Cómo mataron una Constitución “moribunda”
Hugo no olvidó el consejo. Juró sobre la Constitución “moribunda” y poco después terminó de matarla. Con ese acto comenzó, como dice Ramírez, el final del Estado democrático.
Hugo no olvidó el consejo. Juró sobre la Constitución “moribunda” y poco después terminó de matarla. Con ese acto comenzó, como dice Ramírez, el final del Estado democrático.
Era predecible que Obama basculara hacia el aislacionismo, como hoy sucede con medio país.
La reforma educativa presentada por Ciudadanos tiene sus luces y sus sombras: sin ser una reforma que vaya a revolucionar el sistema educativo español volviéndolo verdaderamente libre y adaptable a un entorno cada vez más dinámico y cambiante, sí introduce diversos cambios que intentan simular, dentro del encorsetado y burocratizado régimen estatal, algunos de los elementos y mecanismos que estarían presentes en un mercado libre (autonomía de cada centro, autorregulación curricular, competencia, remuneraciones ligadas a resultados, etc.).
Habida cuenta de que la inmensa mayoría de españoles son socialdemócratas convencidos, acaso no sea políticamente realista que el partido, aun queriéndolo, hubiese podido presentar un programa muy distinto (lo cual no quita para que, aquellos que nos ubicamos fuera de la refriega politiquera diaria, sí podamos y debamos vindicar un vuelco liberal de la vida política española). Ahora bien, incluso partiendo de esa generosa base, existe un clamoroso punto negro en el programa educativo de Ciudadanos que no es excusable ni siquiera por un elemental tacticismo político: la omisión de cualquier mención a la educación en casa (homeschooling).
En España, la educación en casa se halla incomprensiblemente en un limbo de alegalidad. Digo incomprensiblemente porque escolarizar a un niño no es la única forma de educarle: el fin —y la obligación familiar— ciertamente es que un niño adquiera las habilidades y los conocimientos básicos para crecer y desarrollarse socialmente como adulto; pero el medio para lograr tal fin puede ser la escolarización… o el homeschooling. En otras palabras, la educación en casa no es sinónimo de asilvestramiento infantil: en esencia porque los padres quieren sacar a los niños de la escuela para implicarse activamente en su crecimiento intelectual, moral y emocional. Y al igual que existen inspecciones o pruebas generales en los centros docentes para supuestamente asegurar la calidad de la enseñanza, también podrían darse si fuera menester entre los niños educados en casa para certificar que los padres no están desatendiendo sus obligaciones para con sus hijos.
Pero, como digo, los legisladores españoles han optado por mantener en tierra de nadie semejante libertad fundamental. A pesar de lo cual, alrededor de 5.000 padres optan cada año por rescatar a sus hijos de un sistema escolar que no se ajusta en absoluto a la formación que consideran más adecuada para ellos. Estas valientes 5.000 familias no practican el homeschooling por desprecio o indiferencia hacia la educación que vayan a recibir sus vástagos, sino por todo lo contrario: porque valoran tanto los conocimientos, los valores y las habilidades personales y sociales que desean que desarrollen sus hijos que están dispuestos a nadar contracorriente y a sacarlos de un sistema de enseñanza que honestamente creen que es disfuncional.
Y razón no les falta en sus apreciaciones: es una obviedad que el sistema educativo español hace aguas por todos los costados (tal como los propios políticos reconocen cada vez que anuncian reformas profundas en su organización). No sólo las elevadas cifras de fracaso escolar o las mediocres calificaciones de PISA avalan su fracaso, sino también su total incapacidad para formar personas en otras dimensiones humanas distintas a la de convertir a los alumnos en un mero silo memorístico. En este contexto, es del todo razonable que algunos padres se preocupen y se ocupen de querer proporcionar personalmente esa formación integral de calidad a sus hijos en lugar de condenarlos durante una década a una estéril estabulización escolar (al menos hasta ciertas etapas educativas donde sí puedan requerir de la asistencia de profesores especializados).
Acaso se objete que la educación en casa puede ser efectiva a la hora de transmitir conocimientos y valores, pero que en cambio atrofia la socialización de los menores. Mas semejante crítica adolece de un profundo desconocimiento de qué es la educación en casa: unhomeschooler no es un niño que se queda aislado y encerrado dentro de las cuatro paredes de su vivienda recibiendo clases magistrales de sus padres; un homeschooler es un niño al que sus padres forman continuamente en todos los aspectos vitales, no sólo transmitiéndole conocimientos, sino insertándolo en la vida diaria de la sociedad (por ejemplo, acompañando a sus padres en sus actividades mundanas fuera de casa para que se interrelacione con personas de edad distinta a la suya) y también asegurándose de que cuente con amigos de su misma madurez intelectual y emocional para que desarrolle facetas que los padres saben que no pueden ser ellos quienes se las desarrollen.
Es más, si uno está verdaderamente preocupado por la socialización de los menores, lejos de darle un portazo total al homeschooling debería abrazar el flexi-schooling, es decir, una modalidad de escolarización parcial donde los niños acuden a la escuela para recibir ciertas materias (y socializarse) permitiendo que las restantes sean impartidas en el seno familiar. En tal caso se combinan las posibles ventajas de la escolarización con las indudables ventajas de la educación en casa. Pero en España ni elhomeschooling ni el flexi-schooling están amparados por la ley con la claridad que se merecen, colocando a miles de familias bajo una injustificable espada de Damocles de incertidumbre.
Ciudadanos siempre ha hecho gala de valorar la seguridad jurídica, la simplicidad normativa, la independencia de los individuos frente al Estado o las experiencias extranjeras funcionales. Incluso en su reforma educativa, defienden la importancia de promover la implicación de las familias en la educación de sus hijos. Con tales mimbres, resulta ilógico que se hayan negado a abordar la problemática de la educación en casa: esto es, que se hayan negado a proporcionar seguridad jurídica a 5.000 familias y sus hijos, simplificando la maraña educativa en la dirección de importar un modelo de educación perfectamente exitoso en EEUU que, además, defiende la independencia de los individuos frente al Estado. Ojalá Ciudadanos enmiendee esa crucial omisión reuniéndose con asociaciones de padres que practican el homeschooling, escuchándoles con apertura de miras y ofreciéndoles una respuesta sensata a su problemática donde se salvaguarde su libertad y la calidad educativa de sus hijos. Todavía están a tiempo de enarbolar una bandera tan digna y liberal como ésta.
Ni Rajoy ni ningún otro político va a devolver jamás un céntimo a no ser, claro, que la devolución sea en especie y debidamente reconducida grupos que pueden servir como palanca para aminorar la sangría de votos
Mi compañero columnista en este periódico, director del Instituto Juan de Mariana, co-tertuliano y amigo, Juan Ramón Rallo, publicó hace un par de días un artículo titulado “Podemos y el fracaso de la democracia participativa”. En él, el autor trata de mostrar los fallos que han llevado a la democracia participativa del partido político de izquierda radical, Podemos, al más absoluto fracaso de organización. Y lo hace muy bien. Pero no se limita a eso. Rallo va más allá y expone sus reclamaciones a la democracia en general, frente a la que propone un sistema de libre mercado, contractualista, al más puro estilo anarco capitalista. Quienes le conocemos desde hace años no estamos sorprendidos. Pero las redes sociales han enarcado la ceja derecha estupefactas.
Uno de los peligros de los analistas (económicos y políticos) es caer en la denuncia permanente sin proponer medidas o, al menos, soluciones viables. Y aquí es donde el anarco capitalismo tiene que seguir trabajando. Porque las tesis contractualistas están muy bien, si no contamos con la naturaleza del ser humano y con la ley de las consecuencias no queridas. Es verdad que sería maravilloso que pudiéramos vivir en una sociedad de 35 millones de habitantes (¡o de 350 millones!) mediante acuerdos voluntarios, con agencias de seguridad, agencias de justicia, sin fronteras, libre comercio, monedas que compiten entre sí y sin bancos centrales. Mientras tanto, en el camino, muchos anarco capitalistas agarran el bazooka y bombardean grandes palabras que no significan lo mismo para ellos que para mucha gente. En este caso, la palabra (y el concepto que hay detrás), democracia.
Porque para muchas personas, especialmente en España, democracia es lo que vino después de la dictadura, la que Rallo no vivió, donde las libertades económicas, políticas y sociales fueron casi un chiste. Acepto diferenciar el periodo de autarquía de la apertura aceptada a regañadientes tras una compleja negociación (lo que sea por luchar contra el comunismo soviético: Estados Unidos abre sus bases en España y a cambio nos da la parte correspondiente del Plan Marshall que nos negó en su momento). Con todo y con eso, la autarquía duró 20 años y aún en los años 60 el divorcio no estaba legalizado y las mujeres no podíamos abrir una cuenta corriente sin respaldo de un hombre. Para gran parte de la población de nuestro país, el concepto de democracia podrá tener todos los problemas del mundo… pero necesitan una alternativa que no abra ni un resquicio a algo peor, como lo que ya hemos vivido.
Si “la democracia tiene problemas irresolubles en materia de información (…) sesgos individuales (…) agregabilidad de voluntades (…) e incentivos” también lo tienen prácticamente todos los sistemas de coordinación humana cuando el número de participantes aumenta.
En primer lugar, desde luego que la gente no está completamente informada de las decisiones de sus políticos. Y muchos ciudadanos no quieren conocerlas. De la misma manera que mucha gente compra la marca de galletas de toda la vida y no se plantea cuál es la decisión más racional. Esos cálculos de optimización de las decisiones, en la realidad, son ineficientes. Si una gran mayoría decide ceder la codificación de sus normas morales a una religión con código estándar (el que sea) en vez de plantearse todo cada vez, por algo será.
El sistema que propone Juan Ramón Rallo, incluso si teóricamente es el que más me convence, no está lo suficientemente maduro, trabajado, no es lo suficientemente real como para desbancar a la democracia, con todos sus defectos. Hay que elegir “susto”.
La democracia y sus demonios
Si no queremos caer en lo mismo que denunciamos, por más que tengamos mil autores que han descrito, argumentado, imaginado un mundo anarco capitalista, creo que hay que partir de los mimbres de que disponemos para hacer las mejores cestas posibles. Nuestra democracia apesta: hay corrupción, las instituciones que deberían velar por su limpieza no funcionan, los políticos abusan, parte de la ciudadanía también, la otra parte, desde el mar de la desidia, lo consienten. ¿Dónde ha quedado la rendición de cuentas, la separación de poderes, la autonomía del ciudadano para impugnar y denunciar? ¿Cómo se renueva todo este desastre?
En nuestro micro universo todos renunciamos en mayor o menor medida a parcelas de libertad
Personalmente, no soy partidaria de planificar ni siquiera la libertad. Eso de decirle a la gente qué tiene que querer me supera. Y al fin y al cabo, en nuestro micro universo todos renunciamos en mayor o menor medida a parcelas de libertad. Tampoco sabemos todos qué hace nuestra empresa con el dinero y si es de nuestro agrado, o si son honestas las contrataciones (excepto la nuestra que es la que miramos).
Creo en la desregulación institucional, de manera que no se impida que afloren nuevas instituciones (como la llamada “sharing economy” o el “shadow banking”). Siempre respetando la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos, por supuesto. Creo en pocas leyes, pero claras y que se cumplan en igualdad de condiciones. Creo en el fin de los privilegios a empresarios poderosos, reyes, políticos e iglesias. Y, desde luego, creo que los incentivos lo son todo. Estudiemos qué incentivos, qué leyes y qué nuevos modos. Propongamos el fin de las diferencias ante la ley de los ciudadanos. Y después, si queda tiempo… soñamos.
Los cubanos están solos. Deberán, pues, diseñar alguna forma sensata y pacífica de tratar de recobrar la libertad frente a una dictadura empeñada en negarles la sal y el agua. Lo que seguramente no harán es cruzarse de brazos. No lo han hecho nunca. La lucha sigue 56 años más tarde. Eso tiene mérito.
Decía Churchill que el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio: pero, en verdad, el mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el dirigente medio de Podemos.
En ninguna parte aparece lo fundamental: ¿quién preparó la comida, con qué recursos?
Podemos ha vendido creencia, magia, pura superstición, un cuento de buenos y malos que siempre desembocaba en el mismo mar
Tras la metamorfosis socialdemócrata de Podemos, lo que se ha puesto de moda no es tanto la renta básica cuanto la “renta mínima de inserción” en sus muy diversas denominaciones (renta mínima vital, renta mínima garantizada, etc)