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¿Red de periodismo climático, o de activismo?

En Alemania una red de periodistas activistas fundada en 2021 ha elaborado unas directrices y un código para el periodismo climático, que muchos periodistas e incluso medios de comunicación han firmado. La radiotelevisión pública está especialmente bien representada. Estas directrices tienen poco que ver con el periodismo tradicional, sino con la manipulación de la opinión y el activismo.

También ha causado revuelo un folleto del WDR sobre la elección de palabras apropiadamente alarmistas, en el que se sugiere que, en lugar de utilizar términos objetivos, se recurra a la valorización y dramatización de términos como crisis climática, calentamiento global y negacionista del clima.

Un poco de lectura nos permite confirmar que esto no sale de la nada, sino que es el resultado de una acción concertada de periodistas activistas del clima. Ya en julio de 2021, estos periodistas se reunieron para formar una red de periodismo climático con el fin de idear y poner en práctica conjuntamente este tipo de cosas.

Carta de la Red de Periodismo Climático

Desde el verano de 2022, existe una “Carta de la Red de Periodismo Climático” para informar sobre el clima de forma adecuadamente alarmista. En total, 302 periodistas de Alemania han firmado abiertamente. También han firmado unos 150 de Austria. Hay un número desconocido de firmas no públicas.

Según estos profesionales del periodismo, es tarea del periodismo climático:

  • aclarar la amplitud de la crisis, siempre, no sólo ligada a la actualidad y más allá de las fronteras departamentales,
  • guiarse por el “estado de la ciencia” y evitar el “falso equilibrio”, es decir, no permitir que aparezcan posiciones minoritarias,
  • reconocer como un hecho que el colonialismo y el paradigma del crecimiento son causas de la crisis climática,
  • predecir una “catástrofe irreversible” si los responsables no actúan con decisión en los próximos años,
  • declarar que la crisis climática es una amenaza para la democracia y los derechos fundamentales,
  • tomar el Acuerdo Climático de París de 2015 y la “sentencia climática” del Tribunal Constitucional Federal Alemán de 2021 como (incuestionables) directrices y guías,
  • y garantizar así la preservación de las bases de la vida para “todos los seres vivos de este planeta”.

¿Periodismo o activismo?

En otras palabras: debido a la importancia de la cuestión, cualquier medio está justificado para agitar y ejercer presión, incluso cualquier exageración. No importa que es casi seguro que seguirá habiendo muchos seres vivos en este planeta, aunque se haya vuelto demasiado caliente para los humanos. Este modelo del lenguaje dramatizado es perfectamente reconocible tanto en el folleto de la WDR como en la “Guía para los medios de comunicación” del WWA (World Weather Attribution).

La transición al activismo climático es fluida. Por eso, uno de los cofundadores de la Red de Periodismo Climático, Raphael Thelen, se retiró del periodismo hace unos meses y ahora se dedica a “trabajar” en las calles en nombre de la Última Generación. Los firmantes de la Carta a menudo no mencionan a sus empleadores. Frecuentemente, son free-lancer que trabajan para distintos medios. En aquellos casos en que han nombrado instituciones, surge un claro enfoque que apunta a los medios públicos. Se mencionan 13 veces la institución ARD, tres veces HR (Radiodifusión de Hesse), tres veces Deutsche Welle, dos veces ZDF y una vez Deutschlandradio. Además, el colectivo de investigación y “fact-checking” Correctiv está representado cuatro veces, el Tagesspiegel tres veces, y ntv y t-online dos veces cada uno.

Los medios de comunicación austriacos van aún más lejos

La rama austriaca de la red va un paso más allá y, además de la carta para periodistas individuales, ha elaborado unas “directrices para el tratamiento editorial de la crisis climática“. Las publicaciones deben comprometerse a respetar este código. Entre otras, ha firmado la APA – Austria Presse Agentur, la mayor agencia de noticias de Austria, propiedad de diarios austriacos y de la cadena pública ORF. En la presentación del Código, APA estuvo representada en el podio por su redactor jefe, y ORF por su responsable de sostenibilidad. La influencia de las agencias de prensa dominantes, cuyas contribuciones son adoptadas por muchos medios de comunicación, es enorme.

La APA y los periódicos y revistas firmantes se comprometen a tratar la crisis climática junto con la extinción de especies como la crisis más urgente de este siglo y a darle mayor prioridad que a todos los demás temas, dar a la información sobre el clima amplio espacio y recursos en todos los temas y departamentos, destacar las consecuencias del calentamiento global y las posibles vías de actuación, hacer justicia al alcance y las consecuencias de la crisis climática con ilustraciones y elección de palabras, no restar importancia a los acontecimientos (por dudosos que estos sean en su atribución) que puedan atribuirse al calentamiento global provocado por el hombre.

Visión unívoca del mundo

Estos códigos para periodistas se basan en una visión del mundo en la que la modelización común del complejísimo fenómeno del clima ya no es un “hecho” cuestionable. Por eso ellos no necesitan dar explicaciones: “El periodismo climático no es activismo”. La red alemana ofrece, entre otras cosas, un “Manual de Periodismo Climático” cuyos “hechos climáticos” se supone que ayudarán a los periodistas y a otras personas en su supuesta tarea de “hablar del clima de forma que la gente se sienta motivada para actuar”.

La red también ofrece una lista de expertos universitarios adecuados de los que se garantiza obtener declaraciones en el sentido de las directrices. Organiza grupos de trabajo y conferencias de expertos para periodistas. A partir de septiembre, por ejemplo, hay una “sesión informativa sobre el clima 5vor12“. El divulgador de los puntos de inflexión climáticos supuestamente irreversibles, Stefan Rahmstorf, dio el pistoletazo de salida con una charla sobre cómo clasificarlos.

Rehuyen el debate

Se reconoce a primera vista y en todas partes: los miembros de la Red de Periodismo Climático están 100% seguros de su (buena) causa. Sólo dudan y cuestionan los argumentos y posiciones del supuesto o real bando contrario. No hay ningún interés en el intercambio abierto con los escépticos más o menos moderados de la teoría climática pura, y posiblemente ni siquiera en aprender de ellos.

En todos estos textos se explica con detalle por qué es tan importante seguir diciendo a la gente que la ciencia está de acuerdo y en consenso, recurriendo a los descubrimientos de la psicología (de masas). En resumen, el argumento es: la ciencia ha establecido que la gente creerá cualquier cosa si se le dice con suficiente frecuencia que la ciencia lo ha establecido.

Periodismo o propaganda

Una vez más, me gustaría subrayar que no tengo una opinión firme sobre las cuestiones planteadas aquí, principalmente porque es muy difícil encontrar informes imparciales sobre la polémica en torno a si el cambio climático es una crisis catastrófica para el planeta o únicamente un serio problema en ciertas regiones que se ven más afectadas. Lo que está claro, sin embargo, es que lo que propaga la red de medios en general ya no es periodismo, sino propaganda. Los miembros y firmantes de las diferentes “cartas de periodismo climático” que ven acercarse el fin del mundo o de la humanidad lo consideran necesario. Puede que tengan razón. Pero que lo sigan llamando periodismo es engañoso. Deberían ser honestos y rebautizarse como “Red de propaganda climática”, por ejemplo.

Creo que es muy honroso que la gente defienda algo que es importante para ellos por responsabilidad social general. Pero también creo que, si lo hacen como periodistas, deben atenerse a los principios del periodismo en un sistema plural y democrático. Estos incluyen informar de la forma más completa y objetiva posible y separar la opinión de la información de la forma más clara posible para que los receptores tengan la oportunidad de formarse su opinión libremente sin ser manipulados. Por el contrario, lo que propaga la Red de Periodismo Climático germana es la manipulación mediante el uso selectivo de trucos psicológicos, el abuso del lenguaje apocalíptico y la selección de temas sobre los que informar.

Ver también

Greta Thumberg y su club de fans necesitan ser realistas sobre el cambio climático. (Eliot Wilson)

Amigos de la ciencia y la libertad (análisis del periodismo basura). (Francisco Capella).

La ciencia del cambio climático y otras religiones. (José Carlos Rodríguez)

La interdependencia y el libre mercado, ¿amortiguan los conflictos internacionales?

Los académicos suelen conceptualizar a un orden internacional, como un conjunto de reglas e instituciones que guían el comportamiento de los estados-naciones, principalmente. También al resto de actores no gubernamentales, sean empresas multinacionales, grupos ecológicos o actores políticos, entre otros, que gravitan sobre la dinámica misma del orden en cuestión. En este orden, ¿amortigua el comercio los conflictos internacionales?

Interdependencia y conflictos

Definido lo que grosso modo entenderemos como un orden internacional, valdría la pena destacar, lo que ha sido una suposición teórica e histórica de algunos defensores del libre mercado global de bienes y servicios. Según ésta, los altos niveles de interdependencia económica en sus vertientes comerciales y financieras, conllevan indefectiblemente a los Estados-naciones a reducir sus niveles de conflictividad. Esto puede ser a través de las negociaciones o resolución de sus conflictos por medio de instituciones previamente establecidas o acordadas entre el conjunto de países en cuestión, o a través de negociaciones directas.

Sobre estas premisas han sido, a grandes rasgos, los fundamentos sobre lo que se ha sustentado el Orden Liberal Internacional. La caída del muro de Berlín ha reforzado esas premisas. Hecho históricamente emblemático, que marcó “el fin de la guerra fría y el inicio de una nueva era para la humanidad”. Y Según las cuales el mundo iba a converger de manera casi inevitable a un orden internacional más democrático, donde los principios del libre mercado, fundamentados en la creciente globalización económica, y la democratización de las naciones, iban a hacer sus bases fundamentales.

Crear intereses comunes

Una de las presuposiciones básicas de estas visiones ha sido que la interdependencia, más allá de crear ciertos niveles de vulnerabilidad o exposición a los vaivenes de los mercados globales, había conformado un entramado de intereses y beneficios comunes de índole económica y principalmente comercial, donde el juego ha sido en mayor o menor grado de ganar-ganar y no, de suma-cero, entre los principales actores políticos y económicos globales.  

Es indudable que los fundamento teóricos y hasta empíricos en los cuales se ha sustentado los principios del libre mercado mundial, y sus consiguientes aportes al crecimiento económico global de los últimos 40 años, de los cuales hemos sido defensores, han servido dentro de algunos contextos históricos y políticos como un factor amortiguador de ciertos conflictos de orden geopolíticos principalmente.

Desorden global

No obstante, cuando el juego de equilibrio de poder geopolítico y económico se produce entre estados-naciones con regímenes políticos de diferente naturaleza, con valores y pretensiones políticas disímiles, aunque los mismos compartan ciertos intereses económicos comunes, como lo ha sido el caso de los Estados Unidos y sus aliados europeos y asiáticos, frente al creciente poderío económico de la China comunista principalmente. 

Los imperativos de orden geopolíticos y geoeconómicos, sustentados en principios de lo que las élites político-militares empiezan a percibir como un problema de seguridad nacional, son los que han solido imperar a la hora de comenzar a delinear las decisiones frente al surgimiento de un nuevo orden económico global. Para los efectos de lo antes expuestos, es pertinente citar al hoy en día ex-secretario de Defensa de los EEUU, James Mattis y el cual aseveró:

Nos enfrentamos a un creciente desorden global, caracterizado por el declive del antiguo orden internacional basado en normas. Donde la competencia estratégica interestatal, y no el terrorismo, es ahora la principal preocupación en la seguridad nacional de EE.UU.

Secretary of Defense James Mattis, “Summary of the 2018 National Defense Strategy of the United States of America” (Washington, D.C.: Department of Defense, 2018), p. 1.

Un nuevo orden

De la cita del hoy ex-secretario de Defensa estadounidense, se puede fácilmente inferir, que la interdependencia económica global no ha tenido el efecto amortiguador frente a los conflictos internacionales actuales, sino que demuestra que son los imperativos de índole estratégicos basados en lo que serían las nuevas amenazas a la seguridad nacional de los actores en cuestión y sus pretensiones geopolíticas y geoeconómicas los que marcaran la transfiguración del actual orden económico y político global.

Mas cuando se ha comenzado a emplear en el actual contexto internacional, la geoeconomía como un arma de lucha geopolítica, (véanse las guerras tarifarías y de políticas de nearshoring entre los Estados Unidos, y la Unión Europea, principalmente, frente a China, y la guerra de Ucrania y Rusia), pues al margen del alto grado de interdependencia económica existente entre estos Estados, han comenzado a percibirse, en mayor o menor medida, como enemigos existenciales.

Lo que ha colocado en entredicho la tesis antes expuesta, sobre el hipotético rol de amortiguación que la interdependencia económica como efecto subyacente de la libre movilidad de los factores de producción y servicios a escala global dentro del marco de la globalización económica, ha debido de tener en el actual escenario económico y político mundial. El cual está marcando un punto de inflexión en el nacimiento de un nuevo orden geopolítico y económico internacional, con sus consiguientes costos económicos para la población mundial.

¿Puede ser buena una población decreciente?

Por James Forder. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

David Miles, del Imperial College y -horror- de la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria, ha recibido cierta atención por un artículo académico bastante áspero en el que sugiere que el descenso de la población podría ser beneficioso. Todo lo contrario de la opinión más común de que necesitamos desesperadamente más gente o, en cualquier caso, de que necesitamos que el número de personas crezca siempre.

Este tipo de argumentos se suele esgrimir en términos de los beneficios de maximizar el número de “ideas”: cuanta más gente haya, más Einsteins. Eso, sin duda, debe ser un beneficio, se nos dice. Bueno, un puñado más de Mozart no vendría mal, pero no estoy tan seguro de que queramos que demasiada inteligencia trabaje para que la IA sea aún más inteligente.

Otro problema es que estas historias no parecen dar mucha importancia a la obviedad de que también acabaríamos teniendo más gente mala. Para mí, un Calígula en toda la historia de la humanidad es suficiente, y ¿realmente quieren estas personas maximizar el número de Lucy Letby? ¿Y qué hay de los genios malvados que inventan los esquemas ULEZ (zonas de emisiones ultrabajas), y lo que venga después?

Cortoplacismo a muy largo plazo

Pero las partes clave del documento de Miles tratan de algo diferente. Se refieren a los efectos del cambio demográfico. En efecto, se nos alimenta constantemente con la terrible historia de que simplemente debemos mantener la tasa de natalidad (o la tasa de inmigración) alta, para que los impuestos de la futura mano de obra sean suficientes para pagar la deuda pública que estamos acumulando.

Es un extraño tipo de cortoplacismo a muy largo plazo. Por supuesto, si llenamos el país de inmigrantes (que a menudo son muy trabajadores y emprendedores) durante las próximas décadas, podremos mantener el gobierno a flote. Pero, ¿quién va a pagar la deuda que sin duda se acumulará a un ritmo igual de rápido, o tal vez más rápido, en esos años? Necesitaríamos una población aún mayor, y en algún punto de ese camino el lugar se va a llenar demasiado.

El estancamiento secular de Alvin Hansen

La idea de Miles también es diferente, y tiene una relación interesante con la idea de Alvin Hansen del “estancamiento secular” de los años treinta y cuarenta. Hace unos años, Larry Summers y otros revivieron esta idea de forma bastarda. En el original, la opinión de Hansen de que el crecimiento de la población iba a ralentizarse era esencial. Significaba que en el futuro habría menos trabajadores y, por tanto, menos necesidad de bienes de equipo y similares.

Esto era una mala noticia porque, supuestamente, la necesidad de reponer y ampliar las existencias de capital era lo que proporcionaba un uso para todo el ahorro que él esperaba que los hogares estadounidenses quisieran realizar. Sin esta inversión, pensaba, el consumo de los hogares sería demasiado bajo para que todos los trabajadores dispuestos encontraran trabajo para abastecerlo.

En otras palabras, necesitábamos una población creciente para que las necesidades futuras de los trabajadores del futuro mantuvieran empleados a los trabajadores actuales en la fabricación de bienes de equipo para ellos. Pero el descenso de la población, junto con el fin del gran auge inversor de épocas algo anteriores -la construcción de los ferrocarriles, por ejemplo- y luego el fin de la Guerra, iba a privar a los trabajadores de esta oportunidad, y amenazaba un estado perpetuo de desempleo.

Miles: La conclusión contraria

Pocos pronósticos económicos de este tipo salen realmente bien a sus profetas, pero el de Hansen salió peor parado que la mayoría. El crecimiento demográfico no se ralentizó; resultó que había muchas oportunidades de inversión para sustituir a los ferrocarriles y, por supuesto, el apetito de los hogares estadounidenses por el consumo demostró ser muy fuerte. Lo que siguió fue la era del consumo conspicuo, no la del estancamiento secular.

Miles no se preocupa por la desaparición de las oportunidades de inversión, pero por lo demás sigue prácticamente la misma línea. Sin embargo, llega a la conclusión opuesta. Para él, la disminución de la población tiene la misma implicación de que necesitamos realizar menos inversiones. Podemos, si se quiere, mantener la relación capital/trabajo actual reduciendo al mismo tiempo el stock global de capital. Esto significa que se puede permitir que parte del capital existente se deprecie sin ser sustituido. Por consiguiente, como dice Miles, hay margen para el consumo adicional, y bastante. Sus estimaciones sugieren, dependiendo de los supuestos exactos, que todos podríamos estar en mejor situación en miles de libras al año, en términos de consumo, como resultado.

El problema no es la demanda, sino la oferta

Resulta extraño que Hansen y Miles partan de una posición aparentemente idéntica y lleguen a conclusiones opuestas. La diferencia no radica en su comprensión de la dinámica de la población o de las conexiones entre la inversión actual, el stock de capital, el empleo y la producción. Tampoco tiene nada que ver con la relación entre renta, consumo e inversión. Más bien está en sus presunciones sobre la determinación del empleo. Hansen argumentaba completamente al modo de Keynes, y suponía que sólo se podía entender el empleo entendiendo la demanda. Consideraba que los determinantes del consumo y la inversión fijaban el empleo. Miles, unos ochenta años y, al menos, una contrarrevolución antikeynesiana después, lo ve de otra manera.

El empleo viene determinado por la oferta de mano de obra. Aquellos que deseen trabajar por el salario vigente encontrarán un empleo. Lo que significa el “salario vigente” es el salario que permite encontrar un empleo a las personas que desean trabajar por él. Por lo tanto, no se plantea la preocupación de Hansen de que “no haya suficientes puestos de trabajo”. Seguramente, pero para el tipo de ciclo económico más severo, aunque todavía temporal, Miles está en lo cierto. En consecuencia, la cuestión de si nosotros y las próximas generaciones estaríamos mejor si la población disminuyera es real, y el análisis de Miles es para reflexionar detenidamente.

Ver más

El gran salto de Julian Simon. (José Carlos Rodríguez).

El gran nivelador: los cuatro jinetes del igualitarismo. (Ignacio Moncada).

Malthusianos. (Juan José Mora Villalón).

Viejos errores de la nueva derecha

Por Tyler Syck. Este artículo fue publicado originalmente en Law & Liberty.

La derecha estadounidense está inmersa en un conflicto complicado y cada vez más sucio. Por un lado está la nueva derecha, comprometida con el populismo político, la toma hostil del Estado y políticas económicas más comunitaristas. Enfrente está la vieja derecha, una mezcolanza de individuos comprometidos con un gobierno limitado, el libre mercado y una política exterior belicosa. La derecha está inmersa en el proceso, a menudo díscolo, de intentar recomponer una coalición funcional. Hay cierto margen para el debate y la negociación; al fin y al cabo, las coaliciones políticas nunca se mueven completamente al unísono, con principios perfectamente alineados. Pero algunas cosas son un puente demasiado largo. A veces hay que reconocer que ni siquiera una gran carpa puede abarcar absolutamente a todo el mundo. Muchas de las ideas de la nueva derecha pueden conducir a la bancarrota política e intelectual.

Nick Solheim

En ninguna parte es esto más evidente que en un reciente ensayo publicado por Nick Solheim para The American Mind. En el ensayo, Solheim intenta esbozar una base intelectual para la nueva derecha. Es una tarea loable para cualquier movimiento político, y debo felicitarle por su intento de reflexión. Sin embargo, a fin de cuentas, su ensayo es farragoso y filosóficamente confuso. A pesar de lo turbio de su argumentación, el argumento de Solheim tiene un tema discernible: el deseo de acabar con los fundamentos pluralistas del régimen estadounidense. Esta tarea despoja descaradamente el exterior conservador de la nueva derecha y revela la cámara más tiránica de su corazón.

La fascinante articulación de Solheim de los problemas de Estados Unidos no es, por supuesto, del todo errónea. En primer lugar, tiene toda la razón al señalar que nuestro momento actual está plagado de graves problemas políticos. Empresarios corruptos y unos medios de comunicación peligrosamente inconscientes parecen empeñados en desarraigar los cimientos mismos de la sociedad estadounidense. Sin embargo, Solheim pasa por alto hasta qué punto la retórica populista, tal como la utiliza en su propio ensayo, agrava aún más el problema. En lugar de alertar a la clase alta de la sociedad estadounidense sobre sus propias debilidades, la retórica de las élites contra el pueblo las pone instantáneamente a la defensiva. En resumen, Solheim olvida que pocas personas agredidas se sienten abiertas a cambiar sus puntos de vista y, si acaso, se inclinan por redoblar sus errores.

Un nuevo (viejo) estatismo

En segundo lugar, Solheim tiene razón al señalar que el Estado administrativo ha llegado para quedarse. Puede que no nos guste este hecho, pero ninguna nación del mundo puede funcionar sin algún tipo de estado administrativo. Solheim también tiene razón al señalar que la permanencia del Estado no implica que no pueda reformarse. Sin embargo, al esbozar las reformas que le gustaría ver, Solheim pierde un poco el hilo. Aboga por que las agencias vuelvan a contar con individuos que “representen verdaderamente a las personas a las que sirven”. Si se sitúa esta petición en el contexto del resto del ensayo, resulta difícil creer que Solheim quiera realmente que los burócratas estén en sintonía con las opiniones reales del pueblo estadounidense. Dejando esto a un lado, sin embargo, uno no puede evitar sentirse desconcertado por lo mucho que Solheim pasa por alto el verdadero problema del actual estado norteamericano.

Hay que dejar claro que la gran mayoría del trabajo del Estado es totalmente inofensivo, incluso útil: garantizar que nuestra carne sea segura para comer, asegurar nuestras armas nucleares, etcétera. El problema son las pequeñas partes que no son inofensivas, las partes del Estado que pretenden invadir todas y cada una de las facetas de nuestras vidas y decir a la gente cómo tiene que vivir. Es precisamente esta parte del Estado la que presumiblemente desea asumir la nueva derecha, ya que es difícil imaginar que Solheim desee alcanzar sus objetivos políticos estableciendo normas para la pasteurización de la leche o comprobando la graduación de las carreteras.

A la virtud por el estatismo

En este sentido, Solheim no quiere tanto resolver los problemas que plantea el Estado norteamericano moderno como exacerbarlos. Afirma con acierto que la educación en Estados Unidos se ha visto atrapada con frecuencia en un malsano dogmatismo progresista. Sin embargo, esto no es producto de una inevitable deriva progresista, sino de la creación de un Estado regulador matonamente intervencionista. Solheim parece ver un plan de estudios conservador forzado en las escuelas como la única alternativa real al progresismo prepotente. Asimismo, el ensayo da a entender en gran medida que el Estado desempeña un papel adecuado en la perpetuación de las normas de género tradicionales. Como he señalado en otro lugar, este tipo de intentos estatistas de crear una sociedad virtuosa están condenados al fracaso, ya que fundamentalmente malinterpretan la naturaleza de la virtud.

En tercer lugar, Solheim tiene toda la razón al señalar que “las sociedades no se construyen sobre individuos, sino sobre hogares, congregaciones, ciudades y condados”. Éstos son, en efecto, los cimientos de cualquier sociedad feliz y los bastiones de la libertad en nuestro mundo moderno. Ojalá Solheim no apoyara claramente la mentalidad exacta que está conduciendo a su prematura desaparición.

¿Un caudillo a favor de la subsidiariedad?

Inmediatamente después de defender las instituciones locales como el hogar de la verdadera civilización, afirma que lo que Estados Unidos realmente necesita es “un héroe”, alguien cuya legitimidad no provenga de los votos, sino de la “búsqueda inquebrantable de una causa común” que “recompense a los amigos y castigue a los enemigos”. Estos líderes autoritarios no son especialmente famosos por respetar la soberanía local. Si Solheim realmente quisiera promover la subsidiariedad, abogaría por líderes que cedan autoridad en lugar de apoderarse de ella. Porque estos pequeños pelotones se sostienen no imponiendo a la sociedad una concepción particular del bien común, como a Solheim claramente le gustaría hacer, sino cediéndoles esas cuestiones.

Un sofista de la nueva derecha que impone sus puntos de vista a una pequeña parroquia progresista de Massachusetts no es diferente de un activista progresista de California que impone sus puntos de vista a una iglesia conservadora de Alabama. Ambos socavan el poder de las instituciones intermediarias. Por supuesto, es posible que Solheim simplemente vea las comunidades locales que tanto aprecia como el mejor camino para imponer sus puntos de vista sociales en todo el país. Esto, al menos, daría coherencia a su posición política, aunque fuera más aterradora.

Contra el pluralismo

Sin embargo, aquí llegamos a la verdad última que subyace en cada paso en falso y falacia lógica que Solheim comete: su filosofía política está impulsada por un desprecio profundamente arraigado por el pluralismo. No puede digerir la idea de una nación en la que la gente no dé una respuesta uniforme a las cuestiones morales más importantes. No está dispuesto a considerar que una sociedad pueda funcionar sin un acuerdo firme sobre el género, la religión o el propósito de la vida humana. Su visión alternativa de Estados Unidos es la que resuelve todas las disputas morales difíciles colocando a las personas adecuadas en el poder, convirtiendo de nuevo a Estados Unidos en una “nación culturalmente homogénea”.

Dejando a un lado el hecho obvio de que Estados Unidos siempre ha sido una de las naciones con mayor diversidad cultural de la historia moderna, no hay razón para creer que su visión crearía una nación próspera o virtuosa. Ni siquiera es necesario estar en desacuerdo con sus numerosos pronunciamientos morales para darse cuenta de ello, porque una sociedad que se basa en una visión moral sistemática y firme está condenada al conflicto perpetuo, tanto por la rebelión de los ciudadanos disidentes como por las potencias extranjeras desagradables. Las guerras religiosas de principios de la Edad Moderna o el cruel despotismo del Irán moderno deberían darnos una idea de en qué se convierte la vida cuando el Estado adopta una respuesta oficial a todas las cuestiones importantes.

El pluralismo y la Constitución

La ironía de todo esto es que, en la medida en que Estados Unidos tiene una única misión moral, es el pluralismo. Los artífices de nuestra Constitución comprendieron, mucho mejor que Solheim, que la era de la homogeneidad cultural estaba pasando rápidamente. La única alternativa era crear un marco social en el que personas que difieren en muchos aspectos importantes puedan aprender a convivir en armonía. Por eso nuestra Constitución funciona como lo hace, dando espacio a las comunidades locales para que definan por sí mismas la bondad, al tiempo que ofrece normas que impiden el maltrato.

Quizá sea injusto asociar el nuevo derecho a todos y cada uno de los argumentos de Solheim. Después de todo, difícilmente puede considerarse que un solo hombre represente a toda una escuela de pensamiento. Sin embargo, su ensayo da voz a muchas tendencias preocupantes entre los conservadores nacionales: la falta de voluntad para trabajar en pro de un compromiso pragmático, la imposición de una visión firme del bien común a través del aparato del Estado y la promoción de hombres fuertes mezquinos que inevitablemente arrollarán la democracia local. Los pensadores políticos y los activistas de todo signo deben oponerse a estas tendencias si desean restaurar verdaderamente la república estadounidense.

El espinoso camino del nacionalismo

El ensayo de Solheim también sirve como lección importante para quienes desean promover las ideas de la nueva derecha. Nos guste o no, el país no está dispuesto a ceder ante las tendencias nacionalistas. Para promover algunos de sus objetivos, los conservadores nacionales tendrán que unir fuerzas con los liberales localistas y los conservadores del establishment. Atacar el pluralismo y alabar la inflexibilidad política son exactamente las formas equivocadas de hacerlo.

Solheim concluye su ensayo con una nota positiva, argumentando que en todos los “esfuerzos, nuestro objetivo general no es retroceder a un pasado romántico, sino dirigir nuestra nación hacia un futuro que respete nuestras raíces históricas, defienda nuestro preciado modo de vida y promueva el bien común”. Tales sentimientos deberían ser el objetivo de todos los movimientos políticos, y es al menos alentador saber que Solheim conoce las normas a las que deben atenerse todos los ideales políticos. Aunque no cumpla todos y cada uno de ellos.

Ver más

Contra la derecha identitaria. (José Carlos Rodríguez).

El gran problema de la derecha: salir del armario. (Ramón Audet).

¿Cuánto cuesta dolarizar una Economía?

Adoptar el dólar como moneda nacional (dolarizar) puede ser la entrada al paraíso, pero también al infierno. Ya se ha logrado entender las ventajas de tener al dólar como moneda de curso legal, el problema se centra ahora en el proceso de sustitución.

Veamos un poco de teoría. Cuando existía el patrón oro, cualquier banco podía emitir billetes con la regla de imprimir una unidad si estaba respaldado por un gramo de oro. En un mismo país podía haber muchos bancos donde cada uno que imprimía sus propios billetes. Si llegaba un minero con un kg de oro, el banco imprimía mil billetes de un peso. Y todo funcionaba bien.

Luego, los gobiernos, indebidamente, crearon Bancos Centrales bajo su administración, así empezaba su intervencionismo en materia de moneda. El pretexto era para que en cada país unificara sus billetes con el retrato del rey o gobernante de cada nación. Nada de qué preocuparse mientras conservaran la disciplina de un peso un gramo de oro. ¿Era necesario todo esto? Opino que no, ni Banco Central ni homogenización de billetes, ni intervención de los gobiernos. Pero así fue la historia.

La perversión de los bancos centrales

El gobierno se da cuenta que puede usarlo para financiar sus gastos y caprichos. Empieza a imprimir billetes sin respaldo, es decir, surge la falsificación del dinero. Construye obras faraónicas, otorga créditos baratos o simplemente lo regala para tener contento al pueblo. Con dinero en abundancia, la demanda de bienes crece formidablemente, todos son felices, se embriagan de gusto y placer. Pero el efecto dura poco, cuando se deja de inflar con billetes falsos la demanda de productos se reduce, los almacenes quedan llenos, las fábricas se cierran, trabajadores a la calle, llegó la crisis y a sufrir todos. Los que conservan su empleo verán que ya no compran lo mismo de antes, los que tenían ahorros notarán que se habrán pulverizado, las hipotecas no se pueden pagar.

El fenómeno se repetirá una y otra vez cada vez que el gobierno ordene al Banco Central imprimir dinero. Ahora los ahorradores buscan la mejor moneda para hacer sus ahorros. Es cuando ponen la vista en el dólar americano. Saben que el dólar no es moneda perfecta pero es la más confiable, por ahora. Así que surge la idea  de dolarizar la economía”.

¡Pero qué necesidad!

En realidad, no hacía falta buscar otras monedas más confiables. Ningún país tendría problemas monetarios de inflación y pérdida de poder adquisitivo de su moneda si no hubieran falsificado dinero. Esto ocurrió porque le dejaron al gobierno la administración del Banco Central. Ahora ya saben que el Banco Central debe ser totalmente independiente del gobernante y tener tareas bien específicas. Debe estar en manos privadas, de algún hombre que sepa de teoría monetaria y que sus funciones son las siguientes:

  1. Conservar la masa monetaria fija, no debe imprimir ni una unidad más. Debe vigilar que ningún otro particular falsifique dinero, tendrá inspectores, policías y detectives a su cargo.
  2. Puede usar la imprenta solo para sustituir billetes deteriorados.
  3. Fraccionar. Recoge y destruye un billete de mil pesos e imprime mil billetes de un peso. Esto no altera la masa monetaria.
  4. Compactar dinero. Incinera mil billetes de un peso e imprime un billete de mil pesos. Esto tampoco altera la masa monetaria.
  5. Prohibido financiar al gobierno. No debe imprimir dinero por mandato del gobierno.
  6. Prohibido financiar a bancos privados o negocios particulares.
  7. En el peor de los casos, actuar para resolver pánicos bancarios.

Un ladrón

Con estas restricciones, es fácil ver que este Banco Central no tiene dinero depositado, ni oro, ni valores en bodega. Es una simple imprenta que funciona como un “taller de vigilancia y reparación”. El resultado da una moneda dura, confiable y la economía no sufre inflación. Si este Banco Central se limitara a las actividades señaladas, no habría necesidad de buscar otra moneda. La nuestra sería la más confiable.

La propuesta de Milei va en este sentido. Habla de dinamitar el Banco Central de Argentina porque ahora se ha convertido en un ladrón furtivo, un depredador del patrimonio de los ciudadanos, un destructor de la Economía y fuente de continuas crisis. Todo esto acabaría si cambia sus actividades para convertirse en un “taller de vigilancia y reparación”.

A pesar de que se tuviera un Banco Central nuevo, hay que reconocer que la limitación de los pesos argentinos que valen en Argentina, pero no valen en Colombia, USA, Venezuela, etc. Por eso se habla de dolarizar, porque Argentina podría usarlo en cualquier parte del mundo. Entonces abordemos los procesos de dolarización.

Dolarización de coste infinito

Dolarización de coste infinito. El gobierno de Argentina invita a los ciudadanos para que lleven sus pesos argentinos a un tipo de cambio de, digamos, 750 por cada dólar. Usa sus reservas, se las acaba, emite bonos para que los argentinos poseedores de dólares debajo del colchón los lleven al banco, pero ni así logra dolarización completa y ya no tiene más dólares. El gobierno pide dólares en préstamo a los Estados Unidos de América y ni así logra dolarizar.

No se dio cuenta que la imprenta de pesos argentinos seguía funcionando y algunos funcionarios corrían al banco para rescatar dólares. Podían seguir así ad infinitum y algunos terminarían supermillonarios, indebidamente. Es la política más estúpida y Argentina acabaría peor que si le hubieran lanzado la bomba, con una deuda fatal.

Dolarización innecesariamente costosa. El gobierno destruye su banco central, ya no crece la masa monetaria. Ahora usa sus reservas internacionales para cambiar pesos por dólares, no le alcanza, emite bonos para que los argentinos inviertan en dólares a diez años, no le alcanza, pide prestado dólares a los estados unidos. Ahora si, ya Argentina está dolarizada, pero el gobierno está quebrado, con deudas impagables. Otra mala dolarización.

Dolarización sin coste

Dolarización sin costo. Se pide el apoyo de los Estados Unidos de América quien tiene el privilegio del señoreaje. Es para que imprima 40 mil millones de dólares, digamos que es el equivalente de la masa de pesos argentinos. Los manda a Argentina a cambio de todos los pesos argentinos. Se realiza la conversión y Argentina solo habrá pagado por la tinta, el papel y el traslado. Es la buena dolarización. Los Estados unidos no sufren en absoluto porque esos dólares no entran a la economía norteamericana. Argentina no se habrá descapitalizado, el gobierno no acaba endeudado, no se esfuman las reservas internacionales.

Dolarización ligera. Consiste únicamente en mantener masa monetaria nacional congelada y dar curso legal al dólar. El gobierno no quema pesos argentinos, no los saca de circulación, deja que la tasa de cambio se resuelva en el mercado de divisas. El resultado es que el gobierno no gasta en la dolarización y el peso argentino, al eliminar el señoreaje, se empieza a revalorar con el tiempo, si ahora necesita 750 pesos argentinos por un dólar, al rato solo necesitará 600, luego 500.

Ecuador

Cuando Ecuador se dolarizó lo hizo unilateralmente. El Fondo Monetario Internacional ni lo apoyó ni lo impidió: “es su decisión”, dijo FMI.  Ecuador usó sus reservas internacionales, alteró brutalmente la tasa de cambio. Si antes estaba 30 sucres por dólar, luego impuso 120 sucres por dólar. La gente vio reducido su poder de compra a la cuarta parte; luego anunció que el cambio se daría en solo unos días, digamos tres días, después de eso, los sucres quedarían sin valor. Mucha gente no se enteró y quedaron con cientos o miles de sucres en el bolsillo que ya no valían nada. Aún así, no alcanzaba a dolarizar.

Entonces ocurrió un milagro: Ecuador, que es productor de petróleo, vendía a 38 dolares por barril, pero subió el precio internacional y ahora le pagaban a 160 por cada barril. Así llegaron los dólares y pudo realizar el cambio total de moneda. Ahora están dolarizados, pero el precio fue muy alto: descapitalización del gobierno, pérdida del ciudadano por cambio en la cotización autoritaria, pérdida del ciudadano que se quedaron con sucres sin valor. El petróleo y préstamos internacionales pagaron la dolarización. Así que el gobierno ecuatoriano quedó sin reservas y con brutal deuda internacional. Fue una dolarización con demasiados e innecesarios sacrificios. La población soportó y ahora disfrutan de una moneda que no depende de los caprichos de un gobernante nativo. Cuando menos, ya no puede haber robos estatales por manejo de la moneda.

Guatemala y El Salvador

Guatemala maneja las dos monedas, quetzal y dólar, prácticamente no tiene inflación y no tuvo que sacrificar nada. La tasa de cambio ha estado constante, debido a que no hacen señoreaje. No pidió dólares prestados a instituciones internacionales, ni deudas por bonos a ciudadanos nacionales. Están tranquilos, con muy baja inflación.

En El Salvador el cambio fue un tanto traumático. El presidente decide unilateralmente dolarizar pero declara que convivirán los colones con el dólar. Sin embargo, obliga a los bancos para que, cuando los ciudadanos saquen sus ahorros, solo se les den dólares. El gobierno guarda toneladas de moneda nacional y deja dolarizado a El Salvador. ¿De dónde sacó los dólares para lograr una dolarización total? Es un misterio. Pero se sabe que tiene una deuda enorme con los EUA. Como es deuda a 30 años, no le preocupa demasiado, ya lo pagarán las generaciones futuras.

Un precio muy alto

En los tres casos podemos decir que los países pagaron un precio demasiado alto. El error común de los tres es que no plantearon un acuerdo con los USA. He señalado antes que podían haberse apoyado en el señoreaje de Estados Unidos. En efecto, los Estados Unidos imprimen moneda casi a capricho. Al eliminarse el patrón oro por el presidente Richard Nixon, los dólares ya no son intercambiables por oro.

La regla que se adoptó mundialmente es que cada país imprime a discreción. Los gobernantes más ignorantes o bandidos imprimieron toneladas de billetes provocando dolorosas inflaciones, la unidad monetaria perdió poder adquisitivo. Solo aquellos países que se disciplinaron y casi no imprimieron, lograron tener monedas fuertes. De hecho, si todos los países, en 1972, hubieran congelado sus masas monetarias, todas las monedas habrían sido duras y se podrían usar por todos lados del mundo. Tarde llegó la lección.

Dólar, dinero fiat

En resumen, si argentina decide dolarizarse totalmente, lo mejor es llegar a un acuerdo monetario con los Estados Unidos. Usa imprime los 50 mil millones de dólares equivalentes a la masa monetaria de Argentina. Manda un barco con todos esos billetes, se dan tres días para hacer la conversión, se le pone en el barco toda la masa de pesos argentinos para que usa se los lleve o los incinere para no cargar basura. Solo en este caso conviene a Argentina la dolarización completa.

Queda claro que esta alternativa descansa en que el dólar es dinero fiat, es decidir, no tiene respaldo de oro y su valor radica en la confianza de la gente. Sería insensato proponer a USA la compra de basura monetaria, si estuviera el dólar bajo el régimen del Patrón Oro, sería tanto como pedir que usa le regalara oro a Argentina, pero no es el caso, es intercambio de vil papel.

Si logra entenderse esta propuesta, muchos países podrían reclamar el método y pronto tendríamos una América dolarizada sin lastimar los intereses de nadie.

Ver también

Dolarización venenosa. (Santos Mercado).

Reflexiones ante la carta de 200 economistas que se oponen a la dolarización. (Adrián Ravier).

Dolarizar Argentina es posible y deseable. (Adrián Ravier).

Dolarizar la Argentina es posible e imprescindible. (Adrián Ravier).

Dolarización en Argentina. (Santos Mercado).

Una propuesta para dolarizar la Argentina sin devaluación ni aumentar la deuda. (Adrián Ravier).

Respuesta a tres grupos críticos de la dolarización argentina. (Adrián Ravier).

La dolarización como herramienta de cambio: lecciones del milagro ecuatoriano. (Adrián Ravier).

Algunas cuestiones disputadas del anarcocapitalismo (LXXXV): ¿Puede colapsar el capitalismo? (I)

Desde la aparición del Colapso de Jared Diamond se han publicado numerosos estudios sobre la posibilidad de un colapso del capitalismo por varios factores. Entre ellos destacarían las consecuencias derivadas de un cambio climático extremo o las de rebasar (usando la metáfora de Catton en su libro Rebasados) los límites ambientales y materiales del planeta. Son, en última instancia, los que sustentan el funcionamiento de todo la gigantesca maquinaria de producción que sería el capitalismo. También se alegan factores de tipo político, como guerras o conflictos que bloqueen el comercio. O hay factores biológicos, como una pandemia mucho más virulenta que la del COVID, que podrían lograr efectos análogos.

Las profecías del colapso del capitalismo no son nuevas, pues están plenamente integradas en el pensamiento marxista. Pero no sólo en él, como bien documenta Boldizzoni en su libro Imaginando la muerte del capitalismo. Pretendemos en este breve escrito discutir la posibilidad de un colapso del capitalismo, al estilo del descrito por Ugo Bardi en varios de sus libros. Esto es, de una forma rápida, inesperada y definitiva. A Bardi le gusta mucho citar a Séneca cuando este afirma que las civilizaciones tardan siglos en consolidarse, pero desaparecen en muy poco tiempo. De ahí que denomine efecto Séneca a su propia visión del colapso del capitalismo.

Colapso o extinción

Convendría de todos modos distinguir el colapso de la extinción. La última implica la desaparición de la especie humana de la faz de la tierra en compañía o no de toda forma de vida. El colapso implica el fin de una forma de vida. Si bien afecta a la forma y la calidad de vida de la población, no implica su desaparición. Así nos referimos normalmente a un colapso cuando es una civilización la que se extingue por no poder sostener su nivel de vida y extinción a la desaparición de especies. Ésta puede ser masiva, como las cinco grandes extinciones en la historia de la tierra narradas por Elizabeth Kolbert en La sexta extinción (la sexta sería la que nos amenaza en la actualidad).

La discusión sobre las posibilidades de extinción de la especie humana también ha disfrutado del interés de los académicos y existe una gran variedad de obras, desde las ya clásicas de Isaac Asimov o Martin Rees hasta las más recientes de Nouriel Roubini o Alexei Turchin. En estas obras se debaten desde las amenazas cósmicas o las biológicas hasta las amenazas creadas por un mal uso de la inventiva humana. Desde amenazas nucleares o químicas hasta perversas inteligencias artificiales que a través del control de las claves de las bombas nucleares acaben con la especie. O sofisticados robots programados para acabar con los humanos.

Ciancia ficción vs. Complejidad

La mayoría de estas posibles mega amenazas, por usar el concepto de Roubini, son aún ciencia ficción. Pero nos muestran la capacidad de inventiva de los expertos a la hora de prever posibles daños existenciales para la especie. Y, sobre todo, para poder evitarlos en caso de que se pudiesen dar. La cuestión es que la extinción afectaría, cómo no, al capitalismo. Pero también al socialismo o al mercantilismo o a cualquier otro sistema económico concebido o por concebir al quedar extinta la acción humana. De ahí que en este texto lo que se analizará será el colapso de la civilización actual. Esto es, el de la civilización capitalista occidental.

Normalmente, los estudios sobre colapsos se refieren al fin abrupto de civilizaciones muy complejas. Es esa complejidad, en opinión de Joseph Tainter estudioso de la complejidad social y sus riesgos existenciales, la misma causa de su repentina desaparición. Algo semejante propone Jared Diamond en el que quizás es el libro más célebre sobre el tema, un grueso volumen titulado como Colapso. Mantener un sistema político o social es más costoso cuanto más sofisticado es. Y, por tanto, de faltar la energía o la vitalidad económica para sostenerlo, el derrumbe es inevitable, y aparentemente muchos tipos de eventos pueden causarlo.

Popper contra Spengler

Estos eventos pueden ser una peste, como las que azotaron el imperio romano tardío, enfriamientos o calentamientos climáticos. Por ejemplo, volcanes que afecten el ciclo de las cosechas. También puede tratarse de crisis económicas o de abastecimientos. Y, por supuesto, guerras o conquistas por otros pueblos más belicosos o mejor dotados para la guerra.

Muchos han sido los autores que han indagado sobre el auge, la caída de las civilizaciones. Desde los primeros estudios de Gibbon sobre la decadencia de Roma hasta autores contemporáneos como Carroll Quiguel a Shepard Clough . Han llegado a elaborar teorías sobre los ciclos de las civilizaciones. Es el caso de Pitirim Sorokin en su Dinámica social y cultural u Oswald Spengler en La decadencia de Occidente. Pero un buen lector de Popper no se dejará llevar por el atractivo de las teorías deterministas de la historia. Y comenzará a indagar sobre las causas del éxito o fracaso de cada una de ellas.

Imperialismo vs. Capitalismo

En cualquier caso, si bien declive de una civilización puede tener también causas económicas, no son estas las únicas que explican su fracaso. Por eso conviene distinguir entre el declive de civilizaciones o imperios con base económica capitalista y el colapso del capitalismo como sistema. Se puede discutir si el declive de los imperios europeos puede considerarse o no un colapso. Yo creo que no, pues precisamente fue el capitalismo el que salvo del colapso a las potencias europeas al perder sus imperios.

Si bien perdieron poder civilizador e influencia política mundial, no vieron alterada sustancialmente su forma de vida. Es más, en los que se refiere a prosperidad y producción mejoraron con respecto a la época anterior a la caída. Capitalismo e imperialismo son conceptos que no se llevan especialmente bien, aunque nos hagan creer lo contrario. Ni una sola potencia europea de los siglos XIX y XX se derrumbó económica o socialmente tras la pérdida de sus colonias. Es más, comenzaron periodos de gran prosperidad que duran hasta hoy.

El capitalismo no puede colapsar

Son varias las razones que permiten explicar por qué el capitalismo como sistema económico no puede colapsar. La primera es que lo que se entiende como capitalismo no es más que la expresión de una idea, una tecnología mental. Igual que no podemos acabar con la ciencia, que es otra tecnología mental que consiste en observar los fenómenos naturales, usando un método, destruyendo los laboratorios, no podemos acabar con la idea de capitalismo. Es una idea que consiste en abordar los fenómenos económicos siguiendo una serie de cálculos y reinversiones sistemáticas del ahorro siguiendo principios de beneficio y pérdida, con la mera destrucción de sus instituciones.

Bastaría con que sobreviviese en alguna parte o se conservasen sus principios para que con el tiempo volviese a aparecer. Habría que destruir toda la memora humana del funcionamiento, incluidos libros y material audiovisual de este sistema, para poder erradicarlo. Y eso no sólo es prácticamente imposible, sino indeseable. Sería necesario un control totalitario de las mentes y la memoria. Sería una forma política totalitaria hasta extremos desconocidos y sobre todo a nivel mundial. Ni la URSS o la China de Mao pudieron hacerlo en su momento. Ni siquiera en su propio país, como se vió por su resurgir al suavizarse o caer el régimen comunista.

Un sistema descentralizado

Además, el capitalismo no es un sistema centralizado. Muchos anticapitalistas, quizás por aceptar su propia propaganda, piensan que el capitalismo es un sistema controlado por un pequeño grupo de banqueros y oligarcas. La idea es que gracias a su dominio de las políticas de los grandes estados imperiales pueden decidir el funcionamiento económico del mundo. Si se consiguiese de alguna forma acabar con el poder de estos plutócratas, el capitalismo se derrumbaría sólo. Aquí radica otros de los factores que hacen al capitalismo tan resiliente, el hecho de que no cuenta con una sola cabeza que colapse y derrumbe el sistema.

Un imperio o una civilización imperial, al ser entes políticos, sí que acostumbran a estar dirigidos por una pequeña élite política. De ahí que cualquier circunstancia que afecte a esta élite puede ser causa de colapso. Los conquistadores españoles de los imperios americanos los sabían bien y por eso pudieron destruir y conquistar en pocos meses gigantescas civilizaciones. No pudieron con pueblos anarquistas como mapuches o apaches.

Policentrismo vs. Centralismo

Podrían darse por circunstancias particulares un colapso capitalista en algunos territorios concretos. Pueden sucumbir por alguna guerra, catástrofe natural o por un cambio de régimen político. Pero es muy difícil que se dé en todos los territorios del mundo a la vez. Recordemos que el capitalismo no nació a nivel mundial y de forma sincrónica en todo el mundo. Se desarrolló en algunas regiones concretas de Europa occidental y luego se expandió al resto del mundo por imitación una vez constatadas sus ventajas. De hecho, no se puede decir, frente a lo que también muchos piensan, que el capitalismo abarca a día de hoy todo el planeta tierra. Existen muchos territorios a los que esta forma de entender la producción y la inversión aún no ha llegado. O, si lo ha hecho, es de muy forma aún muy incipiente.

El problema es que muchos críticos contemporáneos del capitalismo parecen pensar, o eso se deduce de sus escritos, que todo lo que no es socialismo, sea marxista o del siglo XXI, está dominado por las horribles fuerzas del capitalismo. Si el capitalismo nació y se desarrolló en sus inicios en pequeños espacios europeos, es precisamente porque este continente debido a su fragmentación política permitía este tipo de ensayos de nuevas formas económicas. Hoy día Europa está dominada por la centralista Unión Europea. Este tipo de ensayo de nuevas formas no sería posible.

Quiere decirse que el capitalismo es capaz de sobrevivir perfectamente en un sólo país y de ahí extenderse. Un colapso del capitalismo tendría que ser, como en el argumento anterior, también mundial, sin que quedase un sólo espacio para que pudiese sobrevivir y desde ahí volver a extenderse.

En la segunda parte de este ensayo abordaré otras razones de corte político y económico que explican la supervivencia del sistema capitalista frente a las recurrentes advertencias de su final inmediato.

Ver también

Marx y el fin del capitalismo. (Raquél Merino).

Los nuevos Moai. (Fernando Herrera)

Necedades contra el capitalismo. (Francisco Capella).

Los crímenes del 11M no prescribirán

A escasos meses del vigésimo aniversario de los atroces crímenes consumados el 11 de marzo (11M) y días siguientes de 2004, se vuelve a visualizar el velo de ignorancia tendido sobre los individuos que participaron en su planeamiento, preparación, ejecución y posterior encubrimiento. Recordemos, a despecho de los figurantes periódicamente presentados por informes estrafalarios, que la Sentencia del Tribunal Supremo de 17 de julio de 2008, condenó sólo a tres individuos que no se conocían entre sí como responsables de colocar una de las bombas en el tren de la estación de Santa Eugenia (Jamal Zougam) suministrar los explosivos a los terroristas (el confidente policial José Emilio Suárez Trashorras) y transportar los mismos (Othman el Gnaoui).

Los magistrados del TS mantuvieron la “inspiración” islamista de los atentados, eliminando la referencia a Al-Qaeda. Sin embargo, esa alusión no se compadece con la falta de conexión de los condenados musulmanes con algún grupo determinado y chocaba frontalmente con el perfil del supuesto suministrador de los mortíferos explosivos.

Una verdad judicial con agujeros

Como señalé en un análisis comentando esa resolución, el TS redujo la “verdad judicial” a un rompecabezas fragmentario, incompatible con un relato de hechos probados susceptible de servir de base para declarar la culpabilidad de algún acusado. Esos defectos debieron motivar la anulación de las actuaciones (artículo 240.2 LOPJ) con devolución de la causa al juzgado central de instrucción correspondiente para que practicara las diligencias posibles y anulación parcial de varías pruebas preconstituidas.  

No se hizo así. Por otro lado, los recursos de Jamal Zougam, de amparo ante el Tribunal Constitucional (inadmitido) y ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo no condujeron a resoluciones de fondo. En esta última instancia por la mala actuación de su abogado, según denuncia él mismo.

Delitos de lesa humanidad

Sea como fuere, a estas alturas la nebulosa conspirativa de la “trama islámica” como responsable de los atentados mantiene a una parte de los españoles en un estado de disonancia cognitiva, por decirlo de una forma suave. Otros, dados los años transcurridos y el manto de silencio desplegado hasta que muy recientemente han aparecido en plataformas de televisión por Internet documentales reafirmadores de las versiones oficiales, apenas tienen referencias.

Sorprende más, empero, que personas interesadas en saber la verdad de lo que aconteció en aquel tiempo[1] asuman postulados blandos o poco elaborados, sin profundizar en el conocimiento de instituciones como la imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad, surgida de la evolución del Derecho Internacional Humanitario. Asumido ese presupuesto y habiendo un grupo suficiente de personas dispuesto a divulgarlo ante las instancias pertinentes, esto permitiría la investigación oficial sin límites temporales y, en el mejor de los casos, el castigo de los culpables más longevos.

Un dictamen

Bien es cierto que la propagación de la idea de que nos encontramos ante una especie de cuenta atrás hasta el 11 de marzo de 2024 para esclarecer unos hechos ignotos hasta ahora vino precedida por la publicación en diciembre de 2021 de un confuso dictamen encargado por la Asociación de ayuda a las víctimas del 11M a un equipo de académicos del Departamento de Derecho Penal de la Universidad de Valencia. En el mismo, los estudiosos no se atrevieron a llegar a la conclusión de que los delitos del 11M pudieron calificarse (en su día) como delitos de lesa humanidad, aunque aportan argumentos para defender esa tesis.

No obstante, constato que ha cundido la idea de que una calificación sustantiva no tendría consecuencias para el futuro. La imprescriptibilidad inherente a los delitos de lesa humanidad sería como una oportunidad procesal perdida, inoponible frente al término general de prescripción delictiva de veinte años establecido por el Código Penal español (artículos 131 y 132) desde el día que se cometen los delitos, a no ser que el procedimiento penal se dirija contra el o los culpables.

Amnistía Internacional

En este sentido a los argumentos ya esgrimidos en anteriores análisis sobre este caso[2], me gustaría traer a colación dos notas de prensa emitidas los días 11 y 12 de marzo de 2004[3] por personas autorizadas en la sede londinense de Amnistía Internacional. Con independencia de la trayectoria de esta organización internacional[4] y sus numerosos asociados[5], lo más llamativo de ambos comunicados, es la espontaneidad y naturalidad con las que esta organización expresa su opinión, nada más tener conocimiento de los brutales atentados de Madrid. Con la intuición de quién acostumbra a observar los aspectos humanitarios de los casos sobre los que tiene noticia, concentra inmediatamente su atención en la dinámica de las doce explosiones programadas en cadena sobre trenes de cercanías repletos de pasajeros, situados en tres estaciones diferentes a hora punta de la mañana.

De este modo, ambos comunicados inciden en dos elementos incontrovertibles de los atentados que les haría merecedores de la calificación como delitos contra la (o lesa) humanidad: 1) Su magnitud que les sitúa desde un primer momento en un supuesto de ataque generalizado contra la población civil y 2) La más que probable eventualidad de que los participantes en los atentados, al servicio de una organización o de un Estado, persiguieran objetivos políticos[6] con su perpetración.

El Estatuto de Roma

Aunque Amnistía Internacional no lo explicitaba en esas notas germinales, sus autores aludían, sin duda, a los requisitos para considerar un delito cometido contra la humanidad, tal como este tipo ha sido configurado por el Derecho Internacional consuetudinario y el derecho convencional derivado de los tratados internacionales, desde las convenciones de Ginebra y el Estatuto del Tribunal de Núremberg. Más recientemente, los tribunales ad hoc constituidos por  el Consejo de Seguridad de la ONU para perseguir y juzgar los crímenes cometidos en la antigua Yugoslavia y Ruanda pronunciaron varias sentencias (como la dictada en 2001 por el TIY en el caso contra Kunarac, Kovac y Vukovic) que desvincularon la acción criminal de su comisión durante el  transcurso de un conflicto bélico, de manera que se asentó la regla de que pueden calificarse como delitos de lesa humanidad hechos que se produzcan al margen de una guerra.

Con la experiencia acumulada por esos tribunales específicos, un número considerable de estados firmaron el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional permanente, con sede en La Haya, el 17 de julio de 1998, tratado internacional ratificado por el Reino de España y publicado en el BOE el 27 de mayo de 2002. Por lo tanto, indefectiblemente integrante del Derecho español antes de la comisión de los atentados.

Frente a los crímenes de guerra y los delitos de genocidio, con los que guarda notas comunes, el artículo 7.1 de ese estatuto tipificó una larga lista de delitos, como el asesinato y otros muchos[7], calificables, además, como delitos de lesa humanidad “cuando se cometan como parte de un ataque generalizado o sistemático[8] contra una población y con conocimiento de dicho ataque”.  

Que las víctimas actúen

Por ese tipo de ataque se entenderá una línea de conducta que implique la comisión múltiple de los delitos enumerados contra una población civil, de conformidad con la política de un Estado o de una organización de cometer ese ataque o para promover esa política, añade el apartado a) del artículo 7.2.

En conclusión, los crímenes del 11M no prescribirán el 11 de marzo ni el 4 de abril de 2024, aniversario de la explosión del piso de Leganés. Cualesquiera que fueran sus participantes, desde el punto de vista del Derecho Internacional Humanitario y el Derecho interno español, se trata de delitos de lesa humanidad imprescriptibles. Cuestiones distintas, aunque obviamente relacionadas con el objetivo de descubrir la verdad de lo ocurrido son, en primer lugar, que las autoridades españolas (Ministerio Fiscal o Poder Judicial) amplíen las investigaciones, con revisión de la sentencia del Tribunal Supremo o sin ella.

Y, en segundo lugar, que, si las víctimas u otros interesados constatan la inhibición de las autoridades españolas, acudan, de acuerdo a los artículos 17 y siguientes de su Estatuto, a denunciar la situación ante la Fiscalía de la Corte Penal Internacional. El resto no está escrito, pero, al menos los participantes en esos crímenes tienen que saber que solo la muerte les proporcionará una impunidad segura.

Notas

[1] Recomiendo, aun con todo, la visión del documental “11M: el principio del fin” de Terra Ignota.  https://www.youtube.com/playlist?list=PLToEFX4AD-Ldbh8chh025OGyzVhqZrbPB

[2] https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/delitos-de-lesa-humanidad-y-11-m/;  https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/quienes-fueron/ y https://ijmpre2.katarsisdigital.com/ijm-actualidad/analisis-diario/el-ultimo-recurso-para-averiguar-que-ocurrio-el-11m/

[3] https://www.amnesty.org/en/documents/eur41/003/2004/en/ Como muchos otros consternados y sobrecogidos en España y el resto del mundo, Amnistía Internacional emitió la primera nota condenando los atentados cuando aún no se conocían totalmente las cifras preliminares de muertos y heridos provocados por las explosiones en los trenes. https://www.amnesty.org.uk/press-releases/spain-scale-killings-potential-crime-against-humanity

[4] Fundada en 1961 con el propósito declarado de emprender investigaciones y acciones en defensa de los Derechos Humanos consagrados en la Carta de las Naciones Unidas de cualquier persona desconocida.

[5] Su cofundador y presidente internacional durante nueve años (1965-1974) el político y abogado irlandés Seán MacBride, en 1974 recibió el Premio Nobel de la Paz y, en 1977, el Premio Lenin de la Paz. Éste último otorgado por el gobierno soviético a aquellas personas que habían destacado por “reforzar la paz entre camaradas”. Como miembro del IRA en los años 30, colaboró con los soviéticos en labores de espionaje contra el Reino Unido.

[6] Cualesquiera que fueran los propósitos o las intenciones, por supuesto.

[7] Esa lista de delitos se cierra con una cláusula residual de “otros actos inhumanos de carácter similar que causen intencionalmente grandes sufrimientos o atenten gravemente contra la integridad física o la salud mental o física”.

[8] Erróneamente el dictamen encargado por la Asociación de Ayuda a las víctimas del 11M indica en un epígrafe del dictamen “ataque generalizado y sistemático”.

Ver también

¿El último recurso para averigüar qué ocurrió el 11M? (José Antonio Baonza Díaz).

La triste conclusión del 11M. (Fernando Parrilla).

Delitos de lesa humanidad y el 11M. (José Antonio Baonza Díaz).

11M: secretos y rehenes de la versión oficial. (José Antonio Baonza Díaz).

¿A cuánto está el kilo de diputado?

En el último lustro, y va para década, el movimiento más autoritario, contrario a la democracia liberal y a cualquier tipo de separación de poderes, haya resultado ser, tras la caída del 15-M, el proceso soberanista catalán. No fueron pocos los liberales catalanes que saludaron con esperanza este proceso con el fin de constituir en Cataluña un Estado independiente que resultara puntero en la aplicación de los principios de la economía de mercado. La Suiza del Mediterráneo. Esto es, una región que, desde la llegada del Estado Autonómico, no ha dejado de perder pujanza económica, sobre todo a favor de la Comunidad de Madrid, iba a encontrar un mejor camino de forma independiente.

La quimera liberal de Puigdemont, Torra, Rufián et al

Ya de inicio, este movimiento nacía viciado. Personajes que no resaltaban precisamente por su respeto a las sentencias judiciales, a la posibilidad de estudiar en español en los colegios, a las funciones del legislativo o una fiscalidad más moderada estaban llamadas, supuestamente, a construir una quimera liberal. Obviamente, suponer que Puigdemont, Torra, Rufián, Junqueras, Karmele o sor Lucía Caram iban a erigirse como paladines liberales resultaba un tanto chocante.

Pero la situación alcanzó su cénit cuando, en octubre de 2017, el presidente regional, Puigdemont, declaró unilateralmente la independencia durante siete segundos para inmediatamente echarse atrás, invocando una inexistente negociación con el Estado. No tenemos que suponer qué podría haber pasado, legislativamente hablando, ya que el propio gobierno catalán había redactado una denominada Ley de Transitoriedad. Una suerte de carta otorgada en el que la Administración catalana se iba a regir hasta la redacción de una constitución republicana para Cataluña.

Nada mejor para caerse del guindo que una lectura tranquila y sosegada de dicho documento. Por supuesto, la separación de poderes, la economía de mercado o los derechos individuales quedaban totalmente supeditados a la nueva Administración, la cual no tenía ninguna obligación temporal de redactar la supuesta nueva constitución, ni seguir ningún contenido o principios concretos en la misma.

Positivismo jurídico contra el Estado

Judicialmente, la situación se saldó con la fuga de Puigdemont y otros tres consejeros, mientras que el resto del gobierno catalán hubo de responder ante el Tribunal Supremo, siendo injustamente condenados a una pena por sedición de nueve años de prisión. Y decimos injustamente, porque una situación en la que una Administración intenta, por las bravas, suspender el orden legal, incluidos varios derechos fundamentales, no debería haberse saldado sino con una pena por rebelión. La Sala Segunda del Supremo se va a estar lamentando lo que les quede de vida.

Ya hemos tenido en la pasada legislatura una reforma del Código Penal a la carta para los independentistas. Primero, los consejeros, y algún diputado, huidos de la justicia, han visto cómo sus penas se reducían a meras multas. Por no hablar del indulto a todos los miembros del gobierno, los cuales nos han llegado a cumplir ni la mitad de la pena a la que habían sido condenados.

Al absolutismo español vía el liberalismo catalán

Ahora, tras las elecciones de julio de 2023, el sanchismo, que no es más que el socialismo, necesita como el comer el voto afirmativo de los siete diputados de Puigdemont en el Congreso para mantenerse en el poder. Lo normal, políticamente hablando, sería que estos diputados, por un mínimo de coherencia, no se presentasen a las sesiones del Congreso, a semejanza de lo que hacen los diputados del Sin Fèin en Westminster.

Sin embargo, tenemos una nueva muestra más del liberalismo imperante en el movimiento soberanista catalán. Para conseguir que España deje de ser un Estado opresor y fascista, la solución estriba en pasar por encima de los poderes judicial y legislativo a través de una amnistía. No vamos a entrar en materias jurídicas sobre si es constitucional o no, porque para eso está Conde-Pumpido. Nunca los siglos vieron personaje más obediente a su amo, para decidir esta cuestión.

El caso es que España dejará de ser una democracia con separación de poderes, con todos sus fallos y dificultades, para entregar todo el poder a Sánchez y, de esta forma, convertirse en un rey absoluto por encima del resto de poderes. Una forma estupenda de que el liberalismo catalán tenga su válvula de escape es convertir España en un absolutismo. La opresión española se va a reducir entregando todo el poder a un mismo sujeto. Lo que se dice dividir el poder estatal. Montesquieu ha muerto (para regocijo de Alfonso Guerra, que ahora va de digno).

Ver también

Sobre la declaración de algunos representantes de Cataluña. (Paco Capella).

Ser liberal ante este proceso de independencia en Cataluña. (Fernando González San Francisco).

De revoluciones e independencias y el caso catalán. (Alberto Illán Oviedo).

Nacionalismo liberal en Cataluña. ¿Realidad o mascarada? (Juan Morillo).

Aumenta la radicalidad, desciende la libertad. (Alfredo Crespo).

Por qué Pedro Sánchez hace tantas concesiones a los independentistas catalanes. (Antonio José Chinchetru).

¿Qué hacer frente al proyecto chavista catalán? (José Antonio Baonza Díaz).

Derecho a decidir ¿qué?, y ¿de quién? (José Carlos Rodríguez).

¿Cuáles han sido las grandes transformaciones de la historia de la humanidad?

En el artículo anterior sobre Karl Polanyi, hemos demostrado que el autor de La gran transformación (1944) ha descartado de la importancia de la esclavitud y la servidumbre, y por consecuencia de la explotación en la era precapitalista. En este artículo vamos a analizar los cuáles han sido las grandes transformaciones de la historia de la humanidad.

El tema principal de La Gran Transformación de Karl Polanyi son las grandes transformaciones del desarrollo social europeo y la relación causal entre ellas. Según Polanyi, la primera gran transformación creó el sistema capitalista libre de “laissez-faire” a finales del siglo XVIII y principios del XIX (Karl Polanyi 1944, p.77, p.81, p.82, p.105). La segunda es la transformación revolucionaria de los años treinta, cuando se incrementó significativamente el papel de la planificación estatal en detrimento de los mercados (ibid 1944, p.55, p.66).

Tres fases

Karl Polanyi describe un arco de desarrollo en forma de V para interpretar la trayectoria histórica del desarrollo social de la humanidad. Esta trayectoria incluye tres fases:

Primera fase: desde los inicios de la historia de la humanidad hasta el siglo XVIII, cuando el mercado estaba bajo control comunitario o estatal y el papel de los mercados era mínimo e incidental en la vida económica.

Segunda fase: la era del capitalismo liberal del siglo XIX, en la que los mercados se desatan y funcionan sin control comunitario ni estatal.

Tercera fase: la era de las economías planificadas, surgida de la crisis mortal de la economía de mercado autorregulada de los años treinta, ejemplificada por el New Deal en EE.UU., el One Nation Government en el Reino Unido, el ascenso del fascismo y la colectivización de la agricultura en la Unión Soviética.

Según Polanyi, había dos grandes transformaciones: el primero fue la transición hacia liberal-capitalismo en los principios del siglo XIX, y la segunda es la transición hacia economías planificadas.

Una sociedad compleja

Polanyi vincula explícitamente la aparición de la sociedad compleja con el primero gran transformación hacia capitalismo liberal del siglo XIX. Polanyi no define qué es una sociedad compleja. Sin embargo, gracias a las frases dispersas que hay en el libro (1944), se deduce que una sociedad compleja posee las cinco condiciones clave siguientes:

  • Existe un orden político propio, distinto de la sociedad. El Estado dispone de medios de poder que utiliza para imponer su voluntad.
  • Existe cierto grado de desigualdad económica y política. 
  • Existe cierto grado de libertad individual y de individualismo.
  • Los mercados desempeñan cierto papel en la vida económica.
  • Existe una división avanzada del trabajo y productores produciendo mercancías, por lo que es necesaria la coordinación del mercado o la intervención y planificación del Estado.

Polanyi: ¿la gran contradicción?

Sin embargo, sus afirmaciones indican que los rasgos de una sociedad compleja ya habían aparecido antes del siglo XIX. La desigualdad económica y política nació con la división entre gobernantes y gobernados de las civilizaciones jerárquicas precapitalistas. La libertad individual y el individualismo se convirtieron en rasgos característicos del desarrollo de la sociedad siglos antes de la aparición del capitalismo liberal, como el mismo Karl Polanyi había afirmado. Y relacionado con las enseñanzas de Jesucristo.

Polanyi también describe el Estado de los Tudor como un Estado regulador intervencionista, que precede en unos tres siglos a la era del capitalismo liberal. Según él, el creciente papel del comercio, el desarrollo de los mercados nacionales, la profundización de la división del trabajo y el auge de las ciudades también precedieron a la era del capitalismo liberal.

Complejidad en las sociedades antiguas

Como consecuencia, frente a lo que postulaba Polanyi, la primera gran transformación no se produjo en el siglo XIX, sino que puede vincularse a la aparición, hace aproximadamente 6000 años, de las primeras ciudades-estado, estados e imperios (véase también: Graeber y Weingrow, 2021, Scott 2017). Estas fueron las primeras sociedades complejas, en las que la desigualdad y la explotación se convirtieron en la norma, el poder político y la comunidad se separaron, surgió el estado administrativo y regulador, las diferencias de estatus social, riqueza y estructuras de poder político se hicieron significativas y los trabajadores fueron suprimidos en diversas formas de servidumbre.

Se hizo ficticia la propiedad de los trabajadores sobre sus capitales humanos, sus capacidades inherentes, como hemos analizado. Los señores dirigían sus trabajos y disfrutaban de los frutos excedentes del mismo. Fue también en estas sociedades donde el comercio se hizo vital, y la división del trabajo se hizo considerablemente más compleja; mucho más allá de las prácticas de las tribus de cazadores-recolectores, donde predominaba el trueque. La aparición del dinero metálico también ocurrido en estos tiempos precapitalistas, señalando la importancia del comercio en estas sociedades (Spufford 1998).

La transformación planificadora

Esto también significa que la transición al capitalismo liberal fue, de hecho, la segunda gran transformación, y no la primera, como pensaba Polanyi. La esencia de la transformación liberal fue la extensión de la libertad individual a los trabajadores, dándoles plena propiedad sobre sus posesiones más importantes, sobre su propio capital humano; sobre su capacidad de pensar y trabajar. Así, contrariamente a la idea principal de Polanyi, la transición liberal acabó con la naturaleza ficticia del trabajo, y no la creó. No es extraño que Polanyi ni siquiera mencionara el fin de las diversas formas de servidumbre, y solo elogiara en el último capítulo la extensión de los derechos individuales, no mencionándola durante el esbozo de su gran narrativa.

En la interpretación de Polanyi sobre el progreso de la historia, su segunda transformación es la gran transformación hacia la era de la planificación estatal que comenzó en los años treinta del siglo XX. En realidad, esta transformación era la tercera gran transformación, según nuestro cálculo. Los ejemplos más importantes para Polanyi eran el New Deal estadounidense, el One Nation Government británico, el fascismo y la colectivización de la agricultura en la Unión Soviética.

Qué hacer con el fascismo

Según Polanyi, medidas del New Deal y del One Nation sirvieron adaptarse a la gran transformación (ibid. 1944, p.358), pero el fascismo y socialismo engendraron una especie de gran transformación de carácter claramente social, trascendiendo la esfera económica (ibid. 1944, p.375). De hecho, su principal preocupación es el fascismo y el socialismo y sus diferencias en los últimos capítulos del libro, en los que analiza la segunda gran transformación. El fascismo es la peor salida a la crisis de la economía de libre mercado.

Es antidemocrático (ibid. 1944, 380) y encarna la anti-libertad (ibid. 1944, 403). Para Polanyi el socialismo representa la transformación completa. El estado final ideal es el socialismo con la propiedad comunitaria de los medios de producción y con la planificación estatal: “Rusia … apareció́ entonces como el representante privilegiado de un nuevo sistema que podía reemplazar a la economía de mercado.” (ibid 1944, p.385).

Como sabemos por la perspectiva retrospectiva de la historia, Mises (1920) tenía razón, y no Polanyi: la planificación y el poder omnipotente en los socialismos conducen inevitablemente a la tiranía y causa de la pobreza de las naciones. La segunda transformación de Polanyi, que era en realidad del tercero, acabó en fracaso: socialismo ha naufragado y los pueblos del Europa de Este, cuando tenían libertad a optar, eligieron el modelo del liberal capitalista.

Bibliografía

Graeber, D. and Wengrow, D. (2021) The Dawn of Everything. London: Penguin Books.

Mises, L. (1920) Economic Calculation in The Socialist Commonwealth. 1990th edn. Auburn (Alabama): Ludwig von Mises Institute.Mises, L. (1927) Liberalism. Auburn: Mises Institute.

Polanyi, K. (1944) La Gran Transformación. Crítica del liberalismo económico. 2007th edn. www.quipueditorial.com.ar: Quipu editorial.

Scott, J.C. (2017) Against the grain: a deep history of the earliest states. New Haven: Yale University Press

Spufford, P. (1988) Money and its use in medieval Europe. Cambridge: Cambridge university press.

Serie sobre Karl Polanyi

Menger, Polanyi y el trabajo como categoría ficticia.

‘Poner el consentimiento en el centro’, la contradicción de la izquierda

Los liberales nos caracterizamos por abordar los problemas sociales, jurídicos, económicos y políticos buscando establecer mínimos. Es decir, apostamos por constituciones comprensibles, parsimoniosas, sin redundancias y ambigüedades. Buscamos criterios mínimos y consistentes para evaluar una agresión o delito. E incluso fundamentamos nuestra ético en la propiedad o libertad bien definidos para evitar cualquier otra clase de líneas de razonamiento moral que busquen imponerse desde la ambigüedad de sus supuestos o la emocionalidad de sus fines.

Una filosofía política de mínimos

Los mínimos no implican que neguemos la complejidad de las interacciones sociales, algo de los que se nos suele acusar. Las normas mínimas dan como resultado órdenes sociales espontáneos, extensos y complejos. Cuando dichas normas mínimas de convivencia están bien definidas y delimitadas y son consistentemente respetadas, tienen consecuencias prácticas que son enormemente retadoras.

Si una norma tan sencilla como «respetar la propiedad ajena» se cumple a rajatabla, surgen inevitablemente multitud de retos empresariales que abrumarían a cualquier mente individual que intentara resolverlos. Cómo se financian las grandes infraestructuras respetando este principio, cómo se protege a los demás para que no se perjudiquen a sí mismos con sus decisiones respetando este principio, etc., y así muchas preguntas más. Sin embargo, algunos pretenden generar órdenes normativos de máximos, que abarquen todos los aspectos de la vida social e individual. El resultado es que las leyes o los principios éticos se contradicen entre sí. Hay que hacer excepciones todo el tiempo. Se busca romper las reglas porque son disfuncionales, o sencillamente porque su cumplimiento es demasiado costoso.

El consentimiento es uno de esos mínimos

Es curioso que la noción de «poner el consentimiento en el centro» haya ganado popularidad entre las feministas progresistas. Esto puede parecer contradictorio, dado que estas feministas tienen sus raíces en el pensamiento marxista, que partiendo de la alienación no da lugar en su proyecto político al  consentimiento. Cualquier miembro de una clase explotada, ya sean proletarios o mujeres, puede carecer de conciencia de clase y estar alienada. Esto significa que pueden no defender plenamente sus propios intereses de clase. Y tienen que aceptar condiciones desfavorables por necesidad o por su vulnerabilidad ideológica (ya que no han sido reeducadas).

La filosofía política que tiene el consentimiento y la voluntariedad en su centro es el liberalismo. Por ello para el liberalismo la libertad sexual no es una contradicción, como sí lo es para el feminismo progresista. Este feminismo ermite consentir sólo aquello que encaja con la hegemonía ideológica de la revolución. Dentro del liberalismo, lo elegido libre y voluntariamente tiene valor por la ausencia de coacción. Porque no existe otra alternativa de evaluación de la decisión que respete la libertad individual. Y, a pesar de que quien decide posee información y conocimiento imperfecto o incompleto, en la realidad no existe la certeza ni el conocimiento perfecto, y la decisión parte de una evaluación subjetiva de mejora y ganancia.

Consentimiento y cooperación

El consentimiento permite la cooperación y coordinación entre personas. Para evitar conflictos constantes, necesitamos aclarar nuestra disposición hacia cierta acción o relación con otro, manifestarla y hacerla evidente para los demás interesados. Si nos hacen cosas que no hemos consentido, nos están violentando. Están interfiriendo sobre nuestros planes y arruinando las proyecciones que hemos elaborado.

De igual forma, si no expresamos claramente a los demás que hemos consentido podemos generar duda y desconfianza sobre otros. Esto dificulta que se puedan llegar a acuerdos y que un tercero pueda determinar si ha habido agresión. En consecuencia, el consentimiento es un mínimo para llegar a acuerdos y poder relacionarnos. No es perfecto. No implica que todo lo consentido sea beneficioso o moralmente bueno. El consentimiento simplemente permite saber que en un momento determinado no se está imponiendo la voluntad de unos sobre otros.

El consentimiento sexual es un reto en todo sentido

La contradicción reside en que el movimiento político e ideológico que defiende continuamente que se imponga la voluntad de unos sobre otros empleando el poder del Estado, se arroga la tarea de resolver el problema del consentimiento sexual. Y aunque la lógica socialista implica que el Estado puede legítimamente hacer cosas que los ciudadanos no pueden, tampoco defienden que el Estado pueda agredir sexualmente a los civiles. En concreto, el feminismo de izquierda sólo considera relevante el consentimiento sexual frente al Estado y frente a otros iguales. Pero ante el resto de los aspectos de la vida no aplica el mismo nivel de exigencia sobre el consentimiento.

El consentimiento debe ir en el centro de toda relación humana. El ámbito sexual es relevante pero no es el único. No obstante, el consentimiento sexual y afectivo impone retos que no tienen otras formas de consentimiento. Por ejemplo, es muy sencillo dejar constancia de que he consentido una relación laboral porque es un tipo de relación bien delimitada, con intereses definibles a priori por ambas partes.

El juego en un contexto sutil y complejo

No obstante, consentir las amistades o los coqueteos es complejo porque forman parte de un juego de persuasión y encanto, en donde se rozan o sobrepasan ciertos límites de manera sutil con base en información social y contextual inefable y muy dinámica. La selección sexual presiona en contra de explicitar las intenciones sexuales por parte de las mujeres. Por ejemplo, es común que en plataformas como Tinder las mujeres nieguen en sus perfiles que buscan una pareja o encuentro sexual posiblemente para reducir la exposición social o evitar que el cortejo pierda la magia o el encanto.

A pesar del alto riesgo inherente a los encuentros sexuales, los contratos son prácticamente inexistentes. Las mujeres, aunque son las más vulnerables en los encuentros heterosexuales, prefieren los mecanismos sociales e informales para dejar constancia de su consentimiento. En el mejor de los casos, procuran asistir a ambientes seguros de cortejo y obtener información del estatus y las capacidades cognitivas y sociales del hombre antes de llegar al encuentro.

Acuerdos tácitos que se renuevan permanentemente

Sin embargo, aunque los hombres podrían aceptarlo, las mujeres no tienden a buscar acordar previamente lo consentido, ya sea como contrato o pacto verbal. Esto es así, posiblemente, porque es un consentimiento que se renueva cada instante. Y explicitarlo abierta y detalladamente, reduciría la calidad de la información que se obtiene del hombre durante el cortejo. Esto es, su capacidad de generar el consentimiento que se va construyendo sobre la marcha.

En consecuencia, el consentimiento es el centro de las relaciones sexuales pero debido a la complejidad social de los vínculos sexoafectivos el consentimiento sexual de diferencia de otros tipos por su carácter lúdico y evaluativo, por lo tanto, es particularmente difícil de normar de manera estándar o establecer criterios que eviten consistentemente falsos positivos y negativos, por ejemplo, establecer un criterio que indique que todo beso robado es abuso sexual y debe ser penalizado.

Otras relaciones consentidas

Que la izquierda defienda el consentimiento es como que Gengis Kan defienda la vida. Por eso sabemos que no lo están haciendo. El consentimiento es contradictorio a todo su planteamiento político. La relación sexual debe ser consentida por el individuo que protagoniza el acto. Pero para la izquierda las decisiones personales sobre el comercio, algunos usos del cuerpo como la prostitución o alquiler del vientre, las ideas que se expresan y los vínculos que se establecen, no dependen del consentimiento individual. De hecho, consideran que de hacerlo sería contraproducente para el individuo o para el colectivo.

Inclusive, para el feminismo hegemónico no todo consentimiento es válido. En ausencia de violencia física o amenazas, la mera «asimetría de poder» definida externamente por las autoridades del movimiento, ya puede ser razón para anular un consentimiento. Aunque la mujer haya consentido, la asimetría de edad y poder socioeconómico asegura que ha habido una manipulación unilateral de la cual la mujer víctima no se ha percatado. Esto es, puedes consentir, pero no cualquier cosa que desees.

Consentimiento retroactivo

Al no ser partidaria genuinamente del consentimiento y la responsabilidad, la izquierda no sabe emplear el concepto con claridad y consistencia. Y tiene la expectativa de que el consentimiento sea la clave para evitar los riesgos y problemas propios de la sexualidad. Consentir permite evitar conflictos y coordinar agente. Consentir no implica que el resultado final será positivo. Únicamente permite que se exprese la voluntad presente de los involucrados. En otras palabras, consentir un acto sexual no implica necesariamente que este vaya a ser placentero o que no pueda haber un arrepentimiento posterior.

No entienden el sentido y la función del consentimiento Son partidarios del concepto de alienación. Siguen una filosofía política de máximos. Rehuyen continuamente a la responsabilidad individual. Y son partidarios de las definiciones ambiguas, contradictorias y complicadas. En consecuendoa, estos nuevos pseudo defensores del consentimiento no pueden evitar coquetear con la idea de que el consentimiento puede ser anulado retroactivamente.

El error y sus consecuencias

Cada vez con mayor frecuencia encuentro en los discursos y razonamientos feministas ideas como «me hizo creer que estaba consintiendo, hoy me doy cuenta de que no fue así», «puede que en el momento no lo viese como un abuso, hoy entiendo que sí», o en el caso con Rubiales «Jennifer estaba conmocionada por la euforia, no era ella en ese momento» (cuando consintió el beso). El consentimiento retroactivo pretende ser una herramienta política para generar nuevos casos de abuso donde originalmente no los hubo.

La anulación retroactiva del consentimiento puede parecer sensato para sus defensores porque las personas con frecuencia nos percatamos de malas evaluaciones pasadas, manipulación, persuasión o la conjunción de circunstancias particulares que guiaron equivocadamente nuestras decisiones pasadas. Además, el consentimiento sexual, al darse con frecuencia en el margen de la indecisión y mucho desconocimiento, da lugar con mayor facilidad al arrepentimiento. Cuando esto ocurre nos sentimos como víctimas y empezamos a incorporar esa perspectiva en el relato que hacemos de dicho episodio. Adicionalmente, al relatarlo recibimos el apoyo de todos aquellos que muestran su solidaridad sistemática ante cualquier víctima o relato victimista, especialmente por las redes sociales.

Crear víctimas, para poder protegerlas

El error no radica en la sensación de ser víctima. Ello puede ser transitoriamente necesario en el proceso psicológico de quien posteriormente toma control o agencia en su historia personal. El error está en olvidar que aquello que una vez consentimos fue en su momento una luz verde para que otros actuasen con base en esa información. Por lo tanto, la anulación retroactiva del consentimiento genera con seguridad al menos una nueva víctima presente.

En resumen, el foco del feminismo no es el consentimiento, algo que se ve en temas como la gestación subrogada o la prostitución, sino la preocupación por ofrecer protección a las víctimas. Esta preocupación deshonesta esconde un narcisismo benevolente y una identificación con la víctima, lo que conduce a la aceptación de ideas potencialmente perturbadoras del orden social. La posibilidad de retirar el consentimiento con carácter retroactivo plantea interrogantes sobre la viabilidad de los acuerdos, la seguridad de las relaciones y los mecanismos de protección frente al arrepentimiento ajeno. Los riesgos y la complejidad inherente al consentimiento sexual pueden generar confusión y ansiedad, conduciéndonos por líneas de razonamiento que no llevaríamos al evaluar otras formas de consentimiento no relacionadas con la sexualidad.

Ver también

Follar ante notario. (Daniel Rodríguez Herrera).