“Contribuir para recibir”
Con los impuestos no vale lo de “contribuir para recibir”, porque no pagamos impuestos para recibir cosas: los pagamos porque son obligatorios, y si no los pagamos podemos acabar en la cárcel.
Con los impuestos no vale lo de “contribuir para recibir”, porque no pagamos impuestos para recibir cosas: los pagamos porque son obligatorios, y si no los pagamos podemos acabar en la cárcel.
Benjamin Franklin advirtió que “quien sacrifica la libertad para alcanzar la seguridad, acaba por no tener ni una ni otra”. A quien la sacrifica pensando en la prosperidad le sucederá lo mismo.
El Gobierno griego sabía desde el principio que el impago no era una opción factible. Se podía emplear a efectos propagandísticos, tanto fuera como dentro de Grecia
Levantémonos pues, de una vez; que la Escritura nos exhorta y nos dice: “Ya es hora de despertarnos del sueño”. Regla de San Benito, prefacio #9.
El pasado 11 de julio se celebraba el aniversario de San Benito que es patrón de Europa desde que Juan Pablo II, en el año 1980 así lo nombrara, aprovechando el XV aniversario de su nacimiento. Famoso por su lema “Ora et labora” (reza y trabaja) fue fundador y autor de la Regla benedictina, a la cual pertenece el consejo mencionado. En el prefacio de la Regla de San Benito aparece la frase con la que se abre el artículo y creo que no puede ser mejor referencia para la Europa de esta semana que vive unos momentos terribles.
La Europa de los perdedores
Por describirlo brevemente, estamos viviendo un juego en el que todos pierden. Pierde el pueblo griego, como es bastante evidente. Pierde el dúo Varoufakis/Tsipras, que se han pasado de listos y se les ha ido de las manos. Más en detalle, desde mi punto de vista, pierde más Tsipras, que está haciendo el cangrejo ante los atónitos ojos de quienes, por dos veces en menos de un año, le han otorgado el mandato de representarles, prometiéndoles hacer lo opuesto a lo que está haciendo. Varoufakis tiene dos libros en el mercado y apunta como “gran” conferenciante junto a otros gurús exprés como Piketty o Stiglitz y Krugman.
Pierden las instituciones europeas, cuestionadas hasta vislumbrar, más o menos en la lejanía, el posible final de sus días, o al menos, de su manera de gestionar tal y como la conocemos. Pierden los ciudadanos europeos que, pase lo que pase, van a pagar los excesos de esta fiesta. Pierde todo el mundo.
Conviene recordar que fue en el año 2009 cuando el gobierno socialista recién elegido reconocía que sus cuentas estaban falseadas y que su déficit no era un 3,7% sino un 12,5% sobre el PIB
No vale de nada señalar con el dedo al pueblo griego y denunciar si defraudaron más los políticos griegos o se aprovecharon más los ciudadanos griegos. Pero sí conviene recordar que fue en el año 2009 cuando el gobierno socialista recién elegido reconocía que sus cuentas estaban falseadas y que su déficit no era un 3,7% sino un 12,5% sobre el PIB. En plena crisis financiera, los países de la zona euro decidieron no hacer nada drástico, no fuera ser que se agravara la situación financiera en Europa. Recordemos que por aquel entonces, Zapatero ya había rescatado cinco cajas de ahorros y nacionalizado tres más, y nuestra situación era terrible, como la de otros países. En mayo del 2010 se arbitró el primer rescate, en febrero del 2012 el segundo rescate, y nos encaminamos hacia el tercer rescate. Ya entonces, Papandreu consideraba humillante gestionar de frente el problema de Grecia y presionaba para que las instituciones europeas les trataran como al resto de los miembros socios, como España, Portugal, Italia o Irlanda, que fueron rescatados bien totalmente o bien solamente el sector bancario, como en nuestro país.
La humillación frente a tus pares
Y aquí seguimos, con otro primer ministro heleno de izquierda radical y miles de Tsipras-fans acusando a los acreedores de humillar al pueblo griego. Aquí seguimos mucho más empobrecidos. Unos países estamos devolviendo lo acordado en tiempo y forma y Grecia no. Pero no importa: les humillamos. Imagino a un samurái japonés mirando a la cara a su acreedor y espetándole en la cara: “No reconozco tu deuda ni a ti como acreedor y, además, te sitúo en un laberinto en el que pierdes si me echas y pierdes si me quedo”. El sentido del honor oriental llevaría a este señor y a toda su familia a quitarse la vida ante semejante humillación. Según esta percepción de la dignidad, el pueblo griego debería avergonzarse de Tsipras y de Varoufakis, en vez de otorgarles su representación mayoritaria.
¿Qué falla? ¿Falla Grecia? Realmente el sistema de rescate europeo, apresurado, demasiado apresurado, porque no estaba previsto, tenía agujeros que todos veíamos pero nos negábamos a reconocer. Y cuando alguien decía “Si un socio no cumple, nos vamos todos al hoyo”, la respuesta era: “Bueno, pero eso no va a pasar”. Y pasó. De la misma forma que en su momento se debió pensar que nunca habría un conflicto armado a escala mundial en el siglo XX y vivimos dos, o que nunca iba a acabar el patrón oro, o que nunca caería el precio de la vivienda…
La Unión Europea es una institución que pone parches aumentando el peso de su burocracia, su presupuesto y, lógicamente, su ineficiencia. Las soluciones que oigo y leo a mi alrededor hacen descansar el éxito de las mismas en la seriedad de banqueros centrales, de políticos y de gestores que han mostrado excelsamente cuán proclives son a caer en tentaciones deshonrosas.
¿No será el momento de despertar del sueño europeo y caminar hacia una Europa más libre?
Varoufakis se creyó un jugador más hábil de lo que realmente es: su estrategia desde el comienzo fue amenazar a Alemania, y al conjunto de la Unión Europea, con el órdago de hacer estallar el euro. El ex ministro de Finanzas estaba convencido de que Merkel y sus pares terminarían cediendo antes de experimentar un desmembramiento de la moneda única. Tal como declaraba hoy mismo: “Mi punto de vista —y así se lo trasladé al gobierno— es que si ellos se atrevían a cerrar nuestros bancos, nosotros debíamos responder con una agresividad similar aun sin llegar al punto de no retorno: debíamos emitir nuestra propia divisa, o al menos amenazar con hacerlo; debíamos aplicar quitas a los bonos griegos en manos del BCE, o anunciar que lo íbamos a hacer; y debíamos recuperar el control del Banco central de Grecia”.
Pero la Eurozona no cedió sino que se mostró dispuesta a que el Gobierno griego se ahorcara con su propia soga. Y ahí fue cuando toda la estrategia griega se desmoronó: Tsipras reveló que iba de farol, que el referéndum había sido simplemente un paripé negociador y que su deseo no era la de salir del euro. En el juego del gallina, Tsipras fue el primer cobarde en salirse del carril. Fue ahí cuando tuvo que recular y ceder en prácticamente todo: la estrategia de Varoufakis lo había colocado en una ratonera y Tsipras no quiso morir matando, de modo que tuvo que capitular con deshonores.
Así, en menos de una semana después del dignísimo referéndum, la Troika ha conseguido que Tsipras no sólo le entregue la cabeza de Varoufakis y que se comprometa a implementar en 72 horas un acuerdo mucho más duro del inicialmente propuesto antes del referéndum, sino que además lo ha empujado a que aporte como garantía de la nueva deuda un conjunto de activos estatales valorados en 50.000 millones de euros. Alta condicionalidad (cese de Varoufakis, subida del IVA, recorte de las pensiones, automatización de las reducciones del gasto, privatización de la red eléctrica o reversión de la contratación de empleados públicos) y elevadas garantías para avalar la financiación lograda.
La derrota de Syriza ha sido absoluta, por mucho de que sus partidarios se agarren al desesperado asidero de que Tsipras jure haber logrado un compromiso de reestructuración de la deuda griega. Pero recordemos que semejante compromiso por parte del Eurogrupo siempre estuvo encima de la mesa, condicionado —como ahora— a que Grecia fuera cumpliendo sus compromisos. Lean, si no, el mensaje publicado por el Eurogrupo el 27 de noviembre de 2011, meses después de acordado el segundo rescate: “Los países de la Eurozona están dispuestos a tomar las siguiente medidas: rebajar en 100 puntos básicos el tipo de interés pagado por los préstamos recibidos por Grecia (…); alargamiento de los plazos de los préstamos en 15 años y un retraso en el pago de intereses de 10 años (…). Sin embargo, el Eurogrupo recalca que la deuda griega sólo se beneficiará de estas reformas de manera gradual y condicionada a una completa implementación de las reformas que el país ha suscrito”. Tsipras, por tanto, no ha logrado nada nuevo a lo que había: si cumples, las condiciones financieras mejorarán; si no, se quedarán tal cual.
Mas si la pésima estrategia negociadora diseñada por Varoufakis no ha logrado ninguno de los objetivos ambicionados —más bien al contrario: ha terminado abocando a Grecia a aceptar condiciones más duras de las iniciales—, sí ha implicado unos brutales costes para el país. En primer lugar, la economía griega llega medio año paralizada como consecuencia de la incertidumbre sobre su futuro generada por Syriza. Segundo, la credibilidad y la confianza del Gobierno griego, y de buena parte de sus ciudadanos, frente al resto de Europa ha saltado por los aires y tardará mucho tiempo en reconstruirse. Tercero, probablemente la coalición gobernante esté herida de muerte toda vez que ha padecido una humillación innecesaria en caso de haber cedido a tiempo, dejando en consecuencia un Ejecutivo debilitado e inestable. Y, por último, el corralito bancario provocado por Syriza ha supuesto la puntilla para la economía y para la propia banca griega: las transacciones se han paralizado —y van a seguir paralizadas— durante semanas, las compañías se han descapitalizado, las importaciones se han congelado suspendiendo las operaciones de muchas empresas helenas y la propia banca ha experimentado unas pérdidas extraordinarias que le han abierto un agujero de 25.000 millones de euros.
En definitiva, la estrategia negociadora de Syriza desde que llegó al poder ha sido un arrogante disparate, propia de iluminados vanidosos que se creyeron los embustes con los que estaban engañando a sus ciudadanos. Un elevadísimo coste político, social y económico del populismo para terminar consiguiendo un acuerdo mucho peor al que tuvieron desde un comienzo a su disposición. “Dignidad”, lo llamaban.
Un dirigente de Podemos, en un debate en la Complutense, desdeñó el liberalismo como “ideología”. Reprodujo la vieja patraña marxista según la cual las ideas de los comunistas son ideas, teorías o incluso, pásmese usted, ciencia, pero las ideas de los demás son ideología, que es una combinación de error y de intereses espurios e inconfesables. Se comprende que las dictaduras socialistas hayan reprimido a tantas personas sólo por su forma de pensar.
Lo recordé al leer una declaración de doña Laura D’Andrea Tyson, expresidenta del Consejo de Asesores Económicos del Presidente de EEUU y profesora en la Universidad de California en Berkeley, que rechazó la antinomia entre Estado y mercado por ser una “cuestión ideológica” que pone el énfasis en la oposición entre política y libertad, y añadió:
La pregunta equivocada es: ¿cuán grande debe ser el Estado? La pregunta correcta es: ¿[hay que] desarrollar programas públicos eficientes para ofrecer bienes y servicios públicos que ni el sector sin ánimo de lucro ni el mercado pueden suministrar?
Se podría argumentar que la teoría de los fallos del mercado, sustento de semejante fantasía, es insatisfactoria, como se han ocupado de destacar Ronald Coase y otros, que refutaron el supuesto aval científico de quienes aseguran saber lo que el mercado puede hacer o no.
Sin embargo, lo más escalofriante es que para doña Laura Tyson, y para tantos intoxicados por la fatal arrogancia neoclásica, el tamaño del Estado no importa, es decir, la libertad de los ciudadanos no importa, y podrá ser quebrantada sin un límite preciso, porque en realidad es sólo un problema técnico. Así, se juntarán los expertos más avezados, como por ejemplo ella misma, que no por nada es doctora en Economía por el MIT, nada menos, y determinarán en qué grado vamos ser libres.
Para que no queden dudas, añadió que el Estado debe convertirse en “inversor de capital riesgo” y, sobre todo, dedicarse a la propaganda, dado que, asombrosamente, hay muchas personas que están hasta las narices de la opresión fiscal, económica, política y legislativa que padecen a manos de los gobernantes. Esto es algo peligroso, advierte alarmadísima la doctora Tyson, que hay que remediar mediante las convenientes campañas de propaganda que ayuden a “restablecer la confianza del público en el propio Estado”.
Puerto Rico sigue siendo un país hispano, enteramente hispano, no muy diferente en cuanto a cultura y mentalidad a sus vecinos de la República Dominicana y Venezuela. Haga usted sus cálculos.
El peor aspecto del totalitarismo es la intromisión del Estado en la zona afectiva de los individuos, y muy especialmente su repugnante control de las relaciones sexuales. A lo largo de más de medio siglo, la dictadura castrista ha impuesto a los cubanos cómo y a quiénes deben querer, y a quiénes deben rechazar. Desde el principio, el gobierno decretó que no se podía tener relaciones con los familiares que emigraban del país, y súbitamente se interrumpieron los vínculos entre padres e hijos, entre hermanos, entre familiares que hasta ese momento se habían dispensado un gran cariño. Pero no sólo se trataba de cortar amarras con las personas que tomaban el camino del exilio. Fue entonces cuando un novedoso sustantivo, desafecto, se convirtió en un terrible sambenito. El únicoafecto posible y legítimo era el que se profesaba a Fidel Castro y a la revolución.
Bastaba con que alguien fuera desafecto a la dictadura comunista, es decir, que pensara, razonablemente, que casi todo lo que estaban haciendo aquellos jóvenes dogmáticos y violentos era un cruel disparate, para que, por indicaciones del gobierno, se le tratara como a una especie de leproso moral a quien se debía negar el saludo. No sólo se echaba a estos cubanos desafectos de sus puestos de trabajo, en asambleas humillantes en las que solían maltratarlos de palabra; también se les aislaba socialmente, a ellos y a sus hijos, creando una categoría de parias intocables dentro de la sociedad cubana. Las planillas que con frecuencia debían llenar los cubanos invariablemente llevaban la pregunta envenenada: “¿Tiene relaciones con personas desafectas a la revolución o con familiares radicados en el exterior?”.
Ese control de la afectividad llegaba al extremo grotesco de que una de las mayores demostraciones de hidalguía dadas por algunos simpatizantes de la revolución era que, en una demostración de poder y mando, se atrevían a saludar con cierta cordialidad a compatriotas que habían caído en desgracia. A lo que se agregaba otra muestra de la degradación moral en que cayó la sociedad cubana: los desafectos, calificados como gusanos por el aparato propagandístico del régimen, exactamente como Hitler trataba a los judíos, acabaron asumiendo la ofensa como una etiqueta inevitable: gusano. Entre gusanos, el mote dejó de ser una ofensa y pasó a convertirse en una curiosa distinción con que se calificaban los demócratas, sin percatarse de la indignidad. “Gusano, y a mucha honra”, solían manifestar con cierto tonillo picaresco.
Revolución, afectividad y sexo
Las relaciones y las preferencias sexuales de los individuos también cayeron bajo el control afectivo del régimen. Quienes tomaron el poder en Cuba en 1959 tenían una clara idea sobre cómo debía ser el comportamiento moral de los cubanos, cuáles eran las costumbres sexuales revolucionarias y cuáles las contrarrevolucionarias. Un buen revolucionario no debía casarse con una extranjera del mundillo capitalista, y ni siquiera estaba bien visto que lo hiciera con una camarada del bloque socialista. A partir de ese momento se desataba una especie de paranoia genital en las filas de la Seguridad del Estado. El homosexualismo y el lesbianismo eran vistos como el resultado de la blandenguería de una sociedad burguesa y decadente que educaba a la juventud para el vicio y no para el trabajo gallardo prescrito por la revolución.
Esas mariconerías, cuyos síntomas más evidentes eran el peinado, las ropas ajustadas o el tipo de música decadente que les gustaba a ciertos jóvenes, serían eliminadas cortando caña o sembrando malanga de sol a sol, versión caribeña de La naranja mecánica, aquella excelente película de Stanley Kubrick filmada a partir de una obra de Anthony Burgess. Fue entonces cuando a uno de aquellos guardianes de la moral revolucionaria se le ocurrió que el saxofón era un instrumento del imperialismo norteamericano. Lo verdaderamente cubano y varonil, supongo, eran la bandurria y el güiro.
Esa furia homofóbica tenía un componente hipócrita, dado que convivía con las muy frecuentes prácticas de sexo en grupo, tríos generalmente orquestados por un líder revolucionario o un alto oficial del Ejército rebelde acompañado de dos mujeres, a las que alentaban para que se entregaran a prácticas lésbicas que alimentaban las fantasías eróticas de los contradictorios revolucionarios.
En todo caso, no era censurable que los Castro y el resto de la cúpula dirigente sostuvieran una escala de valores éticos, algo perfectamente normal y predecible en todas las sociedades, sino la voluntad que poseían de también cambiar el país en ese terreno, dado que, como dioses, pretendían crear una especie a su imagen y semejanza. Algo nada sorprendente: al fin y al cabo, uno de los rasgos más desagradables de los revolucionarios, infatigables ingenieros sociales, es que no conocen la duda en campo alguno, y se dedican incesante y vanidosamente a tratar de clonarse.
Los revolucionarios saben lo que las personas deben creer o rechazar. Saben lo que deben producir y consumir. Saben cómo deben vestir o divertirse. Saben todos los males que las aquejan y conocen todas las soluciones. Lo saben todo, y entre las cosas que entonces creían saber estaba la de cuál era la conducta sexual adecuada, y qué comportamientos y costumbres debían ser reprimidos a sangre y fuego. Sólo que entonces, dada la historia cultural del país, prevalecía en la Isla el centenario paradigma hispano-católico, así que no es extraño que en los primeros meses de la revolución se persiguiera el aborto con firmeza, se cerraran casi todos los prostíbulos y se intentara reeducar a numerosas prostitutas para convertirlas en costureras o chóferes de taxi, víctimas de un paradójico espasmo moralista.
Sin embargo, paralelamente eran conocidas las divertidas fiestas de perchero y las constantes y promiscuas aventuras sexuales de algunos famosos comandantes, como es el caso de Camilo Cienfuegos, actitud que, según cuenta el periodista Benjamín de Yurre, ex secretario privado del entonces presidente del país, Manuel Urrutia, en unas memorias todavía inéditas, estuvo a punto de provocar una tragedia. De Yurre estaba en el despacho de Camilo cuando Raúl Castro, quien siempre ha tenido una vida privada discreta y una actitud medio jacobina, entró violentamente en el recinto y reprochó al popular comandante su conducta y que gastara los recursos del país en constantes francachelas de sexo y alcohol, que se llevaban a cabo en el hotel todavía llamado Havana Hilton. Camilo reaccionó indignado e intentó sacar su arma, acción que impidieron el oficial Olo Pantoja y otros asistentes de ambos militares.
En medio de esas contradicciones, el gobierno propició el matrimonio de cientos de parejas campesinas que no estaban casadas como Dios manda, dado que la libre convivencia entre adultos no exigía el matrimonio civil, porque en el campo, para quererse, no parecía indispensable pasar por la vicaría, y mucho menos por la notaría, pero, aparentemente, la ausencia de ese vínculo legal preocupaba a estos desnortados revolucionarios atrapados entre El Capital y el Catecismo.
Era tal la preocupación del gobierno por la castidad y el recto comportamiento de los cubanos, que en 1959 numerosas posadas fueron súbitamente clausuradas. Ni siquiera medió una orden tajante publicada en la Gaceta y legitimada por las autoridades. Sencillamente, enviaron patrullas de personas armadas a clausurar los recintos y a afear la conducta de quienes estaban dentro. De alguna manera, éste fue el hecho precursor de los actos de repudio, aunque entonces no perseguían las ideas políticas, sino la voluntad de las parejas no casadas de hacer el amor o lo que les diera la gana.
No me resisto a contarles una anécdota de la que fue protagonista un amigo mío en la legendaria posada El Reloj, situada en un exclusivo y discreto barrio habanero. Me perdonarán el final de la historia, pues lleva una palabra impropia dentro de un ambiente académico, pero eso fue lo que le gritaron. Veamos.
Estamos a mediados del año 59. Mi amigo había conseguido seducir a la esposa de un feroz miembro de la policía batistiana, quien se había escondido, nadie sabía dónde, por el temor, muy razonable, a ser descubierto y fusilado. La señora, abandonada por su esposo, decidió consolarse en brazos de su joven amante y una tarde, finalmente, acudieron a la mítica posada habanera. Una vez en la habitación, tras los escarceos preliminares, cuando se disponían a consumar el acto (él, que era un tipo instruido y burlón, le gustaba repetir: “Coito, ergo sum”), de pronto oyeron el potente vozarrón de alguien que hablaba por un altavoz desde fuera del recinto:
Compañeros: Este edificio va a ser clausurado y tiene que ser desalojado de inmediato. La revolución no puede permitir estas inmoralidades. Se pide a todas las personas que salgan ordenadamente. No se les va a detener ni se les va a acusar de nada. Sencillamente, tienen que abandonar este lugar.
Según el relato de mi amigo, su entusiasmo viril se encogió súbitamente. Se fue a la ventana y vio, en efecto, un jeep del ejército con unos barbudos armados, presididos por un señor afeitado, vestido con guayabera blanca, con una bocina en la mano, y una pequeña multitud de curiosos que se arremolinaban en la acera para ver quiénes salían de la posada.
Mi amigo me cuenta que a la vergüenza que le esperaba se unió el temor al implacable marido de la dama. ¿Y si estaba entre los curiosos? Le habían dicho que el militar estaba escondido en aquel vecindario. Le entró pánico y decidió desertar de una forma miserable: le propuso a la frustrada compañera de cama que cada uno saliera solo, por su cuenta, para que nadie pudiera relacionarlos. Dice que la mujer protestó pero, ante la inquebrantable firmeza de su cobardía, lo miró con desprecio, se vistió y se marchó. Él esperó un rato y, cuando creyó que había pasado el peligro, salió caminando, cautelosamente.
En ese momento sucedió algo inesperado y terrible. Al verlo salir solo, uno de los curiosos arremolinados comenzó a reírse y le gritó: “Pajero, pajero”. A los diez segundos el coro era estruendoso: “Pajero, pajero, pajero”, gritaban varias docenas de personas. Y así lo persiguieron hasta que consiguió llegar a su auto. Según me contó años más tarde, ése fue el momento en que decidió escapar de Cuba. Podía vivir con la revolución metida en el palacio de gobierno, incluso en la empresa de su padre, pero no en su entrepierna.
La época de la homofobia
Todos conocemos la infame existencia de los centros de reeducación política y moral conocidos como UMAP, Unidades Militares de Ayuda a la Producción, campos de concentración, rodeados de alambre de púas, en los que internaron a varios miles de jóvenes creyentes, hijos de personasdesafectas, homosexuales o, simplemente, muchachos afeminadosque no cumplían con el código gestual exigido por los machos supuestamente desbordados de testosterona que ejercían el poder. Lo que se conoce menos es que una medida tan cruel y bárbara como ésa sólo pudo surgir de la cúpula revolucionaria. Nadie en Cuba tenía autoridad para poner en marcha algo tan monstruoso, salvo Fidel y Raúl, con el aplauso de Ramiro Valdés, una persona tan absolutamente intolerante y rígida en materia de preferencias sexuales que exigía que sus subalternos inmediatos no utilizaran colonias olorosas, sustancia que le parecía la antesala del homosexualismo.
El Che, por supuesto, que también era un notorio homófobo, probablemente estaba de acuerdo, pero en noviembre de 1965, cuando surgen los campos de la UMAP, ya él estaba fuera de Cuba, dedicado a la lucha armada, y en julio de 1968, cuando los cerraron, estaba muerto, de manera que no parece justo endilgarle responsabilidad alguna en este grotesco atropello. Según le escuché mucho tiempo después de esos hechos a Carlos Franqui, persona que en los sesenta todavía estaba muy cerca del poder, Fidel fue el autor de la iniciativa, pero Raúl la aprobó con entusiasmo y se encargó de llevarla a cabo, como ministro de Defensa que era. Ambos creían que podían construir el hombre nuevo –viril, revolucionario, laborioso, desinteresado, colectivista, antiamericano, ateo, sudoroso, brusco, con pelo corto y ropa holgada de macho rural– mediante una combinación de entusiasmo, represión, intimidación y, como dicen los sicólogos behavioristas, refuerzos negativos. Creían que mediante el trabajo forzado y la mano dura podían remodelar el carácter díscolo de esos jóvenes que no comprendían la grandeza de la revolución y las bondades del comunismo.
En los campos de la UMAP, donde se comía y bebía poco y asquerosamente mal, hubo crueles golpizas, personas arrastradas por caballos, reclusos amarrados a los alambres de púas mientras eran literalmente desangrados por los mosquitos y comidos por las hormigas. Hubo fusilamientos sumarios, jóvenes sepultados vivos, con la cabeza fuera de la tierra, calcinados por el sol, y, como era predecible, muchas automutilaciones para escapar de aquellos infiernos rumbo a algún hospital, y varios suicidios de muchachos absolutamente desesperados.
Aquellos humillantes atropellos terminaron como resultado de las clamorosas protestas internacionales en defensa de los homosexuales, especialmente las iniciadas en Francia por el cineasta Néstor Almendros, ganador de un Óscar y autor (junto con Orlando Jiménez-Leal) de un excelente documental sobre el tema, Conducta impropia. No obstante, el aparato de propaganda del régimen, por medio de un libro del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, intentó exculpar a Fidel Castro con la fantástica historia de que el propio Comandante liquidó los campamentos tras infiltrarse subrepticiamente en uno de ellos y comprobar la existencia de abusos incalificables.
De acuerdo con esta fábula, Fidel, previamente, había enviado a cien justos e intrépidos jóvenes comunistas a que simularan ser reclusos para confirmar las denuncias que venían del exterior. Una vez percatado de los atropellos y vejámenes a que sometían a los prisioneros, procedió personalmente a desmantelar los campamentos. La obscena obra se titula En Cuba (1971), y es uno de los esfuerzos más ridículos de cuantos han sido dedicados a librar de culpas a los líderes revolucionarios, responsables de un salvaje comportamiento por el que nadie, nunca, ha sido juzgado y ni siquiera amonestado.
Por otra parte, se ha dicho, con total inexactitud, que tras el episodio de la UMAP desapareció en Cuba la represión y el trato humillante contra los homosexuales, algo absolutamente falso. Durante toda la década de los setenta continuaron echando de la universidad a numerosos jóvenes, acusados en asambleas públicas de tener esas preferencias sexuales. Asimismo, miles de personas que eran o parecían ser homosexuales fueron violentamente expulsadas de Cuba en el marco del éxodo del Mariel, en abril de 1980.
Moralina y voluntarismo
¿Por qué esta moralina idiota? En realidad, porque habían llegado al poder unos tipos autoritarios, totalmente ignorantes de la complejidad de la naturaleza humana, y como en esa época todavía prevalecía la moral tradicional, acompañada desde 1959 de una absoluta falta de respeto por la libertad individual, llevaron esta visión hasta sus últimas consecuencias.
Pese a la leyenda de una Cuba inmoral que era una especie de lupanar de los norteamericanos, la verdad era muy diferente. La sociedad cubana de los años cincuenta del siglo pasado era, como sucedía en toda Hispanoamérica, bastante pacata, y las mujeres, especialmente las de los sectores sociales medios y urbanos, solían llegar vírgenes al matrimonio, aunque los novios, de acuerdo con la prescripción del maestro Manzanero, como en todas partes, buscaban los momentos más oscuros para sus maniobras, hoy diríamos, clintonianas. No obstante, esa fase de la represión sexual duró poco tiempo. En los dos primeros años de la dictadura vino la ruptura total con la Iglesia, los colegios privados fueron estatizados y, como muchos de ellos eran católicos y protestantes, de pronto se dio la paradoja de una revolución que, como los personajes de Pirandello, se quedó a la búsqueda de un marco ético en el cual encuadrar su moral sexual. Los viejos comunistas, que en cierto momento inicial, en los años veinte, predicaron el amor libre, tampoco tenían nada claro cuáles eran los límites del Estado en esta materia, pues entre los cubanos de los años cuarenta fue tristemente famoso el espectáculo ridículo que dio el Partido Socialista Popular cuando su Comité Central decidió ventilar públicamente el triángulo amoroso surgido entre Edith García Buchaca, Joaquín Ordoqui y Carlos Rafael Rodríguez, tres de sus principales dirigentes.
La señora García Buchaca, casada con el señor Rodríguez, se había enamorado secretamente del señor Ordoqui –una fatigada historia de la especie humana–, pero el Partido examinó públicamente este asunto íntimo que sólo competía a los tres lados del triángulo. De alguna forma sinuosa y perversa, Blas Roca y los demás dirigentes pensaban que la conducta de la señora García Buchaca y del señor Ordoqui afectaba a la moral colectiva de los miembros del Partido. Para ellos, el honor no era un elemento que afectaba al individuo, sino a la colectividad. Por otra parte, si Ordoqui se hubiera enamorado de una señora casada con alguien que no fuera un dirigente comunista, no habría sucedido nada excepcional. El problema era que un glorioso dirigente comunista como Carlos Rafael Rodríguez no podía ser cornudo, ni su mujer podía sucumbir a las tentaciones de la ingle. Esa actitud calderoniana, cuando los comunistas llegaron al poder, la convirtieron en una cuestión de Estado.
‘La mujer del coronel’
Y ahí quería llegar. Hace pocas fechas la editorial Alfaguara editó y puso a la venta mi novela La mujer del coronel. En la contratapa los editores dicen lo siguiente:
Nuria, una atractiva psicóloga cubana de cuarenta años, es la mujer del coronel Arturo Gómez, un tipo duro y heroico al que ama. Pero en un breve viaje a Italia, adonde acude a dictar una conferencia, su vida dará un vuelco radical tras conocer al profesor Martinelli, un erotómano consumado. La mujer del coronel es una novela cargada de suspense y cálidamente erótica sobre el amor, el adulterio, la exploración de la sexualidad y la violencia.
Y así es: en mi novela, hecha de ficción y realidad –como casi todos los relatos–, el coronel Arturo Gómez, estando en Angola en una misión internacionalista, recibe un sobre amarillo en el que el Estado, oficialmente, le comunica que su mujer le es infiel, por lo que tiene que liquidar el matrimonio o separarse del Partido Comunista y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. La revolución, con total lealtad machista, cuida la castidad de las mujeres de sus líderes. A partir de ahí se desarrollan las dos líneas de acción de la obra: la tragedia del adulterio dentro de las filas de la revolución, convertido en un delito político, y los detalles íntimos de las relaciones de Nuria con su amante, contados en un largo flash-back.
Casualmente, al tiempo que las librerías comenzaban a exhibir mi novela, la señora Mariela Castro, hija del dictador cubano, dirigía en La Habana una manifestación en la que predominaban homosexuales, lesbianas y transexuales que protestaban contra una de las variantes del machismo de la sociedad y, sin duda, del Estado cubano. Magnífico. Tal vez es una manera lateral de comenzar a abrir las ventanas en ese sombrío manicomio. Pero no deja de ser curioso que hoy en Cuba se pueda protestar contra algunos aspectos de la represión sexual pero no contra la represión política o la falta de libertades cívicas. Si Yoani Sánchez, por ejemplo, encabezara una manifestación de blogueros dedicada a defender el acceso a internet, seguramente los participantes serían maltratados por las turbas y arrestados por la policía. Como alguna vez he escrito, coincidiendo en ello con un texto previo de Yoani que entonces no conocía, Cuba debe de ser el único país del mundo en el que es más fácil cambiar de sexo que de partido político.
En todo caso, resulta conveniente que al menos los homosexuales puedan exhibir sus preferencias íntimas sin temor a represalias. Antes, esa conducta los llevaba directamente a los calabozos y al desprecio. Ahora hay algo más de tolerancia. No obstante, eso no quiere decir que la represión de la sexualidad haya desaparecido del repertorio de comportamientos negativos existentes en el país e impulsados por el Estado. En esencia, la sociedad cubana sigue estando en manos de lo que algunos llaman el machismo-leninismo.
Mi novela, precisamente, examina otra zona de la represión sexual alentada por ese machismo-leninismo. La cúpula dirigente, compuesta por varones dominados por los viejos valores patriarcales, entreverados con las supersticiones del marxismo, también persigue y aplasta las manifestaciones de la sexualidad femenina heterosexual que se apartan de la monogamia. Monogamia y exclusividad sexual, por cierto, que los líderes revolucionarios exigen pero no practican, como suele suceder en todas las sociedades fundamentalmente patriarcales.
Espero que La mujer del coronel, además de deleitar al lector –principal responsabilidad de toda novela–, lo inquiete. Ojalá que también contribuya a iluminar otra zona sombría de la convivencia cubana.
Los habituales de las discusiones en internet conocen bien la ley acuñada por Mike Godwin en 1990, que indica que según se va alargando una discusión online la probabilidad de que aparezca una comparación con Hitler o los nazis tiende a uno. La conclusión es que, a menos que se estuviera hablando del Holocausto, los totalitarismos o la Segunda Guerra Mundial, la mención está casi siempre fuera de lugar y conlleva la descalificación de quien la hace, por trivializar el nazismo y hacer imposible una discusión racional. En algunos foros existe incluso cierta tradición de cerrar la discusión cuando se llega a ese extremo.
Pero hay muchas formas de hacerse un Godwin menos dramáticas y que pasan mucho más inadvertidas. Recursos dialécticos que sirven como alternativa a trabajarse una argumentación que quizá no se tiene o que podría resultar insuficiente. Uno de los más habituales estos días es el abuso de la palabra dignidad. Así, los griegos estarían defendiendo su dignidad del asalto de la Troika al negarse a sucumbir a sus demandas. Suena bien, hasta épico. También ayuda con eso el que estemos hablando de Grecia y no de Rumanía, que no es un país precisamente evocador.
El problema, claro, está en qué es eso de la dignidad y que tiene que ver con todo este sarao. Porque la dignidad es algo completamente subjetivo, es una visión que tenemos de nosotros mismos en la que nos vemos respetables y merecedores de respeto. Pero claro, no existe ningún baremo objetivo que nos diga qué merece respeto y qué no; no hay nada que indique que un rumbo es más digno que otro. Así, no puede existir un derecho a la dignidad, porque no se podría traducir en nada concreto y no sería más que un lienzo en blanco donde gobiernos y jueces reflejarían sus pasajeras y mudables opiniones sobre qué es digno y qué no.
Los defensores de Syriza alegan que los acreedores, que básicamente somos usted y yo a través de nuestros impuestos, quieren imponer sus preferencias a los gobernantes griegos, y que la dignidad de su pueblo exige que defiendan su independencia frente a las injerencias extranjeras. Un problema con este argumento es que los griegos perdieron el derecho a hacer lo que quisieran cuando se endeudaron hasta las orejas para vivir una vida que no se habían ganado. ¿No sería acaso mucho más digno reconocer el error, redimirse y sacrificarse para devolver sus deudas?
Así, por ejemplo, en la película Cinderella Man, como muestra de la dignidad y la capacidad de sacrificio del personaje principal, el boxeador James Braddock, vemos cómo éste se resiste a aceptar ayudas del Gobierno hasta que se ve forzado a ello porque en caso contrario perdería a sus hijos. Pero cuando la suerte cambia hace algo que resulta insólito para la mentalidad de nuestros días: devolver el dinero que había recibido en la misma ventanilla donde se lo dieron. Una idea de dignidad muy distinta, sin duda, a la que se nos vende ahora a propósito de los griegos.
Pero al final da un poco lo mismo qué idea tenga cada uno de dignidad, porque es algo tan tremendamente subjetivo que quienes la usan como argumento para defender su postura política nos están dejando ver que no son más que trileros. Y no merecen ningún respeto ni atención, como tampoco los que recurren a Hitler para protestar por una reforma del alumbrado de su calle.
El corralito en Grecia se agrava. Ayer las autoridades griegas reconocían que los bancos podrían quedarse sin liquidez este mismo viernes. Estimaciones más conservadoras del BCE apuntan a que no puedan siquiera superar este miércoles.
De ser así, los ciudadanos griegos se enfrentarían a un corralito absoluto en el cual ni siquiera tendrían permitido retirar los 60 euros actuales. La falta de liquidez de la economía sería tan grave que el Gobierno de Syriza debería optar por salir del euro o por pagar a los ciudadanos con pagarés públicos en euros: esto es, los dracmacones (el equivalente de los patacones que se emitieron en la provincia de Buenos Aires durante el corralito de 2001). Ayer mismo, el exministro de Finanzas Yanis Varoufakis avanzaba esta última posibilidad: “Si nos falta liquidez, la crearemos pagando a los ciudadanos con deuda pública en lugar de con euros”, vino a decir.
El plan es obvio que está encima de la mesa, pero su ejecución resultaría políticamente muy costosa: los dracmacones se depreciarían nada más ser emitidos entre un 30 y un 40%, poniendo de manifiesto elempobrecimiento real padecido por la población y ocultado por sus gobernantes. No en vano, la reciente dimisión de Varoufakis podría estar muy vinculada con haber éste metido la pata hasta el fondo desvelando el plan de Syriza de emitir dracmacones. Según el Wall Street Journal, semejante imprudencia fue lo último que Tsipras estuvo dispuesto a tolerarle.
Sea como fuere, el tiempo se le agota a Syriza para evitar la impopular implantación de los dracmacones. Su último intento desesperado se producía minutos después de conocerse el resultado del referéndum, cuando el Banco Central de Grecia instó al Banco Central Europeo a incrementar la provisión de liquidez a la banca griega en 3.000 millones de euros.
Pero este mismo lunes el BCE no solo ha rechazado ampliar el crédito a las entidades helenas, sino que lo ha restringido todavía más, limitando las garantías contra las que actualmente está prestando. El Bundesbank, de hecho, ha pedido la total retirada del crédito extraordinario al sistema bancario griego, lo que abocaría a los bancos no solo a un corralito permanente sino a su total bancarrota y liquidación (de modo que los ahorradores griegos perderían la práctica totalidad del patrimonio financiero que tuvieran invertido en los bancos).
Son muchos los que critican al BCE por estar actuando políticamente contra los griegos. Según nos dicen, el BCE debería extender tanto crédito como el sistema financiero heleno necesite. Y eso por qué. Sin un acuerdo de rescate entre el Gobierno griego y la Troika, el Estado griego es insolvente. Si el Estado griego es incapaz de pagar su deuda pública, la banca griega también deviene insolvente debido a las pérdidas que experimentaría en su cartera de deuda pública griega. Y el BCE tiene estatutariamente prohibido prestar a entidades insolventes.
Ha sido Syriza quien, al negarse a llegar a un acuerdo para prorrogar el programa de rescate que expiraba el 30 de junio, ha condenado a los griegos al corralito y, acaso, a la pérdida de prácticamente la totalidad de sus ahorros. El BCE solo está comportándose como debe: no prestando a un deudor insolvente. ¿O acaso los que critican al BCE no son los mismos que están siempre repitiendo que los acreedores deben asumir su parte de responsabilidad en forma de quita por prestar a deudores insolventes? Pues eso hace el BCE: ante la perspectiva de default, no presta a deudores insolventes para no comportarse irresponsablemente y tener que experimentar más tarde una quita.
De hecho, si en algo está actuando políticamente el BCE es en extender demasiado crédito a los bancos griegos. Ahora mismo (fuera de la asistencia financiera de la Troika), ese sistema financiero es insolvente y no debería recibir ningún crédito del BCE; pero como existe una (remota) perspectiva de que se alcance un acuerdo político con la Troika que proporcione al Estado griego la financiación necesaria para salir deldefault, el BCE no termina de cerrar totalmente las líneas de liquidez como debería. Draghi se comporta políticamente en su prodigalidad hacia la banca griega, no en su cicatería.
En suma, tras el referéndum Grecia se halla más cerca del abismo. Si este martes el Eurogrupo no llega a un principio de acuerdo con Syriza, el BCE no extenderá más crédito a la banca griega el miércoles y el corralito será absoluto en pocos días. Puede que Merkel se enfrente a la difícil disyuntiva de alentar el populismo en Europa o dejar caer a Grecia, pero el tic-tac-tic-tac corre especialmente para Tsipras y para muchos de los que votaron oxisin ser verdaderamente conscientes de las consecuencias. Fueron engañados por el trilerismo de Syriza y podrían darse cuenta en apenas unos días.