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Planificando la energía para un mañana socialista

Lo que nadie dudaría es que un sector como el de la alimentación está mucho mejor gestionado por la interacción libre de empresarios y consumidores que por los antojos y las creencias de un presidente de gobierno. Dirigido desde arriba, el sector de la alimentación produciría lo que resultó ser la desesperación del bloque comunista: colas en los supermercados, mala calidad alimenticia y precios exorbitantes si uno quería comer algo distinto a lo que el planificador le proponía.

Si eso es así con un mercado como el de los alimentos, imagínese qué ocurriría si el presidente decidiera planificar un mercado extremadamente complejo como el energético. Zapatero, que no le hace ascos a ningún reto intervencionista, ha anunciado que planificará el mercado de la electricidad y la energía durante las próximas dos décadas. Para hacerlo con un mínimo de sentido, el líder socialista debería conocer, como mínimo, las distintas necesidades energéticas que habrá en la España de cada uno de los años que van de aquí al año 2030, las diferentes formas de producción de energía, las ventajas comparativas y los futuros desarrollos tecnológicos de cada una de ellas y las preferencias del consumidor en cuanto a las características del suministro. Gran parte de esa información es marcadamente subjetiva y tendrá que ser desarrollada por personas que a día de hoy no saben cuáles van a ser sus preferencias el día de mañana. Ni siquiera un gran experto en energía podría planificar este sector de una forma socialmente satisfactoria y mucho menos un presidente que ha dado sobradas muestras de su ignorancia en esta materia.

Sin embargo, a Zapatero no le gana nadie cuando se pone chulo y ha advertido que en cuestiones como el cierre de las nucleares o su despilfarro de miles de millones en subvencionar las renovables "nada ni nadie va a afectar a una decisión del presidente del Gobierno". El hombre lo tiene muy claro. El futuro energético de nuestro país consistirá en hacer casi imposible el desarrollo de energías como la nuclear o la del carbón, dificultar otras como la del petróleo y fomentar con impuestos y déficit tarifario las carísimas energías renovables.

Hasta ahora Zapatero ha cumplido todas sus promesas energéticas y no me cabe la menor duda de que tratará de cumplir también ésta. Si nadie se lo impide, los españoles estaremos en unos años pagando la electricidad más cara del mundo, su calidad será pésima (porque dependerá de factores meteorológicos) y la deslocalización empresarial será aún más intensa que en la actualidad. Nuestra industria energética se parecerá a lo que fue la industria alimenticia socialista marcada por el desabastecimiento y el elevado coste en un entorno de nula libertad tanto para empresarios como para consumidores.

Ajo y agua

Como ha dicho elocuentemente el ministro de Educación, "las familias deben asumir que la lengua vehicular es el catalán". Qué educación reciben sus hijos es cosa de los Montilla, los Gabilondo y una pléyade de burócratas sin nombre ni vergüenza que les suplanta.

Me sorprende cómo se ha recibido la noticia en algunos medios. ABC habla de ataques "al castellano". Como si el idioma fuera un ente real distinto de quienes lo hablan y escriben. ¿Qué es "el español" o "el catalán" sino el modo de comunicarse de un conjunto más o menos grande de personas? A los nacionalistas les sobran las personas, que a poco que se les dé protagonismo empiezan a decir lo que les da la gana y a mostrar una inconveniente inclinación a tratar sus propios asuntos como les da la real gana. No. Lo mejor es hablar de un ente, de un fantasma, "el catalán", como si tuviese vida propia, al margen de quienes lo hablan. Saussure, a la hoguera. ¿Quién puede alegar nada razonable frente a una creación mística, como ese "catalán" sublimado? Oponerle "el castellano" es un esfuerzo vano, porque en el terreno de la mí­stica el nacionalismo lleva demasiada ventaja. Hablemos de los catalanes y de sus derechos.

También me llama la atención el titular de El Mundo. La llamada LEC es una declaración de independencia educativa. Es de independencia, sí­, pero no de España, que serí­a lo de menos, sino de independencia de los ciudadanos y de sus derechos. ¿Para qué querrí­amos una España unida en la que nos gobernase un hampa como la de la clase polí­tica catalana? España, antes rota que roja, o que protofascista.

Porque aquí­ lo que está en juego no es "el castellano" o "la independencia". Lo que está a la vista de todos es que el sistema polí­tico actual no tiene de democrático más que la envoltura. No se hace lo que quieren los ciudadanos, sino lo que quieren los polí­ticos. Una democracia autoritaria, un autoritarismo dizque democrático. Ese es el peligro en las aulas de Cataluña y fuera de ellas.

El problema de Garoña no son los trabajadores

Los trabajadores pueden recolocarse con cierta facilidad, tal y como se ha apresurado en remarcar el Gobierno. Trabajos potenciales los hay infinitos, y no es la escasez de tareas a realizar lo que genera un desempleo estructural. No.

El problema del cierre de Garoña es que se destruye un negocio que estaba generando riqueza y, como consecuencia, se destruyen unos puestos de trabajo que estaban orientados en la dirección adecuada: producir energía barata.

La oposición a la absurda decisión socialista ha insistido en las familias que se quedarán sin un salario, pero eso es un error. Ahí está un "generoso" Zapatero (siempre con el dinero ajeno, el de los contribuyentes, claro) presto a recolocar en un Parador Nacional o en cualquier otra descabellada ocurrencia los empleos que ha destruido. ¿Entonces? Entonces la diferencia estriba en que Zapatero se ha cargado empleos que eran capaces de pagarse sus propios salarios y pasará a crear otros puestos de trabajo que, precisamente por estar ubicados en actividades insostenibles sin la subvención pública, tienen que obtener sus remuneraciones de la riqueza que otros han generado.

Es la perversa lógica del Plan E: creemos empleos donde sea porque lo relevante no es a qué se dedique ese empleo, sino mantener a la gente ocupada en "algo", gastando o malgastando su tiempo y sus energías.

A los políticos les cuesta entender que los beneficios de la división del trabajo emergen de que cada uno se especialice en producir bienes y servicios que otros desean a cambio de que esos otros produzcan los bienes que ese uno demanda. Si empezamos a producir bienes y servicios caros e inútiles, la división del trabajo se quiebra, porque nadie está dispuesto a ofrecer su mercancía de calidad a cambio de unos cacharros averidos. El mercado tiende a readaptarse hasta lograr coordinar a las distintas personas. Pero el Gobierno puede bloquear ese proceso espontáneo de ajuste. Y ahí es donde interviene el Ejecutivo con sus subvenciones: dado que a una parte de la sociedad le impide ganarse el pan en esa división del trabajo, tiene que rapiñar a los que sí siguen generando riqueza para mantener a quienes ha arruinado.

Puro ABC del intervencionismo económico.

¿Se excitan los censores chinos con vacas suizas?

Ninguna de ellas tiene la menor utilidad para salir de la crisis, sino al contrario, pero como de lo que se trata es de presentar proyectos para cubrir la cuota "informativa" de los telediarios, ahí tenemos al Consejo de Ministros produciendo casi diariamente nuevos planes económicos, todos basados en la misma consigna: gastar más.

Ahora quiere la vicepresidenta que vayamos en moto. Supongo que dará ejemplo, aunque para ello tenga que renovar parte de su fondo de armario incorporando pantalones, botas y chupas de cuero. Verla llegar a La Moncloa en ciclomotor (mejor en sidecar, dada su edad) sería un gran incentivo para el plan "Moto E", que así se llama el último invento para salir de la crisis, consistente, como saben, en sacar del bolsillo de unos contribuyentes 9 millones de euros para introducirlos en los de quienes decidan hacer caso al Gobierno y pasarse a las dos ruedas.

Esos nueve millones de euros son, en realidad, una subvención encubierta para los fabricantes y vendedores de ese tipo de vehículos, pero como los progres no ven demasiado bien eso de entregar el dinero directamente a los empresarios (salvo si son de la banca), prefieren hacerlo a través de persona interpuesta (los que decidan comprar una moto), así de paso todos participamos de la liturgia socialdemócrata y hacemos como que luchamos hombro con hombro para salir de la recesión.

El socialismo consiste en robar a unos para darle a otros, excepto el 40% destinado a los gastos burocráticos. El proyecto económico de Zapatero era, por tanto, tan inservible hace cinco años como ahora. La única novedad es que cuando se produce una crisis económica, el daño que las ideas socialistas provocan a la economía se multiplica hasta tener consecuencias irreversibles.

Y luego está el factor de corrupción popular que el socialismo siempre lleva aparejado. Por ejemplo, los que habían decidido adquirir una motocicleta están muy contentos con esa subvención que han trincado del bolsillo ajeno, sin embargo, bastará con que reparen un momento en los varios miles de líneas de subvención a las que no tienen derecho por sus circunstancias personales o profesionales para darse cuenta de que les están tomando el pelo y de paso vaciándoles el bolsillo. En cuanto una parte de los once millones de votantes socialistas comprendan tan sencilla ecuación, asunto solucionado.

A La Moncloa en sidecar

Las autoridades del régimen de Pekín se han encargado de dejar claro que "es sólo cuestión de tiempo".

La relación de los dirigentes chinos con internet es tortuosa. Por una parte son conscientes de las grandes oportunidades que ofrece para el desarrollo económico del país, han seguido una línea radicalmente contraria a la de otras dictaduras comunistas y no vetan su uso a los ciudadanos. Sin embargo, son conscientes de que la red es un maravilloso vehículo para comunicar opiniones y acceder a informaciones que no son del gusto del gobierno, por lo que tratan de buscar distintas vías para controlar la web sin tener que prohibir que los chinos se conecten.

Fruto de esa peculiar situación son las docenas de ciberdisidentes que han pasado por las prisiones del gigante asiático, que de forma permanente desde hace varios años acogen a una media de unos cincuenta de ellos. También es producto de esta política las sucesivas cruzadas que contra los cibercafés han emprendido las autoridades comunistas, puesto que estos locales eran en el pasado un buen vehículo para obtener mayor intimidad a la hora de conectarse que si se hacía desde casa. Lo mismo ocurre con la censura en los resultados de búsqueda y otros servicios online de los distintos gigantes de internet, como Yahoo, Google o Microsoft. Y ahora, aunque se postergue su puesta en marcha, le ha llegado el turno a la obligación de que todos los ordenadores se vendan con el sistema de filtrado llamado "Dique verde – Acompañante de la juventud".

La excusa para esta nueva medida es, una vez más, proteger la moral de los chinos. El Gobierno del PCCh casi siempre recurre a ella. Aunque fuera cierta habría que denunciarla. Los Estados no tienen ninguna autoridad, más allá de su poder coactivo, para imponer prohibiciones en esta materia. Pero hay más. Desde el mismo momento en el que el filtro viene incorporado de fábrica y son las autoridades las que tienen capacidad de configurarlo sin control de los ciudadanos, del mismo modo en que se puede bloquear el acceso a un sitio pornográfico se tiene capacidad para impedir que los internautas visiten páginas con contenidos "sensibles" desde un punto de vista político. Algo que sin duda ocurrirá en un país sometido al poder de un régimen como el que sufre China.

A lo anterior se suma los excesos moralistas de los censores, que suelen tener una mente más calenturienta que el resto de los ciudadanos y pueden animar la imaginación del público. Es común en España escuchar que, al cortar la escena de Gilda en la que Rita Hayworth se quitaba el guante, los encargados de la censura franquista consiguieron que corriera el rumor de que en la película sin cortes la actriz se desnudaba del todo. Algo parecido ha debido pasar con quienes han configurado el "Dique verde". Este prohíbe entrar o elimina las fotos de sitios turísticos helvéticos, incluidas las imágenes de pacíficos animales pastando. En el título de la novela llevada al cine con nombre de Blade Runner, Philip K. Dick se planteaba: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Tal vez debamos preguntarnos ahora: ¿Se excitan los censores chinos con vacas suizas?

Distinciones

Hagamos de un Roland Barthes venido a menos. La frase: "La villa y Corte de Madrid otorga…". La villa observa el espectáculo de un dictador poniéndose una medalla, y deja que sea la Corte quien cuelgue la distinción. Luego llega la democracia, y resulta que los galardones entre políticos, en lugar de guardarse vergonzantemente, se multiplican. Heróicos cuellos los suyos, que acarrean con vigor inusitado todo el peso de los autopremios. Los Juan Palomo de las medallas, ante la aprobación bobalicona de algunos y el desprecio, taimado por el desinterés, de la mayoría.

Mas, hablando de heroicidades, a Franco le están saliendo rivales políticos por doquier. Una pena que sea a destiempo, pues bien nos hubiera ido si su régimen autoritario hubiese sido reemplazado por otro democrático, aunque sea también autoritario y cutre, como el que tenemos. Debe de ser que la valentía contra el famoso militar se alcanza después de mucha reflexión; de varias décadas de reflexión, en concreto. Gallardón, a lo sumo, tiene que enfrentarse con la imagen de Franco cada vez que entra en el salón de su suegro, quien por otro lado ya le ha afeado su conducta.

Franco, déjenme ser ídem del lienzo, no creo que merezca distinción alguna. ¿Que se la quitan? Como si se la dan de nuevo, que conmigo no va la cosa. Su impronta en la Historia de España, que la juzguen los profesionales del ramo el día que logren sobreponerse a las pasiones políticas del momento y aprecien su actuación en la justa medida, la que permita una ciencia tan bella, pero tan inaprensible como es la Historia.

Ahora bien, hay una distinción, una, que se colgó en cuello ajeno Francisco Franco, que luce por todo lo alto de la política española: el nombramiento de Don Juan Carlos de Borbón y Borbón como sucesor a título de Rey. A ver quién le quita al difunto esa distinción.

Las medidas anticrisis van a pasar factura

"…vivimos abriendo restaurantes en un lado y otro del mundo para poder respaldar esta profesión y seguir adelante, ya que el Gobierno no nos ofrece ninguna ayuda. El dinero va para proyectos de cine o moda".

Sergi Arola — Cocinero.

Entrevista en El País

Sin duda, trabajar es un asco… ¿Es mejor vivir del dinero del Gobierno? Más tiempo libre, más dedicación a nuestros hobbies y más horas para la familia o para nuestros amigos. Pero también, más dependencia, más servilismo, más clientelismo político, más pobreza. Tal vez el Estado del Bienestar, o quienes lo representan, los políticos, sólo nos vendan la cara más bonita, pero el Estado del Bienestar no da para todo. ¿Los pobres, los desfavorecidos, los parias se llevan algo? ¿Y la clase media?

El sistema actual, lo que se llamó tercera vía, pretendía eliminar la cara oscura del capitalismo –el del estado depredador– a la vez que daba más oportunidades a los menos favorecidos. El resultado ha sido un sistema mucho peor y cruel. El dinero se ha sustituido por las influencias y las amenazas de los grupos de presión. Todo lo que se hace en política y articula el Estado del Bienestar obedece a presiones de grupos empresariales, sociales y políticos. No tiene nada que ver con el capitalismo. Éste es el intercambio de bienes y servicios de modo voluntario y pacífico.

La cita del Arola es el paradigma de esta sociedad. Él es cocinero. Cree que su sector es mejor que el cine y la moda. A la vez, en el sector del cine, creen que ellos son más necesarios que los cocineros, que siempre los hay. Los de la moda piensan que la gente ha de vestir e ir a la última; ha de ser un derecho, por el que el Gobierno ha de pagarles. Los banqueros opinan lo mismo sobre su sector, lo mismo sucede con el del automóvil o el de las grandes empresas ecológicas.

El Estado del Bienestar es el auténtico sistema depredador donde todos quieren vivir a costa de los demás sin que ninguno se haga responsable de sus propios actos. Como decía el gran economista Frédéric Bastiat: "El Estado es la gran ficción a través de la cual todo el mundo trata de vivir a cuenta de todos los demás".

La última muestra de cómo el Estado del Bienestar premia la irresponsabilidad, al inútil, y sólo distribuye el dinero del ciudadano entre los lobbies y genera pérdidas netas totales, ha sido la iniciativa gubernamental del FROB (Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria). El capital inicial del FROB consta de 9.000 millones de euros (6.000 provienen de fondos públicos y 3.000 de los actuales Fondos de Garantía de Depósito). El Fondo se puede ir endeudando en varias fases y, con autorización de la ministra de Economía, puede multiplicar su capital público hasta por diez (60.000 millones de euros).

Algo así supondría un 6% adicional de déficit público. Este dinero ha de salir de algún lado. Y sólo puede hacerlo: reduciendo o eliminando deducciones –si los 400 euros ya se han quedado en nada, al "cheque bebé" le quedan cuatro días–, y subiendo impuestos directos e indirectos de forma acentuada, tanto a particulares como a empresas. Dicho en román paladino: todos pagamos más y recibimos menos. Bueno, no todos. Los malos gestores empresariales son consumidores de impuestos totales, ellos ganan.

Al subir los impuestos, más dinero se desviará a la economía sumergida, la demanda interna del país bajará, la pobreza de la clase media aumentará y, evidentemente, la recuperación económica no llegará en un corto plazo. Evidentemente, todo esto no afectará muy positivamente al rating de España, por lo que el coste de la deuda podría aumentar.

Imagínese que algo así se hace en mayor o menor medida sobre el sector del turismo, automovilismo, moda, cine… o que a nuestro chef, Sergi Arola y amigos, les empiezan a dar nuestro dinero. El principal cliente de las empresas ya no seremos nosotros, sino el Estado. Todas ellas quedarán subordinadas a sus designios en lugar de a nuestras necesidades. Transferencias de capital forzosas de particulares y empresas hacia el Estado y que éste vaya distribuyendo según el peso del lobby de turno.

El resultado es el actual. Un capitalismo de Estado donde todos los actores económicos, la sociedad, sirven como instrumento para beneficiar a unos privilegiados rentistas estatales por el supuesto bien común. El gran estado depredador, sin duda, es el Estado del Bienestar.

Derechos, derechillos y derechetes

Nosotros, los ciudadanos, les seguimos el juego, quizá para no desilusionarles. Y muchos de nosotros creemos que, de verdad, tenemos ese derecho, sólo porque unos cuantos tipos han dicho a la vez. Algunas veces se lo llegan a creer tanto, que se ponen trascendentes y otorgan un derecho "a la muerte digna", como en Andalucía, o el divertidísimo derecho "a la vivienda". En otras ocasiones, no tiene tanta gracia, pues pervierten completamente el significado y se creen que pueden dar a alguien un "derecho a abortar", como si por el hecho de que lo hubieran votado cambiara algo el que matar a un ser humano es un crimen.

En el ánimo de seguir "concediéndonos" derechos, la capacidad de innovación de los políticos muestra su faceta más productiva, superada sólo por la creación de impuestos. Así, hace unos días, la Comisión Europea aprobó un nuevo, digamos, derechillo. En el plan de acción para lo que denomina "la internet de las Cosas", se habla del derecho al silencio de los chips.

Ante este posible derecho, lo primero que es difícil silenciar son las carcajadas. Una vez enjugadas las lagrimillas, centrémonos en el contenido del supuesto derechete. Sería un derecho que tendríamos a desconectarnos de nuestro entorno de red en cualquier momento, y está relacionado con las tarjetas RFID (Dispositivos de Identificación por Radio Frecuencia), esas que, por ejemplo, se utilizan para el telepeaje. Con este derechillo, se nos autorizaría a leer y destruir estos dispositivos para preservar nuestra privacidad.

No sé el lector, pero un servidor no era consciente de no tener tal derecho, si es que así se le puede llamar. Caben dos supuestos: o bien la tarjeta es mía, y entonces puedo hacer lo que quiera con ella, incluido leerla y destruirla. O bien no es mía, y entonces no puedo hacerlo. No hace falta ningún nuevo derechillo que ratifique mi derecho de propiedad. O no debería hacer falta.

¿Por qué piensan los políticos que la existencia de este derecho tiene que debatirse? ¿Por qué piensan que depende de que ellos decidan si existe o no ese derecho? Es la cuestión, y es una cuestión realmente grave. Aquel ciudadano que acepta que la existencia de un derecho depende de los políticos y cree que estos pueden crear nuevos derechos, tiene que aceptar también que los mismos que se los dan, se los puedan quitar. Para este ciudadano la vida se vuelve de una incertidumbre intolerable. Cuando las vacas son gordas, todos los políticos están ávidos de conceder derechos; pero, cuando vienen las vacas flacas, ya estamos empezando a ver qué pasa con esos derechetes.

Señores de la Comisión Europea y políticos en general: no necesitamos ningún derechillo al silencio de los chips. Nos conformamos con que ustedes respeten nuestros derechos de propiedad.

Compitiendo contra el burka

La vestimenta lleva implícita la sumisión de la mujer al hombre y al islam, no es una elección voluntaria sino que le ha sido impuesta por presión de la familia y la comunidad. El mismo argumento es extensible al chador, el nicab, el hijab y otras variedades de velo.

El problema con este razonamiento es que asume demasiado y diluye la diferencia entre coacción y presión social. La esclavitud es desde luego incompatible con una sociedad libre, pero también lo es prohibir el burka si alguien desea llevarlo. La mayoría de mujeres que llevan el burka, u otros atuendos islámicos menos extremos, lo hacen porque quieren. Eso no significa que se hayan decantado por el burka después de sopesar las alternativas disponibles, escuchar distintos puntos de vista y mantenerse al margen de influencias externas. Significa que en su fuero interno están convencidas de que eso es lo correcto, por incomprensible que nos parezca a nosotros. ¿Es el resultado de la estricta y retrógrada educación que han recibido y de los valores fundamentalistas de su entorno? Sí, pero eso no confiere al Estado ningún derecho a la "reeducación" forzosa.

No hay cura posible si el propio enfermo no quiere curarse, y uno de los principios éticos de cualquier médico es no administrar una medicina si el paciente no consiente. El caso del burka no es distinto: si la mujer no expresa su rechazo al burka la presunción razonable es que no quiere que se lo prohíban. La carga de la prueba debe recaer en quienes quieren interferir en su forma de vestir.

Decir que la mayoría de mujeres que llevan burka han sido coaccionadas por sus maridos o familiares no nos lleva muy lejos, pues asume lo que tiene que probar. Parece claro que la coacción (en forma de maltrato o amenaza) en las comunidades islámicas fundamentalistas se practica con más frecuencia que en el resto. Pero esta coacción está penada por la ley (probablemente no lo bastante) y corresponde a las autoridades investigar caso por caso y salir en defensa de las víctimas.

Incluso los prohibicionistas admitirán que el mal no es el burka en sí, sino el comportamiento opresor del marido, que la obliga a ponérselo. Pero entonces, ¿por qué no se encarcela directamente al marido? Si ninguna mujer lleva el burka voluntariamente significa que todos los maridos son culpables de abuso y deben ser detenidos y encarcelados. Esa es la conclusión lógica de su premisa. Si, en cambio, están dispuestos a garantizar a los maridos la presunción de inocencia, entonces no pueden argüir al mismo tiempo que sus esposas llevan el burka bajo coacción.

No me cabe duda de que los partidarios de la prohibición del burka intentan ayudar a las mujeres musulmanas. Pretenden que éstas se den cuenta de su penosa condición de sumisas, vean que hay un mundo de posibilidades ahí fuera, y reclamen a su familia y comunidad un trato más igualitario. Al mismo tiempo muchos ven el fundamentalismo islámico como una amenaza a los valores occidentales, como un virus que se irá expandiendo en nuestra sociedad (inmigración y mayores tasas de natalidad) si no tomamos medidas prohibicionistas para protegernos.

Comparto la preocupación por las mujeres musulmanas y también entiendo la amenaza que supone un minoría hostil creciente. Pero en mi opinión la solución no es prohibir y restringir, sino interactuar y competir. Alertan que Europa se está convirtiendo en Eurabia, pero es al revés: Arabia se está convirtiendo en Eurabia (o en Usabia, más bien). La influencia de nuestros valores culturales, morales y políticos en Oriente Medio es tan intensa que los gobiernos censuran los medios de comunicación e internet para que la sociedad no se "corrompa" demasiado. Aún así penetra por todas partes: a través del cine, la televisión, la música, la literatura, el deporte, la moda, los negocios… Ven nuestras series, consumen nuestros productos y tratan de imitarnos. Varios países se están modernizando socialmente (Jordania, Egipto, los emiratos del Golfo), reconociendo más derechos a las mujeres y tolerando más libertades sociales. Todavía están lejos de nuestros estándares y abundan los bárbaros, pero ésa no es la cuestión. La cuestión es que esa influencia no es mutua: sus valores puritanos y reaccionarios no penetran en nuestra sociedad, que se toma a cachondeo lo que pueda decir Mahoma en el Corán.

Lo que es más importante: las minorías musulmanas en Occidente están aún más expuestas a nuestra influencia que las sociedades de Oriente Medio. Aquí no hay censura ni lejanía física, es difícil aislarse del influjo de nuestra cultura. Los inmigrantes fundamentalistas de nueva generación quizás tienen sus valores demasiado arraigados y viven en guetos, pero en la medida en que sus hijos vayan a la escuela con otros niños occidentales, tengan amigos cristianos o ateos, lean la prensa, vean la tele, se conecten a internet, trabajen en empresas… nuestros valores harán mella. Es difícil que una mujer acepte como algo natural ponerse el burka cuando ha crecido viendo como todas las demás chicas lucían su cuerpo y su melena. Lo mismo puede decirse de encerrarse en casa cuando está a su alcance salir con amigos, estudiar una carrera y ser una mujer más independiente.

Cada siglo augura un fin del mundo distinto, cortesía de nuestro sesgo pesimista. Para unos es el calentamiento global y para otros es la invasión islámica (¡o ambos!). Los partidarios de prohibir el burka piensan que los valores occidentales son superiores pero no parecen confiar en su fuerza. Si son superiores no hace falta prohibir nada, aparte de que el fundamentalismo es una realidad social que no se elimina prohibiendo vestimentas. Hagamos que nuestra cultura y valores éticos ejerzan presión a través de la interacción y la competencia, a ver si las nuevas generaciones de musulmanes pueden resistir la tentación de una vida más libre y enriquecedora.

Los bolivarianos se la pegan en Honduras

Zapatero está consternado, Obama algo afligido y al presidente venezolano se le han quitado las ganas de canturrear, lo que demuestra que algo bien han tenido que hacer en ese país centroamericano para producir tal unanimidad.

Este aparente golpe de estado está resultando tan confuso como nuestro 23-F, de tal forma que, a día de hoy, todavía hay discrepancias sobre su carácter. Lo que está fuera de toda duda es que Zelaya, títere de Chávez (que ya hay que caer bajo en términos intelectuales), estaba iniciando el camino que lleva a la instauración de un régimen idéntico al venezolano. En países con instituciones poco sólidas y sin una larga tradición del Estado de Derecho, la izquierda lo tiene muy fácil para eliminar la alternancia política e instaurar el socialismo que, recordemos, nunca fue democrático. El proceso consiste en formar escuadras de afines pagadas con dinero estatal y, una vez tomada la calle, iniciar las reformas constitucionales para eliminar cualquier posibilidad de que los rivales políticos puedan alcanzar alguna vez el poder.

Zelaya, que debe ser algo menos inteligente de lo que sus enemigos suponen, no ha medido bien los tiempos y ha acelerado la transición al socialismo bolivariano con la convocatoria de una consulta declarada ilegal por la corte suprema hondureña. Este detalle, que en otros países no tendría mayor repercusión, en Honduras ha precipitado que las instituciones políticas contraatacaran de la peor forma posible, esto es, vulnerando también la constitución aunque en sentido contrario.

La vuelta al orden constitucional requiere, en efecto, el retorno del presidente depuesto, pero también la exigencia de que su gobierno respete los principios democráticos básicos y el Estado de Derecho. Zelaya tiene en estos días de exilio la oportunidad de reflexionar al respecto y volver dispuesto a respetar el orden constitucional. En otras palabras, tiene que elegir entre servir lealmente al pueblo hondureño o seguir siendo un mequetrefe a las órdenes de un histrión totalitario. La decisión es suya.