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Rajoy no tiene una respuesta para usted

Algo digno de mención si se tiene en cuenta la ristra de mentiras y la demagogia barata a la que nos tiene acostumbrados la clase política española.

Ahora bien, dicho esto, si algo ha demostrado Rajoy es que, hoy por hoy, carece de una respuesta para usted. Es decir, de un programa de acción política capaz de afrontar con cierta solvencia la grave situación económica. Haciendo uso de un discurso tenue y ambiguo, el presidente de los populares no logró aportar ni una sola medida digna de mención para paliar la principal preocupación de los españoles: el desempleo masivo.

De hecho, Rajoy trató de evadir algunas de las preguntas clave que, a modo de puñal, fueron lanzadas por los miembros del público. "Hay que aguantar", contestó Rajoy a un camionero que no llegaba a fin de mes. Es más. En un alarde de optimismo propio del Zapatero más iluso e hipócrita, el líder del PP confió en una pronta mejoría del panorama económico nacional. Una afirmación que, sin duda, denota su ignorancia en esta materia.

Por supuesto, Rajoy no dudó en descalificar reiteradamente como ineficaces e inadecuadas las medidas aprobadas hasta el momento por el Gobierno socialista. No cabe duda de que el diagnóstico se lo han transmitido muy bien sus asesores de Génova. Una pena que malgastara casi año y medio de oposición sin abordar este tema, antes de las elecciones generales, cuando algunos ya advertían de lo que se avecinaba. El problema del PP, sin embargo, es que carece de recetas a aplicar en caso de que, finalmente, la crisis económica termine derribando al actual Ejecutivo.

Ni una sola mención a las profundas reformas estructurales que precisa el país. Ni abaratamiento del despido y de la contratación; ni rebaja sustancial de las cotizaciones sociales –¿saben ustedes cuánto pagan cada mes a la Seguridad Social?–; ni máxima flexibilización del mercado laboral; ni derogación de la nefasta negociación colectiva que imponen los sindicatos desde hace décadas en pos de la alegórica paz social… En cuanto a recortes fiscales, Rajoy tan sólo reiteró su intención de aplicar una exigua rebaja del Impuesto de Sociedades, y poco más.

¿Recetas? Miles de millones en nuevos préstamos públicos a través del Instituto de Crédito Oficial (ICO) para pymes, una actualización de módulos para los trabajadores autónomos, que tampoco precisó, y acortar a 60 días el pago de las voluminosas deudas que acumulan los ayuntamientos. ¿Y la crisis bancaria? "Confianza", mucha confianza en la solidez del Estado a la hora de garantizar los depósitos de los ahorradores.

Punto y final. Ni un palabra sobre el necesario y drástico recorte que precisa el gasto público. Nada sobre establecer rígidas limitaciones al desbocado endeudamiento en el que están incurriendo a la desesperada municipios y comunidades autónomas. Ni mu sobre la urgencia de relanzar cuando antes la energía nuclear para reducir la elevadísima dependencia energética que sufre el país, o sobre la ineludible conveniencia de incentivar el ahorro mediante la aplicación de una amnistía fiscal en toda regla.

Y eso, por citar sólo algunas de las reformas económicas que precisa España para levantar cabeza a medio plazo. Me temo que, o bien el PP conoce el castigo electoral que conlleva aplicar determinadas medidas, y por eso calla, o bien apuesta por una mimetización con el PSOE en materia económica. Algo que, sin duda, sería terrible, ya que implicaría que este país carece de alternativa política y, como consecuencia, nada o poco va a cambiar en el futuro próximo.

De hecho, por desgracia, todo apunta a esta segunda opción. El PP denunciaba esta misma semana que el PSOE había aplicado un recorte de gasto social, que apenas superaba los 60 millones de euros. ¡Terrible! Por su parte, el vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, se fustigaba esta misma mañana por la caída que estaba experimentando el precio de la vivienda. Todavía no se ha percatado de que dicho ajuste es imprescindible para la recuperación del sector del ladrillo.

Con este plantel, mal vamos. ¿Qué hará Mariano cuando el rescate financiero precise de decenas de miles de millones de euros y el país no se pueda permitir un aumento exponencial de la deuda pública? ¿Tendrá el valor y la convicción suficiente para borrar del mapa programas enteros de gasto e inversión pública que, hoy por hoy, estima imprescindibles? ¿Apostará firmemente el PP por el libre mercado, única receta viable para salir del agujero a medio plazo? Lo dudo. No obstante, la actual dirección popular se vanagloria de su perfil socialdemócrata. Rajoy vive de hazañas pasadas. Olvida que fue, sobre todo, la entrada de España en el euro y la burbuja inmobiliaria auspiciada por el crédito fácil lo que permitió registrar crecimientos anuales por encima del 3% durante más de una década –incluso gobernando el PSOE por más que le pese a don Mariano– hasta que llegó el pinchazo.

Rajoy también olvida que fue su Gobierno el que, en pleno crecimiento económico, se bajó los pantalones ante los sindicatos a la hora de aprobar una reforma laboral que ya entonces era ineludible. ¿Lo hará en plena crisis? Nuevamente, me temo que no. Rajoy carece de respuesta a la crisis.

Por suerte, la tan ansiada recuperación económica nunca llega de la mano de los políticos. Son siempre los ciudadanos quienes, gracias a su tesón, su esfuerzo, su iniciativa y su innata creatividad empresarial logran levantar un país. El resto son cuentos. El Gobierno, sea del color político que sea, tan sólo ha de interferir lo mínimo posible para que este espontáneo proceso, propio del libre mercado, acabe teniendo lugar. Así pues, ¿confianza? Sí, toda. Pero deposítenla únicamente en ustedes, no en los políticos. Sólo el individuo puede generar riqueza, el Estado tan sólo vive de ella y la reparte a su antojo entre cargos, amigos y venta de favores, siempre en beneficio propio.

La Hora de los Logros Humanos

Así, autoridades poco dedicadas al bien común y demasiado a la propaganda se pusieron a apagar los focos que iluminan diversos monumentos, mientras un número indeterminado de personas –pero que por supuesto los ecologistas cifraron en 1.000 millones en todo el mundo– decidieron apagar la luz. El efecto real fue, claro, insignificante: la hora prevista fue la de mayor consumo eléctrico del día y el consumo fue poco más de un 1% menor que el sábado anterior.

Hay dos cosas sobre esa hora de apagar las luces que me irritan profundamente. La primera ya la identificó el propio Lomborg: estas mamarrachadas son un modo de que la gente se piense que hay soluciones sencillas a los problemas y que todo depende de tomarse la molestia de apagar la luz una hora. Pero por supuesto, como diría Ramón Calderón, eso no es así, eso no es verdad. El proyecto ecologista contra el calentamiento global exige sacrificios reales y mucho mayores, como el de enviar al paro a millones de personas en todo el mundo y rebajar significativamente nuestra calidad de vida. Desgraciadamente, a nuestro alrededor hay demasiados adolescentes en términos morales para los que lo único que cuentan son las emociones, no la realidad, y especialmente el sentimiento más importante en términos políticos: la autosatisfacción.

Pero aún más indignante y, si me permiten, más adecuado a esta sección de internet y tecnología a la que debería dedicar mis artículos (sí, señor director, a los pies de su señora, señor director), es la ceguera voluntaria que impide a los ecologistas ver ninguna solución que no pase por una restricción al uso de la tecnología, en lugar de abogar por lo que siempre ha hecho la humanidad para solucionar los problemas causados por su progreso: progresar aún más. No, los apocalípticos del calentamiento global quieren que produzcamos menos y optemos por tecnologías ineficientes y ruinosas, que reducen nuestro nivel de vida al obligarnos a enterrar nuestros recursos en ellas en lugar de utilizar una parte en alternativas realmente eficientes y la otra parte en cubrir otras necesidades.

Escondidos bajo la excusa científica, el ecologismo no es más que ideología pura. Son los herederos intelectuales de esos reaccionarios del XIX llamados luditas, que querían frenar el desarrollo industrial y tecnológico bajo la falacia, mil veces refutada, de que destruía empleos. Dentro de esa pila de años en la que nos auguran que la Tierra será más cálida, habremos desarrollado tecnologías energéticas que ahora somos incapaces de concebir siquiera. Pero para ellos ese progreso no es más que otro paso atrás en el camino que quieren recorrer, pasito a pasito hacia ese Edén virginal en el que convivíamos en armonía con la naturaleza, la esperanza de vida era de 30 años y nuestro desarrollo económico y tecnológica impedía que sobrevivieran más que unos pocos millones de personas en todo el mundo.

"Enviaré una señal desde el portátil hasta nuestro servidor local, desde donde viajará por cable de fibra óptica a la velocidad de la luz hasta San Francisco, rebotará en un satélite de órbita geosíncrona a Lisboa, Portugal, desde donde los datos se desviarán a un cable transatlántico sumergido que termina en Halifax, Nueva Escocia, y atravesarán todo el continente vía repetidores de microondas hasta nuestro servidor y de él al receptor adherido a esta… lámpara", decía un personaje de la serie The Big Bang Theory describiendo el proceso seguido para encender una bombilla que tenía a un metro de distancia tras haberla conectado a internet. En esta ocasión, claro, el objetivo era bastante ridículo, como corresponde a una comedia. ¿Pero alguien podía imaginarse a comienzos del siglo XX algo como internet? No, claro que no. Pero al contrario que ahora los políticos no hacían planes a cien años vista que requirieran unos brutales sacrificios ahora. Bueno, quizá en la URSS.

Así, mientras unos (pocos) celebran su "Hora de la Tierra", yo prefiero unirme al CEI y celebrar la Hora de los Logros Humanos, entre los que se incluye internet en un lugar destacado. Y seguiré luchando contra cualquier intento de destruirlos como los que encabezan, de forma destacada hoy en día, ecologistas e islamistas.

No fue el shadow banking

Por este motivo, unos gestores codiciosos pudieron apalancarse numerosas veces sobre su capital para adquirir productos estructurados que ni ellos mismos comprendían.

La sencillez de este argumento nos ofrece la solución a la regulares crisis económicas en bandeja: basta con regular al shadow banking; o, por expresarlo a la lacónica forma de la Cumbre del G-20 en Washington, que “ningún agente, ningún producto y ningún mercado” queden fuera de la regulación.

Las suspicacias de que esta teoría tenga algo de sentido y no suponga una mera excusa para ampliar hasta límites insospechados el poder del Estado deberían comenzar cuando nos damos cuenta de que el secretario del Tesoro estadounidense, Timothy Geithner, es su principal defensor. ¿Por qué resulta sospechoso que Geithner se sume a la teoría del shadow banking? Básicamente porque su anterior cargo fue el de presidente de la Reserva Federal de Nueva York, es decir, uno de los encargados de supervisar la labor de los bancos.

La siguiente suspicacia debería provenir de la constatación de que bancos comerciales como Citigroup o Bank of America han tenido casi idénticos problemas a la banca de inversión.

Pero, sin duda, si algo debería hacernos caer del guindo debe ría ser la reciente quiebra de Caja Castilla-La Mancha –y lo que te rondaré morena– en España. En nuestro país no hemos tenido shadow banking: toda la banca estaba regulada y supervisada por el Banco de España, se la obligaba a dotar provisiones anuales para robustecerse ante las fluctuaciones cíclicas y no se ha invertido en productos estructurados (“en España no tenemos subprime”, decía). De hecho, Caja Castilla-La Mancha ha caído por préstamos a promotores impagados.

Pero si aquí no hemos tenido shadow banking y nuestro sistema financiero era el más sólido del mundo, ¿cómo hemos podido tener burbuja inmobiliaria y quiebra de entidades? Tal vez  porque la teoría del shadow banking sólo pretende explotar la ignorancia.

No, el shadow banking no es el responsable y la hiperregulación financiera no es la solución. Los culpables, repetido desde el Instituto Juan de Mariana, son los bancos centrales y su permanente inflación crediticia que sirve para sostener a unos bancos privados que llevan décadas en permanente suspensión de pagos (su deuda a corto plazo es inmensamente superior a sus activos circulantes). Mientras no solucionemos esto, seguirá habiendo crisis económica, con o sin regulación.

Medidas verdes para una economía podrida

Preguntado por los periodistas sobre si una política como esa ayudaría a reducir nuestra tasa de desempleo, ZP contestó que su propuesta representa una "gran reforma estructural" que ayudaría a crear numerosas ocupaciones. Así, la retórica del presidente ha cambiado significativamente. Ya no se trata de cumplir con Kioto y con la implantación de las renovables "cueste lo que cueste", sino de vender la moto de que el apoyo público a las renovables generará empleo.

Con este giro el líder socialista se une al club de Barroso y Obama, dos políticos que sin ningún tipo de argumentos se dedican a prometer creación de empleo gracias a sus grandiosos planes para subvencionar a las renovables. Barroso prometía hace un año que Europa generaría millones de puestos de trabajo verdes con su proyecto para elevar la contribución de las renovables a la producción energética total; y Obama lleva un par de meses tratando de engatusar a sus parados y a toda la ciudadanía con la misma cantinela.

Sin embargo, el discurso según el cual estos planes estatales producirán empleo neto es un cuento chino. No sólo porque será en el país asiático donde se generen en su mayor parte sino, sobre todo, porque es totalmente falso.

Para aumentar la producción de enegía mediante fuentes renovables hace falta subvencionar a estas últimas detrayendo ingentes recursos de otros sectores. Entre 2000 y 2008 el Gobierno ha comprometido 28.000 millones de euros en esta labor. Puesto que el número de empleos que han generado está en torno a los 50.000, cada trabajador verde le cuesta al ciudadano español la escandalosa cantidad de medio millón de euros.

Quien crea en serio que ese despilfarro puede ser una forma de salir de la crisis es que no está en sus cabales y Zapatero, obviamente, parece creerlo. Mentira o locura, la explicación de esta patada a la lógica más elemental es la fijación en los empleos que se crean y el olvido de los que se dejan de crear como consecuencia de ese gasto público. Un nuevo estudio de la Universidad Rey Juan Carlos en el que he tenido el placer de trabajar durante los últimos meses, prueba que por cada empleo que el Estado intenta favorecer mediante subvenciones a las renovables, se destruyen o dejan de crear 2,2 en el resto de la economía.

Así que lejos de generar empleo, la idea de Zapatero está siendo una forma muy efectiva de destruirlo y, en caso de adoptarse a nivel internacional, tendería a producir similares resultados, empeorando así la crisis global. Las medidas verdes del Sr. Zapatero podrán sacar con dinero público a unos cuantos amiguetes de la difícil situación financiera en la que se han metido, pero ni generarán empleo ni (aún menos) podrán arreglar la podredumbre del sistema financiero.

Y aquí, ¿qué ha fallado?

No tenemos que irnos ni a Wall Street ni a Washington para buscar a los responsables de su caída. Basta con que nos quedemos en el escenario típicamente cervantino. Y, por desgracia, tampoco tendremos que esperar mucho tiempo a que estos desafortunados créditos a promotores sigan cobrándose la cabeza de otras cajas.

El progresivo desmoronamiento del sistema bancario español, en línea con lo ocurrido en otras partes del globo, debería servirnos como alerta y vacuna contra las interpretaciones más pueriles y sesgadas de la crisis económica. Los políticos, los de allí y los de acá, se están montando una película alternativa sobre sus causas para eximirse de responsabilidades.

No hay que ir demasiado lejos. Si usted le pregunta hoy mismo a cualquier persona de la calle por qué ha empezado esta crisis, le dirá que los malvados especuladores financieros de Wall Street (la versión sajona de los especuladores inmobiliarios españoles) invirtieron en productos muy arriesgados que han terminado siendo impagados. Y dado que esos especuladores no estaban sometidos a supervisión, es necesario que ahora nuestros políticos los regulen masivamente para impedir que vuelvan a hacerlo.

En esta línea, el secretario del Tesoro de Estados Unidos lleva meses repitiendo que la culpa de la crisis radica en el llamado "shadow banking", esto es, instituciones financieras que actúan como bancos (por ejemplo, las aseguradoras tipo AIG) pero que no están sometidos a las estrictas regulaciones de los bancos. El remedio parece sencillo: que ningún agente, que ningún producto y que ningún mercado queden fuera del atento control del Estado, como ya se propuso en noviembre durante la pasada cumbre de Washington.

Pero hete aquí que en nuestro país empiezan a quebrar entidades financieras como las cajas que sí estaban supervisadas por el Banco de España (de hecho, según todos decían, "muy bien supervisadas") y que no habían prestado dinero a productos complejos que no entendían sino a actividades tan tradicionales como comprar un terreno y construir varios bloques de pisos.

No, la crisis financiera no es una crisis del "shadow banking" frente al modelo mucho más prudente y noble de la banca comercial de toda la vida. Ambos tipos de banca han quebrado conforme los Gobiernos de los distintos países han dejado de sostener artificialmente los mercados. No ayudará, por tanto, que el sistema financiero internacional adopte las pautas de un modelo español que de poco ha servido para evitar la crisis.

Valdría la pena que por una vez nuestros mandatarios practicaran un ejercicio de honradez y reconocieran su responsabilidad en esta situación: los bancos centrales expandieron el crédito de manera insostenible desde 2003, generando todo tipo de burbujas (como la inmobiliaria) y malas inversiones por la economía que ahora se están revelando y rebelando. Este lucrativo chiringuito –las entidades financieras se endeudaban a corto plazo prestando a largo y el banco central de turno les cubría el riesgo de iliquidez a costa de generar inflación– que los políticos luchan por defender –entre otras cosas, porque les permite financiar el enorme gasto público actual– y ocultar con todo tipo de diagnósticos demagógicos es el que se ha venido abajo en los campos castellanos.

¿Quién rapta a nuestros hijos?

Como si la idea no hubiese sido disuelta por la ciencia (Pinker), Vilaseca parte de que llegamos al mundo con una tabla rasa, libres del pecado original de nuestra civilización. Un pecado, sin embargo, impuesto por medio de sus padres: la admisión de estos valores "civilizados", occidentales, que cercenan su libertad, la de convertirse en un hombre nuevo, para una sociedad completamente nueva. Ya ven por dónde vamos.

"Cuando nacen, los niños son como una hoja en blanco: limpios, puros y sin limitaciones ni prejuicios". Nacen por un mandato de la biología, pero los padres buenos, los que aman verdaderamente a sus hijos, saben que "no les pertenecen". Sólo desean "contribuir con nuestro granito de arena en la evolución consciente de la humanidad". Los padres los plantan en este mundo, como instrumentos de esa "evolución consciente", pero no les pertenecen.

Pero se interpone nuestro egoísmo, que nos lleva a cometer el crimen de educar a nuestros hijos en los valores que nosotros elegimos para ellos, "inculcándoles creencias, normas y valores". Es un "condicionamiento" que "nos esclaviza". Nos transmite el malestar de la cultura. Este egoísmo impide la verdadera educación, que no es la transmisión de los valores de nuestra civilización, sino "liberarnos" de ella, formar "una nueva generación" con unos nuevos valores. Raptamos a nuestros propios hijos para inyectarles nuestra enferma visión del mundo.

Lo que no dice el autor es qué sustituirá a los valores de los padres, y quién se encargará de transmitirlos. Pero es claro que consistirá en inculcar la cosmovisión progresista del mundo, y por medio del Estado. Nuestra misión es "ayudarles para que ellos mismos descubran su propia forma de mirar" el mundo. Pero, abstenidos los padres, ¿quién hará de guía en esa educación? El progresismo instalado en el aparato educativo estatal. Es el viejo ropaje pretendidamente liberador del totalitarismo de siempre, desde Esparta a nuestros días. ¿Quién rapta a nuestros hijos?

Parar las máquinas en tiempos de crisis

En plena destrucción acelerada de empleo, al sindicalista no se le ocurre nada mejor que proponer reducir la jornada laboral a 35 horas semanales organizadas en cuatro días. Así, se nos dice, las empresas tendrán que demandar más trabajadores para mantener su nivel de producción y el paro se reducirá.

Algunas personas parecen empeñadas en hundirnos en la miseria. A las disparatadas recetas de endeudarnos para incrementar nuestro consumo, ahora añaden la de reducir el número de horas que trabajamos. Siempre pongo el mismo ejemplo, pero no por ello su validez se desgasta: si una familia está endeudada hasta las cejas, ¿qué le recomendaríamos? Primero, que deje de acumular nuevas deudas. Segundo, que se apriete el cinturón recortando gastos superfluos. Tercero, que el dinero que ahorre lo destine en todo o en parte a amortizar la deuda. Y cuarto, si resulta necesario, que se busque otro empleo para poder ahorrar más cada mes.

El torpe razonamiento económico de muchas izquierdas y derechas apunta hacia lo contrario. Primero, si no quiere caldo de deuda, tome dos tazas. Segundo, con la nueva deuda, páguese unas ostentosas vacaciones al Caribe. Tercero, no se preocupe nunca por minorar su nivel de deuda, que suba es una buena señal. Y cuarto, a ser posible quédese en el paro o búsquese un empleo donde trabaje y gane la mitad. No sé por qué nuestros gobernantes no están sufragando una campaña institucional con estos cuatro consejos para las familias españolas al borde del embargo hipotecario. ¿Tal vez porque se tomarían como un insulto a su inteligencia lo que nuestros prohombres públicos pretenden que el Estado nos imponga a todos por ley?

No creo que sea necesario desarrollar demasiado por qué nadie en su sano juicio debería leer la entrevista al cándido Cándido buscando un atisbo de sensatez. A quien no le chirríe que la recuperación de una crisis en la que se destruye riqueza de forma masiva deba pasar por dejar de producir aun más riqueza, probablemente sea porque esté más preocupado por validar sus prejuicios ideológicos que por intentar comprender esta sencilla realidad. Y ante eso, razonar sirve de poco. Pero por si hay algún confundido de buena fe, intentaré exponer el argumento económico que se esconde detrás del sentido común.

Las compañías son organizaciones complejas que utilizan multitud de factores productivos: máquinas, edificios, materias primas, electricidad, información técnica y, también, trabajadores. El empresario contrata a los trabajadores y al resto de factores en función de los beneficios que espera obtener con su negocio. Si un factor se encarece, tratará de utilizarlo menos para evitar al máximo la erosión de sus beneficios: si la luz sube de precio, intentará ahorrar electricidad y quizá incluso se cierre alguna sección del negocio que consuma mucha.

Muchos parecen creer –siguiendo todavía a estas alturas a Marx– que el trabajador es la parte esencial de un proceso productivo y que si su precio aumenta, lo hará siempre a costa de los beneficios del capitalista: en su mente, se trata de una simple redistribución de la renta. No entienden que si el coste de los trabajadores aumenta, los empresarios tenderán a utilizarlos menos y si hace falta cerrarán ciertas líneas de negocio, como sucedía cuando subía la luz.

Pues bien, reducir la jornada laboral y mantener los salarios equivale a un incremento enorme de la retribución de los trabajadores (trabajan un 12,5% menos y cobran lo mismo). Y si el trabajo se encarece, se utiliza menos. ¿Resultado? Más paro. Que nadie sueñe con que los empresarios redoblarán las contrataciones para cubrir los huecos; puede que sea así en algunos casos (a costa, claro, de que suban los precios de su mercancía), pero en general es imposible: todos los empresarios no pueden subir todos los salarios a la vez de manera sostenida en el tiempo. En caso de implantarse una medida similar, quienes la sufrirían serían aquellos a los que supuestamente se quiere beneficiar. Pero no creo que este riesgo haga reflexionar lo más mínimo a UGT y similares, pues su objetivo nunca ha sido defender al trabajador, sino vivir del cuento con esa excusa.

Por supuesto, nada tengo que objetar contra quienes crean que el futuro pasa por reducir la jornada laboral y ampliar nuestro tiempo libre. Yo también lo creo e históricamente así ha sido. Pero todos quienes pensemos esto deberíamos ser también conscientes de que esa ampliación de nuestro ocio vendrá de la mano de unos salarios menores a los que podríamos haber percibido sin ese ajuste de jornada. El tiempo libre es un bien económico como cualquier otro y tiene sus costes, es decir, en cierto sentido pagamos por él a través de menores salarios.

Por eso mismo, a diferencia de Méndez, no creo que esa reducción de jornada deba imponerse por parte de los poderes públicos: muchos trabajadores pueden seguir prefiriendo una jornada de 40 horas a cambio de mayores sueldos y de llegar a fin de mes. Que cada cual pacte las condiciones laborales que considere más convenientes.

Ahora bien, que semejante reducción coactiva de nuestras rentas se esté proponiendo en tiempos de crisis no sólo me parece una desfachatez sino una salvajada antisocial difícilmente superable. Aunque supongo que a nuestros sindicatos ya se les ocurrirá algo.

Eugenesia contra el supuesto calentamiento

No toda, claro, porque alguien tendrá que quedarse para supervisar el éxito de la medida (ellos, por supuesto, que son los que “entienden”), sino, pongamos, la mitad.

Sorprende que después de una década en que la temperatura global no ha experimentado ningún calentamiento, y un último invierno en el que el grajo ha volado muy bajo con la consecuencia conocida, los ecolocos hayan decidido poner en marcha esta campaña grotesca en la que proponen una “solución final” para los problemas de la Tierra (muerto el hombre se acabó el CO2). Debe ser que las evidencias que están llevando a pensar a muchos científicos que en lugar de calentarse el planeta nos aproximamos a otra etapa glacial son tan abrumadoras, que los fieles de la Iglesia de la Calentología han decidido realizar este último esfuerzo pedagógico para preservar las toneladas de billetes de euro y dólar que reciben anualmente, casi tantas como el jet de Su Goricidad emite de CO2 a la atmósfera.

La idea de reducir drásticamente la humanidad a través de programas de esterilización y control de la natalidad obligatorios ha surgido de una universidad norteamericana, pero a este lado del Atlántico ya hay quien la ha tomado muy en serio. En concreto, un asesor del primer ministro inglés apellidado Porrit, al que desde aquí mando cortesmente a la ídem, es partidario de reducir la población de las islas británicas a la mitad. Malthus proponía lo mismo con la excusa de que el planeta no podía alimentar a tanta gente en el futuro. Sus herederos intelectuales lo hacen para reducir el nivel de CO2 atmosférico, con lo que demuestran haber superado en cretinismo al maestro.

En todo caso, obras son amores y no buenas razones, así que espero que los promotores de la idea den ejemplo capándose ellos los primeros, a poder ser sin anestesia. Sólo entonces comenzaremos a tomarles en serio.

La negra realidad de los empleos verdes

El presidente norteamericano aseguró, en medio de una de las mayores crisis económicas de la historia reciente y que más trabajos se está llevando por delante, que las energías renovables "pueden crear millones de empleos adicionales e industrias completamente nuevas".

A quienes proponen generar empleos mediante energías verdes se les suele olvidar un pequeño detalle. Resulta que a día de hoy las principales formas de producción renovable necesitan enormes subvenciones para existir. De hecho, en lo que va de década, el dinero público entregado o comprometido por el Gobierno español en dar un empujoncito a las renovables se acerca a los 30.000 millones de euros. Con esa lluvia de millones que cae permanentemente sobre la industria renovable nadie se extrañará si generan empleo. La cuestión es a qué coste.

Lo importante, como diría el gran economista francés Frederic Bastiat, no es sólo el empleo que se ve sino, también, el que no se ve o, más bien, el que ya no se podrá ver. Cuando el Gobierno decide gastar el dinero del contribuyente en molinos eólicos o placas solares, en lugar de dejar que cada uno lo gaste en lo que quiera, veremos aparecer muchos empleos verdes, pero el coste será el resultado de otras actividades productivas que no llegarán a tener lugar y los empleos que no se crearán debido a la acción gubernamental.

Subvenciones

De acuerdo con las estimaciones europeas acerca de los empleos necesarios para mantener los megavatios renovables de potencia instalados en España (tanto directos como indirectos), cada empleo verde que el gobierno ha ayudado a crear ha requerido más de medio millón de euros en subvenciones. ¡Así cualquiera crea un empleo!

Desde ahora mismo me postulo para crear puestos verdes, azules o amarillos si el Gobierno me da un millón de euros por cada pareja de empleos que cree. Realmente no importará para qué les contrate, porque con ese dinero podría pagarles un sueldo superior al salario mínimo durante más años que la vida laboral de esos empleados. Así que a lo mejor se nos ocurre que una buena forma emplear su fuerza laboral es que produzcan energía tirando de un molino.

Si por un momento nos planteamos cuántos empleos se hubiesen creado en el resto de la economía (aquella que no está tan verde como para necesitar subvenciones) con esa suma de dinero, el resultado serán los empleos que han dejado de existir por el empeño en subvencionar una fuente de energía que aún no es eficiente.

Pues bien, en España resulta que por cada empleo que el Gobierno trata de crear con subvenciones, se destruyen, como mínimo, 2,2 empleos en el conjunto de la economía. Esta es la oscura realidad de los tan cacareados empleos verdes.

Y digo como mínimo porque ese cálculo no tiene en cuenta las deslocalizaciones que los elevados costes de las energías renovables están provocando y provocarán sobre las industrias intensivas en energía (al estar obligadas a comprar a un precio de pool en el que se incluyen las costosísimas renovables), ni los empleos que hubiese generado en la economía el capital que ha fluido hacia las renovables por el simple hecho de que aquí se encontraban las subvenciones.

A la luz de estos datos, los famosos empleos verdes son un camelo del discurso políticamente correcto. Estamos ante un esquema de redistribución de rentas a través del cual unos pocos se forran a costa del ciudadano de a pie. Hasta hoy, sindicatos y ecologistas son cómplices de este saqueo retrógrado.

Los primeros, ya se sabe, no representan a los trabajadores en paro cuyo empleo hubiese existido de no ser por los puestos de trabajo verdes. Sin embargo, deberían ir preocupándose por los empleos que se están deslocalizando por culpa de la elevada factura eléctrica que suponen estas fuentes de electricidad tan de moda.

Los segundos aceptan participar en este atraco a los que menos tienen para dárselo a unos pocos privilegiados porque están más interesados en acabar con las formas de producción energéticas de mercado (objetivo fundamental de su religión verde) que en el bienestar de las capas menos adineradas de la sociedad española.

El progreso económico, la creación de empleo y la más elemental noción de justicia deberían hacernos replantear la conveniencia del apoyo público a los empleos verdes.

El PSOE y CiU tienen razón, o casi

De haber prosperado, España habría sido el primer país del mundo en el que el Estado otorga galardones a las bitácoras (ya existen otros reconocimientos que nacen de la iniciativa privada y que gozan de un gran prestigio). Tal vez a algunos les pueda parecer que esto hubiera estado muy bien, que habría resultado muy moderno ser los pioneros en reconocer oficialmente el valor cultural de este tipo de webs. Pero no es así. Por fortuna, la idea ha sido finalmente rechazada gracias al voto en contra del PSOE y CIU. Estos partidos han acertado, pero no del todo. Su postura ha sido la adecuada, pero no sus motivos.

Dicen los socialistas que la proposición del PP es "ocurrente" –en lo que tienen razón– pero que peca de "indefinición" y que es necesario "estudiar el carácter del blog como un nuevo género de creación cultural". Además, anuncian que presentaran una iniciativa parlamentaria similar, destinada a premiar los sitios web cuyo objetivo sea el fomento de la cultura. El motivo del rechazo de los convergentes no resulta nada sorprendente. Según ellos, el premio debe existir, pero sólo si puede otorgarse a autores de bitácoras que escriben en cualquiera de las lenguas oficiales existentes en España y no sólo en castellano. Motivo de rechazo peculiar, puesto que la Proposición presentada no habla en ningún momento de idiomas. 

Tanto la Proposición no de Ley como los motivos para rechazarla son terribles. Todos pretenden, o al menos no buscan impedirlo, aumentar la intromisión del Estado en el ámbito cultural. Entre socialistas y nacionalistas no hay que sorprenderse debido a que el intervencionismo se encuentra en la propia esencia de esas ideologías políticas. Pero debería ser muy diferente en un diputado del PP que no sólo se define como liberal, sino que además pretende dar lecciones sobre qué significa esto último. Una muestra más de que ese "liberalismo simpático" que Lassalle propugna no es ni una cosa ni la otra.

La trampa de todos los galardones nacionales relacionados con la creación artística o literaria es que los políticos pretenden definir quiénes son los máximos exponentes culturales del país a través de la designación de los miembros del jurado. Y eso es algo que no les corresponde (es más, no debe entrar ni tan siquiera a definir qué es y qué no es cultura). De hecho, como resultó evidente con el Premio Cervantes que se otorgó al analfabeto digital con espíritu de censor Antonio Gamoneda, estos reconocimientos sirven muchas veces para elevar a los altares y premiar a los afines al Gobierno o a las amistades de quienes ahí están. No sería diferente en el caso de que se instituyera un Premio Nacional del Blog.

Con la excusa de este galardón, el Estado metería sus manos en el ámbito de las bitácoras. Terminaría utilizando el dinero de los ciudadanos para gratificar, primero vía premios pero después a través de las subvenciones que terminarían llegando –o incluso cánones– a los bloggers afines al poder político. Justo lo mismo que ocurre con el cine o la literatura.