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Por qué la verdadera caridad sólo puede florecer en el capitalismo

Axel Weber. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

Los progresistas y los socialistas han sido capaces de apoderarse del terreno moral gracias al uso de una propaganda eficaz. Estos santurrones charlatanes se postulan como paladines de la caridad, por su apoyo a la redistribución económica y al Estado del bienestar. Y condenan el capitalismo por fomentar la codicia.

Dejemos las cosas claras. El capitalismo es el único sistema económico (si es que la libertad de poseer y vender bienes puede llamarse realmente sistema) en el que florece la virtud de la caridad. Es más, la caridad ni siquiera puede existir en el paradigma progresista-socialista. La verdadera caridad sólo puede existir en el contexto de la propiedad privada.

Un aspecto esencial de la caridad es la abnegación. La caridad puede adoptar la forma de donaciones y voluntariado. En estos casos, el donante sacrifica dinero, bienes o tiempo, que podría haber utilizado en su propio beneficio.

Progresista: persona generosa con lo ajeno

Lo contrario es lo que proponen socialistas y progresistas. En lugar de sacrificarse a sí mismos, estos santurrones “sacrifican” los recursos de otras personas y dicen ser caritativos por hacerlo. Sería como si una iglesia pidiera comida para ayudar a alimentar a los sin techo, y yo “ofreciera” la comida de mis vecinos asaltando sus despensas. Como explicó Murray Rothbard, “es fácil ser llamativamente compasivo cuando se obliga a otros a pagar el coste”. Al obligar a los contribuyentes a ayudar a los necesitados, los socialistas y progresistas eluden el autosacrificio que exige la caridad.

Si un carterista roba a Pedro para pagar a Pablo, el carterista no está siendo caritativo. Y tampoco lo es Pedro, porque no tuvo elección en el asunto. La libertad de elegir si ayudar o no ayudar es un requisito previo para la auténtica caridad. “La virtud y la moralidad requieren la libertad de hacer el bien y el mal”, escribió Rothbard. “Si no hay más opción que hacer el bien, entonces no hay moralidad ni virtud”. (Curiosamente, si las donaciones obligatorias son caritativas, ¿no tendrían que admitir los progresistas y socialistas que los ricos (que son los que más impuestos pagan) son las personas más caritativas de todas?) Además, la naturaleza coercitiva de la “caridad” socialista y progresista destruye la motivación para ayudar a los demás. Como escribió Frank Chodorov

…nosotros, que no tenemos derecho a poseer, ciertamente no tenemos derecho a dar, y la caridad se convierte en una palabra vacía; en un orden socialista, nadie necesita pensar en un vecino desafortunado porque es deber del gobierno, el único propietario, ocuparse de él…

La caridad en el capitalismo, el progresismo y el socialismo

Por ello, el gasto público tiende a desplazar al gasto y la inversión privados. Los economistas llaman a este fenómeno desplazamiento. El auge del Estado del bienestar, por ejemplo, ha desplazado a la caridad privada. Un informe de Citigroup afirma: “En los países con un gasto público más elevado, existe la sensación de que cualquier deuda con la sociedad se ha saldado a través de la factura fiscal de un individuo o una empresa. Donde hay menos gasto público, hay una mayor sensación de que se debe algo”. Esta distinción marca la tendencia del gráfico que relaciona gasto público y donaciones.

Algunos podrían argumentar que los países con Estados del bienestar más generosos son suficientemente capaces de llevar a cabo la tarea del bienestar social.

Este argumento trata el gasto privado y el público como equivalentes, cuando en realidad no son directamente comparables. En un estudio de 2007, James Rolph Edwards señala que

se calcula que los organismos públicos de redistribución de la renta absorben alrededor de dos tercios de cada dólar que se les presupuesta en gastos generales, y en algunos casos hasta tres cuartas partes de cada dólar… En cambio, los gastos administrativos y otros gastos de funcionamiento de las organizaciones benéficas privadas absorben, por término medio, sólo un tercio o menos de cada dólar donado, dejando los otros dos tercios (o más) para ser entregados a los beneficiarios. (Énfasis añadido)

Gravar 5 dólares por cada dólar de prestación

Pero el panorama es aún peor. Utilizando una estimación del coste impuesto por los impuestos, Edwards descubre que hay que gravar casi 5 dólares por cada dólar de prestaciones. No sólo se desincentiva el trabajo, el ahorro y la inversión de quienes están sujetos a este impuesto ridículamente ineficaz, sino que también se desincentiva la productividad de los beneficiarios de las ayudas.

Como señala conmovedoramente Edwards:

En un cuidadoso experimento, James Andrioni (1993) estimó que 71 centavos de contribución caritativa privada son desplazados por cada dólar gravado y presupuestado para la ayuda gubernamental… Debido a esta compensación, así como a los menores ingresos del trabajo debido a la reducción del tiempo de trabajo de los receptores de la ayuda, el coste de los recursos de la burocracia administrativa, y los otros costes de las transferencias obligatorias de ingresos discutidos anteriormente, los programas del gobierno federal pueden en realidad haber aumentado la cantidad de pobreza y generado una clase dependiente de receptores de ayuda. (Énfasis añadido)

Matar la empatía

Si bien estos argumentos se refieren a la posición progresista del Estado del bienestar, ¿qué ocurre con la socialista? China es el ejemplo obvio para los países socialistas.

Para demostrar vívidamente lo destructivo que ha sido el socialismo en China para la virtud individual, consideremos cómo en 2011 una niña pequeña fue atropellada por una furgoneta, que se detuvo un momento antes de atropellarla lentamente. Ninguna de las personas de alrededor la ayudó mientras se retorcía de dolor. Como consecuencia, volvió a ser atropellada. Esta vez por un camión. Durante otros 7 minutos, nadie ayudó a la niña de 2 años.

Debido a esta falta de moralidad pública, el Partido Comunista Chino ha asumido el papel de padre. El PCCh despliega vallas publicitarias con mensajes como “una sociedad civilizada empieza por ti y por mí”. Publica anuncios en televisión diciendo a los padres que es su responsabilidad enseñar a sus hijos un comportamiento civilizado. Leland M. Lazarus explica que “Xi Jinping intenta utilizar el Estado de Derecho como base de los principios morales en China. Un frecuente anuncio de televisión muestra a una niña estudiando, a un joven nadando y a una pareja de ancianos cogidos de la mano. El narrador dice con una relajante voz masculina: “Siempre estaré a tu lado”. La niña mira al cielo. Siempre te protegeré. El joven nadador mira hacia arriba. Siempre puedes confiar en mí… al final la pantalla se vuelve negra y aparecen dos caracteres: fa lu 法律. La ley”.

Caridad y libertad

Este no es el modelo de una sociedad caritativa. Como ya se ha subrayado, la verdadera caridad exige libertad de elección. El método del planificador central, tanto en la visión socialista como en la progresista, elimina la interacción individual que es fundamental para formar y construir las costumbres del pueblo.

La caridad bajo el capitalismo es genuina, porque el donante está sacrificando su propia riqueza voluntariamente. La llamada caridad santificada y buscada por socialistas y progresistas es lo contrario. Bajo una fachada de caridad, abogan por la tiranía y el control -como si fuera la solución más obvia, y cualquiera que se les oponga fuera irremediablemente malvado- justificando su poder con la excusa de que están ayudando a otros.

Recibir un cheque en el correo de algún burócrata lejano que no conoces, con dinero tomado de todos pero entregado indiferentemente, no es ni de lejos lo mismo que interactuar con los individuos que te están ayudando. Esto ayuda a explicar por qué Meina Cai et al. (2022) encuentran que “el vínculo entre individualismo, capitalismo y bienestar colectivo es más complicado de lo que creen los críticos del capitalismo. Encontramos que en lugar de contribuir al comportamiento antisocial, el individualismo contribuye al comportamiento prosocial y podría decirse que a la mejora moral.”

Sacrificar lo propio implica tener algo propio

Pensemos, por ejemplo, en mi amigo Timmy, que hace poco terminó de correr por todo el país para recaudar fondos para una causa en la que cree. Timmy fue capaz de conectar su pasión y su impulso por hacer algo bueno de una forma que sólo es posible en una sociedad en la que el individuo se siente responsable de hacer del mundo un lugar mejor.

Como ya se ha dicho, para ser caritativo hay que sacrificar voluntariamente algo propio, lo que presupone la propiedad privada. Por lo tanto, la caridad se manifiesta más en un régimen de plena propiedad privada: es decir, el capitalismo. Esto implica también que cuanto más se acumula, más se puede sacrificar por caridad. Es un hecho bien conocido que los países capitalistas son más ricos que los no capitalistas y, por tanto, capaces de ser mucho más filantrópicos. Lógicamente, ser más capitalista se traducirá en más filantropía.

Conclusión

Contra socialistas y progresistas, el capitalismo y los capitalistas no son intrínsecamente codiciosos. Como señala Edwards

La envidia es un poderoso motivo humano que existe mientras haya diferencias de renta de cualquier tipo entre la población, y existiría incluso si la renta media fuera tan alta que prácticamente nadie cayera por debajo de un nivel absoluto y definido de renta de pobreza (Schoeck 1966).

Como Dan y yo hemos escrito antes, el socialismo es el evangelio de la envidia. El primo cercano del socialismo, el progresismo, está afectado por el mismo vicio. En el capitalismo no hay vicio inherente. Los pecados que se manifiestan en el capitalismo no pueden achacarse al “sistema”, ya que no son exclusivos del capitalismo, sino que son producto de la naturaleza defectuosa de la humanidad.

El individuo no puede convertirse a la fuerza en un santo caritativo. Sólo puede mejorarse a sí mismo y volverse más caritativo en la libertad inherente al capitalismo.

Ver también

La caridad como abuso moral: la zancadilla solidaria. (María Blanco).

De la caridad bien entendida. (Alberto Illán Oviedo).

Las siete marcas de la compasión. (José Carlos Rodríguez).

La pobreza. (José Carlos Rodríguez).

El cuidado de los pobres no justifica el Estado del Bienestar. (Albert Esplugas).

Dos caminos hacia lo ‘woke’

Eric Kaufmann. Este artículo ha sido publicado originalmente en Law & Liberty.

Ser woke consiste en sacralizar a grupos históricamente marginados. Esta religión refuerza una ideología que yo denomino “socialismo cultural”, que sostiene que el objetivo más elevado de la sociedad es igualar los resultados de los grupos identitarios desfavorecidos y protegerlos de cualquier daño, como oír describir a Estados Unidos como “una tierra de oportunidades”. ¿Cómo ha llegado este ethos, que se esconde bajo etiquetas inocuas como “diversidad” o “inclusividad”, a convertirse en el pináculo de nuestra cultura? ¿Qué podemos hacer al respecto?

Christopher Rufo y Richard Hanania

En estas preguntas se centran dos libros recientes: el éxito de ventas America’s Cultural Revolution, de Christopher Rufo, y The Origins of Woke, de Richard Hanania, que parece estar a punto de alcanzar el éxito de Rufo. Ambos exponen dos versiones diferentes de cómo la izquierda radical conquistó la cultura. Hanania se centra en la discriminación positiva y la cultura de la cancelación, haciendo hincapié en la evolución de la ley de derechos civiles desde la igualdad de trato a la igualdad de resultados, de la libertad de expresión a la supresión de la expresión. Rufo se concentra en la Teoría Crítica de la Raza (CRT), rastreándola hasta el giro cultural del marxismo de la clase a la identidad a finales de la década de 1960. Los dos relatos, evolutivo y revolucionario, institucional y cultural, se complementan y rebaten mutuamente.

Ambos representan a una nueva generación de intelectuales del milenio que han triunfado en Internet, al margen del sistema habitual de guardianes institucionales. Aunque ninguno de los dos se define a sí mismo como conservadores, los autores coinciden en rechazar el laissez-faire, según el cual los gobiernos deberían mantenerse al margen de la lucha cultural. Ambos sostienen que la descentralización de la autoridad de los órganos legislativos elegidos democráticamente a gestores y educadores que no rinden cuentas permitió que se produjera una revolución cultural bajo cuerda. Rufo llama a una contrarrevolución para “asediar” las instituciones capturadas ideológicamente. Hanania expone un detallado manual político que señala a los políticos y abogados republicanos las palancas precisas que deben accionar para socavar el poder del socialismo cultural.

El hijo de la ley de derechos civiles

La trayectoria de Hanania pasó de una juventud malgastada de trolling en Internet, un doctorado y un postdoctorado en Ciencias Políticas en Columbia, hasta la creación de su propio think tank de ciencias sociales contraculturales, el Centro para el Estudio del Partidismo y la Ideología (CSPI). Se ha convertido en uno de los expertos más innovadores, contrarios y controvertidos del país.

Su nuevo libro, The Origins of Woke, aborda el problema desde una perspectiva jurídica y política. Considera que las guerras culturales son “guerras largas”, y advierte de que no habrá un día de victoria sobre los woke, sino sólo la esperanza de que, habiendo perdido a los millennials y a la Gen-Z, podamos recuperarnos lo suficiente como para influir en los que vienen detrás de ellos. Este es el trabajo de décadas, no de una administración.

Define lo woke como una ideología con tres pilares: la disparidad equivale a la discriminación, la expresión debe restringirse para lograr la igualdad y se requiere una burocracia a tiempo completo para hacer cumplir estos edictos. En lugar de activistas intencionados que impulsan el neomarxismo o el posmodernismo, Hanania considera el auge de la woke como un subproducto en gran medida involuntario de las leyes bipartidistas de derechos civiles. Aunque Chris Caldwell planteó brevemente esta cuestión en su Age of Entitlement (2020), Hanania desarrolla el argumento con mucha mayor profundidad.

Duke v. Griggs Power

Llama la atención del lector sobre cuatro innovaciones fundamentales en la legislación sobre derechos civiles. A saber, “la discriminación positiva por mandato federal, el impacto dispar, la ley de acoso y el Título IX como herramienta para regular la educación”. La discriminación positiva, basada en la lógica de que las disparidades equivalen a discriminación, afianzó la idea de la igualdad de resultados por encima de la igualdad de trato.

La sentencia Duke v. Griggs Power (1971) estableció la doctrina del impacto dispar, que se convirtió en la opinión de que cualquier práctica organizativa que produzca peores resultados para las razas o géneros protegidos, como una prueba de rendimiento, constituye una forma de discriminación. Según Hanania, esto condujo a un ataque contra el mérito en el lugar de trabajo, las escuelas y las universidades.

Más tarde, a mediados de la década de 1980, la legislación sobre acoso consagró la idea de que la libertad de expresión debe suprimirse para eliminar los “entornos hostiles” definidos subjetivamente para los grupos protegidos. Por último, el Título IX prohíbe la discriminación por razón de sexo en cualquier programa educativo que reciba ayudas federales. Esto condujo en última instancia a la derogación de los derechos de los hombres al debido proceso en el campus y a la microgestión de las relaciones entre los sexos.

Una burocracia

Una vez creadas las agencias de derechos civiles, como la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo (EEOC) y la Oficina de Cumplimiento de Contratos Federales (OFCCP), facultaron a los activistas burocráticos para asumir el control del proceso y emitir directrices. La necesidad de cumplir los nuevos dictados para evitar responsabilidades dio lugar a la multiplicación de las burocracias de la igualdad en todos los niveles de gobierno y en la mayoría de las grandes organizaciones. Los Tribunales Supremos progresistas de los años 60, 70 y 80 tomaron ejemplo de la práctica administrativa, creando un trinquete de restricciones que alimentó el crecimiento de las burocracias de cumplimiento.

Cada paso se basaba en el anterior a medida que el sistema evolucionaba hacia el woke. Las leyes de derechos civiles protegían a quienes denunciaban discriminación, pero no a los falsamente acusados. Luego, una sentencia de 1978 permitió a los demandantes que ganaban recuperar los honorarios legales, mientras que los demandados no podían. Una sucesión de proyectos de ley de derechos civiles aprobados con apoyo bipartidista ampliaron el alcance de la responsabilidad.

Demandas colectivas

La Ley de Derechos Civiles de 1991, por ejemplo, allanó el camino para las demandas colectivas. Esto creó una fiebre del oro, ya que los abogados de derechos civiles se dirigieron a las empresas ricas. Las 5.000 demandas por discriminación presentadas ante la EEOC en los años 70 se dispararon a 100.000 en 2010. El punto final fue un conjunto de decisiones extravagantes, como cuando un juez ordenó a Tesla en 2021 pagar a los demandantes negros Owen y Demetric Diaz 15 millones de dólares a pesar de que la empresa tomó medidas punitivas contra los empleados (en su mayoría afroamericanos) que utilizaron insultos racistas en presencia de Diaz.

Las empresas no sólo tienen que pagar sumas punitivas, sino que la EEOC les ordena que formen a sus empleados en la doctrina más reciente en materia de diversidad. La formación en materia de diversidad se convierte en un medio para que las organizaciones den muestras de cumplimiento y eviten responsabilidades. La devolución constante de la autoridad legislativa del Congreso a los administradores produce una situación paradójica en la que las organizaciones deben violar el texto de la ley (no discriminación) para satisfacer las interpretaciones activistas de la ley. El daltonismo es ahora ilegal, bromea Hanania.

Cómo reaccionar ante la oledada woke

Sin embargo, lo que realmente hace que este libro sea de lectura obligatoria es su exhaustivo proyecto de insurgencia política. Hanania sostiene que el cambio debe empezar por el Partido Republicano, ya que la izquierda no tiene actualmente ningún incentivo para reformarse. Identifica una serie de acciones legislativas “fáciles” para lograr el máximo impacto. Una nueva administración republicana, afirma, debería modificar inmediatamente dos decretos (11246 y 11478) que prohíben la discriminación positiva en la contratación y los contratos federales. Debería dictar órdenes ejecutivas que definieran el impacto dispar como limitado a la discriminación intencionada. Deberían modificarse las normas de derechos civiles para limitar la definición de discriminación a los prejuicios a nivel individual, aboliendo el régimen de “discriminación estructural”.

Mientras tanto, el Título IV y el Título IX pueden utilizarse para ahogar la discriminación contra los blancos, los hombres y los asiáticos en las escuelas y universidades. Los activistas legales conservadores, añade Hanania, deberían presentar una demanda para anular el caso Griggs contra Duke Power, poniendo fin al impacto dispar. Deberían centrarse en la sentencia de 1978 de Christiansburg Garment contra la EEOC, permitiendo así que tanto los demandados como los demandantes cobren los honorarios legales. Los estados rojos deberían desfinanciar las burocracias de la DEI y crear causas legales para que los ciudadanos puedan desincentivar a los activistas burocráticos de resistirse a la ley. A más largo plazo, la EEOC y la OFCCP deberían ser abolidas.

Dudas en el Partido Republicano

El régimen woke se basa en la innovación administrativa, señala Hanania, por lo que puede desmantelarse rápidamente. Sus recetas son contundentes y detalladas, pero ¿por qué ha estado dormida la derecha? El libro explica cómo las sucesivas administraciones republicanas consintieron el giro a la izquierda de la ley porque las cuestiones de discriminación positiva, educación y libertad de expresión no eran importantes para ellos. Desde 1964 hasta 2008, un número significativo de senadores y congresistas republicanos votaron con los demócratas. Por ejemplo, el presidente Reagan vetó la Ley de Restauración de los Derechos Civiles de 1987, pero 73 de los 167 republicanos de la Cámara votaron con los demócratas para anular su veto.

Los políticos republicanos no se enfrentaban a ningún grupo de presión al estilo de la NRA para derogar la discriminación positiva o limitar el alcance de los derechos civiles. Temían ser tildados de racistas en la prensa, y la mayoría estaban animados principalmente por prioridades económicas, religiosas y de política exterior. Sólo con la polarización posterior a 2008 las cuestiones de derechos civiles se dividieron limpiamente según las líneas partidistas. Esto puso fin al avance de la ley de igualdad, pero no frenó a los administradores.

En última instancia, el curso de la batalla dependerá de si los conservadores pueden movilizarse en torno a las cuestiones de la guerra cultural y vincularlas a un movimiento político conservador similar al activismo jurídico de la Federalist Society. Para derrotar a woke, debe llegar a ser “tan impensable para un estado rojo apoyar las preferencias raciales o sexuales mediante el dinero de los contribuyentes como lo sería financiar el aborto”.

Marxismo cultural

Donde Hanania se centra en la evolución gradual de la discriminación positiva y la corrección política en el gobierno y las organizaciones, Christopher Rufo se concentra en los revolucionarios culturales utópicos y su conquista ascendente de las facultades de educación y las escuelas.

Rufo es un conocido activista conservador, cineasta y escritor. Se dio a conocer por primera vez en el programa de Tucker Carlson en Fox, pidiendo al presidente Trump que prohibiera la teoría crítica de la raza (CRT) en la formación del gobierno federal. Popularizó el uso del término CRT para referirse a un conjunto de conceptos pseudocientíficos derivados como “blancura” y “racismo sistémico” que provienen de un cuerpo de teorías cuasi conspirativas formalizadas por primera vez por el profesor de derecho de Harvard Derrick Bell y activistas feministas negras en la década de 1970.

En el momento de redactar este informe, 18 estados han prohibido la TCR o limitado la forma en que puede enseñarse la raza y el sexo en las escuelas, y hay legislación pendiente en otros estados republicanos y en muchos consejos escolares. La enseñanza de la teoría crítica de raza y género es ahora un importante tema de cuña para los republicanos, jugando un papel clave en la sorprendente victoria de Glenn Youngkin como gobernador en Virginia en 2021, y en el éxito de Ron DeSantis.

America’s Cultural Revolution

America’s Cultural Revolution es un relato conmovedor de cómo los radicales marxistas revolucionarios, a menudo violentos, trasladaron su utopismo de la clase obrera a las minorías raciales (y más tarde sexuales). El libro hace hincapié en el papel de figuras y organizaciones históricas clave con raíces en el tumulto de los años sesenta: Herbert Marcuse y la Weather Underground, Angela Davis y las Panteras Negras, y Paolo Freire y su acólito Henry Giroux.

Rufo traza una conexión directa entre estos revolucionarios y sus ejemplos actuales, Antifa y Black Lives Matter. Rufo sostiene que estos intelectuales utópicos trataron de capturar la sociedad desde abajo mediante la incautación de las instituciones de socialización, tales como escuelas y universidades. Desde esta cabeza de playa, se extenderían a otros centros de creación de significados en lo que el marxista alemán Rudi Dutschke denominó una “larga marcha a través de las instituciones”.

Dutschke se basó en las ideas de la Escuela de Fráncfort y de Antonio Gramsci, que postulaban que era necesaria una transformación cultural para reeducar a la gente fuera de la ideología hegemónica del régimen capitalista. Sólo entonces podrían adquirir la conciencia política necesaria para derrocar el sistema e instaurar el socialismo.

Marcuse

El relato de Rufo comienza con Marcuse, quien, desesperado por la clase obrera occidental, recurrió a la energía del socialismo del Tercer Mundo, al radicalismo de las Panteras Negras y a las revueltas estudiantiles de 1968 en busca de inspiración. En lugar de la ortodoxa “dictadura del proletariado”, Marcuse soñaba con una “dictadura de los intelectuales” que pudieran unirse a “parias y marginados” para hacer la revolución. De hecho, invitó al lumpenproletariado de Marx a entrar en la historia. Su obra El hombre unidimensional (1964) se convirtió en la biblia de la contracultura, y mientras su colega de la Escuela de Fráncfort Theodor Adorno reaccionaba contra el antiintelectualismo de los jóvenes manifestantes, Marcuse los acogía como precursores de la nueva utopía.

Apodado el “líder ideológico de la Nueva Izquierda” por la terrorista de Weather Underground Bernadine Dohrn, Marcuse se codeó con su liderazgo y el de radicales de las Panteras Negras como H. Rap Brown. Los disturbios y el vandalismo en los centros urbanos de Estados Unidos a finales de la década de 1960 asolaron los barrios y dispararon la delincuencia, obstaculizando el progreso de los negros. Juntos, los Weathermen y los militantes negros llevaron a cabo unos 4.330 atentados con bomba, que causaron 43 muertos.

Los Weathermen afirmaron que tendrían que matar a 25 millones de personas para conseguir sus objetivos. La organización se autodenominaba los “revolucionarios blancos dentro de la nación opresora” y su manifiesto, Prairie Fire, hablaba de Estados Unidos como fundado sobre la supremacía blanca y el “privilegio de la piel blanca”.

Panteras y Black Lives Matter

Marcuse imaginaba la universidad como la “primera institución revolucionaria”, el centro neurálgico desde el que se extendería la revolución. Como si nada, muchos camaradas se establecieron en acogedoras sinecuras académicas. Dohrn aterrizó en Northwestern, Bill Ayers, que bombardeó el Pentágono y el Capitolio, acabó en Columbia, y Angela Davis, que participó en el asedio a un tribunal en el que murieron el juez y otras tres personas, consiguió un puesto en UCLA. Davis, una Pantera Negra, se presentó a sí misma como una esclava fugitiva que se resistía al sistema de supremacía blanca.

Rufo traza de forma convincente una línea divisoria entre el radicalismo violento de las Panteras y el movimiento Black Lives Matter. Por ejemplo, el líder de los Panteras, Stokely Carmichael, acuñó el concepto de “racismo institucional”. El programa de Diez Puntos de los Panteras exigía la discriminación positiva, la liberación de “todos los negros y oprimidos” de la cárcel y la enseñanza de su ideología racial revisionista en las escuelas. El movimiento Black Lives Matter de la década de 2010 se limitó a reiterar estos eslóganes, tratando de abolir la policía y las cárceles al tiempo que exigía una “educación culturs1almente relevante”. Por su parte, la líder de BLM, Patricia Cullors, estudió con Eric Mann, de Weather Underground, y alabó la influencia de Davis y los Panteras.

Radicalismo con victimismo terapéutico femenino

Para Rufo, BLM en la década de 2010 representa el radicalismo Pantera reenvasado del Black Power masculino al victimismo terapéutico femenino. La culpa y la vergüenza sustituyeron a la ira y el miedo cuando BLM trató de encajar en la nueva sensibilidad y el nuevo paisaje mediático. Su libro de jugadas en tres etapas, observa, comienza anclándose en un acontecimiento simbólico como un tiroteo policial, luego procede a acusaciones de racismo “sistémico” o brutalidad justificada por académicos radicales sobre la base de estadísticas bivariadas flácidas como disparidades de muerte. Concluye pidiendo acciones revolucionarias como “desfinanciar a la policía” y abolir las prisiones. El resultado previsible es el derramamiento de sangre y la miseria.

La fuerza, en forma de ocupaciones estudiantiles y chantaje emocional, ha conseguido repetidamente concesiones de las instituciones de élite. Los manifestantes exigieron la creación de departamentos de Estudios Negros, inicialmente en la Universidad Estatal de San Francisco en 1968. La discriminación positiva surgió en parte como respuesta a la violencia, creando puestos para radicales como Eldridge Cleaver o Derrick Bell. El cínico planteamiento de Bell sobre la Constitución, que interpretaba su universalismo liberal como una cortina de humo para una agenda oculta de supremacía blanca, dio origen a la crítica de la raza (CRT). Declaradamente activista, el nuevo paradigma priorizaba abiertamente la política sobre la verdad.

Henry Giroux y la teoría crítica de la raza

¿Cómo llegó la CRT a las escuelas? Para Rufo, el camino del mundo académico a las escuelas pasa por la pedagogía crítica de Paolo Freire, un educador maoísta brasileño. Freire trató de “descolonizar las mentes” con propaganda socialista, negándose a reconocer el desastre humanitario y económico de la Revolución Cultural de Mao. Tras fracasar en el mundo en desarrollo, estableció contacto con académicos estadounidenses en la década de 1980, influyendo en izquierdistas como Henry Giroux y sus numerosos discípulos. Su campaña para promover la pedagogía de la liberación de Freire iba a tener un éxito más allá de sus sueños más descabellados.

El plan inicial de Giroux consistía en colocar a cien radicales afines en el mundo académico. A partir de ahí, el movimiento se extendió hasta abarcar numerosos institutos y publicaciones. La Pedagogía del Oprimido de Freire, escribe Rufo, se convirtió en omnipresente en las facultades de magisterio y en el tercer libro de ciencias sociales más citado de todos los tiempos.

Racismo estructural

Rufo traza un vínculo directo desde la ideología pantera hasta la pedagogía crítica, pasando por la CRT. El resultado final fue una explosión de contenidos CRT en la educación estadounidense. El plan de estudios étnicos de California, por ejemplo, incorpora la idea pseudocientífica del “racismo estructural” en las escuelas públicas del estado. Aquí se institucionalizó la extática observación de Cleaver de los años 60 de que “cada vez más jóvenes blancos repudian su herencia de sangre y toman a la gente de color como sus héroes y modelos”. Para Rufo, el término de esta doctrina de “maldad blanca y desesperación negra” es el nihilismo, una redistribución burocrática de la propiedad y la destrucción de los ideales fundacionales del país de igualdad de trato y libertad individual.

Rufo concluye con un llamamiento a la contrarrevolución, un “nuevo vocabulario” para derrocar la narrativa del mal estadounidense. Hay que desenmascarar los eufemismos, desmantelar las burocracias de la DEI y destruir o abolir las instituciones corruptas. Estados Unidos debe destronar la revolución de 1968 y restaurar el espíritu de 1776.

¿Revoluciones o instituciones?

Hanania y Rufo mejoran enormemente nuestra comprensión del fenómeno woke, pero contienen importantes omisiones. Rufo argumenta de forma convincente que una variante cultural del marxismo revolucionario dio forma al mensaje y las tácticas de BLM y Antifa. Proporcionó el vocabulario y las tropas de choque para la conquista de la educación pública.

Sin embargo, Rufo no explica el lado de la demanda: por qué Angela Davis o Patricia Cullors fueron aclamadas en la prensa. Por qué las universidades contrataron a radicales violentos. Por qué la mayoría de los votantes de Seattle apoyaron la desfinanciación de la policía. Y por qué tantos jóvenes blancos marcharon con BLM. Sin el apoyo de los liberales de izquierda, animados por una política de compasión y culpabilidad más que de revolución, los radicales estarían gritando en el vacío.

Los cambios en la izquierda

El enfoque institucional de Hanania, por su parte, introduce la cultura de contrabando por la puerta de atrás en varias ocasiones. Se puede imaginar fácilmente un escenario en el que los burócratas y jueces conservadores interpreten las leyes de derechos civiles de forma restrictiva. El activismo judicial y administrativo es, por tanto, ideológico, aunque magnificado por el dominio numérico de la izquierda en las profesiones administrativas. La perspectiva de que “la cultura es la corriente descendente de la ley” tampoco explica por qué los profesores y las empresas siguieron impulsando la DEI incluso después de que se eliminara la discriminación positiva, como en California, o se redujera, como en el caso de Reagan.

Por último, ninguno de los dos libros tiene mucho que decir sobre los cambios fundamentales de la izquierda liberal en la conciencia pública. En mi próximo libro, por ejemplo, sostengo que el tabú contra el racismo es una coyuntura crítica que llegó a expandirse, militarizarse y transponerse a otras identidades. ¿Cómo se transformó “chicano” en “latinx” y por qué los académicos redefinieron el acoso y el trauma para abarcar las palabras hirientes y las decepciones de la vida? Ni el marxismo cultural ni la legislación sobre derechos civiles pueden explicar estos cambios. Por el contrario, surgieron de la evolución gradual de un orden moral liberal de izquierdas.

El fenómeno woke se encuentra en el centro de una nueva guerra cultural que está redefiniendo la política estadounidense y occidental. Estos libros son indispensables para cualquiera que quiera entenderlo.

Ver también

El fenómeno ‘woke’: cuando el capitalismo corrompe a la sociedad. (Fernando Herrera).

Por qué los conservadores deben participar en la guerra cultural. (Kristian Niemetz).

La economía a través del tiempo VII: la riqueza para los asirios

Hemos hablado ya del periodo de Ur III (entre los años 2065 a.C y 1995 a.C.) y su mito fundacional. Dentro de esa etapa se encuentra una obra conocida como La maldición de Agadé o de Acad. Este escrito puede ser incluso anterior. El poema narra la historia del rey arcadio Naram-Sin (2261-2225 a.C) y de la ciudad de Agadé.

Lo importante para nuestro análisis es lo que podemos extraer acerca de la concepción -o más bien la explicación- que los antiguos tenían sobre la riqueza. Sabemos que una buena situación económica es causada por fenómenos objetivos, pero también por cuestiones relacionadas con las actitudes y aptitudes de los habitantes de la sociedad. Sin embargo, nuestros antepasados daban una especial importancia a los elementos extramateriales. La riqueza era una situación tan extraordinaria que su origen no podía ser otro que un empecinamiento por parte de los dioses, una elección consciente de lo supremo que elige por motivos específicos a un pueblo para disfrutar del tesoro privilegiado.

La acción humana no es decisiva

Al contrario de lo que pasa con el cristianismo, la libertad y la acción humana no parece decisiva. Así, vemos a través de Mark (2014) la causa de la prosperidad.

Después de que el ceño de Enlil había matado a Kis como si fuera el Toro del Cielo, había matado a la casa de la tierra de Unug en el polvo, como si fuera un toro poderoso. Y entonces Enlil había dado a Sargón, rey de Agadé, el gobierno y la realeza desde el sur hasta las tierras altas. En ese momento, la santa Inana estableció el santuario de Agadé como su dominio de mujer célebre; y estableció su trono en Ulmac.

J. J. Mark, La maldición de Agadé: la batalla de Naram-Sin con los dioses

Una bendición de los dioses

Enlil, uno de los principales dioses sumerios, destruye la ciudad de Kis. La gracia de los seres sobrenaturales -entre los que se incluye a Inana- se posa sobre una nueva urbe: Agadé. Gracias a la presencia de los dioses y a su constante bendición surge la riqueza.

La santa Inana no durmió mientras se aseguraba de que los almacenes se aprovisionarían; de que se fundarían viviendas en la ciudad; de que sus gentes comerían espléndidas comidas; de que sus gentes beberían espléndidas bebidas (…). Luego llenó de oro los almacenes de trigo esmeralda de Agadé, llenó de plata sus almacenes de trigo esmeralda blanco; entregó cobre, estaño y bloques de lapislázuli a sus graneros y selló sus silos desde el exterior. Dotó a sus ancianas con el don de dar consejo, dotó a sus ancianos con el don de la elocuencia. Dotó a sus mujeres jóvenes con el don de entretener, dotó a sus hombres jóvenes con el poder marcial, dotó a sus pequeños con la alegría (…). Su puerto, donde atracaban los barcos, estaba lleno de alegría. Todas las tierras extranjeras descansaban con alegría, y sus gentes experimentaban la felicidad.

J. J. Mark, La maldición de Agadé: la batalla de Naram-Sin con los dioses

“Todas las ciudades la observaban”

La impiedad de Naram-Sin produce enfado en Enlil.

A causa de Enlil (¿?) toda Agadé se redujo (¿?) a temblar, y el terror se apoderó de Inana en Ulmac. Ella abandonó la ciudad, regresando a su hogar. La santa Inana abandonó el santuario de Agadé como quien abandona a las jóvenes de su dominio femenino.

J. J. Mark, La maldición de Agadé: la batalla de Naram-Sin con los dioses

Y tras el retiro de la bendición divina, la prosperidad se dirige, como si tuviera voluntad propia y fuera un ser material y consciente, hacia otras ciudades. Agadé muere poco a poco, la urbe se apaga y todo por la decisión del dios Enlil.

La vida del santuario de Agadé llegó a su fin, como si hubiera sido solo la vida de una carpa diminuta en las aguas profundas, y todas las ciudades la observaban. Como un poderoso elefante, dobló su cuello hacia el suelo mientras todos levantaban sus cuernos como poderosos toros. Como un dragón moribundo, arrastró su cabeza por la tierra y todos juntos le quitaron el honor como en una batalla.

J. J. Mark, La maldición de Agadé: la batalla de Naram-Sin con los dioses

El papel del libre albedrío

La importancia del libre albedrío en esta visión es casi nula. Las decisiones humanas están completamente sometidas a la elección de los dioses. Se hace mención en el texto a la presencia de barcos. De ellos y de otros elementos podemos deducir la existencia de comercio en Agadé. Comercio que, sumado a otras condiciones favorables, podría ser causa, y a su vez efecto, de la riqueza. Es Inana la que se encarga de supervisar a las gentes para asegurar su prosperidad: “Inana no durmió mientras se aseguraba de que los almacenes se aprovisionarían”. El trabajo humano desaparece como factor y, por tanto, el mérito.

Nuestra idea católica difiere de este punto de vista. La Iglesia ha defendido siempre el libre albedrío y, por tanto, la responsabilidad. Si bien es verdad que para el cristianismo la causa última es Dios y, en consecuencia, se hace su voluntad, también es verdad que la importancia que se da al Ser Humano sobre la historia y las condiciones socioeconómicas es mucho mayor.

Bibliografía

Mark, J. J. (2014, agosto 08). La maldición de Agadé: la batalla de Naram-Sin con los dioses [The Curse of Agade: Naram-Sin’s Battle with the Gods]. (G. Macedo, Traductor). World History Encyclopedia. Recuperado de https://www.worldhistory.org/trans/es/2-748/la-maldicion-de-agade-la-batalla-de-naram-sin-con/ Consultado el 2 de septiembre de 2023

Kramer, S. N. (1985) La historia empieza en Sumer. Orbis

Serie La economía a través del tiempo

(I) El estudio de la historia del pensamiento

(II) Individuo y colectivo, comunidad y sociedad

(III) El Estado y las formas de intervención

(IV) La primera disciplina fue la economía

(V) La educación y el trabajo para los sumerios

(VI) Los impuestos para los sumerios

El derecho fundamental a parrandear

Los años ochenta produjeron varias piezas de cultura popular que las generaciones futuras han visto y verán con mucha extrañeza. Se trató de una década con diversos despliegues de excentricidad, representados en extrañas formas de vestir, de hablar, y de producir carros. Todas estas manifestaciones fueron horribles y son llamados de atención para esas generaciones futuras acerca de lo que no se debe repetir. Habrá que conocer bien la mayoría de la historia de los ochenta para no repetirla.

Años ochenta y derecho a la parranda

Sin embargo, no toda la cultura popular fue mala e impresentable en esa década. Si algo se puede salvar son algunas canciones, particularmente, de rock. No necesariamente se salvan por su calidad musical –algo completamente subjetivo, claro está- sino por su mensaje de cautela dirigido justamente a las generaciones futuras. Son canciones con un mensaje universalmente válido, vigente, no obstante tiempo y lugar. ¡Y sí que cobran vigencia y relevancia en los actuales tiempos!

En 1987 la banda de rock –o Rap rock, para los puristas- The Beastie Boys sacó al mercado el su sencillo (You gotta) Fight for your right (to party!), que en español básicamente se traduciría como el “Tienes que inducir por la fuerza a los demás para que financien involuntariamente tu derecho a parrandear.

The Beastie Boys

El video musical es prácticamente una pieza de –un muy mal- museo de la década. Aquel comienza con unos padres diciendo a sus dos hijos que no vayan a hacer ningún desmadre mientras están por fuera del apartamento. Un par de segundos después de salir por la puerta, los dos muchachos deciden contradecir la orden, y comienzan a planear una fiesta, implorando que, ojalá, ningún personaje turbio se cuele en ella. Justo después de haber dicho esto, aparecen en la escena nada menos que Ad-Rock, Mike D y MCA, los Beastie Boys.

Este trío comienza justamente el desmadre del que advirtieron los padres, en una exuberancia de parafernalia ochentera. Los muchachos persiguen a las muchachas para besarlas con impunidad. Vierten licor en el ponche –probablemente para disminuir obstáculos en el cometido anterior; rompen todos los muebles del apartamento. Y dan inicio a una de peleas de pasteles de crema con la peor puntería de la historia reciente. Finamente, los Beastie Boys escapan de la fiesta, habiéndose convertido esta en algo que incluso ellos no son capaces de digerir. El video musical termina en un cuadro congelado de la madre de los muchachos. Le estalla uno de los pasteles de crema en la cara al grito de “¡Party!” Pura rebeldía sin causa de una época que no debió ser.

El contexto: Reagan

Escuchar desatendidamente la canción y de la misma manera ver el video llevarían a concluir que los Beastie Boys participan del frenesí derrochador de principios de los ochenta en los Estados Unidos. En línea con los intereses de esa generación en esa época, los miembros de este grupo de rock solo querían parrandear descontando fuertemente el consumo futuro. Es útil tener claro algo del contexto en el cual se hace pública la canción.

Gran parte de la población de los Estados Unidos estaba ofreciendo resistencia a las medidas que consistieron en una baja considerable de impuestos y disminución del gasto público que se había experimentado en los años setenta. Se logró que una buena parte de la población viviera más del subsidio asegurado, entregado por el estado, y menos de los resultados inciertos de sus acciones. Se trataría de una especie de grito de guerra en favor del mantenimiento de las condiciones que permiten un estilo de vida de ocio prolongado, no como el resultado de haber sido ganado por medio del trabajo, sino como una situación dada por sentada y cómoda.

Twisted Sister

Al inicio de los ochenta, probablemente coincidiendo con el anuncio por parte del presidente Reagan de una inminente y saludable disminución del papel activo del estado en el mercado, vemos los inicios de este tipo de manifestaciones belicosas. En otra canción –joya también de la década- encontramos al grupo Twisted Sister lanzando en 1984 el sencillo I Wanna Rock, o, en español, “En la cúspide de mi escala valorativa está rockear, macho.”

Maquillado más como una mujer cavernícola que como cualquier otra cosa, sin disculpa alguna, el líder del grupo, Dee Snider, encarna a grito herido la voz del adolescente promedio de la costa oeste de los Estados Unidos. Cuando se le pregunta a este, qué demonios quiere hacer con su vida, como una manifestación agonizante del espíritu hedonista de la década, este contesta “¡Lo que quiero es rockear!” (I wanna rock!). No sorprendentemente, podría ser perfectamente la misma exclamación del benévolo habitante promedio del Parkway bogotano, de unos 40 años, poseedor de un flamante título universitario de comunicación social, mientras exige menos gluten en su muffin.

Una parodia

Twisted Sister no le llega ni a los tobillos a los Beastie Boys a la hora de llevar las cosas a sus últimas consecuencias lógicas. Para estos, parrandear –o rockear- no es cuestión tan solo de deseo o necesidad. ¡Qué sea un derecho! En el momento en que nos encontremos ante un descarado que pretenda negar ese derecho a alguien, se le podrá exigir su observación por la fuerza de ser necesario.

Beastie Boys, la banda de rock neoyorquina, compone la canción justamente como una parodia frente a canciones como la de Twisted Sister. Arrogándonos cierta licencia, podríamos llegar a decir que se trataría de una voz que advierte lo que sería el futuro: que las necesidades se conviertan en derecho, por el simple hecho de ser necesidades. Nuestro presente es el futuro anticipado por aquel trío.

El derecho de propiedad

Somos dueños de las cosas. Son varias las formas en la que nos convertimos en dueños de ellas, en la que terminamos teniendo un control exclusivo sobre ellas, pudiendo determinar en qué y en qué no se utilizan. Podemos encontrar algo en la calle. Si llegamos a concluir que no tienen dueño, podemos hacer usarlas, surgiendo un derecho de propiedad sobre ellas. Las cosas también se nos pueden regalar. Alguien más, a cambio de nada, puede entregarnos algo como una donación, con o sin condición alguna, para que, desde ese momento, seamos los que decidan acerca de qué hace y qué se deja de hacer con lo que ahora es nuestro.

También podemos renunciar a algo de lo que seamos dueños a cambio de algo más. Dejaremos de ser dueños de aquello para convertirnos en dueños de esto. Además de todo esto, nos convertimos en dueños de los medios creándolos. Siendo dueños de ciertos medios –pudiendo ser por medio de cualquier de las formas mencionadas- podemos “mezclar” nuestro trabajo con ellos. El resultado será nuestro. Por ejemplo, habiéndonos sido regalado un pedazo de tierra, con nuestro despliegue de capacidad física podemos construir una casa sobre esa aquella y la casa será nuestra.

Producción y propiedad

Las cosas que son el resultado de nuestro esfuerzo serán nuestras, en la medida en que veamos reflejado nuestro trabajo en ellas. Se convierten en una extensión de nuestro cuerpo y, al igual que con nuestro cuerpo, estaremos justificados en decidir sobre ellas, así como tendremos el derecho de evitar por la fuerza que alguien más quiera utilizar esas cosas sin nuestro consentimiento. Esa es la esencia del derecho de propiedad sobre nuestro cuerpo y sobre las cosas en las que lo vemos reflejado: podemos decidir exclusivamente sobre sus usos, y podemos defendernos por medio de la fuerza ante cualquier amenaza en contra de ellas.

Naturalmente, y en particular respecto de esto último, emprenderemos cursos de acción que produzcan resultados de darse varias condiciones. Una de ellas es que contemos, con una probabilidad relativamente alta, con que aquello que produzcamos y de lo cual terminemos siendo dueños no se nos vaya a arrebatar. Si una persona ahorra lo suficiente como para comprar un taxi, para poder ponerlo al servicio de sus clientes en el futuro, tiene que tener cierto grado de certeza de que el producto de su ahorro, el taxi, y sus ganancias serán suyas.

En caso de que no sea así, en caso de que tenga un alto grado de certeza de que el producto de su ahorro, el taxi y sus ganancias no serán suyas –como en el caso de que se le cobre un impuesto sobre ellas del 70%, lógicamente sus incentivos de ahorrar, comprar el taxi y perseguir ganancias empresariales disminuirán drásticamente. No habría interés alguno –y con razón- de ahorrar, comprar cosas y producir en favor de nadie, en caso de que el resultado de cualquier de estas acciones esté asociado a un alto grado de probabilidad de expropiación futura.

Los derechos fundamentales actuales

Esta situación continúa siendo así de cierta forma y hasta cierto punto. Sin embargo, también es cierto que vivimos en otra situación totalmente distinta; una que jamás habría sido imaginada en el pasado. Vivimos dentro de la peligrosa situación en la que somos dueños de aquello que deseamos o necesitamos. La profecía de Beastie Boys está sobre nosotros.

Imaginemos un mundo donde, para poder tener cosas y satisfacer con ellas nuestras necesidades más o menos urgentes, no tengamos que hacer gran cosa. En este mundo, no tenemos que paciente y esforzadamente trabajar por nuestros bienes; no tenemos que preocuparnos por identificar qué necesitarán las personas en el futuro, ni cómo podríamos nosotros participar de la satisfacción de esas necesidades. Tampoco es necesario ponernos en los zapatos de los demás, para así tratar de anticipar qué necesidades tienen, ni como contribuir a satisfacerlas –no hay ningún valor en ser empático y trabajar para los demás; en tratar de superar la pobreza produciendo para los demás a cambio de dinero. En este mundo no hay necesidad de aumentar en el presente, ni en el futuro, la cantidad de recursos para así satisfacer la mayor cantidad de necesidades posibles.

Derechos de primera y segunda generación

Este mundo viene a nosotros no como el resultado de un mágico hechizo, ni como resultado de un salto cuasi cuántico en avances tecnológico, sino por decreto jurídico. A partir de la decisión de un grupo de hombres, bien intencionados todos, se tiene derecho a todo aquello que sea objeto del deseo. El único determinante para ser dueño es necesitar aquello sobre lo cual se reclama propiedad. Así, la propiedad de los hombres se extiende hasta los límites de sus necesidades. Se trata de una pesadilla Hobbesiana, por decir lo menos.

Los derechos humanos clasifican como de primera y de segunda generación. Dentro de los de primera generación está, por ejemplo, la propiedad. Los de segunda generación -los que se conocen también como derechos económicos, sociales y culturales- son la forma por medio de la cual se intenta vivir en este mundo. En Colombia esto ha sido así, especialmente desde que se encuentra vigente la constitución de 1991. A partir de lo dicho en este texto, Colombia es un estado social de derecho. Ello implica que es principalmente el estado, y en muchísima menos medida las personas decidiendo sobre sus propias vidas, el que decide qué se produce, en qué momento, en qué cantidad, para quiénes se produce y en qué momento respecto de ciertos medios que nos ayudarían a remover inconformidades –o, como lo dijimos anteriormente, para superar la pobreza, ese estado natural contra el cual peleamos constantemente para superarlo.

Necesidades

A través del principal monopolio estatal, el derecho, se determina que, para tener salud, educación, seguridad social, alimentación, vivienda adecuada, a participar en la vida cultural –sea lo que sea esto- y al agua, entre otras cosas, no hay que necesariamente trabajar, ahorrar y pagar con el resultado del trabajo por estos servicios, que alguien más produciría anticipando las necesidades sobre ellos de otras personas. Con el chasquido de dedos propio de un decreto, lo único que hay que hacer para acceder a estos servicios es necesitarlos. En el caso de necesitar tabaco, tenemos que contar con dinero, para así renunciar a parte de él a cambio de la cantidad de tabaco que queramos consumir.

No podemos ir ante el tabacalero y comenzar a explicarle que sentimos cierta necesidad por tabaco y que, por ende, es ahora nuestro tabaco. Sin embargo, sí podemos expresar de una u otra forma nuestra necesidad de tomar agua, de educarnos o de sanarnos para, así de fácil, entenderse que por esta razón tenemos derecho a los medios necesarios para satisfacer tales necesidades. Contamos con la facultad, con el privilegio, que se nos niega con razón ante el tabacalero, de exigir por la fuerza que se nos entreguen cosas. Esta es, de nuevo, la implicación de que tengamos derecho a algo: que lo podamos exigir por la fuerza.

Derecho “a” frente a derecho “de”

Ante esto, no está de más notar la forma en la que se enuncian estos derechos. Contrario a la forma clásica en la que se hace, enunciando que tenemos “derecho de propiedad” –y ningún otro, se dice ahora que tenemos “derecho a la salud”, “derecho a la educación”, “derecho al trabajo”, “derecho al agua”, etc. Los servicios que son objeto de estos derechos no son producidos entonces por las personas en favor de otras a cambio de dinero, sino que es el estado, negando esta capacidad a aquellas personas, el que toma en sus manos tal producción.

Bien puede determinar las condiciones de tiempo, calidad, cantidad y lugar de tal producción, o bien puede tomar en sus manos la producción de tales servicios. Bien puede determinar arbitrariamente bajo qué condiciones las personas privadas puedan producir el servicio de educación, otorgando o negando licencias de funcionamiento, o bien puede monopolizar –socializar la propiedad de- los medios necesarios para producir esos servicios.

Necesidad y derecho

En ambos casos, el estado debe arrebatar la propiedad sobre los medios de una parte de la población para entregarla a la otra parte en términos de educación, salud, seguridad social, etc. En últimos términos, las personas no terminan teniendo un derecho de propiedad sobre sus medios, sino que aquellos que experimentan ciertas necesidades o deseos terminan por tener derechos a la propiedad de aquellas personas.

A la hora de la verdad, el empresario no termina siendo dueño de sus ganancias por haber hecho la vida de otras personas mejor, sino que las personas que alegan experimentar necesidades de salud o educación tienen derecho a esas ganancias para poder tener salud o educación. La forma en la que se enuncian esos derechos fundamentales no es gratuita. En cuestión de forma, son derechos a la propiedad de las demás personas. Se trata, entonces, de una verdadera lucha de clases, donde una de las clases se compone de las personas que pagan impuestos y la otra de aquellas que reciben esos impuestos. Es la dominación de una parte de la población sobre la otra.

Las consecuencias del derecho fundamental a parrandear

Existe grandes problemas con este estado de cosas. Por un lado, las necesidades de las personas son subjetivas. Hay tantas necesidades como personas, y en cada persona hay necesidades infinitas. Todo puede ser objeto de necesidad. Por otro lado, los medios para satisfacer esas necesidades son esencialmente escasos. Mientras las necesidades son infinitas, son escasos los medios para satisfacerlas. Llevando las cosas a sus últimas conclusiones lógicas: mientras la necesidad de los hombres por el cariño de las mujeres puede llegar a ser infinito, las mujeres y su disposición de cariño son escasos.

Esto es una receta perfecta para perpetuo conflicto entre las personas. Caprichosamente, insistir en que algo es un derecho, no hace inmediatamente que ello sea superabundante. Los medios siguen siendo, muy a pesar de las intenciones de mucha gente, escasos, queriendo decir que no se pueden satisfacer todas las necesidades de todas las personas con ellos. Hay que decidir qué necesidades son más urgentes que otras y cuándo se satisfacen unas y otras, evitando en la medida de lo humanamente posible el desperdicio de esos medios. Esta es, se puede afirmar, la principal función social del mercado como un proceso de constante coordinación de necesidades.

Precio y cantidfad demandada

Esos servicios sobre los cuales las personas tienen derecho se espera que se produzcan sin ningún pago directo por parte de las personas que los exigen. Cuando el precio de esos recursos es cero, la demanda por ellos tiende a ser infinita. Pero el problema persiste: no hay tanto para tanta gente al mismo tiempo. Siendo derechos, y una vez comienzan a escasear aún más los medios necesarios para producir educación, salud, etc., las personas que cuentan con esos derechos, por medio de la fuerza del estado, terminan esclavizando al resto de la población capaz de producirlos. Y la harán hasta que los revienten y no puedan hacerlo más.

Por otro lado, siendo el ser humano lo que es, se identifica rápidamente que es un sacrificio innecesario trabajar arduamente por conseguir riquezas, medios para eliminar insatisfacciones. ¿Por qué trabajar y trabajar, romperse la cabeza a diario para identificar qué necesitan los consumidores y ponerse en la tarea de producirlo a cambio de una ganancia empresarial, si, por el contario, es mucho más expedito formar parte de aquel grupo de personas que expresen vociferantemente que sienten necesidades y que esas necesidades son derechos y así conseguir aquellos servicios?

No hay límite a las “necesidades”

El valor de ser empático en la sociedad se reduce a nada. Lógicamente, podemos esperar –cómo efectivamente ha sucedido- que el grupo de personas viviendo de los subsidios estatales sea cada vez más grande; y que aquella parte de la población que produce para acumular riqueza, de la cual se extraen los impuestos para pagar por los derechos de la otra parte, cada vez es más pequeña. Se vuelve más atractivo exigir por la fuerza medios, que trabajar e intercambiar pacíficamente para conseguirlos.

Adicionalmente, siendo las necesidades subjetivas y, por ende, infinitas, que otras cosas deseables, además de educación, seguridad social y salud, se conviertan en derechos, es solo cuestión de tiempo. Estaremos sin duda ante un derecho fundamental a la ropa, a no ser ofendidos, a que el estado pague por toda mi vida, desde el nacimiento hasta –sin duda, una temprana- muerte. En últimas, tendríamos derecho, según el estado actual de cosas, a vivir el hoy, con el prospecto de poder vivir satisfaciendo necesidades –porque a eso tenemos derecho- sin el esfuerzo necesario para poder lograrlo. Tendríamos un derecho universal a vivir una vida de inmediatez, extrañándonos en llanto que no se cumplan nuestros deseos –perdón, nuestros derechos. Del derecho a la parranda, entonces, solo nos separaría el tiempo.

Progresar o engancharse a las ayudas

En este mundo en el que vivimos ya, se comienza a entender por parte de un gran número de personas que demorarse en el tiempo para conseguir riqueza, dejar de ser pobre y mejorar la calidad material de la vida es una posibilidad dentro de una alternativa. Sin embargo, resulta muy tentador, siendo el ser humano lo que es, considerar la otra posibilidad: la de vivir de manera inmediata, sin pensar mucho en el futuro; sin pensar en que llegar a tener medios para satisfacer necesidades, toma tiempo, y esfuerzo, e inteligencia. Ahorrar en el presente para poder consumir más y mejor en el futuro parece perder utilidad, puesto que se puede acortar el tiempo entre la experimentación y la satisfacción de necesidades.

Tan solo es cuestión de integrar aquel grupo de personas que tiene derecho a cosas por necesitarlas. Como adolescentes inquietos y temerarios, parece que se nos presenta la posibilidad de parrandear duro en el presente, ya que no tenemos que pensar en el mañana, porque ¿para qué, si al parecer está garantizado por decreto constitucional? En el estado actual de cosas, debido a la noción que tenemos de aquello que constituye un derecho, se vive en una constante parranda, bebiendo fuertemente, sin importar el grado de destrucción en el que se incurra, descontando fuertemente el mañana. La parranda se ha convertido en un derecho, cuya factura ya habrá quien la pague. La profecía de los Beastie Boys se ha cumplido.

Cambio de creencia o parranda absoluta

Es ingenuo que este estado de cosas cambie con una simple reforma de cualquier institución jurídica que haya que reformar. En estado democrático, la legislación va a reflejar las preferencias de los votantes hacia el camino de ser dueños de lo que deseen; de poder vivir eternamente de parranda. Las elecciones de los legisladores solo serán ganadas en la medida en que estos prometan en campaña más fiesta y que alguien más pague la cuenta. La verdad, y sin mucha explicación, diremos que el camino para que esto cambie es un cambio profundo de creencia. Se trataría de intercambiar la creencia de que el estado es capaz de generar bienestar, por aquella –fundamentada en sólida racionalidad económica- de que es, al contrario.

El estado y sus beneficiarios solo pueden vivir del irrespeto constante de la propiedad de otros; y que este proceso no tiene cómo disminuir, sino aumentar hasta el punto que nadie vuelva a producir de nuevo. Es así como se caen los imperios: cuando no hay nada más que expropiar. La creencia a adoptar es la de la superioridad moral de la libertad individual y el correlativo respeto por la propiedad privada, dentro del proceso de coordinación que es el mercado, la única forma de vivir. Claro está, que esto solo aplica si queremos vivir cada vez mejor, con más dinero en los bolsillos para cada vez comprar más carros y cepillos de dientes eléctricos. De no ser así, a otra cosa… ¡Y a parrandear!

Dolarización venenosa

Antes de hablar de dolarización. Cuando sentimos el agua hasta el cuello y vemos que nuestros salarios pierden poder adquisitivo a cada momento, buscamos la manera de protegernos utilizando otra moneda más fiable. Compramos dólares y los guardamos debajo del colchón sólo para que nuestros ahorros no se sigan esfumando.

Nuestros pesos, devaluados día a día, parecen víctimas de un embrujo que no llegamos a comprender, pero que sí sentimos. Si ayer comprábamos un kilo de azúcar, hoy con esa misma cantidad de dinero solo compramos 900 gramos. Los billetes nos queman las manos y corremos a la tienda a comprar lo que se pueda antes de que pierdan más valor. Si los guardamos en el banco veremos que allí se encogen segundo a segundo.

¿Somos víctimas de algún Dios perverso que nos castiga sin piedad? Por supuesto que no. Más aún, debemos saber que la medicina está en nuestras manos. Podemos evitar las catástrofes monetarias. Pero tenemos que comprender el diablo que enfrentamos.

Del intercambio al oro

Lo primordial es tener una idea clara de qué es el dinero. Algunos milenios atrás el dinero era totalmente desconocido. Surgió a consecuencia del descubrimiento de la propiedad privada, hace apenas unos tres o cuatro milenios atrás. Fue cuando alguna tribu salvaje abandonó el método violento y salvaje para adquirir lo que producía la tribu vecina, y no fue toda la tribu, sino alguno de sus miembros.

Guardaron la espada y ofrecieron algo a cambio de algo. En efecto, se descubrió el trueque. Pasados los siglos, se extendió el intercambio y se adoptó el oro como mercancía ideal para facilitarlo. Se observó que con un gramo de oro se compraba más que en años anteriores, se daba el fenómeno que ahora conocemos como deflación. Esto se debía a que cada día entraban más oferentes y nuevas tecnologías impactaban en incremento de la productividad. La cantidad de oro apenas crecía con tasas menores a la oferta de bienes. Esto provocó una fiebre por buscar ese metal milagroso. A pesar de mucho esfuerzo, este metal precioso crece un tres por ciento al año, cualidad que lo hace muy apreciable.

Patrón oro

Andar cargando pepitas de oro, polvo o monedas se volvió algo incómodo. Así que mejor lo guardaron en bóvedas con alguien de confianza, quien les extendía un certificado que el poseedor podía rescatar la cantidad de oro que amparaba. El certificado dio surgimiento a los billetes. El comercio floreció sin ningún problema, pues realmente se pactaba con oro. Así nace el patrón oro, que significa que cualquier banco puede imprimir sus propios billetes bajo la regla: Solo se puede imprimir un billete de un dólar si está respaldado con un gramo de oro. Cualquier banco podía imprimir sus propios billetes y circulaban por todo el mundo con la confianza de que podían rescatar el metal.

Billetes sin respaldo

Pero nunca faltan las personas sin escrúpulos y alguno se da cuenta de que nadie pide el oro, sigue guardado en la bodega por años. Se le ocurre imprimir certificados o billetes que supuestamente están respaldados por oro. Adquiere propiedades, ranchos, muebles, etc. Una maravilla de hacerse millonario con la imprenta. Y sigue imprimiendo billetes, hasta que se descubre que son billetes o certificados impresos sin que se haya depositado el oro correspondiente, es decir, no tienen respaldo en oro.

Los poseedores corren a ese banco para pedir su metal y los primeros logran recuperar, pero pronto la bóveda queda vacía y los demás se quedaron con sus billetes sin valor. Se llenan de coraje, ahorcan al dueño, queman el banco y los negocios sufren ingratas consecuencias. No logran vender las mercancías, no pagan a proveedores y las fábricas despiden a los trabajadores, etc. Una verdadera crisis que no hubiera ocurrido si todos los banqueros hubieran respetado la regla.

El crimen monetario, centralizado

El rey, monarca, presidente o dictador se entera del problema, aprovecha la ocasión y le da una solución: “No se preocupen, de hoy en adelante solo mi gobierno tendrá el derecho de imprimir dólares. Aquel que por su cuenta imprima billetes, se considerará delito grave y perderá la cabeza. Además, en mi bodega el oro estará más seguro, pues cuento con vigilancia y nadie intentará robar. Tengan confianza, pues. Yo, el rey, soy el más honesto, correcto y confiable”. E inocentemente le creyeron.

 Sin embargo, el rey también cayó en la tentación y repitió el mismo delito que prometía combatir: fabricó dinero sin respaldo de oro. Se repitieron las crisis económicas, se calmaban las aguas en cuanto se dejaba de imprimir. El precio de la onza de oro pasaba de 50 a 100, digamos, la economía volvía a funcionar bien, pero los sucesores del rey volvían a repetir el delito de imprimir más billetes de lo debido y así provocaban otra crisis.

Inflación

La lección de esta historia es que la impresión de billetes provoca daños a la economía, la gente pierde poder adquisitivo, los ahorros se esfuman, el sector productivo se altera y los defraudadores, es decir, los dueños de la imprenta se benefician extraordinariamente, sin merecerlo, es un fraude. Nada de eso pasaría si se respetara la regla del patrón oro, es decir, imprimir dinero solo respaldado por el metal.

En realidad, el patrón oro solo sirve como ancla para que no se mueva el barco, es decir, para que no se imprima de más. Claro que si alguien descubriera una montaña de oro y prende la imprenta para fabricar toneladas de dólares, produciría la misma crisis que un falsificador cualquiera. Quiere decir que realmente la fortaleza de una moneda no radica en la cantidad de oro, sino en que la masa monetaria no se incremente. Si, digamos, ya hay circulando diez millones de pesos, dólares o quetzales, la economía no sufrirá daño por la vía monetaria mientras esa masa de dinero se conserve congelada.

La propuesta de Javier Milei

Si logra subir a la presidencia de Argentina, Javier Milei se propone desaparecer el Banco Central, quien tiene el monopolio de emisión monetaria y proceder a una dolarización de la economía argentina.

No es necesario dinamitar el Banco Central, ni quemarlo, sino destruir las planchas de impresión. Bueno, ni siquiera se necesita destruir esas planchas, pues se pueden usar únicamente para reemplazar los billetes deteriorados, o bien para compactar. Es decir, mil billetes de un peso se destruyen y se imprime un billete de mil pesos. O la operación opuesta, se destruye un billete de a mil y se imprime mil billetes de un peso. De esta manera, aunque haya más billetes en circulación, no se altera la masa monetaria. Esta propuesta de Milei ya es un gran paso para empezar a recomponer la economía argentina.

Dar curso legal al dólar

El segundo punto, independiente del primero, es dar curso legal al dólar, para que se use de manera indistinta, como si fuera moneda nacional. Argentina tendría dos monedas o más, sin que el gobierno las pueda imprimir. Muy importante es que el gobierno no decrete tasas de cambio, eso se le deja a la gente, al mercado de divisas, a los cambistas de la calle. En Guatemala circula el dólar y el quetzal y así han evitado inflación y devaluación de la moneda. Hace como veinte años era 7.8 quetzales por un dólar y hoy sigue casi igual. Una política sobresaliente de Guatemala es que el Banco Central tiene prohibido prestarle dinero al gobierno.

Congelar la masa monetaria, darle curso legal al dólar y prohibir que el gobierno adquiera deuda nacional o foránea genera un ambiente monetario mucho mejor de lo que hay ahora y no se necesita gastar ni un peso argentino para establecerlo. Únicamente los negocios privados deben tener el derecho de adquirir deuda nacional o foránea, pues responden con su propio patrimonio. Milei propone que su gobierno solo gaste lo que la sociedad pague de impuestos, se llama equilibrio fiscal. Es una propuesta valiente y correcta que ningún gobierno populista adoptaría.

Dolarización venenosa

Podría darse el caso en que el gobierno norteamericano manifestara su simpatía para dolarizar completamente Argentina, es decir, que desapareciera el peso argentino. A la tasa actual, digamos que la masa monetaria de Argentina equivale a 40 mil millones de dólares. Podría decir el gobierno norteamericano que le presta a Argentina esos 40 mil millones de dólares, a tasa baja, incluso tasa cero, en billetes de diferente denominación para que en tres días el gobierno argentino cambie a todos los poseedores de billetes nacionales por dólar. Y se podría lograr, pero sería un error fatal, sería una dolarización venenosa.

Los ciudadanos ya tendrían solo dólares en el bolsillo, pero el gobierno se quedó en blanco, ni pesos argentinos, ni dólares: los pesos argentinos fueron a la chimenea y los dólares a la población. Pero ahora el gobierno tendría una deuda de 40 mil millones de dólares. ¿Cómo los va a pagar? Si todo lo que recaba de impuestos, en dólares, va para pagar la deuda, no tendrá ni un centavo para los gastos de gobierno. Se habría metido en un lío monetario innecesario, torpe y estúpido.

Dolarización amigable

Hay otra alternativa perfectamente viable con costos casi nulos. El gobierno norteamericano imprimiría 40 mil millones de dólares para enviarlos a la Argentina, el gobierno argentino solo paga por el papel, la tinta y el transporte, pues no se trata de un crédito, no es un préstamo, es una sustitución de papel. Así no se endeuda el gobierno de Milei, Argentina queda dolarizada, los Estados Unidos de América no se ven afectados y ambos países quedan con mejores relaciones de amistad y colaboración. Pero si no se contara con la colaboración de USA, no conviene que el gobierno adquiera dólares en deuda, ni un millón, ni diez ni un dólar americano. De hecho, el proceso de dolarización no le debe costar al pueblo argentino ni al gobierno.

En el peor de los casos, se deja correr libremente el dólar en un ambiente de masa monetaria congelada (de pesos argentinos). Se decreta que no va a haber sustitución de dinero deteriorado y en pocos años se vería la casi exclusiva circulación del dólar. En este caso, los pocos pesos argentinos en circulación se revaluarían naturalmente. El costo de esta dolarización lo pagaría el poseedor del último billete deteriorado que nadie quiere recibir.

Privatización

Ahora consideremos el escenario donde hay libre circulación del dólar, pero debido a los múltiples programas sociales, los sindicatos, docentes, hospitales, y empresas estatales exigen presupuesto. Todo ello causado por los gobiernos populistas y demagogos que, para conservarse en el poder, repartían dinero a diestra y siniestra.

En tal caso, el gobierno de Milei tiene que hacer una pronta privatización de empresas, organizar subastas donde participen nacionales y extranjeros para lograr el mejor precio. Todas las escuelas y universidades venderlas a sus profesores para que sean accionistas. Pagarían con las indemnizaciones que por ley les corresponda y si no les alcanza, saldarían su deuda a plazos de 5, 10 o 20 años.

El caso es que el gobierno se sacuda de esa presión por seguir subsidiando escuelas, hospitales y miles de instituciones que estiraban la mano para recibir subsidios, lo que obligaba a imprimir más dinero. Esto incluye a los subsidios a los ancianos, madres solteras, estudiantes, etc. La idea final es que nadie reciba subsidios. Los niños empezarán a ahorrar para garantizarse una vejez digna. Las madres solteras tendrán empleos o sus propias empresas para solventar sus gastos; los estudiantes tendrán créditos abiertos para no dañar a terceros para poder estudiar.

Reforma monetaria en USA

Por otro lado, se puede sugerir a los Estados Unidos de América que hagan una reforma monetaria a fin de que el dólar sea una moneda de gran confianza. Ello requiere: 1. Que la FED tenga prohibido financiar al gobierno de USA. 2. Que la FED (Fondo de la Reserva Federal) solo imprima para reposición de billetes deteriorados o para dolarizar a algún país que lo solicite, como lo hemos dicho antes. Ojalá escuchen la FED y el gobierno norteamericano.

Sabemos que el dólar no es la moneda perfecta, ha estado sujeta a caprichos del gobernante en turno, pero igual o diez veces peor ocurre con casi todas las monedas latinoamericanas. Por eso volteamos a ver al dólar como tablita de salvación. Pero ahora estamos ante la oportunidad de que el peso argentino se recupere, se vuelva más confiable y fuerte que el resto de las monedas, incluyendo el dólar.

Ver también

Reflexiones ante la carta de 200 economistas que se oponen a la dolarización. (Adrián Ravier).

Dolarizar Argentina es posible y deseable. (Adrián Ravier).

Dolarizar la Argentina es posible e imprescindible. (Adrián Ravier).

Dolarización en Argentina. (Santos Mercado).

Una propuesta para dolarizar la Argentina sin devaluación ni aumentar la deuda. (Adrián Ravier).

Respuesta a tres grupos críticos de la dolarización argentina. (Adrián Ravier).

La dolarización como herramienta de cambio: lecciones del milagro ecuatoriano. (Adrián Ravier).

A vueltas con el positivismo jurídico (V): similitudes con algunas posturas liberales

En la última entrega (Los antecedentes en Comte y Kelsen), dejamos abierta, para comentarla más adelante, la “exigencia” de “previsibilidad” en el positivismo jurídico. Y en la anterior (Sus antecedentes filosóficos en Kant), nos habíamos comprometido a analizar la relación entre la concepción del hombre y de la libertad en el positivismo, en el iusnaturalismo y en el liberalismo; la defensa de la libertad. Vamos a tratar de hacerlo -o a, al menos, comenzar- en la presente entrega.

Afirma Hans Kelsen en su Teoría general del Derecho y del Estado, que:

 La justicia es un ideal irracional. Por indispensable que sea desde el punto de vista de las voliciones y de los actos humanos, no es accesible al conocimiento (…) Este cambio de significación del concepto de justicia corre paralelamente a la tendencia a sustraer el problema de la justicia del inseguro reino de los juicios subjetivos de valor, para establecerlo sobre la firme base de un orden social dado. “Justicia” en este sentido significa legalidad; “justo” es que una regla general sea efectivamente aplicada en aquellos casos en que, de acuerdo con su contenido, debe aplicarse. “Injusto” sería que la regla fuese aplicada en un caso y dejase de aplicarse en otro similar.

El Derecho como técnica social

Vemos, por tanto, que, como ya hemos adelantado en entregas anteriores, ha desaparecido por completo la dimensión ética del derecho. “El derecho (…) es independiente de la moral y de otros sistemas normativos semejantes”, que diría Kelsen. Ha quedado reducido a una mera técnica social (al reconocer al “derecho como la técnica social específica de un orden coactivo”, afirma Kelsen). En él, la validez queda determinada por la eficacia.

Una norma es considerada como válida sólo bajo la condición de que pertenezca a un sistema normativo, a un orden que, considerado en su totalidad, es eficaz. Así pues, la eficacia es condición de la validez, pero no la razón de la misma. Una norma no es válida porque es eficaz; es válida si el orden al cual pertenece tiene, en general, eficacia

Hans Kelsen. Teoría pura del Derecho

La seguridad jurídica es el objetivo al que se tiende: “Injusto sería que la regla fuese aplicada en un caso y dejase de aplicarse en otro similar”.

Un acto de voluntad, no un acto de pensamiento

Pero, precisamente por todo ello, el ordenamiento jurídico al que nos estamos refiriendo es, para los positivistas, una cadena de creación del derecho en el que la norma fundamental es el punto de partida de un procedimiento en el que las normas concretas del sistema jurídico no son deducibles mediante la lógica partiendo de dicha norma fundamental, esto es, de unos determinados principios. “Su creación necesita un específico acto impositivo, un acto de voluntad, no un acto del pensamiento” (que dirá Kelsen en su Teoría pura del Derecho).

¿Qué ocurre entonces con aquellas pretensiones no previstas en la norma jurídica? Para Kelsen está claro, tal y como expone en su Teoría pura del Derecho:

El ordenamiento jurídico no contiene sólo la norma según la cual es obligatorio realizar determinada conducta, al establecer la negación de esa conducta como condición de una específica consecuencia jurídica. También contiene la norma que proclama que los individuos son libres de hacer o de no hacer todo aquello a lo que no están jurídicamente obligados. Es esta norma negativa la que es aplicable siempre que se decide desestimar una pretensión dirigida a que se realice una conducta que no constituye un deber.

Hans Kelsen. Teoría pura del Derecho

El papel del juez

Los tribunales, por tanto, no deben, como en otras corrientes, “descubrir” normas ya existentes de antemano. Las normas jurídicas no se producen -según afirman- por la vía cognoscitiva. Los tribunales se limitan a aplicar, y para ello utilizarán procedimientos lógicos. Aun así, los propios positivistas son conscientes de las dificultades que supone su planteamiento. Y, a pesar de la presunta seguridad jurídica que veíamos como objetivo irrenunciable, la realidad acaba imponiéndose. En palabras sacada de su Teoría pura del Derecho, Kelsen afirma:

Entiendo por interpretación la fijación del sentido de la norma aplicable, el resultado de esa actividad es simplemente la determinación del marco que representa la mencionada norma y, por consiguiente, el conocimiento de las diversas posibilidades que se dan dentro de dicho marco. En consecuencia, la interpretación de una ley no tiene por qué conducir necesariamente a que se considere como correcta una única decisión, sino que posiblemente conducirá a varias, todas ellas con el mismo valor en la medida en que se ajusten a la norma aplicable, pero, sin embargo, tan solo una de ellas se convertirá en derecho positivo por medio del acto que dicte la sentencia judicial.

Hans Kelsen. Teoría pura del Derecho

No se puede conocer la justicia

Y es que, como vemos, no existe una idea de justicia objetiva a la que haya que tender. O si existe es inalcanzable -piensan- para la razón humana. Renunciamos a su búsqueda y nos centramos en la realidad de los hechos constatables en el derecho positivo emanado del legislador y de los tribunales. Diga lo que diga y siempre y cuando sea coherente con la norma originaria fundamental.

Y es que, como afirma Kelsen, para los positivistas, “si se pudiera conocer el orden absolutamente justo cuya existencia es afirmada por la doctrina del derecho natural, el derecho positivo resultaría superfluo, es más, no tendría ningún sentido”. El problema es que, para ellos, “la justicia es un ideal inaccesible al conocimiento humano”, como lo es la naturaleza humana.

Pero, además, como se ve, el acto que dicta la sentencia judicial es el último peldaño en la estructura jerárquica del derecho positivo. Para el iusnaturalismo, sin embargo, la jerarquía importante no se da en la artificial construcción de derecho positivo, en la jerarquía normativa, sino en los derechos.

Clasificaciones de derechos

Hay dos clasificaciones de derechos que debemos destacar:

  1. La distinción entre los derechos originarios, o que proceden de la naturaleza humana, propios de todo hombre en cualquier lugar, estado, momento histórico o situación. Esto se opone a las posturas positivistas, relativistas por principio. Y los derechos subsiguientes, que son los que dimanan de esa naturaleza humana en relación con las diversas situaciones, creadas por los hombres, y a las que este se enfrenta en su cotidiano vivir.
  2. La distinción entre los derechos naturales primarios y los derechos derivados. Los primeros son aquellos que representan los bienes fundamentales de la naturaleza humana y corresponden a sus tendencias básicas. Y los derivados son aquellos en los que se concretan -o que derivan de- los derechos primarios.

Derechos e historicidad

En ambos casos, la historicidad (las diferencias de tiempo histórico y de lugar) juega su papel, pero sólo en relación sobre todo a los derechos subsistentes y derivados. Según sea la situación histórica concreta creada por el hombre, así se concretarán y variará su extensión. Pero, en cualquier caso, en contra de lo que ocurre con el positivismo, dichos derechos -subsistentes y derivados- se deducen en cualquier caso de los originarios y primarios, los concrete o no el legislador en una norma. Y deben ser aplicables, en cualquier caso.

A partir de las ideas tratadas de eficacia positivista y de naturaleza humana (estrechamente relacionada con la libertad), dejamos la puerta abierta para comparar las posturas que estamos estudiando con diversas corrientes liberales (desde el liberalismo del “laissez faire” de Mises, hasta el iusnaturalismo agnóstico rothbardiano). Aunque ello deberá hacerse en una próxima entrega, no queremos terminar sin apuntar, aunque sea telegráficamente, la concepción que, sobre la libertad, subyace en todo el edificio kelseniano.

La libertad de someterse al proceso político

Y es que, para este autor:

Originariamente, la idea de libertad tiene una significación puramente negativa. Significa la ausencia de toda sujeción, de toda autoridad capaz de imponer obligaciones. Pero la sociedad implica el orden, y el orden supone ciertas limitaciones (…). La libertad natural se convierte en libertad política (…) La libertad que resulta posible dentro de la sociedad y, especialmente, dentro del Estado, no puede ser libertad de todo vínculo, sino libertad en relación con una especie particular de vínculos (…) Esa armonía entre la voluntad “colectiva” y la individual solamente queda garantizada cuando el orden social es creado por los individuos sujetos al propio orden. El orden social significa la determinación de la voluntad del individuo. La libertad política, esto es, bajo un orden social, es autodeterminación del individuo por participación en la creación del orden social. La libertad implícita en lo que llamamos libertad política es, en el fondo, armonía.

Hans Kelsen
Serie ‘A vueltas con el positivismo jurídico

(I) Las inconsistencias del iuspositivismo

(II) La idea clásica de la justicia, y su relación con el Derecho

(III) Sus antecedentes filosóficos en Kant

(IV) Los antecedentes en Comte y Kelsen

Reflexiones ante la carta de 200 economistas que se oponen a la dolarización

Corría el año 2008 y asumía Obama como Presidente de los Estados Unidos. El contexto era crítico. Obama afirmaba que en ese marco todos los economistas coincidían que lo mejor que se podía hacer era aplicar el “buy american” (o “compre americano”). Esto implicaba aplicar políticas proteccionistas para proteger el trabajo de los locales, en lugar de continuar comprando trabajo extranjero. Obama quería suspender las compras a Europa y Asia, y con ello generar posibilidades de empleo local.

Una carta contra el proteccionismo

Un conjunto de profesores e investigadores de economía en universidades públicas y privadas presentó una carta. Decía: “Con todo respeto Sr. Presidente, eso no es cierto”. La carta hacía referencia a la manera en que estas políticas habían condenado a Estados Unidos en la crisis de 1930. Entonces, la falta de compras de este país a Europa dejó a aquel continente sin divisas para comprar productos americanos. Y con ello se interrumpieron las ventajas de la división internacional del trabajo. Derivó en la profundización de una crisis de la cual se tardó al menos una década en salir.

Afortunadamente, el nuevo Presidente de los Estados Unidos detuvo ese llamado proteccionista. La recuperación de la crisis fue más acelerado que en los años 1930. Siempre pensé que ese instrumento académico fue muy útil para detener lo que pudo ser un gran error de política económica.

No recuerdo haber visto la utilización de este instrumento académico en la historia argentina reciente. Especialmente frente a las alquimias monetarias y la “mala praxis” de política económica que nos condujeron a este presente. Celebro el despertar de mis colegas para hacer una declaración unificada. Pero debemos reconocer que surge en un contexto bastante politizado por un debate técnico que puede definir la política económica de los próximos años. Esta nota pretende arrojar una serie de reflexiones que permitan mantener abierto un debate necesario.

Economistas a favor de la dolarización

1- Espero que la declaración de esta carta, al afirmar que la dolarización sería “una iniciativa desacertada” no sea tomada como un consenso en la profesión. Es una declaración conjunta de un grupo de economistas que se oponen a la propuesta. Hay demasiados economistas de alto nivel que han afirmado que la dolarización es una buena idea para Argentina, a saber:

  • economistas ya fallecidos como Milton Friedman y Rudiger Dornbusch;
  • economistas americanos como Robert Barro, Tyler Cowen, Lawrence H. White, Steve Hanke, Kurt Schuller;
  • economistas argentinos que enseñan en Estados Unidos como Guillermo Calvo y Nicolás Cachanosky;
  • catedráticos españoles como Jesús Huerta de Soto, Juan Ramón Rallo, Daniel Lacalle y María Blanco;
  • economistas locales como Alberto Benegas Lynch (h), Martín Krause, Emilio Ocampo, Jorge Avila, Jorge Streb, Osvaldo Meloni, Manuel Calderón, Agustín Etchevarne, Aldo Abram, Eugenio Marí, Gustavo Lazzari, Martín Simonetta, Manuel Adorni, Pablo Guido, Juan Sebastián Landoni, Alejandro Gómez, Ramiro Castiñeira, Guillermo Laborde, Agustín Monteverde, Claudio Zuchovicki, Christian Buteller o Gustavo Neffa.
  • Podríamos agregar aquí decenas de colegas de Ecuador como Dora de Ampuero (la madre de la dolarización allí) o Pablo Arosemena (actual Ministro de Economía), y desde luego otros tantos en El Salvador y Panamá, pero pienso que las referencias son suficientes para hacer el primer punto.

El debate sobre dolarización está abierto. La tolerancia para argumentar en favor y en contra de esta propuesta es una condición necesaria para que el público no entendido en la materia pueda evaluar su apoyo o rechazo a la medida.

Los argentinos quieren dólares y los tienen

2- Resulta polémica la afirmación sobre “obstáculos prácticamente insalvables para su adopción”. Argentina ya se encuentra espontáneamente dolarizada, y avanza gradualmente pero sin pausa para completar el proceso. Si es cierto que hay más de 200.000 millones de dólares en poder de los argentinos. Los pasivos monetarios apenas representan 40.000 millones de dólares. El lector podrá comprender que el porcentaje ya dolarizado es bastante elevado, y esto sin sumar a todos aquellos que compran todo tipo de activos dolarizados como propiedades y activos financieros.

La situación de “quiebra” del banco central, sin reservas en dólares, activos devaluados y elevados pasivos monetarios, por supuesto que no es la ideal para avanzar en la dolarización. Pero esto no significa de ningún modo que no pueda dolarizarse. Tampoco que se requiera un tipo de cambio sumamente elevado para la conversión.

Dolarización y otras políticas

El plan Ocampo-Cachanosky, entre varias propuestas que se están considerando como posibles, plantea sustituir la deuda existente del gobierno con la autoridad monetaria por una nueva deuda. Dado que será cancelada en un plazo de 4 a 8 años, implicaría más bien un desendeudamiento. Nada del “absurdo” que los autores de la carta dicen reconocer.

3- En ninguna propuesta de dolarización se ha propuesto que la reforma monetaria es sustituta del ajuste fiscal. De hecho, debemos ser claros los economistas sobre la importancia de rodear el esquema de una reforma integral del estado, que paralelamente avance en un presupuesto base cero, un superávit fiscal, baja de impuestos, flexibilidad laboral y apertura económica, además de una lucha incansable para reducir la burocracia y la corrupción. Sólo con un plan integral podrá generarse la confianza necesaria para obtener cierto apoyo global en acompañar la propuesta.

Inflación y devaluación como política económica

4- Los economistas firmantes también afirman que la dolarización es “compleja y muy poco correlacionada con el ciclo económico macroeconómico estadounidense”. Y añaden que “eventos exógenos” como una pandemia, crisis financieras internacionales, conflictos bélicos e incluso una sequía le quitarían al país el “margen de maniobra monetaria y fiscal”. Ello que los ajustes inevitables produzcan profundas recesiones y aumentos de desempleo. Parecen desconocer los economistas firmantes la historia argentina. Cada uno de estos shocks han provocado recesiones y aumentos de desempleo, y la política monetaria nada pudo hacer por evitarlo. O para ser más claros, han empeorado la situación.

La evidencia empírica, por el contrario, ha mostrado que países como Ecuador, El Salvador y Panamá, han sufrido bastante menos estos shocks externos que Argentina en estas últimas décadas. Un aspecto que ha sido estudiado por Nicolás Cachanosky y expuesto públicamente en varias oportunidades.

Somos muchos los economistas que pensamos que la devaluación no permite “ganar competitividad”, sino que nos empobrece. Y que la manera de lograr “competitividad” es con estabilidad monetaria, con baja de impuestos y de burocracia, con flexibilidad laboral y apertura económica. No se logra ocultando nuestras falencias detrás de la baja del salario real de los trabajadores por medio de la devaluación.

Inflación y oferta monetaria

5- No está demás señalar que muchos de los economistas firmantes -por supuesto que no todos- ni siquiera aceptan que el fenómeno de la inflación tiene su naturaleza en el incremento de la oferta monetaria que se genera por encima de su demanda, algo que el resto del mundo ya aceptó hace mucho tiempo.

Cerrar el banco central terminará con estos excesos, lo que le permitirá a la Argentina contar con estabilidad monetaria, lo que implicará reducir las tasas de interés nominales y reales, y con ello recuperar el crédito, la inversión, la actividad económica, el empleo, y el crecimiento económico, siempre que sea -insisto- acompañada de las otras reformas mencionadas.

Esta sucesión de conceptos es lo que motiva que seamos muchos los economistas que defendemos la dolarización, especialmente en un país que ha perdido por completo la estabilidad monetaria y el crédito.

Una reforma reversible

6- Que la reforma monetaria propuesta sea difícilmente reversible -aspecto que la carta reconoce- es justamente su mayor valor, considerando la manera en que el poder político ha abusado sistemática y estructuralmente de la administración del dinero. Aun si algún plan de estabilización tuviera éxito, ¿qué impediría que un próximo gobierno populista vuelva a envolvernos en una dinámica inflacionaria, con devaluaciones y crisis cambiarias?

7- Para cerrar, los programas de estabilización o el mencionado bimonetarismo que se plantean como alternativas, nada afirman sobre el modo en que van a resolver el flagelo de la inflación, sobre el tiempo que se requerirá para obtener estabilidad monetaria, y mucho menos la manera en que van a enfrentar el problema de las leliqs y los otros pasivos monetarios.

El silencio de todos estos economistas sobre estos problemas reales, la falta de contra-propuestas reales a la dolarización, es lo que entiendo anima al público no entendido en economía a elegir la única opción que se presenta como viable y real.

Ver también

Dolarizar Argentina es posible y deseable. (Adrián Ravier).

Dolarizar la Argentina es posible e imprescindible. (Adrián Ravier).

Dolarización en Argentina. (Santos Mercado).

Una propuesta para dolarizar la Argentina sin devaluación ni aumentar la deuda. (Adrián Ravier).

Respuesta a tres grupos críticos de la dolarización argentina. (Adrián Ravier).

La dolarización como herramienta de cambio: lecciones del milagro ecuatoriano. (Adrián Ravier).

La política ateniense (I): la deliberación

Cuando hablamos de demokratía ateniense tendemos a pensar que funcionaba como nuestra democracia actual o de una manera muy similar. Pero lo cierto es que era un sistema mucho más complejo de lo que imaginamos. Con esta serie de artículos vamos a intentar explicar la estructura política básica de la Atenas clásica, teniendo en cuenta que Atenas no era toda la Hélade y había poléis con otros sistemas de gobierno, como por ejemplo Esparta. Comenzaremos por la deliberación.

El sistema de gobierno de toda polis griega está integrado por tres funciones: deliberación, justicia y archai. Es preciso evitar el error de imaginar estas partes como si se correspondieran con los poderes de un Estado democrático moderno. La Atenas a la que nos estamos refiriendo se manifiesta entre la mitad del S.VI a.C y principios del S.IV a.C.

La deliberación

La deliberación es la función que se realiza fundamentalmente en dos órganos: un consejo restringido y la asamblea de todos los ciudadanos. Esto es importante porque, que el gobierno de una polis sea más o menos oligárquico o democrático, depende de los siguientes factores:

  • Que la participación en el consejo esté más o menos limitada por razones de censo o de origen.
  • Que la asamblea tenga o no la capacidad de enmendar al consejo.
  • Que la ciudadanía no esté limitada a los propietarios.
  • Que los magistrados estén subordinados al poder asambleario, ejecuten las decisiones de éste y no sean los que convocan asambleas.

Deliberar es debatir y exponer argumentos, para lo que era necesario el dominio de la retórica y la oratoria. De la deliberación surgían las decisiones políticas y las normas legales. El logos debía expresarse de manera primordial a través de la oratoria. Resumir estos conceptos suele ser complicado, ya que, aunque para nosotros tengan un significado muy concreto, para los griegos tiene matices y detalles muy diferentes.

Participación sin discriminación

Para Mauricio Fioravanti la deliberación en la política ateniense presenta las siguientes características:

Primacía absoluta de la asamblea de todos los ciudadanos atenienses para la asunción de las decisiones de relevancia colectiva. Derecho a la palabra y de propuesta dentro de la asamblea atribuido a todo ciudadano sin discriminación alguna. Extracción por suerte de los cargos públicos y de las magistraturas, comprendidos en los tribunales, de nuevo sobre el presupuesto de una igualdad absoluta entre los ciudadanos, de tal manera que todos son considerados dignos de acceder incluso a los más altos cargos. Alternancia anual de los gobernantes, que compromete en la responsabilidad de gobierno a la parte más tenaz posible de la ciudadanía. Obligación de los mismos gobernantes de rendir cuentas públicamente.[1]

Mauricio Fioravanti, Constitución. De la Antigüedad a nuestros días. Madrid, Trotta, 2001, pp. 17-18.

Logos

A continuación, desarrollaremos brevemente los rasgos esenciales de la deliberación política ateniense, expuestos por Luis Roberto Mantilla Sahagún, en “La deliberación política en la democracia ateniense.”[2]

La primera característica es el logos (palabra, discurso, razón) El logos debe ser el instrumento principal mediante el que se tienen que expresar los argumentos en el debate. La exposición racional de los argumentos, tanto en el consejo como en la asamblea, era algo esencial de su sistema político. En este momento los buenos oradores adquirirán una gran fama, y aparecerá la figura del demagogo, entendida como la figura del político que guiaba al pueblo, aunque no tenía el sentido peyorativo que le damos hoy.

Escritura y ley

Otro de los principios fundamentales era la escritura, aunque estaba más relacionada con el sistema jurídico ateniense, la plasmación por escrito de las disposiciones legales de la polis hace que queden claramente fijadas las funciones, tareas y derechos de los ciudadanos de la polis.

Por último, tenemos el valor de la ley. La ley era la expresión máxima de la comunidad y de la polis. Ley, hombre y naturaleza eran indivisibles para la cosmovisión de un ciudadano de la polis griega. Para los ciudadanos el cumplimiento de la ley era algo sagrado y el peor castigo posible era la muerte cívica, materializada en muchas ocasiones en el ostracismo, instituido por Clístenes en las reformas del 510 a.C.

Terminamos con la explicación del concepto de deliberación, en el próximo artículo desarrollaremos cuáles son los órganos de gobierno de Atenas y cuál fue su evolución a lo largo del periodo democrático.


[1] Fioravanti, Mauricio, Constitución. De la Antigüedad a nuestros días, Madrid, Trotta, 2001, pp. 17-18.

[2] Mantilla Sahagún, Luis Roberto, Tópicos del derecho parlamentario, Ciudad de México, UNAM, 2007, 83-123.

Ver también

La indeseable democracia ateniense. (Daniel Leiva).

Desmontando algunos mitos de la democracia pura. (Manuel Llamas).

Homero y los orígenes de la democracia. (Emilio Díaz Rolando).

Un nuevo hallazgo de litio explica por qué nunca nos quedamos sin recursos

Por Peter Jacobsen. Este artículo ha sido publicado originalmente en FEE.

La semana pasada se descubrió un nuevo yacimiento de litio, lo que dio lugar a una avalancha de titulares que lo calificaban como uno de los mayores de la historia. El descubrimiento se produce en medio del temor a que el cambio hacia los vehículos eléctricos agote los recursos mundiales de litio, un componente importante de las baterías.

El temor a la disponibilidad de litio es sólo la última predicción catastrofista sobre el acceso de la humanidad a los recursos. A lo largo del siglo XX, los expertos predijeron que nos quedaríamos sin alimentos, tierra y petróleo, entre otras cosas. Consideremos, por ejemplo, la historia de las predicciones sobre el “pico del petróleo” en Estados Unidos.

Como muestra la cronología anterior, llevamos 84 años con nuestros últimos 13 años de petróleo.

¿Por qué las predicciones sobre la disponibilidad de recursos son tan pesimistas? Para saber por qué, tenemos que recurrir a uno de mis economistas favoritos: Julian Simon.

El fracaso de las previsiones técnicas

A lo largo de tu vida, probablemente habrás oído decir que “nos estamos quedando sin” un determinado recurso. De hecho, a veces los expertos incluso se atreven a hacer predicciones sobre el número concreto de años que nos quedan antes de que se nos acabe. ¿De dónde procede esta información? Pues bien, las previsiones técnicas sobre la disponibilidad de recursos se basan en dos factores: la cantidad de un recurso disponible y el ritmo de consumo. Por ejemplo, si una comunidad sólo dispone de 100 galones de petróleo y utiliza 10 galones al día en sus coches, el petróleo sólo durará 10 días.

En el libro del difunto Julian Simon, The Ultimate Resource 2, destaca que este enfoque es fundamentalmente erróneo. El problema es que los expertos no tienen acceso ni a la cantidad física de un recurso disponible ni al ritmo futuro de consumo de recursos. Para suplir esta carencia, las previsiones técnicas utilizan los datos disponibles. El problema es que esos datos siempre subestiman la disponibilidad de recursos. Uno de esos datos que se utilizan para calcular la cantidad de recursos disponibles son las reservas conocidas. Es decir, la cantidad de un recurso que sabemos que existe. El problema de esto se puede ver considerando los incentivos.

Recursos e incentivos

Una parte importante de las reservas conocidas son descubiertas por empresas privadas que buscan más de un recurso escaso. Si eres una empresa minera de litio con 10 años de suministro a mano, no hay necesidad de buscar más. Las empresas sólo gastarán en buscar nuevos yacimientos mientras los beneficios del descubrimiento sean mayores que los costes.

Sin embargo, cuando las reservas empiezan a escasear, los precios de las materias primas suben. Cuando sube el precio de un recurso, aumentan los beneficios de descubrir más. En consecuencia, las empresas empezarán a buscar nuevas reservas cuando empiecen a agotarse.

En la práctica, esto significa que las estimaciones sobre la disponibilidad de recursos siempre parecerán estar apenas por delante de las necesidades de consumo a corto plazo. Dado que las empresas sólo buscan más recursos cuando las reservas conocidas empiezan a agotarse, siempre parecerá que las reservas conocidas se están agotando, aunque es probable que las reservas totales (conocidas + desconocidas) no lo estén.

Sustitutos en todo

El otro factor, la tasa de consumo, presenta un problema similar. A medida que los recursos escasean, los precios suben, lo que obliga a los consumidores a economizar. Por ejemplo, cuando la gasolina es más cara, la gente compra menos gasolina. Cuando los consumidores reducen el consumo de recursos como la gasolina, intentan encontrar bienes sustitutivos. Alguien puede optar por ir al trabajo en bicicleta o dedicar por fin tiempo a descubrir las vías de transporte público.

Mientras tanto, las empresas intentan innovar y crear nuevos productos que resuelvan los problemas de los consumidores. Estas innovaciones suelen sustituir el deseo original del recurso cada vez más escaso. Por ejemplo, el Zoom, en muchos casos, ha sustituido al uso de la gasolina.

Así pues, a medida que se agote un determinado recurso, cabe esperar que los consumidores lo consuman menos. Por ello, las previsiones técnicas siempre supondrán que los consumidores consumirán más de lo que realmente consumen.

Así que los grandes descubrimientos de litio no deberían sorprender. A medida que aumente la demanda, espero que las reservas conocidas sigan aumentando. E incluso cuando las reservas de litio empiecen a disminuir, el afán de lucro reforzado por el aumento de los precios impulsará a las empresas interesadas a crear nuevos sustitutos inteligentes.

Julian Simon

Concluiré con la brillante ilustración de Simon sobre esta tendencia.

La respuesta de la gente a la larga tendencia a la baja de los precios de las materias primas se parece a menudo a esta parodia: Miramos una cuba de agua y marcamos su nivel. Afirmamos que la cantidad de agua en la bañera es ‘finita’. Luego observamos a la gente que saca agua de la bañera y se la lleva en cubos.

Sin embargo, cuando volvemos a examinar la bañera, el nivel del agua es más alto (lo que equivale a que el precio es más bajo) que antes. Creemos que nadie tiene motivos para echar agua en la bañera (como nadie echa petróleo en un pozo petrolífero), así que pensamos que se ha producido algún accidente peculiar, que no es probable que se repita. Pero cada vez que volvemos, el nivel del agua en la bañera es más alto que antes, y el agua se vende a un precio cada vez más barato (al igual que el petróleo). Sin embargo, nos limitamos a repetir una y otra vez que la cantidad de agua debe ser finita y no puede seguir aumentando, y no hay más que hablar.

¿No llegaría una persona prudente, tras una larga serie de subidas del nivel del agua, a la conclusión de que tal vez el proceso pueda continuar y que, por tanto, tiene sentido buscar una explicación razonable? ¿No comprobaría una persona sensata si hay tuberías de entrada a la bañera? ¿O si alguien ha desarrollado un proceso para producir agua? ¿Si la gente utiliza menos agua que antes? ¿Si la gente está reabasteciendo la bañera con agua reciclada? Tiene sentido buscar la causa de este aparente milagro, en lugar de aferrarse a una simplista teoría de recursos fijos y afirmar que no puede continuar.

Julian Simon
Ver más

El gran salto de Julian Simon. (José Carlos Rodríguez).

Abundancia sin límites. (José Carlos Rodríguez).

Las buenas noticias. (José Carlos Rodríguez).

El caso Lomborg. (Daniel Rodríguez Herrera).

Reseña de ‘El espejismo del socialismo sueco’, de Johan Norberg

Por Kristian Niemietz. Este artículo fue publicado originalmente en el IEA.

El romanticismo escandinavo existe desde que tengo uso de razón. Pero ha adoptado diferentes formas en diferentes épocas. Hasta mediados de la década pasada, “Escandinavia” -y “Suecia” en particular- se utilizaba a menudo como sinónimo de “progresista”, “socialmente justo” o “todo lo que le gusta a la izquierda”. Era tanto un lugar de proyección como un lugar real.

Desde entonces, y en el contexto del retorno del socialismo como movimiento juvenil de moda, ha adquirido un significado bastante diferente. Algunos socialistas empezaron a utilizar “Suecia” o “Escandinavia” como carta de libertad para evitar la pregunta que los socialistas odian como nadie: “¿Puede nombrar una economía socialista de éxito?”

Si Suecia no es una economía socialista…

Para ser justos: no todos los socialistas hacen esto. Muchos no lo hacen. He leído al menos una docena de artículos y capítulos de libros de socialistas contemporáneos que se distancian explícitamente de la socialdemocracia escandinava y dejan muy claro que el sistema que tienen en mente no tiene nada que ver con Suecia. El socialismo, dicen, no tiene nada que ver con lo grande que sea el sector público o lo generoso que sea el Estado del bienestar. Se trata de quién posee los medios de producción. Para que una economía sea socialista, no es necesario ni suficiente un gran Estado del bienestar.

Pero al hacerlo, esos socialistas también tienen que admitir, al menos implícitamente, que no pueden señalar ningún ejemplo en el que el tipo de sistema que tienen en mente haya funcionado alguna vez. Tienen que admitir que te están pidiendo que hagas un gran acto de fe. De hecho, están diciendo: “Lo que sugiero aquí nunca ha funcionado en ningún sitio. Pero sé que esta vez funcionará. Esta vez es diferente. Confía en mí”.

Eso les funciona perfectamente cuando se dirigen a un público simpatizante. Pueden hacerlo en la revista Jacobin, o en Novara Media, o en Teen Vogue, o en la revista Tribune, o en The World Transformed, o en el festival Marxism, o en Twitter, o en un debate universitario. Pero funciona peor para un candidato político que se dirige a votantes indecisos o a un entrevistador hostil. En tal situación, “Suecia” puede no ser una respuesta honesta. Pero si su público no sabe mucho sobre Suecia, probablemente pueda salirse con la suya.

The Mirage of Swedish Socialism

Además, ni siquiera es una mentira completa. Lo que ocurre es que cuando los socialistas se refieren a Suecia, no están hablando del país real: desde luego no del país tal como es ahora, ni siquiera del país tal como fue alguna vez. Hablan del país en el que Suecia parecía estar convirtiéndose. Hablan de un periodo muy concreto de la historia de Suecia, y aun así, no se trata tanto de lo que ocurrió realmente durante ese periodo, sino del ambiente político que reinaba en ese momento, y de lo que parecía posible en él.

Ya llegaremos a eso.

En su nuevo libro The Mirage of Swedish Socialism: The Economic History of a Welfare State, Johan Norberg divide la historia económica de la Suecia moderna en cuatro periodos distintos: el periodo liberal (1870 – 1970), el periodo socialista (1970 – 1990), la crisis (1990 – 1995) y el Estado del bienestar capitalista (1995).

Suecia fue un país tardíamente industrializado. Su revolución industrial no despegó plenamente hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX y, en consecuencia, Suecia era mucho más pobre que la media de Europa Occidental en aquella época. Esto se debe a que, hasta mediados del siglo XIX, la economía sueca era más feudalista que capitalista, con una producción no agrícola controlada por un sistema gremial y un comercio exterior muy restringido. Todo esto cambió con una serie de reformas liberales que convirtieron a Suecia en una moderna economía de mercado.

La era dorada (capitalista)

Comenzó entonces una relativa edad de oro, durante la cual Suecia pasó rápidamente de ser un país agrario pobre a uno de los más ricos del mundo. Entre 1870 y 1950, el PIB real per cápita se multiplicó por más de cuatro, la esperanza de vida se disparó de 45 a 71 años, la mortalidad infantil bajó de más del 22% a menos del 3% y la mortalidad materna descendió de más de seis por cada 1.000 nacidos vivos a menos de uno. Algunas empresas suecas líderes mundiales, que (o sus sucesoras) siguen hoy entre nosotros, se crearon en este periodo.

En la década de 1920, los socialdemócratas se convirtieron en la fuerza política dominante: han estado en el gobierno durante algo más de 70 de los últimos 100 años, lo que incluye un periodo ininterrumpido de 40 años. Sin embargo, Norberg no considera que esto suponga, en sí mismo, una ruptura con el periodo liberal. Demuestra que, durante la mayor parte de ese periodo, los socialdemócratas no fueron un partido especialmente anticapitalista. Dejaron la economía de mercado prácticamente intacta y, aunque crearon un Estado del bienestar, incluso el gasto público siguió siendo notablemente modesto. Hasta 1970, el Estado sueco gastaba menos del 30% del PIB y, por tanto, menos que sus homólogos de Estados Unidos, Gran Bretaña o Alemania Occidental.

El fin de la era liberal

Por desgracia, los periodos liberales siempre llegan a su fin. El de Suecia no fue una excepción. La mayoría de los Estados del bienestar occidentales experimentaron grandes expansiones en la década de 1960, y Suecia no fue una excepción en este sentido. Lo que diferenció a Suecia fue que, cuando los demás se ralentizaron, ellos siguieron adelante. A finales de los años 70, el gasto público superó el 50% del PIB y pronto se acercó al 60%.

Pero las décadas de 1970 y 1980 no fueron sólo un periodo de elevado gasto público. El gobierno también empezó a manipular el funcionamiento de la economía de mercado, por ejemplo, interfiriendo en los precios y los salarios.

Sin embargo, cuando Norberg llama a este periodo de 20 años y pico “el periodo socialista”, no sólo se refiere a políticas específicas. También describe un espíritu general:

Suecia nunca llegó a ser un país socialista de manual, con los medios de producción en manos del gobierno. Los socialdemócratas consideraron tomar el control de las grandes empresas con los “Fondos de Empleados”, […] transfiriendo esas empresas de manos privadas a la propiedad colectiva, pero fue […] suavizado sustancialmente […].

Sin embargo, todo el clima de ideas en Suecia estaba impregnado de ideas socialistas en los años 70 y 80, ideas tanto inherentes al proyecto socialdemócrata como algunas procedentes de fuerzas externas.

Johan Norberg. The Mirage of Swedish Socialism: The Economic History of a Welfare State.

El plan Meidner

Se refiere a la idea política socialista estrella de la época: el Plan Meidner, obra del economista sindical Rudolf Meidner. En su forma original, el Plan Meidner era un plan para la socialización gradual de la mayor parte de la economía.

La idea era obligar a las empresas a emitir una nueva tanda de acciones cada año, en proporción a sus beneficios, y transferir esas acciones a un fondo propiedad de los sindicatos y gestionado por ellos. Técnicamente, nadie habría sido expropiado con este plan. Supongamos que una empresa emitiera inicialmente 100 acciones, y usted fuera propietario de 20 de ellas.

Esto le convertiría en propietario de una quinta parte de la empresa. Si luego la empresa emite otras 20 acciones y las entrega al fondo sindical, no le han quitado sus 20 acciones. Lo que ocurre es que ahora sólo posee una sexta parte de la empresa en lugar de una quinta parte (es decir, 20 acciones de 120 en lugar de 20 de 100). Si al año siguiente vuelve a ocurrir lo mismo, la proporción de la empresa que le pertenece se reduce a una séptima parte. Y así sucesivamente.

Admiración por el Plan Meidner

Estas cifras son meramente ilustrativas: la transferencia real de la propiedad con arreglo al Plan Meidner habría sido más lenta que eso. Pero en el transcurso de una generación más o menos, los fondos habrían adquirido una participación mayoritaria en la mayoría de las grandes empresas.

Por tanto, no es de extrañar que el Plan Meidner siga entusiasmando a muchos socialistas hoy en día. La revista Jacobin, por ejemplo, lo describe como “una de las propuestas políticas socialistas democráticas más ambiciosas jamás consideradas seriamente en una economía desarrollada”, y pide su introducción en Estados Unidos en la actualidad:

Los actuales propietarios de capital […] conservarían sus acciones, pero éstas se diluirían mediante nuevas emisiones cada año […]. Las acciones con derecho a voto de los fondos aumentarían así gradualmente de valor hasta que las rentas del capital y el control de la economía quedaran en manos del público.

Jacobin.

Un “Plan Meidner para el Reino Unido”

Del mismo modo, en el Reino Unido, la economista marxista Grace Blakeley escribe:

Cualquier gobierno socialista debe considerar propuestas radicales para transformar la propiedad y la inversión – a través, por ejemplo, de […] un Plan Meidner para el Reino Unido.

Grace Blakeley

En las últimas elecciones generales, dicho “Plan Meidner para el Reino Unido” fue la política oficial del Partido Laborista en todo menos en el nombre. Como dijo entonces el canciller en la sombra John McDonnell:

El poder también viene de la propiedad. Creemos que los trabajadores, que crean la riqueza de una empresa, deberían compartir su propiedad […]. Legislaremos para que las grandes empresas transfieran acciones a un “Fondo de Propiedad Inclusiva”. Las acciones serán poseídas y gestionadas colectivamente por los trabajadores. La participación dará a los trabajadores los mismos derechos que a los demás accionistas para opinar sobre la dirección de su empresa.

John McDonnell

La Suecia de los años setenta y ochenta

Cuando Suecia introdujo finalmente los Fondos de Empleados en los años 80, carecían de la característica clave del Plan Meidner original: su carácter abierto. Los fondos de Meidner habrían controlado, por diseño, una proporción cada vez mayor del capital social de la nación. Los verdaderos Fondos de Empleados suecos tenían límites máximos. Tampoco utilizaban el mecanismo de emisión forzosa de acciones. Eran más parecidos a un fondo de pensiones, que simplemente compraba acciones en salida. El propio Meidner -como es comprensible- no estaba contento con ellos: el verdadero meidnerismo nunca se ha probado. Al cabo de unos años, volvieron a disolverse sin mucha resistencia.

La Suecia de los años setenta y ochenta, por tanto, no era un país socialista, pero sí un país que llevaba la socialdemocracia hasta sus últimos límites, y en el que las ideas socialistas para ir más allá se discutían seriamente en las altas esferas.

Cuando los socialistas contemporáneos nombran a Suecia como ejemplo de “economía socialista de éxito”, se refieren a esto. No hablan de la Suecia actual. Ni siquiera hablan de la Suecia real de los años setenta u ochenta. Más bien toman como punto de partida la Suecia de los años setenta y ochenta y la extrapolan en una dirección socialista meidneriana.

El fracaso de la hipersocialdemocracia

Pero esto, por supuesto, sigue sin ser un lugar real. Y usarlo como ejemplo plantea en gran medida la cuestión de si el socialismo meidneriano habría funcionado mejor que las demás versiones.

En cualquier caso, los resultados económicos de la hipersocialdemocracia con características socialistas no fueron muy buenos. No condujo a una catástrofe humanitaria al estilo de Venezuela, pero sí a un periodo de relativo declive económico, que culminó en la crisis económica de principios de los noventa. Por primera vez desde los años 30, Suecia era menos rica que la media de Europa Occidental. La deuda pública se había disparado de menos del 20% del PIB a más del 80%, y el desempleo se disparó por encima del 10%.

Vuelta al liberalismo en los 90′

Esto llevó a una vuelta a los principios liberales en la década de 1990. Se abolieron los controles de precios, se privatizaron las empresas estatales y se redujo el gasto público a algo menos del 50% del PIB (que sigue siendo muy alto, pero para llegar ahí hubo que reducirlo en más de diez puntos porcentuales desde su máximo).

Hoy en día, Suecia se describe mejor como una economía de mercado que, en general, es bastante liberal, excepto por el hecho de que tiene un Estado del bienestar muy grande. ¿Es el éxito relativo del que vuelve a disfrutar Suecia hoy un reto para los partidarios del libre mercado?

Depende. Si eres un “Lafferita” convencido, que equipara la economía de libre mercado con la reducción de impuestos y que piensa que los impuestos altos son el mayor impedimento para el crecimiento, no es injusto que un oponente te pregunte por qué Suecia va tan bien. Pero mi opinión desde hace mucho tiempo es que si se hacen bien la mayoría de las demás cosas, y si se tiene una sociedad con un alto nivel de confianza en la que la gente está dispuesta a poner en común sus recursos, se puede salir adelante con un nivel impositivo bastante alto. Esto no significa que un modelo de impuestos altos sea una gran idea, sino que los inconvenientes son tolerables.

Dinero público, gestión privada: el modelo de los bonos

En otros aspectos, sin embargo, el Estado del bienestar sueco plantea algunos retos a sus admiradores declarados. En primer lugar, Suecia ha ido más lejos que la mayoría de los Estados del bienestar al introducir sistemas similares a los bonos, en los que los servicios se financian con fondos públicos, pero pueden prestarse de forma privada si los beneficiarios así lo deciden. Hay grandes diferencias entre las distintas ramas del Estado del bienestar, pero en general, casi una quinta parte del presupuesto de bienestar se gasta en proveedores privados.

Por ejemplo, uno de cada seis estudiantes asiste a escuelas privadas financiadas con fondos públicos. Siempre que se han adoptado o considerado medidas similares en Gran Bretaña, han provocado una feroz reacción de los socialistas y los aficionados a Suecia. El NHS, en particular, no puede comprar un lápiz a una empresa privada sin desencadenar campañas histéricas sobre la “privatización progresiva”.

En segundo lugar, el ejemplo sueco deja claro que no se puede tener un Estado del bienestar de ese tamaño gravando sólo a unos pocos superricos, como les gusta insinuar a los izquierdistas británicos. Requiere elevados impuestos para todos, y es deshonesto presentarlo como un almuerzo casi gratuito.

Redistribución horizontal

En tercer lugar, la mayor parte de la redistribución en Suecia es “horizontal” y no “vertical”: no es una redistribución de los ricos a los pobres, sino entre personas del mismo quintil de ingresos o de quintiles adyacentes. Algunas personas son beneficiarias netas del Estado del bienestar durante la mayor parte de su vida, otras son contribuyentes netas de por vida, pero muchas personas simplemente pagan sus propias prestaciones, menos el coste administrativo.

No es, ni mucho menos, el peor de los mundos posibles, pero no veo por qué es mejor que un Estado del bienestar más pequeño y específico, con el que no se entra en contacto a menos que se atraviesen tiempos difíciles.

En resumen: si quieres poner a Suecia como ejemplo de un Estado del bienestar socialdemócrata de éxito, que funciona a pesar de los altos impuestos, me parece justo. Tienes razón, aunque haya salvedades importantes que deberías mencionar. Pero utilizar a Suecia como ejemplo de una economía “socialista” de éxito no es más que un truco retórico barato, que debería ser denunciado. Los socialistas que hacen eso no se refieren a la Suecia real, ni siquiera a una Suecia idealizada del pasado, sino a una Suecia que creen que podría haber sido alguna vez. Lo que en realidad no es más que otra forma indirecta de decir “el socialismo real nunca se ha intentado”.

Ver también

El modelo sueco ya no es atractivo. (José Carlos Rodríguez).

El cambio del modelo sueco. (Daniel Rodríguez Herrera).

No, no es el Estado del Bienestar. (Juan Ramón Rallo).

Hacerse el sueco. (Pablo Carabias).