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Contra Milton Friedman

No ha sido la primera crítica que hemos recibido ni, probablemente, sea la última. Thomas Kuhn ya explicó que los paradigmas asentados tienden a resistirse a morir elaborando todo tipo de argumentos autojustificativos y, en España, la idea de que las ayudas estatales a cualquier sector naciente o moribundo son positivas para la economía está ciertamente asentada. Así que no es de extrañar que, pese a la marginación inicial en España y al fuerte impacto mediático en Estados Unidos, las críticas hayan sido proporcionalmente muy superiores en nuestro país.

El texto de José María de la Viña se adhiere en cada frase a esta cultura de la subvención para favorecer el desarrollo de ciertas industrias. Considera evidente que las renovables son un negocio con un enorme potencial futuro y de ahí colige que el sector público tiene que auxiliarlas mientras sean ruinosas. Se trata de un non sequitur con diversos problemas profundos que en breve trataremos de analizar, pero sobre todo parece que sigue sin captar lo que podríamos definir como la conclusión básica del informe: las subvenciones tienen un coste de oportunidad aun cuando no podamos observar sus efectos directamente.

José María de la Viña sostiene que el Estado tiene que obligar a los sectores más productivos de la economía –a aquellos que generan los bienes que desean los consumidores a un menor precio y con mayor calidad y que pueden reinvertir sus beneficios a elevadas tasas para producir aún más riqueza– a subsidiar a los sectores que sean ruinosos por si en algún momento, y tras dilapidar miles de millones de euros, cambian las tornas y sus resultados pasan del rojo al verde. ¿Misión cumplida?

Así parecen opinar quienes, como nuestro crítico, sólo se fijan en los resultados directos de la inversión pública. Pero, ¿cuánta riqueza se habrá dejado de crear hasta entonces? Los sectores a los que se les han arrebatado parte de sus beneficios para tapar los agujeros de las renovables no habrán podido reinvertir esas sumas de dinero en seguir creciendo e incrementando nuestro bienestar. En un incierto futuro puede que tengamos una energía renovable relativamente rentable, pero lo habremos logrado a costa de castrar el desarrollo de muchas otras industrias que, entre otras cosas, deben soportar una energía cada día más cara especialmente por la fijación estatal en las renovables. ¿No nos hemos planteado que en esto que se llama “división del trabajo” tal vez salga más a cuenta producir los bienes y servicios en los que seamos más eficientes, venderlos y con las resultas comprar la energía a quienes la generan de forma más barata?

Con esto tampoco estamos sosteniendo que no deba invertirse en aquellas industrias que en un principio arrojen pérdidas. Al contrario, somos conscientes de que todas las empresas suelen atravesar una fase en la que están montando sus infraestructuras, posicionándose en el mercado, innovando y acumulando experiencia durante la cual se asumen pérdidas por unos años para obtener unos enormes beneficios en el futuro. Simplemente afirmamos que para ejecutar inversiones en las que se asume un alto riesgo para ganar dinero ya existen instrumentos suficientes en el mercado: los mercados de valores y los fondos de capital riesgo. Si alguien quiere apostar con su dinero debería ser libre de hacerlo; cosa distinta es que quiera apostar con el dinero de los demás y que, para más inri, pretenda inmunizarse de perder la apuesta volviendo a meter la mano en el bolsillo del vecino.

De la Viña niega que el mercado haya producido por sí solo muchas de las innovaciones de las que hoy nos beneficiamos todos (Internet, microondas, motores, turbinas…); lo que no cita, porque no nos han dejado saberlo, son todas las innovaciones que el mercado ha dejado de generar porque el Estado ha desviado carretillas de millones de euros o dólares hacia inversiones que luego tangencialmente y casi por casualidad, como sucedió con Internet, han alumbrado tales avances.

El número de proyectos técnicamente posibles y de los que nos podríamos beneficiar es casi infinito. Pero precisamente porque los recursos no son infinitos y hay que economizarlos, no pueden iniciarse todos a la vez; hay que priorizar, esto es, elegir unos y descartar otros. ¿En base a qué criterios? El criterio del libre mercado es bastante claro: dedicar los recursos con un menor coste (aquellos que tienen usos alternativos poco importantes) a producir los bienes que se esperan vender a un mayor precio (aquellos relativamente más importantes para los consumidores). De este modo, las necesidades más acuciantes se van satisfaciendo con las menores renuncias posibles.

¿Qué criterio ofrece De la Viña para asignar los recursos? Realmente ninguno: propone que España se dote de “políticas de Estado (…) razonables, sensatas, coherentes, consensuadas y con un amplio horizonte temporal”. Pero esto no es más que un desiderátum sin contenido concreto alguno. Lo podríamos colocar en la misma categoría de ingenuas buenas intenciones sin más utilidad que el confortable sentimentalismo que “hay que terminar con hambre en el mundo” o “deseo la paz mundial”.

Y es así por dos motivos. El primero, suficientemente puesto de manifiesto por la Escuela de la Elección Pública, que los políticos son –siendo generosos– gente tan (poco) decente y honrada como el resto de los mortales. De la Viña, por ejemplo, se queja del cortoplacismo electoral que aqueja a las políticas públicas españolas, pero ¿por qué cree que esto puede ser de otro modo? Es más, ¿por qué cree que aun cuando se travistiera a las políticas públicas de un horizonte temporal más prolongado los políticos primarían los proyectos que consideran más provechosos para la sociedad y no los que creen más lucrativos para sí mismos (enriquecer a empresarios afines, ganarse el favor de ciertos medios de comunicación o promover proyectos que sean ideológicamente más cercanos a sus planteamientos)? Apoyar la concentración de poder en manos de los políticos deseando que nada de esto suceda pero ignorando cómo evitarlo equivale a darle carta blanca a este proceso.

El segundo motivo, más importante, es que aun cuando nuestros gobernantes fueran o pudieran ser ángeles celestiales, les resultaría complicado discriminar qué proyectos de los técnicamente posibles son más “razonables” o beneficiosos para la sociedad. Que algo sea técnicamente posible o incluso técnicamente probable no significa que sea económicamente beneficioso: podemos destinar ingentes recursos en construir un puente desde Valencia hasta Mallorca (o incluso perforando los trópicos para conectar los continentes) pero eso no tiene por qué ser lo que más necesiten los ciudadanos. Se nota que nuestro crítico es ingeniero –cree posible planificar racionalmente la sociedad– pero que no domina conceptos económicos tan fundamentales como el de coste de oportunidad, ignorancia que le conduce a confundir viabilidad técnica con viabilidad económica.

La Escuela Austriaca de Economía, sin embargo, lleva décadas insistiendo en que sin un proceso de mercado donde cada individuo valore continuamente si sus decisiones son acertadas (analizando los precios y los costes a los que se enfrenta y espera enfrentarse) e incurra en pérdidas en caso de equivocarse o disfrute de ganancias en caso de acertar, la asignación de recursos perderá cualquier racionalidad.

De la Viña sugiere que sea un “comité de expertos” quien redistribuya los recursos de toda la economía. ¿Realmente creemos que un grupo de personas –por muchos conocimientos técnicos que posean– tiene la suficiente información como para conciliar centralizadamente miles de millones planes económicos cambiantes de los individuos? Del mismo modo que se asumía la existencia de un político honrado para sortear los incentivos a la corrupción, también se asume la existencia de un político hiperracional y omnisciente, capaz de analizar los diversos escenarios futuros y su probabilidad, para sortear los problemas de información. Parece que De la Viña ha olvidado la distinción entre riesgo e incertidumbre que ya trazara Frank Knight: el riesgo permite distinguir distintos escenarios futuros y la probabilidad de cada cual; la incertidumbre ni siquiera nos permite conocer cuáles serán esos escenarios futuros.

Toda inversión pública o privada se enfrenta a una incertidumbre inerradicable; la diferencia es que la empresa privada posee incentivos e información concreta para modificar y adaptar sus planes según se vayan cumpliendo o incumpliendo sus expectativas y en el límite de su incompetencia, habrá perdido todo su dinero en una apuesta ruinosa. El Estado no sólo carece de incentivos e información concreta, sino que el único límite a su apuesta es arruinar toda la economía del país. El futuro puede que nunca llegue a ser como el Gobierno espera, pero mientras queden capitales privados que rapiñar, la apuesta podrá mantenerse (e incluso ganarse si tenemos suerte) hasta que nos despeñemos por el abismo.

Nuestro estudio va dirigido precisamente a fiscalizar la actuación del Estado, en medir y tratar de cuantificar los perjuicios que va a acarrear al resto de la economía. En el informe no entramos en el debate sobre si el enorme coste de las renovables las descarta como inversión pública a acometer; sólo decimos que si, tal y como se viene insistiendo desde el año pasado, la finalidad de estas ayudas públicas es relanzar el crecimiento económico, son un rotundo fracaso.

De la Viña desdeña el estudio, no sabemos si porque ya tiene una idea preconcebida de cómo debe ser el mundo o porque realmente se cree que los errores metodológicos que señala lo son. En este último caso, sin embargo, demostraría no haber leído con demasiada atención nuestro informe.

Primero, De la Viña critica el primer ratio (que pone en relación el subsidio público medio por trabajador en las renovables con la dotación media de capital por trabajador) gracias al cual calculamos que las renovables destruyen 2,2 empleos en la economía. El cociente le parece erróneo tanto por el numerador como por el denominador empleados.

En cuanto al numerador, afirma que se lo puede reducir al absurdo: por ejemplo, si el subsidio fuera igual a 0, no se destruirían puestos de trabajo y si fuese negativo (es decir, si la industria privada subsidiase al Estado con impuestos varios) incluso se crearían puestos de trabajo. Con las reducciones al absurdo hay que tener cuidado, ya que son un arma de doble filo que bien pueden refutar las conclusiones del rival pero que también pueden dejar a uno mismo reducido al absurdo.

Ya hemos explicado por qué las subvenciones, en tanto desvían capital desde usos productivos a usos improductivos, suponen una destrucción de riqueza; por tanto, una subvención cero, en efecto, no destruiría riqueza. Cuestión distinta es que, a pesar de ese quebranto económico, se quieran mantener esas subvenciones para alcanzar algo así como “fines espirituales más elevados”, obtener “ganancias estratégicas” o incluso producir algo que creemos necesario para la vida social pero que el mercado no ofertaría por sí mismo (los llamados bienes públicos).

Para justificar las redistribuciones de renta se puede apelar en principio a cualquiera de estos argumentos –discutibles como puedan ser en cada caso concreto– pero nosotros, como decimos, no nos hemos propuesto discutirlos en nuestro informe. Así, nos hemos limitado a analizar su rentabilidad económica, entre otras cosas porque lo que unas personas pueden considerar una energía limpia en la que vale la pena invertir por sí misma otras, incluso dentro de los ecologistas, lo pueden caracterizar como una energía que destruye el patrimonio “natural, histórico y cultural de Europa”. En este punto, pues, sólo el caso de los bienes públicos podría hacernos plantear si debe ser el Estado quien acometa o dirija las inversiones, pero no parece que la energía pueda conceptualizarse como un bien público (su consumo sí es excluible y la energía que consume una persona no puede ser consumida por otra).

Por lo que se refiere a las subvención negativa de la que habla De la Viña (del sector privado al público) parece mentira que no entienda que si las subvenciones “positivas” (del sector público al privado) destruyen riqueza es precisamente porque para financiarlas hay que detraer recursos de otros sectores de la economía mediante impuestos, sobreprecios u otras técnicas (subvenciones negativas). Si las subvenciones fueran como el maná bíblico, no destruirían riqueza, sino que sólo la agregarían; es cuando se la quitan a unos grupos productivos para dársela a otros improductivos cuando echan nuestros capitales a un pozo sin fondo. Las cifras económicas deben leerse en su contexto y eso es, de hecho, lo que nuestro crítico se niega persistentemente a hacer.

En cuanto al denominador, la otra parte del ratio que no agrada a nuestro crítico, nos reprocha que “mezclemos churras con merinas” por meter en el mismo saco la inversión poco intensiva en capital que se necesita para montar un bar con la que se requiere para poner en funcionamiento una planta renovable. En su opinión, sólo deberíamos comparar el capital medio por trabajador empleado en el sector energético tradicional con el empleado en el renovable. El problema de esta crítica es que o bien manipula lo que dice el estudio o bien denota que no lo ha comprendido.

Nosotros no hablamos de la inversión necesaria para montar una central renovable, sino del subsidio público necesario para rentabilizar los capitales privados que se han destinado a las energías renovables. Dicho de otra manera, no estamos comparando la dotación media por trabajador en el sector energético con la de otros sectores menos capital intensivos, sino el subsidio medio por trabajador necesario para que los agentes privados se decidan a invertir en esta industria.

Las industrias capital intensivas emplean a pocos trabajadores, pero a cambio generan las rentas (retribuciones al capital y a los trabajadores o reducción de los costes del resto de unidades económicas) necesarias para que los sectores más intensivos en trabajadores mejoren su productividad, esto es, contraten a más empleados y les paguen salarios mayores. Sin embargo, insistimos, las industrias renovables necesitan de más de medio millón de euros por trabajador simplemente para que los empresarios se decidan a invertir en ellas; el capital privado que finalmente decidan inmovilizar va aparte y no lo hemos incluido en nuestros cálculos, precisamente porque somos conscientes de los beneficios que sobre el resto de la economía arrojan las industrias intensivas en capital generadoras por sí solas de beneficios.

Por consiguiente, sí tiene sentido comparar el subsidio medio por trabajador en las renovables con el capital medio por trabajador en el resto de la economía, precisamente porque se está descapitalizando al resto de los sectores productivos para rentabilizar a este sector concreto.

De la Viña también critica el segundo ratio utilizado que arroja un resultado idéntico al primero. En este caso, comparamos el valor presente de subvención anual media al sector de las renovables con la productividad laboral media de la economía española. Aparte de repetir los argumentos empleados contra el primer ratio y que ya hemos analizado, De la Viña acepta el resultado pero sólo para el muy restrictivo supuesto de que el futuro de las renovables sea el peor posible. En efecto, según afirma, todo sector económico va madurando y reduciendo costes, por lo que el subsidio necesario para rentabilizar ciertas industrias será cada vez menor conforme pase el tiempo y minoren sus costes. Sólo asumiendo que las renovables no van a lograr volverse más eficientes en el futuro nuestros cálculos tendrían, por tanto, sentido.

En este punto, sin embargo, De la Viña vuelve a hacernos dudar de si se ha leído el estudio. Nuestros cálculos de coste futuro se restringen a las centrales renovables existentes a cierre de 2008; aun cuando, en efecto, las nuevas plantas puedan volverse más eficientes, desde luego las construidas hasta la fecha no lo harán. Por tanto, el coste que asumimos de las renovables no está sujeto al peor escenario futuro, sino al ya suficientemente mal escenario que nos han impuesto en el presente.

Por último, De la Viña trata de extender una sombra de dudas sobre la cifra de empleos creados por las renovables. Nosotros, siguiendo el estudio financiado por la Comisión Europea en el que participó el propio sector renovable, lo hemos cifrado en 50.200 puestos de trabajo. De la Viña lo tacha de “obsoleto”. Sin embargo, nuestro crítico no nos señala qué indicador resulta preferible; se limita a decir que como las cifras oscilan entre 50.000 y 190.000 según donde uno busque, no podemos saber con precisiones los resultados laborales de los subsidios a las renovables. ¿Y cuál es la consecuencia que extrae de esta limitación cognitiva? Que cualquier gasto público puede valer con tal de que inflemos lo suficiente la cifra de posibles resultados. ¿A qué datos actualizados deberíamos haber recurrido? ¿A los de empleos creados durante 2007 en plena burbuja renovable o a los de 2009 en pleno pinchazo de la misma y con la industria verde pidiendo aún más subvenciones para tratar de mantenerlos? Parece lógico que echemos mano de unos datos que son una estimación a largo plazo sobre el empleo sostenible dentro del sector renovable.

Y es que no resulta demasiado serio, como hacen ciertos informes en los que se escuda De la Viña, comparar la cifra de 50.200 empleos anuales equivalentes en los sectores eólico, minihidráulico y solar (aquellos para los que hemos calculado los subsidios públicos) con los más de 100.000 trabajos puntuales en todos los sectores renovables. La diferencia entre empleos anuales equivalentes y personas contratadas en el sector no es baladí y debería estar al alcance de cualquier economista: si alrededor del 66% de todo el empleo renovable se crea en la construcción, fabricación e instalación de centrales, esos puestos de trabajo sólo podrán mantenerse a lo largo de los años si, al estilo de una estructura piramidal, ejercicio tras ejercicio vamos construyendo más y más centrales. No es riguroso comparar un contrato que expira en seis meses con uno que perdura todo el año (o con sus equivalentes: por ejemplo cuatro contratos de tres meses).

Aunque precisamente por habernos metido en una estructura piramidal que necesita ir construyendo más y más centrales renovables, algunas empresas, políticos y periodistas españoles parecen estar empeñados en que Estados Unidos nos tome el testigo y se ponga a construir desenfrenadamente este tipo de equipamiento, por muy nocivo para la economía que sea. Algunos quieren mantener el pelotazo como sea y por lo visto nunca les faltan corifeos mediáticos que los apoyen en esa ruta suicida. Sin embargo, ni siquiera ese lucrativo patriotismo parece tener mucho sentido, ya que la construcción de células fotovoltaicas se está concentrando en China, cuya industria más “madura” probablemente sea cada vez más competitiva que la española.

Lo esencial, sin embargo, no son los puestos de trabajo que haya creado la energía renovable, ya que bien podríamos haber generado más empleos subvencionando sectores menos capital intensivos. Lo esencial son los más de 28.000 millones de euros que van a tener que arrebatarse al resto de la economía sólo para lograr que las renovables sean rentables. Ese es el auténtico error y perjuicio que generan: creer que tapiando las ventanas y prohibiéndonos aprovechar la luz del sol incrementaremos la riqueza nacional y el empleo en la industria de velas o bombillas. No, ningún país se vuelve más rico encareciendo el precio de su energía; incluso la propia investigación en energías renovables más eficientes se vuelve más productiva si la electricidad que utilizan los investigadores es más barata.

Si ciertos políticos y periodistas quieren promover las renovables para tener energías poco contaminantes, para ser autosuficientes o porque quieren enriquecer a determinados empresarios, que lo digan. Pero que no nos intenten engañar diciéndonos que lo hacen por nuestro propio bienestar económico. Ya que con estos incentivos la mujer del César difícilmente puede ser honrada, al menos que intente parecerlo siendo sincera.

Zapatero necesita unas tijeras

Sin embargo, en una insistente demostración de irresponsabilidad política, Zapatero sigue haciendo oídos sordos a las advertencias lanzadas desde el Banco de España y el Banco Central Europeo. ¿Resultado? El déficit del Estado (diferencia entre ingresos y gastos) se ha triplicado en mayo con respecto a abril, hasta provocar un agujero próximo a los 20.000 millones de euros en las arcas públicas, equivalente al 1,78% del PIB.

Los recursos no financieros (ingresos) ascendieron a 45.358 millones de euros durante los cinco primeros meses del año, mientras que los empleos no financieros (gastos) del Estado se situaron en 64.901 millones. Pero lo relevante no son tanto las cifras sino su evolución. Así, los ingresos, vía recaudación fiscal, se hundieron un 24,9% hasta el pasado mayo con respecto al mismo período de 2008. Por el contrario, el gasto público crece a un ritmo del 13% interanual, según los propios datos de Economía.

Y el problema es que la brecha no tiene visos de reducción a medio plazo. Como consecuencia, el Gobierno está tirando de deuda pública para compensar la drástica caída de los ingresos tributarios y, así, poder mantener sus compromisos como, por ejemplo, el pago de las prestaciones por desempleo. Es decir, las arcas públicas se enfrentan ya a un acuciante problema de liquidez. No obstante, en los últimos 12 meses el Tesoro ha colocado cerca de 100.000 millones de euros en el mercado de bonos y se esperan otros tantos, como mínimo, para el próximo año.

Ante tal presión, Salgado & Company se han puesto manos a la obra con el fin de aumentar la recaudación. Si la primera subida ha afectado a los tributos indirectos, todo apunta a que los siguientes en experimentar modificaciones al alza serán, sin duda, los directos y los que gravan el capital, esto es, el ahorro.

Se trata no sólo de una política insostenible, sino de una estrategia destinada al suicidio colectivo. Imagínese por un momento la gestión de Zapatero aplicada al ámbito de la economía doméstica. En una familia de cuatro miembros, tres de ellos (padre, madre e hijo mayor) trabajan, aportando recursos periódicos al sostenimiento del hogar, como las cuotas de la hipoteca, el préstamo del coche y el pago de las facturas. La crisis deja en el paro a uno de ellos, restando en un 25% ó 30% el volumen total de ingresos que percibía dicha familia.

Pese a ello, no sólo se obstinan en mantener el nivel de gastos anterior sino que, alegremente, deciden viajar todos juntos al Caribe para celebrar la buena nueva y, por si fuera poco, renuevan su antiguo coche aprovechando las ayudas públicas que ofrece el ministro Sebastián. No obstante, malo será que en unos meses, como mucho, la economía no mejore y vuelvan a surgir oportunidades de trabajo, tal y como afirma el presidente Zapatero en el telediario de TVE.

Pero mientras espera, su nivel de gastos ya ha crecido un 15% anual, y como la familia en cuestión no dispone de ahorros, acuden al banco para solicitar un crédito con el que sufragar tales "necesidades básicas". ¿Cuál sería la respuesta del banquero? En este caso es amigo por lo que, sin atender a la lógica, accede. A cambio, eso sí, de un buen aval para cubrir el préstamo. Ahora bien. ¿Y si el padre que se ha quedado en paro no encuentra trabajo ni en un año ni en dos? Es más, ¿y si durante ese período el hijo mayor también se queda sin empleo? ¿Y si, aún así, la familia mantiene e, incluso, incrementa su nivel de gastos? En este caso, es seguro que el banquero perderá un amigo pero, cumpliendo su obligación, ejecutará el aval y la familia entrará en quiebra.

En lugar de recortar gastos, Zapatero está siguiendo justo la receta contraria. Al fin y al cabo, su banca de confianza (el Tesoro) avalará todos los dispendios habidos y por haber mediante la emisión de deuda pública, ya que el Gobierno cuenta con un aval muy potente (la recaudación de impuestos futuros). Pero, ¿y si la crisis se prolonga más allá de las previsiones optimistas del Gobierno? ¿Y si el paro en España alcanza los seis millones de parados? Los ingresos fiscales serán entonces todavía menores. ¿Y si en este contexto las necesidades de gasto se disparan otros 100.000 ó 200.000 millones, tan sólo como resultado del rescate bancario? Tarde o temprano los acreedores dirán basta. El coste del crédito explotará e, incluso, podría llegar a cerrarse.

Lo que necesita Zapatero no es, pues, una chequera sino unas tijeras de tamaño jardín para aplicar un recorte drástico en los Presupuestos Generales del Estado, al igual que todos los presidentes autonómicos y autoridades locales de este país. Y después, bajar impuestos para fomentar el ahorro y aliviar la carga fiscal de familias y empresas. Por desgracia, esto no va a ocurrir… La poda la realizará otro. Y ésta será por imposición, sin recomendaciones o sugerencias de ningún tipo.

La soledad de los revolucionarios

Deténganse en el segundo 45. Podrán ver al menos a tres personas grabando lo que sucede en su teléfono móvil, además, claro está, del responsable de habernos hecho llegar estas imágenes. Algo parecido sucedió con Neda, la joven que se ha convertido en mártir de esta revuelta y cuya muerte hemos visto en dos grabaciones distintas e incluso momentos antes de ser asesinada.

El caso es que se supone que no deberíamos ver esto. Irán había expulsado o detenido a los periodistas extranjeros. La represión habitual debía tener lugar en la más estricta intimidad, como siempre había sucedido. Internet está férreamente controlado y no se puede subir nada a YouTube o Facebook, o al menos no sin que el Gobierno sepa quién lo ha hecho y actúe en consecuencia. El autor del vídeo lo sabía, así que envió el vídeo por e-mail a varios amigos europeos y un par de medios. Un iraní exiliado en Holanda lo colgó en YouTube, y ahora el mundo entero conoce a Neda.

El proveedor estatal y único de telecomunicaciones ha restringido el acceso a sitios como YouTube, que ha visto reducirse en un 90% el tráfico desde Irán, o Facebook, que ha perdido la mitad. Pero los iraníes han podido sortearlo de diversos modos, incluyendo el uso de proxys, una suerte de intermediarios que permiten canalizar el tráfico a través suyo, ocultando a terceros qué estamos viendo realmente. La única vía para impedir que las protestas lleguen al mundo es cortar internet, como hizo Birmania con un éxito notable. Pero intentar ponerle trabas nunca es suficiente, porque basta y sobra con un pequeño porcentaje de usuarios avanzados para que el mensaje llegue al mundo.

El problema está, precisamente, en el mundo, que no parece estar haciendo nada al respecto. ¿Qué les importa a los obamas de todos los países que los iraníes se jueguen la vida en las calles por un poco más, seguramente muy poco más, de libertad? ¿Qué van a hacer cuando ni siquiera han hecho nada para detener el programa nuclear de los ayatolás, que pone en juego su propia seguridad? Las manifestaciones podrán tener éxito si logran el apoyo de parte del régimen, porque está claro que no van a recibir ninguna ayuda de quienes promueven insultos a la inteligencia y a la libertad como la alianza de las civilizaciones.

Internet es, sí, un invento maravilloso. Pero ya sea para lo bueno o para lo malo no deja de ser un instrumento. No crea pedófilos ni revoluciones contra tiranos islámicos. Y probablemente no pueda hacer triunfar a la marea verde, aunque pueda darle una oportunidad que de otra forma no tendría. Ojalá la puedan aprovechar, porque por mucha comunicación que haya están completamente solos.

Si el PP fuera una junta vecinal

En su junta directiva hay lógicamente un tesorero que, vaya por Dios, resulta imputado por la justicia y al que se acusa de haberse aprovechado de su posición para trincar comisiones de las empresas que prestan servicios diversos a su comunidad. Súmele a eso el hecho de que el tesorero, hombre de su máxima confianza, haya aumentado sensiblemente su nivel de vida pagando grandes sumas en efectivo a lo largo de su mandato. Llegados a este punto, ¿seguiría usted manteniéndolo en su puesto con la llave del dinero de todos los propietarios en su poder? Yo tampoco, mayormente porque a estas alturas los vecinos nos habrían corrido a palos a usted y a mí por las escaleras, y ante argumentos tan categóricos acabas reconociendo tu error de inmediato.

Lo raro sería que los afectados por las actividades delictuosas de ese tesorero imaginario no exigieran su despido fulminante y se personaran en el juzgado como acusación, porque no sólo es que tales conductas afecten negativamente a la imagen de un colectivo, sino que el perjuicio económico causado a sus miembros es evidente, dado que el dinero entregado bajo mano al comisionista se traduce inmediatamente en un sobreprecio del servicio realizado. ¿O es que alguien piensa que las comisiones pagadas por el fontanero, el electricista, el pintor y el resto de oficios salen de sus bolsillos? Naturalmente que no. Siempre que hay un convolutto el producto se encarece y lo que sorprende es que personas formadas pretendan creer que existen individuos, dueños de negocios en los aledaños del poder, a los que les encante regalar cientos de miles de euros a cambio de nada.

Si un líder político, Dios no lo quiera, se viera algún día en esa tesitura, actuaría de inmediato y con la máxima firmeza por muy amigo que fuera del tesorero, porque cuando uno depende del voto de los demás, estas cosas las cuida especialmente por una cuestión de mera supervivencia. Es lo menos que cabe esperar de alguien que aspira a presidir el edificio de La Moncloa. ¿O no?

¿Fascistas?

Sí, hay cosas que están cambiando y que cambiarán aún más en el nuevo Gobierno vasco. Pero hay cosas que no cambian, y que no tienen visos de cambiarse jamás. El nuevo lehendakari, Patxi López, ha hablado con aparente firmeza de su decisión de acabar con estos "fascistas".

¿Fascistas?

¿Por qué utiliza esa palabra, si está claramente mal empleada? ¿Qué quiere decir, en este contexto? Ya se utilizó esa expresión en el pasado, pero llevamos años utilizando "izquierda abertxale". ¿Por qué vuelve la palabra fascista?

ETA es un grupo terrorista con dos patas ideológicas: el comunismo y el nacionalismo. Lo que quieren es un País Vasco independiente y convertido en una nueva Albania, con su buena dictadura del proletariado, sus gulags y demás. Es un partido socialista, y en la época del llamado "diálogo" se le reconoció como tal, llamándole "izquierda abertxale". Nadie les llamaba entonces "fascistas". Se alegará que son nacionalistas y socialistas, como los nazis, pero su socialismo es marxista, de modo que ese camino sólo lleva al juego de palabras.

No hay razón ideológica o histórica para llamarles fascistas. Pero sí política. El término "fascista" es una llamada de atención a la izquierda; es el disco rojo de la negociación con ETA. Cuando vuelvan a llamarles, de forma oficial y con toda solemnidad, "izquierda abertxale" sabremos que se ha encendido el disco verde de la negociación.

Carta de un preso cubano

Se corta de forma intermitente el servicio de telefonía móvil y de SMS. Las fuerzas del régimen llaman a los ciudadanos díscolos a sus casas para decirles "sabemos que ayer te conectaste con la IP equis a estas páginas…", la amenaza directa forma parte del sistema. Y, a pesar de todo, no lo logran. Los descontentos siguen encontrando maneras de convocar protestas e informarse sobre ellas y, además, contarle al resto de la humanidad lo que ocurre en la vieja Persia.

Twitter se convierte en un arma fundamental de la nueva revolución contra los teócratas. Y la empresa responsable de este servicio de micro-blogging se une a la revolución retrasando a la madrugada en Irán el corte del servicio previsto por motivos de mantenimiento para que no afecte de forma negativa a las protestas. Dicen que lo hace a instancias del Departamento de Estado de EEUU, pero es una empresa privada. Si no quiere, no tiene por qué obedecer. También aportan su grano de arena a la movilización internautas de todo el mundo.

Cuando los gobiernos democráticos se negaron a ayudar a quienes se alzaron contra el imperio soviético en Hungría en el 1956 y en Checoslovaquia en el 68, el mismo abandono al que sometieron a los estudiantes serbios que se enfrentaron pacíficamente a Milosevic durante unos meses del bienio 1996-1997, los ciudadanos occidentales no tenían medios para participar en el levantamiento contra los tiranos. Eso sin tener en cuenta que muchos periodistas e "intelectuales" tomaron partido contra quienes luchaban por la libertad. Algo, esto último, que también ocurre ahora.

Sin embargo, algunas cosas son diferentes. Internet, gracias al ingenio de quienes buscan vías para sortear el bloqueo al que les someten los teócratas, sirve para informar al mundo. Y también para formar parte de manera efectiva en las protestas. Pinchando en este enlace y manteniendo la ventana abierta se participa en un ataque de denegación de servicio contra las redes, webs oficiales incluidas, del régimen iraní. Así, entre otras cosas, se dificulta la labor de monitorización de las conexiones de los ciudadanos.

Las revoluciones de colores en la antigua URSS demostraron la utilidad de las nuevas tecnologías a la hora de enfrentarse a los gobiernos liberticidas. La marea verde iraní supone un nuevo paso en este terreno. La red moviliza, permite informar al mundo y, además, se convierte en un vehículo de colaboración para quienes, desde Madrid, Nueva York, El Cairo, Tel Aviv, Buenos Aires y cientos de ciudades más en todo el mundo, deciden aportar su grano de arena en ayuda de quienes se juegan el tipo frente a los tiranos.

Internet contra teocracia

Ha estado bien Pachi Lopez en su papel de lehendakari, mostrando a los autores del crimen y sus compañeros el camino a la cárcel (trayecto que recorrerán sin duda como ha ocurrido con todos sus antecesores), salvo por su definición de los asesinos como "violentos". Hombre, violentos son, claro, pero también son algo más, por ejemplo asesinos fanatizados por una ideología totalitaria de raíz marxistoetnicista. No obstante, la imagen de un presidente de la comunidad autónoma vasca condenando un atentado sin adversativas es, por novedosa, digna de ser destacada.

Los políticos llevan más de treinta años intentando acabar con ETA. Digo en su mayoría; otros se han dedicado a recoger nueces con el resultado conocido. Por probar lo han probado todo, incluida la humillación a las víctimas con el último "proceso de paz", en el que López, por cierto, tuvo una importante participación.

Precisamente ahora tiene el flamante lehendakari la oportunidad de demostrar con hechos su decisión de acabar con la ETA, pero para eso no basta con convocar concentraciones y manifestaciones ciudadanas. Habrá que hacer algo más, aunque eso suponga un coste político en otras instituciones gobernadas por su partido. Si estuvo dispuesto a pagar la factura de reunirse con el brazo ilegalizado de la ETA, ahora tiene la ocasión de hacer lo mismo en el sentido contrario. Es decir, el correcto.

La oportunidad de López

Bajo la radio y presto atención a los carteles, aunque aún quedan lejos para discernir el nombre de los presos cubanos en EEUU cuya liberación exigen. Están, claro es, a la espalda de la embajada de aquél país en el nuestro. El semáforo se pone en verde y avanzo a distancia del coche de adelante, con la ventanilla bajada y a baja velocidad. Y, movido por una infantil indignación, les miro y grito: “¡Libertad para los presos de Cuba!”. Oigo sus silbidos y me alejo sin pisar apenas el acelerador.

Batista, aquél dictador, tenía una cincuentena de prisiones en la isla. Hoy ronda los tres centenares y la población presa que es como la de Cádiz, Orense o Algeciras. En verdad, Castro ha reducido el número de cárceles a una sola y es toda la población cubana la que vive en una cárcel; dos millones largos de almas.

La desagradable escena me ha hecho pensar en un preso cubano; en una persona de carne y huesos encarcelados por oponerse a la dictadura en Cuba. Ahogaba sus penas en tinta. Escribió una carta en la que se expresaba con esa libertad que sólo está al alcance de los presos. Decía en su misiva: "Arreglé mi celda el viernes. Baldeé el piso de granito con agua y jabón primero, polvo de mármol después, luego con Lavasol y por último agua con creolina. Arreglé mis cosas y reina aquí el más absoluto orden. Las habitaciones del Hotel Nacional no están tan limpias…".

Al preso le rodea el Caribe, que se filtra en la cárcel hasta hacerla parecer algo completamente distinto: “Cuando cojo sol por la mañana en shorts y siento el agua de mar, me parece que estoy en una playa, luego un pequeño restaurante aquí. ¡Me van a hacer creer que estoy de vacaciones!”. Pero él no está de vacaciones. Se opuso a la dictadura cubana y paga su atrevimiento con su libertad. Nada puede compensar esa carencia. Ni siquiera la constatación de que, en verdad, el prisionero no lleva una vida desagradable: “"Ya tengo sol varias horas todas las tardes y los martes, jueves y domingo también por la mañana. Un patio grande y solitario, cerrado por completo con una galería. Paso allí horas muy agradables…”.

Han pasado 55 años desde que el 4 de abril de 1954 Fidel Castro escribiese esas palabras. Muchos de sus cien mil prisioneros darían un brazo por escribir con el otro la misma carta.

¿Alguna vez nos libraremos de los keynesianos?

El titular estaba escrito en julio de 2008 pero bien podría haberse referido a cualquier período anterior. Por ejemplo, a la anterior burbuja de las puntocom, cuyo pinchazo se produjo a lo largo de 2001 y 2002.

En aquel entonces, sin embargo, no era una publicación satírica sino uno de los economistas más reputados del mundo, el propio Paul Krugman, quien abogaba por que la Reserva Federal bajara los tipos de interés para crear una nueva burbuja inmobiliaria: "Para combatir esta recesión, la Fed necesita contestar con mayor brusquedad; hace falta incrementar el gasto familiar para compensar la languideciente inversión empresarial. Y para hacerlo, Alan Greenspan tiene que crear una burbuja inmobiliaria para reemplazar la burbuja del Nasdaq". Lo han recordado varios bloggers liberales durante estos días.

Al afamado economista estadounidense parece que no le ha gustado que aireen sus trapos sucios y se ha quejado en su propia bitácora de que la derecha le culpa de todos los males habidos y por haber: desde matar a Manolete a haber causado la burbuja inmobiliaria.

El problema es que nadie acusa a Krugman de haber estado entre el comité de asesores de Greenspan, quien ya se bastó él solito para inflar el ladrillo. La crítica es otra y Krugman sólo de un modo bastante patético trata de esparcir basura por todas partes: Krugman integra ese clima intelectual perverso e ignorante que nos ha conducido a la crisis actual. El keynesianismo no es la solución a la crisis, sino su causa última.

Por simplificar la cuestión. Los keynesianos consideran que la economía es como una máquina que, si se detiene, hay que darle cuerda. Lo único importante es que la máquina no se pare y no cómo se la vuelva a poner en funcionamiento. En este caso, Krugman quería salir de la burbuja de las puntocom con la burbuja inmobiliaria y para ello abogó por una brutal expansión crediticia.

La Escuela Austriaca, por el contrario, siempre ha explicado que la economía no es una masa uniforme que se pueda manipular a placer. Los aparatos productivos tienen sus estructuras y cuando esas estructuras se deforman y se vuelven insostenibles hay que purgarlas: la crisis cumple precisamente con la finalidad de liquidar lo malo para enderezar el camino.

El Premio Nobel Krugman siempre ha despreciado las teorías austriacas por considerarlas moralistas. En su torcida interpretación de las mismas, lleva años repitiendo que los austriacos creen que las crisis son una especie de castigo divino (de sanción correctiva) por haber crecido demasiado en el período del boom económico. Las crisis, en su opinión, no son inevitables, sino que la labor del Estado –Gobierno y Banco Central– consiste precisamente en impedir por cualquier medio –gasto público o expansiones crediticias– que se produzcan los reajustes que necesita la economía. Tal y como explicaba en 2001: "Siempre he creído que el enfoque más correcto frente a las crisis es el de olvidar el pasado en lugar del crimen y castigo. Es decir, siempre he creído que una burbuja especulativa no tiene por qué conducirnos hacia una recesión siempre y cuando los tipos de interés se bajen lo suficientemente rápido como para estimular inversiones alternativas".

Tampoco podíamos esperar mucho más de una mente privilegiada que sostiene que toda la dinámica de los ciclos económicos –tema sobre el que los mejores economistas de la historia se han rebanado los sesos para escribir miles de páginas con una calidad y cantidad de matices apabullantes– puede resumirse sin problemas en el modelo de una cooperativa de canguros. Una ridícula historieta que, según él mismo, "cambió su vida", con la que considera que "puede aprenderse más economía que con un año de editoriales del Wall Street Journal" y que incluso "si se lo tomara en serio podría salvar el mundo".

El problema no es que haya chiflados; el problema es que a los chiflados les den un Premio Nobel y luego se conviertan en gurús a los que leen y escuchan con admiración millones de ciudadanos, economistas y políticos. El problema no es que los medios presten su espacio a la propaganda inflacionista dirigida desde siempre a justificar el expolio del Estado a través de la moneda; el problema es que ese agitprop se haya convertido en dogma de fe al que rinden culto casi todas las universidades del planeta al camuflarse de keynesianismo. El problema no es que cada maestrillo tenga su librillo para salir de la crisis y que a muchos les agrade más la tertulia vespertina en el bar que el debate académico. El problema es que los mismos arrogantes ignorantes que nos metieron en el actual atolladero se postulan ahora como los salvadores que nos van a sacar de él exactamente del mismo modo en que nos forzaron a entrar.

Que alguien como Krugman haya logrado el máximo galardón al que puede aspirar un economista muestra los pies de barro del actual sistema financiero, no por casualidad inspirado en sus geniales ocurrencias y en las de sus colegas. La crisis no es sólo económica, sino también intelectual.

Las rentables excusas del Poder

Aunque el principio es totalmente cierto, parece que el socialismo y el colectivismo han hondado tanto en nuestra sociedad que olvidan algo más importante. ¿Qué pasa con la libertad individual?

Zapatero dijo ayer que subía los impuestos para "luchar contra el tabaquismo". Aunque nadie razonable puede tomarse tal aseveración en serio teniendo en cuenta cómo van las cuentas del Estado, la pregunta es: ¿quién es él para decidir mediante la imposición qué estilos de vida son correctos o incorrectos? ¿Es acaso un político más bueno, sensato y moralmente superior que cualquier ciudadano honrado? ¿Somos todos sólo engranajes de un gran plan estatal para conseguir la perfección humana donde todos pensemos igual, seamos iguales y nos comportemos igual? Si así lo creen, un camino fácil para tan deseado igualitarismo sería lobotomizar a toda persona nada más nacer.

Una sociedad virtuosa sólo se consigue con diversidad. Esto es, aceptar lo que nos gusta y lo que no nos gusta. Los liberales creemos firmemente en el principio de "vive y deja vivir". Los movimientos de izquierda –lo que significa todo el abanico político– han divido a las personas en buenas y malas criminalizando a las últimas. Es lo que entendemos como el principio de "crimen sin víctima". No se castiga al individuo por el daño causado a otros (hoy día es casi al contrario), sino por tener estilos de vida propios. El hombre adinerado siempre es malo y se le ha castigar por destacar de entre los demás. El que no recicla es un inadaptado al que también se le ha de castigar o desincentivar de alguna forma, pero siempre usando el robo (impuestos o multas) y la fuerza. Lo mismo con el que fuma, el que quiere ser él quien decida en lugar de la administración en qué lengua se educa a su hijo, el que bebe alcohol, el que se desplaza con vehículo privado en lugar de público…

Toda esta epidemia de pensamiento único, de creer que el bien común es un monopolio estatal y que la solidaridad a punta de pistola es equivalente a amor, y las continuas imposiciones del igualitarismo –que sólo incentivan la mediocridad en lugar de la búsqueda del conocimiento, aptitudes y desempeño– no son más que excusas de una oligarquía política para conseguir más dinero y poder.

Ni la bondad, ni la felicidad, ni el bienestar ni cualquier otro valor moral pueden ser impuestos por la fuerza. Hacerlo supone un atentado contra la libertad y quien así actúa es un tirano. Los valores morales, en política, no son fines, sino que siempre son medios, es decir, excusas, para conseguir beneficios partidistas. Esta es la razón por la cual un Gobierno jamás dará al hombre la auténtica llave para desarrollar su creatividad, alta producción, responsabilidad y bienestar: la libertad individual plena.

Si queremos salir de la crisis no hemos de castigar al que no tiene nada que ver y culparle por tener un estilo de vida propio. Tampoco subvencionar al inútil para que siga viviendo de los demás, ya sea una empresa o un particular. Mucho menos, destrozar con más regulación e impuestos a una frágil clase media. Probemos algo nuevo. Hagamos que cada uno haga lo que quiera, que se responsabilice de sus actos sin que un papá Estado salga al rescate y, muy especialmente, que seamos nosotros quienes tengamos el control de nuestras vidas y futuro en lugar de depender de las arbitrarias decisiones de un manojo de políticos que no buscan mayor bienestar que el suyo propio.