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¿Cuántas familias han sido desahuciadas en España?

La triste realidad del desahucio de familias ha copado el debate social, mediático y político de nuestro país durante años. En parte era comprensible, ya que arrebatar a una persona la propiedad privada de su casa constituye uno de los procesos civiles más duros que podemos contemplar. Sin embargo, como sucede siempre que los partidos políticos (o los embriones de partidos políticos) se convierte en adalides de alguna causa social, existe un más que cierto riesgo de aprovechamiento electoralista del problema y, por tanto, de politización manipuladora.

En el caso de los desahucios en España, hubo una clara intención de inflar las cifras de familias desahuciadas para magnificar un drama que en sí mismo no debería haber requerido de ninguna magnificación. A este respecto, hemos escuchado que 600.000 familias perdieron su vivienda entre 2007 y 2014 como consecuencia de los desahucios bancarios. La cifra parece sólida y veraz, ya que procede de una fuente tan oficial como son las estadísticas del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Sin embargo, si uno se detiene a estudiar mínimamente la cuestión comprobará que lo es mucho menos de lo que parece.

El propio CGPJ reconoce que sus estadísticas versan sobre ejecuciones hipotecarias que pueden haberse resuelto sin pérdida de la vivienda (por ejemplo, si el deudor hipotecario regulariza su situación financiera) y, sobre todo, sobre ejecuciones que, aun concluyendo en lanzamientos (desahucios), incluyen no sólo viviendas principales, también secundarias e incluso otro tipo de inmuebles: “[La estadística ofrecida] facilitaba el número de ejecuciones hipotecarias iniciadas, resueltas y en trámite, pero sin ningún detalle sobre los bienes objeto de la hipoteca ni la naturaleza de sus titulares. También facilita el número de lanzamientos cuya práctica se ha solicitado a los servicios comunes de actos de comunicación y ejecución. No distingue si el lanzamiento era en una vivienda, principal o secundaria, u otro bien inmueble”.

La cifra del CGPJ siempre debió tomarse cum grano salis: como una estimación máxima –probablemente muy inflada– de las cifras reales de desahucios de vivienda familiar. No obstante, por motivos injustificables pero perfectamente explicables, la cifra de 600.000 terminó convirtiéndose en el guarismo oficial de familias que habían perdido sus hogares en España como consecuencia de la crisis económica. ¿Acaso no disponemos de una estadística algo más precisa?

Sí, afortunadamente, desde el año 2012 disponemos de una estadística elaborada por el Banco de España mucho más detallada que la del CGPJ, donde no sólo se distingue entre viviendas principales y secundarias, también entre las circunstancias que han rodeado la pérdida del inmueble (entrega voluntaria al banco o desahucio/lanzamiento judicial). Hace unas semanas el Banco de España publicó las cifras correspondientes a 2014, de manera que ya disponemos de los datos completos del trienio 2012-2014, en el que según la estadística del CGPJ hubo 255.051 procesos de ejecución hipotecaria: casi la mitad de los presuntos 600.000 desahucios que han tenido lugar durante esta crisis.

Pues bien, atendiendo a las cifras del Banco de España, entre 2012 y 2014los procesos de ejecución hipotecaria han concluido en las siguientes pérdidas de vivienda principal:

Ejecuciones hipotecarias con pérdida de vivienda principal en España en 2012, 2013 y 2014

Entregas voluntarias de vivienda con dación en pago

46.633

Entregas voluntarias de vivienda sin dación en pago

10.312

Lanzamiento judicial hallándose la vivienda vacía

46.632

Lanzamiento judicial hallándose la vivienda ocupada pero sin intervención policial

6.183

Lanzamiento judicial hallándose la vivienda ocupada y con intervención policial

380

TOTAL

110.140

Fuente: Banco de España

Varios comentarios al respecto:

Primero, la cifra agregada de viviendas familiares perdidas a raíz de un proceso de ejecución hipotecaria (110.140) es menos de la mitad de todos los procesos de ejecución hipotecaria recogidos por el CGPJ durante ese período (255.051).

Segundo, de todas las viviendas pérdidas durante este período (110.140),casi la mitad (46.633) implicaron una dación en pago, que es la medida de justicia social que recurrentemente reclamaban los distintos partidos políticos y las plataformas de afectados por la hipoteca. Otras 10.312 viviendas fueron entregadas de mutuo acuerdo entre el banco y el hipotecado, en condiciones que algún tipo de ventaja acarrearían a este último. Son el resto (53.195) las que sí fueron seguidas por un desahucio (o, más técnicamente, un lanzamiento judicial). Por tanto, sólo el 20,8% de todos los procesos de ejecución hipotecaria recogidos por las estadísticas CGPJ concluyeron en un desahucio de vivienda familiar.

Tercero, durante estos tres años, los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado sólo tuvieron que intervenir en 380 desahucios, esto es, en el 0,15% de todos los procesos de ejecución hipotecaria. Sin embargo, en el imaginario colectivo español ha terminado asimilándose ejecución hipotecaria con desahucio policial gracias a la incansable labor de unos medios de comunicación que, a tenor de los datos, debieron retransmitir en directo la práctica totalidad de los desahucios policiales que se produjeron en España durante esos años.

Por último, desgraciadamente no contamos con estas mismas estadísticas detalladas para el período 2007-2011. Pero si trasladamos los mismos porcentajes del trienio 2012-2014 al período 2007-2014, obtendremos que el número de viviendas principales perdidas a raíz de procesos de ejecución hipotecaria no fueron 600.000, como se predica desde numerosos ámbitos, sino 261.000: de ellas, 110.000 familias entregaron su vivienda beneficiándose de una dación en pago, algo menos de 25.000 lo hicieron con algún otro tipo de acuerdo con el banco, y 126.000 fueron desahuciadas. Si incrementamos un poco esta última cifra para cubrirnos conservadoramente las espaldas frente a cualquier margen de error, podríamos decir que alrededor de 150.000 familias fueron desahuciadas de su vivienda principal entre 2007 y 2014.

¿Son muchas 150.000 familias? En términos absolutos, desde luego: son 150.000 unidades familiares que se han visto privadas de su hogar como consecuencia de desatender la devolución del crédito con el cual la adquirieron. Pero en términos relativos estamos hablando de cifras bastante modestas: en España hay alrededor de 18,1 millones de viviendas familiares, de las cuales 5,8 millones retienen algún tipo de carga hipotecaria. Por tanto, durante una de las crisis económicas más devastadoras de la historia de España han sido desahuciadas de su vivienda el 0,8% de todas las familias españolas o el 2,5% de las familias con hipoteca sobre su vivienda principal. O por leerlo a la inversa: el 99,2% de las familias españolas y el 97,5% de las familias hipotecadas no han sido desahuciadas de sus hogares.

 

Monedero y la crítica liberal a la renta básica

En una reciente conferencia en los cursos de verano de la Universidad Complutense de Madrid, Juan Carlos Monedero reseñaba mi último libro,Contra la renta básica, afirmando que había sido escrito por un “economista liberal auténtico”. La principal virtud que Monedero imputaba a mi libro era su claridad: los liberales estamos esencialmente en contra de la renta básica porque ésta contribuye a reforzar su poder de negociación frente al capitalista, cuando nuestro oscuro objeto de deseo es perpetuar la asimetría negociadora característica de la lucha de clases.

Como digo, alaba Monedero la claridad como principal virtud del libro, pero, a la luz del resumen que ha perpetrado, temo que su principal defecto sea la falta de la misma. De otra forma, se me hace difícil comprender que haya compuesto un tan inexacto resumen sobre la tesis esencial del libro. A la postre, mi oposición principal a la renta básica aparece en las primeras páginas de la obra y se resume de un modo bastante sencillo: el derecho incondicional de una persona a cobrar una renta básica implica una obligación incondicional de otra persona a pagarla, y nadie –tampoco el Estado– posee la autoridad para quebrantar las libertades de una persona obligándola a que trabaje en contra de su voluntad para otra persona. Tal como resumo en el libro:

La respuesta más simple, y a la vez más correcta, a la pregunta de si la renta básica tiene encaje dentro del liberalismo es que no, por cuanto la financiación de la renta básica requiere de una transgresión de los principios de justicia del liberalismo; en concreto, requiere de un muy considerable aumento de los impuestos, lo que atenta necesariamente contra la libertad, contra los contratos o contra la propiedad. El Estado (…) carece de autoridad política para justificar tamañas violaciones de los principios de justicia y, por tanto, carece de autoridad política para implantar una renta básica. Del mismo modo que resultaría rechazable que un particular arrebatara por la fuerza las propiedades legítimamente adquiridas por sus conciudadanos para establecer una renta básica comunitaria, también resulta rechazable –y por los mismos motivos– que el Estado lo haga.

Así pues, mi objeción central contra la renta básica –que será una objeción buena, mala o mediopensionista, pero en todo caso es la objeción central– es que conculca las libertades de una persona (el contribuyente) para someter parte de su existencia a la satisfacción de los planes vitales de otra persona (el beneficiario). En mi crítica básica a la renta básica no hablo de la inconveniencia de reforzar el poder negociador del trabajador para así perpetuar una lucha de clases en provecho del capitalista. Hablo de que la renta básica viola la libertad de las personas. Espero que ahora sí haya quedado verdaderamente claro cuál es mi argumento.

1. No existe ni una clase trabajadora ni una clase capitalista. Tan trabajador es un funcionario como un consejero delegado o un recepcionista. Tan capitalista es un autónomo (aunque sea autoexplotado), el dueño de una pyme, el accionista minoritario de una multinacional o el propietario único de una gran empresa. Y, pese a ello, todos tienen intereses contrapuestos: el funcionario puede querer que le suban el sueldo aun a costa de que suban los impuestos al consejero delegado y al recepcionista; el consejero delegado puede aspirar a que entreguen una subvención a su compañía aun a costa de que suban los impuestos al recepcionista o de que bajen el sueldo a los funcionarios; y el recepcionista puede aspirar a que se privatice la educación (y el puesto del funcionario) para poder escoger educación para sus hijos. Aplicado a la renta básica: muchos trabajadores no tienen interés alguno en que los saqueen a impuestos para abonar una renta básica incluso a aquellas personas que se niegan a trabajar aun teniendo la oportunidad de hacerlo; asimismo, los propietarios de muchas empresas en sectores poco rentables pero semivocacionales (por ejemplo, empresas de divulgación cultural, editoriales o medios de comunicación ideologizados) pueden estar deseosos de que se implante una renta básica porque así, aunque no sean capaces de abonar salarios muy elevados a sus trabajadores, éstos aceptarán colaborar cuasigratuitamente con sus negocios, en tanto el sustento básico se lo proporciona el Estado a costa de los impuestos con los que saquea al resto de la sociedad. Por consiguiente, es engañoso presentar la renta básica como una política provechosa para toda la clase trabajadora frente a toda la clase capitalista: el interés no va con la clase, sino en el aprovechamiento que uno espera hacer de la misma y del respeto (o falta de él) que exhiba hacia las libertades de los demás.

2. Aun cuando fuera cierto que la renta básica beneficia a la clase trabajadora en su conjunto frente a la clase capitalista, ello seguiría sin ser un argumento suficiente para defender su implantación. Si partimos de la igualdad moral de las personas –esto es, los derechos humanos son universales y simétricos para todos–, es obvio que no puede justificarse la conculcación de los derechos de unas personas apelando a que esa conculcación va a ser beneficiosa para otras. Tal como explica Peter Singer (un filósofo que, en casi todo lo demás, me parece muy repudiable): “Al aceptar que los juicios éticos deben ser universales, estoy aceptando que mis propios intereses, por el mero hecho de ser mis intereses, no pueden ser más relevantes que los de otras personas. De ahí que mi preocupación natural por que mis propios intereses sean tenidos en cuenta debe extenderse y abarcar los intereses de otros cuando estoy razonando éticamente”. El hecho de que la renta básica pudiera beneficiar a los trabajadores frente a los capitalistas no constituye un argumento suficiente para defenderla: también podría beneficiar a los trabajadores el que partiéramos las piernas a los capitalistas, pero ello no nos legitimaría a hacerlo. Y no nos legitima no porque, como insinúa Monedero, los liberales nos alineemos con la clase capitalista, sino porque la justicia debe ser imparcial y, por tanto, la configuración de los derechos y libertades de las personas no debe construirse desde la parcialidad interesada. Justamente por eso mismo, tampoco puede defenderse la implantación de subvenciones a los capitalistas a costa de impuestos sobre las rentas del trabajo: porque ni los intereses de los trabajadores priman éticamente sobre los de los capitalistas ni viceversa. Si de verdad los liberales nos opusiéramos a la renta básica porque beneficia a la clase trabajadora y perjudica a la capitalista, ¿no sería coherente que alabáramos medidas de intervención estatal que beneficiaran a los capitalistas a costa de los trabajadores? Pero no lo hacemos (más bien al contrario), porque el problema no está en los fines, sino en los medios: la violencia que necesita la renta básica para implementarse la inhabilita como fin de política económica. El fin no justifica los medios: son los medios empleados los que pueden legitimar los distintos fines ambicionados.

3. Por último, el mayor poder de negociación que puede ofrecérsele a un trabajador frente a un empresario es el pleno empleo que se alcanza dentro de mercados laborales libres: es decir, mercados donde la demanda de trabajadores es alta en relación con su oferta que los salarios tienden a crecer al ritmo de la productividad y donde los trabajadores pueden abandonar sin miedo un empleo. La renta básica, en cambio, expolia fiscalmente a los trabajadores productivos y es compatible con altísimos niveles de desempleo que impidan al trabajador acceder a una ocupación (una renta básica en España no acabaría con el alto paro). No sólo eso, por su propia configuración la renta básica socava las bases cooperativas sobre las que descansa la división del trabajo: cualquier persona puede dedicarse a lo que quiera –incluso no dedicarse a nada– y seguir cobrando una renta. Pero si nadie se dedica a producir los bienes que los demás quieren, ¿qué bienes útiles (no producidos) íbamos a ser capaces de adquirir con la renta básica que nos transfiriera el Estado? Si tan preocupado está Monedero por dotar de mayor poder de negociación al trabajador sin socavar las libertades básicas de las personas ni descoordinar la cooperación humana, ¿por qué no defender una amplia liberalización del mercado laboral español que ponga fin al gigantesco desempleo estructural, que debilita cualquier capacidad negociadora de los parados?

En suma, la renta básica es injusta porque necesita usar la violencia del Estado para quebrantar las libertades de un grupo de personas (contribuyentes). Esa violación de libertades no puede justificarse apelando a la preeminencia moral de los intereses privativos de otro grupo de personas (la clase trabajadora) sobre el resto de la sociedad. Si de verdad nos preocupan los intereses de ese grupo de personas, podemos promoverlos pacífica y legítimamente sin necesidad de conculcar las libertades del resto mediante la implantación de una renta básica: basta con que liberalicemos el mercado laboral. Pero me temo que seguiremos legitimando la rapiña estatal como falso atajo a lo que podría lograrse mucho más justa y eficientemente a través de la libertad: será que el verdadero objetivo es reforzar la omnipotencia estatal aun cuando perjudique directamente los intereses de los trabajadores.

La hiperausteridad de Rajoy: un recorte del 0,8% con respecto a ZP

El Gobierno de Mariano Rajoy llegó a La Moncloa ondeando la bandera de la austeridad. Desde un comienzo nos vendió que no le temblaría el pulso a la hora de maximizar el recorte de gastos para así acabar con el déficit público minimizando cualquier subida de impuestos. Al final, empero, resultó ser al revés: minimizó los recortes para así poder maximizar la subida de impuestos.

Justamente, la presentación de los Presupuestos Generales del Estado para 2016 constituye una excelente oportunidad para comparar la austeridad rajoyana durante su primera legislatura; esto es, para comparar los últimos PGE que aprobó Zapatero –para 2011– con los últimos que ha aprobado Rajoy. 

Grosso modo, vemos que el Gobierno central sí ha reducido algunos capítulos del gasto público. En concreto dos: servicios públicos básicos (justicia, seguridad y defensa) y actuaciones de carácter económico (subvenciones sectoriales), que son los de menor magnitud sobre el total. El primero cae un 15% y el segundo un 12%. Sin embargo, hay que tener presente que el recorte en las actuaciones de carácter económico habría sido mucho más intenso de no haberse producido un notable incremento –del 95%– en las transferencias a “industria y energía”, debido esencialmente a que el Gobierno ha pasado a hacerse cargo de parte del déficit de tarifa para evitar que ésta siguiera subiendo (es decir, el contribuyente termina pagando parte de la factura de la luz de los usuarios, tanto familias como empresas).

En cambio, los otros dos capítulos –los verdaderamente cuantiosos– han sido cebados con más gasto durante esta legislatura. Por un lado, el capítulo de “gasto social”, que crece un 3% con respecto a 2011, sobre todo porque los desembolsos totales en pensiones aumentan más de un 20%; por el contrario, otras partidas incluidas en esos mismos gastos sociales (esencialmente, las políticas activas de empleo y las prestaciones de paro) sí caen con cierta intensidad (recordemos que sanidad y educación están transferidas a las autonomías, de modo que el gasto público del Gobierno en estos rubros es poco menos que testimonial). Por otro, destaca el crecimiento en un 47% de las llamadas “actuaciones de carácter general”, donde básicamente se incluye el gasto de la burocracia estatal, los intereses de la deuda y las transferencias del Gobierno central a autonomías y ayuntamientos: el motivo de su sobredimensión es que el Estado ha pasado a hacerse cargo de la financiación de la deuda de las autonomías a través del Fondo de Liquidez Autonómico (incluido entre los “servicios de carácter general”).

Si agregamos la totalidad de estos gastos, obtenemos que entre 2011 y 2016 el gasto público del Gobierno central crece un 11% (descontando la inflación, alrededor de un 8,5%). Acaso podría considerarse injusto culpar a Rajoy del incremento de transferencias a las autonomías, de la aprobación del FLA o del aumento de los intereses de la deuda (a mí entender no, pues todas esas partidas han sido promovidas y consentidas por él, en especial el sobreendeudamiento público para retrasar cuanto fuera posible el ajuste del déficit). Pues bien, cubrámonos las espaldas frente a esa crítica y excluyamos todo el capítulo de “actuaciones de carácter general” de nuestra comparativa: en tal caso nos encontraremos con que el gran tijeretazo, el ultrarrecortazo, el hiperaustericidio de Rajoy se traduce en haber reducido el gasto público un 0,8% en cinco años(casi un 3,5%, contando la inflación). Eso es todo, amigos.

Y es que Rajoy nunca quiso pinchar con valentía y decisión la burbuja estatalAnte una situación de inminente bancarrota, optó por multiplicar los impuestos directos e indirectos, por aplicar recortes parciales en partidas menores de gasto discrecional que deberían haber sido suprimidas en su totalidad y por mantener intactas otras partidas enormes de gasto que, por su insostenibilidad a medio y largo plazo, deberían haberse revisado por entero (me refiero muy en especial a las pensiones). Y como no hizo lo que debía disparó el endeudamiento público, y con él los intereses de la deuda, hipotecando nuestro presente y futuro. De la quiebra nos salvó en 2012 la prodigalidad italo-teutona de Mario Draghi, no el irresponsable inmovilismo socialdemócrata de Rajoy.

En suma, ahí tienen en toda su extensión el lustro de austeridad del Gobierno que venía a poner en orden las desastrosas cuentas del Reino: un recorte del 0,8% con respecto a la burbuja de gasto público que nos legó ZP.