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EEUU y el siglo XIX

He visto repetidos tres viejos argumentos sobre Estados Unidos. El primero es que el intervencionismo salvó al capitalismo de la crisis de 1929. El segundo es que EEUU es un país severamente intoxicado por el liberalismo. Y el tercero es que estamos amenazados por unos siniestros liberales que van a destruir el Estado de Bienestar y, horror mayúsculo, nos van a retrotraer al siglo XIX, donde los ricos pagaban pocos impuestos.

La famosa salvación del capitalismo gracias a Roosevelt y el New Deal es una pura invención, porque lo que hizo Roosevelt fue aumentar mucho los impuestos, controles y regulaciones sobre los empresarios, y por supuesto jamás les preguntó si querían ser salvados. Esas medidas preservaron y fortalecieron a los Estados, no al capitalismo.

La evolución del Estado en EEUU prueba que el supuesto y arrasador liberalismo norteamericano es otro camelo. Es verdad que hay más instituciones de la sociedad civil que propician la libertad allí que en España, pero de ahí a diagnosticar el predominio de las ideas liberales en los medios de comunicación, como algunos pretenden, hay un gran trecho. Quizá deberían tomar nota de que el primer diario del país, el New York Times, es un medio políticamente correcto, digamos como El País y otros en España, y que allí escriben Krugman y Stiglitz (que también lo hacen en el diario español), que son célebres premios Nobel de Economía, y claramente antiliberales.

Lo del horror fiscal decimonónico revela a quién en realidad quieren castigar los progresistas. Pretenden asustarnos con el fantasma del siglo XIX, alegando que los ricos pagaban pocos impuestos. Y así era, en efecto, pero en el caso concreto del impuesto sobre la renta o el patrimonio los que no eran ricos no pagaban nada. De hecho el income tax empezó su andadura en EEUU hace cien años con una base muy pequeña, merced a la cual sólo pagaban los efectivamente acaudalados.

El siglo transcurrido ha llevado no sólo a que los ricos paguen mucho más, sino a que la parte del león de la imposición se descargue sobre la mayoría de la población, y no sobre los millonarios, sobre los que además no podría descargarse, sencillamente porque los Estados ya son tan grandes que no pueden financiarse expropiando sólo a los ricos. Y a pesar de todo se nos asegura que este es el Estado realmente bueno, el que cruje a los ciudadanos corrientes más que nunca en la historia.

¿Y si sale el NO?

En el enfrentamiento que mantienen Syriza y la Troika ambas partes se equivocan. La Troika, porque sigue insistiendo en cuadrar el déficit público mediante contracturas subidas de impuestos en lugar de mediante oxigenantes reducciones del gasto público. Syriza, porque ha optado por secuestrar al pueblo griego como baza de sus negociaciones dirigidas no a cuadrar las cuentas de la forma menos dolorosa posible sino a seguir parasitando a los contribuyentes europeos para mantener unas estructuras burocráticas y clientelares desproporcionadas.

La apuesta de Varoufakis está siendo al “todo o nada”: o la Troika cede a la hora de otorgarnos todo lo que le reclamamos (especialmente en lo que se refiere a la quita y a la moratoria de deuda) o hacemos estallar la Eurozona con un sonoro portazo en el referéndum. El ministro de Finanzas heleno, autor intelectual de esta estrategia kamikaze, está convencido de que un NO este domingo forzará a los gobiernos comunitarios a claudicar y a ceder. A la postre, razona Varoufakis, el coste de una quita para Europa en la deuda pública helena resulta relativamente moderado frente a las pérdidas que podrían desprenderse de la ruptura de la Eurozona. Y, desde luego, semejante cálculo economicista no puede descartarse de plano: la Troika lleva, de hecho, operando bajo tan engañosa premisa desde 2010, momento en el que se cometió el error de comenzar a rescatar a Grecia.

Pero imaginemos que, en esta ocasión, el referéndum arroja un resultado negativo y las instituciones acreedoras no ceden ante la extorsión syriziana. ¿Cuáles serían las consecuencias de esta ruptura de las negociaciones tanto para Grecia como para el resto de economías occidentales?

·       En primer lugar, sin un acuerdo que le proporcione financiación al Gobierno griego, éste caería en default definitivo.

·       La bancarrota del Estado heleno provocaría la insolvencia de los bancos griegos sin que estos pudieran ser rescatados por un Estado griego sin capacidad para financiarse.

·       La insolvencia de la banca griega les bloquearía el acceso a la línea de financiación extraordinaria del BCE, de modo que el corralito actual se volvería irreversible.

·       Ante la irreversibilidad del corralito, se le abrirían dos grandes opciones a la economía griega, ambas con un gigantesco coste para los ciudadanos.

·       La primera opción es intentar mantenerse dentro del euro, tal como Syriza ha prometido insistentemente a sus electores. Para ello sería necesario, de entrada, recapitalizar a los bancos griegos a costa de sus clientes: el Financial Times, por ejemplo, ha filtrado que la banca helena podría estar preparando una quita de “al menos” el 30% a los depósitos de más de 8.000 euros. A su vez, el Ejecutivo sólo podría seguir atendiendo sus desembolsos corrientes —pagos a funcionarios y pensionistas— emitiendo pagarés en euros al estilo de los “Patacones” que imprimieron las provincias argentinas durante el corralito: funcionarios y pensionistas, por consiguiente, no cobrarían en euros, sino en promesas del Gobierno griego de pagarles euros en el futuro (y que al ser promesas de un Estado quebrado se depreciarían rápidamente entre un 40% y 50%).

·       La segunda opción sería salir del euro: redenominar forzosamente la deuda pública y la deuda de los bancos a dracmas e imprimir tanta nueva divisa como resultare necesario para pagarlas. El resultado de esta maniobra sería una elevada inflación interna (en los veinte años anteriores al euro, Grecia tuvo una inflación media superior al 12% anual) y una fortísima depreciación de la divisa que bien podría superar el 40%. Es decir, sí, los griegos cobrarían todo lo que se les adeudapero con una notabilísima pérdida de poder adquisitivo. Esta segunda opción se antoja mucho más probable que la primera, ya que es dudoso que los griego acepten pérdidas nominales en sus ahorros (la quita en los depósitos) y, en cambio, no lo es tanto que acepten pérdidas reales provocadas mediante la inflación.

·       En cualquiera de ambos escenarios, el empobrecimiento de su economía —incluso con respecto a la situación actual— abriría un período de intensa inestabilidad política y social.

·       En el resto de Europa, a la incertidumbre sobre el futuro de Grecia se le sumaría la incertidumbre sobre el futuro del euro: toda vez que un país ha abandonado la divisa única y que ésta deja de poseer la apariencia de irreversibilidad, las cautelas de los ahorradores nacionales y extranjeros para invertir en la Eurozona se incrementarán, con lo que los riesgos a los que se enfrenta una posible recuperación económica también lo harán.

Un NO en el referéndum que no fuera seguido de una bajada de pantalones de la Troika sería una auténtica ruina para los griegos y un obstáculo para el crecimiento del resto de Europa. Pero el SÍ tampoco soluciona los problemas de fondo del país: primero, porque centra el imprescindible ajuste presupuestario en la subida de impuestos; segundo, porque la clase política griega carece de toda credibilidad para aplicar cualquier programa de ajuste y flexibilización que resulte verdaderamente sostenido en el tiempo. Quien no quiere ser salvado no puede ser salvado y Syriza ya ha probado sobradamente que sólo está interesada en seguir huyendo hacia adelante: esto es, en extraerles más dinero a los contribuyentes europeos para mantener el fraudulento statu quo en el que se ha movido el Estado heleno desde hace casi dos siglos.

Syriza quiere convertir a Grecia en una colonia alemana

Probablemente uno de los errores más extendidos acerca de la postura y del postureo de Syriza en su conflicto con el resto de Estados europeos sea que Tsipras y los suyos están defendiendo la soberanía nacional griega frente a las intromisiones imperialistas del IV Reich alemán. La dignidad de los griegos pasa, según esta interpretación, por ser dueños de su propio destino frente al dirigismo autocrático de una Troika que pretende imponer unilateralmente su voluntad. Pero tal narrativa dista de encajar con la realidad: Syriza no aspira a la independencia soberana del pueblo griego, sino a su sumisión subsidiada ante una Alemania dominante y hegemónica.

A este respecto, es de sobras conocida la tesis del ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis, acerca de El minotauro global. Según Varoufakis, Estados Unidos se constituyó, tras la II Guerra Mundial, en el gran mecanismo de absorción de las sobreproducciones  del resto del mundo en desarrollo: muy en particular, de Japón, Alemania y China. EEUU incrementaba la demanda del todos estos países y, como contrapartida, ellos reinvertían los beneficios que lograban por esas ventas en el mercado de capitales estadounidense: a cambio del desarrollo, de la paz y de la estabilidad mundial, los países con superávits exteriores le enviaban regularmente sus capitales a EEUU en forma de tributo, como si de tributos humanos con los que alimentar al minotauro cretense se tratara.

Varoufakis cree que ese minotauro global representado por EEUU se desmoronó con la actual crisis financiera y que no va a volver, motivo por el cual, desde su perspectiva, es necesario crear nuevos hegemones que reemplacen a EEUU. Dentro de Europa, la tesis de Varoufakis es que la hegemonía le corresponde a Alemania. En sus propias palabras: “Europa necesita una Alemania preparada y deseosa de convertirse en hegemónica y, de hecho, Alemania también lo necesita”. El objetivo último de Varoufakis, según él mismo declara, es avanzar hacia una Europa federal donde Alemania lleve la voz cantante a la hora de reindustrializar los países de la periferia europea: “Una Alemania hegemónica encontraría vías para canalizar sus enormes volúmenes de ahorro ocioso hacia inversiones productivas en la periferia donde podrían generar rentabilidades que amortizaran las deudas que estos países mantienen con Alemania y, a su vez, lograr que la periferia fuera competitiva dentro y fuera de Europa”.

Para lograr este objetivo, Varoufakis propone un nuevo Plan Marshall costeado por los contribuyentes alemanes a través del Banco Europeo de Inversiones. Es decir, Varoufakis apuesta por un desarrollismo estatal de Grecia teledirigido política y financieramente por el gobierno alemán: el nuevo hegemón regional. Varoufakis no apuesta por una política que otorgaría autonomía a Grecia al tiempo que promovería su desarrollo, a saber, un mercado libre europeo donde los capitales alemanes encuentren verdaderas y sanas oportunidades de inversión en Grecia. No: Varoufakis ambiciona un supraEstado europeo al cual se someta, como apéndice irrelevante pero bien subsidiado, el pueblo griego.

Por eso es falso que Syriza esté luchando por mantener la soberanía de Grecia frente a los tejemanejes alemanes: es justo al revés. Syriza quiere convertirse en una colonia alemana a cambio de que los sigan subvencionando con fondos del resto de Europa, y Alemania está intentando que Grecia alcance la autosuficiencia financiera (equilibrio presupuestario y equilibrio exterior) para que los griegos no necesitan depender de los créditos blandos que les proporciona la Troika y devengan, de este modo, autónomos a la hora de decidir soberanamente (y con su dinero, no con el dinero de los contribuyentes europeos) qué tipo de Estado quieren (como ya lo decide Finlandia, país alineado con Alemania y que tiene uno de los Estados de Bienestar más amplios del mundo).

Si Syriza verdaderamente deseara salvaguardar la independencia griega frente a la Troika, seguiría aplicando políticas de austeridad que le garantizaran la autosuficiencia. Pero no buscan eso: aspiran a seguir endeudándose a manos llenas aunque sea cediendo soberanía a Europa (esto es, a Alemania). Sus quejas actuales no proceden de que estén perdiendo soberanía, sino de que Alemania no quiere convertirse en su metrópoli a cambio de subsidiarlos permanentemente. Si la Troika les otorgara todo el crédito que reclaman para continuar gastando sin restricciones, no les importaría que las instituciones griegas estuvieran manejadas por eurócratas que fiscalizaran y teledirigieran todas y cada una de las operaciones que realizaran. No: el problema no es la soberanía, sino la pasta gansa. Otra cosa, claro, es que traten de vestirlo canallescamente con ropajes patrioteros para impostar indignación nacional. Pero no deberían engañar a nadie: los que se dan golpes en el pecho vindicando la soberanía del pueblo griego son los mismos que no han dudado en secuestrar a ese pueblo griego y a sus ahorros para utilizarlo como baza negociadora frente a Bruselas para conseguir una extensión del plan de rescate. No negocian la independencia, sino las condiciones financieras de la servidumbre.

Las mentiras de Podemos sobre las mentiras de Syriza

Podemos ya ha reaccionado a la imposición de un corralito bancario por parte de sus hermanos griegos de Syriza. Evidentemente, que tu sosias político en la península helénica decrete controles de capitales apenas seis meses después de llegar al poder no constituye la mejor carta de presentación posible para un posible Gobierno futuro de Podemos en España. Por eso, no han tardado demasiado en emitir un comunicado reivindicando la actitud postureante de Tsipras y Varoufakis frente a la Troika.

El problema es que los tres pilares de sus críticas contra las instituciones comunitarias carecen de base:

1.     Según Podemos, el Ejecutivo de Syriza presentó una propuesta de ajuste presupuestario que era sensata y viable pero que, al basarse en “una subida de impuestos a las grandes fortunas griegas”, fue rechazada por la Troika, quien prefería un ajuste fiscal consistente en incrementar el IVA a los alimentos básicos y en bajar pensiones. Pero no: tanto la propuesta de la Troika como la de Syriza incluyen la creación de un impuesto sobre el lujo; tanto la propuesta de la Troika como la de Syriza fijaban un IVA del 13% a los alimentos básicos; tanto la reforma de la Troika como la de Syriza extendían la edad de jubilación a los 67 años. ¿Dónde están las pequeñas diferencias? La Troika exigía que los alimentos no básicos y los hoteles tributaran a un IVA del 23%, que desapareciera la reducción del IVA del 30% aplicable a las islas griegas, que se redujera el gasto en defensa en 400 millones de euros y que se congelaran las pensiones hasta 2021. Syriza, en cambio, se negaba a los ajustes anteriores y proponía, a cambio de ellos, incrementar las cotizaciones a la Seguridad Social de todos los trabajadores (que ya se encuentran entre las más altas de Europa) e instaurar en 2015 un recargo extraordinario del 12% en las empresas con beneficios superiores a 500.000 euros. Los ultrarricos, ya sabe. Mas no queda demasiado claro cómo subiendo menos el IVA, recortando menos en Defensa y no congelando las pensiones puedes lograr el mismo ajuste por mucho que incrementes las ya altísimas cotizaciones a la Seguridad Social y, sólo en 2015, les metas un rejonazo monumental a las empresas medianas. En realidad, importa poco: Syriza no pretende cuadrar las cuentas sino seguir viviendo a costa del resto de europeos.

2.     Según Podemos, Syriza ha reaccionado ejemplarmente convocando un referéndum para darle la soberana palabra a la ciudadanía sobre su futuro, pero Europa está tratando de acallar la democracia helena asfixiando a su sistema financiero: En realidad, es al revés. Syriza no está defendiendo la soberanía del pueblo griego, sino que está intentando convertirlo en una colonia subvencionada de Alemania. Y, por el contrario, la totalidad de los gobiernos democráticamente electo de Europa (salvo Grecia) pretenden que, a medio plazo, el Gobierno heleno sea verdaderamente independiente y autosuficiente desde un punto de vista presupuestario y que no necesite recurrir a las transferencias y créditos blandos de la Troika. El propio Varoufakis lleva años reclamando una “Alemania hegemónica para Europa”. Lean: “Europa necesita una Alemania dispuesta a convertirse en hegemónica y Alemania también lo necesita (…) Una Alemania hegemónica encontraría vías para canalizar sus enormes volúmenes de ahorro ocioso en inversiones productivas para la periferia”. Lo que molesta a Tsipras y Varoufakis no es que Alemania quiera implicarse demasiado en la economía helena, sino que quiera implicarse demasiado poco, apenas garantizando la sostenibilidad a largo plazo de las cuentas públicas del país y su independencia financiera de la Troika. Ellos quieren una dependencia estructural: convertirse en un Länder alemán más a cambio de que les sustenten el chiringuito estatal.

3.     Según Podemos, Syriza no es la responsable de lo acontecido en Grecia y, en cambio, sí lo son Pasok y Nueva Democracia, las marcas helenas de PSOE y PP: Nueva Democracia (PP) es responsable por haber inflado el hiperEstado griego durante los años de burbuja crediticia y por haber manipulado las estadísticas oficiales. El Pasok (PSOE) es responsable por haber intentado mantener esa hipertrofia estatal cogiendo el dinero de la Troika prometiendo hacer unas reformas y ajustes que, en realidad, no hacía. Y Syriza (Podemos) es responsable de plantear un órdago a la Troika para que le permitan seguir con el desastroso modelo implantado por Nueva Democracia y el Pasok consistente en vivir subsidiados por el resto de Europa. Ni la casta ni la neocasta cuestionan los pilares básicos del consenso estatista griego y, por eso, todos ellos son responsables de haber abocado a la ruina al país. Syriza simplemente ha llevado al extremo los excesos irresponsables de sus predecesores para, amenazando con quebrar y suicidar económicamente al país, conseguir suficientes concesiones de los gobiernos europeos como permitirles conservar el Estado clientelar y burocratizado que construyeron Nueva Democracia y el Pasok y que los ha conducido a la miseria actual.

En suma, Grecia no reivindica su soberanía para defender a sus pensionistas y ciudadanos más humildes. En las últimas horas, de hecho, la Troika ha continuado ablandando su propuesta hasta volverla prácticamente irreconocible con la de Syriza. El referéndum no pretende dar voz al pueblo, sino convertirse en una estrategia negociadora para transformar a Grecia en un hipersubvencionado Land alemán. Es decir, Tsipras no defiende a pensionistas y ciudadanos humildes: Grecia instrumenta a pensionistas y ciudadanos humildes —hasta el punto de forzar una congelación de sus ahorros en el banco y someterlos al riesgo de padecer una quita devaluadora— para lograr sus objetivos políticos que no son otros que mantener el hiperEstado burocratizado y clientelar de Pasok y Nueva Democracia. No es compasión, sino psicopatía kamikaze. Como en España, la casta y la neocasta se diferencian poco: Syriza propone lo mismo que Pasok y Nueva Democracia pero con más arrojo suicida. Todo o nada: y lo peor es que los gobiernos europeos, como en tantas otras ocasiones, pueden terminar cediendo e inmolando a sus contribuyentes para mantener whatever it takes la sacrosanta unión monetaria.

Grecia y EU: al borde del divorcio

Hervidero. Esa es la palabra de este fin de semana. Cuarenta grados en Madrid y trasiego en las redes sociales con el tema #Grexit, término con el que se denomina la posible salida de Grecia. Lo que hace poco parecía un imposible, hoy no lo es tanto. Lamento haber acertado en el pronóstico cuando Luis Herrero me preguntó en la radio el pasado jueves si habría acuerdo Grecia/troika o no este sábado. Ojalá lo hubiera habido y no se hubiera tensado tanto la cuerda.

Todo el fin de semana se han sucedido noticias alarmantes y comentarios variopintos de unos y otros. A mediodía del domingo Varoufakis afirmaba que no habría corralito, y por la tarde el Banco Central de Grecia anunciaba que el lunes ni los bancos ni la Bolsa abrirían. Es decir, corralito al canto. Unos preguntaban si no habría dinero para los cajeros y los más expertos explicaban que, aunque el Banco Central Europeo había cortado el grifo del dinero, no había cancelado los préstamos ya concedidos, pero que no habría dinero para los cajeros automáticos.

¿Qué implica eso para el resto de los países de la Unión Europea? 

La sonrisa argentina

Hablando sobre el tema con un profesor argentino, de repente me plantea la desaparición del euro. Imposible, imposible… “Los políticos rara vez dicen lo que piensan, dicen lo que políticamente les conviene”. Y, sonriendo me explica que Gran Bretaña no explicó a sus súbditos que iba a abandonar el patrón oro en los años 30, el gobierno argentino tampoco sometió a debate el abandono de la convertibilidad de su moneda respecto al dólar, y nadie podía creer que pudiera suceder ni una cosa ni otra pocos años antes.

Me pongo nerviosa. Eso es verdad. Me recuerda que el mismísimo Oskar Morgenstern señalaba que el Banco de Inglaterra falseó sus cuentas durante años haciendo creer que tenía menos reservas de las reales, justo antes de tomar la decisión de abandonar el patrón oro (Ver: On the Accuracy of Economic Observations, 1950). Simplemente anotaba esas tenencias de oro bajo el epígrafe “Otros activos”. Y no es el único caso, los gobiernos europeos falsearon sus estadísticas para obtener todo el dinero posible de Estados Unidos mediante el Plan Marshall. ¿Nos fiamos de lo que dicen los gobiernos?¿de sus estadísticas?¿de lo que dicen que van a hacer? ¿o mejor tratamos de deducir qué probabilidad hay de que sucedan según qué cosas en función de lo que no dicen?

E sistema del euro no puede funcionar plenamente con una democracia al 100%. La razón es muy simple. Por un lado, los gobiernos democráticos tienen incentivos para gastar e intervenir. Por otro lado, la salud del euro como moneda europea depende de la capacidad de los gobiernos nacionales de armonizar sus presupuestos, desregular los mercados y moderar el gasto. ¿Cuál es la probabilidad de que los gobiernos nacionales en recesión o casi moderen el gasto y eliminen restricciones?

¿Grexit o Eurexit?

Un economista de un país como Argentina que, por desgracia, ha vivido lo imposible y ahí sigue vivita y coleando, con una intensa historia monetaria a sus espaldas, mira a Europa con cierto cinismo, sin escandalizarse ante lo que a mí me parece impensable. “¿Puede ser que el euro se venga abajo después de tanto tiempo?”, pregunto. “¿Cuánto duró el patrón oro o el sistema de Bretton Woods y acabaron a pesar de ello?”.

Si el euro desaparece ¿quién se beneficiaría? Todos los gobiernos que ganan más gastando su moneda nacional que recibiendo euros del BCE. Y eso depende en gran parte de la voluntad del BCE de emitir (de una manera u otra). Por fortuna para el BCE, el club de bancos centrales de los países europeos, ha sido relevado del papel de culpable y se ha tomado a Alemania como “mal de males”, y en concreto, es la cara de Angela Merkel la que se ha inoculado en el imaginario colectivo como la bruja que amenaza, tortura y mata de hambre a los griegos, y tras ellos, a todos nosotros, si hace falta. Una señora votada por sus ciudadanos que vela por los intereses de sus contribuyentes. Igual que Tsipras, un señor votado por sus ciudadanos que, antes que a él, votaron durante años a varios gobernantes que habían robado y mentido, como los políticos de los años 30 a los que se refería Morgenstern, pero de manera mucho más obscena y notoria. La democracia, el menos malo de los sistemas de elección, se torna peligroso cuando no hay sensatez económica y votantes y votados son rent-seekers, buscadores de rentas, unos vía subvención, otros vía cargo público. (Reconozco que iba a decir moralidad en vez de sensatez económica pero no me atrevo). ¿Quién va a votar a favor de las medidas necesarias para que el euro sobreviva? Y si no lo hace ¿qué gobierno español va a defender una peseta “sana” y solvente a costa de moderar el gasto?

En conclusión: la tormenta europea perfecta.

Nancy Fraser

Leí hace un tiempo esta opinión de la intelectual norteamericana Nancy Fraser, filósofa, feminista y profesora de Ciencias Sociales y Políticas, y también de Filosofía, en The New School de Nueva York:

En los años treinta del siglo pasado, tras la gran recesión de 1929, el sistema supo articular una nueva forma de capitalismo más regulado, que ha perdurado muchos años. Precisamente la ruptura de esas reglas por la hegemonía de las teorías neoliberales ha llevado a la actual situación.

Un poquito de respeto, pues, hacia nuestros profesores, habitualmente castigados como si fueran monopolistas de las gansadas. No lo son en absoluto. Puede verse en los dislates de la doctora Fraser, que se inventa una teoría según la cual hay una cosa misteriosa y casi abstracta llamada “el sistema” que decidió intervenir y regular el capitalismo. Como es bien sabido, no fue “el sistema” sino el Estado y sus muy concretos administradores. A continuación va y desbarra afirmando que ese intervencionismo ha desaparecido por la hegemonía liberal, nada menos.

Como es patente para cualquiera que contemple la realidad, el intervencionismo no sólo no ha desaparecido sino que continúa en niveles récord, junto con las regulaciones, los impuestos, el gasto público, la deuda pública, etc. En ningún caso la crisis económica pudo producirse por una menor intervención del Estado, porque esa menor intervención no existió. La que existió, en cambio, fue la intervención monetaria y la fiscal a cargo de las autoridades, que sí explican “la actual situación”, pero de eso la profesora prefiere no hablar.

El papa Francisco y el debate sobre los pobres

Su Santidad está intensamente preocupado por el bienestar de los pobres y por la salud del planeta. En poco tiempo ha proclamado dos encíclicas para enfrentarse al tema: Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio) y Laudato Si’ (Loado sea).

La participación de la Iglesia en este asunto es legítima, al menos desde su perspectiva. El papa, como buen creyente, suscribe la hipótesis creacionista. Su Dios, supone, creó el mundo –todo lo que existe–, como les reveló la Biblia en el Génesis, y con él a una criatura muy especial, el hombre, que tiene la responsabilidad de administrar la Creación. Por lo tanto, el bienestar de los seres humanos y la salud del planeta le atañen, especialmente a una persona convencida de ser el representante de Dios en la Tierra.

En general, la visión de Francisco es la de alguien que rechaza el mercado y sospecha de las virtudes de la propiedad privada, o lo subordina todo a un inasible bien común, como sostiene la Doctrina Social de la Iglesia, un curioso cuerpo doctrinario, a veces contradictorio, en el que se trenzan los planteamientos económicos, los dogmas religiosos y los juicios morales.

El papa argentino, afortunadamente, no es el único teólogo católico que tiene esas preocupaciones. El sacerdote Robert A. Sirico, que es, además, economista, y pasó las calenturas socialistas en su juventud, de las que consiguió curarse, hace 25 años fundó en Michigan el Acton Institute of Religion and Liberty para explicar cómo el mercado, la propiedad privada y la libertad son mucho más eficientes para combatir la pobreza y mantener los equilibrios ecológicos que las decisiones de los comisarios o la buena voluntad de los obispos.

Invito a los lectores a que entren en la página web del Acton Institute, contrasten la encíclica Loado sea con la crítica que ahí se le hace y lleguen a sus propias conclusiones. El papa Francisco es una persona carismática y bien intencionada, pero esos rasgos de su personalidad no conceden una especial verosimilitud a sus opiniones sobre el desarrollo. Si Sirico, como creo, tiene razón, los criterios del papa, en general, resultan contraproducentes.

Pero hay otros cristianos que participan en el debate. Los luteranos también se lo toman muy en serio e invocan las mismas razones teológicas que Francisco, pero arriban a conclusiones contrarias.

En abril, pocas semanas antes de la encíclica del papa sobre el cambio climático, más de un centenar de científicos, teólogos y profesores universitarios vinculados al luteranismo dirigieron al papa una carta abierta advirtiéndole de que los combustibles nucleares y fósiles –petróleo, carbón–, la propiedad privada, el comercio libre, el Estado de Derecho y los gobiernos limitados habían logrado rescatar de la pobreza a millones de personas que podían volver a ella si se aceptaba como ciencia las opiniones para ellos caprichosas y equivocadas de algunos ecologistas embriagados por el estatismo.

Los lectores interesados en conocer los argumentos de la carta abierta y la impresionante lista de firmantes pueden acceder al documento por medio de internet: Cornwall Alliance for the Stewardship of Creation.

Una observación final: el papa y muchos de sus seguidores participan de una gran contradicción en el terreno económico cuando predican al mismo tiempo las virtudes del ascetismo y la frugalidad y la necesidad de rescatar de la pobreza a cientos de millones de personas.

La pobreza material es la consecuencia del no consumo. Los pobres carecen de todo: desde agua potable hasta de un techo decente, pasando por medicinas, ropa y alimentación adecuadas, transporte y comunicaciones.

Para que abandonen la pobreza hay que convertirlos en consumidores progresivos. Una sociedad productiva sólo puede crecer si genera incesantemente más bienes y servicios para un número mayor de personas, empleando proporcionalmente menos recursos. Si se detiene ese ciclo sobrevienen el desempleo y la miseria.

Carece de sentido condenar a los alemanes por vivir opulentamente y censurarlos porque hay millones de personas que viven mucho más miserablemente que ellos y se sienten con derecho a emularlos. Lo mismo puede decirse de los norteamericanos o de los daneses.

¿Cuánto es suficiente? Depende de cada individuo. El valenciano Rodrigo Borja, que fue papa con el nombre de Alejandro VI, era el cardenal más rico de su tiempo (y el que más hijos tuvo). Benedicto XVI se sentía bien en los mejores aposentos del Vaticano. A Francisco I, en cambio, le basta una habitación mucho más modesta en una especie de hotel en el que pernoctar.

Un papa capaz de reconocer paladinamente que no es nadie para juzgar las preferencias sexuales de sus prójimos puede entender que tampoco es nadie para decidir qué autos o cuántos metros de vivienda son moralmente justificables. Eso pertenece al ámbito de la subjetividad individual y de la definición personal de lo que es necesario, confortable o lujoso. ¿Quién es él para decir a los demás lo que pueden o deben consumir? Aceptar esa limitación humildemente acaso sea una de sus mayores virtudes.