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Con esa gente, nunca se sabe

Dado que desde esta misma columna hemos denunciado en más de una ocasión las formas de actuar de esta "sociedad", en ocasiones me han llamado conocidos propietarios de comercios para comentarme el acoso al que les estaban sometiendo los empleados de la organización de "Teddy" Bautista.

Como la más conocida de las entidades de gestión ha actuado siempre con un sentimiento de total impunidad, han llegado incluso a acosar a destacados miembros del sector de la sociedad con el que la mayor parte de los españoles teme enfrentarse. Uno de esos comunicantes a los que me refería antes es un destacado político en su comunidad autónoma. Ante lo insoportable de la situación, él y su mujer desistieron de continuar con el establecimiento que tenían y lo dejaron totalmente en manos de su socio.

La prepotencia y los comportamientos poco dignos de imitación se han convertido en la marca de la SGAE. El acoso a pequeños comercios de todo tipo, desde bares a tiendas de informática, pasando por autobuses de transporte escolar; las múltiples declaraciones de sus representantes insultando a todo aquel que osa criticarles o, incluso, las amenazas al principal partido de la oposición con tomar "buena nota" por estar contra el canon, forman parte de su catálogo de actuaciones. Algunos de sus dirigentes llegan incluso a tener comportamientos menos gratificantes aún.

Hace algún tiempo, un columnista muy crítico con la entidad de Teddy Bautista recibió un curioso mensaje a través de un compañero de trabajo poco después de cambiar de empleo para ser jefe de prensa en un sector que nada tenía que ver con los derechos de autor. Lo que le dijo ese intermediario, que actuaba de forma inocente, fue algo parecido a esto: "He comido con un amigo que es directivo de la SGAE y me ha pedido que te diga que saben donde trabajas ahora". Desconocemos la identidad del autor del peculiar aviso. Su objetivo está abierto a interpretación, pero nos tememos que no era simplemente informativo. Por cierto, el periodista en cuestión sigue escribiendo artículos contra esta entidad cada vez que lo considera adecuado.

Lo que más teme la entidad de Bautista es que su mala imagen siga creciendo. Durante mucho tiempo consiguió mantener una sorprendente fama positiva, que comenzó a quebrarse con la extensión del canon a los CD y que ahora prácticamente ha desaparecido. Sin embargo, todavía no ha llegado a un punto de impopularidad tal que la defensa de sus intereses tenga un coste electoral para el PSOE. De hecho, este partido valora de forma muy positiva un apoyo de muchos cantantes y personajes del cine que podría desaparecer si pusiera los derechos de los ciudadanos por encima de la protección y ampliación de los privilegios de la SGAE y otras entidades de gestión.

Pero la mala fama de los privilegiados de los derechos de autor seguirá creciendo día a día. Antes o después el coste para el PSOE será mayor que los beneficios que obtiene del apoyo de ciertos cantantes, actores y directores. Ese día, si es que antes no se produce un cambio de gobierno que adelante los acontecimientos, se terminará el chollo de la SGAE.

Parados por decreto

Como los niños tozudos cuando les llevan la contraria, Zapatero también se enfada cuando una de las partes en litigio no se pliega a su dictado, de ahí que haya manifestado su profundo enfado porque la CEOE se haya atrevido a cuestionar su “modelo de crecimiento”, proponiendo medidas elementales como rebajar los impuestos y las cargas sociales a las empresas en dificultades.

El problema del presidente del Gobierno, como buen socialista, es que su principal objetivo no es tomar medidas serias contra la recesión y el desempleo para que la sociedad civil cree empresas y puestos de trabajo, sino mantener satisfechos a los grupos de presión que pueden amenazar sus expectativas electorales a medio plazo. Zapatero prefiere muchos parados con subsidio a trabajadores independizados de la ubre estatal, porque mientras los primeros suelen agradecer con su voto la “redistribución de riqueza” llevada a cabo en su beneficio, los segundos son incontrolables.

Si hay que tomar medidas impopulares para salir de la recesión, y todas las decisiones efectivas lo son especialmente en unas sociedades acostumbradas al paraguas protector del Estado, que nadie espere que Zapatero vaya a adoptar ni siquiera las de menor coste político. Mucho menos le veremos emprender una reforma del mercado laboral aunque todas las instituciones serias se lo pidan a gritos, incluidas las presididas por miembros de su partido. El presidente no está dispuesto a pasar a la nutrida historia de los desafueros socialistas en nuestro propio país como el gobernante que propició un mercado del trabajo más ágil y competitivo, porque los liberados sindicales se echarían a la calle y Zapatero no quiere esa foto en su álbum de recuerdos.

La recesión será larga, pero en lugar de reparar el casco de un buque agujereado por todos los lados, Zapatero y Corbacho prefieren quedarse en la sentina achicando agua mientras quede dinero para pagar el alquiler de las bombas. Todo para que los sindicatos, cómodamente instalados en la cubierta más lujosa, no experimenten la menor molestia durante la travesía. Con llegar a puerto en 2012 sin habernos hundido del todo la misión estará cumplida.

Su pensión salvará a la banca

La hucha de la Seguridad Social, dotada con algo más de 58.000 millones de euros, fue constituida con el iluso objetivo de mantener en pie un sistema que, a largo plazo, es del todo inviable. El progresivo envejecimiento de la población y el desplome de las afiliaciones a la Seguridad Social, como resultado de la destrucción de empleo, provocarán la llegada de los números rojos a esta partida esencial propia del Estado de Bienestar.

Como resultado de tal deterioro, el ratio entre cotizantes y beneficiarios se está recortando a un ritmo preocupante. En esencia, esto significa que cada contribuyente financia con sus impuestos a un mayor número de pensionistas. Para paliar este desajuste estructural, el Gobierno está negociando en la actualidad la reforma del sistema, que se traducirá en una rebaja de las pensiones futuras próximas al 30%, ni más ni menos.

Sin embargo, más allá de la insostenibilidad crónica que padece el modelo de Seguridad Social vigente, el agravamiento de la crisis económica y financiera que padece España se podría traducir en la desaparición pura y dura del Fondo de Reserva. El Gobierno está empleando la "hucha de las pensiones" para financiar el gasto público. Este hecho pone de relieve, por un lado, la grave crisis de liquidez que sufre el Estado como resultado del desplome de los ingresos tributarios, que caen ya a un ritmo próximo al 25% interanual, y por otro las crecientes dificultades que tiene el Tesoro para colocar en el mercado sus emisiones de deuda pública.

Y es que, a diferencia de la estrategia inversora llevada a cabo durante los últimos años, el Gobierno está invirtiendo el Fondo de Reserva de la Seguridad Social en deuda pública española, cuya calidad es inferior al de otros países como, por ejemplo, Alemania. ¿Problema? Muchos. La voz de alarma saltó hace un par de semanas cuando un alto funcionario de la Seguridad Social reconoció en público lo que otros ya venimos advirtiendo desde hace tiempo. La deuda pública corre el riesgo de dispararse hasta el 90% del PIB en apenas un par de años, frente a un ratio inferior al 40% en 2008. No es de extrañar si se tiene en cuenta que el déficit público –diferencia entre ingresos y gastos– superará el 10% del PIB este mismo año.

Tan sólo un dato. Según las propias agencias de rating (calificación de riesgos), España se enfrenta a una nueva degradación crediticia en breve, y a otra rebaja adicional a medio plazo en el momento en que la deuda pública supere el 60% del PIB. Es decir, la calidad de la deuda soberana pasará a tener un rango inferior, y esto a su vez encarecerá la financiación del Estado ya que los inversores perciben un mayor riesgo de default (impago). Durante los años 90 la rentabilidad media de las letras del Tesoro superó el 8%, mientras que en la actualidad se sitúa en tasas próximas al 4%.

El problema es que los datos aquí expuestos no contemplan la grave crisis financiera que acaba de dar comienzo. Por el momento, el Gobierno ya tiene serios problemas para financiar el gasto público corriente, hasta tal punto que se ve obligado a tirar del fondo de pensiones para financiar sus dispendios. Al mismo tiempo, el aumento de la deuda pública y la más que segura rebaja crediticia de los bonos del Tesoro dificultarán hasta extremos imprevisibles la colocación del papel español en el mercado financiero.

La cuestión es que el famoso plan de rescate bancario aprobado por el PSOE y el PP pretende salvar a bancos y cajas mediante la emisión de más deuda pública, hasta un montante máximo de 90.000 millones de euros –que serán más–. Si la emisión de deuda se colapsa es muy probable que, llegado el caso, ni cortos ni perezosos, los irresponsables políticos hagan uso de los 58.000 millones de euros líquidos que conserva el Fondo de Reserva para salvar a entidades financieras insolventes, en lugar de dejarlas quebrar. ¿De dónde si no van a sacar el dinero?

Las arcas estatales, autonómicas y locales están vacías y el rescate bancario precisará una movilización de recursos públicos sin precedentes en la historia reciente de este país. El Ejecutivo está confiando toda su política económica a la emisión de deuda, pero la clave reside en saber si los inversores foráneos confían de igual forma en la solidez de la economía y las finazas públicas nacionales. Si la respuesta es no, sus pensiones salvarán a la banca. No es algo nuevo. Dicha medida ya ha sido tomada por Irlanda. Falta saber si España tomará o no la misma senda.

Tropezón para el libro electrónico

Hasta qué punto ese error frenará el desarrollo del libro electrónico es algo que sólo el tiempo podrá decir, pero de que será durante un tiempo un factor que eche para atrás a posibles conversos no tengo ninguna duda.

¿Pero qué es lo que ha hecho Amazon? Destruir el contrato, no escrito pero sí sobreentendido, que venía a decir que los libros que compramos son nuestros y nadie nos los puede quitar. Al fin y al cabo, muchos de los volúmenes que adquirimos no van destinados sólo a la lectura, sino también a ocupar un sitio en nuestras estanterías, a ser conservados, a ser releídos, a ser prestados a familiares y amigos. Muchos conservamos libros que pertenecieron a nuestros padres y abuelos, y entendemos que así ha de ser con los que compremos en adelante, por mucho que sean digitales. Un salto de fe, que diría Indiana Jones, harto complicado de dar, pues el formato electrónico ya pone muchas pegas de por sí, pues no ofrece la misma sensación de posesión que un libro físico.

De hecho, Amazon ya ponía trabas a ese cambio de mentalidad mediante la inclusión de mecanismos de protección (DRM) en los libros electrónicos que vendía, que hacía más difícil considerarlos como propios. Pero el paso que dio el pasado viernes el gigante del comercio electrónico rompe por completo ese contrato intangible. Los lectores que habían comprado, de entre todos los títulos y autores posibles, 1984 y Rebelión en la granja de George Orwell se encontraron con que los libros habían desaparecido de su lector Kindle. Sin más. Es como si alguien hubiera entrado en su casa y se los hubiera robado.

La razón no está clara. Al principio parecía ser simplemente porque la editorial había pedido su retirada de la tienda de Amazon, pero luego porque resultó que dicha editorial no tenía los derechos para su publicación digital. Motivos suficientes para dejar de venderlos, pero no para hacerlos desaparecer de los lectores electrónicos de sus clientes. Por mucho que haya devuelto el dinero, Amazon ya no podrá devolver la sensación de seguridad que hasta ahora tenían sus clientes en aquello que compraban. La empresa ha prometido no volver a cometer este error, y probablemente la gente vuelva a confiar en ellos como antes. Pero aunque suene mal, ojalá no suceda y alguien tome el relevo, aunque retrase un poco la implantación del libro electrónico.

Como argumenté hace unos meses, Kindle es un camino equivocado. La forma de enganchar a los futuros usuarios de lectores electrónicos son precios bajos y la eliminación de restricciones. Si no, se acostumbrarán a buscar ilegalmente en internet lo que no se les ofrece legalmente en las tiendas. Seguramente Amazon haya seguido esa vía para convencer a las editoriales de dar el salto del papel al mundo de los bits, pero es un salto que tendrán que dar, quieran o no, en cuanto existan dispositivos que supongan una experiencia comparable, en términos de placer de lectura, con un objeto tan antiguo y refinado a lo largo de los siglos como es el libro. Porque si no lo hacen, se encontrarán en el incómodo papel de la industria discográfica, y no creo que nadie en el mundo quiera ese destino.

Microsoft y otros monopolios

El favorito de los últimos años es Microsoft. La Comisión Europea lleva más de una década queriéndole obligar a convertir a sus competidores en piratas industriales, y que accedan a sus códigos. La lucha contra la empresa por las autoridades estadounidenses ha sido un tanto menos fascista, pero por ahí le anda. Y todo porque la empresa ha colocado un producto que ha obtenido un éxito evidente haciendo funcionar los ordenadores. También se le acusa de monopolio por incluir entre los programas del sistema operativo su propio explorador. Pero Microsoft siempre ha tenido competencia en Apple, y el reinado de Internet Explorer decae ante el empuje de otros, que están a unos pocos clics de distancia.

Ahora es Google, nada menos, quien lanza un ataque al corazón del negocio de Gates, con un nuevo sistema operativo, gratuito como los servicios más populares de la compañía: Chrome OS. No sólo es un producto alternativo, sino que es una forma distinta de disfrutar de él: lo utilizaremos vía internet y será nuestra forma de relacionarnos con la red y con otros programas. Como sugiere Daniel, este anuncio desmonta gran parte de las justificaciones de las autoridades antimonopolio. Por supuesto que esta alternativa no procede de los despachos de Bruselas o Washington. No son ellos los que luchan contra la posición preeminente de una empresa sino el esfuerzo de otras por ganarse el favor de los consumidores.

Mientras es el mercado el que socava a diario lo que los políticos llaman "monopolio", las autoridades "antimonopolio" no miran a izquierda y derecha, en el mismo sector público, para acabar con los que merecen ese nombre oprobioso.

Somos antipatriotas

Poco después me volvieron a llamar para presentar un testimonio en la comisión de Medio Ambiente del Senado sobre la posibilidad de crear empleos netos gracias a políticas de subvención a energías renovables y otros procesos productivos ineficientes.

Aunque mi escepticismo sobre el bien que pueda hacerse desde el mundo de la política es inmenso, decidí aceptar la invitación porque no tenía nada que perder. En septiembre de 2008 presenté un primer informe donde ya se apuntaba a que desde una perspectiva económica parecía bastante probable que se estuviesen destruyendo más empleos de los que se estaban creando mediante las subvenciones a las energías verdes. Aparte de una serie de casos que ilustraban la afirmación, aquel pequeño estudio se fundamentaba en la idea de que los recursos son escasos y de que si se le dan subvenciones a unas personas e industrias con dinero público, se estarán quitando esos fondos a otra parte de la economía. Al final, los medios económicos con los que se crean los nuevos empleos verdes en sectores ineficientes tienen la contraparte de los que se dejan de crear en sectores más eficientes. En realidad, no se trataba más que de una simple aplicación del principio de "lo que se ve y lo que no se ve" que presentara magistralmente Frederic Bastiat a mediados del siglo XIX.

Continué investigando sobre aquel asunto, cada vez con más indicios y pruebas de que las primeras conclusiones eran ciertas. En noviembre de 2008 volví a la Casa de Representantes de Estados Unidos para hablar de los, ya por entonces, tan cacareados green jobs y presentar los resultados de lo que ya era el germen del estudio que luego tendría la suerte de realizar con Raquel Merino, Juan Ramón Rallo y José Ignacio García Bielsa.

En diciembre comenzamos a redactar este estudio como proyecto de investigación de la Universidad Rey Juan Carlos con la colaboración del Instituto Juan de Mariana. Lo terminamos a finales del mes de marzo y sus conclusiones mostraban que las subvenciones habían creado una burbuja en el sector renovable que estaba estallando.

Calculamos de forma muy conservadora las subvenciones a la producción de energía renovable en unos 30.000 millones de euros, lo que tocaba a 570.000 euros por empleo verde creado (tomando los datos de empleos anualizados de la Comisión Europea). Claro que el problema de estos empleos no era sólo lo caros que resultaban sino, también, que la mayoría consistían puestos en empresas dedicadas a la instalación y construcción de plantas que sólo seguían en funcionamiento si continuaban recibiendo subvenciones.

Dicho de otra manera, cada vez que se incrementaba la potencia renovable instalada gracias al estimulo de las subvenciones, no sólo había que pagar la electricidad producida a precio de oro sino que había que fomentar más y más instalaciones porque los empleos de ese ramo sólo podían mantenerse con un número creciente de centrales renovables. Esas nuevas instalaciones suponían, a su vez, más desembolsos millonarios para el Estado (esto es, para los contribuyentes). Se trata, pues, de un esquema claramente piramidal que no podía durar mucho, entre otras cosas porque el déficit tarifario no hacía más que aumentar hasta volverse insoportable. Por eso el Gobierno del PSOE ya había empezado a cerrar tímidamente el grifo del maná estatal de la mano de Miguel Sebastián, con la consecuencia de que el "sólido" y "puntero" sector de la energía solar empezó a tambalearse.

El coste de oportunidad de las subvenciones comprometidas con las renovables hasta el 31 de diciembre de 2008 es enorme. La economía en su conjunto habría podido crear 2,2 empleos por cada uno que las subvenciones decían haber creado. En nuestro informe de marzo probamos que lo que Bastiat explicaba sigue siendo válido, especialmente en una industria verde que está tan verde.

Ofrecimos los resultados a los medios de comunicación españoles pero sólo Expansión y Libertad Digital se hicieron eco desde la prensa escrita en un primer momento. Sin embargo, fuera de nuestro país, nuestro estudio tuvo una muy buena recepción. Primero fue Bloomberg seguido de la BBC (tanto televisión como radio). A continuación The Economist y Wall Street Journal Europe pusieron a sus editorialistas y a algún economista especializado a analizar nuestro trabajo. Nos propusieron mantenernos en línea directa durante algunos días para hablar sobre aquellos puntos que consideraban más flojos. Después de una semana, The Economist publicaba un editorial en el que se destacaban las conclusiones de nuestro informe y unos días más tarde Wall Street Journal nos dedicaba otro editorial aún más laudatorio. Desde entonces, el estudio no ha parado de recibir cobertura mediática y hemos sido invitados a importantes programas de Fox News, CNN, Radio Caracol, CNBC, CBC, CSPAN y un sinfín de televisiones en Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia. En total, más de 350 medios internacionales se han hecho eco (la inmensa mayoría de forma muy positiva). El último en alabar nuestro esfuerzo académico fue George Will desde el Washington Post, posiblemente una de las plumas más influyentes del mundo.

La prensa estadounidense ha usado el estudio para poner en tela de juicio el plan de subvención a las energías renovables propuesto por el presidente Obama. En una rueda de prensa sobre este proyecto, su portavoz se vio preguntado insistentemente por las conclusiones de nuestro estudio y lo mismo ha ocurrido cada vez que el secretario de Industria, el premio Nobel Chu, ha acudido al parlamento a hablar de su propuesta.

Sólo desde ese momento, nuestro estudio –dedicado, no lo olvidemos, a analizar las consecuencias de las subvenciones verdes en España– ha empezado a tener cierta repercusión en nuestro país. Parece como si lo que le importara a buena parte de nuestra prensa no fuera dilucidar este importante asunto público, sino silenciar nuestras conclusiones hasta que la presión internacional frustró este plan inicial.

De hecho, en España los críticos nos han acusado, no de habernos equivocado en nuestros cálculos, sino sobre todo de ser antipatriotas: parece que no tenían mucho más donde agarrarse. Sin embargo, en nuestra opinión, no puede haber mejor patriotismo que advertir que nuestros gobernantes están despilfarrando nuestro dinero en un juego político que empobrece y hace perder empleo a inversiones a nuestro país. Un patriotismo que silenciara los abusos de poder de nuestros mandatarios manirrotos no sería más que, como ya adivinara Samuel Jonson, el último refugio de los canallas.

La reforma laboral de Hugo Chávez

La tan traída reforma laboral, asunto sobre el que gobierno y los sindicatos españoles tienen una opinión opuesta a la patronal, es para Chávez un asunto menor para el que tiene una solución la mar de sencilla. Básicamente se trata de que los empleados no cobren las horas extra y, eventualmente, hacer que trabajen de forma voluntaria sin cobrar un sueldo más allá de lo que el empresario, y en última instancia el gobierno de forma subsidiaria, fijen como precio justo.

Para Chávez, las horas extra son un "vicio" (sic) que hay que erradicar. En efecto, también los trabajadores venezolanos tienen la fea costumbre de exigir el pago de los honorarios correspondientes a las labores realizadas fuera de su horario habitual, con el incremento fijado en los acuerdos colectivos. Esto de los convenios, que Chávez denomina "contratos colectivos", es otra lacra de las relaciones laborales que el mandatario venezolano desprecia profundamente, porque atacan al Estado, es decir, a la capacidad gubernamental de fijar de forma científica cuánto debe cobrar cada trabajador.

Los progres europeos, divididos entre los que se declaran fascinados por las conquistas bolivarianas y los que disculpan los "excesos" totalitarios de la revolución porque se realizan por una causa elevada (la implantación del socialismo), deberían reflexionar sobre su condición laboral si vivieran en un país gobernado al estilo de su ídolo sudamericano.

Y como todo lo que hace Chávez les parece estupendo, incluida su campaña brutal contra los medios de comunicación privados (285 emisoras de radio cerradas son su última conquista en este terreno), sería bueno que importaran a sus empresas el modelo venezolano suprimiendo los convenios colectivos, dejando de cobrar las horas extra y cediendo al empresario la facultad exclusiva de decidir sobre su salario.

Igual al principio es algo molesto, pero como ellos mismos suelen decir, lo harían por una buena causa. ¿O es que sólo los trabajadores de Venezuela van a tener derecho a disfrutar de tanta felicidad?

Salgado arbitrista

Los arbitristas eran unos genios. Desembarazados de cualquier arnés teórico, su feraz imaginación, sin más compromiso que el poder, les llevaba a arbitrar los planes más fantásticos, a medio camino entre la economía y la literatura fantástica. Ninguna lógica, con sus bellas pero estrechas vías, podía contener esas mentes desbordantes. Es el caso de nuestra Salgado, que acaba de darle una patada a la lógica tanto económica como formal de aquellas que hacen rugir los estadios de fútbol. Le ha propinado un zurriagazo que le hubiese bastado para hacer el home run más espectacular de los logrados en el estadio de los Yankies.

Salgado ha hablado desde Vogue, revista de referencia de la cuota ministerial, para pedir a los españoles "que tengan confianza en el futuro y que, por lo tanto consuman". Bendito baile de conceptos, sagaz retruécano de ideas, audaz desprecio de las realidades más inmediatas. Pues el consumo es, precisamente, la satisfacción inmediata de las necesidades. Y el futuro, en el consumo, tiene siempre las patas muy cortas. Mientras que el ahorro, a poco que merezca ese nombre, siempre se encamina al futuro.

Nosotros, o consumimos o ahorramos. Y lo que dediquemos a la satisfacción del momento presente, como nos dice Salgado, se lo restamos de dedicárselo al ahorro, y por tanto a la inversión para el futuro. Es más, cuando no hay futuro, todo es consumo y las dos caras de la postergación económica, que son el ahorro y la inversión, se desvanecen por completo. Beccaría, nos dice Hicks, explicó que cuando la peste negra asolaba las poblaciones italianas, los vecinos, que podían tocar su muerte ya con las manos, destinaban todo lo que poseían a consumirlo en el presente, haciendo desaparecer cualquier capital.

A más a más, como dicen los de ERC, lo que necesita una economía en plena recesión es recomponer el capital y, por tanto, aumentar el ahorro. Sacrificar el presente para asentar el futuro. Pero claro, esa no es lógica de arbitristas.

Dos tontas muy tontas

En realidad, tan sólo se han comportado como un par de perfectas tontas. Una de ellas suponemos que por mera inocencia, y la otra por tener más "mala baba" que conocimientos de internet.

La mujer del próximo director del servicio de inteligencia británico MI6, Sir John Sawers, no tuvo mejor idea que publicar en Facebook datos de tipo personal como la dirección postal o información de la amistad que ella y su marido mantenían con famosos del Reino Unido. Todo ello sin poner limitaciones sobre quién podía acceder a esa información. Sólo le faltó decir el horario de trabajo que va a tener Sir John cuando asuma la jefatura de los espías y la ruta que seguirá cada día para llegar a su oficina.

Cuesta creer que una persona sea tan poco inteligente como para cometer un error como este cuando su marido va a asumir un cargo que se caracteriza precisamente por requerir una gran discreción (por las necesidades del mismo, no para irse de caza o pesca a costa de los presupuestos públicos o utilizar agentes y medios materiales con fines privados). No resultaría, por tanto, en absoluto extraño que Miss Sawers no esté nada contenta con el futuro trabajo de su esposo y estuviera tratando de que el gobierno de Su Graciosa Majestad diera marcha atrás en el nombramiento.

El caso de la española resulta mucho peor. Trató de hacer mucho daño a una persona y a la hora de cometer sus deleznables acciones no tuvo en cuenta que casi todo lo que se hace en la red deja un rastro. La hijastra del alcalde de Zaragoza, que con 24 años ya tiene edad para saber que ciertas cosas no se deben hacer, se hizo pasar por un concejal del PP para crear un blog a su nombre y perjudicar su imagen. La chica, de nombre Beatriz Tirado, no fue lo suficientemente lista como darse cuenta de que al hacerlo desde el domicilio familiar la iban a descubrir enseguida.

La joven, que a pesar de lo que pretenda un viejo amigo de Belloch no es "una víctima del sistema", trató de hacer daño a un tercero suplantando su identidad. Por fortuna, la inteligencia que usó para planear su campaña de desprestigio no era lo suficientemente alta como para no ir dejando pistas. Una persona así merece ser descubierta.

Entre estas dos mujeres, prefiero a la primera. Ella no trataba de hacer daño a nadie, tan sólo pecó de inocente en un medio en el que muchos no saben ser lo suficientemente prudentes. La segunda me preocupa más, ya con la lección aprendida es capaz de volver a actuar tratando de no dejar rastro. Que no se extrañe ningún zaragozano si comienzan a verla en cibercafés o buscando redes WiFi en abierto con un portátil.

Más dinero para Cataluña, no para los catalanes

Y para demostrarlo nos indica que "es mucho más fácil encontrar artículos críticos sobre Chávez en los mayores medios venezolanos, que favorables a tal dirigente venezolano en los medios de mayor difusión en España", por lo que "puede deducirse que hay mayor diversidad ideológica y libertad de prensa en Venezuela que en España". Cuando terminen sus carcajadas o se repongan del espanto pueden seguir leyendo.

Esa deducción puede hacerse si uno tiene una seria tara mental que le impide pensar con un mínimo de rigor. Este agudo detective no considera la posibilidad de que los periodistas españoles están lejos de las garras del gorila rojo y pueden ser objetivos. La libertad de prensa puede permitir a cada uno publicar lo que quiera, pero si un periódico tiene un mínimo de vergüenza intentará escribir o decir la verdad: y Hugo Chávez es un sujeto más bien populista, siniestro e indeseable. No sorprende que en Venezuela tenga múltiples lacayos que le lancen alabanzas, y buen mérito tienen los que allí lo critican, ya que él se encarga de censurarlos, cerrar sus empresas o amenazarlos con el poder coactivo de sus matones.

Si sólo se comunica la verdad los mensajes de los medios de comunicación pueden llegar a ser muy uniformes. Una forma de conseguir que se propaguen falacias, errores y falsedades es pedir diversidad: así los necios como Navarro pueden intentar colar su colectivismo nocivo. Pero la libertad de expresión no consiste en protestar porque no se publican suficientes estupideces de variadas estirpes ideológicas socialistas.

Juan Francisco Martín Seco denuncia el "expolio de la televisión pública". Han leído bien: no protesta porque se confisque su propiedad a los contribuyentes para financiar esa televisión colectivista; le parece mal que se le prive de los ingresos de la publicidad. Y es que "Tantos años de neoliberalismo nos han hecho olvidar verdades elementales como la primacía de lo público sobre lo privado. Lo público, lo que es de todos los ciudadanos, nunca compite; debe tener un lugar prioritario y hegemónico sobre lo privado. Los intereses privados deben estar supeditados a los públicos. Así lo afirma nuestra Constitución". Hemos disfrutado tantos años de liberalismo y los liberales no nos hemos enterado, qué lástima. Martín Seco nos recuerda que los individuos estamos a merced del colectivo y el Estado, que nos domina y no se molesta por competir en su oferta de servicios, la impone sin más delicadezas. ¿De dónde saca estas verdades elementales? Seguramente para él son obvias y además lo dice la Constitución: no indica en qué artículo, tal vez sea una interpretación suya algo sesgada.

Y es que si no hay publicidad para todos, "puestos a desaparecer, serán las privadas las que tengan que hacerlo". Y que se fastidien, que el mando ha hablado: "¿Para qué se necesitan treinta canales? ¿Por qué tienen que existir cuatro cadenas privadas en abierto?". ¿Para qué la libertad de expresión? ¿Para qué la libertad de empresa? Si ya se encarga de todo papá Estado asesorado por sabios benevolentes como Martín Seco, que tiene un gusto televisivo exquisito contra algunos canales privados que "lo único que emiten es bazofia".