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Torquemada en Nueva Zelanda

Al fin y al cabo, los jóvenes de todo el mundo que todavía no han llegado a la mayoría de edad comparten una amplia gama de aficiones y gustos. Y entre todos ellos están, que duda cabe, consumir productos de entretenimiento destinados a adultos.

La mayor parte de los adolescentes de todo el mundo comparten varias pasiones: las escenas ficticias de violencia (sobre todo los chicos); la imagen de señoritas o mozalbetes, depende del sexo y los gustos de cada uno, de buen ver con la mayor superficie posible de piel a la vista; las conversaciones subidas de tono… En definitiva, todo lo que se suele clasificar como apto sólo para mayores de edad. Y la cuestión de estas clasificaciones, a pesar de que estemos acostumbrados a ellas, resulta más peliaguda de lo que podría pensarse en un principio.

No hay nada que objetar cuando se limitan a recomendaciones, sobre todo si surgen de la iniciativa privada, o se trata de autolimitaciones impuestas por el propio sector en cuestión (el cinematográfico, el de los videojuegos, etc.). Otra cosa muy diferente es cuando el Estado se mete por medio e impone prohibiciones. En estos casos se trata de una intromisión directa en el ámbito del hogar. Son los padres, y no un funcionario, los que deben considerar si unos contenidos audiovisuales, fotográficos, electrónicos o de cualquier otro tipo son los adecuados para sus hijos.

Tan sólo por eso resulta demencial la pretensión del censor jefe del Gobierno neocelandés (de hecho, resulta demencial el hecho de que en un país democrático exista ese cargo) de meter en la cárcel a los padres de menores que se entretengan con videojuegos para adultos. Lo que pretende este señor es que aquellos progenitores que no eduquen, o no puedan hacerlo, a sus hijos como los políticos creen que deben hacerlo terminen con sus huesos en prisión. Pero hay más. Bill Hasting, que es como se llama este moderno Torquemada austral, justifica su pretensión con la excusa de que la cárcel es una buena manera de obligar a los padres a aprender lo suficiente sobre tecnología para poder controlar a sus retoños.

Tal vez debería preocuparse menos por la moral ajena y más por desarrollar su propia inteligencia y sentido común. ¿Se le ocurriría a Hasting meter en la cárcel a un padre analfabeto por el hecho de que un hijo suyo que sí ha estudiado lea una novela erótica? ¿Y encarcelar a una madre que no sabe bloquear el DVD para que no reproduzca contenidos pornográficos o violentos, suponiendo que el aparato lo permita? O, incluso, ¿condenaría a un ciego por no saber cómo impedir que su hijo mire fotos de chicas desnudas? Porque la argumentación en la que basa su propuesta, aunque la aplique sólo a los videojuegos, justificaría todas esas tropelías.

Yo también quiero reflexionar

En efecto, prácticamente ni Dios va a ver una película española, entre otras cosas porque el Altísimo tiene otras muchas ocupaciones y además le gustan las películas de Schwarzenegger, hechas para atraer a la audiencia como Él manda. Esto demuestra que el razonamiento de Lasalle es un ejemplo claro de falacia pues llega a una conclusión cierta (cada vez menos espectadores van a ver cine español) a través de un argumento erróneo (el cine español es un producto de calidad). A menos que Lasalle suponga que los españoles padecen un brote agudo de cretinismo, que les lleva a consumir productos infumables pudiendo elegir otros excelentes por el mismo precio, habrá que concluir que si la gente va cada vez menos a ver películas españolas es porque son… ¿cómo decirlo sin ofender demasiado? ¿Una puñetera castaña, Lasalle?

El cine español, como cualquier otra actividad subvencionada fuertemente por los poderes públicos, no responde a los gustos de los consumidores a los que supuestamente va destinado, sino a las exigencias estéticas e ideológicas de quien ocupa el poder y tiene el mando del grifo de la subvención pública. Es normal, por tanto, que la inmensa mayoría de las películas que se hacen en España sean un ejercicio de onanismo sectario técnicamente mediocre, estéticamente lamentable e ideológicamente insultante, cuyo único objetivo es contribuir a la promoción de la agenda ideológica de la izquierda zapateril.

Los zejateros han conseguido la dudosa hazaña de hacer que la recaudación de las películas españolas sea inferior a la cuantía de las subvenciones directas que reciben del Estado, que no son sólo los famosos 88 millones de euros del fondo para la cinematografía, sino alrededor de doscientos cincuenta millonazos, una vez sumado el impuesto revolucionario que se exige a las televisiones españolas a través del famoso cinco por ciento de los beneficios que obligatoriamente deben destinar a la promoción del cine español. Para que se entienda bien la magnitud del expolio, es como si Zapatero subvencionara cada coche que sale de la factoría de SEAT con un importe superior al precio que el cliente paga por él cuando lo adquiere. Un despropósito de tintes delictivos y un insulto a la inteligencia, que sin embargo los políticos de todos los partidos dan por bueno siempre que en lugar de un utilitario con cambio automático se trate de una película que ataque virulentamente las creencias de más de la mitad de los resignados contribuyentes.

No deja claro el gran Lasalle cuál es la solución que propone el Neopepé para arreglar "el problema" del cine español, pero a tenor de la trayectoria reciente del partido, suponemos que consistirá en darle aún más dinero a la casta de mediocres subvencionados que viven del cuento cinematográfico, con la única condición de que en vez de tocarse la ceja durante la campaña electoral de 2012 se pongan una barba postiza en honor de Rajoy y aparquen momentáneamente el famoso cordón sanitario.

En cambio, la mayor parte de los votantes del PP seguramente preferirían que el responsable de cultura del partido hiciera gala de una mayor contundencia en sentido contrario. Con que tratara a los cineastas españoles como hizo con su compañera María San Gil sería suficiente.

Greenspan sí causó esta crisis

Básicamente, existen dos teorías para explicar la burbuja financiera que sufrieron los mercados internacionales entre 2002 y 2006. Una, la explicación de la escuela austriaca, sostiene que la Reserva Federal (y el resto de bancos centrales del mundo) manipularon artificialmente los tipos de interés a la baja (en Estados Unidos estuvieron durante un año al 1%), de modo que se invirtieron muchos más recursos de los que había disponibles merced al ahorro real. Así, se iniciaron muchas más inversiones de las que eran rentables y la cosa terminó explotando a finales de 2006.

La otra explicación, blandida especialmente por los altos cargos de la Reserva Federal –como el actual presidente Ben Bernanke o el propio Alan Greenspan– es que durante ese período se produjo un "exceso de ahorro" (savings glut) por parte de las economías asiáticas que se dirigió especialmente hacia Estados Unidos. Dado que había "demasiado ahorro" y "demasiadas pocas inversiones de bajo riesgo", ese exceso de ahorro, buscando una cada vez más escasa rentabilidad, tendió a dirigirse hacia proyectos crecientemente arriesgados.

A la Reserva Federal le interesa poderosamente escudarse en esta última explicación por motivos obvios. En caso contrario, Alan Greenspan y Ben Bernanke serían dos de los principales responsables de la crítica situación actual.

En su artículo en el Wall Street Journal, Greenspan afirma que los tipos de interés que fija la Reserva Federal no están relacionados con los tipos hipotecarios y, por consiguiente, no pudieron influir en la orgía crediticia. ¿Y por qué según Alan Greenspan ambos tipos de interés están desconectados? Por dos razones: la primera, que las tasas de la Fed son generalmente a un día (overnight) mientras que las hipotecas se prestan por largos plazos (15 o 30 años); el segundo, que cuando la Reserva Federal comenzó a incrementar sus tipos de interés a mediados de 2004, los tipos de interés de las hipotecas y de la deuda a largo plazo, en lugar de aumentar en consonancia se redujeron.

Probablemente Greenspan sólo esté intentando marear la perdiz para conservar parte del prestigio que injustamente amasó durante su etapa al frente de la Fed. Dudo mucho que el ex presidente de la Reserva Federal no conozca cómo funcionan los mercados crediticios y, por tanto, ignore las críticas que voy a efectuar a sus pueriles razonamientos.

Primero, aunque los tipos de interés de la Reserva Federal sean a un día, el negocio bancario actual consiste, desgraciadamente, en endeudarse a corto plazo para invertir a largo. Dicho de otra forma, los bancos refinancian continuamente sus deudas a corto plazo a través del banco central (y el mercado interbancario que se desarrolla en su entorno) e invierten en activos que maduran a largo plazo (por ejemplo, hipotecas). De esta manera, si la Fed baja sus tipos a corto plazo, la oferta de fondos prestables a largo plazo se incrementa y, por tanto, el tipo de las hipotecas decrece en consonancia. Y ello por no hablar del número de hipotecas que se concedieron referenciadas a esos tipos de interés a corto plazo (por ejemplo, el Euribor o el Libor en Estados Unidos), esto es, de las hipotecas a tipo variable.

El segundo argumento, de bastante más enjundia, ya alcanzó cierta celebridad en 2005 bajo el nombre del "conundrum de Greenspan". En pocas palabras, pese a que la Fed aumentó los tipos a corto plazo desde mediados de 2004, los tipos a largo plazo no descendieron. El ex presidente de la Fed consideró esto un conundrum, algo así como un enigma sin solución.

Lo cierto es que en este punto no cabe responsabilizar sólo a la Fed, sino a otro organismo público, la SEC (la CNMV de Estados Unidos). En 2004, concedió una exención a cinco entidades bancarias para poder multiplicar por tres su grado de apalancamiento. Es decir, aunque la Reserva Federal comenzó tímidamente a aumentar los tipos, la oferta de fondos prestables a largo plazo siguió disparándose. ¿Se imagina qué cinco entidades fueron las beneficiarias de ese privilegio de la SEC? Bear Stearns, Lehman Brothers, Merrill Lynch, Goldman Sachs y Morgan Stanley, es decir, los cinco mayores bancos de inversión de Estados Unidos que han terminado quebrando o reconvirtiéndose. Pero además, aunque la Fed restringiera su oferta de crédito desde mediados de 2004, el Banco Central Europeo o el Banco de Japón no hicieron lo mismo hasta más tarde, de modo las entidades europeas y japonesas tenían poderosos incentivos por participar en la burbuja inmobiliaria que Greenspan había desatado dos años antes.

Mucho me temo que la credibilidad de El Maestro no sobrevivirá a la presente crisis (al igual que la de otros muchos economistas monetaristas), pero en su descargo hay que decir que Greenspan probablemente sí sabía qué estaba haciendo durante su gestión. Al fin y al cabo, se conocía bastante bien la teoría austriaca del ciclo económico. Su problema no fue tanto de ignorancia –como le sucede a Bernanke– cuanto de maldad y oportunismo.Aunque no sé si eso le deja en mejor o peor posición.

¿Y si sólo están empeorando la crisis?

Hace casi dos años que empezaron las famosas inyecciones de liquidez al sistema. Medidas a corto plazo para aliviar el mercado interbancario que, con el tiempo, se convirtieron en intervenciones rutinarias a largo plazo. A la vista está que tales acciones sólo sirvieron para alimentar a los periodistas que escribieran sobre ellas. La repercusión en la economía fue nula. El efecto sicológico no duraba ni 48 horas en las bolsas internacionales.

¿Y si estas políticas no hubieran hecho más que restar recursos del futuro para inyectarlos en el presente con un único propósito propagandístico, hasta el punto de que los propios burócratas ya dudan sobre sus efectos? Este dinero y estos créditos los vamos a tener que pagar en el futuro porque no son fruto del ahorro, sino de una imprenta que crea medios de pago virtuales y emite dinero que no existe. Estos activos e inyecciones son futura inflación.

Si inundar el mercado con fondos nacidos de la nada es la solución a todas las crisis, ¿por qué las principales bolsas han bajado alrededor de un 60% desde la debacle subprime? ¿Por qué el desempleo se acelera en todas partes? ¿Por qué sigue bajando el PIB? ¿Por qué continúan quebrando tantas empresas sin atisbos de mejora a corto, medio o largo plazo?

¿Cómo la regulación puede ser la solución a la crisis, si las principales entidades quebradas, como Freddie Mac o Fannie Mae, estaban avaladas por el Gobierno y tenían varios supervisores como la OFHEO, la HUD, la FHFA o la SEC?

¿Cómo puede el Estado inventar un nuevo sistema duradero y eficiente si la banca de inversión, principal actor de esta crisis, nació en un despacho del Gobierno americano con Roosevelt como planificador?

¿Cómo van a ser los bancos centrales los responsables de la "estabilidad de precios", cuando han sido ellos los principales impulsores del dinero barato que sólo ha generado falsas ilusiones de riqueza, mala inversión y un posterior cataclismo? ¿Es que acaso ahora la inflación crediticia crea empleo, riqueza y prosperidad? No, la inflación crediticia —nada que ver con el clásico IPC— es la continua pérdida de poder adquisitivo.

¿Qué ocurrirá cuando el Gobierno necesite cobrarse estas ayudas aumentando impuestos? Más gasto gubernamental es igual a más impuestos mañana o, si el Gobierno decide financiarlo con deuda, más impuestos para nuestros hijos, lo que aún es peor: están arruinando nuestro futuro.

Si la solución a todo son más subvenciones estatales, más subsidio de desempleo, más rescates, más ayudas del Gobierno a empresas y particulares y, en definitiva, más Estado; ¿por qué es necesario trabajar? Que nos mantenga el sector público para siempre y no sólo durante las épocas de crisis.

Si el Gobierno se dedica a premiar a las malas compañías con dinero proveniente de los impuestos, ¿qué evita que el incentivo de toda empresa sea tener el peor balance posible para recibir más dinero del erario público, es decir, de usted? ¿No penalizará este intervencionismo a las buenas empresas, arrinconando así al excelente para gratificar al mediocre?

¿Quiere que los bancos, constructoras, compañías de automóviles y alimentos… funcionen como el sector del cine que menosprecia a su cliente natural (el espectador) para vivir exclusivamente de la teta estatal con un producto que nadie quiere ni está dispuesto a pagar de forma directa?

¿De verdad cree que toda esta calamidad económica se ha debido al capitalismo cuando eran los Estados y los políticos quienes dirigían la orquesta?

Lecciones de las telecos a la alimentación

Es paradigmático el caso de Mercadona, que recientemente ha anunciado la exclusión de sus supermercados de un gran número de estas referencias.

En un mercado libre, los afectados no perderían el tiempo discutiendo sobre derechos de usuarios y defensa de la libre competencia, y se dedicarían a innovar en cómo llegar al cliente o mejorar su producto para que se siguiera comprando. Pero, claro, en España no hay nada de eso y sí un Estado con poder para decidir de qué forma se utiliza la propiedad de otras personas.

Así que, bajo los auspicios de Promarca, algunas de estas empresas han optado por el discursito lastimero de reclamar la libre competencia y, sobre todo, "el derecho fundamental del consumidor a elegir libremente". Como si no lo tuviera. Malo cuando alguna empresa se dedica a proteger tanto al ciudadano. Más pistas: en opinión de Premarca "las marcas propias de los distribuidores y las de los fabricantes deberían vivir en los puntos de venta en condiciones de libre competencia".

Ya se están estableciendo los cimientos para pedir al Gobierno algún tipo de intervención, que obligue a los canales de distribución a reservar espacio para estos fabricantes. Y como no siempre uno quiere ser crítico, hoy les brindo gratuitamente mi consejo, basado en la valiosa experiencia que ofrece el sector de telecomunicaciones, y que seguro les podrá servir de guía para conseguir estos objetivos.

Lo primero es conseguir que se declare a todas las grandes superficies como dominantes o con poder de mercado. Poco importa que haya montones de agentes compitiendo en la venta minorista, incluyendo muchas pequeñas tiendas. Seguro que alguna autoridad de competencia, nacional o regional, está abierta a encontrar a todas conjuntamente con posición dominante. O, al menos, a la que le interese a Promarca.

Una vez hecho esto, lo siguiente es hacer valer el recién definido derecho fundamental de la libre elección. Para llevarlo a cabo, habrá que expropiar parte de la superficie y de las estanterías a sus dueños, de forma que se puedan dedicarlos a productos alternativos. Ya, a lo mejor no los quiere el consumidor, pero por lo menos los podrá elegir. Como expropiación suena un poco feo, mejor le llamaremos derecho de acceso a las infraestructuras del hipermercado.

Como el supermercado es dominante, fijaría precios abusivos –no cabe duda– por el arriendo de estas estanterías. Es mejor anticiparse y pedir a la autoridad que regule los precios de este alquiler con orientación a costes, para lo cual se le puede imponer la adecuada obligación contable, que también sale baratita.

Claro que, con esos precios tan ventajosos, puede haber muchos fabricantes que quieran meter sus productos en las estanterías. Así que es necesario que el supermercado no pueda discriminar entre fabricantes, ni siquiera con respecto a sus propios productos. De este modo se previene otra posible tentación, cual sería la de dejar los mejores sitios para la marca blanca. ¿Cómo va a poder alguien utilizar su propiedad para promocionar sus productos?

Y con la providencial asistencia de la autoridad, los fabricantes conseguirán tener su espacio en los supermercados; espacio para unos productos que los clientes no quieren (si los quisieran, ¿qué supermercado no los vendería?), y que, por tanto, resultarán ruinosos para el supermercado. Igual esto lleva a que nadie vuelva a poner supermercados y a que disminuya la calidad de los existentes. Todo será por el derecho fundamental de los consumidores a elegir.

Ánimo, señores de Premarca, la regulación de las telecos es su hoja de ruta.

Los errores de Sala-i-Martin sobre el oro

En cierta medida, una crisis económica implica también una crisis de esa sabiduría convencional (todos los agentes económicos actuaban dentro de unos patrones que han degenerado en errores colectivos), por lo que no suele estar de más poner en cuarentena ciertos supuestos avances teóricos que más bien podrían ser degeneraciones generalmente aceptadas de auténticos avances anteriores.

En su grupo de Facebook, Sala-i-Martin ha colgado una crítica al patrón oro como sistema monetario. Aunque recurre a numerosos argumentos auxiliares, algunos más acertados que otros, su tesis básicamente podría resumirse en dos puntos: 1) la tecnología y las finanzas han vuelto al oro obsoleto; 2) el oro es un mal sistema de regulación de la política monetaria y fiscal.

Analicémoslos con mayor detalle.

La obsolescencia del oro

Según Sala-i-Martin, utilizar el oro como medio de cambio –tal y como, en su opinión, defienden los economistas austriacos– pudo tener cierta lógica durante los últimos 5.000 años, pero hoy el dinero electrónico permite hacer transacciones con más rapidez.

De entrada, el economista catalán recurre a una cierta deformación de las ideas ajenas, en particular de las austriacas. Puede que la teoría monetaria sea uno de los ámbitos en que los que se consideran austriacos más hayan escrito… y discrepado. Sin embargo, no creo que ninguno de ellos pretenda que todas las transacciones de una economía se lleven a cabo mediante monedas de oro. En esencia, porque esto jamás ha ocurrido en una sociedad relativamente moderna, en las que el billete y el depósito bancario sustituyeron bien pronto al metal amarillo como medio de cambio.

Lo que los austriacos proponen es que los medios de cambio sean convertibles en oro; es decir, que yo pueda acudir a la ventanilla de un banco y exigir una cantidad fija del mismo. Ahora bien, que todos los pasivos bancarios sean convertibles en oro no significa que haya que limitar la emisión de billetes a la afluencia de más oro (como ingenuamente exigía la Peel Act) para restringir rígidamente la oferta monetaria. Es un elemento de disciplina microeconómico frente a las expansiones crediticias descontroladas.

Y es que, como dice acertadamente Sala-i-Martin, el oro sería un medio de cambio bastante malo. Como él mismo destaca, ni siquiera el papel moneda es hoy un buen medio de cambio; prácticamente la totalidad de las transacciones se efectúan a través de una cámara de compensación, en las que, por ejemplo, yo pago mis deudas con mis créditos frente a otros agentes económicos. En las cámaras de compensación de todo el mundo se efectúan a diario intercambios por valor de billones de dólares sin que se mueva casi ningún billete.

Ahora bien, las cámaras de compensación son sólo medios de cambio: no me permiten conservar mi valor a lo largo del tiempo. Dicho de otra manera, el importe de los créditos y de las deudas de igual vencimiento nunca coinciden en una sociedad; tras liquidar unos y otros, queda un saldo neto (de pequeña cuantía) que sólo puede liquidarse con dinero. ¿Qué función cumple ahí el dinero? Trasladar mi consumo al futuro: dado que he aportado más valor a la sociedad (créditos) del que quiero retirar (deudas), el neto me lo guardo para orientar las líneas productivas futuras y consumir algo que sí encaja con mis preferencias (de ahí que el dinero vuelva a su tenedor soberano en el mercado).

Y aquí entramos en la función esencial del dinero, la de depósito de valor. Sala-i-Martin cree que el dinero (sea cual sea) es un mal depósito de valor, ya que el individuo puede ahorrar en activos alternativos, como los bonos, las acciones o la vivienda, que no sólo conservan el valor a largo plazo, sino que lo incrementan. Pero aquí el profesor confunde la inversión con el atesoramiento. El atesoramiento de dinero (la tesorería de las empresas o las cuentas corrientes de las familias) sirve para mantener una posición de liquidez a lo largo del tiempo; la inversión, para incrementar el capital a lo largo del tiempo, pero a costa de empeorar la posición de liquidez.

Simplemente, si tengo el dinero en caja para hacer frente a cualquier contingencia, no puedo tenerlo a la vez inmovilizado en activos que maduran a largo plazo. De hecho, esta confusión entre el vencimiento de los activos y los pasivos (lo que, en definitiva, se ha traducido en un deterioro de las posiciones de liquidez de casi toda la sociedad) es la causa de la crisis actual, que nuestro patrón de dinero fiduciario no ha hecho sino agravar.

Mal regulador de la política monetaria y fiscal

Con todo, la crítica esencial que hace Sala-i-Martin al oro es que su cantidad es arbitraria: "Nadie ha demostrado que la cantidad óptima de dinero en la economía es la cantidad de oro que resulta que existe en el planeta tierra". Aquí vuelve a confundir las funciones del dinero como depósito de valor y como medio de cambio.

En cuanto a lo primero, la cantidad absoluta de dinero en una economía es en buena medida irrelevante. Al fin y al cabo, siempre que un bien económico sea muy fraccionable (y el oro lo es), una menor cantidad de dinero siempre será susceptible de atesorar una mayor suma de valor. La propiedad que sí debe cumplir un buen depósito es que su valor sea estable, y para ello lo significativo es que su disponibilidad no sufra grandes alteraciones con el paso de los años. Y el oro también cumple esta propiedad: todo el que se ha extraído en la historia de la humanidad sigue estando sobre la faz de la tierra; por tanto, su tasa de variación anual es lo suficientemente baja (en torno al 1,5%) como para no sufrir oscilaciones súbitas.

Otra cuestión es que la cantidad de dinero sea irrelevante para cumplir su función como medio de cambio, que no lo es. En efecto, el dinero ha de facilitar los intercambios, por eso su cantidad debe ser elástica, para adaptarse, como decían en el s. XIX, a "las necesidades del comercio". Este es un punto donde admito que sí existe cierta cerrilidad en algunos economistas austriacos, que se empeñan en que la cantidad de medios de pago en la economía esté limitada por la cantidad de oro. No es una postura unánime, ni mucho menos, pero es comprensible que Sala-i-Martin identifique hoy esa idea con la escuela austriaca (pese a ir contra las ideas monetarias de su fundador, Carl Menger, y de uno de sus más importantes representantes, Friedrich Hayek).

Pero ya he comentado antes que no es necesario guardar un 100% de oro para garantizar la convertibilidad de los billetes y de los depósitos bancarios a la vista que sirven como medios de cambio (mucho menos aún en el caso de las cámaras de compensación). Basta con que los banqueros privados se limiten a incrementar sus pasivos a la vista en función de activos muy líquidos, como pueden ser las letras de cambio de calidad (libradas contra bienes muy altamente demandados, que van a venderse con total certeza en el mercado). Y aquí sí disponemos de una enorme literatura que, si bien no es propiamente austriaca, sí tiene enormes conexiones con ella: la escuela bancaria inglesia (James Tooke, John Fullarton y, en su órbita, Henry Dunning Macleod), la primera escuela de Chicago (Laurence Laughlin y Henry Parker Willis y, en su órbita, William Scott y Benjamin Anderson) y la escuela monetaria alemana (Heinrich Rittershausen, Ulrich von Beckerath y Walter Zander).

Por supuesto, el descuento de letras de cambio de calidad (y otros créditos a corto plazo) no proporciona una regla perfecta que garantice un incremento no inflacionario del dinero, ya que la oferta monetaria pasa a depender del buen juicio y la honradez del banquero privado, de que sólo descuente las letras de cambio de calidad con origen comercial; pero sí es una regla mucho más segura que la monetización de casi todo tipo de activos, tal y como hace hoy la Reserva Federal y los demás bancos centrales. Lo que propone Sala-i-Martin no es que la cantidad de dinero en la economía se gestione con reglas monetarias científicas (como abiertamente declara), sino que casi todos los bienes sean descontables según las circunstancias. Es decir, no propone otra cosa que aplicar al s. XXI el sistema monetario de John Law, para quien todos los bienes en una economía eran igualmente líquidos, y contra los cuales (en especial contra las tierras) podían emitirse medios de pago. No hace falta recordar cómo terminó aquello.

Por último, Sala-i-Martin considera que el patrón oro es un mal mecanismo para conducir la política fiscal, esto es, para restringir los déficits públicos de los Gobierno: "Creer que el patrón oro impide que el Gobierno imprima dinero es ¡no conocer al Gobierno!", dice. Aquí habría mucho que decir, pero en lo esencial tiene razón: no puede existir un sistema monetario público estable si su propietario y garante último, el Estado, es fiscalmente irresponsable. Y esto no sólo sucede con patrón oro, también y especialmente con un sistema fiduciario.

Aun así, la diferencia entre ambos sistemas sigue siendo notable. Bajo el patrón oro, el Gobierno no sólo posee la opción de autorrestringirse a la hora de incurrir en déficit (como sucede hoy con tantos pactos de estabilidad, crecimiento o déficit cero), sino que si quiere endeudarse masivamente tiene que suspender la convertibilidad con el oro y captar unos volúmenes de ahorro que no son tan elevados como con el dinero fiduciario (ya que es mucho más complicado para los bancos endeudarse a corto para adquirir deuda pública). En todo caso, la dependencia del sistema monetario centralizado del Gobierno no es tanto un argumento a favor de un patrón oro centralizado o de un dinero fiduciario centralizado como de la banca libre, que muy previsiblemente tomaría como base el oro.

En definitiva, las críticas de Sala-i-Martin al patrón oro son sólo caricaturas de una teoría monetaria que ya las había analizado y refutado hace 150 años. Pero, tal y como él mismo señala con sorna, será que los austriacos no creemos en la teoría económica…

Por un ADSL más barato

Los ecologistas son especialistas en eso. ¿Quién no va a querer árboles más verdes, aire más respirable, menos contaminación? El problema es que jamás se detienen a explicarte qué nos va a costar todo eso. Y en ese ámbito, como en tantos otros, funciona la ley de rendimientos decrecientes: sale relativamente barato dejar de tener nieblas artificiales como la de Londres, creadas por la polución, pero rebajar los pesticidas de un microgramo por litro de agua a un nanogramo puede resultar astronómicamente caro, además de inútil para nuestra salud y nuestro bienestar.

Con esa lupa hay que examinar la campaña "Por un ADSL más barato". Evidentemente, estoy a favor de los objetivos, ¡cómo no estarlo! Aunque sólo fuera por el interés egoísta de tener una población de internautas más amplia y, por tanto, más lectores potenciales de Libertad Digital, nada podría gustarme más que una rebaja en el precio del ADSL que supondría, cabe esperar, una mayor demanda. Tampoco tengo ninguna objeción a un aumento de las velocidades de subida y bajada, pese a que por supuesto no las piense utilizar con el eMule, porque como bien saben quienes vieron en su día Conectados, ni Fabián C. Barrio ni yo empleamos jamás esas cosas. Y eso sin hablar del dinero que me ahorraría.

Pero cuando llegamos al apartado de la "brecha digital", ya empieza uno a mosquearse. En España cuando se menciona este concepto se refiere a la diferencia de acceso a la banda ancha entre el campo y la ciudad. Es inevitable con las tecnologías actuales que sea más caro conectarse en las zonas rurales, más dispersas, donde en ocasiones hay que tirar kilómetros de cable para llegar a un puñado de casas. Para evitar que eso supusiera un coste prohibitivo para los consumidores rurales, piden que el fondo para garantizar el acceso telefónico a todos los españoles que pagan las operadoras, y que por tanto sale de lo que nos cobran a los consumidores de ciudad, se amplíe para garantizar el acceso en banda ancha de los consumidores rurales.

Francamente, si a mí no me pagan la gasolina para llegar al trabajo ni el elevado precio de los pisos no sé por qué debo pagarles el ADSL ni, ya que estamos, la ayudas al campo de la UE. Pero aunque se pudieran calcular todos los subsidios cruzados y fueran ellos quienes nos están subvencionando a nosotros, la solución sería eliminar todos esos pagos, no aumentarlos.

Y una vez abierta la desconfianza, pues claro, habrá que sospechar también de cómo se pretende conseguir esa reducción de precio y mejora de velocidad del ADSL. ¿Aumentando la competencia? ¿Incrementando los incentivos de invertir en redes a esas empresas que no ofrecen nada más que revender las infraestructuras de Telefónica? Permítanme dudarlo. Seguramente lo que pretendan es que la CMT regule los precios y la oferta minorista de Telefónica, perdón, Movistar ADSL. El problema práctico es que esto es comida para hoy y hambre para mañana. Las empresas invierten porque esperan obtener beneficios. Pero si temen que les va a pisar la bota regulatoria, ¿para qué mejorar el servicio?

Como recordaba recientemente Fernando Herrera, el regulador modelo de todos los reguladores europeos, el británico Ofcom, después de un cuarto de siglo de obligar a BT a someterse a condiciones cada vez más draconianas, ahora estaría considerando la posibilidad de volver a nacionalizarla. Ya saben, aquello de esperar más de un año para que te instalen la línea. ¿O es que no se acuerdan de aquello? Se ve que no, porque siempre hay quien está dispuesto a volver a estatalizar empresas, aunque sea mediante una lenta asfixia.

¿Qué hacía Clinton en Pekín?

Tras visitar varios países en Asia y Oriente Medio, los titulares se han centrado en temas geopolíticos de mucha relevancia, tales como el conflicto entre Israel y Palestina, la guerra de Irak y Afganistán o la amenaza de un Irán nuclear.

Sin embargo, entre la avalancha de informaciones, destaca una a nivel económico cuyo resultado marcará, en gran medida, el futuro de la economía estadounidense y, por ende, del propio sistema monetario internacional vigente. ¿Qué hizo Clinton en Pekín? La respuesta a esta pregunta es clave. La secretaria de Estado viajó al gigante asiático con la misión de recaudar dinero. En concreto, instó a las autoridades chinas a seguir comprando bonos del Tesoro de Estados Unidos para apoyar al presidente Obama en su suicida política de rescates públicos, tanto a nivel financiero como económico.

El régimen de Beijing tiene la sartén por el mango. China es el principal tenedor de bonos estadounidenses del mundo. Tan sólo en 2008, incrementó sus compras de deuda pública un 46%, hasta alcanzar una cifra récord de 696.000 millones de dólares. En total, dispone de unas reservas próximas a los dos billones de dólares, casi el 29% de las existencias a nivel mundial. Sin embargo, la profunda crisis que atraviesa la economía norteamericana insta a la prudencia. Es decir, a diversificar activos e inversiones en otro tipo de divisas, más allá del billete verde.

El problema es que el Gobierno de Washington se enfrenta a la mayor necesidad de financiación exterior de su historia, unos 2,5 billones de dólares tan sólo en 2009 (y en aumento) con el fin de rescatar a su sistema financiero de la quiebra. De hecho, las ayudas aprobadas hasta el momento están debilitando a marchas forzadas la solvencia misma del Fondo de Garantía de Depósitos (FDIC) y de la propia Reserva Federal (FED), de cuya solidez depende, en última instancia, la estabilidad del dólar. Pese a ello, Obama y su equipo económico han depositado toda su confianza en el incremento exponencial de la deuda pública a fin de sostener un edificio que hace aguas.

Algunos de los cálculos que circulan por el mercado estiman que, como mínimo, China tendría que adquirir el mismo volumen de deuda estadounidense que el pasado año para que el Tesoro pueda colocar sus bonos. Sin embargo, su emisión masiva y la profunda recesión que vive la primera potencia mundial se están materializando ya en un creciente riesgo de impago (default). Los seguros que cubren las letras del Tesoro de Estados Unidos cotizan a día de hoy con una prima de riesgo cercana a los 100 puntos, casi 10 veces más que a principios de 2008. Señal inequívoca de que el coste de la financiación del Estado se encarecerá a corto plazo. Por el momento, la rentabilidad de los bonos del Tesoro a 10 años ha escalado desde el 0,44% hasta el 2,65% en lo que va de año.

Y ello, sin contar con que tales planes de estímulo y rescate no lograrán, en ningún caso, reactivar la economía del país. Más bien todo lo contrario. El descontrol del gasto gubernamental tan sólo servirá para perpetuar las malas inversiones acometidas durante los años de expansión crediticia y para disparar un déficit público récord que irá en aumento. De seguir por esta senda, al igual que sucedió con Japón durante los 90, la ansiada recuperación se retrasará durante años.

Ante tal situación, la reacción de Pekín no se ha hecho esperar. Las autoridades chinas reclaman, tanto a Europa como a Estados Unidos, que garanticen el valor de sus inversiones en el exterior. "Esperamos que los países cuyas monedas son los principales activos de nuestra reservas internacionales adopten medidas eficaces para hacer frente a la crisis financiera", según advirtió recientemente Shangpu Fang, subdirector de la Administración Estatal de Divisas del Gobierno chino. "Deben trabajar para mantener la estabilidad económica y financiera y para proteger los intereses y la confianza de los inversores".

Toque de atención nada desdeñable, sobre todo, si se tiene en cuenta que Beijing aspira a convertir el yuan en una moneda de referencia y reserva internacional, en línea con el dólar. En Rusia y los países del Golfo sucede, curiosamente, algo similar. El monopolio que ha vivido el dólar durante los últimos 40 años está en entredicho. Las bases del actual sistema monetario se tambalean y su caída pintará un escenario totalmente nuevo. Si algo está claro es que nada será igual tras esta crisis. De seguir así, Bye, bye dólar, hello ¿…?

¡Que vienen los negacionistas!

La pieza en cuestión se llama "Cumbre mundial de negacionistas". Pero no de una reunión de lo que conocemos por "negacionistas", es decir, de quienes niegan el Holocausto, sino de una gente que no tiene nada que ver, y que se ha reunido para hablar… ¡del tiempo! Defraudar al lector ya desde el titular, ¿merecerá milagrosa intervención?

Si se pregunta por qué da el redactor de El País ese salto semántico tan espectacular, tiene la respuesta en la propia noticia: el término "les molesta". Periodismo de calidad, pero en tiempos de crisis. Se refiere la información a la convención que ha convocado el Heartland Institute en Nueva York y que convoca a los principales autores escépticos con el tratamiento que se está haciendo desde Naciones Unidas del calentamiento global. El mensaje oficial es que 1) Hay un calentamiento de dimensiones catastróficas e inminentes, 2) El causante de ese calentamiento es el hombre, y 3) La solución de ese problema, que es el más acuciante a que se enfrenta la humanidad, es política, es decir, que pasa por que los políticos nos impongan o prohíban ciertos comportamientos. De otro modo, nos iremos al infierno climático.

Piense el lector lo que quiera, pero que sepa que hay expertos de primera fila que no coinciden con uno o varios de los pilares del mensaje oficial. La disensión, el libre examen de las proposiciones ajenas, el debate, son propios de la ciencia. Estigmatizar al contrario, sustituir el pensamiento con términos que se consideran difamantes ("les molesta"), ni siquiera se asemeja a la concepción más cutre de lo que debiera ser la ciencia. Se parece más a la religión o a la política. O al mal periodismo.

Dos no debaten si uno no quiere, eso está claro. Al Gore, sacerdote del oficialismo climático, ya le ha dicho a Bjorn que no está dispuesto a debatir con él. No es de extrañar. No es la ciencia, con sus incómodas servidumbres, lo que le interesa a Gore. Pero la parte de la ciencia que se muestra escéptica con el mensaje oficial es cada vez más importante, y será cada vez más difícil desconocerla. La ciencia y el hombre serán los principales beneficiados.

¿Llegó a haber una crisis climática? Comienza la reunión de los escépticos

El encuentro, más conocido como la cumbre de los escépticos, será abierta por el presidente de turno de la Unión Europea y presidente de la República Checa, Vaclav Klaus. Hasta hace pocos días estaba previsto que fuera José María Aznar quien pronunciara el discurso de apertura, pero el ex presidente ha cancelado su participación para regocijo de quienes en el Partido Popular no se despegan de la calculadora del voto ni cuándo van al aseo.

Unos dicen que Aznar no llegó nunca a confirmar su participación, otro piensan que no supo o no quiso atarse al mástil del barco que lleva sus actuales convicciones y los peor pensados, que finalmente pesó demasiado la losa de la contradicción en quien metiera a España en el atolladero de Kyoto tras una pésima negociación. En cualquier caso, la cabeza de cartel ha ganado en relevancia con su renuncia.

Cerca de mil asistentes, entre los que destacan prestigiosos académicos, discutirán durante tres días los últimos avances científicos y las consecuencias de las medidas políticas relacionadas con el Protocolo de Kyoto así como las alternativas, menos costosas y más efectivas, que el movimiento radical ecologista sigue negándose a discutir.

Escepticismo y desarrollo económico

Entre los ponentes los hay que piensan que a lo largo de este siglo veremos un ligero (no catastrófico) calentamiento y los hay que no. Hay quienes creen que deben emprenderse programas de plantación de bosques jóvenes o invertir en el desarrollo de filtros de carbono o aumentar el peso de la energía nuclear, y hay quienes piensan que la obsesión climática pasará con dejar correr un poco más de tiempo y que más vale gastar los recursos en problemas realmente urgentes. Lo que une a todos es el escepticismo ante toda teoría que no sea científicamente irrefutable y las ganas de compatibilizar cualquier tipo de medida con la libertad y el desarrollo económico.

Algunos de los máximos representantes de las devaluadas tesis catastrofistas también han sido invitados. Es el caso del ex vicepresidente de los EEUU, Al Gore, el conocido científico de la NASA, James Hansen, o el inventor de la teoría del “palo de jockey” según la cual el calentamiento del siglo pasado no tenía parangón en la historia, Michael Mann. Desafortunadamente, todos han rechazado la invitación.

La presencia entre los ponentes de prestigiosos científicos como Richard Lindzen, William Gray, Willie Soon, Roy Spencer, Patrick Michaels, Joseph Shaviv y un largo etcétera, vuelve a desmentir, para quien todavía tenga el más mínimo espíritu crítico, la noción de consenso mundial en torno al catastrófico calentamiento global provocado por la actividad de los seres humanos (especialmente si se produce en un entorno de libre mercado).

Por otro lado, la cumbre se produce en un momento en el que el escepticismo comienza a ganar terreno tras una década de creciente dominio de las tesis que defiende el ecologismo radical. Las causas de este avance pueden encontrarse fundamentalmente en dos hechos muy relevantes: En primer lugar, la crisis económica parece haber dirigido las reflexiones de la ciudadanía hacia los problemas reales (sobre los que hay certidumbre) y con efectos inminentes.

En segundo lugar, y quizá más importante aún, la temperatura global del planeta lleva sin calentarse desde comienzos de este siglo. Así es que la economía y el clima parecen haberse juntado para dar la espalda a las tesis del radicalismo ecologista.

En efecto, la crisis económica está jugando un papel importante en el debate sobre las políticas climáticas. Kyoto es un programa de racionamiento de CO2 que implica un coste gigantesco de cientos de miles de millones de dólares y un beneficio mínimo de 0,07 grados centígrados de reducción de la temperatura global para 2050 frente a la que habría en ausencia de medidas. Con la que está cayendo la cosa no está como para despilfarrar cuantiosos recursos en medidas que no producen ningún tipo de beneficio climático apreciable.

Borrachera colectiva

Ese tipo de políticas alocadas son propias de épocas de borrachera colectiva inducida por dinero abundante y barato y ahora estamos en tiempo de resaca. Además, el método de racionamiento de emisiones, que en época de bonanza requería inducir una crisis económica y suponía de hecho, aún con escaso cumplimiento, ralentización del crecimiento, elevación de la factura de la luz, deslocalización industrial y un grave perjuicio a los países más pobres, ahora se asemejaría más a un Harakiri aquí y constituiría una tremenda inmoralidad en los países en desarrollo.

Una prueba de esto es que ha hecho falta una de las mayores crisis de la historia para que España deje de alejarse de los compromisos hechos en Kyoto. Así que debido a todas estas circunstancias la cumbre europea de diciembre acabó desvirtuando el compromiso posterior a 2012, año en el que concluye el Protocolo de Kyoto.

Angela Merkel, la otrora “princesa de Kyoto”, reventó el modelo de Kyoto al negarse a hacer pasar a su país por la reconversión industrial y la deslocalización que la prolongación del racionamiento actual exigiría a Alemania, ahora que ya ha agotado el colchón del excedente de derechos de emisión producido por el cierre de las industrias de la antigua Alemania Democrática (la comunista).

Por el otro lado, la evidencia de que, en contra de la previsión de los modelos utilizados por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de Naciones Unidas, el calentamiento se ha detenido desde el comienzo de este siglo de acuerdo con las mediciones que realiza el Instituto Goddard de la NASA, hace que el catastrofismo suene cada vez más a chiste.

Este parón no significa, por supuesto, que no podamos volver a experimentar un calentamiento global en los próximos años. Pero muestra la pobreza del instrumental teórico de quienes se empeñan en meter miedo sin argumento y exigir medidas políticas propias de países sin garantías de libertades.

Verdad incómoda

Esta incómoda verdad ha hecho que la prensa empiece a hacerse eco de importantes estudios científicos que ponen en cuestión las tesis más alarmistas. El último caso ha sido el de un equipo de cinco de los más reconocidos científicos japoneses que han realizado un estudio que presentarán al gobierno nipón. En él aseguran que el calentamiento que vivimos el siglo pasado no fue especialmente anómalo y que el hombre no fue su principal causa.

Aseguran también que en estos momentos el calentamiento se ha detenido, que los modelos climáticos usados para la predicción por Naciones Unidas son extremadamente inmaduros, que la tesis del futuro crecimiento continuado de las temperaturas es una hipótesis improbable y que la perspectiva de un gran desastre climático es descartable a efectos prácticos.

De todas estas cuestiones y de muchas más se debatirá abiertamente a partir de este domingo en Nueva York en una conferencia internacional que por mucho que le pese al movimiento ecologista, se financia gracias a las entradas que pagan los asistentes y no metiendo la zarpa en la cartera del contribuyente -como hacen ellos en las cumbres de Naciones Unidas- ni con cargo a la cuenta corriente de ninguna multinacional.

El principal organizador es el Instituto Heartland (dedicado a dar soluciones de libre mercado a los problemas económicos y sociales) y cuenta con cincuenta co-organizadores entre los que se encuentra el Instituto Juan de Mariana.