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Otra enemiga de internet en el Gobierno

Sea como fuere, lo cierto es que la crisis ha servido para derribar tres importantes mitos.

1. Las quiebras bancarias son imposibles cuando no hay patrón oro

Una de las razones más importantes por las que se abandonó el patrón oro clásico era que éste ataba las manos a los banqueros centrales y les impedía evitar quiebras generalizadas como la que tuvo lugar durante la Gran Depresión. Se pensaba que, con el dinero fiduciario, los bancos centrales siempre podrían demorar las quiebras mediante expansiones del crédito que, por su magnitud, eran inviables con el patrón oro.

Pues bien, pese a las supuestas propiedades salvíficas de las expansiones monetarias antiquiebra, lo cierto es que el sistema bancario mundial ha entrado en bancarrota. Si no hemos asistido a un concurso de acreedores a gran escala ha sido porque los Estados han recapitalizado los bancos (algo que, dicho sea de paso, también pueden hacer en un sistema de patrón oro).

Quienes pensaban que un sistema bancario insolvente puede mantenerse a flote con la actuación coordinada de los bancos centrales confundían los procesos de quiebra con los de suspensión de pagos. Cuando el valor del activo cae por debajo del del pasivo, poco importa que éste tenga líneas de crédito abundantes, como las que proporciona un banco central: la entidad en cuestión está muerta.

Habrá que buscar una excusa mejor contra el oro.

2. La crisis es fruto de la desregulación

Hoy –y en 1929– se piensa que las burbujas que han terminado estallando son consecuencia directa o indirecta de la falta de regulación del sistema financiero. Hoy –y en 1929– se propone como solución la regulación masiva.

La idea es simple: si se deja a los individuos actuar libremente, asumirán riesgos extraordinarios que terminaremos pagando todos; por consiguiente, echémonos en los brazos de la regulación y establezcamos una supervisión que impida la adopción extraordinaria de riesgos.

Problema: si la crisis del 29 dio pie a la regulación, ¿qué sentido tiene aducir que esta nueva crisis se debe a la desregulación? Básicamente, los encargados de supervisar el sistema financiero –por ejemplo, el actual secretario del Tesoro de EEUU– quieren quitarse de encima cualquier responsabilidad por negligencia, y por eso dicen que la crisis se ha gestado en ciertas áreas de la economía que escaparon a la regulación post Gran Depresión. Por tanto, basta con extender la regulación a las nuevas realidades y problema resuelto.

Problema (bis): en España hemos tenido una burbuja inmobiliaria (alimentada por el crédito bancario) mayor que la de Estados Unidos, y sin embargo nuestro sistema bancario sí está regulado y supervisado casi como se sostiene que debe estarlo el internacional. Así que no, la desregulación sólo es un problema en la medida en que permite explotar con impunidad las estrategias financieras que han dado lugar a la crisis; claro que esas estrategias seguirían siendo explotables con la montaña de regulaciones que ahora se está proponiendo.

3. Todo está justificado para luchar contra la deflación

Casi todos los jerarcas consideran que el gran problema al que se enfrenta Occidente es la deflación, esto es, una fuerte contracción del crédito y de la mayoría de los precios (especialmente, de los de los activos). Por este motivo sostienen que debe hacerse cualquier cosa para evitarla, incluso utilizar herramientas que en tiempos normales resultarían del todo aberrantes.

El carácter grotesco de esta idea puede ilustrarse, por ejemplo, en la propuesta de Milton Friedman de que la Reserva Federal le diera a la máquina de imprimir billetes para arrojarlos desde helicópteros y lograr así que los precios dejaran de caer…

La experiencia islandesa y de las economías de Europa del Este nos demuestra que la deflación sólo es el mayor problema mientras no peligre el crédito del Estado. En estos países, la quiebra de facto del Estado ha hundido el valor de la divisa local (en algunos casos hasta un 40%) hasta tal punto que algunos de ellos han dejado de importar bienes. Obviamente, su problema dejó de ser la deflación y pasó a serlo una hiperinflación incipiente, como refleja la evolución de los precios en Islandia. Que ése no sea también el caso de Estados Unidos o Europa sólo se debe a que los políticos americanos y europeos no han sido aún lo suficientemente ambiciosos (léase suicidas). Pero déles tiempo…

En definitiva, ciertos economistas siguen sin entender que el origen de la crisis se encuentra en una estrategia financiera inestable (endeudarse a corto para invertir a largo) que ha sido alentada por los bancos centrales y los privilegios concursales que el Estado ha concedido a los bancos. No es, pues, culpa del patrón oro, ni de la desregulación, ni de la pasividad de los Gobiernos ante la deflación.

La solución a las crisis debe pasar no por incurrir en barbaridades ya cometidas en tiempos pasados, sino por poner fin a los privilegios del sistema bancario y por rebajar enérgicamente el peso del Estado. Pero, claro, a muchos les sale más a cuenta construir mitos interesados que renunciar a sus rentas.

Sorpresa, sorpresa

La cuestión es que la foto se ha producido y su sonrisa está plenamente justificada. Por eso, y por otras razones, sorprende la noticia que este domingo traían El País y El Mundo: llega la remodelación del Gobierno.

Sorprende porque estaba anunciada y todos los medios jugaban con una pronta crisis de Gobierno. El uso político marca que pille a la opinión publicada a contrapié, para acaparar todo el interés informativo y dar la sensación de que se retoman las riendas del Gobierno y de la dirección política del país. Y no sólo hace buenas (y malas) las quinielas, sino que, de confirmarse, la noticia se produciría en plena Semana Santa, con media España de vacaciones. Además, en dos meses hay elecciones europeas, y si como parece le salen mal al PSOE, el impulso político que pueda exprimirle al cambio de carteras quedará agotado. Y todo esto, cuando no se ha cumplido un año de Gobierno.

La impresión que daría Zapatero es que actúa forzado por las circunstancias, no que él lidera el momento político en España. Y que no puede contar con ningún fichaje "estrella"; no hay nadie de renombre que quiera prestarse a hacer pandi con Zapatero y demás. Incluso tiene que tirar de los camisas viejas, como Manuel Chaves. Este es un equipo de Cháveses y Aídos, una versión cutre de los Zidanes y Pavones que quería Florentino para el Madrid. La impresión que dará un movimiento como éste es la de un Gobierno en retirada y a la deriva.

La deriva es la de la crisis económica, con la que va a tener que lidiar, de aquí a las elecciones, Elena Salgado. Otra sorpresa. No porque no sea una mujer capaz, o por todo lo contrario, sino porque le falta el impulso político de otros para venderle al personal que el Gobierno está luchando eficazmente contra la crisis. Cierto es que necesitaría a todo un Felipe González para hacer tragar semejante sapo.

Zapatero no aguanta así tres años más. La crisis será larga, bien lo sabe el Gobierno aunque diga lo contrario, y cuando el número de parados, el de éstos que ya no cobran la prestación, el de familias ahogadas por la hipoteca, el de pequeñas empresas reducidas a la nada no deje de crecer, le resultará crecientemente difícil ganarse el apoyo de antes. En cuanto se produzca el primer dato económico medianamente positivo, convocará elecciones.

No se puede tener todo

No he pasado por ninguna de las dos experiencias, pero siempre he pensado que si la gracia de esos restaurantes no es la comida, ésta, que no es la protagonista, no tiene porqué ser buena ni tener un precio adecuado. De hecho me dicen que ese es, precisamente, el caso.

Lo mismo ocurre en otros ámbitos de la vida, como por ejemplo la economía. Nuestro entusiasta y optimista presidente, el que confunde la economía con el estado de ánimo y éste con la propaganda, va de un plan para fomentar la economía a otro, todos con igual resultado. Uno de ellos pasa por el fomento de las energías renovables. Si la gracia de este sector es que resultan menos contaminantes, no tiene porqué darse la casualidad de que ofrezcan, además, una relación entre el valor del producto y el coste que lo haga especialmente atractivo para la inversión. Pero como se desea fomentar por sus consecuencias ecológicas, se inunda su producción de dinero público.

Zapatero pretende haber dado aquí con esos nichos panglossianos en los que se siente feliz, realizado. Creamos empleo. Respetamos el medio ambiente. Y él en el centro de todo ello. Dos caras de la moneda, las dos buenas. Y aunque esas monedas las pagamos los españoles, él es quien las saca de la bolsa, el que hace el discurso, y quien se lleva la gloria.

Solo que la economía es territorio desierto para Pangloss. Y es que destinar esa cantidad de dinero a un sector que, sin él, no tendría las mismas dimensiones no es una forma de crear empleo, sino de destruirlo. Un reciente estudio elaborado por la Universidad Rey Juan Carlos calculaba que el Estado ha vertido unos 30.000 millones de euros en esta industria. De haberse empleado en otros usos productivos, habrían creado 3,2 empleos por cada uno creado por las energías renovables. Quiere ello decir que por cada nuevo empleo de este sector hay una destrucción neta de 2,2. Si la gracia de dedicar dinero público es que las energías son renovables, no tiene porqué darse la circunstancia de que sean económicamente beneficiosas. Y parece, además, que no es el caso.

Infiernos fiscales

El Príncipe Rainiero solía replicar cuando le preguntaban al respecto que no existen paraísos, sino infiernos fiscales, definición que me parece muy ajustada a la realidad dada la voracidad estatal de los países socialdemócratas.

Salvo que el dinero provenga de la comisión de un delito, no hay ninguna razón para perseguir a los que quieran poner su patrimonio a salvo del Fisco de su país de origen. Pero es que la cumbre del G-20 no quiere acabar con los paraísos para evitar el lavado de dinero del tráfico de drogas o de armas, sino para que los políticos puedan controlar exhaustivamente todos los flujos financieros que se generan en sus territorios. Denunciar a los países que respetan la privacidad de los depositantes extranjeros por la posibilidad de que sean delincuentes, es tanto como prohibir las comunicaciones telefónicas privadas para acabar con las estafas de algunas líneas de pago: un despropósito y un ataque injustificable a la libertad individual, que sin embargo la masa adocenada aplaude, espoleada por la envidia igualitaria que la socialdemocracia estimula con todos los medios a su alcance.

Personalmente lamento no disponer de una paletada de millones con los que crear una sociedad opaca en cualquier paraíso fiscal de los que salpican el mapamundi. Algunas de estas reservas libertarias tienen unos nombres tan sugestivos (Vírgenes Británicas, Monserrat, Aruba, Dominica, Seychelles, Maldivas o Marianas del Norte) que intentar acabar con ellos resulta hasta un acto de mal gusto.

Los líderes mundiales quieren que todo el planeta sea un infierno fiscal, como lo definió Rainiero, motivo suficiente para que la gente decente sospeche de sus verdaderas motivaciones. No les basta con acelerar la máquina de producir dinero y multiplicar exponencialmente el gasto público –la mejor receta para que las crisis se reproduzcan cíclicamente– sino que quieren acabar con los únicos reductos de privacidad que todavía escapan a sus manejos. Son el rostro siniestro de la nueva Inquisición, aunque se oculten tras la tersura de ébano y el encanto cosmopolita de la espléndida Michelle.

Videojuegos, parásitos y nacionalismo paleto

Hace ahora siete meses dijimos que si en España se imitaba el pésimo ejemplo de Alemania y se consideraba de forma oficial a este tipo de entretenimiento como "cultura", se abriría la puerta a las subvenciones a mansalva. Y así ha ocurrido.

El Congreso de los Diputados ha aprobado una Proposición no de Ley presentada por el socialista Rafael Simancas (el mismo que quería que se limitara la libertad en internet para proteger a la SGAE y compañía) por la que decide crear una nueva casta de privilegiados. El texto dice que la Cámara Baja "establece [de manera que se apropia de una función que sólo corresponde a la sociedad y nunca a los políticos] que el videojuego constituye un ámbito fundamental de la creación y la industria cultural de España" e insta al Gobierno "a facilitar su acceso a todas las ayudas factibles para la promoción de su actividad, la financiación como industria cultural y la internacionalización de sus iniciativas".

Estamos ante el nacimiento de un nuevo grupo de privilegiados creadores de productos en su mayor parte de mala calidad (algo que ocurre en todos los sectores subvencionados) pero mimados desde el poder político con el dinero de los ciudadanos. Una nueva casta parasitaria que vendrá a sumarse a la existente en el cine o el teatro, entre otros ámbitos "culturales". Esto es grave, pero la proposición da para más. La exposición de motivos se resume en "pero qué maravillosos son los desarrolladores de videojuegos y sus empresas, que tenemos –en realidad, los ciudadanos con sus impuestos– que ayudarles". Pero dentro de estos lugares comunes se cuela un nacionalismo paleto y antiglobalización digno del mismísimo Hugo Chávez.

Se alude a la debilidad, supuesta o real, del sector para añadir, con un lenguaje que parece sacado de algún manual falangista, que las "grandes corporaciones extranjeras aprovechan el talento extraordinario de los creativos españoles comercializando exitosamente sus productos, sin un reconocimiento justo". Se sigue arremetiendo contra la supuesta maldad de esas multinacionales que "aprovechan las dificultades de los creativos españoles" (esto lo podrían firmar tanto "La Pasionaria" como José Antonio Primo de Rivera) para después alertar que "la financiación de la obra creativa suele ser sufragada por estas grandes empresas, que en contrapartida imponen cláusulas restrictivas en relación a la propiedad y la explotación del producto". ¿Acaso sería diferente si quien pone el dinero o consigue la subvención estuviera en Madrid, Cuenca o Barcelona? Seguro que no.

Lo único que consuela ante todo esto, aunque muy poco, es pensar que entre los ciudadanos a los que se les va a robar para pagar esas subvenciones se encuentran los directivos españoles de Amnistía Internacional, esos tipos obsesionados con aplicar la censura sobre los videojuegos.

Menos libertad contra la crisis

Dado que todos dentro del G-20 piensan volverse aún más manirrotos y depredadores con sus ciudadanos, nadie quiere sobresalir por el ala siniestra. El pacto y el diálogo les permite que los claroscuros se vuelvan monocolor: la austeridad parece haber sido la palabra proscrita en estas timbas periódicas en las que se decide la profundidad del hundimiento de las finanzas mundiales. O peor o mucho peor; nuestros políticos sólo tienen dos envites posibles.

Al margen de las desmesuras cada vez más desmesuradas de los programas de gasto público –ya vamos por cinco billones de dólares, cinco veces el PIB español–, la cumbre sí ha sido propicia para triturar los últimos resquicios de libertad que quedaban en los mercados internacionales. Aprovechando que el Támesis pasa por Londres, no sólo se ha acordado poner fin a los paraísos fiscales –traducción deliberadamente incorrecta del inglés "tax haven", es decir, "refugio fiscal"– sino también incrementar la regulación de las finanzas mundiales.

La idea es tan sencilla como errónea: la crisis económica actual se ha producido porque la pasividad pública permitió que los altos ejecutivos, movidos por su irrefrenable codicia, invirtieran en productos extremadamente arriesgados y complejos que, de manera inevitable, terminaron colapsando. Por eso, en las conclusiones de la Cumbre se ha acordado incrementar las regulaciones sobre las instituciones financieras, sobre las agencias de rating y, por primera vez, sobre los hedge funds, esos fondos de inversión privados tan demonizados durante la última década precisamente por ser de "inversión" y, sobre todo, por ser "privados".

Pero la hiperregulación no es la respuesta; de hecho, en muchos casos como en el de las agencias de rating, la auténtica desregulación debería ser el camino a seguir. Recordemos que Caja Castilla-La Mancha (y todas las que vendrán detrás) ni quebró por falta de superversión y regulación ni sus créditos impagados se debían a la codicia capitalista (salvo que ensanchemos tanto el término capitalismo como para incluir al latrocinio político).

Es cierto que las instituciones financieras sí necesitan de una mejor regulación que defienda realmente los derechos de propiedad, pero esto dista mucho de que los políticos deban y puedan meter las narices en todos los patrimonios privados. El punto de llegada debería ser una progresiva abolición de los bancos centrales y de los privilegios con los que vienen operando los bancos privados especialmente desde hace un siglo. Sin embargo, el documento de la Cumbre ni siquiera mienta a los bancos centrales –culpables últimos de la crisis– y en cambio se deshace en invectivas contra la inexistente desregulación.

En definitiva, la Cumbre ha sido un fiasco destinado a bendecir la expansión descontrolada del gasto público por parte de cada Gobierno y para avanzar hacia un sistema financiero prostrado, aún más, a los intereses del Estado. Pero precisamente por conservar la malformación básica del negocio bancario (la insostenible estrategia de endeudarse a corto plazo e invertir a largo con la asistencia inflacionaria de los bancos centrales), estas medidas sólo servirán para asfixiar nuestra libertad y bienestar y no para poner fin a las recurrentes crisis económicas.

Sólo una nota saludable parece derivarse de las conclusiones del G-20: una crítica abierta e indubitada contra el proteccionismo comercial que convertiría esta crisis en una severa depresión. Sin embargo, tantos aspavientos en la buena dirección sólo parecen ir destinados a reimplantar las barreras arancelarias al grito de "¡Libre Comercio!". ¿Cómo van estos estadistas –Zapatero, Lula, Kirchner, Brown, Obama, Sarkozy o Berlusconi– a renunciar al librecambismo después de comprometerse como se han comprometido a defenderlo con uñas y dientes? Pues haciéndolo. Obras son amores y no buenas razones; las consignas, que ya se repitieron hasta la saciedad en la Cumbre de Washington, no se han compadecido con los hechos. Y es que de Londres no ha salido una defensa real del libre comercio, sino de los intercambios controlados, subsidiados y teledirigidos por los Gobiernos a través de la burocracia internacional.

Si acaso, por consiguiente, podemos celebrar que nuestros políticos no hayan optado de manera explícita por la vía socialista revolucionaria. Pero poco a poco, crisis tras crisis, Leviatán sigue engordando.

No deberíamos depositar nuestras esperanzas en estas meriendas de contribuyentes, sino más bien en que los individuos –usted también– seamos lo suficientemente perspicaces como para salir de la crisis antes de que el G-20 nos hunda definitivamente en ella. Si esperaba algo de esta reunión, espero que sólo fueran calamidades, ya que en caso contrario habrá quedado decepcionado.

La competencia real a Google

No es un dato que se conozca mucho, pero cerca del 30% de las búsquedas que se realizan actualmente se refieren a personas, tanto por motivos de ocio como profesionales. ¿Quién no está "googleando" a personas que conoce o no se "googlea" a sí mismo para saber qué dice el buscador de uno mismo? Es por ello que están floreciendo lo que se denominan como "buscadores de personas", entre ellos: 123people , Peek You , Pipl , Spock , Yasni , Whozat o Wink. Los buscadores de personas se sitúan dentro de lo que se ha venido a llamar "buscadores verticales". En el sector de viajes, por ejemplo, hemos visto el salto de Kayak y Mobissimo al mercado español, o algunos de tipo inmobiliario como Nestoria. No son sólo simples agregadores sino que la mayoría de ellos cuentan con su propio algoritmo, por lo que sus resultados son muy relevantes.

La búsqueda vertical que ofrecen buscadores como 123people, Kayak o Nestoria ofrece respuestas relevantes para los usuarios con consultas específicas. En muchos casos éstas son mejores (o más rápidas) que las universales de Google. Mobissimo, por ejemplo, ofrece, además de búsquedas segmentadas al contexto, una comunidad para que se conecten entre sí los amantes de los viajes y el turismo. Por su parte, 123people utiliza una función de búsqueda propia, encontrando detalles actuales de contactos, imágenes, vídeos, enlaces, biografías, noticias, blogs, documentos y perfiles de redes sociales: todo gracias a su propio algoritmo y sin almacenamiento de datos personales. El contenido se extrae de una lista de medios internacionales como Google, Yahoo, Facebook, LinkedIn, Xing, YouTube, Wikipedia y otras locales según el mercado.

Cierto es que muchos de estos buscadores verticales se financian por las visitas que hacen los usuarios a los resultados que muestran y eso puede hacer que pierdan credibilidad, pero si saben asentar sus modelos de negocio y consiguen separar de una manera correcta la información de la publicidad, seguro que su uso seguirá avanzando. Es muy relevante para el mercado de buscadores que la competencia venga por los de tipo vertical, ya que en los de tipo "general" parece díficil que Google pueda tener un auténtico rival. Ahora queda por ver si estos buscadores específicos son capaces de superar su principal problema: su anonimato. Si los usuarios no conocen su existencia, difícilmente podrán aprovechar sus funcionalidades.

La voracidad confiscatoria del G-20

En concreto, desde 1929 a la fecha, cuando la economía no podía reinflarse mediante reducciones de los tipos de interés (por ejemplo en la Gran Depresión, en los 70 o en Japón a principios de los 90), los Gobiernos siempre tenían margen presupuestario para justificar una brutal expansión del gasto público.

El paradigma era precisamente el New Deal de Roosevelt: un magno programa de obras públicas y de políticas sociales que diera un vuelco a la relación entre la ciudadanía y el Estado. Al fin y al cabo, gracias al vademécum keynesiano, el incremento del gasto público destinado a estabilizar las expectativas de los agentes económicos siempre encontraba justificación. El Estado sólo tenía que gastar y gastar hasta la saciedad, tomando prestado lo que los inversores privados supuestamente guardaban bajo el colchón por una coyuntura enormemente incierta; luego, cuando la economía retomara el vuelo, sólo habría que amortizar ese endeudamiento previo incrementando la recaudación.

Ahora, sin embargo, todo este recetario keynesiano, si bien siguen blandiéndose a pies juntillas por políticos y economistas institucionalizados, se ve constreñido por una toduza realidad: en casi todos los países occidentales la presión fiscal ya representa entre un 40% y un 50% del PIB. Dicho de otra manera, es difícil, si no imposible, que los Estados incrementen mucho los impuestos en el futuro para devolver los elefantiásicos pasivos que están contrayendo hoy. Esencialmente porque, gracias a la globalización, los capitales privados escapan con celeridad de las regiones con una fiscalidad más confiscatoria y se refugian en los países con una actitud más respetuosa hacia la propiedad privada. Así pues, si en el remoto día en que salgamos de la crisis el Estado quiere generar los superávits presupuestarios necesarios para amortizar su deuda actual, los políticos tendrán que reducir su preciado gasto público.

Sin embargo, dado que éste resulta cada vez más rígido e "irrenunciable" para un Occidente en proceso de socialización, parece que los políticos, sin reconocerlo ni proclamarlo, han decidido ampliar su capacidad para esquilmarnos. Es decir, han decidido volar los diques de contención que el mercado había ido erigiendo para proteger a los individuos y su riqueza.

Es en éste contexto en el que debe entenderse la propuesta de eliminar los paraísos fiscales e, incluso, la disparatada idea de seguir avanzando hacia el proteccionismo. En la medida de lo posible, los Estados buscan coordinarse para que no queden lagunas y recovecos internacionales donde puedan guarecerse los patrimonios privados. Se trata de impedir que, por fin, ese "dinero caliente" que tanto molesta a los gobiernos depredadores no tenga otra salida que rendirse maniatado ante nuestros hambrientos publicanos.

Cerrar los paraísos fiscales en nada contribuirá a impedir que se reproduzcan crisis económicas en el futuro. Pero sí abrirá la puerta a brutales subidas de impuestos en Occidente. Quizá ésa sea la panacea que nos ofrecen: una economía socialista que no sufra periodos recurrentes de crisis, pero porque viva instalada en ella.

El embrión sin especie

El contramanifiesto firmado por 17 científicos, la "élite científica" según El País, sostiene que la ciencia no puede establecer la condición humana del embrión, pues "entra en el ámbito de las creencias personales, ideológicas o religiosas". Pero en su afán por distanciarse de la posición anti-abortista y dar una imagen de científicos objetivos sin agenda política caen en un razonamiento absurdo y anti-científico.

Dice el contramanifiesto: "El momento en que puede considerarse humano un ser no puede establecerse mediante criterios científicos." En esta frase los autores están asumiendo que el embrión es un "ser". Esta asunción es correcta, pues en efecto se trata de un ser vivo.

Un ser vivo, sinónimo de organismo, puede estar formado por una célula o muchas, mantiene un equilibrio interno, tiene irritabilidad y metabolismo, se desarrolla conforme procesa nutrientes, se reproduce y se adapta al ambiente sin perder su nivel estructural hasta su muerte. Un ser vivo es lo contrario a una materia inerte. Las plantas, los hongos o las bacterias son seres vivos. Los humanos estamos en la categoría de "animales", donde se contabilizan 1.300.000 especies.

El contramanifiesto, después de señalar que el embrión es un "ser", subraya que no puede establecerse científicamente el momento en que puede considerarse humano. Más adelante insiste en que la ciencia puede clarificar características funcionales del embrión, pero no puede afirmar o negar si esas características lo convierten en humano.

Dentengámonos un instante en este punto. ¿Qué significa "humano"? Que algo es perteneciente o relativo a la especie humana. Luego los 17 científicos no tienen claro si el embrión resultado de la fecundación de un óvulo humano por un espermatozoide humano es un ser perteneciente a la especie humana. Como no pueden establecer el momento en el que ese embrión es humano, significa que hay un período durante el cual el embrión podría ser de otra especie. Podría ser el embrión de una vaca o de un perro, según la "elite científica". La ciencia no tiene nada que decir sobre la especie a la que pertenece el embrión, pues determinar la especie de un ser entraría en el ámbito ideológico o religioso.

Obviamente clasificar la especie un organismo no tiene nada de ideológico o religioso. El cigoto unicelular fruto de la fecundación es ya un organismo único de la especie homo sapiens, con los 46 cromosomas que definen su identidad genética. El ser humano inicia en ese momento su ciclo vital y no lo termina hasta que muere. El embrión empieza a producir enzimas y proteínas y a dirigir su propio crecimiento y desarrollo, que se desenvuelve de una manera continua y gradual. Esto son hechos científicos.

Lo que probablemente querían decir los 17 científicos en su contramanifiesto es que la ciencia no puede establecer el momento en el que un ser humano tiene derecho a la vida, lo cual es cierto –para eso está la ética– pero es algo distinto a lo que dicen en realidad. Sus malabarismos retóricos ilustran que los hechos científicos son incómodos para la posición pro-abortista, pues obligan a sus partidarios a admitir que están defendiendo el derecho a matar a un ser humano. El derecho al aborto es más fácil de racionalizar y de reivindicar si el embrión puede ser descrito como una "masa de células". Pero si desde el punto de vista científico se considera un "ser humano", la causa queda maltrecha no sólo de cara a la opinión pública, también de cara a los pro-abortistas que buscan tranquilizar su conciencia. No es lo mismo "interrumpir un embarazo" que "interrumpir una vida humana".

Socialmemocracia

Esto es, los más ineptos e inmorales en lo más alto del poder parasitando a los productivos y escurriendo el bulto descaradamente ante todos los problemas generados por ellos mismos, nuestros ilustrísimos gobernantes, y culpando al chivo expiatorio del mercado libre, es decir al proceso y los resultados de decisiones voluntarias descentralizadas de millones de personas (que en realidad no existe más que como una sombra distorsionada por el intervencionismo).

Asegura que la actual crisis "es por la actuación egoísta de unos empresarios desaprensivos aupados por una ideología desrreguladora (sic), antiestatal y a favor del mercado libre. Hemos tenido que sufrir los efectos salvajes de un sistema capitalista que mantiene una fatal atracción sistémica por las crisis recurrentes".

Les cuesta tanto desregular que ni siquiera saben escribirlo bien. Y no suelen ofrecer muchos ejemplos concretos de esas presuntas desregulaciones, tal vez porque no existen pero conviene repetir la memez para que el populacho votante progre crea que haberlas haylas y además son temibles: los empresarios son egoístas (¿los políticos, funcionarios y sindicalistas no?), el capitalismo es salvaje y la atracción es fatal, como en las películas de terror, y con el mismo nivel de estupidez adolescente.

Sigue lanzado la lumbrera de la economía zapateril: "Cuando ha fallado la lógica del máximo beneficio privado a corto plazo, sin responsabilidad social, sin perspectivas de sostenibilidad, sin nada que pusiera freno al pelotazo individual, la solución hay que buscarla en actualizar el clásico principio socialdemócrata de tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario". Se le olvida, o no le llega para entender, que el liberalismo consiste en derechos de propiedad y cumplimiento de los contratos. El beneficio se intenta máximo y cuanto antes a base de servir como productores especializados a los demás que son consumidores generalistas (y nunca a costa de otros como en la redistribución de riqueza típica de la socialdemocracia): ¿es acaso mejor no maximizar esos beneficios o retrasarlos? La responsabilidad en sociedad significa hacerse cargo de los daños que uno pueda causar a los demás (algo que jamás se verá hacer a un político socialista, y perdón por la reiteración), y no en convertirse en mulo de carga de hordas de parásitos dependientes. La insostenibilidad a la que se refiere, ¿es la provocada por la manipulación de los tipos de interés por los bancos centrales? ¿O la del fraude piramidal que es la seguridad social? Va a ser que no a ambas preguntas. ¿Y quién decide cuánto mercado nos van a permitir? ¿Nuestros bien amados dirigentes? ¿Esos que no saben vivir fuera de las ubres estatales que a ellos sí que les son tan necesarias?

Y sigue recordando "el fracaso que ha supuesto tres décadas en las que ha sido el mercado quien ha estado al mando con el resultado demostrado de ineficiencia, crisis, e inmoralidad". ¿Ha estado al mando el mercado? ¿De verdad? Algo tan bonito y no nos hemos enterado… Pero… ¿en el mercado se dan órdenes? ¿Hay coacción como la de la legislación estatal? Si los políticos no mandaban nada en todo este tiempo, ¿por qué tanto ardor electoral por alcanzar el poder?

Como no puede parar en su ataque de verborrea insiste en "la constatación del fracaso de la autorregulación privada y la necesaria intervención pública en actividades sensibles con graves repercusiones sobre el conjunto del sistema". ¿Autorregulación privada? ¿Se refiere a las cajas de ahorro supervisadas por el Banco de España? Seguro que sí.

Sevilla es una máquina de producción de bobadas: "Si algo es demasiado grande para caer, la responsabilidad social exige no dejar sus decisiones en manos exclusivas de sus gestores y accionistas, que juegan la ventaja de que ante dificultades serias reciben la ayuda pública". Si algo es demasiado grande para caer, no debería existir, y en una sociedad libre no existiría; pero los políticos prefieren mantenerlo precisamente para intervenirlo con la excusa de que no se lo puede dejar solo. Además de aprender a analizar alternativas, a Sevilla le convendría leer lo que él mismo escribe (¿o sólo lo firma?) para no comerse palabras.

Con genios como éste al mando difícilmente se va a conseguir "devolver la confianza a los ciudadanos en su sistema económico". Pero tienen el morro de pretender que es cosa suya.