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El abuelo ya tiene internet

No se trata de un objetivo fácil de lograr, entre otras cosas porque a los políticos les gusta juguetear con el crédito a través de sus bancos centrales y una divisa única supone acabar con la sacrosanta "soberanía monetaria" de cada país: se acabaron las orgías crediticias locales para ganar elecciones y para financiar un gasto público desbocado. Si crear la unión monetaria europea fue complicado y requirió de muchos enjuagues y componendas, imaginémonos cuánto costaría fraguar una "divisa planetaria".

Sin embargo, en los últimos meses se están dando ciertas condiciones económicas y políticas que pueden terminar por derribar estos impedimentos y abocarnos hacia la moneda única.

Primero, desde hace unos 20 años los bancos centrales internacionales han ido ganando cada vez más autonomía frente al poder político. Es cierto que si algo ha puesto de manifiesto esta crisis es que los banqueros centrales siguen, en última instancia, los dictados de los gobernantes de turno y que no dudan en bajar tipos de interés siempre que la ocasión lo requiera, pero también es verdad que el banco central ha dejado de actuar como una Secretaría de Estado y que los políticos ya no lo tienen tan fácil como para manipularlo a su antojo. Por consiguiente, los costes de renunciar a la soberanía monetaria son cada vez menores.

Segundo, en la época de la globalización de capitales hablar de soberanía monetaria carece de bastante sentido. Por un lado, aunque un banco central expanda el crédito dentro de sus fronteras, bien puede suceder que ese crédito artificial se traslade a otros países (el caso más célebre es el carry-trade japonés) sin que tenga demasiado efecto interno. Por otro, y por motivos simétricos, aunque un banco central nacional siga una política monetaria ortodoxa y no infle su moneda, bien puede ser receptor de flujos de capitales extranjeros que distorsionen su aparato productivo en cuanto se cortocircuiten (el caso de Islandia o de los países de Europa del Este durante este crisis muestra parcialmente este supuesto). Además, con la extensión y crecimiento del mercado de las titulizaciones, los activos de mala calidad de un país pueden transmitirse a otro sin mediar inversiones directas en el aparato productivo (como dramáticamente han descubierto muchos europeos con las "hipotecas subprime"). Otro flanco por el que la soberanía monetaria se difumina.

Tercero, de momento la política monetaria ha dejado de funcionar durante la crisis. Aunque los friedmanitas se empeñen en no ver la realidad, ahora mismo los bancos centrales no están logrando reinflar el crédito: la economía sigue paralizada y sólo se está reanimando tímidamente gracias a la liquidación de las malas inversiones. Pero lo cierto es que los agentes económicos –salvo el Estado manirroto– están tratando de reducir su endeudamiento y no de incrementarlo. Otra razón más por la que los políticos mundiales pueden renunciar sin demasiado quebranto a su soberanía monetaria.

Cuarto, aunque ahora mismo la tendencia económica sea hacia la deflación (es decir, a la contracción del crédito, el hundimiento de los precios de los activos, la reducción de las rentas y la moderación del consumo), muchos países occidentales están llegando a un punto de endeudamiento peligroso y probablemente insostenible. Sin ir más lejos, Estados Unidos piensa en aprobar otro plan de estímulo que, como el anterior, sólo empeoraría su situación económica. La conjunción de una mayor deuda pública con una economía estancada (y por tanto con unos ingresos fiscales decrecientes) auguran dificultades para amortizar toda esa deuda e incluso no es descabellado pensar en eventuales suspensiones de pago. Si el sistema monetario actual quiebra, será por ahí: hoy el valor del dinero fiduciario que nos han impuesto los políticos está basado en la deuda pública. Si esa deuda pública se impaga, corremos el riesgo de padecer una hiperinflación y una manera de enmascarar tanto el impago primero como después la hiperinflación es unificando las distintas divisas: por un lado permite redistribuir pérdidas y ganancias entre las distintas regiones del planeta (como acontece hoy con la zona euro) y, por otro, permite redefinir la unidad monetaria quitando ceros si los precios comenzaran a dispararse (véase Zimbabwe).

Quinto, y probablemente esta sea la razón principal, el motivo anterior nos traslada a una situación profundamente incómoda para los políticos nacionales: los ahorradores están siendo reticentes a la hora de comprar más deuda pública. Nuestros despilfarradores gobernantes no pueden seguir gastando a destajo, mientras que monetizar cantidades masivas de deuda pública no es una opción: imprimir dinero para comprar deuda nueva nos conduciría con toda probabilidad al hundimiento del valor de la moneda, a la hiperinflación (como atestigua la experiencia alemana) y al aislamiento internacional del país (Islandia muestra cómo el hundimiento de una divisa equivale a una autarquía económica). Sin embargo, en caso de existir una divisa mundial de curso forzoso, los ciudadanos no dispondrían de monedas alternativas en las que refugiarse; como parapeto sólo les quedarían los activos financieros y reales, pero éstos suelen ser complejos de utilizar en el tráfico diario por la población. Por consiguiente, los ciudadanos serían menos libres para protegerse de las políticas inflacionistas de los Estados, quienes tendrían así las manos desatadas para financiarse devaluando el valor de la divisa mundial; una estrategia que parece ir en consonancia con otras ocurrencias que hemos podido leer en los últimos días.

Lo más sarcástico de todo este asunto es que el mundo dispuso durante siglos de una moneda internacional que protegía a los consumidores y ahorradores de los desmanes del gobierno y, precisamente por ello, los políticos se la cargaron: el patrón oro.

La gran mayoría de economistas de la época defendían el patrón oro por un motivo esencial: constituía una divisa mundial. Su gran preocupación era que la implantación de diversas divisas estatales modificara los flujos comerciales no por cambios en la economía real, sino por cambios en los sistemas monetarios internos. Y en efecto, desde su abandono el mundo se ha sumido en un sistema de divisas fiduciarias que fluctúan de valor unas con respecto a las otras (más bien unas se hunden más rápido que otras), que dejan la prosperidad de los ciudadanos al arbitrio de la cordura del mandatario de turno.

En principio, por tanto, una divisa mundial podría parecer una gran solución –incluso liberal– que impulsara el comercio internacional. Pero no conviene confundirse: las dificultades para unificar divisas fiduciarias son innumerables (sólo hace falta observar las tensiones actuales en la zona del euro) y, de hecho, sólo resultan mínimamente sostenibles en países que cuenten con gobiernos austeros y sistemas financieros análogos. Obviamente, ni Occidente es homogéneo ni, sobre todo, Occidente se parece en nada al resto de satrapías internacionales.

No, unificar las divisas de papel ni es posible ni deseable. Si quieren crear una divisa mundial lo tienen fácil: que regresen al patrón oro. Pero eso no, porque su finalidad no es unificar la moneda, sino expandir el poder del Estado. Ese quizá sea el argumento definitivo para que este delirante proyecto termine saliendo adelante.

Hacia la inflación mundial

Sin embargo, para esto último hay que tener cuidado en no atentar contra derechos fundamentales, una prevención que no han tenido los legisladores alemanes a la hora de aprobar la ley por la cual se bloquearán las páginas con pornografía infantil a partir del 1 de agosto. La norma prevé que aquellos germanos que intenten acceder a webs de este tipo se toparán en su navegador con una señal de "stop". Hasta ahí no hay nada problemático.

Donde sí empieza a haber problemas es en quien entregará a los proveedores la lista de sitios que deben bloquear y en quien verificará que dichos listados son los adecuados. La encargada de elaborar dichas listas y transmitirlas es la Oficina Federal de Investigación Criminal (BKA, por sus siglas en alemán), una especie de FBI alemán formado por algo más de 5.000 agentes y dependiente del Ministerio del Interior. Trabajará bajo la supervisión de la Oficina Federal de Protección de Datos, que establecerá un comité independiente encargado de dar el visto bueno al trabajo de la BKA. Lo problemático es que no aparece la intervención judicial por ninguna parte.

Por repulsiva que resulte la pornografía infantil, el bloqueo de páginas web afecta directamente a la libertad de expresión. Por este motivo debería intervenir en todo momento un juez, dado que es algo que repercute sobre un derecho fundamental. En muchos casos resulta evidente que unas imágenes entran dentro de la categoría de pedofilia. Pero en ocasiones la frontera entre esto y el simple mal gusto no es nada nítida, y quien debe decidir en qué lado de línea divisoria se encuentran unos contenidos determinados ha de ser el poder judicial. Si no, el exceso de celo de las autoridades policiales o el abuso por parte de alguien para censurar contenidos incómodos que no tengan nada que ver con esta cuestión antes o después causarán daño a terceros.

A lo anterior se añade otro riesgo. Desde el momento en el que se limita sin control judicial la libertad de expresión por cualquier motivo, con independencia de que éste sea algo tan aparentemente justificable como combatir la pornografía infantil, se abre la puerta a mayores restricciones en esta materia en el futuro. De esta manera, se puede entrar en un proceso en el que de forma progresiva se vayan recortando las garantías ante posibles abusos por parte de las fuerzas de seguridad o el poder político.

En el pasado fue el terrorismo, desde hace unos años una de las razones es la defensa de los derechos de autor y en la actualidad, en Alemania y otros países como España, se incluye también la lucha contra la pornografía infantil. Los motivos aducidos por el poder político para reducir la libertad de expresión y otros derechos, como el de la intimidad, de los internautas no paran de crecer. Si las sociedades abiertas no quieren ir pareciéndose en la red cada vez más a China, no debe bajarse la guardia.

Censura contra pornografía infantil

No es por un problema puntual de misantropía, sino porque el ímpetu con que la gente te pregunta cómo van a poder escuchar a Federico (y a César y a Luis) a partir de septiembre está empezando a entrar en terrenos que ponen en peligro tu integridad personal. Dios los bendiga, claro, pero estar en El Corte Inglés rodeado por varias personas que de pronto te reconocen (en las ciudades pequeñas todos nos conocemos) y acto seguido inician un acoso circular para que confieses cómo van a poder sintonizar la nueva emisora de radio de Libertad Digital, es una situación incómoda que conviene evitar en la medida de lo posible, más que nada porque en mitad de esta crisis económica habrá quien, viendo el espectáculo de lejos, te confunda con un moroso al que sus proveedores exigen el pago de numerosos atrasos.

Los hasta hoy oyentes de la COPE (en el futuro Dios y Martínez Sistach dirán) quieren seguir escuchando a los comunicadores que han hecho de la cadena episcopal la segunda de España. Y como la primera vía para escuchar la programación de esRadio fuera de Madrid será internet, a partir de septiembre se va a producir un acceso masivo de nuevos ciudadanos a lo que se ha dado en llamar la sociedad de la información. Personas de cierta edad que jamás habían pensado adquirir un ordenador y una conexión a la red, están ya recibiendo las primeras clases de sus nietos para poder escuchar una emisora cuya presencia a través de las ondas en el lugar en el que viven no está garantizada. Los habrá que aprenderán incluso a chatear para comentar la jugada en directo con sus compañeros de dominó, porque cuando hay interés y se le coge el gustillo, las posibilidades de un medio como internet son prácticamente infinitas.

Miguel Sebastián debería dar un premio a los dueños de la COPE por haber propiciado que muchos ciudadanos que ya habían renunciado a este empeño se incorporen al mundo de las nuevas tecnologías. Y eso sin contar los benéficos efectos que para el reforzamiento de los lazos familiares supone el que abuelos y nietos compartan unas horas al día de clases particulares, impartidas por el niño al que hasta hace pocos años los primeros acompañaban de la mano a la escuela.

Si Rajoy y Zapatero pensaban que se habían quitado un supuesto problema de encima, mucho me temo que a partir de septiembre lo van a tener de nuevo pero multiplicado, porque comienza uno visitando la web de esRadio y acaba leyéndose todas las noticias y la opinión de Libertad Digital, que además coge al ladito. Una tragedia, sí, pero es que Rouco escribe recto con renglones torcidos.

Pena de banquillo

Los medios de comunicación, mientras, van a lo suyo. Es decir, a los suyos. Camps tiene sus seguidores y sus apoyos, que multiplican las razones por las que el líder popular debería salir con la camisa (y los trajes) inmaculados tras el caso Gürtel. La más sorprendente se la toparon los lectores de ABC el pasado miércoles en su primer editorial. De ser culpable, se le sancionaría con 2.500 euros. Nada, dice el viejo diario, al lado de la "pena de banquillo". Que no se encuentra en los códigos, más que en los del especioso lenguaje político. Culpable o inocente, el deterioro de su imagen pública será su verdadera pena, desproporcionada en comparación con su eventual pena.

Holgaría decir que la "pena de banquillo" es ilusoria si no fuese porque el diario acude, nada menos, que a la autoridad de Beccaría y porque lo incluye, en sus últimas palabras, en el Derecho Penal. Esa "pena" no es más que la opinión que la gente pueda tener del presidente de Valencia. Pero esa opinión pertenece a cada uno de los ciudadanos, y tienen derecho a cambiarla. Pero la posibilidad de que puedan hacerlo ¿es razón suficiente para condenar el proceso? La imagen de nuestros políticos ¿es un bien que debamos proteger? Eso sugiere el diario al decir que las normas "deben ser interpretadas de acuerdo con la realidad social del tiempo en que han de ser aplicadas". Y la realidad es que seis de cada diez valencianos le votaría. Siguiendo esa misma lógica de dejar a la justicia con los ojos bien abiertos, se le sacó a Felipe González, con calzador, del banquillo.

Los políticos no sólo no merecen especial protección ante la justicia, sino que ésta debería tener con ellos más celo que con el ciudadano común. Nosotros no podemos manosear en la misma justicia, y para ellos es moneda común. Y es justo que el tráfico de favores en que consiste la política sea visto con malos ojos. La pena de banquillo debería ser generalizada y no limitarse a la sospecha de que las investigaciones de un juez pueden estar bien encaminadas.

PP, nido de hipócritas

Era de esperar. Aún así, ¡qué descaro! Muy poca vergüenza exhibe la cúpula del PP al aprobar dicha norma cuando hace escasamente unos días, su líder, Mariano Rajoy afirmaba que "no es la ley que hay que hacer" sino un mero "parche" de dudosa efectividad para restablecer el crédito a familias y empresas. De nada han servido tales críticas a la hora de la verdad.

El rescate bancario ha sido consensuado entre ambos partidos políticos. El PP cede el bastón de mando a Salgado que, instituida en banquera central, podrá ahora reestructurar a su antojo el sobredimensionado sistema financiero español. El Gobierno dispondrá, en principio, de hasta 90.000 millones de euros (casi el 9% del PIB) para tal fin. De hecho, el FROB abre la puerta a la nacionalización bancaria en España.

En un reciente editorial, Libertad Digital resumía a la perfección la esencia del FROB:

El Gobierno podrá sustituir a los administradores y decidir sobre los procesos de fusión de las entidades y convertirá en acciones los fondos que bancos y cajas no devuelvan antes de siete años.

Su objetivo es claro:

Reestructurar el sistema bancario español a gusto del Gobierno para luego nacionalizarlo total o parcialmente […] y si el intervencionismo estatal […] ha sido una de las causas más importantes de esta crisis, no parece que la solución vaya a consistir en incrementarlo aún más. Estos planes de rescate diseñados a la medida de los burócratas no nos harán ni más prósperos ni más libres, sino todo lo contrario: más pobres y, especialmente, más sumisos.

Con su apoyo, el PP se ha convertido en cómplice y, por lo tanto, culpable de esta felonía. A saber, inyectar una ingente cantidad de dinero público para mantener en pie de forma artificial a casi una treintena de entidades, según los propios cálculos del PP, cuya gestión ha resultado ser nefasta. Las cajas de ahorros, dirigidas por ex políticos de todo color y condición, sobrevivirán gracias al dinero de los ciudadanos honrados.

Una especie de "barra libre para insolventes", tal y como acertadamente advierte Rosa Díez. ¿Dónde está la necesaria y urgente privatización de las cajas de ahorros? ¿Dónde queda la sana liquidación de entidades quebradas e innecesarias? ¿Dónde la garantía de que los recursos públicos serán gestionados eficazmente y no serán empleados para salvar a banqueros amigos y cajas al servicio de los poderes autonómicos?

Por más que busquen, no encontrarán respuesta. Sencillamente porque el FROB no contempla tales cuestiones. El plan tan sólo pretende mantener bajo estricto control a un sector, el bancario, en el que el libre mercado brilla por su ausencia. 

Valiente aportación la de los populares. Sus críticas al rescate bancario no sólo son soflamas populistas de inexistente valor, sino que constituyen una falsedad manifiesta, un intento de engaño colectivo de cara a la galería. No obstante, el PP apoyó el Plan Solbes, pese a saber que no serviría para reanimar el crédito. Poco después, abrazó el intervención de Caja Castilla-La Mancha (CCM) por parte del Banco de España. No obstante, los consejeros populares de la caja manchega dieron su visto bueno a las desastrosas inversiones llevadas durante los años del boom.

Y ahora, esto. Votos a favor de un plan repleto de incertidumbres e intervencionismo político. Y es que, al fin y al cabo, son conscientes de que algunas de sus cajas de ahorros (con domicilio social en región popular) correrán la misma suerte que CCM. Tan sólo es cuestión de tiempo. Además, al igual que el PSOE, también el PP se ha beneficiado de la condonación de créditos por parte de la banca.

El PP se ha convertido en un nido de hipócritas. De burócratas acomplejados y con escasos conocimientos económicos que, con tal de salvar la cara, son capaces de decir una cosa y, al día siguiente, hacer justamente la contraria. Los efectos del FROB serán sufragados por la ciudadanía, pero la responsabilidad de su fracaso será tan sólo de ambos partidos.

Zapatero, cómprame el piso

Calla, como no podría ser de otra manera, que tal vez nuestros problemas económicos se deriven de que la construcción se ha inflado sobremanera hasta representar el 10% del PIB. Qué lejos quedan aquellos tiempos en que España crecía a ritmos de crucero y la construcción apenas representaba al 6,5% del PIB. Qué años aquellos 1997, 1998 y 1999 en los que España reducía el paro en medio millón de personas por ejercicio sin despeinarse demasiado y sin tener que rendir culto al ladrillo como santo motor de nuestro modelo productivo.

Ah, pero la gente es desmemoriada, en diez años llueve mucho y dan para mucho, por ejemplo para construir emporioítos gracias al crédito barato de los bancos centrales y a ese interesado mecanismo para financiar los ayuntamientos españoles que se llama suelo urbanizable.

No sé, porque nunca estuvo en mi naturaleza integrar el Gosplan patrio, si la construcción debe representar el 10%, el 1% o el 90% del PIB español. Ni me gustan las histerias socialistas contra el ladrillo ni los entusiasmos lucrativos de la patronal del ramo. Si por una vez dejáramos al libre mercado actuar, sin restringir el suelo, sin escupirle a la cara (y a la seguridad jurídica) del arrendador por ser un marvado capitalista, sin manipular los tipo de interés, sin cambiar viviendas de protección oficial por papeletas electorales o sin recurrir a costosísimas obras públicas para maquillar las cifras del paro, entonces probablemente sabríamos cuál debe ser la presencia de ese sector en nuestra economía. Simplemente, será la que necesiten que sea los consumidores, y no, como ha sucedido hasta la fecha, la que necesiten que sea políticos y banqueros.

Ahora bien, una cosa es desconocer qué peso y configuración (Lazcano cree que tiene que ganar peso la rehabilitación de viviendas; será que debe de conocer que todos los españoles están pensando en meter en sus casas a los obreros del Plan E que les están levantando ahora mismo la acera de enfrente) ha de tener el sector de la construcción en España y otra muy distinta pasar por alto las recomendaciones que lanza su lobby para salir de la crisis.

Es cierto que mientras haya stocks invendidos de viviendas, ningún otro constructor volverá a edificar un inmueble. ¿Qué sentido tiene construir más si todavía hay un millón de pisos sin vender? Por eso Lazcano pide al Gobierno que compre ya los inmuebles que acumulan los bancos. La cuestión es, ¿a qué precio? Si de reducir los inventarios se trata, tan efectivo como adquirir las viviendas a precios astronómicos sería bombardearlas.

Ah, que no es sólo eso, que lo ideal es darle una salida útil y productiva a ese stock de pisos. Bueno, pues entonces no dilapidemos forzosamente el dinero de unos contribuyentes que, como consumidores, se niegan a comprar los pisos a sus precios actuales. Ahora bien, si éstos se ajustan y caen a la mitad, tal vez muchos proyectos empresariales que ahora se guardan en el cajón o en los que ni tan siquiera se piensa, comiencen a ser rentables. Al fin y al cabo, los edificios –ya sea en forma de alquiler o amortización– suponen uno de los costes más importantes para una empresa, especialmente para las pequeñas y medianas a las que PP y PSOE tanto dicen querer ayudar.

Bueno, pues que den ejemplo. Ni un euro para comprar pisos a los bancos o a los promotores. Que dejen de trincar los amigos de los políticos a costa del resto de los ciudadanos: eso sí sería un cambio del modelo productivo de España que, me parece, no se va a dar.

Las consecuencias de no decir la verdad

Pero no serviría de mucho, porque es dudoso que los sustitutos rompieran con la más arraigada tradición de nuestra democracia, en la que la única forma de hacer negocios con la administración es "llevarse bien" con el poderoso.

Lo que llama la atención en el caso de Francisco Camps es que haya sido tan ingenuo como para provocar él mismo la decisión del tribunal de llevarlo ante un jurado popular. El presidente de la Generalidad Valenciana no dijo la verdad cuando fue interrogado por la autoridad judicial, y ningún juez acepta de buen grado que le mientan a la cara. Camps ha sostenido todo este tiempo que él personalmente pagó los famosos trajes de corte italiano, pero hasta la fecha no ha podido demostrarlo. Al contrario, las evidencias recogidas en el sumario indican que jamás lo hizo. Si le hubiera dicho al juez "mire, Señoría, estos trajes me los regalaron, sí, pero esta mañana los he pagado (aquí tiene el recibo) y he ordenado al comercio que devuelva el importe a quien fuera que los pagase, que por cierto no sé quién pudo ser". Todo se hubiera saldado con una multa y Camps se habría dado un baño de multitudes a las puertas del juzgado, con miles de votantes emocionados y agradecidos al primer político de la Historia de España que reconoce un trinque y, además, lo devuelve. Coste económico siete mil euros incluyendo la multa; coste político cero.

Pero como ningún partido político admite que en sus filas haya personajes "regalados", es difícil que el PP, en última instancia una maquinaria de votos como el resto de formaciones, le hubiera permitido semejante acto de honestidad que hubiera evitado el pequeño calvario al que ahora se enfrenta su líder valenciano. Y además con estas temperaturas, bajo las cuales ni la más fina seda italiana te evita el sofocón.

En todo caso, lo más interesante de este asunto es que no se ha producido un trato de favor a cambio del regalo, como el mismo juez reconoce en el auto, por lo que no ha habido cohecho activo ni, en consecuencia, perjuicio para los contribuyentes. Por eso sorprende que en otros casos en los que las arcas públicas sí han sido saqueadas, las fiscalías sean tan remolonas y los jueces tan pacatos. España sigue siendo diferente. Si te regalan cuatro trajes vas a juicio, en cambio si regalas tú una televisión en abierto a los amigos o diez millonazos a la empresa de tu hija ganas las elecciones. Cosas de nuestro hecho diferencial, qué le vamos a hacer.

Prohibir los enlaces para salvar los periódicos

Tampoco es que los otros sí puedan, pero al menos es una excusa plausible. En cambio, los diarios se enfrentan a un cambio de hábitos, que ha sustituido el papel por la pantalla, y el notable incremento de competencia que ese mínimo cambio ha traído consigo.

El problema para los diarios no es el cambio de soporte. Al fin y al cabo, cuando bajamos al quiosco pagamos sólo una parte del coste de escribir, maquetar, imprimir y distribuir esos cachos de papel; el resto lo sufraga la publicidad. En internet los costes de impresión y distribución se reducen a la mínima expresión, de modo que los anuncios podrían seguir pagando lo que cuestan los contenidos. Pero claro, al haber desaparecido esos costes, las barreras de entrada a la cosa periodística son ahora ridículas y los periódicos se enfrentan a la competencia de, entre otros, ¡sus propios lectores!

Como siempre que sucede un cambio fundamental, una "destrucción creativa" de esas, las alternativas se reducen a dos grandes grupos: adaptarse o morir. Curiosamente la prensa, mayoritariamente progresista en todo Occidente, parece haber optado por olvidarse de Darwin y hacerse creacionista, con lo que se ríen de los yanquis por eso. Así, en todo el mundo se suceden demandas contra Google News por el pecado de poner a disposición de los usuarios los titulares de las principales noticias y ofrecer enlaces para leerlas en los medios que las publicaron. ¿La razón? Que Google gana dinero y "utiliza nuestros contenidos", según los editores de prensa. Sin embargo, el gigante californiano no hace nada que no hagan los propios periódicos, que se hacen eco (o deberían) de las noticias de sus competidores. Simplemente lo hace de forma automática.

En éstas estábamos cuando Richard Posner entró en juego. Para quienes no lo conozcan, que serán muchos, Posner es un jurista norteamericano de reconocido prestigio (pero de verdad, no al Bacigalupo modo) que al contrario que muchos de sus colegas algo sabe de economía, lo que por otra parte probablemente le haya cerrado las puertas del Supremo. Es un "Chicago boy", con todas las virtudes y los defectos que esa etiqueta conlleva. Tiene un blog que escribe a medias con el Nobel de Economía Gary Becker, en el que ambos exponen semanalmente su visión sobre un asunto. ¿Y cuál fue el de la semana pasada? La muerte de los periódicos.

Mientras Gary Becker lamentaba, básicamente por motivos sentimentales, la suerte funesta de la letra impresa, pero admitía que no había riesgos de muerte de la prensa dada la vitalidad que ofrecía internet, Posner parecía no creer que pudiera existir forma alguna de que pudiéramos tener periodismo sin periódicos. Convencido de que hacerse eco y enlazar a las noticias de otro medio es pernicioso para esos grandes diarios que son los únicos que crean contenidos relevantes, exponía dos soluciones, que mostraban su ignorancia del negocio: prohibir el enlace y la cita a los diarios o prohibir el acceso a contenidos protegidos por derechos de autor sin permiso de eso, del autor.

Seamos serios, todos los medios en internet quieren que la gente los enlace, porque es la manera de que se los lea más y, por tanto, ganar más dinero con la publicidad y tener suficiente para crear esos "contenidos diferenciales" que tanto le preocupan a Posner. Además, ya está prohibido acceder a las noticias que los medios quieran proteger, como demuestra el Wall Street Journal; otra cosa es que quieran, porque el diario neoyorquino es el único que ha tenido cierto éxito cobrando por parte de sus contenidos.

Pero el problema de Posner es algo más profundo. Al fin y al cabo, podría haber propuesto la obligatoriedad de enlazar con la fuente del contenido, que sería una medida más razonable dentro del entorno de la web, y que podría evitar casos de vampirismo que todos conocemos. Lo malo es que todas estas medidas son un ataque a derechos fundamentales, para cuya violación las conveniencias económicas no deberían ser razón suficiente. Y perder eso de vista parece ser desgraciadamente habitual para demasiados de los Chicago Boys. Es lo que tiene ser "experto" y "tecnócrata", que a veces se pierde de vista lo más importante.

Japón, campo de pruebas comunista

Desde que ese perspicaz hijo de banquero llamado John Law observó que las economías más ricas, como su Escocia natal, eran también las que tenían más dinero en circulación, una parte de la profesión –siempre en la marginalidad hasta el advenimiento de Keynes– no dejó de buscar mecanismos para incrementar la cantidad de dinero.

El propio Law propuso emitir billetes respaldados por las tierras nacionales, sistema que en Francia tuvieron el placer de experimentar dos veces (primero bajo la dirección del propio Law y luego con los asignados revolucionarios) con idéntico resultado: hiperinflación y muerte de la moneda.

El pobre Law nunca llegó a comprender que, si bien es cierto que en las sociedades más ricas (con más ahorro) se dispone también de más crédito, lo contrario no es cierto: un mayor crédito no genera automáticamente más riqueza. Por tal confusión teórica llevada a la práctica, sus ideas sufrieron un casi completo descrédito durante generaciones (no sin una pizca de injusticia, ya que ciertas partes de su obra tenían una calidad superior a la de muchos de sus críticos).

Sí, de vez en cuando surgían ciertos lunáticos, como Proudhon o Gesell, que insistían en que nuestras sociedades eran pobres porque el crédito no era gratuito (acusación que también con cierta frecuencia se vertía sobre los avaros judíos: pensemos, por ejemplo, en el jerarca nazi Gottfried Feder, admirador de las obras de Gesell que saltó a la fama defendiendo la necesidad de romper con la esclavitud del interés: el Brechung der Zinsknechtschaft), pero nadie les hacía caso. Nadie, claro, hasta que Keynes pervirtió los términos de la economía y confirió un rango pseudocientífico a esos lunáticos. Así, a partir de Keynes, las sociedades pasaron a ser pobres (o a entrar en crisis) no por su insuficiente o inadecuada producción, sino por su insuficiente demanda.

Ante una crisis, un Estado simplemente tenía que encargarse de evitar que la demanda se redujera, y para ello debía utilizar todos los medios a su alcance, que básicamente eran dos: reducir los tipos de interés y gastar con cargo al déficit público.

Keynes prefería la segunda opción, ya que en su opinión las reducciones de tipos y, en general, las expansiones monetarias chocan con un problema serio: por muy barata que le pongas la financiación a la gente, puede haber momentos en que la gente no quiera endeudarse más. Los keynesianos llaman a esto la "trampa de la liquidez", aunque más adecuado sería denominarla la "trampa de la iliquidez": el motivo por el que la gente no quiere endeudarse más es, precisamente, que ya está hasta arriba de deudas. Si una familia no puede pagar una hipoteca, difícilmente pedirá una nueva, aunque se la ofrezcan libre de intereses.

Este devastador problema, del que no parecen ser conscientes los friedmanitas, lo ha experimentado con crudeza Japón durante más de una década (debido, precisamente, a que no permitió que se liquidaran las malas inversiones de sus bancos) y lo está sufriendo ahora Estados Unidos: aunque los tipos de interés estén al 0%, los agentes privados no incrementan su endeudamiento, esto es, no acometen nuevas inversiones.

¿Cómo estimular entonces el endeudamiento? ¿Puede haber tipos de interés negativos, esto es, tiene sentido que el deudor devuelva a su prestamista menos dinero del que recibió? Parece complicado que alguien quiera prestar dinero a tipos negativos, por una cuestión muy simple: atesorándolo obtendrá una rentabilidad superior (0%).

El establishment académico, ya atrapado en una senda de degeneración de muy difícil salida, se ha devanado los sesos tratando de estimular al prestamista para que preste su dinero a tipos negativos. El autor del manual de Economía que estudian casi todos los universitarios españoles, Gregory Mankiw, salió con la brillante idea de organizar tómbolas monetarias. Pero parece que en esta competición del disparate le ha salido un duro competidor: según el Times, el Gobierno japonés se plantea eliminar el dinero en metálico.

De este modo, los ciudadanos terminarían por ser unos completos rehenes de los bancos. ¿Qué sucedería si nuestro banco fijara los tipos de interés de los depósitos a la vista en el -5%? No podríamos sacar el dinero de la entidad, sólo transferirlo a otra. El problema es que los tipos que pagarán todos los bancos estarán muy influidos por el tipo que fije el banco central correspondiente, que podrá manejar la política monetaria a su antojo. ¿Le prestaría usted su dinero a un empresario al -2% si, en caso de mantenerlo en el banco, le quitaran el 5%? Probablemente.

Es el sueño de los inflacionistas: que el dinero deje de serlo. Que la gente no pueda atesorarlo y protestar contra los empresarios ineficientes que no le ofrecen los productos que desea o contra los prestatarios torpes que no son capaces de pagarle tipos de interés más elevados por su capital. Por el mismo motivo se cargaron el patrón oro, y ahora quieren cargarse el dinero en efectivo.

Pero no nos equivoquemos: tales medidas no sólo suponen un intolerable recorte a la libertad individual, también son un camino seguro a la ruina colectiva. La crisis no se produce por insuficiencia de crédito, sino porque el crédito creció durante años muy por encima del ahorro real y ello distorsionó una estructura productiva que debe reajustarse (lo que a su vez implica una contracción del crédito). Lo que estas mentes preclaras persiguen es que la economía vuelva a crecer sin reconvertirse mediante un chute artificial de crédito. Pero el problema auténtico –una economía que no atiende a las necesidades de los consumidores– seguirá ahí. ¿Alguien cree que España volverá a crecer si los promotores obtienen financiación gratuita? No, en absoluto.

Aunque la estrategia bien puede ser otra: expropiar los ahorros de los ciudadanos imponiendo una financiación negativa para el único agente en condiciones de endeudarse, el Estado. De esta manera, el gasto público podría crecer de manera insospechada, lo que convertiría al Estado en el único consumidor e inversor de la economía.

Sí: se llama socialismo, y hacia eso quieren llevarnos muchos economistas autoproclamados "defensores del libre mercado".

El nuevo impuesto de ZP

Sin embargo, el Congreso ha aprobado recientemente una medida de similares características: una elevación de la presión fiscal, sólo que encubierta.

Se trata de la reforma de la Ley de Tráfico. En esencia, lo que persigue el Gobierno con este proyecto es convertir a la Guardia Civil en un organismo más de Hacienda. Un nuevo brazo ejecutor del Fisco, sólo que especializado en la persecución de automovilistas, con el fin de incrementar los recursos no financieros del Estado por la vía punitiva.

Y es que el objetivo de la reforma vial, pese a que se nos intenta colar por "nuestro bien", está meridianamente claro: permisividad 0 si se excede en un solo kilómetro por hora el límite de velocidad establecido por la autoridad competente mediante el uso de radares de tramo; sanciones que oscilan entre los 100 y los 600 euros, según la gravedad de la infracción; además, tales cuantías podrán incrementarse en un 30%, si así lo considera el agente.

Por otro lado, el Gobierno ha insistido en que el conductor podrá beneficiarse de un descuento del 50% si paga la multa en un plazo de 15 días desde el momento de la notificación. Olvida destacar, sin embargo, que el infractor tan sólo recibirá un aviso frente a las tres notificaciones que se realizaban anteriormente. Cabe recordar que, si por casualidad, ésta no se recibe, el proceso continúa y el impago de la multa en plazo disparará el coste final de la sanción.

La norma tiene un afán 100% recaudatorio. En este sentido, el Estado, por desgracia, se ha decantando por imitar las medidas recaudatorias puestas en macha por las autoridades locales. Así, los ingresos por multas de tráfico se han disparado más de un 50% interanual en muchos ayuntamientos.

Lo más grave de la nueva ley, sin embargo, es la indefensión que conlleva. El Comisario Europeo del Automóvil (CEA) se apresuró a tildar de "ilegal" la reforma tras su aprobación en el Congreso. Y no le falta razón a este club de automovilistas. El conductor deberá decidir pagar o no, con descuento, sin conocer si existen pruebas fehacientes e irrefutables en su contra; no tendrá derecho a dos intentos de notificación en su domicilio; no tendrá derecho a ver el informe del agente denunciante si niega o contradice los hechos denunciados; y, entre otras lindezas jurídicas, no tendrá derecho a formular recurso de alzada, con lo que la Administración denunciante será juez y parte en el procedimiento.

Así pues, no es estrictamente necesario que el Gobierno anuncie una subida de tipos en el IRPF o en el Impuesto de Sociedades para sablear al contribuyente. Existen muchas vías y fórmulas para ocultar el aumento de la presión fiscal, desde la subida de la luz a la eliminación de deducciones, más y mejores inspecciones tributarias, la no deflactación del IRPF, la eliminación de paraísos fiscales…

Por el momento, el bolsillo de los fumadores y los conductores serán los primeros en experimentar la política social y solidaria de Zapatero. No se preocupen. Pasito a pasito, nuevos colectivos se irán sumando al nuevo régimen fiscal del Gobierno socialista. Muy pocos quedarán exentos al término de este proceso. ¡Ah, sí, los propios políticos!