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Y Atlas se rebeló

Si le suenan oscuras estas palabras, es que todavía no ha pasado por las 1.100 páginas de la novela de Ayn Rand, una falta quizás explicable, pero que deberá remediar en cuanto pueda.

Se iba a llamar “la huelga”, por la que protagonizan en la obra aquellas personas que se aman a sí mismas y lo que hacen; lo suficiente como para sentir orgullo por el resultado de su trabajo. En consecuencia, no permiten que los demás se lo arrebaten ni consentirían vivir con el fruto ajeno. No se han dejado arrastrar por el éxito de que hablaba: el de las ideas colectivistas, socialistas, que impregnan la mayor parte de la sociedad, y que en la novela llevan, inexorablemente, a una crisis social sin precedentes, mucho mayor que la que estamos viviendo ahora. O quizá no, porque a medida que se profundiza esta crisis económica, la sociedad se vuelve más abyecta y genuflexa ante los mensajes del poder, y se dispone a entregar a los políticos el control sobre sus vidas.

La huelga de La Rebelión de Atlas no se queda en bajar los brazos y esperar a que la muerte acabe con una existencia mermada, a medias propia y a medias de “la sociedad”. Es una huída a una nueva Atlántida, en la que se crea esa sociedad libre en la que el egoísmo se convierte en generosidad, y no la generosidad en esclavismo. Nosotros, que podemos conocer la superficie de la Tierra palmo a palmo sin salir de nuestro salón, no podemos soñar con que un puñado de héroes creará en tierra ignota una nueva sociedad a la que nos podemos adherir si juramos vivir sólo de nuestros propios medios.

Pero nos quedan, al menos, otras formas de huelga. Podemos negarnos a trabajar para el Estado. Pagar sus cuentas, por aquello de no ir a la cárcel, pero no ponernos directamente a su servicio. También tenemos derecho a ignorarle, es decir, a rebelarnos civilmente contra sus imposiciones más injustas. No tenemos porqué lanzarnos a las barricadas, pero sí desatender alguna de sus exigencias más absurdas. Y, por último, podemos repudiar los servicios que nos ofrece por lo que nos quita en impuestos. ¿Educación pública? Pues nos vamos a la privada. ¿Sanidad? No en la seguridad social. Y así todo. De hecho, los españoles, independientemente de su querencia o repugnancia instintiva hacia el Estado, lo están haciendo. Hagamos lo propio.

Los favores cobrados de Obama

Krugman lamenta que Timothy Geithner, secretario del Tesoro americano, esté usando las mismas recetas para esquivar la crisis que su antecesor, el republicano Henry Paulson. Para Krugman, el plan de rescates y de descomunales inyecciones de dinero al sector financiero está condenado al fracaso y no es más que "una salida fácil" a la actual situación. En realidad no es tan fácil, es la única si realmente entendemos los mecanismos por los cuales funcionan las democracias occidentales.

Krugman es una persona que no confía en la libre iniciativa del hombre y por lo tanto da total soporte a los políticos. En una reciente nota en su blog se preguntaba: "¿Quién es el Gobierno?". A lo que respondió: "Básicamente, el Gobierno somos nosotros". Si nosotros somos el Gobierno, y el Gobierno somos nosotros, ninguno de los dos puede hacer algo en contra del otro ya que eso sería como lesionarse intencionadamente o suicidarse. Algo así tiene fallos lógicos por todas partes. De hecho, contradice el principio de identidad (A=A). El Gobierno es el Gobierno y nosotros somos nosotros. Expresado de una forma no tan tautológica, el Gobierno son los medios políticos de Oppenheimer y nosotros somos los medios económicos del mismo autor. El Gobierno es lo opuesto a la libertad, al individuo y a la propiedad privada. Si algo no es el Gobierno, somos nosotros.

Lo que hace que el Gobierno no seamos nosotros es algo básico que todo economista debería saber, incluso Krugman, ya que constituye uno de los pilares de la economía. Me refiero a los incentivos.

El Gobierno no somos nosotros porque tiene diferentes incentivos a los nuestros. Uno de los más importantes es pagar deudas y favores para perpetuarse, aumentar sus beneficios y ganar poder mediante el uso de la fuerza. Las democracias actuales se mueven por la presión de las minorías gritonas y de los lobbies empresariales y sociales.

La clase izquierdista dijo que Obama no sería un presidente vendido a los lobbies porque se había financiado en gran medida de pequeñas aportaciones privadas a través de internet. Es cierto. Pero también es cierto que Obama fue el candidato que más dinero recibió de Wall Street. La bolsa siempre ha estado con él y era su candidato predilecto. Al llegar al poder, Obama vio el poder del sector financiero que no es más que un monopolio orquestado por la Reserva Federal. Las ayudas a aseguradoras, bancos y el resto del sector eran un requisito inevitable para no tener problemas.

Entre pagar los favores prestados al sector financiero o ayudar al hombre medio americano, ¿qué cree que iba a elegir Obama? Pues lo que ha escogido: inundar de dinero el mercado financiero mediante un plan sufragado por los impuestos del americano medio que le votó, del que no le votó y del que está por nacer teniendo en cuenta la deuda que está acumulando el país. Diferente forma, pero idéntico fin, tiene el capitalismo de Estado que ideó Mussolini.

El día que la economía del establishment deje de soñar en oxímorons como "políticos honestos" y "gobiernos bondadosos" para centrarse en los pilares de la acción humana y sus incentivos, entonces habremos recorrido el camino más importante para acabar con toda crisis. La conclusión no puede ser otra que el mejor Gobierno es el que menos gobierna: y el que no gobierna en absoluto, es el mejor Gobierno de todos.

Construyendo el parque jurásico

El empresario que no está atento a estas variaciones está llamado a desaparecer, siempre que el mercado sea más o menos libre y no haya ningún organismo dispuesto a basarse en la coacción para mantenerlo vivo a costa de sus conciudadanos. Que desaparezcan aquellos empresarios cuya actividad ya no satisface a los consumidores no es malo, como tampoco lo es que obtengan grandes beneficios aquellos que proporcionan servicios sobresalientes.

La crisis económica ha alterado significativamente las preferencias de la gente, como se manifiesta día a día en muchas industrias: no se compran tantos coches, no digamos viviendas; se viaja menos; se sustituyen las marcas conocidas por las marcas blancas… Son cosas que están sucediendo: el empresario que pretenda negar la realidad no podrá sobrevivir, más que, como queda dicho, a costa del erario público.

Las telecomunicaciones no son inmunes a esta realidad. Y también los empresarios de este sector han de atender a estos cambios. En este contexto se entienden un par de acontecimientos de relevancia ocurridos en los últimos días: el acuerdo para compartir infraestructuras a nivel europeo, alcanzado por Vodafone y Telefónica, y los nuevos productos y precios "sociales" anunciados la semana pasada por esta última.

Son ambos ejemplos de adaptación a unas nuevas circunstancias en que los clientes hacen otras demandas, que deben ser debidamente atendidas para mantenerse en el mercado. Ojalá este fuera el final de esta historia y el protagonismo correspondiera ahora a los clientes.

Pero hay muchas posibilidades de que no sea así: ya la Comisión Europea ha anunciado que estudiará el acuerdo Vodafone-Telefónica para ver si es anticompetitivo, y tampoco tardó demasiado la CMT en dejar claro que las nuevas ofertas de Telefónica precisan de su aprobación. Además, seguro que la CNC aguarda impaciente su turno para ambos temas.

La cuestión es: ¿a quién pretenden proteger con estos estudios y eventuales aprobaciones? No cabe duda de que los ciudadanos se van a beneficiar tanto de las ofertas de Telefónica como de los ahorros de costes que obtendrá ésta con Vodafone, aunque sólo sea porque no le subirá el precio de los servicios. El cliente se va a beneficiar porque encontrará ofertas más adecuadas a sus necesidades actuales, asumiendo que los operadores no se han equivocado en sus estimaciones (si es así, lo pagarán con pérdida de clientes).

Por tanto, no sería el cliente el objeto de su protección, sino más bien aquellos operadores que, por las razones que sean, no han sabido o no han podido adaptarse al nuevo entorno. Vamos, aquellos que precisamente están sirviendo peor al cliente.

¿Lo entienden ya? Su misión es biológica: preservar la diversidad de competidores en el mercado, aunque ya no sean útiles a la sociedad. Y aunque para ello haya que sacudir al cliente en la cabeza de la especies que sí se adaptan. Gracias a los reguladores y al derecho de competencia podremos conseguir lo que Michael Crichton sólo imaginó: un parque jurásico, aunque sea de empresas.

USSRA

La tierra de las libertades y el respeto a la propiedad privada corre el riesgo de ser rebautizada bajo las siglas de USSRA (United Socialist State Republic of America), término acuñado por el famoso analista Nouriel Roubini el pasado septiembre tras la nacionalización de los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac. Por desgracia, el diagnóstico se está haciendo realidad.

El pueblo de Estados Unidos asiste a la mayor intervención pública de toda su historia en materia económica. No obstante, el volumen de gasto gubernamental que se maneja en la actualidad supera, incluso, al New Deal de Roosevelt, aprobado con el ilusorio fin de paliar los efectos de la Gran Depresión en los años 30. Obama, de marcado perfil izquierdista, ha iniciado su mandato al frente de la Casa Blanca con el firme propósito de evitar a toda costa una nueva quiebra de relieve, ya sea empresarial o bancaria.

Para ello, no duda en tirar de la limitada chequera de los contribuyentes para sufragar programas de estímulo e inmensos rescates financieros cuyo coste, tarde o temprano, se traducirá en un sustancial aumento de impuestos. En las últimas semanas, el Gobierno de USSRA ha puesto en marcha programas de gasto y financiación pública que carecen de precedentes en la historia del país.

De momento, la Administración pretende gastar cerca de 800.000 millones de dólares para construir fastuosas infraestructuras e impulsar el sector de las energías renovables, con el objetivo de crear tres millones de puestos de trabajo irreales. Obama no cumplirá su compromiso. Además, el citado plan ya se ha traducido en un sustancial incremento de la presión fiscal para las grandes empresas y las rentas medias y altas.

A su vez, la Reserva Federal (Fed) que preside Ben Bernanke ha decidido optar por la vía más rápida y sencilla, al tiempo que arriesgada. La Fed imprime billetes para adquirir deuda pública y corporativa, y extiende su aval a todo tipo de créditos hipotecarios y de consumo de dudoso cobro para tratar de reactivar un mercado crediticio que continúa y continuará congelado. Y ello, aún a riesgo de que la propia Fed caiga en una situación de insolvencia como la que padecen los grandes bancos del país.

No contentos con ello, el Tesoro de Estados Unidos, dirigido por Timothy Geithner, acaba de aprobar un segundo Plan Paulson, dotado de hasta 1 billón de dólares para adquirir los activos tóxicos que acumulan las entidades financieras. Una operación que, pese a escudarse en la participación de los inversores privados, sitúa todo el riesgo sobre los hombros de los contribuyentes en caso de que la adquisición de los citados activos produzca pérdidas. Algo que, por desgracia, también es muy probable que suceda.

De hecho, el mandatario Geithner se atreve ahora a solicitar poderes extraordinarios para intervenir cualquier entidad no bancaria o empresa privada cuya quiebra pueda suponer un impacto sustancial a la economía. Por supuesto, sin la necesidad de contar con la debida autorización parlamentaria. Y esto, tan sólo en lo que se refiere a gasto público puro y duro ya que, por otro lado, el quipo de Obama apuesta firmemente por endurecer aún más la regulación y la supervisión de todo el sistema financiero estadounidense, así como limitar por ley los sueldos de los directivos.

Sin embargo, en todo este debate falta lo sustancial, lo realmente relevante y significativo para poder entender cómo hemos llegado hasta aquí. ¿Quiénes son los culpables? Los tienen ustedes delante, día sí y día también. Los supervisores, los reguladores públicos y el brazo financiero del Gobierno (banca central). En definitiva, el poder político. Esa clase social privilegiada que, independientemente del país en el que gobierne, culpa de todos los males actuales a un mercado que, curiosamente, no opera en el ámbito financiero desde hace décadas.

La banca es, en realidad, un oligopolio, regulado estrictamente por el Gobierno, ya que impone todas y cada una de las condiciones con las que debe operar. El sector bancario comercia (compra y vende) con dinero, pero su precio (tipo de interés) lo determina otro organismo central de planificación socialista que se hace llamar banca central. Los niveles de capital y apalancamiento con el que operan tales entidades financieras también los determina la ley (véanse las normas de Basilea I y II). De hecho, hasta la forma de contabilizar sus balances ha sido dictada por los políticos. Son las denominadas normas internacionales de contabilidad, que establecen el polémico criterio mark to market y cuyo funcionamiento ha colapsado.

Además, el sistema de reserva fraccionaria –mediante el que la banca puede extender el crédito hasta 10 y 20 veces por encima de los depósitos captados– y el papel moneda (dinero fiat) derivan, igualmente, de una decisión política. ¿Y las tan denostadas agencias de rating? Pues sí, el monopolio de estas compañías a la hora de evaluar productos y deuda crediticia también es un monstruo creado por el Gobierno, a golpe de decreto. ¿Y las subprime? Tampoco se salvan. Las leyes que obligaban a conceder créditos a gente insolvente no es una ocurrencia de los empresarios, sino de los políticos.

Y visto lo visto. ¿Dónde está el endiablado mercado? Pese a las evidencias, la falacia dictada por el Estado cala y la Administración actúa en consecuencia, restando poder de decisión a sus ciudadanos. Las recetas mágicas de Obama contra la crisis tan sólo agravarán los problemas, a no ser que las sólidas fuerzas del libre mercado que aún operan en Estados Unidos lo remedien antes de que el descontrol del gasto público comience a mostrar sus terribles efectos sobre la primera potencia mundial.

Mientras tanto, la sombra del socialismo avanza sobre la cuna de la libertad. Y es que, como bien indica el exitoso inversor Jim Rogers, si el Gobierno insiste en rescatar empresas insolventes es posible que sea el propio país el que, finalmente, se vea abocado a la bancarrota.

¿Cómo será el nuevo iPhone?

La principal razón que ha desatado estos rumores es que el nuevo software para desarrolladores distribuido por Apple incluye identificadores para varios iPhone, estando etiquetados los actuales como 1,1 y 1,2 y el siguiente como 2,1.

Es decir, que el iPhone 3G, pese a incluir GPS y alguna cosilla más, no sería más que una revisión menor del primer modelo y próximamente veremos otro con más novedades. O eso es lo que dicen los sabios arúspices con más capacidad para desentrañar los planes de Steve Jobs, su amo y señor, examinando las tripas de algunos de sus animales.

Los más insistentes se refieren a la compatibilidad con el llamado 3.5G, una conexión a la red móvil más rápida que la actual. También parece claro que incorporará al fin la capacidad de grabar vídeo, que no se ha empleado hasta ahora por consumir demasiada batería. Se habla de más potencia gráfica y de proceso. Pero si hay algo que Apple no debe hacer si no quiere poner en riesgo su nueva gallina de los huevos de oro es cambiar significativamente el modo en que funciona su aparato, porque correría el riesgo de destruir su ecosistema para las aplicaciones móviles.

Existen actualmente 20 millones de aparatos equipados con el iPhone OS, la mayor parte teléfonos, pero también iPod Touch. Dentro del ámbito de la telefonía móvil, es el mayor ecosistema estable para el desarrollo de aplicaciones y juegos. Es cierto que existen muchos más teléfonos equipados con Windows Mobile, el Symbian de Nokia o con capacidad de ejecutar aplicaciones y juegos Java. Pero el problema está en que pese a contar con esa base común, existen infinitas diferencias entre unos aparatos y otros. Algunos tienen teclado completo, otros no; unos disponen de pantalla táctil, la mayoría no; y la variedad de resoluciones y tamaños de pantalla es casi infinita.

Esas diferencias no existen para Apple. Toda la gama de aparatos capaces de ejecutar las aplicaciones que se venden u ofrecen gratuitamente en la App Store disponen de la misma resolución de pantalla, son multitáctiles, disponen de acelerómetro para detectar el movimiento y orientación del dispositivo y carecen de teclado. Existen algunas diferencias como la forma de conectarse a la red o si disponen de funcionalidad como teléfono, pero que no afectan a la mayoría de las aplicaciones, excepto en el sentido de que algunas, simplemente, no funcionarán en el iPod Touch ni lo pretenden.

Resulta difícil creer que Apple vaya a cambiar este estado de cosas sin cuidarse muy mucho de que no resulte un problema para los desarrolladores. Así que si mejora la capacidad gráfica de un nuevo iPhone o pone una pantalla de mejor resolución, se cuidará de que eso no afecte a las aplicaciones existentes y de que las futuras tengan muy fácil la adaptación a los modelos actuales y a los nuevos. De no hacerlo así, podría arruinar su mayor éxito, ése que la competencia está intentando reproducir como sea.

Claro que quizá no haya nuevo iPhone este verano. Los auspicios pueden errar.

Sobresueldos y rescates: lo malo y lo peor

De inmediato, todos los políticos que votaron por salvar a AIG a costa del erario público han estallado en críticas y denuncias. "Es horrible y vergonzoso", decía un senador republicano por Alabama. "Hay que gravarlos al 100%", proponía un senador demócrata de Nueva York. "Es inaceptable que se repartan los bonus mientras seguimos inyectando miles de millones en la compañía", reflexionaba otro senador demócrata (por Illinois).

Tienen razón. Es inaceptable. Pero lo es desde el principio, exactamente desde que se procedió al rescate de la compañía. ¿Qué absurda y contradictoria economía de mercado están contribuyendo a crear los planes de rescate, pues los altos ejecutivos ya no pueden ser remunerados y los accionistas no pueden percibir dividendos?

Recordemos lo evidente: los directivos son personas con una enorme responsabilidad que pueden hacer ganar o perder mucho dinero a sus accionistas. Por eso los máximos responsables de las empresas, sobre todo cuando se trata de grandes compañías, están dispuestos a pagar elevadísimos salarios para hacerse con los mejores. Algo parecido sucede en el fútbol: todos los equipos quieren fichar a los mejores, por eso los mejores cobran tanto.

Pero, al igual que en el fútbol, en el mundo de la empresa el pagar mucho no impide que algún ejecutivo galáctico salga rana. En muchos casos los accionistas confían ciegamente en personas que han tenido mucha suerte en otras compañías o que poseen un currículum impresionante a pesar de que no comprenden los movimientos del mercado.

Si los accionistas contratan a un directivo inadecuado y, para más inri, lo remuneran generosamente, tanto peor para ellos. La próxima vez –si es que hay próxima vez– intentarán buscar mejor. Mientras la empresa no quiebre y tenga dinero suficiente, podrá seguir buscando nuevos directivos y, en su caso, atraerlos con altos salarios. La retórica en contra de los sueldos altos resulta ridícula, sobre todo porque no son los paganos quienes protestan. Entendería que un accionista se llevase las manos a la cabeza por haber contribuido a encumbrar a unos incompetentes carísimos, pero me cuesta más de entender que lo haga un tipo sin oficio ni beneficio en la empresa.

Con esto no quiero decir, claro está, que considere que todos los sistemas de remuneración de directivos resultan positivos y dignos de encomio. De hecho, en mi opinión la mayor parte de los bonus tienden a primar demasiado los resultados a corto plazo en detrimento de la perspectiva a largo. Pero, de nuevo, este error –y su hipotética corrección– será en todo caso responsabilidad de los accionistas: si no establecen los incentivos adecuados para la dirección, serán ellos los perjudicados.

El problema del affaire de AIG es que los directivos resultaron un completo fiasco y abocaron la compañía a la quiebra, motivo por el cual los accionistas deberían haber perdido todas sus inversiones. Pero hete aquí que AIG era, según el Gobierno de Estados Unidos, demasiado grande para quebrar, motivo por el cual tocaba recapitalizarla. ¿Resultado? La dirección se queda y los accionistas no se arruinan del todo.

Los directivos incompetentes se comportaron en un principio como es lógico que se comportaran: cobrando los bonus que sus accionistas les habían prometido. Si la empresa hubiese quebrado, obviamente se habrían quedado sin bonus; como el Gobierno se lo ha impedido, ahora iban a percibirlos de los impuestos ciudadanos. Que hayan renunciado a ellos tras las presiones políticas sólo demuestra la importancia que las presiones políticas han ido adquiriendo en el mercado estadounidense.

Y es que la reacción de los políticos fue desde un comienzo tratar de impedir que los altos cargos pudieran cobrar las bonificaciones. Al fin y al cabo, el objetivo de la inyección pública de capital en AIG no era que aquéllos pudieran costearse unas lujosas vacaciones y comprarse otro coche más, sino evitar que la compañía dejara de pagar sus obligaciones y pudiera seguir operando en el mercado.

Pero, como digo, ¿qué clase de mercado es éste, que está sometido a la excepcionalidad de un rescate y al control político? El problema no es que los directivos de AIG cobren bonus: el problema es que se impidió que AIG quebrara y fuera liquidara. El resto de la polémica no es más que un fruto inevitable de lo primero.

Cuando se retuercen las leyes del mercado, cuando se impide que quiebren quienes tienen que quebrar, pasan cosas como ésta. Cualquier decisión que tome AIG a partir de su recapitalización pública lo hará gracias a los contribuyentes estadounidenses: no sólo el pago de primas extraordinarias a sus más altos ejecutivos, sino el pago de indemnizaciones a sus clientes (a pesar de que éstas son, un parte, responsables de la crisis actual).

No se puede jugar al mercado. Los enjuagues público-privados son un artificio que siempre redunda en perjuicio de otros. Parece que algunos sólo se dan cuenta cuando unos directivos ponen el cazo.

Jugando al mercado

Es cierto que en un sistema socialista no existía la propiedad privada sobre los medios de producción, es evidente que no había seguridad jurídica, es indudable que era imposible ejercer de empresario y es innegable que la competencia estaba ausente, pero si podía aparentarse que todo lo anterior funcionaba, tal vez el comunismo pudiera desarrollarse y prosperar.

Mises les reprochaba que la economía no es un juego de tablero. La existencia de precios de mercado, planes empresariales y competencia era indisociable de la propiedad privada de los medios de producción, esto es, de un sistema donde los agentes económicos pudieran implementar sus iniciativas, apropiarse de los beneficios que lograran y padecer las consecuencias de los errores en los que incurrieran. No se puede instruir a un burócrata para que actúe como si se jugara su patrimonio o como si hubiera descubierto una oportunidad de ganancia que pudiera aprovechar. Cuando el Estado lo controla todo, las pérdidas y ganancias las genera ese propio Estado desligadas de las necesidades del resto de individuos. La sociedad no se coordina mediante relaciones voluntarias (compra o no de bienes de consumo, compra o no de acciones y bonos, prestación o no de servicios laborales…) sino mediante mandatos políticos que son los que imponen un esquema artificial de división del trabajo.

Pese a su fiasco intelectual, parece que la Administración Obama está empeñada a proseguir con estos programas ideológicos. El nuevo plan presentado por el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, para rescatar al sistema financiero del país adolece exactamente de los mismos defectos que criticaba Mises a los socialistas.

Quienes desde un comienzo hemos criticado los planes de recapitalización forzosa de los bancos lo hacíamos aduciendo un argumento económico esencial y bastante sencillo de comprender: los errores de inversión tienen que corregirse sí o sí antes de encauzar la recuperación. El mercado tiene un procedimiento bastante común para reparar esos errores: quien se ha equivocado vende con pérdidas sus activos hasta que recupera aliento o termina quebrando. Lo importante, en todo caso, es que quien está utilizando los recursos productivos del mercado no los retenga en usos inapropiados: si no sabe emplearlos, que se los ofrezca a otro empresario para que les dé un mejor uso.

¿Pero por qué los bancos se negaban a vender sus activos con pérdidas? Básicamente porque habrían reconocido que algo por lo que pagaron 100 pasaba a valer 10, lo que les habría abocado a la quiebra. Resultaba más fácil mantener esa "basura" (o activo tóxico) en balance y esperar a que el plan de rescate público lo comprara por 80 ó 90.

Claro que esto equivalía a salvar a los bancos socavando el resto de la economía. Pagar precios inflados por unos activos depreciados no resuelve el problema de las malas inversiones; de hecho lo apuntala y lo recompensa. Si resultaba necesario que quienes han hecho mal uso de esos recursos los enajenaran para que otros asumieran su control, los planes de rescate permiten que los retengan a costa del erario público.

Lo lógico y deseable, por consiguiente, era que los bancos se desprendieran de esos activos a precios de mercado. ¿Pero cuáles son los precios de mercado si no existe el mercado? Con el nuevo programa, Obama ha intentado instaurarlo: se subvencionará y protegerá a los inversores privados para que pujen por esos activos y ofrezcan un precio que, con más ganas que rigor, llamarán de mercado.

Pero aquí el problema sigue siendo el mismo que con el socialismo competitivo o de mercado que denunciaba Mises. No pueden reproducirse de manera artificial las condiciones del capitalismo. El mercado no es un laboratorio de pruebas, sino un espacio de interacción voluntaria entre sus participantes.

Háganse una idea: por cada 5 dólares que aporte un inversor privado, el Tesoro añadirá otros 5 y la Agencia Federal de Seguro de Depósitos garantizará hasta 60 dólares de la deuda que pueda emitir. O dicho de otra manera, por cada cinco dólares que aporte un inversor privado de su propio capital obtendrá financiación pública directa o indirecta por otros 65. ¡Y con esto pretenden ofrecer algo de realismo de mercado a los planes de rescate! La fatal arrogancia de siempre con el nuevo léxico mesiánico.

La Biblia ultraliberal

Los creadores, grandes y pequeños, empresarios y trabajadores que lucharon por mejorar su situación personal, egoístas ellos, comienzan a abandonar sus empleos y desaparecen, se sumen en el olvido, como si se los hubiese tragado la tierra.

Esta situación coincide, en aparente paradoja, con el triunfo, ya definitivo y total, de todas esas ideas que mantiene la mayoría de la gente. Todo lo que nos dijeron los intelectuales, lo que repiten sin cesar los políticos y vuelcan los medios de comunicación como verdadero canon moral occidental: el egoísmo es la encarnación de todo mal. Debemos vivir, pero no para nosotros sino para los demás. Y no de nuestro esfuerzo, sino del ajeno. Si algo bueno nos ocurre, somos culpables. Si algo malo nos ocurre, no lo somos; la sociedad es la culpable.

Estos dos párrafos contienen lo esencial de una novela, La Rebelión de Atlas, que se editó en 2003 en español en 1.104 páginas. Fue escrita en 1957, y en estos más de cincuenta años jamás se habían vendido más ejemplares que los que se venden ahora… cuando estamos en plena crisis económica, y cuando los valores descritos en esa novela han encontrado en Barack Obama un defensor de dimensiones titánicas, mitad hombre mitad dios, dueño de una retórica brillante que codifica esencialmente esa filosofía antiindividualista, antiliberal, que condena el beneficio privado como causa de todos nuestros males y llama al socialismo, sin mentarlo por su nombre, como única solución.

Ayn Rand, la autora de La Rebelión de Atlas, utilizó numerosos personajes para encarnar esa filosofía colectivista que se ha cernido sobre la sociedad hasta ahogarla. Pero Obama es un rostro especialmente identificable de esa forma de pensar. ¿O no podía haber dicho él que en esta crisis "la culpa es de las empresas. Es por su falta de espíritu social. Se niegan a admitir que la producción no es una elección privada, sino un deber público?". Es más, ¿no lo ha dicho él, realmente?

Rand coloca en el centro de la virtud al egoísmo. Pero no a lo que está pensando en este momento, sino a la atención principal a los propios objetivos, que nos llevarán a cada uno a la mayor producción de bienes, que lo son para los demás. Y en ese camino al uso de la razón y del conocimiento. Y todo ello a la cooperación voluntaria con el resto de personas por medio del intercambio. Es decir, que el egoísmo, tal como lo entiende Rand, es el vértice de la cooperación social y de la atención a las necesidades de los demás, pero por la vía indirecta de la obtención de beneficios, no por la sumisión directa a las necesidades de los demás. Por eso, en su "utopía de la codicia" el lema es "juro por mi vida y mi amor por ella que jamás viviré para nadie ni exigiré que nadie viva para mí", y el resultado, que "no hay conflicto de intereses entre hombres que no demandan lo que no han ganado".

Un artículo del diario El Mundo recogía el "boom" de ventas de La Rebelión de Atlas, más altas ahora que cuando fue reconocido por los lectores del New York Times en el segundo puesto de "los libros que han cambiado su vida", sólo detrás de la Biblia. El artículo está escrito desde esa amalgama socialdemócrata, ese "pensar" que, en un 95 por ciento consiste en colgar carteles difamantes, y en un 80 añadir la palabra "salvaje" a todo aquello que no gusta. Llama la obra randiana de "Biblia ultraliberal". Es el libro del momento.

La muralla de mierda, con perdón

Pero no todo es positivo en la Península itálica y sus islas. Es el lugar de nacimiento de algunas de las organizaciones criminales más conocidas, como la camorra siciliana y las demás ramas de todo ese entramado conocido como la mafia. Y por fin, también en el lado negativo y muy vinculado a lo anterior, es famosa lo corrupta que resulta su clase política.

Esa corrupción se extiende a buena parte de quienes se dedican a la "cosa pública", con independencia de que sean de derechas o de izquierdas. Es, como se suele decir, algo transversal. Y esto último se puede aplicar también a una característica de la que no se suele hablar pero que es terrible y peligrosamente real. Los políticos italianos están resultando los mayores enemigos de la libertad de entre quienes se sientan en parlamentos o consejos de ministros de Europa y, posiblemente, de todo el mundo democrático. Se trata de un dudoso honor difícil de alcanzar, pero ellos lo han logrado.

Ya el anterior Gobierno de izquierdas intentó colar una demencial regulación de páginas de internet que, por los requisitos exigidos, habría llevado al cierre de la inmensa mayoría de las web (bitácoras y otros) de Italia. Se pretendía que cada sitio tuviera como responsable a un periodista registrado ­­–una figura existente en Italia y felizmente desaparecida en España al acabar el franquismo–, que funcionara al amparo de una compañía editora y que además estuviera registrada en el equivalente italiano de la CMT. Por si todo lo anterior no fuera poco, se exigía que por tener esa web se pagaran impuestos, con independencia de que fuera comercial o no.

El actual Ejecutivo de Berlusconi, o al menos sus socios parlamentarios, no son mejores. Lo único que les diferencia es que son menos torticeros a la hora de intentar conseguir recortar la libertad de expresión en la red. El Senado italiano ha aprobado una propuesta del democristiano Gianpero D’Alia para dar al Ministerio del Interior la autoridad de ordenar a los proveedores de internet el bloqueo de sitios web o redes sociales por "crímenes de opinión" (por ejemplo, llamamientos a incumplir una ley considerada injusta). Todo ello, por supuesto, sin sentencia judicial ni otro tipo de intervención de los tribunales.

Beppe Grillo, autor de un muy popular blog y crítico con el poder con independencia de quien lo ostente, ha acertado al denunciar que se quiere levantar un "Shit Wall", en referencia al Golden Wall chino (sistema con el que las autoridades comunistas limitan y controlan la información accesible por internet). Pero Grillo no se limita a denunciar. Hace un llamamiento a los bloggers de todo el mundo a participar en una campaña de derribe el muro cibernético que se quiere erigir. Nos va mucho en ello. Si en un solo país europeo sale adelante con una norma así, el resto de Gobiernos correrá a imitarla.

Cría radicales y te correrán a palos

Lo siento por los chavales que tienen ahora mismo el lomo de color púrpura y las nalgas granate de tanto estacazo, pero lo que le ocurre a los dirigentes catalanes es un acto de justicia histórica que le reconcilia a uno con la Providencia.

Llevan tantos lustros educando a los niños en el radicalismo violento que al final han acabado convenciéndolos de que la mejor forma de mejorar el mundo es enfrentarse a palos con la policía, para lo que cualquier excusa resulta válida.

Por supuesto, los dirigentes del nacionalismo radical de izquierdas nunca han creído en lo que pregonaban, entre otras cosas porque durante la dictadura, más que correr delante de los grises corrían detrás de "los verdes" (los billetes de mil), cómodamente instalados en los aledaños del Régimen. Pero como la única forma de que un incompetente estructural se encarame al poder es exacerbando todo tipo de radicalismos, tenemos ahora la gratificante situación de unos responsables políticos acojonados por la forma en que la juventud se les enfrenta. Quizás pensaban que las masas sólo iban a echarse a la calle en contra de la derecha, pero los jóvenes atacan al poder establecido, como les han enseñado en las escuelas y las universidades; y ahora mismo, en Cataluña, el poder lo detenta la izquierda nacionalista.

Me divierto mucho viendo a un Joan Saura desnortado, balbuceando excusas para justificar la brutalidad de los agentes a su servicio que han dado, forzoso es decirlo, una imagen de contundencia injustificada sin parangón en los países "de nuestro entorno". Hay un mosso en concreto que es un portento. No sé si será siempre el mismo, pero hay un agente a las órdenes de Saura, zurdo por más señas, que hace todo tipo de filigranas con el bastón sacudiendo a ambos lados ¡Y no falla ni un solo leñazo! Se lo juro; el tipo es un virtuoso de la porra que además se gusta en los lances como los buenos toreros, lo que denota la existencia de un entrenamiento de lo más exigente.

La situación es de una esquizofrenia total, como corresponde al Oasis (A.K.A Matrix). Es lo que ocurre cuando se pone de responsable de la policía a un político de extrema izquierda que lleva media vida propagando "la revolución". Luego le hacen a él "la revolución" y no puede irse a las barricadas a luchar contra el poder establecido. Porque el poder es, ay, él y su señora. No me digan que no es divertido.