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ETA, 50 aniversario

Medio día del jueves. Dos guardias civiles acaban de entrar en un coche cargado de muerte. No llegarán a comenzar su jornada. A una distancia física prudencial y a una distancia moral intergaláctica, unos terroristas aprietan el botón. Todo se acaba para Carlos Sáenz de Tejada García y Diego Salvá Lezaun.

Apenas 36 horas, un día y medio, pasan entre ambos crímenes. Pero entre esas horas también pasan cosas. Pasan muchas cosas. Ocurre que de forma casi unánime se señala a ETA diciendo que quería provocar una masacre y que si no lo ha hecho es por impericia. Juicio audaz, vive Dios, ya que se dirige contra una banda que hoy, 31 de julio de 2009, cumple 50 años. ¿Qué grado de error y cuál de cálculo hay en ese edificio fachada en suelo? Pues la que habla, a las horas, es la propia ETA por boca de Batasuna: Este atentado, dicen, demuestra que es "una quimera" acabar con ellos. Y que la única vía de salida es el diálogo. Si quieren el diálogo, es decir, la negociación, ¿no hubiera sido un obstáculo el recuento de víctimas con las manos? Ese atentado sin víctimas, ¿no recuerda el enorme poder mortífero que tienen, sin necesidad de haber matado a nadie?

Pero todos los análisis apuntan a la matanza frustrada. Y, sin embargo, se repite: están aislados. Están debilitados. Hacen todo cuanto pueden. Son pocos, torpes, inexpertos. Pero ETA tiene su propio lenguaje, que es una combinación entre nacionalismo y sangre. Dos muertos en Mallorca. También los terroristas se apuntan a la moda del "yes, we can".

Amanece el viernes con España en vilo. Cincuenta años. ¿Los dejarán pasar sin traca final? Nos levantamos y ponemos la radio con temor. Abrimos nuestro diario favorito en Internet con temor. Ponemos la televisión con temor. Vivimos con temor. Han conseguido su objetivo.

Verde, que te quiero verde

Lo cierto es que cuando se atizó el fuego, las llamas alcanzaron a muchos sectores económicos, y entre ellos al de las tecnologías de la información. Así que algunos de los rescoldos antes referidos sobreviven en este sector, pues los principales fabricantes siguen interesados en el asunto. Todos ellos, se dediquen a ordenadores o routers, a módems ADSL o a teléfonos móviles, tienen en común un repentino y nada espontáneo interés por mostrar su conciencia ecológica, sobre todo en lo referente al ahorro de energía.

Ocurre que si hay algo que caracteriza a las TICs es el bajo consumo energético. Donde los restantes ingenieros usan con facilidad los watios y kilowatios, los informáticos y los telecos no pasan del miliwatio. Con lo que consume una bombilla normal, se pueden mantener 60 líneas ADSL. Las tan temidas antenas de telefonía móvil emiten, desde sus alturas, a 120 watios, cuando cualquier microondas en nuestra protegida cocina supera con facilidad los 1000 watios de consumo. Vamos, que en consumos energéticos, las TICs están varios órdenes de magnitud por debajo de otras tecnologías domésticas e industriales.

Dicho esto, es evidente que todos los consumos se pueden reducir y que siempre es preferible un aparato que consuma menos a igualdad de funcionalidad. Pero esa no es la cuestión: la cuestión es si merece la pena dedicar tantos recursos a este asunto o si sería preferible destinarlos a mejorar la capacidad de las tecnologías móviles o la facilidad de uso de los ordenadores.

No me corresponde a mí esta recomendación, sino al mercado soberano. Y, sin embargo, tengo la sensación de que estos recursos se están dedicando a las TICs "verdes", pese a la indiferencia del mercado, y con el único interés de quedar bien ante la clase política, capaz con sus sugerencias de canalizar los recursos escasos incluso hacia los lugares más inesperados.

Tarde o temprano, el experimento mostrará sus resultados. Entonces sabremos si las inversiones en innovación para ahorrarse unos miliwatios y poder poner un sellito en el aparato eran de verdad razonables. Porque, en el mercado libre en que a ellos les toca competir, no podrán recuperar estas inversiones a menos que el consumidor final consideré que, realmente, ese ahorro energético tiene valor. Sí, el mismo consumidor que se deja la tele y la luz encendida y el portátil abierto encima de la mesa es el que tiene que sancionar con su dinero ese incremento de utilidad.

Lo cual nos lleva, por supuesto, al verdadero problema en todo esto: la regulación de precios de la energía, y no el patético ahorro de consumo que se pueda conseguir en una línea ADSL tras dos años de investigación.

El déficit fiscal de los españoles

Pero dejando este detalle al margen, el debate sobre el déficit fiscal y la solidaridad territorial revela la incoherencia (o la hipocresía) de casi todos los contendientes: por un lado, de los nacionalistas izquierdistas como ERC o el PSC y los liberales nacionalistas como Sala-i-Martín y otros libergentes que utilizan el déficit fiscal como ariete, y por otro lado, de los liberales populares que invocan la solidaridad territorial entre las comunidades autónomas.

Cataluña, para empezar, no padece ningún déficil fiscal. Tampoco Madrid. Ninguna de las dos comunidades "trabaja" y "paga impuestos" como tal, lo hacen los catalanes y los madrileños. Algunos ciudadanos y familias tienen déficits fiscales y otros superávits fiscales. Los contribuyentes netos, aquellos que reciben del Estado (en forma de servicios o subsidios) menos de lo que aportan en impuestos, tienen un déficit fiscal con respecto al Estado que les sitúa en la misma posición que Cataluña vis a vis el gobierno central. Si es una injusticia que Cataluña pague más en impuestos de lo que recibe en gasto, ¿por qué no es una injusticia que un catalán particular pague más en impuestos de lo que recibe en servicios? Llaman expolio al hecho de que un Gobierno central gestione los impuestos de Cataluña y arguyen que debería ser la Generalitat la encargada de administrarlos. Pero siguiendo este principio, ¿no estaría expoliando la Generalitat a las familias catalanas? ¿No debería cada individuo gestionar sus propios ingresos, que por algo son suyos?

El argumento del déficit fiscal, llevado a sus últimas consecuencias, pone en cuestión el concepto de la progresividad fiscal y los impuestos en sí mismos. Si tanto molesta a los nacionalistas de izquierda que el dinero de Cataluña vaya a parar a Andalucía, ¿con qué autoridad moral exigen que unas personas paguen un tipo impositivo marginal más alto? La insistencia de los nacionalistas liberales en el déficit fiscal de la "nación", en lugar de aludir al déficit fiscal de las familias e individuos, hace sospechar que no les importa tanto la reducción del gasto público y el poder del Estado como quién o dónde lo gestiona.

En el lado de los españolistas liberales a menudo también se observan contradicciones. En oposición a los anhelos nacionalistas de una mayor autonomía y las protestas por el déficit fiscal, blanden la carta de la "solidaridad territorial". Es de justicia, dicen, que las comunidades más ricas sean "solidarias" con las más pobres. Pero de nuevo, la regiones no son solidarias, lo son las personas, y la solidaridad no se practica con dinero ajeno sino con el propio. Un liberal debería desechar esta retórica redistribucionista y defender que cada individuo ayude voluntariamente a quien quiera. Corresponde a cada catalán decidir si quiere dar caridad a Andalucía.

Quienes apelan a la solidaridad territorial asumen, además, que los subsidios a los gobiernos de Andalucía o Extremadura benefician a estas comunidades. En realidad son un lastre para su crecimiento económico, al dotar de fondos adicionales a unas administraciones anquilosadas que deberían adelgazar y poner menos trabas al sector privado. No olvidemos las enseñanzas de Peter Bauer y otros economistas del desarrollo: la ayuda externa a los gobiernos de países pobres no contribuye a su progreso, sólo sirve para agrandar el Estado y asfixiar el mercado. La "ayuda externa" a las comunidades autonómas tiene el mismo efecto.

En esta línea sí hay una buena razón para profundizar en la descentralización fiscal autonómica: favorecería la competencia entre administraciones y el "voto con los pies" de empresas y trabajadores. Si la Junta de Andalucía agobia a las empresas y ciudadanos con impuestos y regulaciones, y no recibe ningún rescate de las comunidades ricas, se hundirá económicamente y sufrirá un éxodo que la empujará a reaccionar. Si la Comunidad de Madrid reduce impuestos y regulaciones atraerá empresas, inversiones y trabajadores de otras regiones, y las que quieran emular su pujanza tendrán que emplear la misma receta. La competencia es buena en el ámbito institucional: permite ver qué modelos funcionan mejor, y aumenta el abanico de opciones de la gente.

Que la descentralización fiscal en la práctica sea ventajosa no significa que la Generalitat tenga más derecho que el Gobierno central a expoliar a los catalanes. Desde el liberalismo lo que cuenta es la soberanía y el autogobierno individual, no la soberanía nacional. Luego no basta con oponerse al déficit fiscal y al expolio de las regiones, hay que oponerse al déficit fiscal y a la confiscación individual.

Sindicalista como insulto

Para un Ejecutivo incapaz de hacer nada a derechas, ni a izquierdas, la imagen es crucial. Sólo con imagen pueden venderse antes los electores, dado que no tienen nada más. El PP, que parece querer imitar sus pasos en todo, especialmente en la incapacidad, lo ha entendido y ha decidido dimitir a Bárcenas justo antes de las vacaciones, para comenzar el nuevo curso político en septiembre libres de ese lastre.

La Oficina de Conflicto de Intereses ha decidido archivar la denuncia de la Asociación de Internautas, a la que tengo el orgullo de pertenecer, contra la ministra de Cultura Ángeles González-Sinde. Sin duda, esta resolución y el momento y la forma en que se ha dado a conocer –la última semana de julio e informando a EFE antes que a los demandantes– dejan claro que dicha oficina, como el Código de Buen Gobierno y demás parafernalia propagandística no son más que un reflejo perfecto de lo que es este Gobierno: imagen y nada de realidad. Después de esto, casi mejor que la cierren, porque nadie volverá a tomarla en serio.

Cuando el robo a mano socialista llenaba las portadas de los periódicos un día sí y otro también –en la tele, Sopena y María Antonia Iglesias hacían de muro de contención–, Felipe González decidió crear una Fiscalía Anticorrupción para hacer como que luchaba contra ella. Sin embargo, parece que incluso Jiménez Villarejo fue un ejemplo de diligencia en la investigación a sus jefes políticos en comparación con la recién instituida Oficina de Conflicto de Intereses, cuyo reglamento fue aprobado el 10 de abril. Primer caso relevante, y quien sabe si el primero sin más, al archivo.

El mensaje está claro y por eso el Gobierno ha decidido enterrarlo en la última semana de julio: todas sus palabras sobre talante, transparencia y buen gobierno no son más que una sarta de mentiras. Era algo que ya se sabía, pero faltaba la foto, el evento que lo dejara claro. Este archivo podría serlo, así que lo mejor es enterrarlo para que en agosto todo se olvide y en septiembre parezca que no ha pasado nada.

La mala noticia para Zapatero es que no será así. Ni Aído ni González-Sinde son las ministras menos valoradas por casualidad. La titular de Cultura seguirá encabezando el ranking, al margen de esta resolución. La Asociación de Internautas, previsiblemente, recurrirá a los tribunales y este culebrón se eternizará. Si el presidente cesara al que hace regalos a la empresa de su hija de 10 millones de nuestros euros, si cesara a la que reparte nuestro dinero entre sus amigos del cine, sus fieles podrían llegar a creerse que de verdad que Zapatero es un gobernante que al menos respeta las formas. Pero la bronca pública a Díaz Ferrán por no querer darle una coartada en forma de foto nos ha mostrado quién es realmente Zapatero; este archivo se limita a confirmarlo.

¿Buen Gobierno? ¡Ja!

Los más de 500.000 pisos de nueva construcción que el sector finaliza cada año se venden con una facilidad pasmosa, a pie de obra, ya que la rentabilidad de este tipo de activos está disparada. Además, "el precio de la vivienda nunca baja", ¿recuerdan?

El director de la sucursal tiende una alfombra roja a los pies del promotor al tiempo que se frota las manos, consciente de que cumplirá sus objetivos anuales con dicho crédito y los dos millones extra que concederá al empresario para que los invierta en un depósito a largo plazo de su entidad. Todos contentos. El promotor sale del banco encantado con tres millones en el bolsillo a un tipo de interés muy reducido, y el empleado de banca satisfecho por haber engordado en volumen, aunque no en calidad, el balance de su sucursal. Ambos celebran el trato con una buena cena, tras la firma ante notario.

Ahora multipliquen este ejemplo y amplíenlo a cientos de miles de millones de euros y obtendrán la burbuja inmobiliaria nacional, cuyo origen radica en la expansión crediticia impulsada desde la banca central (tipos de interés artificialmente bajos durante un largo período de tiempo).

La intervención pública en materia monetaria ha provocado graves desajustes en la estructura productiva del país y en los precios relativos de determinados activos. El sector de la construcción vivía un sueño que parecía no tener fin, pese a que todo el sistema se sustentaba sobre la concesión de crédito fácil y barato. Sin embargo, los excesos de inversión y riesgo crediticio cometidos durante el boom salieron a la luz en 2007. Desde entonces, la crisis económica está intentando corregir los errores pasados mediante procesos de mercado. Es decir, caída de precios, quiebras empresariales, desempleo y restricción del crédito.

La purga no sólo es necesaria sino sana e imprescindible para volver a crecer con solidez. Sin embargo, el ajuste en España se está encontrando con graves dificultades debido, precisamente, a una nueva oleada de intervención gubernamental. Bancos y cajas están sosteniendo artificialmente el precio de los activos inmobiliarios con el apoyo del Ejecutivo y del propio Banco de España. La receta elegida por los organismos públicos para mantener en el aire este particular castillo de naipes es la que aplicó Japón durante los años 90, tras el estallido de su particular burbuja: la refinanciación de los créditos basura o roll-over, tal y como se conoce en términos académicos.

En esencia, la operación consiste en sustituir un préstamo fallido o próximo a vencimiento por otro de similares características, e incluso en condiciones más favorables, pero a más largo plazo. Los bancos y cajas españoles están refinanciando la inmensa deuda que promotoras e inmobiliarias no podrán pagar. El sector está en quiebra técnica desde que la compraventa de viviendas se frenó en seco hace ahora dos años.

Además, de este modo, la banca oculta su morosidad real (del 20%) canjeando deuda por activos inmobiliarios y renegociando las condiciones hipotecarias de los morosos: los promotores entregan el suelo y los bloques de pisos que no pueden vender para saldar sus préstamos, y las entidades rebajan las cuotas hipotecarias a los particulares alargando el vencimiento del crédito.

Como resultado, los bancos son, hoy por hoy, las grandes inmobiliarias del país, y puesto que cuentan con el respaldo público del Estado (avales y rescate a fondo perdido) se niegan, de momento, a malvender el creciente stock de pisos embargados. De ahí que el precio de la vivienda en España baje a un ritmo muy lento, próximo al 10% interanual, según datos oficiales, cuando la sobrevaloración estimada de este tipo de activos podría superar el 40%.

La receta mágica consiste, pues, en aguantar el precio de las malas inversiones acometidas tanto como sea posible a la espera de la ansiada recuperación económica. Un juego muy arriesgado y, de hecho, suicida, si se tiene en cuenta que dicha estrategia ha obtenido un rotundo fracaso en Japón. Tras acudir al rescate de la banca y de los "sectores estratégicos", la deuda pública nipona supera de lejos el 150% del PIB y su economía no levanta cabeza desde hace casi dos décadas. Si las malas inversiones no se depuran el desajuste productivo tan sólo se perpetuará en el tiempo.

Ludwig von Mises lo advertía claramente:

Todos los intentos para salir de la crisis mediante la adopción de nuevas medidas intervencionistas son completamente equivocados. Sólo hay una forma de salir: renunciar a cualquier intento de impedir el impacto de los precios de mercado sobre la producción. Renunciar a la adopción de políticas que busquen establecer los tipos de interés, los salarios y los precios de las mercancías a unos niveles diferentes a los que fija el mercado.

El roll-over a la española no solventará la situación, sino todo lo contrario. Agravará la agonía.

Roll-over en España

Sin embargo, las conclusiones son las que son, y el desacuerdo con las mismas se debería plasmar en el señalamiento de sus errores (como, dicho sea de paso, han tratado de hacer varios, con escaso éxito) y no (como han tratado de hacer otros) en el asesinato civil del mensajero mediante chapuceras difamaciones.

Lo peor no es que algunos intenten vender su mercancía averiada, sino que haya quien la compre con entusiasmo. Será que sin la mentira no obtienen su ración diaria de dos minutos de odio; o peor, que tras décadas de pensamiento acrítico y dogmático se han vuelto permeables a cualquier trola mal fabricada.

Sea como fuere, no deja de ser curioso que un razonamiento tan de sentido común genere semejante incomprensión entre quienes están ideológicamente predispuestos a rechazarlo. Una cosa es que lo entiendan y callen; otra, que lo entiendan y lo manipulen; y otra más, que no lo entiendan y se construyan una realidad virtual alternativa –donde un informe dice lo que no dice y no dice lo que dice– en la que sentirse más confortados.

El informe de la Universidad Rey Juan Carlos en torno a los efectos sobre el empleo de las subvenciones a las energías renovables (popularmente conocido como Informe Calzada) no dice que toda actividad estatal destruya empleo (algo que, obviamente, queda muy fuera de nuestro –soy uno de los autores– concreto campo de estudio), ni siquiera que no deba invertirse en energías renovables. Nuestro estudio lo que señala es que las subvenciones públicas a las renovables no sólo no crean puestos de trabajo en el conjunto de la economía –como repiten hasta la saciedad los impulsores y beneficiarios de esas subvenciones–, sino que destruye empleo. Obviamente, si el único argumento a favor de las renovables fuera el del empleo, nuestro estudio zanjaría para siempre el debate (siempre y cuando no estuviera equivocado, claro). Pero probablemente no sea ése el caso, y se podrá pensar en alguna razón más para defenderlas (cuestión distinta es si esos nuevos argumentos tienen a su vez fundamento o no).

Muchos economistas, incluso algunos que deberían poseer un mayor conocimiento sobre el asunto del que demuestran, se han leído nuestros cálculos y han extraído conclusiones absurdas, fruto de la confusión. Para no entrar en las cifras –que pueden consultarse en el propio informe–, me limitaré a poner una metáfora; para que ustedes juzguen si tiene algo de controvertible y, sobre todo, de ininteligible.

Supongan que disponemos de cientos de miles de máquinas, que producen productos distintos, y que lo único que necesitamos para ponerlas en funcionamiento es combustible. El problema es que cada año sólo recibimos 1.000 litros de carburante, así que tenemos que seleccionar qué máquinas ponemos a funcionar y, por tanto, qué tipos de bienes producimos.

Cada máquina tiene su propia manera de operar y su propio nivel de consumo. Así, por ejemplo, la que produce barras de pan necesita un litro de combustible para producir 10 barras, y la que produce automóviles requiere de 200 litros para fabricar uno de éstos. Obviamente, no puede decirse que estemos destruyendo riqueza por el hecho de que decidamos utilizar 200 litros de combustible para fabricar un coche en lugar de 2.000 barras de pan; tan sólo concluiremos que preferimos un coche a 2.000 barras de pan.

Ahora bien, sí hay una forma bastante clara de empobrecernos. Imagine que tenemos dos máquinas distintas para hacer el mismo tipo de pan: la primera necesita un litro de combustible para hornear 10 barras, mientras que la segunda necesita 100 litros para producir la misma cantidad. ¿Qué le diríamos a la persona que eligiese producir con la segunda máquina? Obviamente, que está despilfarrando recursos y destruyendo riqueza.

Pues bien, exactamente eso es lo que puede decirse sobre las subvenciones a las energías renovables. Con éstas, las electricidad nos cuesta mucho más que con las demás energías: unos 28.500 millones de euros más, por lo que disponemos de menos recursos para utilizarlos en otras áreas.

Claro que, volviendo al ejemplo de las panificadoras, uno puede decir que, dado que la máquina ineficiente está pintada de rojo, le resulta más bonita y la prefiere, aunque produzca mucho menos. Bien, es un argumento que habrá que estudiar aisladamente (tal vez la máquina eficiente también sea roja pero uno no se haya dado cuenta, o le hayan metido en la cabeza la conveniencia de que las máquinas sean rojas), y en todo caso legítimo. Lo que no podrá decirse jamás es que una panificadora que gasta 100 litros de combustible para producir 10 barras es más eficiente que una que gasta uno solo en hacer lo mismo .

Muchos se han empeñado en hacernos creer que forzar el encarecimiento de la energía nos hará más ricos. Pero, si eso fuera así, en lugar de subvencionar las renovables deberíamos inyectar tanto dinero como fuera posible en la creación de fuentes eléctricas basadas en ruedas de hámster: un lujo para los amantes de los roedores (igual que las renovables son un lujo para los ecologistas) que es dudoso podamos permitirnos en tiempos de crisis

Así las cosas, creo que se entiende mejor que algunos, ya que no pueden argumentar, prefieran difamar.

Las renovables no crean riqueza, por mucho que os empeñéis

Le faltó añadir la coletilla "valga la redundancia" y el resultado hubiera sido como para recoger firmas, pero Aguirre tiene muy buen corazón y no suele excederse con el adversario excepto cuando acude a los micrófonos de la SER, y ello por estrictas razones de legítima defensa como es bien sabido.

Es dudoso que el presidente del Gobierno haya interpretado esa serie de adjetivos como una ofensa, pues, en efecto, sus prioridades políticas son las mismas que los sindicalistas, su ideología retrógrada y su conducta con los otros "agentes sociales" más propia de un piquetero.

En realidad, lo que hizo Esperanza Aguirre fue definir al personaje con tres simples trazos con los que todos deberíamos estar de acuerdo, comenzando por los empresarios del sindicalismo y sus liberados (de trabajar) gracias al dinero ajeno, y terminando por el propio Zapatero, pues el mayor mérito que puede recibir un líder identificado con un lobby y una causa es que el adversario político dé por sentada esa feliz conjunción.

Con pañuelo rojo en las fiestas mineras o su corbata de diseño en La Moncloa bramando contra la patronal, el comportamiento de Zapatero es exactamente el descrito por la presidenta madrileña, a mayor gloria del movimiento sindicalista español, felizmente anclado en el siglo XIX. Para Zapatero, como para la mayoría de los camaradas sindicalistas, el capitalismo es el culpable de todos los males planetarios, los empresarios unos egoístas sin escrúpulos que roban el fruto del trabajo de las clases proletarias y el Estado el bien supremo cuya principal misión es trincar dinero de los bolsillos decentes para dar subsidios a sus votantes cautivos.

Cuentan las crónicas que Zapatero aceptó las excusas presentadas por Aguirre en un tono de gran cordialidad. No podía ser de otra forma; no había nada que perdonar.

De Madoff a Hernández Moltó

Nunca dijeron ni pío sobre los pies de barro y las inestabilidades de ese crecimiento inflacionista, por mucho que quienes sí defendían y comprendían los libres mercados –como los economistas de la Escuela Austriaca– llevaran décadas denunciando las debilidades de un sistema que sólo forzando el lenguaje cabía calificar de liberal.

Por ello, cuando la torre de Babel crediticia construida durante un lustro por los bancos centrales y sus sucursales privadas comenzó a derrumbarse de manera acelerada, la izquierda resentida debió frotarse las manos. Ni entendían por qué no había caído antes ni entendían por qué caía ahora, pero al fin y al cabo tenían una oportunidad de oro para denunciar los excesos del "neoliberalismo salvaje" y clamar por su regulación, esto es, por convertir lo que hasta entonces había sido un cortijo de la banca en un cortijo del Estado.

Así, durante los últimos meses hemos oído hablar hasta la saciedad de los males de la desregulación, del shadow banking, de la especulación desenfrenada, de la codicia inversora, de los altísimos salarios de los directivos, del retroceso de la política y de la necesidad de regresar a un modelo de banca más "tradicional". Algo así como el mito del buen salvaje pero aplicado al sistema financiero.

Ni una palabra, claro, del monopolio que ostentan los bancos centrales para emitir la moneda de curso forzoso y orientar los tipos de interés. Ni una palabra, faltaba más, de la imposición estatal de un dinero fiduciario que arrebata a los consumidores e inversores cualquier soberanía para oponerse a los excesos del lobby financiero y de la nomenclatura estatal. Cero, se ve que no tocaba.

Pues bien, hete aquí que en España, el país en el que el resto de la comunidad internacional parece querer fijarse para conformar las nuevas regulaciones, quiebra Caja Castilla-La Mancha y el resto de nuestros patrios Montes de Piedad están al borde de su bien merecida bancarrota.

No deja de ser un mito que nuestro sistema bancario haya resistido mejor que el resto los achaques de la crisis internacional. Más que nada porque hasta ahora ya ha recibido tanto dinero público como el estadounidense (y a buen seguro obtendrá sumas superiores en el futuro gracias a ese FROB tan dócilmente apoyado por el PP).

Pero con el caso Caja Castilla-La Mancha no sólo debería derrumbarse este mito. Hay una asimetría si cabe más perversa que sugiere que el sector privado es esencialmente corrupto y el público fundamentalmente pulcro. El mercado nos arrastra hacia la competencia feroz y la ley de la selva mientras que el Estado nos empuja hacia la cooperación y las mieles de la civilización. Implícitamente se sugiere que el Estado debería sustituir al mercado y que si en vez de la avaricia privada hubiésemos gozado de la solidaridad pública, ninguno de estos desaguisados se habría producido.

Sin embargo, tan sólo es necesario observar de qué manera se han comportado las cajas de ahorro durante las recientes fluctuaciones económicas para comprender cómo sería un mundo donde la banca estuviera controlada y dirigida por políticos. El paraíso con el que sueñan Zapatero y Obama, el de la banca pública, está aquí en España: amiguismo, corrupción, inversiones suicidas y créditos alocados. "Infracciones muy graves" que demuestran que el hombre y no el mercado es el codicioso y potencialmente mancillable. La diferencia está, o debería estar, entre otros asuntos básicos en que en un mercado libre los errores se pagan con la quiebra y los fraudes con la restitución de las víctimas; en un sistema público, con rescates, opacidad y más poder regulatorio para los políticos.

A la izquierda le ha resultado muy fácil aprenderse el apellido Madoff y recitarlo cual letanía liberticida cada vez que se le oponen argumentos económicos sensatos. No deberíamos olvidar a Hernández Moltó: más que un Madoff hispano es el primer, que no el último, Madoff del impoluto y honrado sector público.

¡Toma Kit Kat, Díaz Ferrán!

La cosa se pone dura, porque los sindicatos se saben totalmente respaldados por el Gobierno. Saben (es una especie que ha recorrido ya toda la prensa) que Zapatero quiere ser el primer presidente de la democracia al que no se le monta una huelga general y su sola mención les permite tener al Gobierno de rodillas. Además, en el mundo ideológico de Pin y Pon en que se mueven sus votantes, los sindicatos son los buenos y los empresarios los malos. Eso le sirve a él para comunicarse eficazmente con ellos, pero también le resta margen de maniobra. En caso de duda ya sabe con quién estar y con quién no.

Entonces salta la violenta oposición entre dos fuerzas. Por un lado, Zapatero ha hecho del "diálogo social", lo que antes llamábamos "democracia orgánica", su apuesta para apuntalar su poder y ganarse la paz social. Por otro, ese diálogo no vale de nada (bien lo sabe el infeliz) si no resulta en un pacto que repique en los medios de comunicación para remarcar su capacidad política y remachar la soledad del PP, su posición con un pie fuera del sistema, todavía criticando la política del Gobierno cuando es, después del pacto, "la de todos". Y ese pacto sólo puede tener los términos que quieran los sindicatos. Es decir, que para los empresarios sólo puede ser un "trágala". Lo toman o lo deja. "No sabe con quien está usted hablando", le dijo, con otras palabras, Zapatero a Díaz Ferrán. ¿No quería Díaz Ferrán un Kit Kat en la economía de mercado? Pues lo tiene ahora de trágala sindical.

A Ferrán le debemos reconocer que no haya firmado un acuerdo cobarde, criminoso y ruinoso, y que haya respondido a la chulería del presidente llamándole "mentiroso". Sólo espero que se aclare las ideas sobre la libertad económica y que reconozca ante los micrófonos (abiertos, es decir) lo que piensa de él. Y, sobre todo, que se planteen, él y sus asociados, si no sería una buena idea dejar de ser tan miserablemente cobardes y ponerse a defender, con todos sus medios, a la sociedad civil. Para evitar zapateradas, entre otras cosas.

Los pavorosos

No vivimos un mundo tan bucólico y tan pobre, pero sí hay ciertas cosas que se repiten. Las improvisadas botellas de cava el "día de la salud", las inundaciones que acompañan al despido del verano, las campanadas… Los incendios, también.

Los bosques se incendian y ello no es en sí malo, en el sentido de que son parte de la propia naturaleza. Hubo un momento en que los responsables de Yellowstone observaban que su bosque se moría. Y no sabían porqué. Descubrieron que eran extremadamente eficaces en el control de los incendios. Demasiado, de hecho, porque el propio bosque se regenera con los incendios naturales, cuando no son excesivamente voraces.

Recuerdo también que se produjo cierto rumor malintencionado contra George W. Bush, especialmente entre quienes un día son más malvados que ignorantes y al otro más lo otro que lo uno, por el simple hecho de que él recordó que los bosques hay que cuidarlos. Que es necesario desbrozar, limpiar los bosques. Pero para limpiar los bosques hay que tener interés en hacerlo. Para cuidarlos, para vigilarlos, hay que tener interés en hacerlo.

Por eso es una buena idea privatizar los bosques. Porque la propiedad es el eslabón entre la tierra y el hombre, es lo que le ata a ella y le concede amor por sus frutos, interés por su devenir. Lo que es del común es del ningún, y ya sabemos lo que ocurre con ello.

No conozco ningún informe que aprecie la relación entre la propiedad o no sobre los bosques y los incendios. Pero todo indica que los que son de algún tienen mejor salud.