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Las risas de Zapatero

Uno a uno, todos los portavoces parlamentarios han reprochado a Zapatero que no haya gastado el suficiente dinero en dar cobertura a los parados, en inyectar más liquidez en el mercado, en subvenciones a los sectores en crisis o en crear más infraestructuras públicas. El propio presidente del Gobierno se ha desmelenado y ha prometido incrementar la cobertura a todos los parados "sea cual sea su número".

Resulta increíble que casi nadie se escandalice ante este tipo de promesas que son más propias de un fanfarrón tabernero que de un supuesto estadista. El Estado no crea riqueza, sólo la redistribuye; dicho de otra manera, todo el dinero que obtiene procede de las rentas que previamente han generado los agentes privados de la economía.

¿Y qué sucedería si un número muy significativo de los agentes económicos se quedara desempleado o quebrara? Pues simplemente que los ingresos del Estado se desmoronarían. ¿Acaso el Gobierno podría, en este contexto, seguir sufragando los subsidios de una población crecientemente desempleada? Obviamente no, de donde no hay no se puede sacar; por mucho que se empeñen, por mucho que quieran hacernos creer que el Estado tiene capacidad para generar riqueza de la nada.

¿Por qué entonces los políticos se empeñan en prometer aquello que no pueden cumplir? ¿Por qué exigen más y más gasto durante las crisis si la capacidad financiera del Estado se resiente precisamente durante estos períodos? Aunque en parte simplemente están recurriendo a la propaganda más descarnada, hay otra parte de la explicación que resulta aun más preocupante: nuestros gobernantes se creen –es decir, no son conscientes– que el Estado tiene capacidad para gastar de manera ilimitada.

Sólo así se explica tanto la verborrea despilfarradora que estamos padeciendo como los onerosos planes de dispendio público que ya han sido aprobados. Y también así se explica que Zapatero se ría de que el diferencial de la deuda española con respecto a la alemana se haya incrementado.

El mercado no comparte el diagnóstico de nuestros políticos. Los agentes económicos son conscientes de que los Estados no son invulnerables y de que pueden quebrar, de ahí que exijan una mayor rentabilidad a las Administraciones menos solventes.

Zapatero se ríe, pero son los ciudadanos quienes padecen las consecuencias de su incompetencia y de su ignorancia. Ya que el Estado es omnipotente, parece que el gasto público puede incrementarse tanto como deseen los políticos. No, y no conviene que pensemos así, porque lo que necesitamos es justamente lo contrario: un adelgazamiento del sector público en todos los frentes, esto es, menos gasto público y menos impuestos.

Las lecciones del New Deal

De poco servirá la colosal inyección pública de recursos para frenar el creciente desempleo que vive el país, y menos aún para iniciar la tan ansiada senda de la recuperación económica. Con este tipo de medidas, el Gobierno tan sólo extenderá la agonía y convertirá la actual crisis en una Segunda Gran Depresión.

El nuevo presidente de Estados Unidos ya tiene a sus disposición 838.000 millones de dólares con el ilusorio objetivo de reactivar el consumo y la inversión. Sin embargo, lo único que conseguirá será incrementar la abultada deuda pública del país hasta límites insospechados, con los consiguientes efectos perniciosos sobre la estabilidad de su moneda. Base sobre la cual se sustenta todo el edificio monetario internacional.

Obama ignora o, lo que sería aún peor, oculta las valiosas lecciones del New Deal ideado por Roosevelt en los años 30 para combatir el crack del 29. Al igual que entonces, el Gobierno promete a la ciudadanía crear millones de puestos de trabajo mediante ambiciosos proyectos de inversión pública, cuyo gasto asciende casi al 6% del PIB nacional. Curiosamente, Roosevelt comprometió un porcentaje muy similar para su programa de infraestructuras, con el que aspiraba a crear un millón de empleos a corto plazo. Sin embargo, pese al enorme sacrificio presupuestario, materializados en déficits públicos insostenibles, la tasa de desempleo se mantuvo por encima del 15% hasta la II Guerra Mundial. Es decir, muy alejada de las tasas pre-depresión de los años 20, inferiores al 5% de paro.

Además, el promedio de horas trabajadas en el sector privado cayó casi un 27% entre 1933 y 1939 con respecto a los niveles alcanzados en 1929. El sector público prácticamente expulsó a la iniciativa privada en el ámbito de la inversión empresarial, hasta el punto de que la bolsa no recuperó el volumen de los años 20 hasta 1954. Es decir, el rescate estatal impidió la necesaria purga que precisaba la economía estadounidense, convirtiendo la recesión en depresión. Por todo ello, el Plan Obama se trata, en realidad, de un nuevo derroche de recursos que, en ningún caso, logrará reactivar la economía.

Por otra parte, el Tesoro de Estados Unidos prevé inyectar cerca de 2 billones de dólares adicionales al sistema financiero para intentar impulsar el crédito y salvar de la quiebra a cientos de entidades. Muy lejos queda ya el polémico Plan Paulson que, dotado con 700.000 millones de dólares, pretendía adquirir los activos tóxicos que acumulan los bancos. Apenas cuatro meses después de su aprobación, el tiempo se ha encargado de demostrar que la inyección de liquidez y la compra de basura a la banca por parte del Estado no lograrían solventar los profundos problemas de solvencia que padece el sistema financiero norteamericano.

Los 700.000 millones de Paulson se han quedado muy cortos, como era de esperar. Además, la aplicación de la primera fase del plan ha supuesto hasta el momento una factura próxima de 80.000 millones de dólares a los contribuyentes. El Gobierno y la mayoría de economistas insisten en ignorar las serias advertencias lanzadas por analistas de prestigio, con una sólida base teórica, acerca de los serios peligros que entraña apostar por el gasto público y la expansión del crédito para solventar la actual crisis. Es el caso de Jim Rogers, Peter Schiff o el profesor Antal E. Fekete.

Todos ellos coinciden en el diagnóstico: el rescate público de la economía y de la banca empujan a Estados Unidos hacia el "colapso del dólar", la "hiperinflación" y, finalmente, la "quiebra". Por ello, de seguir así, la sombra del Supercrash sigue vigente y avanza con fuerza. A veces, Dios otorga ojos a quien no quiere ver y oídos a quien se niega a escuchar.

Kindle, P2P y el libro electrónico

¿Toda? No. Hay un sector que sigue aislado del mundanal ruido y que parece vivir al margen de la revolución que supone internet: el editorial.

Pero estas pequeñas vacaciones de la historia son eso: pequeñas y vacaciones. No hay ninguna barrera teórica que impida que el intercambio de periódicos, libros o revistas en internet tenga exactamente el mismo y elevado nivel que los de música o películas. Tan sólo existe una barrera práctica: sigue siendo más cómodo leer un libro en papel que en formato electrónico. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que este problema tecnológico será resuelto más pronto que tarde y que las editoriales se verán envueltas en los mismos problemas que tienen actualmente la industria discográfica y cinematográfica.

Sí, sí; sé que hay mucho bibliófilo romántico que cree que nunca habrá nada mejor que el papel, igual que hay fanáticos del vinilo. Pero para la mayoría de nosotros las indudables ventajas en comodidad y ahorro de espacio que puede suponer un lector de libros electrónicos práctico y cómodo superarían con mucho sus desventajas. No sabemos cuándo llegará el día, pero sí que llegará alguna vez; espero que sea antes de que tenga que salir yo de casa para dejar espacio a los libros.

La ventaja del sector del libro es que ha podido ver desde la barrera los errores de sus compañeros de viaje mientras batallaban contra sus propios clientes y establecer sus conclusiones para abordar el problema de la mejor manera posible. Así, deducirán que la mejor forma para combatir la piratería son precios bajos y formatos abiertos, sin protecciones tipo DRM, que inciten desde un primer momento a sus clientes a comprar y alejarlos así en la medida de lo posible –que nunca será del todo– del intercambio en internet de los libros.

Desgraciadamente, el ejemplo del Kindle hace ver que las editoriales –las estadounidenses, al menos– han decidido seguir recorriendo el mismo camino que ya hicieran las demás, con la posible excepción de perseguir judicialmente a sus clientes. Amazon ha logrado con Kindle, cuyo sucesor acaba de ver la luz, lo que ningún lector de libros electrónicos había conseguido hasta ahora más que en cifras marginales: que la gente lo compre y lo use. Gracias a su posición como principal vendedor de libros del mundo ha podido ofrecer juntos la máquina y algo que leer en ella. Pero lo ha hecho vendiendo los libros electrónicos en un formato protegido y propietario y con un precio de referencia de alrededor de 9,99 dólares. ¡10 pavos! ¡Por una descarga que luego no podremos usar en otros aparatos similares! Parece iTunes, pero el iTunes anterior a que las discográficas se dieran cuenta de que debían empezar a vender MP3.

Cada vez está más cerca el momento en que sea realmente más cómodo leer un libro electrónico que uno físico. Quizá no sea Amazon sino Sony o Plastic Logic quien finalmente lo logre. Pero que es un futuro cada vez más próximo nadie lo duda, especialmente cuando Kindle ha vendido medio millón de unidades y dispone de un catálogo de casi un cuarto de millón de libros. ¿Se pondrán las pilas las editoriales para estar preparadas cuando llegue el momento? Tengo pocas esperanzas. Sin embargo, como nos cuenta José Antonio Millán, quizá ni siquiera haga falta, al menos en España. Aquí son los autores quienes tienen los derechos y pueden otorgar licencias para las ediciones electrónicas. Así, la agente Carmen Balcells ha dado un primer paso importante ofreciendo a sus autores a través de Leer-e. Ojalá podamos disfrutar de un catálogo amplio y barato para cuando desembarquen estos lectores masivamente. Significaría que hemos aprendido la lección de la última década.

Da igual

Es un impuesto brutal sobre el trabajo; es decir, sobre el trabajador, que es quien lo paga íntegramente. Al empresario sólo le interesa saber el valor que le aporta el trabajador y lo que le cuesta. Cómo se lo reparta el trabajador no entra en sus cálculos. Si se suma ese coste a la contratación, se destruye empleo. Así de sencillo.

Da igual. Aunque la CEIM haya propuesto también reducir el coste del despido de 45 a 20 días. Como es un coste que se añade a cada nuevo contrato, muchos de éstos no llegan a nacer y aquí paro y después… después el drama personal por no encontrar un hueco en el mercado.

Da igual. Luego llega Zapatero, con el puño izquierdo en alto, y dice ante un público entregado que "a tantos que piden el despido barato y libre, les tengo que decir que no". Y, efectivamente, da lo mismo todo. Porque mientras unos hablan desde la lógica, Zapatero habla desde la política. No tiene ninguna relevancia reunirse con Zapatero para exponerle las causas de nuestra crisis o sus posibles soluciones, porque ni el Gobierno ni su presidente hablan de la realidad ni desde la realidad, sino desde el propio discurso. El discurso es el juego de sobreentendidos, de connotaciones, de mensajes sencillos y claros, de mantras millones de veces repetidos cuyo único objetivo es reforzarse ante el electorado y machacar al adversario.

Así podríamos pedirle a Zapatero un contrato libre, no el despido libre del que habla él. Y podríamos afinar los argumentos, enhebrarlos en ejemplos históricos y estadísticas aleccionadoras, que todo daría igual.

¿Y la venganza de la realidad en forma de millones de parados? Tampoco importa si es que prevalece el discurso, la ideología. Zapatero culpó de la crisis al maluto de Bush hasta que su despacho lo ocupó san Obama, ora pro nobis. A partir de entonces ha culpado a los bancos. Sabe que sus votantes sólo necesitan un clavo al rojo vivo para agarrarse y entregar su voto. La realidad no cuenta. Es lo que cuentas de ella lo verdaderamente importante.

La ideología. El discurso. Eso sí que importa.

La tontería del carné

Que con la misma propuesta salga un alto cargo del Instituto Nacional de Tecnologías de la Comunicación (INTECO) sí resulta preocupante, por mucho que la excusa sea otra diferente.

El responsable de Proyectos en el Centro de Respuesta a Incidentes de Seguridad en Tecnologías de la Información de INTECO, Francisco Lago, se debió quedar a gusto cuando dijo "que si para conducir hace falta un carné, para acceder a internet debería exigirse un requisito similar que garantizara la seguridad". Le faltó ponerse unas gafas de sol oscuras y decir con marcado acento estadounidense: "Recuerda mi canción: si bebes, no navegues". Lo que no dejaría de ser una mera tontería de alguien que da la impresión de tener un cierto complejo de superioridad (al menos el suficiente como para pretender saber cómo proteger de sí mismos a millones de seres humanos a los que él parece no considerar lo suficientemente inteligentes), cobra gravedad por ser él quien es.

Lago es un alto cargo en una empresa pública a la que el Gobierno le ha encomendado, entre otras, la misión "de sentar las bases de coordinación de distintas iniciativas públicas entorno a la seguridad informática". A pesar de que después de haber sido objeto de numerosas críticas ha matizado diciendo que lo del "carné de conducir" era un símil para "ejemplarizar la necesidad de unos conocimientos mínimos", la verdad es que habló de "exigirse un requisito similar". De hecho, en su matización parece que no ha negado que considere necesario dicho requisito.

Con independencia de que la excusa para pretender implantar un permiso de navegación por internet (puesto que no se trata de otra cosa) sea sincera, las consecuencias de que un gobernante se pudiera tomar en serio la propuesta serían nefastas. En el momento en el que el Estado se otorgara a sí mismo la capacidad de autorizar o no a alguien para conectarse a la red, el abuso estaría servido. Es más que dudoso que se conformara con comprobar que el futuro internauta supiera protegerse de los virus informáticos o de los intentos de estafa on line, por ejemplo. Trataría de adoctrinar sobre qué comportamientos son buenos y cuáles malos en la red, o incluso qué contenidos deben visitarse y cuáles no.

Y una vez que abres la puerta a este tipo de permisos, la evolución lógica sería ampliar las actividades para las cuales se requerirían licencias específicas. Y no nos engañemos, antes o después exigirían una para poder publicar en internet o incluso para poder comprar un ordenador (al fin y al cabo, y según la lógica que parece aplicar Lago, si no hay equipo informático, no hay problemas de seguridad).

La propuesta de Francisco Lago no es sólo una soberana tontería. Denota además un ansia de control sobre los ciudadanos. Puesto que INTECO está adscrito al Ministerio de Industria, Miguel Sebastián o Francisco Ros (puesto que dicha empresa pública depende de la secretaría de Estado de Telecomunicaciones y para la Sociedad de la Información) deberían dejar claro que no comparten la visión de tan peculiar experto en seguridad informática.

Hacer cine español

En lugar de amenazar a los banqueros con que su umbral de paciencia es sensiblemente inferior al de Solbes, debería haber realizado un estudio sobre los sectores productivos que no sólo no van a sufrir los efectos de la crisis, sino que van a atravesar este periodo de forma más que confortable. Si hubiera puesto siquiera a un par de becarios de su departamento a escudriñar la salud financiera de las PYMES por sector de actividad, sabría que hay un campo de nuestra economía que no sólo permanece inmune a la crisis, sino que continúa su expansión ajeno a los problemas generales que afectan al país.

Se trata, obviamente, del cine español, una industria como otra cualquiera, con la única salvedad de que las ayudas financieras que no llegan a otras empresas lo hacen con profusión a los bolsillos de los que han sabido ver la oportunidad de negocio de hacer cine bajo un Gobierno de progreso.

Mientras miles de autónomos y pequeños empresarios cierran sus establecimientos por falta de créditos que les permitan continuar su actividad, el cine español recibirá este año un auténtico riego de euros por aspersión. El Instituto de Crédito Oficial, que niega avales a todo tipo de empresas, pondrá este año a disposición de los cineastas 75 millones de euros, con la única condición de que acuerden con TVE la exhibición de sus películas. A esto hay que sumar el importe del fondo de protección a la cinematografía, que en 2009 repartirá 88 millones más, y el cinco por ciento de los ingresos anuales que cada cadena televisiva debe destinar a la compra de películas españolas para castigar con ellas a su audiencia.

En total hablamos de unos doscientos cincuenta millones de euros que se repartirán las distintas productoras de cine nacionales, sea cual sea la aceptación de sus productos por parte de los espectadores que como es sabido, cada vez es más escasa. En el listado de las 25 películas más vistas del 2008 sólo aparecen cuatro nacionales (a partir del décimo lugar), una de las cuales es una producción rodada en Inglaterra con un elenco de actores en el que el único representante español es Leonor Waitling, y otra la última película encargada previo pago de su importe a Woody Allen, conocido cineasta turolense.

Cada película que se rueda en España nos cuesta una media de casi un millón de euros a todos los españoles y ni siquiera así son capaces los cineastas de hacer un producto atractivo para que la gente acuda a los cines a verlo. Claro, no lo necesitan. El único requisito para que la maquinaria subvencionadora siga engrasada es levantar la ceja cuando lo ordena Pepiño. Así se entiende que en la gala de los premios Goya de este año no haya surgido ninguna voz para denunciar la catástrofe brutal que el paro está provocando en más de un millón de familias españolas, ni se haya rodado ninguna película de "denuncia social" sobre este grave asunto. Nuestros cineastas sólo hicieron algo parecido (la película Los lunes al sol) en 2002, cuando mandaba Aznar y estábamos en situación virtual de pleno empleo.

En esta tesitura, el mejor consejo que Miguel Sebastián puede dar a los pequeños y medianos empresarios es que creen una productora de cine. No tienen que preocuparse por la calidad de los guiones. Eso sí, las películas realizadas deberán "revisar" la Guerra Civil o constituir un ataque furibundo contra la Iglesia o la derecha social española. Puede que a algunos les repugne hacer algo así, pero tal y como está la cosa es una mera cuestión de supervivencia. Los sufridos contribuyentes sabremos disculparles.

TED y las ideas

Hay mucho miserable escribiendo periódicos, que ensalza a los personajes más abyectos y clava titulares venenosos a muchas de las personas más respetables. Así las cosas, cualquier persona con un poco de simpatía por el género humano (aunque sea también periodista, como quien les escribe), no puede evitar dejarse llevar por el código moral, prácticamente infalible, de aferrarse al reverso de la intención del periodista.

Todo el mundo se hace el simpático diciendo a propios y extraños que él no sigue los dictados de la corrección política, que las normas no escritas quedan para los demás por que él, o ella, es un espíritu libre. Eso sí, luego Berlusconi dice una de las suyas y todo el mundo le salta a la yugular. Porque él sí que es incorrecto desde cualquier punto de vista. Con Berlusconi me pasa como con Yeltsin, que sus enemigos hacen que el personaje me provoque una simpatía irrefrenable. Seguramente el criterio del reverso periodístico me esté llevando aquí por mal camino, pero uno también debe elegir sus errores.

Berlusconi es un hombre extremo, capaz de grandes aciertos y errores descomunales. El último de sus errores pasa por la criminalización de la inmigración ilegal. Izquierda y derecha son ambas culpables de rivalizar en quién criminaliza más actos perfectamente legítimos. Desde la prostitución a la posesión de armas, desde la blasfemia al libre acuerdo entre empresarios y trabajadores, desde cometer suicidio a asistir a otra persona que quiere y no puede, los Torquemadas de ambas orillas luchan por inscribir en el Código Penal un número creciente de crímenes sin víctima.

¿Cómo puede ser un crimen desplazarse de un punto a otro del planeta? Las fronteras son la piel del Estado. Cuando ser ciudadano todavía tenía valor, cuando esa palabra estaba llena de contenido y era el rico precipitado de la historia de Occidente y no una burla, una concesión administrativa de un Estado controlador, la vida era muy otra. Nos dice Stefan Zweig:

Tal vez nada demuestre de modo más palpable la terrible caída que sufrió el mundo a partir de la Primera Guerra Mundial como la limitación de la libertad de movimientos del hombre y la reducción de su derecho a la libertad. Antes de 1914 la Tierra era de todos. Todo el mundo iba donde quería y permanecía allí el tiempo que quería. No existían permisos ni autorizaciones; me divierte la sorpresa de los jóvenes cada vez que les cuento que viajé a la India y a América sin pasaporte y que en realidad jamás en mi vida había visto uno. La gente subía y bajaba de los trenes y de los barcos sin preguntar o ser preguntada, no tenía que rellenar ni uno del centenar de papeles que se exigen hoy en día. No existían salvoconductos ni visados ni ninguno de esos fastidios. Las mismas fronteras que hoy aduaneros, policías y gendarmes han convertido en una alambrada a causa de la desconfianza patológica de todos hacia todos, no eran más que líneas simbólicas que se cruzaban con la misma despreocupación que el meridiano de Greenwich.

Hoy nos cuesta imaginarlo. Hoy nos humillamos quitándonos los zapatos y los cinturones al paso de máquinas que nos desnudan hasta los huesos. Hoy cruzar una de esas líneas te convierte en una persona ilegal. En un criminal.

Cada vez que leo este pasaje de Zweig siento un aguijonazo en el alma por el mundo de ayer.

Berlusconi y el mundo de ayer

Estaba trasteando por la sección de tecnología del New York Times y me encontré con el último post del blog The Medium, escrito por Virginia Herffernan, que trata sobre las conferencias TED. Virginia se declara una adicta de los vídeos de estas charlas y aunque ella no lo supiera al escribir su post, me estaba dado la piedra de toque para escribir mi artículo.

TED es una conferencia anual que tiene como misión "difundir las ideas que merecen la pena" (ideas worth spreading). El acrónimo de TED se refiere a las palabras: Technology, Entertainment and Design. En la conferencia se tocan los temas más diversos, como la ciencia, las artes, el diseño, la política, la cultura, los negocios, la tecnología o el entretenimiento. Y han intervenido ponentes como Bill Clinton, James D. Watson, Al Gore, Jimmy Wales, Sergey Brin o Larry Page.

La conferencia se creó en 1984, pero fue en 2002 cuando su difusión aumentó gracias a que Chris Anderson se convirtió en su organizador y su principal impulsor. En poco más de tres años, Anderson ha conseguido difundir los contenidos de la conferencia más allá de a sus asistentes. Y es que su exclusividad era uno de los problemas que tenía TED, pues sólo se podía acudir a ella con previa invitación o desembolsando aproximadamente 6.000 dólares.

Ante estas barreras, Anderson decidió hacer accesibles todas las conferencias de TED a través de su propio canal de vídeo en internet y fomentó su distribución en otras plataformas como YouTube.

Como bien dice Virginia en su post, las conferencias de TED son adictivas, tratan de las áreas del conocimiento más diversas y cada ponente es diferente al anterior tanto en el fondo como en la forma. Más allá de que esté de acuerdo con unas charlas o con otras, lo importante es que se fomente la distribución y discusión de las ideas. Chris Anderson entendió perfectamente que encerrar el conocimiento no tenía sentido ya que la misión principal de las conferencias era que lo que allí se transmitían cambiara el mundo; y para ello debe ser conocido y discutido por la mayor cantidad de personas posible.

El despeñadero proteccionista

Los keynesianos, cegados como casi siempre por una realidad que son incapaces de comprender, sugirieron que el pinchazo tuvo su origen en una progresiva acumulación de la renta en las manos de unos pocos capitalistas que no consumían al mismo ritmo al que se enriquecían. Los austriacos, por su parte, atribuyeron el crack a la expansión del crédito que había comandado la recién creada Reserva Federal a partir de 1922 y que había cristalizado en una burbuja bursátil que tarde o temprano tenía que pinchar.

Como de costumbre, la explicación de la escuela austriaca tiene mucho más rigor que las supercherías keynesianas. Entonces, como ahora, estos últimos economistas culparon a la codicia y a la concentración de rentas de lo que no era más que un boom artificialmente inducido por el banco central (como sí comprendieron y denunciaron, entonces como ahora, los economistas austriacos más notables del momento: Ludwig von Mises y Friedrich Hayek). Las rentas se fueron concentrando en unos pocos capitalistas porque fueron éstos los receptores de la inflación crediticia de la Reserva Federal; algo similar ha pasado en los últimos años, cuando promotores, constructores y banqueros obtenían enormes beneficios gracias a la demanda artificialmente inducida por los bajos tipos de interés del Banco Central Europeo. El origen de la crisis no está, como bien explican los austriacos, en que las rentas se concentren, sino en la expansión crediticia insostenible que tiene como uno de sus efectos laterales la concentración de rentas.

Sin embargo, la explicación austriaca sobre el crack bursátil del 29 peca en este caso de incompleta. Es cierto que la burbuja fue fruto del crédito barato de la Fed y es cierto que en algún momento tenía que pinchar, por mucho que los economistas de Chicago, representados en aquel entonces por Irving Fisher, pronosticaran días antes del colapso que las cotizaciones nunca decrecerían (también Friedman hace unos tres años, en plena cénit de la burbuja inmobiliaria, aseguraba que los fundamentos de la economía estadounidense eran sólidos y que no se produciría ninguna crisis). Pero la escuela austriaca no señala qué hecho concreto provocó el pinchazo bursátil.

Para averiguarlo tenemos que echar mano del padre de la economía de la oferta Jude Wanniski. En su libro The Way The World Works, Wanniski demuestra que el crack guarda una relación directa con el avance del proteccionismo en Estados Unidos, representado en aquel momento por el arancel Smoot-Hawley. Según las negociaciones entre demócratas y republicanos sobre su aprobación avanzaban o retrocedían la bolsa caía o repuntaba; el desplome de las acciones se produjo a finales de octubre según se iban pactando día a día los aranceles sobre el silicio, la caseína y los productos químicos.

¿Cómo es posible que movimientos en algunos aranceles generen pánicos tan generalizados? Bueno, en realidad no son movimientos tan insignificantes. Durante una crisis, muchos mercados pierden de golpe su demanda (por ejemplo, el de la vivienda) y tienen que sufrir una profunda reestructuración; de hecho, en eso consisten las crisis. El problema surge cuando el poder político cierra artificialmente otros mercados que no deberían someterse a grandes reestructuraciones. Con el arancel Smoot-Hawley (aprobado formalmente pocos meses después del crack) se incrementaron los aranceles de 20.000 productos; dicho de otra manera, la debilitada economía europea (a la que Estados Unidos le había prestado grandes sumas de dinero tanto durante la Primera Guerra Mundial como durante la posterior reconstrucción) sería incapaz de seguir vendiendo sus productos a los estadounidenses.

La consecuencia era obvia: no sólo los europeos verían reducida su renta con la que a su vez importar de Estados Unidos, sino que muy probablemente comenzarían a impagar el crédito que les habían extendido. Y, de hecho, así fue.

El cierre brusco de los mercados internacionales convirtió lo que habría sido una recesión estándar en una Gran Depresión. Hoy parece que los políticos, empezando por Obama y terminando por Zapatero, quieren conducirnos por el mismo camino. Si realmente volvieran a levantarse las barreras exteriores, tenga por seguro que la crisis será mucho más larga y dura de lo que podemos imaginar.

Hacia el 20% de paro

Los datos resultan simplemente devastadores. España cuenta ya con más de 3,3 millones de desempleados oficiales, según la particular metodología de cálculo que aplica la administración pública. En realidad, si suprimimos el maquillaje estadístico, casi 3,7 millones de personas en edad de trabajar buscan colocación. Sin embargo, la tendencia que muestran tales cifras es, si cabe, mucho más preocupante.

El paro crece un 47% interanual, un ritmo desconocido desde la crisis de los 70. Esto se traduce en 1,06 millones de personas que han terminado inscribiéndose en las listas del antiguo Inem en los últimos 12 meses. No obstante, el dato de enero prácticamente triplica el aumento promedio de ese mes a lo largo de la última década (74.000 nuevos parados). Asimismo, la histórica caída de la afiliación a la Seguridad Social (-5% interanual) implica que la crisis ha borrado del mapa 980.000 puestos de trabajo hasta el momento.

Es decir, una destrucción laboral sin precedentes que, lejos de remitir, amenaza con intensificarse a lo largo de 2009. Y es que a este ritmo España contará con una tasa de paro próxima al 20% a finales de año frente al 15% actual, tal como avanzábamos en estas páginas el pasado verano.

Ni siquiera Trabajo se atreve ya a cuestionar la posibilidad de alcanzar la barrera psicológica de los cuatro millones de parados en breve, cuando hace apenas unos días descartaba por completo tal escenario. La crudeza de los datos esconde, sin embargo, el drama humano al que se ven abocados cientos de miles de familias que, día tras día, observan con desesperación la imposibilidad de reincorporarse a un mercado laboral languidecido y estático, mientras sus escasos ahorros se evaporan y el tiempo de subsidio llega a su fin.

La tragedia de este país es que del paro a la pobreza real apenas media un paso. Y ello, debido a la inmensa rigidez administrativa y fiscal que impone el sistema a la hora de poder contratar y despedir libremente mano de obra. De nada servirán los lamentos y la petición desesperada de Zapatero a los empresarios implorando confianza para frenar la debacle si el Gobierno se niega a afrontar este problema. Las reformas estructurales se han excluido de la agenda política y nada hace presagiar un cambio en este sentido.

El Ejecutivo insiste en despilfarrar el dinero de los contribuyentes a través de Planes E, cuyo resultado será un auténtico fiasco, al estilo Roosevelt durante la Gran Depresión. Mientras tanto, el dinero de las prestaciones se acaba, de modo que el Estado tendrá que recurrir nuevamente a la emisión de deuda pública (impuestos futuros) a fin de garantizar el cobro del subsidio de paro. Sin embargo, la receta de emitir bonos del Tesoro a diestro y siniestro también tiene un límite. Habrá que ver si las emisiones que prevé colocar Economía en la segunda mitad de 2009 y principios de 2010 encuentran comprador y, sobre todo, a qué precio.

De seguir por esta senda, Zapatero y su equipo empujan a España hacia el precipicio de la improductividad laboral, la marginalidad social y, desde luego, la pobreza. La incapacidad del Ejecutivo no sólo es manifiesta sino vergonzosa. Mientras España crea más de 2.700 parados nuevos al día, los políticos disfrutan de estabilidad laboral y un elevado salario a cargo de los contribuyentes a cambio de mentir a la ciudadanía sobre la gravedad de la crisis y dificultar hasta el extremo la ansiada recuperación económica.

El despido libre no sólo es necesario sino imprescindible. Con más de cuatro millones de parados el conflicto social estará servido y ahora, más que nunca, cabe recordar que con un crecimiento del PIB inferior al 2,5% anual nuestro actual modelo productivo es incapaz de generar empleo. El problema es que la recesión se prolongará durante 2010.