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El Papa y el beneficio

La carta que Su Santidad el Papa Francisco escribió hace poco al director general de la FAO contiene unas piezas admirables por su incorrección política, como el reconocimiento de que la situación alimentaria mejora en muchos países o la defensa de la familia, la institución que atacan los mismos que aplauden al Papa por su supuesto progresismo. Francisco afirmó que la familia "favorece el diálogo entre diversas generaciones y pone las bases para una verdadera integración social", la familia, no el Estado. Y añade, con acierto:

¿Quién se preocupa más que la familia rural por preservar la naturaleza para las próximas generaciones? ¿Y a quién le interesa más que a ella la cohesión entre las personas y los grupos sociales?

Dos ideas económicas, sin embargo, no son acertadas. La primera se refiere a "la enorme cantidad de alimentos que se desperdician, los productos que se destruyen, la especulación con los precios en nombre del dios beneficio". Y la segunda es esta pregunta:

¿Hasta cuándo se seguirán defendiendo sistemas de producción y de consumo que excluyen a la mayor parte de la población mundial, incluso de las migajas que caen de las mesas de los ricos?

La primera idea es bastante popular pero cuestionable. Supongamos unos desalmados que sólo atiendan al "dios beneficio". Incluso si tales personas existieran, lo que no harían nunca en condiciones de competencia es destruir la producción. Como es lógico, si buscan el beneficio lo que deben hacer es venderla. Otra cosa muy distinta es cuando hay intervención política en los precios: entonces sí, al separarse la necesidad del consumidor del beneficio del productor, entonces el "dios beneficio" puede llevar a producir mucho más de lo que se necesita, y a destruir por consiguiente lo producido. Pero eso nunca sucede en el mercado. En cambio, sucede a menudo en el Estado, como sabemos muy bien en la Unión Europea, cuya delirante Política Agraria Común ha producido los famosos lagos de leche y otros desperdicios masivos. Esos casos de intervención no tienen nada que ver con el mercado ni con el legítimo beneficio del empresario en competencia. Que hay empresarios que se lucran con la intervención es indudable, y ha sido condenado por el liberalismo desde Adam Smith, pero eso guarda relación con la política y no con el mercado.

Lo de la "especulación con los precios" es otra imagen popular, y equivocada, en la medida en que transmite la idea de que alguien controla los precios en los mercados, lo que es imposible, salvo que, otra vez, no se trate de mercados sino de acciones políticas, legislativas o burocráticas, otra vez, alejadas de lo que habitualmente entienden los moralistas por "el dios beneficio", aunque, como es sabido, están lejos de ser desinteresadas. (Sobre el poder real de los supuestos especuladores en los mercados escribí hace unos veinte años en El País "Esos jóvenes en mangas de camisa", que puede verse aquí.)

La segunda idea del Pontífice, vinculada con la anterior, es también extraña, porque parece que hay unos villanos que pretenden aprovecharse excluyendo de la producción y del consumo a la mayor parte de la población mundial, nada menos. Esto es extraño: las grandes rentabilidades que buscarían lógicamente los adoradores del "dios beneficio" se consiguen haciendo exactamente lo contrario, es decir, incluyendo a cuantas más personas, mejor. ¿Hay que explicar que Henry Ford se hizo muy rico vendiéndoles coches a millones de obreros, mientras que los Rolls-Royce no dan ni para beneficiar a unos pocos miles de personas?

Posiblemente la explicación estribe en que el Papa no ha prestado atención a cómo funcionan la producción y el consumo, y por eso habla de pobres privados hasta de las migajas de los ricos, como si los pobres se enriquecieran con donaciones de los ricos que vayan más allá de las migajas. Este argumento es incorrecto porque los pobres se enriquecen con su trabajo y su comercio, si les dejan. Y los que les dejan, o no, nunca son "los ricos" sino los gobernantes.

El lobby de los Goya

La Gala de los Goya siguió el guion cinematopolítico y terminó convirtiéndose en un acto de resistencia fiscal contra el Gobierno, representado por el ministro Wert. El auditorio se constituyó en un clamor unánime contra las subidas de impuestos o, mejor dicho, contra la subida de impuestos. Porque al parecer, y atendiendo al discurso oficialista de los Goya, desde que el nefasto Ejecutivo del PP llegó al poder sólo se ha producido un sangrante incremento fiscal: el del IVA cultural.

"Ya va siendo hora de que nos bajen el maldito IVA"exclamó el presidente de la Academia de Cine, Enrique González Macho. Nótese el complemento indirecto de la oración: nos. Porque de eso se trata justamente: el IVA cultural es un impuesto malo porque les afecta directamente a ellos, a su negociado; todos las demás brutales subidas de impuestos impulsadas por Montoro durante esta legislatura –más de cincuenta padecidas por los españoles de todas las condiciones– o no merecen consideración alguna o, incluso, son subidas buenas, en tanto castiguen a los más ricos.

Ciertamente, no pretendo que la Academia de Cine se instituya en el representante de los intereses del pueblo español (aun cuando muchas veces se haya arrogado ese papel, convirtiéndose en "el mundo de la cultura", "los intelectuales" "o la conciencia crítica" de los españoles): lo lógico es que concentre sus esfuerzos en defender sus propios intereses, y sus propios intereses pasan en este caso por reclamar legítimamente una reducción del IVA cultural. Que nos bajen el maldito IVA. Ahora bien, precisamente por ello jamás deberíamos haber perdido de vista que la Academia de Cine es un lobby: un grupo de presión constituido para orientar la acción del Gobierno hacia la defensa de sus intereses privativos, al margen de cuáles sean los intereses del conjunto de los españoles.

Desde luego, no estoy afirmando que la Academia de Cine sea el lobby: son un lobby más –unos cazadores de rentas más–, y no particularmente poderoso frente a otros grupos de presión con muchos más recursos y mejores conexiones. Pero sí son un lobby que convendría que la ciudadanía española comenzara a percibir como tal, para así filtrar sus bondadosas palabras. A la postre, el propio González Macho recalcó durante los Goya que había que convertir el cine en un "tema de Estado"; entiéndase, pues, el mensaje que verdaderamente estaba emitiendo como director de este lobby patrio:

Nuestros intereses particulares merecen una mayor consideración que los intereses particulares de cualquier españolito de a pie, y por eso estamos legitimados para que el Estado instrumente su coacción contra los españoles y a nuestro favor.

Puede que ni siquiera los propios integrantes de este lobby patrio se reconozcan en ese mensaje –la fuerza del autoengaño es muy poderosa–, pero ése es su discurso de fondo: reivindicamos simultáneamente la necesidad de maximizar las subvenciones al cine y de minimizar los impuestos que soporta el cine; esto es, reivindicamos recibir las máximas transferencias del Estado y hacernos cargo de las mínimas transferencias al Estado. Puedo entender, aunque no compartir, el discurso de aquellas personas que reclaman un mayor gasto público aceptando que tendrán que contribuir a financiarlo con mayores impuestos; también puedo entender y compartir posiciones con aquellos otros que abogan por unos menores impuestos siendo conscientes de que ello acarreará un menor gasto público. Lo que no puedo ni entender ni compartir –salvo desde la sectaria óptica del lobby– es que uno reivindique un mayor gasto público sin estar dispuesto a contribuir a financiarlo fiscalmente: las mieles para mí, las hieles para los demás.

Ojalá la ciudadanía española vaya tomando conciencia de que el comportamiento habitual de la inmensa mayoría de actores en la esfera público-estatal no es más que una permanente impostura para lograr instrumentar la coacción estatal en su privativo interés. La Academia de Cine es sólo una anécdota dentro de una categoría, por desgracia, infinitamente más amplia. Si de verdad queremos librarnos de la lacra de los lobbies de todas las corrientes y orientaciones, nada mejor que minimizar el intervencionismo estatal: sin BOE, no hay lobbies que valgan.

Espectáculo del poder

Hace unos meses, a propósito de una operación de la Agencia Tributaria y la Guardia Civil, que abordaron el barco de Carmen Thyssen en Ibiza para notificarle la apertura de un nuevo expediente fiscal, reclamó un editorial de El Mundo: "Buscar la eficacia fiscal sin necesidad de espectáculos"

Este es el pensamiento mayoritario a propósito de la fiscalidad: hay que cobrar los impuestos que marque la ley, hay que perseguir a quienes no los paguen, pero ¿para qué montar tanto alboroto?

Es un análisis equivocado, porque si aceptamos que hay que cobrar y perseguir, el alboroto es indispensable. En efecto, aceptar que hay que pagar lo que el Estado diga es renunciar a la libertad y permitir al poder que usurpe los bienes de sus súbditos no en la medida en que éstos lo deseen sino en la medida en que le convenga al propio Estado, que es claramente lo que sucede, en particular en los regímenes democráticos, donde se da la paradoja de que, al revés del supuesto de que el Estado obedece a los ciudadanos, la mayoría de los ciudadanos siempre quiere pagar menos impuestos y siempre termina pagando más.

La dinámica del Estado, así, lo lleva a legitimarse mediante el gasto público, para que se vean los "logros y conquistas sociales del Estado de Bienestar", pero a la vez a subir continuamente la presión fiscal y a extenderla mucho más allá de "los ricos". Los Estados actuales no pueden financiarse gravando a los ricos, ni siquiera expropiándolos completamente, cosa que evitan hacer porque en tal caso los ricos aguantarían sólo una expropiación, y después la evitarían no generando propiedad ni riqueza, o generándolas en otro país.

Por tanto, los Estados deben castigar a la mayoría de la población. Cuando la corrección política dice que hay que perseguir a los que no pagan y "luchar contra el fraude fiscal" lo que en realidad está diciendo es que el poder político y legislativo debe reprimir y perseguir a millones de modestos ciudadanos. El Estado lo sabe, y por eso monta espectáculos como el de la señora Thyssen, para transmitir la idea de que es particularmente rudo con los ricos, y ocultar la verdad, a saber, que usurpa cada vez más bienes a cada vez más ciudadanos corrientes y molientes.

El espectáculo, en consecuencia, es imprescindible, y por eso siempre se ha hecho. En nuestro país empezó con los socialistas en los años 80 tras los pasos de Lola Flores, y ahora con las autoridades del PP persiguiendo a la Pantoja: todos quieren por esta vía disfrazar los atracos que perpetran contra las personas que no son famosas, ni ricas.

(Entre paréntesis, el truco funciona no sólo en el caso de los impuestos sino también a todos los niveles de violencia estatal, desde los regímenes revolucionarios y comunistas más carnívoros hasta los socialdemócratas más vegetarianos. Por eso los comunistas mataron a la familia del zar, y los revolucionarios franceses al rey y a María Antonieta: era para dar la idea de que iban contra los privilegiados y ocultar que decenas de miles de trabajadores franceses cayeron asesinados en la guillotina, y decenas de millones de trabajadores fueron muertos por los comunistas).

¿Cuánto le ha costado la revolución cubana al mundo?

Raúl Castro ha puesto condiciones a Barack Obama para reestablecer relaciones diplomáticas. Una de ellas es recibir una compensación por los daños producidos por el embargo comercial.

¿A cuánto asciende el perjuicio? Según los puntillosos economistas del gobierno cubano, la cifra es exactamente 116.860 millones de dólares. No tengo la menor idea sobre cómo han llegado a esa suma monstruosa, pero démosla por buena a los efectos de esta columna.

Naturalmente, eso nos precipita a una pregunta inevitable: cuánto ha costado la incompetencia y la injerencia de la revolución cubana al mundo.

Hagamos unos apuntes contables.

– Primero, claro, están los perjudicados cubanos. En 1959 Cuba tenía 6.000.500 habitantes. Al margen de 1.800.00 viviendas, existían 38.384 fábricas, 65.872 comercios y 150.958 establecimientos agrícolas. Todo eso fue estatizado sin compensación real, lo que provocó el súbito empobrecimiento de la sociedad cubana. ¿A cuánto asciende el despojo? Probablemente el Estado debe a los propios cubanos treinta veces lo que hoy Raúl Castro reclama a Obama. Pasaron de los primeros lugares de desarrollo en América Latina a los últimos.

– Estados Unidos. Los norteamericanos, muy conservadoramente, valoran en 7.000 millones las propiedades confiscadas en la Isla. No incluyen en la cuenta, por ejemplo, entre otros rubros olvidados, el costo enorme de integrar a dos millones de refugiados cubanos en Estados Unidos (el 20% de la población de la Isla), ni los daños provocados por los miles de criminales deliberadamente sacados de las cárceles cubanas y enviados a USA durante el éxodo del Mariel, en 1980. Tampoco tienen en cuenta los derechos de propiedad norteamericanos sobre libros, canciones, películas, programas de televisión, medicinas, programas de informática y objetos de todo tipo copiados o utilizados sin límite por los cubanos. Una suma astronómica. Deberían sumarlos.

– España. La Sociedad 1898, constituida en Madrid para defender los intereses de los españoles perjudicados en la Isla –eran dueños de una buena parte del comercio minorista–, afirma que, sólo a las 3.000 familias españolas que han logrado localizar, les deben unos 8.000 millones, a valor del dólar actual.

– URSS. Según la economista rusa Irina Zorina, los subsidios a Cuba, sin contar las cuantiosas donaciones de armamentos, excedieron los 100.000 millones de dólares. En el verano del 2014 Vladimir Putin condonó a Cuba el 90% de una incobrable deuda de 35.000 millones reconocida a Rusia ante el Club de París. El 10% restante, que tampoco cobrará, hipotéticamente se invertiría en la Isla.

– Venezuela. El economista Carmelo Mesa-Lago calcula el subsidio venezolano en unos 13.000 millones de dólares anuales. Ernesto Hernández-Catá, otro gran profesional, lo rebaja a 7.000. En todo caso, una cifra descomunal que explica, entre otras razones, la magnitud del desastre venezolano.

– Argentina. La deuda original de 2.400 millones, contraída en los años 70, al no pagarla, hoy excede los 11.000 millones.

– Japón. Cuba le debía 1.400 millones. Los japoneses condonaron el 80% de la deuda y el 20 restante lo aplazaron en 20 años. Naturalmente, eliminaron las líneas de crédito a los cubanos.

– México. Hizo más o menos lo mismo que Japón. Cuba debía 487 millones de dólares y el gobierno mexicano le perdonó 341 y le aplazó la devolución del remanente a lo largo de una década.

Y ahora acerquémonos, parcialmente, a la injerencia, pero con más preguntas que respuestas, porque, que sepamos, nadie todavía ha puesto números al costo de la intromisión cubana en los asuntos internos de otros países.

¿Cuánto le costó a Venezuela el desembarco de guerrillas cubanas en los años 60 y el apoyo de los Castro a las guerrillas y terroristas venezolanos durante más de una década? ¿Cuánto le cuesta la disparatada asesoría que ha llevado el país a la ruina?

¿Cuánto le costó a Bolivia el intento del Che Guevara, acompañado de militares cubanos, de derrocar al gobierno del país?

¿Cuánto le costó a Chile la radicalización del gobierno de Salvador Allende, en gran medida motivada por la presencia de las tropas especiales cubanas en su territorio y por el consejo suicida de La Habana?

¿Cuánto le costó a Centroamérica en vidas humanas y en recursos económicos la ayuda de Cuba a la creación y mantenimiento de guerrillas en El Salvador, Guatemala y Nicaragua? (Nicaragua, por ejemplo, todavía no ha recuperado los índices de desarrollo económico que tenía en 1979, año del triunfo sandinista).

¿Cuánto le costó a Colombia la vinculación de Cuba al Ejército de Liberación Nacional o ELN, al M-19 de Jaime Bateman y a las FARC?

¿Cuánto pagaron los argentinos por combatir al Ejército Guerrillero del Pueblo, organizado por Cuba y dirigido por Jorge Ricardo Masetti, como prueba el periodista e historiador Juan Bautista Yofre en su libro Fue Cuba, o el insensato ataque al cuartel de La Tablada, con armas cubanas, durante el gobierno de Raúl Alfonsín?

¿Para qué seguir? La pequeña isla de Cuba, dirigida por un loco que, como tantos, se creía Napoleón Bonaparte, pero que realmente intentó serlo y a ello dedicó toda su vida, ha sido una catástrofe, no sólo para los cubanos, sino para medio planeta. Una catástrofe que ha costado una inmensa cantidad de dinero.

elblogdemontaner.com

¿Qué deuda griega es la que hay que reestructurar?

El principal objetivo del nuevo Gobierno de Syriza es "reestructurar" la insoportable losa de la deuda pública griega, actualmente ubicada en el 175% del PIB. Según se nos dice, Grecia no puede pagar, lo que hace imprescindible una profunda reestructuración de la misma: a saber, alargar los plazos de vencimiento, reducir los tipos de interés o incluso aplicar una quita al principal.

En realidad, buena parte del discurso sobre la insostenibilidad de la losa financiera griega está infundada. En las economías modernas, caracterizas por Gobiernos expansivos y monedas inflacionistas, el principal de la deuda pública nunca se devuelve, sólo se refinancia; de ahí que el coste de estar endeudado dependa únicamente del tipo de interés que el Estado deba abonar por el conjunto de su deuda pública.

En 2011 Grecia estaba obligada a pagar unos intereses equivalentes al 7,3% de su PIB, con diferencia la carga más alta de Europa y difícilmente sostenible. Sin embargo, con la reestructuración de su deuda pública orquestada por la Troika en 2012, ha conseguido rebajar su losa de intereses al 4% del PIB, que, si bien no es bajo, tampoco resulta inmanejable. De hecho, países como Irlanda, Italia o Portugal –que hasta el momento no han reclamado reestructuraciones en su deuda pública– están soportando ahora mismo costes financieros mayores.

 


Fuente: Eurostat

Teniendo en cuenta que el PIB de Grecia está por los suelos (ha caído un 23% desde su máximo) y, ciertamente, muy por debajo del PIB potencial de que podría disfrutar en caso de que liberalizara y estabilizara su economía, es difícil concluir que la reestructuración de la deuda sea una absoluta e inexorable necesidad.

Acaso cupiera alegar que, pese a lo anterior, podríamos ser más generosos con Grecia y brindarle algo más de oxígeno, rebajar un poco más la carga de su deuda y blindarla frente al riesgo de refinanciación (pues, aunque hoy paga un tipo de interés moderado, si en el futuro refinancia su deuda a tipos de interés más altos, regresará a una situación de insostenibilidad financiera). Aquí entroncarían, de hecho, las exigencias de Syriza de alargar el vencimiento de la deuda y rebajar el tipo de interés medio sobre la misma. Pero es difícil que, a este respecto, la Troika pueda hacer mucho más de lo que ya ha hecho: como decimos, en 2012 la deuda griega ya fue reestructurada por la Troika en condiciones difícilmente mejorables.

El vencimiento medio de la deuda griega es, con diferencia, el más elevado de la Eurozona y, también, de otros países de nuestro entorno.

Fuente: OCDE

Lo mismo sucede con los tipos de interés medios sobre su deuda, los terceros más bajos de la Eurozona e incluso más reducidos que los que está pagando Alemania:

Fuente: Eurostat

En otras palabras, los Gobiernos europeos están subsidiando al Gobierno griego, ya que le están extendiendo crédito a unas condiciones más ventajosas a las que se están endeudando ellos para extenderle ese crédito. Es como si usted se endeudara al 10% para prestarme a mí al 5: es obvio que con la operación estaría perdiendo dinero. No parece que haya mucho margen para regalar, todavía más, tales condiciones.

Entonces, si no existe mucho margen para alargar los vencimientos de la deuda y para reducir los tipos de interés medios, ¿qué queda en pie de las demandas de reestructuración? Lo único que queda es una quita a su deuda, es decir, que no paguen. A este respecto, conviene no olvidar que la deuda pública griega en manos de acreedores privados ya fue sometida en 2012 a una quita del 53,5% sobre su valor nominal (que, computando el alargamiento del plazo y el recorte de intereses, ascendió al 75% sobre su valor actual). Siendo así, ¿hay que someter a Grecia a una nueva quita?

En general, creo que conviene desdramatizar las quitas de deuda. Todo inversor en deuda pública es consciente de que en algún momento ésta puede ser impagada por el Estado emisor sin que sea posible forzarle a pagar (dado que la soberanía estatal impide ejecutar forzosamente los contratos con el Estado): la amortización en plazo de la deuda pública apenas es una cuestión de buena fe y de responsabilidad del Gobierno de turno. Como digo, éste es un riesgo que todo inversor conoce y que tiene interiorizado, también cuando los inversores son otros Estados (como es el caso actual: el 80% de la deuda griega está en manos de organismos oficiales); por tanto, sólo cabe exigir a los inversores, públicos y privados, que sean consecuentes con los riesgos que voluntariamente tomaron al prestar al Gobierno griego.

Ahora bien, del mismo modo que los inversores deben aceptar la responsabilidad por conceder crédito a un Gobierno que en cualquier momento puede impagar impunemente su deuda, el Gobierno griego también debe aceptar las consecuencias de decretar una quita unilateral sobre su deuda: a saber, la imposibilidad de financiar su déficit público. Lo llamativo de Syriza no es que quiera impagar sus obligaciones financieras: es que quiere hacerlo al tiempo que postula la necesidad de aumentar de manera muy sustancial el gasto público sin subir los impuestos: es decir, quiere no pagar la deuda para seguir emitiendo deuda.

Semejante cuadratura del círculo sí que es imposible: si Syriza opta por rechazar a la Troika como interlocutor y por aplicar una quita unilateral, se estará mostrando como un Gobierno poco confiable al que nadie querrá prestar cantidad alguna de dinero. Y, por tanto, tendrá que mantener estrictamente a raya sus cuentas: no podrá gastar un euro (o, más bien, una dracma) más de lo que ingrese. Así, la asfixiante "ultraausteridad" actual será la situación por defecto en la que tendrá que vivir Grecia durante años.

En suma, si Syriza no quiere pagar, que no pague; pero que dejen de pedir crédito a los demás para años más tarde no devolverlo. Ya lo dijoclarividentemente el vicepresidente de la CDU: "Los griegos tienen derecho a votar por quien quieran, pero nosotros tenemos el derecho de no financiar la deuda griega". Sea. Esperemos que, en esta ocasión, todos los actores estén a la altura de las circunstancias, se decida lo que se decida. Ni más componendas ni más presiones por ninguno de los dos lados. Eso sí, haga lo que haga Syriza, por favor, que lo haga lo antes posible para que así los demás podamos tomar buena nota.

Oportunidades y riesgos para los inversores tras el desplome del petróleo

La reciente caída en picado de los precios del petróleo ha forzado a los productores mundiales a realizar drásticos recortes en exploración y producción. Este año, la inversión de capital (capex) en petróleo y gas sufrirá un tijeretazo de unos 24.000 millones de USD, de los que 17.000 millones de USD corresponderán tan solo a EE.UU., aunque los presupuestos están siendo revisados casi a diario a medida que los mercados ponen a prueba la resistencia a la baja de los precios.

En términos absolutos, se trata de recortes importantes. Pero en términos relativos respecto a la inversión total del sector a escala mundial, que se calcula cercana al billón de USD en exploración y producción este año, la cantidad es pequeña. Tan pequeña, de hecho, que es poco probable que plantee un riesgo real de escasez de suministro en el futuro inmediato, por lo que un volumen de oferta mundial de 93 millones de barriles diarios debería estar garantizado. Aunque muchas empresas han anunciado recortes drásticos, las grandes petroleras internacionales y las estatales tienen comprometidos proyectos a muy largo plazo que se mantienen a pesar de la volatilidad de precios a corto plazo.

Durante el último decenio, el fuerte aumento de la inversión en exploración y producción ha transformado la dinámica del sector, que ahora se caracteriza por una oferta más abundante y diversificada y una cuota de la OPEP en descenso. La inversión en actividades upstream se ha multiplicado por tres en el periodo de diez años finalizado en 2014, y la producción crecía un 10,6%. La revolución del fracking ha sido el principal factor impulsor de la diversificación y seguridad del suministro. El fracking estadounidense supone el 17% de la inversión mundial en petróleo y gas, incluyendo exploración, perforación, desarrollo y acondicionamiento. Dicho esto, las oportunidades en las «regiones frontera» como por ejemplo África occidental —donde el crecimiento de la inversión de capital desde 2004 ha sido casi equivalente al de EE.UU.— y la creación de un marco político y legal más estable para la inversión también han convertido a otros países en más atractivos. La inversión en petróleo y gas durante los últimos diez años se ha centrado en diversificar la oferta fuera de las cuencas tradicionales y los países pertenecientes a la OPEP. Esta expansión ha propiciado el mayor crecimiento de la oferta de países “no OPEP” en dos décadas, y explica la reciente decisión de la OPEP de renunciar a su tradicional intervención y dejar caer los precios, con el fin de mantener su cuota de mercado.

Pero la naturaleza procíclica de la curva de costes también ha contribuido al aumento de la inversión en petróleo. Dicho de otro modo, conforme suben los precios del petróleo, los costes de servicio y desarrollo de los pozos tienden a aumentar, impulsados por los incrementos excesivos de la inversión. La industria petrolífera ha pasado de una situación de déficit de inversión a finales de la década de los noventa a otra de exceso, impulsada por unas expectativas de crecimiento de la demanda que han resultado ser optimistas. Muchas de las inversiones realizadas en el periodo 2004–2013 han provocado un exceso de capacidad en el sistema. Además, las mejoras de eficiencia y la transición a un modelo menos basado en la industria han roto la correlación existente entre el crecimiento del PIB real y la demanda de energía. Ahora hacemos más con menos energía: el número de barriles de petróleo consumidos por unidad adicional de PIB en EE.UU. es hoy en día inferior al de hace 30 años, mientras que la intensidad energética mundial (barriles de petróleo consumidos por 1.000 USD de PIB) ha caído en el último decenio a un ritmo del 2,4% anual.

La situación actual es la de unos precios del petróleo que, cuando la OPEP rechaza actuar como equilibrador del mercado, tienden al coste marginal de producción, y entonces los costes caen. Algunos de los componentes principales de muchos proyectos petrolíferos —equipos de perforación de sexta generación y alto rendimiento, bombas a presión, estudios sísmicos y costes de acondicionamiento– han visto disminuir sus costes entre un 20% y un 45% en el plazo de unos meses a medida que el exceso de capacidad se ponía de manifiesto y la inversión era revisada a la baja. En el breve periodo de septiembre de 2014 a enero de 2015, hemos visto reducciones de costes para los productores de entre el 15% y el 20%; esto debería llevar a una bajada de los precios de equilibrio, y por consiguiente, a someter de nuevo a examen la percepción generalizada de que el sector requiere unos precios superiores a los 65-70 dólares por barril para generar crecimientos de la producción.

En anteriores periodos de exceso de oferta, el resultado final ha sido el mismo: los costes descienden. Entre 1985 y 1986, la inversión de capital cayó en todas las grandes petroleras internacionales, y los costes operativos por barril se desplomaron de media un 30% en un solo año. Algo muy similar a los recortes que hemos observado en algunos países en los últimos meses.

En EE.UU., las reducciones anunciadas recientemente ya superan los 12.000 millones de USD , y podrían aumentar hasta los 17.000 millones de USD para el conjunto de 2015. Esto, sumado a las caídas de costes del 20%–25% declaradas por los grandes proveedores de servicios, podría hacer bajar el coste de producción medio del fracking en EE.UU. hasta los 40–45 USD/barril. ¡La autoayuda de la industria viene al rescate!

El efecto catártico de los menores precios del petróleo para las compañías internacionales de petróleo y gas ha suscitado hasta ahora una respuesta bastante contundente en forma de una reducción de la inversión para permitir al sector sobrevivir a esta fase adversa. Pero, ¿dónde está el crecimiento?

A diferencia del periodo 1986–1998 o de 2009, cuando la reducción de la inversión de capital entre las compañías petroleras internacionales fue compensado de sobra por la inversión de las empresas de propiedad pública, esta vez las inversiones están reduciéndose por parte de las compañías petroleras tanto nacionales (NOC por sus siglas en inglés) como internacionales (IOC).

Esperar que los precios suban o que aparezcan otros cuellos de botella será un obstáculo para conseguir una energía más limpia, segura y asequible. La respuesta ha de venir de la mano de la tecnología y las mejoras de eficiencia. Así pues, la industria necesita encontrar nuevas formas de financiar las inversiones para garantizar la seguridad del suministro en los próximos años, y de seguir avanzando en la senda hacia la independencia energética ya emprendida por EE.UU.

Debe darse un proceso de reestructuración y consolidación en virtud del cual los productores ineficientes o altamente endeudados sean sustituidos por otros más fuertes y eficientes, que estructuren sus negocios e inversiones de cara a conseguir una rentabilidades sólidas a unos precios de mitad de ciclo, en lugar de apostar a la carta de «precios más altos durante más tiempo».

Las compañías deben empezar a planificar en previsión de una demanda que no crecerá como predijeron los viejos modelos. La demanda procedente de la OCDE tocó techo en 2007 y la demanda de países de fuera de la OCDE se ha comportado en parte como una profecía autocumplida, alimentada por la propia demanda de energía de los países productores de petróleo conforme aumentaban los precios. Los mayores ingresos por las exportaciones de petróleo impulsaron un mayor crecimiento del PIB, mayores inversiones en infraestructuras y un crecimiento sin precedentes de la demanda de energía en dichos países productores de petróleo, en algunos casos incluso muy por encima de la media de algunos países desarrollados. Este fenómeno también redujo la capacidad efectiva para la exportación. En consecuencia, es probable que, a medida que los precios del petróleo descienden, la propia demanda de petróleo de los productores también se modere, y la capacidad de exportación irá normalizándose. La demanda de países de fuera de la OCDE también puede decepcionar a medida que China complete el tránsito a un modelo económico más sostenible y la tecnología y la eficiencia ayuden a mejorar las perspectivas de crecimiento mundial con un menor consumo de energía.

El sector financiero desempeñará un papel clave para modificar el paisaje de la inversión en energía. Se requieren ampliaciones de capital para reducir la deuda entre las empresas tanto grandes como pequeñas, mientras que las fusiones serán necesarias para crear entidades más sólidas con carteras diversificadas y firmes, donde las inversiones en crecimiento no dependan de unos precios en máximos cíclicos. Al igual que los inversores colaboraron con las empresas para resolver los problemas de los productores de gas natural ante el desplome de los precios en EEUU (Henry Hub), también ayudaron a reconfigurar la posición de las compañías de energías alternativas (eólica y solar) para volver a ser rentables sin necesidad de subvenciones o precios agresivos.

Por lo tanto, el inversor en bolsa debería olvidarse de un escenario soñado de «petróleo de nuevo en 110 USD» y centrarse en cuatro aspectos principales:

  • Evitar las trampas de valor y los títulos «baratos con motivo»: existen numerosos casos en el sector del petróleo y gas, que sigue descontando un precio del petróleo de 75 USD/barril y cotiza con una notable prima respecto al mercado en términos de PER si usamos precios actuales del crudo, pero sin previsiones de crecimiento del beneficio por acción (BPA) en los dos o tres próximos años y con una cobertura del dividendo muy baja. Aunque el petróleo recuperase una parte de la caída, como esperamos, las valoraciones siguen siendo caras.
  • Invertir en compañías «únicas» y en las mejores: los conglomerados no crean valor. Buscar empresas innovadoras y competitivas. Habrá operaciones de actividad corporativa pero, como ha quedado demostrado en el pasado, afectarán a actores inesperados y con los que no contaba el consenso. Los inversores deberían tener en cuenta que, al seleccionar entre los candidatos a operaciones de fusiones y adquisiciones, los compradores buscan tamaño, unas perspectivas de crecimiento atractivas y una presencia sólida en zonas geográficas muy demandadas, así como nuevas tecnologías.
  • La deuda importa: con las grandes petroleras con un ratio medio de deuda neta sobre fondos propios de entre el 31% y el 37%, las estimaciones de dividendos optimistas y unos objetivos de crecimiento de la producción inalcanzables plantean riesgos reales. En el caso de las compañías independientes de exploración y producción (EyP), un ratio medio de inversión de capital sobre flujo de caja de 1,15 veces podría forzar a las empresas a reducir su inversión si la atención se desplaza hacia el balance y suscita un menor interés entre los accionistas. Las compañías más pequeñas de EyP presentan niveles de endeudamiento manejables pero elevados, y las menos eficientes tendrán probablemente dificultades para recuperar la valoración perdida.
  • Las empresas de servicios petroleros se enfrentan a unos años difíciles, caracterizados por menores márgenes y escasez de pedidos, y el sector no podrá revalorizarse en bolsa a menos que ambos parámetros mejoren. La consolidación, provisionar pérdidas patrimoniales de activos y la retirada de equipos anticuados forman parte del necesario proceso de saneamiento para recuperar su capacidad de fijación de precios.

La Agencia Internacional de la Energía estima que el sector del petróleo y gas deberá invertir 23 billones de USD de aquí a 2035 para conseguir el crecimiento de la producción necesario para satisfacer las necesidades energéticas mundiales. Asumiendo unos costes más bajos y una demanda más realista, es poco probable que la inversión baje de la cifra de 1 billón de USD al año, lo que debería garantizar un suministro abundante a largo plazo. El mayor error que puede cometer el sector del petróleo y gas es creer que los precios de las materias primas volverán a los niveles alcanzados en el máximo. Una vez que la tecnología y la innovación entran en escena, muchos proyectos realizados en el pasado se convierten en costes no recuperables aunque siguen produciendo, las compañías se vuelven más eficientes y las viejas estimaciones de precio de equilibrio dejan de tener vigencia. Las tecnologías disruptivas han llegado para quedarse. Los ganadores serán los más eficientes, no los que esperen a que vuelvan los «buenos tiempos pasados».

Syriza gana en Grecia, ¿y ahora qué?

Tal y como se preveía, la coalición radical de izquierdas, Syriza, ha ganado las elecciones generales celebradas este domingo en Grecia. Aunque el partido liderado por Alexis Tsipras ha conseguido una victoria muy holgada, mayor incluso de lo que muchos esperaban, se ha quedado a las puertas de alcanzar la mayoría absoluta en el Parlamento heleno, con 149 escaños frente a los 151 necesarios para gobernar en solitario -el Congreso cuenta con un total de 300 asientos-.

La formación Nueva Democracia, del hasta ahora primer ministro, Antonis Samaras, ha logrado la segunda posición, pero con casi la mitad de diputados que Syriza, mientras que los nazis de Amanecer Dorado se han aupado con el tercer puesto.

1. Gobierno de coalición

Así pues, Tsipras se ha visto obligado a alcanzar algún tipo de acuerdo para poder gobernar. Contaba con tres días para negociar con los distintos partidos algún tipo de alianza, pero el pacto ha sido posible en la primera ronda de conversaciones. Syriza ha llegado a un principio de acuerdo con los Griegos Independientes (Anel), la derecha nacionalista, que ha conseguido 13 escaños.

Su líder, Panos Kammenos, afirmó este lunes, tras reunirse con el Alexis Tsipras, que "a partir de este momento hay gobierno" en Grecia. "Los Griegos Independientes ofrecerán su voto de confianza al Gobierno", dijo Kammenos. "Hoy Alexis Tsipras visitará al presidente y anunciará el Gobierno", indicó. Ahora, el Parlamento tendrá que ratificarlo mediante un voto de confianza en los quince días posteriores a la constitución del nuevo gabinete.

Aunque, a priori, ambas formaciones están muy alejadas ideológicamente, han colaborado juntos en su labor de oposición al Ejecutivo de Samaras, ya que bloquearon la elección del nuevo presidente de la República, provocando con ello el adelanto electoral. Además, están de acuerdo en la necesidad de reestructurar la deuda pública, así como en rechazar la senda de austeridad y reformas impuesto por la troika -Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional-.

Su alianza, por tanto, dibuja un gobierno firme y sólido (sumarían 162 escaños) frente a la troika, avanzando así con escenario de duras negociaciones internacionales sobre el memorando de rescate. Nada más anunciarse la victoria en las urnas, Tsipras declaró que la austeridad había llegado a su fin en Grecia. De hecho, el responsable del programa económico de Syriza, Yannis Miliós, afirmó el domingo que el programa acordado entre Andoni Samarás y el eurogrupo "está muerto". Pese a ello, Syriza y Anel no coinciden en otros puntos, como la política de migración, por lo que tendrán que llegar a puntos de acuerdo para garantizar la estabilidad política durante toda la legislatura.

2. Negociación con la troika

Siendo la renegociación del rescate la principal reivindicación de Syriza, se abre ahora un nuevo escenario de incertidumbre, en el que Atenas tendrá que sentarse con la troika con el fin de alcanzar un nuevo acuerdo sobre las condiciones del rescate y la posible reestructuración de la deuda helena.

Sin embargo, el tiempo y el dinero apremian. La extensión del rescate actual expira a finales del próximo mes de febrero y, en ausencia de acuerdo, el BCE ya ha advertido que cortará el grifo de la financiación a los bancos helenos, desatando con ello el temido corralito financiero y la posible salida del euro.

La primera prolongación de la parte europea del rescate expira el 28 de febrero a medianoche, de manera que el 1 de marzo ya no habrá ninguna red de seguridad para Grecia, salvo la del FMI, cuya ayuda todavía continuará hasta finales del primer trimestre de 2016, aunque actualmente está congelada, al igual que el último tramo europeo de 1.800 millones de euros.

La troika suspendió a finales de diciembre las conversaciones con Atenas hasta que se formase un nuevo Gobierno. Una precondición para una nueva extensión de la ayuda es que Atenas lo solicite formalmente y para ello la petición debe llegar a través de un interlocutor "legitimado", según las fuentes comunitarias, informa Efe.

Además, Grecia deberá afrontar pagos de 5.000 millones de euros en vencimientos de créditos y bonos el próximo marzo, y el BCE no comprará deuda helena, como mínimo, hasta julio. Atenas tampoco puede emitir deuda por su cuenta sin la autorización previa de la troika. Una de las opciones que baraja el Eurogrupo (ministros de Economía y Finanzas de la zona del euro), que se reúne este lunes para analizar la situación de Grecia, es la posibilidad de prolongar el segundo rescate griego hasta seis meses con el objetivo de garantizar la estabilidad financiera del país para poder negociar.

3. Nuevas condiciones de rescate

El peso de la deuda helena alcanza hoy el 175% del PIB. La mayor parte, casi el 80%, está en manos de la troika y, en concreto, el 60% corresponde a los estados de la zona euro, ya sea a través de préstamos bilaterales o las aportaciones al Fondo de rescate europeo.

Hasta el momento, las posturas de unos y otros son claras. Europa, por un lado, no está dispuesta a aceptar una nueva quita, aunque abre la puerta a suavizar aún más las condiciones financieras del rescate a través de una nueva reducción de los tipos de interés y una prolongación de los vencimientos. Además, una quita requeriría la aceptación unánime de todos los socios de la zona euro, y Finlandia, Alemania y Holanda ya se han posicionado en contra.

Tampoco se contempla una nueva quita sobre los títulos que aún posee el sector privado, tal y como aconteció en el segundo rescate, ya que, por un lado, esos bonos están emitidos bajo la legislación inglesa, lo cual dificulta su aplicación y, por otro, dañaría, sobre todo, a los bancos griegos.

Syriza, por su parte, más allá de suavizar las condiciones financieras, pretende vincular el pago de la deuda a determinados objetivos de crecimiento. Es decir, Atenas pagará, pero solo si el PIB de Grecia crece a un determinado ritmo anual (promedio del 7% nominal, según destacados miembros del partido de Tsipras).

Ambos tendrán que ceder de algún modo para llegar a un acuerdo: la troika, aliviando el peso de la deuda y rebajando algunas condiciones fiscales y económicas; y Syriza, manteniendo más o menos la senda trazada desde Bruselas y Berlín para ganar competitividad y cerrar el agujero del déficit. Las amenazas y órdagos de unos y otros quedarían, por tanto, en un mero amago.

4. ¿Salida del euro?

La apertura de negociaciones y la posibilidad de llegar a acuerdos alejaría, por tanto, el riesgo de que Grecia salga del euro. Pese a ello, conviene tener presente que la posición del bloque comunitario ha cambiado respecto a 2012, cuando también se barajó esta opción. La zona euro está menos preocupada que entonces, ya que el impacto de esta salida sería menor gracias a los nuevos mecanismos puestos en marcha, como la unión bancaria, los fondos de rescate europeos o la compra masiva de deuda por parte del BCE. Bruselas piensa que el riesgo de contagio a otros países es menor y más manejable en caso de que Atenas, finalmente, abandone la Unión Monetaria.

Aún así, la mayoría de analistas coincide en que este escenario es poco probable. Por un lado, más del 70% de los griegos quiere permanecer en el euro, y, por otro, a ningún socio le interesa que se produzca dicha salida, puesto que rompería un mito, hasta ahora, muy asentado, el de que, una vez dentro del euro, no hay marcha atrás… Todo dependerá del curso de las negociaciones entre Atenas y la troika.

5. Influencia sobre otros países

Sin embargo, lo que ocurra en Grecia también afectará, de una u otra forma, a otros países del euro. Si Syriza se sale más o menos con la suya, logrando un acuerdo ventajoso para sus intereses políticos, tras rebajar las condiciones del rescate con la troika, otros partidos de corte populista se verán también beneficiados a nivel electoral. Es el caso de Podemos en España, el Movimiento 5 Estrellas en Italia y el Frente Nacional en Francia. Pero también ayudaría a impulsar a las formaciones euroescépticas que han surgido en el norte de Europa, contrarias a los rescates de los países del sur.

Y al revés. Si la troika no cede y Grecia abandona el euro, serviría de ejemplo a otros estados tentados a dejar de lado las reformas y ajustes para cumplir los principios que estipula Maastricht. Sea como fuere, Grecia vuelve a marcar, una vez más, la agenda de todo el bloque del euro.

Justicia fiscal

 Un reciente informe de Oxfam presentaba este título notable: "Justicia fiscal para reducir la desigualdad en Latinoamérica y el Caribe", y empezaba así:

La recaudación tributaria en Latinoamérica y el Caribe es baja en relación con su potencial y no se corresponde con las inmensas necesidades sociales de la región.

De entrada este lenguaje es equívoco e inquietante. El apellidar a la justicia, llamándola "fiscal", es característico del pensamiento único y sólo puede invitar a la coacción: en efecto, justicia fiscal jamás quiere decir bajar los impuestos, lo que es una curiosa identificación de la justicia con el quebrantamiento de los derechos de los ciudadanos a conservar lo que es suyo. Para arribar a esta inquietante conclusión es necesario pasar por el truco de que lo desigual es injusto y de que lo justo no es ya la igualdad ante la ley sino al revés: lograr que la ley nos haga iguales a la fuerza. En otras palabras, se define lo injusto como justo.

A partir de ahí llega el despropósito de creer que se puede determinar cuál es el "potencial" de una comunidad para ser saqueada por sus autoridades, y a pretender justificar la usurpación en términos de "las inmensas necesidades sociales". Por supuesto, entre esas gigantescas necesidades jamás se toma en consideración la circunstancia de que igual las personas necesitan que el poder no viole sus derechos. Al contrario, se define la "necesidad social" como algo que inevitablemente requiere dicha violación.

Hay excursiones hacia los habituales paraísos de la corrección política: "promover la diversificación económica y el desarrollo de actividades ecológicamente responsables y generadoras de empleos de calidad", como si eso fuera algo que las autoridades son capaces de lograr recortando las libertades de sus súbditos. Y que tal recorte es el objetivo fundamental resulta indudable. Oxfam habla de "un sistema fiscal justo y equitativo" ligándolo a "la función redistributiva del Estado", cuya naturaleza coercitiva debe ser potenciada:

Los sistemas tributarios deben equilibrarse hacia modelos más progresivos, en los que se grave más la riqueza y la propiedad y no solamente el consumo y el salario.

No hay ninguna forma de concluir de todo esto que el poder deba respetar los derechos del pueblo. Igual que del anhelo de lograr una "participación ciudadana efectiva que represente los intereses de los grupos históricamente desfavorecidos" no hay manera de concluir que Oxfam incluye a los contribuyentes entre los "históricamente desfavorecidos".

Syriza: hazlo todo y hazlo ya

Grecia ya no es rehén ni de los mercados, ni de la Troika, ni de su casta partitocrática ni de su oligarquía empresarial. Tampoco hay necesidad de que lo siga siendo del euro o de su deuda cienmilmillonaria. Con el poder absoluto en manos de Syriza, Grecia recupera su soberanía. Ya no hay excusas: el programa de la izquierda de casta, del socialismo pata negra, puede aplicarse sin templar gaitas en el primero de esos países rescatados por Bruselas que jamás debieron ser rescatados de su propia irresponsabilidad.

Toca, según se ha prometido, multiplicar el gasto público para enterrar cualquier atisbo de austeridad presupuestaria, crear 200.000 empleos estatales, relanzar la obra pública para estimular olímpicamente la actividad, subir los impuestos estableciendo un tipo marginal máximo del 75% sobre la renta, nacionalizar "sectores estratégicos" como la banca y, sobre todo, decretar una nueva quita del 50% sobre la deuda pública.

Ciertamente, lo lamentaré por los ciudadanos griegos, tanto por aquellos que votaron a Syriza seducidos por las falacias del populismo como, sobre todo, por aquellos que no lo hicieron, conocedores del desastre que supondría aplicar semejante programa. Pero, por desgracia, cuando la mayor parte de los ciudadanos de un país ha interiorizado valores e ideas absolutamente disfuncionales para la convivencia cívica y para el progreso compartido, el desastre deviene inexorable de un modo u otro: mientras el arribismo y el revanchismo prevalezcan sobre el respeto mutuo, la armonía social permanecerá quebrada.

Llegados a este punto, sólo cabe esperar que Syriza cumpla la totalidad de su programa lo antes posible. Que lo cumpla, además, sin interferencias externas de ningún género: ni para penalizarles ni para privilegiarles; es decir, ni bloqueos comerciales ni tampoco inyecciones de liquidez por parte del BCE que contravengan sus propios estatutos. Reglas iguales para todos y que cada cual, dentro de esas reglas, actúe como mejor considere, asumiendo responsablemente las consecuencias de sus actos.

En ocasiones resulta imprescindible que unos pocos se equivoquen para que todos los demás no lo hagan. De los visibles errores ajenos puede aprenderse mucho más que de los ignotos aciertos propios; por eso, por ejemplo, las quiebras empresariales son tan importantes: porque ponen de manifiesto para todos el camino que no debe seguirse. Es verdad que, pese a la elocuencia de ciertos fracasos, no existen garantías de que el ser humano no opte por tropezar dos, tres o veinte veces en la misma piedra. Pero, desde luego, las probabilidades de no repetir en nuestras propias carnes los fiascos ajenos se maximizan cuando el fiasco ajeno deja de ser un simple hipotético y pasa a convertirse en una realidad palpable.

Por eso Syriza debería conciliar el mayor apoyo internacional posible para que ejecute con la mayor premura la totalidad de su programa: sus votantes y simpatizantes deberían exigírselo por elemental coherencia; el resto de europeos no simpatizantes, por simple supervivencia. Es hora de pasar de las palabras a los hechos y de los hechos a la responsabilidad.

Maduro huye hacia delante

Maduro anunció su nueva estrategia para enfrentarse a la catástrofe venezolana. Insiste en los errores de siempre. No va a rectificar. Mintió. Inventó culpables y conspiraciones. Optó por huir hacia delante. Lo hizo tras un inútil recorrido en busca de recursos por varios países, incluida China. Apenas consiguió unos pocos créditos y la vaga promesa de ciertas inversiones. Ya no le creen. Ni los que tienen ciertas simpatías ideológicas le creen. Por eso le han cerrado el grifo.

Hacen bien en no confiar en el chavismo. Nadie ignora que esta patulea de incapaces, además de maltratar severamente a la población, y de convertir al país en un narcoestado terriblemente corrupto –el más podrido de América Latina de acuerdo con Transparencia Internacional–, ha malgastado miles de millones de petrodólares. ¿Cuántos? Para que el azorado lector se haga una idea: la cifra es mayor que la suma de todos los ingresos recibidos por el Estado venezolano desde que Simón Bolívar consiguió la independencia, en el primer cuarto del siglo XIX.

Si los chavistas hubieran sabido y querido gobernar razonablemente, tras una década del barril de petróleo a cien dólares, Venezuela hoy sería un país del Primer Mundo y no una sociedad en plena descomposición, donde las personas se pelean a puñetazos en los supermercados y las farmacias por adquirir un poco de leche o una ampolleta de insulina.

¿Cómo llegaron a este desastre? Tomen nota los españoles: además del catastrófico padrinazgo cubano, siguieron de cerca los consejos de los profesores comunistas Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero, hoy en Madrid al frente del partido Podemos. Estos personajes llegaron a tener despacho en Miraflores, la casa de gobierno en Venezuela, desde donde pontificaban y recetaban a sus anchas.

Durante más de seis años, y al costo de varios millones de dólares que recibieron por sus asesorías, los jóvenes expertos académicos españoles enseñaron a los chavistas a demoler sin compasión la economía de la nación más rica de América Latina.

Arribaron a Caracas borrachos de populismo marxista, sin la menor experiencia empresarial –lo que se traduce en que ignoran cómo se crea, conserva o malgasta la riqueza–, convencidos de que la principal tarea de los gobiernos es igualar a las personas por abajo. Objetivo, por cierto, que lograron con creces. Hoy el país es una inmensa pocilga colectiva.

¿Y ahora qué va a pasar en Venezuela? Un experto en seguridad lo ha vaticinado en un tono sombrío: el chavismo –me ha dicho– no marcha hacia una revolución o contrarrevolución política, sino hacia un saqueo nacional, monstruoso y definitivo, que llegará a los hoteles y a las casas suntuosas, dondequiera que haya comida.

Venezuela va hacia el caos, regido por la ley del más fuerte, con cien mil kalashnikovs, pistolas y cuchillos empuñados por la gente de rompe y rasga. Esos mismos que en el 2014 asesinaron a 25.000 personas para despojarlas de los teléfonos móviles, las billeteras y los anillos, ahora acompañados por una enorme turba que se robará televisores, enseres domésticos y todo lo que encuentre a su paso.

¿Por qué no? Eso fue lo que aprendieron de Hugo Chávez en aquellos paseos televisados en los que el difunto militar repetía alegremente el fatídico "Exprópiese" ante cualquier bien que le llamara la atención, mientras sus cómplices, vestidos de rojo, reían y aplaudían irresponsablemente. El teniente coronel les enseñó que en la contemporánea selva urbana no existen los derechos de propiedad. Sencillamente, el dueño es el que tiene la pistola en la mano y está dispuesto a utilizarla. Menudo legado.

Por supuesto, Maduro todavía tendría la posibilidad de impedir este horror. ¿Cómo? Rectificando. Debería comenzar por abrir los calabozos y liberar a los presos políticos, al tiempo que convoca a un urgente diálogo nacional con la oposición –que hoy tiene el 75% de respaldo popular– para dar un vuelco a la situación mediante una inmediata reforma consensuada.

¿Por qué no lo hace? Probablemente se lo impiden los narcogenerales que temen por su bolsa y por su vida, la legión de los corruptos que prefiere continuar esquilmando el país y sus mentores cubanos, que anualmente reciben miles de millones de dólares en subsidios y están dispuestos a pelear hasta el último venezolano por mantener ese vital flujo de recursos.

Atrapado en medio de esas fuerzas, Nicolás Maduro marcha a paso firme hacia el precipicio.

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