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Marc Vidal: “La cultura del subsidio decapita la economía”

Marc Vidal es un emprendedor y un prestigioso consultor en el ámbito de la innovación. Considerado un inversor de referencia en el ámbito tecnológico, también ha explorado con éxito el camino de la docencia, ya que ha dirigido cursos de postgrado en la Universidad de Barcelona y actualmente forma parte del claustro de diferentes escuelas de negocio europeas y latinoamericanas.

Vidal fue miembro del grupo de Investigación en Nueva Economía de la Universidad Politécnica de Madrid. Desde su reconocido blog alertó de los peligros de la crisis varios años antes de que se produjera. Residente en Dublin, ha publicado varios libros, entre los que destacan Contra la cultura del subsidio y Una hormiga en París.

– Pregunta: Los jóvenes españoles son los europeos que más se plantean ser funcionarios. Hablamos de un 32% frente al 17% italiano, el 13% griego, el 11% luso… ¿No es descorazonador que haya tantaquerencia por el empleo público?

Respuesta: Tiene que ver con un modelo económico, un aspecto cultural y una administración que poco o nada hace por cambiar esto. No solo es doloroso, es que es una oportunidad perdida. Los funcionarios son necesarios y no olvidemos que funcionarios hay de muchos tipos y en muchos de ellos es pura vocación. El problema viene cuando analizas los motivos de que, no habiendo tanta ‘vocación’, sí haya ‘devoción’.

En términos económicos la seguridad que garantiza el empleo público vende muy bien. No requiere jugarte tu patrimonio, no tienes que lidiar con la falta de perspectivas en tu jubilación como le pasa a un autónomo por ejemplo. En lo cultural el trasvase hacia lo que supone ser emprendedor es muy complicado.

Emprender es lo contrario a la seguridad pública. Un emprendedor siempre está en crisis y el fracaso es un elemento consustancial con la propia actividad emprendedora. Culturalmente, como te decía, es un estigma, un motivo para que las cosas se pongan muy jodidas a partir de ahí y para siempre…

– Quizá no hemos sabido explicar lo que significa convertirse en empresario. 

El agente de cambio más importante que tiene una sociedad es su tejido emprendedor. En el año 2008, parte de la economía estadounidense se desmoronaba pero, al mismo tiempo, nacían 250.000 empresas de base tecnológica, muchas con apenas dos o tres fundadores.

Ante la caída, decidieron ponerse en marcha con un criterio: cambio. ¿Aquí que hemos cambiado? ¿Cuál es la hoja de ruta? ¿De que va todo esto? ¿Por qué los que dirigen este barco se alegran cada vez que aumenta la cifra bruta de nuevas hipotecas? ¿En que planeta viven?

– Muchas de esas nuevas empresas que nacen en el ámbito tecnológico se enmarcan en ese sector de la nueva economía que choca con las regulaciones vigentes, pensadas para esquemas que poco a poco se van agotando. ¿Está España reaccionado de forma inteligente o se equivocan nuestros reguladores?

Por desgracia hay gobiernos que no saben medir los tiempos o los tiempos los han medido a ellos. La mayoría de estos tipos que dicen ir a sus ministerios a mejorar la sociedad y a ayudar a "sacarnos de la crisis" no tienen la más mínima idea de a lo que se enfrentan, ni falta que les hace.

Siguen considerando que para medir el emprendimiento basta con medir el número bruto de empresas o personas que trabajan por cuenta propia. En esa definición falta el baremo más importante, el que realmente define el verdadero valor emprendedor, que es el de la innovación. He ahí el aspecto que una sociedad debe acelerar para poder ir de cabeza hacia la tecnificación y la tecnología.

La visión distorsionada que tenemos de "por donde hay que recuperar la economía" se debe a que mayoritariamente la sociedad ve el mundo por el prisma de la prensa tradicional que a su vez transcribe los mensajes oficiales e interesados que a su vez componen con una absoluta indiferencia hacia la realidad que les rodea de lejos.

Una visión que habla de "recuperación" de no sabemos qué, de volver al crecimiento y creación de empleo de manera táctica y no estratégica y de un mundo de colores pastel que no te puedes creer si has viajado un poco. Esto no va de inventarse un titular y esperar a ver que pasa.

Esto no va de esperar y que por ciencia infusa se "arregle" todo pues no hay nada que arreglar. Esto no va de generar empleo inmediato porque no se va a crear. Esto va de diseñar, estimular y generar un mundo nuevo vinculado a la tecnología, la economía digitalizada y digital, al conocimiento y al valor añadido de aquello que ya tenemos en marcha como el turismo y otros.

Por eso hay que decirle no a quienes quieren ponerle trabas a lo que ya influye, de un modo absoluto, la vida de muchas personas. Negar que una plataforma social es un vínculo entre usuarios y empresas y que de ello ya no puedes abstraerte es girar la cara a la realidad.

España está a punto de perder una oportunidad histórica. Un tren que pasa pocas veces, una opción de enrolarse en el cambio de época que vive la humanidad y de la que hablo en casi todas mis conferencias. Los retos históricos se pierden por desinterés, por ineficiencia o por voluntad. Se puede perder el tren por no ser capaz de correr hacia el andén si ves que se está escapando, porque no encuentras el andén o por que, viendo el andén y el tren parado, decides ir al bar.

¿Cuál es el caso que nos ocupa? Tengo la impresión que es una mezcla según el momento, tengo la idea, y la he perseguido todos los días, de que o por inútiles, vagos o mal intencionados mi futuro no puede estar en manos de nadie, solo puede estar bajo mi influencia. Les llamamos líderes vete tú a saber por qué, pues su lejanía de lo que sucede es de tal calibre que probablemente cuando todo esto se los lleve por delante pasarán años hasta que se den cuenta.

– En España cala poco a poco la tesis de la recuperación pero ¿qué impresión tienen los inversores extranjeros con los que Vd. toca el tema?

Va por barrios. Vivo en Irlanda y me paso la mitad del año viajando por el mundo. En algunos países se sostiene la idea de que la recuperación de nuestro país es poco más que un eslogan, manido y repetitivo, suelen ser lugares donde, a pesar de crecer menos que lo necesario, lo hacen sustentados en un cambio de modelo de crecimiento vinculado a nuevos escenarios económicos de vanguardia.

Otros, los que nos incluyen en el tren de los "recuperados" ya van pensando en comprar pisos pues se espera la inflación del precio de la vivienda. ¿Te suena? ¿Tiene valor eso? Y es que la inversión foránea va dónde es factible ganar dinero lo antes posible. De momento eso parece factible, otra cosa será en base a que…

– Entonces, ¿en qué punto estamos?

No saldremos de la crisis simplemente afirmándolo. Nosotros mismos debemos ser capaces de trabajar para cambiar nuestro futuro. La historia de la humanidad es la historia de la evolución y de la modernidad, y esta modernidad conlleva momentos críticos como el actual donde quienes deben liderar los procesos, marcar con luces largas el futuro de todos, tienen la obligación de construir en base a la competitividad, eficiencia y construcción de una sociedad más equilibrada y justa. Pero eso no parece ser lo que está pasando.

¿Cómo piensan los que están, los que quieren estar y los que, parece, pueden estar, estructurar un país como España en un entorno económico robotizado, automático y con mucho menos empleo? ¿Cómo piensan balancear la pérdida del valor humano en cuestiones laborales, el incremento de máquinas al servicio de la eficiencia y la retirada genérica de intermediarios en todo lo que una plataforma digital puede sustituirlos? ¿Cómo han pensado mejorar mi vida, la de mi hijo, la del tuyo, la de todos cuando ese mundo, inminente, se despliegue?

Probablemente ellos no deban ser quienes deban liderar esto, porque son los responsables, en gran medida, de habernos llevado a un pozo mucho más profundo de lo que probablemente nos correspondía. Lo que debería de preocuparnos es que seguimos centrados en el corto plazo, en la táctica. Este planteamiento es muy pobre y que nos dejará al margen de muchas de las revoluciones (socioeconómicas y tecnológicas) que se están produciendo en el mundo.

– ¿Qué aspectos son fundamentales para tener éxito como empresario?

No debe haber una receta segura. Haciendo lo mismo me han salido cosas bien y otras mal. Con modificaciones casi imperceptibles un fracaso inminente se trastornó en éxito y viceversa. Creo que la clave está en la preparación, en las hostias que te da la vida y en administrar bien tu capacidad de liderazgo. Creo que tener espíritu de sacrificio, pasión por tu trabajo, predilección por lo imprevisto sobre lo previsible y vivir intensamente el valor de aprender, de innovar constantemente.

Según la OCDE, el 44% de los españoles entre 25 y 30 años que tienen ocupación, están trabajando en algo que requiere menos habilidades de las que tienen. Los jóvenes españoles no van al trabajo pendientes de vivir retos, sueños y expectativas de crecer emocional y profesionalmente. Muchos van pensando que allí no va a pasar nada excitante, que lo importante es que pase el tiempo.

– El modelo educativo no ayuda…

La educación es pura instrucción, no hay debate, pensamiento o crítica. Nadie enseña a nuestros hijos el valor del fracaso, a perseguir sueños a pesar de no ser "rentables", a emprender como valor de libertad y no como factor de enriquecimiento.

No les enseñan a entender que un negocio es mucho más que una oficina, una fábrica, un campo de cultivo, un comercio o un escenario de venta, nadie les indica que también son espacios de conclusión, de rescate espiritual y de relación humana, de cooperación, de suma intelectual, de talento y de prosperidad.

Cambiar todo eso, educacionalmente hablando, podría también influir en lo que se puede considerar, al final, un empresario de éxito, pues ‘éxito’ es mucho más que ganar dinero, es reconocerte ante tu obra, tu sueño. A veces repercute en mil millones y otras simplemente en subir la persiana de tu taller, pero siempre, con la sensación de que son tus mil millones o es tu taller.

– ¿Cuáles son las preguntas que debemos responder antes de dar ese paso?

¿Cómo vas de espíritu de sacrificio? ¿Sabes que no sabes nada? ¿Miedo a fracasar? ¿Demasiado mayor para esto? ¿Tu proyecto es tu sueño? Si no dudas en ninguna de ellas, si no hay grises, mejor.

– Los españoles tienen una imagen mucho más negativa de la economía de mercado que otros europeos. ¿Qué aspectos del capitalismo defendería Vd. ante quienes abogan por otras recetas?

Yo del capitalismo, así, sin anestesia, le reconozco el valor de la innovación necesaria. Que es incómodo. Más de lo que se piensa. Un capitalista conceptualmente desea la libertad por encima de todo. No le gustan las regulaciones.

Por ejemplo en el caso del término emprendedor es muy evidente lo que quiero decir. A la pregunta ¿qué es un emprendedor? sólo tendremos dos posibles respuestas o puntos de vista. El primero es el más popular y asegura que los empresarios son personas que dirigen sus propias empresas. La segunda opinión, la que defiende Joseph Schumpeter. asegura que los empresarios son los innovadores de la economía y de la sociedad. Asegura que las personas tienen ideas, que quienes las convierten en empresas aportan valor social que se traduce en bienestar tarde o temprano. Ha pasado antes y seguirá pasando.

Para mi el capitalismo se rige por el valor de la empresa privada y para mí, la empresa privada es el estímulo de los cambios, que desde la cultura, la investigación y la política se pueden ir concibiendo. Si un país no es capaz de generar el escenario idóneo para crear empresas no tan solo perderá masa laboral, ciudadana, cohesión y otros factores que desestabilizan a una sociedad, sino que se alejará del talento, de la innovación, del progreso tecnológico y, por derivación siniestra, del bienestar y modernidad socioeconómica requerida.

Tengo la sensación que los empresarios o emprendedores que alteramos y desorganizamos continuamente la manera de hacer las cosas jugamos nuestro papel. Somos incómodos para los que eso les supone un colapso mental.

– Ha escrito un libro contra la "cultura del subsidio", ¿qué efectos tiene en la economía de un país?

Lo decapita. El subsidio es necesario como elemento en una sociedad de vanguardia. La subvención también, estimula y tiene un objetivo, pero la cultura del subsidio es algo tóxico. Adormece y acomoda y sobre todo crea una masa social acrítica y dependiente. Así es. Se estimula una sociedad de valores en crisis donde, por lo tanto, el miedo al fracaso tiene su sentido, puesto que el nivel de tolerancia hacia este hecho es cero por ejemplo.

Si te digo que ‘papá estado’ se encarga de todo, que tras todos tus problemas te daré lo justo para que aguantes, sobrevivas, consideres que soy tu providencia, que poco harás contra mí. Se fabrican ciudadanos narcotizados cuyo miedo al fracaso es supino.

Por ejemplo, a los jóvenes, les ayudamos a conseguirlo todo y a evitar que se enfrenten al error. Muchos de esos chicos y chicas que analizan su futuro inmediato es normal que dejen de pensar en ‘emprender’ pues es más sencillo no confrontarse con ese miedo que te comento. Vivimos en la sociedad del "no lo intentes si no vas a lograrlo".

El subsidio lo estimula, por eso creo que la ‘cultura del subsidio’ narcotiza y es contraria a lo que necesita el punto exacto de la historia que hemos tenido la suerte de vivir.

El ecologismo se queda mudo ante los ‘desastres naturales’ de la extrema izquierda

No pocos movimientos ecologistas europeos abanderan la aplicación de políticas económicas de corte marxista. Esta postura antimercado resulta, cuando menos, llamativa, pues el historial de los países comunistas en lo tocante a la protección del medio ambiente está repleto de catástrofes y malas prácticas.

Un ejemplo lo tenemos en el caso del Mar de Aral, que acabó convertido en un desierto bajo la gestión de la Unión Soviética. Las cosas no funcionaron mucho mejor en la central nuclear de Chernóbil, donde el régimen comunista que gobernaba Ucrania presidió uno de los episodios más negros de la década de 1980.

En la actualidad, el entusiasmo que muestra cierto ecologismo izquierdista ante los regímenes latinoamericanos del "socialismo del siglo XXI" vuelve a poner de manifiesto la doble vara de medir que aplican sus activistas a la hora de evaluar estas cuestiones. 

Ecuador: un derrame petrolero por semana

El caso más llamativo es el de Ecuador, donde el control estatal de la producción petrolera está arrojando resultados nefastos.

Lo cierto es que el país andino nunca ha tenido un buen historial en lo tocante a la protección del entorno. De acuerdo con los datos del ministerio de Medio Ambiente, la media de accidentes petroleros entre los años 2000 y 2010 fue de 50 derrames al año. No obstante, la llegada al poder de Rafael Correa ha empujado esta cifra al alza, con un aumento del 20% en el año 2011.

Biólogos como Diego Mosquera apuntan que Ecuador "es un precedente mundial de cómo no hacer las cosas. Al norte de país se puede hacer lo que llamamos un "toxitour", es decir, un tour en el que uno puede ver todos los efectos directos e indirectos que la explotación petrolera ha dejado en el medio ambiente". La incapacidad técnica del sector a la hora de minimizar estos daños ha alcanzado cotas tan altas que, como explicó la BBC, Ecuador registra un derrame petrolero por semana.

Curiosamente, la izquierda europea que apoya con mayor entusiasmo a Rafael Correa permanece callada ante este desastroso récord medioambiental. De hecho, el régimen ecuatoriano ha llegado al extremo de exigir dinero a la comunidad internacional bajo amenaza de explotar las reservas petrolíferas de los campos amazónicos de mayor biodiversidad.

Las redes sociales muestran el aspecto que presentanlos campos amazónicos en los que está actuando el régimen ecuatoriano

Este "chantaje ecológico" fracasó de manera rotunda: el régimen de Rafael Correa apenas recaudó el 0,37% del dinero que pretendía captar por esta vía. Constatado el fiasco, Ecuador procedió a explotar las reservas del llamado Yasuní ITT, ante el silencio de los partidos políticos europeos que simpatizan con los gobiernos del "socialismo del siglo XXI".

Desde España, el portavoz de Izquierda Unida, Alberto Garzónrespaldó la decisión de perforar el Yasuní y culpó de esta decisión al capitalismo, argumentando que Correa se vio obligado a extraer el petróleo amazónico por culpa de la "lógica depredadora de un sistema económico dirigido por los beneficios".

El canal de Nicaragua

Otro proyecto que ha despertado críticas en América Latina pero no parece merecedor de las críticas del ecologismo izquierdista es el del canal de Nicaragua. Esta obra, que pretende ofrecer una alternativa al centenario cauce panameño, podría empezar a desarrollarse en un futuro cercano, al calor del interés que han mostrado diversos inversores chinos.

En la revista Nature, Axel Meyer y Jorge Huete-Pérez explican que "no se han publicado informes de impacto económico o medioambiental sobre el proyecto. De hecho, se dan por buenas las cifras que aporta la constructora china que aspira a construir la obra. El gobierno de Nicaragua no está aportando ningún tipo de información a la ciudadanía, pero sabemos que excavar el país de costa a costa supondría una inversión cuatro veces mayor que el PIB del país y que por el camino se perderían 400.000 hectáreas de bosque y humedales".

Daniel Ortega, Presidente de Nicaragua y afín al "socialismo del siglo XXI", se niega a pronunciarse al respecto. En la única ocasión en la que ha hecho declaraciones sobre el posible impacto ambiental de la obra, se limitó a apuntar que "hay que quitar algunos árboles…".

Las dudas sobre el proyecto también han llegado a la prensa internacional: el diario Washington Post y la revista The Economist han echado más leña al fuego. Por su parte, el portal Wired también ha expresado su recelo ante este proyecto.

No obstante, como explica el Instituto Cato, "resulta interesante queninguna de las grandes organizaciones ecologistas, como por ejemplo Greenpeace, se ha pronunciado acerca de lo que supondría construir el Canal de Nicaragua. Esta actitud contrasta con el activismo que ha despertado el proyecto a nivel local. Por eso resulta difícil de entender el mutismo del movimiento ecologista internacional".

Por qué temen a Nicolás Maduro

Poco importa que en Venezuela se detenga y encarcele a un político incómodo, que se haga lo propio con un alcalde opositor, que se silencie a la prensa no adicta al régimen o que la policía abra fuego contra los manifestantes, al final nadie más allá de los infelices que menudeamos por las redes sociales y de unos cuantos –no muchos– periódicos occidentales dirá esta boca es mía. La impunidad de la que goza el Gobierno de Nicolás Maduro es tan absoluta que bien podría mañana cerrar a cal y canto las fronteras –algo así ha hecho ya con el cepo cambiario–, poniendo a la Armada a patrullar la costa para que nadie escape y no pasaría nada. Reconozcámoslo, es así, pase lo que pase en Venezuela, y ya ha pasado mucho, ningún Gobierno de ninguna parte del mundo va a dar gemido alguno.

Los mandarines de Caracas saben que algo muy superior a ellos mismos y a su triste miseria de ladrones de tres manos les protege de la crítica. Han sabido situarse en el lado bueno, el mismo en el que moraron los sátrapas soviéticos, el mismo en que felizmente sestea su apoderado habanero desde hace más de medio siglo, el mismo en el que terminan parando todos los bribones que aspiran a perpetuarse en el poder. Basta con colocarse a la izquierda de la izquierda, hacer continuos alardes revolucionarios y añadir a todo lo anterior la violenta verborrea que es tan cara a toda esta gentuza para blindarse de por vida. La sacrosanta soberanía, ya sabe. El mundo debe respetar al Gobierno cubano y sus desmanes pero, al tiempo, ha de indignarse y armar el cristo cuando los franceses, los austriacos o los holandeses votan a quien no debiesen de votar.

El totalitarismo siempre ha ejercido una inexplicable fascinación en los líderes del mundo libre. Sucedió en el periodo de entreguerras, cuando nazis, fascistas y bolcheviques chuleaban a Occidente, que permanecía callado y agachaba la cabeza por no se sabe bien que complejo de culpa. Con estos antecedentes es normal que Maduro y su gente se lo tomen con tanta tranquilidad. Estados Unidos y España guardan un espeso silencio con algún que otro quejido aislado al que inevitablemente le sucede una arenga televisiva del déspota y la llamada a consultas de los embajadores en Washington y Madrid.

El Gobierno de Obama trata de extremar la suavidad. Primero por el petróleo, y ahora que están cerca de la autosuficiencia porque algún geoestratega del departamento de Estado ha persuadido al presidente de que el animal de bellota ese de la boina roja tiene los días contados, que es todo cosa de sentarse y esperar a que caiga por su propio peso. En España la idea viene a ser la misma. Durante los años dorados de Chávez, que coincidieron con el zapaterato, la simpatía que inspiraba el experimento bolivariano entre algunos miembros del Gobierno –al ministro Moratinos me remito– desembocó en una pequeña luna de miel entre socialistas españoles y venezolanos. En el delirio aquel de la Alianza de Civilizaciones la Venezuela de Chávez, que lleva años a partir un piñón con el Irán de los ayatolás, era un complemento exótico y caribeño que vestía mucho en las cumbres mundiales.

Hoy ya no existe esa sintonía. Rajoy es un desastre, pero al menos carece de las devociones altermundistas y bananeras que tanto excitaban la imaginación de Zapatero y sus pajinas. Lo que temen en Moncloa es que Maduro tome represalias si se le incomoda. Temen que se líe la manta a la cabeza y se ponga a expropiar empresas españolas a diestro y siniestro. Así de lamentable. Esos empresarios sabían donde se metían y debieron descontarlo antes de invertir un solo euro en un país en el que su presidente, alegre y jaranero, expropia empresas por televisión. La revolución bolivariana no es cosa de ayer, los “rojos rojitos” llevan más de quince años enredando a su antojo y pasándose por el arco del triunfo la seguridad jurídica más elemental. Una parte considerable de las inversiones españolas en Venezuela se han hecho a sabiendas de lo que había allí. Si temen a una más que posible confiscación de sus activos en el país ya saben lo que tienen que hacer: desinvertir y largarse. Una vez se haya consumado el saqueo el Gobierno español que tome las medidas oportunas y denuncie el robo ante el tribunal internacional que corresponda.  

La cobardía es general. Los países hispanos están callados como tumbas y, por lo que se ve, tienen intención de perseverar en su silencio cómplice. Y para uno que salió valiente, Panamá hace un año, se quedó solo y tuvo que recular al cabo de pocos meses tras la ruptura de relaciones diplomáticas por parte de Caracas. Los palmeros de Maduro –Ecuador, Bolivia y Nicaragua– ejercen toda la presión posible en los órganos de la región sin que nadie se les plante. Que tres republiquillas de chichinabo dobleguen a gigantes como México o Colombia y les marquen la agenda es para replantearse desde cero para qué demonios sirven todos esos foros latinoamericanos, que ni son foros ni son latinoamericanos ni son nada más que reuniones de politicastros hipnotizados por la charlatanería y el alboroto de los nietos de Fidel Castro.

Cuando todo esto termine, que terminará más pronto que tarde porque el desbarajuste en Venezuela es absoluto, habrá que empezar a pedir explicaciones. ¿Por qué se dejó hacer a esta horda de bárbaros? ¿Por qué aceptamos como mal menor en Venezuela lo que nos parecería inaceptable para nosotros mismos? Tal vez los venezolanos tengan lo que se merecen, pero eso no quita para que los que creemos en una América próspera y libre deseemos que merezcan algo mejor. 

Syriza se arrodilla ante la Troika

Tras varias semanas de postureo por ambas partes, el nuevo gobierno de Syriza ha parido finalmente la ratonil lista de reformas a cambio de la cual se prorroga la extensión del plan de rescate de la Troika (perdón, de "las instituciones"). Pese a toda la retórica antiausteridad con la que Syriza se encaramó al poder, al final la radical izquierda helénica se ha quedado en un servil propio de Bruselas (hasta el punto de que, al parecer, la lista de reformas fue redactada por un eurócrata de la Comisión Europea).

A continuación les adjunto un resumen de las más llamativas:

  • Subida efectiva del IVA: Syriza acepta "racionalizar" los gravámenes del IVA para "maximizar los ingresos" por la vía de "limitar exenciones y descuentos no razonables". Por tanto, probablemente no veremos subidas en los tipos, pero sí reclasificación de productos (en línea con lo que también ha hecho Rajoy en España).
  • Subida del IRPF: Nuevamente, se habla de "modernizar el impuesto sobre la renta" y de "eliminar exenciones". No habrá probablemente subidas de tipos nominales pero sí efectivos: como cuando Rajoy eliminó la deducción por compra de vivienda habitual o limitó la de aportaciones a planes de pensiones.
  • Lucha enérgica contra el fraude fiscal: Aunque a los adalides de la supremacía estatal todo lo que suene a "combatir el fraude fiscal" les encanta, reparemos por un momento que el fraude en materia de IVA suele concentrarse en las rentas bajas y, sobre todo, que el fraude en el impuesto sobre la renta y sobre la Seguridad Social se concentra en Grecia entre los trabajadores autónomos (el 50% de ellos ni siquiera cotiza). Por tanto, una efectiva lucha contra el fraude significará unabrutal subida de impuestos, especialmente para los más desfavorecidos. Así debe ser como Syriza lucha contra la "crisis humanitaria": sableando a las clases medias y bajas cual déspota montoril.
  • Rebaja de las pensiones: Evidentemente, la carta no lo expresa de este modo, pero su significado es obvio. Syriza se compromete a "establecer una mayor relación entre las contribuciones a la Seguridad Social y la renta". Como se ha hecho en España, se alargará el período de cómputo de la base reguladora y se reducirá el porcentaje aplicable a la base reguladora. Resultado: menores pensiones per cápita.
  • Alargar la edad de jubilación: Como es obvio, tampoco se expresa de manera clara en la carta (la transparencia ante el pueblo no es el fuerte de Syriza), pero no otra cosa significa "eliminar las lagunas y los incentivos que dan lugar a una excesiva tasa de jubilaciones anticipadas por toda la economía". De nuevo, calcado a lo que ha hecho Rajoy: trabajar más y cobrar menos.
  • Consolidar los planes privados de pensiones como forma de reducir los gastos de la Seguridad Social: Sí, ha leído bien, Syriza promoverá el uso de los planes privados de pensiones para evitar que los gastos en la Seguridad Social sigan creciendo. Supongo que a esto se referirán muchos cuando hablan de "desmantelar y privatizar por la puerta de atrás el Estado de Bienestar para promover el negociete de los bancos". Bueno, si es así, en Grecia disponen de todo un referente al respecto.
  • No readmisión de los funcionarios despedidos por los anteriores gobiernos: Syriza se compromete a no bajar los sueldos de los funcionarios pero tampoco tiene permitido incrementar el gasto total en salarios públicos. O dicho de otra forma, ni subidas salariales ni nuevas contrataciones (salvo para reponer la plaza de algunos de los funcionarios que se vayan jubilando). Como Rajoy, vaya.
  • Recortes en educación, sanidad y asistencia social: Syriza se compromete a "revisar y controlar el gasto en todas las áreas de la administración (educación, defensa, transporte, ayuntamientos y beneficios sociales)". Asimismo, también habla de "controlar el gasto sanitario y mejora la provisión de servicios de calidad, asegurando el acceso universal". El lenguaje típicamente troikiano (idéntico al utilizado por Rajoy para aprobar sus propios recortes) apunta, como poco, a que los recortes anteriores se mantendrán cuando no ahondarán. No habrá más gasto en servicios sociales, de modo que es de suponer que la "crisis humanitaria" provocada por el austericidio en materia de política social seguirá tal cual.
  • Mantener todos los compromisos de privatizaciones de activos públicos: Las privatizaciones ya acordadas se mantendrán en las condiciones aprobadas por los anteriores gobiernos (¿Syriza ratifica el reparto caprichoso de "lo público" acometido por la "cleptocracia anterior?). Los proyectos de privatización no se cancelarán, si bien podrán revisarse las condiciones preliminarmente acordadas.
  • La Troika decidirá cuándo se sube el salario mínimo: Aquí sí son bastante claros cuando dicen que "la magnitud y el momento de cambiar el salario mínimo se consultará con los socios europeos y las instituciones internacionales, incluyendo la OIT, así como de una nueva autoridad independiente que evaluará si los cambios en los salarios van en línea con la mejora de la productividad y de la competitividad". Primero aumento de la productividad, luego aumento de los salarios mínimos. Lo mismo que hemos venido escuchando en España desde hace años.
  • Se mantendrán los desahucios: Aunque la carta habla de que "se colaborará con la dirección de los bancos y con las instituciones [Troika] para evitar ejecuciones de la vivienda principal por debajo de un umbral de renta" (umbral no especificado) y de que "se tomarán medidas para apoyar a las familias más vulnerables que no pueden pagar sus deudas", ambas actuaciones están restringidas a no perjudicar la capitalización de los bancos ni el déficit público (nada distinto, por cierto, a lo que ya viene sucediendo en España con el código de buenas prácticas bancarias aprobado por el PP). En materia de desahucios, de lo que se trata es de repartir un agujero entre familias, bancos y gobierno: si nos dicen ni bancos ni gobierno se van a comer ese agujero, ¿quién cree que lo seguirá asumiendo? Obvio: las familias. No en vano, la misma carta enfatiza la necesidad de "promover una intensa cultura del pago de las deudas familiares". No habrá simpa, sino mucho compa.
  • Lucha contra la crisis humanitaria sólo sobre el papel: El último de los epígrafes contenidos en la carta recalca el compromiso del gobierno griego de luchar contra la crisis humanitaria que asuela al país. Es una loable declaración de intenciones que, sin embargo, tiene un problema: no va acompañada de dotación presupuestaria. A la postre, la condición que ha aceptado Grecia para implantar este programa es "garantizar que la lucha contra la crisis humanitaria no tendrá efectos fiscales negativos". Vamos, que nada nada de déficit para financiar la medida estrella de su campaña electoral.

Súmenle, además, a esta lista de reformas el "compromiso inequívoco" que asumió la propia Syriza en el Eurogrupo del pasado viernes sobre la necesidad de "cumplir con todas las obligaciones financieras plenamente y en el momento acordado".

A la vista de todo ello, Syriza queda irreconocible: una mera calcomanía del Pasok y de Nueva Democracia salvo acaso porque para muchos Tsipras sea más simpático y empático que Papandreu o Samarás. Pero, en última instancia, ni aumento del gasto social, ni rebaja de los impuestos, ni readmisión de funcionarios, ni "desprivatizaciones", ni reestructuración de la deuda. Nada. Tan sólo han quitado a unos de la poltrona para ponerse ellos. Casta y neocasta.

Eso sí, recuerden siempre que estamos hablando de un gobierno griego: nadie se sorprenda si Syriza, como ya hicieran el Pasok y Nueva Democracia, no cumple ni uno solo de sus compromisos. El papel lo aguanta todo.

El capitalismo samaritano de Falciani y Monedero

Uno de los nombres de los últimos días, que seguro que nos acompañará en los próximos es Falciani, el hombre a una lista pegado. La polémica suscitada por el comportamiento del banco suizo HSBC, su ingreso en prisión y su liberación, las circunstancias que le rodean y los rumores que él mismo se ha ocupado de difundir, hacen de este ingeniero en sistemas informáticos, un héroe de nuestro tiempo.

El otro es el de Monedero, que el viernes dio explicaciones acerca de las acusaciones vertidas sobre él dignas de un héroe, en una polémica rueda de prensa.

La heroicidad necesaria

No hay historia de un país, de un pueblo o de una época, sin héroe que se precie. Esta figura, que recibe culto sin ser divino y vive entre mortales sin ser simplemente humano, porque encarna las virtudes de la sociedad y acrisola lo mejor de cada casa, tiene como misión realizar actos dignos de sí mismo: heroicidades. Estos actos heroicos en la Grecia antigua podían ser crueles, sangrientos, pero siempre eran ejemplares y necesarios.

Y así es Falciani. Contratado por el banco HSBC para afianzar la seguridad de su sistema informático, robó datos de su empresa para denunciar lo que él creía que era incentivar el fraude fiscal. No defiendo al banco si sus prácticas no eran las correctas, eso ante todo. Pero Falciani cometió un delito claro. ¿Importa? No, peor es defraudar aunque no se trate de tu país (él es monegasco). Todo el mundo sabe que el fraude es un mal social y que los delitos cometidos por su causa, como transgredir la propiedad privada de otros (en este caso la empresa en la que trabajaba), el incumplimiento del contrato, etc. son un mal menor y necesario en aras de un bien mayor. ¿Trató de lucrarse? No, no… bueno, igual un poquito, pero no importa, sigue siendo un héroe al que Estados Unidos, cual previsora Atenea, advirtió para que se quedara en España porque su vida corría peligro.

Lo de ir a Beirut como punto de partida a montar una empresa que vendiera los datos robados por amor a la humanidad, con un alias y encima no lograrlo, es un detalle mínimo, sin importancia, que va implícito en el carácter del héroe, del nuevo samaritano capitalista. Como si no fuera a sacar partido de su asociación con los poderes gubernamentales. De momento ya ha sido contratado (por un precio) por Podemos.

Las necesidades del héroe

Porque los héroes tienen sus necesidades. Y si Falciani necesitaba viajar al Líbano con su amante para vender sus datos, Monedero dejó muy claro dos cosas en su rueda de prensa: está consternado y necesitaba una empresa para funcionar.

No deja de ser conmovedor que un héroe de hoy, capaz de repetir dos veces en la misma frase lo humilde que es, que habla de sí mismo en tercera persona, que recalca su destino mesiánico cuando afirma que le encantaría estar menos expuesto pero que no depende de él, se sienta tan bloqueado, golpeado personalmente, en aquello que a un profesor le duele más: las dudas acerca de su currículo. Ni una frase sobre qué le parece que Leopoldo López siga en la cárcel o que hayan apresado a otro alcalde venezolano hoy. No, eso no es relevante. Es importante que mis expertos son los fiables y los tuyos no. Eso, y que soy experto y me pagan por eso. Y me pagan a precio de mercado, no me vaya a echar la culpa a mí. Eso sí, cuando un insidioso periodista le pregunta si le parece bien el precio de mercado el héroe contesta: la gente sufre, es el precio que imponen los mercados a los pobres y desgraciados. Y se sale del tema loando al Banco del Alba, ético a fuer de bolivariano, con la misma languidez que Luis Eduardo Aute pero con menos años y más estudios.

Y suma y sigue. En este país donde los políticos tienen las mismas miras y la misma consistencia en sus propuestas que una candidata a Miss Universo (“Si gano el concurso me dedicaré a difundir la paz en el mundo”), el cambio encarnado en Monedero llega una hora tarde a su propia rueda de prensa, sin ser nadie, como muy bien ha dicho el propio Monedero, y contrata al ladrón Falciani, que por no tener habilidad empresarial ha sido encumbrado por gobiernos que rapiñan dinero para seguir comprando votos.  Un panorama esperanzador.

La confesión de Podemos: trabajo y capital pagan los mismos impuestos

Durante meses Podemos ha venido proclamando a los cuatro vientos que las empresas pagaban muchísimos menos impuestos que las familias en España; por ejemplo, hace menos de un año Pablo Iglesias afirmaba:

En este país las familias aportan alrededor del 90% de la recaudación y las empresas el 10%, menos del 2% proviene de las grandes empresas.

La narrativa es de sobra conocida: las rentas del capital no pagan apenas impuestos, por lo que las rentas del trabajo deben soportarlos en solitario. En el documento económico de Podemos (página 52), de hecho, se pide una reforma del IRPF "que someta a una sola tarifa todos los tipos de rentas": esto es, que las rentas del capital dejen de estar sometidas a un tipo marginal máximo del 27% en 2014 y las rentas del trabajo a uno del 52%.

Fuimos muchos los que ya en su momento tuvimos ocasión de explicarles que estos cálculos estaban profundamente sesgados: un accionista o un bonista no sólo paga impuestos por el cobro final de dividendos o de intereses, también por el Impuesto sobre Sociedades que abona la empresa de la que es accionista o acreedor. Por ejemplo, supongamos que en 2014 poseo el 1% de una empresa que gana cien millones de euros antes de impuestos. Si no existiesen tributos, a mí me correspondería un dividendo de un millón de euros. Sin embargo, esta empresa tendrá que pagar, en primera instancia, el Impuesto sobre Sociedades del 25%, de modo que sus ganancias después de impuestos se reducirán a 75 millones de euros. A su vez, y en segunda instancia, cuando mi empresa me abone el dividendo de 750.000 euros, yo tendré que abonar aproximadamente 200.000 euros en IRPF por rentas del capital.

¿Resultado final? El millón de euros en dividendos queda reducido a 450.000 euros: una tributación efectiva del 45%; bastante superior, por cierto, a la fiscalidad efectiva de las rentas del trabajo (el tipo efectivo medio por rentas del trabajo tras computar todas las deducciones y exenciones no supera en ningún caso el 34% y se ubica por debajo del 25% para las clases medias). Las quejas, pues, eran infundadas: apenas un ejemplo más de política del frentista y del odio contra el ahorrador y el empresario.

Afortunadamente, parece que el caso Monedero sí ha servido para que Podemos consulte a expertos en tributación y descubra que, como tantos les dijimos, las rentas del trabajo y las rentas del capital padecen una fiscalidad análoga. Escuchen si no la confesión del propio Juan Carlos Monedero (minuto 1:30:00):

Adjuntamos un informe para todos ustedes para que puedan ver cómo, según la opinión de expertos muy cualificados, cualquiera de las dos vías existentes [1º) tributar un ingreso como renta del trabajo por IRPF; 2º) tributar un ingreso como beneficio por Impuesto sobre Sociedades y posteriormente tributar los dividendos repartidos como renta del capital por IRPF] eran legales y legítimas. Tanto hacer una declaración de un trabajo como IRPF como pagar dividendos, porque al final la recaudación para Hacienda era la misma. Y por tanto no había ninguna posibilidad de presentar el pago de dividendos como un intento espurio de hacer nada contra Hacienda.

Esperemos que este singular hallazgo fiscal no permanezca encerrado en autojustificativas ruedas de prensa dirigidas a resolver la papeleta del momento y, en cambio, termine permeando todo su programa electoral. Por ejemplo, desde Podemos podrían comenzar por abandonar esa confiscatoria propuesta de equiparar rentas del trabajo y de capital en el IRPF, olvidándose de que las segundas ya han pagado antes el Impuesto sobre Sociedades. Sería lo consecuente con su renovado discurso fiscal, ¿no?

La última lección de Oliver Sacks

Oliver Sacks publicó un artículo extraordinario en The New York Times sobre su muerte próxima. Tiene cáncer en el hígado, irreversible e imparable, como consecuencia de un melanoma en un ojo que hizo metástasis. Tiene 81 años y goza de una personalidad mucho más grata que su menguada salud.

Lo sorprendente del artículo es el tono sereno con que el autor reflexiona sobre su inminente desaparición. La muerte es un tema de mal gusto en Estados Unidos. La palabra cáncer suele ser sustituida por el absurdo circunloquio "una larga y penosa enfermedad". La gente "pasa a otra vida", se “va”. Vale la pena leer el clásico de Philippe Ariès, Historia de la muerte en Occidente, para entender cómo un hecho tan absolutamente natural como morirse, esa "costumbre que suele tener la gente" –dice la milonga argentina–, se ha convertido en un tema tabú.

Sacks es un médico neurólogo, nacido en Inglaterra, profesor de su especialidad en la Universidad de Nueva York. Hace tres décadas publicó un libro que de inmediato se transformó en un best sellerEl hombre que confundió a su mujer con un sombreroEn un lenguaje sencillo, propio de los sabios, contó 20 historias de personas que padecían otros tantos problemas neurológicos en el que abundaban las alucinaciones visuales y auditivas. 

Quienes disfrutan de las célebres conferencias TED pueden verlo y escucharlo. Por él descubrí que muchas personas normales tienen (padecen no es el verbo adecuado) alucinaciones que se diferencian de las que sufren los dementes. Las alucinaciones benignas son silentes y la persona no se siente amenazada. Las malignas, que afectan, por ejemplo, a los esquizofrénicos, son terribles porque las visiones y las voces interpelan agresivamente a quienes las experimentan.

Al final de la charla, el propio Sacks reveló que su cerebro, de vez en cuando, fabrica autónomamente figuras geométricas que se instalan en su imaginación sin consecuencias posteriores. Parece que se deben a los problemas de la vista que lo aquejan. El melanoma lo privó de la visión de un ojo y ve con gran dificultad por el otro. Los ciegos o casi ciegos son quienes con mayor frecuencia perciben estas alucinaciones benignas elaboradas por el cerebro.  

En todo caso, la existencia de este hombre ha sido extraordinaria, así que no me sorprende que se despida de ella de la misma manera. En lugar de llorar o rasgarse las vestiduras de dolor, hace un breve recuento de la dicha de haber vivido muchos años de apasionante creación, lucha y, a ratos, felicidad.

Inmediatamente, nos dice cómo va a emplear el tiempo que le queda y revela el cambio sustancial de sus prioridades. Lo que la víspera del fatal diagnóstico le parecía importante, súbitamente queda relegado a un segundo plano.

Creo que de las muchas lecciones que ha dado este excelente profesor, la mejor es esta última: enseñarnos a morir sin aspavientos, felices por haber sido criaturas inteligentes y sentientes (la palabra la acuñó el filósofo Xavier Zubiri) que hemos podido gozar de lo que ninguna otra especie ha percibido nunca: entre otras maravillas, la belleza, el humor, la ironía, el amor, el conocimiento del pasado o la anticipación del futuro.

Es muy curioso (y lamentable) que en Occidente interpretemos la muerte como una especie de desgracia o maldición evitable y no como lo que realmente es: el cierre de un ciclo por el que hemos tenido la inmensa suerte de pasar, pese a las escasas posibilidades que teníamos de nacer y convertirnos en seres humanos.

Nadie nos enseña nunca todo lo que es genuinamente importante: cómo vivir en pareja, cómo criar una familia, cómo cuidar y tratar a los hijos o a los ancianos de nuestro entorno, cómo ayudarlos a morir, cómo afrontar la soledad cuando esto sucede. Por último, cómo enfrentar las enfermedades y la muerte con naturalidad. Todo eso debemos descubrirlo por nuestra cuenta, a lo largo de la vida, cuando hubiera sido mucho más sencillo que nos lo enseñaran.

Como ha hecho Oliver Sacks, por ejemplo.

elblogdemontaner.com

Victoria Camps

La profesora Victoria Campsdarling del pensamiento único, no está en contra del capitalismo, menos mal, pero comparte la ficción de que no puede ser libre porque las personas somos indiferentes al interés general:

Una economía que fomenta el egoísmo, la competitividad y los beneficios materiales hace personas muy individualistas. Hay que ir a un capitalismo que priorice el bien común.

Esta extendida muestra de corrección política da por supuesto que el "bien común" es una cosa que no cabe alcanzar dejando a la gente en paz. Es evidente que, cuando la doctora Camps dice "hay que ir", no está formulando una recomendación a las personas libres, que éstas puedan seguir o no, sino a que los políticos la impongan sobre las personas libres. Es decir, está suponiendo que el bien común es algo que resulta propiciado si las personas son menos libres, lo que resulta muy difícil de demostrar, y de hecho doña Victoria no se atreve ni a confesarlo abiertamente.

En vez de ello, elípticamente proporciona unas supuestas informaciones que avalarían el diagnóstico implícito: no se nos puede dejar en paz. Por ejemplo, un disparate clásico: "Los más ricos cada vez son menos y acumulan más riqueza y el resto cada vez se empobrece más", lo que es doblemente cuestionable, porque no es malo que los ricos se enriquezcan, por un lado, y por otro no es cierto que en el mundo los pobres sean cada vez más y cada vez más pobres. 

Otro bulo del pensamiento convencional es la suma cero, y la profesora se apunta con alacridad. Por ejemplo: "No hay trabajo para todos", como si el trabajo fuera una tarta y no una creación de riqueza por parte de los ciudadanos, que sólo obstaculizan los políticos, precisamente con las medidas intervencionistas que propugnan los bleeding hearts como doña Victoria.

Y el clásico "unos ganan mucho más y los demás perdemos", como si no hubiera forma de prosperar sin dañar al prójimo.

¿Qué esperamos de Ciudadanos?

Si lo de Ciudadanos va en serio –que no las tengo yo todas conmigo– podríamos, esta vez sí, empezar a hablar del fin del bipartidismo. Lo de Podemos, por más que se empeñen sus entusiastas seguidores, no es más que una mutación perrofláutico-bolivariana de la izquierda estadoespañolí de toda la vida. A nadie se le oculta que tres o cuatro horas después de concluido el escrutinio Pablo Iglesias y los que manden en el PSOE e IU –más la ensalada habitual de partidillos nacionalistas– llegarían a un acuerdo “de progreso” para repartirse el pastel en una nueva edición del tradicional partido anti PP que tan buenos réditos dio al socialismo zapaterino en el pasado. ¿Se acuerdan de lo del cordón sanitario aquel? Pues eso mismo.

Ahora bien, si por el centro-derecha entra con fuerza un segundo partido la cosa cambiaría significativamente. Los votantes de derechas, que en España hay un montón por más que El País insista –confundiendo como siempre los deseos con la realidad– en que el nuestro es un país de izquierda, tendrían, por primera vez en veintitantos años, dos opciones a elegir. Sería en cierto modo la vuelta a los años ochenta, cuando Adolfo Suárez y su CDS, aquel inventillo personalista que se sacó de la manga después de ser desalojado de la Moncloa de malas maneras, se apoderó del centro. El gran mérito del primer Aznar fue, de hecho, neutralizar la barquichuela suarista hasta hacerla naufragar en las municipales del 91. 

De eso muchos en el PP ya no se acuerdan. Llevan tantos años de alpaca, pisando moqueta, amorrados a la jugosa ubre del Estado que se les antoja imposible que un niñato advenedizo y para colmo catalán pueda meterse en sus predios y desgraciarles medio huerto. Aznar era bien consciente de que la derecha es un concepto muy vaporoso unido más por la negación que por cualquier otra cosa. Ser de derechas consiste esencialmente en no considerarse socialista. Así de simple. Por eso UCD fue siempre una jaula de grillos en la que unos barones que se creían propietarios de una marca determinada –conservadores, democratacristianos, liberales, tradicionalistas, etc– se disputaban el presupuesto a correazo limpio. 

Suárez, a diferencia de Aznar, fue incapaz de crear un partido propiamente dicho, por eso duró menos en la poltrona que un rollo de Scottex en un supermercado de Caracas. El acierto aznarista fue botar un navío que de los últimos veinte años ha gobernado doce, constituyéndose además en fuerza hegemónica e imbatible en regiones principales como Madrid o Valencia incluidas, naturalmente, sus capitales. Aznar apostó por convertir al PP en un partido conservador modernito, en la línea de lo que entonces era la derecha europea de Thatcher o Helmut Kohl. Una derecha más o menos liberal que recogía los vientos de cambio que soplaron con fuerza tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS.

Aznar, en definitiva, consiguió crear un marco ideológico propio para la derecha española. Un marco que Rajoy, esa calamidad absoluta puesta ahí a dedo por el propio Aznar, ha desmantelado poco a poco con concienzudo empeño. Hoy el PP no es más que una marca vacía, unas siglas que no representan nada pero que muchos siguen comprando porque no se ofrece otra cosa en las estanterías. Eso, claro, podría cambiar este mismo año. Y es ahí donde entra Ciudadanos, un partido nuevo, tanto o más inmaculado que su contraparte podemita, que, aunque nació para otra cosa, ha terminado encarnando el deseo de cambio de una parte del electorado de centro-derecha. Pero la España de hoy no es la de los años noventa. En el mercado electoral la demanda se ha movido hacia el socialismo boborrón del subgénero clientelar. Esto es un hecho que refrendan las encuestas. En un país de cuarentones estériles que van de jovencitos, criados en la cultura de satisfacer lo inmediato y convencidos de que responder de los propios actos es una fascistada, no podía suceder otra cosa. Los españoles desconfían del capitalismo, de la libre empresa y, en su mayoría, esperan que el Estado provea, no se sabe bien de donde, pero que provea. Al final la cultura de “los derechos” ha terminado por permear a toda la sociedad por más que muchos liberales se nieguen a verlo.

El reto de Ciudadanos no debería ser incardinarse en un orden que no es el suyo, un orden formado durante los años de Zapatero en el que cualquiera que no ofrezca la Luna siempre va a estar en inferioridad de condiciones. Albert Rivera y los suyos deben aspirar a crear un campo de juego, un relato que diría Monedero, en el que se sientan cómodos tanto ellos como sus votantes. En este punto es donde el liberalismo clásico entra en juego. El único antídoto válido para la epidemia socialista que padecemos es una generosa dosis de mercado, bajos impuestos, poca y buena regulación y Estado de Derecho genuino con los poderes bien delimitados. Los principios liberales, ladrillos con los que se han construido los países más libres y prósperos del planeta, son los únicos anticuerpos efectivos contra la tiranía a la que nos veremos abocados si ese frente amplio de izquierda filochavista y reaccionaria hasta la nausea se hiciese con el poder absoluto. En su mano está ser una segunda edición corregida del PP sorayo-rajoyano o erigirse como alternativa real al exquisito cadáver de la calle Génova. Solo tienen una bala, que no la desperdicien. 

¿Ciudadanos liberales?

España no es un país poblado por liberales. Al igual que en el resto de Europa, la mayoría de la población se ubica cómodamente en el consenso socialdemócrata: el auténtico pensamiento único, el que de verdad marca el terreno de juego político, es el Estado de Bienestar paternalista e hiperregulador. Por consiguiente, cualquier partido político que presentara un programa apreciablemente liberal estaría condenado a ser minoritario: acaso se trate de una tarea necesaria para el largo plazo, pero a buen seguro también ingrata en el corto.

Ciudadanos ha presentado esta misma semana los fundamentos de su próximo programa económico. Siendo Podemos la alternativa política socialista al establishment, muchos esperaban ver en Ciudadanos la alternativa política liberal al establishment. Error de base: en la actualidad, o eres alternativa política o eres liberal. Las dos cosas, por desgracia, no pueden ser a la vez.

El programa económico de una socialdemocracia moderna

Luis Garicano y Manuel Conthe expusieron el pasado martes las líneas maestras de sus propuestas económicas, organizadas en torno a seis ejes: la lucha contra el paro y el endeudamiento familiar, la promoción de la inversión y la innovación empresarial, el nuevo sistema fiscal, la reforma de la educación, la lucha contra la corrupción y la limitación del clientelismo corporativista. Todos ellos problemas que cualquier liberal reconoce como tales y para los que promueve cambios profundos: liberalizar el mercado de trabajo, permitir la libre entrada y ejercicio de la función empresarial, bajar impuestos y gasto público, aceptar la libertad de elección en educación, minimizar el poder discrecional en manos de políticos y burócratas, y suprimir subvenciones y privilegios regulatorios.

Si bien esta semana Ciudadanos únicamente presentó sus propuestas con respecto al primero de esos ejes —la lucha contra el paro y el endeudamiento familiar—, la base de sus reformas se limitan a pulir de incentivos perversos el marco estatista actualmente existente: contrato único con indemnización creciente para no desincentivar el trabajo indefinido, mochila austriaca para no sobreconcentrar los despidos en los recién llegados, créditos fiscales para complementar las rentas salariales de los trabajadores con bajos sueldos, bonificaciones empresariales en las cotizaciones a la Seguridad Social para premiar la estabilidad de las plantillas, cheques formativos para que el parado escoja dónde recibir formación y en qué materias obtenerla y una ley de segunda oportunidad que facilite la renegociación de sus pasivos a los deudores de buena fe.

Todas ellas medidas razonables dentro del marco político socialdemócrata pero alejadas de las que propondrían los liberales: contrato laboral librelibertad de pacto de la indemnización por despido, reducciones de impuestos y de cotizaciones a la Seguridad Social (especialmente las referidas al desempleo y a la formación) y libertad contractual para determinar la extensión de la responsabilidad personal en el repago de las deudas. El contraste es más que evidente, no sólo por el alcance, sino por el enfoque: no se trata de que Ciudadanos se quede a medio camino por cuanto contemporice con un electorado insuficientemente liberal, sino que toma una dirección distinta de aquella recomendada por el liberalismo; es decir, no más libertad y autonomía personal (salvo acaso en el cheque formativo), sino más diseño paternalistamente centralizado de los arreglos contractuales buscando minimizar las ineficiencias y los incentivos perversos generados por la regulación estatal.

Más que en la radicalidad de las medidas hay que fijarse en la ideología subyacente a las mismas: el liberalismo promueve la libertad y la responsabilidad individual; la socialdemocracia, el intervencionismo estatal so pretexto de proteger al individuo y a la sociedad de sí mismos. ¿A qué marco ideológico se adscriben las medidas propugnadas por Ciudadanos? Diría que resulta obvio.

Contra cleptocracias y populismos

Que Ciudadanos no haya optado por un programa liberal no es sorprendente: si aspira a tener opciones de gobierno, no puede hacerlo. Y, a la vista del panorama política circundante, necesitamos partidos políticos con voluntad de gobierno que muestren ideas no suicidas y que actúen como freno frente al exbipartidismo cleptocrático y al neopartidismo populista. Ciudadanos tal vez pueda jugar ese papel y, si así fuera, constituiría una buena noticia para los liberales en el corto plazo: no porque su programa (al menos el conocido hasta la fecha) despierte entusiasmos proliberales, sino porque al menos supone una amenaza —y una alternativa— a la degeneración antiliberal promovida por la casta y por la neocasta.

Lo prioritario ahora mismo es parar los golpes que unos no nos han dejado de propinar durante más de 35 años y otros aspiran a pasar a hacerlo con igual contumacia. Por desgracia, con una de las ciudadanías más antiliberales de Europa, el liberalismo no es ahora mismo una alternativa de gobierno verosímil para España: probablemente podamos darnos con un canto en los dientes si de momento evitamos mayores recortes a nuestras libertades.

El imprescindible papel reivindicativo del liberalismo

¿Mas acaso lo anterior no implicaría caer en la trampa de un pragmatismo político que enterraría cualquier cambio institucional de fondo en el largo plazo? ¿Acaso apostar por el mal menor y no por el bien mayor no nos condena a atascarnos en el statu quo y a renunciar a los ideales liberales? No: justamente porque el liberalismo tiene una identidad propia que merece ser reivindicada como un proyecto ideológico y político independiente, hay que ser meridianamente claros —y críticos— a la hora de reivindicar las reformas liberales frente a las no liberales. Ahora bien, lo anterior no debería cegarnos a la hora de analizar la realidad tal cual es, reconociendo cuáles de los distintos escenarios futuros posibles son peores, malos y menos malos. El idealismo coloca la mirada en el horizonte y uno no puede distinguir los obstáculos de su alrededor manteniendo los ojos fijos en el horizonte.

Que el liberalismo no sea probable en la actualidad no debería llevarnos ni al desánimo ni al sectarismo: ni a tirar la toalla para abrazar los principios aliberales de aquellas formaciones con opciones de gobierno, ni a obcecarnos con que todas las alternativas aliberales son igual de nefastas. El contexto nos impone su agenda: y, precisamente, la misión de los liberales debe ser la de intentar cambiar el contexto para que otros no nos impongan su agenda. Pero esa crucial batalla de las ideas no debería llevarnos a ser absolutamente indiferentes con el resultado de las refriegas políticas que nos rodean siempre que, en particular, existas opciones aliberales menos negativas que otras.