.

Mientras tanto, si eres británico, australiano, estadounidense o canadiense, la Segunda Guerra Mundial puede parecer lo que mi padre solía llamar (con gran ironía) “la guerra buena”. Mi padre era veterano de la Royal Navy. Proteger los barcos mercantes destinados al Reino Unido en su travesía por el Atlántico -como él hacía- era un bien sin paliativos.

Menciono Canadá porque un fallo de memoria es también lo que llevó al Presidente de su Cámara de los Comunes -probablemente con el conocimiento del Primer Ministro Justin Trudeau, a pesar de sus repetidos desmentidos- a invitar a un veterano de las Waffen-SS a la Cámara y a aclamarlo como un héroe de guerra.

Yaroslav Hunka, el héroe nazi

Dicho así, parece imposible, una locura. Cuando me lo dijeron por primera vez, no les creí. Ningún gobierno es tan tonto como para hacer eso, pensé, y menos el de la Canadá woke. Aclamado como alguien que “luchó contra Rusia”, Yaroslav Hunka, de 98 años, recibió una ovación bipartidista y los elogios del Presidente ucraniano Zelenskyy. Hunka es un veterano ucraniano de la 14ª División “gallega” de las Waffen-SS. Compuesta casi en su totalidad por voluntarios ucranianos, estaba al mando de una minoría étnica conocida como Volksdeutsche, hombres de ascendencia mixta ucraniana y alemana que hablaban ambos idiomas.

Todos nos hemos familiarizado con la idea de que Ucrania no es “parte de Rusia” desde el 24 de febrero del año pasado. Sin embargo, esa situación existe desde hace al menos décadas y probablemente siglos. En la (aproximadamente) mitad del país al oeste del río Dnipro, el nacionalismo ucraniano ha sido históricamente fervoroso. En cambio, la mitad (más o menos) al este del Dnipro siempre ha estado más cerca de Rusia cultural y lingüísticamente. Cuando (en la década de 1990) investigué y escribí The hand that signed the paper -con su escenario de “Ucrania occidental durante el Holodomor/Segunda Guerra Mundial”- admito que veía partición en el futuro del país.

Fin de la etnogénesis de Ucrania

La mala administración y la incompetencia de Putin en los trozos de Ucrania que Rusia conquistó en 2014, junto con las atrocidades más recientes, han acercado la mitad oriental del país a la mitad occidental, de tal manera que creo que es seguro decir que la etnogénesis de Ucrania ya se ha completado. Esto significa que goza del derecho a la autodeterminación tal y como lo concebían los liberales clásicos del siglo XIX.

Dicho esto, ¿cómo se explica lo de Yaroslav Hunka y otros como él? Después de la metedura de pata de Canadá, el mundo buscó en Google al de Galizia del 14, pero basta con escarbar un poco para descubrir todo tipo de colaboración ucraniana en algunos de los peores planes genocidas de Hitler. Busque “Trawniki Men” u “Operación Reinhard” si se atreve, y no diga que no se lo advertí.

Dicho esto, la razón principal de la colaboración ucraniana con la Alemania nazi -como el propio Hunka ha admitido en varios artículos escritos para su asociación de veteranos [en ucraniano]- era matar rusos. Y, en consonancia con las (entonces) divisiones lingüísticas y culturales del país, la mayoría de los colaboradores procedían de la Ucrania occidental, que se distinguía religiosa y lingüísticamente. Los ucranianos al este del Dnipro (y, por supuesto, todos los judíos ucranianos, incluida la familia de Zelenskyy) lucharon por la URSS. Varios líderes nazis también se quejaron de esto.

La alianza del Diablo

Pensaban que todo el país sería como la mitad occidental y se quejaban de la “pasividad” de ciudades orientales como Donetsk y Kharkiv. La opinión que me formé cuando escribí mi primera novela era que había buenas razones para que los ucranianos lucharan contra el imperialismo ruso y comunista (y más en general contra el marxismo, que es un dislate tóxico y genocida). El problema, por supuesto, era cómo esas razones llevaban a los nacionalistas ucranianos a una colaboración nazi generalizada y destructiva. El nazismo era un disparate tóxico y genocida similar.

El error de Canadá, por tanto, tiene sus raíces en las complejidades y exigencias de la guerra: los aliados occidentales tuvieron que hacer causa común con la URSS, un gran imperio con un gobierno tan asesino y trastornado como el de Berlín.

Rusia y varias “naciones cautivas” (incluida Ucrania) fueron gobernadas por una tiranía salvaje que mató a más ciudadanos durante la década de 1930 de los que logró la Alemania nazi al amparo de la guerra. Mientras tanto, Stalin se repartió Polonia con Hitler en 1939, un acuerdo que el historiador Roger Moorhouse llamó La alianza del Diablo en su libro sobre el Pacto Molotov-Ribbentrop. Si eras polaco y luchabas contra los rusos en 1939-1940, probablemente eras un héroe de guerra.

Holodomor

Los nazis también engatusaron a los ucranianos, prometiendo a los dirigentes del país que Alemania apoyaría la independencia de Ucrania. Hitler, por supuesto, no hizo tal cosa: veía a los ucranianos como eslavos racialmente inferiores, aptos sólo para la servidumbre. Alemania ni siquiera puso fin a la monstruosa colectivización forzada de Stalin (que contribuyó significativamente al Holodomor de Ucrania en 1931-1933). Sólo cuando los subordinados de Himmler lo persuadieron de que los ucranianos occidentales eran arios, la política nazi hacia Ucrania comenzó a cambiar, y sólo en formas que facilitaron a Alemania el uso de reclutas ucranianos como carne de cañón y de civiles ucranianos como mano de obra esclava.

Más tarde, mientras los ejércitos de Stalin violaban y asesinaban a lo largo de Europa del Este en 1944-1945, las tropas soviéticas eran seguidas por todas partes por batallones de policías secretos dispuestos a fusilar a los disidentes locales, por no hablar de los aterrorizados muchachos campesinos que huían del frente.

Una espada ceremonial para Stalin

Si la guerra fue una cruzada contra la barbarie -una “buena guerra”- es difícil explicar que el Reino Unido forjara una espada larga ceremonial cubierta de joyas como regalo de guerra para José Stalin, o la observación de Churchill de que, “si Hitler invadiera el Infierno, yo haría al menos una referencia favorable al Diablo en la Cámara de los Comunes”. La alianza soviética sólo es inteligible y defendible en el contexto de una guerra tanto por la supervivencia nacional como por el interés nacional. Es menos aceptable si concebimos el conflicto como una gran batalla del bien contra el mal.

Por desgracia, la reconfiguración de nuestra memoria colectiva de la Segunda Guerra Mundial -es decir, la reconfiguración de los acontecimientos de la guerra para contar una simple historia de victoria sobre el fascismo en nombre del liberalismo y los derechos humanos- está ahora tan extendida que cualquiera que haya luchado contra la tiranía por cualquier motivo puede ser considerado un héroe. Y creo que eso es lo que explica la ovación que recibió Yaroslav Hunka en Ottawa.

No hay guerras buenas

Los acontecimientos históricos de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial no son unívocos. No dicen una sola cosa. Baviera sigue luchando contra esta realidad, mientras que el bochorno de Canadá se debe a una memoria popular ahistórica y politizada de ese gran conflicto. Esto, por supuesto, se une a la creencia de que la causa de Ucrania en su actual guerra de necesidad contra Rusia es siempre y en todas partes “una buena guerra”. A la Wokery, de la que Canadá está particularmente aquejada, también le gusta hacer juegos de moralidad del pasado. El pasado -en la persona de Yaroslav Hunka- se negó a cooperar.

“Espera, ¿la casa de Hitler es un lugar turístico?”, me preguntó un asombrado interlocutor en Twitter después de que compartiera fotos del llamativo ascensor del Nido del Águila, a lo que la única respuesta razonable fue “más o menos”. Baviera lleva lidiando con la incómoda realidad de albergar la casa de Hitler desde 1945, mostrando una incoherencia comprensible. Canadá fue el país que más cerca estuvo (en 2023) de invitar a Hitler a cenar a casa.

He escrito dos veces para Law & Liberty sobre por qué creo que Ucrania está del lado del bien en este conflicto. Sin embargo, lo correcto y lo bueno no son lo mismo. Es posible hacer cosas malas por una buena causa. Es posible hacer cosas buenas por una causa mala. Es posible resistir a la tiranía por malas razones y por una mala causa.

Y no hay “guerras buenas”, sino guerras malas y menos malas.

Ver también

¿Por qué Hitler invadió la URSS? (Fernando Díaz Villanueva).

El debate sobre el cálculo socialista, entonces y ahora

Por Kristian Niemieth. Este artículo ha sido publicado originalmente en el IEA.

Voy a hablar del llamado debate sobre el cálculo socialista, que fue uno de los principales debates dentro de la economía del siglo XX. Un debate sobre la viabilidad de las economías planificadas.

Pero antes de nada, me gustaría decir unas palabras sobre por qué esto importa hoy, porque algunos de ustedes probablemente estén pensando: “¿Por qué debería importarme lo que un puñado de blancos muertos discutían hace 100 años?”.

Cuando ‘murió’ la historia

Si es así, hace diez años, habrían tenido razón. Tras la caída del Muro de Berlín, y durante aproximadamente un cuarto de siglo, la opinión generalizada era que el debate entre capitalismo y socialismo estaba prácticamente zanjado. Cuando Francis Fukuyama hablaba del “fin de la historia”, no quería decir que ya no iba a ocurrir nada interesante. Se refería a que las grandes batallas ideológicas que habían definido los siglos XIX y XX habían terminado.

Durante un tiempo, eso pareció cierto. En las décadas de 1990 y 2000, casi todo el espectro político -incluida la izquierda política dominante- aceptaba que las economías planificadas habían fracasado en la práctica y que una economía de éxito tendría que basarse predominantemente en el mercado. El Partido Laborista británico, por ejemplo, degradó su propia ala socialista y, bajo Tony Blair, se rebautizó como un partido que se sentía cómodo con la economía de mercado.

Por supuesto, siempre hubo grandes desacuerdos sobre política económica: sobre el tamaño y el alcance adecuados del Estado, sobre los límites de los mercados, sobre cómo deben regularse los mercados, sobre qué modelo de capitalismo es el mejor. Nadie ha dicho que eso esté resuelto, ni siquiera que pueda estarlo. Pero estos son debates dentro del capitalismo, no debates sobre si deberíamos tener una economía capitalista.

“Demasiado a la izquierda”

El marxismo nunca desapareció, pero se retiró de la primera línea de los debates de política económica y se convirtió en un tema más académico. Siempre ha habido movimientos anticapitalistas importantes, pero en los años noventa, 2000 y principios de 2010, eran sobre todo eso: antimovimientos, no movimientos por una alternativa específica.

Este sentimiento del fin de la historia todavía era notable después de las elecciones generales de 2015, cuando muchos comentaristas de los medios de comunicación -incluidos comentaristas simpatizantes de Ed Miliband- argumentaron que Miliband había perdido, porque era, con razón o sin ella, visto como “demasiado de izquierdas”. No había conseguido desprenderse de su imagen de “Red Ed”.

Dos años después, esa idea fue ampliamente refutada. Si Miliband había perdido porque era “demasiado de izquierdas”, entonces, lógicamente, su sucesor Jeremy Corbyn, un autodenominado socialista que estaba muy a la izquierda de Miliband, debería haber perdido por un margen aún mayor.

Pero ocurrió exactamente lo contrario. Corbyn ganó diez puntos porcentuales en comparación con Ed Miliband, y algo así como veinte puntos porcentuales entre los votantes más jóvenes. No ganó del todo, pero es evidente que contó con el apoyo entusiasta de millones de personas.

Corbymanía

La “Corbynmanía” llevó a las empresas de sondeos a preguntar a la gente más explícitamente cuál era su posición en el debate socialismo contra capitalismo, ese debate que supuestamente se había “zanjado” con la caída del Muro de Berlín. Resultó que no se había “zanjado” en absoluto. La idea de que “ahora todos somos capitalistas” es completamente errónea. Millones de personas no lo son. Entre los jóvenes y las personas de mediana edad, al menos una mayoría relativa -y quizá incluso absoluta- prefiere el socialismo al capitalismo. Si 1990 fue “el fin de la historia”, entonces la historia debe haberse reiniciado en algún momento de la última década.

Esta es, en pocas palabras, la razón por la que el debate sobre el cálculo socialista vuelve a ser importante. No es sólo una cuestión de los años veinte, sino también de los años veinte. Por eso tiene sentido conocerlo un poco, y esto es así independientemente del lado del debate socialismo vs. capitalismo en el que te encuentres.

¿Qué es el debate sobre el cálculo socialista?

El socialismo ha tenido sus críticos desde que existe como teoría. Sin embargo, antes de 1920, esas críticas se referían más a la naturaleza humana que, estrictamente hablando, a la economía. Los críticos afirmaban que el socialismo sería inviable, porque se basa en la voluntad de las personas de trabajar por el bien común y no para sí mismas, y la mayoría de la gente sería demasiado egoísta para eso.

Pero el debate sobre el cálculo socialista no trata de eso en absoluto.

En 1920, el economista austriaco Ludwig von Mises publicó un artículo titulado Die Wirtschaftsrechnung im sozialistischen Gemeinwesen -El cálculo económico en la mancomunidad socialista- en el que criticaba el socialismo desde un ángulo completamente distinto. Estaba de acuerdo con los socialistas y se limitaba a asumir la cuestión de la naturaleza humana:

Aún si concedemos […] que cada individuo en una sociedad socialista se esforzará con el mismo celo que lo hace hoy […], sigue existiendo el problema de medir el resultado de la actividad económica en una mancomunidad socialista que no permite ningún cálculo económico.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Para ver lo que quería decir con eso, tenemos que dar un paso atrás.

Sin intercambio, no hay precios

Cuando decimos que una unidad de un bien, X, vale cinco veces más que una unidad de otro bien, Y, ¿qué queremos decir con eso? ¿Cómo lo sabemos? ¿Cómo sabemos que vale cinco veces más que trece veces o tres mil veces? La respuesta es: porque ésa es la proporción en la que la gente suele estar dispuesta a intercambiar X e Y entre sí. Si a unas personas les das X y a otras Y, y les dejas que intercambien entre sí, convergerán en esa relación de intercambio de 5:1. Pero para eso, necesitas intercambiar. Pero para eso se necesita el intercambio. Si nadie intercambia nunca X e Y, no tenemos ni idea de cuál es la proporción “correcta”.

Von Mises suponía que, incluso en una economía socialista, seguiría habiendo algo así como “precios de mercado” para los bienes de consumo. Ello se debe a que suponía que existirían amplios mercados secundarios informales. Supongamos que el Estado asume que X vale tres veces más que Y, y reparte raciones de X e Y sobre esa base.

Pero es una proporción errónea, porque los consumidores valoran X cinco veces más que Y, no tres. La gente empezaría entonces a comerciar entre sí, y la proporción 5:1 sería observable en el mercado secundario. El Estado podría reaccionar y corregir la asignación primaria.

Sencillamente, imposible

Que yo sepa, eso nunca ha ocurrido. Hubo amplios mercados negros bajo el socialismo, pero no tengo constancia de que los planificadores socialistas observaran los precios de mercado en esos mercados negros y respondieran a ellos. Pero fue la suposición optimista de von Mises que una economía socialista podría, de esta manera indirecta, todavía generar algo parecido a los precios de mercado para los bienes de consumo.

Pero lo que no podría haber son precios de mercado para los bienes utilizados en la producción: factores de producción y bienes de capital. No habría precios de mercado para los distintos tipos de maquinaria, los distintos tipos de edificios industriales, los distintos tipos de materias primas, los distintos tipos de productos semiacabados, etcétera.

Si no tenemos precios de mercado para esos bienes, no podemos hacer cálculos económicos, en el sentido convencional. No podemos determinar si un método de producción es más eficaz que otro. Nos enfrentaríamos a miles de alternativas diferentes, pero no tendríamos ningún método racional para determinar cuáles son mejores y cuáles peores. La “planificación socialista” no sólo sería una mala idea. Sería literalmente imposible.

Nuevas reglas del juego

La afirmación de Von Mises sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo cambió las reglas del juego en varios sentidos.

En primer lugar, fue una inversión completa de lo que era una opinión muy extendida en la época: que el capitalismo era caótico (Marx y Engels habían hablado de “anarquía en la producción”), mientras que una economía socialista estaría racionalmente planificada. Au contraire, decía von Mises. Una economía capitalista puede parecer “caótica”, porque nadie la dirige en su conjunto. Pero es el único tipo de economía que nos permite comparar racionalmente los costes y los beneficios de diferentes cursos de acción. Es precisamente la economía “planificada” la que es caótica, porque hace imposible una auténtica planificación:

Tenemos el espectáculo de un orden económico socialista flotando en el océano de combinaciones económicas posibles y concebibles sin la brújula del cálculo económico. Así, en la mancomunidad socialista, cada cambio económico se convierte en una empresa cuyo éxito no puede evaluarse de antemano ni determinarse más tarde retrospectivamente. Sólo hay tanteos en la oscuridad. El socialismo es la abolición de la economía racional.

Ludwig von Mises. Economic calculation in a socialist economy.

Una estatua para Ludwig von Mises

En segundo lugar, obligó a los economistas socialistas a reflexionar más detenidamente sobre cómo debía ser, en la práctica, la “planificación económica”. Algunos socialistas trataron de rebatir los argumentos de von Mises – eso es lo que convirtió el Debate sobre el Cálculo Socialista en un debate. Oskar Lange, un economista que más tarde se convertiría en una figura importante de la República Popular Polaca, escribió en 1936, casi con toda seguridad ligeramente irónico:

Los socialistas tienen ciertamente buenas razones para estar agradecidos al profesor Mises, el gran advocatus diabol de su causa. Porque fue su poderoso desafío el que obligó a los socialistas a reconocer la importancia de un sistema adecuado de contabilidad económica para guiar la asignación de recursos en una economía socialista. […]

El mérito de haber llevado a los socialistas a abordar sistemáticamente este problema pertenece enteramente al profesor Mises. […] Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en la gran sala del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Simplemente, cambiamos de gestor

Lange creía que von Mises estaba equivocado en última instancia, y que el Estado podía fijar los precios tan bien como el mercado:

En una economía socialista […] el proceso de determinación de precios es bastante análogo al de un mercado competitivo. La Junta Central de Planificación desempeña las funciones del mercado. […] Una sustitución de las funciones del mercado por la planificación es bastante posible y viable.

Oskar Lange

Lenin: trabajadores armados

Esto puede sonar extraño, pero hasta ese momento, los socialistas nunca habían pensado realmente en cómo funcionaría, en la práctica, una economía socialista. Marx y Engels nunca se habían preocupado de ello. Incluso Lenin sólo tenía esto que decir:

Todos los ciudadanos se transforman en empleados contratados por el Estado, que consiste en los trabajadores armados. Todos los ciudadanos se convierten en empleados y obreros de un “sindicato” estatal único en todo el país. Todo lo que se exige es que trabajen por igual, realicen la parte de trabajo que les corresponde y reciban el mismo salario; la contabilidad y el control necesarios para ello han sido simplificados al máximo por el capitalismo y reducidos a las operaciones extraordinariamente sencillas -que cualquier persona alfabetizada puede realizar- de supervisar y registrar, conocer las cuatro reglas de la aritmética y emitir los recibos correspondientes.

Friedrich A. Hayek

Eso es todo. Así de fácil. Sólo un poco de contabilidad y emisión de recibos, y trabajo hecho. Después de la Revolución Rusa, él -o mejor dicho, la gente lo suficientemente desafortunada como para ser sometida a ese experimento- aprendió por las malas que la economía es algo más que emitir recibos. De todos modos, esa fue la primera ronda del debate sobre el cálculo socialista. Uno de los alumnos de von Mises, el futuro Premio Nobel Friedrich August von Hayek, refinó más tarde los argumentos.

Hayek dejó más claro qué tienen los precios de mercado que los convierten en una herramienta tan vital, y por qué los precios fijados por el Estado no eran un sustituto adecuado. La idea básica es la siguiente: En una economía avanzada y compleja, dependemos de la especialización y de la división del trabajo. Nadie sabe hacerlo todo. No hay neurocirujanos que también sean grandes fontaneros, electricistas, poetas, traductores y expertos en política exterior. Pero todo el mundo sabe hacer algo. Así que todos hacemos cosas diferentes, y luego hacemos que esas diferentes piezas encajen.

División del conocimiento

Del mismo modo, las economías avanzadas y complejas se basan en una división del conocimiento. Nadie lo sabe todo sobre la economía. Nadie sabe más que una pequeña parte. Pero todos sabemos algo. Todos tenemos algún conocimiento económicamente relevante: tal vez sobre la industria en la que trabajamos, la región en la que vivimos o, si no hay nada más, todos conocemos nuestras propias preferencias mejor que nadie.

Todos aportamos conocimientos al mercado. El mercado agrega todos esos conocimientos y los difunde. Un ejemplo que Hayek utilizó fue el de una caída repentina de la oferta de estaño en algún lugar del mundo; o alternativamente, se descubre un nuevo uso industrial del estaño, lo que provoca un aumento de la demanda.

La mayoría de nosotros no tenemos ni idea de ese sector de la economía. No sabemos nada de la minería del estaño, y no tenemos ni idea de que esto haya ocurrido. Pero no necesitamos saberlo. Todo lo que tenemos que hacer es observar que los precios del estaño, y los precios de los productos que contienen estaño, han subido, y reaccionar a ello de alguna manera.

Precios y orden

Las empresas que utilizan estaño para fabricar, por ejemplo, muebles, pueden buscar algún sustituto. Los consumidores pueden cambiar a un producto alternativo que utilice menos estaño o, si eso no es posible, simplemente reducir su consumo de productos que contengan estaño. Al mismo tiempo, alguien, en algún lugar, detectará la oportunidad de obtener beneficios e intentará introducir en el mercado nuevos suministros de estaño o sustitutos cercanos.

Todos lo hacemos varias veces al día: reaccionamos a los cambios de precios, a veces de forma casi automática, normalmente sin saber qué los ha provocado. Y no necesitamos saberlo. Alguien, en algún lugar, sí lo sabe, y su conocimiento está contenido en los precios. Las condiciones económicas cambian todo el tiempo, de maneras que la mayoría de las veces ignoramos, y a través del sistema de precios, las partes relevantes de ese conocimiento se difunden por toda la economía.

Las economías planificadas no disponen de este mecanismo. Dependen de una junta de planificación para cotejar y evaluar toda la información pertinente. Hayek no fue tan lejos como von Mises: no dijo que una economía socialista fuera literalmente imposible. Sólo dijo que era una forma muy inferior de organizar una economía.

¿Es una cuestión de computación?

Hasta aquí, podría pensarse: ¿no es todo esto un problema de insuficiente capacidad de procesamiento de datos? Si es así, ¿no significa esto que el debate sobre el cálculo socialista está ya desfasado? Claro, planificar una economía requiere cantidades colosales de datos. Puede que en el antiguo bloque del Este no fuera posible recopilar, procesar y evaluar semejante volumen de datos. Pero, ¿seguiría siendo un problema hoy en día? ¿Acaso Amazon y Google no disponen ya de más información sobre sus clientes que la que jamás haya tenido cualquier consejo de planificación socialista?

Hayek no vivió para ver la era de Internet, y mucho menos el auge de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, si viviera hoy, sospecho que no se sentiría obligado a modificar mucho sus argumentos. El Debate Socialista sobre el Cálculo nunca versó principalmente sobre el procesamiento de datos en el sentido técnico.

Conocimiento tácito y no articulable

Hayek también argumentaba que gran parte del conocimiento económicamente relevante es de naturaleza tácita. El conocimiento tácito es el que poseemos, pero nos costaría articular. Para la mayoría de la gente, la gramática de su lengua materna es un conocimiento tácito. Todos podemos hablar un inglés perfecto, pero si un hablante no nativo nos preguntara “¿Por qué usaste este tiempo en vez de aquel?”, o “¿Por qué usaste esta palabra en vez de aquella?”, la mayoría de las veces, nuestra respuesta sería “No lo sé; simplemente suena bien, y la otra suena rara”.

Hay que reconocer que este es un mal ejemplo, porque si quieres puedes estudiar las reglas gramaticales de tu lengua materna. En este caso, puedes convertir el conocimiento tácito en formal.

El escritor que no sabe explicar cómo escribir

Pero a menudo no es así. La mayoría de los trabajos contienen conocimientos tácitos que se han adquirido a lo largo de los años, pero que costaría mucho articular y, por tanto, transmitir a un sucesor o a un colega. Nunca olvidaré mi decepción cuando leí el libro On Writing de Stephen King, el autor de novelas de terror. Lo leí porque pensé que podría aprender algunos trucos del maestro. No fue así. Es evidente que King es un gran escritor, pero explica fatal cómo lo hace. No sabe cómo lo hace. Es un conocimiento tácito. No puede articularlo. Pero si él no puede hacerlo, ¿quién puede?

Incluso las preferencias de los consumidores suelen ser tácitas y, por diversas razones, nuestro comportamiento de compra real suele desviarse de nuestras preferencias declaradas. El conocimiento empresarial también suele contener una gran parte tácita. Cuando se les pregunta por sus ideas de negocio, los empresarios de éxito suelen decir que tuvieron “una corazonada”, “un presentimiento” o “una intuición”.

Para ese tipo de conocimiento, no sirve de nada tener ordenadores más rápidos que puedan manejar más datos.

Prueba y error

Yendo un poco más allá del debate sobre el cálculo socialista en sentido estricto, Hayek también hizo hincapié en el papel de los procesos de ensayo y error en la vida económica. En economía, aprendemos la mayoría de las cosas a través de la experimentación y no de grandes planes. Esto es aún más evidente hoy que en la época de Hayek. Para casi todos los productos que usamos hoy en día, se pueden encontrar citas de expertos de la industria de la época de su lanzamiento, prediciendo con seguridad que el producto nunca despegaría. Las compras en línea nunca existirán. Internet nunca existirá. La televisión nunca existirá. El coche nunca existirá. Los Beatles nunca existirán. Arnold Schwarzenegger nunca triunfará como actor. Walt Disney nunca encontrará público para su excéntrica idea de un pato parlante en traje de marinero y un ratón parlante en bañador.

En retrospectiva, sería tentador burlarse de las personas que hicieron esas predicciones que envejecieron tan terriblemente, pero eso sería errar el tiro. Esas personas no eran estúpidas ni ignorantes. Es que así es la vida económica. Sabemos muy poco. Es muy poco lo que podemos planificar conscientemente. Tenemos que probar cosas, ver qué pasa y aprender haciendo.

No en una economía socialista

¿Podría una economía socialista permitir también ese tipo de experimentación? No veo cómo. Se necesita un sistema en el que la gente pueda probar ideas que, para la mayoría de los observadores, parecen inverosímiles y descabelladas. Las burocracias (o los comités democráticos) no funcionan así, ni deberían hacerlo. Un sistema en el que las personas tienen libertad para asumir riesgos debe ser un sistema en el que asuman la responsabilidad de las consecuencias. Para ello es necesaria la propiedad privada.

Yo diría que está claro, tanto desde el punto de vista teórico como histórico, qué bando ha ganado el debate sobre el cálculo socialista: el bando austriaco, el bando antisocialista. Pero yo no soy un observador neutral. Estoy firmemente en el “Equipo Austria”.

Pero también diría que, incluso si te encuentras en el bando socialista, deberías tomarte en serio el Debate sobre el Cálculo Socialista y comprometerte con la crítica austriaca. Las generaciones anteriores de socialistas ciertamente lo hicieron.

Recuerde lo que dijo Oskar Lange:

Una estatua del profesor Mises debería ocupar un lugar honorable en el gran salón del Ministerio de Socialización o de la Junta Central de Planificación del Estado socialista.

Oskar Lange

Me gustaría ver algo de ese espíritu en los socialistas de hoy. Me gustaría ver a un socialista actual intentar dar una respuesta meditada a los argumentos de Mises-Hayek. Me gustaría verles intentar presentar una versión del socialismo que evite esos problemas de cálculo socialista.

Los socialistas actuales no lo hacen. Se limitan a desestimar las objeciones al socialismo como “deleznables”. Disfrutan de una gran ventaja de reputación sobre sus oponentes, a saber, el hecho de que el socialismo se considera moderno y de moda, y por lo tanto, simplemente capitalizan esa ventaja, en lugar de preocuparse por los aspectos prácticos.

Convencer a los socialistas de que el socialismo es posible

Hasta cierto punto, les funciona. Sin embargo, al menos un socialista está de acuerdo conmigo en que la gente de su bando debería esforzarse un poco más. Sam Gindin, un marxista canadiense, escribe en la popular revista socialista Jacobin:

De las dos tareas centrales que exige la construcción del socialismo -convencer a una población escéptica de que una sociedad basada en la propiedad pública de los medios de producción, distribución y comunicación podría de hecho funcionar, y actuar para acabar con el dominio capitalista- la atención abrumadora […] se ha centrado en la batalla política para derrotar al capitalismo. El aspecto que podría tener la sociedad al final del arco iris […] sólo ha recibido una atención retórica o superficial.

Pero […] la afirmación arrogante de la viabilidad del socialismo ya no es suficiente. Ganar a la gente para una lucha compleja y prolongada para introducir formas profundamente nuevas de producir, vivir y relacionarse exige un compromiso mucho más profundo con la posibilidad real del socialismo. […] No basta con centrarse en llegar. Ahora es al menos igual de importante convencer a los futuros socialistas de que realmente hay un ‘ahí’ al que llegar.

Sam Gindin

Así es.

Ver también

Una llamada a la acción: el resurgimiento del debate sobre el cálculo económico. (Vicente Moreno).

Evaluando los argumentos de Friedrich Hayek en el debate del cálculo económico. (Eduardo Blasco).

¿Equipaje de mano gratis? Ni en broma

Saludan con alborozo los medios la inminente decisión por la que la Comisión Europea va a impedir a las compañías aéreas el cobro de un precio adicional por el equipaje de mano. Tal alegría es inquietante, pues revela la completa ignorancia económica de la mayoría de los periodistas, esos ojos que nos permiten ver más allá de nuestro entorno próximo, cuyo desconocimiento conduce a constantes engaños ópticos.

En este caso, además de ignorancia económica, revela una profunda ignorancia histórica, pues la evidencia empírica está allí y la conoce todo el mundo. Los vuelos empezaron a bajar de precios precisamente con la entrada de esas compañías que llamamos “low cost”, cuya principal característica era que ofrecían el vuelo por separado, para luego intentar cobrarnos por todo lo que tradicionalmente venía incluido en el billete, como el equipaje, la comida o la elección de asiento. Es indiscutible que la entrada de compañías con estos esquemas comerciales abarató el precio de un servicio que hasta ese momento casi se consideraba de lujo.

La prohibición encarecerá los vuelos

Por tanto, a priori, un movimiento en la misma dirección, separar del pago del vuelo el de un servicio auxiliar como es el equipaje de mano, tenderá a hacer que baje el precio del billete del vuelo, de la misma forma que ocurrió antes cuando se desempaquetaron de dicho precio el equipaje de bodega o la comida.

Pues no: hay periodistas que nos quieren hacer creer que así los viajes serán más baratos, e incluso llegan a calificar la práctica de pretender cobrar por el equipaje de mano como “abusiva”. La realidad es que ocurrirá todo lo contrario: esta prohibición hará que los viajes en avión sean más caros. Es más, es esta prohibición la que será abusiva, ya que obligará a las compañías a cobrar a todo el mundo por el equipaje de mano, lo quiera o no. Y es que, en el fondo, la prohibición de la CE tiene claros beneficiarios: las compañías aéreas.

Para entender por qué, empecemos por lo básico. En un mercado no intervenido, los bienes producidos tienden a satisfacer de la mejor manera posible las necesidades de los individuos. Las empresas que lo hagan mal, perderán rentabilidad y eventualmente desaparecerán del mercado.

Oportunidad de beneficio

Aceptemos que, en un momento concreto, los clientes de vuelos están pagando billetes que incorporan todas las facilidades: equipaje de mano, equipaje en cabina, elección de asiento y comida. En este escenario, puede haber una compañía que se dé cuenta que muchos pasajeros no facturan equipaje, y que puede haber una oportunidad de negocio en ofrecer billetes de menor precio sin derecho a equipaje facturado, y cobrar un extra al cliente que quiera facturar.

A priori, no se puede saber lo que dirá el mercado. Ahora ya sabemos qué tal oferta fue un éxito, y de hecho son poquísimas las compañías que en la actualidad no han separado del precio del vuelo el equipaje de bodega. Así se consiguieron vuelos más baratos para todo el mundo, a costa de que aquellos pasajeros que quieran facturar equipaje seguramente paguen más que cuando compraban el billete completo. Como resulta que una mayoría de pasajeros prefiere pagar menos y no facturar equipaje, el esquema comercial es viable y el bienestar agregado de todos los consumidores mejora.

Separar los servicios y ponerles un precio

Esta práctica de “desempaquetamiento” de productos permite dar mayor transparencia a las necesidades de los individuos y así ajustar mejor los precios a los servicios que cada uno requiere. En el fondo, impide que unos clientes, los de uso menos intensivo, subvencionen las necesidades de los otros. Si todos pagamos como si fuéramos a facturar equipaje, es claro que a los que finalmente facturan les va a salir más barato a costa de todos los que no hemos facturado y, sin embargo, hemos pagado como si fuéramos a hacerlo.

Es por ello también que la Comisión Europea, que ahora obliga a las aerolíneas a “empaquetar” el vuelo con el equipaje de mano, considera el “empaquetamiento de productos” como algo abusivo y a vigilar cuando lo hacen compañías dominantes en sus mercados.

Haciendo un análisis muy similar al descrito, si sustituimos equipaje en bodega por equipaje de mano, es claro que la tendencia de los precios del vuelo sin más sería a bajar. Con este “desempaquetamiento”, solo pagarán por llevar equipaje de mano aquellos que realmente lo lleven, y no todos los demás pasajeros que no lo llevamos, o que hemos optado por facturarlo en bodega pagando un plus. Así pues, ¿equipaje de mano gratis? Ni en broma.

Los intereses detrás de la regulación

Pero, una vez más, nos queda el lado más oscuro de esta propuesta. Si ya hemos visto que los pasajeros no se benefician, ¿quién puede querer esta norma? Está claro que el sospechoso más cercano está en el otro lado de mercado, las compañías aéreas. Esto es así porque reducen sus posibilidades de competir, de hacerse pupa. Si recordamos el esquema inicial, el del vuelo con todas las facilidades empaquetadas, es fácil entender que era una situación muy cómoda para las aerolíneas, que cobraban por todo, lo demandara o no el cliente.

Esta situación solo se pudo romper por unos competidores que querían ganar cuota de mercado, y sacrificaron el margen que daba el empaquetamiento a cambio de conseguir clientes, y complicar la vida a los agentes existentes. En el fondo, ahora ocurre lo mismo: si tiene éxito lo de cobrar por el equipaje de mano, los billetes bajarán y las demás compañías tenderán a imitar la práctica del primero en hacerlo. Al final del ciclo, los clientes estarán mejor servidos y las aerolíneas relativamente peor.

Colusión

¿Cómo pueden las compañías evitar este ciclo? Poniéndose todas de acuerdo en no separar el cobro del equipaje de mano del vuelo. Pero como ese acuerdo sería colusorio y posiblemente punible por las autoridades de competencia, entre ellas la propia Comisión Europea, acuden a ésta para que se ponga el gorro de regulador y haga una norma que obligue a un acuerdo que su otra mano perseguiría.

Ya solo queda que la Comisión Europea venda la mercancía como algo que hace en el interés de los usuarios, y que los terminales mediáticos ignorantes y acríticos se hagan eco diciendo que se abaratarán nuestros viajes en avión.

Así pues, lo repito: ¿Equipaje de mano gratis? Ni en broma.

Ver también

Mitos sobre la regulación para la competencia. (Fernando Herrera).

Integración vertical y evolución de la industria. (Adrià Pérez Martí)

Claudia Goldin, un Nobel en honor a la Historia Económica

Recuerdo con gran cariño a mi profesora preferida de la carrera, Victoria Bateman, quien fuera mi profesora de Historia Económica y a quien saludé con mucho afecto el día de mi graduación, ya que, gracias a ella, mi pasión por la intersección entre la historiografía y la ciencia económica creció aún más durante mis años de carrera. El lunes, al leer la noticia de que el Premio Nobel de Economía 2023 había sido otorgado a Claudia Goldin me acordé mucho de ella. Me imaginé a la Profesora Bateman celebrando que le hubieran otorgado un galardón de semejante calibre a la punta de lanza de su área de investigación y, sinceramente, me alegré mucho por una persona como ella, que vive y transmite la Historia Económica con tal pasión.

El gran cambio de la mujer en el trabajo

El trabajo de Goldin ha resultado clave para explicar las causas detrás de que, a lo largo de los últimos 100 años, la proporción de mujeres empleadas se haya más que triplicado en la mayoría de los países desarrollados. Es el mayor cambio en dinámicas del mercado laboral en mucho tiempo. Precisamente, las innovaciones en fuentes de datos históricos y metodologías de análisis de los mismos han permitido a Claudia Goldin establecer una serie de factores que han influenciado históricamente la oferta y demanda del segmento femenino del mercado laboral.

Entre ellos, los más importantes que destaca Goldin son las cambiantes posibilidades para las mujeres de combinar el trabajo remunerado y el cuidado familiar, una mentalidad más enfocada a la educación profesional y menos hacia la exclusividad del cuidado familiar, multitud de innovaciones técnicas y cambios institucionales que han generado modificaciones estructurales del sistema económico durante el último siglo.

Gráfico en forma de U

Una de las conclusiones principales del trabajo de Claudia Goldin que rompe con gran parte de la historiografía previa, es el hecho de que, en la mayor parte de países del mundo, no cabe establecer una relación de causalidad directa entre el crecimiento económico desde la Revolución Industrial y la mayor participación de las mujeres en el mercado laboral. Goldin ha demostrado en múltiples ocasiones que, aunque el rol de las mujeres en el sistema económico se transformó enormemente con el paso de la sociedad agraria a la sociedad industrial, las conclusiones que hasta el momento se habían extraído sobre ello eran en su mayoría incorrectas, debido a errores metodológicos a la hora de calcular la proporción de mujeres participantes en el mercado laboral en los siglos XIX y principios del XX.

Tras reunir una base de datos de 200 años mucho más precisa, Claudia Goldin resumió que la participación de la mujer en el mercado laboral desde el inicio de la Revolución Industrial hasta finales del siglo XX se puede plasmar en un gráfico en forma de U (ver debajo). Dicho gráfico muestra como a finales del siglo XVIII cerca del 60% de las mujeres participaban (informalmente) en el mercado laboral, consistiendo este principalmente de empleos agrícolas, reduciéndose a un 10% a principios del siglo XX y volviendo a incrementarse a un 55% a finales de dicho siglo, tras el intenso proceso de terciarización de la economía en el periodo.

La artesanía en casa

Con dicha investigación, Goldin descubrió que previamente a la Revolución Industrial, las mujeres tenían mayores probabilidades de formar parte de la fuerza laboral, aunque previamente, al no existir registros formales, resultaba mucho más complicado de cuantificar. La principal razón que Claudia Goldin aduce a que la participación de la mujer en el mercado laboral se redujera con la industrialización es el hecho de que mover los centros de producción de las casas (artesanía) a las fábricas dificultaba que las mujeres coordinaran el trabajo con la crianza de sus hijos, la cual en esa época estaba exclusivamente destinada a ellas. La diferencia más relevante se halla en que entre las mujeres jóvenes no casadas, cerca del 40% trabajaban en fábricas, duplicando la media nacional del género femenino.

La diferencia de participación laboral entre mujeres solteras y casadas se mantuvo estable de forma relevante durante la primera mitad del siglo XX en EEUU, ya que mientras la media de participación del cómputo total de mujeres era del 20%, entre aquellas casadas se encontraba tan solo en el 5%. Todo ello cambió de manera significativa tras la Segunda Guerra Mundial, puesto que, tal y como explica Goldin, el desarrollo tecnológico, la terciarización de la economía y el incremento del nivel de educación, incrementó la oferta y demanda de empleo femenino. Sin embargo, la legislación y las barreras institucionales fueron durante gran parte del siglo XX un impedimento al desarrollo de la mujer en el mercado laboral.

Barreras vinculadas al matrimonio

En este sentido, Claudia Goldin describe como las “marriage bars” americanas eran una legislación específica que en muchos casos impedía que las mujeres continuaran con su empleo tras contraer matrimonio. Por ello, a pesar de un incremento de demanda de trabajo femenino, en dicha época no se observó tanto crecimiento en la tasa de empleo de las mujeres en el mercado laboral. Un caso muy claro de ello fue, tal y como destaca Goldin, los años posteriores a la Gran Depresión de 1930, cuando dicha legislación impidió una mayor participación de las mujeres en el mercado laboral. Además, tal y como destaca la reciente Nobel de economía, estas leyes y estructura institucional afectaron negativamente a las expectativas de las mujeres sobre sus carreras profesionales, reduciendo también a través de esta vía su tasa de participación.

Una vez llegados a este punto, conviene destacar lo que Claudia Goldin llama “efecto paternidad”, que explicaría la mayor parte de la brecha de ingresos entre mujeres y hombres en países desarrollados. Goldin explica como durante los primeros años de carrera profesional, un hombre y una mujer con trasfondo educativo similar y un puesto de trabajo en igualdad de condiciones, reciben un salario muy similar.

La maternidad

Sin embargo, la brecha se genera en el momento del nacimiento del primer hijo, ya que la mujer ha de reducir su intensidad laboral y los ingresos decaen en el medio y largo plazo, sin regresar en ningún momento a la tendencia de crecimiento anterior. En este sentido, Goldin ha mostrado en repetidas ocasiones y con estudios aplicados a una variedad de países que, hoy en día, la maternidad explica prácticamente toda la brecha salarial existente, ceteris paribus, entre hombres y mujeres en los países desarrollados.

El Nobel a Claudia Goldin representa la relevancia de la Historia Económica en el estudio de las dinámicas de mercado a lo largo del tiempo y los cambios sociopolíticos relevantes para entender qué factores del pasado han conducido al estado actual. Además, Claudia Goldin ha demostrado como un trabajo minucioso con bases de datos de hace siglos permite extraer conclusiones completamente diferentes a las que en un principio se habían establecido, demostrando, una vez más, que en economía no existen las verdades absolutas y que cualquier cuestión se halla abierta a un debate fáctico y razonado.

Ver también

Los dueños del relato. (María Blanco).

Claudia Goldin: Nobel para una estudiosa de la civilización. (Peter Jackobsen).

Antonio Escohotado, el dilema del tranvía y Adam Smith

El otro día vi un fragmento de la entrevista entre Antonio Escohotado y Pablo Iglesias en el que este último le reprochaba que el único país que ha utilizado bombas nucleares contra otro país ha sido Estados Unidos. Escohotado responde que esa decisión se tomó para salvar más vidas, pues de no haberlo hecho, no hubiera habido doscientos mil muertos, sino dos millones de japoneses, más unos dos cientos mil americanas, pues los japoneses no se hubieran rendido y la guerra hubiese continuado. La visión que le da Escohotado al problema es similar a una versión del dilema del tranvía.

El dilema del tranvía

El dilema del tranvía es un experimento mental filosófico, planteado en su versión moderna por Philippa Foot. Este experimento mental dice lo siguiente: “Un tranvía sin posibilidad de frenarse se dirige por una vía en la que hay cinco personas atadas que no se pueden liberar y morirán si el tranvía les pasa por encima, tú puedes apretar un botón que lo hará cambiar a carril donde hay una persona atada que morirá. ¿Pulsarías el botón o dejarías que el tranvía siguiese su recorrido original?”

Pues bien, esta disyuntiva que le plantea Escohotado a Iglesias puede verse como una versión del dilema del tranvía: o demás morir a millones de personas o pulsas el botón, lanzas las bombas nucleares y mueren doscientas mil personas. Puede parecer que en este caso la decisión está clara, pero si hay algún motivo por el que este sea de los problemas más populares de la filosofía y por los que se ha planteado a lo largo de la historia de diversas formas es porque no hay una respuesta clara.

Acción y responsabilidad

En el planteamiento original yo siempre me niego a pulsar el botón, prefiero dejar morir cinco personas que matar a una. Yo no las puse allí, no las até a las vías, encendí el tranvía, olvidé asegurarme de que los frenos del tranvía iban y los cientos de otros factores que se tienen que dar para que el problema sea realista; yo solo me encontraba allí.

Y aunque con mi acción pueda salvar cuatro vidas—realizando un cálculo utilitarista pensando que cada vida cuenta lo mismo y restando la vida que muere por mi acción a las cinco que salvo—esa persona que muriese sí que lo haría como consecuencia de mis acciones. De todos modos, yo no la puse allí y no es mi culpa que se encontrase en esa situación. Sin embargo, sí que sería parte responsable de su muerte de apretar el botón. En el caso de no hacer nada, no se me puede responsabilizar de causar ninguna muerte.

Esta no parece ser la opción mayoritaria. Según una encuesta, el 90% de las personas pulsarían el botón en el problema original dejando morir a uno. La decisión de pulsar el botón parece ser la mayoritaria entre los filósofos también.

Adam Smith y la disonancia cognitiva

No obstante, no creo que tanta gente “pulsaría el botón” si modificáramos un poco el enunciado del problema y lo planteásemos de la siguiente manera: “En un hospital hay cinco personas que morirán mañana si no se les trasplanta a cada una uno de los siguientes órganos: un corazón, un hígado, un riñón, otro riñón y varios litros sangre. En el hospital hay un familiar de un paciente en una sala de espera que es compatible para donar sangre y órganos a los cinco anteriores y tiene un corazón, un hígado y dos riñones sanos.

Si fueras un médico del hospital, ¿administrarías una inyección letal indolora para matarle y poder extraerle los órganos y la sangre que salvarán a las cinco personas? Si has dicho que sí en el planteamiento anterior, aquí también deberías decir que sí. Y no creo que el 90% de las personas dijeran que sí a esto.

¿Cómo puede ser esto? ¿Qué es lo que nos mueve a decidir en algunos casos de una forma y en otros de otra? ¿A qué se debe esta disonancia cognitiva por nuestra parte? Adam Smith dio una respuesta a esto. Adam Smith es conocido como el padre de la ciencia económica. No obstante, Smith era un filósofo moral. Su obra La teoría de los sentimientos morales (1759) es su único otro libro escrito junto a La riqueza de las naciones (1776). Constituye un tour de force de filosofía moral. En este libro presenta una versión del dilema del tranvía—aunque de manera no intencionada—y una posible explicación a por qué elegimos en estos casos como lo hacemos. La cuestión se plantea en la parte III, capítulo 3 De la influencia y autoridad de la conciencia.

Mi dedo meñique y otros males

Adam Smith (1996[1759], 259-260) plantea lo siguiente:

Supongamos que el enorme imperio de la China, con sus miríadas de habitantes, súbitamente es devorado por un terremoto, y analicemos cómo sería afectado por la noticia de esta terrible catástrofe un hombre humanitario de Europa, sin vínculo alguno con esa parte del mundo. Creo que ante todo expresaría una honda pena por la tragedia de ese pueblo infeliz, haría numerosas reflexiones melancólicas sobre la precariedad de la vida humana y la vanidad de todas las labores del hombre, cuando puede ser así́ aniquilado en un instante.

Si fuera una persona analítica, quizá también entraría en muchas disquisiciones acerca de los efectos que el desastre podría provocar en el comercio europeo y en la actividad económica del mundo en general. Una vez concluida esta hermosa filosofía, una vez manifestados honestamente esos filantrópicos sentimientos, continuaría con su trabajo o su recreo, su reposo o su diversión, con el mismo sosiego y tranquilidad como si ningún accidente hubiese ocurrido. El contratiempo filas frívolo que pudiese sobrevenirle daría lugar a una perturbación mucho más auténtica.

Si fuese a perder su dedo meñique mañana, no podría dormir esta noche; pero siempre que no los haya visto nunca, roncará con la más profunda seguridad ante la ruina de cien millones de semejantes y la destrucción de tan inmensa multitud claramente le parecerá algo menos interesante que la mezquina desgracia propia.

Adam Smith. La teoría de los sentimientos morales. Madrid, España: Alianza Editorial. pp 259-260.

La decisión de un hombre benévolo

Es decir, parece que Adam Smith afirma que si en la vía por la que circula el tranvía hubiese doscientos millones de personas y en la otra vía alternativa estuviese tu dedo meñique, no pulsaríamos el botón dejando morir a toda esa gente antes que perder el meñique. Pero no, no dice esto. Inmediatamente después de este extracto, como si previese esta crítica, Smith clarifica que, aunque me disgustase más la idea de perder mi dedo meñique que la de la muerte de doscientos millones de personas, si estuviese en la posición de pulsar un botón para salvarles a costa de mi dedo meñique, lo haría. Smith (1996[1759], 260) dice:

Entonces, para prevenir esa mísera desdicha, ¿sería capaz un hombre benévolo de sacrificar las vidas de cien millones de sus hermanos, siempre que no los hubiese visto nunca? La naturaleza humana siente un escalofrío de terror ante la idea y el mundo, en su mayor depravación y corrupción, jamás albergó a un villano tal que fuera capaz de sostenerla.

Adam Smith. La teoría de los sentimientos morales. Madrid, España: Alianza Editorial. p 260.

El hombre interior

Aquí es donde Smith da la explicación de por qué, independientemente de que un resultado nos preocupe más que otro, elegimos ante problemas morales como lo hacemos:

Pero, ¿cuál es la diferencia? Cuando nuestros sentimientos pasivos son casi siempre tan sórdidos y egoístas, ¿cómo pueden ser nuestros principios activos frecuentemente tan nobles y desinteresados? Cuando estamos invariablemente mucho más íntimamente afectados por lo que nos pasa que por lo que le pasa a los demás, ¿qué es lo que impele a los generosos siempre y a los mezquinos muchas veces a sacrificar sus propios intereses a los intereses más importantes de otros?

No es el apagado poder del humanitarismo, no es el tenue destello de la benevolencia que la naturaleza ha encendido en el corazón humano, lo que es así capaz de contrarrestar los impulsos más poderosos del amor propio. Lo que se ejercita en tales ocasiones es un poder más fuerte, una motivación más enérgica. Es la razón, el principio, la conciencia, el habitante del pecho, el hombre interior, el ilustre juez y arbitro de nuestra conducta.

Y termina el párrafo diciendo que:

Lo que nos incita a la práctica de esas virtudes divinas no es el amor al prójimo, no es el amor a la humanidad. Lo que aparece en tales ocasiones es un amor más fuerte, un afecto más poderoso: el amor a lo honorable y noble, a la grandeza, la dignidad y eminencia de nuestras personalidades.

La autoimagen

Es decir, la manera en que actuamos se debe, no a que estemos preocupados por lo que pensarán los demás de nosotros, sino por lo que pensará ese espectador imparcial. Este concepto se desarrolla a lo largo de su libro La teoría de los sentimientos morales. Ese observador no es un espectador real, sino fruto de mi imaginación y que, de hecho, es uno mismo. Nos preocupa, en última instancia, lo que pensaremos nosotros de nosotros mismos. Actuamos pensando en la persona que queremos ser y en la idea de persona que tenemos de nosotros mismos.

Desde luego no mataría a la persona sana para utilizar sus órganos y salvar a cinco personas. Creo que no pulsaría la palanca en el caso original para matar a uno y dejar morir a cinco. Dudo de qué haría en el planteamiento de Escohotado, si mataría a doscientas mil personas para no dejar morir a más de dos millones. Y, sin duda, me cortaría el meñique antes de dejar que muriesen doscientas mil personas. Todo depende de la imagen que tengo de mí mismo. Estos problemas nos recuerdas que no hay una moral objetiva. No todos tenemos la misma imagen de nosotros mismos o pensamos que son las mismas cosas las que nos hacen virtuoso. De este modo, al actuar pensando en ese espectador imparcial que nos estará juzgando, tomaremos decisiones diferentes.

Bibliografía

Smith, Adam. 1996[1759]. La teoría de los sentimientos morales. Madrid, España: Alianza Editorial.

Ver también

De los sentimientos morales a la riqueza de las naciones. (Fernando Herrera).

‘La vida humana está sobrevalorada’. (Fernando Herrera).

Normas éticas universales, simétricas y funcionales. (Paco Capella).

Un videojuego sobre capitalismo, ahorro y trabajo duru

El liberalismo es un gran relato que parte del principio de libertad individual para abordar problemas económicos, políticos y sociales. En la medida en que nos adentramos en el liberalismo, encontramos que ideas como la mano invisible, el orden espontáneo, los juegos que no suman cero, el orden de abajo hacia arriba o la cooperación libre y voluntaria, van pasando de ser conceptos teóricos y abstractos, a ser imagines con las que pensamos, dirigimos nuestras acciones, interpretamos lo que nos rodea y soñamos un mundo mejor.

Capitalismo, ahorro y trabajo duru

Además, el liberalismo contiene, posiblemente sin haberlo buscado en un inicio, una serie de valores y virtudes individuales que se consideran valiosas dentro de la doctrina política y que son necesarias, aunque no suficientes, para el propio existo del modelo liberal. La frase «Capitalismo, ahorro y trabajo duru, no hay outra cousa» es poderosa porque, de manera similar a los preceptos religiosos, contiene una sabiduría que pretende pasar entre generaciones y estar presente en las mentes de quienes buscan una guía o un consejo para hacer frente a la vida. Siendo una creencia beneficiosa tanto para un individuo que busca enriquecerse como para los miembros de un grupo que buscan el sostenimiento del grupo.

Cuando hemos hecho propia la frase del profesor Bastos, empezamos a actuarla, a sentir que es parte de nuestro día a día, que nos acompaña cuando tenemos que decidir postergar una gratificación inmediata para obtener algo mejor en el futuro, cuando el exceso de trabajo nos agota o cuando sentimos miedo de no alcanzar financieramente lo que nos hemos propuesto. Trabajar duro, ser responsable y precavido, buscar participar en el mercado y satisfacer las necesidades de los demás y ahorrar e invertir con visión a largo plazo constituyen la receta correcta para el éxito económico y personal, aunque no lo garanticen.

Aprender haciendo

Las virtudes que asociamos al liberalismo, algunas como, ser responsable, autocontrolado, trabajador, respetuoso del proyecto de vida ajeno y ser cívico (desde parámetro liberales), se deben aprender con la experiencia. Las formas culturales de transmisión de conocimiento como las historias, cuentos, series y películas pueden ayudar, sin embargo, como es bien sabido, la calidad ética y narrativa del contenido cultural ha descendido importantemente en los últimos años.

Los videojuegos representan una ruta para transmitir conocimiento a los más jóvenes porque permiten contar historias mientras que se moldean las conductas del jugador. En un videojuego es fácil incorporar tareas que permitan entrenar diversos tipos de habilidades, como la capacidad de discriminar estímulos y responder rápido o la capacidad de generar estrategias y responder paciente y deliberadamente.

Así, me surgió la curiosidad por buscar un videojuego que pudiese llevar al jugador a desarrollar e incorporar el tipo de respuestas, estrategias y decisiones que están vinculadas con el liberalismo y facilitan su desarrollo como modelo político, por ejemplo, la responsabilidad financiera, la cual contribuye a independizar a los individuos del Estado. En particular, buscaba un juego donde el jugador tuviese que producir o recolectar recursos y luego administrarlos, enfrentando retos de preferencia temporal y autocontrol para que pudiese entender, por medio de su acción en el juego, que los individuos debemos tener una adecuada coordinación inter-temporal de nuestras decisiones, es decir, aquello que hicimos en el pasado, contribuye a que estemos bien en el presente, pero solo si tomamos las decisiones adecuadas en el presente, estaremos mucho mejor en el futuro.

Stardew Valley

Stardew Valley es un juego que se lanzó en 2016 y fue creado en su totalidad (programación, diseño, música, etc) por un único autor, Eric Barone, un egresado de ciencias de la computación aficionado a la programación y los videojuegos que inició el proyecto como una forma de adquirir y reflejar sus habilidades para mejorar sus posibilidades de encontrar empleo, pero que progresivamente fue enamorándose del proyecto, haciéndolo más complejo y agregándole infinidad de detalles que le dan al juego un toque personal y único.

El videojuego cuenta brevemente la historia de un protagonista que está agotado de su vida citadina y su trabajo monótono y ha recibido como herencia la granja de su abuelo en un pueblo pequeño en el Stardew Valley. El protagonista se muda a la granja e inicia su nueva vida. El inicio del juego es muy útil para visualizar el modelo autístico austriaco y la idea de que, en economía, primero se debe ofertar antes de demandar. El protagonista encuentra la casa llena de maleza y escombros naturales que debe remover para abrir espacio y obtener sus recursos iniciales, empezar su primera siembre y esperar el cultivo para hacer la venta que da inicio al desarrollo económico del personaje.

Lo que se puede aprender jugando Stardew Valley

Asociar Stardew Valley con un juego pro-capitalista puede parecer contradictorio porque el juego plantea una crítica a la vida moderna y vacía, en la cual nos relacionamos con grandes empresas genéricas que alienan el trabajo y las relaciones comerciales. Sin embargo, en este sentido el juego es compatible con la visión conservadora o peleolibertaria de la vida; el protagonista rechaza libremente seguir cooperando con la empresa «Jaja!», pero no deja de participar en el mercado o buscar enriquecerse, de hecho, si lo hiciese, le juego no avanzaría. La crítica ética y estética a los tiempos modernos es una idea «de derechas», y el modelo liberal no es incompatible con ello.

De manera breve y enlistada comparto una serie de habilidades y lecciones que se pueden obtener a través del videojuego:

El factor tiempo como una herramienta que empleada correctamente favorece el enriquecimiento. Al ser un juego de «farming», es importante tener autocontrol, ser paciente y usar el tiempo a tu favor para generar riqueza. Los cultivos tienen distintos plazos y rendimientos, algunos toman mucho tiempo, pero generan interés compuesto y otros son inversiones únicas de corto plazo. Formar una buena granja en el juego, equiparable a una buena cartera de inversión, requiere combinar activos con distintos plazos adecuadamente y mantener cierta liquidez a la vez que nos proyectamos en el largo plazo.

Escasez y abundancia. Socialización

Aprovechar los periodos de escasez y abundancia. Las estaciones un el juego generan periodos de mayor facilidad o dificultad para obtener ingresos, ello hace que la estrategia correcta implique tener siempre en cuenta las siguientes estaciones mientras jugamos. Aprendiendo la lección de que cuando hay prosperidad debemos anticipar potenciales periodos de menor prosperidad. De esta manera, el juego incentiva a que el jugador tenga siempre en cuenta el futuro al momento de tomar cualquier decisión, puesto que una compra o inversión será buena dependiendo de la situación y estrategia presente y futura. Como suele ser en teoría de juegos, una decisión o estrategia presente será correcta con base en lo que espero hacer en el futuro.

El juego incorpora adecuadamente la socialización o el factor social de la vida humana, ya que el protagonista puede casarse y tener una familia, algo que muchos jugadores disfrutan alcanzar. No obstante, para ello debe invertir muchos recursos en su reputación, estatus y redes sociales, algo que no resulta fácil en el juego, porque en necesario cumplir misiones secundarias para los habitantes del pueblo (NPCs), saludarlos y hasta darles regalos en sus cumpleaños. Este componente social es importante porque muchos otros juegos de estrategia no lo contemplan y en la vida real las personas debemos tener en cuenta nuestros gastos en estatus, un tipo de inversión donde también participa el autocontrol y puede constituir un freno importante al enriquecimiento de los jóvenes que suelen sobre-invertir en estatus.

Ahorro e inversión

Valor del ahorro y la inversión, sencillamente, capitalismo. El juego permite talar árboles y hacer minería, ambas fuentes de recurso no requieren mayor inversión de capital por parte del jugador. Sin embargo, el juego va guiando al jugador a la conclusión de que la mejor estrategia es invertir en capital, que automatice o haga más productivo su trabajo. Al igual que como ha pasado en la historia de la humanidad, a medida que el jugador progresa, los trabajos más repetitivos y menos productivos van desapareciendo y van apareciendo formas más complejas (con más información y capital incorporado) de generar riqueza.

En conclusión, el éxito del modelo liberal depende de que la sociedad se organice a partir de un conjunto de normas o instituciones liberales, pero también de que las personas desarrollen y hagan propias las virtudes liberales, ambos procesos se retroalimentan mutuamente. Stardew Valley puede ser un buen juego para que los jóvenes aprendan algunas de estas lecciones.

No obstante, creo que la generalización de las conductas adquiridas en el juego, esto es, que el jugador lleve a la vida real las estrategias que premian en Stardew Valley, requiere que complementemos el juego con información sobre el uso de dichas estrategias en la vida real. Por ejemplo, algo tan sencillo como indicarles a los jugadores «así como inviertes en mejorar tu hacha para talar árboles más rápido y con menor esfuerzo por el resto del juego, así debes invertir en tu educación o en bienes de capital que puedas rentabilizar el resto de tu vida»

Ver también

Para reyes, un videojuego para su hijo. (Jorge Valín).